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jueves, 9 de enero de 2020

TIEMPOS RAROS

Defensa de lo básico
El día 30 de diciembre de 2019 se ha publicado, en el diario El Mundo, un artículo de David Ortega, en el cual el autor opina que el nacionalismo tiene un peso absolutamente desorbitado en el entramado político e institucional de España.
David Ortega

Vivimos tiempos complejos, casi todos lo son, y nuevamente debemos llamar la atención sobre lo que es importante y relevante en nuestra vida pública, entre tanto marasmo, confusión y charlatanería. Jerarquizar lo que es esencial y marcarlo con claridad me parece prioritario, si se quiere avanzar y progresar de manera seria y responsable.

No cabe duda que hoy el tema de la organización territorial del Estado es clave y determinante en nuestra vida pública y política, gastando una parte muy significativa de nuestras energías políticas: el conflicto en Cataluña con el independentismo, la formación del Gobierno de España, la proliferación del nacionalismo. El debate nacional público y publicado -mediático- está dominado por este asunto muy por encima del resto, pues afecta a todo nuestro entramado institucional: poder legislativo, poder ejecutivo, poder moderador, poder autonómico, poder electoral, etc.

En situaciones complejas, y ésta sin duda lo es, siempre es recomendable atender a los principios básicos de la política desde hace milenios: el interés general, el bien común, los principios de libertad e igualdad, el respeto por la democracia que es lo mismo que el respeto por la ley, pues aunque algunos intenten tergiversarlo, la ley es la expresión o el fruto de un sistema democrático.

Hace no muchos días celebramos los 41 años de nuestra Constitución de 1978, la única que ha funcionado en nuestros dos últimos siglos de caos democrático y constitucional hasta el nacimiento de la misma, creo que tres guerras civiles en el siglo XIX, una terrible en el XX, varios golpes de Estado y dictaduras -una de casi cuarenta años-, dos repúblicas fracasadas y seis constituciones ineficaces, lo atestiguan. Estimo que es muy útil refrescar tan solo dos artículos que prácticamente abren el Título VIII de nuestra Constitución, que precisamente se titula De la organización territorial del Estado. El artículo 138.1 establece (por cierto, qué lastima -e irresponsabilidad- que la Constitución no se enseñe en todas nuestras escuelas, cuánto bien se haría a nuestra democracia) lo siguiente: “El Estado garantiza la realización efectiva del principio de solidaridad consagrado en el artículo 2 de la Constitución, velando por el establecimiento de un equilibrio económico, adecuado y justo entre las diversas partes del territorio español, y atendiendo en particular a las circunstancias del hecho insular”. Esto significa varias cosas. Primero, que el Estado autonómico español tiene límites claros que la Constitución marca, no todo vale. Segundo, que se apoya y favorece la descentralización, pero nunca la injusticia entre territorios y, más importante, entre personas. Tercero, que el artículo 2, nada más y nada menos, apunta un principio del Estado autonómico: la solidaridad entre los españoles, sin que el territorio donde se viva signifique un desequilibrio económico. Y cuarto, que la solidaridad del artículo 2 no debe ser jamás un brindisalsol, por eso el artículo 138.1 repite y enfatiza muy claramente: “realización efectiva del principio de solidaridad”. Tal vez pueda generar alguna duda el artículo 138.1, aunque yo pienso que no, pero si la hubiera, el siguiente apartado la disipa con rotundidad, pues el artículo 138.2 determina: “Las diferencias entre los Estatutos de las distintas Comunidades Autónomas no podrán implicar, en ningún caso, privilegios económicos o sociales”. Parece poco discutible que la Constitución no quiere Comunidades Autónomas de primera y Comunidades Autónomas de segunda, lo contrario sería admitir que en España hay españoles de primera y españoles de segunda, a nivel económico y social.

Creo que en estos momentos de debate político sobre las competencias, financiación y “determinados” derechos de los ciudadanos de algunas Comunidades Autónomas, debemos tener presentes estos preceptos. Por cierto, para despejar ya todo tipo de dudas, el artículo 139.1 establece que: “Todos los españoles tienen los mismos derechos y obligaciones en cualquier parte del territorio del Estado”.

Hemos de tener presente que los poderes del Estado y sus diferentes actores deben desarrollar el marco político y, dentro del mismo, tienen todo el margen de maniobra que consideren, pero los límites que marca la Constitución son líneas rojas insalvables. Lo contrario implicaría la intervención del Tribunal Constitucional a través del recurso o cuestión de inconstitucionalidad, a instancias de los órganos legitimados para ello.

Por lo demás, el Gobierno de España también tiene sus deberes. En este sentido el artículo 97 abre el Título IV de la Constitución Del Gobierno y de la Administración y dentro de las siete funciones principales que le atribuye, está la “defensa del Estado”. Es esta una responsabilidad ineludible, el Gobierno de España debe obligatoriamente defender el Estado. ¿Qué significa esto? Muy sencillo, defender el Estado regulado en la Constitución. Y ya hemos visto cómo los señalados artículos 138 y 139 se refieren al Estado. El círculo democrático se cierra lógicamente con el artículo 9.1 de la Constitución: “Los ciudadanos y los poderes públicos están sujetos a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico”. No sé qué parte de este artículo no ha entendido el Gobierno -y parte del Parlamento- de Cataluña. Reventar el sistema democrático español, donde viven 46 millones de personas, no sé si es muy democrático. A mí me recuerda a lo peor del siglo XIX y XX de la historia de España. Vuelta a no respetar la norma. Vuelta a no respetar las instituciones. Vuelta a la demagogia como degeneración de la democracia. Por cierto, dentro del no respeto institucional está el ninguneo a la Jefatura del Estado, esto es, al Rey de España, artículo 56.1 CE.

Vivimos tiempos raros, donde no se tienen claras las ideas básicas: qué es una democracia, qué es un Estado de derecho, qué es una Constitución, qué es un poder constituido -fruto de la Constitución y sometido a ella-, qué es un poder constituyente -el que elabora la Constitución, el único soberano pues, es decir, el pueblo español, algo que el nacionalismo independentista tampoco entiende-.

