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martes, 25 de febrero de 2020

PASAJES DE PARTIDO

Partidos, política y relato
Andrés Betancor / El Mundo

Maurice Duverger, uno de los grandes estudiosos de los partidos, afirmaba que partidos y democracia están ligados; el desarrollo de unos ha estado vinculado al de la otra, tanto, como que aquellos despliegan unas funciones esenciales para el funcionamiento de la democracia. No nos puede sorprender que el cuestionamiento de los partidos crezca en paralelo al de la democracia liberal. Las elecciones, pieza esencial sobre la que se construye ésta (fuente de legitimación del poder), son el marco de la concurrencia competitiva de partidos que pugnan, sobre la base de la aglutinación de aspiraciones (materiales e ideales) de los ciudadanos, por la credibilidad del «compromiso» de hacerlas realidad, mediante las instituciones del Estado (parlamentos y gobiernos). Además, en un contexto social tan complejo como el presente, en donde la máxima interconexión está produciendo la máxima individualización y aislamiento, las instancias de agregación como los partidos son esenciales para la gobernabilidad.

La inmensa mayoría de las constituciones democráticas cuentan con disposiciones consagradas a los partidos. En nuestro caso, es el artículo 6 el que dispone las funciones que están llamados a desplegar («expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política»), la libertad con la que han de operar («dentro del respeto a la Constitución y a la Ley») y la exigencia de que su «estructura interna y funcionamiento [sean] democráticos».

La democracia interna de los partidos pasa por el reconocimiento y la garantía de los derechos de los afiliados y por su participación en la designación y el control de los cargos directivos. Sin embargo, en su configuración institucional, la pulsión democrática lucha con la de la eficacia de la organización en la realización de los objetivos que le da sentido en el contexto de la competencia en el mercado político-electoral. Si el resultado de la pugna es la desunión, en España está particularmente castigada, como se ha demostrado reiteradamente, desde la desaparición de UCD en las elecciones de 1982, continuando con la crisis del año 2016 del PSOE.

La eficacia se mide por el éxito electoral. Reivindicación de democracia interna y éxito electoral no conjugan bien. Como ha destacado Blanco Valdés, «la democracia interna de un partido resulta ser en la realidad de los hechos directamente proporcional a sus fracasos en las urnas e inversamente proporcional al éxito que tenga a la hora de repartir los cargos que la toma del poder lleva asociada». Cuando se pierde, se abre la caja de los truenos de la democracia interna. Y cuando se pierde mucho, cuando las expectativas eran elevadas, aún más grande es la tormenta. Nada la aplacará. En el fondo, la democracia interna es lo de menos. Es la excusa, la pantalla tras la que ocultar la enorme frustración por los resultados. Los éxitos acallan a la democracia; el fracaso la avienta. Los estatutos son los mismos, lo que antes era un remanso de paz, ahora, la cárcel de la libertad.

Esto es lo que se está viviendo en Ciudadanos–Partido de la Ciudadanía. He participado en la elaboración de los estatutos que están siendo objeto de debate en las agrupaciones y lo serán en la próxima asamblea general. Que un académico, como yo, dé este paso, sin experiencia previa, es un reto. La política tiene unas reglas que sólo viviéndola se terminan de comprender. Una de ellas, muy relevante, es la relatividad del valor de los hechos, las verdades y los argumentos. Lo único importante es el relato, esa micro-historia que explica algo con la finalidad de provocar una reacción (positiva o negativa) en la audiencia. Sobre la ponencia de estatutos se ha construido el relato de que no garantiza los derechos fundamentales de los afiliados. Incluso, se dice, que incumple el artículo 6 de la Constitución. En el fondo, se llama a la ilegalización del partido. Se afirma que se castiga a la discrepancia interna y se remata tal afirmación con otra según la cual «el extenso título dedicado al régimen disciplinario» «hace pensar en un partido que intenta blindarse ante las críticas internas».

¡Que la verdad no estropee el relato! Es irrelevante que desde el año 2017, fecha de los estatutos vigentes y de su parte disciplinaria (que se mantiene en la ponencia), nunca se ha castigado, a instancia de los órganos de dirección, a ningún afiliado por sus manifestaciones públicas, sólo por denuncia de otros afiliados, usualmente, por insultos u otros incumplimientos. Es, igualmente, irrelevante, la doctrina del Tribunal Constitucional sobre la potestad disciplinaria de los partidos en relación con la libertad de expresión. Irrelevante.

