Partidos, política y relato
Andrés Betancor / El Mundo
Maurice Duverger, uno de los grandes estudiosos de los partidos, afirmaba que partidos y democracia están ligados; el desarrollo de unos ha estado vinculado al de la otra, tanto, como que aquellos despliegan unas funciones esenciales para el funcionamiento de la democracia. No nos puede sorprender que el cuestionamiento de los partidos crezca en paralelo al de la democracia liberal. Las elecciones, pieza esencial sobre la que se construye ésta (fuente de legitimación del poder), son el marco de la concurrencia competitiva de partidos que pugnan, sobre la base de la aglutinación de aspiraciones (materiales e ideales) de los ciudadanos, por la credibilidad del «compromiso» de hacerlas realidad, mediante las instituciones del Estado (parlamentos y gobiernos). Además, en un contexto social tan complejo como el presente, en donde la máxima interconexión está produciendo la máxima individualización y aislamiento, las instancias de agregación como los partidos son esenciales para la gobernabilidad.
La inmensa mayoría de las constituciones democráticas cuentan con disposiciones consagradas a los partidos. En nuestro caso, es el artículo 6 el que dispone las funciones que están llamados a desplegar («expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política»), la libertad con la que han de operar («dentro del respeto a la Constitución y a la Ley») y la exigencia de que su «estructura interna y funcionamiento [sean] democráticos».
La democracia interna de los partidos pasa por el reconocimiento y la garantía de los derechos de los afiliados y por su participación en la designación y el control de los cargos directivos. Sin embargo, en su configuración institucional, la pulsión democrática lucha con la de la eficacia de la organización en la realización de los objetivos que le da sentido en el contexto de la competencia en el mercado político-electoral. Si el resultado de la pugna es la desunión, en España está particularmente castigada, como se ha demostrado reiteradamente, desde la desaparición de UCD en las elecciones de 1982, continuando con la crisis del año 2016 del PSOE.
La eficacia se mide por el éxito electoral. Reivindicación de democracia interna y éxito electoral no conjugan bien. Como ha destacado Blanco Valdés, «la democracia interna de un partido resulta ser en la realidad de los hechos directamente proporcional a sus fracasos en las urnas e inversamente proporcional al éxito que tenga a la hora de repartir los cargos que la toma del poder lleva asociada». Cuando se pierde, se abre la caja de los truenos de la democracia interna. Y cuando se pierde mucho, cuando las expectativas eran elevadas, aún más grande es la tormenta. Nada la aplacará. En el fondo, la democracia interna es lo de menos. Es la excusa, la pantalla tras la que ocultar la enorme frustración por los resultados. Los éxitos acallan a la democracia; el fracaso la avienta. Los estatutos son los mismos, lo que antes era un remanso de paz, ahora, la cárcel de la libertad.
Esto es lo que se está viviendo en Ciudadanos–Partido de la Ciudadanía. He participado en la elaboración de los estatutos que están siendo objeto de debate en las agrupaciones y lo serán en la próxima asamblea general. Que un académico, como yo, dé este paso, sin experiencia previa, es un reto. La política tiene unas reglas que sólo viviéndola se terminan de comprender. Una de ellas, muy relevante, es la relatividad del valor de los hechos, las verdades y los argumentos. Lo único importante es el relato, esa micro-historia que explica algo con la finalidad de provocar una reacción (positiva o negativa) en la audiencia. Sobre la ponencia de estatutos se ha construido el relato de que no garantiza los derechos fundamentales de los afiliados. Incluso, se dice, que incumple el artículo 6 de la Constitución. En el fondo, se llama a la ilegalización del partido. Se afirma que se castiga a la discrepancia interna y se remata tal afirmación con otra según la cual «el extenso título dedicado al régimen disciplinario» «hace pensar en un partido que intenta blindarse ante las críticas internas».
