El Nacional - Sábado 29 de Abril de 2006 Papel Literario/1
Después de la tormenta
Publicada por Oscar Toddman Editores en 1997, Historias de la marcha a pie, la magnífica novela de Victoria de Stefano (Italia, 1940), vuelve a circular editada recientemente por la casa El Otro el mismo. Novelista y ensayista, ha publicado, entre otros títulos El desolvido (que circulará próximamente en una edición de Ramdom House Mondadori), La noche llama a la noche, Cabo de vida, Lluvia y Pedir demasiado
Nelson Rivera
Apenas había recorrido unas pocas páginas, tres o cuatro nada más, cuando irrumpió en mi la pregunta que no me abandonaría hasta su final (y que está viva, aquí y ahora mientras escribo estas líneas): qué se ha acumulado en la vida de una escritora, en este caso de Victoria de Stefano, para que Historias de la marcha a pie haya sido posible. Qué se ha depositado de su experiencia, cómo se ha conservado y ensamblado a lo largo de los años, cómo se han imbricado recuerdos y olvidos, para que ellos hayan podido ser recogidos en el devoto y amantísimo ejercicio de construir memoria que es el sello de su novela.
Trataré de explicar la fuente de mi asombro: cada línea de la narración, cada instante está tan habitado, tan lleno de posibilidades (porque en el fondo se trata de esto: de nada reniega la autora), que uno, quiéralo o no, se ve convocado (como nos ocurre con los poetas), a preguntarse no sólo por lo que en sus páginas se cuenta, sino también por la voz, por la mujer, por la sensibilidad que ha escrito tal disposición del espíritu, no como respuesta a la demanda de veracidad de la ficción, sino urgida por algo mucho más decantado y subterráneo, esa dimensión de lo más acuciante y sensible que me atreveré a llamar la verdad de lo humano.
Corresponde decirlo de una vez: Historias de la marcha a pie no es una novela de ocasión (traicionaría su fecundidad si pretendiese hacer la síntesis de un simple relato, como quien resume una noticia). Porque ella no se limita a cumplir con la preceptiva de narrar una historia (que, de hecho, la cuenta con fina motricidad), sino que va mucho más lejos: su magistral despliegue consiste en llevar al plano de la escritura esa urdimbre tan frágil y poderosa a un mismo tiempo, que es la memoria de lo vivido (o, si el lector quiere, las memorias de lo vivido).
Siento que lo determinante de Historias de la marcha a pie es el inusual espectáculo del que nos provee: mostrarnos cómo se construye la casa de la memoria (estuve a punto de escribir el ‘edificio de la memoria’ pero he optado por el sustantivo casa, porque la dimensión íntima de ‘casa’ es aquí absolutamente imprescindible). De Stefano no marcha de un lugar a otro, no sigue un camino trazado a priori: va hacia atrás y hacia delante, asciende y desciende, se desplaza hacia adentro y hacia fuera, tal como nos ocurre a cada uno con las mareas menos visibles de nuestros propios recuerdos.
Ni empieza ni termina en lo que relata:
su escritura se instala en uno, siembra sus ecos, clava sus palabras como hitos rotundos en la percepción del lector.
Más que viaje geográfico, su moroso desplazamiento es interior, sentimental.
Sus direcciones, planos, contraplanos e intersecciones son los del pensamiento.
Relato psique: lo que arroja a nuestras playas son las huellas, los sedimentos de aquello que fue y regresa, porque nada de aquello que arde en cada uno de nosotros se olvida o se apaga para siempre:
los episodios grabados de la infancia, los momentos promulgados del amor y del desamor, la estela de los seres con los que con cruzamos en nuestras vidas, todo ello es indeleble. Mínimo tratado de los recuerdos: la mujer sensible sabe que el pasado tiene fugas, raptos, contracciones y erupciones incontroladas.
Regresan para pujar, para encontrar su alojamiento en el alma, para apropiarse de unas palabras que hagan posible la facultad de nombrarlos, de fijarlos, de volverlos a la vida.
