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domingo, 29 de octubre de 2017

LARGO SEPELIO

EL NACIONAL, Caracas, 29 de octubre de 2017
Hacia la muerte histórica
Elías Pino Iturrieta
 
Los fenómenos históricos marchan con calma hacia el cementerio. Su desaparición no es automática. Está sujeta a pugnas entre el presente y el porvenir que parecen interminables. La búsqueda de la inmediatez de los cambios es una ilusión sostenida en las necesidades de quienes padecen las vicisitudes de una época determinada. Sin embargo, la inmediatez es detenida por la influencia de los factores que han hecho domicilio en el interior de un establecimiento y pretenden permanencia, pese a los deseos de quienes claman por una mudanza perentoria. El reloj habitual no sirve para medir el tiempo de las grandes transformaciones de la sociedad. Solo tiene utilidad para calcular el horario fugaz de quienes lo llevan en la muñeca. La impaciencia está condenada a perder la batalla con los dominadores de los grandes procesos que conmueven a las sociedades. Son cosas que no digo por primera vez, las he asomado en el aula y en mis páginas, pero vuelvo a ellas cuando veo la juramentación de los adecos ante la constituyente y las iras que ha provocado. Trataré de explicarlas desde mi deformación de historiador.

La “revolución bolivariana” no es una novedad en el transcurso de los hechos esenciales de la segunda mitad del siglo XX, sino una señal de postrimerías. En la década anterior al advenimiento de Chávez, o quizá antes, sucede un declive de la democracia representativa que facilita la posibilidad de lo que parece un desenlace, pero que solo es la evidencia del pronunciamiento de una decadencia que todavía no puede llegar a su desembocadura. La precariedad creciente de las organizaciones políticas, la importancia cada vez menor de los liderazgos dominantes, la mengua de la capacidad de convocatoria que antes movía masas entusiastas y crédulas, la multiplicación de actos de corrupción que pasan impunes permiten que unos protagonistas nacidos y crecidos en el seno de la misma situación se ofrezcan como reemplazo y remedio. El ocaso los invita, les pone alfombra para el tránsito, porque son parte de la misma fauna aunque se anuncien como figuras de una realidad distinta. El “socialismo del siglo XXI” es propuesto e iniciado por actores semejantes a los que quieren sustituir, parecidos como gotas de agua, criaturas del mismo vientre y guiñoles del mismo teatro en ruinas. No se les teme porque son asunto conocido, porque han actuado en las esquinas de la sociedad sin convertirse en amenaza inmanejable. Pasan de la periferia al centro, en el desarrollo del único libreto que pueden escribir unos autores extenuados y simular unos histriones que han perdido el imán. Ni siquiera las consignas son nuevas, ni las proclamas ni los uniformes de los lanzadores de arengas tempestuosas. Vienen del mismo vientre, mientras el público siente que contempla un debut. Ilusión, porque estamos ante un asunto de familiaridad.

Los factores del pasado que sienten el riesgo de su fin buscan avenimientos que les permitan supervivencia. Miran hacia una fauna del mismo pelaje viejo y seco, aunque esté retocado con colores de moda, para evitar el empellón que de veras los saque del juego. Cuando la sociedad se propone en medio de tropiezos infinitos, entre tumbos que parecen infructuosos, la inauguración de tiempos nuevos y realmente diversos, los elementos decrépitos se juntan para disimular su agotamiento, o para prolongar un moroso viaje a través de gestos desesperados. La reunión de los adecos juramentados con los juramentadores de la “revolución” no es el encuentro de lo viejo con lo nuevo, del presente con unos antecedentes dormidos en sus túmulos, sino lo más parecido a la armonía de los ancianatos. Los ancianos se las arreglan para seguir dando guerra. Sienten que las malas artes de la juventud los han dejado en la orilla del camino y se aferran a las vitaminas fabricadas en su cocina, que les darán un tercero o un cuarto aire que no quiere soplar.

En consecuencia, la operación de supervivencia no viene ahora de una transacción de fuerzas antagónicas, sino del lazo que establecieron desde antiguo para seguir en el candelero. No llevan a cabo una traición, por lo tanto. Solo ponen cuatro pulmones para inflar el mismo salvavidas. Si preguntan sobre el hasta cuándo, si quieren saber sobre lo que debe suceder con la logia de vejestorios, debo recordar que el cronómetro de la historia se toma su tiempo.