¡Que la verdad no estropee el relato! Es irrelevante que desde el año 2017, fecha de los estatutos vigentes y de su parte disciplinaria (que se mantiene en la ponencia), nunca se ha castigado, a instancia de los órganos de dirección, a ningún afiliado por sus manifestaciones públicas, sólo por denuncia de otros afiliados, usualmente, por insultos u otros incumplimientos. Es, igualmente, irrelevante, la doctrina del Tribunal Constitucional sobre la potestad disciplinaria de los partidos en relación con la libertad de expresión. Irrelevante.
El Tribunal Constitucional se enfrentó, en la Sentencia 226/2016, a un recurso de amparo suscitado por una militante socialista que fue sancionada por el comité ejecutivo (no, como sucede en Ciudadanos, por órgano separado de la dirección como es el comité disciplinario) por haber publicado una carta al director en La Nueva España en la que criticaba la decisión de suspensión del proceso de primarias para elegir al candidato a la Alcaldía de Oviedo. La sanción se basó en dos tipos infractores muy graves: «Menoscabar la imagen de los cargos públicos o instituciones socialistas» y «actuación en contra de acuerdos expresamente adoptados por los órganos de dirección del partido». La sanción fue la de la suspensión de militancia por 20 meses.
El Tribunal Constitucional denegó el amparo y, por consiguiente, consideró ajustado a la Constitución el que se pudiera sancionar a un militante por ejercer su libertad de expresión en un medio de comunicación social manifestando su discrepancia con las decisiones del partido. El Tribunal hace unas consideraciones que me parecen convenientes: «(1) En los casos de aplicación del régimen disciplinario por el ejercicio de la libertad de expresión existe un conflicto entre dos derechos fundamentales, el de asociación (art. 22) y el de expresión (art. 20). (2) La libertad de expresión admite límites y uno es, precisamente, el derecho fundamental de asociación: las obligaciones dimanantes de la pertenencia a una asociación política. (3) Los afiliados asumen el deber de preservar la imagen pública de la formación política a la que pertenecen, y de colaboración positiva para favorecer su adecuado funcionamiento. (4) La exigencia de colaboración leal se traduce igualmente en una obligación de contención en las manifestaciones públicas…, tanto en las manifestaciones que versen sobre la línea política o el funcionamiento interno del partido como en las que se refieran a aspectos de la política general en lo que puedan implicar a intereses del propio partido. Y (5): un partido político puede reaccionar utilizando la potestad disciplinaria… frente a un ejercicio de la libertad de expresión de un afiliado que resulte gravemente lesivo para su imagen pública o para los lazos de cohesión interna que vertebran toda organización humana y de los que depende su viabilidad como asociación y, por tanto, la consecución de sus fines asociativos». En consecuencia, publicar una crítica contra las decisiones del partido puede considerarse como que «menoscaba la imagen de los cargos públicos o instituciones socialistas» y es una «actuación en contra de acuerdos expresamente adoptados por los órganos de dirección del partido» por lo que puede ser sancionada como infracción muy grave.
Tampoco encaja en el relato la doctrina constitucional. Es irrelevante. Se silencia la complejidad de la interrelación entre disciplina y libertad de expresión, en el escenario de un conflicto institucional más enmarañado entre eficacia y democracia que sólo se puede resolver con mejor democracia interna. Esto es lo que hace la ponencia de estatutos. Así, se contempla, por primera vez, la moción de censura contra el comité ejecutivo; y se crea un órgano de deliberación directa y sin cargos intermedios, entre la presidencia del partido y las bases del partido, como es la convención ciudadana.
En definitiva, si en política el relato es importante, con independencia de si se construye sobre mentiras, o grandes mentiras, sólo cabe contraponer, en un debate democrático, las razones, los argumentos. Nos queda la esperanza, incluso suicida, de que al final la luz, sólo la luz, sobresaldrá entre la oscuridad de la falsedad.
