Mostrando entradas con la etiqueta Revolución. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Revolución. Mostrar todas las entradas

sábado, 9 de junio de 2018

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Adán Febres. "El diferendo y la Corte Internacional". El Diario de Caracas, 03/08/1981.
- Arístides Bastidas. "23 de enero: la rebelión inocente". Qué Pasa, Caracas, 23/01/65.
- Juan Nuño. "Teoría y revolución". El Nacional, Caracas, 04/07/84.
- Ignacio Iribarren Borgs y los cien años del poeta Wallace Stevens. El Nacional, 18/01/80.
- David Morales Bello. "Ley de Coordinación Policial". El Universal, Caracas, 02/01/78.
Fotografía: Salvador Allende, Wolfgang Larrazábal, Jorge Dáger y ¿?

domingo, 29 de octubre de 2017

CARISMA Y REVOLUCIÓN

EL UNIVERSAL, Caracas, 29 de octure de 2017
Aprender de la Revolución
Nelson Totesaut Rangel
 
El 9 de septiembre de 1976 moriría Mao Zedong. Se hablaría de la pérdida del “Mandato del Cielo”. Y, como es característico en los regímenes totalitarios, la China de aquél tiempo no sabía qué hacer el día después de la desaparición física del líder. Empezaría entonces una pugna por el poder, paralelo a las lágrimas que escondían la verdadera emoción del momento: una ambición feroz que velaba por recoger intacto el poderío absoluto que tuvo el Gran Timonel.

Previo a esto, movido por el temor del proceso de desestalinización, Mao sabía que tenía que buscar a alguien cuya lealtad fuera incuestionable. Por ello, a finales de 1960, posicionó las fichas necesarias para que el poder ex post recayera en manos de su inquebrantable aliado, Jefe del Ejército de liberación Popular, Lin Biao. Durante la Revolución Cultural, Biao fue artífice del retorno de Mao a la palestra del poder, el cual había tenido que abandonar (al menos, desde el punto de vista de la toma de decisiones) luego de que su “Gran Salto Adelante” resultara un fracaso; saldando una cifra estimada entre los 30 y 50 millones de muertos por hambruna.

La Revolución Cultural demostró, una vez más, la suprema capacidad de estratega político que tenía Mao. El primer paso lo dio Biao, quien publicaría los pensamientos del líder (en un libro que luego se conocería como el Libro Rojo de Mao) para la formación de las tropas. Lo siguiente fue movilizar a la juventud, para que se conformaran las Guardias Rojas y así comenzara una guerra absurda cuyo único fin era demostrar quién era más revolucionario. A este movimiento se le empezaron a sumar obreros y campesinos, era una guerra civil entre compatriotas del mismo partido.

Mao había logrado su cometido: apelar por la anarquía para crear un vacío de poder. Ante esto, su incondicional aliado, Lin Biao, sacó el ejército a la calle, reprimió las revueltas, purgó al partido y mandó a los jóvenes al campo. Esto último para que se formaran bajo las raíces de los verdaderos revolucionarios (luego se les conocería como los “jóvenes instruidos”), dejando así las universidades vacías, y culminando el caos. Inmediatamente se convocaría el XII Pleno del Comité Central. Aquí se destituiría al regente de aquel entonces: Liu Shaoqi, dejando el campo libre a Lin Biao, quien sería ratificado en el IX Congreso del Partido Comunista (1969). Mao ya tenía resuelto la continuación de su legado, al menos eso pensaba.

Lin Biao se sentía el líder de aquél entonces, incluso por encima de Mao. Había sido quien lo restituyera en el poder, y estaba consagrado con el beneplácito para llevar los designios del país. No obstante, su prisa fue su declive. Mao percató cómo su sucesor pretendía asumir sus funciones previo antes de que él muriera. Y, luego de que Biao intentara un golpe de Estado, tuvo que huir con toda su familia en una avioneta con destino a Mongolia. Con el infortunio final de que perdería su rumbo y, de una forma “misteriosa”, cayera en los llanos vegetales mongoles, sin sobreviviente alguno.

Ahora, con un Mao envejecido y un sucesor muerto, empezaría la verdadera carrera por el poder. Por un lado se encontraba Zhou Enlai, líder revolucionario de primera generación, artífice de la política exterior China y hombre de entera confianza de Mao. Por el otro lado “La Banda de los Cuatro”, la cual estaba conformada por Jiang Quing (la esposa de Mao) y otros tres comunistas radicales. Enlai parecía tener la mejor oportunidad para acceder al trono, pero su avanzada edad no se lo permitía. Es por ello que tenía a un protegido a quien delegar sus funciones: Deng Xiaoping. Empero, el 8 de enero de 1976 moriría Enlai, dejando paso libre a la “Banda de los Cuatro” y generando otro caos interno por la lucha del poder.

Estos eventos chinos nos sirven como ejemplo para apreciar la debilidad de las revoluciones que se fundamentan bajo el totalitarismo de un líder carismático. Luego de la desaparición del mismo suele venir una crisis política interna, ya que su egocentrismo no les permite crear un modelo ajeno a su imagen, el cual pueda emanciparse de la misma, sin necesidad de otra revolución.

Fuente:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/aprender-revolucion_675515
Ilustración: Giuseppe Veneziano.

domingo, 15 de octubre de 2017

CAZA DE CITAS

"La novedad de aquella época no son tanto las ideas: Tocqueville señala que éstas vienen de lejos. Lo nuevo está en la multiplicación social de su elaboración, en la difusión que tienen, en la acogida que reciben, en la función que cumplen"

François Furet

("Pensar la Revolución Francesa" Ediciones Petrel, Barcelona, 1980: 201)

