Purgar los fantasmas
Luis Barragán
Por supuesto, hay razones para el malestar social en los países al sur del continente, pero – aceptemos – son mínimas al lado de las que explosivamente anidan en la Venezuela sumergida en la catástrofe humanitaria, censura y represión. No es fruto de la casualidad, por cierto, la actuación decidida y coordinada del Foro de Sao Paulo, recientemente reunido en Caracas, maniobrando arteramente para la continuidad en el poder de Evo Morales o la desestabilización de los gobiernos de Lenin Moreno y Sebastián Piñera.
No hace falta un microscopio para descubrir el formato y las características del tristemente célebre Caracazo, empujado por motivos que hoy lucen ridículos. Ya es toda una convicción, tan deliberadamente empujado, que, después, resultó de una inmensa e inescrupulosa rentabilidad política, afantasmándolo, como puede ocurrir en Ecuador o Chile: suerte de factura prefabricada que quedará al juicio de los psicólogos sociales expertos en el revanchismo edulcorado.
Recordamos el fenómeno al participar en el foro de los ex – rectores Benjamín Scharifker, Freddy Malpica y Pedro Aso, en la Universidad Simón Bolívar, cuya autonomía y libertad de cátedra defienden ante los peligros impuestos por el régimen ágrafo que cuenta con el colaboracionismo interno de sectores harto oportunistas. Hemos propuesto, por ejemplo, que en todas y cada una de las universidades, públicas y autónomas, celebren simultáneamente sus comicios internos apegados a lo que inequívocamente establece la Constitución, la Ley de Universidades y los reglamento, el 23 de enero de 2020. No obstante, también pensamos en otras fechas.
Es necesario purgar los fantasmas que el llamado chavismo sembró en más de veinte años, y muy bien esos comicios pueden celebrarse el 4 o el 27 de febrero del venidero año. Significaría un poderoso antídoto espiritual, una extraordinaria faena para vaciar simbólicamente a ambas fechas del artificio eficazmente inoculado en un siglo que no comienza todavía.
Versamos sobre la significación y proyección continental de una gesta universitaria que, más allá de la legendaria Córdoba de 1918, le conceda un decidido y definitivo sentido de liberación. Claro está, esto significa hablar de una responsabilidad y un compromiso histórico que los hay, a pesar de la miopía de una minoría trepadora que fue al consabido acto del Aula Magna, tomó la autopista y, en Sartenejas, hace y dice lo contrario, como el ex – diputado de la Asamblea Nacional que lo reciben con aplausos en un hemiciclo y, después, cruzando el pasillo, en el otro, no le tiembla el pulso para allanar la inmunidad de sus supuestos colegas.
Fotografía: Tomada de Google Imagen. Vid. https://www.youtube.com/watch?v=FbFSMhHAmWw
11/11/2019:
http://www.lapatilla.com/2019/11/11/luis-barragan-purgar-los-fantasmas/
https://qoshe.com/lapatilla-ve/luis-barragan/luis-barragn-purgar-los-fantasmas/55443746
https://newstral.com/es/article/es/1139401814/luis-barrag%C3%A1n-purgar-los-fantasmas
https://tipsfemeninos.com/luis-barragn-purgar-los-fantasmas/
https://www.scoopnest.com/es/s/Luis%20Barragan
https://tenemosnoticias.com/noticia/barragn-luis-fantasmas-purgar-954278/1711395
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sábado, 9 de noviembre de 2019
domingo, 14 de enero de 2018
EL BISTURÍ SOBRE EL IMAGINARIO
La maldición del pasado
Luis Barragán
Cierto, no era el país que todavía soñamos, aunque – sin lugar a dudas – incomparablemente fue mejor respecto al que hoy tenemos. Valga el ejemplo del profundamente conmovido por los sucesos del Caracazo que ha manipulado hasta la saciedad el único gobierno que ha tenido la nueva centuria, pues, bajo las expectativas del aumento de la gasolina en apenas pocos céntimos, abastecidos – faltando poco – con distintas marcas de un insumo básico, repuesto a los pocos días el que faltaba, y con una inflación que ascendió luego a 100%, viva la exigencia múltiple del respeto del Estado de Derecho, vigente la división de los órganos del Poder Público y reconocido el costo político de la violación de los derechos humanos, el más desavisado de nuestros amables lectores puede realizar el rápido contraste de sus asombros.
Los celebérrimos 40 años quedaron reducidos a una burda y facilona consigna que rápidamente contaminó el lenguaje cotidiano, embutiéndole toda la maldad posible que desembocó en la Venezuela que todavía exhibía la tercera transnacional petrolera más importante del mundo, demasiado lejos de subastar las ahora escasas bolsas de basura – las unas y la otra – que sintetizan la profundidad de nuestros dramas. Operó una maldición de tan extraordinarias quilates que, ahora, obliga a recuperar nociones y hasta términos tan elementales, como libertad, democracia, paz, convivencia, equidad, desarrollo, antes de uso corriente para toda polémica, por doméstica que fuese.
Otro ejemplo, encontramos por casualidad un reportaje de Euro Fuenmayor, cuyo título es revelador: “Ni un solo muerto en Caracas el 31 y el primero y apenas 33 ingresos en todos los hospitales” (El Nacional, Caracas, 02/01/1968). Y, si bien es cierto que contábamos con una menor cantidad de población, no menos lo es que un escolar ejercicio aritmético no ofrece siquiera una aproximación a la actual y escandalosamente desproporcionada cantidad de muertes injustas, prematuras y violentas que el Estado cuida de no publicar con un celo semejante al silencio de los números que dibujan la hiperinflación; valga la coletilla, sobrando los comentarios, después Víctor Manuel Reinoso publica otro reportaje, en el mismo diario, que versa sobre “los 13 mil hombres que cuidan (a la) Caracas” de un millón 800 mil habitantes, gracias a a los servicios de seis entidades policiales y ocho empresas privadas (Ibidem: 04/01/1968).
Se dirá que era la situación de un largo medio siglo atrás, pero coincide con ese período denostado de los 40 de nuestros tormentos que sirvió para legitimar el ascenso de quienes superlativamente elevaron las cifras de muertes por encima de 26 mil en 2017, según el Observatorio Venezolano de la Violencia, cuando despedimos el siglo anterior tan justamente escandalizados por un promedio de cuatro o cinco mil muertes.
Purgando nuestros prejuicios, ese cada vez más remoto pasado que fue tan útil para la demagogia socialista, debe ocupar su adecuado lugar para atender a un presente cada vez más pavoroso. Muy lejos de justificarlo, a pesar de todos los pesares, e, incluso, juzgando por la novelística de Guillermo Cabrera Infante y hasta por una obra postrera de John Dos Passos, sobre la vida cotidiana de la Cuba de entonces, si Fulgencio Batista representó un mal, los Castro Ruz resultaron endiabladamente peores. No obstante, el sargento que llegó a general, por cierto, homenajeado por el Partido Comunista de Venezuela, en la Caracas que visitó por los años ’40 del XX, ha sido la mejor excusa - junto al imperialismo yanqui - para sostener la dictadura que tozudamente aterroriza a sus víctimas con un regreso ya imposible al batistato, como única fórmula de superación.
Referencia:
Fotografía: https://www.lapatilla.com/site/2015/04/24/la-impunidad-impuso-un-toque-de-queda-en-venezuela
Ilustración: Fulgencio Batista, según Raúl Arzubi Borda. El Nacional, Caracas, 02/01/1959.
