Mostrando entradas con la etiqueta Política cultural. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Política cultural. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de marzo de 2019

MARCAJE

El cartel cultural   
Luis Barragán


Concebido como un Estado Criminal, huelga comentar sobre una política pública cultural. Jamás ha existido en estas dos décadas y, lo más lejos a lo que ha llegado, es a una burda imitación y tergiversación de las iniciativas que adelantó Juan Liscano en el  consabido Trienio.
La burocracia ministerial únicamente ha bregado por mantenerse y, reemplazadas las viejas generaciones que alguna vez gozaron de sendas becas oficiales en el siglo pasado, las que sobreviven se saben relegadas y resignadas a una nómina que bien hubiesen deseado fuere la de PDVSA o cualesquiera otros despachos de mayor fortuna presupuestaria.  El grueso del funcionariado de casi 40 órganos desconcentrados y descentralizados, están integrados al departamento ocioso del PSUV para las artes, con todo lo que implica como suerte de un ejército de reserva para las actividades proselitistas progresivamente abandonadas por la supervivencia personal, el acceso aventajado a las cajas del CLAP u otras de las dádivas que tardarán o nunca llegarán: atrás queda el recuerdo de la vez que se quiso escribir, exponer, componer, hacer teatro u otra de las cosas que a Miraflores le importa un bledo que se haga o no.
Estimación alguna demostró Maduro Moros con quienes, desde la Asamblea Nacional, hicieron y sancionaron una Ley Orgánica de la Cultura que interpretaron a la medida de las caras exigencias del dictador: eliminando el Fondo de Cultura originalmente enquistado en la propuesta, nunca la promulgó y, valga la bofetada, sacó una peor versión en Gaceta Oficial, valiéndose de la habilitación presidencial que sus diputados tan generosamente le obsequiaron, sin chistar.  De una estridencia superlativa, ya inusual, burlándose de sus pretendidos beneficiarios, idearon sendas leyes de seguridad social para artistas y artesanos, francamente impagables;  pero esta sola circunstancia o detalle,  no importó y, al pasar los años, lo que quedó fue el recuerdo ya ingrato  del efímero acto rocambolesco de su aprobación.
Cartelizado el Estado por las mafias, pocos rubros servirán en un campo al que es naturalmente alérgico: por ejemplo, los espectáculos incumplidos que pocos notan, soportando la web cualesquiera anuncios que se les ocurran; el tráfico marginal de la boletería aérea y de los viáticos para diligenciar en el extranjero, como el reconocimiento por la UNESCO de alguna de nuestras genuinas manifestaciones culturales; el  cupo de la tinta  y – sobre todo – el papel, acaparado por la Fundación Alfredo Maneiro; la administración de los recursos del Sistema Nacional de Orquestas, obviada la propia existencia de la Orquesta Sinfónica de Venezuela;  la producción y distribución cinematográfica  circunscrita a los favoritos del régimen, nada rentables con la excepción de los créditos adicionales que los abultaron de claras ventajas;  el sistema público de medios, ha sido coto de otras instancias, titulares e intereses de un superior nivel. Las menudencias han sido importantes, mas no del calibre conocido por otros despachos.
Entonces, no puede hablarse de una política pública cultural, sino de la contribución al cartel y, Odalisca por delante, olvidado ya todo el mundo del caso y escándalo que afectó a la colección del Museo de Arte Contemporáneo, el rubro más atractivo que se ofrece es el de las obras de arte y también el de las ediciones príncipes de la Biblioteca Nacional.  Ha sido tal el desorden de los museos, pudiendo añadir el del patrimonio bibliotecario, que nada sorprenderá que aparezca un buen día, alguna deseadísima pieza otrora del Estado venezolano, subastándose en Londres o en Nueva York.

Fotografía: Tomada de WhatsApp. Casas marcadas como opositoras, por los grupos paramilitares favorables a Maduro, estado Táchira.

18/03/2019;

DESCENSO AL INFIERNO

EL NACIONAL, 13 de marzo de 2016
Del derrumbe cultural
Fernando Rodríguez

No debería intentar medirse la salud cultural del país por la vistosa y limitadamente promovida emergencia de algunas instituciones privadas y algunas creaciones artísticas o intelectuales aisladas. Esto, que por supuesto es muy meritorio y permite la supervivencia de la alta cultura, tiene un peso muy restringido en el conjunto de la cultura nacional, más limitado todavía en la actual prevalencia generalizada de antivalores espirituales. Sería improcedente clínicamente limitarnos a ese nivel cada vez más angosto y por ende excluyente, entre otras razones por sus imposibilidades financieras, falta de estructuras político-administrativas pertinentes o capacidad promocional.

