Distopía y utopía
Luis Barragán
La ilusión no fue sólo la de un cambio de década, sino de siglo. Mejor aún, la de un distinto milenio, disparando algunos atavismos.
A medida que se acercaba el 2000, en la ya vieja prensa sobró el testimonio de un optimismo razonable, aunque – a veces – también francamente delirante. El país, por la sola producción del petróleo, faltando poco, inagotable, constituía una apuesta segura.
Que sepamos, apenas hubo una mirada articulada y enteramente pesimista, como la de Francisco Herrera Luque con su postrera novela “1998” (Grijalbo, Caracas, 1992), deshecha Venezuela en las fauces del fascismo devenido epidemia continental. No obstante, finalizando la centuria de logros contrastantes con la anterior, la versión catastrófica de las realidades dijo ofertar mejor el paraíso a la vuelta de la esquina.
Maldito el FMI y los agentes del patio, la superación de las inauditas cotas de pobreza, corrupción e inseguridad personal tendría por garantía una democracia, cuya única profundidad dependería de la celebración de numerosas consultas electorales, importando poco que fuesen plebiscitarias, impuntuales e inauditables. Se daba como un hecho que la producción - de todos modos - alcanzaría un promedio de seis millones de barriles diarios, al igual que los precios jamás descenderían afianzados por las pugnas de una irreprimible multipolaridad al avanzar el siglo.
Y acá nos encontramos, cierta, irrefutable y plenamente realizada esa versión catastrofista que logró colarse y prender, deshaciéndose la propia República en las manos de un socialismo al que sólo lo alimenta el sacrificio inútil y genocida de una población fuertemente reprimida. Empero, este XXI inquilinario al que de nuevo llegamos tarde, cuenta con un futuro próximo y realizable, con la reivindicación de las libertades públicas y personales ahora negadas, un modelo y estrategia alterna de desarrollo afincada en el emprendimiento y el trabajo, capaces de abrir las puertas a una elevada calidad de vida con equidad social: puede decirse, hay un importante aprendizaje generacional que cobrará una decidida actualización de comprometerse con los principios y valores que alguna vez, desgraciadamente, olvidamos.
Ilustración: Alberto Savinio.
09/09/2018:
http://guayoyoenletras.net/2018/09/09/distopia-y-utopia/
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martes, 11 de septiembre de 2018
jueves, 2 de junio de 2016
DE LA PAZ PERPETUA
El Nacional, Caracas, 01 de junio de 2016
Utopías y distopías
Aníbal Romero
En 1516, hace ya quinientos años,
apareció la primera edición de Utopía, la famosa obra de Tomás Moro. Su
autor, quien ocupó la posición de Lord Chancellor en la corte del rey Enrique
VIII y fue mártir de la causa católica, pagó con su vida el apego a principios
en los que fervientemente creía. El término “utopía”, proveniente del griego,
fue un ingenioso invento de Moro, y significa “en ninguna parte”. Se trata de
una de esas palabras que alcanzan a definir toda una tradición de pensamiento,
y luego se incorporan al lenguaje corriente en numerosos idiomas. Hoy todos
entendemos que una utopía es una visión ideal, una imagen ficticia creada para
describir un orden social, económico, cultural y político presuntamente
superior y deseable, e igualmente para cuestionar una realidad vigente que es
percibida como inaceptable.
En el caso específico de la obra
de Moro, su dibujo de ese orden superior, fundamentalmente armonioso, justo y
pacífico, presenta complejidades que sería prolijo comentar en estas notas. Lo
que deseo resaltar, como ha apuntado Jürgen Habermas en un brillante estudio
sobre el tema, es que la obra de Moro forma parte, junto a El príncipe
de Maquiavelo y otras posteriores, del proceso de cambio desde la tradición clásica
y medieval del pensamiento político occidental a la tradición moderna, un
proceso que dejó atrás asuntos que concernían de manera prioritaria a autores
como Aristóteles, Platón y Tomás de Aquino, abriendo horizontes teóricos que
todavía nos acompañan. La concepción de la política como búsqueda de la vida
buena y continuación de la ética cedió su lugar a un planteamiento diferente,
hondamente influido por el desarrollo de las ciencias naturales a partir del
Renacimiento y focalizado en afrontar problemas concretos, asumidos a su vez
como asuntos susceptibles de soluciones técnicas.
En otras palabras, Maquiavelo
separó nítidamente la ética de la política, entendiendo esta última como una
técnica capaz de ser aprendida, y destinada a adquirir, aumentar y preservar el
poder. Tomás Moro, por su lado, diseñó una sociedad ideal ubicada en la
imaginaria isla de Utopía, como experimento dirigido a dar respuesta a
problemas tales como el hambre y la miseria que aquejaban a la Inglaterra de
entonces, pero que albergaban un impacto universal e imponían desafíos de gran
envergadura al orden político y sus regentes.
Moro no inventó el impulso
utópico, que ha existido en Occidente desde la antigüedad clásica y hasta
nuestros días, y que se plasmó, para mencionar un ejemplo crucial, en La
república de Platón, pero sí condujo hasta un punto de mayor desarrollo
conceptual la idea de crear un modelo para criticar la realidad existente y
proponer una alternativa.
Estudiosos del impulso utópico y
de la historia de las utopías distinguen entre las utopías de evasión y las de
reconstrucción. Las primeras son un escape de la realidad y las segundas una
fórmula para transformarla. Casi todas las utopías combinan elementos de
escapismo con ánimos y propuestas de cambio. Ello ciertamente ocurre en la obra
de Moro. Ahora bien, desde que apareció su Utopía y hasta los tiempos
que vivimos, el impulso utópico ha recorrido un largo y tortuoso camino. Dos
aspectos merecen ser señalados: primero, el increíble avance de la ciencia y la
técnica modernas ha generado paralelamente pesimismo y optimismo, y las utopías
que pintan un posible mundo mejor labrado por el ingenio humano pugnan con las
llamadas distopías, término este último que el Diccionario de la Real Academia
Española define como la “representación ficticia de una sociedad futura de
características negativas, causantes de la alienación humana”. Dicho de otro
modo, una distopía es una utopía negativa.
En segundo lugar, este siglo XXI se está convirtiendo en un tiempo de distopías, enfocadas sobre presuntas o reales amenazas al conjunto del planeta, amenazas que requieren que la humanidad admita su culpa por la progresiva destrucción de nuestro hábitat y abra las puertas a una nueva utopía, cuyos contornos no siempre resulta fácil discernir con suficiente claridad.
En segundo lugar, este siglo XXI se está convirtiendo en un tiempo de distopías, enfocadas sobre presuntas o reales amenazas al conjunto del planeta, amenazas que requieren que la humanidad admita su culpa por la progresiva destrucción de nuestro hábitat y abra las puertas a una nueva utopía, cuyos contornos no siempre resulta fácil discernir con suficiente claridad.
Es paradójico que el avance de la
ciencia y la técnica produzca tantas y tan oscuras visiones apocalípticas. El
siglo XX fue un siglo de desilusiones en este ámbito. Ello se evidencia en las
excelentes obras de ciencia ficción de autores como H. G. Wells, Aldous Huxley
y George Orwell. El desencanto con los efectos de las nuevas tecnologías marchó
al unísono con el desengaño comunista. Es un hecho que la utopía comunista
tenía un elevadísimo contenido de optimismo científico y tecnológico. Lenin lo
sintetizó en su famosa frase acerca del socialismo como “la electrificación más
los soviets” (es decir, el avance técnico junto a la estructura de dominio
proletario). Pero mucho más importantes son las elucubraciones de Marx en los denominados
Grundrisse, es decir, los trabajos preparatorios de su obra clave, El
capital, que fueron publicados póstumamente. En algunas de esas páginas,
así como en otros textos suyos, Marx esbozó una utopía mediante la cual las
máquinas eventualmente sustituirían a los seres humanos en las labores de
producción de los bienes materiales, haciendo así posible el sueño de “a cada
cual según sus necesidades, de cada cual según sus capacidades”. Todo ello
enmarcado en un mundo idílico que nos permitiría dejar de trabajar y dedicarnos
plenamente a los placeres de la existencia.
