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domingo, 23 de febrero de 2020

RE-CREARSE

Ética y estética de la supervivencia
Luis Barragán

Puede aseverarse, al deterioro de lo material sigue el espiritual (y viceversa).  La psicología social puede aportar luces en torno a la continua degradación humana que trepa sendos y  preocupantes niveles de incongruencia, violencia, agresión, obscenidad.

Hannah Arendt lo advirtió décadas atrás, en una obra que cobra para Venezuela una antes insospechada actualidad. En su célebre compilación, “Los orígenes del totalitarismo”, expresó: "Los hombres, en tanto que son algo más que realización animal y realización de funciones, resultan enteramente superfluos para los regímenes totalitarios. El totalitarismo busca no la dominación despótica sobre los hombres, sino un sistema en el que los hombres sean superfluos" (Taurus, Bogotá, 2004 : 554). Por cierto, en una sesión más o menos reciente de la Asamblea Nacional, alguien citó el libro e, intuyendo que jamás lo había leído, le ripostamos; un testigo cercano, nos aseguró que el dirigente estudiantil, minutos antes, había tomado la cita de Google.

Luego, aun siendo la de la fealdad, el deterioro es portador de una estética de la descomposición e indignidad que intenta relegarnos a la superficialidad, la banalidad, lo pusilánime. Y, por graves y calamitosos que sean los problemas, ayudados por los ”memes” y otros artilugios de la imagen y del video, las redes digitales están pobladas de las doctas opiniones de los más improvisados tecladistas, a veces, alineados (in) voluntariamente en los llamados laboratorios de la guerra sucia.

Una ética y una estética de la dignidad y lucidez, sensatez y persistencia, propias de la resistencia frente a todo un régimen, no sólo se traduce en el texto corajudo, respetuoso y pertinente que podamos aportar, al igual que las imágenes, incluso,  en movimiento. Por ello,  hay un sentido en la defensa de nuestra cotidianidad creadora, a pesar de las condiciones y limitaciones reinantes e, incluso, una profundidad que las desafía: empuñando un pincel, calzando unas zapatillas de ballet, rasgando una guitarra, empleando una pelota de baloncesto, invocando unos versos, acrecentando un comentario que rompe con las estrecheces del pensamiento y de la sensibilidad que procura esto que es algo más que una dictadura.

En el inseguro tránsito por los espacios públicos, a veces, observaos actos que desafían e desorden establecido, anteriormente naturales de recreación. Los reivindicamos en reclamo de las libertades que nos hacen falta, presionando para abrir las compuertas de un distinto horizonte: la otra ética y estética del deterioro.

lunes, 25 de septiembre de 2017

ABRASIÓN

Ingeniería de mantenimiento, democracia, chavismo, cultura, estética. Todo mezclado
Hermann Alvino
 
– Con el tiempo, todo lo material se deteriora, la luz solar degrada el color del plástico, los filamentos de los millones de bombillos que aún alumbran las calles y las casas se funden, los baches de las calles aparecen de la nada por la abrasión de los neumáticos -unida al peso de los vehículos que por allí circulan-, los cables de los ascensores pierden sus propiedades por la fatiga de estirarse y encogerse contínuamente, la misma humedad y el oxígeno del aire se comen la infraestructura metálica, los rodamientos de ejes de motores pierden lubricante y se trancan, el concreto se agrieta, los moldes de las prensas con que se fabrican millones de objetos se desgastan, al igual que el cableado eléctrico y telefónico junto a las tuberías de agua y gas. En fin todo lo que nos rodea, comenzando por la misma ropa que vestimos y los electrodomésticos con que la lavamos, junto al resto de aparatos en nuestros hogares, termina averiándose, al igual que los ordenadores y teléfonos móviles, especialmente los de baja gama, con sus circuitos integrados chinos, cuyas aleaciones y soldaduras, además, se degradan con el calor que generan esos mismos circuitos, en una suerte de curioso suicidio electrónico.

– Las causas del deterioro y ruptura son muy diversas, y complementan el inevitable desgaste natural que aparece con el tiempo, aun con un uso normal de cada equipo e infraestructura; entre las más nefastas está el simple mal uso, y el no corregir a tiempo esas pequeñas fallas que van apareciendo, aunque en estos tiempos de consumo y degradación extrema del planeta, a veces salga más barato comprar un aparato nuevo que enviar a reparar el averiado.

– En materia de infraestructura pública, Venezuela nunca se ha caracterizado por mantenerla en buenas condiciones, y a excepción de aquel Metro de Caracas, que funcionó impecablemente antes de que el chavismo lo invadiera todo, el país ya arrastraba desde siempre un déficit de mantenimiento que poco a poco afectó a todo lo que estaba a la vista: autobuses, carreteras, aceras, postes y alumbrado, teléfonos públicos, alcantarillas y desagües, barandas de autopistas, ascensores, escaleras mecánicas, etc.

