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miércoles, 29 de enero de 2020

NOTAS DE NICOMEDES

Los políticos
Nicomedes Febres

* Viendo los comentarios sobre un artículo reciente comencé a meditar sobre la impresión que causan algunos políticos en las personas. Un político gusta o desagrada por razones tan variadas y extrañas que uno se asombra. Porque nos recuerda a alguien grato o detestable, o por algún hábito o un rasgo de personalidad afín o no a nosotros, o de alguien cercano, y mil razones más. Y eso se llama carisma, pero en general los políticos que llaman la atención son gente inteligente, nos gusten o no. Por ejemplo los presidentes Betancourt y Caldera levantaban pasiones a favor y en contra, al igual que el felizmente difunto. Por ejemplo Betancourt dejó la universidad siendo un brillante estudiante para dedicarse a la política y ya todo el mundo que lo apoyaba o lo detestaba veía como inexorable que llegaría a ser presidente, incluso Laureano Vallenilla Lanz hijo quien en su libro Allá en Caracas en los años 40 lo comentó. Las viejitas calderistas eran asombrosas por su fidelidad al presidente Caldera y él representaba dos virtudes cardinales, ser serio y responsable y ser un esposo fiel, las mismas razones por las que era detestado por muchos hombres. Recuerdo una tía mía maestra y adequísima, y cercana amiga del maestro Prieto que cuando la división del MEP prefirió seguir al presidente Betancourt que a su amigo Prieto y fue cuando por primera vez reconoció que el maestro era físicamente horroroso, así de adeca betancourista era. Hay políticos actuales que levantan pasiones a favor o en contra. No puedo precisar dentro del chavismo porque allí todos sin excepción me parecen detestables y una partida de lacras, pero algunos resaltan como dosdado, carroña o la fosforito y los hermanos rodríguez, los reyes de la mentira pública. También el presidente Guaidó levanta pasiones a favor y no sé si en contra ni porqué, pues presumo que muchos que lo odian obsesivamente deben estar al servicio de la sala situacional de Miraflores o dudo si existen de verdad, o es una maquiavélica jugada de Julio Borges, quien es otro que levanta pasiones y a quien creo el político más competente del país y el armador del tinglado opositor que nos ha llevado hasta la actualidad como salida. Puede ser que aquél programa de televisión donde fungía de juez de paz en asuntos populares por Radio Caracas provocara esa animadversión, pero Borges, mientras era odiado y acosado por el difunto, recorría Venezuela creando Primero Justicia, que no es poca cosa si usted entiende la Política, pues otros partidos son clubes de amigos de un dirigente con algunos seguidores pero sin valor organizativo y de allí la sistemática represión a ese partido y en especial a su gente del aparato organizativo como Fernando Alban a quien asesinaron y a Requesens que es diputado. Aparte de Leopoldo preso porque es inteligente, de buena cuna, preparado, altivo y bien parecido, lo que genera envidia y rabia a ese hatajo de resentidos que es el chavismo. Casi todos los presos políticos son de Primero Justicia por recomendación de los cubanos. Creo que el carisma de Guaidó se monta en algunas razones, primero su aspecto físico de hijo de cualquiera en este país, segundo su afán de superación personal y eso es encomiable porque todos quisiéramos tener un hijo, un esposo, un hermano o un familiar así, tercero, por su prudencia, inteligencia y sobriedad personal. Todos admiran a María Corina por su coraje personal, como le cuestionan su lógico afán de protagonismo. Hay otros políticos que fracasan, pese a que son demasiado inteligentes y preparados, pero diluyen su afán de poder en muchos campos y los casos más emblemáticos son Arturo Uslar, Gonzalo Barrios y Teodoro. El tema es interesante y da para largo. Si van a opinar se les agradece no insultar a algún dirigente, por supuesto, salvo que sea chavista aunque sea más peligroso hoy que chino con gripe.

* En la foto el premier Troudeau de Canadá y el presidente Guaidó, una imagen del siglo XXI

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Un patiquín sin cabeza
Nicomedes Febres

Pedro Sánchez siempre me había parecido un político inteligente y astuto aunque nunca me ha simpatizado, además un digno sucesor de Felipe González porque Bambi rodriguez zapatero siempre me ha parecido un infeliz y un marrullero dentro de un partido histórico donde Felipe González representa la democracia y bambi al socialismo dentro del PSOE, que es un gran partido tradicional en España antes del franquismo. Un movimiento que funcionó incluso en Venezuela hasta en la época de Pérez Jiménez y los primeros años de la democracia hasta la muerte de Franco y por eso poseo un carnet que conseguí del psoe venezolano, el carnet es del psoe, no yo, ni por casualidad. Y muy vinculado a Acción Democrática para bien o para mal, hasta el punto de llevar Carlos Andrés Pérez de polizón a Felipe González en el avión presidencial para que se entrevistara en secreto con Adolfo Suárez, otro político de gran nivel como Felipe y así organizar la transición española que fue ejemplar. Mucho le debe el PSOE a AD, y esa es la verdad histórica y no para ondear deudas que no nos pertenecen. Ahora con sanchez, que parece más un galán de telenovela, la situación cambio y le da preeminencia al chavismo por encima que a los adecos y a la Social Democracia planetaria. Presumo que iglesias y su banda chantajearon al galán transformándolo en un patiquín sin cabeza política porque ese error de negarse a recibir al presidente Guaidó se lo vamos a cobrar caro, muy caro a sanchez. Presumo que maduro debió poner mucho dinero sucio en la campaña de sanchez al ver el desplome de podemos, su banda delictiva afín y franquicia segura, y esto es lo que está pagando el actual presidente del gobierno español, y la culebra nuestra debe ser contra sanchez y no contra el psoe.
*Sabía de la existencia del PSOE en Venezuela desde la época de Pérez Jiménez porque tenía muchos amigos de todos los bandos y como era prudente, todos hablaban delante de mi pese a ser casi un niño, desde los comunistas y anarquistas a quienes tenía mucho afecto personal hasta mis amigos monárquicos españoles que los tenía, y ambos bandos eran activos por haber sufrido la guerra civil. Los últimos anarquistas originarios españoles que traté bastante fueron el viejo Campuzano, padre de la actriz Giove Campuzano y Antonio Serrano, el librero de Lectura que animaba círculos de lectura anarquista con muchachos en los jardines de la UCV y Antonio era tan anarquista que sus bellas hijas se llamaban Alegría y Esperanza, además se comía muy sabrosa comida española en su pequeño apartamento de la avenida Fuerzas Armadas hacia el sur. Todos llamaban a la gente del PSOE como socialistas pero había varios partidos socialistas españoles, como cualquier venezolano del montón. Oía, callaba y aprendía pero no tenía pruebas de la existencia del PSOE en Venezuela hasta que un día encontré en una venta de cosas viejas el carnet de ese partido en Venezuela y que se identificaba mucho con AD porque el presidente Betancourt los había ayudado y defendido mucho en el exilio forzado de los republicanos. Aquí todos esos españoles eran adecos betancouristas

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Sobre el juego
Nicomedes Febres

*En esto de leer Historia uno detecta algunas pistas para la futura investigación genética de algunas patologías sociales como son por ejemplo la embriaguez en algunas tribus aborígenes que tomaban licor hasta emborracharse como una cuba por incluso varios días seguidos, luego desaparecer y regresar al trabajo pasados varios días y entrar en un prolongado período de abstinencia. Eso en español clásico venezolano se llamaba picurearse, es decir actuar como los picures, pero nunca he tenido interés por el origen de las palabras, sino por su uso. Ese ciclo de beber por días y luego un período de abstinencia lo he visto también en algunos pacientes y le generan sufrimiento y angustia. Y en la vida venezolana también he tratado de investigar un poco otra patología como es el juego y su enfermedad que se llama ludopatía, otra enfermedad de la cual nunca he padecido, pero que era muy frecuente en la Venezuela de antes y en la Caracas de hace un siglo. Algunos cronistas como Lucas Manzano, Guillermo José Schael y Oscar Yanes lo describen en sus textos lo cual nos llama la atención. En ese mapa del juego de Caracas aparece como figura central el casino Cataluña ubicado en el segundo piso del Hotel Barcelona que estaba entre las esquinas de Torre y Veroes y era el sitio a donde llegaban los toreros y las cantantes y actrices para las funciones de los distintos teatros de la ciudad. Ellos, que vivieron esa época, primero uno y luego los otros casi que hacen un mapa del juego de la vieja ciudad. Pero nunca había conseguido una prueba fehaciente de su existencia, pero si de otros como el Luna Park y uno del empresario taurino y teatral Miguel Leicibabaza que quedaba en Macuto y del cual tenemos un grabado . También hay referencias claras de la existencia de un casino privado en el Club Venezuela que incluso funcionó en la vieja sede de la Universidad Católica en la esquina de Jesuitas. También hay referencias a un individuo llamado el Mocho Chingüingue apodado así por haber perdido la mano de un machetazo en una jugada de envite y azar, y quien era considerado el más grande tahúr de la ciudad y del cual no tengo fotos.

