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martes, 12 de mayo de 2020

PROBLEMAS LIMÍTROFES

Militares bajo control
Fernando Ochoa Antich

En un extenso artículo titulado “Venezuela: militares bajo control”, publicado en la revista Foreign Affairs Latinoamérica, del Instituto Tecnológico de México, dos de sus colaboradores, Víctor Mijares y Alejandro Cardozo, desarrollan una nueva tesis que trata de explicar las profundas transformaciones ocurridas   en el pensamiento y en la   conducta de la  Fuerza Armada Nacional a partir de los hechos del 11 de abril de 2002 y dar una respuesta a los venezolanos que no logran entender las razones por las cuales la mayoría de sus miembros activos se inhiben de tomar una posición ante la tragedia nacional y el debilitamiento de nuestra soberanía como consecuencia de la permanente intervención de Cuba en nuestros asuntos internos. Voy a analizar, en este artículo, los planteamientos que utilizan sus autores a objeto de expresar mis puntos de vista sobre el tema exponiendo mis diferencias y acuerdos.

El artículo comienza con un recuento del período histórico que se inició a partir del 23 de enero de 2019, al juramentarse el diputado Juan Guaidó como presidente encargado y establecer la oposición democrática una estrategia, que se resume en la consigna “cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres”, la cual fue respaldada por Estados  Unidos, Canadá, el Grupo de Lima y la Unión Europea. Esa estrategia considera que una transición política en Venezuela surgirá de una ruptura de la coalición gobernante bajo la premisa de que el chavismo no es una alianza de partidos políticos sino una unión cívico-militar, en la cual tiene una marcada preponderancia  la Institución Armada. Al considerar posible la ruptura de esa alianza, se estableció como primer paso en la estrategia “el cese de la usurpación”, dando por sentado que la Fuerza Armada Nacional  reaccionaría ante la gravedad de la crisis nacional y el seguro reconocimiento internacional. Esa equivocada percepción condujo al fracaso del conato insurreccional del 30 de abril de 2019.

En la segunda parte del artículo se establece que “en Venezuela se ha elaborado una mitología política alrededor de los militares” que surge de nuestro proceso histórico: la guerra de independencia, el caudillismo, los gobiernos militares andinos y el muy débil control de los gobierno civiles sobre las Fuerzas Armadas durante los años 1958-1998. “Finalmente, la elección como presidente del ex militar golpista Chávez terminó por consolidar la tesis del control militar sobre el poder civil en Venezuela”. Inmediatamente, se inicia una severa crítica de esta tesis al explicar que esa realidad histórica ha traído por consecuencia que se crea  equivocadamente que la Fuerza Armada Bolivariana es el principal soporte del socialismo del siglo XXI, y que el gobierno de Maduro se sostiene porque cuenta con el respaldo de la burocracia castrense. En realidad, según el criterio de los autores, “la revolución bolivariana ha dado muestra de ser, en efecto, el vehículo de una fuerza política civil de profundas raíces en la izquierda histórica castrista, guerrillera, universitaria, intelectual, gremial, sindical, policial y militar”.

Los autores mantienen, como tesis central del artículo, que el error en la estrategia de la oposición surge del “anquilosamiento teórico según el cual el régimen de Maduro es un autoritarismo pretoriano sin entender que el chavismo civil ha desarrollado un extraordinario sistema de control sobre la Fuerza Armada Nacional, especialmente por vía de la transferencia de conocimientos y experiencias políticas del régimen cubano”. Ese control, principalmente en el área de inteligencia y contrainteligencia, ha tenido como objetivo central a los miembros de la Fuerza Armada Nacional. Además, afirman: “Esta intervención del poder civil sobre el militar ha fragmentado el mando y le ha restado eficacia operativa a las fuerzas armadas. Una somera revisión de las cifras de prisioneros políticos arroja un creciente número de militares en los últimos años”. Esta situación es una consecuencia de las permanentes denuncias entre compañeros de armas y es un indicativo de la ruptura de valores fundamentales como son el compañerismo y el espíritu de cuerpo.

Comparto en algunos aspectos los razonamientos mantenidos por los autores del artículo. Sin embargo, tengo algunas observaciones. Ellos opinan equivocadamente que el control civil sobre los militares durante el régimen democrático fue un espejismo, al afirmar que existe “un abundante correlato historiográfico sobre los planes e intentos de golpes de Estado durante el ensayo democrático, con el que se pretende demostrar que el control civil fue un espejismo y los militares siempre estuvieron al acecho del poder en Venezuela”. En verdad, durante esos cuarenta años, la gran mayoría de los cuadros profesionales acataron la supremacía del poder civil establecido en la Constitución de 1961. En las actuales circunstancias existe una situación diferente. Una parte, sumamente importante del poder del Estado, está controlado por militares, observándose su presencia en numerosas empresas, institutos autónomos y otros muchos aspectos del funcionamiento del gobierno. La pregunta que debemos hacernos es la siguiente: ¿Significa esta realidad formal que el régimen venezolano es actualmente un pretorianismo autoritario? Creo que no. A partir de la muerte de Chávez la dirección del “proceso revolucionario” se ha ido desplazando desde la Fuerza Armada Nacional al liderazgo civil. Esta realidad no quiere decir que la estrategia de la oposición tiene que ser revisada. Lo que es necesario hacer es instrumentarla de una manera diferente.

El razonamiento que hacen al afirmar que una posible intervención militar humanitaria, planificada por un organismo multilateral, con el respaldo de Estados Unidos, Colombia y Brasil, tendría un gran costo para las fuerzas interventoras debido a que Venezuela “tiene un eficiente sistema de intercepción aérea, lo considero equivocado. Realmente no creo que una alianza militar tan poderosa, la cual de inmediato obtendría el control del espacio aéreo, tenga dificultades para neutralizar, en muy breve tiempo, cualquier sistema de defensa aérea y los correspondientes sistemas de misiles. Tampoco creo que el reparto de “lanzaderas de misiles portátiles tierra-aire entre grupos insurgentes y del crimen organizado” pondría en jaque la seguridad de la región y mucho menos que esta amenaza sea suficiente para evitar una posible intervención militar humanitaria. Creo que no ha ocurrido, por razones de política interna en Estados Unidos.

Ojalá que mis compañeros de armas analicen con detenimiento el importante trabajo de investigación realizado por  Víctor Mijares y Alejandro Cardoza y reflexionen el daño que le ha hecho a Venezuela el régimen chavista-madurista al destruir el profesionalismo militar alcanzado en casi cien años de permanente esfuerzo de las diferentes generaciones militares. La responsabilidad de Hugo Chávez y de los Altos Mandos Militares en el crimen que ha significado permitir la partidización de la Fuerza Armada Nacional es indiscutible. Más grave aún es haberlo hecho siguiendo las orientaciones de Fidel y Raúl Castro, para satisfacer su avieso deseo de controlar las riquezas venezolanas, en particular su petróleo, para ponerlas al servicio de Cuba y su nefasta revolución.

26/04/2020:

Venezuela: militares bajo control
Víctor Mijares - Alejandro Cardozo / Foreign Affairs Latinoamérica 

El 23 de enero de 2019, Juan Guaidó, Presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, juró como Presidente encargado de su país ante una multitud caraqueña. El joven e inexperto político venezolano, prácticamente desconocido fuera de su país, se convirtió en el agente clave de una estrategia constitucional orientada a impulsar una transición. “Cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres” fue la consigna con la que se dio a conocer este nuevo líder enfrentado al autocrático régimen chavista de Nicolás Maduro. Pero la estrategia iba más allá de las fronteras venezolanas. La nueva cabeza visible de la oposición en Venezuela encajó a la perfección en una estrategia hemisférica que se articuló entre Washington y el incipiente Grupo de Lima. La idea de un cerco diplomático con consecuencias internas cobraba forma ante los cambios de gobierno y de signo ideológico que venían operando en Latinoamérica. Como era de esperarse, con Guaidó se generaron altas expectativas de cambio político. Las presiones derivadas de la masiva emigración de venezolanos, con creciente impacto socioeconómico en Sudamérica, y muy especialmente en Colombia, hicieron que este giro político fuese considerado el cambio más extraordinario de 2019 en Latinoamérica. La estrategia constitucional brindaba legitimidad interna a la operación. Asimismo, el apoyo mayoritario de gobiernos latinoamericanos y occidentales cumplía con la función de legitimar internacionalmente al Presidente encargado. Las sanciones de Canadá, Estados Unidos y la Unión Europea provocarían una situación de tensión interna para quebrantar la unidad alrededor de Maduro. La operación contaba, en consecuencia, con una sólida lógica, al tiempo que se ajustaba a las tesis dominantes sobre transiciones y poder militar en Venezuela.

En materia de transiciones se ha propagado la idea de la necesidad de generar quiebres en la coalición gobernante. En el caso del chavismo, la coalición gobernante no consiste en un grupo de partidos, sino en lo que el propio Hugo Chávez llamó la “unión cívico-militar”, o la unidad del partido civil con las fuerzas armadas. La bibliografía dominante sobre las relaciones entre civiles y militares en Venezuela tiende a ser tajante y se decanta por las tesis del pretorianismo como fórmula recurrente de gobernabilidad autoritaria, con un sustrato lasswelliano de “Estado guarnición”. El término “pretorianismo” se refiere a una forma de gobierno en la que las fuerzas armadas ejercen una influencia decisiva, llegando incluso a controlar a los civiles o, en casos extremos, a ejercer el gobierno de forma directa. La opinión informada que señalaba la recurrencia militar en la vida política venezolana ayudó a interpretar que, en la unión cívico-militar chavista, el centro de gravedad era, en efecto, el componente militar de la coalición gobernante. Las evidencias reforzaban esta idea, pues en la revisión de la historia universal de los golpes de Estado, Venezuela aparece entre los países con mayor número de asonadas y levantamientos militares desde la Segunda Guerra Mundial. No obstante, consideramos que las evidencias históricas dicen poco acerca de los cambios que se han suscitado en la Venezuela chavista. El anquilosamiento teórico que se refiere a Venezuela como un Estado pretoriano, cuyo centro de gravedad son las fuerzas armadas, ha tenido consecuencias adversas para la estrategia de cambio político gestada desde Caracas con apoyos externos, sobre todo de Bogotá y Washington. Ante la improbabilidad de que se produzcan acciones de fuerza contundentes contra el régimen venezolano, el cerco diplomático y las sanciones surgieron como alternativas estratégicas para activar lo que se considera el talón de Aquiles del chavismo bajo el régimen de Maduro: su alta dependencia, cuando no sometimiento, a la autoridad militar. Nuestro argumento va a contracorriente de dicha tesis y cuestiona la creencia generalizada en la supremacía militar sobre los civiles en Venezuela. Consideramos que el poder civil ―con el Partido Socialista Unido de Venezuela (psuv) como vehículo― infiltró al poder militar y anuló la posibilidad de que ahí surgieran mandos unificados que pudiesen rebelarse. Por eso la estrategia de inducir divisiones dentro de las fuerzas armadas para que una parte abandonara la coalición gobernante no funcionó.