14/01/2018: http://guayoyoenletras.net/2018/01/14/la-maldicion-del-pasado/
14/01/2018: http://guayoyoenletras.net/2018/01/14/la-maldicion-del-pasado/
viernes, 29 de diciembre de 2017
UNA COMPARACIÓN NECESARIA
EL NACIONAL, Caracas, 29 de diciembre de 2018
Recuerdos del Caracazo
Héctor Faúndez
Por alguna extraña razón, en estos días han vuelto a mi memoria los recuerdos de los hechos ocurridos, principalmente en Caracas pero también en otras regiones de Venezuela, el 27 de febrero de 1989 y días posteriores. El país venía de celebrar, en sana paz, las fiestas de Navidad y Año Nuevo, en las que no faltó el pernil, el pan de jamón, las hallacas y la esperanza de un futuro prometedor. El precio del barril de petróleo estaba muy lejos de los casi 50 dólares actuales o de los más de 100 dólares que llegó a alcanzar en años recientes; pero había un mantenimiento de la infraestructura vial, era posible obtener documentos de identidad dentro de un plazo razonable, había atención hospitalaria para la gente de escasos recursos, y los anaqueles de las tiendas estaban llenos de mercancía, a precios que, sin ser baratos, no resultaban escandalosos. Sin embargo, en la mañana de ese 27 de febrero se hizo sentir la ira de la gente en las calles.
En ese momento, no había presos políticos en Venezuela. Tampoco había exilados ni multitudes que habían tenido que emigrar por razones económicas; en realidad, Venezuela era el lugar que muchos latinoamericanos habían buscado como asilo para escapar de la persecución política. Sin duda, no era el paraíso y había muchos asuntos pendientes de resolver; pero no era este un lugar que se caracterizara por las graves violaciones de derechos humanos, ni había grandes angustias o preocupaciones en la mente de los venezolanos. Solo días antes había asumido un nuevo gobierno, producto del voto popular, y no había tensiones políticas que dividieran al país o que lo hicieran mirar el futuro con desconfianza.
El centro de Caracas estaba relativamente limpio, y todavía se podía caminar por sus calles sin el temor de ser asaltado o asesinado. Había casos de corrupción que, en ese momento, nos parecían escandalosos, porque no nos podíamos imaginar lo que vendría después. Por su parte, el tráfico de drogas estaba muy lejos de haberse enquistado en los centros de poder. Pero bastó una pequeña chispa para que se incendiara la pradera.
El campo venezolano producía buena parte de la carne y los alimentos que consumía la población; no había que amanecer en una cola para conseguir un poco de leche o de jabón, ni había que deambular, de farmacia en farmacia, buscando una medicina. No había una lista del odio, y a nadie se le exigía un carnet político para venderle una bolsa de comida. Además, Venezuela era, en ese entonces, una potencia petrolera, y hubiera sido inimaginable que comenzara a escasear la gasolina.
Con todos sus problemas, Venezuela parecía ir relativamente bien encaminada para enfrentar responsablemente los desafíos del siglo XXI. Sin embargo, bastó el incremento en el precio del pasaje interurbano para que el pueblo se levantara y Caracas ardiera por los cuatro costados, con el saqueo de comercios y otras tropelías. Pero la respuesta no fue menos violenta; el gobierno sacó el Ejército a la calle, reprimiendo a la población en forma indiscriminada, como luego determinó la Corte Interamericana de Derechos Humanos; el costo fueron centenares de muertos y heridos. No imaginemos lo que hubiera ocurrido si, además del incremento en el valor del pasaje, hubiera habido escasez de alimentos o una inflación desbordada; ese hubiera sido un barril de pólvora al lado de un borracho que está fumando. Pero, en un país militarizado, y cuando quien manda no se siente sujeto a ninguna ley, las opciones de la población son más limitadas, pues ni siquiera hay derecho a protestar pacíficamente.
Que ese triste recuerdo no empañe estos momentos. Feliz año, amigo lector. Que 2018 nos traiga de vuelta una Venezuela próspera, respetuosa de nuestras libertades y profundamente democrática.
Fuente:
Etiquetas:
Caracazo,
Héctor Faúndez Ledesma
domingo, 26 de febrero de 2017
LA INEVITABLE COMPARACIÓN
De una aristocracia de la tragedia
Luis Barragán
En varias ocasiones, hemos constatado que las nuevas generaciones conocen poco, muy poco o nada de la célebre explosión social de 1989, quizá porque la sostenida versión publicitaria del gobierno ha cumplido cabalmente con su propósito, facilitando la más interesada versión; quizá porque se ha perdido la misma tradición oral en la familia, ansiosa por olvidar momentos muy amargos. Lo cierto es que, los más viejos, insistimos en un testimonio histórico y personal como si fuese de universal y aún palpable conocimiento, pues, por ejemplo, citando a una entidad defensora de los derechos humanos de inmenso mérito, como COFAVIC, rápidamente se pierde en la jungla de las siglas que nos atormentan.
Nunca antes, una tragedia social, la que sospechamos intencionada y planificada en buena medida, había rendido tan altos dividendos políticos, ya que El Caracazo sirvió e intenta servir todavía de pretexto para los golpistas de 1992 que, a la postre, construyeron un régimen que dejó muy atrás los motivos para la inesperada explosión de marras. Y, por siempre, dispuestos a la más cruda y masiva represión ante cualquier descontento, por modesto y legítimo que fuese.
Grosso modo, el aumento del precio de la gasolina en 1989 fue no sólo módico, sino que aún no se había implementado, mientras que hoy el costo se ha multiplicado inútilmente, pues, antes hubo un programa de ajuste y reestructuración y ahora constituye una ofensa que le pidamos a Maduro Moros rectificar; era un motivo de escándalo que alcanzáramos un nivel de 100% de inflación, mas pretenden ocultar las cifras oficiales que nos conducen en el presente siglo a una pavorosa hiperinflación ya de largo sentida con sus redondos cuatro dígitos; décadas atrás, el desabastecimiento de algunos rubros básicos fue circunstancial, contrastando con una prolongada crisis humanitaria como la que sufrimos, suficientemente advertida desde 2014; la tasa anual de muertes prematuras y violentas, cercanas a las treinta mil personas, no tiene comparación con las cotas alcanzadas en todo el siglo XX, incluyendo las guerras y escaramuzas civiles que terminaron con la batalla de Ciudad Bolívar de 1903. Por donde se le mire, algo que no puede contentar a nadie, hay mayores razones para una explosión social que, desde diciembre próximo pasado, ha sido objeto de un desmedido, brutal y contraproducente atajo gubernamental.
A la hora de suscribir la presente nota, no resistimos la tentación de citar un par de títulos que bien pueden iniciar y orientar una investigación tan urgida para contrarrestar los efectos de la mencionada y sistemática campaña publicitaria en desmedro de la genuina memoria histórica. En uno de ellos, Nelson Villasmil compara los resultados de sendos estudios de opinión que ameritan de una concreta actualización (“La opinión pública del venezolano actual febrero 1989 / marzo 1994”, UCAB-KAS, Caracas, 2001); y, el otro, un ensayo de Aníbal Romero que, asomándose igualmente al colapso de la URSS, ofrece pistas para profundizar el debate (“Disolución social y pronóstico político”, Panapo, Caracas, 1997).
