EL PAÍS, Madrid, 1° de octubre de 2016
TRIBUNA
Crisis, caída y escisión del PSOE
En política, el ‘no’ más inteligente es el que sirve para iniciar una negociación, pero el secretario general y su comisión ejecutiva cegaron a conciencia todas las salidas, se sumieron en el silencio y no se emplearon nunca en negociar su ‘no’
Santos Juliá
Hay que remontarse a los años treinta del siglo pasado para encontrar en la historia del socialismo español un proceso tan autodestructivo como el que se ha desencadenado esta semana en la cúpula del PSOE. Fue en una reunión del comité entonces llamado nacional, convocada para el 16 de diciembre de 1935, cuando ante una cuestión marginal sometida a votación por Indalecio Prieto, Francisco Largo Caballero dimitió de la presidencia del partido y arrastró con su decisión a varios dirigentes históricos. Mientras Largo interpretó su salida como expulsión y recuperación de su libertad para recurrir, como dijo, “directamente a la base”, el resto del comité continuó la reunión y aprobó en los términos que Prieto pretendía la coalición con los partidos republicanos, que era la cuestión que tenía dividido al partido desde el fracaso de la revolución de octubre de 1934.
La escisión en el comité nacional y en la comisión ejecutiva se extendió de inmediato al grupo parlamentario socialista en las Cortes elegidas en febrero de 1936 y a todas las agrupaciones, alcanzando también a la Unión General de Trabajadores, que en aquellos tiempos era algo más que un sindicato hermano. El resultado fue la parálisis del PSOE en el peor momento por el que atravesaba la República: Prieto no obtuvo de su grupo parlamentario los votos necesarios para aceptar la presidencia del Gobierno que le ofrecía Manuel Azaña en mayo de 1936 y Largo Caballero bloqueó la incorporación del PSOE a un Gobierno de “unidad nacional”, desde Miguel Maura por la derecha al mismo Prieto por la izquierda, que Azaña intentaba poner en pie en la aciaga noche del 18 de julio. El catastrófico resultado de esta parálisis política fue que la rebelión militar, en marcha desde la tarde del 17, solo encontró para hacerle frente al más débil de los Gobiernos republicanos posibles.
Bueno, eran otros tiempos y por fortuna nada de eso está hoy, como se dice, a la orden del día. Pero los socialistas quizá no debían olvidar que la escisión iniciada un 16 de diciembre de 1936 recorrió la historia de su partido durante varias décadas y dejó un poso de rencor y división del que no se libraron por completo hasta que el partido, a punto de desaparecer, fue refundado, no sin nuevos enfrentamientos, en el primer lustro de los años setenta por una nueva generación de militantes. Las escisiones de una gran organización, con la ruptura no solo de vínculos políticos, sino de viejas amistades, de lazos fraternales y de sueños y esperanzas compartidos cuando el tiempo de la vida permite aún concebirlos, dejan siempre un poso de amargura y frustración muy propicio para convertir a quien fue ayer compañero en el enemigo hoy a liquidar.
Las rupturas son muy propicias para convertir a quien fue compañero en el enemigo a liquidar
Y esto es lo que viene ocurriendo en la cúpula del PSOE desde el comité federal celebrado el 9 de julio de este año, cuando los reunidos, después de agrias discusiones motivadas por los pésimos resultados de las segundas elecciones y el silencio de trece días en que el secretario general se había sumido tras la noche electoral, no pudieron acordar más política para el inmediato futuro que la ratificación puramente verbal del no a la abstención en la probable investidura del candidato del PP. Era un no, como se comentó entonces, “de entrada”, susceptible de modificarse si las circunstancias imponían una abstención para el caso de que la negativa acarreara la condena a convocar por tercera vez al electorado, como era previsible dada la aritmética imposibilidad de formar un Gobierno llamado de cambio o de progreso si Ciudadanos y Podemos mantenían su cerrada y mutua exclusión.
