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sábado, 25 de enero de 2020

ADEMIA

Sobre algunas aporías de la democracia actual (I)
Nelson Chitty La Roche

“La democracia en Chile se acabó. Desde mediados de octubre de 2019 se ha hecho patente que yacía muerta desde mucho antes de lo que pudimos percatarnos y que nos encontrábamos habitando el putrefacto cadáver de un orden en descomposición. El fin de la democracia, tal como la hemos conocido desde hace no más de dos siglos, se ha instalado como un quiebre rotundo de las instituciones decimonónicas, las tecnologías políticas que en ellas pululaban y las formas de gestionar y comprensión de lo social”. Carlos Ramírez,  Christopher Yáñez-Urbina e Iván Salinas

La situación chilena no cesa de sorprender e impactar. Un destacado columnista incluso se permitía admitir que no lograba entender sin ayuda de expertos psicólogos y psiquiatras toda una fenomenología que parecía contraria a los elementos objetivos que rodean a la sociedad del hermano país, como aquella que lo presenta como el más fuerte económica y socialmente del continente y, sin embargo, da cabida a esta erupción inconforme y violenta, con tendencias esquizoides.

La universidad chilena no escapa del estupor que produce el movimiento que, por cierto, se radica fundamentalmente en la capital, aunque hubo episodios en otras latitudes, pero de una vez conjeturan sobre la etiología del malestar, apuntando al agotamiento del modelo, aun y a pesar del éxito que anunciarían los guarismos y mediciones convencionales, en un escenario de bienestar aparente y disminución de la pobreza. Así, señalan a la democracia y a la Constitución como los agentes, víctimas y victimarios de estos episodios de explosión societaria. Demasiado pronto y demasiado convencionales me lucieron esas apuradas especulaciones.

Igual que en la Venezuela de 1992, o la Colombia de 1990, pensaron algunos que en el pacto político con sanción jurídica, como denominaremos a la Constitución, obra la explicación y la respuesta de los capítulos inesperados que se viven, cuando el orden no cumple su cometido, ni la racionalidad atina a explicarse lo que pasa. En el camino se oye una sentencia severa de que la democracia como sistema de coexistencia pacífica que se postula como la mejor forma de gobierno se muere o acaso la panacea para los males debe encontrarse en la revisión de la Constitución.

Así, pues, se avanzan hipótesis que advierten el fin de una época, pero todavía anuncian la caducidad de la cultura democrática y ello incluye las organizaciones, vale decir, los partidos políticos e incluso las movilizaciones, manifestaciones, protestas que terminaban asimiladas por el discurso del liderazgo, siempre seguido y concluyente. Pareciera que el cataclismo ha puesto a prueba las formas y las maneras como otrora reaccionaba la comunidad política.

En nuestro criterio, el asunto es mucho más hondo, mucho más ininteligible y más gaseoso al mismo tiempo. Con el respeto y la prudencia debida, sentimos a la clase política chilena e incluyo a todos, gobierno y oposición, chocados, turbados, superados y sin asir la naturaleza del tsunami que los bañó de desencuentros, desengaños y desventuras. El estallido prescindió de un tajo de la representación y precisamente, desnudó arrasándolo todo, su talante iconoclasta, impío, bárbaro.

Con motivaciones distintas, pero compartiendo el elemento económico social en positivo, Bolivia hizo su gesta, su inesperada epopeya, su faena libertadora. Como Chile, las estadísticas evidenciaban que Bolivia mejoraba, pero la procesión iba por dentro y al contrario que en Chile, la cultura democrática ajustó el aparato y con el ariete de la unidad ciudadana le abrió un boquete tan grande al muro de Evo que se le fue el control y la confianza a un orden confiado, arrogante y soberbio.