lunes, 2 de octubre de 2017

LA REVOLUCIÓN COMO CASTIGO

Saber entender
Nicomedes Febres

* Hace un par de días me caí para atrás al leer la declaración de maduro sobre que su venganza contra la gente es seguir desarrollando la revolución. Es una frase críptica que delata muchas lecturas y no sé porque no ha causado más revuelo en los medios. Primero, revela que la revolución como tal, como proyecto político perfectible ya fracasó. No va a ningún lado y si bien eso nosotros lo sabíamos desde 1998, es asombroso que su director reconozca al fin su fracaso, tanto, que ya no está planteado ningún proyecto político y social con miras morales y sociales más elevadas. Es reconocer que se va a mantener en el gobierno con la intención desembozada de hacer el mayor daño posible a toda la población. La maldad como fin último del gobierno es algo impensable porque un proyecto político siempre necesita de una utopía, una visión de país, de un mundo ideal imaginado como meta que guie la acción política, pero gobernar para hacer daño es inconcebible. Otra deducción es reconocer que no existe un plan B de tipo personal sino mantenerse hasta que lo derroquemos porque no encuentra salida alguna fuera del poder para él ni para los suyos a nivel personal. O sea que esa decisión la ha conversado con algunos de sus amigos que lo apoyan. En conclusión, es que reconozcamos que hay una política suicida aceptada por el grupo y ni siquiera se ha planteado ceder el poder a alguno de sus compañeros de desastre. Ni tampoco se plantea la capitulación para justificarse históricamente y defender su gestión y lo que desea es que su fracaso sea lo más letal que se pueda. Es una frase que además debe ser reveladora de manera diferente para sus seguidores que para sus adversarios, es una frase humana, demasiado humana y revela después de la batalla muchas cosas, es esa frase que se pronuncia en la soledad del dormitorio, frente al espejo y donde el balance final es negativo. Una frase así se la dijo fidel castro a García Márquez cuando le comento que después de tantos años al mando no le gustaba el resultado de su producto político pero que ya era demasiado tarde para cambiar, o la actitud de adolfo hitler luego que le metieran el bombazo de la operación Barbarroja a manos del almirante Canaris y del mariscal Rommel, cuando ya era aceptado por el alto mando militar que Alemania perdería la guerra y que la muerte de Hitler era un acto necesario para abreviar el sufrimiento del pueblo alemán y facilitar la rendición de ellos. Luego de ese intento de magnicidio el tirano nazi la emprendió contra su propio pueblo al que acusó de no haber tenido el coraje de luchar contra el mundo entero con suficiente énfasis. Le pasó al revés a Betancourt después del bombazo de Los Próceres cuando dijo: ni renuncio ni me renuncian, frente a esa fatalidad. Nunca le paso por la cabeza a Mussolini cuando trató de huir a Suiza como cualquier roba gallinas, sin entender el inmenso daño que le había hecho al pueblo italiano. Es una frase criptica de un hombre solo y decepcionado frente al espejo. Así que esperemos lo peor porque lo que nos espera con maduro es peor y por maldad, pura maldad. Esto ya es digno de una tragedia griega.
* En la foto el presidente Betancourt dando una alocución horas después que sufrió el atentado dinamitero en Los Próceres, su jefe de la Casa Militar, que iba a su lado falleció en el atentado y en esa alocución fue que dijo: Ni renuncio ni me renuncian, y ese reto lo cumplió siempre. Tiene las manos quemadas, que lo limitó mucho después.

Fuente:

sábado, 5 de agosto de 2017

TARDÍA, PERO OPORTUNA LECTURA

EL PAÍS, Madrid, 6 de agosto de 2017
 TRIBUNA
Las ilusiones perdidas
‘Adiós muchachos’, la autobiografía de Sergio Ramírez, describe el entusiasmo efímero que suscitó la revolución sandinista y su descalabro posterior
Mario Vargas Llosa

No había leído la autobiografía de Sergio Ramírez, Adiós muchachos (2007), y acabo de hacerlo, conmovido. Es un libro sereno, muy bien escrito, exaltante en su primera mitad y bastante triste en la segunda. Cuenta la historia de la revolución sandinista que puso fin en 1979 a la horrible dinastía de los Somoza en Nicaragua, una de las dictaduras más corruptas y crueles de la historia de América Latina, y en la que él tuvo un papel importante como conspirador y resistente primero, y, luego, en el Gobierno que presidió el comandante Daniel Ortega, en el que fue vicepresidente.

Fueron muchos años de lucha, muy difíciles, de sacrificio y heroísmo, en los que miles de nicaragüenses perdieron la vida y la libertad, padecieron torturas, exilio, largos años de cárcel, enfrentándose a una Guardia Nacional cuyo salvajismo no tenía límites. Los rebeldes eran, sobre todo al principio, personas humildes, los pobres entre los más pobres, pero luego fueron sumándose gente de la clase media y, al final, profesionales, empresarios y agricultores, y principalmente sus hijos, movidos por un idealismo generoso, la idea de que, con la caída de la dictadura, comenzaría un período de justicia, libertad y progreso para el pueblo de Rubén Darío y de Augusto César Sandino. Muchas mujeres combatieron en la vanguardia de esta revolución, así como los católicos —Nicaragua es tal vez el país donde el catolicismo está más vivo en América Latina— y Ramírez describe con mucha pertinencia las distintas corrientes que conformaban esa disímil alianza de comunistas, socialistas, demócratas, liberales, castristas que respaldaron la revolución en un principio, antes de que comenzaran las inevitables divisiones.

Las páginas de Adiós muchachos que evocan el entusiasmo y la alegría con que vivieron la inmensa mayoría de los nicaragüenses los primeros tiempos de la revolución —las campañas de alfabetización, la conversión de cuarteles en escuelas, la distribución de las tierras y fábricas expropiadas a los Somoza y sus cómplices a los sectores de menores ingresos— son emocionantes, el inicio de lo que parecía ser la gran transformación de Nicaragua en un país de veras libre, democrático y moderno.

No ocurrió así y Sergio Ramírez responsabiliza del fracaso de la revolución sandinista a “la contra”, armada y financiada por la CIA. Yo tengo la impresión de que la contrarrevolución fue más bien un efecto que una causa, por el descontento que cundió en un sector amplio de la sociedad nicaragüense con la política equivocada del régimen destinada a convertir al país en una sociedad estatizada y colectivista, con las nacionalizaciones masivas y la creación de granjas campesinas al estilo soviético, y las emisiones inorgánicas que en vez de impulsar arruinaron la economía nacional y desataron una inflación galopante, que, como siempre, golpeó sobre todo a los más pobres. El desbarajuste y el caos, y, por supuesto, la corrupción que todo ello originó, la llamada piñata —el reparto entre la gente del poder de los bienes y dineros supuestamente públicos—, que Sergio Ramírez describe magistralmente en el capítulo de su libro titulado con agrio humor “Los ríos de leche y miel”, tenían que desencantar y empujar a la oposición a muchos nicaragüenses que odiaban a la dictadura de Somoza pero no querían que la reemplazara una segunda Cuba. (Dicho sea de paso, es fascinante descubrir en Adiós muchachos que una de las personas que más trataba de moderar a los dirigentes sandinistas en sus reformas revolucionarias ¡era Fidel Castro!).

La segunda parte del libro es de una creciente tristeza, pues en ella se describe el progresivo descalabro de la revolución, las divisiones entre los sandinistas, y la lenta pero segura ascensión del comandante Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo al vértice de un poder del que sólo han gozado un puñadito de sátrapas en la historia latinoamericana. Tierra de grandes poetas y excelentes escritores, como el propio Sergio Ramírez, Nicaragua tendrá que producir algún día la novela que eternice la historia de Daniel Ortega, este alucinante personaje que, luego de dirigir la revolución sandinista contra los Somoza, se fue convirtiendo él mismo en un Somoza moderno, es decir, en un dictadorzuelo corrompido y manipulador que, traicionando todos los principios y aliándose con todos sus enemigos de ayer y tras antes de ayer, ha conseguido gozar de un poder absoluto a lo largo de veinte años, haciéndose reelegir en unas elecciones de circo, y, a pesar de todo ello, gozando todavía —por extraordinario que parezca— de cierta popularidad.

