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viernes, 29 de diciembre de 2017

TIPIFICACIÓN HISTÓRICA

EL PAÍS, Madrid, 31 de diciembre de 2017
COLUMNA
Año 2018
Nunca se cumplen años. Se cumplen salud o enfermedad, ilusión o desengaño
Manuel Vicent

La historia no tiene nada que ver con anales del calendario. La deciden las hecatombes, las guerras, los descubrimientos, las hazañas de los héroes. El siglo XX terminó el 9 de noviembre de 1989 con la caída del muro de Berlín y el siglo XXI se inició con el 11 de septiembre de 2001 con el atentado de las Torres Gemelas. Sucede lo mismo con la vida. Los años no empiezan el 1 de enero, sino a mitad de septiembre con el curso escolar, que viene a coincidir con el inicio del ciclo agrario de la naturaleza. Mientras los niños van a la escuela en otoño se produce la sementera. La semilla del trigo se pudre y germina bajo tierra, como los sueños, y en junio se realizan los exámenes y la siega. La vida tiene una estructura dramática, con planteamiento, nudo y desenlace, cuyos éxitos, fracasos, felicidad o desdicha, los decide el azar, al margen del almanaque. La infancia termina cuando con la llegada del uso de razón el niño percibe que sus padres no son inmortales. Esa es la verdadera expulsión del paraíso, el final de la inocencia, el presentimiento de la muerte. El adolescente se convierte en adulto cuando comprende que sus maestros, lejos de tener siempre la razón, pueden ser contestados. La inocencia y la rebeldía constituyen el planteamiento de la vida; el sexo, el amor, la ambición, el mando y la sumisión forman el nudo; el desencanto y las ilusiones perdidas son siempre el desenlace. Estos son días de hacerse preguntas esenciales, por ejemplo, qué tiene para uno más interés, un análisis político y económico o un análisis de orina; qué va a suceder de terrible, de placentero, de orgiástico, de tenebroso, de insólito en este año de 2018, que pueda alterar el curso de la historia; o si todo seguirá igual de rudo y pedregoso, consabido, rutinario. Nunca se cumplen años. Se cumplen salud o enfermedad, ilusión o desengaño.

Fuente:

lunes, 1 de julio de 2013

ÁNIMOS DE PECERA

EL PAÍS, Madrid, 30 de junio de 2013
COLUMNA
Escarnio
Los políticos están ahí para que la burla que volcamos en ellos dé salida franca a la frustración social
Manuel Vicent

Desayunarse con un sapo cada mañana, es la dieta que suele seguir quien aspira a dedicarse a la política. Tampoco le viene mal tener la cara de cemento, porque, si bien Maquiavelo no dijo nada sobre esto, el político es un ser que nace, crece y se presenta ante la sociedad solo para ser insultado. Cada cuatro años los votantes eligen a los que van a zaherir, despreciar y hacer objeto de sus chanzas. Ganar unas elecciones significa ocupar el primer puesto en el barracón del pimpampum de esta feria de la democracia. Tampoco la oposición se libra de esta granizada de humor y desprecio. Detrás de los políticos de cualquier bando están los que mandan de verdad: entes económicos difusos e intocables cuyo armamento invisible desarrolla una contundente capacidad de fuego cuando las circunstancias lo requieren. En la Gran Depresión del 29 del siglo pasado los banqueros y grandes industriales se arrojaban al vacío por la ventana, porque su ruina era personal e intransferible. Hoy solo se suicidan los pobres. Puede que un obrero en paro al que han desahuciado se queme a lo bonzo en la puerta de la empresa, pero detrás de la razón social que se exhibe en la fachada no existe ningún rostro concreto, imputable. Los políticos solo son la sábana de estos fantasmas. El poder económico que gobierna el mundo desde el otro lado del espejo necesita que en cierto modo los políticos sean corruptos porque la corrupción política encubre la suya propia, el desprecio con que se sacia el público a los intocables les sirve de parapeto. ¿Quién es Barak Obama sino un ser que ocupa la Casa Blanca con la única misión de vender con voz de blues las órdenes que recibe? En teoría se trata del hombre más poderoso del planeta que no ha podido eliminar la cárcel de Guantánamo, que da por bueno que en nombre de la seguridad haya una red de espionaje mundial y acepta que en el Despacho Oval pueda haber un grillo detrás del retrato de George Washington. Los políticos están ahí para que la burla que volcamos en ellos dé salida franca a la frustración social. En su espejo mediocre se refleja nuestra mediocridad, por eso es tan excitante romper ese escaparate tan frágil, mientras el poder, a salvo del escarnio, se permite mover los hilos impunemente en la oscuridad.