Por años, los estudios y seguimientos de los comportamientos de la ciudadanía suramericana, y en ello coincidían todos los organismos especializados de las distintas agencias de naciones unidas o del escenario regional, denunciaban una peligrosa tendencia presente en la consulta que confesaba sin vacilaciones la disposición a sacrificar democracia por estabilidad y mejoría económica por asistencia pública masiva.

Pero y entonces, ¿qué está pasando? Aunque se adujo el malestar en Chile por un aumento mínimo del transporte, la secuencia convoca otros análisis, pesquisas e investigaciones para comprender la racionalidad de la revuelta o la irracionalidad tal vez describe mejor el asunto.

No pienso que sea posible hacerlo, sin ponderar otros aspectos que han acompañado o se han mostrado en la escalada chilena. Me refiero a las reacciones de la gente, del común, de los que se sumaban al asalto, saqueo, profanación y vulgarización de sectores que no por tolerados o respetados se sintieron obligados con el statu quo y por el contrario, creyendo a todo evento reafirmarse lo desafiaron.

No pretendo ni remotamente aparentar que conozco a Chile y menos que puedo a lo lejos hacer diagnósticos ni proponer terapias. Solo sigo atento las noticias y leo con interés los artículos de opinión y de la academia que he podido encontrar, pero intento darme una explicación o, al menos, señalar para el análisis las anotaciones frecuentes y las inferencias que de ellas nos podemos hacer.

Sin embargo, es menester atreverse, buscar, indagar y conjeturar para acercarse a la verdad y haciéndolo, usamos el instrumental epistemológico disponible y ensayamos algunas construcciones como referentes metodológicas.

Nos interrogamos también y en la procura de las respuestas también hacemos interesantes hallazgos que soportan la consecuente aparición y decantación de la argumentación.

En esa dinámica, nos atrajo una de las siempre nutritivas reflexiones del filósofo italiano Giorgio Agamben y especialmente su texto titulado, “Stasis. Civil War as a Political Paradigm” y del cual hemos hecho abordaje repetido. En efecto, en las cavilaciones y afirmaciones de Agamben atrajo nuestra atención para esta ocasión aquella que comienza con el aserto según el cual el Estado moderno exhibe un cuadro de ademia.

Se trataría de constatar y definir una situación en la cual el escenario público societario carecería de pueblo como resultado de la captura en la representación de aquel y desde luego, el eclipse del susodicho dejando únicamente a la estructura constituida ocupar los espacios, suplantar la deliberación y conculcar la decisión.

Giorgio Agamben, según Pere Durán
(Girona, 2014).
El paisaje social entonces estaría sujeto a un cortocircuito, por así llamarlo, separada la gente, el común, interrumpida la comunicación entre la representación y aquellos a los que debe representar. El ejercicio comenzaría al cesar la acción constituyente que vio operar una delegación o quizá, más bien, una transferencia de soberanía que luego se oligarquizaría y provocaría una disfunción entre ciudadanía y representación.

La gente sería, como afirma Gian Giacomo Fusco, un estudioso de Agamben, una masa cuasi ausente, pasiva, distraída en sus necesidades biológicas, y no obstante, y es esa la paradoja, la constituyente de su propia negación y no necesariamente para otra cosa que su bien en la perspectiva del Estado.

El tema de suyo arisco, complejo, confuso y un tanto inasible sustenta un evidente interés académico, pero también sociológico y ciudadano, que trabajaremos más, Dios mediante, la próxima semana.

