Distopía y utopía
Luis Barragán
La ilusión no fue sólo la de un cambio de década, sino de siglo. Mejor aún, la de un distinto milenio, disparando algunos atavismos.
A medida que se acercaba el 2000, en la ya vieja prensa sobró el testimonio de un optimismo razonable, aunque – a veces – también francamente delirante. El país, por la sola producción del petróleo, faltando poco, inagotable, constituía una apuesta segura.
Que sepamos, apenas hubo una mirada articulada y enteramente pesimista, como la de Francisco Herrera Luque con su postrera novela “1998” (Grijalbo, Caracas, 1992), deshecha Venezuela en las fauces del fascismo devenido epidemia continental. No obstante, finalizando la centuria de logros contrastantes con la anterior, la versión catastrófica de las realidades dijo ofertar mejor el paraíso a la vuelta de la esquina.
Maldito el FMI y los agentes del patio, la superación de las inauditas cotas de pobreza, corrupción e inseguridad personal tendría por garantía una democracia, cuya única profundidad dependería de la celebración de numerosas consultas electorales, importando poco que fuesen plebiscitarias, impuntuales e inauditables. Se daba como un hecho que la producción - de todos modos - alcanzaría un promedio de seis millones de barriles diarios, al igual que los precios jamás descenderían afianzados por las pugnas de una irreprimible multipolaridad al avanzar el siglo.
Y acá nos encontramos, cierta, irrefutable y plenamente realizada esa versión catastrofista que logró colarse y prender, deshaciéndose la propia República en las manos de un socialismo al que sólo lo alimenta el sacrificio inútil y genocida de una población fuertemente reprimida. Empero, este XXI inquilinario al que de nuevo llegamos tarde, cuenta con un futuro próximo y realizable, con la reivindicación de las libertades públicas y personales ahora negadas, un modelo y estrategia alterna de desarrollo afincada en el emprendimiento y el trabajo, capaces de abrir las puertas a una elevada calidad de vida con equidad social: puede decirse, hay un importante aprendizaje generacional que cobrará una decidida actualización de comprometerse con los principios y valores que alguna vez, desgraciadamente, olvidamos.
Ilustración: Alberto Savinio.
09/09/2018:
http://guayoyoenletras.net/2018/09/09/distopia-y-utopia/
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martes, 11 de septiembre de 2018
miércoles, 25 de octubre de 2017
UTÓPICOS Y DISTÓPICOS
EL UNIVERSAL, Caracas, 16 de octubre de 2017
En búsqueda de la utopía venezolana
Alvaro Montenegro Fortique
En la obra Utopía de Tomás Moro se observa un buen ejemplo de cómo siempre el hombre ha buscado un mundo ideal y feliz, aún sabiendo que ese lugar no existe. El mismo origen etimológico de la palabra lo revela: Topo, es lugar, U es la negación, el no. O sea que la utopía es un no lugar, un lugar que no existe.
El logo griego niega su existencia por definición, o sea que estamos conscientes de su no existencia. Por eso la utopía siempre representa una promesa, una promesa que no llega, pero no importa si nunca la alcanzamos porque nos llena de esperanza. Allí está la grandeza de la utopía, en que nos hace soñar con un mundo mejor. Con que sí se puede, como afirmaba Barack Obama en su campaña electoral del “Yes we can”.
Sabiendo eso, uno de los mejores publicistas franceses Jacques Séguela, cuando recorre los caminos de la persuasión mediática en las campañas publicitarias que inventa, afirma que “el hombre vive de pan, y de sueños”. Séguela fue el publicista del presidente Francois Miterrand, el mismo asesor que creó para el entonces candidato aquel exitoso eslogan de “La fuerza tranquila”, y más recientemente fue asesor de imagen de Keiko Fujimori en el Perú. Tenemos muchos ejemplos ilustrativos de ese sembrar la esperanza en Venezuela, como aquel del autobús del progreso de Henrique Capriles, que se basaba en la promesa de salir del atraso y entrar por en la modernidad tan aparentemente deseada. “Democracia con energía” fue la promesa que eligió el asesor político de Carlos Andrés Pérez, Joe Napolitan. Otro ejemplo de esperanza nos lo ofrecieron los publicistas brasileños José Dirceu y su equipo, quienes idearon para Chávez “El corazón del pueblo”, que tantos buenos resultados le dio en su campaña electoral.
“Jaime es como tú”, ideado también por Napolitan, prometía que el presidente Lusinchi sería uno más de los nuestros, uno más del pueblo. “Correcto” del candidato Piñerúa Ordaz, apelaba a la utopía de la honestidad política. En fin, la esperanza siempre se puede plasmar en palabras o en eslogans publicitarios en nuestros días, para seguir alimentando el imaginario colectivo de que el mundo ideal sí existe. Esa esperanza es indispensable para el ser humano, porque le permite continuar luchando en esta vida.
Las utopías modernas encuentran su centro, su foco, no en Dios, sino en el hombre. Son utopías antropocéntricas. Ejemplos recientes de ese centro humano son el Mundo Feliz de Aldous Huxley, o la película Matrix. Una mezcla de ambas corrientes, centradas al mismo tiempo en Dios y en los hombres, logra encontrar algunas respuestas más completas a ese devenir permanente de la humanidad que representa la utopía. La promesa judeo-cristiana agregada al logos griego, forman los cimientos de Occidente y permiten a la utopía convivir con la modernidad. Occidente entonces viene dado por una perfecta asociación entre las ideas judeo – cristianas, y el pensamiento griego.
Pero nos interesa saber cómo en Venezuela llegamos, si es que hemos llegado, a esa modernidad. Como la modernidad se basa en utopías, debemos saber cuales son los aportes que hemos hecho a ese debate que parece eterno en el mundo occidental, para desde allí partir a lo que somos hoy como venezolanos. Nuestros mundos de vida, sueños, y esperanzas. El eminente Isaac Pardo reflejó sus ideas en su libro Fuegos bajo el agua: La invención de la utopía. La utopía venezolana parece una mezcla de modernidad mezclada con arraigo. Queremos vivir lo mejor de dos mundos: Por un lado nos encanta disfrutar de las redes sociales, de la música y forma de vestir occidentales, pero por otro lado valoramos muchísimo el afecto y la convivialidad. Por allí camina nuestra utopía.
Fuente:
Fotografía: Google-imagen, tomada de https://www.youtube.com/watch?v=pm9bkSw6RI4
jueves, 2 de junio de 2016
DE LA PAZ PERPETUA
El Nacional, Caracas, 01 de junio de 2016
Utopías y distopías
Aníbal Romero
En 1516, hace ya quinientos años,
apareció la primera edición de Utopía, la famosa obra de Tomás Moro. Su
autor, quien ocupó la posición de Lord Chancellor en la corte del rey Enrique
VIII y fue mártir de la causa católica, pagó con su vida el apego a principios
en los que fervientemente creía. El término “utopía”, proveniente del griego,
fue un ingenioso invento de Moro, y significa “en ninguna parte”. Se trata de
una de esas palabras que alcanzan a definir toda una tradición de pensamiento,
y luego se incorporan al lenguaje corriente en numerosos idiomas. Hoy todos
entendemos que una utopía es una visión ideal, una imagen ficticia creada para
describir un orden social, económico, cultural y político presuntamente
superior y deseable, e igualmente para cuestionar una realidad vigente que es
percibida como inaceptable.
En el caso específico de la obra
de Moro, su dibujo de ese orden superior, fundamentalmente armonioso, justo y
pacífico, presenta complejidades que sería prolijo comentar en estas notas. Lo
que deseo resaltar, como ha apuntado Jürgen Habermas en un brillante estudio
sobre el tema, es que la obra de Moro forma parte, junto a El príncipe
de Maquiavelo y otras posteriores, del proceso de cambio desde la tradición clásica
y medieval del pensamiento político occidental a la tradición moderna, un
proceso que dejó atrás asuntos que concernían de manera prioritaria a autores
como Aristóteles, Platón y Tomás de Aquino, abriendo horizontes teóricos que
todavía nos acompañan. La concepción de la política como búsqueda de la vida
buena y continuación de la ética cedió su lugar a un planteamiento diferente,
hondamente influido por el desarrollo de las ciencias naturales a partir del
Renacimiento y focalizado en afrontar problemas concretos, asumidos a su vez
como asuntos susceptibles de soluciones técnicas.
En otras palabras, Maquiavelo
separó nítidamente la ética de la política, entendiendo esta última como una
técnica capaz de ser aprendida, y destinada a adquirir, aumentar y preservar el
poder. Tomás Moro, por su lado, diseñó una sociedad ideal ubicada en la
imaginaria isla de Utopía, como experimento dirigido a dar respuesta a
problemas tales como el hambre y la miseria que aquejaban a la Inglaterra de
entonces, pero que albergaban un impacto universal e imponían desafíos de gran
envergadura al orden político y sus regentes.
Moro no inventó el impulso
utópico, que ha existido en Occidente desde la antigüedad clásica y hasta
nuestros días, y que se plasmó, para mencionar un ejemplo crucial, en La
república de Platón, pero sí condujo hasta un punto de mayor desarrollo
conceptual la idea de crear un modelo para criticar la realidad existente y
proponer una alternativa.
Estudiosos del impulso utópico y
de la historia de las utopías distinguen entre las utopías de evasión y las de
reconstrucción. Las primeras son un escape de la realidad y las segundas una
fórmula para transformarla. Casi todas las utopías combinan elementos de
escapismo con ánimos y propuestas de cambio. Ello ciertamente ocurre en la obra
de Moro. Ahora bien, desde que apareció su Utopía y hasta los tiempos
que vivimos, el impulso utópico ha recorrido un largo y tortuoso camino. Dos
aspectos merecen ser señalados: primero, el increíble avance de la ciencia y la
técnica modernas ha generado paralelamente pesimismo y optimismo, y las utopías
que pintan un posible mundo mejor labrado por el ingenio humano pugnan con las
llamadas distopías, término este último que el Diccionario de la Real Academia
Española define como la “representación ficticia de una sociedad futura de
características negativas, causantes de la alienación humana”. Dicho de otro
modo, una distopía es una utopía negativa.
En segundo lugar, este siglo XXI se está convirtiendo en un tiempo de distopías, enfocadas sobre presuntas o reales amenazas al conjunto del planeta, amenazas que requieren que la humanidad admita su culpa por la progresiva destrucción de nuestro hábitat y abra las puertas a una nueva utopía, cuyos contornos no siempre resulta fácil discernir con suficiente claridad.
En segundo lugar, este siglo XXI se está convirtiendo en un tiempo de distopías, enfocadas sobre presuntas o reales amenazas al conjunto del planeta, amenazas que requieren que la humanidad admita su culpa por la progresiva destrucción de nuestro hábitat y abra las puertas a una nueva utopía, cuyos contornos no siempre resulta fácil discernir con suficiente claridad.
Es paradójico que el avance de la
ciencia y la técnica produzca tantas y tan oscuras visiones apocalípticas. El
siglo XX fue un siglo de desilusiones en este ámbito. Ello se evidencia en las
excelentes obras de ciencia ficción de autores como H. G. Wells, Aldous Huxley
y George Orwell. El desencanto con los efectos de las nuevas tecnologías marchó
al unísono con el desengaño comunista. Es un hecho que la utopía comunista
tenía un elevadísimo contenido de optimismo científico y tecnológico. Lenin lo
sintetizó en su famosa frase acerca del socialismo como “la electrificación más
los soviets” (es decir, el avance técnico junto a la estructura de dominio
proletario). Pero mucho más importantes son las elucubraciones de Marx en los denominados
Grundrisse, es decir, los trabajos preparatorios de su obra clave, El
capital, que fueron publicados póstumamente. En algunas de esas páginas,
así como en otros textos suyos, Marx esbozó una utopía mediante la cual las
máquinas eventualmente sustituirían a los seres humanos en las labores de
producción de los bienes materiales, haciendo así posible el sueño de “a cada
cual según sus necesidades, de cada cual según sus capacidades”. Todo ello
enmarcado en un mundo idílico que nos permitiría dejar de trabajar y dedicarnos
plenamente a los placeres de la existencia.
Es probable que el catastrófico
fracaso de la utopía comunista haya contribuido a acrecentar el pesimismo
distópico hoy imperante. Tomás Moro intentó dar respuesta a problemas concretos
a través de su modelo ideal, pero su obra estaba circunscrita a un espacio y un
tiempo limitados. En nuestros días se expande por el mundo una sensación de
amenaza ecológica global y avasallante, que en ocasiones asume rasgos
apocalípticos.
No es mi intención polemizar en
torno al tema del cambio climático y todo lo que le rodea. Lo que deseo
enfatizar son los aspectos cuasi-religiosos de algunas utopías y distopías
actuales, de acuerdo con las cuales una humanidad culpable, que se
destruye a sí misma a medida que destruye el planeta, debe redimirse
mediante la adopción de un estilo de vida muy diferente. Me parece obvio que
ese nuevo estilo de vida se inspira, así sea a través de innumerables
mediaciones intelectuales, en las especulaciones rousseaunianas articuladas en
su obra Emilio, así como en su Discurso sobre el origen y fundamentos
de la desigualdad entre los hombres y en el también muy conocido Discurso
sobre las ciencias y las artes. Existe un impulso arcaico, una aspiración
primitivista, un sueño de retorno a una indefinida “edad de oro”, en no pocas
de las propuestas que hoy pretenden superar los dilemas del capitalismo a
través del ecologismo y sus sucedáneos. No critico esto, sencillamente lo
apunto.