Una teoría anquilosada

En Venezuela se ha elaborado una mitología política alrededor de los militares. La fuerte impronta simbólica de un “imaginario pretoriano” parte de un culto militaristabolivariano y del relato de las guerras de independencia. La larga lucha caudillista del siglo xix tardío también lleva el sello de la imposición castrense en el sistema político venezolano, que corona con el “ciclo andino” de gobiernos militares (de 1908 a 1958). Asimismo, la democracia inaugurada en 1958 ha estado plagada de amenazas y defecciones militares golpistas (entre 1961 y 1992 se registraron cinco intentos). Finalmente, la elección como Presidente del exmilitar golpista Chávez terminó por consolidar la tesis del control militar sobre el poder civil democrático en Venezuela.
En la idea del control castrense sobre las fuerzas civiles, esta historia de conspiraciones y golpes militares plantea varias líneas teóricas anquilosadas, tanto en el análisis como en la misma política venezolana. Las tesis más alentadoras postulan que, de 1958 a 1999, Venezuela vivió una era de control civil sobre el estamento castrense. A estas consideraciones se interpone el concepto revisionista de un espejismo, que recoge un abundante correlato historiográfico sobre los planes e intentos de golpes de Estado durante el ensayo democrático, con el que se pretende demostrar que el control civil fue un espejismo y los militares siempre estuvieron al acecho del poder en Venezuela. Ambos argumentos (control civil sobre los militares o viceversa) no contravienen la línea maestra del culto pretoriano en Venezuela, y desembocan en varias hipótesis. Una se refiere a la lucha del sector militar venezolano por mayor reconocimiento político, pues desconfía del liderazgo civil en el contexto del subdesarrollo venezolano. Dispuestos a participar en las decisiones nacionales, que habían sido relegadas a una élite política inútil, los militares decidieron tomar las riendas del país. Esta corriente explica que el Plan Educativo Integral Militar para las escuelas de formación de oficiales, conocido como el plan Andrés Bello (aplicado desde 1971), fue muy influyente en las siguientes generaciones de oficiales y les inculcó un sentido de responsabilidad política, por el que se animaron a maquinar conjuras golpistas contra el “corrompido” sistema democrático. Dentro de esta misma línea hay otra explicación, acaso más sugerente. Estos cadetes en formación y oficiales jóvenes no solo fueron sacudidos políticamente por el nuevo plan educativo, sino que además entraron en contacto con partidos y movimientos de izquierda infiltrados en las fuerzas armadas y formaron logias militares como el Movimiento Revolucionario Bolivariano 200 (mrb-200), Revolución 83 y la Alianza Revolucionaria de Militares Activos (arma). Ambas hipótesis intentan consolidar la noción del escaso control objetivo de las fuerzas políticas civiles que gobernaron hasta 1999. Asimismo, fortalecen la idea del culto pretoriano en la política venezolana. Ciertamente, el siglo xx venezolano está cargado de conjuras urdidas en los cuarteles. Se percibe una como especie de vehemente oficialidad joven que trama conspiraciones contra el poder establecido desde la generación de Marcos Pérez Jiménez, quien terminó imponiéndose como dictador durante la década de 1950. Así también, las sublevaciones militares, motines e intentos golpistas del Barcelonazo (1961), el Porteñazo y el Carupanazo (1962) explican este fenómeno: el asalto de los militares a las instituciones civiles venezolanas. Este largo correlato histórico-político de las relaciones entre civiles y militares en Venezuela se centra, pues, en la tesis del Estado guarnición de Harold Lasswell (1941). Así, se postula que Venezuela, lejos de haber tenido una democracia con control civil objetivo durante sus diferentes ensayos, ha sido presa de los militares o, al menos, de su influencia sobre las instituciones. Por ende, en los tiempos que corren, la explicación del fenómeno del chavismo bajo el régimen de Maduro se ha reducido a una noción general del pretorianismo venezolano, con una simplificación teórica de un fenómeno político más complejo, que va más allá de un autoritarismo militar. Esta teoría estancada se ha venido transformando en el análisis político central sobre la crisis venezolana, en un ciclo improductivo y repetitivo, que intenta dar cuenta de diferentes expresiones del autoritarismo chavista. Estos viejos-nuevos planteamientos se refieren a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (fanb) como el principal soporte del socialismo del siglo xxi. Algunos escritos todavía conciben que el chavismo-madurato tenga como finalidad expresa erigir a la fanb como “soporte supremo” de su proyecto político. Estas posiciones teóricas argumentan que existe un pretorianismo militante en las fuerzas políticas chavistas que ha derivado hacia una fase superior, correspondiente a una militarización progresiva de la sociedad. Es decir, que un núcleo central de control y poder militar expande su influencia castrense hacia los espacios políticos naturales de la sociedad civil. Quienes se adhieren esta tesis deducen que el poder de Maduro se sustenta en un núcleo militar o que, en todo caso, procede de ese núcleo. Con ello, esta corriente teórica dominante endosa una responsabilidad histórica al alto mando militar venezolano en el sistema político. En la bibliografía sobre las relaciones entre civiles y militares se arguye que los militares, por ende, se han expandido dentro de la burocracia civil venezolana, colonizándola con mentalidad y objetivos pretorianos para hacer prosperar, en toda ley, un gobierno militar. Entonces, se alega que Maduro encabeza un gobierno militar, pues cuenta con la burocracia castrense para tener, definitivamente, el control del Estado venezolano. En estas explicaciones de la crisis venezolana actual también se interpreta que el chavismo ha erigido a la fanb como gran árbitro de las diferencias políticas en el país, por lo que el anterior soldado neutral hoy sería un soldado políticamente comprometido con la revolución. En cualquiera de las derivaciones de la hipótesis de que Maduro ha implantado poco a poco las formas de un autoritarismo militar, las ideas centrales de esta argumentación se basan en evidencias históricas del siglo xx que demuestran, en efecto, una recurrente impronta de los militares en la política venezolana. Con ello se supone que los militares han infiltrado subrepticiamente al sistema político civil y, una vez adentro, han modelado toda la estructura según formas pretorianas de gobierno y Estado. Nuestro planteamiento es diferente. Las fuerzas armadas no se inocularon en el proyecto democrático civil venezolano por medio del golpe de Estado fallido de Chávez y ni siquiera por la vía electoral de su triunfo en 1999. La Revolución bolivariana ha dado muestras de ser, en efecto, el vehículo de una fuerza política civil de profundas raíces en la izquierda histórica castrista, guerrillera, universitaria, intelectual, gremial, sindical y policial en el ejército y sus componentes. El proyecto final es la desarticulación del núcleo castrense por medio de la desprofesionalización, la degradación de sus rangos operativos y la politización de todos sus espacios que, con un fino tramado propagandístico y simbólico pretoriano, pretendidamente militarista y nacionalista, desmembró al aparato militar profesional. Este error ha confundido la estrategia internacional alrededor de Guaidó. Siguien – do las tesis e imágenes dominantes sobre el militarismo de Maduro, la oposición ope- ró con la esperanza de entablar algún diálogo con el supuesto núcleo militar del régimen venezolano. En el supuesto de que el poder de Maduro reside en los militares, se quiso amenazar y seducir a ese núcleo castrense para que desertara o, en el mejor de los casos, concurriera en un golpe de Estado con miras a restaurar la democracia venezolana. Como veremos, la falla del plan Guaidó reside, precisamente, en una desorientación teórica. La corriente intelectual hasta ahora dominante, en la que se intenta explicar los últimos años como una realidad pretoriana del poder y la política venezolana, se ha equivocado al señalar el motor del autoritarismo chavista: no fue la bota militar la que menoscabó la democracia venezolana, sino el aparato ideológico civil que preparó el fin de unas fuerzas armadas profesionales y debilitó a una sociedad con aspiraciones democráticas. El hecho de que se dote a la fanb de equipo moderno lleva a algunos a pensar que el poder militar es el actor más influyente en la coalición gobernante. No obstante, esto es una confusión. En los hechos se ha utilizado una parte de la estructura de las fuerzas armadas para descomponer a la propia institución militar. Y se lleva a cabo una política de persecución y castigos internos. El verdadero poder es civil y reside en el psuv. No haber comprendido todo lo anterior, al haberse estancado en un debate teórico inerte sobre el pretorianismo en la política venezolana, ha llevado a la desorientación a actores políticos venezolanos y extranjeros que intentan poner fin al régimen de Maduro.