Fuente:
Ilustración: Giuseppe Veneziano.

domingo, 15 de octubre de 2017

LA ASTRONÓMICA DISTANCIA

De un breve saldo cultural: 1945 y 1999
Luis Barragán

Arribando a su 72º aniversario, la llamada Revolución de Octubre de 1945 sigue gravitando entre nosotros. Inicialmente creído como un golpe de Estado encabezado por López Contreras, resultó algo más allá que una escaramuza exitosa de las tantas que tejieron al país.

Hechos definitivamente históricos, añadida la tal Revolución Bolivariana, aunque insistan en darles una actualidad política que  no tienen, excepto se trate de la búsqueda de una identidad perdida, surgieron bajo el pretexto de – por lo menos – tres circunstancias:  la de atender la emergencia social y la de evitar una guerra civil, celebrando una Asamblea Nacional Constituyente.

El más modesto ejercicio, nos lleva a un dramático contraste: por una parte,  a partir de 1945, el relevante aumento de los ingresos   fiscales se tradujo en una mejoría de las realidades sociales, mientras que, comenzando en 1999, con el crecimiento fabuloso de los ingresos petroleros, esas realidades que muy poco alivio tuvieron,  a la postre se agravaron haciendose dramáticamente crónicas; por otra, la radicalización de las pugnas partidistas, pretendiendo Acción Democrática abusar de su hegemonía, produjo el golpe de 1948, y en todo el siglo XXI la pugnacidad y la hegemonía se han prolongado, con traición de la propia alternancia democrática del poder; luego, ambas experiencias pasaron por sendas asambleas constituyentes, la una de significativa dinámica que trascendió el propio ámbito político,   y  la otra, asfixiantemente dominada por el oficialismo, ya sabe del propio constituyente que violenta la Constitución que promovió. Sin embargo, colocamos nuestro acento en la faceta cultural de ambos regímenes.

En efecto, Venezuela empezó a encontrarse consigo misma y sus tradiciones, gracias al esfuerzo de Juan Liscano y su celebérrimo festival, por  lo demás, contando con élites políticas de una sentida inquietud intelectual, como la de los años ’40 del ‘XX. Esforzados en superar el positivismo dominante, convertido en activa ideología, se hizo muy vivo el debate plural en torno a nuestros valores y sus manifestaciones, añadida la vanguardia o las pretensiones de vanguardia artística que surgieron durante el Trienio.

Comparativamente, la presente centuria desmiente toda búsqueda y discusión de esos valores y sus expresiones, trastocados en una obscena propaganda ideológica que sortea el desastre burocrático-cultural generado, apelando al enfermizo populismo que caricaturiza los logros de los años ’40 que, en el fondo, permanecen como si fuesen una promesa incumplida después de más de medio siglo.  Una larga e inauditable gestión caracteriza a un siglo que se dijo prometedor, prevaleciendo la censura y ahogada toda creación artística, pues, ni siquiera hubo esbozo de un distinto fenómeno cultural como abundaron en décadas muy anteriores.

Dependiendo todo de la  maquinaria publicitaria de esta franca dictadura que nos orienta definitivamente hacia una sociedad ágrafa y conformista, extremando el culto a la personalidad, no existe nada equivalente – por lo  menos – a la Nueva Trova Cubana. Ese “hombre nuevo” que la consigna proclama, lo vimos con la injusta represión delatada también por la rapiña sistemática o desesperada de sus agresores, en el presente año.

Pendiente una mejor aproximación al país de mediados del ‘XX, por ejemplo, se extendió el joropo y “Doña Bárbara”  nutrió el imaginario social que ya había logrado impactar, bajo otros regímenes anteriores, radicalizado artificialmente durante la dictadura posterior, la de Pérez Jiménez, quien – Semanas de la Patria, aparte – trató de compensar la influencia de Gallegos con la contratación de “La catira” de Cela. No percibimos todavía que, por decisiva que fuese la presencia militar en la Junta Revolucionaria de Gobierno, la sociedad fuese espiritualmente militarizada: apenas, rindiendo tributo al 18 de Octubre,  hallamos marchas como la de Horacio Corredor Z. (Revista de las Fuerzas Armadas, Caracas, nr. 12 de 06/1947), cuyas partituras – puede decirse – son inéditas, pues, hay – en más de setenta años – incontables generaciones de venezolanos que las desconocen.