A veintiocho años de El Caracazo, aún es necesario estudiarlo para que no se repita tan lamentable tragedia, ni las condiciones e intenciones que la abonaron. Sus más fervientes aprovechadores, directos o indirectos, añadidos a los que saltaron a la fama por una estupenda reseña fotográfica, a la postre se convirtieron en una suerte de aristócratas de la desgracia, pues, creyéndose por siempre con una gran autoridad moral, esta vez, sacaron provecho del único gobierno que hemos tenido en el siglo XXI, inhabilitados para cualquier pontificación – incluso – ética.
Ilustración: Julio Pacheco Rivas (tomado de Facebook).
Luis Barragán
En varias ocasiones, hemos constatado que las nuevas generaciones conocen poco, muy poco o nada de la célebre explosión social de 1989, quizá porque la sostenida versión publicitaria del gobierno ha cumplido cabalmente con su propósito, facilitando la más interesada versión; quizá porque se ha perdido la misma tradición oral en la familia, ansiosa por olvidar momentos muy amargos. Lo cierto es que, los más viejos, insistimos en un testimonio histórico y personal como si fuese de universal y aún palpable conocimiento, pues, por ejemplo, citando a una entidad defensora de los derechos humanos de inmenso mérito, como COFAVIC, rápidamente se pierde en la jungla de las siglas que nos atormentan.
Nunca antes, una tragedia social, la que sospechamos intencionada y planificada en buena medida, había rendido tan altos dividendos políticos, ya que El Caracazo sirvió e intenta servir todavía de pretexto para los golpistas de 1992 que, a la postre, construyeron un régimen que dejó muy atrás los motivos para la inesperada explosión de marras. Y, por siempre, dispuestos a la más cruda y masiva represión ante cualquier descontento, por modesto y legítimo que fuese.
Grosso modo, el aumento del precio de la gasolina en 1989 fue no sólo módico, sino que aún no se había implementado, mientras que hoy el costo se ha multiplicado inútilmente, pues, antes hubo un programa de ajuste y reestructuración y ahora constituye una ofensa que le pidamos a Maduro Moros rectificar; era un motivo de escándalo que alcanzáramos un nivel de 100% de inflación, mas pretenden ocultar las cifras oficiales que nos conducen en el presente siglo a una pavorosa hiperinflación ya de largo sentida con sus redondos cuatro dígitos; décadas atrás, el desabastecimiento de algunos rubros básicos fue circunstancial, contrastando con una prolongada crisis humanitaria como la que sufrimos, suficientemente advertida desde 2014; la tasa anual de muertes prematuras y violentas, cercanas a las treinta mil personas, no tiene comparación con las cotas alcanzadas en todo el siglo XX, incluyendo las guerras y escaramuzas civiles que terminaron con la batalla de Ciudad Bolívar de 1903. Por donde se le mire, algo que no puede contentar a nadie, hay mayores razones para una explosión social que, desde diciembre próximo pasado, ha sido objeto de un desmedido, brutal y contraproducente atajo gubernamental.
A la hora de suscribir la presente nota, no resistimos la tentación de citar un par de títulos que bien pueden iniciar y orientar una investigación tan urgida para contrarrestar los efectos de la mencionada y sistemática campaña publicitaria en desmedro de la genuina memoria histórica. En uno de ellos, Nelson Villasmil compara los resultados de sendos estudios de opinión que ameritan de una concreta actualización (“La opinión pública del venezolano actual febrero 1989 / marzo 1994”, UCAB-KAS, Caracas, 2001); y, el otro, un ensayo de Aníbal Romero que, asomándose igualmente al colapso de la URSS, ofrece pistas para profundizar el debate (“Disolución social y pronóstico político”, Panapo, Caracas, 1997).
A veintiocho años de El Caracazo, aún es necesario estudiarlo para que no se repita tan lamentable tragedia, ni las condiciones e intenciones que la abonaron. Sus más fervientes aprovechadores, directos o indirectos, añadidos a los que saltaron a la fama por una estupenda reseña fotográfica, a la postre se convirtieron en una suerte de aristócratas de la desgracia, pues, creyéndose por siempre con una gran autoridad moral, esta vez, sacaron provecho del único gobierno que hemos tenido en el siglo XXI, inhabilitados para cualquier pontificación – incluso – ética.
Ilustración: Julio Pacheco Rivas (tomado de Facebook).
27/02/2017:
Breve nota LB: La imagen (captura de pantalla), se refiere a la autorización de JPR para emplear sus composiciones gráficas (Facebook).
sábado, 29 de octubre de 2016
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Rafael Caldera. "El mito de Sísifo". El Universal, Caracas, 22/07/1987.
- Descubren plan para asesinar a Diego Arria. El Nacional, Caracas, 08/08/74.
- Carlos del Vecchio, el liro de Petkoff y los elogios de Canache Mata. Tribuna Popular, Caracas, 09/10/69.
- Marcelino Bisbal. "Lo que ya no será jamás como antes". El Diario de Caracas, 07/04/89.
Reproducción: José Rafael Pocaterra niega la censura de prensa por entonces prevaleciente. El Nacional, Caracas, 28/02/1950.
- Descubren plan para asesinar a Diego Arria. El Nacional, Caracas, 08/08/74.
- Carlos del Vecchio, el liro de Petkoff y los elogios de Canache Mata. Tribuna Popular, Caracas, 09/10/69.
- Marcelino Bisbal. "Lo que ya no será jamás como antes". El Diario de Caracas, 07/04/89.
Reproducción: José Rafael Pocaterra niega la censura de prensa por entonces prevaleciente. El Nacional, Caracas, 28/02/1950.
domingo, 12 de junio de 2016
A TREINTA MINUTOS POR SEGUNDO
El caracazo fragmentario
Luis Barragán
Muy pocos tienen dudas al respecto: a quien tengan que echarse al pico, simplemente se lo echan y, después, que se encargue la oficina de propaganda y alguno que otro oportunista agradecido que les despache un posterior ensayo a premiar, justificándolo. Entonces, en nada puede sorprender una golpiza más, una golpiza menos, a las puertas del CNE, o que literalmente asalten a unos periodistas en nombre de lo que, en última instancia, no saben qué es, pero dice autorizarlos para sobrevivir.
Celosamente reprimida y postergada su más sincera y determinante manifestación, temido y – a la vez - esperado por todos, logran fragmentar el caracazo por obra de la censura y el bloqueo informativo, diligenciando los cuerpos de (contra) inteligencia para inculpar a en todo lo posible a la oposición obediente de un burdo telefonazo del imperio. Ésta es la única versión que se les ocurre a los dos o tres decisores de la rosca oficialista, quienes carecen de la necesaria imaginación, incluso, para salvar el propio pellejo político en el trance de una situación insostenible.
No hay una cola en cualquier rincón del país, por lejana que se encuentre de Miraflores, tras algún insumo básico, que no sea vigilada por las autoridades públicas de hecho y de derecho, constituyendo el menor gesto de disidencia una ocasión para que soldados, policías y colectivos disparen, procurando dispersarla con morbosa prontitud. Balas, perdigones y – si las hubiere – lacrimógenas barren las calles, aguzada la vista de los agresores para hacerse de las pertenencias ajenas, dictando – además – cátedra respecto a la naturaleza más íntima del régimen.
Ahora, ladrones de firmas, cierran las posibilidades que abre un proceso revocatorio para una solución pacífica del problema, del inmenso problema donde nos metieron, viéndosele todas las costuras a las triquiñuelas nada artísticas que los llevan al suicidio político, pues, no hay otra conclusión merecida por tan torpes interlocutores. Hubo dictaduras indeseables que fueron – acaso – más eficientes y talentosas en el intento de simular a ratos una vida democrática, aunque – le ocurrió a Pérez Jiménez – tuvieron que largarse por las más grotescas maniobras que avisaron de un definitivo agotamiento.
