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viernes, 24 de noviembre de 2017

SORAYOS

EL MUNDO, Barcelona, 22 de noviembre de 2017
Desconstitución
Federico Jiménez Losantos

Si un dromedario es un camello dibujado por un comité, la Desconstitución sería la Constitución Española desdibujada por ese comité de catedráticos en Derecho Constitucional, tan cursi y fatuo que se bautiza "voluntariado cívico". Para entendernos: voluntarios llamados por los partidos políticos, el Gobierno y agentes cívicos para enmendar la plana a la ciudadanía que ha osado echarse a la calle con su bandera, sin aguardar a los partidos que nos han llevado a este desastre ni pedir opinión a 10 o 12 sorayos de cátedra, es decir, socialistas al baño maría de la Moncloa.Si la enseñanza ha sido destruida por la pedagogía y a la literatura la ha arruinado la metaliteratura, la Constitución Española no funciona porque los políticos, apoyados por comités expertos en justificar lo que les digan, la someten a la trituradora autonómica, esas 17 pirañas que han devorado al Estado y destrozado a la Nación. En las Cortes, los socialistas que amamantan este voluntariado de cátedra han saboteado en dos días el intento de Ciudadanos de enmendar dos situaciones rabiosamente contrarias al principio de libertad e igualdad ante la Ley, raíz de la Constitución: el Cupo vasco y el adoctrinamiento en las aulas; o sea, el privilegio fiscal y la tiranía educativa, que a partir de la inmersión lingüística discrimina a todos los castellanohablantes españoles en seis comunidades: Cataluña, Baleares, Comunidad Valenciana, Navarra, País Vasco y Galicia.Los sabios cumbayás del PSOE y el PP buscan lo que niegan: apaciguar el separatismo catalán destruyendo el orden constitucional. El artículo 2 lo derogarían por la espalda mediante disposiciones adicionales, apósitos desconstitucionales para reconocer la singularidad catalana y las que vengan. Su federalismo -tan sociata- necesitaría la destrucción previa del Estado español; y el arma es, claro, la metástasis autonómica. Sus Estatutos serían votados en los parlamentos regionales, sin pasar por las Cortes, y serían la base de la Desconstitución. Las autonomías rendirían acatamiento simbólico a España y atentarían realmente contra los derechos de los españoles, como hacen; y el Estado no podría recuperar las competencias en Seguridad y Educación que jamás debió transferir. O sea, un apaño para ir tirando cuatro añitos y el que venga detrás, que arree.

Fuente:

jueves, 1 de noviembre de 2012

DESCONCIERTO

EL PAÍS, Madrid, 01 de Noviembre de 2012
LA CUARTA PÁGINA
‘Delenda est Hispania’
Desde la Transición, los nacionalismos catalán y vasco tratan de maximizar sus ventajas de cara a superar el marco vigente del Estado de las Autonomías.Así, la aparición de un espíritu federal resulta imposible
Antonio Elorza 

