De la existencia digital
Siul Nagarrab
Precursoramente, Giovanni Sartori versó sobre la videopolítica. Asociada a la lumpen-intelligencija y al homo insipiens, dijo de una poderosa simplificación de contenidos y conductas por la sobreimposición de las imágenes frente al uso de la razón confiable y compartida.
La intensidad emocional del instante, es reemplazada por otro tanto o más explosivo, en una sucesión que banaliza aún las más severas realidades. Útil en muchas facetas, las redes sociales, favorecidas unas más que otras, parecen más una creación de los psicólogos clínicos y sociales, por la exacta radiografía del momento, que por los periodistas que pugnan por profesionalizarlas exclusivamente.
El dirigente político las sabe una magnífica herramienta, comprobado por quienes – muy pocos, como María Corina Machado y Leopoldo López - hacia 2014 convocaron las grandes movilizaciones ciudadanas mediante la telegrafía digital. Hoy, todavía más, en la era de la represión, la (auto) censura y el bloqueo informativo, no se entiende el oficio de lo público, sin el diestro perolito electrínico.
Un caso de estudio puede ser el de las cuentas públicas del diputado Juan Guaidó y, particularmente, la del Twitter que para el 5 de enero de 2019, alcanzaba alrededor de cien mil seguidores y, ahora, tiene poco más de un millón. Al respecto, por una parte, muy conocido en la acera opositora, a pesar de los cien mil, era un desconocido para el país (imagínense los que no pasan de tres dígitos de seguidores, aunque sean dirigentes de una irrefutable – mediana o alta – influencia); por la otra, explicación que podrán dispensarnos los expertos, por mucha publicidad nacional e internacional que tenga, como justificada pertinencia, aún está en la franja del millón y tanto de seguidores, lo que avisa de un crecimiento – si se quiere, lento – siendo noticia viva y continua; y, finalmente, el segmento de las celebridades o notoriedades, ya ineludibles, como los hay, cuenta con más de tres o cinco millones de seguidores, convertida la cuenta en un patrimonio de valor inconmensurable, construidas en varios años, por lo general, a punta de Tweeds y de un aparato genial para las redes (por cierto, todo jefe de Estado o Gobierno, aquí y allá, tiene por inicial garantía ese aparato exponencialmente multiplicado).
El uso de las más populares redes sociales tiene sus bemoles, sobre todo cuando ya no son absolutamente personales y familiares. De tener responsabilidades o proyecciones públicas, sociales, gremiales y políticas, o privadas de naturaleza gerencial y afines, obran tres circunstancias: hay que medir lo que se dice o escribe, asesorarse profesionalmente o contratar a un operador, e intentar una estrategia de crecimiento, pues, por mucha influencia que se tenga o diga tener, siendo justo o injusto el baremo, el número de seguidores luce decisivo: crucial en el Twitter de las clases medias, ya no tanto para el Facebook socialmente más democrático, cobrando importancia para el Instagram que busca una identidad entre los venezolanos.
Muy probablemente, el Facebook capitalizará más seguidores en la medida que se escriba largo y tendido, con fotografías y videos cadenciosos u otras florituras que las urgencias del Twitter no consienten. Ésta red social que parece algo así como la patria de los aforismos y las greguerías, géneros de diferencias sutiles, definitivamente la es del motivo gráfico y de los videos sensacionalistas: un flyer bien diseñado y contrastante, o un video en plena acción, son de largo más decisivos para atraer la atención y capturar a un seguidor que la mayéutica, paciente, razonable y serena.
Prisioneros del instante, lo galopamos en las redes socales que se confunden con la propia existencia. Diríamos, hay un existencialismo digital que pone en duda la autenticidad, un dato esencial de la escuela, imposibilitados del seguimiento a nosotros mismos, harto diferente al templo narcisista del número de nuestros seguidores.
Fotografía: Pieza de Chema Madoz.
17/03/2019:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/34557-nagarrab-s
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domingo, 17 de marzo de 2019
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sábado, 17 de septiembre de 2016
IMPRESIÓN EXISTENCIAL
"Les Amants du Flore" de Ilan Duran Cohen (2006): Cine para televisión. Tarifados los antes gratuitos portales de cine, recurrimos a la red abierta y la conseguimos en https://www.youtube.com/watch?v=w4h7qUEenSw. El reporte señala a Chantal de Rudder y Evelyne Pisier, como guionistas (https://fr.wikipedia.org/wiki/Les_Amants_du_Flore), lo fundamental de la obra. Es de suponer que Simone de Beauvoir es tan protagonista como Jean-Paul Sartre, pero la una complementa al otro en su principalísimo rol. Es la intención expresa. Él es el eje de la película, mientras que ella una pieza que le da relieve. Fallido, porque ocurre implícitamente al revés. Buen actor, Lorànt Deutsch, luce superado por Anna Mouglalis. En el fondo, ella es la que pone el acento en la contradictoria y desleal conducta de él.