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lunes, 28 de agosto de 2017

UNA POSTURA QUE SE AGRADECE

EL PAÍS, Madrid, 27 de agosto de 2017
 PIEDRA DE TOQUE
Venezuela, hoy
No hay precedentes en la historia de América Latina de un país al que la demagogia estatista y colectivista de un Gobierno haya destruido económica y socialmente
Mario Vargas Llosa

El portavoz del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) y alcalde de Valladolid, Óscar Puente, declaró hace unos días que, a su juicio, hay en España “un sobredimensionamiento” de lo que ocurre en Venezuela, porque cuando un país vive el drama que experimenta la nación bolivariana aquello no es sólo culpa de un Gobierno sino “responsabilidad colectiva de los venezolanos”.

Semejante afirmación demuestra una total ignorancia de la tragedia que vive Venezuela o un fanatismo ideológico cuadriculado. Hace falta más de un individuo para deshonrar a un partido, desde luego, habiendo socialistas que, con Felipe González a la cabeza, han demostrado una solidaridad tan activa con los demócratas venezolanos que, pese a los asesinatos, las torturas y la represión enloquecida desatada por Maduro y su pandilla, han impedido hasta ahora que el régimen convierta a ese país en una segunda Cuba. Pero que haya en España socialistas capaces de deformar de manera tan extrema la realidad venezolana sin que sean reprobados por la dirección, delata la inquietante deriva de un partido que contribuyó de manera tan decisiva a la democratización de España luego de la Transición.

La verdad es que Venezuela fue, por 40 años (1959 a 1999), una democracia ejemplar y un país muy próspero al que inmigrantes de todo el mundo acudían en busca de trabajo y que, tanto los Gobiernos “adecos” como “copeyanos”, dieron una batalla sin cuartel contra las dictaduras que prosperaban en el resto de América Latina. El presidente Rómulo Betancourt intentó convencer a los Gobiernos democráticos del continente para que rompieran relaciones diplomáticas y comerciales y sometieran a un boicot sistemático a todas las tiranías militares y populistas a fin de acelerar su caída. No fue respaldado, pero, décadas después, su iniciativa acaba de ser reivindicada por la Declaración de Lima, en la que, invitados por el Perú, todos los grandes países de América Latina —Brasil, Argentina, México, Colombia, Chile, Uruguay y cinco países más de la región— además de Estados Unidos, Canadá, Italia y Alemania, han decidido aislar a la dictadura de Maduro y no reconocer las decisiones de la espuria Asamblea Constituyente con la que el régimen trata de reemplazar a la legítima Asamblea Nacional donde la oposición detenta la mayoría de los escaños.

El portavoz socialista no parece haberse enterado tampoco de que las Naciones Unidas han denunciado, a través de su Alto Comisionado para los Derechos Humanos, las torturas a las que la dictadura venezolana somete a los opositores desde hace varios meses, que incluyen descargas eléctricas, palizas sistemáticas, horas colgados de las muñecas o los tobillos, asfixia con gases, violaciones con palos de escoba, detenciones arbitrarias e invasión y destrozos de las viviendas de los sospechosos de colaborar con la oposición. Más de 5.000 personas han sido detenidas sin ser llevadas a los tribunales, las fuerzas de seguridad han asesinado a medio centenar en las últimas manifestaciones y las bandas de malhechores del régimen, llamadas los colectivos, a 27.

El asedio sistemático a los adversarios de la dictadura se extiende a sus familias, que pierden su trabajo, son discriminadas en los racionamientos y víctimas de expropiaciones. Y la corrupción del Gobierno alcanza extremos de vértigo, como acaba de denunciar la fiscal Luisa Ortega en Brasil, revelando, entre otros horrores, que el segundo hombre del chavismo, Diosdado Cabello, recibió 100 millones de dólares de soborno de Odebrecht a través de una compañía española.

Pero, probablemente, con toda la crueldad que denotan las violaciones a los derechos humanos y el saqueo del patrimonio nacional por los jerarcas del régimen, nada de aquello sea tan terrible como el empobrecimiento vertiginoso que la política económica de Chávez y su heredero ha acarreado al pueblo venezolano. Uno de los países más ricos del mundo, que debería tener los niveles de vida de Suecia o Suiza, padece hoy día los índices de supervivencia de las más empobrecidas naciones africanas: la pobreza afecta al 83% de la población, sufre la inflación más alta del mundo —este año alcanzará el 720%— y un PIB que según el Fondo Monetario Internacional cae 7,4%. Sólo se libran del hambre y la escasez de todo —empezando por las medicinas y las divisas y terminando por el papel higiénico— el puñado de privilegiados de la nomenclatura —buen número de generales entre ellos, comprados asociándolos a las grandes operaciones del narcotráfico— que pueden adquirir alimentos, medicinas, repuestos, ropa, a precios de oro, en el mercado negro. La gente común y corriente, entre tanto, ve caer sus niveles de vida día a día.

¿A cuántos cientos de miles de venezolanos han obligado a emigrar las fechorías económicas y sociales del régimen? Es difícil averiguarlo con exactitud, pero los cálculos hablan de por lo menos dos millones de personas que, agobiadas por la inseguridad, la pobreza, el terror, el hambre y la perspectiva de un empeoramiento de la crisis, se han desparramado por el mundo en busca de mejores condiciones de vida, o, cuando menos, un poco más de libertad. No hay precedentes en la historia de América Latina de un país al que la demagogia estatista y colectivista haya destruido económica y socialmente como ha ocurrido en Venezuela. Lo extraordinario es que la política de destruir las empresas privadas, agigantando el sector público de manera elefantiásica, y poniendo cada vez más trabas a la inversión extranjera, se llevara a cabo cuando todo el mundo socialista, de la desaparecida URSS a China, de Vietnam a Cuba, comenzaba a dar marcha atrás, luego del fracaso de la socialización forzada de la economía. ¿Qué idea pasó por la cabeza de semejantes ignorantes? La utopía del paraíso socialista, una fabulación que, pese a los desmentidos que le inflige la realidad, siempre vuelve a levantar la cabeza y a seducir a masas ingenuas, que, pronto, serán las primeras víctimas de ese error.

Es verdad que la Venezuela de la democracia contra la que se rebeló el comandante Chávez había sido víctima de la corrupción —un juego de niños comparada a la de ahora— y que, en la abundancia de recursos de aquellos años, los de la Venezuela saudí, surgieron fortunas ilícitas a la sombra del poder. Pero aquello tenía compostura dentro de la legalidad democrática y los electores podían castigar a los gobernantes corruptos mediante unas elecciones, que entonces eran libres. Ahora ya no lo son, sino manipuladas por un régimen que, en las últimas, por ejemplo, se inventó un millón de votos más de los que tuvo, según la propia compañía contratada para verificar los comicios. Pese a ello, la oposición ha inscrito candidatos para las elecciones regionales de gobernadores convocadas por Maduro. ¿Hay alguna posibilidad de que sean unos comicios de verdad, donde gane el más votado? Yo creo que no y, por supuesto, me gustaría equivocarme. Pero, después de la grotesca patraña de la “elección” de la Asamblea Constituyente y de la defenestración manu militari de la fiscal general Luisa Ortega Díaz, ahora en el exilio, ¿alguien cree a Maduro capaz de dejarse derrotar en las urnas? Él ha hecho todos los últimos embelecos electorales, quitándose la careta y mostrando la verdadera condición dictatorial del régimen, precisamente porque sabe que tiene en contra a la mayoría del país y que él y sus compinches tendrían un exilio muy difícil, por sus robos cuantiosos y su estrecha vinculación con el narcotráfico. En la triste situación a la que ha llegado Venezuela es poco menos que imposible —a menos de una fractura traumática del propio régimen— que recupere la democracia de manera pacífica, a través de unas elecciones limpias.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/08/18/opinion/1503051577_731982.html

martes, 21 de febrero de 2017

INTERESANTE REIVINDICACIÓN: LA DEL PARLAMENTO

EL MUNDO, Barcelona, 18 de febrero de 2017
Parlamento útil y vivo
Miguel Ángel Heredia Díaz

