- Rafael Castellanos. "La pedagógica lección de Guillermo José Schael". El Universal, Caracas, 18/05/1984.
- Jóvito Villalba regresa de visitar el territorio Delta Amacuro y estado Bolívar, incluyendo la Colonia Penal de Guasina. El Nacional, 06/09/43.
- Héctor Mujica. "¿Simples reformas o revolución dentro de la revolución?" (M. Gorbachov). El Nacional, 07/12/86.
- Roger Marín Gómez. "La novela venezolana y la conciencia nacional". El Nacional, 22/06/78.
- Sergio Antillano. "Imagen sucesiva de Gómez". El Nacional, 17/12/60.
Fotografía: Intervención de Abdón Vivas Terán en la cámara. Presumimos que durante el período gubernamental de Jaime Lusinchi. Colección de la Biblioteca de la Asamblea Nacional.
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domingo, 6 de agosto de 2017
sábado, 21 de enero de 2017
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- S/f. "4 líderes juveniles, 4 ideales, 4 problemas". Élite, Caracas, nr. 1706 del 07/06/1958.
- Martín de Ugalde. "Problemas de Venezuela No hay 70.000 desempleados en Caracas". Élite, nr. 1444 del 06/06/53.
- Armando Coll y el minimalismo. El Nacional, Caracas,08/03/93.
- Gustavo Luis Carrera. "Signos para un estudio: Novela venezolana, burguesía y masas populares". Crítica contemporánea, Caracas, nr. 5 de mayo.junio de 1961.
Reproducción: "LOS MARINOS Y 'ELITE': aparecen en la foto de izquierda a derecha: Cap. de Navío Luis H. Croce, del Estado Mayor General; Capitán Fgallo; Cap. de Fragata Miguel A. Gutiérrez; Trinita Casado, redactora; D.F. Maza Zavala, Director; Juan de Guruceaga y Leonor Lenís, colaboradora de 'ELITE' ". Élite, Caracas, nr. ? de 09/1948.
- Martín de Ugalde. "Problemas de Venezuela No hay 70.000 desempleados en Caracas". Élite, nr. 1444 del 06/06/53.
- Armando Coll y el minimalismo. El Nacional, Caracas,08/03/93.
- Gustavo Luis Carrera. "Signos para un estudio: Novela venezolana, burguesía y masas populares". Crítica contemporánea, Caracas, nr. 5 de mayo.junio de 1961.
Reproducción: "LOS MARINOS Y 'ELITE': aparecen en la foto de izquierda a derecha: Cap. de Navío Luis H. Croce, del Estado Mayor General; Capitán Fgallo; Cap. de Fragata Miguel A. Gutiérrez; Trinita Casado, redactora; D.F. Maza Zavala, Director; Juan de Guruceaga y Leonor Lenís, colaboradora de 'ELITE' ". Élite, Caracas, nr. ? de 09/1948.
viernes, 8 de enero de 2016
miércoles, 24 de junio de 2015
sábado, 14 de septiembre de 2013
¿DEFENSA O RECONSTRUCCIÓN?
EL NACIONAL, Caracas, 3 de julio de 2001 / Opinión
Notas sobre un rapto
Luis Barragán
Suele ocurrir: nombrar la revolución es muy distinto a hacerla. Agotada la imaginación, la ineptitud es cubierta con etiquetas que la fingen.
No es un mero afán opositor el que nos inspira, porque acá nadie podrá decir "jamás habíamos visto nada igual", parafraseando a Carlos Fuentes (Casa con dos puertas, Joaquín Mortíz, México, 1970: 151). Comprobamos con tristeza la pérdida de una inmensa oportunidad para el cambio que siempre soñamos desde la libertad.
Agolpadas las notas sobre la mesa, encontramos una ya antigua advertencia de Augusto Mijares: "Lo más grotesco es que (el político) quiera ser un revolucionario y no sepa cómo" (Elite, 27 de abril de 1963, número 1961). Desde la izquierda hasta la derecha, la invocación ha servido de mágica fórmula para conjurar las sorpresas que depara el ejercicio de gobierno y, habitual en este lado del mundo, las explosiones verbales dicen frenar el duro oleaje de la realidad.
El convencimiento más profundo que se tiene del tránsito por el poder reside en el empleo de la palabra: por modesta que sea, trasciende a todos los ámbitos. El desliz sintáctico, el neologismo espontáneo y la más atrevida adjetivación, rápidamente adquieren un visado social que también nos recuerda -con Castoriadis- aquello del político como prisionero de lo que dice.
Los dicterios no pueden construir una senda diferente, al menos que se tenga por tal la "sinceración" -Rangel dixit- de una herencia aceptada y recreada. Y es que los pronunciamientos radiales del presidente Chávez provocan las naturales reacciones que abonan a una básica cultura democrática adquirida en décadas que contrastan favorablemente con toda la historia republicana, por lo que no puede agravarse la oquedad revolucionaria con los caprichosos atropellos verbales.
Atropellos que igualmente avisan de una necesidad inaplazable: la de estatizar al propio Gobierno. Sentimos que, al discrepar de la reciente decisión del Tribunal Supremo, estaba en el fondo del recurso interpuesto por Elías Santana.
Insurge el Estado Audiovisual que, confundido con sus circunstanciales seguidores, sacraliza el gesto. No podemos olvidar las viejas experiencias, pues, observaba Fuentes: "La historia del siglo ha demostrado que las palabras también sirven para tiranizar. Hitler hizo algo más que quemar libros. El nazismo corrompió totalmente el lenguaje, al grado de que los significados elementales de la relación verbal se perdieron. Toda una generación de escritores alemanes ha debido dedicarse a la reconstitución del lenguaje primario de los individuos y de la sociedad. Y en el propio Estados Unidos, ¿no fue el macartismo, antes que otra cosa, un rapto verbal? El senador Joseph McCarthy fundó su aparato de sospecha, de infundio, de represión, de cacería de brujas, en el uso de epítetos difamantes, de palabras que no podían ser comprobadas, de etiquetas verbales" (115).
Quisiera que fuese una exageración al revisar y citar lecturas de antaño. No obstante, permanece la doble angustia por una revolución inauténtica, sin el compromiso con las razones, las emociones y la realidad misma que la autorizan, y la adulteración expresiva que supondrá una paciente reconstrucción de la esperanza misma: ¡Qué inmenso es el reto para la oposición democrática!
Post-data LB: Con las excepciones del caso, hay más del gesto plañidero que de la efectiva reconstrucción de un lenguaje alternativo. Un terco diagnóstico que, por cierto, no repara en los foros políticos, como el intento que hace la oposición parlamentaria. No hay una literatura innovadora de la llamada revolución, como no hay una nueva, alternativa y confiable literatura de sus adversarios. ¿Habrá que esperar por testimonios como los de un Milan Kundera? ¿Olvidamos que se trata de edificar? ¿No tratamos - en propiedad - de una crisis del pensamiento y, además, del pensamiento político? ¿Por qué hay más de pendejear sobre la realidad venezolana de los últimos años, a través de una literatura que no exhibe esa otra innovación esperada del lenguaje? (14/09/13).
Notas sobre un rapto
Luis Barragán
Suele ocurrir: nombrar la revolución es muy distinto a hacerla. Agotada la imaginación, la ineptitud es cubierta con etiquetas que la fingen.
No es un mero afán opositor el que nos inspira, porque acá nadie podrá decir "jamás habíamos visto nada igual", parafraseando a Carlos Fuentes (Casa con dos puertas, Joaquín Mortíz, México, 1970: 151). Comprobamos con tristeza la pérdida de una inmensa oportunidad para el cambio que siempre soñamos desde la libertad.
Agolpadas las notas sobre la mesa, encontramos una ya antigua advertencia de Augusto Mijares: "Lo más grotesco es que (el político) quiera ser un revolucionario y no sepa cómo" (Elite, 27 de abril de 1963, número 1961). Desde la izquierda hasta la derecha, la invocación ha servido de mágica fórmula para conjurar las sorpresas que depara el ejercicio de gobierno y, habitual en este lado del mundo, las explosiones verbales dicen frenar el duro oleaje de la realidad.
El convencimiento más profundo que se tiene del tránsito por el poder reside en el empleo de la palabra: por modesta que sea, trasciende a todos los ámbitos. El desliz sintáctico, el neologismo espontáneo y la más atrevida adjetivación, rápidamente adquieren un visado social que también nos recuerda -con Castoriadis- aquello del político como prisionero de lo que dice.
Los dicterios no pueden construir una senda diferente, al menos que se tenga por tal la "sinceración" -Rangel dixit- de una herencia aceptada y recreada. Y es que los pronunciamientos radiales del presidente Chávez provocan las naturales reacciones que abonan a una básica cultura democrática adquirida en décadas que contrastan favorablemente con toda la historia republicana, por lo que no puede agravarse la oquedad revolucionaria con los caprichosos atropellos verbales.
Atropellos que igualmente avisan de una necesidad inaplazable: la de estatizar al propio Gobierno. Sentimos que, al discrepar de la reciente decisión del Tribunal Supremo, estaba en el fondo del recurso interpuesto por Elías Santana.
Insurge el Estado Audiovisual que, confundido con sus circunstanciales seguidores, sacraliza el gesto. No podemos olvidar las viejas experiencias, pues, observaba Fuentes: "La historia del siglo ha demostrado que las palabras también sirven para tiranizar. Hitler hizo algo más que quemar libros. El nazismo corrompió totalmente el lenguaje, al grado de que los significados elementales de la relación verbal se perdieron. Toda una generación de escritores alemanes ha debido dedicarse a la reconstitución del lenguaje primario de los individuos y de la sociedad. Y en el propio Estados Unidos, ¿no fue el macartismo, antes que otra cosa, un rapto verbal? El senador Joseph McCarthy fundó su aparato de sospecha, de infundio, de represión, de cacería de brujas, en el uso de epítetos difamantes, de palabras que no podían ser comprobadas, de etiquetas verbales" (115).
Quisiera que fuese una exageración al revisar y citar lecturas de antaño. No obstante, permanece la doble angustia por una revolución inauténtica, sin el compromiso con las razones, las emociones y la realidad misma que la autorizan, y la adulteración expresiva que supondrá una paciente reconstrucción de la esperanza misma: ¡Qué inmenso es el reto para la oposición democrática!
Post-data LB: Con las excepciones del caso, hay más del gesto plañidero que de la efectiva reconstrucción de un lenguaje alternativo. Un terco diagnóstico que, por cierto, no repara en los foros políticos, como el intento que hace la oposición parlamentaria. No hay una literatura innovadora de la llamada revolución, como no hay una nueva, alternativa y confiable literatura de sus adversarios. ¿Habrá que esperar por testimonios como los de un Milan Kundera? ¿Olvidamos que se trata de edificar? ¿No tratamos - en propiedad - de una crisis del pensamiento y, además, del pensamiento político? ¿Por qué hay más de pendejear sobre la realidad venezolana de los últimos años, a través de una literatura que no exhibe esa otra innovación esperada del lenguaje? (14/09/13).
miércoles, 19 de diciembre de 2012
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Gloria Stolk. "El Banco del Libro". El Nacional, Caracas, 04/08/60.
- Susana Rotker. "Fray Servando Teresa de Mier viaja al revés". El Nacional, 22/09/96. Papel Literario.
- Miguel Acosta Saignes. "Hacia el Instituto de los Trabajadores de la Cultura". Últimas Noticias, 02/11/95.
- José Balza y Cantaura. Vea y Lea, Caracas, nr. 84 del 27/07/71.
- Juan Liscano. "Narrativa venezolana". El Nacional, 05/08/86.
Fotografía: El Nacional, Caracas, 16/12/44.
- Susana Rotker. "Fray Servando Teresa de Mier viaja al revés". El Nacional, 22/09/96. Papel Literario.
- Miguel Acosta Saignes. "Hacia el Instituto de los Trabajadores de la Cultura". Últimas Noticias, 02/11/95.
