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domingo, 6 de enero de 2013

FILO-SOFÍA (1)

EL PAÍS, Madrid, 30 de Diciembre de 2013
EL NACIONAL - Domingo 06 de Enero de 2013     Siete Días/6 Opiniones
Sartre y sus ex amigos
MARIO VARGAS LLOSA

Estaba ordenando el escritorio y un libro cayó de un estante a mis pies. Era el cuarto volumen de Situations (1964), la serie que reúne los artículos y ensayos cortos de Sartre. Lo encontré lleno de anotaciones hechas cuando lo leí, el mismo año que fue publicado. Comencé a hojearlo y me he pasado un fin de semana releyéndolo. Ha sido un viaje en el tiempo y en la historia, así como una peregrinación a mi juventud y a las fuentes de mi vocación.
Sus libros y sus ideas marcaron mi adolescencia y mis años universitarios, desde que descubrí sus cuentos de El muro, en 1952, mi último año de colegio. Debo haber leído todo lo que escribió hasta el año 1972, en que terminé, en Barcelona, los tres densos tomos dedicados a Flaubert (El idiota de la familia), otra de las tetralogías que dejó incompletas, como las novelas de Los caminos de la libertad y su empeño en fundir el existencialismo y el marxismo, Crítica de la razón dialéctica, cuya síntesis final, prometida muchas veces, nunca escribió. Después de veinte años de leerlo y estudiarlo con verdadera devoción, quedé decepcionado de sus vaivenes ideológicos, sus exabruptos políticos, su logomaquia, y convencido de que buena parte del esfuerzo intelectual que dediqué a sus obras de ficción, sus mamotretos filosóficos, sus polémicas y sus ucases hubiera sido tal vez más provechoso consagrarlo a otros autores, como Popper, Hayek, Isaías Berlin o Raymond Aron.
Sin embargo, confieso que ha sido una experiencia estimulante ­algo melancólica, también­ la relectura de su polémica con Albert Camus del año 1952, sobre los campos de concentración soviéticos, de su recuerdo y reivindicación de Paul Nizan, de marzo de 1960, y del larguísimo epitafio (casi un centenar de páginas) que dedicó a la memoria de su compañero de estudios, aventuras políticas y editoriales, amigo y adversario, el filósofo Maurice Merleau-Ponty (1961).

Era un soberbio polemista y su prosa, que solía ser siempre inteligente pero seca y áspera, en el debate se enardecía, brillaba y parecía insaciable su afán de aniquilación conceptual de su contrincante. No se equivocó Simone de Beauvoir cuando dijo de él que era "una máquina de pensar", aunque habría que añadir que ese intelecto desmesurado, esa razón razonante, podía ser también, por momentos, fría y deshumanizada como un arenal. Leída hoy, no cabe la menor duda de que su respuesta a Camus era equivocada e injusta, y que fue el autor de El extranjero quien defendió la verdad, condenando la muerte lenta a que fueron sometidos millones de soviéticos en el Gulag por el estalinismo a menudo por sospechas de disidencia totalmente infundadas y sosteniendo que toda ideología política desprovista de sentido moral se convierte en barbarie. Pero, aun así, los argumentos que esgrime Sartre, pese a su entraña capciosa y sofística, están tan espléndidamente expuestos, con retórica tan astuta y persuasiva, tan bien trabados e ilustrados, que suscitan la duda y siembran la confusión en el lector. Arthur Koestler pensaba en Sartre cuando dijo que un intelectual era, sobre todo en Francia, alguien que creía todo aquello que podía demostrar y que demostraba todo aquello en que creía. Es decir, un sofista de alto vuelo.
La evocación de Paul Nizan (1905-1940), su condiscípulo en el liceo Louis le-Grand y en la École Normale Supérieure, a quien lo unió una amistad tormentosa, es soberbia y ­adjetivo que rara vez merecían sus escritos­ conmovedora. Hijo de un obrero bretón que, gracias a su talento, recibió una educación esmerada, Nizan fue muchas cosas ­un dandy, un anarquista, autor de panfletos disfrazados a veces de novelas que seducían por su violencia intelectual y su fuerza expresiva­ antes de convertirse en un disciplinado militante del Partido Comunista. Cuando el pacto de la URSS con la Alemania nazi, Nizan renunció al partido y criticó con dureza esa alianza contra natura. Poco después, apenas comenzada la Segunda Guerra Mundial, murió en el frente de una bala perdida. Pero su verdadera muerte fue la pestilencial campaña de descrédito desatada por los comunistas para envilecer su memoria.

