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jueves, 9 de enero de 2020

TIEMPOS RAROS

Defensa de lo básico
El día 30 de diciembre de 2019 se ha publicado, en el diario El Mundo, un artículo de David Ortega, en el cual el autor opina que el nacionalismo tiene un peso absolutamente desorbitado en el entramado político e institucional de España.
David Ortega

Vivimos tiempos complejos, casi todos lo son, y nuevamente debemos llamar la atención sobre lo que es importante y relevante en nuestra vida pública, entre tanto marasmo, confusión y charlatanería. Jerarquizar lo que es esencial y marcarlo con claridad me parece prioritario, si se quiere avanzar y progresar de manera seria y responsable.

No cabe duda que hoy el tema de la organización territorial del Estado es clave y determinante en nuestra vida pública y política, gastando una parte muy significativa de nuestras energías políticas: el conflicto en Cataluña con el independentismo, la formación del Gobierno de España, la proliferación del nacionalismo. El debate nacional público y publicado -mediático- está dominado por este asunto muy por encima del resto, pues afecta a todo nuestro entramado institucional: poder legislativo, poder ejecutivo, poder moderador, poder autonómico, poder electoral, etc.

En situaciones complejas, y ésta sin duda lo es, siempre es recomendable atender a los principios básicos de la política desde hace milenios: el interés general, el bien común, los principios de libertad e igualdad, el respeto por la democracia que es lo mismo que el respeto por la ley, pues aunque algunos intenten tergiversarlo, la ley es la expresión o el fruto de un sistema democrático.

Hace no muchos días celebramos los 41 años de nuestra Constitución de 1978, la única que ha funcionado en nuestros dos últimos siglos de caos democrático y constitucional hasta el nacimiento de la misma, creo que tres guerras civiles en el siglo XIX, una terrible en el XX, varios golpes de Estado y dictaduras -una de casi cuarenta años-, dos repúblicas fracasadas y seis constituciones ineficaces, lo atestiguan. Estimo que es muy útil refrescar tan solo dos artículos que prácticamente abren el Título VIII de nuestra Constitución, que precisamente se titula De la organización territorial del Estado. El artículo 138.1 establece (por cierto, qué lastima -e irresponsabilidad- que la Constitución no se enseñe en todas nuestras escuelas, cuánto bien se haría a nuestra democracia) lo siguiente: “El Estado garantiza la realización efectiva del principio de solidaridad consagrado en el artículo 2 de la Constitución, velando por el establecimiento de un equilibrio económico, adecuado y justo entre las diversas partes del territorio español, y atendiendo en particular a las circunstancias del hecho insular”. Esto significa varias cosas. Primero, que el Estado autonómico español tiene límites claros que la Constitución marca, no todo vale. Segundo, que se apoya y favorece la descentralización, pero nunca la injusticia entre territorios y, más importante, entre personas. Tercero, que el artículo 2, nada más y nada menos, apunta un principio del Estado autonómico: la solidaridad entre los españoles, sin que el territorio donde se viva signifique un desequilibrio económico. Y cuarto, que la solidaridad del artículo 2 no debe ser jamás un brindisalsol, por eso el artículo 138.1 repite y enfatiza muy claramente: “realización efectiva del principio de solidaridad”. Tal vez pueda generar alguna duda el artículo 138.1, aunque yo pienso que no, pero si la hubiera, el siguiente apartado la disipa con rotundidad, pues el artículo 138.2 determina: “Las diferencias entre los Estatutos de las distintas Comunidades Autónomas no podrán implicar, en ningún caso, privilegios económicos o sociales”. Parece poco discutible que la Constitución no quiere Comunidades Autónomas de primera y Comunidades Autónomas de segunda, lo contrario sería admitir que en España hay españoles de primera y españoles de segunda, a nivel económico y social.

Creo que en estos momentos de debate político sobre las competencias, financiación y “determinados” derechos de los ciudadanos de algunas Comunidades Autónomas, debemos tener presentes estos preceptos. Por cierto, para despejar ya todo tipo de dudas, el artículo 139.1 establece que: “Todos los españoles tienen los mismos derechos y obligaciones en cualquier parte del territorio del Estado”.

