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domingo, 4 de septiembre de 2016

UNA SIGNIFICATIVA VICISITUD DEL VIEJO PARLAMENTO

De una remota reforma tributaria
Luis Barragán


Los venezolanos contamos con una historia y una tradición parlamentarias que contrastan con la última década y media, la que se aprovechó de verdades e infamias que ayudaron a la pretensión de liquidar a un órgano independiente del Poder Público. La rápida reminiscencia contribuirá - de alguna manera -  a reivindicar al viejo Congreso de la República en el que, es necesario recordarlo, significativamente se sentaron aquellos que atentaron contra la naciente democracia representativa, gozando de todas las garantías, como las fuerzas leninistas y perezjimenistas.

Medio siglo atrás, el entonces gobierno encabezado por Raúl Leoni planteó e impulsó la llamada reforma tributaria, luego diluida y derrotada que, por cierto, en la perspectiva histórica, luce tan tímida y también – convengamos – pareció oportuna y hasta necesaria. Tres circunstancias políticas legitimaron la existencia de la bicameralidad de una amplitud de corrientes que, acaso, dialécticamente, zanjó o dijo zanjar el ulterior bipartidismo.

Además de la propia reforma planteada, por una parte, mostró una diferenciación entre los partidos mismos, leales al sistema, con el gobierno que concursaban o no, como URD, FND, COPEI. Apuntemos, al lado de  la alianza de aquellas organizaciones definitivamente  antipuntofijistas que expresaban las posturas de los abstencionistas y rebeldes que quedaron  fuera de toda representación en los comicios de 1963, las hubo discrepantes así coincidiesen – por lo menos – con el espíritu del consabido pacto de estabilización política.

Ante la insistencia gubernamental de imponer la agenda reformista, por otra parte, hubo la respuesta de quienes la adversaban desde el Congreso, pues, un boicot impensable para los gobernantes del siglo XXI hasta ahora conocido, simplemente, emplearon el recurso de no acudir a las sesiones, imposibilitando el quórum reglamentario. Un hecho que arroja una extraordinaria lección, el regreso a sesiones estuvo condicionado a la revisión del gasto público y, camino a la discusión del proyecto de presupuesto anual, fueron intensos y muy publicitados los debates que, incluso,  obligó a los más altos funcionarios del Estado a responder a las preguntas de senadores y diputados, dentro o fuera de los hemiciclos, transcurriendo el año de 1966.

Finalmente, fruto de la organización y movilización de una clase media, otrora más compacta, con la modesta variedad  interior y anterior a  las grandes bonanzas dinerarias, nuevos nombres y bríos surgieron al calor de la polémica, como el de Guillermo Morón y lo que, luego, se conoció como el Movimiento Desarrollista, enemigos de la reforma. Por cierto, queda acá como un indicio de resistencia de determinados sectores sociales a abandonar el sempiterno rentismo de nuestros tormentos, en una evaluación histórica, sociológica y politológica que todavía está pendiente.

Fotografía: Postrimerías del gobierno de Raúl Leoni. Participación de la instalación del Congreso. AD  y los ya había perdido las elecciones de 1968. Con el presidente Leoni, el presidente y vicepresidente del parlamento, José Antonio Pérez Díaz y Jorge Dáger. Luce irrefutable que hubo, como no lo hay en este nuevo siglo, una distinción entre los actos de Estado y los de gobierno, siendo inconcebible que el presidente de la República ejerciera la jefatura del partido que lo sustentaba y encabezara sistemáticamente sus actos.


11/09/2016:

domingo, 8 de noviembre de 2015

NOTICIERO RETROSPECTIVO




- J.F. Reyes Baena. "Creyón: El valor de las fechas". El Nacional, Caracas, 27/05/1981.
- Héctor Malavé Mata. "La crisis occidental del petróleo". Vea y Lea, Caracas, nr. 69 del 02/03/71.
- Alfredo Tarre Murzi. "La reforma del Congreso". El Nacional, 01/03/67.
- Manuel Rafael Rivero y las elecciones. El Nacional, 26/09/76.
- Pedro Duno entrevista a Regis Debray. Vea y Lea, nr. -- del 11/01/73.