Comenzando por una escena de la ordenada biblioteca, empañada por una pelea caprichosa, el enunciado de los esfuerzos intelectuales de ambos no logra transmitir la hondura de la novedad alcanzada. Cada libro se asoma como una banalidad más en el transcurso de la película en la que coinciden o desfilan los grandes intelectuales del momento. Prevaleciendo la instantaneidad, por más que la insistan en exponer a Beauvoir tomando apuntes por siempre, pareciera que la publicación de los títulos constituye un mero y gratuito motivo de satisfacción, porque un diálogo corto y mecánico entre ambos, no logra comunicar - más que el contenido - las tensiones intelectuales que los identificaron. Hay algo que deja la sensación de celebrar la elaboración y publicación de un libro, como si se tratase de una bolsa de cotufas.
El Sartre del film, acumula defectos. Desde el primer momento es arrogante, grosero, autosuficiente y arbitrario. Jura lealtad o consecuencia con pactos que ha meditado, ensayándose a sí mismo, como con la mescalina, para traicionarlos. Con trampas, triquiñuelas. La Beauvoir cede al acoso, luego amargada, paciente y apegada a la palabra empeñada. Resultan de una conducta tan convencional como aquella que condenan. Un acuerdo o pacto de libertades, incluso, en el campo amatorio.
Él la engaña con Carmen Colombia, mestiza según la refirió, no porque se acueste con ella, contemplada ya la cláusula, sino porque la simula como una relación intrascendente, mintiéndole a la Beauvoir. Y ésta, más consecuente, a pesar de la cláusula, no puede hacerlo con otro hombre, porque es o se siente más fiel al mitómano Jean-Paul. E, incluso, prefiere incurrir en el lesbianismo, aún con menores de edad, antes que traicionarlo. Todo ocurre hasta que viaja a Estados Unidos, donde bordeando los 40 años, conoce a alguien que, finalmente, confesará que la ama. Con él experimentará el primer orgasmo, por lo menos, el que recuerde. Empero, concluyendo la película, lo desechará y, a propósito de unas gráficas para la publiicidad, supuestamente la fama puede más que ese amor real; o la fama la arrastra más que la propia atracción que siente por Sartre, de quien es dependiente. Por cierto, dependencia, subordinación o atadura que denunciaba cuando creyó que todo lo resolvía con no casarse, criar hijos, cuidar del marido, como hizo la madre que se liberó con la muerte del padre.
Imaginamos a Simone de Beauvoir, forzada a sonreir para las fotografías de ocasión, tal como la representa Anna Mouglalis. De una sobriedad, convicción, serenidad, reciedumbre que, a la vez, fue elegancia. Así lo transmite la actriz y, aunque no hemos visto otros de sus trabajos, expone un dominio histriónico que, a lo mejor, así parezca absurdo, es la escritora, filósofa o socióloga (a pesar de considerar la sociología como una disciplina menor), quien la imita. Hay detalles, gestos y miradas de una persona metida en su papel.
La musicalización es extraordinaria, oportuna, decidora de la época. O... existencialista, bohemia, festiva, despreocupada. Escenas disímiles, algunas buenas al lado de otras pésimas. Pudo hacerlo, pero el director no abusó del erotismo, administrándolo. Posiblemente hubo mejores oportunidades para el oximoron fílmico, como casi simultáneamente, en la misma fiesta, lloriquean la muerte de Toledano, siendo tan sobreactuado el reproche, e inmediatamente Camus informa de la invasión a Normandia: dolor y júbilo en un segmento. Definitivo, Mouglalis y la banda sonora explican la obra.
LB
Comenzando por una escena de la ordenada biblioteca, empañada por una pelea caprichosa, el enunciado de los esfuerzos intelectuales de ambos no logra transmitir la hondura de la novedad alcanzada. Cada libro se asoma como una banalidad más en el transcurso de la película en la que coinciden o desfilan los grandes intelectuales del momento. Prevaleciendo la instantaneidad, por más que la insistan en exponer a Beauvoir tomando apuntes por siempre, pareciera que la publicación de los títulos constituye un mero y gratuito motivo de satisfacción, porque un diálogo corto y mecánico entre ambos, no logra comunicar - más que el contenido - las tensiones intelectuales que los identificaron. Hay algo que deja la sensación de celebrar la elaboración y publicación de un libro, como si se tratase de una bolsa de cotufas.
