El socialismo real, algo más que un comodín del lenguaje, no soportará otra prueba adicional. Lo curioso es que, demostrada la inmensidad de sus fracasos, en la versión del socialismo del siglo XXI, en nada distinto a sus realizaciones históricas, logró emboscarnos, llegando al colmo del llamado daño antropológico, extendido con mayor eficacia e intensidad que el propio coronavirus.
Desmentido por la propia y trágica biografía personal de Li Wenliang, los venezolanos nos sabemos en el curso de una pandemia a la que ha contribuido la dictadura anti-sanitaria que sufrimos, por muchos que sean los mitos que ha inoculado y todavía intenta inocular. El neopopulismo encontró el cauce generoso de la videopolítica con Chávez Frías para la paradójica recuperación del populismo tradicional, a la vez sintomático de una patología social (Alfredo Ramos Jiménez, “El experimento bolivariano”, CIPCOM, Mérida, 2009: 255-259). No obstante, imposibilitado de repetir la suerte, el discurso y el propio carisma del antecesor, Maduro Moros queda reducido a los mitos que también traiciona y a la mera coerción y represión de propios y extraños.
Inveterada prédica de los marxistas del patio, el Fondo Monetario Internacional (FMI) siempre fue el monstruo colonizador y propulsor de las exageradas inversiones extranjeras que, a modo de ilustración, tomando un artículo de Domingo Alberto Rangel de 1960 (https://lbarragan.blogspot.com/2020/03/inveterada-postura.html), so pretexto del ahorro nacional alcanzado, rechazaba las diligencias del entonces ministro de Hacienda, José Antonio Mayobre, al gestionar – cual Carlos V - un préstamo por el orden de $ 100 millones para la construcción de autopistas y casas; por cierto, recordamos, ridiculizada la petición de los socialismos reales en franca crisis que acudieron al FMI, hacia 1990, por Peli (Economía Hoy, Caracas, 07/08/90), además, ilustrador empleado por la usurpación en estos años. Sin embargo, Maduro Moros no tuvo reparo alguno en acudir recientemente al organismo internacional para gestionar $ 5 mil millones justificándose con la expansión coronaria, el cual fue negado.
El otro mito nos lleva a los médicos cubanos y es tan poderoso que, pocos días atrás, corrió la denuncia del gobierno italiano que los prefirió frente a más de 200 venezolanos que ofrecieron sus servicios voluntarios en la península, llevando al rector Giannetto a manifestar su pesar al tratarse de la Venezuela que le dio un extraordinaria acogida a la inmigración de antaño (https://twitter.com/RECTORGIANNETTO/status/1242446459972333569). Por más de veinte años, los isleños han operado en Venezuela, concursando en el desastre social, médico y sanitario que nos caracteriza y, al igual que los norcoreanos, extremada y consolidada la represión respecto a la Venezuela que les está dando alcance, nada se sabe ni se sabrá de los estragos causados por el coronavirus en territorios seguros para el hambre y las enfermedades.
Ineludible comparación, el coronavirus – precisamente, extendido desde China – no cursa igual en las democracias liberales del mundo ante los socialismos reales y, por mucho que se ofrezca el ejemplo europeo, muy bien ha sido respondido Slavoj Žižek por Byung-Chul Han (o los arquetipos de Bjung), respecto a las maquilas asiáticas que dejaron desprovisto a occidente hasta de la más elemental mascarilla. No por casualidad, se asoma – desde ya – una futura y necesaria polémica en torno al contraste, arrancando con Víctor Maldonado (https://lbarragan.blogspot.com/2020/03/el-estallido-de-una-realidad.html), y la joven María Oropeza (http://lbarragan.blogspot.com/2020/03/lo-que-evidencio-wenliang.html), cuyos textos recomendamos para r más allá de la pandemia.
Ilustración: Peli. Economía Hoy, Caracas, 07/08/1990.
EL UNIVERSAL, Caracas, 14 de noviembre de 2016 La "antipolítica" como método
Alirio Pérez Lo Presti
¿Qué es la “antipolítica”? Una técnica política altamente efectiva con la cual se puede conseguir el control de la sociedad. Ni más ni menos. Contrario a lo que muchos preconizan, no es una forma de acabar con la polis, sino una manera atropellada de intentar crear un nuevo pacto social. Las técnicas propias de la “antipolítica” suelen ser puntuales:
1. El uso de los medios de comunicación social con el fin de colocar en la arena pública un tema de carácter controversial que produzca disrupción en el seno de la sociedad. Puede parecer una idea descabellada, pero precisamente porque se encuentra latente en la mente del ciudadano es que consigue hacer eco.
2. El cuestionamiento sistemático de las formas de poder político imperante con el fin de causar una percepción radical de fracaso del modelo, de manera que multitudes apuesten por el desmembramiento del mismo. La frase icónica es la repetida consigna “sobregeneralizadora”: “Todos los políticos son iguales”.
3. Atacar de manera implacable a la clase económica dominante, lo cual induce al ciudadano a percibir a quienes detentan el poder económico de una sociedad como enemigos de la misma.
4. Descalificar a los medios de comunicación de masas al punto de hacerlos girar en torno a la propuesta “antipolítica”. Las campañas electorales, por ejemplo, son extremadamente costosas. Pero si se hace girar a los comunicadores sociales alrededor de quien se muestra como líder, sea para atacarlo o elogiarlo, el costo operativo en publicidad se minimiza.
