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domingo, 29 de diciembre de 2019

TERRORISMO INTELECTUAL

Los filotiránicos
Edgar Cherubini 

En Francia, junto a los “guardianes del templo” comunista, conviven intelectuales, periodistas y dirigentes de izquierda que apoyan sin ningún pudor a los regímenes dictatoriales y corruptos de Cuba, Bolivia, Nicaragua y Venezuela, países que integran el Foro de São Paulo, la nueva internacional comunista aliada al crimen organizado en esos tristes trópicos. El apoyo de esa izquierda a los desmanes totalitarios de los caudillos caribeños es una pulsión que florece y da sus frutos en el terreno de la patología política. Siendo promotores del tercermundismo, algunos llegan a traicionar a sus propias sociedades, mientras que otros se expresan con eufemismos o mantienen un silencio cómplice dentro del political correctness de los sistemas democráticos del primer mundo donde viven cobijados en la seguridad de sus tribunas mediáticas o académicas sin temor a ser perseguidos por expresar sus ideas en libertad. Esos intelectuales han sido incapaces de desprenderse de sus camisas de fuerza ideológicas y como bien lo expresara Pascal Bruckner, viven una verdadera “ortopedia del pensamiento”.[1]
En la década de 1950, el filósofo Jean Paul Sartre dispensaba alabanzas al socialismo real de la URSS, pasando por alto la violación de los derechos humanos y los 20 millones de disidentes asesinados por el estalinismo, llegando a declarar en 1954: “En la URSS la libertad de crítica es total”. Dos años más tarde, en 1956, después de que el “Informe Krushev” destapara las crueldades del régimen, no vaciló en volcarse hacia la utopía revolucionaria caribeña. Sin ningún decoro comenzó entonces a proponer la idea del “hombre nuevo” inspirado en la Revolución cubana.
Según Isis Wirth, Huracán sobre al azúcar (Ouragan sur le sucre), los 16 artículos que Sartre hizo aparecer en France-Soir en 1960, fue la apología y la exégesis avant-la-lettre del castrismo. (…) El »especialista de las revoluciones» declaraba que con Castro jamás arribaría la época del terror. Lo más atroz para Wirth es la apologética teórica de la personalidad de Fidel Castro, aderezada con visos filosóficos: “Sartre analiza lo ‘sintético’ de su pensamiento, el carácter ‘totalizador’ -adjetivo del que aún no se cuidaba- de su sensibilidad. Castro no es una ‘totalidad’ singular sino el ‘todo’. ‘El es todos los hombres de la isla; fuera de esto, nada’. O, dicho de una manera más lírica: ‘Castro ya era la isla entera’. Sartre no vacila, incluso, en efectuarle un ‘análisis molecular’ y escribe, “Castro es como ‘el dios de Aristóteles, el primer motor’”. [2]
Fidel Castro, quien en vida expresó que “no quería morir sin ver incendiada Latinoamérica”, en 1994 le pasó el testigo a un militar golpista venezolano, de allí que Hugo Chávez comenzó por repetir los mismos eslóganes: “El hombre nuevo que el socialismo del siglo XXI dará a luz en Venezuela” y “Patria, socialismo o muerte”. Con esto último, sellaba lo ya demostrado por el nazismo y el comunismo, que las ideologías dogmáticas que adoptan “la muerte” como motto, son la fuente de un terrorismo de Estado, arrogándose el derecho de aniquilar en forma física o política a quienes se opongan a sus objetivos.
En los intelectuales de izquierda y muchos de los asesores políticos, analistas y periodistas europeos, amancebados con el régimen militarista y narcoterrorista que instauró Chávez y continuó Maduro, lo que ha privado es la transacción, el utilitarismo, el cinismo o la simple perversidad. Nos negamos a creer que se trata de ideología, ingenuidad o miopía, pues la llamada “revolución bolivariana”, que no es otra cosa que una mafia del crimen organizado está a mucha distancia de la práctica del socialismo democrático moderno del que tanto disfrutan y conversan puertas adentro, en los bistrots de moda o desde sus cómodas sillas académicas en prestigiosas universidades.
La seducción de Siracusa
El apoyo, el mutismo, el comportamiento adulante y complaciente a dictadores latinoamericanos como lo fueron Chávez y Castro y ahora Ortega, Morales y Maduro, que han destruido todo concepto de democracia, entre otros desgarramientos que ocurren en esas lejanas latitudes, nos recuerda la admonición de Mark Lilla en su asertivo ensayo “La seducción de Siracusa”. [3]
Lilla profundiza las razones que llevaron a muchos intelectuales europeos del siglo XX a avalar toda clase de tiranías y desviaciones al sentirse “seducidos por la fascinación del poder totalitario, sus líderes carismáticos o sus mesiánicas ideologías. Coreografiaron cuidadosamente sus viajes y paseos por los dominios de los tiranos, eso sí, con billetes de regreso en la mano. Las doctrinas del comunismo y el fascismo, del marxismo en todas sus barrocas mutaciones, del nacionalismo, del tiers mondisme, en ocasiones animadas por el odio contra el poder despótico, fueron todas capaces de generar feroces dictadores, pero también de cegar a los intelectuales ante sus crímenes”. Sobre los intelectuales europeos que apoyaron o que hoy apoyan estas aberraciones, Lilla es cáustico al afirmar: “La Europa continental alumbró dos grandes sistemas dictatoriales durante el siglo XX, el comunismo y el fascismo; del mismo modo, también creó un nuevo tipo social para el que necesitamos un nuevo nombre: el del “intelectual filotiránico”.
El terrorismo intelectual y el “efecto Lucifer”