Secreto para nadie, al compararlos con los de 1989, sobran hoy largamente los motivos para una explosión social que nadie, en su sano juicio, ha de anhelar. Está dándose con la lentitud de una rapidez que angustia (“treinta minutos por segundo”, diría César Vallejo), por el hambre en un país que la FAO tuvo los riñones de premiar, libérrimo polígono de tiro para el hampa organizada, casi descalzo tratando de subastar los electrodomésticos que quedan en casa, rifándose algo más que un resfriado cotidiano, expuesto a la furia gubernamental, aunque decidido – firmemente decidido – a recobrar la senda de la libertad para seguir luchando por el pan.
Luis Barragán
Muy pocos tienen dudas al respecto: a quien tengan que echarse al pico, simplemente se lo echan y, después, que se encargue la oficina de propaganda y alguno que otro oportunista agradecido que les despache un posterior ensayo a premiar, justificándolo. Entonces, en nada puede sorprender una golpiza más, una golpiza menos, a las puertas del CNE, o que literalmente asalten a unos periodistas en nombre de lo que, en última instancia, no saben qué es, pero dice autorizarlos para sobrevivir.
Celosamente reprimida y postergada su más sincera y determinante manifestación, temido y – a la vez - esperado por todos, logran fragmentar el caracazo por obra de la censura y el bloqueo informativo, diligenciando los cuerpos de (contra) inteligencia para inculpar a en todo lo posible a la oposición obediente de un burdo telefonazo del imperio. Ésta es la única versión que se les ocurre a los dos o tres decisores de la rosca oficialista, quienes carecen de la necesaria imaginación, incluso, para salvar el propio pellejo político en el trance de una situación insostenible.
No hay una cola en cualquier rincón del país, por lejana que se encuentre de Miraflores, tras algún insumo básico, que no sea vigilada por las autoridades públicas de hecho y de derecho, constituyendo el menor gesto de disidencia una ocasión para que soldados, policías y colectivos disparen, procurando dispersarla con morbosa prontitud. Balas, perdigones y – si las hubiere – lacrimógenas barren las calles, aguzada la vista de los agresores para hacerse de las pertenencias ajenas, dictando – además – cátedra respecto a la naturaleza más íntima del régimen.
Ahora, ladrones de firmas, cierran las posibilidades que abre un proceso revocatorio para una solución pacífica del problema, del inmenso problema donde nos metieron, viéndosele todas las costuras a las triquiñuelas nada artísticas que los llevan al suicidio político, pues, no hay otra conclusión merecida por tan torpes interlocutores. Hubo dictaduras indeseables que fueron – acaso – más eficientes y talentosas en el intento de simular a ratos una vida democrática, aunque – le ocurrió a Pérez Jiménez – tuvieron que largarse por las más grotescas maniobras que avisaron de un definitivo agotamiento.
Secreto para nadie, al compararlos con los de 1989, sobran hoy largamente los motivos para una explosión social que nadie, en su sano juicio, ha de anhelar. Está dándose con la lentitud de una rapidez que angustia (“treinta minutos por segundo”, diría César Vallejo), por el hambre en un país que la FAO tuvo los riñones de premiar, libérrimo polígono de tiro para el hampa organizada, casi descalzo tratando de subastar los electrodomésticos que quedan en casa, rifándose algo más que un resfriado cotidiano, expuesto a la furia gubernamental, aunque decidido – firmemente decidido – a recobrar la senda de la libertad para seguir luchando por el pan.
13/06/2016
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=
Etiquetas:
Caracazo,
Crisis,
Explosión social,
Luis Barragán,
Revocatorio
jueves, 27 de febrero de 2014
DE LA LARGA CAMINATA (2)
EL NACIONAL, Caracas, 27 de febrero de 2014
Un fantasma recorre…
Colette Capriles
Cuando Marx y Engels publicaron el Manifiesto Comunista, tuvieron mala suerte: Europa se incendió con la “Primavera de las naciones”, las revoluciones de 1848, y el texto pasó casi desapercibido. Engels había estado en Francia en los últimos meses de 1847 y la inquietud reinante, que él mismo retrató en una serie de artículos de prensa, hacía presagiar la revuelta contra la monarquía restaurada. De allí, la imagen poderosa de la primera frase del Manifiesto: la de un fantasma que recorre (mejor: que asusta) a Europa. No era el del comunismo, como anunciaban Marx y Engels tratando de darle nombre. No tenía nombre, en realidad. Las revoluciones, en Francia, en Austria, en Italia, en Dinamarca, en Alemania, terminaron con reformas democráticas y liberales de distinto tipo y envergadura. Pero no comenzaron así ni se articularon con un único proyecto. La figura espectral iba y venía, evanescente, y se apareció también en Colombia, en Brasil y naturalmente en Venezuela.
El fantasma de este febrero nuestro tampoco tiene nombre, porque su genealogía es dudosa, por ahora. Muy del siglo XXI: en el siglo pasado, en cambio, era fácil coserle el uniforme y declararlo soldado del futuro o adalid de la libertad y ponerlo en el cuadrante de la izquierda o de la derecha. Y una de las cosas que subraya el anacronismo de las categorías políticas del chavismo es precisamente ese intento por detener el tiempo para ajustarlo a la vieja y destartalada brújula cubana. Habla de derecha fascista para referirse a su fantasma, mientras éste se le escapa, como un triste espíritu burlón. Como en 2011 en la cuenca del Mediterráneo, aquí hay un cansancio, una astenia de fin-de-régimen que tampoco tiene una prognosis clara; el demonio no se quiere dejar meter en el buzón de salida como ambicionan algunos, o muchos.
Y además hoy se cumplen veinticinco años del Caracazo, que es como decir veinticinco años de miedo, agitado primero como bandera de campaña de Chávez, padecido luego por él mismo, desde la presidencia, cada día: lo único a lo que temía era a una repetición de lo innombrable. Lo cual sugiere que la apropiación chavista de los eventos de 1989 se funda en una usurpación: estos ocurrieron espontánea y ciegamente, por más que los conspiradores habituales se aparecieran por ahí, tratando de arrogarse su paternidad. Esa aterradora impredecibilidad de “las masas” explica mucho de la maduración del modelo de “gobernabilidad” que fue construyendo Chávez y que, precisamente, está agonizando en estos días. Explica la obsesión no por gobernar sino por dominar, objetivo para el cual valía cualquier medio, estuviera o no en el repertorio de los clásicos estalinistas. Los herederos, malos alumnos que se aprenden las cosas de memoria, no atinan en cambio a salirse del rancio libreto soviético, represión y torturas incluidas.
En estos días hablan los actos y hemos visto escenificadas cosas que antes solo se sospechaban. Es como si lo que antes estaba oculto, en los papeles y complicidades del gobierno, o en la violencia de las calles, se expresara ahora sin pudor, sin freno, sin temor a las consecuencias.
Quién sabe si lo que está pasando aquí sea no solo la rebelión ante la exclusión política de la mitad del país; ante el sistema económico exhausto, ante el horizonte seco de una vida sin ilusiones, racionada; ante la indiferencia por todas las muertes, sino que también convoque ese cansancio del chavista sometido, encuadrado, custodiado por las bandas paramilitares, cuantificado en una infinidad de listas de espera. Todas esas prácticas de control social eran quizás más o menos toleradas en la medida en que formaban parte de una especie de contrato social: la reducción de la autonomía se intercambiaba por la promesa o la ocurrencia de un beneficio material o simbólico. Ahora el régimen parece incapaz de cumplir con su parte del contrato. Y le salen los fantasmas.
