El Nacional, Caracas, '03/01/2000.
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miércoles, 29 de enero de 2020
domingo, 7 de enero de 2018
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Hilton Scope, con fotografías de Even. "(Néstor Isaías) 'Látigo' Chávez, estrella del box". Élite, Caracas, nr. 2049 del 02/01/1965.
- Salvador Garmendia. "Un sueño para Alí Kahn". El Nacional, Caracas, 22/06/80. Papel Literario.
- Caremis, con fotografías de F. Garrido. "Flamenca y torera: Valencia tiene una historia de tragedias y faenas". Élite, Caracas nr. 1538 del 26/03/55.
- Manuel Manrique Siso. "Deporte y alcoholismo". El Nacional,28/07/77.
- Domingo Alberto Rangel. "Decadencia del fútbol brasileño". Últimas Noticias, Caracas, 21/07/87.
Reproducción: Pablo Morales se encargará "por fin" de la presidencia de la Liga de Béisbol Profesional. Últimas Noticias, Caracas, 06/12/1947.
- Salvador Garmendia. "Un sueño para Alí Kahn". El Nacional, Caracas, 22/06/80. Papel Literario.
- Caremis, con fotografías de F. Garrido. "Flamenca y torera: Valencia tiene una historia de tragedias y faenas". Élite, Caracas nr. 1538 del 26/03/55.
- Manuel Manrique Siso. "Deporte y alcoholismo". El Nacional,28/07/77.
- Domingo Alberto Rangel. "Decadencia del fútbol brasileño". Últimas Noticias, Caracas, 21/07/87.
Reproducción: Pablo Morales se encargará "por fin" de la presidencia de la Liga de Béisbol Profesional. Últimas Noticias, Caracas, 06/12/1947.
domingo, 30 de diciembre de 2012
BYTE-PASS (4)
EL NACIONAL, Caracas, 20 de Noviembre de 1997
Apocalipsis o revelación
SALVADOR GARMENDIA
Al comienzo del primer milenio, los creyentes vieron llegar el fin de la Creación, según lo anunciado con prolijidad de detalles en la revelación de San Juan. Era la palabra de Dios, aunque rodeada por la oscuridad y el enigma; y ya no había para dónde correr, antes de que las nubes se rasgaran y asomaran las trompetas de los ángeles llamando a reunión. Fue necesario que la gran clueca se sentara encima del nidal, para que hicieran su aparición, en toda esa zona indiferenciada de Aquitania, que hoy se reparten por igual España y Francia, los llamados beatos del siglo VIII; de los cuales, el de Saint-Sever llegó a ser, quizás, el más glamoroso de la nidada. Desde ese momento, el libro bíblico de la destrucción y el caos reapareció cual un Fénix domesticado, bajo una faz diametralmente opuesta. Ya los pacíficos moradores de campos y aldeas podían volver a sus ocupaciones de costumbre: los muertos reposando en sus tumbas, los arados levantando terrones y las armas aguardando, afiladas, en sus armarios, porque todo era asunto de interpretación y exégesis. Donde decía esto, debe decir aquello. Al final, la palabra de Dios es transparente, aunque no deja de ver detrás; porque lo que está al otro lado no es visible. Fue así cómo, por vez primera, la cara de la antigua profecía se resquebrajó por varios lados y permitió que la luz del entendimiento pasara al interior; respaldada, eso sí, por la saludable intención de mantener y preservar la armonía y la tranquilidad del reino terrenal.
Ahora, ¨recuerdan ustedes aquella película El Jorobado de Nuestra Señora de París, donde Charles Lawgthon agrega a su corpulencia natural algunos kilos adicionales de maquillaje? El guionista de esa memorable producción, sin que se le viera nada en la cara, se saltó el tiempo y el espacio y nos presentó a Johannes Gutenberg en su taller, a mucha distancia de su Maguncia original, llevando a cabo una demostración de su revolucionario invento, a los ojos de un rey diminuto y travieso, parecido más bien al bufón de un rey. El pequeño monarca observa las pruebas de la famosa Biblia de cuarenta y dos líneas, a tiempo que por la ventana de la habitación se recorta la fachada principal de Notre Dame. `` Esto, matará a esto'', murmura, y su mirada se dirige de la letra de imprenta al antiguo abecedario de la piedra. Porque se suponía que si los testimonios del saber humano, la ciencia y la filosofía, gracias al nuevo invento, iban a ser liberados de las bibliotecas de los conventos para derramarse en las manos de todos, la Iglesia dominante perdería su vigor, las pailas del infierno iban a enfriarse y el cielo se declararía en quiebra, mientras el Señor se veía obligado a pedir perdón a sus criaturas por no haberles comunicado a tiempo la verdad. Nada semejante sucedió, sin embargo. Ya lo hemos visto. Hoy tenemos más libros que nunca y en cambio vemos que una diversidad avasallante de credos religiosos se propaga sin continencia por todas partes, particularmente en las grandes ciudades, donde estos fenómenos de iluminismo colectivo se generan tal vez con mayor virulencia de la que tuvieron los cismas y apostasías de la Edad Media.
También solía oírse decir, hace unos años, que el cine iba a terminar con el teatro y aunque se trataba de un delito menor el hecho es que después de cien años de la llegada del tren de los Lumiére, el Ateneo de Caracas ofrece al público, todas las noches, cuatro diferentes obras teatrales, en una ciudad donde no había teatro cuando llegó el cine, durante los 20 años. Igualmente, de la televisión se llegó a asegurar que su propagación indetenible terminaría por alterar de tal manera los procedimientos tradicionales de la enseñaza y la pedagogía, que pronto los maestros y profesores iban a verse sustituidos por pantallas y ya no habría más jovencitas habilidosas que subieran el ruedo de sus faldas en clase, como recurso adicional, erotizante, para mejorar la calificación de sus trabajos.