ADEMÁS, FUMADOR EMPEDERNIDO

Éranse dirigentes de trayectoria
Guido Sosola


Hubo y hay dirigentes de trayectoria, mas nunca desconocidos: ésta es una condición incompatible  con el oficio político (trátese de partido, gremio, vecindario o cualesquiera otras instancias ocupadas de los asuntos comunes). Ensayemos un par de nociones que, al variar, son útiles y provisionales, para confirmar otra decisiva y definitiva.

Digamos, por una parte, hubo y hay dirigentes de alto y bajo perfil según el carisma, el fácil relacionamiento, la vanidad y la literal suerte de suscitar la atención de los medios. De un modo u otro, los conocemos de acuerdo al  ámbito en el que nos desenvolvemos, a veces, sorprendidos porque la calidad no guarda una relación proporcional al conocimiento u, otra circunstancias, el agraciado tiene unas facetas más destacadas que otras.

Por otra, el dato esencial es el de la trayectoria, porque los hay también sobrevenidos, improvisadores y hasta arribistas, capaces del más burdo oportunismo,  frente a los que conocedores, responsables y pacientes, pudorosos a la hora de aspirar y asumir un papel determinado: a  éstos les importa retroalimentarse con la comunidad que les compete, fuese de modestas, medianas o grandes dimensiones, mientras que, a los otros, expresando solamente un interés en juego, aunque contradiga las convicciones que los sostengan o digan sostenerlo, se empinan sobre ella para obviarla. A juzgar por este siglo XXI de dudoso tránsito, la crisis política tiene su origen y clave en el reconocimiento y aplauso del dirigente huérfano de trayectoria.

Apenas, fue noticia el ahora extinto y consabido residente, convirtiéndose desde un primer momento en objeto de una generalizada curiosidad. Inventada o no, la tarea queda para los historiadores, careció de la debida trayectoria pública y, al parecer, la profesional fue harto ordinaria: el país apostó a ciegas por él, consagrada la infeliz fórmula de “caras nuevas”. Y es que – tampoco – nada de sabía del grueso de los inéditos elencos del poder, excepto los que fueron noticia por los alzamientos de 1992, por una remota militancia también variopinta, la relativa clandestinidad de las incursiones de ultraizquierda, o la curul provisoria de 1999. Por cierto,  legitimando al elevado porcentaje de los dirigentes sin perfil alguno, contaron con la dirigencia de La Causa Radical.

La sociología política de la última década y media advertirá que, del lado oficialista, el desempeño burocrático, obvio y por excelencia, porque no hay estrella fulgurante en el firmamento continuista – de vieja o reciente data – que no haya cumplido una mediana o alta función de Estado, con las ventajas consiguientes. Y, con un muy reducido saldo de sobrevivientes, provenientes de las antiguas lides, del otro, está la oposición que nos saturó de las “caras nuevas”, más de las veces con el consentimiento estratégico gubernamental.

Nos viene a la memoria el caso de Raúl Leoni, quien comenzó a aparecer esporádicamente, por lo menos, en un magazine caraqueño de mediados de la década de los veinte de la centuria pasada, socialmente cumplimentados sus logros académicos, hasta que, luego,  la censura obró para quien presidió la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV), por los consabidos sucesos de la legendaria generación. En una pequeña o grande dimensión, el país lo fue conociendo con el paso de los años o, mejor, de las décadas y, a pocos o a muchos, jamás sorprendió con sus ideas y procederes.

Leoni fue un dirigente de bajo perfil que, sin mellar en modo alguno un liderazgo que, vimos, cuajó en la universidad, tuvo por principal característica una modestia que lo llevó a delegar el discurso protagónico de las jornadas estudiantiles de 1928 en un par de noveles cursantes, como Jóvito Villalba y Rómulo Betancourt, contrariando la costumbre gremial, como hoy no lo haría nadie. Especializado en el derecho laboral, llegó al ministerio del Trabajo con la revolución de 1945 (quien diga que no fue una revolución, por favor refute a Sócrates Ramírez), presidió el Congreso Nacional luego de 1958 y, no mojando pero sí empapando, logró la nominación de su partido y se convirtió en presidente de la República.