Es probable que el catastrófico
fracaso de la utopía comunista haya contribuido a acrecentar el pesimismo
distópico hoy imperante. Tomás Moro intentó dar respuesta a problemas concretos
a través de su modelo ideal, pero su obra estaba circunscrita a un espacio y un
tiempo limitados. En nuestros días se expande por el mundo una sensación de
amenaza ecológica global y avasallante, que en ocasiones asume rasgos
apocalípticos.
No es mi intención polemizar en
torno al tema del cambio climático y todo lo que le rodea. Lo que deseo
enfatizar son los aspectos cuasi-religiosos de algunas utopías y distopías
actuales, de acuerdo con las cuales una humanidad culpable, que se
destruye a sí misma a medida que destruye el planeta, debe redimirse
mediante la adopción de un estilo de vida muy diferente. Me parece obvio que
ese nuevo estilo de vida se inspira, así sea a través de innumerables
mediaciones intelectuales, en las especulaciones rousseaunianas articuladas en
su obra Emilio, así como en su Discurso sobre el origen y fundamentos
de la desigualdad entre los hombres y en el también muy conocido Discurso
sobre las ciencias y las artes. Existe un impulso arcaico, una aspiración
primitivista, un sueño de retorno a una indefinida “edad de oro”, en no pocas
de las propuestas que hoy pretenden superar los dilemas del capitalismo a
través del ecologismo y sus sucedáneos. No critico esto, sencillamente lo
apunto.
E insisto: no soy un experto en lo que tiene que ver con el cambio climático; acá solo trato de señalar que las supuestas soluciones a los problemas presentados en las utopías y distopías actuales, en general, no parecieran asumir el carácter práctico que Tomás Moro intentó dar a sus propuestas. Más bien, pienso, las utopías y distopías de hoy ponen de manifiesto –entre muchos otros ingredientes– el planteamiento que en su momento hizo el destacado pensador judío-alemán Max Horkheimer, quien en su obra de 1947, El eclipse de la razón (traducida al castellano como Crítica de la razón instrumental), habló acerca de la “revuelta” o “venganza” de la naturaleza, acosada y herida por nuestra sed de dominio. Estas ideas influyen directa o indirectamente sobre el contexto intelectual contemporáneo, y nutren los miedos y esperanzas de un tiempo de confusión e incertidumbre.
E insisto: no soy un experto en lo que tiene que ver con el cambio climático; acá solo trato de señalar que las supuestas soluciones a los problemas presentados en las utopías y distopías actuales, en general, no parecieran asumir el carácter práctico que Tomás Moro intentó dar a sus propuestas. Más bien, pienso, las utopías y distopías de hoy ponen de manifiesto –entre muchos otros ingredientes– el planteamiento que en su momento hizo el destacado pensador judío-alemán Max Horkheimer, quien en su obra de 1947, El eclipse de la razón (traducida al castellano como Crítica de la razón instrumental), habló acerca de la “revuelta” o “venganza” de la naturaleza, acosada y herida por nuestra sed de dominio. Estas ideas influyen directa o indirectamente sobre el contexto intelectual contemporáneo, y nutren los miedos y esperanzas de un tiempo de confusión e incertidumbre.
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sábado, 30 de noviembre de 2013
RIELES
Falso cuaderno
Neoliberal
ANA NUÑO
Toda una distopía tuvo que imaginar George Orwell para darle sentido al retorcimiento del lenguaje llevado más allá del límite de la lógica esto es, allí donde las palabras pueden significar A y a la vez dan a entender lo contrario que A que Eric Blair observó y cuyas consecuencias padeció en carne propia. Pero con todo y ser angustiosa, la fantasía de 1984 tiene un punto optimista: que para que la humanidad se someta al relativismo caprichoso del poder absoluto, ha de vivir permanentemente bajo observación y amenaza de castigo.
Las pantallas siempre encendidas para escrutar el mínimo gesto cotidiano y transmitir oportunamente las órdenes del Gran Hermano, en realidad son ahora es fácil advertirlo un rayo de esperanza. Postulan, por más que improbable, una futura rebelión de las masas, que tal vez por qué no fabular la fábula adquiera un día la forma de un sabotaje que aborte el flujo eléctrico que alimenta los ojos y la boca catódicos.
Y digo catódicos para no añadir más anacronismos a la ya anacrónica (¡y optimista!) distopía orwelliana.
He puesto ahora y optimista entre paréntesis, pero es una prevención retórica. Porque lo cierto (no me atrevo ya a escribir la verdad) es que casi 30 años después de la fecha marcada con bola negra por Eric Blair, nuestra realidad ha superado su utopía negativa. Por ejemplo, lo de las pantallas y el Gran Hermano vigilándonos y controlándonos con ellas, ahora ha alcanzado la innegable perfección del autocontrol: día y noche conectados a nuestros smartphones, pendientes de enviar o recibir un nuevo mensaje de Twitter o en WhatsApp, de la última noticia del día (o la noche)... Gran Hermano, ¿para qué? Si cada uno de nosotros ha aceptado el más humilde pero mucho más eficaz papel de pequeño hermano de sí mismo.
En cuanto a los usos y abusos de la neolengua. Ya normalizado el hábito de insultar al discrepante tildándole de fascista, oligarca o escuálido, emborronando el sentido de esas palabras, la neoizquierda ultrairredenta lleva unos cuantos años retorciéndole el cuello a "neoliberal" para hacerle significar lo mismo que los anteriores despojos lingüísticos, más el bonus-track de "capitalista desalmado".
Estos manoseos con la lengua son lo esperable de parte de unas gentes que, como se decía de los partidarios de los Borbones después de la Revolución Francesa, "no han olvidado nada y no han aprendido nada". Ah, pero resulta que en el bando de los supuestamente ilustrados también crecen enanos y los opositores de los ultrairredentos han decidido sumarse al jolgorio del retorcimiento lingüístico. Lo digo porque un aproximado politólogo, que alejándose de su supuesto oficio se ha puesto a cantarle loas al principal político opositor de la dictadura postchavista, ha acuñado un marchamo digno de aquel orwelliano Ministerio de la Verdad: la política económica del petroestado venezolano, que siempre, es decir antes, durante y ya después de Chávez, ha sido y es todo lo contrario del neoliberalismo, ahora resulta que conviene llamarla "neoliberalismo de Estado".
Vuelve, por favor, Eric, que se han vuelto más locos todavía.
Pieza: Emily Weiskopf.
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sábado, 23 de noviembre de 2013
DESPLIEGUE DE ALAS (1)
EL PAÍS, Madrid, 24 de noviembre de 2013
TRIBUNA
Futuros fatídicos que ya están aquí
La sociedad descrita en ‘Un mundo feliz’ es la pesadilla a la que parecemos dirigirnos
Juan Jacinto Muñoz Rengel
Estos últimos años hemos podido observar un incremento de la literatura distópica, que de repente parece haberse convertido en una moda. Pero ¿qué ha propiciado este interés por el género en un país que siempre ha desdeñado la literatura de ciencia ficción? ¿Por qué ahora las novelas prospectivas que nos advierten de la llegada de un futuro adverso, que dibujan la peor de las sociedades posibles, acaparan la atención? Quizá las épocas de crisis nos vuelven más temerosos, o más prudentes. O puede que ese futuro fatídico, cuya expresión literaria vino de la mano de la sociedad moderna, esté más cerca que nunca, a apenas unas décadas de distancia. O quizá ya ha comenzado a manifestarse, quizá ya está aquí. Después de todo, podría ser que cuando un autor de nuestro tiempo da forma a una novela distópicano esté haciendo otra cosa que literatura realista.