- José Balza y Cantaura. Vea y Lea, Caracas, nr. 84 del 27/07/71.
- Juan Liscano. "Narrativa venezolana". El Nacional, 05/08/86.
Fotografía: El Nacional, Caracas, 16/12/44.
lunes, 1 de octubre de 2012
CONSTATACIÓN
EL NACIONAL - Lunes 01 de Octubre de 2012 Escenas/2
La desolación
PALABRAS SOBRE PALABRAS
LETRAS
FRANCISCO JAVIER PÉREZ
Nos encontramos en España, en cualquier parte.
Como siempre, llaman nuestra atención las librerías, muchas, diversas, pletóricas. El espectáculo es agradable y entretiene. Las salas son grandes y su hospitalidad nos seduce. Encanta la abundancia de especímenes entretenidos y de piezas de estudio. La variedad es tal que, con las diferencias de cada local, en cada uno se nos anuncian las novedades en mesones abarrotados y que ofrecen una zona de colorido visual y mental incomparable. Al adentrarnos en el recinto, están con nosotros (o nosotros estamos con) las secciones dedicadas a las distintas materias motivo de cada librería (pues las hay generales y especializadas en temas concretos, comunes o eruditos) y en cada una de ellas se prepara un festín de conceptos y cronologías del libro regidas por nuestro señor el alfabeto. Al acercarnos más y más nos damos cuenta de que somos dignísimos comensales del babélico condumio de ideas y palabras.
Todo esto está bien y es lo que tiene que hacer una industria que, si bien se conduce por los patrones de la economía y el mercado, ofrece espacios más que generosos a la producción estética y científica del libro.
Todo (o casi todo) de lo nuevo, así como mucho de lo no tan nuevo, se encuentra disponible para la multiforme tropa de visitantes, compradores, lectores, coleccionistas, estudiantes y estudiosos.
Este cosmos de opciones y alternativas, sin embargo, no está exento de carencias y no está ajeno a señalamientos en relación con lo que no existe en sus anaqueles o en sus registros de virtualidad bibliográfica. La referencia no es otra que una llamada de atención ante lo que no encontramos en ese universo de variadísimas alternativas del libro y lo que no está en la posibilidad de adquisición en ninguna de sus formas. Lo que no está, no existe; podría decirse con una rudeza no siempre cierta. En todo caso, lo que no está no es accesible y por ello engrosa el interminable repertorio de lo que no se conoce (al menos de momento).
Cuando nos acercamos, en cualquiera de estas librerías, a la sección de literatura hispanoamericana, vamos siguiendo el viaje histórico de nuestros autores continentales más reconocidos y nos fascinamos por la profusión de ediciones españolas, las más de ellas, sobre alguno de ellos. Ya en este punto comienzan nuestros primeros sentimientos de vacío y nuestras primeras muecas de malestar. Notamos ausencias imperdonables y las carencias hacen gala de una solidez más que evidente.
Echamos de menos autores capitales y obras necesarias para comprender lo que hemos significado en la gestión literaria. Pensamos, al pronto, que un lector curioso que se acerque a esta sección no podría tener acceso a la plenitud de nuestro quehacer en la escritura, sino sólo a un muy escogido y parcial repertorio de realizadores y realizaciones. El malestar permanente hace su presencia.
Pero, qué decir cuando no sólo faltan algunos autores y sus obras, sino cuando faltan todos como en el caso de la literatura venezolana. En muchos de estos expendios del libro no existe huella alguna de lo que nuestro país ha significado en el trabajo con la palabra literaria. Ni Bello o Gallegos, otrora los únicos con moderada presencia, quedan ya. Ha triunfado la desolación.
La desolación
PALABRAS SOBRE PALABRAS
LETRAS
FRANCISCO JAVIER PÉREZ
Nos encontramos en España, en cualquier parte.
Como siempre, llaman nuestra atención las librerías, muchas, diversas, pletóricas. El espectáculo es agradable y entretiene. Las salas son grandes y su hospitalidad nos seduce. Encanta la abundancia de especímenes entretenidos y de piezas de estudio. La variedad es tal que, con las diferencias de cada local, en cada uno se nos anuncian las novedades en mesones abarrotados y que ofrecen una zona de colorido visual y mental incomparable. Al adentrarnos en el recinto, están con nosotros (o nosotros estamos con) las secciones dedicadas a las distintas materias motivo de cada librería (pues las hay generales y especializadas en temas concretos, comunes o eruditos) y en cada una de ellas se prepara un festín de conceptos y cronologías del libro regidas por nuestro señor el alfabeto. Al acercarnos más y más nos damos cuenta de que somos dignísimos comensales del babélico condumio de ideas y palabras.
Todo esto está bien y es lo que tiene que hacer una industria que, si bien se conduce por los patrones de la economía y el mercado, ofrece espacios más que generosos a la producción estética y científica del libro.
Todo (o casi todo) de lo nuevo, así como mucho de lo no tan nuevo, se encuentra disponible para la multiforme tropa de visitantes, compradores, lectores, coleccionistas, estudiantes y estudiosos.
Este cosmos de opciones y alternativas, sin embargo, no está exento de carencias y no está ajeno a señalamientos en relación con lo que no existe en sus anaqueles o en sus registros de virtualidad bibliográfica. La referencia no es otra que una llamada de atención ante lo que no encontramos en ese universo de variadísimas alternativas del libro y lo que no está en la posibilidad de adquisición en ninguna de sus formas. Lo que no está, no existe; podría decirse con una rudeza no siempre cierta. En todo caso, lo que no está no es accesible y por ello engrosa el interminable repertorio de lo que no se conoce (al menos de momento).
Cuando nos acercamos, en cualquiera de estas librerías, a la sección de literatura hispanoamericana, vamos siguiendo el viaje histórico de nuestros autores continentales más reconocidos y nos fascinamos por la profusión de ediciones españolas, las más de ellas, sobre alguno de ellos. Ya en este punto comienzan nuestros primeros sentimientos de vacío y nuestras primeras muecas de malestar. Notamos ausencias imperdonables y las carencias hacen gala de una solidez más que evidente.
Echamos de menos autores capitales y obras necesarias para comprender lo que hemos significado en la gestión literaria. Pensamos, al pronto, que un lector curioso que se acerque a esta sección no podría tener acceso a la plenitud de nuestro quehacer en la escritura, sino sólo a un muy escogido y parcial repertorio de realizadores y realizaciones. El malestar permanente hace su presencia.
Pero, qué decir cuando no sólo faltan algunos autores y sus obras, sino cuando faltan todos como en el caso de la literatura venezolana. En muchos de estos expendios del libro no existe huella alguna de lo que nuestro país ha significado en el trabajo con la palabra literaria. Ni Bello o Gallegos, otrora los únicos con moderada presencia, quedan ya. Ha triunfado la desolación.
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Libros,
Literatura venezolana
viernes, 31 de agosto de 2012
EL CUENTO DE UNA TÉCNICA
Huelgan las palabras en torno al maestro Mario Torrealba Lossi, aunque lamentamos que ni la Wikipedia lo tenga en su haber, ni abunde la red sobre su obra. Hay que diligenciar, pues, la red misma.
LB
Fuente: El Nacional, Caracas, 11/09/52. Papel Literario.
viernes, 29 de junio de 2012
39° DE IDENTIDAD PETROLERA
EL NACIONAL - LUNES 09 DE OCTUBRE DE 2006 B/14
Cultura y Espectáculos
ENTREVISTA
MIGUEL ÁNGEL CAMPOS, sociólogo
"La gente de este país nunca había sido tan consumista y fetichista"
El escritor trujillano, profesor de la Universidad del Zulia y autor de La ciudad velada (2001), Desagravio del mal (2005) y La fe de los traidores (2005); analiza la tradición ensayística que condena al petróleo, comenta los efectos que tuvo la "Venezuela saudita" en la intelligentsia criolla y esboza un país que nunca existió. Todo esto en una entrevista
ALBINSON LINARES
El sudor perla las frentes cuando alcanza los 39º centígrados. Lentamente, Miguel Ángel Campos se acomoda en un banco de concreto y juguetea con su bastón. Sociólogo, con dotes excepcionales para el ensayo, es famoso por lo agudo de sus construcciones en prosa.
No menos afilado es su verbo que, con calma y firmeza, esboza juicios que revelan la idiosincrasia nacional. O la casi ausencia de una, hecho que revela los signos de una crisis que trasciende la diatriba política diaria.
Andino, de Motatán para ser exactos, Campos se sabe heredero de un legado valioso y poco recordado que tiene como epítomes a Mariano Picón Salas y Mario Briceño¬Iragorry.
¬¿Cuándo se comienza a consi derar al petróleo como el origen de nuestros males?
¬Muy tempranamente al petróleo se le asocia en Venezuela con el imperialismo, ésta fue una perspectiva de intelectuales y escritores que se impuso a los lectores antes de que la experiencia colectiva pudiera derivar hacia sus propios juicios. Perspectiva simplista y mecánica, pero venía en línea directa de la cultura de la pobreza, como emblema del redentorismo y formalmente de cierto criollismo que tipificó lo nacional. Luego, con el fracaso del Estado en la tarea de redimirlos a todos, se incubó una especie de resentimiento que prendió ampliamente en todas las capas de la sociedad. Era una explicación fácil y fraudulenta pero muy rentable políticamente, dejaba a salvo la incompetencia de la élite dirigente para administrar la riqueza fiscal, hacía caer todo el peso en la fatalidad de un agente causal que no podía ser encarado, entonces se le miró con encono, se le identificó como algo extraño, ajeno.
¬Desde cuándo surge la tesis del "petróleo perverso"? ¬La tesis del petróleo perverso como instrumento forense está lista y opera en el imaginario venezolano ya hacia la época de la actualización material (modernización), finales de los 40. Los grandes usufructuarios de esta explicación falsa del sufrimiento son los partidos políticos, pues esto les evitó hacer las reformas necesarias y producir reflexiones de fondo e incluso la mea culpa. En 40 años, y luego hasta hoy, el esquema de retención del poder fundado en el parlamentarismo, democracia digital y estado de derecho como parapeto, se ha mantenido intacto, financiado exclusivamente por la capacidad de conciliar del Estado.
"Es un mecanismo tan poderoso que aquellos que se levantaron contra la gallina de los huevos de oro terminaron arropándola tiernamente para que no se resfriara. Los insumos civiles y de naturaleza ideológica son casi inexistentes en la estructuración de la vida social venezolana, la cacareada politización de la población es sólo fruto de la novísima cercanía entre la masa filistea y simuladora y lo que en Venezuela equivocadamente se considera expresión característica de lo político: el Estado".
¬¿Qué ensayistas reforzaron esa tesis? ¬En el ensayo esta tesis es más bien escasa. La muestra tiende a ser claramente panfletaria y esto nos pone a salvo. Pienso en dos nombres como Ramón Díaz Sánchez y Joaquín Gabaldón Márquez. Es sobre todo en la escritura de ficción, novela y cuento, en la que el discurso es más elaborado y su alcance se presta para una valoración. La primera novela del petróleo que en sentido estricto organiza el tema es representativa de esta tesis, Mancha de aceite (1935), luego tenemos Mene (1936), Ofici na Nº 1, que linealmente comienza en Casas muertas.
"Los narradores construyen símbolos y arquetipos, éstos modelan un parecer y el sentir, es el arte de un país encarando un tiempo y un conflicto, y esta tarea no es menor ni desestimable. Para bien o para mal, es la grave responsabilidad de este tipo de indagación, que ha sido conservadora y simplista, subsidiaria de intereses ajenos a la literatura misma. Uslar es, sobre todo, un hombre angustiado por el derroche y cuando hace juicio se muestra como el hombre culto y moralista; Adriani es el economista cuyo plan ni siquiera considera el petróleo como una fuerza del futuro; Picón Salas lo ignora y cuan do lo toca es esquivo y mordaz. ¬Como investigador, ¿cuándo decide escribir para desmitificar al petróleo?