Huelga comentar sobre la militarización que hoy nos agobia, volviendo a sus orígenes marciales “Patria querida” que compuso Heriberto Maluenga para el batallón blindado “Bravos de Apure” en los ’70 del ‘XX.  Cantada públicamente por Chávez Frías, luego de 2012 se convirtió en un motivo regular de las movilizaciones electorales (http://www.correodelorinoco.gob.ve/hace-73-anos-nacio-compositor-%E2%80%9Cpatria-querida%E2%80%9D-heriberto-maluenga), gozando ahora  de una mayor divulgación como marcha militar.

Breve saldo cultural, una revolución de vocación civilista, con fortísimo componente militar,  y una revolución de vocación militarista que atrapó a incautos en el mundo civil, ofrecen un magnífico filón para la investigación en términos de política y realización cultural. Por supuesto, media una distancia astronómica entre Liscano y Farruco Sesto, emblemas irrefutables de lo que aconteció después de 1945 y de 1999.

16/10/2017:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/31060-1945-1999


Revista de las Fuerzas Armadas, Caracas, nr. 12 de 06/1947.

lunes, 29 de junio de 2015

LA REVOLUCIÖN SUPERVIVIENTE

EL NACIONAL, Caracas, 29 de junio de 2015
El 6-D en el calendario revolucionario
Sócrates Ramírez

Me complace la fijación de la fecha electoral. Se trata de un punto más o menos claro en el horizonte, una dirección, un rumbo. Eso es indiscutible. Pero así como fue destacado por la ágil reminiscencia de muchos apenas se anunció la cita, la selección del 6 de diciembre no es una casualidad. Una vez que ocurren, las revoluciones no dejan espacio para casualidades o inocencias; para permanecer necesitan mitigar cualquier manifestación de espontaneidad. Lo que no se puede controlar no existe. De manera que la fecha en cuestión es «técnica» porque es simbólica.
El 6 de diciembre de 1998 Chávez ganó las últimas elecciones celebradas en la república civil. Por eso hoy en medio de una atmósfera oficial enrarecida, aquel día, que paradójicamente ha pasado tan inadvertido en el calendario chavista si se le compara con la magnitud atribuida a otros fastos (27-F, 4-F, 27-N, 13-A), es un símbolo, un ícono de la urgencia. El 6-D pese a entrañar un origen, dentro del imaginario machista-militarista de los bolivarianos siempre fue una fecha muy femenina, pues conmemora la celebración de unas elecciones y no la violencia épica que tanto rédito le ha dado, de la que siempre están prestos a hacer apología. Ahora el 6-D es de lo poco que tienen a mano para apurar la empatía.
Las revoluciones e incluso aquellas falsedades políticas que secuestran su narrativa para parecérseles, siempre desean la vuelta a un origen; buscan regresar a un punto en el pasado histórico o mítico de la sociedad donde señalan toda fuente de virtud y nobleza, y de cuyo camino el pueblo habría sido desviado por la mezquindad de los otros. En la retórica revolucionaria venezolana ese origen histórico y mítico es la Independencia. Sin embargo, para las revoluciones no todo reside en la tradición, recurrir a ella es apenas una parte de su fuente legitimadora. Tal como Arendt establece, las revoluciones tienen lugar cuando aquellos hombres afanados en restituir un pasado terminan construyendo una experiencia completamente diferente, siendo superados por la novedad que entraña la fundación de la libertad.
La recurrencia gramática del chavismo siempre ha sido el pasado. Cuando la necesidad les ha obligado mirar al porvenir, la promesa es caminar hacia su propia visión raizal y agreste de lo pretérito, muy al modo del fascismo, pero mezclada con la imprecisión de un futuro gelatinoso, confuso, adornado de consignas y movimiento, muy cercano a la usanza nazi.
Frente a sí, el reto más claro que hoy tiene la «revolución bolivariana» es sobrevivir, y toda lucha por la supervivencia es miserable: está determinada por la necesidad y el peligro. Esa es su realidad inconfesable. Por ello aparece el símbolo urgente del 6-D, como un emblema que los devuelve al ayer. Desde hace rato el origen al que quieren retroceder no es al mito de la Independencia sino al mito de Chávez. Están sometidos a un hado: repetir lo que hizo Chávez, pero sin Chávez y sin condiciones, porque continuar el legado es la destrucción y lo saben. Entonces, sin despegarse de la idea del movimiento perpetuo, la propaganda servirá para hacerle creer a los suyos que se devuelven a los primeros días telúricos del Comandante, y así empezar nuevamente el camino bajo su guía eterna.
Ahí radica el simbolismo de la nueva fecha comicial, que al mismo tiempo revela la impotencia del régimen de hacer política parado en la realidad y mirando al futuro. Su única oferta electoral es el uso torcido del recuerdo.

