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domingo, 26 de febrero de 2017

LA INEVITABLE COMPARACIÓN

De una aristocracia de la tragedia
Luis Barragán


En varias ocasiones, hemos constatado que las nuevas generaciones conocen poco, muy poco o nada de la célebre explosión social de 1989, quizá porque la sostenida versión publicitaria del gobierno ha cumplido cabalmente con su propósito, facilitando la más interesada versión; quizá porque se ha perdido la misma tradición oral en la familia, ansiosa  por olvidar momentos muy amargos. Lo cierto es que, los más viejos, insistimos en un testimonio histórico y personal como si fuese de universal y aún palpable conocimiento, pues, por ejemplo, citando a una entidad defensora de los derechos humanos de  inmenso mérito, como COFAVIC, rápidamente se  pierde en  la jungla de las siglas que nos atormentan.

Nunca antes, una tragedia social,  la que sospechamos intencionada y planificada en buena medida, había rendido tan altos dividendos políticos, ya que El Caracazo sirvió e intenta servir todavía de pretexto para los golpistas de 1992 que, a la postre, construyeron un régimen que dejó muy atrás los motivos para la inesperada explosión de marras. Y, por siempre, dispuestos a la más cruda y masiva represión ante cualquier descontento, por modesto y legítimo que fuese.

Grosso modo, el aumento del precio de la gasolina en 1989 fue no sólo módico, sino que aún no se había implementado, mientras que hoy el costo se ha multiplicado inútilmente, pues, antes hubo un programa de ajuste y reestructuración y ahora constituye una ofensa que le pidamos a Maduro Moros rectificar; era un motivo de escándalo que alcanzáramos un nivel de 100% de inflación, mas pretenden ocultar las cifras oficiales que nos conducen en el presente siglo a una pavorosa hiperinflación ya de largo sentida con sus redondos cuatro dígitos;  décadas atrás, el desabastecimiento de algunos rubros básicos  fue circunstancial, contrastando con una prolongada crisis humanitaria como la que sufrimos, suficientemente advertida desde 2014; la tasa anual de muertes prematuras y violentas, cercanas a las treinta mil personas, no tiene comparación con las cotas alcanzadas en todo el siglo XX, incluyendo las guerras y escaramuzas civiles que terminaron con la batalla de Ciudad Bolívar de 1903.  Por donde se le mire, algo que no puede contentar a nadie, hay mayores razones para una explosión social que, desde diciembre próximo pasado,  ha sido objeto de un desmedido,  brutal y contraproducente atajo gubernamental.

A la hora de suscribir la presente nota, no resistimos la tentación de citar un par de títulos que bien pueden iniciar y orientar una investigación tan urgida para contrarrestar los efectos de la mencionada y sistemática campaña publicitaria en desmedro de la genuina memoria histórica. En uno de ellos, Nelson Villasmil compara los resultados de sendos estudios de opinión que ameritan de una concreta actualización (“La opinión pública del venezolano actual febrero 1989 / marzo 1994”, UCAB-KAS, Caracas, 2001); y, el otro, un ensayo de Aníbal Romero que, asomándose igualmente al colapso de la URSS, ofrece pistas para profundizar el debate (“Disolución social y pronóstico político”, Panapo, Caracas, 1997).

A veintiocho años de El Caracazo, aún es necesario estudiarlo para que no se repita tan lamentable tragedia, ni las condiciones e intenciones que la abonaron.  Sus más fervientes aprovechadores, directos o indirectos, añadidos a los que saltaron a la fama por una estupenda reseña fotográfica, a la postre se convirtieron en una suerte de aristócratas de la desgracia, pues, creyéndose por siempre con una gran autoridad moral, esta vez, sacaron provecho del único gobierno que hemos tenido en el siglo XXI, inhabilitados para cualquier pontificación – incluso – ética.

Ilustración: Julio Pacheco Rivas (tomado de Facebook).


27/02/2017:
Breve nota LB: La imagen (captura de pantalla), se refiere a la autorización de JPR para emplear sus composiciones gráficas (Facebook). 

domingo, 12 de junio de 2016

A TREINTA MINUTOS POR SEGUNDO

El caracazo fragmentario
Luis Barragán


Muy pocos tienen dudas al respecto: a quien tengan que echarse al pico, simplemente se lo echan y, después, que se encargue la oficina de propaganda y  alguno que otro oportunista agradecido que les despache un posterior ensayo a premiar,  justificándolo. Entonces, en nada puede sorprender una golpiza más, una golpiza menos, a las puertas del CNE, o que literalmente asalten a unos periodistas en nombre de lo que, en última instancia, no saben qué es, pero dice autorizarlos para sobrevivir.

Celosamente reprimida y postergada su más sincera y determinante manifestación,   temido y – a la vez - esperado por todos,  logran fragmentar el caracazo por obra de la censura y el bloqueo informativo, diligenciando los cuerpos de (contra) inteligencia para inculpar a en todo lo posible a la oposición obediente de un burdo telefonazo del imperio. Ésta es la única versión que se les ocurre a los dos o tres decisores de la rosca oficialista, quienes carecen de la necesaria imaginación, incluso, para salvar el propio pellejo político en el trance de una situación insostenible.

No hay una cola en cualquier rincón del país, por lejana que se encuentre de Miraflores, tras  algún insumo básico, que no sea vigilada por las autoridades públicas de hecho y de derecho, constituyendo el menor gesto de disidencia una ocasión para que soldados, policías y colectivos disparen, procurando dispersarla con morbosa prontitud. Balas, perdigones y – si las hubiere – lacrimógenas barren las calles,  aguzada la vista de los agresores para hacerse de las pertenencias ajenas, dictando – además – cátedra respecto a la naturaleza más  íntima del régimen.

Ahora, ladrones de firmas, cierran las posibilidades que abre un proceso revocatorio para una solución pacífica del problema, del inmenso problema donde nos metieron, viéndosele todas las costuras a las triquiñuelas nada artísticas que los llevan al suicidio político, pues, no hay otra conclusión merecida por tan torpes interlocutores.  Hubo dictaduras indeseables que fueron – acaso – más eficientes y talentosas en el intento de simular a ratos una vida democrática, aunque – le ocurrió a Pérez Jiménez – tuvieron que largarse por las más grotescas maniobras que avisaron de un definitivo agotamiento.

Secreto para nadie, al compararlos con los de 1989,   sobran hoy  largamente los motivos para una explosión social que nadie, en su sano juicio, ha de anhelar.  Está dándose con la lentitud de una rapidez que angustia (“treinta minutos por segundo”, diría César Vallejo), por el hambre en un país que la FAO tuvo los riñones de premiar, libérrimo polígono de tiro para el hampa organizada,  casi descalzo tratando de subastar los electrodomésticos que quedan en casa, rifándose algo más que un resfriado cotidiano, expuesto a la furia gubernamental, aunque decidido – firmemente decidido – a recobrar la senda de la libertad para seguir luchando por el pan.


13/06/2016
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