Lengua restauradora
Si la memoria es el sedoso telón de fondo de Historias de la marcha a pie, la lengua es el don, el prodigio que devuelve como palpitante experiencia la prosa de Victoria de Stefano. A la mujer culta (a la filósofa de la estética; a la apasionada de la modernidad visual; a la estudiosa de las formas del drama; a la concentrada lectora y a la autora del luminoso ensayo sobre la poesía de Vicente Gerbasi) se suma la condición de quien no teme expresar su reconciliación con la vida ( “¡Qué cantidad de mundo para ser conquistado con la sola apelación de la mirada!” ).
Las palabras no son aquí sólo el instrumento de aproximación a las Historias:
son los movimientos mismos de su alma, las fluctuaciones de un ánimo memorístico, son el fulgor, el quejido, el escudo, la impugnación, el sonido del combate de quien regresa de su pasado enarbolando un tejido policromo, organoléptico, fotosensible, rehabilitado de la vida. Me lo dice no más que una intuición:
la Victoria de Stefano es una lengua que parece surgida de una larga tormenta, alborozo de quien pronuncia cada palabra como una fraterna ceremonia, una vez que ha regresado de un largo, lejano y determinante viaje.
Así lo siento, así lo he comentado con mis entrañables: la riqueza y la propiedad de su lengua es única en la narrativa venezolana. Lengua de mínimo escándalo y del más alto estremecimiento, su asunción del idioma es sólo comparable con la conciencia o la responsabilidad que habita en poetas como Rafael Cadenas o Eugenio Montejo. Porque su ofrenda consiste en acumular, ratificar, ajustar, acopiar para así afinar su relación con el mundo. La suya es una prosa respetuosa de la realidad, no sólo de las personas, también de la entidad de los objetos, de la genealogía y prospección de los gestos, del rubor o el desencanto que se alojan en los paisajes.
Es de su obsequiosa relación con el idioma, de su cultivo y florecimiento de donde proviene el músculo tendido, el incalculable rango de sus memorísticos ejercicios: porque en cualquier instante, a guisa de todo, ella es capaz de desplazarse con inusitada elegancia de la fina arenilla de los días a la pregunta de la eternidad. Del mínimo detalle que se oculta en el decorado de una habitación a lo insondable del universo. Del peso neto que tiene un instante a la condición liviana e impensable de la vastedad. Preciosidad:
cada palabra de Historias de la marcha a pie vive en su domicilio exacto, consecuente consigo misma. Nada hay en sus páginas que ande suelto, descolgado.
En su escritura hay un profundo anhelo de virtuosismo. Una interrogación subyacente que nos remite a los límites mismos del idioma para ir lejos, muy lejos, es decir, para excavar en la memoria, para erigir un testimonio de las pasiones, para referir al mundo canónico de la cultura (podría decirse de las culturas), sin que el relato pierda su condición de cálida conversación, de confesión, de historia que nos cuentan en confidencia.
El cuerpo patológico
En alguna parte de la propia novela encontré la palabra que posiblemente metaforiza uno de los asuntos que más me han conmovido de sus páginas. Esa palabra es ‘abnegación’ (hay cierta forma del altruismo, del desprendimiento o del sacrificio que ahora reaparecen como piezas de un mundo perdido), y ella nos remite a la honda, pulsada y persistente indagación sobre la obsolescencia que contiene su libro.
Digo: el tema sustantivo de Historias de la marcha a pie es la abnegación. Porque más allá de lo que la anécdota nos refiere, hay en la novela, otra vez, una entrega que es admirable y diría que única en la literatura venezolana: me refiero a toda esa resonante organicidad que su prosa eleva sobre la enfermedad y sobre el cuerpo doblegado por sus padecimientos. La narración de la obsolescencia, del avance del deterioro, de los síntomas del envejecimiento, del drama intrínseco que desata el desgaste y el paso del tiempo, alcanzan aquí expresiones de conmovedora sustancia.