Para conocer algo de su historia hay que cerrar Adiós muchachos y leer el espléndido ensayo del mismo Ramírez en El estallido del populismo (2017), “Una fábrica de espejismos”, donde está sintetizada, con trazos maestros de realismo mágico, la trayectoria hasta nuestros días de este inverosímil personaje. Por lo pronto, experimentó una oportuna conversión al catolicismo y ahora comulga devotamente de la mano del cardenal Miguel Obando y Bravo, su antiguo enemigo mortal y ahora aliado acérrimo que ha dado su bendición al Gobierno “cristiano, socialista y solidario” de los Ortega/Murillo. También ha hecho pacto con empresarios mercantilistas que, a condición de no hablar nunca de política, hacen muy buenos negocios con el régimen. Pero, quizás, lo más sorprendente sea que, en la variopinta alianza que han conseguido armar para mantenerse en el poder Daniel Ortega y Rosario Murillo —esta es su vicepresidente y podría ser la próxima presidenta de Nicaragua si su esposo decide tomarse algunas vacaciones— también figuran los brujos, santeros, curanderos, hechiceros y taumaturgos del país. Cito a Ramírez: “La mano abierta de Fátima, hija de Mahoma, con un ojo al centro, que representa bendiciones, poder y fuerza, y también protección contra el mal de ojo, estuvo desde 2006 detrás de la pareja presidencial en el salón de sus comparecencias, en un inmenso mural”.

El ensayo también refiere los fantásticos proyectos con que el Gobierno de la ya celebérrima dupla, émula de la de House of Cards, alimenta las ilusiones de sus electores, como el famoso Gran Canal de Nicaragua, que iba a competir con el de Panamá y que sería financiado por el multimillonario chino Wang Ying (ya quebrado y olvidado) y una planta de productos farmacéuticos en Managua llamada a producir nada menos que ¡una vacuna contra el cáncer! La lista de ficciones así es larga y parece salida de Macondo. Todas estas cosas las cuenta Ramírez sin alterarse, con objetividad, aunque detrás de la moderación y elegancia con que escribe, se adivina un hondo desgarramiento. El suyo debe ser el de muchos nicaragüenses que, como él, dedicaron los mejores años de su vida, su tiempo y sus sueños, a luchar por una ilusión histórica que vivió una efímera realidad y se fue luego deshaciendo y transformando en grotesca caricatura.

Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/07/27/opinion/1501163934_451500.html
Fotografía SR: http://www.laprensa.com.ni/2016/09/11/suplemento/la-prensa-domingo/2097735-sergio-ramirez-francisca-ramirez-es-unica

domingo, 7 de mayo de 2017

CAZA DE CITAS

"Las revoluciones abundan en gritos contra los tiranos; pero nunca los encuentran en sus orígenes, y los suscitan, en cambio, al final"

Bertrand de Jouvenel

("El poder", Editora Nacional, Madrid, 1974: 275).

sábado, 31 de diciembre de 2016

O ... LESIÓN LEVÍSIMA

EL MUNDO, 31 de diciembre de 2016
Revolución o muerte
Jaime Ignacio del Burgo

Cuando estaba a punto de terminar el bachillerato en el Colegio de San Ignacio de Pamplona nos llegó la noticia de la caída de la dictadura en Cuba y la entrada triunfal de Fidel Castro en La Habana, hecho ocurrido el 9 de enero de 1959. Recuerdo la satisfacción de alguno de mis profesores, orgulloso de que el líder de la revolución hubiera sido antiguo alumno de los jesuitas. Valoraban sus sentimientos católicos y se dijo que había exhibido un rosario durante su victorioso desfile. Esto no es un hecho demostrado, pero sí lo es que el gran fotógrafo cubano Alberto Korda, autor del retrato del Che Guevara universalmente conocido, le fotografió por aquel entonces junto a un soldado revolucionario que portaba una gran imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba.

El júbilo jesuítico pronto se trocaría en enorme decepción. Fidel Castro no tardó en mostrar su auténtica ideología: el marxismo-leninismo. Por eso persiguió sañudamente a la Iglesia Católica. Ordenó la expulsión masiva de sacerdotes, frailes y monjas. Nacionalizó todos los colegios de religiosos. Cerró los templos y prohibió las manifestaciones públicas de culto. Fusiló a dirigentes y fieles católicos por el mero hecho de serlo. A los pocos sacerdotes que permanecieron en la Isla les prohibió toda actuación pastoral. Emprendió una sistemática campaña de descristianización y promoción del ateísmo. Este negro panorama comenzó a cambiar en 1991 con la apertura de una cierta tolerancia religiosa. En 1998, el Papa Juan Pablo II viajó a Cuba, donde tuvo una acogida apoteósica, que presentó Fidel Castro como una legitimación de su régimen. En 2003 hice un viaje a Cuba, lugar de nacimiento de la madre de mi esposa. Tuvimos la oportunidad de conversar en privado con el cardenal arzobispo de La Habana, Jaime Ortega, en la sacristía de la Catedral, después de la celebración litúrgica del domingo de Ramos. Nos reconoció que el viaje del Papa no sólo no había producido efectos positivos para la Iglesia, sino que tras su marcha la represión se había intensificado. Así, tal cual.

Fidel Castro dirigió al pueblo cubano el 12 de julio de 1957 el llamado Manifiesto de Sierra Leona. La Revolución prometía devolver la libertad a los cubanos en el caso de acceder al poder, con el compromiso de "celebrar elecciones generales" en el plazo de un año para elegir presidente y los demás cargos del Estado, las provincias y los municipios. Todo fue un gran engaño. Los cubanos llevan casi 60 años privados de la libertad y padeciendo una dictadura totalitaria atroz. El régimen presume de haber conseguido la igualdad, pero oculta que se trata de la igualdad en la miseria. En 1959, Cuba era el país más próspero de Iberoamérica, con una renta per cápita similar a la de España. Después de seis décadas de Revolución, el salario medio de los trabajadores es de 24 dólares (22 euros) ¡mensuales!

La izquierda europea siempre ha prestado un gran apoyo a los Castro. Ha aplaudido y aplaude lo que califican como grandes logros en educación y sanidad. Durante el viaje al que ya me he referido, pregunté a un taxista -a quien pagaba el Estado- qué tal era la sanidad. "Hay tres hospitales muy buenos para extranjeros", me contestó. Le aclaré que quería saber qué tal era la sanidad del pueblo. Su respuesta se me quedó grabada en la memoria: "Sí, es muy buena, pero cuando hay gasas no hay anestesia y cuando hay anestesia no hay gasas".

En ese mismo viaje visitamos a un heroico y meritorio sacerdote, cuyo nombre guardo en el anonimato para no perjudicar su seguridad. Nos hizo un relato estremecedor del malvivir de los cubanos. Le mostramos nuestra extrañeza por el hecho de que Castro consiguiera suscitar en la Plaza de la Revolución el fervor popular de cientos de miles de personas. Otro nuevo engaño, nos dijo: "Hay en cada manzana un comisario de la Revolución, que se encarga de pasar lista de asistentes. Al que falte sin causa justificada se le quita la cartilla de racionamiento, lo que le condena a la indigencia total por una temporada".