El secretario general y la ejecutiva del partido pudieron haber elegido entonces el camino que parecía más indicado después del comité federal de julio: trabajar seriamente y de inmediato por la formación de ese Gobierno hasta que una vez certificada su imposibilidad, optaran por la única alternativa que quedaba si querían evitar la convocatoria de terceras elecciones: la abstención. Pudieron haberse empleado entonces en una labor pedagógica sobre lo que significa en una democracia parlamentaria permitir al adversario la formación de Gobierno pasando a liderar una oposición capaz, por número de escaños, por capacidad de negociación y liderazgo, de imponer desde el Congreso un programa de reformas. Por vez primera, en efecto, el partido de Gobierno contaría con un número de escaños que le impediría gobernar a golpe de decreto y le obligaría a negociar permanentemente el contenido de sus proyectos de ley.
Se ha hecho buena la ley de Murphy: si algo puede ir mal, lo más probable es que vaya a peor
El secretario general y la ejecutiva federal optaron, sin embargo, por cruzarse de brazos a la espera de que el candidato del PP se estrellara contra la más hueca y obtusa de las barreras que en política se pueda concebir, la del no es no. En política, el no nunca es no, salvo cuando quien lo repite como un papagayo quiere meterse en un túnel sin salida. No solo en política, en la vida misma es de sabios no decir nunca de este agua no beberé, porque igual algún día tienes que beberla o morirte de sed. En política, el no más inteligente es el que sirve para iniciar una negociación, pero, ay, el secretario general del PSOE y su comisión ejecutiva cegaron a conciencia todas las salidas, se sumieron en profundo silencio y no se emplearon nunca en negociar su no. Y ahí están, plantados ante la peor de las alternativas, la que lleva a unas terceras elecciones. Y lo han conseguido sin poder culpar a nadie más que a ellos mismos de semejante logro.
Al verse abocados a este fatídico desenlace, parte de los miembros de la ejecutiva ha dimitido para provocar la caída de su secretario general, haciendo así buena la ley de Murphy en versión agravada: si algo puede ir mal, lo más probable es que vaya a peor. El PSOE va mal desde las elecciones de 2011, cuando perdió nada menos que 4,3 millones de votos. Profundizó su caída en 2015, con la deserción de otros 2,5 millones y siguió bajando en 2016, con una sangría que no ha dejado de manar en Galicia y Euskadi. Sólo faltaba que su comisión ejecutiva, responsable solidaria de haber conducido al PSOE a esta penosa situación, no tuviera mejor ocurrencia, cuando está en juego no ya la formación de un Gobierno sino la existencia misma de este Estado social y democrático de nuestros pesares, que lanzarse de hoz y coz a una escisión en la cima, preludio de un descenso a la marginación e insignificancia. Nadie lo comprende, pero, si alguien no lo remedia, todos le harán pagar el precio de tanto destrozo.
(*)Santos Juliá es historiador. Su último libro publicado es Nosotros, los abajo firmantes. Una historia de España a través de manifiestos y protestas (Galaxia Gutenberg).
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/09/30/opinion/1475246881_868404.html
Cfr. S.J.; "¿Qué habría pasado si Indalecio Prieto hubiera aceptado la presidencia del gobierno en mayo de 1936?", en: http://www.santosjulia.com/Santos_Julia/2000-04_files/Si%20Prieto%20hubiera%20aceptado%20la%20presidencia.pdf
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domingo, 2 de octubre de 2016
miércoles, 11 de julio de 2012
APRETADURA
Ante la pasión de los extremos
Luis Barragán
Martes, 21 de marzo de 2000
Demasiadas incidencias (des) hicieron a la II República española. Las utopías de signo contrario, la colmaron de pasión y pólvora. Hubo una esperanza con los comicios de febrero de 1936, pero no cupieron las posturas intermedias, moderadas o centristas que le permitiera al país superar su evidente atraso y soportar el fiero contexto internacional de entonces.
Bajo la conducción de Manuel Azaña, el nuevo Gobierno toma iniciativas que agudizan el rencor de las derechas y de las izquierdas. Reaparecen en el horizonte la violencia callejera, las huelgas, los asesinatos por motivos partidistas, la quema de conventos. Unos miran al escritor como el Karenski que no detendrá el paso arrollador de Francisco Largo Caballero, el "Lenin español", mientras Niceto Alcalá Zamora, es destituido como Jefe del Estado gracias a las dos disoluciones de las cortes.
Parecen tardías las diligencias centristas, vista la terquedad suicida de José María Gil Robles y la fallida intentona militar de diciembre próximo pasado.