Por cierto, fumador empedernido, desarrolló un estilo de gobierno contrastante con el presente y, no siendo objeto de la presente nota, convengamos en que sus oponentes más acérrimos por siempre han intentado satanizarlo. Acá no nos ocupa evaluar su gestión, sino hacer énfasis en la inmensa ventaja que existe de saber de los dirigentes que, de un modo u otro, están expuestos al escrutinio público con el paso del tiempo, corroborando aquello del más vale malo conocido que bueno por conocer.

Éranse dirigentes de trayectoria pública, no forjados en la hermandad y el compadrazgo de una Escuela Militar, de un minoritario e invisible partido, en las oficinas de un ministerio o de una planta de televisión, como hemos sufrido en los últimos lustros. Con ellos, sabemos a qué atenernos; y, con los otros, reincidiremos en una rifa.

Fuente:
http://opinionynoticias.com/opinionnacional/24395-eranse-dirigentes-de-trayectoria

Breve nota LB: ¿La tesis es que, para mal o para bien, lo importante es saber a qué atenerse? Por no ejemplo, el "Mocho" Hernández o Cipriano Castro fueron absolutamente desconocidos hacia finales del siglo XIX? ¿El liderazgo antisistema debe ser sorpresivo? Nos permitimos complementar el texto de Guido Sosola con la cita siguiente:


Observa Alberto Navas Blanco en “El comportamiento electoral a fines del siglo XIX venezolano” (UCV, Caracas, 1998): “Pese a lo poco agraciada figura presidencial de Andrade, lo respaldaba un sólido curriculum político; apadrinado primero por el general Venancio Pulgar y luego, con la revolución legalista de 1892 por el propio Joaquín Crespo; el general Andrade se abrió las puertas de los más altos cargos públicos: diputado y senador al Congreso Nacional, presidente de los estados Lara, Falcón y Miranda, así como gobernador del Distrito Federal, también ocupó los Ministerios de Obras Públicas y de Instrucción Pública. Conocedor de Europa y estudiado en Estados Unidos, no se trataba de ningún improvisado político, más bien para la óptica de los intereses políticos y sociales dominantes, una figura con experiencia y probada fidelidad personal a Crespo, con el atributo de la tolerancia para con los opositores que posteriormente, le enajenaría la confianza del círculo íntimo del mismo Crespo” (pp. 56 s.).

miércoles, 12 de marzo de 2014

DATO HISTÓRICO

De la creencia en sí mismo
Luis Barragán


Nota previa,  no padecemos de algún trance filobetancurista y nostálgico, ni votamos jamás por el partido que fundara y, además, demás, éramos muy niños cuando concluyó su segundo mandato.  Empero, las difíciles circunstancias actuales, habida cuenta de la manipulación que  ensaya constantemente el régimen, imponen la necesidad del dato histórico claro, objetivo y contundente, a medio siglo del ascenso al poder de Raúl Leoni, quien – por cierto – significativamente presidió la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV) durante las memorables jornadas de 1928.

En diciembre de 1963, celebrados los comicios generales, el voto presidencial lo ganó Leoni, seguido por Rafael Caldera, Jóvito Villalba, Arturo Uslar Pietri, Wolfgang Larrazábal, Raúl Ramos Giménez y Germán Borregales, como puede consultarse con más detalles  en un autor libre de toda sospecha,  como Jesús Sanoja Hernández (“Historia electoral de Venezuela”, Caracas, 1998). Subrayemos, candidato alguno presumió una apuesta pasajera, deseando encabezar una opción estable, creciente y perdurable.

La más importante derrota fue la de la subversión armada, política y militarmente agotada a pesar de la terquedad que definitivamente languideció a mediano plazo, suscitando un importante debate que ahora interesadamente se olvida.  La guerra de guerrillas, el golpe de Estado y la insurrección popular fueron las alternativas abanicadas y, valga la nota, estudiadas a fondo por Luigi Valsalice (cuya obra todavía se encuentra en las bibliotecas públicas: http://sisbiv.bnv.gob.ve/cgi-bin/koha/opac-detail.pl?biblionumber=5195), las cuales adquirieron una dramática y desesperada manifestación con el  intento pertinaz y hasta truculento  de sabotaje de la campaña electoral.

El 13 de marzo de 1964, Betancourt cumplió con la formalidad de entregar el poder y, luego, marchó a su casa de Baruta. Más adelante, hace sus maletas y voluntariamente se va al exilio, radicándose en Berna, etapa que después concitará la atención sosegada de los especialistas en torno al ejercicio inimitable de su peculiar  liderazgo.