En su libro Los rostros del federalismo, Roberto Blanco Valdés pone el acento sobre un factor que ha incidido en el fracaso del Estado de las autonomías —al cual considera una federación— y que sin duda contribuiría a bloquear cualquier intento de reforma que llevase a una racionalización de aquel: “La existencia de partidos nacionalistas que reivindican sin tregua una reacomodación del modelo autonómico español, con la vista puesta en superarlo antes o después, caminando hacia el confederalismo, primero, y hacia la independencia con posterioridad”. La aparición de un espíritu federal, de un patriotismo vinculado a la supervivencia de la Federación, resulta en tales circunstancias imposible. Desde la Transición, los nacionalismos catalán y vasco, a pesar de la moderación exhibida hasta ayer por los primeros, no aceptaron de hecho un juego de suma cero; tratan de maximizar sus ventajas ante la aludida superación del marco vigente. Y hoy por hoy, lo que en principio podría contribuir a una estabilización de los conflictos territoriales, la apertura de un proceso de reforma constitucional, puede así derivar hacia una plataforma de reivindicaciones conjuntas desde Euskadi y desde Cataluña que den lugar a una aceleración de la fractura definitiva.
El telón de fondo es conocido, aun cuando haya un lógico temor a exhibir tal antecedente: el estallido de la URSS, modelo de federación mal consolidada donde el único factor efectivo de unión consistía en el poder dictatorial ejercido desde Moscú por el Partido Comunista. Al entrar en barrena la economía en la era Gorbachov y aflojarse las riendas del poder soviético, la reacción lógica consistió en poner en marcha un “¡sálvese quien pueda!” a efectos de no compartir los costes de la bancarrota financiera. En convergencia con lo anterior, emergieron las reivindicaciones de las nacionalidades sometidas al federalismo forzoso de la URSS, con el añadido de las listas de agravios por las represiones estalinianas, particularmente intensas en las regiones bálticas, en Ucrania y en el Cáucaso. El Estado se mostró incapaz de elaborar un programa de reestructuración federal —la perestroika no contemplaba este aspecto de la crisis, y tampoco existían recursos para abordarla, ni siquiera en la vertiente represiva—. La URSS se desplomó en espera de que Putin procediera a aglutinar desde un autoritarismo neoestaliniano las piezas fragmentadas que aún quedaron dentro de la Federación Rusa.
En el caso español faltan, evidentemente, elementos de erosión presentes en la URSS. No hay nada parecido a la guerra de Afganistán, y la represión política y cultural de las nacionalidades es cosa del pasado franquista. A pesar de ello sigue siendo utilizada a fondo para configurar una memoria histórica maniquea, en la cual las tropelías franquistas se convierten en opresión causada por España o los españoles, vistos siempre como algo ajeno y perjudicial. Del franquismo emerge asimismo una imagen gratificante, de manera que cualquier reivindicación nacionalista es de suyo democrática y la oposición a la misma, signo de centralismo, de incomprensión, cuando no de persistencia de una mentalidad franquista. Es una forma de abordar con ventaja cualquier debate, como se está viendo actualmente en Cataluña, sin que tenga que entrar en juego la siempre incómoda facultad de pensar. Y por encima de todo, la situación de las naciones periféricas hoy dista de ser comparable a la del ocaso del imperio soviético, ya que disfrutan, en especial Euskadi, de un amplio autogobierno en el marco de una España democrática. Claro que también a este argumento se le puede dar la vuelta, declarando que todo fue alcanzado por la lucha de las nacionalidades. Entretanto, los cambios generacionales, con la autonomía creciente de la cultura y la normalización lingüística, especialmente en Cataluña, apuntaban a la situación presente.
La evolución de las cosas se asemeja al funcionamiento de un motor mal ajustado
La evolución de las cosas se asemeja al funcionamiento de un motor mal ajustado que, cuando opera a gran velocidad, intensifica las posibilidades de avería y, al perder marcha por efecto de la crisis económica, se detiene irremisiblemente. En los prolongados tiempos de bonanza, las exigencias nacionalistas fueron atendidas una tras otra —la ocurrencia de Maragall y Zapatero de reformar el Estatut responde a esa tendencia—, dado que existían en apariencia recursos ilimitados para montar un Estado sobre otro. Todo era aceptable, incluso absurdos tales como la penalización de quienes rotulasen sus comercios solo en castellano, anticipando una separación simbólica. Los elementos de Estado que menciona Mas, como las representaciones exteriores de la Generalitat, son un buen ejemplo. Al cambiar dramáticamente la coyuntura, acabaron las concesiones y surgió el malestar social, coincidiendo en Cataluña con el fiasco de la aprobación y recorte del nuevo Estatut. El Concierto Económico aminoraba los daños económicos para Euskadi y Navarra. A falta de ese colchón, quedaban reunidos todos los elementos para una dinámica centrífuga.
Ahora bien, resulta evidente que la crisis del Estado-nación español hunde sus raíces en la historia, y por supuesto en la mitificación convertida en relato histórico. En este punto, tenemos un denominador común: los estrangulamientos que el atraso económico de la España decimonónica provoca en todos los componentes de la vida social y política, desde la formación del mercado nacional y una escuela ruinosa al sistema político asentado sobre el caciquismo y la corrupción, por no hablar del militarismo. No era un problema metafísico, sino bien concreto: fallaban los mecanismos de nacionalización, los recursos para integrar regiones y formar ciudadanos, sobre el patrón francés. Resulta inexcusable aquí la cita del payés de la Cataluña francesa que explica al filólogo catalanista por qué allí no hay nacionalismo: el Estado francés, desde la escuela a los hospitales, satisface las necesidades de sus catalanes; en territorio español, ante un Estado ineficaz, pueden ser catalanistas. En la crisis del 98 España fue vista ya como “un país moribundo”. Los nacionalismos periféricos emprendieron su marcha y el medio siglo de modernización económica a partir de 1960 llegó tarde, gracias también al franquismo, para invertir las tendencias centrífugas.
Ahora más próximas, las trayectorias de los nacionalismos catalán y vasco han sido diferentes. En el caso vasco, se trató de una respuesta de las élites autóctonas a las transformaciones de poder resultado de la industrialización, después de una prolongada agonía del antiguo régimen. El nacionalismo tuvo desde el comienzo una elevada carga de violencia antiespañola que el pragmatismo ulterior del PNV no hizo desaparecer. Fue un nacionalismo biológico, sobre la base del antecedente foral, leído como independencia. ETA y la prolongada pasividad —y transitoria alianza— del PNV con el grupo terrorista coincidieron en fomentar la paralización de la conciencia democrática y la hegemonía de una mentalidad de separación, aún vigente. Solo el Concierto Económico, con sus espectaculares ventajas, traza la divisoria entre las dos ramas del nacionalismo sabiniano.
Distanciamiento, alienación política y crisis económica, configuran el actual conflicto
En el caso catalán, más que de una conciencia de revancha por 1714, buena coartada, estamos ante la historia de un desajuste secular, siendo una región avanzada en los planos económico y cultural, que nunca encontró correspondencia en el resto de España, salvo a la hora de defender o imponer sus intereses económicos. A diferencia del eje Piamonte-Lombardía, Cataluña no hizo España; se adaptó a los requerimientos de su atraso. Las organizaciones políticas, culturales, obreras de Cataluña, aunque de nombre fuesen nacionales españolas, acabaron restringiendo su acción a ella o experimentando una clara frustración: ejemplo, el PSUC. Distanciamiento cultural, integración de los emigrantes, alienación política, crisis económica, han configurado la crisis actual, administrada eso sí desde un decisionismo que es más reflejo de pasadas carencias que presagio de democracia, con o sin independencia.
En suma, la reconducción es difícil. El Concierto retiene a Euskadi, pero justamente la desigualdad que provoca al escorar en su favor el cálculo del cupo, bloquea lo que sería un primer paso, la racionalización del Estado autonómico en el plano fiscal. No es la coincidencia de las presiones independentistas el principal problema, sino la extrema dificultad de reformar un Estado-nación sumido en la crisis.
Ilustración: Eva Vásquez