Pero aun en esa región cultural, comparada con lo que en ella acontecía hace ya casi dos décadas, son notorias las carencias. Ausencias de políticas públicas para el área y cuando las ha habido han sido farruquianemente monstruosas. Museos y otras instituciones oficiales en estado terminal. Difusión de los productos oficiales más detestables y anodinos culturalmente hablando, orientados por una ideología perversa que recoge el nacionalismo y el patrioterismo más grotescos, el detritus del marxismo, la cursilería populista, el culto a la personalidad con ribetes religiosos, el clientelismo de rigor. En este nivel habría que analizar con más detenimiento, quisiéramos hacerlo, lo concerniente al teatro, la música o al cine que han tenido derroteros peculiares, producto de azares, oportunismo y, en algún caso, de afán y autenticidad.

Pero yo prefería darle mayor fuerza en esta instantánea al evidente y creciente deterioro de unos pocos aspectos que de alguna manera son soportes del entramado cultural nacional. Vinculados a la cultura común.

Por ejemplo, el deterioro de la televisión venezolana, tan omnipresente. Que, por supuesto, siempre fue una baratija en que el comercialismo impune devoró cualquier intención cultural o educadora. Pero ahora es mucho peor. No solo por el manejo indecente de los medios públicos que hizo un foro estelar de La Hojilla, con todo y actuaciones del presidente eterno, sino porque la televisión privada, con excepciones mínimas, no solo ha sido casi siempre servil ante el poder despótico, sino que, otrora rica y hoy pobre de solemnidad, da más lástima que nunca. El cable ayuda, en alguna medida, sobre todo el fútbol.

O la premedita demolición de las universidades y de la investigación científica. Con su interminable sangría de cerebros, decenas de miles, y su consecuente empobrecimiento. O convirtiendo cualquier antro en un recinto académico. Afectando esta vez a millones de jóvenes y las reservas básicas de energía espiritual del país.

O la casi desaparición del libro y todo lo que tiene que ver con el papel, periódicos famélicos cuando no difuntos, ausencia casi absoluta de revistas con alguna vocación cultural. Llegando al extremo de que autores venezolanos publicados en el exterior no llegan al país. Uno de nuestros ensayos más brillantes de los últimos años, Del futuro, de Antonio Pasquali, editado en España, no se leerá en mucho tiempo en el país en que vive su autor. Es una escasez que debilita los sesos, nos hace provincianos y lerdos. El Internet ayuda, es cierto. Las publicaciones, todas, de la UCV se hacen ahora en ese prodigioso soporte y uno bendice los pdf que se multiplican. Alá es grande.

Son algunos ejemplos, dijimos. Pero sobre todo hay que subrayar el clima espiritual omnipresente, lleno de la vulgaridad castrense y populachera, del desprecio contra la meritocracia, de la incesante promoción del odio y la falta de estructuras lógicas y sintácticas (Con el Mazo Dando), del adefesio colocado en la vía pública, del temple de desesperanza anímica inducido, de la estupidez de la cotidianidad que nos devora, la cola y el lamento. De esa plaza pública, con ella y contra ella, es de donde nace y renace eso que llamamos cultura, aunque no lo parezca.

Ilustración: Tomado del WhatsApp.

lunes, 2 de julio de 2018

viernes, 29 de junio de 2018

TRANSFUSIONES (SANGRE Y CULTURA)