Termino. Creo que el nacionalismo tiene un peso absolutamente desorbitado en el entramado político e institucional de España. Hay principios esenciales a los que no se puede renunciar, como la libertad, la pluralidad -las sociedades cerradas y uniformadas características de cualquier nacionalismo: vasco, catalán o español, me producen vértigo-, la igualdad y el respeto a la norma que democráticamente nos hemos dado, y el nacionalismo está destrozando todos estos principios. Son principalmente el PSOE, el PP y Ciudadanos los que tienen que defender y respetar estos principios, si no la historia de la democracia española irá a un irreversible fracaso. Del resto de fuerzas políticas no espero mucho, primero por su carácter extremo, segundo por estar alejadas del interés general y el bien común de los 46 millones de españoles. Las pasadas elecciones generales dieron al nacionalismo un porcentaje de voto en ningún caso superior al 8%, me resulta muy difícil comprender y tener que aceptar, en términos democráticos, que menos del 8% de españoles marque la vida pública del restante 92%.

Ortega y Gasset, gran conocedor de la realidad española, abogaba por líderes que estén a la “altura de los tiempos”. Es tiempo de grandeza, responsabilidad, sentido de Estado y perspectiva histórica, poco o nada se habla ya del interés general y el bien común de las 46 millones de personas que viven en España. Para mí esta es la única perspectiva legítima y democrática, el resto es demagogia. Los cuarenta y dos años de vivencia democrática que hemos tenido, se han basado principalmente en la moderación y la competencia política centrada, evitando siempre los extremos. Dos siglos de historia política extremista creo que son bastante para haber aprendido la lección, espero.

(*) Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Rey Juan Carlos

Comentarios
Hubo cuatro guerras carlistas, la última fue la del 36-39: la reacción frente al progreso. También dos repúblicas democráticas que pudieron ser y ambas se abortaron con sendos golpes de estado militares. Del último vienen los lodos en los que estamos. No hay progreso donde no haya libertad, donde no haya igualdad y donde no haya fraternidad. El único Estado viable tiene que defender estos valores. El Estado está sobre la Constitucion; ésta es un intento de reflejar los principios del Estado; un mero instrumento a su servicio. Sacralizar la Constitucion es un fraude; olvidarse del Estado, que es su esencia, Eso exige que esta Transicion a la democracia que se nos vendió llegue a su fin, se recupere la democrcia y todos sea verdad que "somos iguales ante la ley", como dice el art. 14, pero viola todo el Título II; que sea verdad que "la soberanía reside en el pueblo de donde emanan los poderes del Estado" (art. 1.2 CE78); no existe si se nos prohibe la periódica elección del jefe del Estado. Donde no hay democracia hay dictadura, monáquica o militar, pero sin libertad de elección, aunque se siga respetando la libertad para poner, 1, X o 2 en la quinielas. Todo pasa por la escuela, recordemos a Costa, senecesita más educacion en la ciudadanía y menos en creencias; quien cree se niega a reconocer su ignorancia, que es el primer paso para erradicarla; en su lugar se afirma en ella a medida que cree más y aumenta su violencia e intolerancia frente a los que, en lugar de creer que es verdad lo que ignoran, razonan // Escrito el 30/12/2019 13:28:09 por Alfonso J. Vázquez.

Fuente:
https://www.iustel.com/diario_del_derecho/noticia.asp?ref_iustel=1193961
Ilustración, LPO:
https://www.elmundo.es/opinion/2019/12/30/5e08b29f21efa0d7488b458d.html

sábado, 7 de octubre de 2017

CACHICAMOS DICIÉNDOLE A MORROCOY, "CONCHÚO"

Del catalanismo de Maduro
Luis Barragán

Inoportuno e innecesario, Cataluña vive un drama que intenta atajar el rey desde la sobria perspectiva que ha cultivado. Historial aparte, con todos sus (des) aciertos, la región sufre las consecuencias del nacional-populismo que ha penetrado la exitosa experiencia comunitaria europea, tratando de empujarla hacia una injustificada debacle, quizá a favor – por ejemplo – de China que, igualmente, constituye un bloque artificial de varias nacionalidades.

Fenómenos de un mismo tenor, en la era de la globalización y de la glocalización que parte de una radical transformación del Estado Nacional, surge el independentismo catalán, como algún día pudiera ocurrir algo  semejante con las provincias de Barcelona, Gerona, Lérida y  Tarragona, repetido el cuadro de presiones y tensiones hoy sostenido con Madrid.  Por lo demás, de radicalizar todas las identidades del mundo, tendríamos – recordando un viejo dato de Tofler – más de cinco mil comunidades, retardando el fenómeno en cuestión e involucionando hacia los pasos iniciales del Estado Nacional que evitaría el definitivo naufragio impuesto por la anarquía, por no vislumbrar la fragmentación que también experimentarían – tarde o temprano – internamente Córcega, Baviera o Escocia. 

El asunto sabe de una enorme complejidad que groseramente simplifica el oportunismo de sendas corrientes políticas que compiten desleal e irresponsablemente, añadidos sus intérpretes más distantes. Así, Nicolás Maduro, por cierto, quien a estas alturas de la vida no ha exhibido su partida de nacimiento, siendo tan elemental el requisito, incurre en el cinismo más descarado al apuntar a Mariano Rajoy por la represión que ha ejercido en Cataluña, la cual no tiene comparación con la demencialmente vivida en la Venezuela que, por escasos meses, vivió el asesinato de más de cien jóvenes que protestaron pacíficamente a un régimen conculcador de las libertades públicas.

La temeridad del intérprete que nunca ha expuesto curiosidad, inquietud e interés alguno por las cuestiones que vayan más allá de Miraflores, creyéndolo ombligo de las angustias universales, por delimitado que sea el palacio, tiene muy pocos alcances. El más obvio riesgo está en alborotar, por sacarse una espina moral, nuestros regionalismos, comenzando por el zuliano, que segura e inmediatamente provocará la observación y reprimenda de los dueños reales del Estado Cuartel al que hemos arribado.