– Ese enorme deterioro se generó a partir de la incompetencia de quienes eran designados para dirigir las diversas unidades de mantenimiento adscritas a ministerios y empresas del Estado; una incompetencia que irónicamente no afectaba tanto al personal técnico subordinado, o sea los ingenieros y técnicos que conocían su oficio muy bien, pero cuya capacidad de decisión y operatividad se estrellaba con el nivel superior. El problema de la gerencia mediocre, o simplemente la falta de gerencia, siempre ha sido uno de los grandes defectos de la administración pública, y no cabe duda de que sus consecuencias fueron decisivas a la hora de degradar la calidad de vida al punto de hacer que el chavismo se viese atractivo para millones de venezolanos.

– La experiencia en materia de ingeniería de mantenimiento en la administración pública venezolana indicaba que la falla en el nivel de dirección se retroalimentaba en el nivel obrero, aprisionando así al nivel medio de ingenieros y técnicos, esto es, que por una parte, los directores pocas veces se nombraban por su capacidad técnica, específicamente enfocada al mantenimiento –que es una rama de la ingeniería tan rigurosa como todas las demás, a las cuales integra de manera multidisciplinaria para alcanzar un notable grado de complejidad-, y por otra, que el nivel obrero había llegado a un punto de no retorno en materia de incompetencia, una vez que el clientelismo partidista lograra imponerse sin control alguno.

– Así, cuando en el nivel de dirección se tomaba la decisión de realizar algún “operativo” para compensar el deterioro causado por meses y años de laxitud gerencial, todo se basaba en que había el dinero generado por la renta petrolera, y muy pocas veces se daba el caso de una gerencia basada en la relación costo-beneficio, a partir de las rutinas que la ingeniería de mantenimiento establecía como estándares en cada clase de infraestructura.

– Por su lado, en el nivel obrero se iban colocando a miles de personas a partir del clientelismo político, dejando así las unidades de mantenimiento saturadas de obreros mal formados, que en el mejor de los casos tenían la intención de trabajar, pero que en muchas oportunidades ellos solamente estaban allí para cobrar. Ellos eran empleados sin empleo. Además, ni estaban todos los que debían ser, ni eran todos los que debían, ya que incluso por la misma dinámica sindical y el amiguismo, había jardineros especializados operando como soldadores, o electricistas trabajando como choferes, cual diabólica rotación que buscaba cobrar incentivos, horas extra, y bonos diversos impuestos por un poder sindical fundamental para los partidos. Este problema pasó a ser parte de la democracia misma, o más bien, de la cultura nacional, puesto que ya sin democracia real, el chavismo, con sus funcionarios civiles y militares, muchos más ineptos y corruptos que los de la democracia, ha llevado esta realidad a extremos intolerables para cualquier intento de administración pública racional.

– Las consecuencias de nombrar en altos niveles de las unidades de mantenimiento a directores sin la formación gerencial adecuada, y por tanto incapaces de aprehender los conceptos de calidad, no solamente conllevó que no se tomaran decisiones acertadas, o que no se tomaran en absoluto, sino que cuando ello ocurría se dejaban de lado justamente los estándares de calidad que asegurarían un abordaje exitoso al probema. El mejor ejemplo de ello lo conoce cada venezolano cuando ve los huecos de las calles, que cuando por algún milagro se reparan, reaparecen al poco tiempo.

– Han habido además dos motivos adicionales de deterioro que también evidencian la incapacidad de la administración pública para llevar el paso en materia de mantenimiento -y que con la pobreza creada por el chavismo han llegado a extremos impensables-: el primero es el latrocinio ciudadano generalizado de la infraestructura, como el robo de centenares de kilómetros de cableado, de tuberías, de barandas de las autopistas, de tapas de inodoros, de papel de oficina, lápices, y todo lo que esté a la vista. Un ejemplo desde siempre han sido los hospitales, donde el déficit de material ha sido crónico por el robo continuado por parte del personal médico inescrupuloso, y de los mismos usuarios y pacientes; otros ejemplos son el robo de energía eléctrica y de agua, y para ello basta voltear hacia nuestro cerros para valorar la magnitud del problema. Todo ello es consecuencia directa del desgobierno.

– El otro motivo es el simple mal uso y abuso con el que el ciudadano interactúa con la infraestructura, y lo vemos en los asientos de una buseta, en los lavamanos quebrados de los baños públicos o en las botoneras rotas de los ascensores de cualquier edificio, lo que indica incluso que en Venezuela todo comienza a deteriorarse en grado sumo incluso antes de inagurarse. No es solo vandalismo sino mal uso  ciudadano, en un país donde se cree que las cosas no son de nadie, y por ello se abusa de ellas, pero también se piensa que las cosas son de todo el mundo, y por ello también se abusa de ellas. Pero cuidado, no se trata de autoflagelarse, porque basta visitar un baño de un avión al final del trayecto para comprobar que el abuso es planetario, excepto claro está si los pasajeros eran japoneses.