E insisto: no soy un experto en lo que tiene que ver con el cambio climático; acá solo trato de señalar que las supuestas soluciones a los problemas presentados en las utopías y distopías actuales, en general, no parecieran asumir el carácter práctico que Tomás Moro intentó dar a sus propuestas. Más bien, pienso, las utopías y distopías de hoy ponen de manifiesto –entre muchos otros ingredientes– el planteamiento que en su momento hizo el destacado pensador judío-alemán Max Horkheimer, quien en su obra de 1947, El eclipse de la razón (traducida al castellano como Crítica de la razón instrumental), habló acerca de la “revuelta” o “venganza” de la naturaleza, acosada y herida por nuestra sed de dominio. Estas ideas influyen directa o indirectamente sobre el contexto intelectual contemporáneo, y nutren los miedos y esperanzas de un tiempo de confusión e incertidumbre.
E insisto: no soy un experto en lo que tiene que ver con el cambio climático; acá solo trato de señalar que las supuestas soluciones a los problemas presentados en las utopías y distopías actuales, en general, no parecieran asumir el carácter práctico que Tomás Moro intentó dar a sus propuestas. Más bien, pienso, las utopías y distopías de hoy ponen de manifiesto –entre muchos otros ingredientes– el planteamiento que en su momento hizo el destacado pensador judío-alemán Max Horkheimer, quien en su obra de 1947, El eclipse de la razón (traducida al castellano como Crítica de la razón instrumental), habló acerca de la “revuelta” o “venganza” de la naturaleza, acosada y herida por nuestra sed de dominio. Estas ideas influyen directa o indirectamente sobre el contexto intelectual contemporáneo, y nutren los miedos y esperanzas de un tiempo de confusión e incertidumbre.
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viernes, 29 de mayo de 2015
CUPO
EL PAÍS, Madrid, 29 de mayo de 2015
TRIBUNA
El lugar de la utopía en el siglo XXI
El pensamiento utópico no está de moda; se identifica con falta de realismo. Pero resultaría muy útil tener una imagen de nuestra sociedad ideal para contrastar los programas electorales con los objetivos que nos proponemos
Olivia Muñoz-Rojas
Hace una década el sociólogo Zygmunt Bauman constataba con sorpresa que la palabra utopía en Google daba 4,4 millones de entradas. Hoy la misma búsqueda resulta en más de 63 millones, pero su impopularidad sigue siendo la misma. Utopía y utópico sirven ante todo para descalificar una propuesta por su impracticabilidad y a su defensor por su falta de realismo. Si nos preguntaran cómo imaginamos en concreto la sociedad en la que nos gustaría vivir es probable que no supiéramos responder. Estamos más acostumbrados a examinar críticamente la sociedad en la que vivimos y a exigir o plantear medidas inmediatas para resolver los problemas que detectamos en ella que a tratar de imaginar cómo sería nuestra sociedad ideal, nuestra utopía.
Tras el aparente fracaso de los grandes proyectos transformadores del siglo XIX y XX, hablar de utopía puede parecer fútil e ingenuo, incluso peligroso. La mayoría de los ciudadanos de hoy desean propuestas políticas realistas y realizables y cuando perciben que ni estas llegan a cumplirse, es comprensible que todo aquello que parezca difícil de materializar genere escepticismo y rechazo. El peso de nuestra historia reciente, el miedo a un futuro incierto y nuestra consiguiente dificultad para imaginar mundos mejores son palpables al observar la proliferación de distopías en la literatura y el cine contemporáneos. Libros y películas nos presentan sistemáticamente una sociedad futura en la que nuestros recursos naturales se han agotado, no podemos reproducirnos, triunfan toda suerte de dictaduras o la inteligencia artificial se ha impuesto sobre la humana, es decir, sociedades en las que no nos gustaría vivir. Sin embargo, ¿no resultaría útil tener una imagen de nuestra sociedad ideal a la hora de valorar, por ejemplo, los diferentes programas electorales que se nos ofrecen, una especie hoja de ruta con la que contrastarlos? Por ejemplo, ¿cómo imaginamos una sociedad ecológicamente sostenible? ¿O una ciudad inteligente? ¿O las familias del futuro?
La tradición utópica está íntimamente ligada a los orígenes del pensamiento de izquierdas. Varias generaciones de pensadores y escritores contribuyeron al utopismo con obras literarias y proyectos reales a pequeña escala: desde los míticos Saint-Simon y Fourier hasta Cabet y William Morris. Para las incipientes ciencias sociales, el concepto de utopía se convirtió en el equivalente del laboratorio para las ciencias naturales. El género literario utópico sirvió para ensayar nuevos principios sociales con gran lujo de detalles —desde la emancipación de la mujer (Charlotte P. Gilman) hasta una economía colectivizada (Edward Bellamy). Algunos de esos principios, como el sufragio femenino, la abolición del trabajo infantil o la educación universal, pertenecieron en su momento al género utópico. Hoy, sin embargo, son realidad en un buen número de países del mundo.
Hay que preguntarse si la izquierda actual sigue luchando contra la falta de imaginación
Lo que caracteriza a la tradición utópica es, precisamente, su realismo. Esto la diferencia tanto del pensamiento premoderno como del religioso. La tradición utópica atribuye al ser humano la capacidad de actuar sobre su entorno y cambiarlo. Desde sus orígenes, explica el sociólogo Krishan Kumar, el género utópico ha demostrado sobriedad, un deseo de no distanciarse de la realidad presente. Aunque busca pensar más allá de los límites convencionales del pensamiento social y político y dibujar la imagen de una sociedad buena, incluso perfecta, lo hace dentro del margen de lo posible, esto es, partiendo de las realidades psicológicas, sociales y tecnológicas existentes. Hasta que no existieron bocetos de máquinas para volar, por ejemplo, la literatura no imaginó la posibilidad de viajar a la luna.
Fueron Marx y Engels quienes calificaron de utópicos a Saint-Simon y otros socialistas decimonónicos por su falta de realismo al no identificar la lucha de clases como motor del cambio social y creer en la transformación de la sociedad por medios pacíficos. El enorme potencial explicativo del socialismo científico impulsado por Marx relegó rápidamente al socialismo utópico a un segundo plano. Han sido numerosos los pensadores que desde entonces, y aun reconociendo el valor explicativo (incluso predictivo) de la teoría marxista, acusan su falta de imaginación a la hora de concebir cómo sería esa sociedad ideal que seguiría a la abolición de las clases sociales y la desaparición del Estado.
Es legítimo preguntarse hasta qué punto la izquierda actual sigue batallando con esa ausencia de imaginación. Desde los medios y la academia se incide cada vez más en la necesidad para la izquierda de hacer gala de creatividad y audacia política para abordar los grandes retos contemporáneos, desde la crisis económica hasta la migración y el cambio climático. ¿Es posible para la izquierda imaginar una utopía, una sociedad ideal del siglo XXI, que sirva de referente e inspiración para políticos y ciudadanos, asumiendo que es inalcanzable? En otras palabras, ¿es posible conjugar un proyecto utópico con un programa político de aplicación más inmediata?
La historia demuestra que los sueños de hoy pueden ser las realidades de mañana
Si al pensamiento político le faltan herramientas para ello, la literatura, el cine y otras artes han demostrado ser poderosos medios para imaginar sociedades futuras o alternativas, hacerlas tangibles e inspirar con ello la conciencia y acción política. La última gran generación de obras utópicas pertenece a los años 1970, coincidiendo con la emergencia del ecologismo (véase, por ejemplo, Ecotopia de Ernest Callenbach). Desde entonces, el género literario utópico se ha visto desplazado más y más por obras distópicas, a veces en un movimiento dialéctico, como las novelas de Aldous Huxley (no es casual el hecho de que la distópica Un mundo feliz sea mucho más conocida que la utópica La isla).
En la charla que Bauman daba en 2005 con el título Living in utopia (Vivir en la utopía), y en la que se sorprendía del volumen de entradas asociadas a esta palabra en Google, planteaba que utopía se entiende hoy de un modo distinto a antaño. En lugar de meta ideal, compartida y, en principio, inalcanzable, la utopía hoy sería una huida hacia adelante sin meta definida; una huida en la que el individuo busca evadir la incertidumbre y alcanzar una felicidad más permanente con el solo hecho de comprarse ropa nueva o irse de vacaciones. ¿Significa eso que estamos ya en el mejor de los mundos y no es posible imaginar uno mejor? Para Bauman y probablemente la mayor parte de los ciudadanos la respuesta es no. Significa, eso sí, que la utopía, como intento de imaginar una sociedad mejor o ideal, no está de moda. Salvo excepciones, el imaginario utópico vive sus horas bajas. Poner de moda la utopía es reconocer que sin la imaginación humana no se hubiera producido ninguno o muy pocos de los avances sociales, políticos y tecnológicos que hoy conocemos. La historia demuestra que los sueños de hoy pueden ser las realidades de mañana.
(*) Olivia Muñoz-Rojas es doctora en Sociología por la London School of Economics e investigadora independiente. Su blog es www.oliviamunozrojasblog.com.
Cfr. OMR. "Notas para una sociedad utópica": http://oliviamunozrojasblog.com/2015/04/20/notas-para-una-sociedad-utopica/
TRIBUNA
El lugar de la utopía en el siglo XXI
El pensamiento utópico no está de moda; se identifica con falta de realismo. Pero resultaría muy útil tener una imagen de nuestra sociedad ideal para contrastar los programas electorales con los objetivos que nos proponemos
Olivia Muñoz-Rojas
Hace una década el sociólogo Zygmunt Bauman constataba con sorpresa que la palabra utopía en Google daba 4,4 millones de entradas. Hoy la misma búsqueda resulta en más de 63 millones, pero su impopularidad sigue siendo la misma. Utopía y utópico sirven ante todo para descalificar una propuesta por su impracticabilidad y a su defensor por su falta de realismo. Si nos preguntaran cómo imaginamos en concreto la sociedad en la que nos gustaría vivir es probable que no supiéramos responder. Estamos más acostumbrados a examinar críticamente la sociedad en la que vivimos y a exigir o plantear medidas inmediatas para resolver los problemas que detectamos en ella que a tratar de imaginar cómo sería nuestra sociedad ideal, nuestra utopía.
Tras el aparente fracaso de los grandes proyectos transformadores del siglo XIX y XX, hablar de utopía puede parecer fútil e ingenuo, incluso peligroso. La mayoría de los ciudadanos de hoy desean propuestas políticas realistas y realizables y cuando perciben que ni estas llegan a cumplirse, es comprensible que todo aquello que parezca difícil de materializar genere escepticismo y rechazo. El peso de nuestra historia reciente, el miedo a un futuro incierto y nuestra consiguiente dificultad para imaginar mundos mejores son palpables al observar la proliferación de distopías en la literatura y el cine contemporáneos. Libros y películas nos presentan sistemáticamente una sociedad futura en la que nuestros recursos naturales se han agotado, no podemos reproducirnos, triunfan toda suerte de dictaduras o la inteligencia artificial se ha impuesto sobre la humana, es decir, sociedades en las que no nos gustaría vivir. Sin embargo, ¿no resultaría útil tener una imagen de nuestra sociedad ideal a la hora de valorar, por ejemplo, los diferentes programas electorales que se nos ofrecen, una especie hoja de ruta con la que contrastarlos? Por ejemplo, ¿cómo imaginamos una sociedad ecológicamente sostenible? ¿O una ciudad inteligente? ¿O las familias del futuro?
La tradición utópica está íntimamente ligada a los orígenes del pensamiento de izquierdas. Varias generaciones de pensadores y escritores contribuyeron al utopismo con obras literarias y proyectos reales a pequeña escala: desde los míticos Saint-Simon y Fourier hasta Cabet y William Morris. Para las incipientes ciencias sociales, el concepto de utopía se convirtió en el equivalente del laboratorio para las ciencias naturales. El género literario utópico sirvió para ensayar nuevos principios sociales con gran lujo de detalles —desde la emancipación de la mujer (Charlotte P. Gilman) hasta una economía colectivizada (Edward Bellamy). Algunos de esos principios, como el sufragio femenino, la abolición del trabajo infantil o la educación universal, pertenecieron en su momento al género utópico. Hoy, sin embargo, son realidad en un buen número de países del mundo.
Hay que preguntarse si la izquierda actual sigue luchando contra la falta de imaginación
Lo que caracteriza a la tradición utópica es, precisamente, su realismo. Esto la diferencia tanto del pensamiento premoderno como del religioso. La tradición utópica atribuye al ser humano la capacidad de actuar sobre su entorno y cambiarlo. Desde sus orígenes, explica el sociólogo Krishan Kumar, el género utópico ha demostrado sobriedad, un deseo de no distanciarse de la realidad presente. Aunque busca pensar más allá de los límites convencionales del pensamiento social y político y dibujar la imagen de una sociedad buena, incluso perfecta, lo hace dentro del margen de lo posible, esto es, partiendo de las realidades psicológicas, sociales y tecnológicas existentes. Hasta que no existieron bocetos de máquinas para volar, por ejemplo, la literatura no imaginó la posibilidad de viajar a la luna.