(*) Andrés Betancor, catedrático de Derecho Administrativo, es miembro de la comisión redactora de la ponencia de estatutos de Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía.
Fuente:
https://www.almendron.com/tribuna/partidos-politica-y-relato
Ilustración: Martha Hughes.
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martes, 25 de febrero de 2020
sábado, 28 de octubre de 2017
FALSO DILEMA
EL MUNDO, Barcelona, 22 de febrero de 2016
COMENTARIOS LIBERALES
La buena antipolítica
Fedrico Jiménez Losantos
Hay dos clases de antipolítica: la que busca regenerar la obediencia de los representantes a sus representados y la que quiere sustituir el sistema de representación por unos representantes a los que los representados sólo pueden aplaudir o padecer. Entre estos últimos, están las teocracias, cuyo modelo es el islam, que a lo largo de los siglos han abolido la posibilidad de una política nacida de la sociedad civil y se erigen en sacerdotes de una religión militarizada cuya negación o discusión acarrea la muerte. España tiene, desde las últimas elecciones, dos modelos de antipolítica occidental: Podemos y Ciudadanos. El primero, el leninista, que, como decía Azaña de Primo de Rivera, habla de liquidar las imperfecciones de toda democracia pero busca erigir una dictadura perfecta, con un Ejecutivo que lo primero que debe ejecutar sumariamente es la división de poderes, convirtiendo a Pablenín Iglesias en juez y fiscal supremo, Telehermano Omnipresente y Padre Omnisciente del Verdadero Pueblo, el que lo sigue. El renuente es plebe reprimible. En fin, la URSS: en la ciudad, checa, en el campo, Gulag.Ciudadanos sería el típico partido reformista europeo si no hubiera nacido de una situación atípica: la destrucción del régimen constitucional español en Cataluña. Podemos quiere acabar con la legalidad democrática para fundar una legalidad revolucionaria, la suya, de partido rector y casta intocable. Ciudadanos busca recuperar la legalidad española y acabar con el golpismo separatista, hoy trufado de extraños pecios antisistema acogidos al golpismo nacionalista, rémoras del tiburón liberticida fundado por Pujol. Su camino viene favorecido por la corrupción del PP y el PSOE, pero está obstaculizado porque el suyo no es un proyecto adanista, salvo por esa estúpida fórmula de la «vieja política» que debería abandonar: no hay política vieja y nueva, sino buena o mala, sin equívocos de calendario. La ventaja de Ciudadanos es que su proyecto es el de la mayoría de los españoles, que quiere limpiar la democracia, no acabar con ella. La desventaja es que los medios de comunicación para explicar ese proyecto están tomados por una extrema izquierda a la que el PP ha favorecido hasta el suicidio para blindar a Rajoy y Soraya. El futuro de España se juega ahí: reforma democrática o revolución totalitaria.
Fuente:
Ilustración: Dumont.
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sábado, 7 de mayo de 2016
SACUDIENDO EL POLVO
Emoción de redes
Luis Barragán
En días pasados, hubo uno en particular que nos llevó a las redes como una vivencia de la emoción, la legítima emoción de sentirnos – después de década y tanta – respaldados en la causa por la libertad. Antes y en el transcurso de la sesión ordinaria de la Asamblea Nacional, tuvimos ocasión de compartir un grato e interesante intercambio de opiniones con la secretaría nacional de Cultura del partido Acción Democrática, la que tuvo la amabilidad de invitarnos para ventilar el problema de la Ley Orgánica de Cultura, y de atender a dos alumnas del amigo y profesor Carlos Balladares, quienes nos interpelaron sobre la irrupción y vigencia del marxismo en este lado del mundo.