¬Seguramente mis imágenes del niño que vivió una vida de pobreza alrededor de un campo, visto desde fuera, de lejos, me aguijoneó para explicarme una realidad del presente: aquel niño observaba no con rabia sino con emoción, con alegría por el futuro que debía estar en algún lugar. Mi gratitud con el petróleo, verlo como fuente de felicidad y haberme salvado de una vida rural y bárbara, se lo debo a mi madre. Su maravillosa intuición la hizo movilizarse desde los Andes deprimidos y tristes hacia la bulla de los campos para educar a sus hijos; ella siempre creyó en esa fuerza transformadora y no se rindió ante la cultura gamonal y las penurias.
¬Durante el proceso de inves tigación, ¿cuándo tiene la certeza de que esta explosión minera no era perjudicial, sino todo lo contrario?
¬Aún sin proyecto, sin plan estable y de largo alcance, el impacto del petróleo ha sido claramente positivo. En ausencia de aquellas gestiones ha actuado como una fuerza inercial de consecuencias salvadoras. Lo sentí leyendo las historias resentidas y un tanto simplistas de la narrativa, estudiando la condición del país antes de 1936. Si los jóvenes que hoy tienen menos de 25 años tuvieran alguna remota idea de lo que era la Venezuela desolada y vacía de antes de esa fecha, se morirían del susto.
Los efectos de la "Venezuela Saudita" ¬¿Puede plantearse un parangón histórico con otros países?, es decir, los cambios dramáticos que trajo el advenimiento del petróleo para Venezuela, ¿tienen algún antecedente en otras naciones?
¬En México hay una conducta similar, la economía minera tiende a ser vista como un agente casual, no enraizado en la identidad, como los procesos de la agricultura, digamos, pero nadie achaca a la caña de azúcar o al conucaje males como la degradación y sumisión gamonal. López Velarde, el autor de Suave patria, poema cíclico de totalización de lo mexicano, dice: "El niño Dios te dio un pesebre y el diablo los veneros del petróleo".
¬¿Los vicios generados por la riqueza y la abundancia minera tienen algún reparo? ¿o la idiosincrasia del venezolano está marcada irremediablemente por este hecho?
¬La sociedad sabe que es una explicación ruidosa pero desleal. Adquirió de un modo de vida novedoso y estimulante sus rasgos más deplorables, hicimos de una posibilidad de dignidad material una expectativa de redención, mezclamos riqueza con mala conciencia y desde la penuria material, el resultado no podía ser sino la condena de aquello que no obstante nos sacó de la barbarie.
¬¿Qué efecto tuvo la "Venezue la saudita" en la intelligentsia criolla?
¬El mismo que tiene hoy. Ésta sigue siendo una sociedad dominada por valores arraigados en la ausencia de solidaridad, frívola y consumista, estragada por agentes típicos del capitalismo subdesarrollado, es decir, hábitos marginales y pretensiones de modernidad. Extrema pobreza y riqueza grosera son los efectos de gestiones de desarrollo fundadas sólo en la inversión neta y el clientelismo. La intelligent sia creyó, supongo, que el país ya estaba resuelto y pensado, que todo aquello de interrogarse por el desgarro y demás era cosa cursi y del pasado.
"Una expresión sería la llamada República del Este. Hoy tenemos santificadores de oficio, muchachones oportunistas, aquellos bebían hasta reventar y celebraban la vida breve. Éstos reviven teorías a conveniencia y otros se quedaron sin programa, los sacó de paso la novedad pintoresca de la oralidad, enmudecieron y esperan por los buenos tiempos. Felizmente, siempre tenemos pequeñas reservas de beligerancia y disidencia, y esto dignifica a individuos aislados.
El país que nunca existió
¬¿Existe la identidad nacional como un concepto arraigado entre los venezolanos?
¬Ni siquiera tenemos sentido de arraigo, intuición de un origen común. Tampoco el reconocimiento de una heredad que debe permanecer en el tiempo. La única fuente de unidad ha estado representada en el ejercicio del poder público. El Estado unifica por medio de una cultura de tutelaje, culto servil al poder de oficina, es fácil acomodarse a esto. Pero la acción de remitir los acuerdos y una voluntad colectiva a un patrimonio fundado en adscripción y pertenencia es algo casi fantasioso, totalmente inexistente.
¬El país glosado, analizado y proyectado por nuestros pensadores, ¿existió alguna vez?
¬Es sólo una aspiración ideal, de carácter moral. Lo concibieron como recurso frente a la disgregación y la angustia del finis patriae. Hemos tenido hombres buenos, seguramente, pero no buenos ciudadanos, por lo demás todos han demostrado un recurrente amor por las formas públicas del poder, representación deformada y torva de esa patria entrevista en los raptos de buena conciencia. Tampoco una clase política en términos medianamente técnicos, sólo líderes de liderismo, según la definición de Mijares, y por supuesto, hombres que tiran la parada.
¬¿Cree que este gobierno ha utilizado las carencias y la falta de pertenencia del ciudadano medio para fortalecer el proceso revolucionario?
¬Ha canalizado las tendencias igualitarias de una sociedad cuyo enorme complejo de culpa la hace delegar todo su poder en manos de quien representa sus más oscuras frustraciones.
¬¿Es correcto calificar a este proceso político como una "revolución"?, es decir, ¿cree que los cambios son tan abruptos como para que eso sea correcto?
¬Los únicos cambios que sociológicamente se pueden definir como tales son los culturales. La gente de este país nunca había sido tan consumista y fetichista. Quienes escandalizan con el espanto de comunismos y socialismos, debieran apartar cita con el oftalmólogo.
Fotografía: Tomada de la red
Cultura y Espectáculos
ENTREVISTA
MIGUEL ÁNGEL CAMPOS, sociólogo
"La gente de este país nunca había sido tan consumista y fetichista"
El escritor trujillano, profesor de la Universidad del Zulia y autor de La ciudad velada (2001), Desagravio del mal (2005) y La fe de los traidores (2005); analiza la tradición ensayística que condena al petróleo, comenta los efectos que tuvo la "Venezuela saudita" en la intelligentsia criolla y esboza un país que nunca existió. Todo esto en una entrevista
ALBINSON LINARES
El sudor perla las frentes cuando alcanza los 39º centígrados. Lentamente, Miguel Ángel Campos se acomoda en un banco de concreto y juguetea con su bastón. Sociólogo, con dotes excepcionales para el ensayo, es famoso por lo agudo de sus construcciones en prosa.
No menos afilado es su verbo que, con calma y firmeza, esboza juicios que revelan la idiosincrasia nacional. O la casi ausencia de una, hecho que revela los signos de una crisis que trasciende la diatriba política diaria.
Andino, de Motatán para ser exactos, Campos se sabe heredero de un legado valioso y poco recordado que tiene como epítomes a Mariano Picón Salas y Mario Briceño¬Iragorry.
¬¿Cuándo se comienza a consi derar al petróleo como el origen de nuestros males?
¬Muy tempranamente al petróleo se le asocia en Venezuela con el imperialismo, ésta fue una perspectiva de intelectuales y escritores que se impuso a los lectores antes de que la experiencia colectiva pudiera derivar hacia sus propios juicios. Perspectiva simplista y mecánica, pero venía en línea directa de la cultura de la pobreza, como emblema del redentorismo y formalmente de cierto criollismo que tipificó lo nacional. Luego, con el fracaso del Estado en la tarea de redimirlos a todos, se incubó una especie de resentimiento que prendió ampliamente en todas las capas de la sociedad. Era una explicación fácil y fraudulenta pero muy rentable políticamente, dejaba a salvo la incompetencia de la élite dirigente para administrar la riqueza fiscal, hacía caer todo el peso en la fatalidad de un agente causal que no podía ser encarado, entonces se le miró con encono, se le identificó como algo extraño, ajeno.
¬Desde cuándo surge la tesis del "petróleo perverso"? ¬La tesis del petróleo perverso como instrumento forense está lista y opera en el imaginario venezolano ya hacia la época de la actualización material (modernización), finales de los 40. Los grandes usufructuarios de esta explicación falsa del sufrimiento son los partidos políticos, pues esto les evitó hacer las reformas necesarias y producir reflexiones de fondo e incluso la mea culpa. En 40 años, y luego hasta hoy, el esquema de retención del poder fundado en el parlamentarismo, democracia digital y estado de derecho como parapeto, se ha mantenido intacto, financiado exclusivamente por la capacidad de conciliar del Estado.
"Es un mecanismo tan poderoso que aquellos que se levantaron contra la gallina de los huevos de oro terminaron arropándola tiernamente para que no se resfriara. Los insumos civiles y de naturaleza ideológica son casi inexistentes en la estructuración de la vida social venezolana, la cacareada politización de la población es sólo fruto de la novísima cercanía entre la masa filistea y simuladora y lo que en Venezuela equivocadamente se considera expresión característica de lo político: el Estado".
¬¿Qué ensayistas reforzaron esa tesis? ¬En el ensayo esta tesis es más bien escasa. La muestra tiende a ser claramente panfletaria y esto nos pone a salvo. Pienso en dos nombres como Ramón Díaz Sánchez y Joaquín Gabaldón Márquez. Es sobre todo en la escritura de ficción, novela y cuento, en la que el discurso es más elaborado y su alcance se presta para una valoración. La primera novela del petróleo que en sentido estricto organiza el tema es representativa de esta tesis, Mancha de aceite (1935), luego tenemos Mene (1936), Ofici na Nº 1, que linealmente comienza en Casas muertas.
"Los narradores construyen símbolos y arquetipos, éstos modelan un parecer y el sentir, es el arte de un país encarando un tiempo y un conflicto, y esta tarea no es menor ni desestimable. Para bien o para mal, es la grave responsabilidad de este tipo de indagación, que ha sido conservadora y simplista, subsidiaria de intereses ajenos a la literatura misma. Uslar es, sobre todo, un hombre angustiado por el derroche y cuando hace juicio se muestra como el hombre culto y moralista; Adriani es el economista cuyo plan ni siquiera considera el petróleo como una fuerza del futuro; Picón Salas lo ignora y cuan do lo toca es esquivo y mordaz. ¬Como investigador, ¿cuándo decide escribir para desmitificar al petróleo?
¬Seguramente mis imágenes del niño que vivió una vida de pobreza alrededor de un campo, visto desde fuera, de lejos, me aguijoneó para explicarme una realidad del presente: aquel niño observaba no con rabia sino con emoción, con alegría por el futuro que debía estar en algún lugar. Mi gratitud con el petróleo, verlo como fuente de felicidad y haberme salvado de una vida rural y bárbara, se lo debo a mi madre. Su maravillosa intuición la hizo movilizarse desde los Andes deprimidos y tristes hacia la bulla de los campos para educar a sus hijos; ella siempre creyó en esa fuerza transformadora y no se rindió ante la cultura gamonal y las penurias.
¬Durante el proceso de inves tigación, ¿cuándo tiene la certeza de que esta explosión minera no era perjudicial, sino todo lo contrario?
¬Aún sin proyecto, sin plan estable y de largo alcance, el impacto del petróleo ha sido claramente positivo. En ausencia de aquellas gestiones ha actuado como una fuerza inercial de consecuencias salvadoras. Lo sentí leyendo las historias resentidas y un tanto simplistas de la narrativa, estudiando la condición del país antes de 1936. Si los jóvenes que hoy tienen menos de 25 años tuvieran alguna remota idea de lo que era la Venezuela desolada y vacía de antes de esa fecha, se morirían del susto.
Los efectos de la "Venezuela Saudita" ¬¿Puede plantearse un parangón histórico con otros países?, es decir, los cambios dramáticos que trajo el advenimiento del petróleo para Venezuela, ¿tienen algún antecedente en otras naciones?