5. La descalificación y cuestionamiento a la clase política, a los operadores económicos y a los medios de comunicación, conduce al cuestionamiento colectivo del establishment, que está conformado básicamente por estos tres elementos. Si se logra sembrar la semilla de descontrol sobre estos tres pilares, se logra el control de vastos sectores de la polis.
6. El liderazgo “antipolítico” es emocional. En términos pragmáticos y neuropsiquiátricos, se apela a lo más visceral de nuestra naturaleza; a estructuras cerebrales primarias como el sistema límbico, que se maneja de forma dicotómica, produciendo simpatía o rechazo en los demás. Esa visión del liderazgo conduce a la mitificación del líder, quien se convierte en un héroe salvador de la sociedad. La objetividad es rara de ver frente a los grandes fenómenos históricos de la “antipolítica”.
7. La victimización del político por efecto de los ataques a los cuales es expuesto por los medios de comunicación social, generalmente es asumido como inadecuado por parte de grandes sectores de la población. El tratar de relucir los aspectos de su vida íntima o privada, puede producir empatía por identificación. A fin de cuentas “quien esté libre de pecados que lance la primera piedra”.
8. Es imprescindible plantear un proyecto cohesivo en ciertos sectores. El más emblemático es el caso de los nacionalismos.
9. Es indispensable mantener a la sociedad en conflicto de pares, de lo contrario se agota la vitalidad del proyecto. Mientras más agitación exista, mayor viabilidad tendrán las premisas “antipolíticas”.
10. Debe haber un enemigo interno y un enemigo externo al cual se debe dominar. Si no existe, hay que crearlo. Siendo una técnica política básica, lo sorprendente no es que siga existiendo, sino la poca capacidad operativa del establishment para enfrentarla, pero ese será tema para otra reflexión.
El sábado próximo pasado, tuvimos ocasión de compartir una actividad deportiva promovida en el sector Los Próceres del municipio Linares Alcántara del estado Aragua. Empero, hubo la inevitable ocasión de comentar la situación actual y, naturalmente, el específico impacto que genera en la entidad federal, por lo demás, fuerte contribuyente por el desastroso (des) gobierno (regional) que la aqueja. Y, para colmo, la perversa pedagogía que procura la resignación, con la parálisis – por lo pronto – de los días viernes, decretado casi con solemnidad como no laboral, quizá removiendo un poco el sótano de la psiquis colectiva en el que envejece la otrora comodidad petrolera.
Nos llamó la atención, revelando el nivel de discusión que no se limita al gesto apesadumbrado por el drama inmediato de la carestía y persecución, que alguien ventilase la posibilidad de un urgido y quizá encubierto entendimiento del gobierno nacional con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Ponderamos, adicional a los escenarios que se abren, antes o después de la salida de Nicolás Maduro del poder, la percepción que suscita el organismo internacional luego de tantos años de maldición acumulada.
Constatamos nuevamente que el organismo es un “niño de pecho”, como se dijo, al lado del socialismo en curso. Hubo una persona de edad avanzada que, en privado, nos comentó que también guardaba en la memoria – aún siendo un sempiterno antiperecista – las bondades de las medidas de aquél ya remoto y consabido ajuste y reforma estructural que, en muy poco tiempo, se tradujo en una mejoría de los niveles de vida, sin que experimentásemos el pavoroso desabastecimiento de los días que corren con un ambiente inédito de estigmatización, persecución y represión.
Sacrificio útil, se habó en tan corto tiempo de la liberación de efectos transitorios de los precios de bienes y servicios, la restricción para la recuperación del salario real, el aumento muy moderado del costo de la gasolina y de otros tributos, la disposición de dinero fresco para inversiones debidamente supervisadas, añadido el control del parlamento y de la opinión pública. Sacrificio inútil, de la regulación insincera y mal intencionada de los precios con las perniciosas y duraderas consecuencias, el aumento recurrente del salario nominal, la elevación desmedida y descontextualizada del combustible como la reimposición de otros impuestos, y la descalificación para obtener préstamos del exterior, negada de antemano la más modesta supervisión.
Por consiguiente, la receta socialista ha resultado y resulta peor que “varios FMI juntos”, porque agotamos lo muy poco que nos queda, no existe medida alguna de corrección y reorientación, como nadie se arriesga a financiar el desorden, el desconcierto y la ineptitud. Además, comentó el amigo en cuestión: “El FMI no fuerza a la emigración, como estos carajetes (sic) del socialismo que, faltando poco, maldicen a los que se van para sobrevivir como saben que acá no les será posible”.
Ilustración: Peli.
De los reales que deben devolvernos (y Caldera ilustrado)
Luis Barragán
Es necesario decirlo a quemarropa: en más de una década y
media de régimen, se robaron todos los reales posibles que se encuentran en
sendas cuentas bancarias del extranjero.Una mínima recuperación que la deseamos plena, de tan fabulosos recursos
ayudará al arranque económico que marca la emergencia en Venezuela.
