Tres
aproximaciones al 18 de octubre de 1945: "Historia de un golpe que
sembró tempestades" (2000), "Un proceso revolucionario" (2000) y
"¿Héroes o traidores?" (2000)
EL NACIONAL - DOMINGO 15 DE OCTUBRE DE 2000 / SIETE DIAS
Historia de un golpe que sembró tempestades
El día en que Rómulo Betancourt se autoexpulsó de Acción Democrática
Esta
historia se ha contado muchas veces. Es un cuento en el que no hace
falta inventar nada, de tan rico y fantástico. Tiene encrucijadas en las
que el pánico de un individuo, una arteria que se cierra o un disparo
que se escapa desencadenan sucesos de alcance gigantesco. ¿Qué hubiera
pasado si Diógenes Escalante no hubiera perdido la razón? ¿Cuál habría
sido la historia del segundo medio siglo XX venezolano, si la aviación
militar no se hubiera sublevado en la madrugada del 19 de octubre de
1945? Eso nunca se sabrá. Sólo queda recordar, y aprender.
La generación soliviantada
José
Antonio Giacopini Zárraga siempre quiso ser militar. Su familia lo
convenció para que estudiara Derecho, pero siempre permaneció cerca del
ambiente castrense, sobre todo porque practicaba tiro y equitación, y
así hizo muchos amigos en los cuarteles. "Me veían como un oficial sin
uniforme'". Fue así como terminó involucrado: por amistad.
Giacopini,
un experto en historia militar de Venezuela y actual asesor de
Seconade, habla de un sustrato en las nuevas generaciones de oficiales
que favoreció una actitud conspirativa. Primero, porque los oficiales de
mediados del siglo XX eran producto de una institucionalización de la
carrera militar, que terminó con los ejércitos caudillescos y
autodidactas del siglo XIX y creó una fuerza armada bien educada,
profesional, subordinada a los poderes nacionales. Luego, porque muchos
de ellos habían viajado a Perú, Colombia o Estados Unidos a hacer cursos
de especialización, y habían tenido ocasión de comparar la situación de
los uniformados en Venezuela con la de sus vecinos. "Un teniente ganaba
16 bolívares diarios, igual que la cocinera de una quinta".
Así,
muchos jóvenes oficiales comenzaron a plantearse la necesidad de mejorar
su estatus, así como la de actualizar las condiciones del Ejército para
enfrentar un eventual conflicto externo. Los militares que ocupaban los
rangos medios, en los años 40, se habían criado en una Venezuela muy
agitada, con intentonas golpistas, huelgas inéditas y rebeliones
estudiantiles como la de 1928, en un clima muy crítico hacia el poder
establecido y los herederos del gomecismo: Eleazar López Contreras e
Isaías Medina Angarita. Cuando entraron a la Escuela Militar, desde el
campo civil, llevaban en sí la semilla, digamos, de la conspiración. Y
algunos de ellos, como un tal Marcos Pérez Jiménez, habían sentido desde
niños el inaplazable llamado del mando.
Eran tiempos en que la
guerra civil en España y la Segunda Guerra Mundial hacían que se hablara
mucho de temas militares. Una Era de botas, quepis y charreteras. Y en
Venezuela contribuyó a sembrar tempestades. Al principio no pasaba de
una murmuración entre amigos. Pero el zumbido no sólo subió de tono,
sino que se organizó: en 1944, el entonces capitán Marcos Pérez Jiménez
congregó a su alrededor a los oficiales formados en Perú, y luego a los
otros "murmuradores", y armó la Unión Militar Patriótica, con cúpula de
mando, exposición de motivos, juramentaciones (sin Samán de Güere) y
hasta programa.