En 2010 se cumplieron 100 años de la entrada en el Congreso de los Diputados del primer parlamentario socialista, el fundador del PSOE, Pablo Iglesias. Para recordar las voces socialistas en el Parlamento durante ese siglo se editó un libro, en cuyo prólogo, quien era entonces el portavoz y presidente del Grupo Parlamentario Socialista, José Antonio Alonso, que nos dejó este triste febrero, resumía a mi entender qué fortísimo hilo ideológico nos une a los parlamentarios socialistas que en diferentes etapas hemos ocupado un escaño: "En este largo recorrido hemos cometido aciertos y errores. Pero entre las páginas de este libro sí que es posible comprobar cómo los parlamentarios y parlamentarias socialistas han mantenido -en circunstancias y tiempos distintos- la coherencia de defender a los más débiles frente a los poderosos; de hacerlo con una profunda ambición reformista, de cambio, de transformación, de progreso, que beneficia al conjunto de la sociedad; y de forjarlo a través del diálogo, del debate, del acuerdo -siempre que ha sido posible- y del voto: en definitiva a través del mejor parlamentarismo".

Casi una década después estas palabras nos inspiran con más fuerza en nuestra labor política en el Congreso y en el Senado en un momento sin precedentes de la historia democrática de nuestro país: un Gobierno en minoría sin pacto con ninguna de las fuerzas del arco parlamentario. Los socialistas comprendemos hoy mejor que nunca el poder del Parlamento. Mientras, los líderes de las nuevas viejas izquierdas proclaman su desprecio por él, por la democracia representativa, lo que no sorprende en nada a quien escribe porque sabemos que enmascaran su devoción por el autoritarismo dogmático con el disfraz de un controlado asamblearismo de plaza o pabellón. No pensemos que en la izquierda se debate entre democracia directa o democracia representativa, más bien el choque se produce entre quienes defendemos una democracia deliberativa que dé soluciones a los problemas de la ciudadanía y mejore la calidad de nuestro sistema mediante el acuerdo, contra quienes quieren caminar hacia sistemas caudillistas con un supuesto favor del pueblo, siempre en el eje de arriba y abajo y no en el de la igualdad y la reforma, que verdaderamente ha dado sus frutos. La deriva populista de algunos no debe contagiar a un partido centenario que encontró en su labor institucional la mejor de las armas para cumplir con su función política. Tanto en el Gobierno como en la oposición, fraguando una alternativa diaria.

El PSOE se abstuvo en la sesión de investidura para que la democracia comenzara a andar mediante la deliberación política, "convencidos del valor civilizatorio de la política democrática", como escribe José Luis Rodríguez Zapatero en el citado volumen. Con un Gobierno en minoría parlamentaria, el mecanismo negociador se activa entre el grupo mayoritario y la oposición, y entre los propios grupos de la oposición, que suma una mayoría de votos suficiente para marcar la agenda parlamentaria. Esto está sucediendo en el Congreso con asuntos que entierran el mito de que los debates parlamentarios están lejos de la realidad. Nunca ha sido así, pero hoy es más que apreciable: las grandes conquistas sociales se han logrado por los votos en sede parlamentaria. La fábrica de progreso está en el Congreso.

Las mayorías absolutas, como la del PP en la pasada legislatura, alumbran gobiernos por decreto ley y el Parlamento se resiente en su principal función. Pero, hoy, el Parlamento centra la política nacional con asuntos de vital importancia directa para la ciudadanía, con el PSOE como el partido central para el acuerdo, impulsor de esos acuerdos. Nuestra utilidad es evidente.

Más que nunca somos una oposición útil. Lo fácil sería procurar un bloqueo permanente, pero ésa no es la razón de ser de un partido como el PSOE. Estamos en los acuerdos necesarios con el Gobierno en una actitud siempre exigente y en los acuerdos contra el Gobierno para avanzar en nuestro programa reformista, para revertir la situación que sufren amplísimos sectores sociales por la crisis y las decisiones del PP que agravaron sus consecuencias. Han sido pactos con la ciudadanía. Esta posición estratégica es irrenunciable para un partido que ganó en eficacia política cuando abrazó el parlamentarismo, es decir, las instituciones como el terreno de juego para reformar el orden establecido. Las revoluciones del siglo XXI se hacen en el Parlamento, aunque algunos trasnochados piensen en caminos alternativos que conducen a callejones sin salida.

La coherencia con los principios fundacionales del PSOE pasa por ser útil para la ciudadanía allí donde ésta con su voto nos situó y en un contexto político complejo. No fue fácil permitir un Gobierno de Rajoy, pero era más difícil dejar que alcanzara un Ejecutivo más fuerte para seguir con su programa político. Los socialistas creemos en el parlamentarismo, estación última del proceso político democrático. Necesitamos que todos los actores democráticos respeten al Parlamento.

La voz del PSOE en el Congreso de los Diputados es la voz de sus votantes y la voz de la sociedad española que confía en nuestra sensatez, coherencia y utilidad para el país. Ha sido sensato, coherente y útil acordar para subir el salario mínimo interprofesional un 8%, iniciar las negociaciones para un pacto de Estado por la educación y suprimir las reválidas, situar al máximo nivel de la agenda política la violencia machista, establecer un mecanismo justo a favor del consumidor en la devolución por las cláusulas suelo, prohibir los cortes de luz a familias vulnerables, garantizar un ingreso mínimo vital, etcétera.

Y seguimos utilizando toda la fuerza que los ciudadanos nos han dado para reclamar la derogación de la Reforma Laboral del PP y elaborar un nuevo Estatuto de los Trabajadores. Queremos obligar al Gobierno a recuperar el diálogo social que abandonó con su mayoría absoluta. Lo mismo haremos con las pensiones: Estamos decididos a impulsar el Pacto de Toledo para garantizar las pensiones mediante un sistema de reparto y de transferencia de renta entre generaciones. Mientras, ya hemos pedido una revalorización para que este mismo año no pierdan poder adquisitivo y evitar así que nuestros mayores sigan empobreciéndose.

El PSOE nació para el cambio y la reforma. En las próximas semanas viviremos dentro del partido una reflexión a la sociedad española y un debate de ideas para rearmar nuestro proyecto de alternativa. Esto será posible manteniendo nuestro firme compromiso con el parlamentarismo, con las instituciones y con el diálogo político. El alimento del populismo es el desprecio a las instituciones, su descrédito por inutilidad hasta que son conquistadas con falsas esperanzas. El proyecto socialista debe vacunarse contra estos riesgos. En este parlamentarismo útil reside una gran parte de nuestro éxito colectivo como país.
(*) Miguel Ángel Heredia Díaz es secretario general del Grupo Socialista en las Cortes Generales.

Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/02/18/58a730cde2704e375a8b459f.html
Ilustración: Sequeiros.

domingo, 2 de octubre de 2016

LA YA FALLIDA OBSESIÓN

EL UNIVERSAL, Caracas, 1° de octubre de 2016
El cisma del puño y la rosa
Rafael del Naranco

El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) está escenificando en estos momentos cruciales de la política hispana -ante la falta de un gobierno estable tras 9 meses de lasitud y 2 elecciones generales fallidas-  uno de los enfrentamientos más ingratos de su historia: una división que se halla, si no imperan la responsabilidad y el sentido común, a sus puertas.
¿Tienes algo que decir?
La rebeldía de Pedro Sánchez, secretario general de los socialistas, incapaz de hacer frente a sus responsabilidades y obsesionado en ocupar el sillón de la Moncloa, sede del gobierno nacional, está a punto de conseguir  una división de la agrupación fundada a designio de Pablo Iglesias Posse y un grupo de intelectuales y obreros -tipógrafos la mayoría-, el 2 de mayo de 1879, como expresión de los afanes e intereses de las nuevas clases trabajadoras surgidas de la revolución industrial en Europa.
En esa larga historia de 137 años, repleta de convulsiones políticas épicas salpicadas de luchas sociales, conflictos agresivos y una cruenta guerra civil, el símbolo de la organización fue hasta los primeros albores del siglo XX, una pluma y un yunque que unificaban su raíz intelectual y proletaria.
¿Y el emblema actual con un puño apretando una rosa? Ese logotipo comenzó a usarse hacia 1977. En un libro de Alfonso Guerra, vicepresidente socialista en el primer gobierno democrático en España, tras cuarenta años de dictadura franquista, y con el título “Diccionarios de la izquierda”, se encuentra la definición de cómo el  puño y la rosa simbolizan la unión de los trabajadores “con la cultura, el pensamiento, la belleza”... Es decir, el mismo concepto que la pluma y el yunque.
La tensa situación del actual socialismo ibérico pudiera romper la rosa en pétalos lanzados al suelo y un puño de hierro convertido en añicos. Lo que está aconteciendo a recuento de la malacrianza de Pedro Sánchez -con poco o nada de conocimiento de los recovecos de la política y demasiado orgullo juvenil- le impidió hacer una autocrítica ante la debacle que tuvo en las elecciones autonómicas en Galicia y el País Vasco, uniendo a ello un nulo discernimiento del valor del diálogo, haciendo con esa impostura que el PSOE se divida entre “buenos” y “malos”, dependiendo quien esté a favor de sus prepotencias o no.
Un observador diría acertado: “El partido está asustado, anonadado”, y es que al pedírsele su renuncia ante tanto fracaso frente a la Secretaria General, Sánchez sale con la despampanante ocurrencia de hacer unas primarias y un congreso con una idea única: seguir siendo el timón del partido y decidir su reestructuración como un caudillito tercermundista o un Tirano Banderas en las tierras libertarias de los molinos de viento.
La situación, políticamente hablando, es grave, ha roto todos los esquemas de sensatez, y el desbarajuste, unido a un enfrentamiento que está auspiciando visos de intolerancia, se ha  apoderado del partido -siempre sólido hasta este fin semana- que se ha cubierto de más laberinto tras la dimisión de 17 miembros de la ejecutiva y la negativa de Pedro Sánchez a dejar el cargo.
La opinión editorial de los principales informativos en papel y digitales es unánime: la única escapatoria que tiene el secretario general del PSOE -“inevitable”, dice el diario “El País”- es su salida del partido. Y añade: “Hemos sabido que Sánchez ha mentido sin escrúpulos a sus compañeros. Hemos comprobado que sus oscilaciones a derecha e izquierda ocurrían únicamente en función de sus intereses personales no de sus valores ni su ideología, bastantes desconocidos ambos”.
Más claro y contundente, imposible.

Fuente:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/cisma-del-puno-rosa_594200
Ilustración: Eva Vázquez.

AGRAVADA LEY DE MURPHY

EL PAÍS, Madrid, 1° de octubre de 2016
 TRIBUNA
Crisis, caída y escisión del PSOE
En política, el ‘no’ más inteligente es el que sirve para iniciar una negociación, pero el secretario general y su comisión ejecutiva cegaron a conciencia todas las salidas, se sumieron en el silencio y no se emplearon nunca en negociar su ‘no’
Santos Juliá

Hay que remontarse a los años treinta del siglo pasado para encontrar en la historia del socialismo español un proceso tan autodestructivo como el que se ha desencadenado esta semana en la cúpula del PSOE. Fue en una reunión del comité entonces llamado nacional, convocada para el 16 de diciembre de 1935, cuando ante una cuestión marginal sometida a votación por Indalecio Prieto, Francisco Largo Caballero dimitió de la presidencia del partido y arrastró con su decisión a varios dirigentes históricos. Mientras Largo interpretó su salida como expulsión y recuperación de su libertad para recurrir, como dijo, “directamente a la base”, el resto del comité continuó la reunión y aprobó en los términos que Prieto pretendía la coalición con los partidos republicanos, que era la cuestión que tenía dividido al partido desde el fracaso de la revolución de octubre de 1934.
La escisión en el comité nacional y en la comisión ejecutiva se extendió de inmediato al grupo parlamentario socialista en las Cortes elegidas en febrero de 1936 y a todas las agrupaciones, alcanzando también a la Unión General de Trabajadores, que en aquellos tiempos era algo más que un sindicato hermano. El resultado fue la parálisis del PSOE en el peor momento por el que atravesaba la República: Prieto no obtuvo de su grupo parlamentario los votos necesarios para aceptar la presidencia del Gobierno que le ofrecía Manuel Azaña en mayo de 1936 y Largo Caballero bloqueó la incorporación del PSOE a un Gobierno de “unidad nacional”, desde Miguel Maura por la derecha al mismo Prieto por la izquierda, que Azaña intentaba poner en pie en la aciaga noche del 18 de julio. El catastrófico resultado de esta parálisis política fue que la rebelión militar, en marcha desde la tarde del 17, solo encontró para hacerle frente al más débil de los Gobiernos republicanos posibles.
Bueno, eran otros tiempos y por fortuna nada de eso está hoy, como se dice, a la orden del día. Pero los socialistas quizá no debían olvidar que la escisión iniciada un 16 de diciembre de 1936 recorrió la historia de su partido durante varias décadas y dejó un poso de rencor y división del que no se libraron por completo hasta que el partido, a punto de desaparecer, fue refundado, no sin nuevos enfrentamientos, en el primer lustro de los años setenta por una nueva generación de militantes. Las escisiones de una gran organización, con la ruptura no solo de vínculos políticos, sino de viejas amistades, de lazos fraternales y de sueños y esperanzas compartidos cuando el tiempo de la vida permite aún concebirlos, dejan siempre un poso de amargura y frustración muy propicio para convertir a quien fue ayer compañero en el enemigo hoy a liquidar.
Las rupturas son muy propicias para convertir a quien fue compañero en el enemigo a liquidar
Y esto es lo que viene ocurriendo en la cúpula del PSOE desde el comité federal celebrado el 9 de julio de este año, cuando los reunidos, después de agrias discusiones motivadas por los pésimos resultados de las segundas elecciones y el silencio de trece días en que el secretario general se había sumido tras la noche electoral, no pudieron acordar más política para el inmediato futuro que la ratificación puramente verbal del no a la abstención en la probable investidura del candidato del PP. Era un no, como se comentó entonces, “de entrada”, susceptible de modificarse si las circunstancias imponían una abstención para el caso de que la negativa acarreara la condena a convocar por tercera vez al electorado, como era previsible dada la aritmética imposibilidad de formar un Gobierno llamado de cambio o de progreso si Ciudadanos y Podemos mantenían su cerrada y mutua exclusión.
El secretario general y la ejecutiva del partido pudieron haber elegido entonces el camino que parecía más indicado después del comité federal de julio: trabajar seriamente y de inmediato por la formación de ese Gobierno hasta que una vez certificada su imposibilidad, optaran por la única alternativa que quedaba si querían evitar la convocatoria de terceras elecciones: la abstención. Pudieron haberse empleado entonces en una labor pedagógica sobre lo que significa en una democracia parlamentaria permitir al adversario la formación de Gobierno pasando a liderar una oposición capaz, por número de escaños, por capacidad de negociación y liderazgo, de imponer desde el Congreso un programa de reformas. Por vez primera, en efecto, el partido de Gobierno contaría con un número de escaños que le impediría gobernar a golpe de decreto y le obligaría a negociar permanentemente el contenido de sus proyectos de ley.
Se ha hecho buena la ley de Murphy: si algo puede ir mal, lo más probable es que vaya a peor
El secretario general y la ejecutiva federal optaron, sin embargo, por cruzarse de brazos a la espera de que el candidato del PP se estrellara contra la más hueca y obtusa de las barreras que en política se pueda concebir, la del no es no. En política, el no nunca es no, salvo cuando quien lo repite como un papagayo quiere meterse en un túnel sin salida. No solo en política, en la vida misma es de sabios no decir nunca de este agua no beberé, porque igual algún día tienes que beberla o morirte de sed. En política, el no más inteligente es el que sirve para iniciar una negociación, pero, ay, el secretario general del PSOE y su comisión ejecutiva cegaron a conciencia todas las salidas, se sumieron en profundo silencio y no se emplearon nunca en negociar su no. Y ahí están, plantados ante la peor de las alternativas, la que lleva a unas terceras elecciones. Y lo han conseguido sin poder culpar a nadie más que a ellos mismos de semejante logro.
Al verse abocados a este fatídico desenlace, parte de los miembros de la ejecutiva ha dimitido para provocar la caída de su secretario general, haciendo así buena la ley de Murphy en versión agravada: si algo puede ir mal, lo más probable es que vaya a peor. El PSOE va mal desde las elecciones de 2011, cuando perdió nada menos que 4,3 millones de votos. Profundizó su caída en 2015, con la deserción de otros 2,5 millones y siguió bajando en 2016, con una sangría que no ha dejado de manar en Galicia y Euskadi. Sólo faltaba que su comisión ejecutiva, responsable solidaria de haber conducido al PSOE a esta penosa situación, no tuviera mejor ocurrencia, cuando está en juego no ya la formación de un Gobierno sino la existencia misma de este Estado social y democrático de nuestros pesares, que lanzarse de hoz y coz a una escisión en la cima, preludio de un descenso a la marginación e insignificancia. Nadie lo comprende, pero, si alguien no lo remedia, todos le harán pagar el precio de tanto destrozo.
(*)Santos Juliá es historiador. Su último libro publicado es Nosotros, los abajo firmantes. Una historia de España a través de manifiestos y protestas (Galaxia Gutenberg).