Fueron Marx y Engels quienes calificaron de utópicos a Saint-Simon y otros socialistas decimonónicos por su falta de realismo al no identificar la lucha de clases como motor del cambio social y creer en la transformación de la sociedad por medios pacíficos. El enorme potencial explicativo del socialismo científico impulsado por Marx relegó rápidamente al socialismo utópico a un segundo plano. Han sido numerosos los pensadores que desde entonces, y aun reconociendo el valor explicativo (incluso predictivo) de la teoría marxista, acusan su falta de imaginación a la hora de concebir cómo sería esa sociedad ideal que seguiría a la abolición de las clases sociales y la desaparición del Estado.
Es legítimo preguntarse hasta qué punto la izquierda actual sigue batallando con esa ausencia de imaginación. Desde los medios y la academia se incide cada vez más en la necesidad para la izquierda de hacer gala de creatividad y audacia política para abordar los grandes retos contemporáneos, desde la crisis económica hasta la migración y el cambio climático. ¿Es posible para la izquierda imaginar una utopía, una sociedad ideal del siglo XXI, que sirva de referente e inspiración para políticos y ciudadanos, asumiendo que es inalcanzable? En otras palabras, ¿es posible conjugar un proyecto utópico con un programa político de aplicación más inmediata?
La historia demuestra que los sueños de hoy pueden ser las realidades de mañana
Si al pensamiento político le faltan herramientas para ello, la literatura, el cine y otras artes han demostrado ser poderosos medios para imaginar sociedades futuras o alternativas, hacerlas tangibles e inspirar con ello la conciencia y acción política. La última gran generación de obras utópicas pertenece a los años 1970, coincidiendo con la emergencia del ecologismo (véase, por ejemplo, Ecotopia de Ernest Callenbach). Desde entonces, el género literario utópico se ha visto desplazado más y más por obras distópicas, a veces en un movimiento dialéctico, como las novelas de Aldous Huxley (no es casual el hecho de que la distópica Un mundo feliz sea mucho más conocida que la utópica La isla).
En la charla que Bauman daba en 2005 con el título Living in utopia (Vivir en la utopía), y en la que se sorprendía del volumen de entradas asociadas a esta palabra en Google, planteaba que utopía se entiende hoy de un modo distinto a antaño. En lugar de meta ideal, compartida y, en principio, inalcanzable, la utopía hoy sería una huida hacia adelante sin meta definida; una huida en la que el individuo busca evadir la incertidumbre y alcanzar una felicidad más permanente con el solo hecho de comprarse ropa nueva o irse de vacaciones. ¿Significa eso que estamos ya en el mejor de los mundos y no es posible imaginar uno mejor? Para Bauman y probablemente la mayor parte de los ciudadanos la respuesta es no. Significa, eso sí, que la utopía, como intento de imaginar una sociedad mejor o ideal, no está de moda. Salvo excepciones, el imaginario utópico vive sus horas bajas. Poner de moda la utopía es reconocer que sin la imaginación humana no se hubiera producido ninguno o muy pocos de los avances sociales, políticos y tecnológicos que hoy conocemos. La historia demuestra que los sueños de hoy pueden ser las realidades de mañana.
(*) Olivia Muñoz-Rojas es doctora en Sociología por la London School of Economics e investigadora independiente. Su blog es www.oliviamunozrojasblog.com.
Cfr. OMR. "Notas para una sociedad utópica": http://oliviamunozrojasblog.com/2015/04/20/notas-para-una-sociedad-utopica/
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sábado, 23 de noviembre de 2013
DESPLIEGUE DE ALAS (1)
EL PAÍS, Madrid, 24 de noviembre de 2013
TRIBUNA
Futuros fatídicos que ya están aquí
La sociedad descrita en ‘Un mundo feliz’ es la pesadilla a la que parecemos dirigirnos
Juan Jacinto Muñoz Rengel
Estos últimos años hemos podido observar un incremento de la literatura distópica, que de repente parece haberse convertido en una moda. Pero ¿qué ha propiciado este interés por el género en un país que siempre ha desdeñado la literatura de ciencia ficción? ¿Por qué ahora las novelas prospectivas que nos advierten de la llegada de un futuro adverso, que dibujan la peor de las sociedades posibles, acaparan la atención? Quizá las épocas de crisis nos vuelven más temerosos, o más prudentes. O puede que ese futuro fatídico, cuya expresión literaria vino de la mano de la sociedad moderna, esté más cerca que nunca, a apenas unas décadas de distancia. O quizá ya ha comenzado a manifestarse, quizá ya está aquí. Después de todo, podría ser que cuando un autor de nuestro tiempo da forma a una novela distópicano esté haciendo otra cosa que literatura realista.
Se acaban de cumplir 50 años de la muerte de´y, un prolífico escritor y pensador que medio siglo después sigue siendo recordado sobre todo por su novela Un mundo feliz, que en realidad fue escrita hace aún más tiempo, en los primeros años treinta. Y a pesar de todo, mientras otras distopías literarias prescriben o pierden fuerza, esta obra de inicios de otro siglo se torna cada día más terrible y poderosa. Esto se debe en gran medida, salvando las licencias y metáforas, a su verosimilitud, a su vigencia. A su gran número de inquietantes aciertos. Todavía hoy podemos sentir como amenaza un mundo semejante.
En concreto, son dos los grandes aciertos de Huxley: anticipó el auge de la ciencia y la tecnología que dominan hoy nuestras vidas y predijo la absoluta hegemonía de la cultura del consumo.
Huxley anticipó el auge de la ciencia y predijo la absoluta hegemonía de la cultura del consumo
Hay otros aspectos, claro, en los que de momento no nos vemos tan fielmente reflejados. La estratificación social en base a castas modificadas genéticamente todavía parece lejos de imponerse; aunque las técnicas de fecundación in vitro, algo remoto en 1932, están sobradamente probadas hoy en día y los avances en manipulación genética han sido sorprendentes.
Tampoco hemos acabado instaurando de manera oficial una droga de diseño como el soma, que nos mantenga a todos felices e idiotizados, ni un método de condicionamiento durante el sueño mediante mensajes grabados, sin embargo, quizá todo eso ha ido adquiriendo su forma perfecta en la publicidad y en la televisión. Eso lo supo ver mejor Ray Bradbury, que en Fahrenheit 451 (1953) imagina una sociedad que vive en torno a pantallas gigantes y realities: “El televisor es real. Es inmediato, tiene dimensión. Te dice lo que debes pensar y te lo dice a gritos. Ha de tener razón. Parece tenerla”.
Y, con todo, a pesar de las pequeñas inexactitudes, el modelo que propone Un mundo feliz sigue siendo en su mayoría la pesadilla a la que parecemos dirigirnos. O quizá ya hemos llegado. Una vez relegadas las distopías comunistas, tras la caída del muro de Berlín y la desintegración de las repúblicas soviéticas, otros modelos como los imaginados por Zamiatin o por Orwell quedan fuera de nuestro horizonte, al menos en su planteamiento general. Si bien sus novelas están plagadas de intuiciones alarmantes: en 1984 (1949), por ejemplo, para los miembros del Partido no había nada que temer de los proletarios, que generación tras generación y siglo tras siglo continuarían trabajando, procreando y muriendo, no solo sin sentir impulsos de rebelarse, sino sin comprender que el mundo podría ser diferente.
Son las consecuencias del fordismo, tan temidas por Huxley, las que han terminado haciéndose con el control del mundo.
Son las consecuencias del fordismo tan temidas por Huxley, no obstante, las que han terminado haciéndose con el control del mundo. Es el consumismo a gran escala, unido al desarrollo de la tecnología, el que rige nuestra civilización. Al fin, nos hemos rendido por completo a las ciegas exigencias del capital, carente de ética y de moral, en un vano intento de lograr una adormecida felicidad.
También lo auguraba Jack London muchos años antes, en El talón de hierro (1908): “De la inconsistencia e incoherencia morales del capitalismo los oligarcas extrajeron una ética nueva, coherente y definida, tajante y rígida como el acero, la más absurda, la menos científica y más poderosa que hubiese tenido jamás una clase de tiranos”. Pero la profecía huxleyana afina aún más al intuir que el origen del mal sería anónimo. En Un mundo feliz no hay una cabeza visible de Gobierno, ni un líder definido, ni nadie en concreto contra quien rebelarse, solo hay personas que mandan más y personas que mandan menos, pero todo forma parte de un sistema impersonal y abstracto que nadie dirige y al que nadie escapa.
El británico Aldous Huxley rechazaba los sistemas comunistas tanto como aborrecía las sociedades capitalistas. Y en su última novela, La isla (1986), utópica al fin, como si se tratase de una llamada a la esperanza, formuló un buen número de posibles alternativas. Hoy parece, sin embargo, que algunos quieren verlo todo blanco o negro. Como si fuésemos ya los descerebrados ciudadanos de una novela distópica.
(*) Juan Jacinto Muñoz Rengel es escritor, sus últimos libros publicados son El sueño del otro y El libro de los pequeños milagros.
Fotografía: LB, pieza de Rafael Barrios, La Castellana, Caracas (23/11/13).
TRIBUNA
Futuros fatídicos que ya están aquí
La sociedad descrita en ‘Un mundo feliz’ es la pesadilla a la que parecemos dirigirnos
Juan Jacinto Muñoz Rengel
Estos últimos años hemos podido observar un incremento de la literatura distópica, que de repente parece haberse convertido en una moda. Pero ¿qué ha propiciado este interés por el género en un país que siempre ha desdeñado la literatura de ciencia ficción? ¿Por qué ahora las novelas prospectivas que nos advierten de la llegada de un futuro adverso, que dibujan la peor de las sociedades posibles, acaparan la atención? Quizá las épocas de crisis nos vuelven más temerosos, o más prudentes. O puede que ese futuro fatídico, cuya expresión literaria vino de la mano de la sociedad moderna, esté más cerca que nunca, a apenas unas décadas de distancia. O quizá ya ha comenzado a manifestarse, quizá ya está aquí. Después de todo, podría ser que cuando un autor de nuestro tiempo da forma a una novela distópicano esté haciendo otra cosa que literatura realista.
Se acaban de cumplir 50 años de la muerte de´y, un prolífico escritor y pensador que medio siglo después sigue siendo recordado sobre todo por su novela Un mundo feliz, que en realidad fue escrita hace aún más tiempo, en los primeros años treinta. Y a pesar de todo, mientras otras distopías literarias prescriben o pierden fuerza, esta obra de inicios de otro siglo se torna cada día más terrible y poderosa. Esto se debe en gran medida, salvando las licencias y metáforas, a su verosimilitud, a su vigencia. A su gran número de inquietantes aciertos. Todavía hoy podemos sentir como amenaza un mundo semejante.
En concreto, son dos los grandes aciertos de Huxley: anticipó el auge de la ciencia y la tecnología que dominan hoy nuestras vidas y predijo la absoluta hegemonía de la cultura del consumo.
Huxley anticipó el auge de la ciencia y predijo la absoluta hegemonía de la cultura del consumo
Hay otros aspectos, claro, en los que de momento no nos vemos tan fielmente reflejados. La estratificación social en base a castas modificadas genéticamente todavía parece lejos de imponerse; aunque las técnicas de fecundación in vitro, algo remoto en 1932, están sobradamente probadas hoy en día y los avances en manipulación genética han sido sorprendentes.
Tampoco hemos acabado instaurando de manera oficial una droga de diseño como el soma, que nos mantenga a todos felices e idiotizados, ni un método de condicionamiento durante el sueño mediante mensajes grabados, sin embargo, quizá todo eso ha ido adquiriendo su forma perfecta en la publicidad y en la televisión. Eso lo supo ver mejor Ray Bradbury, que en Fahrenheit 451 (1953) imagina una sociedad que vive en torno a pantallas gigantes y realities: “El televisor es real. Es inmediato, tiene dimensión. Te dice lo que debes pensar y te lo dice a gritos. Ha de tener razón. Parece tenerla”.
Y, con todo, a pesar de las pequeñas inexactitudes, el modelo que propone Un mundo feliz sigue siendo en su mayoría la pesadilla a la que parecemos dirigirnos. O quizá ya hemos llegado. Una vez relegadas las distopías comunistas, tras la caída del muro de Berlín y la desintegración de las repúblicas soviéticas, otros modelos como los imaginados por Zamiatin o por Orwell quedan fuera de nuestro horizonte, al menos en su planteamiento general. Si bien sus novelas están plagadas de intuiciones alarmantes: en 1984 (1949), por ejemplo, para los miembros del Partido no había nada que temer de los proletarios, que generación tras generación y siglo tras siglo continuarían trabajando, procreando y muriendo, no solo sin sentir impulsos de rebelarse, sino sin comprender que el mundo podría ser diferente.
Son las consecuencias del fordismo, tan temidas por Huxley, las que han terminado haciéndose con el control del mundo.
Son las consecuencias del fordismo tan temidas por Huxley, no obstante, las que han terminado haciéndose con el control del mundo. Es el consumismo a gran escala, unido al desarrollo de la tecnología, el que rige nuestra civilización. Al fin, nos hemos rendido por completo a las ciegas exigencias del capital, carente de ética y de moral, en un vano intento de lograr una adormecida felicidad.También lo auguraba Jack London muchos años antes, en El talón de hierro (1908): “De la inconsistencia e incoherencia morales del capitalismo los oligarcas extrajeron una ética nueva, coherente y definida, tajante y rígida como el acero, la más absurda, la menos científica y más poderosa que hubiese tenido jamás una clase de tiranos”. Pero la profecía huxleyana afina aún más al intuir que el origen del mal sería anónimo. En Un mundo feliz no hay una cabeza visible de Gobierno, ni un líder definido, ni nadie en concreto contra quien rebelarse, solo hay personas que mandan más y personas que mandan menos, pero todo forma parte de un sistema impersonal y abstracto que nadie dirige y al que nadie escapa.