La cautela de Betancourt
En este
punto del cuento empieza a gestarse el golpe. "A principios de junio de
1945, Pérez Jiménez fue a mi oficina y me preguntó si yo conocía a 'esa
gente de Acción Democrática'. Le dije que sólo los conocía de oídas,
pero que tenía la impresión de que eran activistas nacionalistas que
hacían oposición y querían formas de gobierno más modernas. Pérez
Jiménez me informó que habían hecho contacto con los adecos y se iban a
reunir. Yo no quería un compromiso político, pero triunfó la mayoría".
Los
oficiales Mario Vargas y Horacio López Conde promovieron el enlace con
AD. La esposa de éste último conocía al médico independiente Edmundo
Fernández, quien ofreció su casa en Campo Alegre para el encuentro entre
la Unión Militar Patriótica y AD. Opinaba que AD podía ayudar con apoyo
de calle a la hora de la asonada y a gobernar si ésta triunfaba.
Finalmente, fueron Rómulo Betancourt y Raúl Leoni a conversar con Pérez
Jiménez y algunos de sus compañeros. Edmundo Fernández no participaba;
los dejaba siempre a solas. Hubo una segunda reunión que incluyó,
además, a Luis Beltrán Prieto y Gonzalo Barrios. "Los cuatro adecos
resolvieron congelar el conocimiento de lo que estaban haciendo; si el
golpe fracasaba, asumían ellos sus responsabilidades personales y
salvaban al partido. Ni Rómulo Gallegos ni Andrés Eloy Blanco sabían
nada, ni la base. Incluso hubo adecos que el 18 de octubre salieron en
defensa de Medina, como Octavio Lepage en la UCV, hasta que sus jefes le
informaron de la verdad". Betancourt quería evitarle a AD "la raya
histórica de participar en un golpe".
El episodio Escalante
En
pos de un sucesor, Medina lanzó a mediados de 1945 la candidatura de
Diógenes Escalante, tachirense también y embajador en Washington. Los
cuatro jerarcas adecos propusieron a la Unión Militar Patriótica que
abortaran la conspiración, pues con Escalante de Presidente no sería
difícil conseguir las reivindicaciones que querían los inquietos
militares. El problema fue que Escalante rechazó la candidatura,
alegando razones de salud. Los adecos tuvieron que ir a Washington, y
convencieron a Escalante con el argumento de que era el hombre-consenso,
no sin antes aceptar la condición del embajador: ejercer la Presidencia
sólo por dos años, durante los cuales hubiera una reforma electoral
hacia el sufragio universal. Iba a mandar sólo para calmar las aguas,
puesto que se temía que López Contreras recuperara el poder.
Escalante
volvió al país y se aisló en el hotel Avila, con un círculo de amigos y
parientes íntimos. El único que logró entrevistarlo fue Ramón J.
Velásquez, reportero entonces de Ultimas Noticias, pero no sacó mayor
cosa, así que lo que hizo fue investigar y hacer un retrato del
pensamiento del candidato. Este quedó tan complacido que lo contrató
como secretario privado. Así, Velásquez ocupó la primera fila como
testigo del momento en que Diógenes Escalante perdió la razón.
A
Escalante no le interesaba el fragor de la política. Una tarde, cansado
del encierro en el antiguo hospedaje de San Bernardino, invitó a su
secretario a pasear por Los Chorros. Le confesó, nostálgico, que quería
visitar el Táchira. Velásquez celebró la idea y propuso inclusive armar
un comando de campaña en el terruño común. Escalante le dijo que sólo
quería ver a su gente y sus montañas, y le aconsejó nunca mezclar la
política con los afectos.
Aquí se interrumpe el relato de Giacopini y
entra la versión oficial. Esta dice que una mañana el presidente Medina
se extrañó de que el puntual Escalante no hubiera llegado a un desayuno
pautado, e hizo llamar a Velásquez. El periodista-secretario llamó al
candidato, y éste, desde el hotel, dijo que no podía ir, sin más
explicaciones. Medina intuyó que algo raro pasaba, y Velásquez también,
así que se fue al hotel y halló a Diógenes Escalante, el candidato del
gobierno y de la oposición, el hombre que evitaría un pronunciamiento
militar, desesperado porque creía que le habían robado su ropa y su
carro. Y todo estaba allí. Horas después, una junta médica determinaba
que Escalante había sufrido un ataque de demencia y quedaba incapacitado
para la candidatura.