El Tribunal Constitucional se enfrentó, en la Sentencia 226/2016, a un recurso de amparo suscitado por una militante socialista que fue sancionada por el comité ejecutivo (no, como sucede en Ciudadanos, por órgano separado de la dirección como es el comité disciplinario) por haber publicado una carta al director en La Nueva España en la que criticaba la decisión de suspensión del proceso de primarias para elegir al candidato a la Alcaldía de Oviedo. La sanción se basó en dos tipos infractores muy graves: «Menoscabar la imagen de los cargos públicos o instituciones socialistas» y «actuación en contra de acuerdos expresamente adoptados por los órganos de dirección del partido». La sanción fue la de la suspensión de militancia por 20 meses.

El Tribunal Constitucional denegó el amparo y, por consiguiente, consideró ajustado a la Constitución el que se pudiera sancionar a un militante por ejercer su libertad de expresión en un medio de comunicación social manifestando su discrepancia con las decisiones del partido. El Tribunal hace unas consideraciones que me parecen convenientes: «(1) En los casos de aplicación del régimen disciplinario por el ejercicio de la libertad de expresión existe un conflicto entre dos derechos fundamentales, el de asociación (art. 22) y el de expresión (art. 20). (2) La libertad de expresión admite límites y uno es, precisamente, el derecho fundamental de asociación: las obligaciones dimanantes de la pertenencia a una asociación política. (3) Los afiliados asumen el deber de preservar la imagen pública de la formación política a la que pertenecen, y de colaboración positiva para favorecer su adecuado funcionamiento. (4) La exigencia de colaboración leal se traduce igualmente en una obligación de contención en las manifestaciones públicas…, tanto en las manifestaciones que versen sobre la línea política o el funcionamiento interno del partido como en las que se refieran a aspectos de la política general en lo que puedan implicar a intereses del propio partido. Y (5): un partido político puede reaccionar utilizando la potestad disciplinaria… frente a un ejercicio de la libertad de expresión de un afiliado que resulte gravemente lesivo para su imagen pública o para los lazos de cohesión interna que vertebran toda organización humana y de los que depende su viabilidad como asociación y, por tanto, la consecución de sus fines asociativos». En consecuencia, publicar una crítica contra las decisiones del partido puede considerarse como que «menoscaba la imagen de los cargos públicos o instituciones socialistas» y es una «actuación en contra de acuerdos expresamente adoptados por los órganos de dirección del partido» por lo que puede ser sancionada como infracción muy grave.

Tampoco encaja en el relato la doctrina constitucional. Es irrelevante. Se silencia la complejidad de la interrelación entre disciplina y libertad de expresión, en el escenario de un conflicto institucional más enmarañado entre eficacia y democracia que sólo se puede resolver con mejor democracia interna. Esto es lo que hace la ponencia de estatutos. Así, se contempla, por primera vez, la moción de censura contra el comité ejecutivo; y se crea un órgano de deliberación directa y sin cargos intermedios, entre la presidencia del partido y las bases del partido, como es la convención ciudadana.

En definitiva, si en política el relato es importante, con independencia de si se construye sobre mentiras, o grandes mentiras, sólo cabe contraponer, en un debate democrático, las razones, los argumentos. Nos queda la esperanza, incluso suicida, de que al final la luz, sólo la luz, sobresaldrá entre la oscuridad de la falsedad.

(*) Andrés Betancor, catedrático de Derecho Administrativo, es miembro de la comisión redactora de la ponencia de estatutos de Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía.

Fuente:
https://www.almendron.com/tribuna/partidos-politica-y-relato
Ilustración: Martha Hughes.

domingo, 8 de febrero de 2015

TRES PARTIDOS

Tres aniversarios partidistas
Ox Armand


El pasado mes de enero, tres importantes partidos estuvieron de aniversario. Uno un poco más bullicioso que el otro, puede decirse (en líneas generales) que pasaron desapercibidos por un país no sólo hundido en las más inmediatas y antes inimaginables necesidades, sino que desconfía de las instituciones partidistas. Y esto, sensatamente porque dejaron de ser instituciones que, mal que bien, funcionaban, además de los espuelazos propagandísticos de un gobierno que los estigmatizó, consagrando al PSUV. Pero es necesario recordarlos, ya que al compararlos cabeza a cabeza, sociológicamente eran partidos como ya no lo puede ser el hoy partido de gobierno, cuya existencia depende enteramente del Estado. Además, por cierto,  recientemente fallecido, Mauricio Duverger es el autor más conocido de una clasificación que alguien puede (apenas) balbucear ahora: partidos de cuadros y de masas. Las nuevas generaciones no creerán que, en nuestro país, os había sobradamente de los dos tiempos, llegando COPEI a protagonizar grandes movilizaciones, a concitar la emoción de las muchedumbres, después de haber sido un sobrio y eficaz partido de cuadros como lo fueron el Movimiento Al Socialismo (MAS) y Bandera Roja (BR), (por si fuese poco, armado).