– Durante la democracia prechavista hubo ciclos de recuperación de la infraestructura que en cierta medida permitieron que el país siguiera funcionando dentro de niveles aceptables. El gobierno de Luis Herrera abordó una renovación de toda la infraestructura, junto a la imposición de parámetros operativos de calidad, algo que tuvo un enorme costo para todo el país, pero que fue inevitable dado el caos y el colapso de la infraestructura generado durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez –quienes durante aquel gobierno de LHC trabajaron en el Instituto Metropolitano de Transporte Colectivo, o en el Centro Simón Bolívar, recuerdan muy bien el vergonzoso estado de las cosas que heredaron de la gestión de Diego Arria, una historia patria que está a la vista, y bien documentada para cualquier venezolano que tenía que pasar por un aeropuerto, un terminal de autobuses, utilizar un ascensor del edificio donde estaban los tribunales, o montarse en el autobús de la ruta de San Ruperto, porque en ese momento era que su vida se convertía en algo muy desagradable.

– Aún así, el país tenía esa cíclica capacidad de respuesta que la renta petrolera le permitía, para más o menos seguir funcionando dentro de mínimos de calidad. Sin embargo, lo que sí constituía una excepción en positivo en materia de dicha calidad, era el estado de la industria petrolera y de casi todas las empresas de la CVG de Guayana –nótese el “casi todas”, porque allí ya había nidos muy bien establecidos de latrocinio y desdén por la infraestructura industrial, casualmente gestionada por muchos que a la postre resultaron ser chavistas-. Y era gracias a esos estándares de gerencia y de mantenimiento que esas industrias generaban las divisas que podían malgastarse a partir de la irresponsabilidad de los niveles de decisión mencionados, y cuya inercia de bonanza le ha permitido al chavismo ampliar hasta lo indecible este enorme inframundo clientelar que arruinó en su momento a la democracia.

– Ahora imaginemos a Venezuela gobernada durante 18 años por una banda de ineptos y corruptos, constituidos en una parte muy importante por militares, que de estas cosas saben muy poco, para quienes el objetivo de su presencia en el gobierno no es cumplir con la misión específica de cada organismo público, sino simplemente medrar y robar. Imaginemos esto, ya no a los dos niveles comentados –el gerencial y el obrero-, sino a todo el resto de los estratos de la administración, y sumémosle el criminal acto de Chávez de transformar a PDVSA y a la CVG en sumideros clientelares para cargarles a sus presupuestos los sueldos y salarios de millones de venezolanos cuya misión principal no es trabajar, sino apoyar al régimen. Visto así ya podremos explicar las razones por las cuales, para cualquier venezolano, la vida se ha hecho insoportable, porque gobernar no es despachar desde un cómodo sillón en un recinto decorado con gusto algo discutible, sino pensar, planificar y decidir sobre asuntos muy concretos sobre los que hay que tener especialización y experiencia.

– De allí que los países exitosos dividen a la administración pública en un nivel político y en otro operativo, estando el primero a cargo de políticos que pueden desconocer por completo lo que tienen entre manos, pero que cuentan con unos colaboradores que sí saben lo que hacen, y que están allí por méritos realizados dentro de una carrera administrativa estable. Que se nombre un ministro de defensa para luego rotarlo al ministerio de educación, y más adelante al de sanidad, obviamente no es lo ideal en ninguna administración, pero si se tiene el formidable apoyo del funcionariado experto y estable, al menos esa opción será el mal menor en comparación al desorden gerencial que ha caracterizado al Estado venezolano.

– Volviendo al mantenimiento, cuando cualquier paisano viaja se percata de las razones por las que súbitamente le nacen deseos de vivir fuera del país, y éstas nacen de lo bien, relativamente bien, cuidadas que están las cosas o de lo rápido que puede funcionar el realizar trámites, incluso en países más pobres, donde los formatos y demás papeles requeridos siempre están disponibles para ciudadanos y funcionarios. Fue entonces la misma muerte lenta de la ingeniería de mantenimiento del Estado venezolano, a partir de mediados de los años 80 del siglo pasado, la causante de muchos disgustos de la gente, porque esa muerte reflejaba los dos grandes defectos que a juicio de todo el mundo había que errradicar del Estado, sin notar voluntad política real para ello, o sea la desidia y la corrupción.

– Con el chavismo la historia se repite, pero en grande, y sin capacidad de revertir el curso de las cosas, tanto por falta de recursos y dinero, como por la carencia de una generación gerencial competente, dada la mediocre o nula educación que el chavismo ha impuesto en la sociedad.

– Si la desidia y la corrupción en materia de mantenimiento fueron decisivas para acabar con la democracia, solo queda preguntarse por qué aún no lo ha hecho con el régimen iniciado por Chávez. Y la respuesta, además de la fuerza bruta ejercida por esta gentuza, es que, en general, partiendo de que el ser humano se acostumbra a todo, y que los parámetros estéticos han cambiado tanto durante los últimos 30 años,  es que el desolador paisaje que muestran nuestras ciudadades y pueblos ya le parece a la gente algo normal.

– En este sentido, todo indica que el chavismo también ha ganado la batalla estética, y que en última instancia, defenestrarlo del poder implicará abordar el tema cultural, del cual la estética es una componente indispensable.