Hemos de tener presente que los poderes del Estado y sus diferentes actores deben desarrollar el marco político y, dentro del mismo, tienen todo el margen de maniobra que consideren, pero los límites que marca la Constitución son líneas rojas insalvables. Lo contrario implicaría la intervención del Tribunal Constitucional a través del recurso o cuestión de inconstitucionalidad, a instancias de los órganos legitimados para ello.

Por lo demás, el Gobierno de España también tiene sus deberes. En este sentido el artículo 97 abre el Título IV de la Constitución Del Gobierno y de la Administración y dentro de las siete funciones principales que le atribuye, está la “defensa del Estado”. Es esta una responsabilidad ineludible, el Gobierno de España debe obligatoriamente defender el Estado. ¿Qué significa esto? Muy sencillo, defender el Estado regulado en la Constitución. Y ya hemos visto cómo los señalados artículos 138 y 139 se refieren al Estado. El círculo democrático se cierra lógicamente con el artículo 9.1 de la Constitución: “Los ciudadanos y los poderes públicos están sujetos a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico”. No sé qué parte de este artículo no ha entendido el Gobierno -y parte del Parlamento- de Cataluña. Reventar el sistema democrático español, donde viven 46 millones de personas, no sé si es muy democrático. A mí me recuerda a lo peor del siglo XIX y XX de la historia de España. Vuelta a no respetar la norma. Vuelta a no respetar las instituciones. Vuelta a la demagogia como degeneración de la democracia. Por cierto, dentro del no respeto institucional está el ninguneo a la Jefatura del Estado, esto es, al Rey de España, artículo 56.1 CE.

Vivimos tiempos raros, donde no se tienen claras las ideas básicas: qué es una democracia, qué es un Estado de derecho, qué es una Constitución, qué es un poder constituido -fruto de la Constitución y sometido a ella-, qué es un poder constituyente -el que elabora la Constitución, el único soberano pues, es decir, el pueblo español, algo que el nacionalismo independentista tampoco entiende-.

Termino. Creo que el nacionalismo tiene un peso absolutamente desorbitado en el entramado político e institucional de España. Hay principios esenciales a los que no se puede renunciar, como la libertad, la pluralidad -las sociedades cerradas y uniformadas características de cualquier nacionalismo: vasco, catalán o español, me producen vértigo-, la igualdad y el respeto a la norma que democráticamente nos hemos dado, y el nacionalismo está destrozando todos estos principios. Son principalmente el PSOE, el PP y Ciudadanos los que tienen que defender y respetar estos principios, si no la historia de la democracia española irá a un irreversible fracaso. Del resto de fuerzas políticas no espero mucho, primero por su carácter extremo, segundo por estar alejadas del interés general y el bien común de los 46 millones de españoles. Las pasadas elecciones generales dieron al nacionalismo un porcentaje de voto en ningún caso superior al 8%, me resulta muy difícil comprender y tener que aceptar, en términos democráticos, que menos del 8% de españoles marque la vida pública del restante 92%.

Ortega y Gasset, gran conocedor de la realidad española, abogaba por líderes que estén a la “altura de los tiempos”. Es tiempo de grandeza, responsabilidad, sentido de Estado y perspectiva histórica, poco o nada se habla ya del interés general y el bien común de las 46 millones de personas que viven en España. Para mí esta es la única perspectiva legítima y democrática, el resto es demagogia. Los cuarenta y dos años de vivencia democrática que hemos tenido, se han basado principalmente en la moderación y la competencia política centrada, evitando siempre los extremos. Dos siglos de historia política extremista creo que son bastante para haber aprendido la lección, espero.