¬En México hay una conducta similar, la economía minera tiende a ser vista como un agente casual, no enraizado en la identidad, como los procesos de la agricultura, digamos, pero nadie achaca a la caña de azúcar o al conucaje males como la degradación y sumisión gamonal. López Velarde, el autor de Suave patria, poema cíclico de totalización de lo mexicano, dice: "El niño Dios te dio un pesebre y el diablo los veneros del petróleo".
¬¿Los vicios generados por la riqueza y la abundancia minera tienen algún reparo? ¿o la idiosincrasia del venezolano está marcada irremediablemente por este hecho?
¬La sociedad sabe que es una explicación ruidosa pero desleal. Adquirió de un modo de vida novedoso y estimulante sus rasgos más deplorables, hicimos de una posibilidad de dignidad material una expectativa de redención, mezclamos riqueza con mala conciencia y desde la penuria material, el resultado no podía ser sino la condena de aquello que no obstante nos sacó de la barbarie.
¬¿Qué efecto tuvo la "Venezue la saudita" en la intelligentsia criolla?
¬El mismo que tiene hoy. Ésta sigue siendo una sociedad dominada por valores arraigados en la ausencia de solidaridad, frívola y consumista, estragada por agentes típicos del capitalismo subdesarrollado, es decir, hábitos marginales y pretensiones de modernidad. Extrema pobreza y riqueza grosera son los efectos de gestiones de desarrollo fundadas sólo en la inversión neta y el clientelismo. La intelligent sia creyó, supongo, que el país ya estaba resuelto y pensado, que todo aquello de interrogarse por el desgarro y demás era cosa cursi y del pasado.
"Una expresión sería la llamada República del Este. Hoy tenemos santificadores de oficio, muchachones oportunistas, aquellos bebían hasta reventar y celebraban la vida breve. Éstos reviven teorías a conveniencia y otros se quedaron sin programa, los sacó de paso la novedad pintoresca de la oralidad, enmudecieron y esperan por los buenos tiempos. Felizmente, siempre tenemos pequeñas reservas de beligerancia y disidencia, y esto dignifica a individuos aislados.
El país que nunca existió
¬¿Existe la identidad nacional como un concepto arraigado entre los venezolanos?
¬Ni siquiera tenemos sentido de arraigo, intuición de un origen común. Tampoco el reconocimiento de una heredad que debe permanecer en el tiempo. La única fuente de unidad ha estado representada en el ejercicio del poder público. El Estado unifica por medio de una cultura de tutelaje, culto servil al poder de oficina, es fácil acomodarse a esto. Pero la acción de remitir los acuerdos y una voluntad colectiva a un patrimonio fundado en adscripción y pertenencia es algo casi fantasioso, totalmente inexistente.
¬El país glosado, analizado y proyectado por nuestros pensadores, ¿existió alguna vez?
¬Es sólo una aspiración ideal, de carácter moral. Lo concibieron como recurso frente a la disgregación y la angustia del finis patriae. Hemos tenido hombres buenos, seguramente, pero no buenos ciudadanos, por lo demás todos han demostrado un recurrente amor por las formas públicas del poder, representación deformada y torva de esa patria entrevista en los raptos de buena conciencia. Tampoco una clase política en términos medianamente técnicos, sólo líderes de liderismo, según la definición de Mijares, y por supuesto, hombres que tiran la parada.
¬¿Cree que este gobierno ha utilizado las carencias y la falta de pertenencia del ciudadano medio para fortalecer el proceso revolucionario?
¬Ha canalizado las tendencias igualitarias de una sociedad cuyo enorme complejo de culpa la hace delegar todo su poder en manos de quien representa sus más oscuras frustraciones.
¬¿Es correcto calificar a este proceso político como una "revolución"?, es decir, ¿cree que los cambios son tan abruptos como para que eso sea correcto?
¬Los únicos cambios que sociológicamente se pueden definir como tales son los culturales. La gente de este país nunca había sido tan consumista y fetichista. Quienes escandalizan con el espanto de comunismos y socialismos, debieran apartar cita con el oftalmólogo.
Fotografía: Tomada de la red
jueves, 21 de junio de 2012
FESTEJO
NOTITARDE, Valencia, 17 de Junio de 2012Novelas
José Joaquín Burgos
En estos tiempos ciertamente la literatura anda suelta por todos los rumbos del territorio venezolano. La gente, como nunca, está leyendo mucho. Y eso es hermoso, sencillamente hermoso, por decir lo menos. Y, tal vez como consecuencia de eso mismo, los aficionados a la creación literaria también andan en lo suyo. Y Valencia no es una excepción, por supuesto. Sobre todo por la tradición intelectual de la ciudad. Los poetas, novelistas, cuentistas, cronistas, historiadores, ensayistas, están produciendo, podríamos decir, entusiasmados.
Hay una fiebre de creación que al parecer es contagiosa. Y eso hay que aprovecharlo, porque las instituciones, los organismos de gobierno (municipal, estadal y nacional) se enriquecen con ello. Y, al igual que en la lectura y escritura, también en el mundo musical y de las artes visuales reina el entusiasmo. Algo que, quiérase o no, debe reconocerse como altamente positivo para el desarrollo cultural no solamente humanístico sino también científico y tecnológico de la ciudad, del país y, hasta donde se pueda llegar, de todo el mundo.
De esto hablamos, frecuentemente, con nuestros amigos. Nos regocijamos –por ejemplo- cuando tenemos noticias de los más recientes trabajos de ellos mismos y de otros amigos igualmente apreciados aunque los veamos con menor frecuencia. Es hermoso notar la presencia de poetas como María Alejandra y María Daniela Rendón, Chemir Colina, Vielsi Arias, Raquel Santeliz, en eventos de trascendencia literaria internacional. Hermoso también saber que escritores como Rafael Simón Hurtado, Rafael Tortolero, Orlando Baquero, Carlos Yusti (éste por allá, por Guayana), José Carlos de Nóbrega, Pedro Querales, José Tapiskent, andan metidos en sus ensayos, sus novelas, sus cuentos, con más entusiasmo que nunca. Estos dos últimos, por ejemplos, parecen ser incansables: Pedro acaba de entregar su última novela: "El jardinero de Gervasi", ganadora de un Premio Nacional (Ipasme); y Tapiskent presentó, hace escasamente una semana su libro "De una a otra ciudad", que es un testimonio biográfico de su padre en el cual él, como narrador, plantea una visión muy completa y de sentido universal en la creación de ambientes y personajes: un trabajo de hormiga, como se dice, incansable, mediante el cual el autor nos demuestra su trascendencia y su conciencia de lo que es el trabajo literario cuando se tiene disciplina para ello.
La hora es hermosa, amigos. Hoy, más que nunca, vale la pena y es grato leer comprender y verdaderamente comprender el mundo, como dice el lema de la Filuc. Saludos.
Fotografía: http://favim.com/image/189452/
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Literatura venezolana
miércoles, 23 de mayo de 2012
ADOLORIDOS
EL NACIONAL - Lunes 21 de Mayo de 2012 Cultura/3El foro del lunes
MICHAELLE ASCENCIO La escritora estudia, desde la antropología, la función social de la magia
«Como sociedad tenemos miedo a afrontar lo que puede dolernos»
Para completar su libro De que vuelan, vuelan, la profesora de la UCV revisó estudios sobre el tema, recorrió los lugares para apelar y para comerciar con lo sagrado e hizo encuestas sobre prácticas religiosas
MICHELLE ROCHE R.
El estudio de las religiones es una antigua obsesión de la antropóloga Michaelle Ascencio, autora de la novela Mundo demonio y carne (Alfa, 2008) y el ensayo Las diosas del Caribe (2007). Su más reciente libro, De que vuelan, vuelan, muestra la dimensión social de las religiones y de la magia en Venezuela, porque tal como escribe parafraseando a Max Weber ninguna religión está exenta de la "dimensión mágica en la procura del bien personal o colectivo".
"Si las religiones han sido tradicionalmente las encargadas de otorgar un sentido a la vida, si son las contenedoras de la angustia de la muerte; si dotan, además, a sus adeptos de una identidad y de una pauta que rige su vida y regula su cotidianidad (...) también la magia, que se define como la parte práctica e individual de las religiones, tiene un papel social muy específico que cumplir", escribe Ascencio en el libro que describe las devociones más numerosas en el país: el catolicismo popular, la religión evangélica, la de María Lionza y la santería.
El trabajo de la profesora de la UCV señala cómo la proliferación de credos politeístas en la población la santería o la religión de María Lionza evidencia que más que sentirse culpables, noción fundamental del monoteísmo, los venezolanos se sienten perseguidos y buscan a quién responsabilizar de sus males. A esto lo denomina la dimensión persecutoria, que en el caso venezolano trasciende los dogmas de fe e impregna las relaciones entre la gente, "manifestándose en una tendencia generalizada a echarle la culpa a otro y eludir responsabilidades". Por eso, las enfermedades sociales o individuales se asumen como castigos divinos y la magia se ha convertido en una práctica fundamental para identificar agresores.
--En el libro concluye que los venezolanos proyectan el mal sobre los demás, aunque esto es contrario al estereotipo que describe el gentilicio como alegre y solidario.
¿Fue el derrumbe de esta imagen una sorpresa en sus investigaciones? --En general, las religiones se dividen en monoteístas y politeístas. Las primeras son las de la culpa y las segundas tienen a la persecución como modo de relación. La dimensión persecutoria del mal hace que la presencia del otro sea importante. La herencia religiosa indígena, española y africana, junto con el gusto por lo colectivo, nos hace considerarnos personas en sociedad. Esto hace difícil ser ateo en el Caribe. Somos solidarios y simpáticos, pero estos aspectos también forman parte del aspecto positivo de la dimensión persecutoria. Nuestras relaciones se sustentan sobre la idea de la presencia continua del otro: tenemos presentes a los demás siempre. Es decir: voy a ser simpático con aquel para que no me salga con nada raro. La dimensión persecutoria ha estado siempre en nuestra sociedad, pero cuando crece la incertidumbre, crece el aspecto negativo de esta dimensión porque las comunidades necesitan explicarse el mal.
También aparece la desconfianza hacia el prójimo.
--¿Cómo hacemos que la sociedad venezolana sea más confiada? --No es que perdimos la confianza, porque ésta es parte de nuestro acervo cultural.
Estamos viviendo una disminución de la confianza porque son momentos duros.
Para que esto cambie sólo hay que hacer cumplir la ley y restablecer las instituciones.
--¿La proliferación de creencias politeístas y el auge de la religión de María Lionza evidencian el fracaso del proyecto moderno en el país? --No me atrevería a asegurar eso. Según los antropólogos, el crecimiento de la adhesión popular a la magia y a los cultos de sanación desde los años setenta es consecuencia de la falla del sistema médico asistencial en el país. Cuando uno se enferma y no consigue ni hospitales ni médicos ni insumos, queda en manos de las divinidades. La religión de María Lionza se desarrolló precisamente por la carencia del sistema médico, se ha dedicado más que las otras a la salud de los enfermos. En general, las religiones giran alrededor de la idea de salvación (que es la sanación del alma), que está muy cerca de la curación del cuerpo.
--Según cifras del Observatorio Venezolano de la Violencia de 2009, en uno de cada 10 homicidios la víctima es mujer y en 90% de los casos el asesino es su pareja. Por otra parte, la religión autóctona adora a una diosa, María Lionza, y en la versión popular del catolicismo abunda el culto mariano. ¿No es paradójico la adoración de las deidades femeninas y el maltrato a las mujeres terrenales? --Cualquier antropólogo señalaría que la transgresión de la ley se compensa con la adoración a las diosas. También encontramos la feminización de todos los símbolos queridos por los venezolanos: la tierra, la patria y la bandera, por ejemplo. Pero esto es un tema digno de un análisis más profundo en el que deberían integrarse varias disciplinas, como por ejemplo el estudio antropológico de la religiosidad y la psicología social.