Fuente: 
https://www.elnacional.com/opinion/sobre-algunas-aporias-de-la-democracia-actual-i/


Sobre algunas aporías de la democracia actual (II)
Nelson Chitty La Roche

“Se sugiere la reinvención normativa de la democracia sin pérdida de sus referentes esenciales, pero adecuándolos a las realidades distintas que plantea el siglo XXI, comenzando por lo esencial: el restablecimiento del tejido social bajo un denominador común que sea sensible a los valores democráticos, en modo tal que se refleje en las nuevas categorías constitucionales que deban ser formuladas”. Asdrúbal Aguiar

Es ya más que frecuente, una certeza regular y presente, en cada uno de los recientes análisis sobre la democracia y aquellos raros sobre la teoría de la democracia, encontrar críticas sobre la marcha del sistema, su nomos y su eficacia. Tal vez sea tiempo de admitir que muchas preguntas quedan sin respuesta, habida cuenta de las carencias u obsolescencias epistémicas que derivan del cosmos social actual y de las dificultades para advertir su especificidad y los elementos que lo descubren e integran. El mundo, la sociedad, los valores, el hombre, mutaron y cambian aceleradamente si es que podemos captar el movimiento en esta ecuación existencial empapada de instantaneidad.

Y no es sencillo hacerlo porque, como recuerda Sartori, los conceptos que como herramientas utilizamos para comprender en ellos los fenómenos que observamos se han estirado tal vez demasiado y no logran los susodichos albergar en su seno racional, el compendio de sus distintos e incluso nóveles elementos en  sus inevitables límites.

Acontece entonces con la democracia, como pasó a mediados del pasado siglo XX con el vocablo poder, que ya Arendt o Aron, entre otros, lamentaban percatarse de la falta de cohesión o elaboración y tal vez, desnudando en considerable atraso epistemológico pero lingüístico de la ciencia política para proporcionar sustento a las reflexiones que sobre ese constructo se postulaban. Cuesta bastante definir hoy a la democracia y, se hace más importante no solamente definirla sino seguirla, hallarla, precisarla, siendo que un elevado nivel de incertidumbre la rodea.

Los parámetros de las sociedades de este momento tienen en común la fascinación por el espectáculo y la mimetización de las personas en un ambiente en el que las individualidades coadyuvan por una definición que además aporte una identidad, una suerte de imagen de marca que tendría cada cual y ello, en detrimento de los referentes societarios que otrora servían para distinguir unos de otros. Me tocó presenciar en una ocasión una marcha de zombies y confieso que un lote importante se sentían tales, ni más ni menos.

El resultado conlleva igualmente una conducta que se particulariza, afectando a la comunidad democrática que antes se homogeneizaba en la vastedad de la noción de ciudadanía pero que ahora carece de empatía, reduciendo su desempeño en el espacio de su pretendida diferenciación, en el cuadro de su personalidad que no es habitual sino en cuanto es diferente.

Nunca como ahora la democracia, sistema social y valoración compartida, se muestra más apartada en el pretendido ejercicio de la libertad que se encierra más bien en construcciones sociales en las que la presencia es limitada y mínima la participación. Segmentaciones de diversa naturaleza, origen, denominación se perciben y se reclaman suficientes como para no requerir de otros concurrentes o acaso para, ante ellos, fijar distancias.

Todas esas agrupaciones tales como el feminismo, LGBT, gamers, ecologistas radicales, xenófobos por citar algunos, no se asumen como miembros de ninguna expresión social distinta a esa que los reuniría y definiría. Es un mundo que a nombre del valor social de la igualdad ha tallado un espacio para el colectivo de las individualidades, la membresía política tropieza con auténticos antagonismos. Lo que la diferencia es lo único que los une. Una suerte de solipsismo compartido dibuja las distintas figuras de una geometría social que atinaría solo como parte de un rompecabezas, un puzzle, en el que si bien se admite un común denominador no supone nada ante aquel que en la excepción los define y amasija.

La llamada generación millenial asume su entorno como un lastre con el que y a pesar de ello, debe transitar su búsqueda de la novedad que la totaliza y fascina. El presente no es más que la expectativa del futuro que se mide por las convincentes innovaciones que no por tales, menos rutinarias. La democracia que conocemos no metaboliza cómoda esos giros que la desbordan y la dejan siempre, aún en las sociedades más permisivas, varios pasos atrás.