Fuente:
Ilustración: Dalia Ferreira.

jueves, 27 de julio de 2017

DEL VAPULEADOR, VAPULEADO



Del estado de destrozo al destrozo del Estado

Luis Barragán

Algo más parecido  a un reportaje que a un texto de opinión, quizá con asomo de un futuro ensayo, versamos sobre el reciente incendio de un vehículo automotor en la ciudad capital. Nada excepcional el video y las fotografías que nos remitieron, en el marco de una cruda represión, nos tienta a una breve reflexión sobre el actual Estado en Venezuela, deduciendo algunas de sus características. Y, por ello, reseñaremos los hechos, formularemos unas interrogantes, esbozaremos una cierta conceptualización, hasta arribar a tres conclusiones que quedarán pendientes en el tintero de bytes.

Un día y dos complementarios

El primer día, anunciándose apenas la tarde, en la avenida y calles adyacentes de un sector de Caracas de clases media descendiente y popular que alguna vez se dijo en ascenso, arrancó la protesta pública de los jóvenes que fueron enfrentados por la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). Espesor de gases tóxicos que tiñeron los edificios cercanos, barricadas frágiles y fogatas pretendiendo detener el disparo de proyectiles de los que nunca se sabe, hicieron rápida la noche con los escuderos más atrevidos ante la tanqueta y la ballena que, por momentos,  urgidas en otros sectores vecinos, procuraban aliviar al numeroso contingente de uniformados hastiados del ilimitado y nada marcial ejercicio de confrontación.

Teñidos ahora de obscuridad, pues, en una de las calles de edificios con balcones tapiados por láminas de cartón ya nada improvisadas, los particulares apagan todo bombillo que los ofrezca como el polígono ideal, quedando para la adivinanza el movimiento de los muchachos. Apenas, con la precaria estela de una molotov o por el impacto de una piedra de invisible trayecto, la GNB responde furibunda con sus artefactos hasta que se retira, cansada, apremiada para la misma faena en otros puntos del vecindario. Y, una o dos horas más tarde,  deja la avenida a la merced de los encapuchados.

Controlada  parcialmente la avenida hasta que regresen los uniformados que truenan sus alejadas motocicletas al escoltar el lento paso de los blindados, apenas iluminada por el esfuerzo de los residentes que perdieron hace mucho tiempo la esperanza por el alumbrado público, se confunden los héroes y villanos, con capuchas y láminas de endeble cartón o metal. Establecida la alcabala, peatones y conductores quedan expuestos a un robo sobre el alfombrado de los cartuchos percutados, vidrios y piedras, en un sorteo del que no se sabe de justos y pecadores.

La intermitente circulación de vehículos, dijo autorizar a un modesto conductor que zigzagueó hasta tropezar con una suerte de peaje y, nos refirieron, apenas avisado, mayor autorización tuvo de su juventud para bajarse y correr desesperado gritando y advirtiendo del asalto. En represalia, los encapuchados quemaron el carro atravesado que pronto levantó grandes hongos de humo más negro que la noche parpadeada por las llamas.

Transcurrieron aproximadamente 40 minutos antes de llegar varios motorizados de la GNB y coordinar a la ballena que, majestuosa herida en el pavimento, ensayó pacientemente dos o tres ángulos para disparar sus potentes chorros de agua que agigantaron los hongos hasta ahogar la candela. Apenas se movería el vehículos unos centímetros, debido al continuo impacto de los proyectiles líquidos que zarandeaban su intimidad, abollado en los costados, ensombrecido por algo más que los árboles que rebotaban las luces rojas y amarillas del blindado vapuleador.

 Antes de concluir la feroz asfixia del carro, llegó una unidad de los bomberos, cuya estación es cercana y, linterna en mano, cuidando de algún disparo accidental del mastodonte, lo revisaron ya como promesa segura de óxido y cenizas. A la medianoche, los vecinos dejaron pendiente el caso para tratar de descansar de tanta angustia acumulada.

Comenzando el día siguiente, cual mal tratado caso de acné, lució en medio de la avenida el vehículo de cuyo color nunca se supo, rodeado por uno que otro curioso, aunque – simultánea y tempranamente  - prendió la protesta en las adyacencias. Una larga jornada de varias horas, completó la escena del supuesto dueño del carro, por la dedicación que tuvo al detallarlo y extraer varias piezas, luego de varias cavilaciones indiferentes al ruido de los disparos,  en medio de una refriega que culminó con el literal intercambio de piedras entre los escuderos y la GNB que se quedó sin las acostumbradas municiones.

Tardío auxilio de tanquetas y ballena, añadido el derribamiento de un poste de alumbrado público, tan ornamental que el condominio más cercano es el que ilumina un poco la calle,  la jornada fue avivada por consignas contra la dictadura. A un costado, la guerra medioeval de los jóvenes que no dejaron de asediar a los efectivos uniformados que imitaron y  probaron una jerga obscena de desafío, y, al otro, en la acera, el conductor en cuestión diligenciaba su caricatura de metal aplomado hasta desaparecer, dejando abandonado el murmullo de lo que fue un carro, faltándole una lápida, pues, al momento de suscribir esta nota, todavía no lo han retirado.

Veinticuatro horas más tarde, el lugar repitió la ya acostumbrada escena de desastre. Llegó el personal de retaguardia de un camión del aseo urbano, sin máscaras, uniformes y a mano limpia, para tender una maltratada sábana de plástico y recoger varios escombros y porciones regadas de basura, quedando el resto, sumado el poste pesado que hizo un trazo en el pavimento, para los vecinos voluntarios que limpiaron lo más que pudieron el espacio frontal de dos o tres edificios, temiendo por el vidrio para los niños y las mascotas, en un tercer día susceptible de repeticiones.

Ciertas preguntas

Un evento tan (a) anormal de las extensas horas que hacen un siglo XXI que nos llena de perplejidad, nos interroga continuamente. Y, como la punta de un hilo, promete otros horizontes para el análisis – a nuestro juicio – insuficientemente trillado de procurar el cambio necesario en Venezuela.

Hablamos de un sector de clase media en descenso, concursado por otro popular que aventuró tiempos atrás su ascenso, irremediablemente aliados en esta prolongada coyuntura impuesta por una dictadura que  ha dado alcance a todos. A simple vista, el grupo de los jóvenes escuderos procede mayoritariamente de una cercana barriada popular y, por su lenguaje y destrezas físicas, parecen mejor sintonizados para una confrontación violenta, contrastando con los residentes de la urbanización. Ahora bien ¿la escudería no constituye un fenómeno de integración social, más allá del aula de estudios? ¿No se ofrece como un muro de contención frente al populacho, fuente implacable de toda experiencia fascista? ¿Es reacia a toda infiltración gubernamental, propiciando su descomposición? ¿No ofrece también una determinada pedagogía de civismo, alentando la lucha por medios no violentos? ¿Podrá evolucionar organizacionalmente hacia un claro y estable compromiso político?

La mejor demostración de los medios pacíficos empleados que no, la absurda pretensión de dejarse golpear salvajemente,  está expuesta por una confrontación harto desigual, aunque – en el caso citado – por alguna razón no llegaron los grupos paramilitares a auxiliar a lo que entendemos por autoridades públicas. O ¿no hay más habilidad, ingenio y arrojo natural en una muchachada desarmada que el concedido por el entrenamiento militar o cuasi-militar tan deseado por el gobierno para justificar su guerra civil? ¿En qué medida el despliegue de la resistencia en el referido sector citadino, no emula   el defensivo de las bandas delincuenciales de los barrios restándoles el uso de las armas de fuego? ¿Expuestos a la luz pública, la GNB no palidece ante la muchachada que ha conocido y padecido los tristemente célebres operativos de las OLP? ¿Además de sentirse parte de un espíritu nacional de lucha, por muy ocultos que lleven el rostro, no hay un baremo de reconocimiento mutuo por el nivel de coraje que el solo ser escudero comporta? ¿El incidente del carro no es una excepción dado el inmenso testimonio que los jóvenes han rendido por todos estos meses?

 El automóvil convertido en fogata, como el derribamiento de un poste público por la ballena que transitó una calle que le fue tan inadecuada, retrata muy bien el estado de destrozo al que nos condujo el régimen, pero también el destrozo del Estado. ¿Por qué no concurrieron a tiempo las unidades de los bomberos tan cercanos al lugar, dejando que  la ballena impactase con sus chorros al vehículo? ¿No existen diferencias entre el empleo de los medios bomberiles que impidan la propagación adicional de gases tóxicos y el meramente policial que no repara en la vecindad de los edificios  repletos de niños y ancianos? ¿Quién asegura que el remedio no pudo ser peor que la enfermedad, pudiendo la explosión alcanzar dimensiones superiores, sumado el sistema eléctrico de la avenida, cuando se ha descuidado un área tan vital como el de la defensa civil, a favor de una inversión masiva en armas y equipos antimotines? ¿Por qué la recolección de la basura la hace un personal público desprovisto de máscaras, una unidad y equipos apropiados, seguramente de empleo precario, mientras deben completarla los vecinos que pagan puntualmente sus impuestos? ¿Esta ambientación de peligro, deterioro, riesgo, incuria, amenaza, abandono, vandalismo, no es el más propicio para un régimen que se esfuerza en nuestra demolición moral?

Indicios

Años atrás, intentando atisbar una orientación definitiva del tal socialismo del siglo XXI, consideramos su sustentación en el lumpen-proletariado, mediante un texto originalmente publicado en el diario El Nacional de Caracas (http://lbarragan.blogspot.com/2012/09/invertebracion.html). Los hechos parecen corroborar aquellos supuestos,  por lo que, las sostenidas acciones de protesta ciudadana, ilustran una fortísima resistencia a la propia desarticulación social ensayada obstinadamente por lo que, finalmente, ha sido reconocida como una dictadura. Acotemos, en sus orígenes y desarrollo, la misma revolución cubana no alentó tamaña sustentación y, aunque la prédica persiste en el proletariado, en cuyo nombre ejerce, los mecanismos de control social no tienen por fundamento – digamos – el descontrol o la anarquía.

Socialismo venezolano que, por cierto, no ha aportado ni aportará documento, estudio o consideración alguna sobre las clases sociales en Venezuela, siendo, por ejemplo, Roberto Briceño-León, un preocupado actualizador de la materia. Una economía (y sociedad) rentista como la nuestra, en el curso de un inevitable y trágico cambio, por lo menos, desafía las nociones más elementales del marxismo clásico y, en consecuencia, muy poco puede disertarse sobre el colaboracionismo y la traición de clase, como ocurrió después de 1958, de acuerdo a la literatura profusa de entonces.

 Demasiado distante de las condiciones y estragos actuales, es nuestra hipótesis, quizá prospere una versión del “Espíritu del 23 de Enero”,  obedeciendo también a un esfuerzo subyacente y no menos desesperado, de rearticulación social que permita la confluencia del Country Club y de La Charneca, como ante se emblematizaba la conjunción de esfuerzos.  Dependerá esencialmente de los partidos, gremios y demás expresiones de la sociedad civil organizada que logren reivindicarse como tales, pues, resulta notorio, la ciudadanía ha superado al liderazgo establecido de la oposición que sólo surfea los acontecimientos.

Señalamos, el deterioro más extremo parece garantizar la definitiva implantación de una dictadura que ha hecho lo propio con el Estado y, a la vista el caso del vehículo quemado, añadidas sus circunstancias que, por repetidas, pasan por debajo de la mesa, derivando en tres graves aspectos.

Conclusiones provisionales

En efecto, por una parte, militarizada la sociedad y sus problemas, no existe Estado en la medida que un burdo incendio depende de un vehículo blindado de represión, siendo de nuevo prescindibles los bomberos, cuya estación se encontraba muy cercana al lugar de los hechos. Por lo demás, el especializado cuerpo bomberil labora en precarias condiciones, desequipado, con salarios y protección social muy pobres, sin que exista diferencia sustancial con los recolectores públicos de basura y el resto de los venezolanos.

 Por otra, no hay una mínima garantía de orden público, pues, luego de las protestas, en lugar de restablecerlo de acuerdo al sentido común, las fuerzas represivas dejan a la merced de la delincuencia a los ciudadanos, como escarmiento. Nada descabellada luce la idea para acentuar el castigo y desprestigiar las jornadas cívicas que resultan violentadas por la dictadura, susceptibles de la infiltración durante y después de la faena, premiando al hampa común por la cooperación que pueda brindar.

Finalmente, capturado por un elenco inescrupuloso que lo ha destruido con ayuda de sus pares cubanos, la reconstrucción y  rearticulación misma del Estado en Venezuela, es otra prioridad urgente. La refundación del Estado Constitucional naturalmente obliga a la reivindicación de sus elementos existenciales que se convierten en las cenizas simbolizadas por la fogata de un vehículo.

23/07/2017:
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domingo, 27 de noviembre de 2016

BROCHAZOS PARA UNA SITUACIÓN INCIERTA

Estética del deterioro
Luis Barragán


Hay sentencias que quedan, como la proferida por Alejandro Mayta en la célebre novela de Mario Vargas Llosa: el deterioro no tiene límites. Solemos creer que ya está pasando lo peor, aunque las evidencias indiquen lo contrario, teniendo por  magnífica fotografía la de una mesa de diálogo que espera por una nueva sesión dizque para enderezar las promesas incumplidas, perdido el proceso revocatorio que la ciudadanía inició con corajudo entusiasmo.

Otra imagen más del artificioso bipartidismo que el régimen ha concebido, diseñado e implementado, cumplimentará a sus defensores del exterior, debilitando o creyendo debilitar la solidaridad de las fuerzas democráticas que temen por el destino de Venezuela. La provechosa mano de pintura sobre una crisis embutida de la peor e interesada confusión, guarda correspondencia con el vasto maquillaje en el que invierte sus mejores esfuerzos de sonero Nicolás Maduro, auto-convencido de sus habilidades.

La única corrección que se permite el gobierno es la convencionalmente estética, disimulando todo  el kitsch que segregan sus realizaciones. Por ejemplo, no debe existir anaquel alguno vacío en el califato biométrico y post-petrolero, por lo que todos los supermercados, abastos y bodegas de ocasión deben rellenarlos con las llamativas bolsas de golosinas que, encarecidas, únicamente piden desempolvarlas, honrando un paisaje de la crisis absolutamente engañoso al primer vistazo.

Las callejuelas, calles y avenidas del país estarán repletas de los motivos propios de la  forzada festividad decembrina, aunque las sepamos despojadas del espíritu navideño que congregaba a creyentes y no creyentes. El trenzado de los postes, como el enmascaramiento de las paredes, hablará de  una salutación de fines de año que burócratas y contratistas de buen puntaje aspirarán a rematar orillados al Sena, sólo por el jugoso negocio gráfico que significa cubrir los caseríos, ciudades y pueblos.