domingo, 6 de enero de 2013

FILO-SOFÍA (1)

EL PAÍS, Madrid, 30 de Diciembre de 2013
EL NACIONAL - Domingo 06 de Enero de 2013     Siete Días/6 Opiniones
Sartre y sus ex amigos
MARIO VARGAS LLOSA

Estaba ordenando el escritorio y un libro cayó de un estante a mis pies. Era el cuarto volumen de Situations (1964), la serie que reúne los artículos y ensayos cortos de Sartre. Lo encontré lleno de anotaciones hechas cuando lo leí, el mismo año que fue publicado. Comencé a hojearlo y me he pasado un fin de semana releyéndolo. Ha sido un viaje en el tiempo y en la historia, así como una peregrinación a mi juventud y a las fuentes de mi vocación.
Sus libros y sus ideas marcaron mi adolescencia y mis años universitarios, desde que descubrí sus cuentos de El muro, en 1952, mi último año de colegio. Debo haber leído todo lo que escribió hasta el año 1972, en que terminé, en Barcelona, los tres densos tomos dedicados a Flaubert (El idiota de la familia), otra de las tetralogías que dejó incompletas, como las novelas de Los caminos de la libertad y su empeño en fundir el existencialismo y el marxismo, Crítica de la razón dialéctica, cuya síntesis final, prometida muchas veces, nunca escribió. Después de veinte años de leerlo y estudiarlo con verdadera devoción, quedé decepcionado de sus vaivenes ideológicos, sus exabruptos políticos, su logomaquia, y convencido de que buena parte del esfuerzo intelectual que dediqué a sus obras de ficción, sus mamotretos filosóficos, sus polémicas y sus ucases hubiera sido tal vez más provechoso consagrarlo a otros autores, como Popper, Hayek, Isaías Berlin o Raymond Aron.
Sin embargo, confieso que ha sido una experiencia estimulante ­algo melancólica, también­ la relectura de su polémica con Albert Camus del año 1952, sobre los campos de concentración soviéticos, de su recuerdo y reivindicación de Paul Nizan, de marzo de 1960, y del larguísimo epitafio (casi un centenar de páginas) que dedicó a la memoria de su compañero de estudios, aventuras políticas y editoriales, amigo y adversario, el filósofo Maurice Merleau-Ponty (1961).

Era un soberbio polemista y su prosa, que solía ser siempre inteligente pero seca y áspera, en el debate se enardecía, brillaba y parecía insaciable su afán de aniquilación conceptual de su contrincante. No se equivocó Simone de Beauvoir cuando dijo de él que era "una máquina de pensar", aunque habría que añadir que ese intelecto desmesurado, esa razón razonante, podía ser también, por momentos, fría y deshumanizada como un arenal. Leída hoy, no cabe la menor duda de que su respuesta a Camus era equivocada e injusta, y que fue el autor de El extranjero quien defendió la verdad, condenando la muerte lenta a que fueron sometidos millones de soviéticos en el Gulag por el estalinismo a menudo por sospechas de disidencia totalmente infundadas y sosteniendo que toda ideología política desprovista de sentido moral se convierte en barbarie. Pero, aun así, los argumentos que esgrime Sartre, pese a su entraña capciosa y sofística, están tan espléndidamente expuestos, con retórica tan astuta y persuasiva, tan bien trabados e ilustrados, que suscitan la duda y siembran la confusión en el lector. Arthur Koestler pensaba en Sartre cuando dijo que un intelectual era, sobre todo en Francia, alguien que creía todo aquello que podía demostrar y que demostraba todo aquello en que creía. Es decir, un sofista de alto vuelo.
La evocación de Paul Nizan (1905-1940), su condiscípulo en el liceo Louis le-Grand y en la École Normale Supérieure, a quien lo unió una amistad tormentosa, es soberbia y ­adjetivo que rara vez merecían sus escritos­ conmovedora. Hijo de un obrero bretón que, gracias a su talento, recibió una educación esmerada, Nizan fue muchas cosas ­un dandy, un anarquista, autor de panfletos disfrazados a veces de novelas que seducían por su violencia intelectual y su fuerza expresiva­ antes de convertirse en un disciplinado militante del Partido Comunista. Cuando el pacto de la URSS con la Alemania nazi, Nizan renunció al partido y criticó con dureza esa alianza contra natura. Poco después, apenas comenzada la Segunda Guerra Mundial, murió en el frente de una bala perdida. Pero su verdadera muerte fue la pestilencial campaña de descrédito desatada por los comunistas para envilecer su memoria.