Digo abnegación porque la autora no rehuye la exigencia de tal ejercicio.
Asume la entidad del enfermo, la pavorosa verdad que el cuerpo patológico guarda dentro de sí. Elijo abnegación y no voluntarismo, porque de Stafeno confiesa su debilidad, el acecho de la repulsa, de la intolerancia, del ya basta que pueden provocarnos los enfermos, pero también la piedad, ese impulso del que nos dota el amor para acompañar y consolar a quien sufre. No hay heroísmo sino humanidad: “Empezó a enumerar los síntomas, pérdida de contacto con el mundo, mala salud, achaques, dolores (Doctor, ¿qué será este dolorcito aquí?, nada de particular a su edad, es debido al desgaste de las costillas, ¿y éste de más abajo?, un poco de reumatismo, ¿y estas manchas, estos moretones?, hipersensibilidad de los tejidos, rotura de los capilares, todo dentro de lo normal, ¿y este hormigueo en brazos y piernas, estas ronchas?, ¿y el aire que me falta?, ¿y este desgano, este fastidio, estas molestias, este desaliento, esta feroz misantropía, esta falta de gusto por las cosas simples, este odio al prójimo, tan difícil de amar sin duda?), la indolencia, la irritabilidad, las fobias, las viejas manías elevadas a la tercera potencia, la memoria jugando a las escondidas, los siempre más débiles flashes de los recuerdos, las regurgitaciones de la melancolía, la amargura de los errores, las faltas para las que no valía ningún arrepentimiento”.
Catastro del mundo
Historias de la marcha a pie es, en su respiración más sosegada, un levantamiento de la data espiritual del mundo.
Guarda, aunque nunca lo haga explícito, una proyección moral: nada en lo inmediato le es ajeno. Su trasunto es el debate del prójimo. Intensa y oscilante, por momentos deslumbrante y por momentos sufriente, la ruta de Victoria de Stefano es por las almas en combate: por la suya y la de sus seres más próximos. Del arte de resistir, de eludir cualquier formulación fácil: de ello trata su lucha como autora. ( “En esa atmósfera de madriguera aprendí a aguantar el tiempo.
Aguantar, esa es la palabra, en su sentido más auténtico, en abstracto y en concreto, empírica, literalmente hablando.” ).
Novela de cámara, todo en sus páginas es interior. Páginas que hablan desde adentro, que susurran a la interioridad del lector: nada en ellas ha sido abreviado, menoscabado, zanjado. Siento que la conversación que propone no se limita al texto, sino que se devuelve hasta su autora:
un canto tan personal, un tono incesante y suyo (lúcida modulación del arte de narrar ideas) que no deja de escucharse en cada una de sus líneas.
Confesaré a los lectores lo siguiente: no tengo cómo demostrar que Historias de la marcha a pie sea la profunda huella que ha dejado una tormenta. No sé siquiera de qué clase de tormenta hablo:
es una presunción que se ha alojado en mis sentimientos de lector (quizás una pura arbitrariedad), una intuición que me dice (porque sostengo que la intuición es un instrumento imprescindible para abrazar a esta novela), que ella ha sido escrita bajo la luz reveladora, con el auspicio de esa porosidad que lo plena todo después de una tormenta: el ascenso y la caída, el magnánimo asombro de quien regresa y narra el vaivén entre la vida y la muerte.
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domingo, 18 de mayo de 2014
jueves, 16 de mayo de 2013
NOTIERO RETROSPECTIVO

- Juan Nuño. "La vuelta de Sartre". El Nacional, Caracas, 13/06/77. Papel Literario.
- Ida Gramcko. "Desnudez y revestimiento". El Nacional, 02/09/79.
- Alicia Perdomo. "¿Cómo se narran las 'Historias de la marcha a pie' (Victoria de Stefano)?". El Universal, Caracas, 19/04/98. Verbigracia.
- Lumo Reva (SIC). "La extraña residencia, Museo de un venezolano. Un coleccionista de muñecos de madera, Raúl Santana". El Nacional, 01/10/46.
