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sábado, 2 de diciembre de 2017

FORÁNEA PATERNIDAD, FORÁNEA

Napoleon Bonaparte: Libertador de América
Ángel R. Lombardi  

La historia es el olvido. Relatos desde una amnesia colectiva que solo el Poder es capaz de rescatar algo, sólo algo.
El mito y la fábula son más poderosos. Sí esto es así la historia es una variante de la literatura que se ufana de una consistencia científica que en realidad carece. Me acabo de topar con ésta cita imperdible de Carlos Fuentes: "La Historia es ficción, la realidad es apócrifa, el Nuevo Testamento fue escrito por Julio Verne". Sólo bastaría agregar, para completar todo un curso de Teoría y Metodología de la Historia, que la historia es el historiador.
Las versiones al uso sobre la Independencia Hispanoamericana (1750-1830) tienen a dos súper héroes: Bolívar y San Martín, acompañados por una “Liga de la Justicia” a los cuales han hecho llamar: los próceres. Bolívar, fue El Libertador; y San Martín, El Protector. Esta manía por apodar y sobredimensionar las muy limitadas capacidades humanas se sigue manteniendo hasta el presente. A Chávez, un militar con apenas luces, se le dice “Galáctico” o “Comandante”, y a la muy aguerrida María Corina Machado ya veo que le colocan algo así como: “La Dama de Oro”.
Desde las nuevas nacionalidades a partir de 1830, en realidad una balcanización territorial engorrosa, hecha a la medida de los nuevos colonialistas ingleses y estadounidenses, nuestra memoria quedó en blanco. Ni indios, ni negros, ni españoles, sólo un “pequeño género humano” (Bolívar, Carta de Jamaica, 1815). La criollización de nuestra nueva identidad surgió desde la duda y el rencor. El igualitarismo se proclamó alrededor de leyes que los mismos poderosos se encargaban de pisotear. El caudillismo nos definió y hundió a la vez en un atraso político mediocre. Agréguele, la vertiente militarista actual, como derivado de una nación que se hizo desde los campamentos y tropelías.
La Independencia fue un triunfo militar. Hasta ahí. Luego no hay más logros en la continuidad del tiempo. España fue negada e ignorada. Los tres siglos coloniales formaban parte de una leyenda negra; y Bolívar, “el luminoso”, siendo aristócrata y civil, se transfigura en militar y reformador social. Sólo que los contemporáneos de Bolívar, y básicamente sus más queridos aliados como Páez y Santander, lo negarían por completo. Hasta que ya muerto en 1830, su recuerdo fue rescatado en 1842. En el caso venezolano, nuestros militares han cobrado, fuerte y duro, desde hace doscientos años, el haber inventado que la “libertad nacional” se la debemos a ellos.
En realidad el padre de la nueva patria americana es Napoleón Bonaparte (1769-1840). Seguimos estudiando las causas de la Independencia continental desde unas apreciaciones equivocadas. Haciendo descansar las principales interpretaciones desde una ideología de Estado. Bolívar no hubiese existido sí Napoleón Bonaparte y sus ejércitos no hubiesen invadido España y Portugal en el año 1808 llevando al cautiverio a sus dos reyes borbónicos: Carlos IV y Fernando VII. España, la Metrópoli, se desvaneció. Y los súbditos en América, la inmensa mayoría feliz con la dominación hispánica, no supieron cómo reaccionar ante un cambio tan drástico y radical. Es bueno advertir, que Napoleón Bonaparte, y esto forma parte de las ironías de la historia, fue un tirano más que contraviene el título de éste ensayo.
Hay historiadores marginales, en realidad los más originales y de valía, que han sostenido la tesis que nuestra Independencia tiene que ser explicada y entendida no desde el descontento americano, algo que ya Michael P. McKinley (“Caracas antes de la independencia”, 1993) y otros han comprobado, sino como un proceso basado en la conflictividad geopolítica de las grandes potencias europeas de ese entonces, básicamente Francia e Inglaterra. Así tenemos que el corolario a las Guerras Napoleónicas (1799-1815) será la pretensión de Inglaterra de reinar sobre los despojos coloniales de España y Portugal en ultramar, muy especialmente, los territorios americanos. Mientras Inglaterra es una potencia militar terrestre; los ingleses basan su poderío en el dominio de los océanos y mares. Su ventaja comercial con el apoyo marítimo será su principal sostenedor.