El catalanismo de Maduro Moros no pasa de un tremendismo circunstancial, pues, declarada la independencia de Cataluña,  resultaría impensable que oficialmente la reconociese con la pretensión de generar un caos de utilidad inmediata, a la postre contraproducente. Valga acotar, vapuleado Podemos en España, la sucursal extra-continental del chavismo que acá agoniza, bien podría respaldar y abrir el sendero para un mediador como Rodríguez Zapatero, redondeando la faena.

lunes, 2 de octubre de 2017

DEMANDA DE SENSATEZ

Nota
Tomás Straka

¡Qué difícil es para los venezolanos salir de nuestras particulares tormentas para pensar en cualquier otra cosa!
Lo de Cataluña es un ejemplo. Hemos oído mucho sobre secesionismos últimamente -Crimea, los kurdos, Escocia que se quiere ir de UK; ésta que se fue de la CE, etc- pero es el primero que más o menos nos importa por su cercanía. Hay problemas de fondo que no aparecen por primera vez en la historia y que, de hecho, están en la base de nuestra nacionalidad. Mucho de lo que se argumenta ahora de lado y lado en la península, se oyó acá en 1810 u 11 (en especial me acuerdo de aquello de: ¿y qué viven en Caracas, españoles o hotentotes?, que espetó un gaditano ante nuestro independentismo).
La tensión entre el derecho a nulificar los pactos de las confederaciones, que ninguna, que sepa, acepta (y que fue la base de la guerra de secesión norteamericana); y la autodeterminación de un pueblo a organizarse como Estado-Nación, es lo que está en el fondo. Pero acá básicamente lo vemos desde el prisma de que los independentistas catalanes suenan a Podemos y han recibido la bendición de Maduro; y Rajoy ha denunciado a nuestro actual régimen. Con base en ello hacemos simplificaciones y tomamos partido. Se comprende, porque así actuamos los desesperados; pero no por comprensible conduce a razonamientos que ayuden a entender bien las cosas.
No tengo la capacidad para opinar demasiado por el momento. Sólo que temo por la paz y la democracia españolas. ¿Qué va a hacer el Estado español ante la declaración de independencia, sobre todo cuando tiene otros secesionismos con que lidiar? ¿Hasta dónde están dispuestos a defender su independencia quienes acaban de afirmar que formarán una república? ¿Qué papel jugarán el Rey y las fuerzas armadas, sobre todo si sienten que Rajoy es muy suave o las cosas se salen completamente de cauce?
Ojalá prive la sensatez. Quisiera oír lo que gente con más formación en asuntos de derecho internacional pueda decir al respecto. Sobre todo en clave de hallar una solución que de momento -¡ojalá me equivoque!- no veo fácil por las buenas.

Fuente:
Ilustración: S/a, tomada de la red.

jueves, 28 de septiembre de 2017

NACIONALPOPULISMO

EL MUNDO, Barcelona, 24 de septiembre de 2017
CARTAS A K.
Calor de ley
Arcadi Espada