Se reanudan los fuegos
El PDV
de Medina precisaba llenar con urgencia el vacío y lanzó a su ministro
de Agricultura, Angel Biaggini. Según Giacopini, Venezuela "no estaba
preparada para un presidente civil; el mejor candidato era el general
merideño Juan de Dios Celis Paredes". Pero lanzaron a Biaggini. Gente
del PDV que se sentía desplazada le hizo la guerra sucia; aumentó el
temor a que López Contreras tomara el poder. Los conspiradores
incorporaron al jefe de estudios de la Escuela Militar, Carlos Delgado
Chalbaud. Pese a que algunos se oponían a derrocar a Medina, planeaban
actuar a finales de noviembre. No podían esperar a los ascensos de
enero, mucho menos a las elecciones de 1946. En la madrugada del 15 de
octubre, alguien cuyo nombre Giacopini se niega a revelar, los delató a
Medina. Un oficial cercano al Presidente les susurró que habían sido
descubiertos. Así que Pérez Jiménez y los suyos, incluyendo a los
conjurados de Maracay y de la Armada, acordaron el martes 16 la
consigna: "A la primera detención de uno de nosotros, los demás lanzan
el golpe de Estado".
Comenzó la cuenta regresiva. Los futuros
golpistas reanudaron el contacto con Betancourt, en casa de la madre de
Delgado Chalbaud. No le dijeron que el movimiento estaba descubierto,
sino que era difícil controlar la impaciencia de algunos de los
implicados, y quisieron saber cómo podía su gente ayudar cuando la cosa
estallara. Betancourt no se atrevió a comprometer a la base, pero en la
noche del 17, en un mítin en el Nuevo Circo, el líder adeco dio un
anuncio indirecto del golpe. "Sabía que estaba parado sobre un barril de
pólvora, y ante la sorpresa de todos, anunció que AD estaba preparada
para asumir el poder por la puerta grande".
Ese día hubo un intento
"bastante disparatado" de detener a Delgado Chalbaud. El general Ruperto
Velasco, director de Guerra, fue el encargado. Hombre más dado a
declamar que a empuñar un arma, improvisó una cena de gala, a lo Judas, a
la que asistieron Delgado Chalbaud y los conspiradores de la Escuela,
con la mayor cautela. Velasco se embriagó; los conjurados, sin embargo,
se cuidaron de la copa, y rehusaron luego prolongar la parranda en la
Caracas nocturna, con lo que se salvaron de la detención.
Quien no se
salvó fue el mayor Pérez Jiménez. Lo detuvieron en la mañana del 18 de
octubre, junto con Julio César Vargas, y lo llevaron al cuartel Ambrosio
Plaza. Velasco, amanecido, regresó a la Escuela para volver a
intentarlo con Delgado Chalbaud, con tan mala suerte que lo encontró muy
bien apertrechado. Delgado Chalbaud, cerrando filas con varios
oficiales rebeldes y Edito Ramírez (a quien Giacopini considera el
cerebro de todo, junto con Pérez Jiménez), detuvo al director de Guerra y
levantó toda la Escuela.
Entonces, Mario Vargas avisó a Celestino
Velasco, y éste tomó Miraflores y sus adyacencias, el ministerio de
Guerra y Marina y la Radio Militar. Hizo 145 prisioneros, entre ellos
monseñor Jesús María Pellín, Eleazar López Contreras, Arturo Uslar
Pietri, Mario Briceño Irragorry y Jóvito Villalba. Maracay, donde
estaban la aviación y el grueso de las fuerzas, se unió al golpe. Fue la
señal para el plomo grueso.