Camus rompió con Sartre por la cercanía de éste con el partido; Nizan, por las diferencias y reticencias que guardaba con aquél. En su ensayo, que sirvió de prólogo a Aden, Arabie, Sartre hace un recuento muy vivo de la fulgurante trayectoria de ese compañero que parecía destinado a ocupar un lugar eminente en la vida cultural y que cesó, de aquella manera trágica, a sus 35 años.
En tanto que, cuando refuta a Camus, aparece como un perfecto compañero de viaje, en el que dedica a defender la vida y la obra de Nizan, Sartre es un debelador implacable del sectarismo dogmático que cubría de calumnias infames a sus críticos y prefería descalificarlos moralmente antes que responder a sus razones con razones. El ensayo es también una premonición de lo que podría llamarse el espíritu de Mayo de 1968, pues en él Sartre propone a Nizan como un ejemplo para las nuevas generaciones, por haber sido capaz de romper los moldes ideológicos y las convenciones y esquemas dentro de los que se movía la izquierda francesa, y haber buscado por cuenta propia y a través de la experiencia vivida un modo de acción ­una praxis­ que acercara el medio intelectual a los sectores explotados de la sociedad.

El ensayo sobre MerleauPonty es, también, una autobiografía política e intelectual, un recuento de los años que compartieron, como estudiantes de Filosofía en la École Normale Supérieure, su descubrimiento de la política, del marxismo, de la necesidad del compromiso, y, sobre todo, su toma de conciencia del odio que les inspiraba el medio burgués de que ambos provenían. Este odio impregna todas las frases de este ensayo y se diría que, a menudo, es él, antes que las ideas y las razones, y antes también que la solidaridad con los marginados, el que dicta ciertas tomas de posición y pronunciamientos de los dos amigos. Sartre es muy sincero y poco le falta para reconocer que, en su caso, la revolución no tiene otro objetivo primordial que borrar de la tierra a esa clase social privilegiada, dueña del capital y del espíritu, en la que nació y contra la que alienta una fobia patológica. En este ensayo aparece la famosa afirmación sartreana ("Todo anticomunista es un perro") que llevó a Raymond Aron a preguntar a Sartre si había que considerar a la humanidad una perrera.

 Merleau-Ponty fue el último de los intelectuales de alto nivel con los que Sartre fundó Les Temps modernes, en romper con la revista que, durante años, fue para muchos jóvenes de mi generación una especie de biblia política. A partir del alejamiento de Merleau-Ponty, en los años cincuenta, sólo quedarían con Sartre los incondicionales, que, durante toda la Guerra Fría, aprobarían sus idas y venidas y sus retruécanos a veces delirantes en esa danza sadomasoquista que vivió hasta el final con todas las variantes comunistas (incluida la china de la Revolución Cultural).
Este ensayo impresiona porque muestra la fantástica evolución de Europa en el medio siglo transcurrido desde que se escribió. Cuando Sartre lo publica, la URSS parecía una realidad consolidada e irreversible. La Guerra Fría daba la impresión de poder transformarse en cualquier momento en guerra caliente y, aunque Sartre y Merleau-Ponty discrepan sobre muchas cosas, ambos están convencidos de que la tercera guerra mundial es inevitable y que, una vez que estalle, el Ejército soviético tardará muy poco en ocupar toda Europa Occidental.
La política impregna hasta los tuétanos la vida cultural en todas sus manifestaciones y los extremos apenas dejan espacio a un centro democrático y liberal que tiene pocos defensores en el mundo intelectual.
No sólo Sartre y Merleau-Ponty ven en de Gaulle y la Quinta República un fascismo renaciente y en Estados Unidos un nuevo nazismo. Semejante disparate es en aquellos años de esquematismo e intolerancia un lugar común. Produce vértigo que pensadores que nos parecían los más lúcidos de su tiempo se dejaran cegar de ese modo por los prejuicios políticos.
Ahora bien. Pese a las orejeras ideológicas que delatan, aquellos debates tienen algo que en el mundo de hoy ha sido barrido por, de un lado, la banalidad y la frivolidad, y, por otro, el oscurantismo académico: la preocupación por los grandes temas de la justicia y la injusticia, la explotación de los más por los menos, el contenido real de la libertad, cómo conciliar ésta con la justicia e impedir que sea sólo una abstracción metafísica, etcétera.