La Habana fue una ciudad fascinante. Hoy ofrece un aspecto decrépito, salvo su belleza natural con un mar y un cielo indescriptibles y las zonas de la Habana Vieja cuyas fachadas se han restaurado con la ayuda generosa de países "capitalistas". Sus calles son como un gran museo de vehículos antediluvianos, los "haigas" norteamericanos de los años 40. El atraso de las zonas rurales es clamoroso. Hay escasez de artículos básicos. Fidel Castro acusó a Estados Unidos de haber convertido a Cuba en un burdel norteamericano. Bajo la Revolución se desarrolló el más abyecto "turismo sexual".

En 1991 Cuba dejó de ser un Estado subsidiado por los soviéticos y con ello se acabó el espejismo de la Revolución. Hay 11 millones de habitantes y unos tres millones de emigrantes o exiliados. Su suerte no conmovió nunca al gran tirano ni a su privilegiado círculo. Un diplomático europeo nos contó que las copiosas e interminables cenas del "Comandante" se servían los manjares más exquisitos y se regaban con los vinos más caros del mundo.

Los cubanos no tienen libertad de asociación, expresión, manifestación, educación, etc. Ni siquiera gozan de libertad de movimientos. La justicia está al servicio de un régimen opresor y corrupto. ¿Es ético que pactemos con él mientras no ponga fin a la represión, libere a los presos políticos y se comprometa a emprender el camino hacia la democracia?

Tal vez la muerte del tirano abra nuevas expectativas para el cambio democrático. De momento sus sucesores parecen fieles al ideal de antaño: "Revolución o muerte". Entre nosotros, los neocomunistas y los liberticidas abertzales lloran la desaparición del tirano. ¿Acaso temen el fin de la tiranía?
(*) Jaime Ignacio del Burgo fue presidente de la Diputación Foral-Gobierno de Navarra, senador constituyente y diputado.

Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2016/12/31/5866a32ae5fdea9e238b4634.html
Ilustración: Sequeiros.

viernes, 23 de septiembre de 2016

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- José Virtuoso. "Catuche continua conquistando su soberanía". SIC, Caracas, Nr. 640 de 12/2001.
- Moisés Mata A. "Las determinantes de la inflación". SIC, Nr. 559 de 11/93.
- G. Tarre, J.J. Monsant, O. Maduro y A. Sosa, sobre el aniversario de COPEI. SIC, Nr. 481 de 01/86.
- José Virtuoso. "A la revolución le hace falta política". SIC, Nr. 626 de 07/00.

Reproducción: Gonzalo Barrios, Domingo Alberto Rangel y Jesús Angel Paz Galarraga. Momento, Caracas, nr. 237 del 27/01/61.

martes, 27 de octubre de 2015

NOTICIERO RETROSPECTIVO





- Rodolfo José Cárdenas. "Gerontocracia y revolución". El Nacional, Caracas, 31/12/1965.
- Héctor Mujica. "Corea en 1970: El país de los amaneceres tranquilos". Deslinde, Caracas, 15/10/69.
- Gonzalo Barrios. "Medinismo, antiadequismo y mala memoria". El Nacional, 09/11/63.
- Rigoberto Lanz. "Partidocracia y universidad". Últimas Noticias, Caracas, 14/01/97.
-

domingo, 9 de agosto de 2015

CAZA DE CITAS

"Las revoluciones abundan en gritos contra los tiranos; pero nunca los encuentran en los orígenes, y los suscitan, en cambio, al final"

Bertrand de Jouvenel

("El poder", Editora Nacional, Madrid, 1974: 275)

domingo, 2 de agosto de 2015

CONVICCIONES SOBRE UN RETROCESO SIN PRECEDENTES

Revolución y guerra
Luis Barragán


Antaño, cualquier escaramuza o guerra se prestigiaba con el término; y, hogaño, exhausto, no da para más En década y media, la revolución no ha operado como el mito poderoso capaz de amalgamar las esperanzas, como en otros lares y circunstancias históricas, sino como el burdo pretexto para un continuismo enfermizo y cada vez más deplorable.

Jamás fue explicada, sino aplicada según el leal entender de sus propulsores, llamando debate a un largo, recurrente y tedioso monólogo.  Improvisándola constantemente, alérgica a las realidades que supuestamente estaba llamada a transformar, prontamente se convirtió en una enorme burbuja propagandística y publicitaria que, una tras, otra, siempre a punto de estallar, escondió y esconde propósitos y acciones que desmienten lo valores proclamados.

Desde un primer momento, el régimen actual maldijo y facturó políticamente un pasado cada vez más remoto, afincándose en la descalificación moral y persecución personal  de los que arbitrariamente señala como sus herederos; nos arrojó al precipicio de un ultrarrentismo insostenible, contrariando la evidente tendencia de la economía venezolana; estafó a la población mediante el plebiscito consecutivo, consagrando los comicios cada vez menos competitivos; confiscó partidistamente el Estado, bajo la dirección de unos elencos del poder de escasa rotación; ha demolido las instituciones, caricaturizándolas. El retroceso no tiene precedentes, agudizadas dramáticamente las desigualdades bajo las hormas de un falaz discurso inclusivo.

Al iniciarse el proceso, en las postrimerías del siglo XX, dijo atajar una guerra civil en puertas. Ayer, pintó terroríficamente una conflictividad abonada por motivos que, al compararlos, hoy lucen benignos.

En un vagón del metro escuchamos, palabras más, palabras menos, el comentario espontáneo de varios usuarios que ya no temen hacerlo a viva voz: el Caracazo fue provocado, porque no hubo escasez de nada, mantuvimos más o menos los niveles de vida, pero – ahora – sí estamos en el fondo de la indigencia, por debajo de los indicadores internacionales de pobreza. Atraídos por la tertulia viajera, nos acercamos para sintonizar con esa conversación presuntamente  ajena.

Hay un razonamiento básico y natural que no ha podido mellar la propaganda oficial. Y uno de los viajeros en las extrañas de la ciudad, agregó: no hay dinero para sacar a los muchachos del país, pero olvídense que nuestros hijos van a servir de escudo en una guerra inventada para que sigan dándose el lujo de comer y viajar los enchufados.  Preguntamos a unos y otros, antes de llegar a la estación de destino y, sintetizando las opiniones, una señora jubilada del magisterio, nos aleccionó como profesora de historia que fue, asegurándonos que ésta no es revolución y para mantenerse en el poder pueden llegar a inventar una lucha sangrienta entre los venezolanos y, si les apuran un poco, un pleito con los guyaneses.