Control civil y expectativas frustradas

Durante casi todo el primer semestre de 2019, la discusión sobre la cuestión venezolana estuvo marcada por el debate en medios de comunicación y redes sociales acerca de la posibilidad de una intervención militar con fines humanitarios. Frecuentemente, este debate se centraba más en la deseabilidad de una operación de esa envergadura, que en sus posibilidades técnicas y políticas. La tradicional y mayoritaria animosidad latinoamericana a un reforzamiento de la presencia militar estadounidense en la región se tornó en aversión cuando el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dijo en 2017 que, en el caso de Venezuela, “todas las opciones están sobre la mesa”. Esta posición de ambigüedad estratégica, junto con el aumento del número de sanciones a individuos, la imposición de sanciones a la industria petrolera venezolana y el reconocimiento de Guaidó como Presidente encargado, constituyeron el eje de la diplomacia coercitiva contra el régimen de Maduro. El 24 de febrero de 2019, la posición estadounidense se reforzó en Bogotá, cuando Mike Pence, Iván Duque y el mismo Guaidó se abstuvieron de acompañar el comunicado del Grupo de Lima sobre el rechazo a cualquier forma militarizada de intervención en la región. La consigna de oponer una amenaza creíble estaba en marcha. No obstante, las evidencias apuntaban en otra dirección. A pesar de las limitadas capacidades ofensivas convencionales de Venezuela, sus sistemas de intercepción aérea podrían ser los mejores de Latinoamérica. La transferencia de tecnología militar rusa en la forma de aviones de combate y sistemas de defensa tierra-aire se ha completado con capacidades de rastreo del espacio aéreo con nuevos radares chinos. Más allá de los temibles equipos diseñados para el combate contra las fuerzas y la tecnología propias de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, las lanzaderas de misiles portátiles tierra-aire son una pesadilla potencial para los gobiernos y los ejércitos estadounidenses, colombianos y brasileños. Expertos en defensa han destacado la posibilidad de una difusión de este armamento entre grupos insurgentes y del crimen organizado, lo que pondría en jaque la seguridad de la región. Así, la defensa venezolana es una combinación de doctrina convencional, con disuasión, basada en la posibilidad de colapso y diseminación de armamento moderno en manos de fuerzas trasnacionales. La posibilidad del caos disuade a cualquier potencia de intervenir directamente en Venezuela. De allí que los debates sobre la deseabilidad de una acción humanitaria con ejercicio de fuerza no sean tan importantes como el de su viabilidad política. Ante esta realidad, se plantearon hipótesis sobre las verdaderas intenciones de la presión externa, con la idea de quebrar la coalición gobernante de esa unidad cívico-militar chavista. Informes periodísticos, preparados con testimonios de exfuncionarios del contradictorio gobierno de Trump, daban cuenta de lo acertada de aquellas hipótesis: el gabinete de seguridad nacional del gobierno de Estados Unidos habría discutido si instigaba un golpe de Estado en Venezuela. El pretorianismo venezolano y la historia golpista del país alentaban esa estrategia. El resultado esperado sería una transición de bajo costo político para Washington, estabilizaría en el corto plazo a Venezuela y liberaría de presiones humanitarias y militares a Brasil y a Colombia. Con este objetivo, se ampliaron y endurecieron las sanciones a civiles y militares chavistas, y al mismo tiempo, se enviaron mensajes directos e indirectos a los militares venezolanos en la forma de promesas de amnistía que no ampararían a los civiles chavistas, y se evadió por largo tiempo la aplicación de sanciones a prominentes figuras militares activas o en retiro, como Vladimir Padrino López, Ministro de la Defensa, y Diosdado Cabello, Vicepresidente del psuv. La operación planteada generó grandes esperanzas de cambio. El 23 de febrero de 2019, en la frontera con Colombia, se incrementaron las expectativas cuando militares venezolanos comenzaron a desertar, y esa misma tarde, un pequeño grupo de ellos reconoció como comandante en jefe a Guaidó. Sin embargo, acciones simbólicas como esa de Cúcuta, así como la estrategia en su conjunto, han sido una frustración para sus diseñadores y para la mayoría de los venezolanos. El problema que detectamos está en el diagnóstico previo a la estrategia, es decir, en el anquilosamiento teórico según el cual el régimen de Maduro es un autoritarismo pretoriano. El chavismo civil ha desarrollado formidables capacidades de control sobre las fuerzas armadas venezolanas, especialmente por vía de la transferencia de conocimientos y experiencias políticas del régimen cubano. La cooperación autoritaria entre Cuba y Venezuela es una pieza central de la resiliencia del régimen venezolano, en tanto que, como ha sido documentado, La Habana ha transferido capacidades de inteligencia y contrainteligencia a Caracas, con las fuerzas armadas como uno de los principales objetivos. Esta intervención del poder civil sobre el militar ha fragmentado el mando militar y le ha restado eficacia operativa a las fuerzas armadas. Una somera revisión de las  cifras de prisioneros políticos en Venezuela arroja un creciente número de militares en los últimos años. Así, el plan de dar un golpe de Estado para destituir a Maduro requeriría una operación militar muy complicada. En términos de despliegue y objetivos, un golpe podría tener un grado equivalente de complejidad político-militar que la ocupación de un país extranjero, con la diferencia de que el país ocupado es el propio. Esta complejidad operativa solo se alcanza por medio de mandos unificados que cuenten con una importante autonomía con respecto a los civiles, y no es el caso de las fuerzas armadas venezolanas, que han sido larga y duramente intervenidas por el partido de gobierno con el fin de evitar rebeliones militares. La cooptación del Estado bajo el chavismo se ha visto, sobre todo, en el manejo de la industria petrolera, proeza política que se consolidó a partir de 2004. La importancia del petróleo en Venezuela ha hecho que la cooptación de las fuerzas armadas haya pasado parcialmente desapercibida. A raíz de los sucesos de abril de 2002, cuando Chávez fue depuesto momentáneamente por una conjura en el antiguo alto mando militar, el chavismo activó mecanismos para evitar golpes. Allí entró la asistencia cubana junto con un proceso de progresiva desprofesionalización militar. El partido cooptó a los militares y las fuerzas armadas incorporaron la ideología del gobierno, y adoptaron posteriormente el inconstitucional nombre de Fuerza Armada Nacional Bolivariana y los lemas del psuv. Diecisiete años de intervención rindieron sus frutos el 30 de abril de 2019. Esa mañana, Guaidó y el hasta entonces Jefe del Servicio Bolivariano de Inteligencia, el general Manuel Cristopher Figuera, aparecieron junto al liberado líder opositor Leopoldo López, llamando al levantamiento militar. Con el paso de las horas el movimiento se frustró de forma incruenta, al quedar de manifiesto que la fanb no actuaría coordinadamente contra Maduro. Ello puso en evidencia que el anquilosamiento teórico ha tenido graves consecuencias políticas y demanda una revisión que permita entender la confusa situación venezolana.

Los límites del militarismo venezolano

La fuerza civil del chavismo-madurato consiste en la consolidación férrea de un aparato ideológico y propagandístico que cuenta con la poderosa maquinaria de un partido hegemónico como el psuv. Este partido ha cooptado al aparato militar del Estado, al tiempo que en su dirección nacional la presencia de civiles es abrumadoramente mayor que la de los militares activos y retirados. Apenas un puñado de militares históricos vinculados al intento de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992 forma parte de esta dirección. Otro elemento significativo, inherente a esta dinámica de poder civil sobre el militar, es la histórica cuota ―única en los anales de la República― de unos 211 militares imputados por delitos de traición a la patria, instigación a la rebelión o contra el decoro militar ―cifra actualizada a diciembre de 2019—. Tampoco pasa desapercibido el hecho de que dos oficiales históricos del más alto prestigio durante el chavismo temprano, miembros del selecto círculo de los generales del 4f, cofrades de la rebelión militar originaria de Chávez, hayan quedado sometidos a un cruento presidio. En efecto, para los generales Raúl Baduel y Miguel Rodríguez Torres se construyó un calabozo especial, con intimidantes medidas de seguridad y aislamiento. Después, le siguió la orden de transferir a 321 433 fusiles de las fanb a la Milicia Bolivariana, brazo armado civil del psuv, lo que deja en claro que el poder en Venezuela no está tomando la forma de un Estado de guarnición, sino el de un “Estado comunal”, cada vez más cercano a la doctrina del partido de gobierno. Estos hechos conforman dos elementos: el lanzamiento de un mensaje a las fuerzas armadas venezolanas de que la revolución es comandada por fuerzas civiles, y que ya no temen la injerencia militar sobre sus cuotas de poder ni el mando en Venezuela. El segundo elemento, fundamental en la lógica del poder del chavismo, es que la inteligencia civil, vista como interferencia, información, ideologización y propaganda, pudo resquebrajar la estructura formal militar de las fuerzas armadas venezolanas basándose en la fragmentación de los mandos operacionales, la incomunicación de los diferentes componentes de la fuerza y la anulación, por ende, de su poder de fuego coordinado ante levantamientos y golpes de Estado. Así, debe quedar atrás el análisis histórico-político tradicional de las relaciones civiles y militares que sostiene, todavía, una tesis pretoriana sobre el poder civil en Venezuela. Los tiempos presentes obligan a considerar la crisis venezolana, tanto para actores nacionales como extranjeros, desde el prisma renovado de un autoritarismo civil, policiaco y no militar, con fuerza en la ideología, la propaganda y el control social estructural. Asimismo, el equipamiento militar de la fanb y la expresión de ese poderío no deben ser confundidos con la existencia de una intervención castrense profesional y sistemática en el sistema político venezolano. La adquisición de equipamiento militar ofensivo y defensivo de China y Rusia, diestramente instrumentalizado por el chavismo bajo el madurato para propaganda e intimidación interna y externa, no es la manifestación política de unas fuerzas armadas profesionales en el gobierno. El nuevo papel de los militares en Venezuela es obedecer a ese poderío expresado en el psuv, para esperar el reparto de prebendas a los leales y responder oportunamente a cualquier amenaza interna o externa a la soberanía de la revolución. Tanto Guaidó como sus acompañantes y aliados internacionales deben comprender ese nuevo razonamiento de la fanb, guardiana del psuv.
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Fuente:
Cfr.

lunes, 28 de agosto de 2017

TORNA

EL MUNDO, Barcelona, 24 de agosto de 2017
 FUERA DE LÍNEA
El mito de Al Andalus
Fernando Palmero

Ha dedicado Serafín Fanjul varias obras a desmontar la interpretación idílica de la Hispania musulmana, esa que por ignorancia de lo sucedido en la Península entre los siglos VIII y XV quiere ver en Al Andalus una arcadia donde convivían de manera pacífica tres religiones y en la que el arte, la ciencia y la cultura alcanzaron las mayores cotas de desarrollo jamás conocidas. Pero ni hubo tolerancia ni nadie la pretendía. Durante el tiempo que tardó en islamizarse por completo el territorio, alrededor de dos siglos, las comunidades cristiana y judía pudieron seguir practicando sus cultos y viviendo como lo habían hecho hasta entonces, pagando, eso sí, desorbitados impuestos a los conquistadores musulmanes. Pero cuando el poder omeya se consolidó, y luego el almorávide y el almohade, llegaron las matanzas, las expulsiones y la obligatoriedad de seguir en todo los preceptos del islam, que no es precisamente una religión de paz. Quizá ninguna lo sea y mucho menos en la Edad Media, porque cuando las tornas cambiaron, moriscos y judíos hubieron de someterse, también violentamente, al imperio de la cristiandad.

No fue Al Andalus ningún paraíso, todo lo contrario. En sus diferentes etapas las minorías fueron reprimidas con mayor o menor severidad según se desarrollaba la guerra con los reinos cristianos, pero nunca dejó de operar la rigurosa legislación coránica, que afectaba fundamentalmente a las mujeres, y convertía en enemigos a quienes no se sometían a sus preceptos. Quizá por eso, añorando aquella irrespirable teocracia, su pérdida representa simbólicamente para muchos musulmanes piadosos una afrenta que requiere de venganza. Tanto Al Qaeda como el Estado Islámico hablan en sus escritos de propaganda de "reconquistar Al Andalus". No hay que olvidar que, en un ejercicio de proyección retrospectiva propio de los iluminados que pretenden encontrar en el pasado una línea de continuidad en el presente, estos dos grupos terroristas celebran, tras cada atentado, la muerte de "cruzados y judíos".

Pero el sentimiento de que la Península ibérica debe volver a formar parte de la umma, esto es, la comunidad de creyentes, no es exclusivo de los yihadistas. En La quimera de Al Andalus, Fanjul reproduce el contenido de algunos libros de texto oficiales en la Siria de Asad. En ellos se presenta la invasión del 711 no como un acto de conquista, sino como la recuperación de un territorio, la Iberia prerromana, de influencia semita, y se lamenta de la derrota de las tropas árabes en Poitiers, porque de haber vencido, "hubieran dominado la Galia y la Europa occidental y hubiera cambiado la faz de la historia, siendo el Corán y la lengua árabe lo que se enseñaría ahora en la Universidad de Oxford". Si hubiera habido Universidad de Oxford, claro, apostilla Fanjul.

Es obvio que a la mayor parte de los musulmanes, al menos a los que viven en España, los delirios de reconquista y de restitución de agravios históricos les suenan a propaganda de grupos de descerebrados. No a todos, sin embargo. Hoy, como entonces, las dos comunidades religiosas se miran con recelo, pero por fortuna nuestro Estado tiene herramientas suficientes para evitar que estalle el conflicto latente que existe en muchos lugares del país. En las fronterizas Ceuta y Melilla, por supuesto, pero también en Barcelona o en muchos pueblos de Huelva o Almería, donde la convivencia no siempre es fácil, aunque no se haya llegado a la situación que se vive en Francia, especialmente en París. Evitar la guetización y fomentar la integración social son dos batallas que las autoridades no deben dejar de dar, exigiendo que todos los ciudadanos, independientemente de su religión, se sometan por igual a la ley.
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/08/24/599db272ca4741e7198b45ea.html
Ilustracion: http://www.abc.es/historia/abci-musulmanes-implantaron-regimen-perverso-al-andalus-para-humillacion-cristianos-201601130134_noticia.html
Infografía:http://www.arteguias.com/alandalus.htm

domingo, 5 de marzo de 2017

LA MENTIRA ENCUADERNADA

Historia y verdad
Ángel R. Lombardi

La historia es la mentira encuadernada. Como casi todas las disciplinas que forman parte de las llamadas “Ciencias Sociales”; muy entre ellas, la pretenciosa economía y sus cálculos probabilísticos, lógicos y matemáticos para detectar curvas de prosperidad y crisis. Alguna que otra vez, de tanto cruzar sus pronósticos, en suma atrevidos y aleatorios, logran algún tipo de acierto. Carlos Marx (1818-1883), un gran economista, que duda cabe, pronosticó el triunfo de la Revolución Socialista en la Alemania industrial de su tiempo: y se equivocó. Fue en la Rusia feudal, campesina, rural, pobre y despótica de los zares donde inesperadamente ocurrió, en el año 1917, y bajo derroteros contrarios a la utopía social que se aspiraba construir.