Se acaban de cumplir 50 años de la muerte de´y, un prolífico escritor y pensador que medio siglo después sigue siendo recordado sobre todo por su novela Un mundo feliz, que en realidad fue escrita hace aún más tiempo, en los primeros años treinta. Y a pesar de todo, mientras otras distopías literarias prescriben o pierden fuerza, esta obra de inicios de otro siglo se torna cada día más terrible y poderosa. Esto se debe en gran medida, salvando las licencias y metáforas, a su verosimilitud, a su vigencia. A su gran número de inquietantes aciertos. Todavía hoy podemos sentir como amenaza un mundo semejante.
En concreto, son dos los grandes aciertos de Huxley: anticipó el auge de la ciencia y la tecnología que dominan hoy nuestras vidas y predijo la absoluta hegemonía de la cultura del consumo.
Huxley anticipó el auge de la ciencia y predijo la absoluta hegemonía de la cultura del consumo
Hay otros aspectos, claro, en los que de momento no nos vemos tan fielmente reflejados. La estratificación social en base a castas modificadas genéticamente todavía parece lejos de imponerse; aunque las técnicas de fecundación in vitro, algo remoto en 1932, están sobradamente probadas hoy en día y los avances en manipulación genética han sido sorprendentes.
Tampoco hemos acabado instaurando de manera oficial una droga de diseño como el soma, que nos mantenga a todos felices e idiotizados, ni un método de condicionamiento durante el sueño mediante mensajes grabados, sin embargo, quizá todo eso ha ido adquiriendo su forma perfecta en la publicidad y en la televisión. Eso lo supo ver mejor Ray Bradbury, que en Fahrenheit 451 (1953) imagina una sociedad que vive en torno a pantallas gigantes y realities: “El televisor es real. Es inmediato, tiene dimensión. Te dice lo que debes pensar y te lo dice a gritos. Ha de tener razón. Parece tenerla”.
Y, con todo, a pesar de las pequeñas inexactitudes, el modelo que propone Un mundo feliz sigue siendo en su mayoría la pesadilla a la que parecemos dirigirnos. O quizá ya hemos llegado. Una vez relegadas las distopías comunistas, tras la caída del muro de Berlín y la desintegración de las repúblicas soviéticas, otros modelos como los imaginados por Zamiatin o por Orwell quedan fuera de nuestro horizonte, al menos en su planteamiento general. Si bien sus novelas están plagadas de intuiciones alarmantes: en 1984 (1949), por ejemplo, para los miembros del Partido no había nada que temer de los proletarios, que generación tras generación y siglo tras siglo continuarían trabajando, procreando y muriendo, no solo sin sentir impulsos de rebelarse, sino sin comprender que el mundo podría ser diferente.
Son las consecuencias del fordismo, tan temidas por Huxley, las que han terminado haciéndose con el control del mundo.
Son las consecuencias del fordismo tan temidas por Huxley, no obstante, las que han terminado haciéndose con el control del mundo. Es el consumismo a gran escala, unido al desarrollo de la tecnología, el que rige nuestra civilización. Al fin, nos hemos rendido por completo a las ciegas exigencias del capital, carente de ética y de moral, en un vano intento de lograr una adormecida felicidad.
También lo auguraba Jack London muchos años antes, en El talón de hierro (1908): “De la inconsistencia e incoherencia morales del capitalismo los oligarcas extrajeron una ética nueva, coherente y definida, tajante y rígida como el acero, la más absurda, la menos científica y más poderosa que hubiese tenido jamás una clase de tiranos”. Pero la profecía huxleyana afina aún más al intuir que el origen del mal sería anónimo. En Un mundo feliz no hay una cabeza visible de Gobierno, ni un líder definido, ni nadie en concreto contra quien rebelarse, solo hay personas que mandan más y personas que mandan menos, pero todo forma parte de un sistema impersonal y abstracto que nadie dirige y al que nadie escapa.
El británico Aldous Huxley rechazaba los sistemas comunistas tanto como aborrecía las sociedades capitalistas. Y en su última novela, La isla (1986), utópica al fin, como si se tratase de una llamada a la esperanza, formuló un buen número de posibles alternativas. Hoy parece, sin embargo, que algunos quieren verlo todo blanco o negro. Como si fuésemos ya los descerebrados ciudadanos de una novela distópica.
(*) Juan Jacinto Muñoz Rengel es escritor, sus últimos libros publicados son El sueño del otro y El libro de los pequeños milagros.
Fotografía: LB, pieza de Rafael Barrios, La Castellana, Caracas (23/11/13).
TRIBUNA
Futuros fatídicos que ya están aquí
La sociedad descrita en ‘Un mundo feliz’ es la pesadilla a la que parecemos dirigirnos
Juan Jacinto Muñoz Rengel
Estos últimos años hemos podido observar un incremento de la literatura distópica, que de repente parece haberse convertido en una moda. Pero ¿qué ha propiciado este interés por el género en un país que siempre ha desdeñado la literatura de ciencia ficción? ¿Por qué ahora las novelas prospectivas que nos advierten de la llegada de un futuro adverso, que dibujan la peor de las sociedades posibles, acaparan la atención? Quizá las épocas de crisis nos vuelven más temerosos, o más prudentes. O puede que ese futuro fatídico, cuya expresión literaria vino de la mano de la sociedad moderna, esté más cerca que nunca, a apenas unas décadas de distancia. O quizá ya ha comenzado a manifestarse, quizá ya está aquí. Después de todo, podría ser que cuando un autor de nuestro tiempo da forma a una novela distópicano esté haciendo otra cosa que literatura realista.
Se acaban de cumplir 50 años de la muerte de´y, un prolífico escritor y pensador que medio siglo después sigue siendo recordado sobre todo por su novela Un mundo feliz, que en realidad fue escrita hace aún más tiempo, en los primeros años treinta. Y a pesar de todo, mientras otras distopías literarias prescriben o pierden fuerza, esta obra de inicios de otro siglo se torna cada día más terrible y poderosa. Esto se debe en gran medida, salvando las licencias y metáforas, a su verosimilitud, a su vigencia. A su gran número de inquietantes aciertos. Todavía hoy podemos sentir como amenaza un mundo semejante.
En concreto, son dos los grandes aciertos de Huxley: anticipó el auge de la ciencia y la tecnología que dominan hoy nuestras vidas y predijo la absoluta hegemonía de la cultura del consumo.
Huxley anticipó el auge de la ciencia y predijo la absoluta hegemonía de la cultura del consumo
Hay otros aspectos, claro, en los que de momento no nos vemos tan fielmente reflejados. La estratificación social en base a castas modificadas genéticamente todavía parece lejos de imponerse; aunque las técnicas de fecundación in vitro, algo remoto en 1932, están sobradamente probadas hoy en día y los avances en manipulación genética han sido sorprendentes.
Tampoco hemos acabado instaurando de manera oficial una droga de diseño como el soma, que nos mantenga a todos felices e idiotizados, ni un método de condicionamiento durante el sueño mediante mensajes grabados, sin embargo, quizá todo eso ha ido adquiriendo su forma perfecta en la publicidad y en la televisión. Eso lo supo ver mejor Ray Bradbury, que en Fahrenheit 451 (1953) imagina una sociedad que vive en torno a pantallas gigantes y realities: “El televisor es real. Es inmediato, tiene dimensión. Te dice lo que debes pensar y te lo dice a gritos. Ha de tener razón. Parece tenerla”.
Y, con todo, a pesar de las pequeñas inexactitudes, el modelo que propone Un mundo feliz sigue siendo en su mayoría la pesadilla a la que parecemos dirigirnos. O quizá ya hemos llegado. Una vez relegadas las distopías comunistas, tras la caída del muro de Berlín y la desintegración de las repúblicas soviéticas, otros modelos como los imaginados por Zamiatin o por Orwell quedan fuera de nuestro horizonte, al menos en su planteamiento general. Si bien sus novelas están plagadas de intuiciones alarmantes: en 1984 (1949), por ejemplo, para los miembros del Partido no había nada que temer de los proletarios, que generación tras generación y siglo tras siglo continuarían trabajando, procreando y muriendo, no solo sin sentir impulsos de rebelarse, sino sin comprender que el mundo podría ser diferente.
Son las consecuencias del fordismo, tan temidas por Huxley, las que han terminado haciéndose con el control del mundo.