El sitio de Miraflores
Giacopini
se asomó a la esquina de Pineda y creyó que el golpe era el de López
Contreras, pues sólo veía a lopecistas y medinistas correr hacia
Miraflores. Pero cuando se acercó al palacio comprobó que su gente
estaba dentro, y se les unió. Allí había armas y municiones suficientes
para pelear por muchos días. Los rebeldes dispusieron su armamento y
organizaron la defensa.
A todas estas, el presidente de la República
creía que las detenciones marchaban con éxito. En la Escuela Militar,
Delgado Chalbaud ordenó al capitán Simón Arenas Revenga ir a confirmarle
la toma a Celestino Velasco en Miraflores, pero Arenas, en cambio,
acudió a informar de la rebelión a Medina. Este creyó que Miraflores no
había caído, puesto que tenía consigo al emisario que debía dar la señal
en palacio. Sólo con su chofer y dos edecanes, el Presidente llegó a
Miraflores y encontró su puerta cerrada. El capitán Nucete, quien se
había unido al golpe, le dijo a Medina que estaban sublevados y que
mejor huyera, para evitar "un acontecimiento desagradable". No se
capturó a Medina, como tampoco a su hermana, que vivía enfrente de
Miraflores y a quien los rebeldes protegieron en todo momento, cuenta
Giacopini.
Medina recorrió rápidamente la ciudad y evaluó el estado
de la asonada. Hizo del cuartel Ambrosio Plaza -donde estaba prisionero
Pérez Jiménez- su base de operaciones. Envió a la Policía de Caracas,
formada por reservistas y ex militares, a recuperar Miraflores, que
según Giacopini era de todos modos "un baluarte intomable", e hizo
desplazar varias compañías para sitiar la Escuela Militar.
Cayó la
noche y los combates no disminuían. Por la Radio Militar se
distorsionaban las órdenes de Medina y se informaba a los golpistas
dónde debían concentrar el fuego. Mientras tanto, el cuartel San Carlos
iba derecho al caos. En su interior había gente de ambos bandos; Medina
comisionó a dos coroneles para apresar al capitán rebelde Evelio Rojas
Castro antes de que levantara el cuartel, cosa que consiguieron, mas
cuando salían del San Carlos los enfrentó la guardia de prevención, en
un intercambio en el que nadie sobrevivió. Dos compañías leales llegaron
a hacerse del viejo fuerte y hubo una "carnicería, una matazón". Justo
cuando se calmaron los ánimos, a un prisionero se le escapó un disparo y
volvió la locura: los soldados disparaban a ciegas y mucha gente cayó
sin necesidad.
Cuando en la mañana del 19 llegó la aviación militar,
desde Maracay, para auxiliar a los rebeldes, según las órdenes que
recibían los pilotos por la Radio Militar, sus efectivos no tuvieron más
que sobrevolar el San Carlos, así como el cuartel Ambrosio Plaza. Los
sobrevivientes del San Carlos temieron por un bombardeo que encendiera
el repleto polvorín del cuartel, y huyeron. Fue la señal que esperaba el
Destino, que no era medinista. Una poblada civil saqueó las armas del
arsenal y se encaminó a Miraflores, donde, sin que nadie se lo pidiera,
se enfrentó a la Policía, a la que la gente, incluso en 1945, siempre ha
visto como el enemigo. Hasta entonces, la Policía había mantenido muy
ocupados a los tomistas de Miraflores. Bajo el fuego doble de militares y
civiles, optó por rendirse.
En ese instante, ya Isaías Medina
Angarita había escuchado los aviones sobre el Ambrosio Plaza. Entendió
que había perdido Maracay y capituló, al mediodía del 19 de octubre.