Fuentes:
http://www.diariocontraste.com/revolucion-y-guerra-por-luis-barragan-luisbarraganj/
http://www.lapatilla.com/site/2015/08/03/luis-barragan-revolucion-y-guerra/

DÍJOSE (Y DÍCESE)

Decir una revolución
Luis Barragán


Convengamos, una adecuada interpretación del presente requiere de la perspectiva histórica. Creyendo agotadas las noticias en torno a  lo ocurrido en el lejano  1945, el hallazgo de fuentes inéditas o el reordenamiento de las ya disponibles, intentando una novedosa versión de los sucesos, puede arrojar luces sobre el siglo XXI que tarda en llegar, por los menos, con las promesas que los venezolanos nos hicimos: Sócrates Ramírez y su “Decir una Revolución: Rómulo Betancourt y la peripecia octubrista” (Academia Nacional de la Historia – Fundación del Banco del Caribe, Caracas, 2014), nos ha iluminado con una “peripecia [que va] más allá de la intención de velar el episodio de las armas” (101).

Dilucidando un fenómeno tan contrastante,  aborda los hechos del 18 de Octubre y todo el proceso que generó, tal como lo entendieron y asumieron sus propulsores y adversarios, añadidos los más radicales, precisando los tiempos o ciclos. Principalmente Soriano, Arendt  y Marcuse, le conceden la indispensable acuñación teórica para concluir que lo ocurrido fue una revolución (57 ss., 97 ss., 109).

La “novedad lingüística y simbólica” (95), irrumpió en la vida venezolana cobrando una significación distinta al convencionalismo forjado por las escaramuzas y guerras civiles. De una pormenorizada documentación,  sentimos que quedó mucho más en el tintero de bytes para abundar en las oposiciones (207 ss.) y, trascendiendo al propio Betancourt,  en la autocomprensión de Acción Democrática y las Fuerzas Armadas, los sujetos revolucionarios posteriormente en pugna.

Hubo alguna disidencia interna en el partido oficialista, como la suscitada por la elección directa de gobernadores que encontró el entusiasmo transitorio de  varios constituyentes de la bancada y, aunque finalmente suscribieron la Constitución, sin reparo alguno, fueron sancionados por el partido (126 ss.). Sin embargo, no puede interpretarse la medida disciplinaria como una purga que, masiva y dolorosa, experimentaron otras revoluciones en lares y circunstancias históricas muy diferentes: quizá pudo precisar el origen de un cierto entusiasmo utópico entre la militancia que muy luego originó el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), fundado en lo que también inventarió como los errores y timideces  del Trienio.

La obra permite el reencuentro gratificante con un lenguaje político superior al actual, paradójicamente eficaz en un país predominantemente analfabeto y rural, incluyendo la oratoria de Betancourt (245) y de toda una época. Lamentablemente, esta otra centuria lo desconoce, conformes con las heces verbales de todas las aceras políticas e ideológicas.

De acuerdo al objeto de la investigación, las fuentes hemerográficas citadas son las que tuvieron relevancia para Betancourt y sería interesante que, en un futuro, las ampliara para la necesaria aproximación a la cultura de la época que, entre otros recursos, permitan tejer el imaginario social que auspició y facilitó el fenómeno.  Y, al mismo tiempo, negó y frustró  las nociones que procuraron sus opositores, como las del propio Partido Comunista.

Conocedor, ducho y coherente, el guatireño exhibe el talento y  la paciencia del estratega en ámbitos difíciles y, así, en su “dinámica reflexión-acción” (169), nos parece magnífico el capítulo relacionado con el petróleo y la distinción entre Betancourt y Uslar Pietri. Semejante a la sección dedicada al clientelismo político – potencial o efectivo – dibujada por las cartas en solicitud de favores (193 ss.) que abonan a una característica betancouriana como es la de intentar “… tener bajo control, incluso personal,  innumerables situaciones” (247).

Obra bien escrita (algo casi excepcional),  el joven y prometedor investigador supo internarse en la complejidad de los archivos personales que cuesta demasiado tenerlos, mantenerlos y resguardarlos frente a los avatares de la vida misma, dejando Betancourt tan importante legado. Hay otros reservorios documentales urgidos de inventariar y recuperar que, desafortunadamente, terminan en los remates de libros – acaso, sobreviviendo al detal – como nunca lo imaginaron los actores políticos de un tiempo que ayudaron a construir.

Impreso en papel noble, aunque de tinta débil, preferimos el ejemplar algo pesado e incómodo, pero duradero. Celebramos las notas literalmente al pie de página y de una extensión resueltamente didáctica, capaces del detalle quirúrgico para el análisis.

Para la discrepancia y la coincidencia, Ramírez ha colocado la vara más alta a la hora de referirnos a los acontecimientos de Octubre, presuntamente trillados. Suele ocurrir, en medio de la crisis editorial que nos aqueja, hay versiones que soslayan algunos avances, ya que no responden a algunos y más o menos recientes señalamientos, como – por citar un par de casos – que el ministro titular de Guerra y Marina de Medina Angarita, fuese un militar de escuela o que los sueldos de la oficialidad no eran bajos hacia mediados de los cuarenta.

Ahora, decimos encontrarnos en medio de una revolución que no es tal, sino la imposición de un modelo y el forzamiento de un imaginario propios de la década de los sesenta del XX. Atrapados en esta centuria, quizá involuntariamente el autor de maras nos da buenas pistas para versionar, además, la superación de la tragedia.

Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2015/08/decir-una-revolucion/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=1100197
Reproducciones:
- "Don Rómulo Betancourt, Presidente de la Junta Revolucionara de Gobierno, regresa a Miraflores, después de su primera salida", escribe Alberto Brun. En la gráfica, junto a Ricardo Monilla (Presidente de Guárico) y Adolfo Pinto Salinas (miembro de Acción Democrática). Élite, Caracas, nr. 1047 del 27/10/45.
- "Esta gráfica fue tomada el viernes 19 a mediodía, cuando se rindió a la revolución el Cuerpo de Seguridad Pública. Estaba terminado el movimiento y Rómulo Betancourt se asomó al balcón del Ministerio de Guerra y se dirigió a la multitud reunida en la esquina de Miraflores para pedir que los civiles devolvieran las armas y ayudaran a mantener la calma en la capital". Así escribe Alberto Brun para su reportaje intitulado "La revolución de Venezuela relatada por sus principales protagonistas", con fotografía de Avilán. Élite, Caracas, nr.  1058 del 03/11/1945.
- "El Presidente de la Junta Revolucionaria, Rómulo Betancourt, trabajador infatigable, aparece en momentos de dictarle al taquígrafo de Miraflores, el cordial 'catire' Lleras Codazzi". Escribe R. del C., en su reportaje "Cómo se vive en Miraflores". Élite, Caracas, nr.  1050 del 17/11/1945.
- Transmisión del poder a Rómulo Gallegos. Élite, Caracas, nr. 1168 del 20/02/1958.

UN MISMO DESTINATARIO



Una explicación necesaria

Desde que asumimos las responsabilidades nacionales de dirección en el Partido Socialcristiano COPEI, a finales de 2002, resultante de los comicios internos de base, por fin celebrados,  intentamos dar, intensificar y compartir el debate que el todavía recientemente instaurado régimen en Venezuela, debía suscitar. Particularmente, César Pérez Vivas (Secretario General), Clemente Bolívar y Lucas Riestra (Vocales), entre otros, proseguimos con las ideas que, frecuentemente, nos congregaban e, incluso, motivaron los encuentros nacionales de la que denominamos la Mesa Demócrata-Cristiana.

A contracorriente, tratamos de auspiciar una perspectiva diferente al de la presunta normalidad democrática de un proceso que, inicialmente, concebimos como neo-autoritario, advirtiendo los fuertes indicios de un proyecto totalitario que, de un modo u otro, pudimos expresar a través de las distintas declaraciones de prensa. E, incluso, no olvidamos que, al rendir el informe político correspondiente, como Secretario General (encargado), no tuvimos mayor éxito en el seno de la dirección, al plantear  el peso de una hipoteca política e ideológica que ya se hacía evidente: “no veo la cubanización por ningún lado”, señaló un calificado dirigente del partido que ayudó a cortar prontamente la discusión.

Insistimos en nuestra visión del problema y, por solicitud del Dr Michael Lingenthal, representante de la Fundación Konrad Adenuaer en Venezuela, suscribimos en 2003 un informe contentivo de nuestras personales consideraciones. Y, en medio de las difíciles circunstancias y compromisos políticos de entonces, tomamos algunas notas y le dimos cuerpo para sustanciar una postura.

 Por fortuna, copia del trabajo ha reaparecido entre los archivos domésticos y,   transcurrido doce años, lo creemos pertinente con las correcciones y actualizaciones que pudieran hacerse, aunque – en esta ocasión – lo presentamos tal y como lo redactamos originalmente.  Considerado un borrador, quisimos retomarlo, pero fue infructuoso el esfuerzo de ampliación, ratificación y rectificación de criterios, por las consabidas vicisitudes que impidieron darle la profundidad necesaria para buscar  una casa editora que tuviese interés.

Huelga comentar la situación que hoy vivimos los venezolanos, convencidos del talante, la naturaleza y las consecuencias de una propuesta totalitaria en curso. Dios mediante, la superaremos.

Luis Barragán J. 
 

lunes, 29 de junio de 2015

LA REVOLUCIÖN SUPERVIVIENTE

EL NACIONAL, Caracas, 29 de junio de 2015
El 6-D en el calendario revolucionario
Sócrates Ramírez

Me complace la fijación de la fecha electoral. Se trata de un punto más o menos claro en el horizonte, una dirección, un rumbo. Eso es indiscutible. Pero así como fue destacado por la ágil reminiscencia de muchos apenas se anunció la cita, la selección del 6 de diciembre no es una casualidad. Una vez que ocurren, las revoluciones no dejan espacio para casualidades o inocencias; para permanecer necesitan mitigar cualquier manifestación de espontaneidad. Lo que no se puede controlar no existe. De manera que la fecha en cuestión es «técnica» porque es simbólica.
El 6 de diciembre de 1998 Chávez ganó las últimas elecciones celebradas en la república civil. Por eso hoy en medio de una atmósfera oficial enrarecida, aquel día, que paradójicamente ha pasado tan inadvertido en el calendario chavista si se le compara con la magnitud atribuida a otros fastos (27-F, 4-F, 27-N, 13-A), es un símbolo, un ícono de la urgencia. El 6-D pese a entrañar un origen, dentro del imaginario machista-militarista de los bolivarianos siempre fue una fecha muy femenina, pues conmemora la celebración de unas elecciones y no la violencia épica que tanto rédito le ha dado, de la que siempre están prestos a hacer apología. Ahora el 6-D es de lo poco que tienen a mano para apurar la empatía.
Las revoluciones e incluso aquellas falsedades políticas que secuestran su narrativa para parecérseles, siempre desean la vuelta a un origen; buscan regresar a un punto en el pasado histórico o mítico de la sociedad donde señalan toda fuente de virtud y nobleza, y de cuyo camino el pueblo habría sido desviado por la mezquindad de los otros. En la retórica revolucionaria venezolana ese origen histórico y mítico es la Independencia. Sin embargo, para las revoluciones no todo reside en la tradición, recurrir a ella es apenas una parte de su fuente legitimadora. Tal como Arendt establece, las revoluciones tienen lugar cuando aquellos hombres afanados en restituir un pasado terminan construyendo una experiencia completamente diferente, siendo superados por la novedad que entraña la fundación de la libertad.
La recurrencia gramática del chavismo siempre ha sido el pasado. Cuando la necesidad les ha obligado mirar al porvenir, la promesa es caminar hacia su propia visión raizal y agreste de lo pretérito, muy al modo del fascismo, pero mezclada con la imprecisión de un futuro gelatinoso, confuso, adornado de consignas y movimiento, muy cercano a la usanza nazi.
Frente a sí, el reto más claro que hoy tiene la «revolución bolivariana» es sobrevivir, y toda lucha por la supervivencia es miserable: está determinada por la necesidad y el peligro. Esa es su realidad inconfesable. Por ello aparece el símbolo urgente del 6-D, como un emblema que los devuelve al ayer. Desde hace rato el origen al que quieren retroceder no es al mito de la Independencia sino al mito de Chávez. Están sometidos a un hado: repetir lo que hizo Chávez, pero sin Chávez y sin condiciones, porque continuar el legado es la destrucción y lo saben. Entonces, sin despegarse de la idea del movimiento perpetuo, la propaganda servirá para hacerle creer a los suyos que se devuelven a los primeros días telúricos del Comandante, y así empezar nuevamente el camino bajo su guía eterna.
Ahí radica el simbolismo de la nueva fecha comicial, que al mismo tiempo revela la impotencia del régimen de hacer política parado en la realidad y mirando al futuro. Su única oferta electoral es el uso torcido del recuerdo.

domingo, 19 de abril de 2015

AL REVÉS

Reflexión

Pepe Mujica: Yo no pensaba así, pero los fracasos del mundo socialista me enseñaron estas cosas, porque no puede ser que la Revolución Cubana lleve el montón de años que lleva y aún tiene dificultades para darles leche a los escolares… tiene que andar importando. ¿Por qué fracasó? ¿En qué fracasó? Quiso hacer gigantescas unidades de carácter colectivo y le salió una burocracia del carajo… En Venezuela se metieron a nacionalizar estancias de cuarenta o cincuenta mil hectáreas, que hoy son la soledad, un páramo, no producen un carajo, ¿te das cuenta?

Carlos Ochoa

(https://www.facebook.com/carlos.ochoa.52493?fref=nf)

domingo, 13 de julio de 2014

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Luis Herrera Campíns. "El mérito de una revolución traicionada". El Gráfico, Caracas, 01/11/1948.
- Pedro Ortega Díaz. "Hoy nuestra revolución no es anticapitalista". Vea y Lea, Caracas, nr. 42 del 03/08/70.
- Demetrio Boernsner. "Importancia de la teoría revolucionaria". El Nacional, Caracas, 02/08/60.
- Ramón Escovar Salóm y la revolución. El Nacional, 04/03/70.
- Maxim Ross. "La lección de las revoluciones". Economía Hoy, Caracas, 14/07/89.