Le falta pericia a la propuesta democrática para convencer, para atraer simplemente. La ecuación vital conoce una novación permanente, ante la compulsiva demanda del imperativo comunicacional que no por ello es otra cosa que el establecimiento de vasos comunicantes en el mismo continente social, político, económico pero no en el mundo que los rodea.

La búsqueda democrática colisiona en sus movimientos porque ofreciendo libertades culmina cediéndoles los espacios al individualismo de esos grupos y segmentaciones refractarias a los otros y al conjunto que incluye a todos. Es una auténtica aporía la que la democracia del momento exhibe y muy a su pesar debe asumirlo.

Paralelamente debe la democracia percatarse que vivimos y lo he repetido antes, el tiempo de la mentira, la tergiversación, la deformación, la adulteración e incluso, de la osada e impúdica sustitución ante todos de la verdad por la versión oficial de algunos y por si fuera poco, hay que agregar al menos, dos elementos más; la ideologización del espectáculo y, la admisión del relativismo que lo debilita todo. Nada es lo que dicen que es, hay que recordar y lo he hecho a menudo, que frente a ese discurso difundido solo podemos ripostar con la verdad, susceptible también de contrariar a los mercaderes del falso consenso que todo lo matizan.

Unas breves consideraciones sobre lo que es la teoría democrática y para ello invitamos, acotamos a nuestros comentarios, a partir de un interesante trabajo que además lleva ese título y cuya autoría corresponde a politólogos norteamericanos. En efecto, ab initio se resalta una interesante constatación que evidencia, en el estado del arte correspondiente a la temática, una sorprendente inactividad que se remonta a 1979 con la publicación de un texto de James Alfred Pennock en el que no se responde a la pregunta sobre qué es la democracia, pero responder esta pregunta resulta ser bastante más difícil que plantearlo. Pennock (1979) no responde la pregunta por sí mismo; deja esa labor a la posteridad, solo afirmando que “la frase [teoría democrática] se usa a menudo como si representara un cuerpo de doctrina claramente delimitado y acordado; pero eso está lejos del caso. Incluso la cuestión de qué temas debería incluir es objeto de un amplio “desacuerdo”.

Robert Dahl (Wikipedia).
Quizás lo único que los teóricos democráticos podrían estar de acuerdo sobre la teoría democrática es que es diversa, incluso de naturaleza incipiente. Robert Dahl (1956), por ejemplo, argumentó que «no hay una teoría democrática, solo hay teorías democráticas». También hay una letanía de reclamos rivales, ahora principalmente históricos, en el corazón de la democracia, y hasta ahora se han documentado más de 22 descriptores adjetivos de democracia (Gagnon 2018). Además, muchos teóricos democráticos contemporáneos comparten una ética pluralista preocupada por evitar un cierre autocrático en torno a lo que constituye la teoría democrática (ver, por ejemplo, Bader 1995; Blokland 2011; Erman 2009; Held 2006; Martí 2017; Moscrop and Warren 2016;). Sin embargo, el simple hecho de reconocer y abrazar esta diversidad por sí solo nos lleva tan lejos. (What Is Democratic Theory? Rikki Dean, Jean-Paul Gagnon, and Hans Asenbaum 2019).

Advierto que una materia tan atractiva desde el punto de vista del conocimiento y la academia, apenas deje, como lo afirma el estudio citado, testimonios mínimos de examen y, por cierto, ningún intento de problematización que hubiera servido al menos para desentrañar parangones que nos asistieran hoy en la tarea, convoca y glosa una dinámica que nos ayudará de algún modo y que trabajaremos, Dios mediante, la semana próxima.