Abrazos en la humareda
En
Miraflores, Giacopini presenció la honrosa rendición de la Policía y la
llegada de sus amigos Rafael Caldera, Juan José Mendoza y Lorenzo
Fernández, quienes le pidieron que les informara de todo cuanto había
pasado. Agotado por dos días de combate, Giacopini quedó con los
socialcristianos en hacerlo en otro momento. Esa noche, en la quinta
Punto Fijo de Caldera, éste le preguntó a Giacopini cuál de los
golpistas ganaría el liderazgo. Cuenta Giacopini que su apuesta fue muy
clara: Marcos Pérez Jiménez.
¿Dónde estaban los adecos? Hay que
recordar que los verdaderos implicados eran sólo cuatro. Hubo un momento
en que Carlos Delgado Chalbaud, ante el baño de sangre que se estaba
desarrollando, propuso interrumpir la asonada. Mario Vargas lo impidió,
pero la posibilidad de claudicar llegó a oídos de Rómulo Betancourt,
quien rápidamente escribió una carta de expulsión de Acción Democrática
contra él mismo, por haberse involucrado en el golpe que creyó fallido.
Luego se enteró de la verdadera situación y convocó al CEN para diseñar
un plan, con miras a conformar la Junta Revolucionaria de Gobierno que
se constituyó en la noche del 19.
Según Giacopini, lo que ocurrió el
18 de octubre de 1945 no fue una revolución. Fue un golpe dado por
jóvenes militares que querían una Fuerza Armada más fuerte y moderna. El
sesgo ideológico vino después, con la participación de los
socialdemócratas en la Junta Revolucionaria de Gobierno. Pero pronto se
hicieron insoslayables las brechas entre adecos y uniformados y llegó un
día en que la historia volvió a sacudirse, el 24 de noviembre de 1948,
en el que José Antonio Giacopini Zárraga tuvo una importante
participación. Pero, como dice Michael Ende, ésa es otra historia y debe
ser contada en otra ocasión.
Tres balances
Para
Jesús Sanoja Hernández, la a veces llamada Revolución de Octubre no fue
un acontecimiento del todo estéril. "Apenas tomó el poder la Junta
Revolucionaria de Gobierno, vino el impuesto especial a las petroleras y
se inició un proyecto constituyente, que en octubre de 1946 ya tenía
una Asamblea para redactar una nueva constitución (la de 1947), con
representación obrera, femenina y eclesiástica, y mayoría de AD, que
junto con los sindicatos se fortaleció mucho en esos años". Recuerda el
veterano periodista y profesor universitario que la Junta permitió el
nacimiento de Copei y URD, inició una reforma agraria de impronta
comunista, creó la Flota Grancolombiana de navegación y organizó el
estudio de Guayana que años más tarde permitiría la explotación
hidroeléctrica.
Pedro Pablo Aguilar coincide en señalar que el 18 de
octubre abrió para las mayorías la posibilidad de participar en la
política venezolana, además de que creó los partidos modernos, y que
entonces los cambios generaban mucho entusiasmo. Pero visto desde hoy,
"la balanza tiende más bien a inclinarse hacia el lado negativo, puesto
que dio a las Fuerzas Armadas un peligroso poder de decisión sobre la
vida nacional, que incluso determinó los sucesos del 23 de enero de
1958".
Que las consignas del movimiento fueron cumplidas en su
integridad es la opinión de alguien tan vinculado a Acción Democrática
como lo es Simón Alberto Consalvi. "La constitución de 1947 abrió el
juego democrático; se reivindicaron los derechos venezolanos sobre el
petróleo venezolano; hubo una reforma educacional profunda que, es
cierto, ponderó la cantidad por sobre la calidad, según las prioridades
de entonces; y se repartieron muchas tierras a los campesinos". Consalvi
señala errores que, dice, hay que revisar para no volver a cometerlos.
"El camino de la reforma agraria no es simplemente dar más y más
hectáreas; además, los partidos se anquilosaron, creyendo que con haber
logrado los objetivos de ese momento podían durar para siempre, sin
crear nuevos proyectos".