--Dentro de la religión de María Lionza parece haber una paradoja: por un lado este credo se sustenta sobre la idea del mestizaje, pero es un rito practicado más a menudo por las clases menos favorecidas...
--Sobre esta religión es importante entender que el discurso es eso: un discurso, hecho de palabras y producido por una élite política, desde arriba y no sabemos qué tanto hacia las capas populares. Debajo de ese discurso, según las personas que lo han estudiado en profundidad, como los especialistas en la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, hay la búsqueda de un símbolo unificador de los venezolanos.
Lo propio de las dictaduras es buscar o fabricar un mito que unifique a sus sociedades.
Además, tomaron una imaginería de personajes históricos como el indio Guaicaipuro, el Negro Felipe o el Negro Miguel. María Lionza, sin embargo, es parte de la mitología. La figura que no existió es la mujer, a veces considerada una virgen; otras, la hija de un cacique; otras, una diosa de leyenda. El centro de la tríada mestiza (las tres potencias), el lugar que ocupa la reina, es polisémico, ambiguo. Nuestro sincretismo mezcla lo histórico con lo mítico y además lo trae al presente. Y esta religión pone lo sagrado a disposición de la sociedad para solucionar los conflictos actuales, es práctica, pues resuelve el aquí y el ahora.
--¿Qué le sugiere el surgimiento de la Corte Malandra dentro de este sistema religioso? ¿Qué dice de los venezolanos la adoración a los delincuentes? --La moral cuestionada. Esto tiene que ver con la transgresión de los valores sociales y, por supuesto, con la violencia: la sociedad que no puede manejar la violencia la deposita en sus dioses. En lo que apareció el primer malandro deificado nosotros hemos debido estudiarlo y sacar conclusiones, pero nos pareció cómico, porque como sociedad tenemos miedo a afrontar las cosas que pueden dolernos. La sociedad venezolana tiene una necesidad imperecedera para expulsar el mal sin considerarlo, antes de entenderlo. Esto forma parte también de la dimensión persecutoria: como no queremos lidiar con los episodios de violencia cotidianos los depositamos en el otro, hombre o deidad, buscamos un culpable siempre. Pero eso no resuelve los conflictos. Si las instituciones no asumen los problemas de un país, alguna de las dimensiones sociales lo hará y en este caso fue la religiosa, que dio una respuesta.
Por eso te crees protegido por un delincuente muerto. Por eso uno se dice tantas veces: "De que vuelan, vuelan".
lunes, 9 de enero de 2012
NOVELÍSTICA VENEZOLANA

Fuentes:
Crítica Contemporánea, Caracas, año I, nr. 01 de mayo-junio de 1960.
El Nacional, Caracas, 27/12/11.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
LITERALIA

EL NACIONAL - SÁBADO 05 DE NOVIEMBRE DE 2011 PAPEL LITERARIO/1
Seis propuestas (narrativas) para el nuevo milenio
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA
Arturo Uslar Pietri y Julián Padrón emprendieron una antología narrativa a dos manos HENRY DELGADO
I
El siglo XX venezolano fue pródigo en proyectos antológicos de narrativa: Arturo Uslar Pietri y Julián Padrón, Guillermo Meneses, Rafael Di Prisco, José Balza, Gabriel Jiménez Emán, Humberto Mata, Luis Barrera Linares y Julio Miranda, todos ellos pero no únicamente ellos, ensayaron antologías de cuento venezolano. Hablamos al menos de ocho proyectos de revisión y valoración en un siglo, a razón de uno cada doce años.
La más remota es la que emprendieron a dos manos Uslar y Padrón, en los años treinta, y la más cercana es la que Julio Miranda dedicó a las últimas tres décadas del siglo, publicada en los años noventa. Me detengo, sin embargo, en la de Meneses, llamada justamente Antología del cuento venezolano, porque fue publicada a mitad de siglo, exactamente en 1955, y produce, no sé si voluntariamente, un corte exacto entre dos mitades. Como el buen nadador que atraviesa una corriente turbulenta, Meneses conocía bien la orilla de la que partía: había nacido en 1911 y seguramente muchos de los cuentistas seleccionados los conoció de trato o fueron sus contemporáneos.
Más difícil tarea se le volvía vislumbrar la orilla de llegada, pues se trataba de acertar sobre autores emergentes, que para ese momento podían ser nombres como los de Alfredo Armas Alfonzo, Manuel Trujillo u Oswaldo Trejo. Bien sabe cualquier antólogo que apostar a un autor en ciernes, por mejores que sean sus primeras piezas, es siempre un riesgo mayor. Basta con que ese autor se caiga o desista, basta con que el oficio no prenda como es debido, para que la posteridad lo muestre como un hecho aislado, sin continuidad.
Sin embargo, una lectura actual de la antología de Meneses no sorprendería tanto por los yerros de la selección final como por los desacomodos de los inicios. Y es que sorprende ver la cantidad de autores que Meneses consideró en su momento y que la posteridad se ha encargado de desechar, no digamos a nivel de lo que podrían ser lectores comunes, sino hasta de los propios escritores. ¿Quién recuerda hoy nombres como Julio Rosales, Ramón Hurtado, Pablo Domínguez, José Salazar Domínguez, Nelson Himiob, Juan Pablo Sojo (más reconocido hoy como etnólogo que como narrador) o el zuliano Gabriel Bracho Montiel, de cuya figura literaria Meneses afirma: "es una de las más brillantes y originales que haya dado nuestro país en estos últimos años"? Las antologías que se publican después de la de Meneses --como serían la de Di Prisco y la de Balza-- se apartan de esos nombres y preservan otros. La pregunta que cabe hacerse a la luz (o a la sombra) de esos nombres olvidados es por qué Meneses los escogió: ¿será que para ese momento realmente contaban, será que vio en ellos autores de alto potencial y vocación, será que fueron sus maestros, o será más bien que estos autores faltaron a su voz inicial y abandonaron el oficio.
En mis tiempos de estudiante, un especialista francés de literatura venezolana, el maestro Claude Fell, siempre se asustaba cuando le hablaban de voces emergentes. "Venezuela está llena de voces emergentes --decía con pesadumbre--, voces emergentes que luego nunca duran".
Hagamos ahora un ejercicio proyectivo e imaginemos a un doble de Meneses que en 2055 se dispone a hacer una antología del cuento venezolano del siglo XXI. Ese doble aún no ha nacido; lo hará en 2011 y cuando se apreste a encarar su proyecto antológico contará con 44 años. Y ahora la pregunta obligada: ¿cómo verá al cabo de cinco décadas estos albores del siglo? ¿qué autores le interesarán y qué autores desechará? Probablemente algunos lograrán deslumbrarlo (por brillo propio o por cercanía), probablemente otros que cuentan no sabrá apreciarlos, pero con toda seguridad algunos de los que incluya desaparecerán del radar de los tiempos. Hay, pues, autores, como algunos de los que figuran en la antología de Meneses, que sencillamente desaparecen. Y este dato concreto, reincidente, nos puede llevar a la formulación de un síndrome penoso en la tradición narrativa venezolana: el de las vocaciones que desaparecen, el de los autores que desaparecen.
A contracorriente entonces de lo que nos define, pensando sobre todo en esas vocaciones emergentes, en esos nuevos autores, vaya esta primera propuesta para el nuevo milenio: no desaparecer.
II
En tiempos del boom novelístico latinoamericano, digamos años sesenta y setenta, cierta restricción de los mercados nacionales, o cierto desdibujamiento de las opciones editoriales locales, generaba una recepción crítica casi siempre foránea de las obras. García Márquez pudo escribir Cien años de soledad en París para que luego el sello argentino Suramericana acogiera su manuscrito; Vargas Llosa apenas había escrito Los Cachorros en su Perú natal para iniciar luego un periplo multinacional que aún no concluye. Eterno dilema que arrastramos desde que nuestras sociedades aspiran a ser modernas: el abismo entre el hecho creador y la recepción, o entre autor y lector, o entre oferta y consumo. Ese abismo ha condenado voluntades, ha destrozado vidas, ha hecho del escritor un tránsfuga. Como consecuencia recurrente, el autor de estos parajes estima que nadie es profeta en su tierra y que el hecho creador, para que prospere, debe sufrir un proceso de extrañamiento: todo reconocimiento siempre ocurre afuera, toda edición de proyección internacional es la única que vale.
El oficio literario se convierte entonces en un destierro: o del ejercicio o de la publicación de libros. Esta convicción ha sido fuerte, tiene su motivación bien fundada, y todavía pesa mucho. Sin embargo, los dispositivos de recepción y los nuevos esquemas de producción editorial, nos guste o no, se organizan de otra manera: ha llegado la hora de fortalecer los mercados nacionales.
La noción gitana de pasearse con un manuscrito bajo el brazo ante agentes literarios o editoriales de los grandes centros culturales, léase España, es una noción caduca.
Los autores ahora saltan de un público a otro, de un país a otro, en función de sus audiencias locales, de sus propios mercados. Se me dirá que la pretensión es inviable en países pobres, de poco nivel de lectoría, como pudiera ser el nuestro, pero aún esta estrechez es menor (menos crítica, quiero decir) que la del salto trasatlántico.
A contracorriente entonces de lo ha sido una consigna histórica del oficio literario en esta América hispana, y de nuevo pensando en los nuevos autores, vaya esta segunda propuesta para el nuevo milenio: crecer hacia adentro, crecer en suelo propio.
III
A finales de la amarga era de Pinochet, cuando Chile recuperaba nuevos aires democráticos, las políticas culturales se renovaban por completo. En el campo literario, o propiamente editorial, asombraba ver cómo los sectores público y privado se ponían de acuerdo en torno a programas de consenso. Uno de ellos fue el fomento, los incentivos, los medios propuestos, para que los nuevos narradores chilenos escribieran y produjeran. En muy pocos años, tanto en sellos locales como multinacionales, tanto en ferias nacionales como en ferias continentales, una corte de escritores chilenos llenaba los espacios y las programaciones. Entre los sectores que auspiciaban este movimiento no había diferencias de criterio o enfoque: se trataba, al unísono, de proyectar los valores de la literatura chilena, un empuje que se hacía aún más urgente al cargar con el fardo de décadas sombrías.
Traigo el ejemplo a colación para mostrar un modelo que, obviamente, no es el nuestro. En el caso chileno, un consenso social hacía posible el milagro. Pero en el caso venezolano, al menos en el país de hoy, no hay un solo rastro de política cultural pública que apunte a la proyección de nuestros autores. Los únicos que viajan o tienen la dicha de compartir con otros públicos son los funcionarios culturales o los escritores que han evidenciado simpatía pública con el régimen. Dicho esto, que no es otra cosa que un diagnóstico de la ausencia, vale inferir que en el país
hoy la proyección sólo se debe al esfuerzo propio y al concurso de algunas editoriales privadas y de algunas pocas universitarias. Lejos estamos, digamos, del modelo consensual chileno. Al rigor que todo oficio literario impone, se agrega ahora la triste realidad de una sociedad dividida y de un Gobierno que sólo premia a sus fieles. En definitiva, el oficio para estas voces emergentes se hace más exigente, más cuesta arriba, y pone a prueba cada día que pasa el temple de las vocaciones. Hablamos entonces de que el rol ya de por sí solitario del autor se hace aún más solitario, tiene menos eco, cuenta con menos apoyos de todo tipo.
A contracorriente entonces de lo que podrían ser consensos sociales o políticas culturales coherentes, y pensando sobre todo en esos jóvenes que se apegan a la página en blanco como único refugio expresivo, vaya esta tercera propuesta para el nuevo milenio: el creador de hoy se hace en soledad, en estricta soledad.
IV
Lo que entendemos por recepción en el campo literario siempre remite a lectores o a valoración crítica.