Fuente:
https://www.elnacional.com/opinion/sobre-algunas-aporias-de-la-democracia-actual-ii/

martes, 19 de noviembre de 2019

MÁXIMO COMÚN DIVISOR

Daniel Walker (AFP).
La Bolivia post-Evo todavía no es «post»
Viernes, 15/Nov/2019 
Edmundo Paz Soldán / The Washington Post

Evo Morales ha renunciado pero sigue marcando los tiempos: las cosas se hacen a partir de él, para destruir o defender su legado. Su figura concita muchísima división en Bolivia. Pero, en el exterior, la adhesión es casi unánime: los profundos cambios estructurales en el país, logrados a partir de la ampliación del campo de lo popular, la concepción de un Estado plurinacional, y el manejo de la economía, importan mucho más que el respeto a las formas democráticas —haberse saltado los resultados del referéndum vinculante que le impedía ser candidato presidencial por cuarta vez, o haber hecho fraude en las elecciones del 20 de octubre—. Como dijo la activista feminista María Galindo en un texto publicado en el diario Página Siete, es muy difícil liberarse de un caudillo: su partida deja un “sentimiento de abandono y orfandad”, al mismo tiempo que se borran las “violencias y arbitrariedades” y se añora al “padre protector y benefactor”.

Desde su residencia en México y su cuenta en Twitter, Evo tiene un gran megáfono: su retórica ayuda a mantener inestable la situación y exacerba las tensiones; su doble discurso manda señales de conciliación como la sugerencia de que para “pacificar Bolivia” está dispuesto a volver y renunciar a presentarse a elecciones, a la vez que insiste en gestos polarizadores (como le dijo al diario El País: “Sigo siendo presidente”). Todavía no ha reconocido uno solo de los errores gravísimos que él y su partido cometieron y están en el origen de esta crisis.

Partidarios de Evo Morales (Manuel Claure / Reuters).
También, después del descalabro de las renuncias masivas al interior de su partido, el Movimiento al Socialismo (MAS), este ha vuelto a la ofensiva. Aunque el desgaste del MAS es evidente, todavía puede parar al país de la misma manera que los líderes de comités cívicos —aquellos liderando las protestas— la pararon, ya que domina en lugares estratégicos como El Alto y el Chapare, y tiene mayoría en la Asamblea Legislativa. La estrategia es clara: deslegitimar cualquier gobierno de transición, apuntalar la idea del golpe de Estado, soñar incluso con el retorno de Evo. Por lo pronto, el tema de si la renuncia de Evo fue o no producto de un golpe ha producido una disonancia cognitiva: la idea es resistida en Bolivia, pero se ha consolidado afuera (la presencia de militares en las calles ayuda mucho a ello).

Barricadas contra Evo Morales (Crlos García Rawlins).
La lista de agresiones entre los partidarios de Evo y los que se oponen a él continúa escalando de manera alarmante: al día de hoy, 10 personas han muerto durante las protestas. También hay saqueos e incendios a casas de gente del MAS y de opositores, ataques a periodistas de medios estatales y privados, y quemas de fábricas y de autobuses de transporte público atribuidas a los simpatizantes del MAS.

Dentro de este escenario, la necesidad de un liderazgo claro se hacía cada vez más evidente. El pasado martes, en una reunión sin quorum en el Congreso, la senadora Jeanine Áñez tomó posesión como nueva presidenta. Áñez, nacida en el departamento del Beni, es una política conservadora que se opuso a que la wiphala —bandera de los pueblos indígenas— fuera reconocida como símbolo nacional, es defensora de la “familia natural” y contraria a la despenalización del aborto. Dijo que su gabinete sería de “reconciliación” pero entre sus ministros están Jerjes Justiniano, abogado del caso de la violación grupal a una joven —conocido como «La manada” boliviana—, y Arturo Murillo, quien alguna vez dijo que era mejor que las mujeres que querían abortar se suicidaran. Ha sido aplaudida por su deseo de abrogar el derecho constitucional a la reelección indefinida que tanto defendió Evo. Quiere llamar pronto a nuevas elecciones, pero su accidentado nombramiento dificultará todo.