Fotografía: Aquiles Nazoa. Élite, Caracas, 28/07/1945.
"Creo en Pablo Picasso, Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra;
creo en Charlie Chaplin, hijo de las violetas y de los ratones,
que fue crucificado, muerto y sepultado por el tiempo ,
pero que cada día resucita en el corazón de los hombres,
creo en el amor y en el arte como vías hacia el disfrute de la vida perdurable,
creo en el amolador que vive de fabricar estrellas de oro con su rueda maravillosa,
creo en la cualidad aérea del ser humano,
configurada en el recuerdo de Isadora Duncan abatíendose
como una purísima paloma herida bajo el cielo del mediterráneo;
creo en las monedas de chocolate que atesoro secretamente
debajo de la almohada de mi niñez;
creo en la fábula de Orfeo, creo en el sortilegio de la música,
yo que en las horas de mi angustia ví al conjuro de la Pavana de Fauré,
salir liberada y radiante de la dulce Eurídice del infierno de mi alma,
creo en Rainer María Rilken héroe de la lucha del hombre por la belleza,
que sacrificó su vida por el acto de cortar una rosa para una mujer,
creo en las flores que brotaron del cadáver adolescente de Ofelia,
creo en el llanto silencioso de Aquiles frente al mar;
creo en un barco esbelto y distantísimo
que salió hace un siglo al encuentro de la aurora;
su capitán Lord Byron, al cinto la espada de los arcángeles,
junto a sus sienes un resplandor de estrellas,
creo en el perro de Ulises,
en el gato risueño de Alicia en el país de las maravillas,
en el loro de Robinson Crusoe,
creo en los ratoncitos que tiraron del coche de la Cenicienta,
el beralfiro, el caballo de Rolando,
y en las abejas que laboran en su colmena dentro del corazón de Martín Tinajero,
creo en la amistad como el invento más bello del hombre,
creo en los poderes creadores del pueblo,
creo en la poesía y en fin,
creo en mí mismo, puesto que sé que alguien me ama..."
sábado, 4 de diciembre de 2010
paleográficamente, hablando

EL NACIONAL - Sábado 04 de Diciembre de 2010 Papel Literario
La narración desde los resquicios
CAROLINA LOZADA
Me gusta leer a Victoria de Stefano con un cuaderno de notas a mano, asumiendo la acostumbrada certeza de que la escritora me dará nombres, referencias, tránsitos de artistas, filósofos, historias sobre historias que me hacen detenerme sobre éstas, pensándolas, imaginándolas, como aquella anécdota familiar contada por Bernardo, en Historias de la marcha a pie (Oscar Todtmann, 1987), la de una prima que escribía cartas dirigidas a destinatarios cada vez más reacios y esquivos ante la insistente correspondencia, y que ella, seguramente atosigada por una nerviosa locura y una insoportable soledad, impelía con desespero a que fuesen respondidas: "¡Contéstenme enseguida, contesten rápidamente de su posible vuelta de correo. De cualquier modo contésteme, contésteme por favor!".
Imposible para mí continuar leyendo de un tirón los siguientes párrafos. En el triste desespero de la remitente me detuve un rato, días, tal vez ahora siga pensando en esa mujer que se entregó a una correspondencia sin retorno, y cuya letra probablemente se haría cada día más torpe y temblorosa, como consecuencia del paso de los años. A la remitente la pienso junto a Herzog, el personaje judío de Saul Bellow; el profesor que escribía cartas y las acumulaba en su maletín, sin despacho a buzón alguno.
¿Y acaso esa imagen del remitente solitario no puede ser la misma de un escritor, la de un sujeto que en su encierro voluntario escribe hasta el paroxismo, hasta el agotamiento, sin detenerse a pensar que tal vez afuera nadie lo leerá? Hablo del escritor religioso, del escritor entregado a su contundente posesión y exorcismo. Es la imagen que tengo de Clarice, la escritora de Lluvia (Oscar Todtmann, 2002), para mí la novela más entrañable de Victoria de Stefano, el personaje que metido dentro de su habitación, arma su propia fortaleza de páginas y reflexiones, mientras afuera el mundo sigue haciéndose noche y día con su habitual indiferencia.