En el primer campo se envuelve lo que corresponde a audiencia o mercados; en el segundo, lo que corresponde a un segundo grado de elaboración: el de la crítica periódica (más propia de los suplementos, revistas o periódicos) y el de la crítica académica. Es deseable, por supuesto, que un libro tenga lectores (lo que tampoco es señal de calidad ni indicador de que un libro poco leído no valga), coseche comentarios, sea apreciado o valorado.
Allí se produce claramente un primer y legítimo intercambio sobre el cual luego se construyen otras dinámicas. La vida ideal de un libro sería la de aquél que primero conquista unos lectores, luego se comenta en las secciones o publicaciones especializadas y por último escala hasta capturar el interés del claustro universitario. Vida o trayecto ideal, se entiende, pero no siempre el que se transita: a veces, por ejemplo, un buen impacto en prensa genera más lectores. Pero la importancia de la crítica, sea periódica o académica, incide en un mecanismo de legitimación que anuncia la posible perdurabilidad de un libro. Un libro que queda, que trasciende, obviamente va en contra de modas y fenómenos coyunturales.
Queda por su valor, por su calidad, por tocar la fibra humana de tal manera, o los patrones estéticos de tal modo, que se convierte en obra de arte. Y a obras de arte deberían apuntar, por supuesto, todo lo que un artista de la palabra, todo lo que un escritor, medita, expresa o comunica.
Si hemos dicho que el oficio de hoy se ejerce en estricta soledad, y que ya esta condición es sumamente austera y exigente para el joven autor, ¿qué decir si los mecanismos de recepción, sean lectores o crítica, no funcionan? El colmo para un oficiante que crea edificios imaginarios en el más estricto silencio, sépase bien, debe ser recibir a cambio de su esfuerzo aún con más silencio. Y allí sí es verdad que el oficio literario flaquea o perece. Alfonso Reyes recordaba que la literatura, aún en sus condiciones de creación más extrema, es una criatura que pertenece al reino de Hermes, esto es, al reino de la comunicación, del intercambio.
Un autor que escriba poesía, o que lleve un diario, o que se hunda en una correspondencia amorosa, necesita siempre una alteridad, una caja de resonancia, un espejo. La literatura es un ejercicio entre dos, siempre entre dos, y cuando la escucha o la lectura no se siente, y cuando el oyente es sordo o el lector ciego, al poeta sólo le queda elevar su canto de suicida.
Todo lo que apunte a la construcción de la recepción va en beneficio de la creación literaria: desde el gesto más remoto que pueda hacerse en alfabetización hasta el análisis académico más ceñudo.
Pero el tema de la recepción, en el país de hoy, no vive sus mejores días: las revistas desaparecen, las secciones periodísticas escasean. Acaso las universidades, sin la regularidad que quisiéramos, desarrollan un trabajo encomiable. Pero más allá de las universidades, que siempre representan una cima mayor, es la llamada crítica periódica la que más enferma está, pues no admite comparaciones con cualquier otra etapa de las que hayamos vivido en el pasado. Las opciones alternativas que ofrecen los clubes de lectura, las peñas literarias, los medios electrónicos, el fenómeno de los blogueros, muestran ápices de que las formas pueden cambiar, pero no las necesidades.
A contracorriente entonces de lo que es una tendencia nefasta y profundamente desarticuladora, sobre todo para las vocaciones emergentes, que siempre evolucionan en medio de la duda y el desencanto, vaya esta cuarta propuesta para el nuevo milenio: no hay literatura sin recepción, no hay literatura sin crítica.
V
Al crítico uruguayo Ángel Rama le gustaba recordar que la lengua castellana que llega a tierras americanas en 1492 era ya una lengua milenaria.
Y aunque recientes revelaciones arqueológicas sitúan en el siglo VI, alrededor de una congregación fundada en el sur de Cantabria por un pastor llamado Emiliano, el surgimiento de nuestro idioma, ya los quinientos años que se suman en suelo americano la convierten en una de lenguas más venerables de la Historia. Más allá del genio de sus hablantes, que la hacen crecer y la vuelven materia llena de complejidades y significaciones, es en la literatura, o en lo que Jacobson reconocía como la función poética, donde una lengua encuentra su realización mayor.
La lengua en la que escribimos es, en efecto, una arqueología.
Quien apenas levante un poco de tierra se encontrará con el verso ígneo de Vallejo, quien haga un hoyo con el dedo se topará con el verso romántico de Bécquer, y quien quiera hundir la cabeza en la arena se irá directamente de bruces contra los sonetos de Quevedo. Escribimos en una lengua de maestros, de grandes cimas rítmicas, de artilugios perfectos, de cámaras de resonancia que superan cualquier concierto. Y esa tradición hay que honrarla, venerarla, respetarla.
A los maestros de ayer y hoy los tenemos o reconocemos por los libros y el gran dilema de estos tiempos es que nunca antes se había editado tanto. El acceso es casi ilimitado y prácticamente cualquier persona puede ser hoy autor.
Todo esto nos lleva a pensar que el autor de hoy --el que apunta a ser un autor profesional, literariamente hablando-- debe consumir más cultura que nunca, debe leer más que nadie, debe conocer autores como lunares se tienen en el cuerpo. Hay que saber de autores clásicos, de literaturas medievales; hay que leer a Góngora y a Calderón, a los maestros de la picaresca; hay que saber de literatura colonial, de literatura de la emancipación, de vanguardias y autores actuales. Pero aquí no termina el camino de la iniciación, pues apenas abandonamos el idioma en el que nos reconocemos, aparecen otras lenguas, y otras tradiciones, y otros autores, y otras maravillas. Si Babel pudo metaforizar el desentendimiento humano, hoy Babel respira bajo nuestros pies: es una realidad sustancial, omnipresente, intercambiable. Hablar uno o dos idiomas más del materno, para efectos de un oficio literario modernamente asumido, es condición indispensable, inapelable.
La advertencia debe hacerse --la de convertirnos en lectores esenciales, voraces, incansables-- porque entre posturas irreverentes y desplantes hay más de un jovencito, pichón de escritor en ciernes, que se jacta de no leer nada, o de desconocer autores fundamentales, o de confesar que jamás leerá el Quijote. Recordaba Pessoa que para poder destruir un idioma --apetito final de las vanguardias-- debe escribirse como nadie en ese idioma. Y esta es una lección que muchos jóvenes olvidan. Leer, con todas las dificultades que esto conlleve en la vida moderna de hoy, es la antesala de la escritura, es el mejor sendero para reconocer la voz propia, es reconocerse como parte de una tradición (esta sí) milenaria.
A contracorriente entonces de quienes piensan que la lengua nada vale o que la ignorancia es un capital para la innovación, vaya esta quinta propuesta para el nuevo milenio: no hay escritura sin lectura, no es escritor quien antes no haya sido lector.
VI
A primera vista, de cara a lo que entendemos por vida moderna, el oficio literario pareciera un antimodelo: su tiempo de gestación es otro, su velocidad más bien lenta, sus ritos de clara resonancia medieval. Encerrarse para producir sentido, buscar silencio para encontrar sonidos, trocar el flujo de la inconsciencia en maná expresivo. No parece haber cabida para este oficio de extraños, en donde se piensa más de lo que se escribe, se elucubra más de lo que se hace, se imagina más de lo que realmente se plasma. Y sin embargo, si no a la luz de una vela sí al abrigo de una lámpara, si no en el abismo en blanco que para Mallarmé era la página sí en la pantalla grisácea de la computadora que es más bien espejo, perseveramos y perseveramos. Ha habido grandes escritores y los seguirá habiendo. Hablamos de una tradición: de la tradición de la lengua, de la literatura escrita en castellano.
Con menor o mayor suerte, con menor o mayor criterio, los escollos que hemos enumerado se superan. Pero lo que vuelve la tarea más difícil, enigma casi absoluto, es determinar qué es lo que hace a un escritor: qué lo forja, qué lo predestina, qué lo marca de manera indeleble para terminar siendo lo que será. Y aquí sí las recetas, los secretos o las intuiciones se evaporan. Entramos de pronto en el misterio mayor: el de la humanidad misma, el de la psique y sus laberintos, el de un llamado de orden espiritual. Un escritor puede recibir todas las influencias imaginables, puede leer todos los libros concebibles, pero finalmente quien lo hace, quien se hace, es él, es él mismo. La escritura aleja y atrae, permite estar cerca y lejos de la realidad, aborda la temporalidad de Cronos pero también la de Aion.
Congelar este tiempo para transmutarlo en otro, tener un amigo que del otro lado se volverá personaje, vivir de un amor que bajo la letra será historia amorosa compartida con otros. La llama que enciende la vocación literaria no se sabe quién la tiene, quién la mueve, quién la lleva en la punta de la vara para prender el alma y volverla pasto del fuego.
¿Cuándo un escritor se reconoce como tal? Es una pregunta que cada quien --cada escritor-- debe responderse. Y obviamente esa pregunta es aún más ardua en aquél que se inicia en medio de ejercicios, de dinámicas sucesivas de ensayo y error, de dudas que lo acosan en la vigilia y en el sueño. Al principio, los oficios emergentes cuentan con algún tipo de asistencia: la del tutor que aconseja, la del escritor mayor que corrige un texto, la del lector puntual que sugiere eliminar esta frase o quitar aquella línea. Hasta allí las muletas, el atracadero, porque a partir de una edad ciega, indeterminada, ya la balsa boga sola, con sus propios fantasmas, en medio de un mar que es noche cerrada y oleajes. Todo es soledad a partir de un momento dado, y todo es también sordera porque ya el escritor sólo se oye a sí mismo, sabe verter su voz interior en escritura.
Nuestro gran Juan Sánchez Peláez diferenciaba a los escritores en dos grandes familias: aquéllos que tenían oído y aquéllos que no lo tenían. Con oído o sin oído, asertivo o errático, trascendente o prescindible, al autor le llega un momento en que ya no se vuelve. Tan sólo avanza, sin parar, porque está tocado por el don de la palabra: ya no se trata de genialidad o medianía, de reconocerse como bueno o malo, sino de sucumbir a la vocación que lo llevará al todo o a la nada.
A contracorriente entonces de quienes sienten que la escritura no obedece a un llamado, a una vocación, a un estado del alma, vaya esta sexta y última propuesta para el nuevo milenio: quien quiera verse a sí mismo, que cierre los ojos; quien quiera descubrir si la palabra es su fuero definitivo, que escuche en la noche el latido de su corazón.
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viernes, 19 de agosto de 2011
TRAYECTORIA
EL NACIONAL - MIÉRCOLES 24 DE NOVIEMBRE DE 1999
Belrose mide las letras
No existe literatura pura
Nacido en Martinica, el profesor de la Universidad de Burdeos, Francia, presenta hoy en la librería de Monte Avila Editores su libro La época del modernismo en Venezuela, el sexto dedicado a las letras del país
RUBEN WISOTZKI
Desde hace 29 años nos visita, nos investiga, nos sigue, nos lee. Pero no es un espía. Por el contrario, es un gran aliado. Maurice Belrose, nacido en Martinica, en 1943, es un profesor de literatura de la Universidad de Burdeos, Francia, que desde 1971, estudia a la literatura venezolana. El más reciente, La época del modernismo en Venezuela, publicado por Monte Avila Editores, se presenta hoy en la librería de la editorial del estado. "Un profesor de la universidad, llamado Salomón, que conocía toda Latinoamérica, me aconsejó que viniera a Venezuela ya que había un terreno un poco virgen en cuanto a la investigación literaria. La literatura de mi país, si bien merece atención, no me interesa. Me interesa la literatura hispánica".
-¿Y tenía razón el profesor Salomón?
-Sí, aquí encontré muchas cosas que hacer. Llevo con éste seis libros publicados acerca de Venezuela. Próximamente saldrá uno con Fundarte acerca de la obra de José Balza. El es muy buen prosista. Además, es un esteta.
-Después de estudiarla durante 29 años debe tener una definición de la literatura venezolana, ¿no?