Asciende Azaña como cabeza de la República, pero debe hurgar con cuidado la nómina para confiar la conducción del Gobierno. Indalecio Prieto surge como la figura idónea ante el insoportable hervor de los extremos. No es posible y Santiago Casares Quiroga ocupa el premierato.
Prieto dirá, en un discurso pronunciado el 25 de mayo del referido año, que las aspiraciones de justicia social del proletariado están marcadas por la realidad y las mudanzas de cada instante, pues se agigantaba el peligro de una alianza del fascismo con la pequeña burguesía, en medio del desasosiego, la zozobra y la intranquilidad. Por lo demás, hoy los expertos observan la ausencia de un soporte teórico que permitiera trazar los objetivos revolucionarios o contrarrevolucionarios, arbitrando los medios necesarios. Siendo así, la violencia instintiva tomará la calle ciega de la improvisación, sorprendiendo a los mismos insurgentes.
Era extenso y calificado el catálogo de los conspiradores contra la República, obligado el analista a un esfuerzo extraordinario para prever el nombre que definitivamente los capitalizaría. Cuenca había sido el escenario de un discurso disuasivo, el primero de mayo, en el que Prieto, al esgrimir su intuición, convierte la sospecha en vaticinio: Francisco Franco será el caudillo.
En los espacios políticos domésticos se evidenciaban conflictos de alto octanaje que requerían de condiciones, probablemente existentes, para la moderación.
Con frecuencia se habla de las marcadas distinciones en el seno de las izquierdas, hasta llegar al homicidio de Andreu Nin, del Poum, a manos de las chekas. Y muy poco, por la fuerza y comodidad de los estigmas, en relación con las figuras de genuinas convicciones socialcatólicas como Giménez Fernández y Luis Lucía. Incluso, éste, a manera de ilustración, había fundado la Derecha Regional Valenciana, asimilada al Ceda, pero se opuso al alzamiento del 18 de julio de 1936, siendo curioso que sus militantes fuesen perseguidos y asesinados por los republicanos y los nacionales, simultáneamente. Al ahogo de las circunstancias políticas podemos sumar el de un lenguaje que ejerció todo su peso maniqueo, sin retratar fielmente y con prontitud la diversa aprisionada en los estereotipos en boga.
Prieto murió en México (1962), en un exilio que jamás supuso tan largo. Fue una opción perdida en mayo de 1936, cuando pudo encabezar el Gobierno, lidiando pragmáticamente con los problemas junto a Manuel Azaña.
Hay quienes razonablemente afirman que el centro constituye la senda más prometedora hacia el poder, permitiendo articular los más diversos intereses en conflicto con beneficios inmediatos, quizás efímeros, aunque -a la larga- sea una afrenta a la más elemental o genuina noción de compromiso, propicio para toda suerte de oportunismo. Pero, en determinadas circunstancias, goza de una enorme validez si es alimentado por la moderación como el acto de mayor audacia, rigor estratégico y compromiso efectivo, en el marco de una lucha encarnizada por el poder, donde las pasiones extremas no sólo asfixian cualquier fórmula posible de convivencia pacífica y libre, sino constituyen un fácil atajo para la supervivencia de los peores.
Fuente: http://www.analitica.com/va/internacionales/internacionales/9246305.asp
Luis Barragán
Martes, 21 de marzo de 2000
Demasiadas incidencias (des) hicieron a la II República española. Las utopías de signo contrario, la colmaron de pasión y pólvora. Hubo una esperanza con los comicios de febrero de 1936, pero no cupieron las posturas intermedias, moderadas o centristas que le permitiera al país superar su evidente atraso y soportar el fiero contexto internacional de entonces.
Bajo la conducción de Manuel Azaña, el nuevo Gobierno toma iniciativas que agudizan el rencor de las derechas y de las izquierdas. Reaparecen en el horizonte la violencia callejera, las huelgas, los asesinatos por motivos partidistas, la quema de conventos. Unos miran al escritor como el Karenski que no detendrá el paso arrollador de Francisco Largo Caballero, el "Lenin español", mientras Niceto Alcalá Zamora, es destituido como Jefe del Estado gracias a las dos disoluciones de las cortes.
Parecen tardías las diligencias centristas, vista la terquedad suicida de José María Gil Robles y la fallida intentona militar de diciembre próximo pasado.
Asciende Azaña como cabeza de la República, pero debe hurgar con cuidado la nómina para confiar la conducción del Gobierno. Indalecio Prieto surge como la figura idónea ante el insoportable hervor de los extremos. No es posible y Santiago Casares Quiroga ocupa el premierato.
Prieto dirá, en un discurso pronunciado el 25 de mayo del referido año, que las aspiraciones de justicia social del proletariado están marcadas por la realidad y las mudanzas de cada instante, pues se agigantaba el peligro de una alianza del fascismo con la pequeña burguesía, en medio del desasosiego, la zozobra y la intranquilidad. Por lo demás, hoy los expertos observan la ausencia de un soporte teórico que permitiera trazar los objetivos revolucionarios o contrarrevolucionarios, arbitrando los medios necesarios. Siendo así, la violencia instintiva tomará la calle ciega de la improvisación, sorprendiendo a los mismos insurgentes.
Era extenso y calificado el catálogo de los conspiradores contra la República, obligado el analista a un esfuerzo extraordinario para prever el nombre que definitivamente los capitalizaría. Cuenca había sido el escenario de un discurso disuasivo, el primero de mayo, en el que Prieto, al esgrimir su intuición, convierte la sospecha en vaticinio: Francisco Franco será el caudillo.
En los espacios políticos domésticos se evidenciaban conflictos de alto octanaje que requerían de condiciones, probablemente existentes, para la moderación.
Con frecuencia se habla de las marcadas distinciones en el seno de las izquierdas, hasta llegar al homicidio de Andreu Nin, del Poum, a manos de las chekas. Y muy poco, por la fuerza y comodidad de los estigmas, en relación con las figuras de genuinas convicciones socialcatólicas como Giménez Fernández y Luis Lucía. Incluso, éste, a manera de ilustración, había fundado la Derecha Regional Valenciana, asimilada al Ceda, pero se opuso al alzamiento del 18 de julio de 1936, siendo curioso que sus militantes fuesen perseguidos y asesinados por los republicanos y los nacionales, simultáneamente. Al ahogo de las circunstancias políticas podemos sumar el de un lenguaje que ejerció todo su peso maniqueo, sin retratar fielmente y con prontitud la diversa aprisionada en los estereotipos en boga.
Prieto murió en México (1962), en un exilio que jamás supuso tan largo. Fue una opción perdida en mayo de 1936, cuando pudo encabezar el Gobierno, lidiando pragmáticamente con los problemas junto a Manuel Azaña.
Hay quienes razonablemente afirman que el centro constituye la senda más prometedora hacia el poder, permitiendo articular los más diversos intereses en conflicto con beneficios inmediatos, quizás efímeros, aunque -a la larga- sea una afrenta a la más elemental o genuina noción de compromiso, propicio para toda suerte de oportunismo. Pero, en determinadas circunstancias, goza de una enorme validez si es alimentado por la moderación como el acto de mayor audacia, rigor estratégico y compromiso efectivo, en el marco de una lucha encarnizada por el poder, donde las pasiones extremas no sólo asfixian cualquier fórmula posible de convivencia pacífica y libre, sino constituyen un fácil atajo para la supervivencia de los peores.
Fuente: http://www.analitica.com/va/internacionales/internacionales/9246305.asp
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Luis Barragán,
Utopía
lunes, 18 de julio de 2011
ANIVERSARIO

EL NACIONAL - VIERNES 9 DE ABRIL DE 1999
60 años atrás
Luis Barragán
"Numerosos teorizantes afirmaban que sí, que España,
liberada del acné político, que atávicamente le
intoxicaba la sangre, y canalizada con mano firme
en una sola dirección, rendiría el ciento por uno
y resucitaría con vigor inesperado"
José María Gironella
("Ha estallado la paz")
A finales de marzo de 1939, las guarniciones republicanas del centro y sur rubricaron su rendición incondicional y Madrid, domicilio de todo silencio, recibió el paso sigiloso de las fuerzas victoriosas que unas veces alzaban los pendones de la monarquía universal originada en la cama de Isabel y Fernando, en nombre de una compleja política de alianza matrimonial y, otras, los de la monarquía nacional, resignada desde el siglo XVIII a la opacidad paulatina del imperio, sin adivinar que Francisco Franco, el autor de un paciente golpe de Estado por etapas, perduraría en el poder hasta que los párpados se le cansaran, arrastrando por siempre el espectro que Carlos Fuentes bien dibujó en "Terra nostra".
No debemos olvidar aquel primero de abril en el que "cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares", concluyendo la guerra civil española, según el parte final surgido del Caudillo y Generalísimo, enfebrecido y engripado, sorprendiendo a propios y extraños con el experimento de sí mismo en el largo ejercicio del poder. Hay una ilusión absurda, una creencia estúpida, enlatada al vacío, sobre la imposibilidad de otros ensayos totalitarios en un mundo presuntamente satisfecho, donde los problemas pueden administrarse con un poco de distracción absolutoria y el ¿para qué volver 60 años atrás?
Hablamos de una guerra fraguada en la más absoluta intolerancia, plataforma de las utopías radicales de cualquier signo, inicialmente creída una breve sucesión de escaramuzas capaces de domesticar las pasiones. Sin embargo, tanta sangre y sudor cupo en la fría planimetría de un combatiente que gozaba de su propia estampa en Marruecos, sin más emoción que la de su sola voluntad cumplida, abrigado por una tímida risa burlona cuando leía los diarios suplementarios de Manuel Azaña, un magnífico botín que refozaba la confianza en el único testigo de sus oscuras catarsis vespertinas: la lámpara de la decorativa biblioteca de palacio.
El triunfo de los más puros entre los puros amantes de la España Eterna se tradujo en la inmediata persecución de justos y pecadores. La aniquilación total del enemigo supo de la increíble Ley de Responsabilidades Políticas, promulgada el 13 de febrero de 1939, con efectos retroactivos a partir de octubre de 1934, tipificado incluso el delito de "pasividad grave" en favor de la república "ilegítima", para afianzar el Estado militar y teocrático, fruto distante y diferido de la reconquista que, al luchar contra el Islam, feroz y paradójicamente se islamiza por todo el sedimento de fanatismo removido, según dijera Luis Araquistáin en su ensayo El pensamiento español contemporáneo (1962), de ribetes positivistas y marxistas con prólogo del insigne penalista Luis Jiménez de Asúa.
El maniqueísmo campeará a su antojo por los campos que eran de la imaginación. Germán Borregales, en Venezuela, realzó la cruzada contra toda suerte de marxismo, liberalismo y masonería que condensaba la república, extraviando los matices que supieron de un Giménez Fernández o Indalacio Prieto, ahogados el realismo y la moderación en los gobiernos de signo contrario que tejieron el drama.
Y pudo pasar al revés. Un triunfo republicano que, a lo mejor, hubiera degenerado en un reivindicado y expansivo movimiento fascista como lo novelara Fernando Díaz-Plaja, o en la parsimonia de un entusiasmo endurecido y sobreviviente a los gigantescos conflictos de entonces, como Jesús Torbado ha sugerido brindándole un papel al Hemingway que pudo suicidarse en la península.
"Alzando nuestro corazón a Dios, damos sinceras gracias con Su Excelencia por la victoria de la católica España", decía Pío XII a Franco en un telegrama que era de absolución, aunque -afortunadamente- el Vaticano no condenara por herejía al sacerdocio que tomó su opción en una perspectiva distinta que muy bien sepultó la propaganda. Es la guerra como penitencia: "Que España soporte cristianamente su dolor inmenso, españoles. Si vaciamos de sentido cristiano esta guerra no quedarán de ella más que las ruinas que acumule sobre nuestro suelo. De ellas no saldrá la restauración de la España vieja, antes podrían esconderse en ella gérmenes de nuevas discordias", señaló en 1937 el Cardenal Isidro Gomá y Tomás.
El exilio masivo, voluntario o no, marcó la pauta en los cuarenta, balanceados por Araquistáin el instinto de conservación frente al sacrificio estéril. No bastó con la represión, sino la economía fue presa de la depresión, la escasez de todo tipo de bienes y el proceso de modernización y crecimiento que originó la república quedó interrumpido, como señalara José Luis García Delgado (http://vespito.net/historia/franco/ecofran.hrml).
El gobierno de Franco no duraría mucho, se dijo. Y todos sabemos lo que ocurrió: labios y párpados que arrastran un cuerpo putrefacto.
Luisbarragan@hotmail.com
Ilustración: Indalecio Prieto Tuero publicada en Solidaridad Obrera el 18 de junio 1936
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