(*) Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Rey Juan Carlos

Comentarios
Hubo cuatro guerras carlistas, la última fue la del 36-39: la reacción frente al progreso. También dos repúblicas democráticas que pudieron ser y ambas se abortaron con sendos golpes de estado militares. Del último vienen los lodos en los que estamos. No hay progreso donde no haya libertad, donde no haya igualdad y donde no haya fraternidad. El único Estado viable tiene que defender estos valores. El Estado está sobre la Constitucion; ésta es un intento de reflejar los principios del Estado; un mero instrumento a su servicio. Sacralizar la Constitucion es un fraude; olvidarse del Estado, que es su esencia, Eso exige que esta Transicion a la democracia que se nos vendió llegue a su fin, se recupere la democrcia y todos sea verdad que "somos iguales ante la ley", como dice el art. 14, pero viola todo el Título II; que sea verdad que "la soberanía reside en el pueblo de donde emanan los poderes del Estado" (art. 1.2 CE78); no existe si se nos prohibe la periódica elección del jefe del Estado. Donde no hay democracia hay dictadura, monáquica o militar, pero sin libertad de elección, aunque se siga respetando la libertad para poner, 1, X o 2 en la quinielas. Todo pasa por la escuela, recordemos a Costa, senecesita más educacion en la ciudadanía y menos en creencias; quien cree se niega a reconocer su ignorancia, que es el primer paso para erradicarla; en su lugar se afirma en ella a medida que cree más y aumenta su violencia e intolerancia frente a los que, en lugar de creer que es verdad lo que ignoran, razonan // Escrito el 30/12/2019 13:28:09 por Alfonso J. Vázquez.

Fuente:
https://www.iustel.com/diario_del_derecho/noticia.asp?ref_iustel=1193961
Ilustración, LPO:
https://www.elmundo.es/opinion/2019/12/30/5e08b29f21efa0d7488b458d.html

domingo, 15 de julio de 2018

LA NECEDAD COMO PROPÓSITO POLÍTICO

De un disparate de cuño socialista
Luis Barragán


Consabido, son diarias y numerosas las protestas ocasionadas por la dictadura a la que le importa un bledo que no haya servicio de electricidad o de agua, por largas horas, ni que el vapuleado salario impida alimentarse y transportarse adecuadamente. Las desea resignadas y aisladas, restándoles toda naturaleza y trascendencia política.

Naturaleza y trascendencia que obviamente tienen, porque ya – desde hace mucho tiempo – no tratamos de casos excepcionales, el régimen – pues, al fin y al cabo, lo es – estimula y encuentra una ”racionalidad” que le  favorece, aún en la acera opuesta. De un lado, condena la “politización” de los actos pacíficos y espontáneos que tan firmemente lo rechazan, como si fuese una “maldición” la sola opinión de los partidos de la oposición, a favor de un sindicato o gremio.

Y, del otro, cualquier gesto o testimonio de solidaridad proveniente de alguna personalidad opositora, dispara los resortes de los muy bien cultivados prejuicios. Uno de ellos, trastocado en un artificial “lugar común”, sentencia que los políticos solo visitan a la gente en épocas electorales y, como bien nos los observó el poeta Carlos Ochoa, ensayan otro disparate al ocurrir lo contrario.

Sólo en la última semana, María Corina Machado estuvo en la calle con la protesta de las enfermeras, anduvo personalmente en la sede litoralense de la Universidad Simón Bolívar, empleó el Metro de Caracas y recorrió varias comunidades en el estado Falcón, como acostumbra, fuera de la “temporada comicial”. Surgieron voces capaces de la crítica superficial y mañosa, fueren de dudosa o convincente afiliación opositora, que – faltando poco – desearon burlarse de la mujer que habla algo más que el español, o tiene determinados modales en la mesa, atormentando los Tweeds de personas que han  trillado la academia o ejercido el periodismo.

Ancien régime, la necedad ha llegado a límites increíbles y, al farandulizar la política, esos “críticos de ocasión”, ociosos antes que guerreros del teclado, contribuyen al empeño principal de esta dictadura: evitar que la protesta social desemboque en la lógica e irreprimible protesta política que, más temprano que tarde, llegará para abrir las puertas hacia la transición democrática.  Tienen por expediente, el linchamiento moral, fácil y antojadizo, pero – sin duda – gravitacional: no se entienden sin hablar pendejadas del otro y de los otros.