-No lo crea tanto así, es difícil. Es una parte de la literatura hispanoamericana con ciertas peculiaridades, especialmente en el siglo XIX, época en la cual tenía un carácter marcadamente positivista. Destaco, entre esas peculiaridades, que se cultivó más la prosa que el verso, que es una literatura con gran arraigo en lo caribeño.
-Pero, ¿si debiera dar una definición menos académica, una definición que le daría a cualquier lector que se muestre interesado por la literatura venezolana?
-Le diría que es una literatura muy dinámica. Es una literatura que, lamentablemente, no ha sido apreciada debidamente por los venezolanos. Ese panorama en la actualidad pareciera estar cambiando. Tampoco ha contado con mucha suerte en el extranjero. Pero es una literatura muy buena y que en estos momentos experimenta un regreso hacia el nacionalismo, de afirmación venezolanista, se reafirma el carácter nacional de la literatura. Hay más confianza en ella. Es un proceso que ya se ha dado en muchos países latinoamericanos.
-¿La literatura venezolana del siglo XIX está mejor conceptualizada en el extranjero que la del siglo XX?
-No, no lo creo. Actualmente, en Francia, hay profesores que realizan investigaciones y siguen muy de cerca la trayectoria de la literatura venezolana.
-Usted que sabe de colonias, al igual que la mayoría de los países del continente, ¿estamos realmente en deuda con el legado literario europeo?
-Sí, estamos en deuda. Existe el mestizaje literario y no la literatura pura, así como no hay razas puras.
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lunes, 1 de agosto de 2011
NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Antonio Márquez Salas: "Es deficiente la enseñanza del derecho". Entrevista a Morris Sierralta, Rafael Naranjo Osty, Aquiles Monagas, Luis Amelia Carrizalez, José Antonio Berrizbeitia y José Rafael Mendoza. Elite, Caracas, nr. 1953 del 02/03/63.
- Carlos Rangel Guevara. "La 'locura' de Felipe Massiani". Momento, Caracas, nr. 238 del 27/01/61.
- Miguel Santana Mujica. "¿La abogacía se estudiará?". Resumen, Caracas, nr. 452 del 04/07/82.
- Tarsicio Jáñez Barrios. "VII Centenario. La personalidad revolucionaria de Santo Tomás de Aquino". Resumen, Caracas, nr. 45 del 15/09/74.
- Luz Marina Bravo. "Literatura para exportar". El Nacional, Caracas, 11/10/98.
Ilustración: "La Pasión" de Horacio Quiroga, con ilustración de Osmel Souza. Elite, Caracas, 22/01/71.
Nota LB:
Telegráficamente, la prensa de entonces aportaba contenidos alternos, versando o consultando con especialistas. Hacia 1971, nadie sospecharía de la importancia que cobraría un ilustrador, diseñador de modas, como Souza en la Venezuela petrolera de sus explosiones dinerarias. E, incluso, cuando "Radio Rochela" (RCTV) comenzó a parodiarlo, suponían portugués a Souza, quizá por la relevancia adquirida por el sastre Clement...
miércoles, 20 de julio de 2011
lunes, 18 de julio de 2011
EDITÓRESIS

EL UNIVERSAL, Caracas, domingo 30 de septiembre de 2007
MARÍA GABRIELA MÉNDEZ
Los editores hablan de que los ensayos sobre la realidad política venezolana y la historia -si es novelada mejor- son los géneros que más se venden en los últimos años. Manuel Caballero, Francisco Herrera Luque o Elías Pino Iturrieta son considerados best sellers dentro del mercado local al superar en ventas los 3.000 ejemplares.
El ensayo histórico, la narrativa y por último en la poesía, en ese orden, parecen ser las preferencias de la lectoría local. Aunque hay quienes piensan que la Gaceta hípica es la lectura más recurrente en el país, hay quien sostiene que es evidente un crecimiento en el mercado interno, no sólo en la producción sino también en la cantidad de lectores.
La escritora y profesora de teoría literaria de la Universidad Central de Venezuela, Gisela Kozak Rovero, ubica claramente el momento de esa explosión editorial que vive el país: "Desde el año 2003 aumentó considerablemente la producción editorial venezolana, básicamente en narrativa". Sin embargo, también incluye la poesía y el ensayo, aunque en menor proporción y sobre todo en editoriales del Estado más que en las privadas.
Con ella coincide el profesor y crítico literario Carlos Sandoval, quien considera que hay un momento interesante en la narrativa venezolana: "Hay más apoyo de la editoriales privadas al escritor venezolano. Y no tiene que ver con que el escritor es amigo del editor. Ahora hay editoriales que están apostando por buenos escritores venezolanos".
Para él, la muestra más evidente de que el mercado ha crecido y muestra interés es que las librerías son cada vez más y se consiguen los libros de los venezolanos en estantes identificados, algo que antes no ocurría.
Sandoval ve que en los actuales narradores venezolanos hay una especie de "resurgimiento de la frescura, de temas cotidianos que antes la narrativa venezolana no solía tocar. Se incorpora a la tecnología como parte de la narrativa, elementos que antes no eran literarios".
Kozak define éste como un magnífico momento por la variedad de las propuestas (hay para todos los gustos), por la calidad, con propuestas estéticas muy serias.
Y hace diferencias entre los diferentes grupos: los escritores que tienen una propuesta importante, una voz propia, de mucha solidez y muy madura (Victoria Di Stefano, Ana Teresa Torres, Carlos Noguera, Eduardo Liendo, Federico Vegas); un grupo de escritores menores de 40 años que tienen una clara influencia por latinoamericanos como Roberto Bolaños, Mario Bellatin o Ricardo Piglia (como Krina Ber, Rodrigo Blanco, Roberto Martínez Bacrich, Salvador Fleján, entre otros); y otra tendencia donde hay una búsqueda por formas narrativas del realismo: biografías, autobiografías, testimonios. También menciona el caso de Miguel Gómez, Juan Carlos Méndez Guedes y Krina Ber, en quienes hay una exploración de temas absolutamente internacionales.
Sandoval identifica que los escritores nuevos tienen la amplitud y el atrevimiento que no tuvieron los narradores de los años 90. Cree que parte de ese cambio se puede deber al impacto de los estudios universitarios en el área de literatura en estos narradores.
Sin embargo, las propuestas más audaces no necesariamente están dentro de las más exitosas comercialmente. "Si Di Stefano en vez de escribir esa maravilla que es Lluvia hubiera escrito algo sobre el 27 de febrero, seguro habría sido un éxito editorial", apunta Kozak.
A pesar del evidente crecimiento editorial, en todas sus facetas, todavía esa repercusión no se ha hecho sentir en el continente ni fuera de él. El investigador Miguel Ángel Campos considera esa representación pobrísima fuera de nuestras fronteras un drama de la literatura venezolana, especialmente de los últimos 50 años.
Excepto algunos casos muy puntuales, apunta Kozak, como Barrera Tyska, Rafael Cadenas, Eugenio Montejo, Pepe Barroeta, Ednodio Quintero y Di Stefano (estos dos últimos publicados por la española Candaya), los venezolanos no han sido bien proyectados. "No por falta de calidad", advierte, sino porque los escritores no han tenido lobby en España y es desde allí desde donde se mueve la internacionalización.
Ilustración: Reportajede Todo en Domingo de El Nacional, Caracas, 2001
sábado, 16 de julio de 2011
METRÓPOLI DE UN IMAGINARIO (1)

EL NACIONAL - Sábado 16 de Julio de 2011 Cultura/5
CELEBRACIÓN Metáforas literarias de la ciudad lírica que se convirtió en infierno
Caracas al pie de la letra
En la literatura, el imaginario de la metrópolis soez no es exclusivo de la crisis social del siglo XXI
MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ
El deterioro de la anciana Caracas se proyecta sobre la literatura como una metáfora de la crisis social que vive el país, pero se engaña quien piensa que el reflejo de "la sultana del Ávila" fue siempre idílico.
A la figuración abyecta que ahora es lugar común de la escritura nacional le antecedieron años de una historia narrativa y lírica que resumía en la dicotomía campo-ciudad la tragedia del país. Pero, agobiados por la actual urbe vil, cabe preguntarse desde la literatura de dónde viene la idea de la Caracas como símbolo perverso de sus ciudadanos.
Arturo Almandoz y Arturo Gutiérrez Plaza consideran que la visión de la Caracas pérfida viene más bien de la tradición bíblica que señala a la ciudad como centro de perdición del rebaño humano, tradición a la que no escapa la cultura católica de Venezuela. Ambos encuestados son especialistas de la figuración que han hecho los autores de la ciudad capital. Almandoz escribió la serie La ciudad en el imaginario venezolano, que en tres volúmenes recorre la simbología de las ciudades, y en especial Caracas, a través de la historia de la literatura nacional. Algo parecido, pero exclusivamente con el género lírico, hace Gutiérrez Plaza en Itinerarios de la ciudad en la poesía venezolana. Una metáfora del cambio, que se presentará mañana, a las 11:00 am, en la librería Kalathos del Centro de Arte Los Galpones.
"En general, la literatura occidental tiende a satanizar a la ciudad. Distinta a la visión grecorromana, la judeocristiana construye de forma negativa al yo urbano. Asume que la ciudad tiene un componente intrínsecamente negativo, sea Caracas o cualquiera", indica Almandoz antes de puntualizar que dentro de esa visión que nunca celebra a Caracas hay autores más o menos críticos.
En la poesía, la figuración de la urbe caraqueña tiene un momento de inflexión en la obra de Juan Liscano. "Ya desde el primer poema de su primer libro, 8 poemas, se nota su visión completamente negativa de la ciudad, que se asocia con la visión negativa de la modernidad petrolera que tenía el poeta", señala Gutiérrez Plaza.
Aclara que aunque en la poesía existió una visión originaria de una Caracas bucólica, eso rápidamente se transformó en el siglo XIX: "El menoscabo de la naturaleza de esta ciudad era tema frecuente entonces y eso puede verse en los poemas que se le dedicaba al deterioro de los ríos. Allí empezó la visión negativa de la ciudad".
Bucólica. La Caracas que se declaró la capital de la integrada nación venezolana en 1777 y que tenía escasos signos citadinos, pronto sucumbió a la modernización del país y los escritores lo lamentaron.
Los poetas se mantuvieron cercanos a las obsesiones de Juan Antonio Pérez Bonalde, que la veía "tendida a las faldas del Ávila empinado/Odalisca rendida/ a los pies del sultán enamorado", pero lo contrario ocurrió con los narradores. Miguel Gomes, en un artículo académico publicado en la chilena Acta Literaria, señala que Manuel Díaz Rodríguez (Sangre patricia) y Teresa de la Parra (Ifigenia) sustituyeron la exaltación romántica de la vuelta a Caracas con la depresión ante la aldea asfixiante. "La del clima delicioso, la de los recuerdos suaves (...) resultaba ser aquella ciudad chata" donde María Eugenia declaró sentir el horror de su vida prisionera.
Contemporáneo a De la Parra fue José Rafael Pocaterra, cuyas novelas, Política feminista o el Doctor Bebé y Vidas oscuras especialmente, evidencian las miserias de los personajes envilecidos por la urbe, tema que alimentará la tradición narrativa que lo sucedió. "Esto es un tema universal aclara Almandoz pero en el caso de Caracas tenía otras connotaciones, la ciudad era el ayer de los que venían del exterior y el hoy de los provincianos, así que para los primeros era un lugar atrasado al compararlo con los centros urbanos de Europa y para los del interior del país era un lugar de perdición".
La dicotomía campo-ciudad termina con las generaciones de autores que nacen en un país urbanizado, cuando la modernidad mal que bien, esto hay que aceptarlo convierte a las aldeas en ciudades de la provincia.
Urbana. Gomes considera a Salvador Garmendia un autor fundamental para el tipo de escritura que se desarrolla ahora. "Garmendia escribe en los cincuenta y sesenta divorciado del "realismo mágico" tan notable, digamos por ejemplo, en el primer Arturo Uslar Pietri.