Mi liberada:Como sabes, creo que el ocio, tan malsano según los viejos breviarios, es el principal sustento del apoyo en las calles a los planes del gobierno ilegal. El apoyo no pasa hasta ahora de simbólico. Una revolución necesita revolucionarios y estos días va a verse cuántas personas (personas y no grey mediática) hay dispuestas a perder una hora de trabajo por la estúpida independencia. Pero mi problema hoy es otro. Es el de saber cuántas personas hay en España dispuestas a perder una hora de trabajo (¡o de ocio!) en la defensa del Estado de Derecho. Sobre este asunto circula una teoría blanda y pasiva, que aspira con un punto de empalago a la irreprochabilidad. Los demócratas no tendrían necesidad de movilizarse, porque el Estado ya se moviliza por ellos. La teoría justifica muchas conductas. Por ejemplo, la de mi amiga y patriota L, que pasará el día de la infamia cabalgando. Y es la teoría predilecta de los partidos que no han cumplido con sus obligaciones. Durante décadas ni el Partido Socialista, que es el enfermo bipolar de la democracia española, ni el Partido Popular, cuyos complejos lo conducen con frecuencia al estado de coma, han trabajado por el desprestigio moral, político y cultural del nacionalismo, tarea a la que los obligaba sus elementales convicciones acerca de la igualdad y la libertad. Ni siquiera en este tiempo de fibrilación mediática la movilización se improvisa. Una de las tantas ridículas mentiras del nacionalismo es asegurar que sus movilizaciones son espontáneas. No lo son por ausencia de convocatoria, que la hay siempre y eficazmente replicada; pero, sobre todo, porque desde hace años la sociedad nacionalista está movilizada permanentemente, desde que se levanta para ir a la escuela hasta que se acuesta con el último informativo de la televisión pública. Sin embargo, y después de 40 años, el éxito de movilización ha sido relativo. El gran trauma silencioso del secesionismo es que solo ha logrado alistar a catalanes de origen, rompiendo definitivamente con su mantra falaz de la unidad civil de Cataluña. La relación entre el voto independentista y la lengua materna (y entre el voto secesionista y la frecuentación de la radiotelevisión pública, que ha analizado el estadístico Albert Satorra) es incuestionable y exhibe, no solo el fracaso del nacionalismo, sino la medida de la irresponsabilidad de un plan de ruptura que no alcanza ni de lejos la adhesión de la mayoría de ciudadanos. Al otro lado está la que llaman, con una punta de misterio, mayoría silenciosa. Pero como sucede con la movilización nacionalista no hay mayor misterio con ella. Ni la mayoría ruidosa ni la mayoría silenciosa actúan espontáneamente. Se trata de una población, algo más de la mitad de la población, que vive en campo contrario ajeno gracias a la insidiosa labor del nacionalismo pero también gracias a la pasividad de los dos partidos españoles, a los que ahora cabe añadir Ciudadanos, también y sorprendentemente desinteresado en impulsar la movilización de la sociedad civil favorable. La mayoría silenciosa no debe su adjetivo a ninguna especial condición biológica, sino al hecho, claro, puro y simple, de que nadie le ha pedido la palabra. Es evidente que el constitucionalismo, por su propia conducta no puede competir con el secesionismo en la frecuentación de la calle. Pero otra cosa muy distinta y desmoralizadora es que haya renunciado a trazar un vínculo caliente, emocional con los ciudadanos que en Cataluña están del lado de la democracia. A lo largo de esta semana el nacionalpopulismo ha mostrado su cara más siniestra, que ha incluido la actividad borroka de sus escuadrones. La complicidad insurreccional, al menos por pasiva, de los mandos de la policía catalana, sobre los que es difícil mantener una conjetura de lealtad constitucionalista y los graves errores del ministerio del Interior, que no previó un dispositivo de seguridad propio en la actuación de la Guardia Civil en el departamento de Economía y que envió a cuerpo gentil a la policía a la sede de la CUP, dieron lugar a escenas de humillación y peligro intolerables en un Estado de Derecho. A ellas se añadieron algunos sucesos relativamente menores como el de la bravuconería arrogante de los estibadores del puerto de Barcelona que vocearon su negativa a colaborar en la logística de los barcos que alojarán a la policía. O la ya habitual presión de la turba a los jueces, esta vez frente al edificio donde interrogaban a los imputados del departamento de Economía. Estos sucesos, que se enmarcan en una estrategia de intimidación del secesionismo, van recibiendo respuestas más o menos eficaces del Estado. La última, la coordinación bajo un mando único de todas las policías que operan en Cataluña. Pero la sociedad civil democrática sigue hablando en voz baja. Y aún es la hora de que los partidos que la representan hayan expresado un mínimo sentimiento de cordialidad hacia las policías, acosados e insultados por el matonismo nacionalista de la misma forma y por las mismas razones que los alcaldes democráticos han sido señalados, insultados y acosados. El Estado tiene el monopolio de la violencia, entre otros contundentes monopolios; pero la acción democrática la comparte con los ciudadanos. Hay una última y delicada responsabilidad que el ciudadano no puede delegar en el Estado. Alude a su propia dignidad política. Esa responsabilidad es un aliento imprescindible de la ley. Y promover y organizar su ejercicio, ¡ese calor de ley!, es una tarea que compete, principalmente, a los partidos, entre otras muchas razones porque son los que traducen en ley la voluntad de los ciudadanos. El encuentro público entre iguales no debe ser del dominio exclusivo de la demagogia populista. Si no defendida, la democracia debe ser celebrada en la calle. Y hasta este momento del Proceso en la calle catalana la democracia solo se pisotea. Es inaudito que a una semana del peligroso 1 de octubre los partidos no hayan convocado en Barcelona, en el centro del acoso nacionalpopulista, una manifestación de celebración democrática que reúna a los españoles libres e iguales de Cataluña y de fuera de Cataluña. Y cuya banda sonora sea Mediterráneo, este himno antixenófobo, que desde anoche suena en Cataluña cual sofisticada alternativa -lo admito, libe: ¡cómo nos hemos de ver!- a las rítmicas, guturales y oscuras cacerolas, ajenas a las armonías complejas.Y sigue ciega tu camino.A.

Fuente:
Ilustración: Raúl Arias.

INCERTIDUMBRE

EL MUNDDO, Barcelona, 18 de septiembre de 2017
EL RUIDO DE LA CALLE
Alcaldes dolicocéfalos
Raúl del Pozo
 
"Un vulgo errante, municipal y espeso" ha tomado el palacio gótico. La vara de los alcaldes, como la de la Justicia, es símbolo de autoridad y tiene connotaciones fálicas. Es metáfora del pene. La han utilizado para dar varazos a la Constitución, poniendo los huevos sobre la mesa. Setecientos alcaldes, autoridades menores, políticos de bache y farola, erguidos como gallos, con las varas enhiestas, se han convertido en maleantes. Se colocaron detrás de los cabecillas del motín, entre los que está Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, y los jefes del Govern títere. Como se lee en el Quijote, no rebuznaron en balde el uno y el otro alcalde porque, según el ministro de Justicia, si son 700 los que nos dieron coces, serán 700 los que irán a juicio. Habrá que verlo y habrá que observar si el Estado democrático es capaz de desmontar el retablo de los tramposos.No sé si llegarán a tiempo los yanquis para desarmar a los segregacionistas, cuyos barandas, "una república de municipios independientes" (Carlos Marx), ya no representan a sus vecinos sino a los enemigos de la ley. Pero dominan la parte más hostil del territorio y van a traer de cabeza a los fiscales.Los alcaldes que han desafiado a la Constitución no emularon al alcalde de Zalamea y o al de Móstoles. El de Zalamea, protagonista de la obra de Calderón, que luchó contra la sublevación de Cataluña, defendía a los vecinos contra el poder, mientras que los ediles catalanes apoyan a una banda facciosa del propio Estado. El de Móstoles apoyó a los españoles y éstos ya son los enemigos de los españoles que viven en sus municipios. El referente de estos secesionistas es, más bien, Bartomeu Robert, que fue alcalde de Barcelona y tiene monumentos y calles en toda Cataluña. Era dirigente de la Lliga cuando, según Pla, los catalanistas eran "cuatro gatos" y tenían fama de chalados. Decía el alcalde Robert, aquel padre del nacionalismo, que España era un país moruno y que la raza catalana era superior a la castellana. Defendía la rassa y distinguía tres perímetros craneales, braquicéfalos atlánticos, dolicocéfalos mediterráneos y mesocéfalos mesetarios.Toda esta pesadilla empezó cuando Pi i Margall ideó aquella cursilada de las nacionalidades, después del cantonalismo y la república federal frustrada. Desde entonces los españoles se han enfrascado en una conversación bizantina, estúpida e interminable, preguntándose si es igual nación que nacionalidad, sustancia que calificación y si es posible un solo Dios entre tantos dioses.Mientras, los sediciosos preparaban el asalto a la nación después de una escalada de intoxicaciones, una charca de mentiras, una sucesión de gatadas, astucias, engaños y simulaciones. Empezaron con el derecho a decidir y acabaron con el referéndum de autodeterminación. Y ahora la gente en Cataluña no sabe quién representa la ley y quién el delito, cuando está clarísimo quienes están con la democracia.Que no duden: el delito está en los que han atacado la Constitución, el Estatuto de Autonomía, la Generalitat y la soberanía nacional.

