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sábado, 29 de octubre de 2016

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Rafael Caldera. "El mito de Sísifo". El Universal, Caracas, 22/07/1987.
- Descubren plan para asesinar a Diego Arria. El Nacional, Caracas, 08/08/74.
- Carlos del Vecchio, el liro de Petkoff y los elogios de Canache Mata. Tribuna Popular, Caracas, 09/10/69.
- Marcelino Bisbal. "Lo que ya no será jamás como antes". El Diario de Caracas, 07/04/89.

Reproducción: José Rafael Pocaterra niega la censura de prensa por entonces prevaleciente. El Nacional, Caracas, 28/02/1950.

sábado, 9 de julio de 2016

UFOLOGÍA VENEZOLANA



El chavismo es un Ovni dentro de la tradición democrática venezolana

6 Julio, 2016

Enrique Meléndez / especial Noticiero Digital / 6 jul 2016.-El diputado Luis Barragán (Vente Venezuela) afirmó que la elación que tuvieron Rómulo Betancourt y Rafael Caldera permitió que el país aprendiera el lenguaje del entendimiento, de la tolerancia y del respeto hacia el adversario político – lenguaje que se perdió desde mediados de los años 90 hasta nuestros días.La afirmación la hizo en un foro organizado para celebrar el centenario del doctor Rafael Caldera.

Inició su intervención recordando que nuestra historia republicana tiene más de 150 años de guerra y escaramuzas civiles que contrastan con las décadas, que después de tanto esfuerzo y tanto sacrificio, los venezolanos inauguramos a partir de 1958.

“No era fácil superar esta larga tradición de desencuentros, de violencia y de agresión, como características esenciales de la vida política venezolana, y a partir de 1958 los venezolanos conocemos y profundizamos en una experiencia distinta de las luchas cívicas; una experiencia, un estilo, una manera de ver el mundo y las cosas; que contrastan con lo que fuimos en una buena parte del siglo XX, y desde luego, desde que fuimos República en el siglo XIX”.

Admitió como obvio que hubo violencia y rivalidades muy enconadas en el trienio adeco; cosa que se comprueba leyendo las actas de los diarios de debates de la Asamblea Nacional Constituyente de 1946 y del Congreso Nacional, donde se nota sobre todo en el lenguaje, cuán lejos llegaba la diferencia entre AD y Copei y, especialmente, entre Rafael Caldera y la junta de gobierno de aquel entonces.

“Hay argumentos, hay profundidad de planteamientos, hay un respeto básico, elemental, fundamental; pero las vísperas de noviembre de 1948 los debates parlamentarios fueron muy enconados y difíciles, incluso, uno se imagina cuál fue el ambiente por aquel entonces en el Capitolio Federal”.

Barragán dijo que tampoco iba a ser fácil para el transcurrir de la naciente democracia representativa; una vez depuesto el régimen de Pérez Jiménez, ya que era muy difícil borrar de la noche a la mañana todas esas rivalidades del trienio del 45 al 48; de la misma manera se pensó lo intragable que sería una presidencia de Rómulo Betancourt a partir de 1959. Por eso, pocos apostaban por la convivencia de los dos líderes, pero ocurrió, inaugurando una nueva cultura política en Venezuela que mostró, con una distinta pedagogía, lo que se podía hacer los venezolanos al convivir pacífica, tolerante y respetuosamente.

“Ese entendimiento de Rafael Caldera y Rómulo Betancourt tuvo consecuencias importantes y, por lo general inadvertidas en el país; marcó una pauta, una manera distinta de hacer las cosas. No significaba ponerse de acuerdo detrás de bastidores y pasarle por encima a las instituciones, sino que se trataba de llegar a un acuerdo, y emplear sus canales institucionales para darle visibilidad, voz, carne y hueso a esa experiencia democrática”.