Las milicias rojas
Uno de
los tantos aguerridos sitiadores de Miraflores durante la noche del 18
de octubre de 1945 fue Luis Miquilena. Entonces cacique del sindicalismo
de transporte, con influencia en los agricultores de Aragua, Miquilena
comandaba junto con Gustavo Machado una de las dos alas en que se había
divido el PCV, legalizado ocho días antes del golpe. Los comunistas
apoyaban a Medina, así que cuando reventó la asonada, se unieron de
inmediato a la defensa del Presidente. Dice la leyenda que Miquilena
trató, en vano, de coordinar con unos republicanos españoles un acto que
tal vez hubiera alterado el desenlace: lanzar calle abajo, hacia el
palacio, dos camiones en llamas repletos de gasolina.
Según Giacopini
Zárraga, años después del episodio Gustavo Machado le contó que en
pleno combate había llamado al presidente Medina para ofrecerle 8.000
hombres del PCV, dispuestos a dar la vida "contra la reacción"; es
decir, contra los golpistas de derecha. En la versión del extinto líder
comunista, Medina Angarita le respondió: "Machado, le habla un hombre en
el momento tal vez más trascendental de su vida: quédese tranquilo''.
EL NACIONAL - DOMINGO 15 DE OCTUBRE DE 2000
El 18 de octubre de 1945 Un proceso revolucionario
El
miércoles se cumplen 55 años del derrocamiento del gobierno del general
Isaías Medina Angarita. Sobre la fecha, que levanta aún ronchas y
pasiones, debaten hoy el ex presidente Carlos Andrés Pérez, uno de los
actores del movimiento, y Santiago Ochoa Briceño, jefe de la Policía de
Caracas en ese entonces, que defendió con las armas el gobierno de
Medina
Carlos Andrés Pérez
Los detractores de este proceso
revolucionario no han cejado en su empeño de presentarlo como un
cuartelazo más en la historia venezolana. La "revolución" chavista se
regodea en señalar la fecha como la más nefasta para el país y a sus
actores como los responsables de todos los males que nos aquejan.
La
muerte del tirano Juan Vicente Gómez, significó la aparición de nuevos
tiempos para Venezuela. La fotografía que publicó la prensa del sepelio
del déspota, nos muestra claramente el orden sucesorio. Detrás del
féretro estaban, en ese orden, el general López Contreras seguido por el
general Isaías Medina Angarita.
Durante el gobierno del primero se
inicia, a medias, un proceso de respecto a los derechos humanos. Hubo
expulsión de ciudadanos por razones políticas. Se promulgó la Ley Lara
para disolver por la fuerza manifestaciones populares. Se inventó el
"bolivarianismo" como instrumento de lucha política, con la organización
de las Cívicas Bolivarianas, reencauchadas ahora en la "ideología" y el
"movimiento bolivariano" del chavismo.
Viene el proceso de relevo
presidencial. Se niega el voto, directo y secreto para elegirlo. Se
mantiene la designación del Presidente por el Congreso. Se autorizó el
regreso a los exiliados.
Todo parecía indicar que el país se
orientaba a la democracia plena. La Ley Lara fue derogada. Era del
conocimiento público el distanciamiento entre López Contreras y Medina
Angarita. Se había iniciado en el país el debate sobre la elección
directa y secreta del nuevo Presidente. Acción Democrática es
legalizada.
El general Medina, apremiado por los reclamos de la
opinión pública para abrir el debate democrático, ordena crear un
partido que llama Partido Democrático Venezolano (PDV). Y sobre esta
estructura monta la candidatura de su embajador en Washington, Diógenes
Escalante. Pero se niega a reformar la Constitución para elegir al
Presidente por elecciones universales y directas.