Respecto al nuevo gobierno,  brevemente acotemos tres facetas importantes.  Por una parte, hasta finalizar cinco años después, confrontará el más decidido intervencionismo castrista, junto al el riesgo persistente del golpe de Estado, mostrando también toda la crudeza del conflicto existencial del sistema.  Dirá Miguel Hernández Arvelo al considerar a la izquierda, la revolución cubana y la lucha armada,  en una publicación de orientación insospechable: “Va a ser a partir de este último año [1963] y hasta finales de la década del sesenta, cuando el gobierno cubano va a tener una participación más directa y concreta en el desarrollo de la guerrilla venezolana” (Tierra Firme, Caracas, nr. 43 de 1993).

Asomando la complejidad del conflicto de carácter agonal reinaugurado, por otra parte, la por entonces unidad socialcristiana abandona la coalición gubernamental, decidiéndose por la llamada Autonomía de Acción. Y, puede aseverarse, en relación a Acción Democrática y el desarrollo político interior que suele ejemplificar la madurez de un partido, algo parecido experimentará respecto a Betancourt, con la incorporación de URD y del uslarismo al gabinete, sorteando eficazmente las amenazas de desestabilización con el  aval de un elocuente y limpio  respaldo del sufragio popular.

Finalmente, Rodolfo José Cárdenas, en una modesta compilación de textos, no fechada (“La insurrección popular en Venezuela”,  ¿Caracas?), sentenciará que “un régimen para sobrevivir tiene que creer en sí mismo”. Indica que la estabilidad depende de  la capacidad política de los gobernantes: la habilidad, la flexibilidad, el sacrificio, “un alto grado de mística en la defensa democrática”, entre otros de los factores susceptibles de explicar la transición de principios de los años sesenta y, al concluir, la concreción de la llamada Política de Pacificación.

“Cuando un régimen  carece de apoyo popular, y sólo se reduce a ser un gobierno de minorías, de castas o de camarillas, la insurrección popular cuenta con uno de los grandes requisitos favorables a su desarrollo exitoso (…) De ordinario los gobiernos de minorías y camarillas desarrollan y perfeccionan los aparatos represivos, signándolos de crueldad, con lo cual exasperan o intimidan a las masas, según sea su templo (SIC)  y la calidad de resistencia y dirección de sus líderes”, añadirá Cárdenas en su  ya rara pieza bibliográfica.

Betancourt no inventó prolongarse en el poder, ni reelegirse diez años más tarde.  “Ni un minuto más, ni un minuto menos”, fue su advertencia.

http://www.noticierodigital.com/2014/03/de-la-creencia-en-si-mismo/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=1021448

Fotografías:  Rómulo Betancourt firma el libro de posesionamiento y a su lado está José Agustín Catalá; camino a Baruta; discurso del 1959. Élite, Caracas, marzo de 1964.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Coronel Jacinto Pérez Arcay. "Bolívar y la geopolítica". 2001, Caracas, 20/07/1978.
- J. M. y el aniversario de la Universidad Real y Pontificia. El Nacional, Caracas, 22/12/65.
- Miguel Layrisse.  "Recursos humanos en hidrocarburos y petroquímica". El Nacional, 09/08/74.
- Luis Herrera Campíns. "Los vamos a derrotar". El Nacional,  02/06/78.
- Gumersindo Rodríguez. "Período 1964-1969: la política económica de Raúl Leoni". El Nacional, 04/07/86.

Reproducción: El Universal, Caracas, 1958.

domingo, 7 de julio de 2013

DE UN PAÍS A OTRO

De un remoto esfuerzo de normalización
Luis Barragán

Hemos vivido etapas históricas de una dramática y hoy impensable conjunción de violencias, conspiraciones, traiciones, agresiones, deslealtades o voracidades oportunistas, como la acaecida en los inicios de la democracia representativa en Venezuela.  Apuntando a una guerra civil que la sola voluntad de la coalición gubernamental alejó, nuestro destino pareció por momentos  subastarse entre los extremismos de derecha y de izquierda.