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/09/30/opinion/1475246881_868404.html
Cfr. S.J.; "¿Qué habría pasado si Indalecio Prieto hubiera aceptado la presidencia del gobierno en mayo de 1936?", en:  http://www.santosjulia.com/Santos_Julia/2000-04_files/Si%20Prieto%20hubiera%20aceptado%20la%20presidencia.pdf

martes, 28 de junio de 2016

ECHARLOS

La salida
Gabriel Albiac

Pasé la jornada electoral releyendo la Técnica del Golpe de Estado de Curzio Malaparte, ese manifiesto de inteligencia y de misantropía. En este día de resultado difícil de gestionar, Malaparte parece estar hablando de nosotros. Aunque esté escribiendo en la Italia de 1930. Su envite es el nuestro: «La historia política de estos últimos diez años es la historia de la lucha entablada entre los defensores del principio de la libertad y de la democracia, es decir, los defensores del Estado parlamentario, y sus adversarios». Este domingo, España asistió al segundo asalto del combate que enfrenta a los defensores de esta aburrida democracia parlamentaria nuestra con los de un exaltador golpismo populista. En el 1930 de Malaparte, la exaltación había venido de una escisión del Partido Socialista que se dio nombre de fascista. En el 2016 español, su nombre y modos son bolivarianos. Ambos, «idólatras del Estado, partidarios del absolutismo estatal».

La ofensiva quedó cortada. Los populistas están debilitados, pero al acecho de erosionar el territorio del PSOE. Desde su endeble posición, habrán de remodelar un asalto al poder que sólo la unidad de los aburridos demócratas puede frenar. No es un modelo que se ajuste a la cuadrícula derecha/izquierda. Quienes pretendan reducirlo a ella, habrán perdido ya la batalla. Es una tentación mortal, en especial para el PSOE: cualquier pacto que se diga «de izquierdas» con los populistas sellaría su suicidio. Pero es un riesgo que va mucho más allá: en el acceso de ese nuevo fascismo a zonas de poder, se juega la supervivencia de la democracia parlamentaria, en lo inmediato; y, a medio plazo, la supervivencia de la nación. Sánchez hubiera debido, en el insomnio de anoche, leer a Malaparte: «No hay que olvidar que los camisas negras provienen, en general, de los partidos de extrema izquierda». Y sacar la conclusión lógica: urge echar a los populistas de los ayuntamientos. Urge.

¿Es posible exorcizar el riesgo populista? Sí. No sería difícil en un país con tradición garantista. Un gobierno de unidad nacional, que proceda a las reformas constitucionales sobre cuya ausencia se alzó la amenaza de Podemos, estaría en condiciones de tomar el timón para esta nueva singladura, sin la cual España sigue arriesgándose al colapso. ¿Es tan difícil entender que, sin un gobierno de concentración entre PP, PSOE y Ciudadanos, la democracia entrará en un callejón sin salida? El nombre de quien presida ese gobierno, poco importa.

Hemos sido gobernados por gentes repugnantes, es cierto. Pero, entre ladrón y asesino, debemos distinguir. Los discípulos de Irán y Chávez son más que los simples ladrones que sugiere su financiación. La cual no es tan distinta, por cierto, a la de los partidos de la transición. Lo distinto ahora es que Teherán y Caracas son regímenes homicidas. Y ello abre un horizonte ciego. Si los partidos constitucionalistas no son capaces de unirse frente a eso, merecerán la destrucción que les acecha. Nosotros, no.

Fuente:
http://www.abc.es/opinion/abci-salida-201606281626_noticia.html

sábado, 6 de febrero de 2016

CADUCIDAD

EL PAÍS, Madrid, 4 de febrero de 2016
Tras las elecciones del 20-D
Politeísmo
Fernando Vallespín

El eje nueva/vieja política ha muerto. Quizá porque ya ha caducado lo novedoso de los nuevos; o porque en todo este largo proceso de pre-pactos se ha extendido la impresión de que tampoco eran tan distintos. Su certificado de defunción lo ha emitido, sin embargo, la expresa incompatibilidad mutua entre Podemos y Ciudadanos. Unos, Podemos, porque adscriben a Ciudadanos al búnker; y los otros, por las veleidades multinacionales, de “ruptura de España”, que imputan al partido de Iglesias y sus adláteres. Como este último partido no puede vivir sin re-significarlo todo, ahora el eje fundamental vuelve a girar hacia el más clásico de izquierda/derecha. Eso que se llama “Gobierno de progreso” frente al “austericidio” o la complacencia con el status quo. Como el hombre de la Edad Media, Sánchez debe elegir ahora entre dios o el diablo. No hay vía media.
Otro tanto ocurre con lo que ha venido siendo el frame fundamental con el que se ha operado desde el principio en la discusión sobre los pactos. Me refiero a los que han fletado el anatema de no pactar con quienes buscan la “disolución de la unidad nacional”, no solo representados por los del búnker, sino por algunos barones del PSOE. O sea, el clásico eje nacionalismo español/nacionalismos periféricos. Si cruzamos ambos ejes, el resultado es la rehabilitación posmoderna del conflicto de “las dos Españas”, que muchos pensábamos que habíamos dejado atrás gracias al consenso alcanzado en la Transición. Como diría un británico, la historia vuelve con rabia (vengeance), aunque ahora mucho más amortiguada por la existencia de un país menos pasional y más acomodaticio.
Sánchez parece un buen representante de esa nueva España pragmática más interesada en resolver problemas específicos que en aferrarse a los grandes principios. Y si no lo es, la coyuntura le obligará a serlo. Lo quiera o no, deberá ser politeísta, como lo es la propia sociedad española a la luz del resultado electoral. No estamos para caer en la lógica binaria, sino para dar satisfacción a la gestión de un pluralismo multicolor que casa mal con esos dos viejos dioses siempre en conflicto y siempre reclamando la sangre del otro.
Lo siento por Podemos, sus ansias de hegemonía tendrán que esperar; y lo siento por Ciudadanos y los barones del PSOE, porque Podemos es ahora mismo imprescindible para buscar un adecuado entendimiento con Cataluña. Y ellos y otros pueden contribuir también, cada cual cediendo y aportando en lo indispensable, para que la gente —sí, la gente— pueda volver a creer que esto de la política merece la pena.
Mientras tanto, el declinante líder espera y espera a que el cainismo que se nos atribuye nos acabe devorando y pueda tener una nueva oportunidad. Sin él, todos sabemos que el PP también puede estar llamado a jugar el papel que le corresponde.