Son las consecuencias del fordismo tan temidas por Huxley, no obstante, las que han terminado haciéndose con el control del mundo. Es el consumismo a gran escala, unido al desarrollo de la tecnología, el que rige nuestra civilización. Al fin, nos hemos rendido por completo a las ciegas exigencias del capital, carente de ética y de moral, en un vano intento de lograr una adormecida felicidad.También lo auguraba Jack London muchos años antes, en El talón de hierro (1908): “De la inconsistencia e incoherencia morales del capitalismo los oligarcas extrajeron una ética nueva, coherente y definida, tajante y rígida como el acero, la más absurda, la menos científica y más poderosa que hubiese tenido jamás una clase de tiranos”. Pero la profecía huxleyana afina aún más al intuir que el origen del mal sería anónimo. En Un mundo feliz no hay una cabeza visible de Gobierno, ni un líder definido, ni nadie en concreto contra quien rebelarse, solo hay personas que mandan más y personas que mandan menos, pero todo forma parte de un sistema impersonal y abstracto que nadie dirige y al que nadie escapa.
El británico Aldous Huxley rechazaba los sistemas comunistas tanto como aborrecía las sociedades capitalistas. Y en su última novela, La isla (1986), utópica al fin, como si se tratase de una llamada a la esperanza, formuló un buen número de posibles alternativas. Hoy parece, sin embargo, que algunos quieren verlo todo blanco o negro. Como si fuésemos ya los descerebrados ciudadanos de una novela distópica.
(*) Juan Jacinto Muñoz Rengel es escritor, sus últimos libros publicados son El sueño del otro y El libro de los pequeños milagros.
Fotografía: LB, pieza de Rafael Barrios, La Castellana, Caracas (23/11/13).
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DESPLIEGUE DE ALAS (4)
La ciencia-ficción, el futuro y las distopías políticas
Javier Bilbao
La ciencia-ficción ha buscado con frecuencia representar peligros cercanos bajo formas extrañas. Como un juego que permite aproximarse de forma inofensiva a ideas o temores que de otra forma sería complicado abordar directamente. Respecto a su estética y a la tecnología que muestran… básicamente suele ser la que ya existe en su época pero agigantada. Rascacielos más altos, transportes más rápidos, máquinas con más botones…
Por ello nada envejece peor que una película futurista. Aunque conservan un peculiar encanto, con ese futuro que ya nunca será. Además uno siempre experimenta cierto regocijo cuando el mundo se va pareciendo siquiera un poquito a esas predicciones fantásticas, como si la realidad de vez en cuando nos hiciera un guiño. Como por ejemplo ver por la ventana las Cuatro Torres de la Castellana y fantasear con que se está en Neo-Tokio o Los Ángeles año 2019. Teniendo en cuenta que ya hay al menos una abandonada, tampoco es tan descabellado… Y si no se tiene suficiente, paciencia, que bastarán un par de legislaturas más de Esperanza Aguirre para ver convertida Madrid en Negociudad.
Según cuenta Fernando Savater, en el año 1900 las mayores amenazas en el ámbito social y político que sentían los parisinos ante el nuevo siglo que llegaba eran una posible invasión de los cosacos, el neokantismo y la incineración de cadáveres. Lamentablemente el cine estaba aún en sus inicios y no podemos disfrutar hoy día de vibrantes historias de zombies chamuscados, de cosacos asaltando París a bordo de zancudos AT-AT Walkers y de neokantianos haciendo cosas neokantianas. Pero no tuvieron que pasar muchos años para que pudiéramos ver futuros distópicos y mundos paralelos que mostraban apocalipsis ecológicos, guerras nucleares, regímenes totalitarios e hiperburocráticos que controlan hasta los pensamientos más íntimos y grandes corporaciones multinacionales que deciden sobre las vidas de sus clientes-trabajadores-ciudadanos. Peligros que a los terrícolas del siglo XX y XXI nos han quitado el sueño, y que las generaciones venideras quizá vean con la ternura con la que miramos ahora aquellas preocupaciones decimonónicas, murmurando un “pobres, eso no será nada en comparación con que les pasará…”.
Pero quién sabe, en algunos casos tal vez no acaben ocurriendo precisamente por estas advertencias. Obras como 1984 de George Orwell, están tan presentes en el pensamiento contemporáneo que vuelven muy impopulares ciertas iniciativas de gobiernos y parlamentos. O que vuelvan a ocurrir. Por ello me gustaría comenzar prestando especial atención a dos películas europeas pioneras, una rusa y otra alemana. Precisamente dos países que conocieron bien esa invención característicamente moderna que es el Estado totalitario.
La revolución obrera en Marte
Aelita (Yákov Protazanov, 1924) tiene el honor de ser la primera película de ciencia-ficción soviética. Comienza con un misterioso mensaje procedente del espacio que ha sido recibido en diversas estaciones del mundo. Este hallazgo inspira a un ingeniero moscovita llamado Losi a desarrollar los planos de un cohete espacial para ir en busca del origen de esa señal. Absorbido por tan elevada misión, tarda en reaccionar al hecho de que mientras tanto su esposa ha comenzado a flirtear con un aprovechado recién llegado a su casa. Cuando empiezan a acumularse las sospechas en la mente de Losi —parece que brillante para la ingeniería pero algo torpe para las relaciones sociales— se ofusca por los celos, va a su casa y se lía a tiros con su mujer. Acto seguido decide construir el cohete cuyos planos había estado diseñando, para irse a vivir a Marte y así no pagar por su crimen. La típica reacción. Mientras tanto, la Reina de Marte, Aelita, ha estado viendo al ingeniero a través de un nuevo telescopio que ha inventado uno de sus siervos y ha quedado perdidamente enamorada de él. También le ha llamado la atención de la civilización terrícola que las parejas se besen en la boca.
La reina Aelita. A juzgar por su vestido, la mutante de Desafío Total no fue la primera marciana con tres tetas.
Poco después vemos a un soldado que está por la calle paseando con su novia, ella se detiene ante un escaparate, pero él no tiene dinero y siguen caminando. Entonces pasan junto a la nave espacial que está en construcción y se le ocurre ir al donde el ingeniero para ofrecerse como astronauta. Es aceptado y al día siguiente parten hacia el infinito y más allá, acompañados por un detective que estaba siguiendo la pista del autor del crimen y en el último momento se metió dentro de cohete. Cuando llegan, la alegría de Aelita no puede ser mayor y ya hace planes de boda. Juntos gobernarán Marte. Mientras tanto, el soldado ha conocido a la clase oprimida de Marte, formada por obreros habitantes del subsuelo, y la solidaridad proletaria le lleva a incitarles a la Revolución:
“¡Camaradas, sólo vosotros os podéis ayudar a vosotros mismos! Nosotros sufrimos como vosotros, pero entonces…”
Vemos imágenes de un esclavo que rompe sus cadenas y coge la antorcha de la Libertad para escribir con su fuego: “25 de octubre de 1917”. Acto seguido, un obrero moldea a martillazos una hoz y finalmente pone su martillo cruzado con ella. Tras estas imágenes cargadas de un simbolismo no excesivamente sutil, remata su arenga:
“¡Seguid nuestro ejemplo, camaradas! ¡Formad la República Federal Socialista de Marte!”
Entonces, mientras suena La Marsellesa, aparece Aelita y se autoproclama líder de la revolución, pese a las comprensibles reservas del soldado. Tras una violenta refriega que termina con la victoria de los sublevados, la reina anuncia que las armas ya no serán necesarias en Marte y anima a los obreros a dejarlas. Acto seguido ordena a las tropas, ahora de su lado, que abran fuego contra los trabajadores rebeldes para que vuelvan a sus cuevas. Qué cabrona. En un tiempo récord, el nuevo régimen revolucionario se ha vuelto tan tiránico como el recién depuesto. Una audaz crítica a la Revolución Rusa y a algo que tantas veces hemos visto en diferentes fechas y países. ¿Cómo fue posible que en la URSS de 1924 se rodara una película con semejante mensaje? Quizá porque el año en que se rodó hubo cierto vacío de poder, al coincidir con la muerte de Lenin y la sucesión de Stalin.