No somos partidarios de una versión idílica de épocas ya remotas,  pero tampoco nos contenta el discurso maniqueo en boga que adivina maldades, malvados y malévolos en una acera, mientras que en la otra, reclamando una herencia política y moral,  cuentan bondades,  inocentes y benevolentes.  Complotados los comicios generales de 1963, por ejemplo, la difícil situación reclamó todo el talento, la habilidad y convicción política que fuese posible, en el intento de conquistar una normalidad institucional y un desarrollo pacífico de las relaciones políticas que, a pesar de las adversidades, a la vuelta del quinquenio y propio del proyecto puntofijista, logró ampliar e integrar a las más disímiles corrientes en una experiencia irrepetida de nuestro historial republicano.

Medio siglo atrás, por el mes de julio,  Acción Democrática - Gobierno seleccionó a través de una convención, a Raúl Leoni como candidato presidencial,  lo cual   no negaba las más altas conversaciones con enconados adversarios como Acción Democrática – Oposición, la que terminó postulando a Raúl Ramos Giménez; aguzó el ingenio de los socialcristianos, abanderando a Rafael Caldera en el marco de la llamada Autonomía de Acción; aglutinó a importantes sectores políticos y sociales, impulsando la opción de Arturo Uslar Pietri; o suscitó el debate que no solventó las diferencias entre Jóvito Villalba y Wolfgang Larrázabal,  tímidos canalizadores de la atención de aquellos todavía no convencidos del militante llamado de abstención de la subversión sostenida. Una campaña electoral que no naufragó por el coraje de la dirigencia o – mejor – de partidos políticos que, comprometidos, fueron tales.

Dijimos ampliación e integración, porque el modelo político en construcción así se explicaba. Empero, ha sido tan devastadora la satanización del puntofijismo que no permite ver la viga en el propio ojo, condenando la paja en los ajenos.

Hay más de ignorancia sobre el pasado que distracción, aún tratándose de la dirigencia política que, inadvertidamente, ha de sentir – por lo menos – curiosidad histórica. Resulta indispensable masificar la formación histórica y política, doctrinaria e ideológica, en los cuadros de una oposición alternativa o que se desea como tal, pues, no es posible tan galopante y vanidoso desconocimiento, poblada la red de redes de textos y piezas audiovisuales que aseguran la interpretación gubernamental que, por si fuese poco,  financia.

Valga la coletilla, por aquellos días de julio de 1963, el Consejo de Facultades eligió a Jesús María Bianco como rector de la UCV. Fue un firme, decidido y corajudo defensor de la autonomía universitaria que hoy traiciona el gobierno nacional, acaso sin equivalente como probado defensor, aunque la supo también presta para las lides insurreccionales.

De los ascensos

La corporación armada atraviesa la época de graduación y promoción de sus oficiales, aunque la materia no despierta la libre inquietud e interés de propios y extraños, como ocurría antes. Imperfecto, el ascenso de la alta oficialidad dependía del parlamento, según nuestra larga tradición constitucional, incluida la doctrina bolivariana, pero ha resultado peor el remedio que la enfermedad.

Es el Comandante-en-Jefe el que decide exclusivamente esos ascensos y el resto de los venezolanos ni siquiera nos convertimos en espectadores, porque no existe la posibilidad de indagar verazmente sobre los motivos y razones que los produjeron, legitimando toda conjetura.  Sesionando pocas veces al año, se nos ha dicho, la Comisión Permanente de Defensa de la Asamblea Nacional, no tiene competencia alguna en la materia, aunque pareciera que en ninguna otra, pues, la política militar tampoco sabe de la opinión, interrogación y evaluación de sus miembros.

Luego, la infranqueable alianza cívico-militar que constituye la clave del proceso inaugurado casi quince años atrás, es la de los altos estamentos, dejando para la población los más vistosos desfiles y el llamado a defenderla a cualquier costo. Y hasta la fecha patria misma, la de la Independencia, la confisca como una gesta que sólo la dirección político-militar revolucionaria interpreta y celebra, pretendiendo criminalizar a quienes osen preguntar por qué.