El problema cultural
Nicomedes Febres

A Bernardino Herrera 

* Meses antes de las elecciones donde le robaron la presidencia a Capriles en 2012 fui convocado a una reunión para crear el programa de gobierno de nuestro candidato en el área cultural. Asistí sabiendo que aquello era por un lado un privilegio y por el otro una responsabilidad y luego de consultar a algunos expertos en el área de las artes visuales; fui por el sector junto con Perán, hasta conformar el informe final del programa. Fueron reuniones con otros valiosos y reconocidos compatriotas de otras áreas de la Cultura. Se trabajó con documentos oficiosos de la realidad y como antes habíamos dedicado varios sábados a analizar y presentar ideas alternativas a la pretensión chavista de crear una nueva Ley de Cultura, entonces habíamos adquirido el hábito de ser precisos y analizar sin irnos por las ramas sobre ese anteproyecto de ley. Una ley disparatada por supuesto, sin definiciones conceptuales básicas y donde por ejemplo se hablaba de poetas de la calle y artistas de la vida, cosas que pertenecen al chambón vocabulario gubernamental con pretensiones poéticas, pero no a criterios técnicos, ni siquiera a un castellano mínimamente comprensible o los códigos más sencillos de la comunicación o del lenguaje cultural. Incluso recuerdo haberles pedido a nuestros diputados que exigieran a los proponentes de la ley una definición de esa necedad. Un punto de tranca recuerdo que fue la exigencia gubernamental de reconocer la raíz gastronómica africana en la comida criolla, que ellos querían incluir a los efectos de valorar en igualdad de condiciones a las tres razas, pero ellos no sabían cómo, hasta que recordando yo que lo único que podía reconocerse, era el origen africano del ocumo, y de allí las torticas de ocumo pasaron a ser un símbolo de la gastronomía socialista del régimen. Con frecuencia nos reuníamos con los diputados opositores para crear las conexiones necesarias entre la parte técnica y la parte política e instrumental, representada por los diputados nuestros que eran miembros de la Comisión de Cultura de la Asamblea Nacional, entre los que descolló el diputado Luis Barragán, quizás el mejor dotado intelectualmente sobre el tema cultural. En un comienzo la comisión dedicada a la concreción del programa de gobierno cultural de la oposición realizó un trabajo arduo, dedicado y múltiple donde había que armonizar criterios dispares, tanto ideológicos, al interior del cuerpo asesor, como derivados de la especialidad de cada ramo de la cultura. Incluso, producto de la incoherencia en las pocas cifras gubernamentales; ese programa fue modificado varias veces porque debía adaptarse a diferentes períodos de la realidad. Pese a todo hándicap en contrario lo pudimos hacer en beneficio del país. Un programa de gobierno hecho para un periodo normal que debía dar un giro radical al desastre que era ya una realidad en Venezuela. Sin embargo, ante las mayores evidencias de ese desastre, la dirección política pidió unas maquetas de la acción necesaria para períodos tan breves como un trimestre. Es decir, qué hacer en los primeros tres meses de un gobierno democrático. El resto es historia pública y conocida. Lo cierto es que entonces la situación de carencias y necesidades de los sectores populares eran dramáticas por el alejamiento entre las promesas electorales y políticas del gobierno y las expectativas creadas en los sectores populares por el incumplimiento de las mismas ofertas. Entrar de lleno en las necesidades populares generaba un asombroso desvío de los temas que parecían en un primer momento necesarios. Así de dramáticas eran entonces las necesidades populares. Presumo que las necesidades han crecido desmesuradamente, los recursos se han reducido y la infraestructura es mucho peor. Y eso está allí, esperándonos cuando maduro, su combo y sus votantes de 1998, los grandes responsables de esta tragedia, salgan del poder.
* Están todos invitados a una tertulia sobre la monumental exposición del artista José Vívenes titulada HISTORIA DE UNA INFAMIA mañana sábado en la galería D´Museo en los Galpones de Los Chorros a las 11 am. Estaré con el artista, María Luz Cárdenas y Alberto Asprino. Los esperamos

Fuente:
https://www.facebook.com/nicfebres/posts/10215680566947957

Las transfusiones de sangre
Nicomedes Febres

* Hacia la década de 1930 se descubrió el Sistema ABO y luego el sistema Rh de los tipos de sangre y ese descubrimiento permitió el uso terapéutico de las transfusiones de sangre. Luego, el descubrimiento de algunas pruebas serológicas como el VDRL para la sífilis hicieron inocua su administración y eso le salvo la vida a millones de personas. Lo consecuente fue instituir un sistema de Bancos de Sangre en el territorio nacional siguiendo el ejemplo de Estados Unidos, porque el primer país donde se masificó la hemoterapia fue allí y la primera guerra donde se usó ampliamente fue en la Guerra Civil Española en 1936 y luego en la Segunda Guerra Mundial. Incluso un médico argentino fue el que descubrió que adicionando citrato de sodio se podía conservar y usar la sangre del donante. De pocas cosas nos sentíamos los caraqueños en particular y los venezolanos en general tan orgullosos durante la Cuarta República como de nuestros bancos de sangre. Eran de responsabilidad municipal, aunque había también sistemas privados para las clínicas y funcionaban hermanados todos. Cada quien debía buscar dos donantes por cada bolsa de sangre entregada y el sistema funcionaba muy bien. Los otros países nos envidiaban, hasta los gringos donde la sangre se vende. Sentíamos conmiseración de Haití y de algunos países africanos donde la gente vendía su sangre para poder comer. Así eran las cosas antes en Venezuela durante la Cuarta República. Leía ayer que ahora los venezolanos están vendiendo su sangre para poder comer aquí. Así son ahora las cosas en la república socialista. La otra noticia de ayer relacionada con el tema es que están vendiendo hasta en 70 millones la bolsa de sangre certificadas con las pruebas suficientes que descartan enfermedades, y no vayan a ser portadoras de sífilis, Sida, u otras enfermedades porque ahora también los bancos públicos entregan sangre sin las pruebas de descarte de enfermedades transmisibles por la sangre. La investigación de ese delito es más fácil que pelar una mandarina, solo tienen que seguir al enchufado que se beneficia de esa vagabundería y seguro tendrán al culpable. Es que los socialistas son todos corruptos cuando están en el poder.

* La foto del día es un grupo de jóvenes de 1917 durante un día de paseo por el pueblo de Los Teques. Seguramente era un domingo al mediodía, habían salido desde la estación de Palo Grande, donde ahora está el Hospital Militar y se montaron en el Tren del Encanto, y fueron dejados en la estación de Los Teques, de donde fueron buscados. Se pasaba la laguna de El Encanto, que fue desecada y se construyó allí urbanizaciones populares y de clase media. Eso es Carrizales. La gente iba a Los Teques por su clima frío, por sus frutas de estación, fresas, moras, y otras más, además había muy buen chicharrón y los mejores golfeados del centro del país si se exceptúan a los de Los Dos Caminos. Ese año de 1917 fue el último año cuando las muchachas dejaron de usar ese vestido largo y blanco de tela vaporosa para salir y se recortaron la falda sensiblemente iniciando el período Art Nouveau y luego los años locos con vestidos hasta la rodilla. Las crónicas no hablan mucho de los cambios porque nombrar “cambio” podía significar una protesta contra el gobierno del general Gómez, la antepenúltima dictadura de este país, luego vendría la de Pérez Jiménez, que hasta sus enemigos añoran y después este desastre, del que hay que salir como sea.

Fuente:
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10215687868890501&set=a.2324650196458.132741.1255727869&type=3&theater

viernes, 27 de octubre de 2017

LA CULTURA EN LA CARRACA

EL NACIONAL, Caracas, 12 de octubre de 2017
Los espacios culturales
Rodolfo Izaguirre
 
En los últimos años hemos perdido espacios destinados a la cultura, pero hemos visto cómo la sociedad civil ha logrado crear nuevos ámbitos, galerías de exposiciones, salas de teatro y de concierto. Nada puede detener los avances en el campo del arte y de la cultura. Los sé porque padecí en tiempos de la llamada cuarta república el peso burocrático que trataba de obstaculizar mi trabajo. Siempre surgirá un funcionario mediocre o un gobernante tosco y de pocas lecturas que tratará de bloquear tu camino. Lo logra, pero lo recorrido hasta el momento en que detienen tu paso es un terreno conquistado e irreversible. Cuando se levanten las esclusas que impidieron tus avances no recomenzarás desde el inicio sino desde el punto en el que te detuvieron porque todo lo que está detrás ya es nuestro. ¡Es terreno conquistado! Es por eso que para evitar mayores tropiezos la cultura requiere de armonía y rechaza todo poder autónomo o arbitrario. Exige una relación de elementos opuestos. De allí que el arte se produce cuando sucede ese glorioso encuentro de los criterios distintos.

Pero el poder autocrático, la rígida mentalidad militar sostiene, contrariamente, que en lugar de armonía la diferencia de criterios ocasiona caos, desorden. Entonces busca centralizar, impone un pensamiento único. Solo es artista aquel que acepta o se adhiere a mi línea política. Harán un arte degenerado quienes no se sometan a ella.

Estos autócratas se comportan como Elena, la mujer del rumano Ceausescu: “¡Cuando dialogo, no quiero que me interrumpan!”. Al alcanzar sus extremos, la derecha y la izquierda se dan la mano, se abrazan, se condecoran y el fascismo abre las cortinas y aparece en escena vistiendo el traje de maestro de ceremonias.

De allí, mi enfrentamiento con el populismo que coarta la libertad de pensamiento y obra; que trata a toda costa de desanimarme, aplastarme, sacarme del juego. Nunca olvidaremos a Hugo Chávez cuando, gritando “¡fuera! o “¡está ponchao!”, decapitó la gerencia cultural del país bajo la acusación de haberse convertido en un “principado”. Alguien rencoroso tuvo que haberle calentado la oreja al sátrapa porque no creo que un militar tan opaco tuviera la sutileza para suponer “principados”, en un mundo artístico que desconocía. En cualquier caso, aquel ultraje a la inteligencia y a la sensibilidad se emparentó con las nefastas “hazañas” de los nazis y evidenció, una vez más, que el fascismo no es patrimonio exclusivo de la ultraderecha; lo es de la izquierda y se apellidan Castro, Stalin y acostumbra lanzar al viento, para agravio del mundo, el nombre de cualquier otro déspota franquista, comunista o del islam.

Estamos decididos a rescatar las infraestructuras: los museos, los teatros Municipal, Nacional y el Teresa Carreño. Se dice del Teresa Carreño que cuando era de uno, íbamos todos, pero ahora, que “es de todos”, uno no va.

Rescatar la red de bibliotecas, las salas de danza. Devolverle a Radio Caracas Televisión y al Ateneo de Caracas sus respectivos patrimonios físicos y sus equipamientos técnicos, así como la dignidad que hizo de ellos referencia obligada de esparcimiento y altura cultural. Eliminar el sesgo ideológico que desvirtúa los propósitos de la Villa del Cine; construir salas de teatro en cada municipio y aspirar a que vuelva el pensamiento a activarse entre los venezolanos; entregar los teatros a los teatreros, el cine a los cineastas, la danza a los coreógrafos y bailarines, la música a los compositores; impedir que la política vuelva a regir los destinos del arte; que es una falacia afirmar que todos somos artistas; sostener que cualquier niño de la calle puede encontrar su gloria tocando un instrumento musical. Habrá que buscar por todos los medios que los militares, si quieren entrar en la política, tengan que despojarse del arma y del uniforme o, de lo contrario, encerrarse en el cuartel y ocuparse de sus propios asuntos.

Soy de los que sostienen que no es la economía ni la política lo que hace avanzar a los países; ¡es la cultura! Pero los políticos creen que son ellos los únicos que saben manejar el timón; pero sabemos que al igual que los militares no son muy dados a cultivarse.

En Venezuela, el arte y la cultura siempre han sido considerados como la guinda de la torta. Siempre marginados y relegados, los artistas somos gente rara, bohemios, pedigüeños: “¡Tú sabes, no son como nosotros!”.

Falta poco para que el régimen militar sostenga, como los nazis, que el arte que hacemos es un arte degenerado. Pero mientras lo decían, los jerarcas nazis se estaban robando las obras de arte de los museos y de las casas de los judíos ricos.

Mi aspiración, antes de escaparme para siempre de este mundo, es ver que la película, la pieza teatral, el espectáculo de danza no estén producidos u organizados “con las uñas” sino con un sólido apoyo financiero. Acabar con el “escríbete allí unas cuartillitas” o “este es un pago simbólico, ¿tú me entiendes?”. O la entrevista en televisión. Cada cinco años me tocaba integrar la comisión que ofrecería al candidato de mi preferencia la visión de lo que debería observar si ganaba las elecciones, pero el candidato ya tenía sus propios asesores, no necesariamente gente de la cultura, y mas tarde, aposentado ya en Miraflores, nombraba a alguien de su confianza para ocupar la presidencia del Conac y nuestras recomendaciones quedaban sepultadas en algún archivo muerto bajo el calor de Guarenas.

Esto que digo pasaba ayer. ¡Hoy padecemos tiempos peores!

Fuente:

domingo, 15 de octubre de 2017

LA ASTRONÓMICA DISTANCIA

De un breve saldo cultural: 1945 y 1999
Luis Barragán

Arribando a su 72º aniversario, la llamada Revolución de Octubre de 1945 sigue gravitando entre nosotros. Inicialmente creído como un golpe de Estado encabezado por López Contreras, resultó algo más allá que una escaramuza exitosa de las tantas que tejieron al país.