Camus rompió con Sartre por la cercanía de éste con el partido; Nizan, por las diferencias y reticencias que guardaba con aquél. En su ensayo, que sirvió de prólogo a Aden, Arabie, Sartre hace un recuento muy vivo de la fulgurante trayectoria de ese compañero que parecía destinado a ocupar un lugar eminente en la vida cultural y que cesó, de aquella manera trágica, a sus 35 años.
En tanto que, cuando refuta a Camus, aparece como un perfecto compañero de viaje, en el que dedica a defender la vida y la obra de Nizan, Sartre es un debelador implacable del sectarismo dogmático que cubría de calumnias infames a sus críticos y prefería descalificarlos moralmente antes que responder a sus razones con razones. El ensayo es también una premonición de lo que podría llamarse el espíritu de Mayo de 1968, pues en él Sartre propone a Nizan como un ejemplo para las nuevas generaciones, por haber sido capaz de romper los moldes ideológicos y las convenciones y esquemas dentro de los que se movía la izquierda francesa, y haber buscado por cuenta propia y a través de la experiencia vivida un modo de acción ­una praxis­ que acercara el medio intelectual a los sectores explotados de la sociedad.

El ensayo sobre MerleauPonty es, también, una autobiografía política e intelectual, un recuento de los años que compartieron, como estudiantes de Filosofía en la École Normale Supérieure, su descubrimiento de la política, del marxismo, de la necesidad del compromiso, y, sobre todo, su toma de conciencia del odio que les inspiraba el medio burgués de que ambos provenían. Este odio impregna todas las frases de este ensayo y se diría que, a menudo, es él, antes que las ideas y las razones, y antes también que la solidaridad con los marginados, el que dicta ciertas tomas de posición y pronunciamientos de los dos amigos. Sartre es muy sincero y poco le falta para reconocer que, en su caso, la revolución no tiene otro objetivo primordial que borrar de la tierra a esa clase social privilegiada, dueña del capital y del espíritu, en la que nació y contra la que alienta una fobia patológica. En este ensayo aparece la famosa afirmación sartreana ("Todo anticomunista es un perro") que llevó a Raymond Aron a preguntar a Sartre si había que considerar a la humanidad una perrera.