(http://politica.elpais.com/politica/2016/02/04/actualidad/1454623634_763850.html)

viernes, 31 de julio de 2015

LAS LECCIONES OLVIDADAS

EL NACIONAL, Caracas, 29 de julio de 2015
España, la izquierda y la historia
Aníbal Romero 

Como es sabido los partidos políticos de izquierda, tanto la presuntamente moderada encarnada en el PSOE como la más radical representada por Podemos, lograron importantes avances en las elecciones autonómicas y municipales del pasado mes de mayo en España. Hablo de una izquierda “presuntamente moderada” al referirme al PSOE, pues uno de los fenómenos políticos de este tiempo es la progresiva radicalización hacia la izquierda de ese movimiento.
Empujado por un genuino descontento derivado de una economía que no termina de arrancar, así como por la extendida corrupción de las élites políticas tradicionales, un electorado inquieto y desconcertado ha empezado a experimentar con fórmulas heterodoxas, que sólo presagian borrascas para España.
Por los momentos, algunos de los ayuntamientos y regiones controlados por la izquierda española y por los sectores independentistas, se están dando a la tarea de eliminar en salas de reuniones y sitios públicos retratos y bustos de los reyes Juan Carlos I y Felipe VI, entre otros símbolos de la monarquía, así como de proseguir el rumbo –que comenzó hace ya algunos años– de cambiar nombres a calles, derribar estatuas, programar y publicar nuevos textos con versiones sesgadas y parcializadas de la historia, a fin de desfigurar y desechar en todo lo posible la memoria de lo realmente acontecido durante la guerra civil de 1936-1939, y condenar sin miramientos y en todos sus aspectos al régimen franquista.
Lo primero, es decir, la ofensiva antimonárquica se refiere al presente de manera directa; y lo segundo, la perspectiva unilateral de la historia, también tiene que ver con el presente, sólo que en este caso se accede a la actualidad mediante la transformación del pasado. En tal sentido, con su ataque creciente a la monarquía, la izquierda radical y el independentismo regionalista apuntan con gran acierto contra las bases del Estado español, a objeto de erosionarlas y eventualmente lograr su desintegración.
La distorsión del pasado en función de una perspectiva única y hegemónica, procura transmitir a las nuevas generaciones la versión que la izquierda derrotada en la guerra civil tiene de ese conflicto, y que se caracteriza por su miopía y falta de equilibrio.
Con estos dos procesos, el ataque a la monarquía y la distorsión de la historia, la izquierda española en general, pero particularmente su sector más radical, pone de manifiesto otra vez un rasgo clave de la acción de la izquierda política internacional en su camino al poder y en su ejercicio del mismo. Lo que ahora hace la izquierda radical en España, con una pequeña ayuda de los “moderados”, fue lo que hicieron los bolcheviques en Rusia, los maoístas en China, los hermanos Castro en Cuba, los sucesores de Allende y la Unidad Popular en Chile, y Chávez y sus seguidores en Venezuela. El proceso de desfiguración de la historia con base a una versión unilateral de la misma es empleado como instrumento de consolidación del poder.
La versión que la izquierda española ofrece sobre la guerra civil y el franquismo, sería capaz de convencer a más de un incauto que ese conflicto y el régimen que produjo salieron casi de la nada, o quizás sencillamente de las torcidas intenciones de un grupito de conspiradores, alentados por los más oscuros designios y situados en una especie de limbo fuera de todo contexto concreto. Pero cualquier persona que se ocupe de leer un poco acerca de lo que fue la República española y luego la guerra civil, en libros de historiadores serios y ponderados como Hugh Thomas y Anthony Beevor, por ejemplo, con seguridad alcanzará una perspectiva mucho más balanceada, una perspectiva que muestre no solamente el caos en que el radicalismo de la izquierda sumió a España antes de la guerra civil, sino también las atrocidades que tanto la izquierda como los nacionalistas se infligieron mutuamente entre 1936 y 1939.
Basta con informarse un poco acerca de lo ocurrido dentro de las propias filas republicanas durante esos años, sobre las luchas implacables entre comunistas y anarquistas, la incontrolable violencia callejera, la ausencia de autoridad, la ingobernabilidad, la destrucción de todo derecho y la pérdida absoluta de un sentido del orden y de vigencia de las leyes, para tener claro qué le esperaba a España bajo un régimen comandado por quienes dirigieron la guerra civil del lado republicano.
El régimen franquista nacido de esa feroz guerra civil estuvo lleno de las sombras propias de toda dictadura, en especial de una dictadura surgida de un enfrentamiento fratricida, caracterizado por la inmensa y dolorosa crueldad desplegada por todos los bandos participantes. Ahora bien, la necesaria crítica a ese pasado no debe jamás perder de vista sus orígenes en el caos republicano. La pretensión de erradicar a Franco y el franquismo de la historia española es una tarea sin destino aunque políticamente útil, y la izquierda española actual desea hacerlo, desea execrar toda esa etapa histórica para servir sus metas de poder presente, golpeando también a la monarquía que emergió fortalecida del franquismo y de la posterior transición democrática.
Con relación a Allende, a la experiencia trágica de la Unidad Popular y al consiguiente régimen de Augusto Pinochet, ha sucedido algo parecido. Se olvida hoy con demasiada frecuencia el desastre que fue la etapa allendista en la historia chilena, un incesante caos impulsado por una minoría exaltada y radicalizada, incapaz de respetar los límites que la Constitución y una larga tradición de convivencia democrática establecían en Chile. Esa minoría fue incapaz de percatarse del peligro mortal que corría al movilizar a las masas hacia el abismo. La dictadura de Pinochet se vincula de manera directa al empeño de Allende y sus seguidores, especialmente en el partido socialista y agrupaciones como el MIR, de imponer su voluntad por encima de todo, enlazados de paso con Fidel Castro, quien con característica temeridad acentuó las tensiones de la vorágine que fracturó a Chile.
No obstante, no pocos presentan hoy a Allende como un mártir impoluto, y la izquierda chilena, de nuevo en el gobierno y dirigida por la poco iluminada presidenta Bachelet, se dedica a escarbar el pasado para revolverlo y distorsionarlo, asegurándose así que una versión sesgada y parcializada de la historia prevalezca.
La receta ha sido aplicada, con la inmensa torpeza, ignorancia y malevolencia que tipifican al chavismo, en una Venezuela cada día más postrada, sometida de modo implacable al bombardeo propagandístico de un régimen que ha llegado al extremo de cambiar el nombre al país y desmembrar sus símbolos patrios, así como de transformar el rostro de Bolívar para hacerlo menos blanco y más “pardo”, según el guion de un grupo que lleva el resentimiento hondamente marcado en el alma. Además de esto, y tal vez de manera todavía más destructiva para las nuevas generaciones, el chavismo ha execrado los cuarenta años de República Civil sin hacer la más mínima concesión a la objetividad y el equilibrio históricos, condenando globalmente y sin atenuantes cuatro décadas cruciales de nuestra historia, durante las que Venezuela alcanzó importantes logros en los más diversos ámbitos del progreso colectivo.
No debe sorprendernos todo ello, en vista –entre otras razones– de que un nutrido contingente de asesores de la izquierda radical española se ha hecho presente en Venezuela desde hace años, cobrando gruesas sumas de dinero a cambio de suministrar a nuestros delirantes gobernantes el libreto que señala la distorsión de la historia como un método fundamental para la consolidación del poder. Se trata de seguir el consejo de Antonio Gramsci, teórico comunista italiano de comienzos del siglo pasado, levantando el edificio casi infranqueable de la “hegemonía comunicacional”.
El régimen creado por Chávez y ahora en manos de Maduro ha usado esa hegemonía con no poca eficacia, hasta el punto de que la misma oposición no se atreve, o no desea, diferenciarse del populismo socialista de manera clara e inequívoca. Y al respecto cabe preguntarse, ya a estas alturas del proceso de demolición institucional y socioeconómica chavistas: ¿qué hemos aprendido los venezolanos, si es que algo hemos aprendido, durante estos pasados 17 años?¿Entendemos acaso el vínculo entre el proyecto socialista y el colapso de la nación? ¿Existe acaso una visión, así sea somera, dentro del liderazgo opositor acerca de la sociedad y el sistema económico alternativos que sería necesario construir sobre las terribles ruinas del chavismo?
Si bien cabe dudar acerca del aprendizaje de los venezolanos luego de la fatal etapa histórica chavista, en lo que a España se refiere parece claro que ya muchos han olvidado las lecciones de la guerra civil y el franquismo. La izquierda y los separatistas de nuevo se radicalizan, en tanto que las élites políticas se enredan en una enmarañada red de corrupción que día a día depara nuevas sorpresas. Y todo ello ocurre en medio de la creencia, bastante generalizada, de que “lo que pasó no volverá a pasar”. Grave e imperdonable error.