Fuente:
Iustración: Ulises Culebro.

domingo, 10 de septiembre de 2017

FALSO PARTIDO

EL PAÍS, Madrid, 10 de septiembre de 2017
 EL ACENTO
Este partido lo perdemos todos
Berna González Harbour

Hay un cierto aire de final de fútbol, de partido entretenido en el que un equipo y otro se golean, regatean, amagan, esconden la alineación y agitan banderas para animar a los suyos. Un partido triste de una liga que seguimos pocos porque aburre a las ovejas, pero que en estos días tiene un punto extra de animación porque el entrenador de un lado ha sacado al campo a los del juego sucio (Forcadell, pura zancadilla o patada en la espinilla como si no existiera la repetición de la jugada: la vemos todos) y el entrenador del otro lado juega correcto y ha desplegado todos los fichajes necesarios, aunque siga sin enamorar.

Pero no nos equivoquemos, porque esto no es un partido. Que el Parlament apruebe la ley del referéndum y que el Constitucional la anule, que los buzones de 947 alcaldes se llenen de cartas de Puigdemont conminándoles a participar; del Gobierno en contra; del Constitucional apercibiéndoles por si acaso; de informes jurídicos; de sentimientos en contra y a favor; de protestas y señalamientos... no puede contarse en goles ni en tantos de pimpón, aunque a ratos apetezca.

¿Contamos los Ayuntamientos a favor del referéndum por unidades, como hace Puigdemont, para decir que 642 se han adscrito? ¿o los contamos por población para ver que representan poco más del 40%, como dicta el sentido común? ¿Contamos las barbaridades por los tuits que generan o intentamos elevar el foco y analizar con frialdad cómo se destruye la convivencia en una espiral que dejará heridas para siempre? Rufián no sabe cómo se sacará al Ejército de Cataluña ni cómo se asumirá el control aéreo, porque —dice— le importan más los últimos contratos de venta de armas. Armas que también vienen de Cataluña, pero no estamos para matices. Tardà nos dice que el 1-O votarán entre Cataluña o la corrupción y los Pujol, Mas, convergentes y la propia ERC nos siguen sosteniendo la mirada como si —otra vez— no pudiéramos dar al botón de repetición de la jugada y revisitar lo que han hecho. Lo vimos todos.

La mentira es la nueva verdad porque la nueva legalidad es ilegal, y la fractura que hemos visto en el Parlament se empieza a trasladar como leche hervida que desborda su puchero a todos los municipios. Lo vimos en Euskadi y fue doloroso. El Gobierno catalán ha trucado las reglas hasta hacer posible que una diputada de Podemos retire las banderas españolas que unos diputados tan votados como ella pusieron con la catalana para dejar algo más simbólico que su ausencia de un voto para la vergüenza.

Stefan Zweig describe en El mundo de ayer la placidez que vivió en su niñez en Viena, cuando la civilización que le rodeaba creía haber llegado a la meta más allá de la cual poco se podía mejorar. El bienestar económico y la viveza intelectual parecían haber construido la sociedad perfecta. Entonces era impensable la guerra, la destrucción, la persecución del diferente, el señalamiento del “otro” que le llevó a él mismo a huir hasta morir suicidado en Brasil, incapaz de comprender y asimilar. Nos dotamos de unas normas para convivir. Cambiémoslas si se deben mejorar. Pero no en un falso partido en el que, aunque gane la ley, perdemos todos.

Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/09/09/opinion/1504968054_342268.html
Fotografía:  Alejandro García (EFE).La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, a su llegada al Ayuntamiento de Barcelona. 

PATAS CORTAS Y LENGUA LARGA

EL MUNDO, Barcelona, 10 de septiembre de 2017
 A VUELTA DE PÁGINA
El ciempiés andante y el sapo burlón
Francisco Rosell

Ha hecho fábula el desconcierto que le produjo a un envanecido ciempiés no saber qué manifestar cuando un burlón sapo le alabó su destreza para mover tantas patas interesándose por cómo lo hacía. A bote pronto, el miriópodo juzgó la pregunta ridícula, pero raudo se sumergió en un mar de titubeos. Era perceptible su desazón al ver como no atinaba con la respuesta entrando en pánico al percatarse de que incluso se le había olvidado caminar. Inmovilizado en el lugar del fatal encuentro, ésa sería su tumba.

El dilema del ciempiés, o la dificultad de hacer de modo consciente aquello que se obra automáticamente, se visualiza estos días cuando el Gobierno de la nación procura activar todos los resortes del Estado para afrontar la intentona golpista del independentismo catalán para romper España. No es la primera vez, acreditando la sentencia de Bismarck de que España es la nación más fuerte del mundo, pues sus habitantes llevan siglos acometiendo su derribo. Claro que nunca hasta ahora se había originado un golpe de Estado parlamentario, presto a tornar en rebelión totalitaria. Conviene no perder de vista, en medio de la marabunta, que confluyen dos movimientos: uno primordialmente nacionalista contra España, y otro comunista en contra del sistema democrático, lo que desencadenaría un choque civil, como los que llevaron a su burguesía a auspiciar las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco, con Cambó y los catalanes de Burgos de avanzadilla, al ponerse en riesgo sus negocios levantados al socaire del proteccionismo.

Un proteccionismo que primero tuvo su expresión política en el catalanismo, luego en el nacionalismo y ahora en el independentismo. Todo ello alentando un falso agravio tras disfrutar, en las últimas cuatro décadas de democracia, del privilegio de quitar y poner gobiernos a su antojo. Además de disponer en la buchaca del "voto de oro" que decidía la aprobación de los Presupuestos del Estado. Tras lustros reclamando las balanzas fiscales, en cuanto han revelado la falacia del 'España nos roba', buscan arrojarlas al desván del olvido.