Es conocida la actitud de asedio, descalificación y agresión demostrada por los intelectuales y medios de izquierda contra los que no piensan como ellos, siendo notorio en el caso de Aleksandr Solzhenitsin (1918-2008) durante su visita a París en 1974. Este físico y matemático ruso fue condenado a trabajos forzados en un campo de concentración o Gulag desde 1945 a 1956, por expresar opiniones contrarias al régimen estalinista en una carta dirigida a un amigo. Solzhenitsyn fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1970 y expulsado de la Unión Soviética en 1974, cuando el aparato de espionaje de la KGB se enteró de que el escritor había registrado las conversaciones con más de 100 disidentes políticos sobrevivientes como él, para dar a conocer los horrores a los que fueron sometidos durante su cautiverio en el Gulag. Se trataba de científicos, intelectuales, agricultores y gente del común que, aparte de los trabajos forzados y la falta de alimentos a los que estaban sometidos, debían sobrevivir a los hostigamientos de delincuentes y criminales recluidos en un mismo recinto, para que no tuvieran sosiego ni de día ni de noche. Solzhenitsyn resistió 11 años el infierno del Gulag.
Stéphane Courtois, editor de El libro negro del comunismo, señala: “El comunismo real, puso en funcionamiento una represión sistemática, hasta llegar a erigir el terror como forma de gobierno”[4]. Los actos criminales que significaron hostigamientos, prisión, asesinatos, tortura, exclusión social y deportaciones que arrojó la implantación del comunismo ofrecen un balance más terrible que el del nazismo. De acuerdo con dicho informe, se calcula en 20 millones de opositores asesinados en la URSS, de los cuales un gran porcentaje murió en los Gulags, sirviendo de modelo administrativo eficiente para los campos de exterminio nazis, gracias a los intercambios oficiales y protocolos secretos que se sucedieron durante el pacto ruso-alemán de 1939.
En el libro Archipiélago Gulag, metáfora que Solzhenitsyn utiliza para diseccionar ese sistema de prisiones, pudo publicarlo en París en diciembre de 1973, al enterarse de que el KGB había apresado y torturado hasta darle muerte a Elizaveta Voronyánskaya, su secretaria, exigiéndole revelara el lugar donde escondía el manuscrito original. En febrero de 1974 fue detenido y acusado de traición a la patria, a los pocos días lo despojaron de la ciudadanía soviética y lo deportaron a Alemania.
Bajo el título El terrorismo intelectual de la izquierda, Jean Sévillia[5] publica una crítica demoledora sobre la intelectualidad y los medios de comunicación ocupados por la izquierda en Francia. Entre otros temas, reproduce las opiniones sobre Solzhenitsyn del editorial de L’Humanité del 17 de enero de 1974: “La publicación del Archipiélago Gulag está enmarcada en una campaña antisoviética, destinada a distraer de la crisis que padecen los países capitalistas”. Le Monde, Le Nouvel Observateur, Tel Quel y otros medios no se quedan atrás, y califican a Solzhenitsyn de “traidor de la izquierda”, “colaboracionista de la derecha y del capital”, “máquina de guerra contra la URSS, contra el socialismo y contra la unión de la izquierda en Francia”, “profeta de la contrarrevolución” (Apostrophes, 1974), “es un personaje psíquicamente inquietante. Tiene un aspecto simiesco, es como un mono que con tristeza ve pasar a los que se pasean el domingo frente a su jaula” (Tel Quel, 1974).
Mientras estuvo en el país que se ha ufanado siempre de ser el campeón de los derechos humanos, denunció que aún estaban en funcionamiento en la URSS más de 2.000 Gulags, donde permanecían recluidos cinco millones de prisioneros políticos y que en ese mismo año la KGB había dado muerte a más de 20.000 disidentes. Es imperdonable que destacados intelectuales y dirigentes de la izquierda francesa guardaran silencio sobre esos hechos mientras sus acólitos asesinaban intelectualmente al escritor que había osado criticar el régimen comunista de Stalin. Es lo que conocemos como “efecto Lucifer” al que apunta el psiquiatra Philip Zimbardo, “El mal de la inacción o del silencio es una nueva forma del mal, que apoya a aquellos que perpetran el mal”.[6]
A raíz de la muerte de Stalin, las revelaciones del Informe Khrushchev en 1956 produjo por muchos años en dirigentes e intelectuales de izquierda una negación psicótica del totalitarismo soviético. El Partido Comunista francés tardó 17 años en reconocer la veracidad de dicho informe, de allí que sus dirigentes, junto a intelectuales y medios, avalaran por igual el sojuzgamiento a la URSS de los países del Europa del Este por el Pacto de Varsovia, la invasión a Hungría (1956) o el aplastamiento de la primavera de Praga (1968). Los que lograron distanciarse de esa distorsión cognitiva sobre Stalin corrieron presurosos a cantarle alabanzas a nuevos tiranos comunistas, en especial a Fidel Castro, el Stalin caribeño creador de un Gulag tropical donde recluyó a 11 millones de cubanos.
Thierry Wolton, periodista y ensayista francés, autor de Histoire Mondiale du Communisme, en una entrevista que le hace el diario Le Figaro,[7] le preguntan sobre la responsabilidad de los intelectuales, en particular los franceses, en el negacionismo de los crímenes cometidos por el comunismo y por qué esta ideología ejerce tal influencia en ellos. Wolton, alarmado por la carencia de reflexión después de la amplia cobertura de los medios internacionales con motivo del centenario de la Revolución rusa celebrada en 2017, expresó consternado: “Hace dos años, con motivo del centenario de octubre de 1917, un evento que dio origen al comunismo en el siglo XX se ha mantenido oculta por muchos clichés la realidad de esta trágica historia, a pesar de los hechos probados e indiscutibles. Esto es ‘negacionismo’, pues no es una interpretación de la historia, que sería una cuestión de opinión, sino la negación de la realidad. Continúan presentando el advenimiento del comunismo como una hermosa conquista del hombre, con sus gloriosas páginas tomadas de la propaganda de la época, destinadas precisamente a ocultar la realidad de la tragedia, ya que la mayoría de los medios reutilizaron ese mismo discurso propagandístico. (…) La actual negación de izquierda está arraigada en la ceguera de los intelectuales al comunismo durante el siglo XX”.
edgar.cherubini@gmail.com