El momento culminante de COPEI no fue con su segunda y, sin dudas, muy popular victoria electoral con el ascenso de Luis Herrera Campíns a la presidencia de la República hacia 1978, sino con la primera y con resultados estrechos y quién sabe hasta qué punto dudosos por 1968. Nunca fueron más propicias las condiciones para una experiencia que se hizo continental: la democracia cristiana, y todas las tendencias internas de un COPEI tan distinto e insospechado por estos tiempos, celebró su paso miraflorino con un Rafael Caldera en la plenitud de sus facultades.  Conciliando los difíciles matices ideológicos que entusiasmaron a su juventud, armando un competente elenco de técnicos, suscitando el entusiasmo de las masas, con un programa cuidadosamente elaborado, gozaba de un impulso místico que, al desmentir su carácter conservador, a pesar del talante de los prohombres del partido, Steve Ellner reconoció como prgresista en un libro que le publicara el chavismo. Esa mística duró por algo más de una década, pulverizada por el fenómeno adequizante del bipartidismo. Aquélla fue otra época para los partidos, mientras ésta será la de una disolución propia de las organizaciones “recoge-lo-todo”, como  caracterizan los politólogos el crecimiento desproporcionado e indiscriminado que se orienta al clientelismo populista. Y es que, por aquélla, todavía en vías de consolidación de la democracia representativa, hubo un sentido y una responsabilidad de carácter histórico que aplacó y metabolizó las apetencias personales, desterrando algo que formalmente condenaron todos: el canibalismo. Por ejemplo, cuando se le preguntó a Arturo Uslar Pietri su opinión sobre el 24 aniversario de COPEI, él lo celebró por hablar bien de las instituciones que perduran, convirtiéndose posiblemente en el autor de este tipo de reconocimientos (Semanario COPEI, Caracas, nr. 5 del 21/01/1970), a pesar de las confrontaciones que marcaron su distancia ante COPEI, antes acusado de aprovecharse de los cursillos de cristiandad para hacer proselitismo (La República, Caracas, 23/09/1963). Hidalguía, es la palabra más adecuada para los viejos conflictos.

El MAS ha sido el partido convincentemente marxista en Venezuela, si se entiende que, al desprenderse del leninismo, empujó una reflexión creadora después que se desprendiera del dogmático Partido Comunista, como tampoco la ha habido en Venezuela respecto a la izquierda. Con todos sus bemoles, degenerando muy posteriormente al fracasar en la búsqueda directa del poder, ejerciéndolo por detal, su dirigencia más destacada no incurría en los disparates de la incultura que gobierna al país en el siglo XXI, porque eran sujetos de acción y de pensamiento.  Es ahora que cualquier mamarracho se escuda en Chávez y, como si fuese un bolchevique en trance de tomar el Palacio de Invierno, dispara una sarta de necedades. No. El MAS fue exponente de una clarísima inteligencia que llegó a buena parte del país y puede decirse que gobernó al controlar en importante medida los organismos estudiantiles y gremiales que les fueron posibles.  Pero el tránsito por el poder, simplemente, jode. Así sea breve. Imagínense monopolizarlo por más de tres lustros. Se esfumó en el mero pragmatismo toda aquella mística. Precisamente, la que hizo competitivo al partido que una vez fue tardía y precursoramente gramsciano, pues, las enseñanzas de  Antonio Gramsci llegaron muy tarde a Venezuela, aunque de la mano de un militante (transitorio) como Joaquín Marta Sosa, se metió en los poros de las juventudes masistas. Lo paradójico es que Jorge Giordani, militante modesto de la izquierda setentista en adelante, trató infructuosamente de hacer gramsciano al régimen chavista. Autor de una tesis doctoral sobre el MAS, por cierto, prepotente en las alturas del poder, caricaturizó a Gramsci. Y, por supuesto, nunca entendió a esos dirigentes de ideas y de hechos, como Teodoro Petkoff, Pompeyo Márquez, Freddy Muñoz, Bayardo Sardi, por sólo mencionar a algunos que se hicieron competitivos con AD y COPEI al poblar las grandes avenidas de Caracas, en mitines que tuvo como bandeja servida José Vicente Rangel. Ya con la elección de Enrique Ochoa Antich, de una ingenuidad galáctica, sucumbió la organización despedazándose con Chávez y por eso Víctor Hugo D’Paola ha dejado un testimonio extraordinario en sus recientes memorias. Es el capítulo que le faltó allibro de Ellner sobre el MAS que, por cierto, Monte Ávila Editores le publicó sin preguntarle de devociones ideológicas. Otra paradoja: la más destacada dirigencia de aquél MAS, fue a parar a Primero Justicia. La otra, Felipe Mujica y compañía, está atrincherada en la caricatura.