Segunda fotografía: Almirante Carmen Meléndez, http://coquivacoatelevision.com.ve/
Fuente:  http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/15861-de-un-remoto-esfuerzo-de-normalizacion

viernes, 12 de abril de 2013

CAMPAÑAS ELECTORALES: 1963


De acuerdo con la prensa escrita de la época, como ya había ocurrido en 1958, los grandes avisos son frecuentes en 1963. Para la época, seguramente costosos, pero – a diferencia de la nuestra – traen más textos que diseño y diagramación. Quizá la radio, más que la televisión, era decisiva en la transmisión del mensaje. Y no se requería de expertos foráneos, como ocurrió después, ni de la guerra de encuestas.

Luce interesante la posibilidad de una historia de las campañas electorales venezolanas, desde la propia campaña electoral. Es decir, dando cuenta de la estrategia electoral, la identificación y conquista de los sectores decisivos, el diseño publicitario, la disciplina de los candidatos, el ingenio de sus colaboradores, la capacitación de sus cuadros electorales, los estudios de opinión, la movilización de masas, el discurso, el “souvenir”, etc.  Y, por supuesto, el éxito como el fracaso de los diferentes aspirantes, habida cuenta de los “issues” de campaña que lograron imponer, resistir o – en definitiva – lidiar.

Una historia de las campañas electorales  significa también hurgar en los viejos y sobrevivientes archivos de los organismos electorales y, como ocurría, de las diligencias y decisiones judiciales. Hay mucha tela que cortar y no sólo por la mera curiosidad histórica y, agregaríamos, antropológica, sino por el interés que ahora los consultores puedan demostrar.

No olvidemos que una historia de las campañas, es la del Consejo Supremo/Nacional Electoral, la de su conformación, eficacia, diligencia, aciertos y desaciertos.  Incluyendo la capacidad y habilidad política de quienes lo encabezaron, pues, esta capacidad y habilidad no es monopolio de los profesionales de la política partidista.

Completando nuestros enunciados sobre 1963,  no es fácil trasladar a los actores políticos de una época a otra, pero sí adivinar que – a modo de ilustración – ahora sería difícil “vender” a un candidato como Leoni, pero también convenir en lo relativo de la apreciación, pues, por distintas circunstancias, lo era con Carlos Andrés Pérez en 1973. Empero, todos sabemos lo que ocurrió, gracias a una adecuada estrategia, convirtiendo sus debilidades como candidato (ministro-policía, etc.) en ventaja (democracia con energía). Para concluir estas apretadas notas, solamente debemos mencionar una distinción entre aquellos tiempos y el nuestro: el reconocimiento hacia los partidos, la política y quienes la hacen.  

Digamos, el oficio con sus propias e intransferibles exigencias, aunque - también importa reconocerlo - realizado por quienes gozaban de reputación, prestancia o prestigio para ello. La antipolítica todavía no había llegado a nuestras riberas. Además, el recuerdo de la dictadura estaba reciente, pero - igualmente - cursaban otros acontecimientos que ponían a prueba a las instituciones. Éste es el dato fundamental.

Finalmente, una curiosidad: sorprende que ciertas personalidades hayan contado con el reconocimiento inmediato de la ciudadanía, familiarizada con el nombre y la estampa. Tarda en diluirse, pero - cuando lo hace - es completamente, y - quien gozó de tanta fama - entra en un anonimato sorprendente, excepto para los historiadores. ¿Tardan en diluirse en una o cuatro generaciones?
LB

martes, 25 de diciembre de 2012

CAZA DE CITAS

- Matías Carrasco. "Aquí hace calor: Lo que pasa es que la banda está borracha". El Nacional Caracas, 22/12/65.
- Arístides Bastidas. "Una historia que es mejor como leyenda. Gaspar, Melchor y Baltazar: oro, incienso y mirra". El Nacional, 06/01/83.
- El pan de jamón de Miró Popi. El Diario de Caracas, 21/12/86.
- El Presidente Leoni instituye el Día de la Paz. El Nacional, 02/01/68.
- JFH. "Campanario: ¿Envilecimiento de la Navidad?". El Nacional, 03/12/65.
- Luis Herrera Campíns. "Los hombres de buena voluntad". El Nacional, 21/12/65.
- Carlos Canache Mata. "Diálogo para la Navidad". El Nacional, 24/12/65.