La “Nueva Clase” (1957) (Milovan Djilas, 1911-1995) sustituyó el socialismo por la “dictadura del proletariado” para eternizar a una nueva oligarquía o "élite burocrática" sólo que con pelaje, simbología y discurso “popular” revanchista. El experimento de la URSS fue trágico mientras los países capitalistas más avanzados hicieron concesiones “tácticas” al ideario socialista desde la aparición de los sindicatos hasta alcanzar sistemas públicos de protección social. En el caso de la América Latina los capitalismos y socialismos que han sido probados son embriones deformados cuyo daño generacional, en términos humanos, la historia oficial escamotea sin apenas ruborizarse por ello. Durante la Guerra Fría (1945-1991) ambos “sistemas” mintieron e hicieron alardes propagandísticos desmesurados como los estadounidenses y su triunfo al llegar a la luna o los soviéticos con el deporte. Hoy, existe una “teoría conspirativa” que considera un ardid el alunizaje, mientras que ya no existen dudas acerca del dopaje masivo de los súper atletas del Este.

La historia termina siendo propaganda y sus escolares los principales adoctrinados. ¿Qué hacer ante tanta falsedad, manipulación e impostura? Entender que la historia y las disciplinas hermanas que le acompañan son manifestaciones artísticas, literarias e intuitivas cuyo grado de cientificidad variará de acuerdo a las formalidades y convenciones académicas a la moda del momento. Las ciencias sociales son ciencias humanas cuyas premisas esenciales son la duda, la imperfección y el error. “No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil”. (Jorge Luis Borges, 1899-1986)

La “verdad” es Dios para un creyente, mientras que para el científico social es la duda metódica persistente; unos resultados consensuados en permanente revisión. El objetivo de la ciencia no es la verdad; en cambio sí el conocimiento, eso sí, siempre precario alrededor del misterio de la existencia. Historiar es analizar y comprender libre de prejuicios; y como dice Borges: “La verdad histórica no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió”. Tamaña vanidad esa la de erigirnos en jueces omnipotentes sobre unos recuerdos arrebatados al inclemente olvido.

Distinguir el mito de lo histórico es uno de los más grandes desafíos para quienes nos aventuramos a conjeturar sobre el pasado aspirando a un mínimo de credibilidad; y aún así: fallamos reiteradamente porque la mentira es superior a la verdad.

Fuente:
http://opinionynoticias.com/opinioncultura/29248-historia

jueves, 1 de diciembre de 2016

DEL ÁMBITO SANCIONATORIO

EL NACIONAL, Caracas, 27 de noviembre de 2016
El mito del desacato
Alberto Arteaga Sánchez

En  un  país de franco desconocimiento  a la legalidad y a sus mandatos, en el cual se impone como propuesta de consenso sentar las bases del respeto  a la ley, a la igualdad de todos ante esta, así como la  proscripción de la arbitrariedad y el abuso de funciones, se ha sacralizado la  expresión del “desacato” como máxima trasgresión que materializa la desobediencia a la autoridad legítima, constituida en beneficio de todos. Insisto, por ello, en el tema.
Por lo demás, la gravedad de la conducta que encierra el desacato sería  de tal importancia y trascendencia que no se repara simplemente corrigiendo el hecho que lo originó, sino que, al parecer, exige que se deje constancia por escrito de un “acuerdo de acatamiento al TSJ”, especie de juramento de obediencia, declaración de fidelidad o compromiso de absoluto sometimiento y respeto a cualquier decisión que dicte el máximo tribunal.
Se trataría, en otras palabras, de hacer efectivo un acto de fe en la palabra del árbitro, que no puede ser exigible en un Estado de Derecho, en el cual los jueces deben ajustar su conducta a la ley y tienen también responsabilidad por sus decisiones, pudiendo ser calificados de nulas o ineficaces, si hay usurpación de funciones o son susceptibles de ser objeto de sanciones disciplinarias y penales, de acuerdo a lo previsto en el texto de nuestras normas.
Pero, cabe además señalar que, como lo sostiene Ferrajoli, más allá de las formas de responsabilidad jurídica, la principal garantía de control sobre el funcionamiento de la justicia es la responsabilidad social que se expresa en la más amplía sujeción de las decisiones judiciales a la crítica de la opinión pública, por supuesto debidamente motivada y la exposición imprescindible del juez a esa crítica pública, fundamento de su legitimidad.
Contra esta concepción del control, vigilancia y crítica de las sentencias, se alza el mito del desacato, esgrimido ahora, sin discreción ni miramientos, para descalificar cualquier censura o rechazo a decisiones del máximo tribunal o de tribunales de instancia.
Resulta inaceptable una decisión de un juez penal ordinario que desconozca, por una medida cautelar, un derecho ciudadano, sin relación alguna con el proceso que conoce y la sujeción  a este; resulta inaceptable que la propia Sala Constitucional se erija en tribunal penal para juzgar por un “delito” que asume que no es tal, ignorando la voluntad del pueblo; resulta inaceptable  que se desconozcan  las atribuciones de otro poder y se consideren nulos sus actos; y es inadmisible que se pretendan marginar  prerrogativas constitucionales otorgadas  a los diputados para garantizar la representación popular.
Una vez más, por otra parte, se impone desmontar el mito del “desacato” prácticamente erigido en crimen de lesa majestad.
Los desacatos sancionables no son desobediencias genéricas ni mucho menos figuras delictivas que, cual cajón de sastre, puedan contener las más diversas muestras y recortes.
En  el ámbito sancionatorio penal –es necesario recordarlo de nuevo– existe el desacato a un mandamiento de amparo (Art. 31 de la Ley de Amparo); el desacato a la autoridad de la LOPNA (Art. 270); la desobediencia a la autoridad como falta (Art. 483 del Código Penal), solo aplicable a incumplimiento de medidas de carácter general;  y solo se sanciona  como ilícito administrativo, con una  multa, el desacato a órdenes o decisiones de las Salas del Tribunal Supremo de Justicia (Art. 122 de la Ley del TSJ); hechos todos -con respecto a los diputados- que solo pueden ser enjuiciados una vez  allanada la inmunidad parlamentaria por la Asamblea y previo el antejuicio de mérito.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/opinion/mito-desacato_0_964703593.html
Ilustración:
http://notihoy.com/crudas-caricaturas-denuncian-represion-oficial-contra-manifestantes-en-venezuela/

MITO

EL PAÍS, Madrid, 27 de noviembre de 2016
 MUERE FIDEL CASTRO
Fidel Castro en perspectiva latinoamericana
Castro tuvo la desgracia de contemplar que Cuba se estaba convirtiendo en algo muy distinto a lo que él había soñado y por lo que había luchado y matado
Carlos Malamud

El mito de Fidel Castro, especialmente en América Latina, había precedido a su muerte. Su indudable impacto regional se hizo notar incluso antes de la Revolución Cubana, pero fue su triunfal entrada en La Habana comandando las fuerzas guerrilleras lo que atrajo la atención del continente y del resto del mundo. Los muchachos, con sus uniformes verde olivo, se transformaron en el símbolo del cambio anhelado por toda la región.
Inicialmente la Revolución fue un conglomerado heterogéneo de fuerzas y movimientos políticos, unificados por un fuerte nacionalismo y una alta dosis de antiimperialismo. No en vano Cuba tenía entonces estrechos vínculos políticos y económicos con Estados Unidos. Tras la victoria y una vez consolidado en el poder, Fidel Castro impuso un importante giro marxista leninista que lo aproximó a la Unión Soviética y a la China de Mao. Finalmente, se decantó por la primera, aunque el comunismo cubano nunca llegó a los niveles del burocratismo soviético.
Con la ayuda de la URSS la Cuba castrista se distanció de Estados Unidos. Para preservar el legado revolucionario y sus reformas sociales intentó exportar su modelo foquista al resto de América Latina. De este modo, Castro comenzó a apoyar a casi todos los movimientos guerrilleros que comenzaban a actuar en la región. Si bien no cuajó su proyecto de crear “dos, tres o muchos Vietnam” y Ernesto Che Guevara murió en la selva boliviana cuando intentaba trasplantar el experimento cubano más allá de sus fronteras, Fidel Castro y su Revolución impactaron de lleno en el imaginario colectivo latinoamericano.
Fue tal su influencia que para frenar su contagio Estados Unidos debió inventar la Alianza para el Progreso. La muerte de John Kennedy acabó con la vía reformista y Washington terminó respaldando a los militares golpistas impulsores de la Doctrina de la Seguridad Nacional. Las Fuerzas Armadas latinoamericanas asumieron que eran el último dique de sus sociedades occidentales y cristianas frente al comunismo internacional. Las sangrientas dictaduras militares de las décadas de 1960 y 1970 sirvieron para legitimar aún más a la Revolución Cubana a los ojos de unas sociedades ávidas de crecimiento económico y libertades políticas. El influjo de Castro y los suyos se mantuvo a través del tiempo, pese a los errores, fracasos y cambios de rumbo de la Revolución. Sin su bendición, por ejemplo, Hugo Chávez seguiría siendo un militar golpista y no se hubiera convertido en el líder de una parte importante de la izquierda continental.
Castro tuvo la dicha y la desgracia de vivir 90 años. Así pudo mantener su influencia durante décadas. Pero tuvo la desgracia de contemplar, con profunda resignación, que Cuba se estaba convirtiendo en algo muy distinto a lo que él había soñado y por lo que había luchado y matado. El concierto de los Rolling Stones y el desfile de Chanel marcan el inicio de la desaparición de la Patria socialista, aunque todavía le queda bastante recorrido. Todavía entonces Fidel Castro podía contarlo, al igual que hizo con el acercamiento a Estados Unidos impulsado por su hermano. Hoy las cosas han cambiado.