[1] Pascal Bruckner, Le sanglot de l’homme blanc, Seuil, París, 1983.
[2] Isis Wirth, «El Evangelio según Jean-Paul Sartre», El Nuevo Herald, 26.10.2008.
[3] Mark Lilla, Pensadores temerarios, Debate, 2005.
[4] Stéphane Courtois, Le Livre noir du communisme: Crimes, terreur, répression. Ed. Robert Laffont, 1977.
[5] Jean Sévillia, Le terrorisme intellectuel. Ed. Tempus, 2000.
[6] Philip Zimbardo, The Lucifer Effect: Understanding the Evil. Penguin Random House, 2007.
[7] Thierry Wolton, «Il faut aussi combattre le négationnisme de gauche!». Le Figaro Premium – 22/04/2019.

Fuente:
Fotografía: Sartre en La Habana, en segundo plano el Che Guevara y (der) Fidel. © Alberto Korda.

miércoles, 2 de mayo de 2018

RUPTURA DE LA BIPOLARIDAD IDEOLÓGICA

EL UNIVERSAL, Caracas, 02 de mayo de 2018
Mayo francés: 50 años
Teódulo López Meléndez

El cansancio que lleva al Mayo francés tiene dos escritores emblemáticos que marcan el tiempo de la posguerra. Son Bertolt Brecht y Jean Paul Sartre, ambos estrechamente relacionados con el marxismo. Brecht había tomado del expresionismo un marcado acento contra los valores burgueses y asumido un lenguaje desmitificador en donde no faltaba la proclama de una “humanidad buena”, pero, y es su mérito, también una desmitificación lúcida de los mecanismos en el cual se apoyaba el sistema a combatir. Su visión del arte es antirromántica, una escogencia ética y moral. Ante la Europa que se cansa, Brecht aparece como el artífice de un planteamiento con vastas implicaciones históricas, políticas y sociales. El otro polo que solivianta a los cansados es Sartre. Él mismo un “cansado”. Convierte en sus textos lo absurdo y el divorcio con lo burgués en una experiencia psicológica que cala profundamente en la juventud europea. Sartre concientiza sobre una sensación de inutilidad, de falta de significado.

El deseo de superar esta situación es un abono muy fuerte para esa juventud cansada, hasta el punto de que en medio de las revueltas de París se le señala como el líder intelectual. El planteamiento existencialista urgía a cambios rápidos en la sociedad. La utopía estaba viva, las “causas justas” sobraban, para los protagonistas de la revuelta el objetivo era el magnificente de cambiar la sociedad. En el fondo la exigencia era de una nueva cultura.

En nuestro presente no existía un planteamiento de este tipo, hasta que aparecieron los “indignados”, hoy apenas una referencia lejana y casi en el olvido. La desesperación de Cioran no prende en el alma, porque es única y personal, sin propósitos de contagio.

La ruptura de la bipolaridad ideológica y el abandono de la utopía social, homogeneizaron el mensaje con la ayuda de la tecnología. El planteamiento de los que protestan contra las injusticias del capitalismo es para que se ablande, se comporte debidamente, asuma alguna característica de compasión: perdonar la deuda a los países pobres o no imponer recetas que aumenten la pobreza. Hoy se asume el populismo.

No estamos en un redescubrimiento de la vida como sucede cuando la amenaza de muerte ha cesado.

Fuente:
http://www.eluniversal.com/el-universal/7799/mayo-frances-anos

sábado, 2 de noviembre de 2013

SISMO DE CAMUS

EL NACIONAL - Domingo 27 de Octubre de 2013     Papel Literario/3
Albert Camus, 1913-1960
Camus, 100 años de luz