El británico Aldous Huxley rechazaba los sistemas comunistas tanto como aborrecía las sociedades capitalistas. Y en su última novela, La isla (1986), utópica al fin, como si se tratase de una llamada a la esperanza, formuló un buen número de posibles alternativas. Hoy parece, sin embargo, que algunos quieren verlo todo blanco o negro. Como si fuésemos ya los descerebrados ciudadanos de una novela distópica.
(*) Juan Jacinto Muñoz Rengel es escritor, sus últimos libros publicados son El sueño del otro y El libro de los pequeños milagros.
Fotografía: LB, pieza de Rafael Barrios, La Castellana, Caracas (23/11/13).
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DESPLIEGUE DE ALAS (4)
La ciencia-ficción, el futuro y las distopías políticas
Javier Bilbao
La ciencia-ficción ha buscado con frecuencia representar peligros cercanos bajo formas extrañas. Como un juego que permite aproximarse de forma inofensiva a ideas o temores que de otra forma sería complicado abordar directamente. Respecto a su estética y a la tecnología que muestran… básicamente suele ser la que ya existe en su época pero agigantada. Rascacielos más altos, transportes más rápidos, máquinas con más botones…
Por ello nada envejece peor que una película futurista. Aunque conservan un peculiar encanto, con ese futuro que ya nunca será. Además uno siempre experimenta cierto regocijo cuando el mundo se va pareciendo siquiera un poquito a esas predicciones fantásticas, como si la realidad de vez en cuando nos hiciera un guiño. Como por ejemplo ver por la ventana las Cuatro Torres de la Castellana y fantasear con que se está en Neo-Tokio o Los Ángeles año 2019. Teniendo en cuenta que ya hay al menos una abandonada, tampoco es tan descabellado… Y si no se tiene suficiente, paciencia, que bastarán un par de legislaturas más de Esperanza Aguirre para ver convertida Madrid en Negociudad.
Según cuenta Fernando Savater, en el año 1900 las mayores amenazas en el ámbito social y político que sentían los parisinos ante el nuevo siglo que llegaba eran una posible invasión de los cosacos, el neokantismo y la incineración de cadáveres. Lamentablemente el cine estaba aún en sus inicios y no podemos disfrutar hoy día de vibrantes historias de zombies chamuscados, de cosacos asaltando París a bordo de zancudos AT-AT Walkers y de neokantianos haciendo cosas neokantianas. Pero no tuvieron que pasar muchos años para que pudiéramos ver futuros distópicos y mundos paralelos que mostraban apocalipsis ecológicos, guerras nucleares, regímenes totalitarios e hiperburocráticos que controlan hasta los pensamientos más íntimos y grandes corporaciones multinacionales que deciden sobre las vidas de sus clientes-trabajadores-ciudadanos. Peligros que a los terrícolas del siglo XX y XXI nos han quitado el sueño, y que las generaciones venideras quizá vean con la ternura con la que miramos ahora aquellas preocupaciones decimonónicas, murmurando un “pobres, eso no será nada en comparación con que les pasará…”.
Pero quién sabe, en algunos casos tal vez no acaben ocurriendo precisamente por estas advertencias. Obras como 1984 de George Orwell, están tan presentes en el pensamiento contemporáneo que vuelven muy impopulares ciertas iniciativas de gobiernos y parlamentos. O que vuelvan a ocurrir. Por ello me gustaría comenzar prestando especial atención a dos películas europeas pioneras, una rusa y otra alemana. Precisamente dos países que conocieron bien esa invención característicamente moderna que es el Estado totalitario.
La revolución obrera en Marte
Aelita (Yákov Protazanov, 1924) tiene el honor de ser la primera película de ciencia-ficción soviética. Comienza con un misterioso mensaje procedente del espacio que ha sido recibido en diversas estaciones del mundo. Este hallazgo inspira a un ingeniero moscovita llamado Losi a desarrollar los planos de un cohete espacial para ir en busca del origen de esa señal. Absorbido por tan elevada misión, tarda en reaccionar al hecho de que mientras tanto su esposa ha comenzado a flirtear con un aprovechado recién llegado a su casa. Cuando empiezan a acumularse las sospechas en la mente de Losi —parece que brillante para la ingeniería pero algo torpe para las relaciones sociales— se ofusca por los celos, va a su casa y se lía a tiros con su mujer. Acto seguido decide construir el cohete cuyos planos había estado diseñando, para irse a vivir a Marte y así no pagar por su crimen. La típica reacción. Mientras tanto, la Reina de Marte, Aelita, ha estado viendo al ingeniero a través de un nuevo telescopio que ha inventado uno de sus siervos y ha quedado perdidamente enamorada de él. También le ha llamado la atención de la civilización terrícola que las parejas se besen en la boca.
La reina Aelita. A juzgar por su vestido, la mutante de Desafío Total no fue la primera marciana con tres tetas.
Poco después vemos a un soldado que está por la calle paseando con su novia, ella se detiene ante un escaparate, pero él no tiene dinero y siguen caminando. Entonces pasan junto a la nave espacial que está en construcción y se le ocurre ir al donde el ingeniero para ofrecerse como astronauta. Es aceptado y al día siguiente parten hacia el infinito y más allá, acompañados por un detective que estaba siguiendo la pista del autor del crimen y en el último momento se metió dentro de cohete. Cuando llegan, la alegría de Aelita no puede ser mayor y ya hace planes de boda. Juntos gobernarán Marte. Mientras tanto, el soldado ha conocido a la clase oprimida de Marte, formada por obreros habitantes del subsuelo, y la solidaridad proletaria le lleva a incitarles a la Revolución:
“¡Camaradas, sólo vosotros os podéis ayudar a vosotros mismos! Nosotros sufrimos como vosotros, pero entonces…”
Vemos imágenes de un esclavo que rompe sus cadenas y coge la antorcha de la Libertad para escribir con su fuego: “25 de octubre de 1917”. Acto seguido, un obrero moldea a martillazos una hoz y finalmente pone su martillo cruzado con ella. Tras estas imágenes cargadas de un simbolismo no excesivamente sutil, remata su arenga:
“¡Seguid nuestro ejemplo, camaradas! ¡Formad la República Federal Socialista de Marte!”
Entonces, mientras suena La Marsellesa, aparece Aelita y se autoproclama líder de la revolución, pese a las comprensibles reservas del soldado. Tras una violenta refriega que termina con la victoria de los sublevados, la reina anuncia que las armas ya no serán necesarias en Marte y anima a los obreros a dejarlas. Acto seguido ordena a las tropas, ahora de su lado, que abran fuego contra los trabajadores rebeldes para que vuelvan a sus cuevas. Qué cabrona. En un tiempo récord, el nuevo régimen revolucionario se ha vuelto tan tiránico como el recién depuesto. Una audaz crítica a la Revolución Rusa y a algo que tantas veces hemos visto en diferentes fechas y países. ¿Cómo fue posible que en la URSS de 1924 se rodara una película con semejante mensaje? Quizá porque el año en que se rodó hubo cierto vacío de poder, al coincidir con la muerte de Lenin y la sucesión de Stalin.
Pero sigamos con la historia: mientras Aelita le hacía carantoñas a Losi, este veía en ella a su difunta esposa. Así que una vez se proclama la nueva dueña de Marte y aprovechando que están a solas, ¿qué hace Losi? Pues lo que le pide el cuerpo, que no es otra cosa que empujarla desde un precipicio. Matar una vez a su esposa no debió parecerle suficiente. Esa afición por la violencia doméstica no creo que fuera consentida en una película actual. Tras este acto contrarrevolucionario, nuestro protagonista despierta de nuevo en Moscú y comprende que en realidad todo había sido un sueño. Un final muy original… en 1924. En conclusión, se trata de una película con detalles muy originales y divertidos y un mensaje interesante. Bajo estas líneas puede verse, ya libre de derechos de copyright. La primera hora, desarrollada en gran parte en la Tierra, se hace un tanto larga, pero los 20 últimos minutos —ya íntegramente en Marte— son una maravilla:
La tiranía de las máquinas
En septiembre de 1933, la revista nazi Film-Kurier condenó la representación “de una clase subversiva y criminal desarrollada a través de fantasías sobre la metrópolis de un gigantismo destructivo”. Se refería, obviamente, a Metrópolis (Fritz Lang, 1927). La ciudad que inspiró la película fue, como no resulta difícil deducir, Nueva York. Concretamente de un viaje del director en 1924 con la productora UFA para un acuerdo de distribución, una productora que acabaría quebrando a causa de esta película precisamente. La historia tiene lugar en Metrópolis en el año 2000 y muestra dos clases sociales claramente diferenciadas: la clase obrera, que vive sometida bajo la superficie, y la clase alta, siempre ociosa, correteando por sus jardines versallescos y haciendo dios sabe qué guarrerías tras setos primorosamente podados.
La enorme maquinaria a la que sirven los obreros se convierte cada vez que se estropea en Moloch, el dios que requiere sacrificios humanos. Ese neoludismo que considera que las máquinas acaban esclavizando a los hombres estaba también presente unos años después en Tiempos modernos (Charlie Chaplin, 1936) y ha llegado a convertirse en uno de los tópicos fundamentales del cine de ciencia-ficción, con títulos como la saga de Terminator (James Cameron, 1984), Matrix (Andy y Lara Wachowski, 1999), Blade Runner (Ridley Scott, 1981), Sueños eléctricos (Steve Barron, 1984), Juegos de guerra (John Badham, 1983) 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), La rebelión de las máquinas (Stephen King, 1986), Yo Robot (Alex Proyas, 2004)… Lo cual no deja de ser paradójico, dado que este género se deleita especialmente en mostrar máquinas. Que invariablemente cada vez que adquieren conciencia de sí mismas solo nos traen disgustos.
Otro elemento de esta película característico del género es el arquetipo del científico loco. Encerrado en su laboratorio espaldas del mundo, crea un robot que inicialmente iba a tener el aspecto de la difunta esposa del magnate dueño de la ciudad. Ese robot, cómo no, cobrará vida y liderará hacia la revolución a la clase obrera. El final conciliador e ingenuo de la película, que encarna el lema que la abre (“Mediador entre el cerebro y las manos ha de ser el corazón”) no gustó nada al propio director, que dejó la parte ideológica de la narración en manos de su esposa. La cual posteriormente se divorciaría de él y abrazaría el nazismo.
En cualquier caso, la estética de la película es fascinante y ha tenido una enorme influencia posterior. Uno de los mejores ejemplos es el célebre vídeo de Queen, Radio Gaga, todo un homenaje.
Pero si tanto Metrópolis como Aelita ya describían sociedades tiránicas y con clases sociales fuertemente estratificadas, fueron novelas como Un mundo feliz, Fahrenheit 451 y 1984 las que supieron captar la novedosa naturaleza del Estado totalitario. Respecto al autor del último —sin duda el más citado, parafraseado e involuntario inspirador de programas de televisión simiescos— dice el historiador Tony Judt en su libro Pensar el siglo XX que la clave de la lucidez y perspicacia de Orwell estaba en que:
“Tenía esa capacidad de imaginar las conspiraciones y complots —por absurdos que pudieran parecer— que estaban teniendo lugar entre bambalinas y tratarlos como reales, haciéndolos reales a nuestros ojos. Los que entendieron correctamente el siglo XX ya fuera anticipadamente —como Kafka— o como observadores contemporáneos, tuvieron que ser capaces de imaginar un mundo para el que no existían precedentes. Tuvieron que suponer que esta situación insólita y a todas luces absurda estaba sucediendo en realidad, en lugar de dar por hecho, como todos los demás, que era grotescamente inimaginable.”
1984 ha contado con dos adaptaciones al cine, la más conocida la rodada en el año del título con John Hurt de protagonista, actor que posteriormente interpretaría en V de Vendetta (James McTeigue, 2006) un papel precisamente de “Gran Hermano”. Pero las películas más celebradas no son esas adaptaciones fieles al libro, sino las inspiradas en él como El dormilón (Woody Allen, 1974) y Brazil de (Terry Gilliam, 1984).
Respecto a la segunda, que inicialmente iba a llamarse 1984 y medio hasta que apareció por en medio la versión de Hurt, se trata de una distopía sobre un régimen hiperburocrático de un futuro cercano. De una estética sorprendente, a ratos divertida, oscura… podrían decirse muchas cosas de esta película extraordinaria y lo cierto es que ya han sido dichas, así que basta con poner el enlace.
A veces la presión no viene del Estado, sino de una gran corporación que ha ido creciendo más y más, convirtiéndose en un conglomerado empresarial que abarca actividades inicialmente al margen del mercado como la seguridad, las cárceles… y convirtiéndose por tanto en un Estado. Uno que buscará ante todo que sus ciudadanos sean rentables y, por tanto, sacrificables si eso genera un beneficio superior. Como en el caso de los tripulantes de la nave Nostromo. O los participantes de cualquier concurso televisivo sangriento que entusiasme a las masas, de los muchos que en el futuro al parecer habrá.