Dijo que había una Venezuela caracterizada por manejar las diferencias desde el ángulo del desencuentro personal; mas no político, una Venezuela donde las luchas violentas, agresivas, constituían la norma y que fue rota por este progresivo o cada vez más acelerado entendimiento entre las figuras fundamentales de la democracia naciente; que, por supuesto, aquéllos que apostaban por la violencia en una dirección u otra resultaron sorprendidos por esta modalidad distinta de hacer política en el país.

“Recordamos que antes del acuerdo del Pacto de Punto Fijo; creo que contemporáneo al advenimiento obrero-patronal, ya las juventudes políticas, reflejando la línea política de los principales partidos venezolanos, no sólo la representada por la Juventud Revolucionaria Copeyana que dirigía José de la Cruz Fuentes, sino también por la de AD, que dirigía Gumersindo Rodríguez, por la Juventud Comunista, que dirigía Héctor Rodríguez Bauza; la de Vanguardia Juvenil Urredista, que dirigía Víctor José Ochoa, habían suscrito un acuerdo donde llamaban a minimizar el canibalismo político; las intrigas interpartidistas y la violencia de calle entre partidos que sostenían las banderas democráticas”.

Hizo ver que esto quizás a nosotros nos parezca demasiado obvio; pero que para aquel entonces constituía toda una novedad; que allí también hubo un ejercicio pedagógico de la otrora Junta Patriótica pero que lo fundamental siguió siendo marcar una pauta distinta y llevar el conflicto existencial a lo que Juan Carlos Rey llama el conflicto agonal: no se era enemigo político sino adversario.

“Todo esto se sostuvo alrededor de cuatro décadas, incluso, para quienes atentaban contra esa experiencia democrática; como fueron los golpistas de derecha y los subversivos de la izquierda; que el mismo Domingo Alberto Rangel consideraba que eso no fue nunca una guerra de guerrillas, conceptualmente; pues nunca alcanzó el calibre y la importancia de una guerra de guerrillas de acuerdo a la teoría concebida por Mao Tse Tung, y, luego, mal desarrollada por Ernesto Guevara, a través del foquismo”.

Recordó Barragán que para defender el naciente sistema democrático hubo que tomar medidas fuertes; iniciativas muy duras porque no se trataba sólo del episodio del tren de El Encanto, sino que cuando uno revisa la prensa de la época se sorprende de cómo la violencia se había generalizada; ya que no era guerra de guerrillas sino que eran actos terroristas; que Caracas por noviembre de 1963 fue regada de tachuelas; en cualquier lado había personas que disparaban a mansalva; tratando de generar el caos para sabotear el proceso electoral de ese año.

Agregó que esas acciones modelaron de tal forma el sistema que, años más tarde, los movimientos perezjimeniztas lograron un cupo parlamentario así como un cupo en las municipalidades; habiendo patrocinado, no obstante, al principio de la década de 1960 de una manera u otra estos golpes de Estado, directa o indirectamente; promoviendo esta situación de desestabilización y de conspiración en el seno de las fuerzas armadas.

Barragán recordó el episodio del general Jesús María Castro León cuando intenta la invasión de los sesenta el 22 de julio de 1958, en un afán por alzarse como ministro de la Defensa, y toma el liceo Simón Bolívar de San Cristóbal (Táchira); pero, además, que al lado de estas situaciones también está el movimiento subversivo; sólo que, al mismo tiempo, bajo el gobierno de Raúl Leoni se toman las primeras medidas para el proceso de pacificación, medidas que quedan encauzadas como toda una política de Estado en el primer gobierno de Caldera.

Barragán pinta la fase presente al momento de llegar Caldera al poder; por un lado presiones militares, que denominó “la conspiración desde La Planicie”, donde quedaba el ministerio de la Defensa y esto porque se decía que el entonces ministro de la Defensa, Martín García Villasmil, lo estaba haciendo; por otro lado, corrientes rezagadas de la subversión que tomaron por atajo el movimiento de renovación universitaria, en especial, porque el MIR cifraba aún sus esperanzas de reiniciar el camino de la guerra de guerrillas a partir del movimiento estudianti – que también tuvo que enfrentar también Caldera.