Ante tamaño atentado, el Estado afronta un desafío en el que se juega el ser o no ser movilizando todos los instrumentos a su alcance o quedando paralizado como el ciempiés. En el segundo caso, el rotundo compromiso del presidente Rajoy quedaría reducido a virutas de retórica con las que alfombrar el suelo antes de ser barridas. No en vano la historia atestigua que "el poder es la impotencia", como se sinceró De Gaulle, y el Estado simula ser el gigantón Gulliver atado de pies y manos.

Mucho más en España. Una suicida política de quimérico apaciguamiento de los nacionalistas ha llevado a concesiones que han desembocado en un Estado inerme ante un separatismo del que se ha hecho tributario, en vez de desmontar un tinglado que puede ser su patíbulo. Lo evidente se ha hecho clamoroso: Un Estado, desprovisto de administración periférica, carece de instrumentos bien dispuestos para preservar su unidad frente al enemigo interior, salvo encomendarse a los jueces.

Esa vicisitud ya la padecieron Rajoy y Sáenz de Santamaría, comisionados por Aznar en 2002, para remediar la catástrofe del petrolero Prestige en las costas gallegas. Rajoy era un general sin tropa, debiendo pechar con amenazas a familiares y cerco a sus casas. Y menos mal que el PP echó en saco roto la ocurrencia de Fraga en un congreso del PP, como si esto fuera Alemania, de convertir a las autonomías en Administración Única, lo que dejaba al Estado para vestir santos. Beligerante contra el título VIII, la edad y el sitial de la Xunta metamorfosearon a Fraga en ferviente confederalista. Rajoy recondujo la "Administración Única" en "Administración Común" y dejó que el tiempo rematara la faena. Quizá aquella destreza le sirva para redirigir esa comisión solicitada por Pedro Sánchez, con el objetivo de recoger las demandas nacionalistas, cuando lo que se impone es refundar el Estado más sólido tras el horadamiento del tronco común por orugas proces(ionarias).

La crisis del Prestige fue reflejo, tiznado de chapapote, de un "Estado sin territorio", en expresión de Sosa Wagner. El Estado de las Autonomías ha retoñado las jurisdicciones señoriales con las que había arramplado el Estado moderno. Fruto de esa refeudalización, esta España fragmentada se diluye hasta parecerse a lo que Delors, 10 años su presidente, decía de la Unión Europea: "Un objeto político no identificado". Todo ello propiciado por la ingenuidad de los escribas de la Constitución al dejar sin cerrar aspectos clave para buscar el acomodamiento nacionalista, agravado luego por las ansias de emulación de las demás taifas. Cada autonomía, sin plantearse cuál será el beneficio final, no evitó secundar la loca carrera nacionalista hacia la disgregación por temor a que sus votantes se sintieran preteridos. Ahora se relanzará en persecución de la "nación de naciones" de Sánchez.

Al mando de un Estado enclenque, un hombre al que se acusa de tener un carácter delimitado por su profesión de registrador -lo que le lleva a tomar nota de lo que pasa, pero no a ser un hombre de acción que interviene sobre lo que pasa- afronta un conato de golpe que esta vez no es de tricornios acharolados, sino encabezado por la primera autoridad del Estado en Cataluña, secuestrando al Parlament al que se debe. Es imposible saber si nuestro Umbral seguiría describiendo a Rajoy como ese sereno testigo de la Historia "que anota junto a una sonrisa la frase valiosa o comprometida de quienes van de héroes y se desmienten cada día". Sin duda, con su cachaza, parece profesar la estrategia británica de extenuar al enemigo antes de enfrentarse con él. El enigma estriba en saber si, dando tiempo al tiempo, éste se le ha escapado irremediablemente.

Pero, si Rajoy acostumbra a no dejar para mañana lo que puede dejar para pasado, es llegada la circunstancia para que demuestre su sustancia de hombre de Estado. Ante la contingencia catalana, Rajoy debe dar la talla para encarar la insensatez de unos necios que añoran un pasado reconstruido con narraciones falsas para sentirse especiales. Vuelve a patentizarse el designio -el periodista Gaziel lo vislumbró predicando en el desierto de las horas turbulentas del autoproclamado Estat català de 1934- de que "cada vez que el destino coloca a Cataluña en una de esas encrucijadas decisivas, [...] nosotros, los catalanes, nos metemos fatalmente, estúpidamente, en el que conduce al despeñadero". Su historia se ajusta a ese concepto circular por el que los episodios se reiteran con otras circunstancias, pero semejantes. Es incapaz de escapar -y con ella toda España- de una pesadilla que gira retenida en los cangilones de la noria del tiempo.

Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/09/10/59b43695e2704e254a8b4665.html
Ilustración:
Ulises Culebro.

sábado, 2 de septiembre de 2017

UNA KALASHNIKOV DE DISCOTECA

EL MUNDO, Barcelona, 02 de septiembre de 2017
 LOS INTELECTUALES Y ESPAÑA/ SERAFÍN FANJUL
Serafín Fanjul: "No existe el deseo de integración entre los musulmanes"
Fernando Palmero

Arabista de sólida formación intelectual y literaria no es un historiador complaciente de los que eluden el conflicto. Obras como 'Al Ándalus contra España' o 'La quimera de Al Ándalus' están construidas a base de erudición y falta de complejos identitarios para desenmascarar los mitos fundacionales de tolerancia, cooperación y amistad de una idílica España en la que convivían tres religiones, algo que no existió jamás, afirma.

"El problema estriba", afirma Serafín Fanjul en La quimera de Al Ándalus (Siglo XXI, 2004) al hablar sobre la supuesta tolerancia de la religión islámica, "en que la base del islam, el mismo Corán, exhibe exhortos y mandamientos de claridad meridiana (es la palabra de Dios, increada y eterna) y que ningún buen musulmán se atreverá a contravenir sin arrostrar el desprestigio público: '¡Creyentes! ¡No toméis como amigos a los judíos y a los cristianos! Son amigos unos de otros. Quien de vosotros trabe amistad con ellos, se hace uno de ellos. Dios no guía al pueblo impío'".