Por ello, un equipo de especialistas de Vente Venezuela,
liderizado por María Corina Machado, junto a la fracción parlamentaria que no
ha dejado de laborar intensamente, ha planteado – en fecha reciente - por ante
la Asamblea Nacional, la conformación de una Comisión Especial para identificar
y rescatar los activos del patrimonio público que la consabida y vasta
corrupción logró sacar del país, enfocados particularmente en la asignación
directa de los contratos suscritos por órganos y entes de la administración
pública, desde 1999. Ya hay una experiencia acumulada por otros países que, al
concebir y emplear una rigurosa metodología, conocida exhaustivamente la
materia, lograron – por ejemplo, Libia – recobrar importantes capitales de
procedencia irrefutablemente delictiva, con la aplicación de programas como
STAR (Stolen Assen RecoveryInitiative,
de la ONU y del Banco Mundial), FINCEN (Financial Crimes Enforcement Network,
de Estados Unidos), Programa de Recuperación de Activos Robados (Unión
Europea), ARIN (Asset Recovery Inter-Agency Network West Africa (África
Occidental). Valga la coletilla, además de la voluntad política para la pronta
reposición, resulta indispensable una correcta aplicación de los instrumentos
que lo permitan, pues, también es válida la sospecha – sostenemos – respecto a
las iniciativas improvisadas, cuasi artesanales y atolondradas que no
garantizan a lapostre repatriación
alguna.
Sobradas razones existen para reclamar que nos
#DevuelvanNuestrosReales, porque se habla con asombrosa comodidad de aumentar
el precio de la gasolina, pero suelen olvidar interesadamente que hay un
realero fuera del país, producto de la corrupción, triquiñuelas y trampas tan
inherentes al régimen, como el generoso subsidio a la dictadura cubana.
Elementos estos que permitirán postergar el aumento, o – por lo menos – hacerlo
en el marco de otro modelo económico probado y eficaz para no incurrir en el
hábito de una enfermiza elevación del precio que nos lleve al propio
desabastecimiento y hasta sorprendente importación, según acontece bajo la
espesa sombra de un socialismo rentístico, parasitario y campamental.
María Corina ha versado sobre la posibilidad de contar con
más de 30 mil millones de dólares al inicio de una transición democrática,
mediante la devolución de esos capitales fraguados por el crimen. Una comisión
parlamentaria, responsable y sobria, puede acelerar un trabajo que será
decisivo para que Venezuela no traspase, como ya ocurre, las fronteras del
hambre.
La propuesta es, apenas, una de las 178 medidas en materia
económica que ha trabajado Vente Venezuela. No hay política (y agreguemos,
política democrática), sin las sustanciales contribuciones al debate y a las
realizaciones que, sencillamente, urgen con una vocación venezolanista, más
allá de las actuales y amargas circunstancias.
Caldera ilustrado
Hemos buscado infructuosamente, la primera ilustración que
se hizo de Rafael Caldera en la prensa venezolana, incluyendo a los medios que
lo adversaron tempranamente. Por ejemplo, revisamos la colección de Fantoches
(Caracas), entre octubre de 1937 y febrero de 1938, faltando algunas ediciones
de la cuidadosa encuadernación de la hemeroteca de la Academia Nacional de la
Historia, presumiendo que la célebre reacción de los uneístas frente aLeoncio Martínez (Leo) tuvo por origen el
trazo, pero – hasta ahora – luce seguro un texto que tuvo por epicentro el
término “efebo”.
La referencia humorística, por cierto, no necesariamente
asociada a las ilustraciones (voz que preferimos antes que caricaturas), contó
con una magnífica y generosa veta en el yaracuyano y, un primer vistazo a la
vieja prensa, revela las naturales etapas en las que reflejaron su
personalidad. Propio del oficio, las hay definitivamente figurativas y, otras,
más abstractas, dependiendo – por supuesto – de aquellos elementos que lo
emblematizaron, según la polémica política en boga.
Sostenemos, a pesar de nuestra escasa pericia en la materia,
que las ilustraciones más interesantes toman determinados rasgos físicos del
personaje, subrayándolos para generar un símbolo que prontamente lo
identifique; las alusiones con las que éste destaca en la palestra pública,
ubicándolo rápidamente según la intensidad del debate; o las frases que acuñó,
popularizándolas. A modo de ilustración, respectivamente, la cabellera
engominada, ordenada y brillante, fue un rasgo a resaltar;las cien mil casas por año, promesa electoral
de 1968, facilitó el motivo gráfico del caso; o el celebérrimo “!vamos a
echarle pichón!” de un orador que también fue individuo de número de a Academia
Nacional de la Lengua.
Respecto al trazo, no suele cotizarse el meramente
figurativo, sino el creador de una simplificación o saturación de líneas, capaz
de transmitir la opinión del ilustrador que, como buen sismógrafo, ha de palpar
el momento político con fidelidad. Los hubo ensayando una estampa estilizada,
frente a otros que, en pocas líneas, paradójicamente facilitaban su rápida
identificación, o, en muchas, agazapando las arrugas faciales, advertían un
Caldera contrastante – obvio – con una juventud, en la que, además, nos
antojamos, resaltaban sus grandes y lozanas mejillas. Sin embargo, deseamos
resaltar dos ilustraciones que nos remiten a la famosa, como exitosa,
fotografía de la aludida campaña, con la mitad iluminada del rostro.
En una de ellas, a Eduardo Robles Piquer (RAS) le bastó trazar
la cabellera y la quijada para remitirnos a la lejana juventud (El Nacional,
Caracas, 25/09/1979); y, en otra, Peli ahorró sus habitualmente profusas líneas
para recordarnos la vejez (Economía Hoy, Caracas, 17/10/1996). Quizá
involuntariamente, ambas nos llevan a la cara con la que definitivamente se
familiarizó la población, al compás del primer triunfo presidencial, e –
independientemente de cualesquiera otras interpretaciones simbólicas –
alimentan la hipótesis que, en una tertulia pasajera, alguien asomó: la punta
de un iceberg de sapiencia y experiencia, pues, así se tratara de un
adversario, Caldera inspiraba respeto por sus genuinas credenciales académicas
al – apenas – gesticular algunas palabras.
Hipótesis que nos conduce a una convicción, ya que – como lo
comentamos recientemente Marcos Fuenmayor Contreras y el suscrito – hubo
referentes políticos demasiados importantes en los elencos de décadas
anteriores, frente a los cuales se podía disentir, mas nunca desconocer el
calibre ético e intelectual que ostentaban. He acá una diferencia nada pasajera
entre los viejos y nuevos elencos, ahora demasiados contaminados por el
fenómeno mediático.
Necesaria acotación, militamos en el partido que liderizó Rafael
Caldera, reconocida y respetada su autoridad moral, ideológica y política. Muy
pocas veces, quizá dos, tuvimos oportunidad de conversar con él en forma
privada, en medio de las coincidencias y discrepancias que suscitaba, pues
tampoco pertenecimos a la tradición calderista en el ámbito interno de la
organización, algo que va más allá de lo que se concibe como corriente o
tendencia.
Lejos de constituir una ofensa,habla del reconocimiento acaso más auténtico
hacia un referente político fundamental en nuestra historia contemporánea. Por
ello, aceptamos la generosa invitación que nos hiciera Sara Lizarraga para
integrar la Comisión Centenaria que ha articulado con mucho y ejemplar
esfuerzo, porque – en definitiva – se trata del sembrador de un ideario en
Venezuela que todavía se mantiene esencialmente en pie, aunque sean otros los
escenarios que hoy nos ayudan a defenderlo y a actualizarlo, sin temor al siglo
XXI que nos tiene por inquilinos.
Del consabido decreto parcial del Estado de Excepción que puede extenderse, tal como lo reclaman los parlamentarios del gobierno como si fuese toda una reivindicación, en lugar del golpe que le propinan al normal desenvolvimiento ciudadano, no hay una explicación profunda, sobria y convincente, a pesar de sus graves e impredecibles consecuencias. No la es el constante latiguillo propagandístico del decretante que, pronto, tomó un avión para China y Viet-Nam, ni el de los voceros que únicamente destilan arrogancia, bravucunería e improvisación.
El constituyente de 1999, como los redactores de las constituciones precedentes, establecieron el control parlamentario como la mejor ocasión para argumentar y contra-argumentar las medidas excepcionales adoptadas por el Ejecutivo Nacional. No fue tampoco la monocolor Comisión Delegada de ahora, precisamente, el escenario para ello, por lo que – rechazándolas – la mayoría de la población ya no espera explicación alguna, más o menos coherente, pidiendo la derogatoria de un recurso que, ampliado, ha de agravar su situación.
Inevitable pedagogía política, importantes voceros de la oposición cuestionaron y cuestionan el decreto. Contrastando con las sílabas envalentonadas del oficialismo, dan razones que, por un lado, verifican la versión de familiares y relacionados que lo padecen en el Táchira, e, incluso, por el otro, estimula la búsqueda de la opinión de los especialistas que suelen visitar los portales digitales, con miras a perfeccionar – digamos – artesanalmente la propia.
La demanda más urgente es la de una sensatez extraviada por el poder establecido, y la recuperación de la política como una experiencia compartida, al padecerla y protagonizarla todos, frente al enfermizo empeño de monopolizarla, que es decidir, por unos pocos que la confunden hasta con el propio ánimo personal, volviéndose necia y caprichosa a pesar de las consecuencias que genera. Va tomando cuerpo la libertad como una opción para recobrarla, multiplicando los foros, reivindicando las instancias deliberantes, superando toda la premodernidad a la que hemos retrocedido en medio de una dictadura ya no de tan cuidadosa fachada democrática, muy del siglo XXI.
Revisando por estos días, un viejo título de Agapito Maestre (“Modernidad, historia y política”, Verbo Divino, Navarra, 1992), hallamos un importante comentario en torno a la originalidad de la cultura moderna: “… La política como ámbito de mutua comprensión y coordinación de intereses ha de ser el resultado de los acuerdos siempre revisables entre los hombres, y no fruto de cualquier imposición de la tradición, o de la trascendencia, o de cualquier élite tecnocrática o vanguardia de partido”. Además, añade que un “Estado democrático de derecho no puede admitir la supremacía de un poder sobre otro, ni tampoco de una institución sobre cualquier otra”, señalando la “importancia futura que tendrá el desplazamiento de lo político desde las instituciones estatales clásicas hacia la nueva sociedad civil emergente, que logrará borrar lo peor de la distinción entre sociedad civil y Estado, [que] se ve limitado un día sí y otro también por posturas y propuestas como de un tiempo premoderno” (240 ss.).
Por consiguiente, el esfuerzo opositor en ésta y otras campañas semicompetitivas, susceptibles de convertirse en nada competitivas, más allá de las naturales emociones, ha de afianzarse como una experiencia didáctica, de explicación, de razonamiento, de la cordura que hoy extrañamos. Y contextualizarse en el propósito de una modernización que nunca antes la adivinamos como una novedad y exigencia del siglo que comenzamos a transitar.
El último recurso que le queda al régimen es la difamación y el morbo, sin que aparezca la contra-réplica por alguna parte. Quienes dicen cotizarse por los programas televisivos realizados a punta de los informes de los servicios de inteligencia del gobierno, que no transmiten una sola idea ni construyen un solo planteamiento, contentándose con escudriñar y revelar la intimidad de los adversarios, afincados en el denuesto, temen a la razón, a la sensatez, a la cordura, a los acuerdos, a la confluencia, a la pluralidad.
EL PAÍS, Madrid, 29 de mayo de 2015
TRIBUNA El lugar de la utopía en el siglo XXI
El pensamiento utópico no está de moda; se identifica con falta de realismo. Pero resultaría muy útil tener una imagen de nuestra sociedad ideal para contrastar los programas electorales con los objetivos que nos proponemos
Olivia Muñoz-Rojas
Hace una década el sociólogo Zygmunt Bauman constataba con sorpresa que la palabra utopía en Google daba 4,4 millones de entradas. Hoy la misma búsqueda resulta en más de 63 millones, pero su impopularidad sigue siendo la misma. Utopía y utópico sirven ante todo para descalificar una propuesta por su impracticabilidad y a su defensor por su falta de realismo. Si nos preguntaran cómo imaginamos en concreto la sociedad en la que nos gustaría vivir es probable que no supiéramos responder. Estamos más acostumbrados a examinar críticamente la sociedad en la que vivimos y a exigir o plantear medidas inmediatas para resolver los problemas que detectamos en ella que a tratar de imaginar cómo sería nuestra sociedad ideal, nuestra utopía.
Tras el aparente fracaso de los grandes proyectos transformadores del siglo XIX y XX, hablar de utopía puede parecer fútil e ingenuo, incluso peligroso. La mayoría de los ciudadanos de hoy desean propuestas políticas realistas y realizables y cuando perciben que ni estas llegan a cumplirse, es comprensible que todo aquello que parezca difícil de materializar genere escepticismo y rechazo. El peso de nuestra historia reciente, el miedo a un futuro incierto y nuestra consiguiente dificultad para imaginar mundos mejores son palpables al observar la proliferación de distopías en la literatura y el cine contemporáneos. Libros y películas nos presentan sistemáticamente una sociedad futura en la que nuestros recursos naturales se han agotado, no podemos reproducirnos, triunfan toda suerte de dictaduras o la inteligencia artificial se ha impuesto sobre la humana, es decir, sociedades en las que no nos gustaría vivir. Sin embargo, ¿no resultaría útil tener una imagen de nuestra sociedad ideal a la hora de valorar, por ejemplo, los diferentes programas electorales que se nos ofrecen, una especie hoja de ruta con la que contrastarlos? Por ejemplo, ¿cómo imaginamos una sociedad ecológicamente sostenible? ¿O una ciudad inteligente? ¿O las familias del futuro?
La tradición utópica está íntimamente ligada a los orígenes del pensamiento de izquierdas. Varias generaciones de pensadores y escritores contribuyeron al utopismo con obras literarias y proyectos reales a pequeña escala: desde los míticos Saint-Simon y Fourier hasta Cabet y William Morris. Para las incipientes ciencias sociales, el concepto de utopía se convirtió en el equivalente del laboratorio para las ciencias naturales. El género literario utópico sirvió para ensayar nuevos principios sociales con gran lujo de detalles —desde la emancipación de la mujer (Charlotte P. Gilman) hasta una economía colectivizada (Edward Bellamy). Algunos de esos principios, como el sufragio femenino, la abolición del trabajo infantil o la educación universal, pertenecieron en su momento al género utópico. Hoy, sin embargo, son realidad en un buen número de países del mundo.
Hay que preguntarse si la izquierda actual sigue luchando contra la falta de imaginación
Lo que caracteriza a la tradición utópica es, precisamente, su realismo. Esto la diferencia tanto del pensamiento premoderno como del religioso. La tradición utópica atribuye al ser humano la capacidad de actuar sobre su entorno y cambiarlo. Desde sus orígenes, explica el sociólogo Krishan Kumar, el género utópico ha demostrado sobriedad, un deseo de no distanciarse de la realidad presente. Aunque busca pensar más allá de los límites convencionales del pensamiento social y político y dibujar la imagen de una sociedad buena, incluso perfecta, lo hace dentro del margen de lo posible, esto es, partiendo de las realidades psicológicas, sociales y tecnológicas existentes. Hasta que no existieron bocetos de máquinas para volar, por ejemplo, la literatura no imaginó la posibilidad de viajar a la luna.
Fueron Marx y Engels quienes calificaron de utópicos a Saint-Simon y otros socialistas decimonónicos por su falta de realismo al no identificar la lucha de clases como motor del cambio social y creer en la transformación de la sociedad por medios pacíficos. El enorme potencial explicativo del socialismo científico impulsado por Marx relegó rápidamente al socialismo utópico a un segundo plano. Han sido numerosos los pensadores que desde entonces, y aun reconociendo el valor explicativo (incluso predictivo) de la teoría marxista, acusan su falta de imaginación a la hora de concebir cómo sería esa sociedad ideal que seguiría a la abolición de las clases sociales y la desaparición del Estado.
Es legítimo preguntarse hasta qué punto la izquierda actual sigue batallando con esa ausencia de imaginación. Desde los medios y la academia se incide cada vez más en la necesidad para la izquierda de hacer gala de creatividad y audacia política para abordar los grandes retos contemporáneos, desde la crisis económica hasta la migración y el cambio climático. ¿Es posible para la izquierda imaginar una utopía, una sociedad ideal del siglo XXI, que sirva de referente e inspiración para políticos y ciudadanos, asumiendo que es inalcanzable? En otras palabras, ¿es posible conjugar un proyecto utópico con un programa político de aplicación más inmediata?
La historia demuestra que los sueños de hoy pueden ser las realidades de mañana
Si al pensamiento político le faltan herramientas para ello, la literatura, el cine y otras artes han demostrado ser poderosos medios para imaginar sociedades futuras o alternativas, hacerlas tangibles e inspirar con ello la conciencia y acción política. La última gran generación de obras utópicas pertenece a los años 1970, coincidiendo con la emergencia del ecologismo (véase, por ejemplo, Ecotopia de Ernest Callenbach). Desde entonces, el género literario utópico se ha visto desplazado más y más por obras distópicas, a veces en un movimiento dialéctico, como las novelas de Aldous Huxley (no es casual el hecho de que la distópica Un mundo feliz sea mucho más conocida que la utópica La isla).
En la charla que Bauman daba en 2005 con el título Living in utopia (Vivir en la utopía), y en la que se sorprendía del volumen de entradas asociadas a esta palabra en Google, planteaba que utopía se entiende hoy de un modo distinto a antaño. En lugar de meta ideal, compartida y, en principio, inalcanzable, la utopía hoy sería una huida hacia adelante sin meta definida; una huida en la que el individuo busca evadir la incertidumbre y alcanzar una felicidad más permanente con el solo hecho de comprarse ropa nueva o irse de vacaciones. ¿Significa eso que estamos ya en el mejor de los mundos y no es posible imaginar uno mejor? Para Bauman y probablemente la mayor parte de los ciudadanos la respuesta es no. Significa, eso sí, que la utopía, como intento de imaginar una sociedad mejor o ideal, no está de moda. Salvo excepciones, el imaginario utópico vive sus horas bajas. Poner de moda la utopía es reconocer que sin la imaginación humana no se hubiera producido ninguno o muy pocos de los avances sociales, políticos y tecnológicos que hoy conocemos. La historia demuestra que los sueños de hoy pueden ser las realidades de mañana.
(*) Olivia Muñoz-Rojas es doctora en Sociología por la London School of Economics e investigadora independiente. Su blog es www.oliviamunozrojasblog.com.
Cfr. OMR. "Notas para una sociedad utópica": http://oliviamunozrojasblog.com/2015/04/20/notas-para-una-sociedad-utopica/
EL UNIVERSAL, Caracas, 9 de marzo de 2014 ENTREVISTA | Henrique Capriles "Si el Gobierno no cede habrá conflicto" Roberto Giusti
En un momento en que la estrategia de la oposición parece mudarse discretamente a posturas menos radicales, al menos a su juicio, Henrique Capriles se aferra a una visión, la suya, la de siempre, que en estas últimas semanas se vio sometida a la dura prueba de una protesta continuada aún vigente. Si se siente reivindicado no lo reclama, pero aunque advierte que la protesta debe continuar porque los problemas que la provocaron aún persisten, enfatiza la necesidad de desechar la polarización y estrechar lazos entre la clase media y los sectores populares. -A casi un mes de haberse iniciado las protestas, el saldo es de 20 muertos y el conflicto pareciera no resolverse. Sin embargo, desde una parte de la opinión pública, se advierte que el Gobierno resiente el impacto y se ha debilitado en algunos frentes. ¿Compartes esa opinión? -La muerte de cualquier venezolano me duele en el alma. Alguna vez dije que la única vida que estoy dispuesto a arriesgar es la mía. Me niego a arriesgar la de los venezolanos por ninguna causa. No creo en la violencia y su posterior costo en vidas, para alcanzar un objetivo. Durante estos años mi posición ha sido clara: trazar un camino dirigido a un cambio duradero. La protesta pacífica (artículo 68 de la Constitución), aunque esté equivocada en su planteamiento, no es un delito. ¿Qué va servir para que ocurra? Dios quiera que así sea. -Pero, ¿justifica esa esperanza, en caso de materializarse, el costo en vidas que se está pagando? -No hay justificación para la pérdida de una vida. Yo evité un escenario de cientos de muertos el 17 de abril, cuando le dije al país que no íbamos a una guerra planteada por un Gobierno al cual no le importa la muerte de seres humanos con tal de conservar el poder. Posición apoyada por la cúpula militar. No había, entonces, ninguna garantía de que salir a la calle iba a cambiar el resultado del 15 de abril. ¿Cuál fue la respuesta del Gobierno? Acusarme de asesino, lo cual pone al descubierto su doble moral. -¿Se está repitiendo la situación en esta oportunidad? -Me tiene sin cuidado lo que piense el Gobierno. Valoro, sí, lo que piensa el pueblo. Y por eso es importante que los seguidores del oficialismo entiendan que nuestra lucha no es violenta. Que el esfuerzo gubernamental por ponernos al lado de la violencia quede, apenas, en un esfuerzo comunicacional, al comprobarse que nuestro discurso se corresponde con nuestras acciones. Es decir, que somos pacifistas y buscamos un cambio en paz. -Ese es, palabras más, palabras menos, el discurso del movimiento estudiantil, cuyos dirigentes aducen que la violencia surge del lado del oficialismo. -La protesta del movimiento estudiantil no es violenta y la de la inmensa mayoría, tampoco. Pero el Gobierno tiene la intención de que algunos espacios de violencia desvirtúen su razón de ser. Yo nunca he estado contra las protestas. Digo, sí, que se deben llenar de contenido y me refiero a las pacíficas, sobre todo las de carácter social, de la cuales el año pasado hubo unas cinco mil. -¿Carece de contenido esta protesta continuada? -Esto ha ido cambiando. En mi opinión comenzó por dónde no era aunque se ha ido redireccionando y ahí es donde aparece nuestra responsabilidad. Los problemas que generan la protesta (la escasez de alimentos y medicinas, por ejemplo) deben convertirse en una oportunidad para que los venezolanos nos reencontremos. Para mí la protesta no es pasarle por encima a un hermano sino unirme a él en búsqueda de soluciones a problemas que nos afectan por igual. Mi esfuerzo ha estado dirigido a construir una fuerza nacional que llegue, tanto a la Venezuela que puede estar en el este de Caracas como a la que vive en Macarao o La Vega. Debemos derrumbar las barreras y unirnos es un solo bloque ante un adversario común: Nicolás y su Gobierno. -¿No tiene razón el Gobierno cuando advierte que una de las causas del recrudecimiento de la escasez de alimentos, por ejemplo, se debe al mes de protestas? -Este Gobierno, inmoral de la A la Z, no tiene razón en nada. El colmo ha sido pretender que el descontento social o el desastre de la inseguridad, generado por ellos, lo resuelva yo o la dirigencia de oposición. -¿No ha apoyado la gente la protesta del movimiento estudiantil porque, en el fondo, cree que el objetivo es salir del Gobierno? -Hay un grupo de venezolanos, grande o pequeño, (no voy a cuantificarlos) que no representa a una mayoría cuyo sentimiento está vinculado al país que tú le ofrezcas, no a una agenda de uno o dos puntos políticos. Ese grupo tiene como planteamiento que se vaya el Gobierno. Una posición legítima porque yo comparto ese deseo. Pero quiero que eso ocurra para acabar con la inflación, la inseguridad, el desempleo, la escasez, la crisis de la salud. Esas son las razones para salir del Gobierno. Ellos, aun cuando no se conectan al sentimiento mayoritario, tienen todo el derecho de pronunciarse saliendo a la calle, siempre y cuando no vulneren los derechos de los demás porque eso desvirtúa la razón de su protesta. Sin embargo, a ellos hay que sumarlos al movimiento porque todos esos problemas también los afectan. -¿Quieres decir que la protesta está desconectada de... ? -No digo "la protesta" porque hay distintas protestas... .. -Me refiero a la protesta impulsada por el movimiento estudiantil. -Tampoco. La protesta de los estudiantes conecta con su causa y sus planteamientos. -Pero, ¿se conecta con los sectores populares? -Sí, porque muchos estudiantes provienen de ese medio social y, además, es legítima la exigencia de la liberación de sus compañeros. Recuerda que el origen de la protesta está en el intento de violación a una estudiante del Táchira. --Si eso es así entonces la protesta está siendo apoyada por todo el mundo. -El descontento social está en todo el mundo. El reto es traducirlo en un movimiento. Que se pase del sentimiento a la acción. Y eso se logra si la razón, que convoca a la acción, conecta con tus sentimientos. -Yo pensaba que la acción estaba en pleno desarrollo desde hace casi un mes. -Sí, pero esa acción, si la llenas de contenido, te permitirá, disponer de la fuerza necesaria para plantarte al Gobierno. -¿Por qué no actúas en ese sentido si tú eres el líder de la oposición? -Hacia allá vamos. Pero no vale la pena hablar de lo que fueron nuestras diferencias porque al final no busco tener la razón. Eso es irrelevante. Ahora, el desarrollo de los acontecimientos nos está diciendo que se pasó del final de la película a su comienzo. -¿Podrías explicarte? -El fin de la película es el cambio de Gobierno, pero para llegar a él debes ir al principio de la película: la grave crisis del país que conecta con el descontento social. Eso te da la oportunidad de decirle al Gobierno, al terminar la película: "o cambias o te vas". -Si la oposición hubiera ganado las