Ilustración: Zapata. El Nacional, Caracas, 14/12/1965.

viernes, 3 de agosto de 2012

ENTREVISTADURA (4)

EDICIÓN ANIVERSARIA DE EL NACIONA, Caracas, 3 de Agosto de 2012
 RAÚL LEONI | 10 DE MARZO DE 1969
"Siempre he sido un hombre común"
Por Miguel Otero Silva

Debe experimentar cierto aleteo de nostalgia al abandonar esta hermosa casa de enclaustrados patios interiores, de desbocados verdes más allá de las puertas, que ha sido adquirida y remodelada por iniciativa suya para albergar con dignidad al Jefe del Estado venezolano de hoy y de mañana. Pero el hombre no hilvana saudades sino que espera cautelosamente las preguntas del periodista.
—¿Qué políticos, doctrinas, libros influyeron más decisivamente en su formación como intelectual y hombre público?
—En primer término, y como texto de lectura sobrentendido, influyó sobre mi pensamiento la obra del Libertador: su Carta de Jamaica, su mensaje de Angostura, su ideario de libertad y justicia. Luego debo citar el libro de Gil Fortoul, la Historia Constitucional de Venezuela, que me proporcionó una visión positivista del pasado de mi país. Más tarde, a las alturas de 1928, leí con pasión a nuestros panfletistas: Pio Gil Blanco Fombona, Pocaterra, plumas que exaltaban el repudio a las dictaduras, al caudillismo y al servilismo. Al mismo tiempo devoré las obras de ensayistas latinoamericanos como José Enrique Rodó, Manuel Ugarte y el José Vasconcelos de la “raza cósmica”, que postulaban principios americanistas, nacionalistas, antiimperialistas. Más tarde, ya en el destierro, me entregué de lleno al estudio de la filosofía política moderna: nuevo liberalismo, laborismo, socialismo, marxismo. En cuanto a la literatura propiamente dicha, mi afición estuvo siempre inclinada hacia las tendencias realistas y sociales. Mis novelistas predilectos eran los rusos: Tolstoi, Dostoievsky, Gorki, Andreiev. Y los franceses: Balzac, Zola, Romain Rolland. Entre los españoles leía con frecuencia a Miguel de Unamuno.
—¿Por qué, si gran parte de sus compañeros de rebelión y de exilio se inclinaron hacia el marxismo y el comunismo, usted no tomó el mismo camino?
—La mayor parte de mis compañeros del 28 que se inclinaron abiertamente hacia el comunismo fueron aquellos que se trasladaron a Europa. Rusia y su estrella roja gravitaban categóricamente sobre el proceso político y social de los países europeos, sobre la obra de los escritores europeos. Nosotros, los del 28, éramos una juventud ignorante políticamente por falta de libros y exceso de barreras policiales. Yo no me marché a Europa sino me quedé en el área del Caribe. Al leer la filosofía marxista no perdí nunca la visual latinoamericana ni el sentido de nuestra realidad. Comprendí desde un principio que el pensamiento socialista no era aplicable esquemáticamente a toda entidad o nación. Para Venezuela, país atrasado y mediatizado, el problema consistía en quebrar las estructuras feudales, emprender la revolución democrática, conquistar los derechos más elementales. Además, me apartó siempre de los comunistas mi culto a la libertad del hombre que ellos no compartían. Pero debo advertirte que si nunca me hice comunista no fue porque me sintiera temporalmente anticomunista. Creo que la existencia de la extrema izquierda es necesaria para el funcionamiento progresista de la libertad porque sus prédicas hacen hincapié en las desigualdades sociales, son como un tábano que señala las injusticias. Por otra parte, respeto los objetivos sociales que persigue el socialismo en sus diversas expresiones y tengo la seguridad de que la humanidad marcha indefectiblemente hacia un sistema más equilibrado, más justo, de igual oportunidad para todos los seres.
—¿Se considera usted antiimperialista, como cuando leía en su juventud a Manuel Uzarte?
El Presidente se detiene un instante al pie de los crujientes bambúes y hace frente al periodista:
—Soy fundamentalmente un nacionalista, en el mejor sentido de la palabra. El mundo está dividido injustamente en países pobres y ricos, desarrollados y subdesarrollados, lo cual es tan inicuo como la división de la sociedad en poseedores y desposeídos. Yo estoy contra esos desniveles como estoy contra el armamentismo de los países poderosos. Si los recursos que se emplean en armas se dedicaran a subsanar injustitas, a cooperar con los países pobres, a reparar las propias desigualdades sociales internas, se sembrarían las bases más sólidas de la coexistencia pacífica. El destino del hombre sobre la tierra no es la guerra, ni el dominio sobre los otros hombres, sino el dominio de la naturaleza y, actualmente, del espacio, por obra y gracia de los astronautas.