En nuestros días los debates intelectuales tienen un horizonte muy limitado y transpiran una secreta resignación conformista, la idea de que aquellas utopías de los tiempos de Sartre y Camus han quedado para siempre erradicadas de la historia. Hoy por hoy, tratándose de política, el sueño está prohibido, ya sólo son admisibles los sueños literarios y artísticos.

Nota LB:

Por una parte, nos llamó la atención una fotografía hogareña, en la que dos personas conversaban respaldadas – entre otras – por la fotografía en blanco y negro de Sartre.  Aparecida en las redes sociales (Ana Sosa / Facebook, 14/12/12), nos hizo meditar sobre la suprema importancia mediática alcanzada por el hoy olvidado. Le escribimos a Ana en dos ocasiones, obteniendo la debida autorización para su publicación y la identificación de las personas en cuestión: Elisa Arráiz Lucca y Roberto Lovera de Sola, dueño de casa, departen bajo la cámara de Sosa.
Por otra, casualmente, Vargas Llosa después escribe sobre el agitador de Paris del ’68,  como antes lo fue – devenido profeta – de los movimientos insurreccionales latinoamericanos, a raíz de la defensa personal y escrita del proceso cubano. Por ello, ejemplificándolo, recordamos y traemos a colación un comentario suelto, publicado en Crítica Contemporánea, Caracas (nr. 5 de mayo-junio de 1961).  Sin dudas, tamaña demostración de amistad, generó muchísimos amigos en este lado del mundo que, sobrevivientes, ya ni lo mencionan.
Finalmente, de arriba hacia abajo, nos hicimos de varias ilustraciones: la de Manuel Vicent (El País), seguida por las de un autor desconocido (tomada de la red), Ugo (El Nacional), y otro autor insuficientemente identificado,  que apareció en Crítica Contemporánea, Caracas (nr. 1 de mayo-junio de 1960), con un texto de Juan Nuño sobre el teatro sartreano,  seguramente comprendido en un libro ulterior sobre el francés, publicado – si mal no recordamos – por la UCV. Empero, es necesario observar la meritoria ilustración de Vicent que contrasta con el igualmente ocupado Ugo, a quien admiramos aunque evidentemente sólo confía en el trazo acostumbrado, sin el ingenio de sus ya antiguos atrevimientos: referido en el blog con anterioridad, es el riesgo de trabajar con los artículos de don Mario aparecidos con anterioridad en diferentes latitudes.

lunes, 23 de abril de 2012

BANQUILLO (1)


Marisa Kohn Beker. "El estudiante en el banquillo": Contemporánea, Caracas, nr. 2, julio-agosto de 1960, p. 15 s.

BANQUILLO (2)


Marisa Kohn Beker. "El estudiante en el banquillo": Contemporánea, Caracas, nr. 2, julio-agosto de 1960, p. 15 s.

NOTA DE LB:

Recientemente, nos dispusimos a comentar la fotografía de una joven estudiante que, al cumplir con una asignación de pre-grado, la confundió como propia de los años '50. No habría problema, excepto el haber incurrido en el error en otras semejantes. Evidentemente, para nuestra generación, pertenecían a los años '50, por los personajes, la vestimenta y la arquitectura de fondo. Por consiguiente, se hicieron las observaciones, pero esa joven estudiante se molestó. Y, tratándose de un grupo de historia venezolana en Facebook, la irritación es injustificable, pues ha debido indagar. Así de sencillo.