Un fantasma recorre…
Colette Capriles
Cuando Marx y Engels publicaron el Manifiesto Comunista, tuvieron mala suerte: Europa se incendió con la “Primavera de las naciones”, las revoluciones de 1848, y el texto pasó casi desapercibido. Engels había estado en Francia en los últimos meses de 1847 y la inquietud reinante, que él mismo retrató en una serie de artículos de prensa, hacía presagiar la revuelta contra la monarquía restaurada. De allí, la imagen poderosa de la primera frase del Manifiesto: la de un fantasma que recorre (mejor: que asusta) a Europa. No era el del comunismo, como anunciaban Marx y Engels tratando de darle nombre. No tenía nombre, en realidad. Las revoluciones, en Francia, en Austria, en Italia, en Dinamarca, en Alemania, terminaron con reformas democráticas y liberales de distinto tipo y envergadura. Pero no comenzaron así ni se articularon con un único proyecto. La figura espectral iba y venía, evanescente, y se apareció también en Colombia, en Brasil y naturalmente en Venezuela.
El fantasma de este febrero nuestro tampoco tiene nombre, porque su genealogía es dudosa, por ahora. Muy del siglo XXI: en el siglo pasado, en cambio, era fácil coserle el uniforme y declararlo soldado del futuro o adalid de la libertad y ponerlo en el cuadrante de la izquierda o de la derecha. Y una de las cosas que subraya el anacronismo de las categorías políticas del chavismo es precisamente ese intento por detener el tiempo para ajustarlo a la vieja y destartalada brújula cubana. Habla de derecha fascista para referirse a su fantasma, mientras éste se le escapa, como un triste espíritu burlón. Como en 2011 en la cuenca del Mediterráneo, aquí hay un cansancio, una astenia de fin-de-régimen que tampoco tiene una prognosis clara; el demonio no se quiere dejar meter en el buzón de salida como ambicionan algunos, o muchos.
Y además hoy se cumplen veinticinco años del Caracazo, que es como decir veinticinco años de miedo, agitado primero como bandera de campaña de Chávez, padecido luego por él mismo, desde la presidencia, cada día: lo único a lo que temía era a una repetición de lo innombrable. Lo cual sugiere que la apropiación chavista de los eventos de 1989 se funda en una usurpación: estos ocurrieron espontánea y ciegamente, por más que los conspiradores habituales se aparecieran por ahí, tratando de arrogarse su paternidad. Esa aterradora impredecibilidad de “las masas” explica mucho de la maduración del modelo de “gobernabilidad” que fue construyendo Chávez y que, precisamente, está agonizando en estos días. Explica la obsesión no por gobernar sino por dominar, objetivo para el cual valía cualquier medio, estuviera o no en el repertorio de los clásicos estalinistas. Los herederos, malos alumnos que se aprenden las cosas de memoria, no atinan en cambio a salirse del rancio libreto soviético, represión y torturas incluidas.
En estos días hablan los actos y hemos visto escenificadas cosas que antes solo se sospechaban. Es como si lo que antes estaba oculto, en los papeles y complicidades del gobierno, o en la violencia de las calles, se expresara ahora sin pudor, sin freno, sin temor a las consecuencias.
Quién sabe si lo que está pasando aquí sea no solo la rebelión ante la exclusión política de la mitad del país; ante el sistema económico exhausto, ante el horizonte seco de una vida sin ilusiones, racionada; ante la indiferencia por todas las muertes, sino que también convoque ese cansancio del chavista sometido, encuadrado, custodiado por las bandas paramilitares, cuantificado en una infinidad de listas de espera. Todas esas prácticas de control social eran quizás más o menos toleradas en la medida en que formaban parte de una especie de contrato social: la reducción de la autonomía se intercambiaba por la promesa o la ocurrencia de un beneficio material o simbólico. Ahora el régimen parece incapaz de cumplir con su parte del contrato. Y le salen los fantasmas.
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sábado, 21 de diciembre de 2013
RESIDUALES
EL NACIONAL - Domingo 01 de Diciembre de 2013 Opinión/9
Vindicación de la dignidad
RAÚL FUENTES
En tanto que producto de la sensibilidad y creatividad de los escritores, la ficción literaria tiene algo de sublime que, la mayoría de las veces, la realidad no consigue destilar porque esta es su fuente de inspiración; y, por eso, cuando intentamos vivir de modo libresco, hacemos el ridículo. Sin embargo, a manera de ejercicio y porque Jorge Luis Borges suponía que con el tiempo mereceríamos no tener gobiernos, me atrevo a conjeturar que, si hubiese vivido lo suficiente para asistir a la eclosión de ese ordinario derivado del populismo que llamamos chavismo y que él conoció como peronismo, tal vez se habría dispuesto a enriquecer su Historia universal de la infamia, y quizá el privilegiado lugar que ocupa el atroz redentor Lazarus Morell en la páginas que dedica a fabular sobre la ignominia lo compartiría con algunos de los barones rojos que nadan tozudamente contra la corriente histórica y aseveran que tenemos patria, si no con el mismísimo comandante eterno, galáctico y cardiopatriota.
Morell ofrecía liberar esclavos para estafarlos con su reventa; Chávez prometió una nueva emancipación y comprometió nuestra independencia mediante la sumisión política a Cuba y la subordinación económica a China; ambos embaucaban con engañosos ademanes y verbo abundoso, sonoro y desafiante. El gringo apelaba a la Escrituras para ganarse la confianza de la subyugada negritud sureña; el barinés citaba de oídas a publicistas revolucionaros, cuyas ideas cayeron definitivamente en desuso con la caída del Muro de Berlín, para ganarse el favor de los condenados de la tierra, esa famélica legión exaltada por la Internacional que espera desde siempre por un iluminado que le abra las puertas del paraíso.
Hay sustanciales diferencias entre el manumisor de Luisiana y el padrino de Sabaneta; aquel actuaba movido por el lucro, este por un mesianismo delirante glorificado por una corte de aprovechadores. Morell fallece a causa de una congestión pulmonar; Chávez lo hizo como resultado de la mala praxis de una medicina atrasada, lo que ha dado pábulo a teorías conspirativas que culpan al imperio y a la "derecha fascista" de haber perpetrado un asesinato por envenenamiento y que no dan ni para el arranque de un thriller serie "B".
El sobrevenido adiós del líder bolivariano nos dejó como legado un presidente de utilería que, para afirmarse en el mando, ha fraguado un deplorable mito sobre el cual sustentar el culto que explota electoreramente la tragedia de quien no supo gobernar cuando le tocó y quiso hacerlo para la posteridad. Y, a pesar de la magnitud de los agravios que pueden achacársele, el mayor de los cuales fue la designación a dedo y para desgracia nacional de un sucesor de insuficiente entidad para manejar un país estancado en la crónica crisis que le aqueja desde hace ya un montón de tiempo, no sería el único llamado a poblar la perversa galería borgeana, pues tendría el dudoso honor de acompañarle ese falaz profeta y sacerdote que se empeña en mantener confinado en siniestras ergástulas e ignominiosas condiciones a venezolanos cuya dignidad les impide renunciar a sus convicciones y doblegarse ante la satrapía escarlata, y que no solo ha dado continuidad al funesto proyecto de su preceptor, sino que ha hecho de este un semidiós que alumbra su entendimiento y le ordena, a través de una fantástica ornitología, que se rinda tributo a su memoria con solemnes rituales y elaboradas ceremonias sin parangón en los anales del desafuero vernáculo y tampoco en la ominosa colección de baldones compuesta por el genial invidente porteño, quien en cierta ocasión afirmó que: "Los peronistas no son ni buenos, ni malos; son incorregibles".
No sé si los chavistas son buenos o malos; tercos, obcecados y pertinaces desde luego que sí y en demasía. En eso son como los justicialistas y creen que, además de tener al Hacedor agarrado por la chiva, son poseedores absolutos de la verdad, una verdad dogmática revelada por canoras pajarillas en estado de gravidez (desdichada parodia del Espíritu Santo) que quieren imponer como evangelio único inoculando a niños y jóvenes con textos contaminados de ideología y embustes de grueso calibre, como el de atribuir las causas del Caracazo al programa de ajustes económicos instrumentado por el gobierno de Pérez después de los sucesos del 27 de febrero de 1989. Pero, el domingo próximo tendremos la oportunidad de cerrar este vergonzoso capítulo de nuestra historia optando por convertirlo en jornada para vindicar la dignidad y no la infamia concurriendo masivamente a las urnas para rechazar de plano las pretensiones hegemónicas del chavismo residual.
Pieza: Rich Consemüller,.
Vindicación de la dignidad
RAÚL FUENTES
En tanto que producto de la sensibilidad y creatividad de los escritores, la ficción literaria tiene algo de sublime que, la mayoría de las veces, la realidad no consigue destilar porque esta es su fuente de inspiración; y, por eso, cuando intentamos vivir de modo libresco, hacemos el ridículo. Sin embargo, a manera de ejercicio y porque Jorge Luis Borges suponía que con el tiempo mereceríamos no tener gobiernos, me atrevo a conjeturar que, si hubiese vivido lo suficiente para asistir a la eclosión de ese ordinario derivado del populismo que llamamos chavismo y que él conoció como peronismo, tal vez se habría dispuesto a enriquecer su Historia universal de la infamia, y quizá el privilegiado lugar que ocupa el atroz redentor Lazarus Morell en la páginas que dedica a fabular sobre la ignominia lo compartiría con algunos de los barones rojos que nadan tozudamente contra la corriente histórica y aseveran que tenemos patria, si no con el mismísimo comandante eterno, galáctico y cardiopatriota.
Morell ofrecía liberar esclavos para estafarlos con su reventa; Chávez prometió una nueva emancipación y comprometió nuestra independencia mediante la sumisión política a Cuba y la subordinación económica a China; ambos embaucaban con engañosos ademanes y verbo abundoso, sonoro y desafiante. El gringo apelaba a la Escrituras para ganarse la confianza de la subyugada negritud sureña; el barinés citaba de oídas a publicistas revolucionaros, cuyas ideas cayeron definitivamente en desuso con la caída del Muro de Berlín, para ganarse el favor de los condenados de la tierra, esa famélica legión exaltada por la Internacional que espera desde siempre por un iluminado que le abra las puertas del paraíso.
Hay sustanciales diferencias entre el manumisor de Luisiana y el padrino de Sabaneta; aquel actuaba movido por el lucro, este por un mesianismo delirante glorificado por una corte de aprovechadores. Morell fallece a causa de una congestión pulmonar; Chávez lo hizo como resultado de la mala praxis de una medicina atrasada, lo que ha dado pábulo a teorías conspirativas que culpan al imperio y a la "derecha fascista" de haber perpetrado un asesinato por envenenamiento y que no dan ni para el arranque de un thriller serie "B".
El sobrevenido adiós del líder bolivariano nos dejó como legado un presidente de utilería que, para afirmarse en el mando, ha fraguado un deplorable mito sobre el cual sustentar el culto que explota electoreramente la tragedia de quien no supo gobernar cuando le tocó y quiso hacerlo para la posteridad. Y, a pesar de la magnitud de los agravios que pueden achacársele, el mayor de los cuales fue la designación a dedo y para desgracia nacional de un sucesor de insuficiente entidad para manejar un país estancado en la crónica crisis que le aqueja desde hace ya un montón de tiempo, no sería el único llamado a poblar la perversa galería borgeana, pues tendría el dudoso honor de acompañarle ese falaz profeta y sacerdote que se empeña en mantener confinado en siniestras ergástulas e ignominiosas condiciones a venezolanos cuya dignidad les impide renunciar a sus convicciones y doblegarse ante la satrapía escarlata, y que no solo ha dado continuidad al funesto proyecto de su preceptor, sino que ha hecho de este un semidiós que alumbra su entendimiento y le ordena, a través de una fantástica ornitología, que se rinda tributo a su memoria con solemnes rituales y elaboradas ceremonias sin parangón en los anales del desafuero vernáculo y tampoco en la ominosa colección de baldones compuesta por el genial invidente porteño, quien en cierta ocasión afirmó que: "Los peronistas no son ni buenos, ni malos; son incorregibles".
No sé si los chavistas son buenos o malos; tercos, obcecados y pertinaces desde luego que sí y en demasía. En eso son como los justicialistas y creen que, además de tener al Hacedor agarrado por la chiva, son poseedores absolutos de la verdad, una verdad dogmática revelada por canoras pajarillas en estado de gravidez (desdichada parodia del Espíritu Santo) que quieren imponer como evangelio único inoculando a niños y jóvenes con textos contaminados de ideología y embustes de grueso calibre, como el de atribuir las causas del Caracazo al programa de ajustes económicos instrumentado por el gobierno de Pérez después de los sucesos del 27 de febrero de 1989. Pero, el domingo próximo tendremos la oportunidad de cerrar este vergonzoso capítulo de nuestra historia optando por convertirlo en jornada para vindicar la dignidad y no la infamia concurriendo masivamente a las urnas para rechazar de plano las pretensiones hegemónicas del chavismo residual.
Pieza: Rich Consemüller,.
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lunes, 27 de febrero de 2012
PARECE AYER

EL NACIONAL - Lunes 27 de Febrero de 2012 Economía/5
PROGRAMA Falta de información oficial restó apoyo político a plan económico
Inflación mensual superior a 21% atizó el Caracazo
La eliminación de controles, el aumento en el precio de la gasolina y de 30% en las tarifas del transporte público causaron el caos
ANDRÉS ROJAS JIMÉNEZ
Hubo un día de febrero de 1989 que los precios crecieron de tal manera que la tasa de inflación mensual dio un salto superior a 21%. De manera simultánea ese mes entró en vigencia un conjunto de medidas calificadas de shock por expertos que comprendía la eliminación de los controles de precio y de cambios establecidas seis años antes, una devaluación por el orden de 160% para las mayoría de los productos importados, la liberación de las tasas de interés, el incremento del precio de la gasolina y la subida de 30% en las tarifas del transporte público.
El brusco aumento en los precios de bienes y servicios, si se compara con la inflación mensual de años anteriores no mayor a 3%, se convirtió en una de las causas de los disturbios del 27 de febrero, sobre todo por el alza que se dieron en las tarifas de camionetas por puesto y autobuses.
"No quedaba alternativa que adoptar un conjunto de medidas que tuviera un elevado costo social, pero formaban parte del programa de ajustes macroeconómicos cuya aplicación se consideró indispensable para restablecer el equilibrio de las principales variables económicas", explica el economista José Toro Hardy al indicar los alcances de "El Paquete", como popularmente se llamó a lo que oficialmente se bautizó como El Gran Viraje.
Pobres contra ricos. El segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez heredó de su compañero de partido Jaime Lusinchi una economía marcada por cifras negativas desde el punto de vista fiscal y financiero, que hacían inviable mantener los controles: un déficit en las cuentas públicas de 75 millardos de bolívares, una caída de las reservas internacionales netas superior a 50% en 3 años para cerrar a finales de 1988 en un mínimo de 6,6 millardos de dólares, y un saldo en rojo en la gestión de Pdvsa y del Fondo de Inversiones de Venezuela (hoy Bandes) por 16,5 millardos y 6,6 millardos de bolívares, respectivamente.
"Correspondía al propio presidente Pérez darle el respaldo necesario a las políticas que estaba dispuesto a aplicar", señala Toro Hardy. "Pérez falló al no comunicar y convencer a la dirigencia nacional de lo que se pretendía; como resultado de ello, los partidos comenzando por Acción Democrática rechazaron el paquete hasta minar el piso político", añade.
El 2 de febrero de 1989, el presidente Pérez en su discurso de investidura dio indicios de que su segundo gobierno sería 180 grados distinto al primero, pero la población que lo eligió percibía que volvería a las prácticas populistas y estatistas que caracterizaron su gestión entre 1974 y 1979.
En los días posteriores a los disturbios se dio a conocer que el mandatario había asegurado que los hechos de febrero fueron "una reacción de los pobres contra los ricos", y se pensó que frente a la coyuntura emprendería una reversión del paquete que se comenzó a aplicar el 16 de febrero de 1989.
No obstante, Pérez negó que hubiera hecho esa afirmación.
"Jamás dije que el 27 de febrero había sido una guerra de pobres contra ricos como lo publicó un diario", declaró el ex mandatario a los periodistas Ramón Hernández y Roberto Giusti, quienes lo entrevistaron para el libro Carlos Andrés Pérez: Memorias proscritas.
"En el Consejo de Ministros siguiente al 27 de febrero todos esperaban que yo echara atrás las medidas", comenta Pérez en ese testimonio. "Reflexioné mucho sobre lo que teníamos que hacer. Me di cuenta de que no podía retroceder, que era indispensable seguir adelante", añade.
Tigres y minotauros. El gabinete económico que designó Pérez mayoritariamente estaba formado por profesionales que no venían de la bancada adeca, ni siquiera eran políticos.
En su mayoría provenían del mundo académico y empresarial. Uno de ellos era Moisés Naim, quien dejó el IESA para encabezar el Ministerio de Fomento, con la tarea de desmontar el control de precios.
Naim estuvo por algo más de un año en el cargo. Ya viviendo en el exterior, en 1993, se encargó de documentar en el libro Tigres de papel contra minotauros los alcances y objetivos que se pretendían con El Gran Viraje y las fallas que se cometieron, comenzando por los errores u omisiones que hubo por parte de las autoridades con el incremento en las tarifas de transporte colectivo, que terminarían por detonar las primeras protestas del 27 de febrero de 1989.
"El Gobierno falló en comunicar de manera oportuna y efectiva los detalles precisos de las medidas que se estaban tomando y la razón de por qué se estaban adoptando", señala Naim. "La cobertura en vivo de los medios de comunicación de los incidentes estimuló la participación popular en los saqueos, y la escalada de la violencia en las protestas se vio agravada por la demora del Gobierno en responder, incluso después de que la situación estaba claramente fuera de control", agrega.
Estos disturbios han pasado a convertirse en una referencia para los gobiernos subsiguientes al de Pérez cuando se dan cuenta de que deben adoptar medidas de ajuste.
"Los programas de shock tuvieron su momento porque provenían de los acuerdos que se firmaban para obtener un financiamiento del Fondo Monetario Internacional y corregir los desequilibrios económicos que pudiera afrontar un país", explica Ronald Balza, investigador del Instituto de Estudios Económicos y Sociales del UCAB. "En la actualidad, los organismos multilaterales reconocen la necesidad de que exista gradualismo para que una reforma sea viable porque en el pasado los ajustes de shock no lograron la recuperación económica", indica.
La tendencia mayoritaria en Venezuela ha sido retrasar ajustes, privilegiar el gradualismo y evitar el shock, con la sola excepción del plan de abril de 1996, durante la segunda presidencia de Rafael Caldera. En esa oportunidad, si bien se repitió una receta similar a la de febrero de 1989: eliminación de controles de precios y de cambio, devaluación de 62% y un alza en la tarifa de los combustibles, dentro del programa llamado Agenda Venezuela se previó un plan de comunicación que se inició casi dos meses antes, y en el ajuste se mantuvo el subsidio al transporte público y se agilizaron los desembolsos de programas sociales compensatorios.
El gobierno de Hugo Chávez no se ha visto en la necesidad de grandes ajustes gracias al repunte que han tenido los ingresos petroleros en los últimos 9 años. Anualmente se han dado incrementos puntuales en los precios de bienes y servicios, el precio de la gasolina está igual desde hace 13 años, desde 2003 hay una política de control de cambio, precios y tasas de interés; y en 9 años se han realizado 4 ajustes del tipo de cambio que totalizan una devaluación acumulada de 168,75%.
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lunes, 28 de febrero de 2011
VEINTIDOS
EL NACIONAL - Domingo 27 de Febrero de 2011 Opinión/9
Preguntas sobre el Caracazo
MILAGROS SOCORRO
Después de 22 años se tiene la madurez y responsabilidad suficiente para responder una serie de cuestionamientos críticos que están pendientes de los últimos días de febrero y primeros de marzo de 1989, cuando se produjeron los desórdenes del orden público nombrados por la prensa como el Caracazo.
¿De verdad se trató de la protesta de una ciudad castigada por el alza de la gasolina, e indignada por una toma de posesión presidencial innecesariamente pomposa? Si es así, ¿por qué la indignación de las masas no se dirigió a Petróleos de Venezuela o el Ministerio de Energía y Minas? Si los hechos del 89 tenían una pulsión antagónica frente al sistema político, ¿por qué no se atacó ninguna casa de partido político, tanto sedes nacionales como regionales? ¿Por qué no se arrojó ni un triqui-traqui a la sede del Congreso Nacional, gobernaciones, alcaldías o jefaturas civiles? Si subyacía una animadversión contra el poder económico, ¿cómo es que no fueron afectados entes que encarnan ese estamento, como Fedecámaras, Fedeindustria o Consecomercio? Ninguno de los 154 incendios chamuscó el statu quo.
La verdad es que el pillaje se cebó contra pequeños y medianos comercios cuya destrucción no hizo tambalear el sistema, no arañó el statu quo ni produjo mayor sacudida, excepto para los propietarios de esos establecimientos, muchos de los cuales quedaron en la ruina. Conviene recordar que la gran mayoría de los locales objeto de la ira patriótica eran licorerías y ventas de electrodomésticos. No precisamente paliativos para un pueblo muerto de hambre o ávido de justicia.
Como consecuencia de los actos vandálicos, que según el régimen fueron el germen de la "revolución bolivariana", hubo un total de 2.892 locales saqueados, incluida la casi totalidad de las bodegas de los barrios populares.
Resultó que los abastos encarnaban el enemigo a destruir. Pero no sólo ellos, la rebatiña perpetrada en la Procuraduría de Empleados Públicos fue aligerada de varios miles de cajas de whisky por las huestes libertarias. Las pérdidas sufridas por negocios asegurados fue de 3.073.863.416 de bolívares; mientras que los no asegurados debieron apechar con un descalabro de 3 millardos de bolívares.
Ninguno estaba relacionado con el statu quo.