Pero sigamos con la historia: mientras Aelita le hacía carantoñas a Losi, este veía en ella a su difunta esposa. Así que una vez se proclama la nueva dueña de Marte y aprovechando que están a solas, ¿qué hace Losi? Pues lo que le pide el cuerpo, que no es otra cosa que empujarla desde un precipicio. Matar una vez a su esposa no debió parecerle suficiente. Esa afición por la violencia doméstica no creo que fuera consentida en una película actual. Tras este acto contrarrevolucionario, nuestro protagonista despierta de nuevo en Moscú y comprende que en realidad todo había sido un sueño. Un final muy original… en 1924. En conclusión, se trata de una película con detalles muy originales y divertidos y un mensaje interesante. Bajo estas líneas puede verse, ya libre de derechos de copyright. La primera hora, desarrollada en gran parte en la Tierra, se hace un tanto larga, pero los 20 últimos minutos —ya íntegramente en Marte— son una maravilla:
La tiranía de las máquinas
En septiembre de 1933, la revista nazi Film-Kurier condenó la representación “de una clase subversiva y criminal desarrollada a través de fantasías sobre la metrópolis de un gigantismo destructivo”. Se refería, obviamente, a Metrópolis (Fritz Lang, 1927). La ciudad que inspiró la película fue, como no resulta difícil deducir, Nueva York. Concretamente de un viaje del director en 1924 con la productora UFA para un acuerdo de distribución, una productora que acabaría quebrando a causa de esta película precisamente. La historia tiene lugar en Metrópolis en el año 2000 y muestra dos clases sociales claramente diferenciadas: la clase obrera, que vive sometida bajo la superficie, y la clase alta, siempre ociosa, correteando por sus jardines versallescos y haciendo dios sabe qué guarrerías tras setos primorosamente podados.
La enorme maquinaria a la que sirven los obreros se convierte cada vez que se estropea en Moloch, el dios que requiere sacrificios humanos. Ese neoludismo que considera que las máquinas acaban esclavizando a los hombres estaba también presente unos años después en Tiempos modernos (Charlie Chaplin, 1936) y ha llegado a convertirse en uno de los tópicos fundamentales del cine de ciencia-ficción, con títulos como la saga de Terminator (James Cameron, 1984), Matrix (Andy y Lara Wachowski, 1999), Blade Runner (Ridley Scott, 1981), Sueños eléctricos (Steve Barron, 1984), Juegos de guerra (John Badham, 1983) 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), La rebelión de las máquinas (Stephen King, 1986), Yo Robot (Alex Proyas, 2004)… Lo cual no deja de ser paradójico, dado que este género se deleita especialmente en mostrar máquinas. Que invariablemente cada vez que adquieren conciencia de sí mismas solo nos traen disgustos.
Otro elemento de esta película característico del género es el arquetipo del científico loco. Encerrado en su laboratorio espaldas del mundo, crea un robot que inicialmente iba a tener el aspecto de la difunta esposa del magnate dueño de la ciudad. Ese robot, cómo no, cobrará vida y liderará hacia la revolución a la clase obrera. El final conciliador e ingenuo de la película, que encarna el lema que la abre (“Mediador entre el cerebro y las manos ha de ser el corazón”) no gustó nada al propio director, que dejó la parte ideológica de la narración en manos de su esposa. La cual posteriormente se divorciaría de él y abrazaría el nazismo.
En cualquier caso, la estética de la película es fascinante y ha tenido una enorme influencia posterior. Uno de los mejores ejemplos es el célebre vídeo de Queen, Radio Gaga, todo un homenaje.
Pero si tanto Metrópolis como Aelita ya describían sociedades tiránicas y con clases sociales fuertemente estratificadas, fueron novelas como Un mundo feliz, Fahrenheit 451 y 1984 las que supieron captar la novedosa naturaleza del Estado totalitario. Respecto al autor del último —sin duda el más citado, parafraseado e involuntario inspirador de programas de televisión simiescos— dice el historiador Tony Judt en su libro Pensar el siglo XX que la clave de la lucidez y perspicacia de Orwell estaba en que:
“Tenía esa capacidad de imaginar las conspiraciones y complots —por absurdos que pudieran parecer— que estaban teniendo lugar entre bambalinas y tratarlos como reales, haciéndolos reales a nuestros ojos. Los que entendieron correctamente el siglo XX ya fuera anticipadamente —como Kafka— o como observadores contemporáneos, tuvieron que ser capaces de imaginar un mundo para el que no existían precedentes. Tuvieron que suponer que esta situación insólita y a todas luces absurda estaba sucediendo en realidad, en lugar de dar por hecho, como todos los demás, que era grotescamente inimaginable.”
1984 ha contado con dos adaptaciones al cine, la más conocida la rodada en el año del título con John Hurt de protagonista, actor que posteriormente interpretaría en V de Vendetta (James McTeigue, 2006) un papel precisamente de “Gran Hermano”. Pero las películas más celebradas no son esas adaptaciones fieles al libro, sino las inspiradas en él como El dormilón (Woody Allen, 1974) y Brazil de (Terry Gilliam, 1984).
Respecto a la segunda, que inicialmente iba a llamarse 1984 y medio hasta que apareció por en medio la versión de Hurt, se trata de una distopía sobre un régimen hiperburocrático de un futuro cercano. De una estética sorprendente, a ratos divertida, oscura… podrían decirse muchas cosas de esta película extraordinaria y lo cierto es que ya han sido dichas, así que basta con poner el enlace.
A veces la presión no viene del Estado, sino de una gran corporación que ha ido creciendo más y más, convirtiéndose en un conglomerado empresarial que abarca actividades inicialmente al margen del mercado como la seguridad, las cárceles… y convirtiéndose por tanto en un Estado. Uno que buscará ante todo que sus ciudadanos sean rentables y, por tanto, sacrificables si eso genera un beneficio superior. Como en el caso de los tripulantes de la nave Nostromo. O los participantes de cualquier concurso televisivo sangriento que entusiasme a las masas, de los muchos que en el futuro al parecer habrá.
La Tyrell Corporation
Un patrón común en muchas historias es el de mostrar un régimen autoritario que no se conforma con la aquiescencia de la población, sino que desea su apoyo incondicional y entusiasta. Reprimiendo para ello cualquier disidencia por mínima que sea. Hasta que aparece el protagonista y generalmente a partir de una pequeña casualidad, anécdota, malentendido… encuentra una grieta en el sistema, comienza a tirar del hilo y a cuestionarse más y más cosas que hacen desmoronarse su sistema de creencias. Otras veces es un recién llegado, que a la manera de los westerns pronto descubre quién es el que impone la ley del más fuerte en el pueblo y le reta, poniéndose del lado de los débiles. En ambos casos con su actitud pasa a ser un elemento subversivo que tiene que ser reeducado o eliminado. Ya en la clandestinidad generalmente suele descubrir a más como él, que le prestarán ayuda. Algunas explosiones y persecuciones después, el protagonista tiene la posibilidad de destruir el régimen y salvar a la ciudadanía de la alienación en la que vive inmersa. Aunque como en el caso de Demolition Man (Marco Brambilla, 1993), Stallone ayude a la clase social denominada “Despojos” en su lucha contra el régimen, pero tras su victoria les advierta de que tampoco vayan a convertirse ahora en unos comunistas, ojito.
Otro ejemplo de héroe que se alza contra el poder es la enorme bosta adolescente convertida durante los últimos años en un icono de rebeldía, la anteriormente mencionada V de Vendetta. Aunque con la frase anterior ya se han ido unos cuantos lectores indignados a escribir en los comentarios insultos hacia mi madre y cosas peores como “este artículo no está a la altura de Jot Down”, déjenme que lo explique. Veamos, si un futuro gobierno tiránico emplea la lucha contra el terrorismo como excusa para controlar a la población, no parece demasiado inteligente volverse un terrorista para oponerse a dicho gobierno. El cual, inexplicablemente, oculta los atentados en lugar de darles publicidad, lo que le haría ganarse el favor de la ciudadanía y le cargaría de razones acerca de todas las medidas liberticidas aprobadas o por venir. Un disparate.
Pero habíamos mencionado unas líneas atrás un concepto clave: alienación. No confundir con Alien Nación (Graham Baker, 1988) distopía sobre la llegada de alienígenas a la Tierra que vienen a convivir con nosotros, en una parábola de las dificultades de la convivencia interracial en Estados Unidos. El concepto de alienación, decíamos, era muy querido por Marx y en general por toda clase de doctrinas políticas, filosóficas y religiosas. Consiste en que el sujeto no busca sus propios intereses sino los de alguien ajeno a él: el gobierno, las empresas, los bancos, el patriarcado, el sionismo internacional, el hombre blanco, el diablo, Facebook, los líderes religiosos, la chica a la que le paga las Fantas, las máquinas, los extraterrestres, los morlocks… quienes para poder explotarlo le hacen vivir en una ilusión. Solamente si es capaz de ver más allá de las apariencias podrá toma conciencia de su situación y romper las cadenas.
La realidad es mentira
¿Y en qué consiste esa ilusión? En hacer creer a los ciudadanos que llevan una vida idílica, ya que cuando las cosas funcionan bien el sentido común nos dicta que es mejor dejarlo todo como está y no cambiar nada. Pero tras esa fachada tarde o temprano se descubre que las esposas siempre complacientes en realidad son robots, como en Las mujeres perfectas (Frank Oz, 2004), que todo nuestro entorno no es más que un gigantesco escenario, como en El Show de Truman (Peter Weir, 1998) o Destino oculto (George Nolfi, 2011) —aunque en este caso para un único y celestial espectador—, o que uno es criado como mero repuesto de órganos como en La isla (Michael Bay, 2005), o eliminado al cumplir los 30 como en La fuga de Logan (Michael Anderson, 1976) o resulta tener algún defecto genético como en Gattaca (Andrew Niccol, 1997) o vive en una completa ilusión de los sentidos esclavizado por extraterrestres o máquinas como en Están vivos (John Carpenter,1998), Dark City (Alex Proyas, 1998) y la trilogía de Matrix (Andy y Lara Wachowski, 1999-2003)… etc.
En Zardoz, el vestuario es bastante más razonable y discreto que el guión
En otras ocasiones el lavado de cerebro es un castigo por cometer un crimen, como en La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971), o proporciona unos recuerdos implantados como en Desafío Total —o El vengador del futuro en Hispanoamérica— (Paul Verhoeven, 1990) objeto de un inexplicable remake que nos hace levantar la ceja pero que no dejaremos de ver. En definitiva, la disyuntiva que a menudo suele plantearse está entre si queremos vivir en una jaula de oro o en libertad. Disfrutando del orgasmatrón, del soma, del ocio televisivo sangriento, del orden y de la pulcritud… o bien ser humanos libres, conscientes e independientes. La opción por la que se decanta la moraleja de cada narración suele ser la b, pero en casos en la novela Un mundo feliz donde viven cómodamente, drogados y disfrutando del sexo, no queda del todo claro cuál es el problema. Algo parecido ocurre en Wall-E (Andrew Stanton, 2008) donde los humanos de esa sociedad futurista disfrutan de un estado de ociosidad permanente al que han llegado gracias al progreso tecnológico, del que finalmente reniegan para deslomarse en el campo como los campesinos medievales (¿?). Tengo la impresión de que aquellos que ensalzan las virtudes del trabajo es porque tienen alguno bastante cómodo y nunca han trabajado ni en el campo, ni en muchos otros ámbitos. O eso o andan un poco alienados y deberían hacérselo mirar. Otro caso parecido es el del film Zardoz (John Boorman, 1974) homenaje a El Mago de Oz —del que tanto beben las anteriormente mencionadas— que nos muestra una sociedad futurista formada por una aristocracia de humanos inmortales dedicados al placer, aunque reciban consignas de una gigantesca cabeza de piedra voladora:
“La pistola es el Bien. El pene es el Mal. El pene dispara espermatozoides y crea nuevas vidas que envenenan la Tierra con una plaga de hombres, como una vez fue, pero la pistola dispara muerte, y purifica la Tierra. Ve… ¡y mata!”
De la misma manera que una película de tres dimensiones requiere unas gafas apropiadas para dar relieve al inicial caos desenfocado, para que Zardoz cobre sentido a los ojos del espectador exige el consumo previo de una elevada dosis de LSD. Así que concluyo aquí este artículo recomendando a los lectores que vean —sobrios o no— este indescriptible film e invitándoles, si lo desean, a incluir cualquiera de las muchas películas que han quedado sin mencionar.
http://www.jotdown.es/2012/09/la-ciencia-ficcion-el-futuro-y-las-distopias-politicas/
Fotografía: LB, pieza de Rafael Barrios. La Castellana, Caracas, 23/11/13.
Javier Bilbao
La ciencia-ficción ha buscado con frecuencia representar peligros cercanos bajo formas extrañas. Como un juego que permite aproximarse de forma inofensiva a ideas o temores que de otra forma sería complicado abordar directamente. Respecto a su estética y a la tecnología que muestran… básicamente suele ser la que ya existe en su época pero agigantada. Rascacielos más altos, transportes más rápidos, máquinas con más botones…
Por ello nada envejece peor que una película futurista. Aunque conservan un peculiar encanto, con ese futuro que ya nunca será. Además uno siempre experimenta cierto regocijo cuando el mundo se va pareciendo siquiera un poquito a esas predicciones fantásticas, como si la realidad de vez en cuando nos hiciera un guiño. Como por ejemplo ver por la ventana las Cuatro Torres de la Castellana y fantasear con que se está en Neo-Tokio o Los Ángeles año 2019. Teniendo en cuenta que ya hay al menos una abandonada, tampoco es tan descabellado… Y si no se tiene suficiente, paciencia, que bastarán un par de legislaturas más de Esperanza Aguirre para ver convertida Madrid en Negociudad.
Según cuenta Fernando Savater, en el año 1900 las mayores amenazas en el ámbito social y político que sentían los parisinos ante el nuevo siglo que llegaba eran una posible invasión de los cosacos, el neokantismo y la incineración de cadáveres. Lamentablemente el cine estaba aún en sus inicios y no podemos disfrutar hoy día de vibrantes historias de zombies chamuscados, de cosacos asaltando París a bordo de zancudos AT-AT Walkers y de neokantianos haciendo cosas neokantianas. Pero no tuvieron que pasar muchos años para que pudiéramos ver futuros distópicos y mundos paralelos que mostraban apocalipsis ecológicos, guerras nucleares, regímenes totalitarios e hiperburocráticos que controlan hasta los pensamientos más íntimos y grandes corporaciones multinacionales que deciden sobre las vidas de sus clientes-trabajadores-ciudadanos. Peligros que a los terrícolas del siglo XX y XXI nos han quitado el sueño, y que las generaciones venideras quizá vean con la ternura con la que miramos ahora aquellas preocupaciones decimonónicas, murmurando un “pobres, eso no será nada en comparación con que les pasará…”.
Pero quién sabe, en algunos casos tal vez no acaben ocurriendo precisamente por estas advertencias. Obras como 1984 de George Orwell, están tan presentes en el pensamiento contemporáneo que vuelven muy impopulares ciertas iniciativas de gobiernos y parlamentos. O que vuelvan a ocurrir. Por ello me gustaría comenzar prestando especial atención a dos películas europeas pioneras, una rusa y otra alemana. Precisamente dos países que conocieron bien esa invención característicamente moderna que es el Estado totalitario.
La revolución obrera en Marte
Aelita (Yákov Protazanov, 1924) tiene el honor de ser la primera película de ciencia-ficción soviética. Comienza con un misterioso mensaje procedente del espacio que ha sido recibido en diversas estaciones del mundo. Este hallazgo inspira a un ingeniero moscovita llamado Losi a desarrollar los planos de un cohete espacial para ir en busca del origen de esa señal. Absorbido por tan elevada misión, tarda en reaccionar al hecho de que mientras tanto su esposa ha comenzado a flirtear con un aprovechado recién llegado a su casa. Cuando empiezan a acumularse las sospechas en la mente de Losi —parece que brillante para la ingeniería pero algo torpe para las relaciones sociales— se ofusca por los celos, va a su casa y se lía a tiros con su mujer. Acto seguido decide construir el cohete cuyos planos había estado diseñando, para irse a vivir a Marte y así no pagar por su crimen. La típica reacción. Mientras tanto, la Reina de Marte, Aelita, ha estado viendo al ingeniero a través de un nuevo telescopio que ha inventado uno de sus siervos y ha quedado perdidamente enamorada de él. También le ha llamado la atención de la civilización terrícola que las parejas se besen en la boca.
La reina Aelita. A juzgar por su vestido, la mutante de Desafío Total no fue la primera marciana con tres tetas.
Poco después vemos a un soldado que está por la calle paseando con su novia, ella se detiene ante un escaparate, pero él no tiene dinero y siguen caminando. Entonces pasan junto a la nave espacial que está en construcción y se le ocurre ir al donde el ingeniero para ofrecerse como astronauta. Es aceptado y al día siguiente parten hacia el infinito y más allá, acompañados por un detective que estaba siguiendo la pista del autor del crimen y en el último momento se metió dentro de cohete. Cuando llegan, la alegría de Aelita no puede ser mayor y ya hace planes de boda. Juntos gobernarán Marte. Mientras tanto, el soldado ha conocido a la clase oprimida de Marte, formada por obreros habitantes del subsuelo, y la solidaridad proletaria le lleva a incitarles a la Revolución:
“¡Camaradas, sólo vosotros os podéis ayudar a vosotros mismos! Nosotros sufrimos como vosotros, pero entonces…”
Vemos imágenes de un esclavo que rompe sus cadenas y coge la antorcha de la Libertad para escribir con su fuego: “25 de octubre de 1917”. Acto seguido, un obrero moldea a martillazos una hoz y finalmente pone su martillo cruzado con ella. Tras estas imágenes cargadas de un simbolismo no excesivamente sutil, remata su arenga:
“¡Seguid nuestro ejemplo, camaradas! ¡Formad la República Federal Socialista de Marte!”
Entonces, mientras suena La Marsellesa, aparece Aelita y se autoproclama líder de la revolución, pese a las comprensibles reservas del soldado. Tras una violenta refriega que termina con la victoria de los sublevados, la reina anuncia que las armas ya no serán necesarias en Marte y anima a los obreros a dejarlas. Acto seguido ordena a las tropas, ahora de su lado, que abran fuego contra los trabajadores rebeldes para que vuelvan a sus cuevas. Qué cabrona. En un tiempo récord, el nuevo régimen revolucionario se ha vuelto tan tiránico como el recién depuesto. Una audaz crítica a la Revolución Rusa y a algo que tantas veces hemos visto en diferentes fechas y países. ¿Cómo fue posible que en la URSS de 1924 se rodara una película con semejante mensaje? Quizá porque el año en que se rodó hubo cierto vacío de poder, al coincidir con la muerte de Lenin y la sucesión de Stalin.
Pero sigamos con la historia: mientras Aelita le hacía carantoñas a Losi, este veía en ella a su difunta esposa. Así que una vez se proclama la nueva dueña de Marte y aprovechando que están a solas, ¿qué hace Losi? Pues lo que le pide el cuerpo, que no es otra cosa que empujarla desde un precipicio. Matar una vez a su esposa no debió parecerle suficiente. Esa afición por la violencia doméstica no creo que fuera consentida en una película actual. Tras este acto contrarrevolucionario, nuestro protagonista despierta de nuevo en Moscú y comprende que en realidad todo había sido un sueño. Un final muy original… en 1924. En conclusión, se trata de una película con detalles muy originales y divertidos y un mensaje interesante. Bajo estas líneas puede verse, ya libre de derechos de copyright. La primera hora, desarrollada en gran parte en la Tierra, se hace un tanto larga, pero los 20 últimos minutos —ya íntegramente en Marte— son una maravilla:
La tiranía de las máquinas
En septiembre de 1933, la revista nazi Film-Kurier condenó la representación “de una clase subversiva y criminal desarrollada a través de fantasías sobre la metrópolis de un gigantismo destructivo”. Se refería, obviamente, a Metrópolis (Fritz Lang, 1927). La ciudad que inspiró la película fue, como no resulta difícil deducir, Nueva York. Concretamente de un viaje del director en 1924 con la productora UFA para un acuerdo de distribución, una productora que acabaría quebrando a causa de esta película precisamente. La historia tiene lugar en Metrópolis en el año 2000 y muestra dos clases sociales claramente diferenciadas: la clase obrera, que vive sometida bajo la superficie, y la clase alta, siempre ociosa, correteando por sus jardines versallescos y haciendo dios sabe qué guarrerías tras setos primorosamente podados.
La enorme maquinaria a la que sirven los obreros se convierte cada vez que se estropea en Moloch, el dios que requiere sacrificios humanos. Ese neoludismo que considera que las máquinas acaban esclavizando a los hombres estaba también presente unos años después en Tiempos modernos (Charlie Chaplin, 1936) y ha llegado a convertirse en uno de los tópicos fundamentales del cine de ciencia-ficción, con títulos como la saga de Terminator (James Cameron, 1984), Matrix (Andy y Lara Wachowski, 1999), Blade Runner (Ridley Scott, 1981), Sueños eléctricos (Steve Barron, 1984), Juegos de guerra (John Badham, 1983) 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), La rebelión de las máquinas (Stephen King, 1986), Yo Robot (Alex Proyas, 2004)… Lo cual no deja de ser paradójico, dado que este género se deleita especialmente en mostrar máquinas. Que invariablemente cada vez que adquieren conciencia de sí mismas solo nos traen disgustos.
Otro elemento de esta película característico del género es el arquetipo del científico loco. Encerrado en su laboratorio espaldas del mundo, crea un robot que inicialmente iba a tener el aspecto de la difunta esposa del magnate dueño de la ciudad. Ese robot, cómo no, cobrará vida y liderará hacia la revolución a la clase obrera. El final conciliador e ingenuo de la película, que encarna el lema que la abre (“Mediador entre el cerebro y las manos ha de ser el corazón”) no gustó nada al propio director, que dejó la parte ideológica de la narración en manos de su esposa. La cual posteriormente se divorciaría de él y abrazaría el nazismo.
En cualquier caso, la estética de la película es fascinante y ha tenido una enorme influencia posterior. Uno de los mejores ejemplos es el célebre vídeo de Queen, Radio Gaga, todo un homenaje.
Pero si tanto Metrópolis como Aelita ya describían sociedades tiránicas y con clases sociales fuertemente estratificadas, fueron novelas como Un mundo feliz, Fahrenheit 451 y 1984 las que supieron captar la novedosa naturaleza del Estado totalitario. Respecto al autor del último —sin duda el más citado, parafraseado e involuntario inspirador de programas de televisión simiescos— dice el historiador Tony Judt en su libro Pensar el siglo XX que la clave de la lucidez y perspicacia de Orwell estaba en que:
“Tenía esa capacidad de imaginar las conspiraciones y complots —por absurdos que pudieran parecer— que estaban teniendo lugar entre bambalinas y tratarlos como reales, haciéndolos reales a nuestros ojos. Los que entendieron correctamente el siglo XX ya fuera anticipadamente —como Kafka— o como observadores contemporáneos, tuvieron que ser capaces de imaginar un mundo para el que no existían precedentes. Tuvieron que suponer que esta situación insólita y a todas luces absurda estaba sucediendo en realidad, en lugar de dar por hecho, como todos los demás, que era grotescamente inimaginable.”