Entre tanto, Rómulo
Betancourt recibe a Edmundo Fernández, quien le comunica que un grupo
de oficiales de las Fuerzas Armadas desean hablarle. Ellas quieren
insurgir para establecer un gobierno provisorio que convoque a
elecciones universales, ante la negativa del gobierno para hacerlo.
Betancourt promueve una reunión con otros dirigentes del partido. Y se
acepta el planteamiento de fondo de los militares pero se les plantea la
posibilidad de lograrlo sin la ruptura del orden constitucional.
Un
grupo de dirigentes adecos propone entonces un acuerdo con Escalante, si
éste se compromete desde el gobierno, en plazo perentorio, a convocar
para elegir al Presidente de la República por elecciones universales y
directas. Escalante acepta y regresan con la buena nueva. No habrá
ruptura del orden constitucional.
Sucede entonces lo impredecible. El candidato enfermó y es sustituido por Angel Biaggini.
Cerradas
todas las posibilidades de un acuerdo político, el próximo Presidente
será el designado por el Congreso, y andino y tachirense. La
intervención militar se hacía inevitable para abrir al país a la
democracia, a la participación del pueblo, a la ruptura con la dictadura
gomecista.
El general Medina no había llenado las aspiraciones
populares, su débil candidato se enfrentaba a la decisión del general
López Contreras de volver a la Presidencia apoyado por otro sector de
las Fuerzas Armadas.
En estas circunstancias se reanudan las
conversaciones entre los dirigentes de la conspiración y los líderes de
Acción Democrática. No había todavía un acuerdo concreto sobre la
integración del gobierno provisorio, cuando la prisión de dos de los
comprometidos produjo la insurrección, en la mañana del 18 de Octubre de
1945.
Lo que sucedió ya lo sabemos. Se inicio el proceso democrático
que incorporó a las masas a la conducción del país. En unas elecciones
democráticas se eligió a Rómulo Gallegos Presidente de Venezuela, luego
de tres años del gobierno provisorio que presidió Rómulo Betancourt para
echar las bases de la Venezuela democrática. Se legalizaron los
partidos políticos, se convocó a elecciones, se adoptó la política de no
más concesiones petroleras y se impuso un impuesto de excepción a las
compañías petroleras.
Lo que ha sucedido ahora, desastroso y
lamentable, es la destrucción de aquel proceso iniciado con tan buen pie
y frustrado a posteriori por el clientelismo que socavó las bases
morales de los grandes partidos que pervirtieron y hundieron el proceso
democrático. La historia dictará su veredicto.
EL NACIONAL - DOMINGO 15 DE OCTUBRE DE 2000
El 18 de octubre de 1945 ¿Héroes o traidores?
El
miércoles se cumplen 55 años del derrocamiento del gobierno del general
Isaías Medina Angarita. Sobre la fecha, que levanta aún ronchas y
pasiones, debaten hoy el ex presidente Carlos Andrés Pérez, uno de los
actores del movimiento, y Santiago Ochoa Briceño, jefe de la Policía de
Caracas en ese entonces, que defendió con las armas el gobierno de
Medina
Santiago Ochoa Briceño
El 18 de octubre interrumpió una
transición política dirigida por los generales Eleazar López Contreras e
Isaías Medina Angarita, que hubiera consolidado, sin sobresaltos ni
angustias, un régimen democrático de amplias libertades públicas y
nacionalismo militante.
Tuve el honor de servir al lado de los ex
presidentes López y Medina por casi 20 años. Esa cercanía me permitió
valorar sus extraordinarias condiciones de estadistas. El día del
alzamiento militar me desempeñaba como comandante de la Policía de
Caracas. Al frente de un grupo de valerosos agentes de esa Institución
defendí, con las armas en la mano, hasta el último momento al régimen
del general Medina. Esa actuación será para mí siempre timbre de
orgullo.