 Merleau-Ponty fue el último de los intelectuales de alto nivel con los que Sartre fundó Les Temps modernes, en romper con la revista que, durante años, fue para muchos jóvenes de mi generación una especie de biblia política. A partir del alejamiento de Merleau-Ponty, en los años cincuenta, sólo quedarían con Sartre los incondicionales, que, durante toda la Guerra Fría, aprobarían sus idas y venidas y sus retruécanos a veces delirantes en esa danza sadomasoquista que vivió hasta el final con todas las variantes comunistas (incluida la china de la Revolución Cultural).
Este ensayo impresiona porque muestra la fantástica evolución de Europa en el medio siglo transcurrido desde que se escribió. Cuando Sartre lo publica, la URSS parecía una realidad consolidada e irreversible. La Guerra Fría daba la impresión de poder transformarse en cualquier momento en guerra caliente y, aunque Sartre y Merleau-Ponty discrepan sobre muchas cosas, ambos están convencidos de que la tercera guerra mundial es inevitable y que, una vez que estalle, el Ejército soviético tardará muy poco en ocupar toda Europa Occidental.
La política impregna hasta los tuétanos la vida cultural en todas sus manifestaciones y los extremos apenas dejan espacio a un centro democrático y liberal que tiene pocos defensores en el mundo intelectual.
No sólo Sartre y Merleau-Ponty ven en de Gaulle y la Quinta República un fascismo renaciente y en Estados Unidos un nuevo nazismo. Semejante disparate es en aquellos años de esquematismo e intolerancia un lugar común. Produce vértigo que pensadores que nos parecían los más lúcidos de su tiempo se dejaran cegar de ese modo por los prejuicios políticos.
Ahora bien. Pese a las orejeras ideológicas que delatan, aquellos debates tienen algo que en el mundo de hoy ha sido barrido por, de un lado, la banalidad y la frivolidad, y, por otro, el oscurantismo académico: la preocupación por los grandes temas de la justicia y la injusticia, la explotación de los más por los menos, el contenido real de la libertad, cómo conciliar ésta con la justicia e impedir que sea sólo una abstracción metafísica, etcétera.

En nuestros días los debates intelectuales tienen un horizonte muy limitado y transpiran una secreta resignación conformista, la idea de que aquellas utopías de los tiempos de Sartre y Camus han quedado para siempre erradicadas de la historia. Hoy por hoy, tratándose de política, el sueño está prohibido, ya sólo son admisibles los sueños literarios y artísticos.

Nota LB:

Por una parte, nos llamó la atención una fotografía hogareña, en la que dos personas conversaban respaldadas – entre otras – por la fotografía en blanco y negro de Sartre.  Aparecida en las redes sociales (Ana Sosa / Facebook, 14/12/12), nos hizo meditar sobre la suprema importancia mediática alcanzada por el hoy olvidado. Le escribimos a Ana en dos ocasiones, obteniendo la debida autorización para su publicación y la identificación de las personas en cuestión: Elisa Arráiz Lucca y Roberto Lovera de Sola, dueño de casa, departen bajo la cámara de Sosa.
Por otra, casualmente, Vargas Llosa después escribe sobre el agitador de Paris del ’68,  como antes lo fue – devenido profeta – de los movimientos insurreccionales latinoamericanos, a raíz de la defensa personal y escrita del proceso cubano. Por ello, ejemplificándolo, recordamos y traemos a colación un comentario suelto, publicado en Crítica Contemporánea, Caracas (nr. 5 de mayo-junio de 1961).  Sin dudas, tamaña demostración de amistad, generó muchísimos amigos en este lado del mundo que, sobrevivientes, ya ni lo mencionan.
Finalmente, de arriba hacia abajo, nos hicimos de varias ilustraciones: la de Manuel Vicent (El País), seguida por las de un autor desconocido (tomada de la red), Ugo (El Nacional), y otro autor insuficientemente identificado,  que apareció en Crítica Contemporánea, Caracas (nr. 1 de mayo-junio de 1960), con un texto de Juan Nuño sobre el teatro sartreano,  seguramente comprendido en un libro ulterior sobre el francés, publicado – si mal no recordamos – por la UCV. Empero, es necesario observar la meritoria ilustración de Vicent que contrasta con el igualmente ocupado Ugo, a quien admiramos aunque evidentemente sólo confía en el trazo acostumbrado, sin el ingenio de sus ya antiguos atrevimientos: referido en el blog con anterioridad, es el riesgo de trabajar con los artículos de don Mario aparecidos con anterioridad en diferentes latitudes.