7 de noviembre de 1913, hace 100 años, nace en Mondovi, Argelia colonial francesa, muere el 4 de enero de 1960 al chocar su vehículo contra un árbol cerca de Le Petit-Villeblevin, Francia.
Sobre las causas se han publicado posteriormente especulaciones no confirmadas. Hijo de colonos franceses (pieds-noirs), de vida modesta: padre viñatero, madre analfabeta. Pronto se mudaron a Argel, donde el profesor Louis Germain lo introdujo en las letras y el saber de su tiempo. Camus, agradecido por siempre, le dedicó su discurso del Nobel, 1957.
Camus no fue indiferente ante la guerra anticolonial. ¡Ah! La guerra de Argelia. Sé cuando un escritor inmenso, como el autor de El extranjero y La peste, y uno de los últimos en pensar ­y demostrar­ que un intelectual tiene, no sólo el derecho, sino el deber de participar en todos los grandes combates que le impone su época: resistencia, antiestalinismo, lucha contra todas las dictaduras, independientemente de su color. Estas fueron sus primeras palabras. Es verdad que un muerto es, para siempre, contemporáneo de sus últimos gestos, sus últimas palabras. Es desconsolador, pero es verdad, que uno pertenece a su muerte como a su infancia. La infancia y la muerte de Albert Camus son lo que son: contemporáneas de esa maldita guerra: ¡Argelia! ¿Y la última palabra de Albert Camus, esa famosa frase sobre la justicia y su madre pronunciada en Estocolmo, la tarde del día en el que iba a recibir el Premio Nobel? Durante mucho tiempo pensé que era una frasecita de ésas que se le escapan a uno un día de hastío, porque ya no puede aguantar más la estupidez de las preguntas que le hacen y porque no mide todavía el eco que las circunstancias otorgan a su voz. La frase es: "Ninguna causa, aunque sea inocente y justa, me separará jamás de mi madre, que es la causa más importante que conozco en el mundo".
Camus ratifica la frase. La piensa con detalle. En ese texto, Camus dice por completo adiós a esta justicia en sí, y, para decirlo en una palabra, este universalismo que ha tratado de fundamentar durante su vida. "Actúa como si la máxima de tu acción pudiera erigirse, por voluntad tuya, es ley universal de la naturaleza". Ésa era la posición de Camus. El camusismo, y ésa era su virtud, quería ser un kantismo práctico. Y con la guerra de Argelia, se acabó. Es el primer árbol con el que se choca Albert Camus. Y es, se diga lo que se diga, su primer gran error político.
Ya que estoy haciendo un retrato de Albert Camus, quiero aprovechar para abrir un paréntesis sobre su madre. Existen algunos retratos de madres, bien caracterizados, en la historia de la literatura. Por supuesto, cada madre es única.
Para los escritores, como para los demás, ninguna madre se parece a otra. Pero la mala madre, no obstante, es un tipo bastante extendido. La buena madre, lo mismo: amante y maravillosa. Ahora bien, con Camus, nos encontramos con un tipo especial, un ejemplar único, un animal sin especie: la madre del gran escritor que no sólo no escribe sino que no habla, no oye; la madre silenciadora y silenciosa, la madre cuyo vocabulario se reduce a 400 palabras, la madre cuyo hijo no supo jamás del todo si habían sido unas fiebres tifoideas de joven las que le habían causado esa dificultad del habla, o una conmoción cerebral tras el anuncio de la muerte de su marido, el 11 de octubre de 1914 en un campo de batalla de Bretaña. Hay que oír bien lo que dice ahí Camus de su propia confusión. Hay que tratar de imaginarse al niño, y después al joven, levantándose antes del alba para correr a la Escuela de la República, en la que descubre los recursos del saber y los de los libros. Y hay que imaginar, a su regreso, en el pequeño apartamento de la calle de Argel en la que la madre y sus dos hijos duermen en la misma habitación, a esa madre amada con un amor absoluto cuando, sea cual sea la razón, no es posible ni hablarle, ni entender lo que dice, es decir, comunicarse con ella. Se puede interpretar en el sentido que se quiera. Ahí está el principio de una relación con el lenguaje hecha de fe y desconfianza, gratitud y escepticismo, que será una de las características del camusismo. Una situación exactamente contraria a la de Sartre, el niño maravilloso y nacido en un auténtico baño de palabras.
Regresemos al asunto argelino. Después de aquella frase terrible, Camus decide callarse. Y, para explicar ese famoso silencio de Camus, existen dos explicaciones clásicas. Si uno es anti-Camus, dice: "Es precisamente su situación, con su madre, su condición de piednoir que le impide entender nada de lo que está sucediendo; por tanto, se queda al margen de este gran acontecimiento de la historia del siglo XX que es la rebelión de los pueblos colonizados." Si uno es pro-Camus, dice: "Al contrario comprende todo, incluso antes que el resto de los intelectuales, porque él, además, aprende a salir del maniqueísmo, a contar hasta tres; sabe que la inevitable descolonización dará a luz, también inevitablemente, a regímenes tan dictatoriales o más que los anteriores a los que han sustituido, de forma que, si no habla de ello, no es porque se sienta sobrepasado, sino porque es un adelantado." La primera explicación es injusta, por supuesto: porque, ¿cómo convertir en militante de la Argelia francesa o en "colonizador humanista" al autor de los admirables reportajes sobre la miseria en la Cabilia, que son lo más poderoso que se ha escrito, junto con el Viaje al Congo de Gide, en materia de anticolonialismo? Pero la segunda explicación tampoco es acertada, porque desprecia una multitud de declaraciones en las que él explica que los beneficiarios auténticos del colonialismo, los únicos que merecen el epíteto infamante de colonialistas, son los "grandes" colonos y sus "socios" en la metrópolis, es decir, las doscientas y tantas familias en Argelia y en Francia que se benefician del régimen.
La verdad se encuentra entre los dos extremos. Y, sobre todo, creo que, en el sueño camusiano de una fraternidad entre "indígenas" y "blanquitos", de un Estado binacional que se ahorre los sufrimientos y los dramas de la independencia, hay la huella de una ingenuidad, de un optimismo, es decir, de una falta de sentido de lo Trágico, que es otra característica del espíritu de Camus.
¿Camus, sin sentido de lo trágico? ¿Cómo puede decir eso si existe un filósofo en el siglo XX que ha tenido sensibilidad para lo absurdo, es decir, para la finitud y, por tanto, si las palabras tienen un significado, para lo trágico de la condición humana, si existe un filósofo que, desde El mito de Sísifo hasta La caída, no ha dejado de insistir en la irresoluble contradicción entre el deseo humano de "transparencia" y el "silencio irrazonable del mundo", ese es Albert Camus.
Porque, para empezar, absurdo no es trágico. Y, sobre todo, aparece inmediatamente otro Camus; hay un Camus en Las bodas y, en particular, Las bodas en Tipasa, que se recupera y propone que el desgarro no es irremediable, ni el silencio del mundo, eterno, ni la contradicción, insuperable; hay un segundo Camus, coextensivo del primero, encerrado en los mismos textos, que apuesta por la unidad, la fusión; como dice en El primer hombre, por "la inocencia" de todas las cosas. Un C
amus de luz y calor, un Camus que filosofa sobre el "cuerpo desnudo", un Camus que sueña con una armonía casi carnal de los elementos.
Ésa es la razón de que Camus, luego de escribir en Alger Républicain sobre la publicación de La náusea, se enzarzara en una lucha a muerte con un tal Jean-Paul Sartre.
Llegamos al asunto de Sartre.
Este es injusto y extraño. Creo que podríamos interesarnos más por las relaciones de Camus con Mauriac: esa magnífica polémica, en el momento de la liberación, a través de Le Figaro y Combat, entre el defensor de la caridad y el de la justicia que, poco a poco, y no sin honradez, se inclinará hacia la caridad. O con Breton: el extraño ataque, en El hombre rebelde, y su segunda respuesta contra un surrealismo reducido, a la famosa frase sobre "el acto surrealista más simple", que consistía en "bajar a la calle, con la pistola en la mano, y disparar al azar contra la gente". O con Malraux: su encuentro en 1938, en un cine del barrio de Belcourt en el que el coronel rojo acaba de celebrar un mítin antifascista; la forma que tiene Camus, desde la época de la Brigada Alsacia-Lorena, de poner humildemente Combat, al servicio de ese hombre glorioso. Creo que, cuando queremos esbozar un retrato del primer gran intelectual francés que instruyó un proceso sin reservas contra la violencia revolucionaria y el mesianismo asesino, deberíamos interesarnos más por sus relaciones con Merleau-Ponty: porque es con él con quien tiene la disputa fundamental, sobre este punto y a partir de Humanismo y Terror; es con él, más que con Sartre, con quien vive el verdadero conflicto sin vuelta atrás; y es Merleau-Ponty, quien, en 1946, cuando Les Temps Modernes publica Le Yogi et le Commisaire, quien provoca la primera tempestad y la primera indignación de un Camus que solo ve en ese texto una justificación miserable de los siniestros procesos de Moscú. En fin. La vida de los escritores se escribe a sus espaldas.
Y es un hecho que, cuando se habla de Camus, se piensa ante todo en Sartre; y que esa disputa cubre a Camus tras una lápida.
Cfr. http://aletheiamuip.com/escritores/albert-camus/