La Tyrell Corporation
Un patrón común en muchas historias es el de mostrar un régimen autoritario que no se conforma con la aquiescencia de la población, sino que desea su apoyo incondicional y entusiasta. Reprimiendo para ello cualquier disidencia por mínima que sea. Hasta que aparece el protagonista y generalmente a partir de una pequeña casualidad, anécdota, malentendido… encuentra una grieta en el sistema, comienza a tirar del hilo y a cuestionarse más y más cosas que hacen desmoronarse su sistema de creencias. Otras veces es un recién llegado, que a la manera de los westerns pronto descubre quién es el que impone la ley del más fuerte en el pueblo y le reta, poniéndose del lado de los débiles. En ambos casos con su actitud pasa a ser un elemento subversivo que tiene que ser reeducado o eliminado. Ya en la clandestinidad generalmente suele descubrir a más como él, que le prestarán ayuda. Algunas explosiones y persecuciones después, el protagonista tiene la posibilidad de destruir el régimen y salvar a la ciudadanía de la alienación en la que vive inmersa. Aunque como en el caso de Demolition Man (Marco Brambilla, 1993), Stallone ayude a la clase social denominada “Despojos” en su lucha contra el régimen, pero tras su victoria les advierta de que tampoco vayan a convertirse ahora en unos comunistas, ojito.
Otro ejemplo de héroe que se alza contra el poder es la enorme bosta adolescente convertida durante los últimos años en un icono de rebeldía, la anteriormente mencionada V de Vendetta. Aunque con la frase anterior ya se han ido unos cuantos lectores indignados a escribir en los comentarios insultos hacia mi madre y cosas peores como “este artículo no está a la altura de Jot Down”, déjenme que lo explique. Veamos, si un futuro gobierno tiránico emplea la lucha contra el terrorismo como excusa para controlar a la población, no parece demasiado inteligente volverse un terrorista para oponerse a dicho gobierno. El cual, inexplicablemente, oculta los atentados en lugar de darles publicidad, lo que le haría ganarse el favor de la ciudadanía y le cargaría de razones acerca de todas las medidas liberticidas aprobadas o por venir. Un disparate.
Pero habíamos mencionado unas líneas atrás un concepto clave: alienación. No confundir con Alien Nación (Graham Baker, 1988) distopía sobre la llegada de alienígenas a la Tierra que vienen a convivir con nosotros, en una parábola de las dificultades de la convivencia interracial en Estados Unidos. El concepto de alienación, decíamos, era muy querido por Marx y en general por toda clase de doctrinas políticas, filosóficas y religiosas. Consiste en que el sujeto no busca sus propios intereses sino los de alguien ajeno a él: el gobierno, las empresas, los bancos, el patriarcado, el sionismo internacional, el hombre blanco, el diablo, Facebook, los líderes religiosos, la chica a la que le paga las Fantas, las máquinas, los extraterrestres, los morlocks… quienes para poder explotarlo le hacen vivir en una ilusión. Solamente si es capaz de ver más allá de las apariencias podrá toma conciencia de su situación y romper las cadenas.
La realidad es mentira
¿Y en qué consiste esa ilusión? En hacer creer a los ciudadanos que llevan una vida idílica, ya que cuando las cosas funcionan bien el sentido común nos dicta que es mejor dejarlo todo como está y no cambiar nada. Pero tras esa fachada tarde o temprano se descubre que las esposas siempre complacientes en realidad son robots, como en Las mujeres perfectas (Frank Oz, 2004), que todo nuestro entorno no es más que un gigantesco escenario, como en El Show de Truman (Peter Weir, 1998) o Destino oculto (George Nolfi, 2011) —aunque en este caso para un único y celestial espectador—, o que uno es criado como mero repuesto de órganos como en La isla (Michael Bay, 2005), o eliminado al cumplir los 30 como en La fuga de Logan (Michael Anderson, 1976) o resulta tener algún defecto genético como en Gattaca (Andrew Niccol, 1997) o vive en una completa ilusión de los sentidos esclavizado por extraterrestres o máquinas como en Están vivos (John Carpenter,1998), Dark City (Alex Proyas, 1998) y la trilogía de Matrix (Andy y Lara Wachowski, 1999-2003)… etc.
En Zardoz, el vestuario es bastante más razonable y discreto que el guión
En otras ocasiones el lavado de cerebro es un castigo por cometer un crimen, como en La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971), o proporciona unos recuerdos implantados como en Desafío Total —o El vengador del futuro en Hispanoamérica— (Paul Verhoeven, 1990) objeto de un inexplicable remake que nos hace levantar la ceja pero que no dejaremos de ver. En definitiva, la disyuntiva que a menudo suele plantearse está entre si queremos vivir en una jaula de oro o en libertad. Disfrutando del orgasmatrón, del soma, del ocio televisivo sangriento, del orden y de la pulcritud… o bien ser humanos libres, conscientes e independientes. La opción por la que se decanta la moraleja de cada narración suele ser la b, pero en casos en la novela Un mundo feliz donde viven cómodamente, drogados y disfrutando del sexo, no queda del todo claro cuál es el problema. Algo parecido ocurre en Wall-E (Andrew Stanton, 2008) donde los humanos de esa sociedad futurista disfrutan de un estado de ociosidad permanente al que han llegado gracias al progreso tecnológico, del que finalmente reniegan para deslomarse en el campo como los campesinos medievales (¿?). Tengo la impresión de que aquellos que ensalzan las virtudes del trabajo es porque tienen alguno bastante cómodo y nunca han trabajado ni en el campo, ni en muchos otros ámbitos. O eso o andan un poco alienados y deberían hacérselo mirar. Otro caso parecido es el del film Zardoz (John Boorman, 1974) homenaje a El Mago de Oz —del que tanto beben las anteriormente mencionadas— que nos muestra una sociedad futurista formada por una aristocracia de humanos inmortales dedicados al placer, aunque reciban consignas de una gigantesca cabeza de piedra voladora:
“La pistola es el Bien. El pene es el Mal. El pene dispara espermatozoides y crea nuevas vidas que envenenan la Tierra con una plaga de hombres, como una vez fue, pero la pistola dispara muerte, y purifica la Tierra. Ve… ¡y mata!”
De la misma manera que una película de tres dimensiones requiere unas gafas apropiadas para dar relieve al inicial caos desenfocado, para que Zardoz cobre sentido a los ojos del espectador exige el consumo previo de una elevada dosis de LSD. Así que concluyo aquí este artículo recomendando a los lectores que vean —sobrios o no— este indescriptible film e invitándoles, si lo desean, a incluir cualquiera de las muchas películas que han quedado sin mencionar.
http://www.jotdown.es/2012/09/la-ciencia-ficcion-el-futuro-y-las-distopias-politicas/
Fotografía: LB, pieza de Rafael Barrios. La Castellana, Caracas, 23/11/13.
Javier Bilbao
La ciencia-ficción ha buscado con frecuencia representar peligros cercanos bajo formas extrañas. Como un juego que permite aproximarse de forma inofensiva a ideas o temores que de otra forma sería complicado abordar directamente. Respecto a su estética y a la tecnología que muestran… básicamente suele ser la que ya existe en su época pero agigantada. Rascacielos más altos, transportes más rápidos, máquinas con más botones…
Por ello nada envejece peor que una película futurista. Aunque conservan un peculiar encanto, con ese futuro que ya nunca será. Además uno siempre experimenta cierto regocijo cuando el mundo se va pareciendo siquiera un poquito a esas predicciones fantásticas, como si la realidad de vez en cuando nos hiciera un guiño. Como por ejemplo ver por la ventana las Cuatro Torres de la Castellana y fantasear con que se está en Neo-Tokio o Los Ángeles año 2019. Teniendo en cuenta que ya hay al menos una abandonada, tampoco es tan descabellado… Y si no se tiene suficiente, paciencia, que bastarán un par de legislaturas más de Esperanza Aguirre para ver convertida Madrid en Negociudad.
Según cuenta Fernando Savater, en el año 1900 las mayores amenazas en el ámbito social y político que sentían los parisinos ante el nuevo siglo que llegaba eran una posible invasión de los cosacos, el neokantismo y la incineración de cadáveres. Lamentablemente el cine estaba aún en sus inicios y no podemos disfrutar hoy día de vibrantes historias de zombies chamuscados, de cosacos asaltando París a bordo de zancudos AT-AT Walkers y de neokantianos haciendo cosas neokantianas. Pero no tuvieron que pasar muchos años para que pudiéramos ver futuros distópicos y mundos paralelos que mostraban apocalipsis ecológicos, guerras nucleares, regímenes totalitarios e hiperburocráticos que controlan hasta los pensamientos más íntimos y grandes corporaciones multinacionales que deciden sobre las vidas de sus clientes-trabajadores-ciudadanos. Peligros que a los terrícolas del siglo XX y XXI nos han quitado el sueño, y que las generaciones venideras quizá vean con la ternura con la que miramos ahora aquellas preocupaciones decimonónicas, murmurando un “pobres, eso no será nada en comparación con que les pasará…”.
Pero quién sabe, en algunos casos tal vez no acaben ocurriendo precisamente por estas advertencias. Obras como 1984 de George Orwell, están tan presentes en el pensamiento contemporáneo que vuelven muy impopulares ciertas iniciativas de gobiernos y parlamentos. O que vuelvan a ocurrir. Por ello me gustaría comenzar prestando especial atención a dos películas europeas pioneras, una rusa y otra alemana. Precisamente dos países que conocieron bien esa invención característicamente moderna que es el Estado totalitario.
La revolución obrera en Marte
Aelita (Yákov Protazanov, 1924) tiene el honor de ser la primera película de ciencia-ficción soviética. Comienza con un misterioso mensaje procedente del espacio que ha sido recibido en diversas estaciones del mundo. Este hallazgo inspira a un ingeniero moscovita llamado Losi a desarrollar los planos de un cohete espacial para ir en busca del origen de esa señal. Absorbido por tan elevada misión, tarda en reaccionar al hecho de que mientras tanto su esposa ha comenzado a flirtear con un aprovechado recién llegado a su casa. Cuando empiezan a acumularse las sospechas en la mente de Losi —parece que brillante para la ingeniería pero algo torpe para las relaciones sociales— se ofusca por los celos, va a su casa y se lía a tiros con su mujer. Acto seguido decide construir el cohete cuyos planos había estado diseñando, para irse a vivir a Marte y así no pagar por su crimen. La típica reacción. Mientras tanto, la Reina de Marte, Aelita, ha estado viendo al ingeniero a través de un nuevo telescopio que ha inventado uno de sus siervos y ha quedado perdidamente enamorada de él. También le ha llamado la atención de la civilización terrícola que las parejas se besen en la boca.
La reina Aelita. A juzgar por su vestido, la mutante de Desafío Total no fue la primera marciana con tres tetas.
Poco después vemos a un soldado que está por la calle paseando con su novia, ella se detiene ante un escaparate, pero él no tiene dinero y siguen caminando. Entonces pasan junto a la nave espacial que está en construcción y se le ocurre ir al donde el ingeniero para ofrecerse como astronauta. Es aceptado y al día siguiente parten hacia el infinito y más allá, acompañados por un detective que estaba siguiendo la pista del autor del crimen y en el último momento se metió dentro de cohete. Cuando llegan, la alegría de Aelita no puede ser mayor y ya hace planes de boda. Juntos gobernarán Marte. Mientras tanto, el soldado ha conocido a la clase oprimida de Marte, formada por obreros habitantes del subsuelo, y la solidaridad proletaria le lleva a incitarles a la Revolución:
“¡Camaradas, sólo vosotros os podéis ayudar a vosotros mismos! Nosotros sufrimos como vosotros, pero entonces…”
Vemos imágenes de un esclavo que rompe sus cadenas y coge la antorcha de la Libertad para escribir con su fuego: “25 de octubre de 1917”. Acto seguido, un obrero moldea a martillazos una hoz y finalmente pone su martillo cruzado con ella. Tras estas imágenes cargadas de un simbolismo no excesivamente sutil, remata su arenga:
“¡Seguid nuestro ejemplo, camaradas! ¡Formad la República Federal Socialista de Marte!”
Entonces, mientras suena La Marsellesa, aparece Aelita y se autoproclama líder de la revolución, pese a las comprensibles reservas del soldado. Tras una violenta refriega que termina con la victoria de los sublevados, la reina anuncia que las armas ya no serán necesarias en Marte y anima a los obreros a dejarlas. Acto seguido ordena a las tropas, ahora de su lado, que abran fuego contra los trabajadores rebeldes para que vuelvan a sus cuevas. Qué cabrona. En un tiempo récord, el nuevo régimen revolucionario se ha vuelto tan tiránico como el recién depuesto. Una audaz crítica a la Revolución Rusa y a algo que tantas veces hemos visto en diferentes fechas y países. ¿Cómo fue posible que en la URSS de 1924 se rodara una película con semejante mensaje? Quizá porque el año en que se rodó hubo cierto vacío de poder, al coincidir con la muerte de Lenin y la sucesión de Stalin.