Afirmaciones como ésta han procurado al historiador madrileño la calificación de islamófobo y, por supuesto, fascista, algo imposible de sostener si se lee su extensa obra académica. O incluso la ensayística y la literaria. O sus frecuentes colaboraciones periodísticas. Conocedor como pocos en nuestro país de la historia, la literatura y la religión islámicas, Fanjul sostiene que negar una realidad insoslayable edulcorando con buenas intenciones programas de integración social que no acometen el problema de raíz es la mejor forma de conducirnos a todos al desastre.

¿Existe un conflicto larvado entre las comunidades cristiana y musulmana en España?
    Tanto como un conflicto, no, pero sí una separación. En el islam, la sociedad es mucho más hermética, más cerrada y menos dispuesta a admitir la relación distendida y natural con otras comunidades humanas. Que los árabes, con una lengua distinta y una cultura distinta, tiendan a encerrarse, tiene esa explicación primera. Pero luego hay otra que quizá es más determinante y es la propensión de los musulmanes a considerarse siempre un grupo a parte. Esto lamentablemente es así. Por parte de los inmigrantes musulmanes no hay deseo de integrarse. Intentan reproducir aquí sus formas de vida y la forma de organización que traen procedente de sus países. Ser del Madrid o del Barcelona, o pagar impuestos a Montoro, son formas de integración muy superficiales. La manera de integración verdadera, la que salva todas las distancias y rompe ese tipo de barreras es la fusión física, sexual, o sea, los casamientos mixtos de hombres y mujeres de las dos procedencias.

Pero de eso estamos aún muy lejos...
    Hay que tratar por todos los medios integrar a las mujeres musulmanas, porque los hombres lo tienen más fácil, se pueden ir al fútbol, a la piscina... pero a la mujer la dejan en casa.

¿Ayudaría o perjudicaría a esa integración la prohibición del velo en lugares públicos?
    Esa es una normativa lógica de seguridad en un país moderno. Hay ciertas cosas que son inadmisibles, porque el color del pelo, el color de las ojos y la forma de las orejas son los signos de identificación en todo carnet o pasaporte. Ni por la calle se puede admitir.

¿Y en las aulas?
    Yo di clases en El Cairo a finales de los 60 y en aquel tiempo no había en Egipto una sola mujer con el velo, porque se había producido un descrédito de ese reaccionarismo y de esa forma de vestir. En 1923, a la vuelta de un congreso feminista en Roma, las activistas Hoda Shaarawi y Saiza Nabarawi, al llegar a la estación de El Cairo se quitaron el velo y lo tiraron, y a partir de ese momento, que me parece emocionante por lo que representa de búsqueda de libertad y de liberación, el velo empezó a desaparecer en Egipto. Pero luego, tras el asesinato de Sadat, que era un beato musulmán, los Hermanos Musulmanes introdujeron una corriente de islamización en un país que era ya muy islámico. Al principio empezaron regalando ropa a mujeres pobres; luego, crearon una red de asistencia social y médica, daban ayudas económicas, ropa, comida... todo con dinero que venía de Arabia Saudí, y de esa forma el tejido social empezó cada vez a inclinarse más hacia el integrismo. Uno de los gestos fue poner a las mujeres como estaban antes de 1923.

¿No es sorprendente que jóvenes que parecen integrados cometan actos como los La Rambla?
    No, porque no están integrados. Para que una persona arrolle con un camión a sus semejantes, ponga una bomba o coja un kalashnikov en una discoteca, tiene que haber habido una preparación. No es que un imam le haya comido el coco durante tres semanas, eso es una estupidez, es una infraestructura mental y de formación que reciben desde pequeños. En un momento pueden hacer el gamberro tomando alcohol y tratando de ligar con las barcelonesas porque ven que es divertido, pero de pronto eso se corta y esas personas vuelven al punto de donde salieron, porque el imam les dice que están haciendo mal, que se van a ir al infierno, que están deshonrando a sus padres... Como ocurre con los terroristas españoles o de cualquier lugar, a veces las familias tienen mucho que ver. En Cataluña, precisamente, se les ha dado a los inmigrantes musulmanes todo tipo de facilidades, de ventajas y de tratos de favor respecto a la población autóctona para que se sientan bien y para que se quieran sumar al proyecto separatista. Pero finalmente siempre anteponen la pertenencia religiosa a cualquier otro tipo de lealtad, lo cual puede ser comprensible, pero en una sociedad de otro tiempo. En una sociedad medieval aquí también era así. El fenómeno religioso separa mucho, y si son religiones tan herméticas como es el caso del islam, que es una religión inmune a cualquier influencia exterior, la cosa es todavía más dura. La integración musulmana es un problema muy serio.

¿Cree que en España hay 'islamofobia'?
    No. Tradicionalmente los españoles no somos gente xenófoba, al contrario, hay una admiración bastante bobalicona hacia los extranjeros que se supone que son listos y ricos. Hacia los pobres y supuestamente tontos, no, pero por pobres, no por extranjeros. Es más un problema económico y social que de visión islamófoba. En España la gente no sabe lo que es el islam, no sé si eso es bueno o malo.

¿De dónde viene el complejo de inferioridad de España hacia la dictadura marroquí?
    El problema principal de España es la corrupción. Hay unos intereses económicos españoles muy fuertes que están impidiendo de hecho que la posición de España con respecto a Marruecos sea más dura. La debilidad viene de nosotros, de que el aparato político-económico dirigente en España no se siente seguro porque le pueden sacar cualquier cosa en cualquier momento y no es fuerte para actuar en el exterior. No puedo acusar directamente a nadie, pero hay empresas e inversiones en Marruecos... ¿por qué trajeron a principios de los años 2000 a miles de marroquíes a Cataluña? Eso no fue una casualidad. Si Pujol pudo traérselos para no traer ecuatorianos ni colombianos, que eso es evidente, tuvo que haber un permiso y una autorización del Gobierno central. Ahora se pagan las consecuencias de aquellas alegrías y permisividades. El caso de Marruecos es como el de Gibraltar, es evidente que hay españoles interesados económicamente en que eso siga.