Del otro lado Adriana Salvatierra, senadora del MAS, apareció la tarde del miércoles 13 en las puertas del Legislativo, y se le impidió entrar. Salvatierra renunció a la presidencia del Senado el pasado domingo a través de un mensaje a los medios. Después de Evo y su vicepresidente, Álvaro García Linera, era la siguiente en la sucesión constitucional para ser presidenta de la nación. Las reglas del Senado indican que ella tenía que haber presentado su renuncia por escrito y, al no hacerlo, MAS señala que aún le corresponde ser la presidenta.

Mónica González (Reuters).
Bolivia es un país conservador y profundamente religioso. El 11 de noviembre, Áñez entró al Palacio presidencial con la Biblia en la mano. Un mes antes, un candidato presidencial apoyado por las iglesias evangélicas, Chi Hyun Chung, comenzó a subir en las encuestas y terminó tercero en las elecciones en las que Evo se declaró ganador. Luis Fernando Camacho, el empresario que es líder del Comité Cívico de Santa Cruz, instaló en el escenario político una parafernalia religiosa tan efectiva como preocupante, con menciones e iconografía referente a las “cruzadas”, referencias pop a la película Braveheart en su página de Facebook, y cabildos multitudinarios a los pies de la estatua del Cristo en Santa Cruz. Abrazado a la imagen de la Virgen, pedía a todos que se hincaran para rezar un Padre Nuestro y decía que la Biblia volvería pronto al Palacio presidencial para sacar de allí a “la Pachamama” y a los “ídolos”. Como dirigente, ha marchado en defensa de la “familia tradicional”, y en contra de la diversidad sexual y de la ampliación de causales para la despenalización del aborto.

Luis Fernando Camacho (Carlos García Rawlins / Reuters).
El gobierno de Evo trajo al discurso público a la Pachamama y las creencias andinas, y también se alió con iglesias evangélicas contrarias a los derechos de las mujeres y de la comunidad LGBTQ+; la contrarreacción viene amparada por el cristianismo. En momentos álgidos, esta lucha ha derivado en una versión contemporánea de las campañas coloniales de la extirpación de idolatrías; la wiphala fue quemada y retirada de algunas instituciones públicas, y las bases de Evo han llamado a guerra civil al grito de “la wiphala se respeta”. Camacho y Áñez se han corregido y ahora se presentan en actos públicos con la wiphala y hablan de la necesidad de unir al país.

Sin la hegemonía que tuvo Evo Morales a lo largo de más de una década, y sin los pactos entre fuerzas opuestas que funcionaron en el país después del regreso de la democracia en los ochenta, Bolivia aparece como un país con nuevas generaciones politizadas y dispuestas a la lucha. Lo que parece ya no tener es a los políticos y los mecanismos capaces de articular consensos y suturar las divisiones profundas.
(*) Edmundo Paz Soldán es escritor boliviano y profesor de literatura latinoamericana en la universidad de Cornell (Nueva York).

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domingo, 17 de noviembre de 2019

FRENTE AL REALISMO PUSILÁNIME

Trilladura
Luis Barragán

Conocidos los sucesos de Bolivia, lucen inevitables las comparaciones con el caso venezolano.  Por supuesto, cada quien he hecho uso de los argumentos que les son favorables en torno a una experiencia – subrayémoslo -  inconclusa, mientras haya  dictaduras de vocación e inspiración continental de un nítido sesgo anti-occidental.

Los más animados electoralistas de la hora, parten de una premisa inalterable: primero sufragamos y, después, evidenciamos el fraude para generar un proceso irreversible de lucha.  Premisa devenida militante consigna, ha sido varias veces traicionada por los que suelen vociferarla en nombre de un realismo que, por cierto, en preciso texto de opinión,  supo cuestionar recientemente José Rafael Herrera: harto comprobada la estafa comicial, revierten paradójicamente el proceso para empinarse en un diálogo, pocas veces, público y, las más, confidencial, urgido y confuso, con los  estafadores.