jueves, 16 de mayo de 2013

NOTIERO RETROSPECTIVO

- Nereyda Parada. "Estética y política en la obra de César Rengifo". Últimas Noticias, Caracas, 24/12/1995. Suplemento Cultural.
- Juan Nuño. "La vuelta de Sartre". El Nacional, Caracas, 13/06/77. Papel Literario.
- Ida Gramcko. "Desnudez y revestimiento". El Nacional, 02/09/79.
- Alicia Perdomo. "¿Cómo se narran las 'Historias de la marcha a pie' (Victoria de Stefano)?". El Universal, Caracas, 19/04/98. Verbigracia.
- Lumo Reva (SIC). "La extraña residencia, Museo de un venezolano. Un coleccionista de muñecos de madera, Raúl Santana". El Nacional, 01/10/46.

Fotografía: Aquiles Nazoa. Élite, Caracas, 28/07/1945.

"Creo en Pablo Picasso, Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra;
creo en Charlie Chaplin, hijo de las violetas y de los ratones,
que fue crucificado, muerto y sepultado por el tiempo ,
pero que cada día resucita en el corazón de los hombres,
creo en el amor y en el arte como vías hacia el disfrute de la vida perdurable,
creo en el amolador que vive de fabricar estrellas de oro con su rueda maravillosa,
creo en la cualidad aérea del ser humano,
configurada en el recuerdo de Isadora Duncan abatíendose
como una purísima paloma herida bajo el cielo del mediterráneo;
creo en las monedas de chocolate que atesoro secretamente
debajo de la almohada de mi niñez;
creo en la fábula de Orfeo, creo en el sortilegio de la música,
yo que en las horas de mi angustia ví al conjuro de la Pavana de Fauré,
salir liberada y radiante de la dulce Eurídice del infierno de mi alma,
creo en Rainer María Rilken héroe de la lucha del hombre por la belleza,
que sacrificó su vida por el acto de cortar una rosa para una mujer,
creo en las flores que brotaron del cadáver adolescente de Ofelia,
creo en el llanto silencioso de Aquiles frente al mar;
creo en un barco esbelto y distantísimo
que salió hace un siglo al encuentro de la aurora;
su capitán Lord Byron, al cinto la espada de los arcángeles,
junto a sus sienes un resplandor de estrellas,
creo en el perro de Ulises,
en el gato risueño de Alicia en el país de las maravillas,
en el loro de Robinson Crusoe,
creo en los ratoncitos que tiraron del coche de la Cenicienta,
el beralfiro, el caballo de Rolando,
y en las abejas que laboran en su colmena dentro del corazón de Martín Tinajero,
creo en la amistad como el invento más bello del hombre,
creo en los poderes creadores del pueblo,
creo en la poesía y en fin,
creo en mí mismo, puesto que sé que alguien me ama..."