domingo, 14 de julio de 2013

EL MENOS MAQUIAVÉLICO DE TODOS: MAQUIAVELO (13)

EL NACIONAL - Martes 07 de Diciembre de 2010     Opinión/6
A Tres Manos
Miradas múltiples para el diálogo
La ideología
En el plano teórico las ideologías son ejercicios intelectuales estimulantes y hermosos
EMIRO ROTUNDO PAÚL*

El concepto nace en los siglos XVIII y XIX.
Para los pensadores franceses (Destutt de Tracy, Cabanis, Constant, Say) y para los italianos (Gallupi, Rosmini) la ideología era el estudio de las ideas esenciales, las ideas inmediatas en las que se funda todo saber, todo conocimiento. La actitud política de algunos ideólogos, que en una primera instancia apoyaron a Bonaparte y posteriormente declararon su oposición a él, originó la crítica de los partidarios del emperador y contribuyó a dar al término ideología un sentido peyorativo.
Dos siglos antes Maquiavelo había observado desviaciones entre la realidad política y las ideas políticas, pero fue Hegel quien puso en la picota la ideología con su concepto de separación de la conciencia respecto a sí misma; de ello resultó la conciencia escindida o desgarrada, de la cual el desdoblamiento y el ocultamiento de lo que no se quiere (o no se puede reconocer) son partes integrantes. Esta idea tuvo una poderosa influencia en el pensamiento marxista que la acogió con el nombre de falsa conciencia.
Desenmascarar las falsas morales y poner de manifiesto las ideologías que las sustentaban parecía ser la misma cosa. Sorel y Pareto estudiaron los mitos y sus derivaciones ideológicas.
La función de la ideología es la justificación (autojustificación) de las acciones realizadas por determinados grupos sociales.
Las acciones tienen su origen en los instintos e impulsos que no son estrictamente racionales pero que se racionalizan por medio del mito. Los mitos forman conjuntos de ideas que se articulan en una unidad relativamente sistemática. Estos sistemas ideológicos terminan siendo no sólo explicativos y justificativos del mito, sino además normativos de lo real, es decir, además de descriptivos son prescriptivos y por ello se traducen en leyes y normas de prescripción obligada con diversos mecanismos coercitivos.
La noción de falsa conciencia ha desempeñado un papel central en las diversas corrientes marxistas. Para Marx, la ideología burguesa era una representación nebulosa (Nebelbildung) de la deplorable realidad social de su época y por tanto se oponía al conocimiento verdadero. Para él la realidad social determinaba la conciencia del hombre y no al revés. Los intereses de la clase dominante se arraigan tanto en el pensamiento social vigente que, simplemente, impiden ver las cosas como son. La ideología burguesa era para Marx una elaboración tergiversada de la realidad que ocultaba la injusticia social y la explotación del hombre por el hombre.
En el plano teórico las ideologías (políticas, religiosas, económicas y sociales) son ejercicios intelectuales estimulantes y hermosos, pero cuando quieren cambiar la sociedad a juro (revolucionariamente) advienen en auténticos infiernos terrenales (nazismo, fascismo, comunismo). Las ideas revolucionarias se convierten nuevamente en mito, en conciencia escindida o en falsa conciencia con todas las connotaciones hegelianas y marxistas. Se transmutan, al igual que los sistemas ideológicos que antes combatieron, en conjuntos conceptuales de encubrimiento de la nueva realidad reformada (el socialismo real, por ejemplo). La historia demuestra que sólo la evolución natural y gradual del proceso civilizatorio de la humanidad es capaz de producir los grandes cambios sociales. Las revoluciones aceleran algunos de esos cambios pero por carriles diferentes de los trazados por ellas.
Decía Jean-Francois Revel que la ideología revolucionaria se basa en tres inevitables dispensas: 1) La intelectual, que sólo retiene y acepta los hechos y datos que le son favorables e ignora y rechaza todos los demás; 2) la moral, que justifica cualquier cosa, incluso las que antes se combatieron y se consideraron inmorales e injustas, y 3) la práctica, que pasa por alto los fracasos y errores, aun los más evidentes, con tal de preservar (en el plano ideal) los postulados ideológicos.
¿Un ejemplo práctico? Revisemos, simplemente, si estas tres dispensas ideológicas están o no presentes en el proceso de la "revolución socialista bolivariana venezolana".