1984 ha contado con dos adaptaciones al cine, la más conocida la rodada en el año del título con John Hurt de protagonista, actor que posteriormente interpretaría en V de Vendetta (James McTeigue, 2006) un papel precisamente de “Gran Hermano”. Pero las películas más celebradas no son esas adaptaciones fieles al libro, sino las inspiradas en él como El dormilón (Woody Allen, 1974) y Brazil de (Terry Gilliam, 1984).
Respecto a la segunda, que inicialmente iba a llamarse 1984 y medio hasta que apareció por en medio la versión de Hurt, se trata de una distopía sobre un régimen hiperburocrático de un futuro cercano. De una estética sorprendente, a ratos divertida, oscura… podrían decirse muchas cosas de esta película extraordinaria y lo cierto es que ya han sido dichas, así que basta con poner el enlace.
A veces la presión no viene del Estado, sino de una gran corporación que ha ido creciendo más y más, convirtiéndose en un conglomerado empresarial que abarca actividades inicialmente al margen del mercado como la seguridad, las cárceles… y convirtiéndose por tanto en un Estado. Uno que buscará ante todo que sus ciudadanos sean rentables y, por tanto, sacrificables si eso genera un beneficio superior. Como en el caso de los tripulantes de la nave Nostromo. O los participantes de cualquier concurso televisivo sangriento que entusiasme a las masas, de los muchos que en el futuro al parecer habrá.
La Tyrell Corporation
Un patrón común en muchas historias es el de mostrar un régimen autoritario que no se conforma con la aquiescencia de la población, sino que desea su apoyo incondicional y entusiasta. Reprimiendo para ello cualquier disidencia por mínima que sea. Hasta que aparece el protagonista y generalmente a partir de una pequeña casualidad, anécdota, malentendido… encuentra una grieta en el sistema, comienza a tirar del hilo y a cuestionarse más y más cosas que hacen desmoronarse su sistema de creencias. Otras veces es un recién llegado, que a la manera de los westerns pronto descubre quién es el que impone la ley del más fuerte en el pueblo y le reta, poniéndose del lado de los débiles. En ambos casos con su actitud pasa a ser un elemento subversivo que tiene que ser reeducado o eliminado. Ya en la clandestinidad generalmente suele descubrir a más como él, que le prestarán ayuda. Algunas explosiones y persecuciones después, el protagonista tiene la posibilidad de destruir el régimen y salvar a la ciudadanía de la alienación en la que vive inmersa. Aunque como en el caso de Demolition Man (Marco Brambilla, 1993), Stallone ayude a la clase social denominada “Despojos” en su lucha contra el régimen, pero tras su victoria les advierta de que tampoco vayan a convertirse ahora en unos comunistas, ojito.
Otro ejemplo de héroe que se alza contra el poder es la enorme bosta adolescente convertida durante los últimos años en un icono de rebeldía, la anteriormente mencionada V de Vendetta. Aunque con la frase anterior ya se han ido unos cuantos lectores indignados a escribir en los comentarios insultos hacia mi madre y cosas peores como “este artículo no está a la altura de Jot Down”, déjenme que lo explique. Veamos, si un futuro gobierno tiránico emplea la lucha contra el terrorismo como excusa para controlar a la población, no parece demasiado inteligente volverse un terrorista para oponerse a dicho gobierno. El cual, inexplicablemente, oculta los atentados en lugar de darles publicidad, lo que le haría ganarse el favor de la ciudadanía y le cargaría de razones acerca de todas las medidas liberticidas aprobadas o por venir. Un disparate.
Pero habíamos mencionado unas líneas atrás un concepto clave: alienación. No confundir con Alien Nación (Graham Baker, 1988) distopía sobre la llegada de alienígenas a la Tierra que vienen a convivir con nosotros, en una parábola de las dificultades de la convivencia interracial en Estados Unidos. El concepto de alienación, decíamos, era muy querido por Marx y en general por toda clase de doctrinas políticas, filosóficas y religiosas. Consiste en que el sujeto no busca sus propios intereses sino los de alguien ajeno a él: el gobierno, las empresas, los bancos, el patriarcado, el sionismo internacional, el hombre blanco, el diablo, Facebook, los líderes religiosos, la chica a la que le paga las Fantas, las máquinas, los extraterrestres, los morlocks… quienes para poder explotarlo le hacen vivir en una ilusión. Solamente si es capaz de ver más allá de las apariencias podrá toma conciencia de su situación y romper las cadenas.
La realidad es mentira
¿Y en qué consiste esa ilusión? En hacer creer a los ciudadanos que llevan una vida idílica, ya que cuando las cosas funcionan bien el sentido común nos dicta que es mejor dejarlo todo como está y no cambiar nada. Pero tras esa fachada tarde o temprano se descubre que las esposas siempre complacientes en realidad son robots, como en Las mujeres perfectas (Frank Oz, 2004), que todo nuestro entorno no es más que un gigantesco escenario, como en El Show de Truman (Peter Weir, 1998) o Destino oculto (George Nolfi, 2011) —aunque en este caso para un único y celestial espectador—, o que uno es criado como mero repuesto de órganos como en La isla (Michael Bay, 2005), o eliminado al cumplir los 30 como en La fuga de Logan (Michael Anderson, 1976) o resulta tener algún defecto genético como en Gattaca (Andrew Niccol, 1997) o vive en una completa ilusión de los sentidos esclavizado por extraterrestres o máquinas como en Están vivos (John Carpenter,1998), Dark City (Alex Proyas, 1998) y la trilogía de Matrix (Andy y Lara Wachowski, 1999-2003)… etc.
En Zardoz, el vestuario es bastante más razonable y discreto que el guiónEn otras ocasiones el lavado de cerebro es un castigo por cometer un crimen, como en La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971), o proporciona unos recuerdos implantados como en Desafío Total —o El vengador del futuro en Hispanoamérica— (Paul Verhoeven, 1990) objeto de un inexplicable remake que nos hace levantar la ceja pero que no dejaremos de ver. En definitiva, la disyuntiva que a menudo suele plantearse está entre si queremos vivir en una jaula de oro o en libertad. Disfrutando del orgasmatrón, del soma, del ocio televisivo sangriento, del orden y de la pulcritud… o bien ser humanos libres, conscientes e independientes. La opción por la que se decanta la moraleja de cada narración suele ser la b, pero en casos en la novela Un mundo feliz donde viven cómodamente, drogados y disfrutando del sexo, no queda del todo claro cuál es el problema. Algo parecido ocurre en Wall-E (Andrew Stanton, 2008) donde los humanos de esa sociedad futurista disfrutan de un estado de ociosidad permanente al que han llegado gracias al progreso tecnológico, del que finalmente reniegan para deslomarse en el campo como los campesinos medievales (¿?). Tengo la impresión de que aquellos que ensalzan las virtudes del trabajo es porque tienen alguno bastante cómodo y nunca han trabajado ni en el campo, ni en muchos otros ámbitos. O eso o andan un poco alienados y deberían hacérselo mirar. Otro caso parecido es el del film Zardoz (John Boorman, 1974) homenaje a El Mago de Oz —del que tanto beben las anteriormente mencionadas— que nos muestra una sociedad futurista formada por una aristocracia de humanos inmortales dedicados al placer, aunque reciban consignas de una gigantesca cabeza de piedra voladora:
“La pistola es el Bien. El pene es el Mal. El pene dispara espermatozoides y crea nuevas vidas que envenenan la Tierra con una plaga de hombres, como una vez fue, pero la pistola dispara muerte, y purifica la Tierra. Ve… ¡y mata!”
De la misma manera que una película de tres dimensiones requiere unas gafas apropiadas para dar relieve al inicial caos desenfocado, para que Zardoz cobre sentido a los ojos del espectador exige el consumo previo de una elevada dosis de LSD. Así que concluyo aquí este artículo recomendando a los lectores que vean —sobrios o no— este indescriptible film e invitándoles, si lo desean, a incluir cualquiera de las muchas películas que han quedado sin mencionar.
http://www.jotdown.es/2012/09/la-ciencia-ficcion-el-futuro-y-las-distopias-politicas/
Fotografía: LB, pieza de Rafael Barrios. La Castellana, Caracas, 23/11/13.
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