viernes, 4 de mayo de 2012

(PARA UNA TEORÍA DEL) ESTADO DE LAS AUTONOMÍAS

EL PAÍS, Madrid, 4 de Mayo de 2012
¿Qué modelo de Estado?
La crisis económica ha dado nueva munición a quienes critican a las Comunidades Autónomas
Joan Saura 

El balance, el papel y el futuro de las Comunidades Autónomas (CC AA) están hoy a debate. La cuestión de fondo es ¿por qué modelo de Estado optamos? Desde hace unos meses determinados sectores han lanzado una ofensiva contra las CC AA, es decir, contra la actual configuración del Estado de las Autonomías. La expresión más pintoresca han sido las declaraciones de Esperanza Aguirre planteando la devolución de las competencias de Sanidad, Educación y Justicia para ahorrar 48.000 millones de euros al erario público. No sé cómo lo calcula, pero creo que ella tampoco lo sabe.

El pistoletazo de salida lo dio la FAES en 2010 con el estudio Por un Estado autonómico racional y viable. Simultáneamente una nutrida representación de conocidos financieros y líderes empresariales bajo el paraguas de la Fundación EVERIS hizo entrega al Rey (¡sí, sí, al Rey!), de forma inusual y sorprendente, el documento Propuesta Transforma España en el que se plantea la necesidad, entre otras cuestiones, de reordenar el modelo de Estado. Desde entonces la impugnación del papel de las CCAA ha ido en aumento.

La crisis económica ha proporcionado nueva —y falsa—munición a estos sectores. Se empieza diciendo que las CC AA tienen la responsabilidad del incumplimiento del objetivo de déficit y del volumen de la deuda pública para acabar afirmando que despilfarran y en consecuencia concluyen que se trata de “racionalizar”, de volver atrás, porque se ha ido demasiado lejos en el grado de descentralización.

Vayamos por partes, el Estado de las Autonomías ha facilitado un periodo de desarrollo social, económico y cultural indiscutible. Complejo, insuficiente, inacabado. Cierto. Pero de balance positivo incuestionable.