martes, 24 de abril de 2012

CUESTIONES DEL SOCIALISMO RENTÍSTICO

Ley del Trabajo y revolución
Luis Barragán

El proceso político que vivimos por más de una década, y no otro sobrevenido a propósito de las dolencias presidenciales que digan – ahora - radicalizarlo, es el que contextualiza la intención de renovar las relaciones de trabajo en Venezuela.  El socialismo rentístico, la otra cara de nuestras bonanzas (añadido el sistemático endeudamiento público),  no permitirá innovación alguna en el particular campo del derecho del trabajo, a menos que aceptemos como tales los eufemismos sociologizantes que esconden una clara perspectiva de la seguridad y defensa que se traduce, en última instancia, en las angustiosas tareas de preservación del poder.

Curiosidad aparte, la de presumir el debate en torno a un proyecto que demasiados pocos conocen, el borrador que subrepticiamente circula no reporta ninguna novedad respecto al salario o el despido, concebidos como cuota de la riqueza nacional a distribuir justamente o suspensión de un hecho social, a modo de ejemplo.  La generosa abstracción enmascara el monopolio que ejercerá el Estado, el único patrón a la vista aunque diga no reconocerse como tal, siendo el más igual de todos los trabajadores iguales, sumada la excesiva dependencia con los precios que pueda alcanzar el petróleo en los mercados internacionales – sencillamente -  para financiarlos.

Los trabajadores tendrán que garantizar nuestra independencia política y soberanía económica, responsabilizándolos de la producción agropecuaria que las políticas oficiales ha  pedevalizado, mientras la llamada “administración del proceso social del trabajo” adquirirá dimensiones tales que sólo la soportarán las armas. Rápida conclusión, a sabiendas de la doctrina jurídica y de la propia técnica legislativa del chavezato, capaces de mezclar y contaminar las más disímiles materias,  los objetivos primordiales a alcanzar se resumen en la militarización efectiva del trabajo en Venezuela y el financiamiento del gasto ordinario de un gobierno – comprobado está – improvisado y despilfarrador.

De trastocar profundamente las relaciones de trabajo, si fuere el caso, la crisis tendría consecuencias impredecibles debido a la quiebra de la producción nacional que ha elevado las importaciones en más de 700% en los últimos años, la galopante desindustrialización que nos aqueja, y – convengamos – la dislocación de los sectores sociales que constituyen el eje del régimen. El inédito capitalismo financiero que realizamos, favorecidos deslealmente unos pocos frente a otros competidores que claman por una más desinteresada apertura que los ponga en solfa con aquellos llamados a la exitosa exportación, según el texto soterrado que también se presta a una flexibilidad caprichosa, promete una dislocación que inexorablemente golpeará a los actuales grupos de poder de alianzas ya inciertas, por las aludidas dolencias.

De modo que, suponemos, el Proyecto de Ley Orgánica Socialista del Trabajo o Ley del Proceso Social del Trabajo, escapando aquél de la habilitación legislativa que puede caricaturizar a éste,  tendrá una superior vocación por la estridencia que por la venturosa refundación de las relaciones de trabajo, sobre las cuales no hay ni habrá teoría revolucionaria que la avale. Al parecer, el fenómeno está inscrito en nuestro historial republicano, de acuerdo a lo  señalado por Robert Paul Matheus: "Los ataques contra la propiedad, visto por conservadores como prueba de una revolución social, de hecho no eran más que una acción política contra una minoría de privilegiados. Los ricos eran asediados, no tanto por la posición dominante que ocupaban en la sociedad, sino por su filiación política" (*).