Bandera Roja fue un desprendimiento del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Una organización militarizada que trató de sobrevivir a toda la remota etapa de la pacificación. Gabriel Puerta Ponte, el líder visible, todavía insiste. Se ha depurado. Gobierno y TSJ por delante, ha resistido los ataques divisionistas que, si no fuese por la crueldad de la novela de Mario Vargas Llosa, sería el caso de Alejandro Mayta. Es escasa, muy escasa, la bibliografía de BR. Solamente, lo explica la prensa con dirigentes que formó y promovió y fueron después a parar a los partidos burgueses. Tiene una contradicción insalvable. Tilda de neoliberal al chavismo. Va más allá de Chávez y, obviamente, su mala copia, Maduro. Quizás por ello, no encuentra un cómodo cupo en la oposición, abandonando  la Mesa de la Unidad. Acompañando a María Corina Machado a ratos. Aportando sus cuadros sacrificados, como la prisión de Sairam Rivas contra la cual se concertaron esos partidos burgueses en la UCV.

Tres partidos de aniversario reciente, en enero, que no merecen un reportaje medianamente aceptable en la gran prensa. Ninguno parece merecerlo. Seguimos en la ilusión de un postchavismo ultracontrapartidista. La vaina es una osadía de construir una transición sin ellos. ¿Y a cuenta de qué?

Reproducciones:
Argelia Laya. Deslinde, Caracas, 1969.
Arturo Uslar Pietri. La República, Caracas, 23/09/1963 y  Semanario COPEI, Caracas, nr. 5 del 21/01/1970.
Gabriel Puerta Aponte. El Diario de Caracas, 18/09/1988.
MAS: Carlos Hernández. Economía Hoy, Caracas, 12/11/1990.

Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/21703-tres-aniversarios-partidistas

lunes, 29 de diciembre de 2014

(IN) TRASCENDENCIA

Entre Cocker y Duverger
Ox Armand

Saldo lamentable, rondando la fecha navideña, nos enteramos de la muerte de dos célebres que nada dicen a las nuevas generaciones. Como reguero de pólvora, instantáneamente supimos de Joe Cocker. Más tarde, la de Maurice Duverger. No da tiempo de hurgar mucho al respecto, salvo la tarde del asueto forzado del 25. Parece mentira, en los tiempos del teléfono móvil y de las tablas, algo menos portátiles debido a la notoriedad que muy bien cotiza el hampa, no da tiempo. Nos antojamos que hubo mayor ocasión cuando empuñábamos el periódico en los remotos días de una mayor densidad informativa y no de los ramalazos, las pinceladas, el rasguño de ahora.

Nos lo presentó Woodstock y quizás su mayor mérito fue una versión distinta y muy sentida de “With a Little Help from My Friends” que marcaba su distancia con la pieza de salón, amable, inofensiva, pastillera de Los Beatles. Del resto, excepto el disfraz de hippie, Joe Cocker fue un excelente producto de la arrolladora industria discográfica. Aceptable, potable, pasable, de tan escasa voz como otras celebridades, harto convencional. La primera idea que me viene es que perteneció a una generación que, por el hecho de vivir su juventud, la creyó una revolución. Cualquier morisqueta lo era. Después, aprendimos y comprendimos que la moda, al pasar, nos obligaba a otros horizontes musicales. Pero con Mauricio Duverger pasa otra cosa. Muerey nuestros intelectuales (e intelectuales-políticos) deben sentir un acento de tristeza. Bueno, lo de intelectuales-políticos es un decir, porque la mayoría de los que hacen el oficio tienen por fundamento el ramalazo, la pincelada, el rasguño. Y cuando desean internarse a fondo, devienen politólogos. Pretenden marcar pautas. Señalar rumbos. Convertirse en los analistas del momento. Y el exacto oficio político parece que no es así si nos referimos a la tarea de pensar en la acción para actuar con el pensamiento (parafraseado y todo Santayana, pues).

Duverger es el gran inspirador de los políticos de la generación de 1958 que se atrevieron a leerlo. Tienen una gran deuda con él. No se imaginan con cuánta profundidad lo citan para esas distinciones básicas como la de partido de masas y partido de cuadros. Muy después es que llegaron los italianos con Sartori, por ejemplo. Eran los tiempos que los graduados de la mitad de la década de los sesenta del XX, en adelante, se enteraron del francés al iniciar los estudios de derecho. Luego, se informarían de otros autores con el dato que corría de las escuelas de Estudios Políticos, en torno a otros nombres. Mientras tanto, Duverger quedó, como quedó la idea institucional de la Unión Soviética. Ya está superado, claro está. Pero eso no quita la posibilidad de pensar un poco sobre la recepción del autor en Venezuela. Y la despedida también. Para quedar en el vacío.