Por un momento, una tercera persona nos comentó de la visita dispensada por Pablo Iglesias a Felipe VI, añadido el desparpajo del retraso y la vestimenta del jefe del partido del lumpemproletariado que, por cierto, nada tiene que ver con su homónimo, el proletario fundador del PSOE en el siglo antepasado. Convinimos con aquello de “entre gustos y colores…”, observando que la impuntualidad e informalidad del atuendo expresan una determinada estrategia comunicacional y, recordando un poco la reunión partidista, agregamos que la península ibérica sabe ya de una cultura política kitsch, la misma que hemos padecido los venezolanos por obra de un gobierno grotesco, cultivador de los bajos instintos, cuya simplicidad aterra tanto como las pretendidas soluciones que nos tienen prisioneros de una perversa circularidad.
Concluida la interesante y no menos exigente entrevista con las bachilleres, encontramos de nuevo al amigo y, alrededor de un café, reflexionamos en voz alta sobre las diferencias entre los viejos líderes del marxismo venezolano y los que, vanidosamente, se dicen sus herederos. En horas de la noche, nos remitió un correo electrónico con algunas referencias que nos emocionaron.
En efecto, nos envío el video de la intervención del diputado español Albert Rivera en respaldo de la causa venezolana por la libertad y apoyo a la liberación de Leopoldo López, quien significativamente habló en nombre de los tres millones de compatriotas que representa, subrayó que una mayoría determinante de la cámara – independientemente de las capillas ideológicas – apoya los valores democráticos y, por ende, a nuestro pueblo, retando – en definitiva - a Pablo Iglesias que no asomó el menor gesto de solidaridad para no meterse en problemas con Nicolás Maduro. Libre de toda sospecha, el vocero de Ciudadanos citó finalmente a Manuel Azaña, autor de unas memorias políticas que nos marcaron profundamente por el drama de un itinerario que arroja todavía grandes lecciones (https://www.youtube.com/watch?v=aGJJDRlEeWM).
Y, por otra, nos envío el enlace de una célebre escena del film “Casablanca” de Michael Curtiz (1942), en la que la voz francesa se impone frente a la de los nazis (https://www.youtube.com/watch?v=aGJJDRlEeWM), magníficamente versionada en un concierto – celebrado en 2012 - de “Voces para la paz” (https://www.youtube.com/watch?v=VwBJPZrZzKc). Y, tiene razón, en lugar de teclado opositor de un radicalismo interesado y vil, en las redes corre un mensaje edificante que toca las fibras más genuinas de una postura que se desea por siempre limpia y transparente.
Luis Barragán
En días pasados, hubo uno en particular que nos llevó a las redes como una vivencia de la emoción, la legítima emoción de sentirnos – después de década y tanta – respaldados en la causa por la libertad. Antes y en el transcurso de la sesión ordinaria de la Asamblea Nacional, tuvimos ocasión de compartir un grato e interesante intercambio de opiniones con la secretaría nacional de Cultura del partido Acción Democrática, la que tuvo la amabilidad de invitarnos para ventilar el problema de la Ley Orgánica de Cultura, y de atender a dos alumnas del amigo y profesor Carlos Balladares, quienes nos interpelaron sobre la irrupción y vigencia del marxismo en este lado del mundo.
Por un momento, una tercera persona nos comentó de la visita dispensada por Pablo Iglesias a Felipe VI, añadido el desparpajo del retraso y la vestimenta del jefe del partido del lumpemproletariado que, por cierto, nada tiene que ver con su homónimo, el proletario fundador del PSOE en el siglo antepasado. Convinimos con aquello de “entre gustos y colores…”, observando que la impuntualidad e informalidad del atuendo expresan una determinada estrategia comunicacional y, recordando un poco la reunión partidista, agregamos que la península ibérica sabe ya de una cultura política kitsch, la misma que hemos padecido los venezolanos por obra de un gobierno grotesco, cultivador de los bajos instintos, cuya simplicidad aterra tanto como las pretendidas soluciones que nos tienen prisioneros de una perversa circularidad.