“Pero es que tampoco los perezjimeniztas habían quedado conformes, sino que también pensaban que a la vuelta de la esquina estaba el poder, y que no se le había reconocido el número de parlamentarios que lograron por esos fenómenos tan extraños que se presentan como si se tratara de Ovnis”.

A ese respecto, recordó un intento de sabotaje a una sesión del antiguo Congreso Nacional que llevó a cabo un grupo de perezjimeniztas que logró infiltrarse en el palco del hemiciclo, y a la cual le hizo frente el entonces senador Vicente Emilio Sojo – y recordó al mastro Inocente Carreño, autor del himno de Acción Democrática – de modo que, a su parecer, los primeros años del gobierno de Caldera no fueron una cosa fácil.

“No obstante, logró desarrollar una política de pacificación. El país aprendió otro lenguaje de entendimiento, de comprensión, de tolerancia y de respeto. Esto es un aporte fundamental en la relación de Caldera con Rómulo Betancourt, y el cual debemos valorar y reivindicar”.

Seguidamente, dijo que lamentablemente ese lenguaje no se mantuvo, que marchamos al revés, se produjo un desaprendizaje, sobre todo, a partir de mediados de la década de 1990 cuando irrumpe la antipolítica feroz y profunda, que es lo que permite la llegada de Chávez al poder.

Abordó el tema del fenómeno del chavismo al que también calificó de Ovni de la tradición histórica venezolana, rara especie que de pronto se manifiesta; pues, a su modo de ver, esa manera de hacer política se revirtió con su irrupción, al punto de que las diferencias políticas se convirtieron en enconadas, dramáticas e injustas diferencias personales; atizadas, asimismo, desde el propio gobierno de Hugo Chávez desde donde se les prohibía a los parlamentarios contemporizar con sus homólogos de la oposición, y, por esta vía, reflexionó en torno a la tarea que tendrían por delante las nuevas generaciones de dirigentes políticos, a propósito del rescate de esa ética perdida.

Este punto, según sus palabras, le permitió referirse a otro ámbito de cosas, con motivo de las coincidencias entre Rafael Caldera y Rómulo Betancourt, y que era el relativo a la política petrolera; pues, a su juicio, así como había una violencia política de calle, también había una violencia política del petróleo, y esto, porque quien defendiese una determinada política petrolera, entonces podía ser acusado de vende patria, de traidor.

Ilustró su exposición trayendo a colación el caso de dos artículos que se publican en la década de 1960 en la prensa nacional; el uno firmado por Arturo Uslar Pietri, y quien aupaba un régimen de concesiones petroleras; el otro por Juan Nuño, entonces un intelectual marxista, incluso, fidelista, quien era partidario de la estatización inmediata de la industria petrolera.

Admitió Barragán que al final por este camino de la nacionalización se marchó, teniendo presente que éste formaba parte del criterio de Betancourt y Caldera en materia de política petrolera, es decir, de no otorgar más concesiones, y marchar hacia una estatización de la industria, sólo que en una forma gradual y pacífica, y, en ese sentido, se paseó por el escenario que dio lugar la discusión y aprobación de la ley de nacionalización petrolera a mediados de la década de 1970; las famosas manifestaciones estudiantiles que salían a las calles para protestar por el artículo 5, donde se le permitía al Estado la creación de empresas mixtas, pues los manifestantes querían que toda la industria fuera estatal.

Al reparar en lo que fue la política petrolera que llevaron a cabo los gobiernos durante los cuarenta años de la República civil, no dudó en calificarla de exitosa, sobre todo, porque los partidos políticos auspiciaron los técnicos especialistas en materia de hidrocarburos, como fue el caso de Juan Pablo Pérez Alfonso, Arturo Hernández Grisanti, Hugo Pérez La Salvia, Humberto Calderón Berti, Leonardo Montiel Ortega, Alvaro Silva Calderón, y que esto significó que el tema petrolero lo condujera gente entendida en la materia, a diferencia de la forma como ha procedido el gobierno de Hugo Chávez que se ha caracterizado más bien por la improvisación, y el desprecio por la meritocracia.