La consabida actividad del día sábado próximo pasado, alcanzó una mayor definición al calor del ejemplo boliviano, aunque insuficiente, exigiendo – antes -  la Fracción Parlamentaria del 16 de Julio  una deseable exactitud de los objetivos a compartir. Salvo nuevo aviso, la movilización – planteada como una marcha después trastocada en concentración  – queda reducida al allanamiento de la sede de VP, el día anterior: la  acostumbrada faena lumpen-represiva que, además,  sorprendería al mismo Pedro Estrada, si estuviera hoy al frente de la intimidación y persecución dictatorial.  

Injustamente reducida, agreguemos, pues, la masiva indignación ciudadana merece una clara y decidida conducción  de la llamada clase política, como ocurrió en Bolivia de acuerdo a la acertada observación que hiciera el diputado Biagio Pilieri, en nombre de la F-16J.  Acá, hemos trillado una y mil veces el mismo camino y, peor, mientras  se diligencian unas elecciones sin el cese de la usurpación, al alimón con los otrora parlamentarios de la dictadura, falseando irresponsablemente las expectativas, poco o ningún esfuerzo se hace por impulsar los legítimos comicios universitarios en defensa de la autonomía para un eficaz y decisivo desafío al régimen que aspira definitivamente a pulverizarla.

Luego, hay una marcada distancia estratégica con las realidades sociales en curso, urgida de subsanar, corregir o rectificar de asumir a la Asamblea Nacional como el óptimo dispositivo para el consenso y la transición de una oposición inevitablemente diversa, pero no menos urgida de una sólida, leal y comprometida convicción de ruptura.  La actividad del  16 de los corrientes,  se convirtió en un inevitable reconocimiento al esfuerzo de los bolivianos que saben de la terquedad del Foro de Sao Paulo; y, a la vez, fue ocasión para preguntarse sobre la orientación de una dirección política que creerle bastarle la que ejerce en el parlamento faltando al mismo Estatuto de la Transición que se dio. 

domingo, 10 de noviembre de 2019

FUERZA BOLIVIA, !FUERZA!


Los tuiteos de Humberto Calderón Berti, por cierto, apuntan a toda una nota editorial.

domingo, 7 de enero de 2018

DESEADA Y MALQUERIDA

EL NACIONAL, Caracas, 7 de enero de 2018
Firmantes en Dominicana
Alicia Freilich

1.- El Partido Stalinista Uniformado de Venecuba (PSUV). De cero credibilidad, pues por 20 años viola sistemáticamente la Constitución venezolana que hizo a su medida en 1999. La anula por medio de reglamentos sobrevenidos, sufragios fraudulentos y una constituyente ilegal. Representa 12% de la población votante, que para su CNE fuera de ley incluye cerca de 2.500.000 empleados públicos sometidos al carnet de la patria, un cartón sustituto de la cédula de identidad que permite a sus esclavos portadores malnutrirse sin proteínas con bolsas clapistas, a su vez otro gran negocio del régimen al importar alimentos con ganancias en comisiones exorbitantes para su bolsillo. En esa gigantesca masa de sometidos al terror militarista y en los cuadros militares medios está la clave de la potencia ciudadana que pudiera expulsar a los mandatarios desde una huelga general indefinida capaz de paralizar totalmente a lo que resta de país y generar una transición hacia comicios democráticos. Pero los escasos gremios y sindicatos están bajo el pánico de la represión brutal muy conocida ya por sus matanzas a quemarropa, tortura, prisión y despidos. A esa delegación le falta al menos un miembro del generalato chavista (dos mil y tantos), principalísimo soporte de la tiranía. Solo asisten civiles pero no cívicos, autores y actores delincuenciales de la ruina material y moral que hoy define al país como el criminalmente más corrupto, inseguro y enfermo del continente latinoamericano, a la par o por encima de Haití. Firman para esperar el alza de los precios petroleros conservando su trono minero. Después, si te he visto no lo recuerdo.