Pero lo verdaderamente fundamental es que se produjeron cientos de muertes cuya autoría no se ha precisado porque no han sido investigadas de manera eficiente e imparcial. Al retardo procesal se ha sumado la versión interesada de un régimen que, en su empeño en hacerse de una epopeya fundacional, oculta el hecho de que en esos días se evidenció la presencia de sujetos armados, organizados y en flagrante subversión del orden público. En suma, se niega que muchos de los muertos cayeron por ensañamiento del hampa común. Esto ha favorecido la impunidad: cómo condenar por asesinos a malandros ascendidos a héroes, en una matachina desatada antes de la activación del Plan Ávila, ejecutado a partir del 28 de febrero a las 8:00 pm.
En la víspera, la Policía Metropolitana enfrentaba una crisis institucional, lo que retrasó su respuesta en el control de los disturbios. ¿Se ha investigado lo suficiente si ese proceso de filtración de informaciones e insubordinación de ciertos miembros de la PM no tendría el objetivo de evitar que el recién nacido gobierno controlara el pandemónium que venía y que, evidentemente, iba a ser atizado por grupos interesados en abonar a la desestabilización? A la vista quedó que muchos efectivos de la PM exhibieron una actitud permisiva y hasta cómplice con el desmadre de aquellos días.
Las víctimas merecen reparación. Y ésta sólo puede dispensarse si se conoce de dónde vinieron las balas asesinas, cuyo origen y trayectoria no se precisará con embelecos ideológicos. Según la Fiscalía, las víctimas mortales se debieron exclusivamente a abusos de las fuerzas armadas; y que en su totalidad eran personas inocentes y desarmadas, que fueron acribilladas a mansalva. El país merece saber la verdad. Y tiene dudas. Puesto que en muchos casos las tropas fueron atacadas con armas de alta potencia, causantes del deceso del mayor (Ej.) Acosta Carles, cuando se despojó del chaleco antibalas.
El supuesto Caracazo guarda aún muchos secretos. Todavía no sabemos quién instigó aquel festín de violencia y cuánta criminalidad subyace en la pretendida gesta seminal de la actual autocracia.
Preguntas sobre el Caracazo
MILAGROS SOCORRO
Después de 22 años se tiene la madurez y responsabilidad suficiente para responder una serie de cuestionamientos críticos que están pendientes de los últimos días de febrero y primeros de marzo de 1989, cuando se produjeron los desórdenes del orden público nombrados por la prensa como el Caracazo.
¿De verdad se trató de la protesta de una ciudad castigada por el alza de la gasolina, e indignada por una toma de posesión presidencial innecesariamente pomposa? Si es así, ¿por qué la indignación de las masas no se dirigió a Petróleos de Venezuela o el Ministerio de Energía y Minas? Si los hechos del 89 tenían una pulsión antagónica frente al sistema político, ¿por qué no se atacó ninguna casa de partido político, tanto sedes nacionales como regionales? ¿Por qué no se arrojó ni un triqui-traqui a la sede del Congreso Nacional, gobernaciones, alcaldías o jefaturas civiles? Si subyacía una animadversión contra el poder económico, ¿cómo es que no fueron afectados entes que encarnan ese estamento, como Fedecámaras, Fedeindustria o Consecomercio? Ninguno de los 154 incendios chamuscó el statu quo.
La verdad es que el pillaje se cebó contra pequeños y medianos comercios cuya destrucción no hizo tambalear el sistema, no arañó el statu quo ni produjo mayor sacudida, excepto para los propietarios de esos establecimientos, muchos de los cuales quedaron en la ruina. Conviene recordar que la gran mayoría de los locales objeto de la ira patriótica eran licorerías y ventas de electrodomésticos. No precisamente paliativos para un pueblo muerto de hambre o ávido de justicia.
Como consecuencia de los actos vandálicos, que según el régimen fueron el germen de la "revolución bolivariana", hubo un total de 2.892 locales saqueados, incluida la casi totalidad de las bodegas de los barrios populares.
Resultó que los abastos encarnaban el enemigo a destruir. Pero no sólo ellos, la rebatiña perpetrada en la Procuraduría de Empleados Públicos fue aligerada de varios miles de cajas de whisky por las huestes libertarias. Las pérdidas sufridas por negocios asegurados fue de 3.073.863.416 de bolívares; mientras que los no asegurados debieron apechar con un descalabro de 3 millardos de bolívares.
Ninguno estaba relacionado con el statu quo.
Pero lo verdaderamente fundamental es que se produjeron cientos de muertes cuya autoría no se ha precisado porque no han sido investigadas de manera eficiente e imparcial. Al retardo procesal se ha sumado la versión interesada de un régimen que, en su empeño en hacerse de una epopeya fundacional, oculta el hecho de que en esos días se evidenció la presencia de sujetos armados, organizados y en flagrante subversión del orden público. En suma, se niega que muchos de los muertos cayeron por ensañamiento del hampa común. Esto ha favorecido la impunidad: cómo condenar por asesinos a malandros ascendidos a héroes, en una matachina desatada antes de la activación del Plan Ávila, ejecutado a partir del 28 de febrero a las 8:00 pm.
En la víspera, la Policía Metropolitana enfrentaba una crisis institucional, lo que retrasó su respuesta en el control de los disturbios. ¿Se ha investigado lo suficiente si ese proceso de filtración de informaciones e insubordinación de ciertos miembros de la PM no tendría el objetivo de evitar que el recién nacido gobierno controlara el pandemónium que venía y que, evidentemente, iba a ser atizado por grupos interesados en abonar a la desestabilización? A la vista quedó que muchos efectivos de la PM exhibieron una actitud permisiva y hasta cómplice con el desmadre de aquellos días.
Las víctimas merecen reparación. Y ésta sólo puede dispensarse si se conoce de dónde vinieron las balas asesinas, cuyo origen y trayectoria no se precisará con embelecos ideológicos. Según la Fiscalía, las víctimas mortales se debieron exclusivamente a abusos de las fuerzas armadas; y que en su totalidad eran personas inocentes y desarmadas, que fueron acribilladas a mansalva. El país merece saber la verdad. Y tiene dudas. Puesto que en muchos casos las tropas fueron atacadas con armas de alta potencia, causantes del deceso del mayor (Ej.) Acosta Carles, cuando se despojó del chaleco antibalas.
El supuesto Caracazo guarda aún muchos secretos. Todavía no sabemos quién instigó aquel festín de violencia y cuánta criminalidad subyace en la pretendida gesta seminal de la actual autocracia.
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Milagros Socorro
jueves, 24 de febrero de 2011
NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Pedro Ortega Díaz, miembro del CC del PCV: "Hoy nuestra revolución no es anticapitalista". Vea y Lea, Caracas, 03/08/70.
- Pablo Rojas Guardia sobre Pío Gíl. El Nacional, Caracas, 21/04/67.
- Rigoberto Lanz contra el pensamiento único. El Nacional, 22/05/98. Papel Literario.
- Aníbal Romero. "Ambiciones mezquinas en la oposición". El Nacional, 03/07/02.
- Ramón E. Azócar. "Era digital". Ultimas Noticias, Caracas, 30/04/00. Suplemento Cultural.
- Héctor Mujica sobre Eduardo Gallegos Mancera. Tribuna Popular, Caracas, 29/08/86.
- Sobre el Caracazo. Ultimas Noticias, 25/02/90.
Ilustración: Candidatos parlamentarios de la izquierda, elecciones 1973 (Resumen, 11/11/73, nr.1)
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