Pero sigamos con la historia: mientras Aelita le hacía carantoñas a Losi, este veía en ella a su difunta esposa. Así que una vez se proclama la nueva dueña de Marte y aprovechando que están a solas, ¿qué hace Losi? Pues lo que le pide el cuerpo, que no es otra cosa que empujarla desde un precipicio. Matar una vez a su esposa no debió parecerle suficiente. Esa afición por la violencia doméstica no creo que fuera consentida en una película actual. Tras este acto contrarrevolucionario, nuestro protagonista despierta de nuevo en Moscú y comprende que en realidad todo había sido un sueño. Un final muy original… en 1924. En conclusión, se trata de una película con detalles muy originales y divertidos y un mensaje interesante. Bajo estas líneas puede verse, ya libre de derechos de copyright. La primera hora, desarrollada en gran parte en la Tierra, se hace un tanto larga, pero los 20 últimos minutos —ya íntegramente en Marte— son una maravilla:
La tiranía de las máquinas
En septiembre de 1933, la revista nazi Film-Kurier condenó la representación “de una clase subversiva y criminal desarrollada a través de fantasías sobre la metrópolis de un gigantismo destructivo”. Se refería, obviamente, a Metrópolis (Fritz Lang, 1927). La ciudad que inspiró la película fue, como no resulta difícil deducir, Nueva York. Concretamente de un viaje del director en 1924 con la productora UFA para un acuerdo de distribución, una productora que acabaría quebrando a causa de esta película precisamente. La historia tiene lugar en Metrópolis en el año 2000 y muestra dos clases sociales claramente diferenciadas: la clase obrera, que vive sometida bajo la superficie, y la clase alta, siempre ociosa, correteando por sus jardines versallescos y haciendo dios sabe qué guarrerías tras setos primorosamente podados.
La enorme maquinaria a la que sirven los obreros se convierte cada vez que se estropea en Moloch, el dios que requiere sacrificios humanos. Ese neoludismo que considera que las máquinas acaban esclavizando a los hombres estaba también presente unos años después en Tiempos modernos (Charlie Chaplin, 1936) y ha llegado a convertirse en uno de los tópicos fundamentales del cine de ciencia-ficción, con títulos como la saga de Terminator (James Cameron, 1984), Matrix (Andy y Lara Wachowski, 1999), Blade Runner (Ridley Scott, 1981), Sueños eléctricos (Steve Barron, 1984), Juegos de guerra (John Badham, 1983) 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), La rebelión de las máquinas (Stephen King, 1986), Yo Robot (Alex Proyas, 2004)… Lo cual no deja de ser paradójico, dado que este género se deleita especialmente en mostrar máquinas. Que invariablemente cada vez que adquieren conciencia de sí mismas solo nos traen disgustos.
Otro elemento de esta película característico del género es el arquetipo del científico loco. Encerrado en su laboratorio espaldas del mundo, crea un robot que inicialmente iba a tener el aspecto de la difunta esposa del magnate dueño de la ciudad. Ese robot, cómo no, cobrará vida y liderará hacia la revolución a la clase obrera. El final conciliador e ingenuo de la película, que encarna el lema que la abre (“Mediador entre el cerebro y las manos ha de ser el corazón”) no gustó nada al propio director, que dejó la parte ideológica de la narración en manos de su esposa. La cual posteriormente se divorciaría de él y abrazaría el nazismo.
En cualquier caso, la estética de la película es fascinante y ha tenido una enorme influencia posterior. Uno de los mejores ejemplos es el célebre vídeo de Queen, Radio Gaga, todo un homenaje.
Pero si tanto Metrópolis como Aelita ya describían sociedades tiránicas y con clases sociales fuertemente estratificadas, fueron novelas como Un mundo feliz, Fahrenheit 451 y 1984 las que supieron captar la novedosa naturaleza del Estado totalitario. Respecto al autor del último —sin duda el más citado, parafraseado e involuntario inspirador de programas de televisión simiescos— dice el historiador Tony Judt en su libro Pensar el siglo XX que la clave de la lucidez y perspicacia de Orwell estaba en que:
“Tenía esa capacidad de imaginar las conspiraciones y complots —por absurdos que pudieran parecer— que estaban teniendo lugar entre bambalinas y tratarlos como reales, haciéndolos reales a nuestros ojos. Los que entendieron correctamente el siglo XX ya fuera anticipadamente —como Kafka— o como observadores contemporáneos, tuvieron que ser capaces de imaginar un mundo para el que no existían precedentes. Tuvieron que suponer que esta situación insólita y a todas luces absurda estaba sucediendo en realidad, en lugar de dar por hecho, como todos los demás, que era grotescamente inimaginable.”
1984 ha contado con dos adaptaciones al cine, la más conocida la rodada en el año del título con John Hurt de protagonista, actor que posteriormente interpretaría en V de Vendetta (James McTeigue, 2006) un papel precisamente de “Gran Hermano”. Pero las películas más celebradas no son esas adaptaciones fieles al libro, sino las inspiradas en él como El dormilón (Woody Allen, 1974) y Brazil de (Terry Gilliam, 1984).
Respecto a la segunda, que inicialmente iba a llamarse 1984 y medio hasta que apareció por en medio la versión de Hurt, se trata de una distopía sobre un régimen hiperburocrático de un futuro cercano. De una estética sorprendente, a ratos divertida, oscura… podrían decirse muchas cosas de esta película extraordinaria y lo cierto es que ya han sido dichas, así que basta con poner el enlace.
A veces la presión no viene del Estado, sino de una gran corporación que ha ido creciendo más y más, convirtiéndose en un conglomerado empresarial que abarca actividades inicialmente al margen del mercado como la seguridad, las cárceles… y convirtiéndose por tanto en un Estado. Uno que buscará ante todo que sus ciudadanos sean rentables y, por tanto, sacrificables si eso genera un beneficio superior. Como en el caso de los tripulantes de la nave Nostromo. O los participantes de cualquier concurso televisivo sangriento que entusiasme a las masas, de los muchos que en el futuro al parecer habrá.
La Tyrell Corporation
Un patrón común en muchas historias es el de mostrar un régimen autoritario que no se conforma con la aquiescencia de la población, sino que desea su apoyo incondicional y entusiasta. Reprimiendo para ello cualquier disidencia por mínima que sea. Hasta que aparece el protagonista y generalmente a partir de una pequeña casualidad, anécdota, malentendido… encuentra una grieta en el sistema, comienza a tirar del hilo y a cuestionarse más y más cosas que hacen desmoronarse su sistema de creencias. Otras veces es un recién llegado, que a la manera de los westerns pronto descubre quién es el que impone la ley del más fuerte en el pueblo y le reta, poniéndose del lado de los débiles. En ambos casos con su actitud pasa a ser un elemento subversivo que tiene que ser reeducado o eliminado. Ya en la clandestinidad generalmente suele descubrir a más como él, que le prestarán ayuda. Algunas explosiones y persecuciones después, el protagonista tiene la posibilidad de destruir el régimen y salvar a la ciudadanía de la alienación en la que vive inmersa. Aunque como en el caso de Demolition Man (Marco Brambilla, 1993), Stallone ayude a la clase social denominada “Despojos” en su lucha contra el régimen, pero tras su victoria les advierta de que tampoco vayan a convertirse ahora en unos comunistas, ojito.
Otro ejemplo de héroe que se alza contra el poder es la enorme bosta adolescente convertida durante los últimos años en un icono de rebeldía, la anteriormente mencionada V de Vendetta. Aunque con la frase anterior ya se han ido unos cuantos lectores indignados a escribir en los comentarios insultos hacia mi madre y cosas peores como “este artículo no está a la altura de Jot Down”, déjenme que lo explique. Veamos, si un futuro gobierno tiránico emplea la lucha contra el terrorismo como excusa para controlar a la población, no parece demasiado inteligente volverse un terrorista para oponerse a dicho gobierno. El cual, inexplicablemente, oculta los atentados en lugar de darles publicidad, lo que le haría ganarse el favor de la ciudadanía y le cargaría de razones acerca de todas las medidas liberticidas aprobadas o por venir. Un disparate.
Pero habíamos mencionado unas líneas atrás un concepto clave: alienación. No confundir con Alien Nación (Graham Baker, 1988) distopía sobre la llegada de alienígenas a la Tierra que vienen a convivir con nosotros, en una parábola de las dificultades de la convivencia interracial en Estados Unidos. El concepto de alienación, decíamos, era muy querido por Marx y en general por toda clase de doctrinas políticas, filosóficas y religiosas. Consiste en que el sujeto no busca sus propios intereses sino los de alguien ajeno a él: el gobierno, las empresas, los bancos, el patriarcado, el sionismo internacional, el hombre blanco, el diablo, Facebook, los líderes religiosos, la chica a la que le paga las Fantas, las máquinas, los extraterrestres, los morlocks… quienes para poder explotarlo le hacen vivir en una ilusión. Solamente si es capaz de ver más allá de las apariencias podrá toma conciencia de su situación y romper las cadenas.
La realidad es mentira
¿Y en qué consiste esa ilusión? En hacer creer a los ciudadanos que llevan una vida idílica, ya que cuando las cosas funcionan bien el sentido común nos dicta que es mejor dejarlo todo como está y no cambiar nada. Pero tras esa fachada tarde o temprano se descubre que las esposas siempre complacientes en realidad son robots, como en Las mujeres perfectas (Frank Oz, 2004), que todo nuestro entorno no es más que un gigantesco escenario, como en El Show de Truman (Peter Weir, 1998) o Destino oculto (George Nolfi, 2011) —aunque en este caso para un único y celestial espectador—, o que uno es criado como mero repuesto de órganos como en La isla (Michael Bay, 2005), o eliminado al cumplir los 30 como en La fuga de Logan (Michael Anderson, 1976) o resulta tener algún defecto genético como en Gattaca (Andrew Niccol, 1997) o vive en una completa ilusión de los sentidos esclavizado por extraterrestres o máquinas como en Están vivos (John Carpenter,1998), Dark City (Alex Proyas, 1998) y la trilogía de Matrix (Andy y Lara Wachowski, 1999-2003)… etc.
En Zardoz, el vestuario es bastante más razonable y discreto que el guiónEn otras ocasiones el lavado de cerebro es un castigo por cometer un crimen, como en La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971), o proporciona unos recuerdos implantados como en Desafío Total —o El vengador del futuro en Hispanoamérica— (Paul Verhoeven, 1990) objeto de un inexplicable remake que nos hace levantar la ceja pero que no dejaremos de ver. En definitiva, la disyuntiva que a menudo suele plantearse está entre si queremos vivir en una jaula de oro o en libertad. Disfrutando del orgasmatrón, del soma, del ocio televisivo sangriento, del orden y de la pulcritud… o bien ser humanos libres, conscientes e independientes. La opción por la que se decanta la moraleja de cada narración suele ser la b, pero en casos en la novela Un mundo feliz donde viven cómodamente, drogados y disfrutando del sexo, no queda del todo claro cuál es el problema. Algo parecido ocurre en Wall-E (Andrew Stanton, 2008) donde los humanos de esa sociedad futurista disfrutan de un estado de ociosidad permanente al que han llegado gracias al progreso tecnológico, del que finalmente reniegan para deslomarse en el campo como los campesinos medievales (¿?). Tengo la impresión de que aquellos que ensalzan las virtudes del trabajo es porque tienen alguno bastante cómodo y nunca han trabajado ni en el campo, ni en muchos otros ámbitos. O eso o andan un poco alienados y deberían hacérselo mirar. Otro caso parecido es el del film Zardoz (John Boorman, 1974) homenaje a El Mago de Oz —del que tanto beben las anteriormente mencionadas— que nos muestra una sociedad futurista formada por una aristocracia de humanos inmortales dedicados al placer, aunque reciban consignas de una gigantesca cabeza de piedra voladora:
“La pistola es el Bien. El pene es el Mal. El pene dispara espermatozoides y crea nuevas vidas que envenenan la Tierra con una plaga de hombres, como una vez fue, pero la pistola dispara muerte, y purifica la Tierra. Ve… ¡y mata!”
De la misma manera que una película de tres dimensiones requiere unas gafas apropiadas para dar relieve al inicial caos desenfocado, para que Zardoz cobre sentido a los ojos del espectador exige el consumo previo de una elevada dosis de LSD. Así que concluyo aquí este artículo recomendando a los lectores que vean —sobrios o no— este indescriptible film e invitándoles, si lo desean, a incluir cualquiera de las muchas películas que han quedado sin mencionar.
http://www.jotdown.es/2012/09/la-ciencia-ficcion-el-futuro-y-las-distopias-politicas/
Fotografía: LB, pieza de Rafael Barrios. La Castellana, Caracas, 23/11/13.
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martes, 23 de abril de 2013
LA CIUDAD COMO TEMA
EL IMPULSO, Barquisimeto, 12 de abril de 2013
Arquitectura, orden y utopía
Claudio Beuvrin
La arquitectura se ocupa no sólo de dar cobijo y resguardo a las actividades humanas, tambien las ordena, atendiendo una serie de suposiciones sobre el comportamiento de la gente: aquí harán esto y allá harán aquello.“Un lugar para cada actividad y cada actividad en su lugar” podría ser un buen lema para nuestra profesión pues en arquitectura el desorden suele ser señal de mala arquitectura.
El orden ha sido una constante en la historia de la profesión. Lo que ha ido cambiando es como se expresa el orden en la forma arquitectónica hasta llegar, a partir de los años 70, al desorden de la arquitectura deconstructivista y postmoderna y que parecía no seguir ninguna regla formal. Pero en este caso aceptemos que el caos es un orden que inicialmente no comprendemos pero que puede explicarse. Esta arquitectura introdujo una ráfaga de buen humor a tanta rigidez y acartonamiento de la arquitectura racionalista, la de las edificaciones todas cuadradas y parecidas entre sí que son la solución estándar para la arquitectura común.
El hábito de ordenar espacios y actividades nos puede llevar a creer que el orden de la arquitectura puede imponerse al desorden real y vital, de la sociedad, y de aquí, basta un pequeño salto para llegar al utópismo. Las utopías son intentos de diseñar una sociedad ideal donde los hombres se organizan para vivir en armonía y que el orden soñado se expresa en una forma arquitectónica, es consecuencia del orden de la sociedad. Pero el utopismo ingenuo de los arquitectos los lleva a suponer que el orden de la arquitectura genera el orden social.