Para finalizar tocó el tema del papel que ejecutaron tanto Caldera como Betancourt en su condición de comandantes en jefe de las fuerzas armadas, y que, a su modo de ver, se cumplió en circunstancias y coyunturas diferentes, y que a pesar de eso la institución armada sentía respeto por sus respectivas personas; cuestión que le pareció que no se cumplía bajo el gobierno de Chávez; partiendo del hecho de que Chávez era un oficial que, por ejemplo, no había aprobado el curso de estado mayor, etcétera; sólo que a cambio de eso Chávez había visto en la renta petrolera un recurso para ganarse ese supuesto respeto, para entregar prebendas.

domingo, 3 de julio de 2016

LA OTRA VENEZUELA



Venezuela, políticos y petróleo

Luis Barragán

El sábado próximo pasado, nos correspondió intervenir en el Foro Centenario correspondiente a la relación de Rafael Caldera con Rómulo Betancourt. Dijimos, menudo compromiso en el que nos colocó Sara Lizarraga, pues, no estaba previsto, después de las extraordinarias y brillantes intervenciones de Gehard Cartay y Carlos Canache Mata.

De una larga experiencia política y parlamentaria, ellos dictaron toda una cátedra de historia contemporánea que le agradecemos inmensamente, incluyendo un anecdotario inédito que mantuvo atenta a una audiencia a la que no le bastó las más de cuatro horas de un evento originalmente pautado – a lo sumo – para hora y media.  Cumplido un periplo de las esenciales coincidencias y también discrepancias, confirmamos la bondad de una complementación histórica en la que ambas personalidades, fuertes, recias y también prudentes, auspiciaron la ruptura con una tradición de guerras y escaramuzas civiles que abarca un poco más de 150 años de vida republicana. No obstante, inelegantemente, nos permitimos acentuar un aspecto de nuestra modesta participación.

Nos referimos a la posibilidad cierta  para una Política Petrolera de Estado que, con todos sus matices, desembocó en la exitosa nacionalización y la creación de una empresa que, como PDVSA, se hizo realmente competitiva en los mercados internacionales. Todo esto, fácil de constatar, hasta que llegó el fenómeno que provisionalmente se ha dado en llamar el chavismo, suerte de OVNI deslumbrante del que ya sabemos sus nefastas consecuencias.

Específicamente, aludimos a la generación de un sector dirigencial convincentemente preocupado por  la materia, pues, por una parte, la política petrolera en la que confluyeron y ayudaron a perfeccionar Caldera y Betancourt, apuntó a la creación, estabilidad, respeto e independencia de sendos cuadros técnicos y gerenciales que le dieron empuje y reconocimiento a la naciente industria nacionalizada. Y, por otra, alentaron por siempre, afianzando una sana división del trabajo partidista, a cuadros políticos, integrantes de las direcciones partidistas y parlamentarias, especializados en un tema tan complejo y, así, el país  tuvo por referentes a Humberto Calderón Berti, Arturo Hernández Grisanti, Leonardo Montiel Ortega, Alvaro Silva Calderón, entre otros que ejercían una sobria, informada y responsable vocería: un fenómeno que irradió desde COPEI y AD para un modo hoy extraño – hoy -  de hacer política.

Ya sabemos lo ocurrido en el siglo XXI, siquitrillada la industria petrolera y, respecto a los partidos, una tribuna que les fue indispensable. Huelgan los comentarios, aunque – acentuamos - requerimos de la renovada participación de los políticos en una materia que supieron conducir Caldera y Betancourt, con todos sus bemoles.
Fuentes:


04/07/2016

martes, 20 de enero de 2015

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Pablo Azuaje y el sauditismo delictuoso. El Nacional, Caracas, 27/10/1979.
- Jorge Olavarría. "El problema ideológico de COPEI". El Universal, Caracas, 14/06/66.
- Jesús Sanoja Hernández. "De Carlos andrés se trata". El Nacional, 05/12/88.
- Carlos Canache Mata. "Las tres juventudes de COPEI". El Nacional, 04/11/65.

Reproducción: El Nacional, Caracas, 04/08/1986. Instalación del Encuentro Ideológico de la Juventud Socialcristiana. Por cierto, agitada instalación al confrontar a los partidarios de la candidatura presidencial de Caldera y los de Eduardo Fernández (LB).

sábado, 6 de septiembre de 2014

EL VENIDERO ANIVERSARIO (1)



El Nacional - Viernes 23 de Enero de 2004           A/8 Opinión
Partidos en crisis: AD
Jesús Sanoja Hernández

Cuatro partidos importantes reaparecieron en 1958 una vez que terminó la “larga noche de la dictadura”, el más importante de ellos, AD, que ya había ejercido el poder gracias a un golpe fraguado entre su cúpula y una logia castrense conocida como Unión Patriótica Militar. En ésta destacaba un mayor del Ejército con más ambiciones que sus compañeros de armas y con menor preparación que sus socios adecos. Betancourt, por su parte era, entre los civiles mezclados en el complot, el más calificado como político y teórico, lo cual explica que asumiera la jefatura de la Junta Revolucionaria de Gobierno y que siete años después del golpe de octubre del 45 aquel mayor, convertido en coronel, asumiera el cargo de presidente provisional de la República y meses más tarde el de Presidente Constitucional. Si Betancourt llegó por un golpe y no por una revolución, su compañero militar de 1945 llegaría por un autogolpe o por un golpe de comando, que anuló el triunfo de URD en la elección de la Constituyente del 30 de Noviembre de 1952.
Si usted hubiese vivido los tres años de gobierno adeco militar no tendría duda en afirmar que la del 18 de octubre de 1945 no fue ninguna revolución, a pesar de que Betancourt y los suyos se empeñaran en afirmar lo contrario en los días de poder. Pero he aquí que, lanzado Betancourt al exilio tras el “golpe contrarrevolucionario de 1948”, tuvo suficiente tiempo para rectificar y consignar su “autocrítica”, palabra de la época, en el libro Venezuela, política y petróleo (México, 1956). Escribió entonces que en 1945 no habían llegado al poder los hombres de AD “a impulsos de una arrolladora marea de pueblo armado”, sino por medio de una asonada del montón. “El Gobierno de facto nació de un golpe de Estado típico y no de una bravía insurgencia popular. Lo que tenía de negativo tal circunstancia no necesita ser subrayado”.
No siendo revolución por su origen, tampoco lo sería por su curso, tan breve como interesante. La junta revolucionaria que Betancourt presidió durante casi cuarenta meses, no cambió las estructuras económicas ni creó un cuadro de confrontación característico de los procesos revolucionarios. Lo que hizo fue modernizar la economía e imprimirle al país un ritmo político acelerado. Creó la Corporación Venezolana de Fomento, a semejanza de la Corfo chilena, y la Flota Grancolombiana, vista ésta como “anticipo de una flota mercante latinoamericana”, proyecto que, como los de Chávez a escala regional (por ejemplo, el ALBA), no pasaba de ser un deseo difícil, si acaso no imposible, de lograr. Porque lo que vino después fue el derrocamiento de AD y la instauración de gobiernos militares, o de derecha, en el continente. Las revoluciones entendidas a la manera tercermundista, como la boliviana, entraron en crisis, o, como la guatemalteca, terminaron acabadas por un coronelito con apoyo de la CIA y la UFCO.
Diez años más tarde del golpe del 24 de Noviembre de 1948, AD volvió a escena y logró ganar las elecciones no sólo de 1958, justamente con Betancourt en Miraflores, sino las de 1963 con Leoni. Tornaba AD a ser gran partido, aliado en un tramo con Copei y URD, en otro sólo con Copei, en tercero con URD y el uslarista FND, y desde 1966 hasta 1968, con URD desfalleciente.
Y pese a perder con Copei en 1968, derrota que lo impulsó a acordar con éste en “el pacto institucional”, y a volver a ser derrotado por los socialcristianos, recuperó el poder con Carlos Andrés Pérez, saudita y tercermundista, y diez años más tarde con Jaime Lusinchi, que recibió, no ya el país hipotecado, sino el bolívar devaluado.
Pérez, en su primer período, impulsó un desarrollo acelerado, combinando ingresos petroleros extraordinarios con peligroso endeudamiento, y prohijó “la nueva burguesía”, cuyo desempeño no sería ni muy loable, ni muy eficaz, su diagnóstico lo hicieron Pedro Duno y Américo Martín en Los doce apóstoles y Los peces gordos.
Lusinchi, que ofreció pagar la deuda hasta el último centavo, terminó “engañado por la banca”, y, a pesar de haber creado corriente mayoritaria en AD a favor suyo y en puja con el carlosandresismo, no pudo imponer la candidatura de Lepage. CAP entró nuevamente a Miraflores como Pedro por su casa pero, como otro Pedro, hubo de salir en mal momento. No fue “tan breve” su reingreso. Gobernó hasta fines de mayo de 1993, año electoral.
De allí en adelante la confusión se apoderó del partido. Vino el reinado de Alfaro Ucero, minusválido ideológico pero Superman de la burocracia partidista que, increíble pero cierto, sería abandonado por su “guardia de honor”, en el momento crítico. Era noviembre de 1998 y en el horizonte aparecía el golpista vencido en 1992, entonces convertido en “apóstol de la revolución” de las dos B Bolivariana y Bonita.
Daba lástima AD en 1999, acosada en el Congresillo, sin audiencia en las multitudes. Hoy respira mejor y busca cómo no perderse en el bosque de la coordinadora y los partidos emergentes. Astrólogos, no politólogos, sabrán lo que pasará.