La descentralización  ha comportado una convergencia en términos de bienestar

Tuve la oportunidad de asistir, con el entonces presidente de la Generalitat José Montilla, a la Conferencia de presidentes de CC AA que convocó el anterior presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. La conclusión de la Conferencia fue que globalmente el desarrollo autonómico había sido un éxito. Voces de distinto color político pidieron seguir avanzando. Más autogobierno, mejor financiación. Nadie planteó retroceder.

Por otro lado, la descentralización producida ha comportado una convergencia en términos de bienestar como señala el estudio Autonomías y desigualdades en España (R. Gallego y J. Subirats) aunque la percepción de la ciudadanía no coincida siempre con esta realidad.

En estos momentos el ataque más profundo ha venido de las acusaciones —no fundamentadas— de irresponsabilidad fiscal y despilfarro de las CC AA y de ser responsables del incumplimiento del objetivo de déficit y del volumen de la deuda pública.

Veamos, el gasto público de las Administraciones Públicas (AA PP) se distribuye en 2010 y según Eurostat de la siguiente manera: 44%, la Administración Central (A. C.); 39%, las CC AA y 17%, la Administración Local (A L.) Pues bien, la distribución de la deuda entre las distintas administraciones es: del 77%, la A.C, muy por encima de su 44% de gasto, mientras que las CC AA son responsables del 39% de gasto público, pero tienen sólo el 17,5% de deuda pública.

Es necesario dar un salto cualitativo federal, aunque esa propuesta siga incomodando

Parecido análisis se puede hacer del déficit. El 8,5% de déficit de 2011 fue el resultado del 5,1% de la A.C., del 2,9% de las CC AA y del 0,4% de la A.L. Si la distribución del déficit entre las administraciones se hubiera hecho proporcional a su porcentaje de gasto, los objetivos del déficit hubieran sido: 3,74%, la A. C.; 3,31%, las CC AA; y 1,45% la A.L. Es decir, un reparto coherente con el porcentaje de gasto de cada administración nos dice que las CC AA cumplirían holgadamente con su objetivo de déficit mientras que la Administración Central lo incumpliría.

Las CC AA no cumplen los objetivos de déficit porque estos se han fijado arbitrariamente de forma que el margen para la A. C. está hinchado mientras se ha reducido el margen a las CC AA.

Vienen a cuento tantas cifras para demostrar la falsedad de las acusaciones que se lanzan, sin que esto signifique dejar de criticar determinadas actuaciones e inversiones, ni negar las posibles y necesarias mejoras de gestión y transparencia, ni pasar por alto los episodios de corrupción.

Piénsese, además, que a pesar que las partidas de Educación y Sanidad ascienden aproximadamente al 70% del presupuesto de cada Comunidad Autónoma en España se está gastando per cápita mucho menos que se gasta en la UE en los capítulos de Sanidad, Educación o Dependencia. Además, hay que tener en cuenta que las CCAA actúan como primeros y principales responsables de dar respuesta a los problemas sociales que la crisis plantea. No son el problema son parte de la solución.

En la pasada legislatura diversas CC AA aprobaron nuevos Estatutos de Autonomía. Se trataba, y se trata, de aumentar el autogobierno para resolver desde la proximidad los problemas y las aspiraciones de la gente. Hoy el desarrollo y aplicación de los mismos está bloqueado. No se sabe que política hará el gobierno. Ni Rajoy ni ninguno de los miembros de su gobierno han comparecido en el Senado (cámara de representación de las CC AA) para explicar cual es modelo de Estado que el gobierno propone. ¿Cómo piensa desarrollar los nuevos Estatutos? ¿Avanzar en un sentido federalizante? ¿Dejarlo todo igual? ¿Recentralizar? ¿Cómo y en qué sentido reformar el Senado? El tiempo que lleva el Gobierno supura progresiva y preocupante recentralización.

A mi entender es necesario un salto cualitativo federal. Sé que no es fácil, sobre todo porque la derecha piensa que un estado federal es un estado débil (cuando países como Alemania lo desmienten) y a menudo expresa nostalgia de un Estado unitario. Sé, también, que no es fácil porque a la izquierda estatal le incomoda esta cuestión, por eso sus silencios son clamorosos. Los retrocesos y los silencios deberían abandonarse y encaminarnos hacia un horizonte federal.

Joan Saura es presidente de ICV y senador.


Ilustración: David Vela, 'La Blackberry guiando al pueblo', ganadora del segundo premio World Press Cartoon de la sección 'Editoriales', es una parodia de 'La libertad guiando al pueblo', de Eugene Delacroix (EL PAÍS, Madrid, 04/05/12).