domingo, 6 de enero de 2013

FILO-SOFÍA (1)

EL PAÍS, Madrid, 30 de Diciembre de 2013
EL NACIONAL - Domingo 06 de Enero de 2013     Siete Días/6 Opiniones
Sartre y sus ex amigos
MARIO VARGAS LLOSA

Estaba ordenando el escritorio y un libro cayó de un estante a mis pies. Era el cuarto volumen de Situations (1964), la serie que reúne los artículos y ensayos cortos de Sartre. Lo encontré lleno de anotaciones hechas cuando lo leí, el mismo año que fue publicado. Comencé a hojearlo y me he pasado un fin de semana releyéndolo. Ha sido un viaje en el tiempo y en la historia, así como una peregrinación a mi juventud y a las fuentes de mi vocación.
Sus libros y sus ideas marcaron mi adolescencia y mis años universitarios, desde que descubrí sus cuentos de El muro, en 1952, mi último año de colegio. Debo haber leído todo lo que escribió hasta el año 1972, en que terminé, en Barcelona, los tres densos tomos dedicados a Flaubert (El idiota de la familia), otra de las tetralogías que dejó incompletas, como las novelas de Los caminos de la libertad y su empeño en fundir el existencialismo y el marxismo, Crítica de la razón dialéctica, cuya síntesis final, prometida muchas veces, nunca escribió. Después de veinte años de leerlo y estudiarlo con verdadera devoción, quedé decepcionado de sus vaivenes ideológicos, sus exabruptos políticos, su logomaquia, y convencido de que buena parte del esfuerzo intelectual que dediqué a sus obras de ficción, sus mamotretos filosóficos, sus polémicas y sus ucases hubiera sido tal vez más provechoso consagrarlo a otros autores, como Popper, Hayek, Isaías Berlin o Raymond Aron.
Sin embargo, confieso que ha sido una experiencia estimulante ­algo melancólica, también­ la relectura de su polémica con Albert Camus del año 1952, sobre los campos de concentración soviéticos, de su recuerdo y reivindicación de Paul Nizan, de marzo de 1960, y del larguísimo epitafio (casi un centenar de páginas) que dedicó a la memoria de su compañero de estudios, aventuras políticas y editoriales, amigo y adversario, el filósofo Maurice Merleau-Ponty (1961).

Era un soberbio polemista y su prosa, que solía ser siempre inteligente pero seca y áspera, en el debate se enardecía, brillaba y parecía insaciable su afán de aniquilación conceptual de su contrincante. No se equivocó Simone de Beauvoir cuando dijo de él que era "una máquina de pensar", aunque habría que añadir que ese intelecto desmesurado, esa razón razonante, podía ser también, por momentos, fría y deshumanizada como un arenal. Leída hoy, no cabe la menor duda de que su respuesta a Camus era equivocada e injusta, y que fue el autor de El extranjero quien defendió la verdad, condenando la muerte lenta a que fueron sometidos millones de soviéticos en el Gulag por el estalinismo a menudo por sospechas de disidencia totalmente infundadas y sosteniendo que toda ideología política desprovista de sentido moral se convierte en barbarie. Pero, aun así, los argumentos que esgrime Sartre, pese a su entraña capciosa y sofística, están tan espléndidamente expuestos, con retórica tan astuta y persuasiva, tan bien trabados e ilustrados, que suscitan la duda y siembran la confusión en el lector. Arthur Koestler pensaba en Sartre cuando dijo que un intelectual era, sobre todo en Francia, alguien que creía todo aquello que podía demostrar y que demostraba todo aquello en que creía. Es decir, un sofista de alto vuelo.
La evocación de Paul Nizan (1905-1940), su condiscípulo en el liceo Louis le-Grand y en la École Normale Supérieure, a quien lo unió una amistad tormentosa, es soberbia y ­adjetivo que rara vez merecían sus escritos­ conmovedora. Hijo de un obrero bretón que, gracias a su talento, recibió una educación esmerada, Nizan fue muchas cosas ­un dandy, un anarquista, autor de panfletos disfrazados a veces de novelas que seducían por su violencia intelectual y su fuerza expresiva­ antes de convertirse en un disciplinado militante del Partido Comunista. Cuando el pacto de la URSS con la Alemania nazi, Nizan renunció al partido y criticó con dureza esa alianza contra natura. Poco después, apenas comenzada la Segunda Guerra Mundial, murió en el frente de una bala perdida. Pero su verdadera muerte fue la pestilencial campaña de descrédito desatada por los comunistas para envilecer su memoria.