Las utopías existen porque los hombres siempre han estado insatisfechos con su vida real. Los textos de las utopías suelen estar acompañados con planteamientos arquitectónicos y urbanísticos explicando cómo debe ser el recipiente físico de esa nueva sociedad. La casa de Adán en el paraíso ha sido un tema recurrente en la historia de la arquitectura: es el deseo de retornar a un estado de perfección que supuestamente una vez tuvimos.
Aparte de la bíblica, las utopías más conocidas fueron pensadas durante el Renacimiento y, más tarde, en tiempos de la Revolución Industrial, como proposiciones de socialistas que querían mejorar las condiciones de vida de la clase obrera. Se hicieron varios intentos para llevarlas a la práctica pero no duraron mucho: la gente se cansó de la disciplina y de los cambios de conducta que se exigían pues incluso se llegó a reglamentar la vida sexual por aquello que el sexo es fuente de toda clase de desordenes. Todas esas utopías procuraban aislar a sus miembros del contacto con el mundo exterior para que no se contaminaran y perdiera su espíritu de grupo. Es lo que sigue ocurriendo con las comunidades Amish, en los USA.
Las utopías reaparecen como ciudades socialistas al fundarse la Unión Soviética en el interés de crear hombres nuevos. Se esperaba que el individualismo se extinguiría cuando todas las actividades se realizarían en común y a la vista de todos, aunque no se llegó a proponer la promiscuidad total. Esos planteamientos fueron rápidamente abandonados ante la reacción de la gente que prefería tener un espacio privado, así fuera pequeño, para su familia.
Más exitosos fueron los kibutz israelitas. Parte de su éxito es que se fundamentaban en los principios del cooperativismo y el ingreso era voluntario. En este caso la disposición física de los kibutz está impuesta no por un orden moral sino por razones de defensa: las casas en el perímetro exterior constituyen una barrera ante posibles ataques.
Curiosamente, la idea de ciudades socialistas no aparece en la literatura arquitectónica cubana. No pude encontrar ninguna referencia a ellas. En Venezuela hay varias ciudades socialistas en construcción pero poco se sabe de su basamento ideológico, que conductas se quieren modificar ni que tanto orden –arquitectónico y social- logrará imponerle a sus residentes ni si esos cambios conductuales están respaldados por estudios psicosociales que demuestren su viabilidad. Quizás, cuando, a futuro, se analice este experimento, lo que veremos es improvisación y un vano empeño en desconocer una de las lecciones de la historia: que los hombres cambian muy lentamente y no siempre en la dirección que quieren los líderes.
Hoy las nuevas utopías son ecológicas. En todo el mundo hay una efervescencia por transformar los viejos ambientes contaminados e insostenibles por otros donde el gasto energético es mínimo, la huella del carbono es casi cero y donde todo el mundo tendrá una elevada conciencia ecológica. La arquitectura tendrá climatización natural, electrificación por paneles solares u otros sistemas, con mucho verde, mucho reciclaje, mucho andar a pié, etc. Obviamente habrá un orden donde las cosas dañinas que hoy hacemos mañana serán corregidas.
Soy un venezolano nacido en Italia, de padres muy golpeados por los embates de una utopía fracasada, la del fascismo. No permitamos que otra utopía fracasada, la del socialismo comunista, ahora golpee a nuestros hijos.
http://eldiariodecaracas.com/que-sucede/como-seran-ciudades-del-futuro
Arquitectura, orden y utopía
Claudio Beuvrin
La arquitectura se ocupa no sólo de dar cobijo y resguardo a las actividades humanas, tambien las ordena, atendiendo una serie de suposiciones sobre el comportamiento de la gente: aquí harán esto y allá harán aquello.“Un lugar para cada actividad y cada actividad en su lugar” podría ser un buen lema para nuestra profesión pues en arquitectura el desorden suele ser señal de mala arquitectura.
El orden ha sido una constante en la historia de la profesión. Lo que ha ido cambiando es como se expresa el orden en la forma arquitectónica hasta llegar, a partir de los años 70, al desorden de la arquitectura deconstructivista y postmoderna y que parecía no seguir ninguna regla formal. Pero en este caso aceptemos que el caos es un orden que inicialmente no comprendemos pero que puede explicarse. Esta arquitectura introdujo una ráfaga de buen humor a tanta rigidez y acartonamiento de la arquitectura racionalista, la de las edificaciones todas cuadradas y parecidas entre sí que son la solución estándar para la arquitectura común.
El hábito de ordenar espacios y actividades nos puede llevar a creer que el orden de la arquitectura puede imponerse al desorden real y vital, de la sociedad, y de aquí, basta un pequeño salto para llegar al utópismo. Las utopías son intentos de diseñar una sociedad ideal donde los hombres se organizan para vivir en armonía y que el orden soñado se expresa en una forma arquitectónica, es consecuencia del orden de la sociedad. Pero el utopismo ingenuo de los arquitectos los lleva a suponer que el orden de la arquitectura genera el orden social.
Las utopías existen porque los hombres siempre han estado insatisfechos con su vida real. Los textos de las utopías suelen estar acompañados con planteamientos arquitectónicos y urbanísticos explicando cómo debe ser el recipiente físico de esa nueva sociedad. La casa de Adán en el paraíso ha sido un tema recurrente en la historia de la arquitectura: es el deseo de retornar a un estado de perfección que supuestamente una vez tuvimos.
Aparte de la bíblica, las utopías más conocidas fueron pensadas durante el Renacimiento y, más tarde, en tiempos de la Revolución Industrial, como proposiciones de socialistas que querían mejorar las condiciones de vida de la clase obrera. Se hicieron varios intentos para llevarlas a la práctica pero no duraron mucho: la gente se cansó de la disciplina y de los cambios de conducta que se exigían pues incluso se llegó a reglamentar la vida sexual por aquello que el sexo es fuente de toda clase de desordenes. Todas esas utopías procuraban aislar a sus miembros del contacto con el mundo exterior para que no se contaminaran y perdiera su espíritu de grupo. Es lo que sigue ocurriendo con las comunidades Amish, en los USA.
Las utopías reaparecen como ciudades socialistas al fundarse la Unión Soviética en el interés de crear hombres nuevos. Se esperaba que el individualismo se extinguiría cuando todas las actividades se realizarían en común y a la vista de todos, aunque no se llegó a proponer la promiscuidad total. Esos planteamientos fueron rápidamente abandonados ante la reacción de la gente que prefería tener un espacio privado, así fuera pequeño, para su familia.
Más exitosos fueron los kibutz israelitas. Parte de su éxito es que se fundamentaban en los principios del cooperativismo y el ingreso era voluntario. En este caso la disposición física de los kibutz está impuesta no por un orden moral sino por razones de defensa: las casas en el perímetro exterior constituyen una barrera ante posibles ataques.
Curiosamente, la idea de ciudades socialistas no aparece en la literatura arquitectónica cubana. No pude encontrar ninguna referencia a ellas. En Venezuela hay varias ciudades socialistas en construcción pero poco se sabe de su basamento ideológico, que conductas se quieren modificar ni que tanto orden –arquitectónico y social- logrará imponerle a sus residentes ni si esos cambios conductuales están respaldados por estudios psicosociales que demuestren su viabilidad. Quizás, cuando, a futuro, se analice este experimento, lo que veremos es improvisación y un vano empeño en desconocer una de las lecciones de la historia: que los hombres cambian muy lentamente y no siempre en la dirección que quieren los líderes.
Hoy las nuevas utopías son ecológicas. En todo el mundo hay una efervescencia por transformar los viejos ambientes contaminados e insostenibles por otros donde el gasto energético es mínimo, la huella del carbono es casi cero y donde todo el mundo tendrá una elevada conciencia ecológica. La arquitectura tendrá climatización natural, electrificación por paneles solares u otros sistemas, con mucho verde, mucho reciclaje, mucho andar a pié, etc. Obviamente habrá un orden donde las cosas dañinas que hoy hacemos mañana serán corregidas.
Soy un venezolano nacido en Italia, de padres muy golpeados por los embates de una utopía fracasada, la del fascismo. No permitamos que otra utopía fracasada, la del socialismo comunista, ahora golpee a nuestros hijos.
http://eldiariodecaracas.com/que-sucede/como-seran-ciudades-del-futuro
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Utopía
miércoles, 11 de julio de 2012
APRETADURA
Ante la pasión de los extremos
Luis Barragán
Martes, 21 de marzo de 2000
Demasiadas incidencias (des) hicieron a la II República española. Las utopías de signo contrario, la colmaron de pasión y pólvora. Hubo una esperanza con los comicios de febrero de 1936, pero no cupieron las posturas intermedias, moderadas o centristas que le permitiera al país superar su evidente atraso y soportar el fiero contexto internacional de entonces.
Bajo la conducción de Manuel Azaña, el nuevo Gobierno toma iniciativas que agudizan el rencor de las derechas y de las izquierdas. Reaparecen en el horizonte la violencia callejera, las huelgas, los asesinatos por motivos partidistas, la quema de conventos. Unos miran al escritor como el Karenski que no detendrá el paso arrollador de Francisco Largo Caballero, el "Lenin español", mientras Niceto Alcalá Zamora, es destituido como Jefe del Estado gracias a las dos disoluciones de las cortes.
Parecen tardías las diligencias centristas, vista la terquedad suicida de José María Gil Robles y la fallida intentona militar de diciembre próximo pasado.
Asciende Azaña como cabeza de la República, pero debe hurgar con cuidado la nómina para confiar la conducción del Gobierno. Indalecio Prieto surge como la figura idónea ante el insoportable hervor de los extremos. No es posible y Santiago Casares Quiroga ocupa el premierato.
Prieto dirá, en un discurso pronunciado el 25 de mayo del referido año, que las aspiraciones de justicia social del proletariado están marcadas por la realidad y las mudanzas de cada instante, pues se agigantaba el peligro de una alianza del fascismo con la pequeña burguesía, en medio del desasosiego, la zozobra y la intranquilidad. Por lo demás, hoy los expertos observan la ausencia de un soporte teórico que permitiera trazar los objetivos revolucionarios o contrarrevolucionarios, arbitrando los medios necesarios. Siendo así, la violencia instintiva tomará la calle ciega de la improvisación, sorprendiendo a los mismos insurgentes.
Era extenso y calificado el catálogo de los conspiradores contra la República, obligado el analista a un esfuerzo extraordinario para prever el nombre que definitivamente los capitalizaría. Cuenca había sido el escenario de un discurso disuasivo, el primero de mayo, en el que Prieto, al esgrimir su intuición, convierte la sospecha en vaticinio: Francisco Franco será el caudillo.
En los espacios políticos domésticos se evidenciaban conflictos de alto octanaje que requerían de condiciones, probablemente existentes, para la moderación.
Con frecuencia se habla de las marcadas distinciones en el seno de las izquierdas, hasta llegar al homicidio de Andreu Nin, del Poum, a manos de las chekas. Y muy poco, por la fuerza y comodidad de los estigmas, en relación con las figuras de genuinas convicciones socialcatólicas como Giménez Fernández y Luis Lucía. Incluso, éste, a manera de ilustración, había fundado la Derecha Regional Valenciana, asimilada al Ceda, pero se opuso al alzamiento del 18 de julio de 1936, siendo curioso que sus militantes fuesen perseguidos y asesinados por los republicanos y los nacionales, simultáneamente. Al ahogo de las circunstancias políticas podemos sumar el de un lenguaje que ejerció todo su peso maniqueo, sin retratar fielmente y con prontitud la diversa aprisionada en los estereotipos en boga.
Prieto murió en México (1962), en un exilio que jamás supuso tan largo. Fue una opción perdida en mayo de 1936, cuando pudo encabezar el Gobierno, lidiando pragmáticamente con los problemas junto a Manuel Azaña.
Hay quienes razonablemente afirman que el centro constituye la senda más prometedora hacia el poder, permitiendo articular los más diversos intereses en conflicto con beneficios inmediatos, quizás efímeros, aunque -a la larga- sea una afrenta a la más elemental o genuina noción de compromiso, propicio para toda suerte de oportunismo. Pero, en determinadas circunstancias, goza de una enorme validez si es alimentado por la moderación como el acto de mayor audacia, rigor estratégico y compromiso efectivo, en el marco de una lucha encarnizada por el poder, donde las pasiones extremas no sólo asfixian cualquier fórmula posible de convivencia pacífica y libre, sino constituyen un fácil atajo para la supervivencia de los peores.
Fuente: http://www.analitica.com/va/internacionales/internacionales/9246305.asp
Luis Barragán
Martes, 21 de marzo de 2000
Demasiadas incidencias (des) hicieron a la II República española. Las utopías de signo contrario, la colmaron de pasión y pólvora. Hubo una esperanza con los comicios de febrero de 1936, pero no cupieron las posturas intermedias, moderadas o centristas que le permitiera al país superar su evidente atraso y soportar el fiero contexto internacional de entonces.
Bajo la conducción de Manuel Azaña, el nuevo Gobierno toma iniciativas que agudizan el rencor de las derechas y de las izquierdas. Reaparecen en el horizonte la violencia callejera, las huelgas, los asesinatos por motivos partidistas, la quema de conventos. Unos miran al escritor como el Karenski que no detendrá el paso arrollador de Francisco Largo Caballero, el "Lenin español", mientras Niceto Alcalá Zamora, es destituido como Jefe del Estado gracias a las dos disoluciones de las cortes.