domingo, 17 de abril de 2011

REALISMO


EL PAÍS, Madrid, 17 de Abril de 2011
República
Manuel Vicent

Existen reservas naturales a las que no se puede acceder sin un permiso especial y gracias a la protección de las leyes algunas islas, ciertos parajes, se mantienen todavía incontaminados. Esos espacios preservados sirven entre otras cosas para purificar también nuestra mente por el solo hecho de viajar a ellos con el pensamiento. Aunque sea imposible llegar al corazón virgen de la naturaleza, para sentirse igualmente limpio basta con imaginar que en algún lugar del planeta aún quedan ríos azules, valles intactos no especulados y montes donde subsisten las mismas plantas autóctonas desde el cuaternario. En cierto sentido la Segunda República es también una reserva política que habita en la mente de muchos españoles sin la necesidad de volver a ella sino con la imaginación, como un ejercicio regenerador y didáctico. La República supuso en la historia de España una corriente de aire puro de renovación basada en la inteligencia, en la libertad, en la cultura y en la justicia social, que terminó en un baño de sangre. Aunque para algunos ciudadanos la Constitución de 1931 fuera un hecho nefasto, la causa de toda desdicha, aquella aspiración de modernidad frustrada por la violencia fraticida supone para otros españoles un hito nostálgico, como un amor perdido de juventud. Pero por fortuna el recuerdo de la Segunda República estará siempre asociado a las flores de acacia de mitad de abril, a la Niña Bonita del azar, a una primavera inevitable, que se renueva cada año como un lugar iniciático adonde uno debe volver para regenerarse políticamente. Sin duda el recuerdo de aquel tiempo está dorado por el polvo amarillo. Puede que aquellos próceres republicanos que venían del regeneracionismo con el empeño de una España europeísta, laica, racional y progresista fueran unos ingenuos cuyo sueño se vio devorado por las fuerzas ancestrales de la España negra, pero su estela quedó en suspensión en la atmósfera y cada abril se posa en el inconsciente colectivo. Si la República es hoy una meta inalcanzable, no por eso deja de ser una reserva espiritual, un paradigma político de la memoria, lo mismo que ese territorio imaginario donde se extienden litorales todavía vírgenes y discurren ríos azules en cuyas aguas es obligado volver siempre a bañarse.

domingo, 13 de marzo de 2011

MANUAL DE USO


EL PAÍS, Madrid, 13 de Marzo de 2011
Resetear
MANUEL VICENT

No conozco a nadie que en el fondo no se sienta inferior a su propio ordenador, que no ponga cara de idiota cuando sin saber por qué, de pronto el aparato se bloquea, el cursor deja de obedecer al ratón, la pantalla se apaga y todo el trabajo se pierde en el bosque informático poblado de malvados enanitos. A las radios, televisores y otros cacharros antiguos bastaba con darles un puñetazo para que volvieran a funcionar, pero frente a la rebeldía del ordenador no sirve de nada aporrear con odio el teclado. En este caso, según aconsejan los técnicos, la única solución consiste en resetear, esto es, en apagar e incluso en desenchufar por completo el sistema y en volverlo a encender para que todo empiece de nuevo. Pues bien, resetear es hoy una acción casi mística, que cada cual debería aplicar también a su propia vida cuando uno se siente muy mal, pero no sabe qué le pasa. Volver siempre al principio es una fórmula budista de absoluta actualidad. Cuando arrastrado por la corriente política, con los años te has vuelto en un tipo esquinado de extrema derecha con el pelo teñido de azabache, si te reseteas, puede que vuelva a emerger del pasado aquel chico solidario, ecologista, que quería librar al mundo de la injusticia universal. Cuando el tedio ha desactivado la pasión que sentías por un amante ya gastado, si te reseteas, puede que recuperes aquel novio nunca olvidado del todo o aparezca en el horizonte otro más joven, más guapo y más simpático. Cuando tu cuerpo con la edad se ha convertido en una ruina y no sin razón te crees amortizado para el sexo, si te reseteas, puede que seas aún más feliz dedicándote a la erudición y a cazar mariposas como Nabokov. Cuando uno era una hormiga petulante que creía que este planeta no corría ningún peligro con las centrales atómicas, si te reseteas, tal vez pensarás que la energía limpia se deriva de una inteligencia clara y entonces te harás un militante antinuclear. Cuando te duelen cosas que antes no te dolían y tampoco sabes qué va a ser del mundo ni de ti en el futuro, vete a la cama. Uno se resetea todas las noches durante el sueño. El cerebro se apaga, pone en orden los cables y de ti depende encenderlo cada mañana para ver el sol en la ventana como si fuera la pantalla del ordenador de nuevo iluminada.

Ilustración:
www.onlyoilpainting.com