En Paleografías (Alfaguara, 2010), ya no es el escritor zambullido en su oficio, sino Augusto, un pintor de mediana edad, diagnosticado bajo un cuadro depresivo, que durante la narración de la novela discurre sobre las experiencias de algunos pintores, sobre la suya misma, en un momento de su vida en que ni siquiera el arte le puede ofrecer un rincón de sosiego. Gracias al desarraigo de Augusto nos enteramos de experiencias vivenciales de algunos artistas, como Leonardo da Vinci y su exasperante paciencia para pintar la sonrisa de la Gioconda, o la siniestra imagen final de Mark Rothko: "abriéndose las venas por arriba de la articulación de los codos y regando de sangre el suelo un 25 de febrero de 1970 en la más absoluta e irrevocable soledad de su estudio atestado de botellas de whisky vacías".
Aunque el nombre de Paleografías nos conduce a las ruinas, y en más de un apartado estamos frente a ellas como espectadores silentes y estremecidos, la complejidad de la novela va más allá de un excitado estado de angustia. Victoria de Stefano sabe manejar los mecanismos de luz y aire para ventilar la asfixia y no atosigarnos en una completa penumbra. Si tuviera que hablar en términos pictóricos jugaría con la idea de que en Paleografías se manifiesta un expresionismo moderado, con una tímida pero necesaria luminosidad impresionista. Si bien en este libro la autora se muda de sujeto enunciador, no se muda del terreno reflexivo. La inagotable introspección de Victoria de Stefano se hace presente una vez más, como parte de un discurso narrativo que la escritora ha ido abonando desde sus inicios, a pesar de los cambios que un escritor puede experimentar en su oficio, como lo plantea ella misma en una de sus entrevistas: Yo tengo ya 70 años; cada diez, uno cambia sus certidumbres, algo en la vida viene a desmentirte y debes volver a plantearte las cosas. Los golpes en tu vida, los cambios a tu alrededor te obligan a hacerlo, y si no lo haces, si te aferras a tus ideas sobre las cosas, estás perdido. La realidad se le impone a uno y hay que ponerle atención. Todo el mundo ha tenido crisis.
Si hay algo presente en sus personajes, es ese punto de quiebre que los hace detenerse y preguntarse en esa ansiosa búsqueda de respuestas, en el vacío de lo no respondido.
El devenir, la soledad, la enfermedad, la muerte son parte de esos estadios conflictivos de crisis que padecen algunos de los personajes de sus novelas. El universo narrativo de esta escritora está poblado de sujetos para quienes retumba siempre la resignada convicción de saberse náufragos en la inmensa tristeza de no saber nada. En la obra de Victoria de Stefano más que un continuo fluir hay un detenerse, impelido por una escritura culta y reflexiva, que no logra bordear la peligrosa pedantería erudita. Todos estos rasgos en conjunto le suman una notable particularidad dentro de la novelística nacional, esta última tan dada, con ciertas excepciones, al acotamiento geográfico y sociopolítico, a una militancia referencial inmediata. Al contrario, en de Stefano el tiempo y el espacio se difuminan, por eso, al leerla me asumo como alguien que va cruzando un puente en un tiempo y espacio impreciso. Me asumo como alguien que se detiene a escuchar el sonido repetido del agua bajo el puente, que se detiene a pensar en los seres que ya han transitado ese mismo lugar. Su escritura es una invitación a ese constante detenerse y preguntarse, no en vano la narradora también se ha dedicado al estudio de la filosofía.
Cuando leo a Victoria de Stefano me invento una voz que habla en tonos suaves, bajos, sin estridencias, pero con suficiente firmeza para alertarme sobre la inmensa tristeza de no saber nada. La voz no se atropella ni se corta, ni siquiera cuando narra al perro moribundo que busca a tientas una muerte a oscuras; ni siquiera cuando narra el último ocaso del tío Fermín, la más vieja paleografía de las historias contadas. El último ocaso, porque ya los primeros significaron la vejez y la enfermedad. La muerte como el ocaso final, el que aplasta los últimos resquicios de luz, el íngrimo desmoronamiento de las ruinas que aguardaban en silencio. Estamos, pues, en presencia de una escritora que narra desde la profundidad de esos resquicios.
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Carolina Lozada,
Victoria De Stefano
lunes, 4 de octubre de 2010
lugar de un escritor

EL NACIONAL - Lunes 04 de Octubre de 2010 Cultura/3
El foro del lunes
VICTORIA DE STEFANO
Dice que la experiencia otorga una visión más amplia de la política
«El lugar de un escritor hoy es menos ideológico que antes»
Para la autora de Paleografías y La noche llama a la noche, la izquierda que conoció en las décadas de los años sesenta y setenta ha evolucionado hacia una con visión menos pugnaz
MICHELLE ROCHE R.
Desde que publicó sus primeras novelas, El desolvido (1970) y La noche llama a la noche (1985) ambas reeditadas por la casa Random House Mondadori, a Victoria de Stefano se le considera una de las intelectuales más articuladas del panorama cultural venezolano. Hoy, cuando aparece su novela más reciente, Paleografías, la autora de origen italiano es una referencia internacional del momento literario contemporáneo.
Aunque la novela editada por Alfaguara mantiene el estilo de escritura reflexiva e intratextual tan cercana a la metaficción que caracteriza a De Stefano, su protagonista ya no es un escritor sino un artista plástico que está ocupado en decodificar las causas de una depresión que lo mantiene sumido en la apatía y los pensamientos suicidas. Con esto, la escritora abre un espacio para la reflexión sobre la terapia psicológica como un lugar para la ficcionalización.
Imagen de su momento histórico.
Entre las características que contribuyen a darle un lugar preminente en las letras delpaís se encuentran su cercanía con las nuevas generaciones de escritores, su experiencia de vida, su profundidad intelectual y su persistente reflexión sobre la escritura. En el Hay Festival de Cartagena de hace tres años, De Stefano participó en el panel del foro ¿Para Qué Se Escribe? Escribir Ficción en Latinoamérica y en Europa con Alma Guillermoprieto, Enrique Vila-Matas, Ali Smith y William Ospina. Entonces planteó que el oficio de los autores busca trazar un mapa del recuerdo y de la memoria.
Justamente las primeras obras de De Stefano giran en torno a sus recuerdos de la lucha desde la izquierda, y su trabajo literario ha estado marcado por la influencia del frente guerrillero al que su esposo perteneció. La experiencia es semejante a la de otros autores cuyo arte fue sinónimo de lucha social.
El tema de las guerrillas generó en la época en la que la autora comenzó a escribir una serie de libros que, aunque publicados fundamentalmente en los años setenta, se gestaron en la década anterior, por lo que luego se les consideró como testimonios.
De Stefano es una excepción a esa regla. En esos años su oficio como ella misma llama a la escritura había alcanzado cierta madurez, pues sus primeras novelas se debaten entre la anécdota real y la reflexión ensayística. Son un poco como era su vida, dividida entre la lucha guerrillera por la que su esposo, Pedro Duno, estuvo varias veces en la cárcel y que hasta los obligó a exiliarse en Chile y las clases en la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela, donde comenzó a trabajar con el profesor García Bacca desde 1962, fecha en la que obtuvo su licenciatura. Así es el pensamiento que preconizan las letras de Victoria De Stefano: una uroboros de la acción y la reflexión.
En De Stefano la idea utópica de la guerrilla se quebró "cuando la revolución cubana terminó de convertirse en el fracaso que es hoy", recuerda.
La experiencia, sin embargo, sirvió de inspiración y tema para sus novelas.
Sus primeras novelas hablan justamente sobre sus recuerdos de la lucha guerrillera en el país. ¿Qué cree usted que ha quedado de aquella izquierda en la cultura venezolana? En aquella época, las décadas de los años sesenta y setenta, el campo cultural era prácticamente todo de izquierda, y en este momento la experiencia de esos años hace que la gente tenga una visión menos ideológica de la política y mucho más amplia. Incluso me atrevo a decir que la visión de hoy es menos pugnaz, porque aquella izquierda evolucionó. Claro, hay una facción guerrillera de aquella izquierda, que está ahora en el Gobierno pero no es una mayoría, y tiene más que todo un compromiso partidista y no uno cultural. Si hay allí quienes tengan un compromiso cultural no son muchos.
En el año 2007, Rafael Osío hizo una reseña sobre su novela Lluvia (2002), en ocasión de la reedición que le hizo el sello catalán Candaya.
Allí dice que usted ha "sido por mucho tiempo una escritora para escritores", ¿es su obra una que le interesa especialmente a los autores? Es cierto, pero con el paso del tiempo encuentro que tengo lectores que no son también escritores. La primera vez que me encontré con un lector anónimo (en el sentido de que no era un estudiante universitario, un amigo, un colega o una persona relacionada con el mundo intelectual) fue con un empleado del Banco de los Trabajadores, una institución de la época de la cuarta república, así que de eso hace muchos años. Pero yo no tengo tantos lectores como pueden tener otros escritores que tienen una gama más amplia, eso sí creo que es cierto.
¿A qué cree se debe eso? He ejercido mi oficio un poco aislada, en especial en mis comienzos. Tampoco he sido una escritora muy publicitada, pues apenas me he granado dos premios municipales, aunque sí tuve una figuración en el Premio Rómulo Gallegos del año 2005 que marcó una cierta pauta. Es verdad también que hay una publicidad que ayuda al escritor.
¿Le ha hecho falta la publicidad? No, para nada. Aunque a todo escritor le hace falta cierto reconocimiento, pero es indudable que si un escritor lo es de verdad, en el sentido de que tiene deseo de escribir, trabaja independientemente de la publicidad.
¿Siente que los autores más jóvenes se apuran mucho en publicar sus libros? No creo, hacen muy bien. Mi generación era más cauta y más temerosa. Había entonces menos editoriales. Hubo una época en la que no existía otra además de Monteávila Editores, entonces nos llevaba muchos años llegar al público. Yo creo que los jóvenes, si tienen la oportunidad, lo deben hacer.
¿Qué marca la literatura venezolana hoy en día? Lo que me parece más importante de este momento es que hay muchas generaciones de escritores escribiendo, debemos ampliar para el lector la posibilidad de acceder a varias generaciones. Observo que muchos autores jóvenes tienen oficio y mucha capacidad para correr los riesgos que a mi generación le costaron mucho más tiempo alcanzar.
¿Cómo afecta la crisis actual del país la literatura? En los momentos difíciles y en los que la crisis económica es obvia y el malestar social, en todos los niveles, también es evidente, la gente se vuelca más hacia la vida interior y hacia la lectura; necesita un espacio de reflexión mayor que en otras épocas.
En sus novelas siempre hay un personaje que es escritor, o en el caso de la más reciente, un artista, y cabe preguntarse qué considera valioso para la comunidad de la experiencia íntima del creador.
El artista crea otra realidad incluso más viva que la misma realidad, es decir, el creador comunica una experiencia y para mí, como lectora, es la lectura de los cuentos y de las novelas de los escritores y su inventiva lo que me abre un mundo de experiencias que van más allá de lo personal.
Para honrar el título de la novela que acaba de reeditar con los Libros de El Nacional, ¿cuál es para usted el lugar del escritor en la sociedad venezolana? El lugar de un autor siempre debe de ser su escritura, que hoy en día es un sitio menos ideológico de lo que fue antes, cuando yo comencé a escribir.
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Michelle Roche Rodríguez,
Victoria De Stefano
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