Parecen tardías las diligencias centristas, vista la terquedad suicida de José María Gil Robles y la fallida intentona militar de diciembre próximo pasado.
Asciende Azaña como cabeza de la República, pero debe hurgar con cuidado la nómina para confiar la conducción del Gobierno. Indalecio Prieto surge como la figura idónea ante el insoportable hervor de los extremos. No es posible y Santiago Casares Quiroga ocupa el premierato.
Prieto dirá, en un discurso pronunciado el 25 de mayo del referido año, que las aspiraciones de justicia social del proletariado están marcadas por la realidad y las mudanzas de cada instante, pues se agigantaba el peligro de una alianza del fascismo con la pequeña burguesía, en medio del desasosiego, la zozobra y la intranquilidad. Por lo demás, hoy los expertos observan la ausencia de un soporte teórico que permitiera trazar los objetivos revolucionarios o contrarrevolucionarios, arbitrando los medios necesarios. Siendo así, la violencia instintiva tomará la calle ciega de la improvisación, sorprendiendo a los mismos insurgentes.
Era extenso y calificado el catálogo de los conspiradores contra la República, obligado el analista a un esfuerzo extraordinario para prever el nombre que definitivamente los capitalizaría. Cuenca había sido el escenario de un discurso disuasivo, el primero de mayo, en el que Prieto, al esgrimir su intuición, convierte la sospecha en vaticinio: Francisco Franco será el caudillo.
En los espacios políticos domésticos se evidenciaban conflictos de alto octanaje que requerían de condiciones, probablemente existentes, para la moderación.
Con frecuencia se habla de las marcadas distinciones en el seno de las izquierdas, hasta llegar al homicidio de Andreu Nin, del Poum, a manos de las chekas. Y muy poco, por la fuerza y comodidad de los estigmas, en relación con las figuras de genuinas convicciones socialcatólicas como Giménez Fernández y Luis Lucía. Incluso, éste, a manera de ilustración, había fundado la Derecha Regional Valenciana, asimilada al Ceda, pero se opuso al alzamiento del 18 de julio de 1936, siendo curioso que sus militantes fuesen perseguidos y asesinados por los republicanos y los nacionales, simultáneamente. Al ahogo de las circunstancias políticas podemos sumar el de un lenguaje que ejerció todo su peso maniqueo, sin retratar fielmente y con prontitud la diversa aprisionada en los estereotipos en boga.
Prieto murió en México (1962), en un exilio que jamás supuso tan largo. Fue una opción perdida en mayo de 1936, cuando pudo encabezar el Gobierno, lidiando pragmáticamente con los problemas junto a Manuel Azaña.
Hay quienes razonablemente afirman que el centro constituye la senda más prometedora hacia el poder, permitiendo articular los más diversos intereses en conflicto con beneficios inmediatos, quizás efímeros, aunque -a la larga- sea una afrenta a la más elemental o genuina noción de compromiso, propicio para toda suerte de oportunismo. Pero, en determinadas circunstancias, goza de una enorme validez si es alimentado por la moderación como el acto de mayor audacia, rigor estratégico y compromiso efectivo, en el marco de una lucha encarnizada por el poder, donde las pasiones extremas no sólo asfixian cualquier fórmula posible de convivencia pacífica y libre, sino constituyen un fácil atajo para la supervivencia de los peores.
Fuente: http://www.analitica.com/va/internacionales/internacionales/9246305.asp
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Utopía
sábado, 23 de junio de 2012
DE UNA BREVE UTOPÍA PERSONAL
Quizá porque una de nuestras utopías sea la integrar a los colegios
públicos a un mundo que todavía no conocen, aunque algunas escuelas
privadas cuentan con la afortunada visita de artístas como Alirio
Palacios, según el comentario reciente que nos hizo María Efe. O la de
músicos que ofrecen otra alternativa, de acuerdo a la
Orquesta Sinfónica de Venezuela y su excelente programa de visitas, como hemos
escrito en otras ocasiones.
Reincidimos en San Blas. Hay una oportunidad inmensa para ejercer esa pedagogía necesaria que, simplemente, no la ejerce el gobierno nacional. Excepto, como a toda hora vemos, la tupida y moralizadora publicidad de Chávez Frías que lo hacen ver como un adalid de la paz y del amor....Increíble falsario.
LB
Vid. El arte en la escuela: JPR en San Blas; y Obras de arte para todo público
Cfr.
LB La vecina del piano (y viceversa) ; LB De la orquestación venezolana
Reincidimos en San Blas. Hay una oportunidad inmensa para ejercer esa pedagogía necesaria que, simplemente, no la ejerce el gobierno nacional. Excepto, como a toda hora vemos, la tupida y moralizadora publicidad de Chávez Frías que lo hacen ver como un adalid de la paz y del amor....Increíble falsario.
LB
Vid. El arte en la escuela: JPR en San Blas; y Obras de arte para todo público
Cfr.
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jueves, 14 de junio de 2012
DESALAMBRAR
EL NACIONAL - Jueves 14 de Junio de 2012 Opinión/9
El futuro nos pertenece
LUIS UGALDE
En mis visitas al Berlín comunista, hace 45 años, me llamaban la atención unos inmensos letreros que coronaban los edificios oficiales: Die Zukunft Gehört Uns o "El futuro nos pertenece", que prometía el régimen policial a la deprimida población que vivía en esas calles muertas, de casas carcomidas por la guerra, la pobreza y el miedo. Esfuerzo y propaganda del régimen soviético que pregonaba que el presente es duro y con muchas carencias pero, gracias a la científica conducción del partido, pronto amanecerá una radiante mañana sin ocaso ni privaciones.
Este año, con la ciudad transformada, tuve la oportunidad de caminar otra vez por las calles que estuvieron divididas por el muro, por las alambradas y por los soldados soviéticos que cuidaban el paraíso prometido. Visité Checkpoint Charlie, lugar de cruce del muro de la zona americana a la soviética donde en 1967, luego de media hora de interrogatorio comunista en un cuarto cerrado, no me dejaron pasar El nuevo catecismo bíblico alemán, que llevaba de regalo a un jesuita que atendía espiritualmente a los enfermos de un hospital. Naturalmente, no podían permitir la entrada de malignas semillas del "opio del pueblo".
Recientemente el escritor cubano Leonardo Padura en la extraordinaria novela El Hombre que Amaba a los Perros desentraña la criminal y obsesiva persecución estalinista a Trostky hasta su asesinato en México, y deja al descubierto la "perversión de la utopía" socialista en represión y asesinatos. En la novela, Jaime es el comunista cubano (Padura lo define: "Como metáfora de una generación y como prosaico resultado de una derrota histórica"), que nos relata las peripecias del comunista catalán Ramón Mercader a las órdenes de Stalin hasta asesinar a Trotsky en 1940 y hasta su muerte en 1978.
El autor reflexiona y escribe en Cuba una década después de la caída del muro y ya con las ilusiones convertidas en amargas cenizas: "Quise utilizar la historia del asesinato de Trosky para reflexionar sobre la perversión de la gran utopía del siglo XX, ese proceso en el que muchos invirtieron sus esperanzas y tantos hemos perdido sueños, años y hasta sangre y vida". Jaime vivió todo esto encerrado en una ceguera de militante fanático comunista hasta el derrumbe de la inmensa cárcel física y mental: "Supe entonces que (...) éramos la generación de los crédulos, la de los que románticamente aceptamos y justificamos todo con la vista puesta en el futuro, la de los que cortaron caña convencidos de que debíamos cortarla ( y, por supuesto, sin cobrar por aquel trabajo infame); la de los que fueron a la guerra en los confines del mundo porque así lo reclamaba el internacionalismo proletario, y allá nos fuimos sin esperar otra recompensa que la gratitud de la Humanidad y de la Historia; la generación que sufrió y resistió los embates de la intransigencia sexual, religiosa, ideológica, cultural (...) habíamos vivido bajo el lema, tantas veces repetido en matutinos escolares, de que el futuro de la humanidad pertenecía por completo al socialismo (...). Nada habíamos sabido de las represiones y genocidios de los pueblos, etnias, partidos políticos enteros de las persecuciones mortales de inconformes y religiosos...".
Pero hoy está a la vista ese pasado y el presente, y es obvio que el futuro no pertenece ni al comunismo soviético, ni al chino, ni al cubano, todos muertos o en etapa terminal, y mucho menos al falso "socialismo del siglo XXI", que ni es socialismo, ni es del siglo XXI, sino un desbocado personalismo militarista, un desastre económico, social, político y moral ahogado en petrodólares. El futuro de Venezuela pertenece a la esperanza y a la dignidad humana de millones de venezolanos que no nos resignamos, y de verdad necesitamos y creemos en una sociedad de libertad, justicia y oportunidades para todos y con la pobreza superada. El futuro nos pertenece a los demócratas solidarios si asumimos nuestra responsabilidad creativa para lograrlo. Crear esa democracia solidaria, no simplemente entregarnos a la dinámica mundial de la economía capitalista con sus ventajas y lacras, es un reto inmenso que exige movilización total. Esto es lo que nos jugaremos en octubre y no una simple elección con un torneo de promesas.
Fotografía: Conrad Schumann, tomada de http://fernandorgenoves.blogspot.com/2012/05/adios-al-mayo.html
El futuro nos pertenece
LUIS UGALDE
En mis visitas al Berlín comunista, hace 45 años, me llamaban la atención unos inmensos letreros que coronaban los edificios oficiales: Die Zukunft Gehört Uns o "El futuro nos pertenece", que prometía el régimen policial a la deprimida población que vivía en esas calles muertas, de casas carcomidas por la guerra, la pobreza y el miedo. Esfuerzo y propaganda del régimen soviético que pregonaba que el presente es duro y con muchas carencias pero, gracias a la científica conducción del partido, pronto amanecerá una radiante mañana sin ocaso ni privaciones.
Este año, con la ciudad transformada, tuve la oportunidad de caminar otra vez por las calles que estuvieron divididas por el muro, por las alambradas y por los soldados soviéticos que cuidaban el paraíso prometido. Visité Checkpoint Charlie, lugar de cruce del muro de la zona americana a la soviética donde en 1967, luego de media hora de interrogatorio comunista en un cuarto cerrado, no me dejaron pasar El nuevo catecismo bíblico alemán, que llevaba de regalo a un jesuita que atendía espiritualmente a los enfermos de un hospital. Naturalmente, no podían permitir la entrada de malignas semillas del "opio del pueblo".
Recientemente el escritor cubano Leonardo Padura en la extraordinaria novela El Hombre que Amaba a los Perros desentraña la criminal y obsesiva persecución estalinista a Trostky hasta su asesinato en México, y deja al descubierto la "perversión de la utopía" socialista en represión y asesinatos. En la novela, Jaime es el comunista cubano (Padura lo define: "Como metáfora de una generación y como prosaico resultado de una derrota histórica"), que nos relata las peripecias del comunista catalán Ramón Mercader a las órdenes de Stalin hasta asesinar a Trotsky en 1940 y hasta su muerte en 1978.
El autor reflexiona y escribe en Cuba una década después de la caída del muro y ya con las ilusiones convertidas en amargas cenizas: "Quise utilizar la historia del asesinato de Trosky para reflexionar sobre la perversión de la gran utopía del siglo XX, ese proceso en el que muchos invirtieron sus esperanzas y tantos hemos perdido sueños, años y hasta sangre y vida". Jaime vivió todo esto encerrado en una ceguera de militante fanático comunista hasta el derrumbe de la inmensa cárcel física y mental: "Supe entonces que (...) éramos la generación de los crédulos, la de los que románticamente aceptamos y justificamos todo con la vista puesta en el futuro, la de los que cortaron caña convencidos de que debíamos cortarla ( y, por supuesto, sin cobrar por aquel trabajo infame); la de los que fueron a la guerra en los confines del mundo porque así lo reclamaba el internacionalismo proletario, y allá nos fuimos sin esperar otra recompensa que la gratitud de la Humanidad y de la Historia; la generación que sufrió y resistió los embates de la intransigencia sexual, religiosa, ideológica, cultural (...) habíamos vivido bajo el lema, tantas veces repetido en matutinos escolares, de que el futuro de la humanidad pertenecía por completo al socialismo (...). Nada habíamos sabido de las represiones y genocidios de los pueblos, etnias, partidos políticos enteros de las persecuciones mortales de inconformes y religiosos...".
Pero hoy está a la vista ese pasado y el presente, y es obvio que el futuro no pertenece ni al comunismo soviético, ni al chino, ni al cubano, todos muertos o en etapa terminal, y mucho menos al falso "socialismo del siglo XXI", que ni es socialismo, ni es del siglo XXI, sino un desbocado personalismo militarista, un desastre económico, social, político y moral ahogado en petrodólares. El futuro de Venezuela pertenece a la esperanza y a la dignidad humana de millones de venezolanos que no nos resignamos, y de verdad necesitamos y creemos en una sociedad de libertad, justicia y oportunidades para todos y con la pobreza superada. El futuro nos pertenece a los demócratas solidarios si asumimos nuestra responsabilidad creativa para lograrlo. Crear esa democracia solidaria, no simplemente entregarnos a la dinámica mundial de la economía capitalista con sus ventajas y lacras, es un reto inmenso que exige movilización total. Esto es lo que nos jugaremos en octubre y no una simple elección con un torneo de promesas.
Fotografía: Conrad Schumann, tomada de http://fernandorgenoves.blogspot.com/2012/05/adios-al-mayo.html
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