Concluida la interesante y no menos exigente entrevista con las bachilleres, encontramos de nuevo al amigo y, alrededor de un café, reflexionamos en voz alta sobre las diferencias entre los viejos líderes del marxismo venezolano y los que, vanidosamente, se dicen sus herederos. En horas de la noche, nos remitió un correo electrónico con algunas referencias que nos emocionaron.
En efecto, nos envío el video de la intervención del diputado español Albert Rivera en respaldo de la causa venezolana por la libertad y apoyo a la liberación de Leopoldo López, quien significativamente habló en nombre de los tres millones de compatriotas que representa, subrayó que una mayoría determinante de la cámara – independientemente de las capillas ideológicas – apoya los valores democráticos y, por ende, a nuestro pueblo, retando – en definitiva - a Pablo Iglesias que no asomó el menor gesto de solidaridad para no meterse en problemas con Nicolás Maduro. Libre de toda sospecha, el vocero de Ciudadanos citó finalmente a Manuel Azaña, autor de unas memorias políticas que nos marcaron profundamente por el drama de un itinerario que arroja todavía grandes lecciones (https://www.youtube.com/watch?v=aGJJDRlEeWM).
Y, por otra, nos envío el enlace de una célebre escena del film “Casablanca” de Michael Curtiz (1942), en la que la voz francesa se impone frente a la de los nazis (https://www.youtube.com/watch?v=aGJJDRlEeWM), magníficamente versionada en un concierto – celebrado en 2012 - de “Voces para la paz” (https://www.youtube.com/watch?v=VwBJPZrZzKc). Y, tiene razón, en lugar de teclado opositor de un radicalismo interesado y vil, en las redes corre un mensaje edificante que toca las fibras más genuinas de una postura que se desea por siempre limpia y transparente.
02/05/2016
sábado, 6 de febrero de 2016
CADUCIDAD
EL PAÍS, Madrid, 4 de febrero de 2016
Tras las elecciones del 20-D
Politeísmo
Fernando Vallespín
El eje nueva/vieja política ha muerto. Quizá porque ya ha caducado lo novedoso de los nuevos; o porque en todo este largo proceso de pre-pactos se ha extendido la impresión de que tampoco eran tan distintos. Su certificado de defunción lo ha emitido, sin embargo, la expresa incompatibilidad mutua entre Podemos y Ciudadanos. Unos, Podemos, porque adscriben a Ciudadanos al búnker; y los otros, por las veleidades multinacionales, de “ruptura de España”, que imputan al partido de Iglesias y sus adláteres. Como este último partido no puede vivir sin re-significarlo todo, ahora el eje fundamental vuelve a girar hacia el más clásico de izquierda/derecha. Eso que se llama “Gobierno de progreso” frente al “austericidio” o la complacencia con el status quo. Como el hombre de la Edad Media, Sánchez debe elegir ahora entre dios o el diablo. No hay vía media.
Otro tanto ocurre con lo que ha venido siendo el frame fundamental con el que se ha operado desde el principio en la discusión sobre los pactos. Me refiero a los que han fletado el anatema de no pactar con quienes buscan la “disolución de la unidad nacional”, no solo representados por los del búnker, sino por algunos barones del PSOE. O sea, el clásico eje nacionalismo español/nacionalismos periféricos. Si cruzamos ambos ejes, el resultado es la rehabilitación posmoderna del conflicto de “las dos Españas”, que muchos pensábamos que habíamos dejado atrás gracias al consenso alcanzado en la Transición. Como diría un británico, la historia vuelve con rabia (vengeance), aunque ahora mucho más amortiguada por la existencia de un país menos pasional y más acomodaticio.
Sánchez parece un buen representante de esa nueva España pragmática más interesada en resolver problemas específicos que en aferrarse a los grandes principios. Y si no lo es, la coyuntura le obligará a serlo. Lo quiera o no, deberá ser politeísta, como lo es la propia sociedad española a la luz del resultado electoral. No estamos para caer en la lógica binaria, sino para dar satisfacción a la gestión de un pluralismo multicolor que casa mal con esos dos viejos dioses siempre en conflicto y siempre reclamando la sangre del otro.