Fuente:http://elpais.com/elpais/2016/11/26/opinion/1480160158_424215.html

sábado, 12 de noviembre de 2016

DESLAVE

EL NACIONAL, Caracas, 12 de noviembre de 2016
Un huérfano ideológico armado con una Kalashnikov
Edgar Cherubini Lecuna 

El chavismo, durante diecisiete años ha violado sistemáticamente la Constitución, borrando la independencia de los poderes y transfigurándose en un régimen militar que recibe órdenes de Cuba. Transformó el debate democrático en insultos,  amenazas y el asalto armado de sus colectivos. De allí haya nacido la duda razonable, de si los representantes de la oposición han partido de la premisa equivocada de que en el bando contrario comparten los mismos principios y reglas del juego democráticos. Pareciera azaroso establecer un lenguaje común, condición sine qua non para que una negociación sea exitosa.
Se hace difícil lidiar con tanta ambigüedad en este deslave viscoso de mitos, medias verdades y contradicciones. Un ejemplo tragicómico de cómo se ha convertido en parte inteligente del juego de posiciones en el ámbito político del llamado “diálogo” es el gag del hombre que se tropieza en la calle con un travesti muy bien arreglado que le pide un cigarrillo y el sujeto no sabe si “arrecharse” con el tipo o darle el cigarrillo para no ofender a la dama.
Las causas del conflicto es lo que interesa negociar y es justamente lo que el gobierno se niega hacer en sus amagos de diálogo.  De allí que surja un tema, por demás dilemático, pero fundamental para encaminar cualquier discusión sobre el presente político nacional y es el de si el ejercicio de nuestras ideas y legítimas aspiraciones lo tendremos en democracia y amparados en la Constitución. Eso no ha sido así hasta la fecha y si ahora no es respetado, hemos desperdiciado un tiempo valioso en contra nuestra, en prepararnos para resistir, como se organizó la resistencia bajo el régimen del dictador Pérez Jiménez, ejemplos sobran.
Hay que hacer un llamado a la izquierda consciente para que empuje una salida democrática, esa izquierda que aún pulula y usufructúa dentro del chavismo y que pudiera ayudar con sus líderes, intelectuales y militantes de base para empujar la salida de Maduro y su banda, que son unos huérfanos ideológicos armados con Kalashnikovs. Para eso invoco a Norberto Bobbio, jurista, filósofo y politólogo italiano de izquierda, uno de los principales exponentes del llamado “socialismo liberal”.  En sus propuestas analizó las ventajas y desventajas del liberalismo y del socialismo, tratando de mostrar que quienes defienden ambas ideologías deben basar sus planes, programas y acciones políticas en el respeto al orden constitucional y en el rechazo a los métodos antidemocráticos, incluyendo la corrupción.  El mismo que afirmó: "Vivimos en una economía de mercado, pero no en una sociedad de mercado", para aquellos a los que la palabra “liberal” les suena a azufre.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/edgar_cherubini/huerfano-ideologico-armado-Kalashnikov_0_956304490.html

miércoles, 18 de mayo de 2016

LA OTRA EMERGENCIA


Del mito político: A medio siglo de un suicidio
Luis Barragán


Mi hermano fue un fin de raza. Un personaje
que cabalgó en la transición del país rural al país
urbano. Yo no, yo fui decididamente un muchacho
urbano, un televidente, un profesional de la democracia,
un posible agente del desarrollo que se auguraba
a la caída de Pérez Jiménez. En fin,
mis mitos fueron otros”
[Torres, 1999: 86]





Fuentes:

 


Nota previa   I.- De la acuñación mítica   II.-  Sucinta relación biográfica   III.- El contexto de una tragedia   IV.-  Facetas de interés   V.-  ¿Emergencia de un mito?   Notas   Referencias esenciales




A mediados de la década de los sesenta del XX, la opinión pública venezolana experimenta otro estremecimiento con el suicidio de Alirio Ugarte Pelayo, cuya estelaridad en el escenario político resulta insospechada en el nuevo siglo. Más que una mera crónica de la tragedia, intentamos una explicación inicial que nos permita  deducir y proyectar la trascendencia del evento, partiendo de una básica noción del mito.

 I.-        De la acuñación mítica

Término equívoco y polémico, optamos por la perspectiva del mito que ofrece Mircea Eliade, entendida como una realidad cultural: historia sagrada, acontecimiento del tiempo primordial, expresión de los “comienzos”. Tratamos del relato de una “creación” con intervención “sobrenatural”, cuya función principal es la de “revelar los modelos ejemplares de todos los ritos y actividades humanas significativas” a los que debemos volver para corregir las situaciones actuales, darle significación al mundo y a la existencia humana [Eliade:12-14, 151-153],

Constitutivo del ser humano, el pensamiento mítico – por obra de los mass-media – cuenta con renovadas versiones y, apartando las observaciones del autor sobre las sociedades de masas y el consumo cultural, tomamos una expresión útil, como es la del “culto de la originalidad extravagante”, dificultosa e incomprensible [Ibidem:196]. Inferimos, culto que explica nuestra gesta independentista que exige continuidad para remediar los males del presente, retornando a los esfuerzos y testimonios excepcionales que nos fundaron como país.

El eterno retorno, exacerbado por el régimen inaugurado en 1999, confundiendo al mismo Chávez Frías con Bolívar, luce como una tentación impuesta por las circunstancias ahora en curso.  Hipotéticamente, al decaer el actual régimen,  hará inevitable la revalorización de la democracia representativa y la de los actores políticos que lo precedieron para otra acuñación mítica.

II.-        Sucinta relación biográfica

Información suficientemente consolidada, Alirio Ugarte Pelayo nació en Anzoátegui (localidad del estado Lara), el 21/01/1921, y falleció en Caracas, el 19/05/1966, al suicidarse en su casa de habitación antes de dar una rueda de prensa como el esperado  preámbulo para un nuevo derrotero político. Adoptado por Luis Horacio Ugarte y Hercilia Pelayo, fue hijo biológico del general José Rafael Gabaldón y Romelia Tamayo, circunstancia que marcó toda su vida, provocando no pocas especulaciones de los adversarios.

Presidió el Consejo Supremo de la Federación de Estudiantes de Venezuela (1942), asumiendo importantes responsabilidades políticas en el gobernante Partido Democrático Venezolano (1943) del cual fue concejal por Caracas (1944). Luego de la llamada Revolución de Octubre (1945), dos veces detenido, desempeña actividades periodísticas para Últimas Noticias, El Heraldo y El Nacional, recibiéndose como abogado por la Universidad Central de Venezuela, para inmediatamente ejercer la docencia superior;  y, caído el gobierno de Rómulo Gallegos (1948), se convierte en corredactor del Acta Constitutiva de la Junta Militar, director de Política del ministerio de Relaciones Interiores y, al año siguiente, gobernador del estado Monagas.

Después del magnicidio de Carlos Delgado-Chalbaud, renuncia en 1952 por ante la Junta de Gobierno y emprende un viaje voluntario a Europa y América del Norte  hasta 1956,  cuando regresa y cumple  funciones de asesor legal para la Creole. Contactado con la Junta Patriótica, al caer el gobierno de Marcos Pérez Jiménez, es nombrado secretario con rango ministerial de la Junta Provisional de Gobierno (1958),  renunciando y descartando la embajada venezolana en Francia a los muy pocos meses para aceptar la invitación que le hace Jóvito Villalba, a objeto de integrarse a Unión Republicana Democrática (URD), como su secretario de Doctrina y representante por ante el Consejo Supremo Electoral (CSE), cumpliendo funciones de embajador en México (1959-1961).

Ya había perdido como candidato a senador por el estado Cojedes en los comicios de 1958, entidad poco promisoria para URD, no hallando cupo para una diputación y soportando también una leyenda negra como cooperador de la dictadura. Empero, fue exitoso su desempeño diplomático y regresó para reasumir sus nada despreciables responsabilidades políticas en el partido y en el CSE.

De nuevo en Venezuela, es detenido por supuestas vinculaciones conspirativas con Carlos Savelli Maldonado, a la vez que es electo diputado por su estado natal (1963), y – previa reforma estatutaria – se convierte en el subsecretario general de URD,  promoviendo el apoyo y la incorporación al gobierno de Raú Leoni (1964), mediante la coalición denominada Ancha Base, aunque hoy  se evidencian contradicciones al respecto. Presidente de la Cámara de Diputados y subsecretario general de su partido (1965), encabezó la corriente opositora al gobernante partido Acción Democrática que, entre otras vicisitudes, motivó la suspensión de la militancia partidista,  a la cual definitivamente renunciaría (1966) con la finalidad de constituir el Movimiento Democrático Independiente (MDI), cuyo anuncio formal se esperaba cuando decidió quitarse la vida en la biblioteca hogareña: “Yo no me creo talentoso, pero procuro serlo, no me creo bondadoso, pero procuro serlo”, señaló Ugarte Pelayo en una entrevista de prensa tres meses antes  [Reinoso, 1966].

De probadas inquietudes intelectuales, la Fundación Polar expone las siguientes obras: “Coplas del amor ausente”, Guanare, 1940; “Poemas”, Editorial Artes Gráficas, Caracas, 1942; “Espacio de mi tiempo, cantos nacionales y otros poemas”, Ávila Gráficas, Caracas, 1952; “32 meses de gobierno en el estado Monagas”, Gobernación del Estado, Maturín, 1952;  Destino democrático  de Venezuela”, Unión Republicana Democrática,  Caracas, 1960; “La cueva del Guácharo”,  Ediciones del Bicentenario de Maturín, 1960; “Discursos parlamentarios”, Cámara  de Diputados, Caracas, 1966; y “América Latina ante Estados Unidos”,  Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1967. A la evidente inclinación poética, sumamos la de las artes plásticas como una excepcional inquietud para un activo dirigente político palpable en los textos de opinión de la época.

Valga acotar el formidable impacto político que produjo el suicidio, obligando al reacomodo de sus partidarios ya fuera de URD. E, igualmente, señalar que, con el tiempo, el recuerdo de la destacada figura fue diluyéndose [1]. 

III.-       El contexto de una tragedia

Para mayo de 1966, Ugarte Pelayo es el centro de una severa y también clásica crisis de un partido que está asociado al gobierno, suscitando toda la atracción que ésta condición concede. Ocurre en el marco de un país todavía violento, pues, convengamos, aún la insurrección armada no se sabe definitivamente derrotada con los comicios de 1963, conmocionado por el hallazgo del cadáver de  Alberto Lovera y el pavoroso homicidio de la esposa de un diputado acción-democratista.

Curiosamente, al relacionar la prensa de tres decenios caraqueños, Manuel Alfredo Rodríguez finaliza su referencia al año (y al libro mismo), con un extenso obituario dando cuenta del fallecimiento de las personalidades destacadas por causas naturales y – asimismo – criminales, aunque esboza las obras de progreso que adelanta el gobierno de Raúl Leoni [2]. Empero, sentimos que, políticamente, la atención está centrada en las expectativas que generan las elecciones pautadas para 1968, como solución a los problemas en desarrollo y a la clara competencia por el liderazgo en la Venezuela que aún distaba de la polarización abierta en 1973.

Ugarte Pelayo es un actor importante en el juego político y, por supuesto, en las complejidades de la vida interna de los partidos de entonces que, además, contrasta con la triste y grosera simplicidad del presente. Víctor Manuel Reinoso dejó un testimonio periodístico que apunta muy bien al larense, presumiéndolo bajo un control absoluto de sus emociones: “Alirio Ugarte Pelayo no sólo ha sido el político de las últimas dos semanas. Ha sido el político del mes. De repente se halló en las puertas de la expulsión del partido del cual es Subsecretario, pero Alirio, en sus 42 años, ha aprendido mucho, sobre todo a ser sereno (…) De Ugarte no es fácil decir algo nuevo. Los periodistas están siempre detrás de él”  [Reinoso, 1966].

IV.-      Facetas de interés

Atendiendo nuestro presupuesto conceptual, identificamos cinco aspectos en la vida de Ugarte Pelayo que pueden suscitar el interés actual de legos y especialistas. Atañen al compromiso político más remoto y al más reciente, acentuando su más íntima preocupación y convicción sobre el tema militar, además de las inevitables vertientes personales: el trauma que lo aquejó y su inquietud intelectual.

1)         Héroe trágico

Ugarte Pelayo fue hijo extramatrimonial del reconocido general José Rafael Gabaldón y, aunque “muchas veces analizó el problema de su nacimiento (…) jamás lo hizo para juzgar a sus padres”, indica una importante biógrafa que,  además, accedió a los archivos personales del larense y publicó una parte de su correspondencia íntima. Autora que, por una parte,  nos remite a las costumbres de las familias reputadas de la época,  probablemente justificando el comportamiento del militar calificado como “jefe responsable de familia armoniosa y bien constituida”;  y, por otra, apuntado el trauma inevitable de una difícil crianza, advierte la “gallardía moral” de Ugarte Pelayo, quien consideró innecesario llevar el apellido paterno, como lo deseaban sus hermanos Gabaldón Márquez, siendo consecuente con la familia que lo acogió [Torres Molina: 7,10].

Destaquemos que esta circunstancia personalísima fue de dominio público, pues, la abordaba con franqueza Ugarte Pelayo en los medios escritos y audiovisuales [Reinoso, 1966].  En la Venezuela previa a la reforma del Código Civil de principios de los ochenta, fue amarga la distinción entre los hijos legítimos y los naturales, por lo que la situación del larense pudo enmarcarse en la de aquellos que, a pesar de las más adversas condiciones que impuso el no-reconocimiento paternal y formal, dignos de emular, lograron destacarse por sus realizaciones positivas así terminasen trágicamente su trayectoria heroica y susceptible del mito que la explicase.

Además, no por casualidad, Enrique Meléndez insiste en el profundo impacto que produjo en Venezuela  la versión de  ”El derecho de nacer” de Félix B. Caignet, melodrama que conjugaba elementos como los el racismo, los prejuicios sociales y el amor, con un final infeliz y de visos shakespeareanos en el caso de Ugarte Pelayo, calificándolo de “hombre sicótico”, capaz de pasar de pasar de la “euforia a la depresión más absoluta”, de acuerdo al  testimonio de Donato Villalba  [Meléndez: 177, 217, 223, 225]. Incurriendo en el obituario, damos cuenta que figuras estelares de la farándula radiotelevisiva de mediados de los sesenta, como Edgar Jiménez (“El Suavecito”) y Carlos Alcides González, fueron suicidas en un tiempo que constituyó un fenómeno aparentemente recurrente y que, en el caso de la dirigencia política, un destacado articulista que desempeñaba el oficio, anotó como una carencia de lo llamado por los psicólogos “éxtasis emotivo” para afrontar las adversidades, el miedo y el desencuentro [3].

2)         El compromiso político mediato

Nuestra contemporaneidad ha necesitado de un tiempo referente, primordial o fundante que la legitime y, unos, lo encuentran – derivado de la gesta independentista – en la llamada Revolución de Octubre (1945), y, otros, en los gobiernos que la precedieron ejemplificando una evolución segura y pacífica hacia la democracia. Aquélla fecha alcanza la fuerza y el vigor del mito, siendo lo “esencial” para las élites, no la historia de los dioses, sino la “situación primordial” que produjo y a la que debe volverse (“regressus”), más por un “esfuerzo del pensamiento” que por la vía de los rituales [Mircea: 119-121].

Ugarte Pelayo, líder emergente en 1958, no pertenecía al “tiempo primordial” e, incluso, como Arturo Uslar Pietri, fue víctima de los eventos, pero – ambos – contribuyeron, voluntaria e involuntariamente, a redibujar el proyecto original para hacerlo definitivamente viable a través del Pacto de Puntofijo. No obstante, uno y otro, tuvieron que soportar igualmente la descalificación de una adscripción que se hizo cada vez más remota.

Dirigente de trayectoria, el larense fue director de la Federación de Estudiantes Venezolanos (FEV) y victorioso concejal de Caracas, ya militante del gobernante Partido Democrático Venezolano (PDV) y, ya caído Isaías Medina Angarita, tomando la política “un camino de afro-cubano sabor rumbero”, como le dijo a Adolfo Blonval López, convencido que “desgraciadamente” el depuesto presidente no eliminó a los viejos oficiales ni admitió el voto directo [Cit. Torres Molina: 68 s., 161], se hará reportero de  importantes diarios, culminará sus estudios de derecho y ejercerá la docencia en la UCV. Al caer Rómulo Gallegos, por influencia nunca negada de Luis Felipe LLovera Páez, desempeñará la dirección de Política del ministerio de Relaciones Interiores y, después, la gobernación del estado Monagas, suficientes para el posterior denuesto del que se hizo acreedor.

Siendo director de Política del aludido ministerio, desmiente los señalamientos hechos sobre las condiciones en las que se encontraban los presos políticos y, al citar a los medios, refirió, trató de alertar a la propia Junta de Gobierno [Reinoso, 1966].  Gobernador en 1949, con una obra destacada, proclive a la consulta con el mismo Jóvito Villalba para algunos nombramientos [Torres Molina: 235], el también profesor de secundaria,  diligenciará ante Germán Suárez Flamerich, sucesor del malogrado Carlos Delgado-Chalbaud,   y en la convención de gobernadores, la reapertura de la UCV, negándose a destinar a los detenidos en el estado a Guasina y a inscribirse en el FEI, partido gubernamental.

Ha versado sobre un “frente de solidaridad nacional” con URD, COPEY (sic), representantes del lopecismo y del medinismo, como del comercio, agro e industria, intentando detener el fraude electoral de 1952, incluyendo diligencias concretas como la de hablar e intentar comprometer al jefe de la Guarnición de Caracas, coronel Hugo Fuentes, y al de la Guardia Nacional, mayor Oscar Tamayo Suárez: “… Es fue secreto y yo no lo voy a revelar, sino cuando escriba mis memorias. Todavía no pienso hacerlo (…) Creo que todo político debe escribir las suyas, por bien de la historia” [Reinoso, 1966].

Removido de la gobernación, sale al exilio voluntario en 1952 y, aludido por su colaboración con el gobierno militar, dijo   “contribuir al enrumbamiento  del país hacia una organización constitucional equilibrada” para “frenar las violencias de una demagogia chillona” y los “apetitos reaccionarios que de una vez quisieron monopolizar la voluntad militar”, insistiendo en una  gestión autónoma como gobernador. Ugarte Pelayo se marcha y, en el borrador de una carta dirigida a Jóvito Villalba, expresa que “siempre en acuerdo con usted, incluso cuando resolví regresar al país”  [Torres Molina: 163, 235].

3)         Convicción sobre la corporación castrense

Huelga comentar sobre el mito militar en Venezuela, como exclusivo forjador de la Independencia, beneficiario de otro como el del “gendarme necesario” e impoluto árbitro de los destinos del país. A la caída de la dictadura perezjimenista hubo reacciones extremas ante las Fuerzas Armadas, como la de rescindirlas completamente, facturándolas por el soporte que le dio, o la de devolverlas al poder, poniendo coto a todo desorden y anarquía.

Ugarte Pelayo procurará ponderarlas en el marco de la institucionalidad necesaria, propia del Estado de Derecho, dejando por sentada la incompatibilidad entre democracia y militarismo, pero a la vez – a propósito del respaldo a la candidatura presidencial del contralmirante Wolfgang Larrazábal, en 1958 – busca la precisión política no menos necesaria: “… Consideramos incorrecto proclamar que la democracia requiere un Presidente civil. Tan incorrecto y abusivo como afirmar que la estabilidad de las instituciones demanda un Presidente militar. La verdadera cuestión es otra. Venezuela necesita llevar a la Presidencia de la República a un hombre con talla de estadista, con sensibilidad histórica, con formación doctrinaria, con experiencia en el manejo de los resortes de la vida pública” (Ugarte Pelayo, 1960: 27 ss., 32 ss., 37 ss.). Sin embargo, está muy consciente del rol que ha jugado la entidad armada, demitificándola.

Entre los documentos privados del larense, revelador de sus íntimas convicciones, Torres Molina cita uno, suscrito en Madrid, en 1954, con el título “Meditaciones” (Torres Molina: 151-163). Lo consideramos relevante al versar en torno a “toda una concepción política del Estado, fundamentada sobre el predominio militar”, con una interesante mirada sociológica, acaso, un secreto a voces, pues,  las Fuerzas Armadas constituyeron y constituyen un canal de ascenso social, como lo ilustra Ana Teresa Torres en una escena de su novela, cuando el general Pardo vuelve a la casa en la cual fue sirviente [Torres: 37 s.],  Empero, en el siglo XXI, la exacerbación de los privilegios que le concedió el perezjimenato, traspasa las fronteras del delito.

Señala Ugarte Pelayo  un incremento de la organización castrense, cuya hipertrofia significa una “carga pesada para el régimen financiero de la Nación”, alcanzando las características de una “verdadera casta”, ventajista, excluyente, aislada con sus familias e íntimos, en urbanizaciones, edificios, escuelas, hospitales propios. Luce exagerado considerar al Ejército, desnaturalizándose,  como la más elevada institución del país, además de originaria y capaz de sustituir al Estado, convirtiéndose en árbitro permanente de la vida venezolana.

Entre el “instrumento personalista de un tirano” y el “instrumento técnico de un Estado constituido conforme a derecho”, opta por el soldado profesional, una institución armada de sólida estructura técnica, para la defensa nacional y garante de las instituciones, prohibida la “inmiscuencia permanente en la vida política”. Añade, “… No solamente es la República la que necesita de un ejército profesional y técnico para garantía de su evolución normal, sino que el Ejército necesita el Estado de Derecho para alcanzar su  plano más alto”.

Llega al escarnio, pues, al Ejército “se le convierte en cauda servil del afortunado que habla arrogándose el derecho de adivinar la voluntad de un cuerpo que carece de órganos precisos para analizar, formar y definir los elementos doctrinarios y prácticos de lo que pudiera ser su verdadera voluntad”, dándonos otra pista de una postura a reivindicar en el siglo XX.  Y, a los fines del presente trabajo, importa citar in extenso: “Históricamente, el Ejército venezolano es, mutatis mutandi, nuevo. Una criatura del gobierno de Gómez. En cierto modo, una conquista democrática en el camino hacia el Estado de Derecho. Por eso el Ejército venezolano no tiene glorias, por eso Venezuela no tiene glorias militares. Glorias guerreras que alcanzan dimensiones universales, sí.  Pero eso fue otra cosa. Esas glorias son tan de los actuales militares como de los periodistas o de los médicos o de los apicultores. Aquello fue el pueblo en armas. O las porciones del pueblo que sucesivamente se fueron sintiendo posesas  del genio de la libertad denominado Simón Bolívar, tomaron las armas y se fueron a calentar con su corazón los hielos de los Andes y a vestir sus desnudeces con los pendones arrogantes de los vencedores de Napoleón Bonaparte. No digo estas cosas para menospreciar a los actuales integrantes de las fuerzas armadas, ni para negar el valor de la función militar que el estamento castrense tiene la oportunidad de cumplir ahora. Simplemente señalo unas verdades por las cuales nadie debe ofenderse. Ni los escritores, ni los comerciantes, ni os agricultores, ni los militares libertaron a Venezuela. La libertó el pueblo, la libertó Bolívar; el pueblo de las montoneras y el Bolívar de las proclamas”.

4)         Inquietud intelectual

Hay claves más importantes que otras en el desarrollo del liderazgo político y nos preguntamos cuál fue  la decisiva de Ugarte Pelayo, susceptible de generar el mito correspondiente. Apartando otras cualidades, quizá haya que sintetizarla  en dos: una contrastante profundidad en el planteamiento y el relacionamiento interpersonal. Acaso, en esto se parecía a Domingo Alberto Rangel, cuya vocación por el estudio y su ascendencia en determinaron sectores juveniles,  le dieron un sello distintivo y controversial. 

Al glosar las posturas del larense, a propósito de la participación comicial  de los partidos ilegalizados, como el  PCV y el MIR, en el seno del Consejo Supremo Electoral del cual era representante de URD, Meléndez señala el testimonio recogido por Torres Molina. La disertación revelaba al “hombre que se movía en el terreno de la lógica y en el que no dejaba de estar presente el profundo espíritu democrático (…) planteadas irrefutablemente, lo que aquel señor expresaba, como cuando argumentaba, y lo que nos pone en evidencia a condición de dirigente político que fue Ugarte Pelayo  desde un punto de vista intelectual” [Meléndez: 210].

De sólida formación y estilo propio, es el responsable de adoctrinar a las nuevas generaciones surgidas de URD, surgidas al calor del llamado espíritu del 23 de Enero. No obstante, hay otras facetas en el mismo ámbito de la inteligencia que se expresa: “Este hombre fue un caso bien particular en la política venezolana. Se trataba de un poeta prestado a la función pública: un hombre de verbo fluido y profundo; lo que le había hecho labrarse un puesto en la arena pública en una forma prematura, que le granjeó numerosas  enemistades, producto de una cierta envidia que genera” [Meléndez: 216].

Compartirá gustos e inquietudes con muchos de sus coetáneos, pero – convengamos – ahora se exhibiría como una “personalidad extravagante”. Torres Molina cuenta que hizo un curso de historia de la pintura en el Museo del Prado y en la Escuela del Louvre, redactando una obra inédita (“Lo abstracto y lo concreto en la historia de la pintura”), lo cual explica algunos de los artículos que la vieja prensa recoge; y  agrega: “Amaba sus libros, sus muebles, sus cuadros, sus esculturas”, pues, “los límites de su cultura y capacidad creadora eran imponderables, imposibles de precisar” (Torres Molina: 43).

El mito, expresado en un mitologema, está representado por imágenes y símbolos que sobrepasan todo cuestionamiento conceptual y, como refiere la literatura especializada, no es un mero relato, sino una realidad vivida. Probablemente, por estas facetas enunciadas, como las que exhibió Ugarte Pelayo, podrá verse reivindicado por estos años, sobre todo por razón del  contraste que, en líneas generales,  ofrece con el dirigente político de hoy con escasas preocupaciones intelectuales, añadidos aquellos ámbitos como la música o el arte.

El emblema por excelencia de un líder culto fue Arturo Uslar Pietri y, ahora, después de una excesiva banalidad de los dirigentes capturados por el solo instante mediático, haya una recuperación de aquél que también genere confianza por sus dotes personales. Independientemente de toda adscripción política e ideológica. Mutatis mutandi, la actual atracción que ocasiona Henry Ramos Allup, entendemos, no se debe solamente al “kilometraje político” que expone, sino a la capacidad de argumentar qué es un delito, en medio del acalorado debate parlamentario, juzgado como un aleccionador jurídico, por lo visto en las redes sociales.

5)         El compromiso político inmediato

Después de 1958, se abre el otro tiempo primordial o fundante, dispuestos los actores políticos a corregir los yerros del llamado Trienio Adeco. Ugarte Pelayo, quien contactó a la Junta Patriótica y se convirtió en funcionario indispensable de la Junta Provisional de Gobierno, desempeñará roles muy importantes en la difícil transición política.

Después de la detención de 1963, acusado de conspirador, ocupará una curul parlamentaria al año siguiente. Presidirá la cámara de Diputados y, simultáneamente la subsecretaría general de un partido decisivo, como URD. Hay capacidad de despliegue en un juego político altamente competitivo, dentro y – con mayor razón – fuera de la entidad amarilla que preside – nada más y nada menos – el mítico  Jóvito Villalba.

El larense aludía hacia 1964: “La polémica política ha padecido en los últimos años de un gran vicio: el de sustituir la información por la calumnia, el argumento por el insulto, la razón por el odio. Y el país está cansado de eso. Si los dirigentes de Partido permitimos que esa realidad negativa se prolongue, los Partidos van a quedar al margen de los intereses históricos de la Nación y las fuerzas sociales terminarán por buscar otro camino. O hacemos una política constructiva desde el Gobierno y desde la Oposición, o el régimen democrático quiebra”, expresando más adelante, sobre las candidaturas presidenciales, la “necesidad de un entendimiento” a objeto de mantener las instituciones, salvando así lo fundamental del proceso democrático (Cit. Torres Molina: 58 s.).

O, empleando una retórica que, en el presente, puede convertirse en  toda una seductora novedad,  luego del envilecido lenguaje público, Ugarte Pelayo manifestaba en la cámara hacia 1965: “El sentido del presente y la clave de nuestro futuro están en la realización en el país de una democracia funcional y de un venezolanismo  revolucionario, dando a la palabra revolución el sentido realizador de la creación fecunda y no el catastrófico de la estéril destrucción; dando al concepto de venezolanismo su alcance bolivariano de afirmación de lo patriótico para lo universal; dando a la idea de funcional una significación pragmática de operatividad a favor de las mayorías, sin el sacrificio de los valores individuales y estamentales …” [Ugarte Pelayo, 1965: 115].

Hará una vida intensa de partido hasta su expulsión, sugerida una línea de deslealtad, como la de celebrar reuniones sociales nada inocentes, con representación de los más diversos sectores políticos y económicos, añadidas las personalidades de la extrema izquierda [4]. De insostenible posición, buscará fundar otra organización política.

V.-       ¿La emergencia de un mito?

Políticamente, el mito asegura la unidad, la participación, la claridad y la predisposición favorable hacia una determinada causa tomada por histórica, primordial o fundante. En la Venezuela del siglo XXI, agotada la versión que impulsó e impuso Chávez Frías de un interesado bolivarianismo,  se abre la posibilidad para una distinta interpretación de lo que se concibe como una transición política que necesitará de referentes, hechos y actores que faciliten la recuperación de valores, hazañas y testimonios que la hagan viable.

Probablemente, la experiencia democrático-representativa ofrezca una orientación indispensable para la otra experiencia pendiente,  propia de la nueva centuria, signada por una radical incertidumbre. Hubo situaciones muy duras y complejas de zanjar, líderes de cualidades a descubrir, como testimonios de lucha que comprender y retomar, pero – de un lado – se trata de volver al espíritu de una época – anterior a las grandes bonanzas petroleras –  a la que no da tiempo para abordajes racionales, importando una interpretación que integre, movilice, esclarezca y estabilice; y – por otro – sugiere un inventario, porque también generó una mitología de la ultraizquierda que sepultó cualesquiera otras de las manifestaciones de centro, centro-derecha y centro-izquierda, como un poco  puede apreciarse a lo largo de la obra de Ana Teresa Torres [5]. Es  decir, la transición apunta a la producción más o menos espontánea de un mitologema que le otorgue la certeza que la única explicación racional no concede para los efectos políticos deseados.

1)         El régimen mítico

La sentencia popular de “éramos felices y no lo sabíamos” aporta a la hipótesis planteada sobre la atención que podemos prestar a la década de los sesenta, en la que comenzó a construirse la democracia representativa que derrotó, por cierto, la subversión exportada desde Cuba. He acá la originalidad extravagante de Mircea, nuevamente magnificados eventos,  como los que nos dieron sello e identidad: 23 de Enero de 1958 [6].

Se dirá, retomaremos el curso de la historia, con el mito correspondiente de renovación [Mircea: 42]. Ugarte Pelayo, incluso, emplea un lenguaje que puede resultar atractivo para las nuevas generaciones hastiadas por las consignas, colándose un propósito programático, pues, imputó la caída de Pérez Jiménez a un “estado polifacético de conciencia”, en el que  todos los sectores civiles y militares “terminaron por paralizar al régimen” y, “a la hora de formar Gobierno no hubo una avalancha de triunfadores enardecidos sino una composición de fuerzas responsabilizadas”. Y ante los viejos rencores y posiciones excluyentes, “el primer valor a defender es el de la estabilidad de las instituciones” (Ugarte Pelayo, 1960: 23 ss.).

La “edad de oro” cuenta con una poderosa fuerza didáctica, acaso insustituible al tratarse de recuperar los niveles de calidad de vida que hemos perdido, incluyendo el funcionamiento de los partidos políticos [7].  Al respecto, la trayectoria del larense, añadido su heroísmo trágico,  ayudará a reivindicar adicionalmente instituciones como la  de los medios de comunicación a los que libremente podemos exponernos o el mismo parlamento, como escenario de una polémica indomable.

2)         La personalidad mítica

Que haya varias cuentas en Twitter, con el nombre de “Alirio Ugarte Pelayo”, independientemente de sus contenidos, es algo revelador. Acaso, cumplimentan al mito como suerte de póliza, pues, “garantiza al hombre que lo que se dispone a hacer ha sido ya hecho, le ayuda a borrar las dudas que pudiera concebir sobre el resultado de su empresa” [Mircea: 149].

La trayectoria del larense, puede atraer a quienes – además – incursionan actualmente en la política, aún sin tenerla, obviando algunas de sus convicciones, como la favorable al centralismo democrático al escribir en 1959 en torno a casos marginales de indisciplina partidista  [Ugarte Pelayo, 1960: 133], o aplaudiendo la defensa del libre mercado. Intentando tomar a título de inventario algunas de las vicisitudes políticas frecuentemente detestadas, como las intrigas internas, las denuncias sobre un acercamiento con Pérez Jiménez, la oferta de fusión de pequeños partidos, entre otros de múltiples aspectos inherentes a la pasión política [Torres Molina: 244 s., 246 s., 249 s.]. Sin embargo, luego de su desaparición física, el fundado MDI, dirigido por Raimundo Verde Rojas, coincidió con el perezjimenismo, por añadidura, en reclamo de la libertad de Laureano Vallenilla-Lanz [8].

Por varias décadas, fue casi una hazaña que algún dirigente político se declarase abiertamente como liberal.  Ugarte Pelayo, reclamaba para sí tal postura, adscrito al liberalismo popular defendido por URD,  “sin contradicciones” frente a la “aberración impropiamente liberal” que acepta al  hombre aislado, explotado y envilecido, comprobando  la “necesidad y aún la conveniencia del desarrollo capitalista que cumple el país”, aunque – nacionalista ortodoxo - es partidario del petróleo bajo control del Estado por “conveniencia nacional”, ecléctico para “aprovechar lo mejor” del marxismo y del capitalismo  [Ugarte Pelayo, 1960: 9 ss.; Torres Molina: 230; Reinoso, 1966].

La “estrella fugaz de la política” [Meléndez: 195], puede suscitar interés en quienes buscan una personalidad mítica a la cual imitar, diferente a las que suelen ponerse en la mesa en el nuevo siglo. Apartando la natural inquietud histórica, quizá hablamos de un postrero poder carismático.

Notas
[1]        Una rápida revisión de la prensa, especialmente el diario El Nacional, Caracas, nos permite constatar que, al celebrarse el primer mes del suicidio de Ugarte Pelayo, otras noticias se imponen como la aprehensión y, luego, muerte de Fabricio Ojeda, en junio de 1966, añadido el agasajo que Jóvito Villalba le dispensara al visitante Carlos Lleras Restrepo. En la edición del 19/05/76 del citado periódico, aparece – además del obituario – un aviso pagado del Movimiento Alirista en los días que se adelantaba  un proyecto de reforma del Código Civil, fuese reprimida la protesta de calle promovida por COPEI, o siguiese el caso de William Niehous, recordado el décimo aniversario de la muerte de Lucas Manzano y conmovida la opinión pública por el trágico accidente de  tránsito de Aquiles Nazoa.  Para el 19/05/86, persiste el modesto obituario, mientras se celebra al octogenario Arturo Uslar Pietri, está planteado el Plan Eléctrico Nacional, se habla de guyaneses en territorio venezolano y la Iglesia Católica difunde una importante carta.
[2]        Rodríguez, Manuel Alfredo (1975) “Tres décadas caraqueñas 1935-1966”, Editorial Fuentes, Caracas, 2004: 199-202.
[3]        Al parecer, el suicidio fue una práctica frecuente en Venezuela y, al explorar rápidamente la red, nos encontramos – por ejemplo – con afirmaciones como la de “otro dato importante es que desde el año 1965 al 1987 la incidencia de suicido entre los adolescentes y los jóvenes se triplicó, y en los últimos 10 años este porcentaje ha disminuido…”,  en: S/f. “Suicidio, signos y síntomas”, en:  http://www.psicologiavenezuela.net/suicidio-signos-y-sintomas/).  A propósito de Ugarte Pelayo y Fabricio Ojeda, en el concierto de las cada vez más escasas notas directas que suscitaba el larense, Cárdenas se afianza en Ignacio Lepp para aseverar: “El triunfador presente puede ser el olvidado del futuro. El político descalabrado hoy puede ser quien marque mañana el paso de la historia” y “mientras el combatiente no ha agotado la esperanza tiene fácil la lucha”, en: Cárdenas, Rodolfo José (1966) “Afrontamiento del combate despiadado”, El Nacional, Caracas, 24/06.
[4]        Hernández, Humberto J. (1966) “Afirma Jóvito Villalba: La unidad interna de URD está más fuerte que nunca”, La Esfera, Caracas, 22/01.
[5]        Asegura García-Pelayo: “… Las representaciones míticas pueden tener  también su punto de partida en personajes, acontecimientos o estructuras históricas a las que, sin embargo, se imagina de modo que no corresponde a la realidad o, al menos, que no satisfacen la prueba entre lo proclamado y la realidad”; y, además (…)  el  mito no trata de satisfacer una necesidad de conocimiento y de conducta racionales, sino una necesidad existencial de instalación y de orientación ante las cosas, fundamentada en la emoción y en el sentimiento y, en algunos casos, en profundas intuiciones, todo lo cual no excluye que subsidiariamente el mitologema pueda incluir algunos componentes racionales o que, sin ponerlo en cuestión, puedan desarrollarse, partiendo de él, ciertos argumentos lógicos”. Vid. García.Pelayo, Manuel (1991) “Obras completas”, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2009, II: 1735 s.
[6]        Independientemente de los hechos realmente acaecidos, Dávila versa sobre la magnificación del mito de los orígenes centrado en el 23-E,  con la vastedad de  promesas para una nueva sociedad. Vid. Dávila, Luis Ricardo.  Momentos fundacionales del imaginario democrático venezolano”, en: AA. VV. (2006) “Mitos políticos en las sociedades andinas. Orígenes, invenciones y ficciones”, Equinoccio-Universidad de Marne-Vallée-Instituto Francés de Estudios Andinos,  Caracas: 152).- Las crisis también se explican por las irracionalidades que emergen para solventarlas. Al versar sobre aporte de García-Pelayo, Leáñez Sievert comenta – por ejemplo - que “el mito explica lo que en nuestros tiempos corresponde a la ciencia y sirve de norma a la vida”. Vid. Leáñez Sievert (2005) “Mito y política medieval en la obra de García-Pelayo”.  Fundación Manuel García Pelayo, Caracas: 14.- Sin embargo, la experiencia venezolana de más de década y media, no está avalada precisamente por la racionalidad del debate, así se diga de la propuesta oficial del llamado socialismo del siglo XXI. Todo lo contrario, hemos recobrado representaciones que – en un momento – se presumieron superadas, amén de la continuamente debilitada influencia que ha tenido la academia en el marco de una opinión pública controlada en todo  lo posible por el régimen. A propósito de Leáñez Siervet, constatamos que muy escasamente se recurre a la noción de una sociedad sin clases, las invocaciones anti-imperialistas lucen indigeribles, como la propia condena al Estado liberal-bugués, a favor del culto exacerbado a la personalidad de Chávez Frías, trasunto del bolivariano, agregada otras manifestaciones mágico-religiosas, que suscitan fascinación e integran emocionalmente a sus partidarios. En la acera opuesta, desafiando la consabida satanización hecha en torno a las décadas del puntofijismo, gana difusión aquella convicción de que “éramos felices y no lo sabíamos”. 
[7]        El mito supone la búsqueda constante de los orígenes que concedan una orientación masiva y coherente ante los retos actuales, por la fuerza de sus representaciones. Orígenes susceptibles del cuestionamiento que lleva – precisamente – a los esfuerzos parciales de demitificación. En su sistemático, directo y quizá decisivo ensayo que deja atrás otros intentos de análisis conocidos en los últimos años, Perera advierte que “mirar al futuro sin ver para atrás es para acordarnos que no existió la ‘edad de oro’, que durante los gobiernos pasados, aunque sin duda en una escala muy inferior, también presenciamos el cierre de periódicos, los asesinatos políticos, el encarcelamiento de los periodistas y el allanamiento de universidades”. Vid. Perera, Miguel Ángel (2012) “Venezuela ¿Nación o tribu? La herencia de Chávez”, Universidad Central de Venezuela, Caracas: 298.- Apartando cualquier matiz o discrepancia, convengamos en la necesidad de un referente fundacional, siendo el más lejano el propio nacimiento a la vida republicana y, el más cercano, el de la democracia representativa. O en todo caso, siendo nuestra hipótesis, la recuperación de los hechos y de los  líderes arquetípicos que los hicieron posible de una forma u otra, incluyendo un elemento quizá inadvertido y también innecesario cuando hay estabilidad institucional, como el del “mucho coraje físico” observado en: Caballero, Manuel (1998) “Las crisis de la Venezuela contemporánea”, Monte Ávila Editores-Contraloría General de la República, Caracas: 52.
[8]        Formalizado como “Movimiento Alirista”, en octubre de 1966, el MDI contó entre sus fundadores a “Villa Torres de Molina”, por lo que descartamos que la obra de Torres Molina haya sido meramente por encargo. Vid. Manuel Vicente Magallanes (1973) “Los partidos políticos en la evolución histórica de Venezuela”, Ediciones Centauro, Caracas, 1983: 497 s.-  Llama la atención que, incluso, en Wikileaks, haya registros de esa cercanía con el perezjimenismo:

Referencias esenciales:
Eliade, Mircea (1963) “Mito y realidad”, Editorial Labor, Barcelona, 1992. 
Meléndez, Enrique (2007) “Mi partido y yo, yo y mi partido”, Editorial Venezelia, Caracas.
Reinoso, Víctor Manuel (1966) “!Sensacional! Alirio se confiesa”, Élite, Caracas, nr. 2102 del 05/02;
Rivas Aguilar, Ramón A. (1988) “Ugarte Pelayo, Alirio”, en: Diccionario de Historia de Venezuela, Fundación Polar, Caracas, tomo III.
Torres, Ana Teresa (1999) “Los últimos espectadores del acorazado Potemkin”, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas.
Torres Molina, Billha (1968) “Alirio”, Cromotip, Caracas.
Ugarte Pelayo, Alirio (1960) “Destino democrático venezolano”, Editorial América Nueva, México.
--- (1965) “Discursos parlamentarios”, Publicaciones de la Secretaría de la Cámara de Diputados, Caracas.
Villegas, Carlos (1966) “Ugarte Pelayo: No represento ninguna nueva corriente en URD”, La Esfera, Caracas, 22/01.

Breve selección iconográfica:


La primera y la segunda gráficas, fueron muy difundidas en la década de los sesenta del XX, en los tiempos que Ugarte Pelayo desempeñó funciones de gobierno a raíz del derrocamiento de Rómulo Gallegos. Incluso, con mayor malicia, la segunda en la que se encuentra junto a Marcos Pérez Jiménez, Rubén Corredor y Carlos Delgado Chalbaud (tomadas del reportaje con motivo del suicidio, publicado por la revista Élite, Caracas, en 1966). La tercera, pertenece a una crónica de la Convención de Gobernadores (Élite, 1951).


Fotografías emblemáticas de los sesenta. La segunda, tomada de la obra de Bhilla Torres Molina y, la tercera, cuyo autor fue Tony Rodríguez, de la edición de un semanario caraqueño, pocos meses antes del trágico suceso (Élite, 1966).



La primera, atribuida por Torres Molina a la sesión del directorio de URD que expulsó al larense. La segunda, primera plana de un diario caraqueño (La Esfera, 1966) y, la tercera, alusión en una sección de comentarios confidenciales de un magazine (Momento, Caracas, 1966), antes del deceso.


La primera fotografía, responde a la portada de un reportaje alusivo al suicidio (Momento, 1966). La segunda, cuyo autor es Tony Rodríguez, respalda la entrevista realizada por Víctor Manuel Reinoso (Élite, 1966). La tercera es un comunicado del Movimiento Alirista, a diez años del deceso (El Nacional, 1976).


Quizá una constante en la iconografía de Ugarte  Pelayo, es el cigarrillo, por cierto, algo natural para la época, como lo ejemplifica la fotografía de Carlos Flores, publicada antes del suicidio (Élite, 1966). E, igualmente, en la mecedora hogareña.  Distinto a a los años recientes, por aquéllos era normal que el liderazgo político también concediese entrevistas a los periodistas, en la propia casa de habitación y se divulgase las gráficas de familiares, sin riesgo.

Breve nota LB.- No sabíamos de estas versiones en Youtube https://www.youtube.com/watch?v=qwlp1rIjazo  y  https://www.youtube.com/watch?v=3h68CGo7f_s, descubiertas recientemente, ni de artículos como https://www.elnacional.com/author/col-adellachiesa/, uno de los productores del programa en la red citado (17/05/2021)