Somos más cockerianos que duvergerianos. Como a Maurice nadie lo sustituyó y véase muy bien las trazas del discurso político actual, queda Joe. Es decir, la intrascendencia.

Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinioncultural/21349-entre-cocker-y-duverger

jueves, 25 de diciembre de 2014

TRIBUTO

EL PAÍS, Madrid, 24 de diciembre de 2014
Maurice Duverger, politólogo francés
Sus colaboraciones en prensa y escritos didácticos ejercieron gran influencia
Ana Teruel 
    
Maurice Duverger, jurista de formación, especialista en derecho constitucional, será recordado sobre todo como el padre de las ciencias políticas francesas, las cuales defendió como disciplina de pleno derecho. Académico de referencia, autor de numerosas obras didácticas de lectura obligada, ejerció también una gran influencia política como columnista habitual del diario Le Monde. También fue colaborador asiduo de EL PAÍS. Políticamente comprometido, fue elegido eurodiputado en las listas del Partido Comunista Italiano (1989-94). Los artículos que escribió durante el periodo oscuro de la ocupación nazi de Francia sin duda le vedaron la consagración de entrar en la Academia Francesa, pese a que fue propuesto en dos ocasiones. Duverger murió el pasado 17 de diciembre de madrugada, a los 97 años, en su domicilio de París.
Duverger nació el 5 de junio de 1917 en Angoulême, en el oeste, y creció en Burdeos, donde estudió en el colegio católico Grand-Lebrun. Desde jovencito se interesó por la política y con apenas 16 años se unió a la Unión Popular Republicana, partido filofascista liderada por Philippe Henriot, futuro ministro de propaganda del régimen colaboracionista de Vichy. Tres años después abandonó a Henriot para unirse al Partido Popular Francés (PPF), un movimiento populista y antiparlamentario.
Pero Duverger abandonó el movimiento a tiempo, en 1938, ante su deriva derechista, para consagrarse de lleno a su formación de jurista. Catedrático de Derecho Público, fue profesor primero en Poitiers (1942-19423) y luego en Burdeos (1943-45), donde creó el Instituto de Estudios Políticos (IEP) de la ciudad. A partir de 1955, dio clases en la Sorbona, donde se convirtió en profesor emérito y dirigió el departamento de Ciencias Políticas, y en el IEP de París.
Sus escritos durante ese periodo han sido motivo de controversia, en particular su estudio sobre La situación de los funcionarios desde la revolución de 1940 publicado a finales de 1941. En él analiza las leyes del régimen colaboracionista de Vichy, que excluían a las mujeres casadas y a los judíos de la Administración, un artículo por el que ha sido acusado de antisemitismo. Duverger aseguraba que el estudio era puramente jurídico y políticamente neutro. La justicia le dio la razón en dos ocasiones, en las que condenó por difamación a las publicaciones Minute en 1967 y Actuel en 1987, desde las que se habían formulado esas acusaciones.
Tras la II Guerra Mundial y la Liberación de Francia, Duverger empezó a escribir, en paralelo con su actividad académica, en el diario Le Monde, donde se hizo amigo íntimo de su fundador, Hubert Beuve-Méry, y se convirtió en colaborador de referencia. Firmó más de 800 artículos en el vespertino y colaboró también con las revistas L'Express y Le Nouvel Observateur, el diario italiano Il Corriere de la Sera y EL PAÍS.
Como politólogo fue un gran defensor del sistema semipresidencialista de la V República, que a su juicio ofrecía el mejor modelo de alternancia entre la izquierda y la derecha. Desde sus inicios se interesó por el estudio de los partidos políticos y los sistemas electorales, que analizaba de forma comparativa. Su libro Los partidos políticos, publicado en 1951, se convirtió de inmediato en referencia. Fue traducido a nueve idiomas, entre ellos al español (FCE, 1981) y reeditado en múltiples ocasiones. Al margen de sus obras didácticas, también escribió numerosos ensayos, muchos de ellos también vertidos al castellano.

Cfr. http://es.wikipedia.org/wiki/Maurice_Duverger; y Carlos Fernando Castañeda Castro, "Teoría general de sistema político de Maurice Duverger", en: http://www.politikaperu.org/articulos/doc.asp?id=60