Hechos definitivamente históricos, añadida la tal Revolución Bolivariana, aunque insistan en darles una actualidad política que  no tienen, excepto se trate de la búsqueda de una identidad perdida, surgieron bajo el pretexto de – por lo menos – tres circunstancias:  la de atender la emergencia social y la de evitar una guerra civil, celebrando una Asamblea Nacional Constituyente.

El más modesto ejercicio, nos lleva a un dramático contraste: por una parte,  a partir de 1945, el relevante aumento de los ingresos   fiscales se tradujo en una mejoría de las realidades sociales, mientras que, comenzando en 1999, con el crecimiento fabuloso de los ingresos petroleros, esas realidades que muy poco alivio tuvieron,  a la postre se agravaron haciendose dramáticamente crónicas; por otra, la radicalización de las pugnas partidistas, pretendiendo Acción Democrática abusar de su hegemonía, produjo el golpe de 1948, y en todo el siglo XXI la pugnacidad y la hegemonía se han prolongado, con traición de la propia alternancia democrática del poder; luego, ambas experiencias pasaron por sendas asambleas constituyentes, la una de significativa dinámica que trascendió el propio ámbito político,   y  la otra, asfixiantemente dominada por el oficialismo, ya sabe del propio constituyente que violenta la Constitución que promovió. Sin embargo, colocamos nuestro acento en la faceta cultural de ambos regímenes.

En efecto, Venezuela empezó a encontrarse consigo misma y sus tradiciones, gracias al esfuerzo de Juan Liscano y su celebérrimo festival, por  lo demás, contando con élites políticas de una sentida inquietud intelectual, como la de los años ’40 del ‘XX. Esforzados en superar el positivismo dominante, convertido en activa ideología, se hizo muy vivo el debate plural en torno a nuestros valores y sus manifestaciones, añadida la vanguardia o las pretensiones de vanguardia artística que surgieron durante el Trienio.

Comparativamente, la presente centuria desmiente toda búsqueda y discusión de esos valores y sus expresiones, trastocados en una obscena propaganda ideológica que sortea el desastre burocrático-cultural generado, apelando al enfermizo populismo que caricaturiza los logros de los años ’40 que, en el fondo, permanecen como si fuesen una promesa incumplida después de más de medio siglo.  Una larga e inauditable gestión caracteriza a un siglo que se dijo prometedor, prevaleciendo la censura y ahogada toda creación artística, pues, ni siquiera hubo esbozo de un distinto fenómeno cultural como abundaron en décadas muy anteriores.

Dependiendo todo de la  maquinaria publicitaria de esta franca dictadura que nos orienta definitivamente hacia una sociedad ágrafa y conformista, extremando el culto a la personalidad, no existe nada equivalente – por lo  menos – a la Nueva Trova Cubana. Ese “hombre nuevo” que la consigna proclama, lo vimos con la injusta represión delatada también por la rapiña sistemática o desesperada de sus agresores, en el presente año.

Pendiente una mejor aproximación al país de mediados del ‘XX, por ejemplo, se extendió el joropo y “Doña Bárbara”  nutrió el imaginario social que ya había logrado impactar, bajo otros regímenes anteriores, radicalizado artificialmente durante la dictadura posterior, la de Pérez Jiménez, quien – Semanas de la Patria, aparte – trató de compensar la influencia de Gallegos con la contratación de “La catira” de Cela. No percibimos todavía que, por decisiva que fuese la presencia militar en la Junta Revolucionaria de Gobierno, la sociedad fuese espiritualmente militarizada: apenas, rindiendo tributo al 18 de Octubre,  hallamos marchas como la de Horacio Corredor Z. (Revista de las Fuerzas Armadas, Caracas, nr. 12 de 06/1947), cuyas partituras – puede decirse – son inéditas, pues, hay – en más de setenta años – incontables generaciones de venezolanos que las desconocen.

Huelga comentar sobre la militarización que hoy nos agobia, volviendo a sus orígenes marciales “Patria querida” que compuso Heriberto Maluenga para el batallón blindado “Bravos de Apure” en los ’70 del ‘XX.  Cantada públicamente por Chávez Frías, luego de 2012 se convirtió en un motivo regular de las movilizaciones electorales (http://www.correodelorinoco.gob.ve/hace-73-anos-nacio-compositor-%E2%80%9Cpatria-querida%E2%80%9D-heriberto-maluenga), gozando ahora  de una mayor divulgación como marcha militar.