NOTA LB: El aniversario de un partido es bueno recordarlo, sobre todo porque no duran mucho las instituciones en el país y, diga lo que se diga, un partido es una institución y da muestras de la fortaleza o debilidad del sistema político. Luce obvia la particular interpretación de Sanoja Hernández. Por lo pronto, surgido el 13 de septiembre de 1941, anotemos con otro intérprete, como Manuel Caballero, tres notas: la mejor obra de Rómulo Betancourt fue la fundación de AD, el uno no se entendió sin el otro (y viceversa), aunque insistió mucho el líder fundador en la colegiación de las decisiones (el CEN que se convirtió también en mito).  Estuvo por largos años la discusión abierta sobre la especificidad doctrinaria de la organización, acentuada sus orígenes marxistas. Refiere Caballero: “A Betancourt, recién fundada Acción Democrática, le interesa bien poco que lo sitúen en la izquierda o en la derecha, y tampoco va a caer en la trampa de quienes lo quieran colocar entre los fascistas o antifascistas de acuerdo a las líneas que ellos mismos tracen y que él no pueda borrar o señalar según el caso” (“Historia de los venezolanos en el siglo XX”, Alfa, Caracas, 2011: 167).  Puede ser largo, y lo es, la discusión, la que parece difícil extender digitalmente, por lo menos, en una Página de Facebook. Por ello, nos permitimos el enunciado. ¿Qué fue en sus orígenes AD? ¿Fue un partido aprista, como indicó Carlos Rangel que, por cierto, desempeñó una concejalía en los sesenta bajo las listas de ese partido? ¿Se socialdemocratizó durante Pérez I, ya abiertamente?
Hay un excelente y decidor capítulo llamado “Del comunismo a la social democracia a través del leninismo”, en “El poder brujo. Ensayos de polémica y otras tintas” de Caballero  (Monte Ávila, Caracas,  1991: 111-125), al respecto…. Cfr. Carlos Canache Mata. "Perfil ideológico de AD". El Nacional, Caracas, 13/08/1977; "Ratificación y revisión de una tesis", ibídem, 03/09/77; y "AD en la historia nacional", ibidem, 10/08/77.