Lo siento por Podemos, sus ansias de hegemonía tendrán que esperar; y lo siento por Ciudadanos y los barones del PSOE, porque Podemos es ahora mismo imprescindible para buscar un adecuado entendimiento con Cataluña. Y ellos y otros pueden contribuir también, cada cual cediendo y aportando en lo indispensable, para que la gente —sí, la gente— pueda volver a creer que esto de la política merece la pena.
Mientras tanto, el declinante líder espera y espera a que el cainismo que se nos atribuye nos acabe devorando y pueda tener una nueva oportunidad. Sin él, todos sabemos que el PP también puede estar llamado a jugar el papel que le corresponde.
(http://politica.elpais.com/politica/2016/02/04/actualidad/1454623634_763850.html)
Tras las elecciones del 20-D
Politeísmo
Fernando Vallespín
El eje nueva/vieja política ha muerto. Quizá porque ya ha caducado lo novedoso de los nuevos; o porque en todo este largo proceso de pre-pactos se ha extendido la impresión de que tampoco eran tan distintos. Su certificado de defunción lo ha emitido, sin embargo, la expresa incompatibilidad mutua entre Podemos y Ciudadanos. Unos, Podemos, porque adscriben a Ciudadanos al búnker; y los otros, por las veleidades multinacionales, de “ruptura de España”, que imputan al partido de Iglesias y sus adláteres. Como este último partido no puede vivir sin re-significarlo todo, ahora el eje fundamental vuelve a girar hacia el más clásico de izquierda/derecha. Eso que se llama “Gobierno de progreso” frente al “austericidio” o la complacencia con el status quo. Como el hombre de la Edad Media, Sánchez debe elegir ahora entre dios o el diablo. No hay vía media.
Otro tanto ocurre con lo que ha venido siendo el frame fundamental con el que se ha operado desde el principio en la discusión sobre los pactos. Me refiero a los que han fletado el anatema de no pactar con quienes buscan la “disolución de la unidad nacional”, no solo representados por los del búnker, sino por algunos barones del PSOE. O sea, el clásico eje nacionalismo español/nacionalismos periféricos. Si cruzamos ambos ejes, el resultado es la rehabilitación posmoderna del conflicto de “las dos Españas”, que muchos pensábamos que habíamos dejado atrás gracias al consenso alcanzado en la Transición. Como diría un británico, la historia vuelve con rabia (vengeance), aunque ahora mucho más amortiguada por la existencia de un país menos pasional y más acomodaticio.
Sánchez parece un buen representante de esa nueva España pragmática más interesada en resolver problemas específicos que en aferrarse a los grandes principios. Y si no lo es, la coyuntura le obligará a serlo. Lo quiera o no, deberá ser politeísta, como lo es la propia sociedad española a la luz del resultado electoral. No estamos para caer en la lógica binaria, sino para dar satisfacción a la gestión de un pluralismo multicolor que casa mal con esos dos viejos dioses siempre en conflicto y siempre reclamando la sangre del otro.
Lo siento por Podemos, sus ansias de hegemonía tendrán que esperar; y lo siento por Ciudadanos y los barones del PSOE, porque Podemos es ahora mismo imprescindible para buscar un adecuado entendimiento con Cataluña. Y ellos y otros pueden contribuir también, cada cual cediendo y aportando en lo indispensable, para que la gente —sí, la gente— pueda volver a creer que esto de la política merece la pena.
Mientras tanto, el declinante líder espera y espera a que el cainismo que se nos atribuye nos acabe devorando y pueda tener una nueva oportunidad. Sin él, todos sabemos que el PP también puede estar llamado a jugar el papel que le corresponde.
(http://politica.elpais.com/politica/2016/02/04/actualidad/1454623634_763850.html)
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