El Sartre del film, acumula defectos. Desde el primer momento es arrogante, grosero, autosuficiente y arbitrario. Jura lealtad o consecuencia con pactos que ha meditado, ensayándose a sí mismo, como con la mescalina, para traicionarlos. Con trampas, triquiñuelas. La Beauvoir cede al acoso, luego amargada, paciente y apegada a la palabra empeñada. Resultan de una conducta tan convencional como aquella que condenan. Un acuerdo o pacto de libertades, incluso, en el campo amatorio.
Él la engaña con Carmen Colombia, mestiza según la refirió, no porque se acueste con ella, contemplada ya la cláusula, sino porque la simula como una relación intrascendente, mintiéndole a la Beauvoir. Y ésta, más consecuente, a pesar de la cláusula, no puede hacerlo con otro hombre, porque es o se siente más fiel al mitómano Jean-Paul. E, incluso, prefiere incurrir en el lesbianismo, aún con menores de edad, antes que traicionarlo. Todo ocurre hasta que viaja a Estados Unidos, donde bordeando los 40 años, conoce a alguien que, finalmente, confesará que la ama. Con él experimentará el primer orgasmo, por lo menos, el que recuerde. Empero, concluyendo la película, lo desechará y, a propósito de unas gráficas para la publiicidad, supuestamente la fama puede más que ese amor real; o la fama la arrastra más que la propia atracción que siente por Sartre, de quien es dependiente. Por cierto, dependencia, subordinación o atadura que denunciaba cuando creyó que todo lo resolvía con no casarse, criar hijos, cuidar del marido, como hizo la madre que se liberó con la muerte del padre.
Imaginamos a Simone de Beauvoir, forzada a sonreir para las fotografías de ocasión, tal como la representa Anna Mouglalis. De una sobriedad, convicción, serenidad, reciedumbre que, a la vez, fue elegancia. Así lo transmite la actriz y, aunque no hemos visto otros de sus trabajos, expone un dominio histriónico que, a lo mejor, así parezca absurdo, es la escritora, filósofa o socióloga (a pesar de considerar la sociología como una disciplina menor), quien la imita. Hay detalles, gestos y miradas de una persona metida en su papel.
La musicalización es extraordinaria, oportuna, decidora de la época. O... existencialista, bohemia, festiva, despreocupada. Escenas disímiles, algunas buenas al lado de otras pésimas. Pudo hacerlo, pero el director no abusó del erotismo, administrándolo. Posiblemente hubo mejores oportunidades para el oximoron fílmico, como casi simultáneamente, en la misma fiesta, lloriquean la muerte de Toledano, siendo tan sobreactuado el reproche, e inmediatamente Camus informa de la invasión a Normandia: dolor y júbilo en un segmento. Definitivo, Mouglalis y la banda sonora explican la obra.
LB
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jueves, 4 de octubre de 2012
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Antonieta Madrid. "Vuelta de hoja: Mitos y héroes". El Nacional, Caracas, 03/12/77.
- Juan Nuño y la guerra del Nobel. El Nacional, 30/12/82.
- Mariano Picón-Salas. "Existencialismo". El Nacional, 10/02/50.
- José Balza. "La carga de nombres". El Nacional, 17/09/72.
- Argenis Rodríguez. "¿Qué es una novela?". El Nuevo País, Caracas, 28/06/89.
Fotografía: Arnoldo Gabaldón según Jorge García. Resumen, Caracas, nr. 143 del 01/08/76.
- Juan Nuño y la guerra del Nobel. El Nacional, 30/12/82.
- Mariano Picón-Salas. "Existencialismo". El Nacional, 10/02/50.
- José Balza. "La carga de nombres". El Nacional, 17/09/72.
- Argenis Rodríguez. "¿Qué es una novela?". El Nuevo País, Caracas, 28/06/89.
Fotografía: Arnoldo Gabaldón según Jorge García. Resumen, Caracas, nr. 143 del 01/08/76.
lunes, 5 de marzo de 2012
¿SARTRE?