De ilimitado alcance, el deterioro admite una variedad de versiones estéticas de buen o mal gusto. Sin embargo, siempre habrá lo peor, como el injustamente olvidado Presupuesto 2017 que  lleva en sus alforjas la promesa hiperinflacionaria que, así se vista se seda …
28/11/2016:
http://www.noticierodigital.com/2016/11/estetica-del-deteriorohttp://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=52497

domingo, 26 de julio de 2015

CONSTATACIÓN



Del trapeador cultural y del burócrata ornamentalizador

Luis Barragán

Nos animó personalmente conocer la escultura de Johan González,  al finalizar el caraqueño bulevard de Sabana Grande: puede decirse que estrechamos la mano de Armando Reverón, ícono cultural de múltiples usos para el gobierno actual. Nos satisfizo el importante y merecido tributo, aunque nos asaltaron inmediatamente las dudas sobre  la permanencia e integridad de una pieza desguarnecida, susceptible de los actos recurrentes de vandalismo que retrata muy bien la desolación del ciudadano que ha de vivir prisionero en su casa, realizar las puntuales e inevitables diligencias de calle  para volver a la relativa seguridad del hogar.

Suponiéndola hecha de un noble y resistente material, temimos menos por las lluvias inclementes o el choque de un atrevido vehículo automotor que por la burla de un delincuente que disfrutaría con la amputación de la obra. La inicial sospecha recayó sobre el block de dibujo, toda una tentación para el zarpazo del hampón gozoso de una ignorancia imperial que se duplica, pues, todavía no se entera que el pintor también hizo este país que lo vio nacer y crió, negándole – por lo menos – un cortés agradecimiento.

Nos ha molestado la verborrea cultural o culturosa del régimen, pródigo en homenajes que resultan excelentes maquinaciones propagandísticas y publicitarias, antes que un genuino testimonio de reconocimiento compartido. Dos veces, por lo menos, desde que conocimos esta versión  de don Armando, tronó su nombre en las sesiones plenarias de la Asamblea Nacional, en la que prácticamente el gobierno se exhibió como su descubridor y redentor.

E, igualmente, nos irrita que el hábito inducido y consolidado sea el de inhibirnos de salir de casa, tener piezas artísticas en la vía pública dignas de admiración y refugio de nuestras tensiones personales, así sea por un instante,  severamente amenazados por la delincuencia. Inhibición forzada porque la inseguridad se impone e importa más no pasear ni recrearse y hasta contar con el deterioro trastocado en monumento, ausente toda manifestación auténticamente cultural, antes de contar con una policía atenta, confiable y eficaz, debidamente asalariada y socialmente protegida: a veces, sospechamos que algunas de estas obras de permanencia incierta, frágiles y de pronta caducidad, constituyen un burdo negocio para el decisor público o el burócrata ornamentalizador que lo sabe y  no le importa su consistencia o duración. 

 Pasamos de vez en cuando a saludar al marido de Juanita Carrizalez, anotando la preñez de toda la precariedad que abunda en la ciudad. Nos atrevimos - en uno o dos años – a ventilarlo con nuestro móvil celular, clickeándolo con rápidez inusitada: del block partido llegamos a la reciente toma de un pintor ofendido, injuriado, burlado, pues, despintándose, descubrimos que no lo sostiene una fuerte aleación de metales y, amputado, que ha de rogar por el resto de unas extremidades que le ayuden a trazar el cielo en el día y en la noche.

En otra ocasión y lugar, nos enteramos de un contraste. Caminando hacia las oficinas administrativas del parlamento, nos detuvimos por un momento al notar que el busto de Miranda, en la avenida Universidad, recibía la cuidadosa atención de un señor que lo escrutaba contra el sol. Nos aventuramos y empuñamos de nuevo la cámara del celular hasta que decidimos acercarnos y conversar un poco con él: vela por algunos bustos de la zona y, con detergente y trapo en mano, procura mantenerlos limpios e intactos.

El señor nos dijo que labora en la alcaldía de Caracas y, al bajar juntos hacia la esquina de Pajaritos, aseguró que le tomó amor a su trabajo, a sabiendas que el prócer de la Independencia o Billo Frómeta, la otra pieza a su cuidado en la esquina de Padre Sierra, eran importantes para el país. Poco le importó nuestra condición de diputado de la oposición, pues, ya desconfiaba de nuestras indagaciones, y con naturalidad nos explicó lo difícil que es mantener esas obras, contribuyendo más allá con su personal esfuerzo, como quizá no lo hacen otros trapeadores o limpiadores de innegables y superiores méritos que el burócrata ornamentalizador que las ordenó.

Sentimos una enorme tristeza por don Armando, compensada por la satisfacción que concede don Francisco de Miranda. O, mejor todavía, orgullo por el trapeador que inadvertidamente le da continuidad a todo un país frente al burócrata ornamentalizador, gustoso del oropel hasta con fines comerciales.

Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/23218-del-trapeador-cultural-y-del-burocrata-ornamentalizador 

domingo, 26 de abril de 2015

EL SUELO MOVEDIZO DE LA MEMORIA

De la añoranza y consternación
Luis Barragán


Gracias a la brevedad reglamentaria de las intervenciones en la Asamblea Nacional,  a finales del año pasado apenas enunciamos nuestra preocupación por el destino de los inmuebles de valor histórico y arquitectónico en Venezuela.  Lo ejemplificamos, entre otros casos, con las condiciones en las que se encontraba la vieja sede la Biblioteca Nacional, tan cercana al Palacio Legislativo.

En efecto,  sede por numerosas décadas, a mediados o finales de los setenta del XX,  fue escenario de una experiencia exitosa: la Biblioteca Pública Central de Caracas, esperando un poco más la Biblioteca y la Hemeroteca Nacionales por otro destino definitivo, con la futura construcción del Foro Libertador, aceptado el tránsito de la prensa por la Pista Mucubají del Nuevo Circo.  Tiempos en los que la inquietud juvenil se paseaba entusiasta por una estantería extraordinaria, añadidos servicios como el del préstamo circulante, una fonoteca y la sala de lectura de la Plaza Bolívar con sus revistas extranjeras: por muy críticos que nos digamos, Virginia Betancourt hizo una inmensa contribución al país que todavía no tiene equivalente alguno.

Nos familiarizamos tanto con el lugar que, ya adultos, continuamos con la costumbre de hurgar y devorar de vez en cuando las novedades que ofrecía la biblioteca ubicada entre las esquinas de La Bolsa y San Francisco, al salir del tribunal penal donde laborábamos.  Todavía sobreviven muchos apuntes y fotocopias de aquella época en la que disfrutábamos de unos espacios reverenciados, pues se asomaban las colecciones en las terrazas con una vistosidad sobria, ordenada y premonitoria del paciente oleaje que nos esperaba.

La vieja sede sería reformulada con la llegada de Chávez Frías al poder, heredero – por cierto - de un Foro Libertador que hoy no tiene semejanza con sus inicios. No hubo mejor reformulación que el cierre y, al transcurrir el presente siglo,  terminó como el justificado refugio de las víctimas de las lluvias por un prolongado tiempo hasta que, no hace mucho, fue paulatinamente desalojado.

Tránsito obligado para acudir a la Asamblea Nacional, quienes resguardaban el sitio se aireaban un poco, abriendo las puertas y ventanas colándose la vista de cualquier peatón sobre el terrible deterioro de las instalaciones vacías. Semanas atrás, sinceraron la vista por los trabajos de remodelación emprendidos, imposibles de fotografíar por el riesgo de sacar el móvil en otra de las arterias caraqueñas empañadas por el hampa.

El viernes 24 de los corrientes, saliendo del Palacio de las Academias, después de escaparnos de nuestras labores habituales para escudriñar la antigua prensa, nos detuvimos frente al portón de la otrora Biblioteca Nacional que tiene días engalanada con sendos pendones que hablan del Centro de Historia Nacional y de una Exposición sobre la Constitución. Oportunidad esperada, preguntamos y nos detuvimos en medio de la sala, empuñando distraídamente el perolito electrónico: sentimos la profunda consternación de un sitio que añoramos, con todos los remiendos vivos de una remodelación evidentemente inconclusa que hasta la losa del piso, seguramente de remota data, tenía el sello de una criminal improvisación.

Terrazas solitarias, golpeadas por luces multicolores para una audiencia de escasos muchachos a la usanza postmoderna que parecía fastidiarles el conjunto de cuatro, arpa, maracas y cantante de encendidas letras antipuntofijistas, invitando a pormenorizar la exposición. ¿Cómo funcionará el Centro de Historia Nacional en un espacio concebido para apoteósicas colecciones de libros? ¿Por qué de la festividad ante una obra de remodelación – insistimos – inconclusa que puede llevarse por el medio hasta un vetusto pasamanos? ¿Qué harán con los ahora tapiados ascensores para libros que tampoco sirven de chimeneas para una cocina?

Supusimos mal, pues la exposición se limitaba a una ridícula pared taseajeada para videos, impresas las consabidas leyendas, o un no sé qué recurso didáctico a objeto de explicar la Constitución que ha sido violada reiteradamente. Guardamos poco a poco el arma de reglamento, no otro que el repletador de imágenes, sin ocasión para un video que extrañaría a la concurrencia de un espectáculo barato y abaratador de inconfundible cuño propagandísticos para … ellos mismos.

Proyectamos plantear nuestras inquietudes en el seno de la Comisión Permanente de Cultura, como ha ocurrido antes. Queda el sabor amargo de un gigantesco simulacro revolucionario que, al detal, halla una versión de mediodía sobre los escombros de un referente urbano que trepidaba tinta y papel.

Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/22355-de-la-anoranza-y-consternacion
Fotografías: LB, Caracas (24/04/2015).