¿Por qué el PP ha desaprovechado su mayoría absoluta para hacer más cambios?
    Porque participa del consenso de los políticos, eso que llaman la unidad y que no es más que la unidad personal de los distintos grupos y las distintas facciones de los partidos. Les interesa más la unión entre ellos que los intereses generales. Rajoy es un señor que personalmente no me inspira la más mínima simpatía, no tengo inconveniente en decirlo. Es un señor muy soberbio, muy cobarde y muy vago, y la combinación de los tres elementos juntos... Le preocupa más llegar a un acuerdo en una subcomisión con los vascos y los catalanes que poner en su sitio a los separatistas.

¿Cómo es posible que haya dejado pudrir la situación en Cataluña de tal forma?
    Porque no tomó medidas legislativas hace cuatro años cuando se veía venir la cosa. El otro referéndum dijo que no se iba a hacer y se hizo. Ahora dice lo mismo, ya veremos, de momento se limita a esconderse detrás de los jueces. Tiene que tomar medidas políticas. No sé si hay que aplicar el 155 o si hay que desarmar a los Mossos, pero el TC no va a impedir nada, no tiene fuerza material para hacerlo. Toda esta dejación de funciones es absolutamente gratuita e innecesaria, porque el Estado sigue teniendo elementos coercitivos muchísimo más fuertes de los que puede tener la Generalidad de Cataluña y no sólo legales, también económicos, propagandísticos... pero no utiliza ninguno.

¿El problema viene desde la Transición?
    Sí, porque se dejaron cabos sueltos creyendo que se iban a integrar los separatistas, que se llamaban nacionalistas y ahora soberanistas. Durante 40 años la estrategia ha sido darles dinero e impunidad para hacer con él lo que les diera la gana. Y lo han hecho. Y ahora salen los casos de corrupción de la familia Pujol. Pero sobre todo, las consecuencias políticas han sido siniestras. Como entregarles la Educación, no sólo a los catalanes, sino a todas las comunidades autónomas, o el orden público. Fue Aznar el que autorizó la policía catalana y ahora pagamos las consecuencias. Aznar fue un buen presidente pero cometió algunos errores.

¿Como cuáles?
    El principal, suprimir la mili. Si se quita el servicio militar obligatorio se está mandando a la población el mensaje evidente de que la defensa nacional no es asunto suyo, que se va a resolver con mercenarios. Y eso es letal. Si en algún momento España tiene que responder a una amenaza militar exterior, y no está descartado que venga del único sitio de donde puede venir dada nuestra situación geográfica, nadie va a querer hacer nada. Una comunidad humana tiene que defenderse si lo necesita, una comunidad que renuncia a defenderse no merece sobrevivir. Yo soy pacífico, pero no pacifista. Ante una amenaza exterior hay que reaccionar. No digo mandar tropas fuera.

¿Ni siquiera para luchar contra el IS?
    Interviene militarmente el que puede, no el que quiere. Y si además nosotros no queremos, no sé si tiene mucho sentido plantearlo.

¿Se puede considerar una guerra los ataques del terrorismo islámico en Europa?
    Sí que lo es. Pero es una guerra en la que no se puede luchar con tropas ni divisiones, hay que luchar de otra forma, con inteligencia, en las dos acepciones, con medios y con dinero. Pero lo más grave es que la idea extendida es que no hay ningún motivo para tener que defenderse. Eso es gravísimo.

Ha denunciado en varias ocasiones la condena ciega y en bloque de la colonización americana.
    Es culpa nuestra por no haber sabido contrarrestarlo con los medios que tenemos, y los que tenemos desgraciadamente no se dedican a eso. Cuando uno va a América se da cuenta de hasta qué punto fue una acción magnífica, ciclópea, de una grandeza enorme. El establecimiento de ciudades, el trasplante de cultivos, de acá para allá y de allá para acá, de fauna, la fundación de instituciones culturales, de sociedades de amigos del país, de canales comerciales, de arte, de cultura criolla... Y es sintomático que los florecientísimos virreinatos de México y de Perú al día siguiente de la independencia se hundieron. El siglo XIX es el siglo de la caída del PIB de lo que había sido Hispanoamérica. Hasta final del siglo no recuperan el nivel que había tenido antes de la independencia.

¿Cómo ve el estado de la Universidad española?
    No es justo decir que todos los profesores son unos incompetentes y que ninguna de nuestras universidades figura entre las 200 mejores del mundo, como se repite tanto. Es injusto, porque los criterios con los que se hacen esos baremos los hacen los mismos tipos de Hong Kong y de Harvard, con arreglo a sus criterios y a sus propios intereses. Hay determinados departamentos de algunos centros muy buenos. El problema es que la universidad española se masificó a partir de los años 70 de una manera terrible, y hoy hay tal cantidad de alumnos y tal cantidad de profesores que no es funcional. No es lógico que España, con la mitad de población que Alemania, tenga porcentualmente el doble de universitarios, pero está mal visto decir que hay que poner 'numerus clausus' y que hay que reducir el número de estudiantes, el número de profesores y el número de universidades. Yo creo que hay que reducirlo. Por otra parte, el Estado autonómico, entre otras grandezas, nos ha traído que cada autonomía y luego ya cada provincia tienen que tener un aeropuerto, el AVE... y una universidad, como mínimo, y a veces incluso una editorial propia.

España es un país poco interesado por la cultura.
    El hundimiento del conocimiento es un problema a escala global. En la cuestión cultural, quizá haya que ayudar, la idea de que no se puede subvencionar la cultura es culpa de la derecha liberal. De esa forma te cargas un montón de cosas, por ejemplo, todas las academias, menos la de la Lengua, por el diccionario. Si no ayudas a que se mantengan determinadas cosas, mueren. Y hay un monocultivo de subcultura anglosajona que nos está comiendo por completo.

Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/09/02/59a9a691e5fdea86788b45ab.html
Fotografía: Angel Navarrete.