Colegimos que, gracias a la dramática coyuntura decretada por las inocultables como irremediables pugnas intestinas del oficialismo, la legislación laboral apuntará – en todo caso -  al reacomodo de las fuerzas y corrientes que se benefician del Estado Rentista.  Empero, ausente un mínimo y deseable control político, muy  quizá todo se vaya de las manos.

(*) "Violencia rural en Venezuela, 1840-1858: antecedentes socio-económicos de la Guerra Federal", Monte Avila Editores, Caracas, 1977: 113.

Fuente:
EL SOL DE MARGARITA, Porlamar, 24 de Abril de 2012
Fotografía: Juan Pablo Garza (El Nacional, Caracas, 08 de Junio de 2009) 

jueves, 1 de septiembre de 2011

PRONTUARIO


El pasado de una ilusión
Luis Barragán


Recientemente, circula la meritoria compilación de Alfredo Ramos Jiménez: "La revolución bolivariana. El pasado de una ilusión" (La Hoja del Norte, Caracas, 2011). Afortunada selección de los trabajos antes publicados por la Revista Venezolana de Ciencia Política, rinde testimonio de una sobria preocupación en torno a la situación confrontada por nuestro país, haciéndose eco de la magnífica labor adelantada por el Centro de Investigaciones de Política Comparada (CIPCOM) de la ULA , a través de publicaciones concretas y palpables.

Doce autores de reconocida trayectoria académica, versan sobre los fundamentos de la llamada revolución bolivariana y sus transformaciones, el liderazgo y el populismo, el desgobierno económico y los círculos bolivarianos, los medios de comunicación social y los partidos políticos, el consenso continental y el golpe de Estado, siendo útil el apéndice documental. Hablamos de aproximaciones, criterios y categorías deslealmente competidos por aquellos de una abismal ligereza que suelen pontificar y dominar a la opinión pública, como si no fuese tan grave la experiencia padecida, en beneficio de la denominada antipolítica que todavía aparentemente preserva las fuerzas y energías que nos condujeron a esta orilla.

Para la coincidencia y discrepancia, la obra que reseñamos es de indispensable consulta y motivo para el debate contundente en las instancias decisivas de la oposición democrática, partidistas o no. Superar lo baladí equivale a agendar el fondo acaso imperceptible, descubriéndonos en la punta amable de un vistoso iceberg.

Incumbe no sólo por la claridad estratégica que pueda asomarse en la sucesión de coyunturas que nos aprisionan, sino por la propia concepción de una transición a la que podamos llegar con el mejor equipaje posible. Por más que resplandezca el gesto incinerado de las vanidades parlamentarias que hemos atestiguado, no es dado construir las pequeñas y grandes avenidas, los puentes y pasadizos hacia la otra Venezuela, sobre los pareceres repentinos, la improvisación sedicente, la efímera ocurrencia y el despliegue de una promesa de protagonismo que no repara en una realidad: pereceremos o nos salvaremos todos, aún el convencido liberal que no se adivina víctima de una epidemia.

A guisa de ilustración, queda sembrada la inquietud en la breve relación que hace Francisco García Samaniego, entre cultura política y medios de comunicación. Acaso, ¿ofrecemos una alternativa franca y reveladoramente democratizadora, capaz de superar - incluso - las condiciones que propiciaron la actual y particularísima hegemonía dizque gramsciana de la casta rentista en el poder?.

Título confesamente tomado de la celebérrima obra de François Furet, ha faltado en nuestro país un exhaustivo examen de las posturas que hoy se reclaman marxistas fondeadas desde un pasado también angustioso. La sola revelación de una adscripción, como la de Chávez Frías, deja intacta una tarea que la academia urgentemente ha de afrontar.

Finalmente, valga el reconocimiento a un venezolano excepcional como Ramos Jiménez. La suya es una empresa de la responsabilidad que agradecemos y conste que no tenemos vínculo personal alguno con él, a menos que lo sea (y también puede decirse que es), el del lector y el autor.

Fuente: http://www.analitica.com/va/sociedad/articulos/7129240.asp