Breve saldo cultural, una revolución de vocación civilista, con fortísimo componente militar,  y una revolución de vocación militarista que atrapó a incautos en el mundo civil, ofrecen un magnífico filón para la investigación en términos de política y realización cultural. Por supuesto, media una distancia astronómica entre Liscano y Farruco Sesto, emblemas irrefutables de lo que aconteció después de 1945 y de 1999.

16/10/2017:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/31060-1945-1999


Revista de las Fuerzas Armadas, Caracas, nr. 12 de 06/1947.

sábado, 10 de junio de 2017

SECAS RAMAS


De la cultura oficial y oficiosa

Luis Barragán

“Y la ironía tenía sus límites. Por ejemplo,

no podías ser un torturador irónico; o una

víctima irónica de la tortura. Asimismo, no podías

afiliarte al Partido irónicamente.

Podías hacerlo sinceramente o cínicamente:

eran las dos únicas posibilidades”

Julian Barnes (*)

Sumergidos en una pavorosa crisis humanitaria, licuada con pólvora por la dictadura, pocas veces alcanzan cupo en la turbada opinión pública algunos otros problemas específicos, decisivos y no menos relevantes. Por supuesto, agredida e interesadamente desconocida la Asamblea Nacional, no hay ocasión para evaluar la gestión gubernamental y ejercer los controles correspondientes, gozando los más altos funcionarios de la inédita ventaja de ejecutar un presupuesto inconstitucional, clandestino y arbitrario, presto al pillaje.

Uno de los mejores ejemplos reside en el sector cultura, bajo la conducción de un monstruo burocrático, realizador de los antivalores sembrados por el régimen en casi dos décadas. Suele moderar la publicidad, como otros despachos tan cuidadosos de la diatriba, a los que solamente les contenta corear las consignas de Maduro Moros, el benefactor de sus privilegios, evitándoles la interrogación misma de los compañeros de causa que compiten por los recursos. Sin embargo,  una que otra exposición de los siempre prevenidos intelectuales que le quedan al oficialismo, esbozan esa procesión oficiosa que llevan por dentro y por fuera.

El poeta Gustavo Pereira ha despachado un texto y una conferencia en la sede del Archivo General de la Nación, patrimonio exclusivo aunque subestimado por el PSUV, defendiendo la política cultural del régimen, sin que, por cierto, encuentre la oportuna y vehemente respuesta de los sectores especializados de la oposición, excepto las honrosas excepciones, como la del tweed lapidario y decidor del Prof. William Anseume, presidente la Asociación de Profesores de la Universidad Simón Bolívar (APUSB).  El poeta  y también abogado, defiende lo pautado en la Constitución de 1999 y, a la vez, celebra la realización de una inconstitucional convocatoria constituyentista.

Acaece en otros ámbitos, como el laboral o el municipal, el solo enunciado del articulado constitucional y de las leyes que origina en materia cultural, cumplidas  sólo a título de inventario, lo presumen como el diseño y realización del programa político mismo del régimen. Diciéndose adalides de la protección social del cultor y del artista, de los derechos del trabajador y de la participación comunitaria, por el único dictado de leyes que, luego, caprichosamente reglamentan,  a guisa de ilustración, no hay un actor que escape del empobrecimiento radical,   obrero al que le satisfaga las diligencias de las inspectorías del trabajo sobre todo al tratarse del Estado empleador, ni posibilidad alguna de respetar las decisiones de las asambleas de ciudadanos que, se suponen, tienen carácter vinculante, zarandeados todos por los órganos represivos de subir el tono a sus demandas.

Aguantando el papel todo, la formalidad legal se convierte en toda una conquista revolucionaria y, paradójicamente, el fenómeno nos remite a lo referido por Boaventura Sousa en torno a los instrumentos jurídicos que, pretendiendo responder a los problemas, banalizan las soluciones. Digamos, se convierten en una formalidad política a defender, negando los hechos que abiertamente la contradicen.

Los cuatro artículos constitucionales que directamente atañen a la cultura, no soportan la dura prueba de las realidades. Enunciados, no hay libertades culturales, ni autonomía administrativa y funcional de los órganos estatales y, como el resto del país, existe un absoluto desamparo social de los trabajadores culturales y el propio gobierno es el único intérprete y portador de la información cultural, según su ferviente deseo, ejerciendo insignemente la censura y el bloqueo.