La polémica sobre si el 18 de octubre fue una revolución o
una asonada militar surgió de inmediato. Acción Democrática la denominó
"la Gloriosa Revolución de Octubre", y a los militares que se
insurreccionaron los presentaron como héroes. El golpe militar del 24 de
noviembre rompió la ilusión. A partir de ese momento se transformaron
en traidores. Analicemos las causas que provocaron el 18 de octubre para
entender las circunstancias que condujeron a la alianza antihistórica
de un partido socialdemócrata y un grupo de oficiales de tendencia
militarista.
Dos graves errores políticos complicaron el final del
período del presidente Medina: no incluir el sufragio universal y
directo en la reforma de la Constitución de 1943 y limitar una
importante transformación profesional en las Fuerzas Armadas. Al
mantenerse la elección del Presidente de la República por el Congreso
Nacional, se fortaleció la posibilidad de la ya manifiesta aspiración
del general López de regresar a la Presidencia de la República. La
enfermedad de Diógenes Escalante y la débil candidatura de çngel
Biaggini abrieron la posibilidad de que el general López derrotara al
candidato del gobierno en la elección presidencial. Esa certeza
desesperó a la dirigencia de Acción Democrática, que consideró un grave
retroceso regresar a las condiciones de represión del gobierno del
presidente López Contreras. De allí a comprometerse en la asonada fue
sólo un paso. Sin duda, una grave inconsecuencia con los principios que
inspiraban a ese partido.
La política militar del presidente Medina
fue totalmente desacertada. No entendió que la base fundamental de su
prestigio se sustentaba en su ascendiente sobre los oficiales jóvenes.
Los decepcionó al no producir la necesaria renovación en los mandos y
agilizar sus ascensos. Además, su afán por democratizar al país le hizo
olvidar la regla de oro del régimen andino: mantener al frente de las
Fuerzas Armadas a un oficial prestigioso. Apenas observó que el general
Juan de Dios Celis Paredes fortalecía su ascendiente militar lo
transfirió al Ministerio de Fomento. Algo de eso también pasó conmigo,
pues al observar que como jefe de Servicios en el Ministerio de Guerra y
Marina tenía buen ambiente con los oficiales jóvenes, en vez de
designarme director de Guerra, me transfirió a la Comandancia de la
Policía de Caracas. Mantener al frente del Ministerio de Guerra y
Marina, por varios años, al general Manuel Morán y su equivocado
reemplazo por el coronel Delfín Becerra, dos oficiales sin mayor
prestigio, favorecieron la conspiración. También incidió en el
alzamiento la certeza del triunfo de la candidatura del general López.
Era volver a los tiempos de los oficiales de campaña.
La "Juventud
Patriótica Militar" necesitaba de Acción Democrática. Carecían del peso
nacional para constituir un gobierno. Su alianza fue circunstancial. No
había ninguna cercanía ideológica. Los jóvenes oficiales querían una
modernización apresurada de Venezuela, pero los aspectos sociales no
sólo no les importaban sino que miraban con recelo la movilización de
masas.
Es verdad que Acción Democrática produjo importantes cambios
políticos durante el trienio revolucionario, pero el golpe del 24 de
noviembre comprometió totalmente esas reformas, dando paso al quinquenio
pérezjimenista. De un gobierno democrático, honesto, nacionalista y
respetuoso de las libertades públicas como era el régimen medinista
terminamos en una dictadura corrupta, al servicio de intereses no
nacionales. El 18 de octubre fue una más de nuestras tantas asonadas
militares y la mejor demostración es observar que Acción Democrática y
el propio Rómulo Betancourt dejaron de glorificar lo que en conclusión
constituyó un tiempo oscuro para Venezuela.
Fotografía:
Portada de una famosa edición de la revista "Resumen" (Caracas, 1975),
en la que Jorge Olavarría escudriñó a fondo la fecha con Rómulo
Betancourt. Este ejemplar es bien cotizado entre los entendidos.
Fuente: http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/17055-tres-notas-importantes-sobre-el-18-o |