2.- La ex mesa unitaria de partidos políticos democráticos llamada MUD, grupos dispersos sin programas ni doctrinas actualizadas que los distingan, tribu de muchos caciques y pocos indios que con fines electoralistas reunió a voceros de varias organizaciones opositoras antiguas y nuevas. Luego de dos décadas disfuncionales con logros numerarios, promesas incumplidas, sacrificios de toda una generación joven y fracasos rotundos producto de inmadurez no admitida, ignorancia, complicidad oculta o manifiesta y discapacidad estratégica contra las trampas divisionistas del totalitarismo, hoy está deslegitimada por la ilegítima constituyente oficialista para concurrir a sufragios. Tampoco tiene la mayoritaria militancia, simpatía ni confianza de 80% de la sociedad disidente y victimizada a la que de paso no se le informa ni consulta previamente sobre el contenido de un acuerdo eventual que se firmará esta semana en la isla dominicana. Si acaso se le promete fecha decembrina para una votación presidencial ya perdida mientras la hambruna, el hampa y las pestes acaban con los despojos de la clase media y los sectores más desamparados, en especial sus niños. Consignan sus nombres para mantener liderazgos parciales y cargos inútiles.

3.- Los garantes de esa firma son: Nicaragua y Bolivia, enriquecidos y mejorados a costa del empobrecimiento venezolano, expertos en pasarse por el forro sus leyes que prohíben reelecciones presidenciales. Y los cancilleres de Chile y México, a quienes con respeto cabe preguntarles hoy jueves 4 cuando se redacta esta nota: ¿firmarían una negociación para sus países si el gobernante de turno fuera un activo Pinochet criminal golpista o, al estilo del peligroso modelo colombiano, con el terrorista narcopoder superior que asesinó a los estudiantes normalistas en Ayotzinapa, entre innumerables delitos?

Es que Venezuela, ahora muy pobre pero sin dudas heredera millonaria, es la más deseada y malquerida del continente por imperios y gobiernos de casi casi todo el planeta.

Fuente:

domingo, 28 de febrero de 2016

¿PARAMOS EL RETROCESO?

La derrota del continuismo
Luis Barragán


Escarapeladas democráticamente o no, fueron y son largas las dictaduras en América Latina. Y, tanto, que la alternancia en el poder constituyó una de las mayores conquistas políticas y programáticas avaladas por el sacrificio de generaciones enteras.

Equiparamos el poder alternativo con la democracia misma, explicándola. El continuismo gozó de un pésimo prestigio, igualmente, explicando buena parte de nuestros males. 

La tergiversación llegó a tales decibeles que Chávez Frías, ganando por un escaso margen la consulta popular que – así -  lo desautorizaba, forzó la parentela entre democracia y continuidad del gobierno, erigida la plebiscitación como un retroceso que arropó amablemente con las consignas participativas de su democracia.

Retroceso que celebraron impunemente los elencos del poder establecido, bajo el grueso maquillaje de una supuestamente novedosa revolución que halló eco en el continente. Sin embargo, la derrota – asaz amarga e inocultable – de Evo Morales, lo es para una tesis que nos impregnó de una premodernidad solamente defendida entre los abalorios de un marxismo atrabiliario e inmerecido.

Los tesistas en boga, incluyendo  a los que académicamente se han aventurado a darle una sustentación imposible, mediante trabajos de divulgación que no soportan la más modesta interpelación conceptual, avalados por alguna universidad de clara estirpe oficialista que la desmienten, ahora buscarán otros pretextos para reflotar esa devolución al pasado. Lamentablemente, pagamos con creces la desventura y persistimos en el empeño de la no reelección mediata ni inmediata y hasta defendemos el quinquenio gubernamental que una vez ostentamos en Venezuela, eficazmente.



29/02/2016