El terrorismo psicológico del Estado, adelantado sin cortapisas mientras orwellianamente brega por una identidad que desea definir y realizar gracias al culto de la personalidad (pugnando por ella, Bolívar y Zamora, Chávez y Maduro), se traduce en el esfuerzo por  afianzar y  normalizar el miedo, la resignación, el revanchismo, el estereotipo y la obediencia. Ni siquiera el actual poder establecido tiene intereses estéticos que defender, por la orgullosa ignorancia e insensibilidad que lo caracteriza, apuntando a la sociedad ágrafa en la que, apenas, el tuerto pueda descubrir una mina de intereses crematísticos para los ciegos que la buscan.

Nada casual, el ultrarrentismo del siglo XXI tiene a sus cómodos burócratas instalados en un ministerio improductivo, como el de Cultura, dictando u oyendo la cátedra de los interesados.  Están más cerca de Heberto Padilla que de Dmitri Shostakóvich, si fuere el caso, porque acá no hay un Josep Stalin con veleidades musicales, importándoles un bledo el ramo, salvo los reales que amarren a José Antonio Abreu.

Pereira dijo que “donde hay cultura, no hay miseria”, una arenga de confesión, pues, de fácil refutación, la cultura de la muerte, de la agresión y, en definitiva, de la violencia contra la cual luchamos, no expresa solamente al poder y al lenguaje del poder que la exalta, sino las propias realizaciones que, con irresponsable comodidad, imputa al capitalismo manchesteriano que dice suceder. A la quiebra económica y social del país que el gobierno, un mismo gobierno para toda la  centuria, ha generado se suman las aproximadamente 30 mil muertes anuales, injustas y prematuras,  y  el vil asesinato de más de sesenta jóvenes en, apenas, dos meses de una cruda represión de la protesta pacífica que espontáneamente puebla las calles. O, mejor, lo sintetiza la vanguardia revolucionaria de los llamados colectivos armados, amparados por la GNB y la PNB, que reprimen y disparan, arrebatando las pertenencias personales de sus víctimas.

 Entonces, al ultrarrentismo se une, celebrándolo,  el asombroso vandalismo político que no merece una línea, por modesta que sea, de los intelectuales que le quedan al régimen, confiados en que algún día los proveerán de un cargo consular o diplomático, así el Estado no los publique, pues tampoco se sabe de la (s) imprenta (s) que importó Farruco Sesto, el otrora y augusto ministro que conferencia ahora en Vigo, con capacidad de un tiraje de veinte millones de ejemplares y que, seguramente, sirvió para la frondosa edición de afiches de campaña, antes que el pillaje – el otro pillaje – hiciera de los repuestos, la tinta y el papel, un negocio subrepticio. Puede citarse, en una distraída conferencia, a Rodolfo Quintero y su más célebre trabajo sobre la cultura del petróleo en Venezuela, dándole prestancia al orador, o – acaso – garantizar una “nueva filosofía de vida”, pero lo cierto es que la retórica en boga, no reporta novedad alguna: el poder pretende asfixiarnos con sus eufemismos

Nota involuntariamente ya extensa, señalemos brevemente la otra faceta de la reciente historia cultural venezolana: la Ley Orgánica de Cultura. Despachada en, apenas, dos sesiones por la Asamblea Nacional en 2013, bajo dominio oficialista, contrariando la Constitución, no la promulgó a tiempo Maduro y, amoldada a sus precarios antojos, la despachó mediante un abusivo y muy tardío decreto habilitante, abofeteando a sus propios diputados tal como hoy, con la tal asamblea constituyente que desea imponer por la vía de la represión, escupe al rostro del constituyentista de 1999 y, siéndolo él mismo, sabemos lo que ocurre con el gargajo vertical.

(*) “El ruido del tiempo”, Anagrama, 2016: únicamente disponible en las redes, mientras no las coarten lo suficiente, pues, Venezuela está aislada culturalmente de todas las novedades y también vejeces: http://assets.espapdf.com/b/Julian%20Barnes/El%20ruido%20del%20tiempo%20(12071)/El%20ruido%20del%20tiempo%20-%20Julian%20Barnes.pdf
Fotografías: LB, El Cafetal (08/06/17). 
Reproducción intermedia: Captura de pantalla Tweed oficial sobre la Carreño.

12/06/2017