sábado, 2 de noviembre de 2013

EL PODER DE LA BANALIDAD

EL PAÍS, Madrid, 28 de octubre de 2013
TRIBUNA
La banalidad del poder
Los políticos tienen cada vez menor margen de maniobra para tomar decisiones
Josep M. Colomer

El Partido Popular tiene más poder formal que cualquier otro partido haya tenido en la democracia española. Sin embargo, el Gobierno del PP es impotente para tomar las decisiones políticas más importantes. Por un lado, como es bien sabido, el PP tiene mayoría absoluta en el Congreso y en el Senado y controla el Gobierno; preside una amplia mayoría de las comunidades autónomas y el Consejo de Política Fiscal y Financiera, así como una gran mayoría de los grandes Ayuntamientos y la Federación Española de Municipios y Provincias; el PP también ha propuesto una mayoría de los miembros del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional y ha nombrado a la Defensora del Pueblo y a los presidentes del Banco de España, del Consejo de RTVE, de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, del Consejo de Estado y del Tribunal de Cuentas.
Por otro lado, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, declaró, poco después de tomar posesión, que “no tiene libertad” para tomar las decisiones mayores, ya que está sujeto al mandato y la vigilancia de la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional. El proyecto de presupuesto estatal recientemente presentado apunta a objetivos de déficit y deuda que han sido previamente fijados fuera del proceso político español. Como en la mayor parte de los países democráticos, el gasto público discrecional llega solo a un 30%; el resto son obligaciones previamente contraídas, especialmente salarios públicos, pensiones, subsidios del paro, intereses de la deuda y otras transferencias y gastos financieros. Pero incluso la decisión política sobre el gasto discrecional está fuertemente limitada por programas de larga duración y una moderada continuidad. Actualmente, las diferencias reales en la asignación de recursos entre un Gobierno de izquierdas y uno de derechas afectarían a menos del 5% del PIB.
La paradoja del poder impotente no es exclusiva de España. La mayor parte de los Estados europeos ya no tienen soberanía real y no producen resultados por sí mismos. Los gobiernos técnicos o de gestión, así como los formados por amplias o grandes coaliciones de múltiples partidos, se limitan a ejecutar las obligaciones previamente acordadas. Muchos Parlamentos —como el español— ya no legislan por su cuenta, sino que básicamente ratifican decretos gubernamentales que reflejan las directrices internacionales.
La mayor parte de los Estados europeos ya no tienen soberanía real
Hay dos consecuencias muy notables de esta traslación del poder, aunque su relación con la creciente globalización de los asuntos públicos no se suele subrayar. La primera es la degradación de la política doméstica, especialmente la banalización del discurso político y de las campañas electorales. En muchos países del mundo, el desarrollo de procesos transnacionales y globales genera una banalización del poder estatal. Muchos políticos y altos funcionarios ejercen ahora el poder de una manera banal y rutinaria, sin cuestionar los objetivos de las órdenes que reciben. Podrían decir tranquilamente que actúan por obediencia debida, ya que la responsabilidad política por sus acciones se ha evaporado.
Pero la búsqueda de fama hace que el show político, pese a su inocuidad, continúe como siempre. La gesticulación habitual de los políticos domésticos persiste como si no pasara nada. Muchos cargos de partido repiten viejos mantras y clichés fuera de contexto. Como el espectáculo está sobredimensionado, ya que está falto de sustancia, degenera en riñas personales, insultos y desplantes. Los partidos se consumen en sus propios tirabuzones internos. A veces, el espectáculo de los políticos repitiendo sus discursos, sus gestos y ceremonias, mientras ignoran o fingen ignorar el paisaje de fondo de su colosal impotencia, resulta asombroso. El resultado es el descrédito de la política y el fastidio de los espectadores.
La otra consecuencia de la impotencia política del Gobierno, el Parlamento y los partidos es aún más chirriante. La persecución del interés privado y la “avaricia insaciable de los políticos”, a la que se refería David Hume, emergen a la luz del día. En los políticos sin poder real de decisión, la búsqueda de fortuna y de modus vivendi adquiere más relieve. Las viejas instituciones que han quedado inefectivas despliegan ceremonias vacías, pero se convierten también en botín de ganancias privadas.
Los ciudadanos y los medios de comunicación también son ahora más propensos al escándalo precisamente porque no perciben un desempeño de resultados que compense el robo. ¿Por qué no hubo escándalos de corrupción, por ejemplo, en torno a los Juegos Olímpicos de Barcelona? Porque la ciudadanía estaba entonces satisfecha con las inversiones públicas y la imagen de España, por lo que no apetecía levantar alfombras. Ahora es justo al revés. Es la pérdida de poder político real de las instituciones estatales lo que explica, sobre todo, el descrédito de la política y la proliferación de los escándalos de corrupción.
(*) Josep M. Colomer es profesor de investigación en el Instituto de Análisis Económico del CSIC. Autor de Ciencia de la política (Ariel).

Fotografía: LB, pieza atribuida a ¿Latorraga?

miércoles, 12 de junio de 2013

SOBRIEDAD Y APERTURA

EL PAÍS, Madrid, 14 de mayo de 2013
TRIBUNA
Mejores partidos para salir de la crisis
Sin formaciones políticas serias y abiertas no podremos arreglar los problemas
Joan Navarro