Camus rompió con Sartre por la cercanía de éste con el partido; Nizan, por las diferencias y reticencias que guardaba con aquél. En su ensayo, que sirvió de prólogo a Aden, Arabie, Sartre hace un recuento muy vivo de la fulgurante trayectoria de ese compañero que parecía destinado a ocupar un lugar eminente en la vida cultural y que cesó, de aquella manera trágica, a sus 35 años.
En tanto que, cuando refuta a Camus, aparece como un perfecto compañero de viaje, en el que dedica a defender la vida y la obra de Nizan, Sartre es un debelador implacable del sectarismo dogmático que cubría de calumnias infames a sus críticos y prefería descalificarlos moralmente antes que responder a sus razones con razones. El ensayo es también una premonición de lo que podría llamarse el espíritu de Mayo de 1968, pues en él Sartre propone a Nizan como un ejemplo para las nuevas generaciones, por haber sido capaz de romper los moldes ideológicos y las convenciones y esquemas dentro de los que se movía la izquierda francesa, y haber buscado por cuenta propia y a través de la experiencia vivida un modo de acción ­una praxis­ que acercara el medio intelectual a los sectores explotados de la sociedad.

El ensayo sobre MerleauPonty es, también, una autobiografía política e intelectual, un recuento de los años que compartieron, como estudiantes de Filosofía en la École Normale Supérieure, su descubrimiento de la política, del marxismo, de la necesidad del compromiso, y, sobre todo, su toma de conciencia del odio que les inspiraba el medio burgués de que ambos provenían. Este odio impregna todas las frases de este ensayo y se diría que, a menudo, es él, antes que las ideas y las razones, y antes también que la solidaridad con los marginados, el que dicta ciertas tomas de posición y pronunciamientos de los dos amigos. Sartre es muy sincero y poco le falta para reconocer que, en su caso, la revolución no tiene otro objetivo primordial que borrar de la tierra a esa clase social privilegiada, dueña del capital y del espíritu, en la que nació y contra la que alienta una fobia patológica. En este ensayo aparece la famosa afirmación sartreana ("Todo anticomunista es un perro") que llevó a Raymond Aron a preguntar a Sartre si había que considerar a la humanidad una perrera.

 Merleau-Ponty fue el último de los intelectuales de alto nivel con los que Sartre fundó Les Temps modernes, en romper con la revista que, durante años, fue para muchos jóvenes de mi generación una especie de biblia política. A partir del alejamiento de Merleau-Ponty, en los años cincuenta, sólo quedarían con Sartre los incondicionales, que, durante toda la Guerra Fría, aprobarían sus idas y venidas y sus retruécanos a veces delirantes en esa danza sadomasoquista que vivió hasta el final con todas las variantes comunistas (incluida la china de la Revolución Cultural).
Este ensayo impresiona porque muestra la fantástica evolución de Europa en el medio siglo transcurrido desde que se escribió. Cuando Sartre lo publica, la URSS parecía una realidad consolidada e irreversible. La Guerra Fría daba la impresión de poder transformarse en cualquier momento en guerra caliente y, aunque Sartre y Merleau-Ponty discrepan sobre muchas cosas, ambos están convencidos de que la tercera guerra mundial es inevitable y que, una vez que estalle, el Ejército soviético tardará muy poco en ocupar toda Europa Occidental.
La política impregna hasta los tuétanos la vida cultural en todas sus manifestaciones y los extremos apenas dejan espacio a un centro democrático y liberal que tiene pocos defensores en el mundo intelectual.
No sólo Sartre y Merleau-Ponty ven en de Gaulle y la Quinta República un fascismo renaciente y en Estados Unidos un nuevo nazismo. Semejante disparate es en aquellos años de esquematismo e intolerancia un lugar común. Produce vértigo que pensadores que nos parecían los más lúcidos de su tiempo se dejaran cegar de ese modo por los prejuicios políticos.
Ahora bien. Pese a las orejeras ideológicas que delatan, aquellos debates tienen algo que en el mundo de hoy ha sido barrido por, de un lado, la banalidad y la frivolidad, y, por otro, el oscurantismo académico: la preocupación por los grandes temas de la justicia y la injusticia, la explotación de los más por los menos, el contenido real de la libertad, cómo conciliar ésta con la justicia e impedir que sea sólo una abstracción metafísica, etcétera.

En nuestros días los debates intelectuales tienen un horizonte muy limitado y transpiran una secreta resignación conformista, la idea de que aquellas utopías de los tiempos de Sartre y Camus han quedado para siempre erradicadas de la historia. Hoy por hoy, tratándose de política, el sueño está prohibido, ya sólo son admisibles los sueños literarios y artísticos.

Nota LB:

Por una parte, nos llamó la atención una fotografía hogareña, en la que dos personas conversaban respaldadas – entre otras – por la fotografía en blanco y negro de Sartre.  Aparecida en las redes sociales (Ana Sosa / Facebook, 14/12/12), nos hizo meditar sobre la suprema importancia mediática alcanzada por el hoy olvidado. Le escribimos a Ana en dos ocasiones, obteniendo la debida autorización para su publicación y la identificación de las personas en cuestión: Elisa Arráiz Lucca y Roberto Lovera de Sola, dueño de casa, departen bajo la cámara de Sosa.
Por otra, casualmente, Vargas Llosa después escribe sobre el agitador de Paris del ’68,  como antes lo fue – devenido profeta – de los movimientos insurreccionales latinoamericanos, a raíz de la defensa personal y escrita del proceso cubano. Por ello, ejemplificándolo, recordamos y traemos a colación un comentario suelto, publicado en Crítica Contemporánea, Caracas (nr. 5 de mayo-junio de 1961).  Sin dudas, tamaña demostración de amistad, generó muchísimos amigos en este lado del mundo que, sobrevivientes, ya ni lo mencionan.
Finalmente, de arriba hacia abajo, nos hicimos de varias ilustraciones: la de Manuel Vicent (El País), seguida por las de un autor desconocido (tomada de la red), Ugo (El Nacional), y otro autor insuficientemente identificado,  que apareció en Crítica Contemporánea, Caracas (nr. 1 de mayo-junio de 1960), con un texto de Juan Nuño sobre el teatro sartreano,  seguramente comprendido en un libro ulterior sobre el francés, publicado – si mal no recordamos – por la UCV. Empero, es necesario observar la meritoria ilustración de Vicent que contrasta con el igualmente ocupado Ugo, a quien admiramos aunque evidentemente sólo confía en el trazo acostumbrado, sin el ingenio de sus ya antiguos atrevimientos: referido en el blog con anterioridad, es el riesgo de trabajar con los artículos de don Mario aparecidos con anterioridad en diferentes latitudes.