Reproducción: Fotografía de Héctor Sandoval,  Élite, Caracas, nr. 1968 del 15/06/1963.  La nota refiere que, al finalizar la tarde, los miembros de la Misión Militar Norteamericana en Venezuela (oficiales y sargentos), esperaban cenar. Fueron sorprendidos por un grupo armado en la "lujosa quinta 'La Casona', situada en el Country Club y asiento de la Misión". Desarmados los policías militares, fueron desnudados los integrantes de la Misión. Prosigue la nota: "Luego, varios de ellos, portando bidones llenos de gasolina gelatinosa - el mismo tipo de combustible que ha sido empleado en otros asaltos -, penetraron a las habitaciones reservadas a los archivos, en tanto otros registraban los closets y recogían cuantos uniformes y  armas hallaron en ellos. La gasolina fue regada por el piso y a poco el fuego consumía los archivos. Al mismo tiempo, otros quitaban la bandera norteamericana y le prendían fuego, mientras uno más hacía añícos el retrato del Libertador Jorge Washington (...) Más tarde, bomberos, policías y periodistas llegaban al lugar del suceso. Entre los primeros a presentarse en 'La Casona' estuvo el ágil reportero Héctor Sandoval, del staff de Últimas Noticias', quien logró captar, en exclusividad, esta formidable fotografia que muestra a un oficial norteamericano en paños menores. Tal como lo habían dejado los asaltantes".

SOBRE LA REVOLUCIÓN (1)

¿Quién dijo revolución?
Luis Barragán


Después de triunfar los nuevos elencos del poder, el acontecimiento revolucionario se agota con prontitud. Prolongarlo, obliga a la creación de un poderoso mito que igualmente explique los consiguientes reacomodos en la dirección del Estado.

Finalizando el siglo pasado, nos dijeron inmersos en un proceso progresista de cambios que no tuvo por inicio la acostumbrada gesta heroica, sino la paradójica confirmación de unos comicios libérrimos, puntuales y transparentes. Ya evidentemente regresivo, afincado en una plebiscitación constante y amañada, el proceso amerita de un balance para la (des) calificación revolucionaria que no puede conceder la retórica oficial, estridente y anacrónica: ya no basta con la obsesiva maldición del pasado - cada vez más remoto -  para sostenerse.

François Furet sostuvo que la revolución puede comprenderse en y gracias a la continuidad histórica, confrontando los hechos con una fortísima ilusión de ruptura que denomina el “escándalo de las representaciones”, tras lograr una recomposición social por fuerza de un distinto imaginario. Así, en “Pensar la revolución francesa” (Petrel, Barcelona, 1980), refiere que, por debajo de una sísmica turbación de los espíritus, ella cumplió con las intenciones y tendencias objetivas del Antiguo Régimen: la integración nacional, el desarrollo del poder público y la centralización administrativa.

Tesis atractiva que no ha de tildarse cómodamente de reaccionaria, hallamos que, al iniciarse el siglo XXI, Venezuela apuntaba hacia la etapa del post-rentismo, la descentralización y el multipartidismo. Sin embargo, a pesar de la profusa liturgia dizque revolucionaria, distanciado el dicho y el hecho,  hemos profundizado la dependencia con una renta petrolera cada vez más insuficiente, desindustrializado el país; la concentración del poder nos ahoga, añadida su incompetencia e ineficacia; y, fusionado con el propio Estado, nos fustiga el tránsito del partido hegemónico al único.

Luego, podríamos interpretar el proceso como una vigorosa resistencia al cambio social que, urgido de grandes y medianas traiciones para sostener las expectativas, imputando sus yerros y fracasos al tercero necesario, se traduce en un retroceso impensable década y media atrás. Faltando poco, la sola pretensión de retener el poder, acelera la reedición del socialismo real que implosionó en otras latitudes y sobre el cual ha versado Furet en otro título (“El pasado de una ilusión”, FCE, México, 1995), criminalizada toda oposición, disidencia o modesta inquietud.

Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2014/07/quien-dijo-revolucion/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=1042568
Composición gráfica: Julio Pacheco Rivas.
Cfr. "(VTV) Presidente Maduro anunciará transformación revolucionaria del Estado este martes":  http://www.aporrea.org/actualidad/n254418.html

SOBRE LA REVOLUCIÓN (2)

De la reserva revolucionaria
Luis Barragán


Creemos indispensable plantear el carácter marxista que ha invocado la propia dirección del Estado, justificando sus afanes revolucionarios. La interpelación parte del proletariado que ha de legitimarlo, según el canon, por muy variados que sean los matices de la prédica oficial.

Evidentemente, el actual régimen no cuenta con los trabajadores venezolanos organizados, e, incluso,  la galopante desindustrialización del país apunta al acelerado deterioro y la propia inexistencia de la condición proletaria. Se ha observado que los ya antiguos obreros calificados, víctimas del masivo desempleo, huérfanos de expectativas, definitivamente retrocedieron en sus condiciones de vida para incorporarse a la marginalidad.

Juzgando por la vigente Ley Orgánica del Trabajo, los Trabajadores y las Trabajadoras, la aparente protección se traduce en un gigantesco control del Estado como único mediador y relacionante. Y, en definitiva,  lo tiene por el único patrón y ductor, en el marco de las nuevas relaciones sociales y económicas que dice inaugurar.

Por lo demás, las entidades sindicales del oficialismo aspiran a la administración de la clientela política correspondiente, burocratizándose. Indiferentes a las demandas de sus afiliados, las convenciones colectivas no están en sus agendas y la militarización de las industrias básicas de Guayana, por reseñar un drama, también los atemoriza, resignados a la desaparición de la economía  privada.

Además, las clases medias niegan mayoritariamente el respaldo al régimen. Expresión de sus distintos niveles, sentires y pareceres, el estudiantado universitario lo ha protestado, invocando y radicalizando los valores que se pretendían olvidados, aunque los gremios profesionales no alcanzan una semejante vehemencia debido a la imposibilidad de actualizar a sus dirigentes, gracias a sendas decisiones judiciales que lograron postergar sus libres comicios.

Profundizada la economía rentista a lo largo de década y media, ya sufre los embates de la insuficiencia de los ingresos petroleros, aunque no cesa de generar las clases, fuerzas o sectores sociales que pugnan, triunfan o fracasan, por la cuota conveniente. Por consiguiente, el socialismo rentístico – Giordani dixit – sucumbirá en un país francamente desindustrializado, por lo que urge de las corrientes que ha parido para sostenerse, negados los sectores proletarios y medios a hacerlo.