La dirección del PSOE ha anunciado que planteará una reforma de la Ley de Partidos para regular su funcionamiento interno. Si el PSOE se propone elegir a sus líderes mediante primarias, es decir, aplicando el criterio de “un afiliado un voto”, un sistema claramente más participativo y con más capacidad movilizadora que el actual, que se aplique por ley a todos los partidos sin duda mejoría el funcionamiento de nuestro sistema democrático.
El PSOE tiene experiencia en primarias. En 2000, Almunia promovió la votación directa de los afiliados para elegir al candidato socialista a la presidencia del Gobierno. Ganó Borrell, quien poco después dimitió acosado por una estructura de partido que no estaba preparada para dos líderes y dos legitimidades; la del secretario general con el apoyo del aparato, y la del candidato que contaba únicamente con la simpatía de los afiliados que le habían votado. Almunia impulsó las primarias de forma táctica para afrontar unas difíciles elecciones generales y llenar el hueco que la dimisión de Felipe González había provocado en el PSOE. Tras la dimisión de Borrell, Almunia fue el cabeza de cartel y las elecciones se resolvieron con la primera mayoría absoluta del PP. El PSOE enterró las primarias.
Mucha gente piensa que Zapatero fue elegido en primarias, pero no es cierto. Su campaña frente a Bono generó la misma movilización y expectativas que unas primarias, pero en realidad se luchaba por el apoyo de los delegados que, contra todo pronóstico, eligieron a Zapatero secretario general por apenas nueve votos. Esto fue así gracias a otra innovación electoral: que los delegados presentes en el congreso votasen de forma individual y secreta, y no en representación de sus federaciones como marcaba la tradición.
Es algo demostrado que el sistema de elección determina en buena medida el perfil del ganador, por lo que motivos tienen quienes argumentan que Carme Chacón habría sido secretaria general si, en lugar de un congreso de delegados, su elección hubiera estado en manos de los afiliados.
Los partidos se han transformado en coaliciones de cargos electos que no utilizan los talentos a su alcance
Pero lo relevante para el futuro inmediato es que, tal como el PSOE plantea la reforma de la ley de partidos, ni siquiera parece un movimiento táctico sino una simple respuesta a un conflicto interno. El PSOE se ha visto obligado a abrir el debate sobre la elección del líder, cuando pretendía, no sin razón, centrar la atención del electorado en los errores del Gobierno. Por tanto, cabe preguntarse, si el PSOE aprovechará la ocasión para impulsar un cambio institucional en su propia organización que le vuelva a situar en vanguardia de las organizaciones políticas. Y digo vuelva, porque durante la transición los entonces jóvenes dirigentes socialistas supieron resolver la tensión entre la conservadora dirección en el exilio y unos líderes sociales que exigían cambios políticos para los que no estaba preparada la sociedad española. La respuesta en aquella ocasión no fue programática. Fue organizativa.
En 1982, año de la primera victoria socialista, no ganó el mejor programa, ni la organización más numerosa y con mejores cuadros (sin duda el PCE) sino una organización que, a base de no ser nada en media España, permitió a miles de activistas (hoy los llamaríamos así) utilizar un joven y a la vez, venerable partido, para dar expresión a su visión de España. Fue del partido socialdemócrata alemán de quien se aprendió a organizar campañas movilizando electores y esas innovaciones, electorales primero y orgánicas después, fueron imitadas por el resto de los partidos para poder competir con posibilidades. El PSOE que rompió con la clandestinidad era una organización tan débil, tenía tanto que aprender y necesitó a tanta gente, que aun a riesgo de traicionar los orígenes, permitió a varias generaciones hacer de ella una herramienta de cambio social.
Tienen razón los que dicen que, aun con la gravedad que supone la corrupción, el principal problema de España no es el funcionamiento de los partidos. Con uno de cada cuatro españoles que quieren trabajar en paro y con unas instituciones que han renunciado a dotar de seguridad, cohesión y sentido de futuro a la sociedad, quizás deberíamos centrarnos en resolver el funcionamiento de la economía, el sistema financiero y las instituciones. Es cierto que millones de familias esperan del Gobierno y de la oposición acuerdos sobre sus problemas. Pero si los partidos no funcionan no podremos arreglar ninguno de los graves problemas de nuestro país.
Y los partidos no funcionan porque, a diferencia de lo que ocurrió en la Transición, ya no sirven como instrumento de cambio para nadie, pese a que la sociedad española está hoy más preparada y dispone de más talento y capacidad para resolver esta crisis que en ninguna etapa anterior. El problema es que la progresiva transformación de los partidos en coaliciones de cargos electos ha hecho que ese talento esté bien lejos de la política. El problema es que los jóvenes están convencidos, sea cierto o no, de que su futuro no pasa por las decisiones que adopten las instituciones. El problema es que cualquier movimiento social, desde las plataformas antidesahucios, las mareas de defensa de la educación o la sanidad, u otras de signo contrario como las de defensa de la vida o los valores religiosos, no esperan de partidos e instituciones marcos de convivencia y cohesión razonables, sino excusas para la confrontación.
Lo que necesitamos para salir de la crisis no es menos política, sino mejor política y mejores partidos. Para lograrlo debemos reformar por ley su funcionamiento. El funcionamiento interno de los partidos no es un asunto privado, sino de calidad democrática como exige la Constitución sin que, en 35 años de democracia, ninguna Administración, incluida la de justicia, haya velado por su cumplimiento. Ni siquiera el uso de los fondos con los que los partidos se nutren, mayoritariamente públicos, ha estado sometido a inspección independiente alguna, haciendo posible los episodios de corrupción más vergonzantes.
Ni siquiera el uso de fondos públicos se ha sometido en España a inspección
Limitar el acceso individual o colectivo a la afiliación o a una participación política de calidad, es vulnerar un derecho constitucional que debería ser defendible en los tribunales. Los procedimientos de elección de líderes internos y, sobre todo, los procesos de selección de candidatos electorales cumplen una función social imprescindible para el funcionamiento democrático. Su organización no solo debería ser democrática y transparente, sino que debería estar sometida al control y la regulación pública, y no únicamente al arbitrio de quienes han sido elegidos o aspiran a serlo. Lo que ha funcionado en la Iglesia católica, aquello de que los cardenales eligen al papa y este a los cardenales, no siempre es bueno para la democracia.
No se sorprenderá el PSOE si encuentra escaso interés en el PP y en el resto de los partidos para impulsar estos cambios, incluso si encuentra escaso interés entre sus propios dirigentes. Ni en esta ni en la siguiente legislatura habrá una reforma significativa de la ley de partidos, salvo que los acontecimientos sociales se precipiten y nos encontremos en un proceso cuasi-constituyente.
Es mucho lo que está en juego. Cuando la política se bloquea, las derivas a la italiana aparecen, por lo que la incapacidad de los partidos de reformarse a sí mismos, lejos de un freno, debería suponer una oportunidad, una ventaja competitiva para los socialistas. De nuevo, el PSOE es una organización que tiene mucho que aprender y, como ya hizo tras abandonar la clandestinidad, debería innovar, transformar sus formas de organización y su tecnología, pero no solo para abrir sus puertas, sino para inventar otras nuevas, anticipándose a la ley y al resto de los partidos.
(*) Joan Navarro es sociólogo y vicepresidente de asuntos públicos de Llorente&Cuenca.

viernes, 13 de julio de 2012

PAQUETAZO - ADEMÁS - POLÍTICO

EL UNIVERSAL, Caracas,  13 de Julio de 2012
La popularidad del Partido Popular
La popularidad del PP se ha venido en picada y el Partido Socialista no sube
MIGUEL ÁNGEL SANTOS 

Ya se veía venir cuando caminaba hacia el estrado, buscando en las miradas de su bancada un punto de apoyo, acaso gestos de asentimiento que lo reafirmaran. Leyó de cabo a rabo, sin convicción, el tono monocorde y desapasionado. Si alguien en ese momento resintió su carencia absoluta para inspirar al sacrificio, tendría que haber esperado a la interpelación. Allí, ya sin guión, Mariano Rajoy lucía totalmente perdido, aún más desganado. Sería interesante poder medir cuánto del desasosiego en las calles, qué fracción de la densa sensación de desorientación que predomina viene del paquete de medidas en sí, y cuánto ha sido engendrado por el propio Rajoy.
Como el programa de ajustes es ya conocido, sólo me voy a referir a él brevemente. Algunas medidas, en esencia relativas al mercado laboral y reorganizaciones del sector público, son muy necesarias. Sobre las otras, como el aumento del IVA general de 18% a 21% y del reducido (alimentos) de 8% a 10%, y el recorte de gasto across the board, soy bastante menos optimista. Y es que no hay muchas experiencias exitosas de países que hayan conseguido salir de una recesión así con política fiscal restrictiva.
Pero, con todo y la magnitud colosal de este ajuste, quisiera llamar la atención sobre la actitud y las formas. Hace dos años, Rajoy arengaba al gobierno de Zapatero por promover un recorte de 15.000 millones de euros en el gasto. El programa anunciado hace dos días implica recortes de 65.000 millones de euros. Rajoy primero prometió no subir impuestos, haciendo particular énfasis en el IVA. Poco después dijo que subiría el impuesto sobre la renta para poder cumplir su promesa de no subir el IVA. Ahora ha terminado por subir los dos, todo en poco más de ocho semanas. Peores aún han sido sus alardes de soberbia frente a Europa (me hizo recordar a Caldera): "España no se someterá a las condiciones de nadie". Hace dos días ha reconocido que ya no tiene margen de maniobra ni libertad, y que este camino de "sangre, sudor y lágrimas" (sic) es el único posible.
Ya uno no sabe cuál es peor: si pensar que no sabía en dónde estaba parado (si todo esto es tan necesario: ¿por qué no lo hizo antes?) o si más bien no tenía idea de lo grave de la situación. En cualquier caso, me da la impresión de que es muy difícil que una transformación como la que propone pueda tener éxito sin mediar una fuerte crisis política o catástrofe económica (caso Argentina). Y menos aún sin liderazgo. Mientras Rajoy hablaba, la mayoría del Partido Popular aplaudía y varias veces llegué a escuchar gritos a coro: "¡A trabajar vagos!" y uno mucho más intrigante: "¡A Cuba!". Más allá de mis carencias como extranjero para comprender estos códigos, no luce como una posición muy conciliadora. A la salida lo protegieron doce carros blindados de policía y otros tantos agentes a caballo. Unas cuadras más allá, la policía reprimía brutalmente a la marcha minera. Zapatero se derrumbó a los seis años de gobierno, a falta de dos. Rajoy se viene abajo apenas a los seis meses. Se ha creado un enorme y peligroso vacío político, la popularidad del Partido Popular se ha venido en picada y el partido socialista no sube. Son tambores que ya hemos escuchado en otros desfiles.


Fotografía: Detalle de la primera plana de El Nacional, Caracas, 13/07/12.