—¿A usted nunca le ha tentado escribir un libro, —pregunta el periodista, esta vez en serio— bien fuera de teoría política, bien de historia, bien de memorias?
—La verdad es que nunca he tenido pretensiones de hombre superior, ni he dragoneado de genio. Más aún, me he considerado siempre un hombre del común, un venezolano medio, a quien la historia ha llamado a cumplir posiciones destacadas. Tengo, eso sí, cierta cultura política y a base de ella comencé a escribir un libro hace ya mucho tiempo. El tema era la evolución de las ideas políticas en la Venezuela moderna, arrancando de su raíz en el pasado, hasta llegar a la aparición en nuestro país de las ideas de izquierda en sus diversas modalidades. Escribí varios capítulos de ese libro en el destierro, privado de calma para pensar y de campo para las labores de investigación. Por último, en una de mis sucesivas emigraciones, se me extraviaron los primeros capítulos y también los documentos adicionales, que eran cartas interesantes de nuestros viejos caudillos. Total, que el libro se pasmó. Y si a eso le añades que con el tiempo se me ha desarrollado un sentido agudo de autocrítica, que me obliga a leer y releer muchas veces lo que escribo, te permito vaticinar que mi proyectado libro de juventud jamás saldrá a la calle.
(El periodista entra al despacho presidencial del doctor Raúl Leoni en Miraflores, durante el largo recuento de votos que estamos sufriendo los venezolanos en la primera semana de diciembre. (…) El periodista desea conocer la opinión del Presidente acerca del resultado electoral, que aún luce indeciso. “Según las informaciones de que dispongo, el doctor Gonzalo Barrios va a ganar por un margen bastante estrecho”, responde el Presidente. Y añade a renglón seguido: “Pero si no sucede así, y mi amigo entrañable y compañero de partido Gonzalo Barrios pierde las elecciones, así sea por un voto, óyelo bien, por un solo voto, este Raúl Leoni que ves aquí le entregará sin vacilar un segundo la banda presidencial al doctor Rafael Caldera”. El periodista comprende que el Presidente habla dramáticamente en serio).
Se ha hecho de noche y nos traen dos merecidos whiskys al corredor donde estamos sentados. El periodista recuerda la conversación de diciembre en Miraflores y vuelve sobre el tema:—¿Nadie le aconsejó en aquellos días que hiciera o propiciara un pequeño fraude electoral para impedir el acceso de Caldera al poder?
—Nadie me lo aconsejó, ni yo hubiera permitido que me lo aconsejaran. En Venezuela se ha avanzando tanto en el campo democrático, que ni aun los más irreconciliables enemigos de Copei insinuaron que se desconocería el resultado de las elecciones. Eso de las presiones sobre mi persona no pasa de ser una conseja, un cuento chino. La verdad histórica y absoluta es que no recibí la más leve insinuación, ni de ningún dirigente de Acción Democrática, ni de otros partidos, ni de jefe militar alguno, para que propiciara un fraude electoral. Fue el remate de una conducta cívica ejemplar que abarcó a todos los estamentos de la población venezolana.
Llega un Ministro del Despacho y se suma al whisky. El periodista aprovecha la coyuntura para despedirse con una última pregunta clásica, de esas que figuran en los textos de periodismo de la Pitman Publishing Corporation:
—¿Puede usted resumir en una sola frase su ideario político?
El Ministro nos mira alarmado, pero el Presidente se entusiasma:
—Claro que puedo: El hombre, más aún el pueblo, es el motor y el sujeto del desarrollo de una nación. Toda la actividad de los estados debe dirigirse a solucionar los problemas del hombre, ya sea habitante de la ciudad o del campo. De ahí la preocupación de mi gobierno, mientras he sido gobierno, y la mía personal por aumentar las posibilidades de realización de la persona humana y su acceso al bienestar en todos los órdenes: social, económico, político, cultural y administrativo.