elecciones del 8 de diciembre, ¿habrían estado dadas las condiciones para asistir al fin de la película? -Se planteaba otro escenario. Ese era mi objetivo luego del robo que nos hicieron en abril, con unas elecciones amañadas, que le permitieron Nicolás permanecer donde está, gracias al control de los poderes que aun siguen secuestrados. Por eso a la gente hay que hablarle con sinceridad y dejar de seguirle mintiendo porque así se ha llegado a muchos fracasos. Cuando a los cinco días de la muerte de Chávez asumí una candidatura a la que nadie daba el menor chance, lo hice desde la perspectiva de la verdad. ¿Cuál es mi autocrítica? Que le dejé de hablar a la clase media. Pero esa fuerza no tiene porque perderse porque puede reencontrarse con el sector mayoritario del país. El venezolano de Altamira debe unirse al venezolano de Catia y el primero debe propiciar el encuentro. Hay gente que dice: "estamos esperando que la gente que los barrios salgan". No, hermano, los barrios no van a salir solos. - ¿No se supone que la dirigencia de los barrios debe salir de los mismos barrios? -Claro. En lo personal, todo el esfuerzo lo he puesto en los sectores populares, en la gente más humilde, en ganarme su confianza. Pero, ¿cuánto tiempo se pasó haciendo política en la televisión? ¿Desde hace cuánto no se visitan los sectores populares? ¿Desde cuándo no se organiza y estimula la dirigencia que actúa allí? ¿Cuánto tiempo, en el caso de Caracas, se dedica a un sector de la ciudad y se abandona el otro? ¿Por qué cada vez que se presenta un proceso electoral hay cientos de aspirantes para representar a un sector de la ciudad, el más fácil de ganar y en el otro nadie quiere ser candidato? Esas son reflexiones que se deben hacer si se quiere construir la mayoría de verdad. -¿Estás reconociendo que en este momento la oposición no tiene la mayoría? -Estoy diciendo que en este momento sí se tiene la mayoría, pero que esa mayoría no se articula sola. El 80% del país piensa que las cosas van mal, pero eso no quiere decir que todo ese gran porcentaje respalde a la oposición, sino que quienes queremos un cambio tenemos el reto de convertir ese sentimiento en un movimiento social dotado de una sólida base. -¿Pero cómo, si el juego está trancado? -No lo está. -Si no está trancado, ¿cuál es la salida? -Va a venir porque la actitud del Gobierno generará una crisis política más profunda y eso nos abrirá una salida. No veo otra. Salvo que se produzca un estallido social. Circunstancia a la que me niego a jugar. -¿Podrías explicar el primer escenario? -Ante el juego trancado tienes que ceder. ¿Qué significa esto? Respetar la Constitución. -Cuando hablas de ceder, ¿a qué sector te refieres? -Al Gobierno -Pero, ¿acaso el Gobierno va ceder? -¿Por qué no? -Porque funciona con lógica de gobierno totalitario. -Entonces vamos al estallido social. -Dices que si el Gobierno no cede ¿vamos al conflicto? -Sin duda. No promovido por Capriles. Probablemente allí tendremos mucho de lo que no hemos visto. A 25 días de la toma de posesión de Carlos Andrés Pérez el Gobierno se fracturó y posteriormente salió. -¿Puede estar ocurriendo lo mismo en este momento? -Puede estar ocurriendo en este momento. -Entonces la protesta debilitó al Gobierno. -Depende de cómo termine. -¿Cómo va a terminar? -Hay una protesta que seguirá. La que puede terminar es la política. Pero no hay que dejar que termine porque los problemas que la originan están vivos. Hay que encauzarla. -Esos problemas, ¿no están fuera del debate? -Ya no. Hoy (sábado) hay una protesta por la escasez. El lunes será por la salud. -¿Hablas de una rectificación de estrategia? -Hay un cambio de rumbo por parte de la mayoría ante un Gobierno al que le interesa la polarización y la violencia. Tristemente hay sectores de oposición que han caído en ese juego porque creen que eso les coloca en posición de ventaja. Grave error y un fraude que le hacen a un pueblo que quiere cambio. -¿No trascendió la protesta a los partidos e incluso al mismo movimiento estudiantil que la motorizó? -Eso no es malo. -No lo es, pero planteadas las cosas así, ¿quién la va a conducir? -Entre todos. -¿Sientes que estás recuperando tu posición de líder? -Eso no tiene importancia. -Pero, ¿no son necesarios los liderazgos? -A mi no me gusta hablar en primera persona, pero nadie puede decir que yo no he sido coherente y consistente con el planteamiento que hice desde el primer día. Con la lucha, desde la verdad, para construir un cambio que no dure 48 horas. Cuando le dije a la gente, "cuidado con Maduro vete ya porque significa Diosdado vente ya", me dijeron: "caramba, es verdad y si se va éste, ¿quién viene?" A esa pregunta respondo: ¿qué quieres tú, que se vaya Maduro o cambiar todo el modelo? Pues bien, mi lucha es para cambiar el modelo. -¿Crees que es posible cambiar el modelo con el mismo Gobierno? -El modelo puede cambiar si el pueblo chavista repite lo ocurrido el 14 de abril, cuando 700 mil de ellos votaron por Capriles. ¿Haciéndolo traicionaron la última palabra del Comandante, que era el slogan de la campaña de Maduro? No. Solo sintieron que Capriles presentaba un mejor proyecto y eso no lo podemos perder.
Fotografía: Oswer Díaz Mireles.
Ilistración: Peli (Ciudad Caracas)