No obstante, como Maquiavelo y muchos geniales observadores de la política realista explican: el enemigo de hoy puede ser mañana mi mejor aliado. Inglaterra apoyó a Francisco de Miranda a invadir los territorios del Caribe español en 1806 así como ella misma lo intentó hacer ese mismo año sobre Buenos Aires. El expediente de la rivalidad inglesa y española tenemos que rastrearla hasta los tiempos de Felipe II y la Armada Invencible en 1588. Francia, desde los Pactos de Familia (1733-1789), fue una estrecha aliada de España. Recordemos que estaban emparentados por la Casa de Borbón. Todo esto cambió cuando estalló la Revolución Francesa (1789) y sobre las cenizas del terror se encumbró Napoleón Bonaparte haciendo que el juego de alianzas se pusiera de cabezas. Ya en ese entonces a Inglaterra no le interesaba revolucionar los dominios españoles en América porque hizo de la “neutralidad” ante las sublevaciones americanas a partir de 1810, su nueva política oficial. Esto explica la fallida misión diplomática de Bolívar, López Méndez y Andrés Bello en Londres luego del 5 de Julio de 1811 y la reticencia inglesa a darles el reconocimiento y ayuda militar que solicitaron. Ya todo cambiaría después de la Batalla de Waterloo en 1815 donde Napoleón fue definitivamente derrotado y las sublevaciones en América se estaban produciendo desde una conflictividad endógena muy cruel, sobretodo, en el escenario venezolano a partir de la Declaración de la Guerra a Muerte (1812).
Así tenemos que el catalizador “social” de todo el proceso emancipador hispanoamericano fue Napoleón Bonaparte como derivación de la Revolución Francesa iniciada en 1789 y que llevó a la guillotina al monarca Luis XVI. Esta perspectiva es más justa y centrada que la dominante al uso que nos habla de un descontento generalizado de una población colonial privada de sus derechos y con ansias de libertad hacia un modelo de sociedad abierta republicano. Y además, hay otro aspecto prácticamente censurado en nuestros libros escolares de historia patria y nacional, que es la Independencia de España entre los años 1808 y 1814. Un conflicto de “liberación nacional” donde el pueblo español se levantó contra el invasor francés y que Benito Pérez Galdós (1843-1920) se encargó de mitologizar de la misma forma como aquí hizo Eduardo Blanco (1838-1812) con su “Venezuela Heroica” (1881).
España como potencia colonial, como Estado Monárquico, fue indiferente al destino o bienestar de sus súbditos americanos, en realidad, su principal preocupación fue saquear sus tesoros y explotar a sus habitantes originarios junto a los esclavos negros traídos por la fuerza desde África como mano de obra indispensable. Y no es que los españoles hayan sido unos monstruos, sino que esa era la lógica del comportamiento de todas las potencias europeas para la época del despliegue capitalista sobre una dinámica mundial luego de 1492. Otro asunto fueron los problemas de consciencia de raíz moral, teológica y filosófica que surgieron en torno a la Iglesia católica y el proceso de Evangelización que produjo intensos debates entre quienes abogaban por un trato humanitario a los indígenas (Las Casas, 1474-1566) y quienes fueron partidarios de su esclavitud (Sepúlveda, 1490-1573).
En realidad los tres siglos coloniales fueron autárquicos. El inmenso océano, la rusticidad de los transportes de navegación y terrestres así como la inmensidad de la geografía americana hicieron de España una Metrópoli prácticamente ausente de América. Es por ello que la verdadera dominación derivó de los descendientes de los primeros colonizadores, los llamados blancos criollos, paradójicamente, al final, los artífices de la misma Independencia.
Así tenemos que la historia es un proceso multilineal muy complejo, donde sus muchas partes, se imbrican de una forma caótica, proclive a una confusión feroz. Por eso la historia son las historias y sólo la pericia y sensatez nos pueden ayudar a obtener una comprensión más serena y plural, más amplia y justa, aunque siempre imperfecta.  