lunes, 5 de marzo de 2012

¿SARTRE?


EL UNIVERSAL, 5 de Marzo de 2012
La libertad existencialista
El núcleo común a los existencialistas es considerar que la existencia precede a la esencia
CARLOS GOEDDER

"El hombre es el porvenir del hombre". Francis Ponge (1899-1988)

El escritor francés Jean Paul Sartre (1905-1980) es uno de los pensadores claves del Existencialismo. Una aclaración sobre esta línea de pensamiento sartriano es la expuesta en la conferencia El Liberalismo es un Humanismo, publicada en 1948 (se usa aquí: Ediciones Folio, 2007).

Si bien la ponencia es introductoria, proporciona espacio para muchas reflexiones. El primer punto importante es distinguir que hay varios existencialismos, incluso uno católico [por ejemplo el del francés Gabriel Marcel (1889-1973), sobre el cual escribiré un artículo oportunamente]. El de Sartre es un existencialismo ateo, con algunos vasos comunicantes tendidos hacia al propuesto tempranamente por el alemán Martin Heidegger (1889-1976).

El núcleo común a los existencialistas es considerar que la existencia precede a la esencia. Esto es, se carece de naturaleza humana en este pensamiento. El ser humano se construye mediante la acción. Como dice Sartre: "el hombre, tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada: solo será después, y será tal como se ha hecho". El hombre carece de excusas, sean estas genéticas, culturales o históricas. Como afirma Sartre: "... No hay determinismo, el hombre es libre, el hombre es libertad".

Aquí cada ser humano se construye y se opta por hablar de condición humana en lugar de naturaleza humana. El existencialismo es lo opuesto al quietismo. Siguiendo a Sartre: "... Si, como [Émile] Zola [1840-1902] declaramos que [las personas] son así por la acción del medio, de la sociedad, por un determinismo orgánico o psicológico, la gente se sentiría segura y diría: 'bueno, somos así y nadie puede hacer nada', pero el existencialista, cuando describe a un cobarde, dice que el cobarde es responsable de su cobardía".

Esto enfrenta al peso de la libertad. "El existencialista -dice Sartre- suele declarar que el hombre es angustia". Ante la elección, hay "angustia, desamparo, desesperación... ". El autor elabora: "no se trata de una angustia que conduzca al quietismo, a la inacción. Se trata de una simple angustia que conocen todos los que han tenido responsabilidades". En su propuesta, Sartre excluye a Dios y matiza diciendo "pensamos que el problema no es el de su existencia"; acá el hombre construye sus valores y en tal sentido elige cierto tipo de proyecto humano para sí mismo y el resto de los seres humanos. Este es el punto más delicado del existencialismo, el de la intersubjetividad, siendo clave este concepto de las libertades personales, que incluso pueden estar condenadas a la incomunicación: "... No puedo contar con hombres que no conozco fundándome en la bondad humana, o en el interés del hombre por el bien de la sociedad, dado que el hombre es libre y que no hay ninguna naturaleza humana en la que yo pueda fundarme". Más aún: "así, soy responsable para mí mismo y para todos, y creo cierta imagen del hombre que yo elijo; eligiéndome, elijo al hombre".

Hay momentos sublimes en la propuesta. Por ejemplo, estas aseveraciones de Sartre: "estamos solos, sin excusas. Es lo que expresaré diciendo que el hombre está condenado a ser libre". O bien "... Para el existencialismo, no hay otro amor que el que se construye". Y ésta que es una de las más tajantes: "si viene a pedir consejo, es que ya ha elegido la respuesta" (esta última sugiere que al ir a pedir opinión a otro y conocer cómo es ese otro y qué profesa, ya he elegido de antemano qué quiero oír).

Este es un liberalismo que alguien en el debate tilda de "torturado, angustiado". Yo diría que es hiperbólico. Tiene ciertas dosis de racionalismo, porque opina que "el existencialista no cree en el poder de la pasión (... ); piensa que el hombre es responsable de su pasión". También desestima como problemas relevantes buenas dosis de aleatoriedad y azar que influyen nuestras vidas, simplemente porque están fuera del ámbito de nuestra acción. Además es grato ver a un izquierdista como Sartre señalar a uno de sus contrincantes en el debate: "¿quiere Ud. precisarme claramente qué entiende por causalidad? El día que un marxista me lo haya explicado, creeré en la causalidad marxista. De esta causalidad secreta (... ) ustedes no pueden dar cuenta".

En fin: el ser humano está lanzado a este mundo para construirse a sí mismo. A los profesores Massimo Desiato y Emeterio Gómez.