Salvadas las distancias, José Stalin - al tratar de la etapa de consolidación de la dictadura del proletariado -  indicaba que la revolución soviética tuvo por garantía dos reservas estratégicas: por una parte, el campesinado, el proletariado y las realizaciones gubernamentales (directas); y, por otra,  las contradicciones y conflictos de las clases no propietarias del país, sumadas a las guerras de los Estados burgueses que la hostilizaban (“Los fundamentos del leninismo”, Pekín, 1975).  En Venezuela, colegimos, el régimen no cuenta con el proletariado y el campesinado marginalizados, en el contexto de un diferente relacionamiento social de supervivencia, ni con una obra sustentable de gobierno, añadida la colonización cubana.

Por consiguiente, debe prefabricar ese apoyo militante para sortear la crisis, mediante la creación forzosa de sendos consejos de trabajadores y de estudiantes, por ejemplo, o recurrir a las nuevas manifestaciones de su abnegado rentismo. Sin embargo, oportunista y crematístico, el lumproletariado no parece promisorio, excepto haya una mejor oferta que aceptar en medio del colapso.

Simple eufemismo de la vieja alianza obrero-campesina, la yunta cívico-militar no es representativa de las decisivas instancias sociales que deben zanjar las contradicciones, aunque sus miembros esperan a independizarse de cualquier tutela estatal para aspirar a tamaña jerarquía. Vale decir, la aludida conjunción cívico-militar apunta a un fenómeno de la alta burocracia estatal, sin correspondencia real y estratégica con el resto de la sociedad por mucho que arguyan sus orígenes de clase.

Algo diferente es el resultado concreto de la concertación burocrática, como la llamada boliburguesía y los nunca bien ponderados pranes. Aportes específicos del socialismo rentístico, sustentados por el ventajismo y la corrupción, luchando por sus intereses, ella solamente responderá si logra la protección de sus iniciales incursiones comerciales, dentro o fuera del país, deseando ampliar sus horizontes bursátiles; y ellos, configurando una fuerza de choque capaz de gerenciar alternativamente la represión, demandarán mayores privilegios e impunidades, pero – en ambos casos – el precio se elevará sideralmente para el régimen que no ha de sostenerse en tamaños pilares.

Solamente las cifras todavía abovedadas de la fuga de capitales, de los homicidios impunes, del contrabando y del narcotráfico, o los archivos negados de registros y notarías, pueden retratar la emergencia de las nuevas clases amparadas en el socialismo rentístico, pero nos atrevemos a enunciar a dos aspirantes al solio social como sus defensores naturales.  Los pranes lucen como la reserva por excelencia por  la propia defensa del libre ejercicio de sus negocios, algo que nunca imaginó Frantz Fanon: afortunadamente, no tienen el peso social ni la consistencia histórica para acometer la gigantesca empresa de salvación, por especialización que exhiban en el campo de la violencia.

Composiciones gráficas: Julio Pacheco Rivas.
Fuentes:
http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/19946-de-la-reserva-revolucionaria
http://www.medios24.com/de-la-reserva-revolucionaria-por-luis-barragan.html

SOBRE LA REVOLUCIÓN (3)

De la revolución sin signo
Luis Barragán


Resultan harto sospechosas las revoluciones que no ofrecen definiciones previas, amparadas por  el único éxito de sus consignas. Excepto la raquítica circunstancia, no hay hecho político alguno que carezca de un sentido u orientación.

Frecuentemente, las rupturas  que tienen por único requisito la buena, etérea y distendida voluntad,  concluyen en una amarga travesía presuntamente azarosa.  Siendo lo más importante propulsarlas, la gesta inaugural se convertirá en el poderoso mito a compartir, sorprendiéndonos muy luego el inevitable proyecto que soterrada y  arbitrariamente lo administra.

Puede aseverarse, soportamos una grave e inédita crisis política en la década de los noventa del siglo anterior que, lamiendo interminablemente las heridas, propició otra construida silenciosamente con la nueva centuria. La principal ventaja que ostentó el actual régimen en sus orígenes, fue la indefinición de sus propuestas, auspiciando una revolución sin signo.

Además de las flaquezas ideológicas que ha sobrellevado, imposibilitándolo para las más elementales conceptualizaciones respecto una sociedad que dijo vanidosamente nueva, se hizo de la ingenuidad colectiva, atrapando las más disímiles voluntades. Avanzado el gobierno plebiscitario de Chávez Frías, ya no era posible ocultar sus intenciones y pretensiones, aunque el llamado socialismo del siglo XXI se levanta como un majestuoso monumento al eufemismo, pues constituye una vía segura para reeditar el socialismo real de contundes y sonoros fracasos en otras latitudes.

Eufemismo que ya cuenta con los amables aportes de la persecución y de la censura para sostenerse, desesperadamente atado al culto de la personalidad que no termina de arraigar. Y es que la tal revolución fue portadora de motivos no por anacrónicos, inconsistentes, pues – faltando un detalle – realiza intereses harto poderosos, ya definitivamente ligados a la renta petrolera y a los objetivos de potencias extranjeras.

Aparentemente neutral, esa gesta del desprendimiento pasó por la supeditación del proceso constituyente a los novísimos elencos del poder, posteriormente depurados.  No hubo espacio para la amplia y densa discusión de los problemas comunes, realizando la democracia que proclamaba, sino la prisa y la improvisación terminaron por asentar un sistema tipificador de la estafa política.

Sobre la revolución sin signo, permítannos una breve digresión histórica, porque alcanzó alguna cotización doctrinaria en el marco del rico debate que protagonizaron los socialcristianos a mediados de los sesenta del siglo XX.  Por ejemplo, Néstor Coll y Pedro Paúl Bello, ciertamente, muy jóvenes por entonces, la reclamaban como un instrumento en sí mismo de la etapa inicial del ciclo, carente de una carga política, religiosa, filosófica o moral, teniendo por destinatario al hombre, “cualquiera que sea su creer, su pensar o su querer” (Venezuela Urgente, Caracas, 15/05 y 01/09/1967).

El hecho sociológico, relevante por su desarrollo instrumental, parecido al proceso independentista que no enfatizó Bolívar como cristiano, alega uno de los articulistas, posiblemente fue invocado gracias a la noción de “revolución en marcha” que  ilustra Remo Di Natale (“América Latina hoy”, Nuevo Orden, Caracas, 1964).  Vale decir, lo importante era hacer la revolución, porque – herramienta al fin y al cabo – respondía a las situaciones específicas e inmediatas, aunque no reportara un conjunto indispensable y debatido de orientaciones.

Los venezolanos padecemos un siglo XXI que arrancó con un acontecimiento dispensado de toda argumentación y contra-argumentación, porque la sola urgencia dijo legitimarlo.  No hubo la claridad y sinceridad de un programa, como – por lo menos, tíldese o no de revolucionario – exhibió el frustrado proceso de 1945.

Composición gráfica: Julio Pacheco Rivas.
Fuente: http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/19907-de-la-revolucion-sin-signo

VIEJO PLANTEAMIENTO (1)