domingo, 5 de marzo de 2017

LA MENTIRA ENCUADERNADA

Historia y verdad
Ángel R. Lombardi

La historia es la mentira encuadernada. Como casi todas las disciplinas que forman parte de las llamadas “Ciencias Sociales”; muy entre ellas, la pretenciosa economía y sus cálculos probabilísticos, lógicos y matemáticos para detectar curvas de prosperidad y crisis. Alguna que otra vez, de tanto cruzar sus pronósticos, en suma atrevidos y aleatorios, logran algún tipo de acierto. Carlos Marx (1818-1883), un gran economista, que duda cabe, pronosticó el triunfo de la Revolución Socialista en la Alemania industrial de su tiempo: y se equivocó. Fue en la Rusia feudal, campesina, rural, pobre y despótica de los zares donde inesperadamente ocurrió, en el año 1917, y bajo derroteros contrarios a la utopía social que se aspiraba construir.

La “Nueva Clase” (1957) (Milovan Djilas, 1911-1995) sustituyó el socialismo por la “dictadura del proletariado” para eternizar a una nueva oligarquía o "élite burocrática" sólo que con pelaje, simbología y discurso “popular” revanchista. El experimento de la URSS fue trágico mientras los países capitalistas más avanzados hicieron concesiones “tácticas” al ideario socialista desde la aparición de los sindicatos hasta alcanzar sistemas públicos de protección social. En el caso de la América Latina los capitalismos y socialismos que han sido probados son embriones deformados cuyo daño generacional, en términos humanos, la historia oficial escamotea sin apenas ruborizarse por ello. Durante la Guerra Fría (1945-1991) ambos “sistemas” mintieron e hicieron alardes propagandísticos desmesurados como los estadounidenses y su triunfo al llegar a la luna o los soviéticos con el deporte. Hoy, existe una “teoría conspirativa” que considera un ardid el alunizaje, mientras que ya no existen dudas acerca del dopaje masivo de los súper atletas del Este.

La historia termina siendo propaganda y sus escolares los principales adoctrinados. ¿Qué hacer ante tanta falsedad, manipulación e impostura? Entender que la historia y las disciplinas hermanas que le acompañan son manifestaciones artísticas, literarias e intuitivas cuyo grado de cientificidad variará de acuerdo a las formalidades y convenciones académicas a la moda del momento. Las ciencias sociales son ciencias humanas cuyas premisas esenciales son la duda, la imperfección y el error. “No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil”. (Jorge Luis Borges, 1899-1986)

La “verdad” es Dios para un creyente, mientras que para el científico social es la duda metódica persistente; unos resultados consensuados en permanente revisión. El objetivo de la ciencia no es la verdad; en cambio sí el conocimiento, eso sí, siempre precario alrededor del misterio de la existencia. Historiar es analizar y comprender libre de prejuicios; y como dice Borges: “La verdad histórica no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió”. Tamaña vanidad esa la de erigirnos en jueces omnipotentes sobre unos recuerdos arrebatados al inclemente olvido.

Distinguir el mito de lo histórico es uno de los más grandes desafíos para quienes nos aventuramos a conjeturar sobre el pasado aspirando a un mínimo de credibilidad; y aún así: fallamos reiteradamente porque la mentira es superior a la verdad.

Fuente:
http://opinionynoticias.com/opinioncultura/29248-historia

martes, 21 de febrero de 2017

CORAJE

Iglesia y democracia
Ángel R. Lombardi 

El cinismo y la burla, en el fondo: el desprecio. Es el estilo que utilizan los principales voceros del oficialismo cuando declaran públicamente sobre la actividad gubernamental en la que mediocremente actúan. Es como sí los opositores y descontentos ante la actual tragedia histórica social, la inmensa mayoría de los ciudadanos del país, fuésemos invisibles. Luego de la decepcionante y desconcertante retirada de la MUD, prisionera de intereses subalternos, sólo quedan en pie muy pocos líderes valerosos y respetados, algunos en la cárcel, otros en el exilio.

Algunas universidades autónomas apenas resisten bajo la vanguardia de sus estudiantes combativos dedicados al estudio y que no se resignan a vivir en una Venezuela sin futuro. Luego, están algunos medios independientes de comunicación que a pesar de las presiones y adversidades siguen reivindicando un periodismo libre y comprometido con una ciudadanía prisionera de la desdicha y desesperanza.

En 1992 la institución militar estaba entre las mejor valoradas por la opinión pública; hoy, por el contrario, se comporta como la guardia pretoriana de un régimen que adversa a la democracia y al pueblo. Sólo la Iglesia católica se mantiene en pie. Los documentos de la Conferencia Episcopal Venezolana a través de su jerarquía y acompañados por el resto de los sacerdotes y millones de feligreses, son los únicos en el presente, con un mínimo de coherencia, que están desnudando las miserias de un proyecto político arbitrario que se comporta a espaldas de los preceptos constitucionales vigentes.

La democracia son elecciones, instituciones y poderes libres e independientes que se contrabalancean entre sí; la democracia es un sistema político abierto basado en la justicia, la libertad y la prosperidad; además, no permite la existencia de los presos políticos y de conciencia. En una auténtica democracia el ciudadano no es un pordiosero al que se le roba su humanidad y se le hace vivir al límite de la desesperación física y mental; por el contrario, es el sujeto protagónico de la misma, el gran fiscalizador de los gobernantes de turno.

Para el Cardenal Urosa Savino: “He expresado mi opinión de que esto es una dictadura. El bloqueo de la Asamblea Nacional elegida mayoritariamente por la oposición es una muestra clara de ello. La suspensión de garantías económicas con el decreto de excepción por periodos sucesivos sin aprobación de la Asamblea es otra muestra. Retener presa gente con boletas de excarcelación es otra. Y el atropello al pueblo con el manejo arbitrario e inútil de los billetes de cien bolívares, ocurrido en diciembre, es una burla y una afrenta. Y ahora el intento de cancelar las elecciones regionales”. Más claro, imposible.

Fuente:
http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/29057-lombardi