Hallamos un viejo artículo de Kohn Beker, en la celebérrima y prontamente desaparecida revista Crítica Contemporánea que, un poco, nos demuestra que el problema es de vieja data. Por lo general, la "politización" de la universidad fue la gran culpable en los años siguientes, aunque - por un lado - es dado observar que hubo brillantes egresados a pesar de las altas responsabilidades políticas que tan precozmente tuvieron, como - en orden cronológico - Teodoro Petkoff y Abdón Vivas Terán. Hoy - por otra - todos los indicios apuntan a la llamada antipolítica, con la banalización de los problemas colectivos y ciudadanos, incluyendo los académicos. Nadie puede lanzar la primera piedra por lo que respecta a la trayectoria académica, como si fuésemos un dechado de virtud, pero hay circunstancias en las que la lanzan, sin la necesaria dósis de humildad para aceptar y corregir los errores.



martes, 10 de agosto de 2010

de uno y otro lado, el proceso cubano


Medidor de todas las cosas: la historia la absorberá
Luis Barragán


Una rápida revisión de la prensa venezolana de entonces, revela el entusiasmo y la devoción que provocó el parto de la revolución cubana entre nosotros. No hubo acontecimiento semejante en el mundo entero que produjera tamaña demostración de fe en los protagonistas del derrumbe del batistato, en el descenso de una montaña que tampoco se explicaba sin el concurso de todas las corrientes democráticas de la ciudad.

Surgió el mito definitivo de nuestras redenciones en este lado del planeta, con tal fuerza que la menor de las dudas, el más modesto gesto de disidencia, alguna diferencia de interpretación, significaba hacerse inmediatamente enemigo de toda la humanidad. E, incluso, muy bien lo ilustra el extraordinario medio de expresión de un grupo de académicos que, en nota editorial suscrita poco después de la Primera Declaración de La Habana, refería: “Una de las muchas virtudes de la Revolución Cubana reside en su valor de criterio para calibrar la posición política de quienes a ella se acercan” (Caracas, nr. 3 de sep-oct de 1960; comité de redacción: Orlando Albornoz, Germán Carrera Damas, Gustavo Carrera, Rafael Di Prisco, Pedro Duno, Marisa Kohn de Baker, Juan Nuño, Antonio Pasquali y Federico Riu).

Tardará varias décadas la implosión de la Unión Soviética y de la Europa Oriental, revelándonos al final toda la realidad de un proyecto descompuesto, pero el régimen cubano soportará el acontecimiento, gracias a una inmensa destreza diplomática unida a su victimización, por obra del bloqueo estadounidense. Eternizado como promesa, el régimen y sus personeros, despuntando un siglo diferente, halló también en la renta petrolera venezolana su mejor póliza de supervivencia, recobrando o – mejor – simulando la esperanza que alguna vez representó.

Reimpuesta como medida de todas las cosas, baremo de lo que es y no es humano, de lo patriótico y apátrida, la aún llamada revolución cubana ejerce una influencia que va más allá de un episodio romántico, comprometiendo nuestra seguridad y defensa en áreas vitales que muy ejemplifican los organismos especializados en nuestra identificación y extranjería, la importación masiva de alimentos o la mismísima remodelación del casco histórico de Caracas. Para La Habana, el mantenimiento de Chávez en el poder constituye una poderosa razón de Estado, aunque pudiera resultar el beneficiario final con la desaparición física o política de ambos Castro, no siendo tan descabellada la idea de una definitiva integración de ambos países añadido el “territorio liberado” por las FARC.

Aquella Cuba que, por ejemplo, celebrara tanto nuestro Aquiles Nazca, supuestamente autocrítica, erigida como escuela moral antes que política del continente, escala de toda bondad y maldad, devino grotesca caricatura que – en el fondo – teme al chavezato que la absorberá, tanto como de la deserción masiva de los médicos o deportistas que ha colocado en todos los rincones de Venezuela. Acaso, lo único que sirve (y les sirve), es para distinguir quién está con el gobierno y quién con la oposición, aunque los más fervorosos fidelistas del patio prefieren acudir y acuden a una clínica privada, en lugar de los módulos y centros atendidos por cubanos cuando suenan las campanas de una emergencia (y ni siquiera, eso…).

Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2010/08/medidor-de-todas-las-cosas-la-historia-la-absorbera/
ión
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=681148
Ilustración: