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martes, 28 de enero de 2020

EL RETO FILOLÓGICO DE LA CONTINUIDAD DESEADA

La Reconquista a debate
Rafael Sánchez Saus / ABC

A los españoles de mi generación se nos hace difícil comprender cómo ha llegado a ser tan controvertido el término y el concepto mismo de Reconquista. Tengo ante los ojos el que fuera quizá el manual de Historia Medieval de España más utilizado por los estudiantes de los setenta y los ochenta, debido a un catedrático reconocidamente marxista, José Luis Martín. En él se mostraba reticente hacia la idea de «reconquista», en la medida en que, aclaraba, no hubo siete siglos de luchas continuas movidas por ideales religiosos -algo que hoy, y creo que ya entonces, ningún historiador pretendía-, pero no dudaba en aplicarla para dar cuenta del «avance de las fronteras de los reinos y condados del norte» sobre Al Andalus. Desde entonces la historiografía española ha cambiado mucho, en general para bien, pero evidentemente no podía permanecer inmune al gran debate que desde hace algún tiempo se plantea sobre la existencia misma de España como sujeto histórico, debate que permea todos los grandes procesos y acontecimientos como se ha demostrado, en estos días, con motivo de la conmemoración de la primera circunnavegación del mundo.

Un extranjero, aunque nos conoce muy bien, y ajeno al medievalismo aunque no a la historia, el gran Stanley Payne ha sido capaz de saltar por encima de los charcos de la crónica menor para explicarnos el rango que la Reconquista debiera tener en nuestra historia nacional y en la de la humanidad: «El gran proceso de recuperación y creación conocido escuetamente como la Reconquista es, si se toman en cuenta todas sus dimensiones, un acontecimiento absolutamente único en la Historia, y habría dado a España un papel destacado y sin precedentes en la historia universal, incluso si su pie y huella no hubiera llegado nunca a América».

Frente a esta visión tan potente, ¿somos conscientes los historiadores y medievalistas españoles de hoy de la importancia extraordinaria de lo que Payne observa, tanto si nos adherimos a su juicio como si no? Porque lo que sorprende en el actual y fiero debate sobre la idea de Reconquista es la insistencia en cuestiones de tan escaso porte real como la inexistencia del término en tiempos medievales ni antes de fines del siglo XVIII, o lo supuestamente inapropiado del concepto para describir fenómenos de indudable complejidad que comprendieron no sólo la ocupación territorial, también en buena medida la sustitución de las poblaciones y de la cultura allí asentadas desde hacía muchas generaciones.

El primer reproche, quizá el más repetido hoy, es casi infantil. Todos sabemos que las denominaciones empleadas por los historiadores desde hace varios siglos, tampoco precisamente desde ayer, para referirse a acontecimientos o procesos complejos y de larga duración no son prácticamente nunca contemporáneas a los hechos. La gran mayoría son un producto de la historiografía decimonónica, la primera que los estudió percibiendo o creyendo percibir la unidad que les da sentido, y así han llegado hasta nuestros días esos términos quizá no del todo apropiados pero necesarios para la comprensión histórica, y no digamos para la docencia: «invasiones bárbaras», «imperio bizantino», «califato de Córdoba», «guerra de los Cien Años»… y tantos otros que nunca fueron empleados por las gentes que los protagonizaron, pero sin los que sería imposible una mera conversación sobre los hechos que compendian.

El término Reconquista no podía nacer en la Edad Media porque el latín no lo posee, ni siquiera como idea estricta, pero los españoles de aquellos siglos sí usaron otros poco diferentes para referirse a lo mismo que la palabra «reconquista» evoca: el largo y dificultoso proceso de ocupación del territorio hispano en manos del islam, acompañado de la voluntad de extinción de Al Andalus, considerada ilegítima su propia existencia. Entre los conceptos entonces empleados para designarlo, el de Restauratio Hispaniae fue el más habitual y, al mismo tiempo, el más abarcador y el más cargado ideológicamente. La Restauración de España no podía consistir, tal como se la concebía, en una mera conquista militar, implicaba también el regreso a las formas idealizadas de la Spania anterior a la invasión islámica. Ese ideal goticista, ya desde el siglo IX, identificaba el solar hispano con un pueblo y un reino, heredero del de Toledo, y con una fe, la católica. ¿Debiéramos sustituir Reconquista por Restauración de España? No parecen esas las intenciones de los críticos.

La otra objeción, la de cómo llamar Reconquista a la ocupación de territorios que los cristianos no poseían desde hacía varios siglos, puede parecer más consistente. Sin embargo, teniendo en cuenta que el término responde inequívocamente a la perspectiva de los reinos norteños, de los que los españoles posteriores siempre se han considerado continuadores hasta hoy, lo que hace es subrayar precisamente la fuerte convicción de los conquistadores de estar recuperando algo que era suyo y legítimamente les pertenecía, aunque hubiera sido ocupado durante siglos por gentes sin derecho a ello. Lo indudable es que para que un convencimiento así llegue a cuajar y a formar parte de la identidad de una comunidad, se hace completamente necesario un sentimiento de continuidad entre los reinos cristianos y la España perdida. Ese sentimiento de continuidad, al menos desde el siglo IX, es claramente perceptible.

Pero como sucede a menudo, la justificación y pervivencia del término Reconquista puede estar asegurada por la inexistencia de otro mejor, por la incapacidad de quienes lo rechazan para proponer otro que no posea una tal carga ideológica actual que su empleo pueda hacerse sin repulsión. Historiadores y filólogos debieran ser capaces de prescindir de las suspicacias ideológicas más que científicas que una expresión de tanta solera como Reconquista genera, conseguir separarse de la carga emocional que algunos siguen proyectando sobre acontecimientos irreversibles desde hace cientos de años, como si la resurrección de un Al Andalus mitificado dependiera de ellos y sus trabajos, y comprender que lo que interesa a todos conocer y explicar, más que el nombre, es la magnitud de los fenómenos históricos que el concepto de Reconquista sintetiza.

No podemos hacernos muchas ilusiones: el problema no reside en aceptar o rechazar una mera palabra más o menos apropiada, ni siquiera una idea asociada a un término, a lo que muchos se niegan es a reconocer la formación de una gran realidad histórica y cultural sobre la noción conservada de otra preexistente y el empeño de muchas generaciones en su recuperación. La primera, procedente de los tiempos godos; la segunda, la que la Reconquista cuajó. Cada una fue hija de su tiempo y entre ellas existió un enorme hiato, aunque también evidentes continuidades. Ambas fueron y en buena medida siguen siendo una y la misma España que hoy nos acoge a todos.
(*) Rafael Sánchez Saus es Catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Cádiz.

24/01/2020:
https://www.almendron.com/tribuna/la-reconquista-a-debate/
https://www.abc.es/opinion/abci-rafael-sanchez-saus-reconquista-debate-202001232308_noticia.html

lunes, 28 de agosto de 2017

TORNA

EL MUNDO, Barcelona, 24 de agosto de 2017
 FUERA DE LÍNEA
El mito de Al Andalus
Fernando Palmero

Ha dedicado Serafín Fanjul varias obras a desmontar la interpretación idílica de la Hispania musulmana, esa que por ignorancia de lo sucedido en la Península entre los siglos VIII y XV quiere ver en Al Andalus una arcadia donde convivían de manera pacífica tres religiones y en la que el arte, la ciencia y la cultura alcanzaron las mayores cotas de desarrollo jamás conocidas. Pero ni hubo tolerancia ni nadie la pretendía. Durante el tiempo que tardó en islamizarse por completo el territorio, alrededor de dos siglos, las comunidades cristiana y judía pudieron seguir practicando sus cultos y viviendo como lo habían hecho hasta entonces, pagando, eso sí, desorbitados impuestos a los conquistadores musulmanes. Pero cuando el poder omeya se consolidó, y luego el almorávide y el almohade, llegaron las matanzas, las expulsiones y la obligatoriedad de seguir en todo los preceptos del islam, que no es precisamente una religión de paz. Quizá ninguna lo sea y mucho menos en la Edad Media, porque cuando las tornas cambiaron, moriscos y judíos hubieron de someterse, también violentamente, al imperio de la cristiandad.

No fue Al Andalus ningún paraíso, todo lo contrario. En sus diferentes etapas las minorías fueron reprimidas con mayor o menor severidad según se desarrollaba la guerra con los reinos cristianos, pero nunca dejó de operar la rigurosa legislación coránica, que afectaba fundamentalmente a las mujeres, y convertía en enemigos a quienes no se sometían a sus preceptos. Quizá por eso, añorando aquella irrespirable teocracia, su pérdida representa simbólicamente para muchos musulmanes piadosos una afrenta que requiere de venganza. Tanto Al Qaeda como el Estado Islámico hablan en sus escritos de propaganda de "reconquistar Al Andalus". No hay que olvidar que, en un ejercicio de proyección retrospectiva propio de los iluminados que pretenden encontrar en el pasado una línea de continuidad en el presente, estos dos grupos terroristas celebran, tras cada atentado, la muerte de "cruzados y judíos".

Pero el sentimiento de que la Península ibérica debe volver a formar parte de la umma, esto es, la comunidad de creyentes, no es exclusivo de los yihadistas. En La quimera de Al Andalus, Fanjul reproduce el contenido de algunos libros de texto oficiales en la Siria de Asad. En ellos se presenta la invasión del 711 no como un acto de conquista, sino como la recuperación de un territorio, la Iberia prerromana, de influencia semita, y se lamenta de la derrota de las tropas árabes en Poitiers, porque de haber vencido, "hubieran dominado la Galia y la Europa occidental y hubiera cambiado la faz de la historia, siendo el Corán y la lengua árabe lo que se enseñaría ahora en la Universidad de Oxford". Si hubiera habido Universidad de Oxford, claro, apostilla Fanjul.

Es obvio que a la mayor parte de los musulmanes, al menos a los que viven en España, los delirios de reconquista y de restitución de agravios históricos les suenan a propaganda de grupos de descerebrados. No a todos, sin embargo. Hoy, como entonces, las dos comunidades religiosas se miran con recelo, pero por fortuna nuestro Estado tiene herramientas suficientes para evitar que estalle el conflicto latente que existe en muchos lugares del país. En las fronterizas Ceuta y Melilla, por supuesto, pero también en Barcelona o en muchos pueblos de Huelva o Almería, donde la convivencia no siempre es fácil, aunque no se haya llegado a la situación que se vive en Francia, especialmente en París. Evitar la guetización y fomentar la integración social son dos batallas que las autoridades no deben dejar de dar, exigiendo que todos los ciudadanos, independientemente de su religión, se sometan por igual a la ley.
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/08/24/599db272ca4741e7198b45ea.html
Ilustracion: http://www.abc.es/historia/abci-musulmanes-implantaron-regimen-perverso-al-andalus-para-humillacion-cristianos-201601130134_noticia.html
Infografía:http://www.arteguias.com/alandalus.htm