Ilustración: José Antonio Dávila.
16/07/2018:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/33095-barragan-l

lunes, 15 de octubre de 2012

¿TIENE UN LÍMITE LA DISCRECIÓN?

Metáfora de una resignación inaceptable
Luis Barragán


Perdiendo la obviedad que alguna vez tuvieron, las llamadas “defensas” de nuestras avenidas y autopistas experimentaron un cambio que las estadísticas no suelen reflejar. Esto, porque – además – los siniestros viales, a veces trágicos, no advierten el demoledor impacto con las piezas de concreto armado o hierro forjado, sembradas bajo el pretexto de una inagotable provisionalidad.

Refieren los especialistas que los artefactos de aluminio o cualesquiera otras conquistas de las tecnología de la aleación, tienden a amortiguar o absorver el choque o impacto de un automóvil, igualmente producto de la más reciente – digamos – ingeniería de las eventualidades. Sin embargo, masivamente desdentada, nuestra vialidad ostenta la huella indeleble de la delincuencia, pues, el mercado negro de los más elaborados metales constituye una fuente de supervivencia de los sectores asombrosa y radicalmente empobrecidos de esta otra Venezuela Saudita.

El Estado tan fuerte exteriormente, capaz de reprimir el descontento espontáneo e inmediato que sus actuaciones y omisiones provocan, es de una inmensa debilidad interior,  incapaz de ejercer sus responsabilidades punitivas y – menos -  de responder a la evidente injusticia social que ha generado – paradójicamente – en nombre y en representación de la pobrecía que manipula insaciablemente. O, peor, ausente, los hechos hablan de una política social que es de una insólita perversión.

Lo peor es que, quizá conscientes de las consecuencias que trae tal suerte de piedras blindadas en nuestro camino cotidiano, nos hemos resignado. Así, en la punta de nuestra nariz, ya no vemos – mirándolas – estas “defensas”  que se levantan sobre el cadáver de los viejos tornillos de la modernidad urbana que dejamos atrás.

Algo parecido ocurre con los recientes resultados electorales, porque – sabiendo justa nuestra causa opositora – tendemos a desmoralizarnos y desmovilizarnos por el hábito inoculado culturalmente, gracias a un régimen inescrupuloso. Así como las referidas “defensas” forman parte del paisaje cotidiano, a pesar de la peligrosidad que acarrean, por obra de un gobierno ineficaz, por no aseverar que deliberadamente ineficiente, aceptamos las cifras oficiales con una conformidad no menos asombrosa, molida por la mitomanía presidencial.

Seis millones de votos constituyen una extraordinaria plataforma para concebir y desarrollar una política opositora sobria, coherente y convincentemente alternativa en el marco de la unidad eficaz. No hay motivo alguno para acomplejarse y resignarse, a pesar de dos circunstancias preocupantes.

Por una parte, que esa mayoría relativa que respaldó a Chávez Frías seguirá sufriendo los rigores de la delincuencia, el alto costo de la vida, el desempleo, etc., y está a tiempo de rectificar con motivo de las elecciones regionales.  Ha de asumir que esta “defensa” luce inaceptable, sobre todo cuando nos acercamos a las severas medidas de ajuste que la equivocada política económica demanda, por no mencionar el cercenamiento de las libertades públicas que le meta más  sinceridad aún al régimen.

Por otra, ejercicio que antes caracterizaba a los partidos políticos, concediéndole el respeto y la credibilidad indispensables, urge una consideración a fondo de los resultados electorales, intentándolos contextualizar política y socialmente. Nos parece inadmisible pasar rápidamente la página, como ha ocurrido en anteriores eventos, afianzando prejuicios y caprichos, lo cual no significa – por cierto – una larga y autoflagelante discusión.

La resignación es el dato fundamental de nuestras dolencias, costumbre que se hará un burdo costumbrismo. Nos miramos, sin ver, inflamándose el ombligo de las vanidades que, apenas, nos permiten.

Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2012/10/metafora-de-una-resignacion-inaceptable/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=911843
Fotografía: LB, Caracas (11/10/12)