Crea una tradición de sordidez y deterioro que se renueva hoy con un referente distinto".
Para Almandoz, el sujeto se urbaniza propiamente en la novela Piedra de mar de Francisco Massiani: "Distinto a Los pequeños seres de Salvador Garmendia y a País portátil de Adriano González León, sus personajes no son los sujetos esquizoides que se debaten entre la provincia y la urbe".
La figuración actual de la urbe anárquica comenzó en la década de los años sesenta y continúa en la obra de autores como Antonieta Madrid, Carlos Noguera, Eduardo Liendo y Ana Teresa Torres, entre muchos otros, para quienes la urbe ya no es una circunstancia. A partir de ellos la visión melancólica del campo se sustituye por una visión melancólica del pasado de una urbe que en el presente luce deteriorada y envejecida, como se siente su gente ante la decadencia del país.
Nota LB:
Respiramos un poco la Caracas de los cincuenta, a través de la desaparecida Biblioteca "Rojas Astudillo" que se encontraba en Gradillas, Caracas. Mobiliario de madera, ambiente remoto. Y cuando tuvimos ocasión de leer la Caracas de Garmendia, a través de sus obras, no sólo nos ubicaba en la biblioteca, sino que - superándola - nos teletransportaba al pasado, como si oliésemos - incluso - cada calle recorrida de la metrópoli.
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miércoles, 13 de julio de 2011
POSTURAS

¿Cuál es la situación de la literatura venezolana actual?
Luis Perozo Cervantes
Si un peatón cualquiera me detuviera en mis habituales tránsitos urbanos para preguntarme, con mirada inquisidora y una obstinada sed de respuesta: ¿Cuál es la situación de la literatura venezolana actual? Podría fácilmente elegir entre dos reacciones.
Primera: saldría corriendo lo más rápido posible, porque la muerte me espera al cruzar la calle, o un avión me va a caer en la cabeza, o un grupo de terroristas islámicos quiere bombardear la cuidad, o algún malvado individuo, de la calaña de los hechiceros como Frestón, ha liberado un maleficio sobre los ciudadanos felices y despreocupados, para que atiendan el inusitado caso de una literatura que se desvanece en la elocuente edición de libros, y la maravillosa palabrería de periódicos sin sabor, que critican hasta más no poder los defectos de un sistema, pero sin acertar en el blanco. Todo ello envuelto en un nervosismo apocalíptico, levantado los brazos y gritando a todo pulmón: de la noche venimos y hacia la noche vamos, mientras mi cabeza realizase millones de piruetas para estar atento del posible derrumbe de un rascacielos o de alguna ancianita asesina que quisiese clavarme su puntiagudo paraguas en el costado. Sí, definitivamente la primera de mi reacciones sería una experiencia paranoica, una huida grave y letal del problema que aflige a los intelectuales, es decir, que no aflige a nadie, que vale menos que un libro del perro y la rana, o importa tanto como la colección de cuentos eróticos de Boris Izaguirre; en pocas palabras un problema que visitamos por masoquismo, un problema que compramos porque, para no tener nada, es mejor tener un problema.
La SEGUNDA: también sería una huida, pero más política, más adeca, más socialista, más de lo que sea, lo importante es convencer a la persona de que todo está muy bien, con el menor número de razones posibles, con todos los ejemplos vagos que se atraviesen por tu mente, con esas palabras en francés que sabes utilizar muy bien para hacer que la gente pierda el interés en tu plática o simplemente huyan por la derecha, o por la izquierda, ambas son aceptables en este caso. Pero la segunda reacción no termina allí, es un efecto dominó inevitable que te obliga a sentarte en un banco de la plaza, en la misma acera donde fuiste interpelado, en la silla cómoda de un cibercafé o en el inodoro más cercano… para concentrarte… buscar en lo más profundo de tu ser, una respuesta franca y lógica de lo que está sucediendo. Y no me refiero a los niños que mueren en Irak, ni a todos lo que matará el estado de Israel la próxima semana, y mucho menos a esa mujer secuestrada, o ese hombre que están atracado ahora en el centro; no, no es esa la situación a la que me refiero… yo hablo de una literatura que descansa en la cuerda floja, un monumento histórico que levantaron consabidos sabiondos sabios de nuestras letras, esa legión de hombres ilustres que nunca pasaron hambre, y si la pasaron prefieren olvidarse de ella: ellos, Don Mariano Picón, Don Arturo Uslar, Don Pedro Díaz Seijas, y los otros de la camada que bien llevan el título de padres de la Historia de la Literatura Venezolana. A ellos, y su pacata visión, le debemos amigos míos lo que hoy llamamos literatura venezolana. Y óigase que los admiro a todos, pero como pichón de ensayista que soy, no me aguanto tanto olvido, no me soporto tanto centralismo, tanta literatura caraqueña en lo debería ser un compás abierto de maravillas nacionales. Una verdadera literatura nacional construida sin recelos, sin miedo a decir que en las “provincias” la modernidad llegó primero, que el hallazgo de la literatura tocó a hombres más sensibles, ¿o acaso se es más poeta por vivir en Caracas?, ¿debes recibir un premio en Francia para que se den cuenta que en Maracaibo se escribe?, ¿o en que Tucupita se escribe?. Basta de la historia literatura nacional misógina, xenófoba, machista, y por supuesto centralista. Basta de literaturas regionales que son expresiones de un centralismo chiquito. Basta de todo ello y de más. Y perdonen si parezco malcriado, lo que pasa es que hablar de la promisoria literatura venezolana, es igual de decir lo que somos. Describirse a uno mismo y lo uno significa. Hablar de lo que quieres enmendar, de los fulanos triunfos que no te parecen más que adulaciones elocuentes, de las barreras que se impone este sistema. De lo injusto de la categoría: Venezolano, o el cataclismo categórico: Nacional. Señores, hablar de la literatura venezolana actual, o aun más difícil, hablar de la literatura venezolana que se está gestando, esa que pide y construye sus nuevos paradigmas, es un imposible, ya que todo lo esa literatura significa no se ha publicado; ya que lo actual es igual que lo pasado, y que las rupturas de este tiempo no se han dado por la comodidad de los presente, y lo que es aún peor, la flojera de los ausentes. Hablar de una literatura venezolana en gestación, es hablar de una utopía, y estas últimas sólo se puedes describir desde la pasionalidad de su inventor, desde lo más profundo del cuerpo que la hace suya, el cuerpo que le suma esperanzas y la hace brillar. Si queremos hablar de la literatura venezolana que se está construyendo, déjenme hablar de la que estoy construyendo yo, que no es muy diferente a la de mis compañeros en esta mesa, ni a la que quisieron construir los jóvenes poetas del Grupo Apocalipsis, o la que se inició con la revista Sardio, o la que tendió carne podrida con poemas comprometidos desde el Techo de la Ballena; déjenme hablar de esta literatura, que nuestro profeta (o mi profeta particular) Tristan Tzara, nos dejó, cual Centurias en la desconstrucción dadaísta del arte, para que nosotros tomásemos lo que quisiéramos, como recortes de prensa tirados, y armásemos con ellos el poema más propio, más intimo, único e irrepetible. Señores, hablemos de una literatura venezolana que necesita nuevos críticos, gente que se atreva a afirmar, que no tema gastar sus ideas, que piense como ejercicio y actué como poeta. Necesitamos críticos e historiadores que reorganicen las bases de nuestra literatura, que le den forma a este monstruo de mil cabezas y nos dejen apreciar, sistemáticamente o al alzar, la voz más clamorosa de nuestras necesidades. Hallar madre, padre, hijos y familia entera en este cementerio. Observemos un momento a la narrativa venezolana de padres y abuelos autóctonos. Miremos nuestras manos, apretémoslas hasta que en medio nazca una flor, pero no una orquídea, o una hoja de araguaney; ojala nazca una matica de trinitarias, o alguna planta que pertenezca a nuestro paisaje común. La literatura nacional debe convertirse en el reflejo de nosotros mismo. Debemos innovar en conceptos, en formas, en estigmas. Pero no buscando la Originalidad, ya que ésta se extinguió con el pájaro Dodo, ya que la originalidad, tal y como le pasará al Derecho de Autor en unos cuantos años, fue desplazada por algo más sustancioso y poético, por la autenticidad. Pronto sólo quedaran en la tierra las huellas digitales, la forma de comerse las uñas y la autenticidad poética, para definir al hombre. Somos tantos, y hacemos tanto mal, que importa poco si te llamas igual que otro, o si tienes un doble exacto en Singapur. Lo importante es cuan verdaderamente autentico seas en tus actos y tu palabra. Lo peor del caso, es que la literatura venezolana aún no es autentica. Le pertenece a otras necesidades glamorosas, a las razones del prestigio, a una meta editorial, o a los impuestos que se impongan sobre el libro. El poema se relaja en un purismo soso, al joven le gusta la palabra mierda, a si como a los traductores de Bukowski le fascina la palabra coño. Y poco a poco vamos dejando lo que de verdad nos debe interesar. ¿Qué es? No sé, a mi me interesa la sensación urbana, pero no la caraqueña, aunque me guste mucho Caracas, sino la de mi Maracaibo, la de esta Mérida ciudad libro, la de esas plantas, me interesa lo Montejo que descansa en estos paisajes. Me interesa lo Adriano González que huye en la vejez, o que flota en el lago, me llama hasta la puerta y el camino lo Luis Alberto Crespo que pueda habitar en el llano. Me reclama el yo presente, el poeta interior, el ser amarrado a este barro, me reclama que mire quien soy, y que llevo dentro, que descifre mi identidad, y por consecuencia lo autentico de mis pasos. Para crear una literatura nacional hay que marcar el punto de ruptura entre los derroteros de los setenta y ochenta, y sembrar el cincel en el piso, abrir la grieta que separe los intereses expresivos del poeta, aunque estos al final, como todos los esfuerzos de la humanidad, se conviertan en continuidad de procesos, en ruptura de rupturas, en banderas iguales enarboladas en astas diferentes.
Sea como sea, sea la reacción que sea, si alguien me detuviera en mis habituales tránsitos urbanos para preguntarme, con mirada inquisidora y una obstinada sed de respuesta: ¿Cuál es la situación de la literatura venezolana actual? Yo lo miraría con fijeza extraña, buscaría algún razón de locura en entre sus ojos. Y luego le respondería, como una respuesta genérica para todos los problemas del país: Estamos jodidos, pero hasta que decidamos dejar de estarlo
[Palabras leídas en el Debate sobre la situación actual de la literatura venezolana "hablan las nuevas voces". En el marco de la IV Jornada de Creación Literaria "Las Formas del Fuego" de la Universidad de Los Andres. Mayo 2009]
Fuente: http://www.panfletonegro.com/volante/2009/09/07/%C2%BFcual-es-la-situacion-de-la-literatura-venezolana-actual/
Ilustración: El Nacional Todo en Domingo - Domingo 03 de Julio de 2011
viernes, 1 de julio de 2011
NOTICIERO RETROSPECTIVO

- José Mendoza Angulo. "El mlitarismo". El Globo, Caracas, 21/10/00.
- Carlos Canache Mata. El escándalo de El Tablazo y sus connotaciones gremiales y partidístas. Resumen, Caracas, nr. 65 del 02/02/75.
- Gustavo Luis Carrera. "Novela venezolana, burguesía y masas populares". Crítica Contemporánea, Caracas, nr. 5 de 05/61.
- Enrique Rondón y los candidatos presidenciales menores: José Rojas Contreras, Francisco Pedroza y Germán Borregales. Summa, Caracas, nr. 65 del 23/01/73.
- José Antonio Abreu: política fiscal y desarrollo económico. El Nacional, Caracas, 04/08/66.
Fotografía:Portada: Paula Bellini. Momento, Caracas, nr. 188 del 19/02/60.
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