EL UNIVERSAL, 5 de Marzo de 2012
La libertad existencialista
El núcleo común a los existencialistas es considerar que la existencia precede a la esencia
CARLOS GOEDDER
"El hombre es el porvenir del hombre". Francis Ponge (1899-1988)
El escritor francés Jean Paul Sartre (1905-1980) es uno de los pensadores claves del Existencialismo. Una aclaración sobre esta línea de pensamiento sartriano es la expuesta en la conferencia El Liberalismo es un Humanismo, publicada en 1948 (se usa aquí: Ediciones Folio, 2007).
Si bien la ponencia es introductoria, proporciona espacio para muchas reflexiones. El primer punto importante es distinguir que hay varios existencialismos, incluso uno católico [por ejemplo el del francés Gabriel Marcel (1889-1973), sobre el cual escribiré un artículo oportunamente]. El de Sartre es un existencialismo ateo, con algunos vasos comunicantes tendidos hacia al propuesto tempranamente por el alemán Martin Heidegger (1889-1976).
El núcleo común a los existencialistas es considerar que la existencia precede a la esencia. Esto es, se carece de naturaleza humana en este pensamiento. El ser humano se construye mediante la acción. Como dice Sartre: "el hombre, tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada: solo será después, y será tal como se ha hecho". El hombre carece de excusas, sean estas genéticas, culturales o históricas. Como afirma Sartre: "... No hay determinismo, el hombre es libre, el hombre es libertad".
Aquí cada ser humano se construye y se opta por hablar de condición humana en lugar de naturaleza humana. El existencialismo es lo opuesto al quietismo. Siguiendo a Sartre: "... Si, como [Émile] Zola [1840-1902] declaramos que [las personas] son así por la acción del medio, de la sociedad, por un determinismo orgánico o psicológico, la gente se sentiría segura y diría: 'bueno, somos así y nadie puede hacer nada', pero el existencialista, cuando describe a un cobarde, dice que el cobarde es responsable de su cobardía".
Esto enfrenta al peso de la libertad. "El existencialista -dice Sartre- suele declarar que el hombre es angustia". Ante la elección, hay "angustia, desamparo, desesperación... ". El autor elabora: "no se trata de una angustia que conduzca al quietismo, a la inacción. Se trata de una simple angustia que conocen todos los que han tenido responsabilidades". En su propuesta, Sartre excluye a Dios y matiza diciendo "pensamos que el problema no es el de su existencia"; acá el hombre construye sus valores y en tal sentido elige cierto tipo de proyecto humano para sí mismo y el resto de los seres humanos. Este es el punto más delicado del existencialismo, el de la intersubjetividad, siendo clave este concepto de las libertades personales, que incluso pueden estar condenadas a la incomunicación: "... No puedo contar con hombres que no conozco fundándome en la bondad humana, o en el interés del hombre por el bien de la sociedad, dado que el hombre es libre y que no hay ninguna naturaleza humana en la que yo pueda fundarme". Más aún: "así, soy responsable para mí mismo y para todos, y creo cierta imagen del hombre que yo elijo; eligiéndome, elijo al hombre".
Hay momentos sublimes en la propuesta. Por ejemplo, estas aseveraciones de Sartre: "estamos solos, sin excusas. Es lo que expresaré diciendo que el hombre está condenado a ser libre". O bien "... Para el existencialismo, no hay otro amor que el que se construye". Y ésta que es una de las más tajantes: "si viene a pedir consejo, es que ya ha elegido la respuesta" (esta última sugiere que al ir a pedir opinión a otro y conocer cómo es ese otro y qué profesa, ya he elegido de antemano qué quiero oír).
Este es un liberalismo que alguien en el debate tilda de "torturado, angustiado". Yo diría que es hiperbólico. Tiene ciertas dosis de racionalismo, porque opina que "el existencialista no cree en el poder de la pasión (... ); piensa que el hombre es responsable de su pasión". También desestima como problemas relevantes buenas dosis de aleatoriedad y azar que influyen nuestras vidas, simplemente porque están fuera del ámbito de nuestra acción. Además es grato ver a un izquierdista como Sartre señalar a uno de sus contrincantes en el debate: "¿quiere Ud. precisarme claramente qué entiende por causalidad? El día que un marxista me lo haya explicado, creeré en la causalidad marxista. De esta causalidad secreta (... ) ustedes no pueden dar cuenta".
En fin: el ser humano está lanzado a este mundo para construirse a sí mismo. A los profesores Massimo Desiato y Emeterio Gómez.
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