Ahora, nos encontramos sin saber todavía muy bien a qué especie de calamidad colectiva estaremos expuestos, a causa de la propagación de las computadoras y sus cada vez más numerosas aplicaciones al trabajo humano. La computadora que derrotó a Karpov estaba programada para realizar millones de operaciones de cálculo en un segundo. Imagino el comentario del paciente operario de un ábaco de madera, en un siglo lejano, al que un mensajero sobrenatural le hiciera conocer los prodigios de un aparato, el cerebro electrónico, que estaba aguardando a la humanidad en algún punto todavía borroso de la historia. `` Es más o menos lo mismo, dirá. Sólo que un poco más rápido que mis esferas'' .
Pero no se trata de estos colosos de la cibernética, que para nosotros son todavía un universo de ficción, sino del ya familiar y rutinario procesador de palabras, del que nos valemos la casi totalidad de los escritores de hoy. Y es oportuno recordar, que en un principio hubo muchos colegas asustadizos que se negaron a adoptar esa herramienta, en la creencia, bastante generalizada, de que la menor intromisión de un elemento extraño en el proceso natural de la escritura, es suficiente para que el impulso creador se descoyunte y se desplome. ``Esa pantalla helada delante de mí!''. Esos caracteres impersonales, esas horribles cajas incoloras que parecen objetos de laboratorio! Por Dios, no! De sólo mencionarlos me quedo vacío e impotente! Y sin embargo, es cosa de retroceder alguans décadas, hasta el momento en que las primeras máquinas de escribir vinieran a ocupar las mesas, para que la melopea cambie de tono. ``Horror! El acto casi perfectamente espiritual de la escritura, sacrificado a un procedimiento mecánico, aborto de la civilización industrial!''. Se olvidaron de que Flaubert, cuando dijo que el estilo es el sudor del pensamiento o de Nietzsche, que recomendaba mojar la pluma en sangre. Ellos sólo admitían el tenue rasgueo de la pluma, al deslizarse sobre la hoja de papel en medio del silencio nocturno. Sólo esa música podía asegurar la necesaria intimidad; el diálogo del poeta consigo mismo. Un hablar de cama y alientos confundidos, que hace posible la comunicación directa con la intimidad humana.
Mientras tanto, la literatura siguió su marcha. Los nostálgicos tuvieron que continuar haciendo su trabajo, porque de eso se vive y muchos terminaron por adaptarse con rapidez a los nuevos procedimientos. El apocalipsis, por lo visto, aún puede esperar. La revelación podría estar a la vuelta de la esquina.
Fedor Dostoievski se quejaba en su diario de no haber tenido tiempo suficiente para corregir debidamente los capítulos de sus obras, que enviaba semanalmente a las revistas. Se disculpaba, asegurándonos que si le hubiera sido posible detenerse mayor tiempo en sus manuscritos, sin el apremio esclavizador de la imprenta, el resultado hubiera sido mucho mejor. No sé si pudiera decirse algo semejante de Balzac porque más de una vez he tenido que detenerme desconcertado en la mitad de uno de sus relatos, para decir: si Honorato lo hubiera pensado mejor, con seguridad no hubiera permitido que algo como esto ocurriera. Pero es que el papel es un intermediario tiránico, que jamás permite volver atrás. Para él, es el borrón o la destrucción completa. El escritor se ve sometido a la resignación. Dejarlo como está y seguir adelante. Con la computadora se invierten los papeles. El autor asume el dominio completo de su texto. La pantalla, esa lámina oscura, imparcial, inexpresiva, devuelve en punciones eléctricas el mensaje que recibe directamente del foco emisor. Los caracteres que allí se configuran carecen del impulso energético que transmite la mano en acción. Son lo que se ha llamado letra muerta. Su permanencia más allá del cristal perdurará hasta que interrumpamos la corriente. Permancerán guardados en la memoria artificial, de donde tendrán que ser llamados, en el momento necesario. Y ya no habrá objeciones vergonzantes frente al texto maduro que se entrega a la imprenta; porque la libertad del escritor dispone en el presente de un campo ilimitado dónde desarrollar sus facultades. Al final, damos por terminado al día y volteamos la página sin cargos de conciencia, sabiendo que el vacío gris e indiferente de la pantalla es una confiable invitacion al reposo.
Ilustración: Sophie Taeuber-Arp
Apocalipsis o revelación
SALVADOR GARMENDIA
Al comienzo del primer milenio, los creyentes vieron llegar el fin de la Creación, según lo anunciado con prolijidad de detalles en la revelación de San Juan. Era la palabra de Dios, aunque rodeada por la oscuridad y el enigma; y ya no había para dónde correr, antes de que las nubes se rasgaran y asomaran las trompetas de los ángeles llamando a reunión. Fue necesario que la gran clueca se sentara encima del nidal, para que hicieran su aparición, en toda esa zona indiferenciada de Aquitania, que hoy se reparten por igual España y Francia, los llamados beatos del siglo VIII; de los cuales, el de Saint-Sever llegó a ser, quizás, el más glamoroso de la nidada. Desde ese momento, el libro bíblico de la destrucción y el caos reapareció cual un Fénix domesticado, bajo una faz diametralmente opuesta. Ya los pacíficos moradores de campos y aldeas podían volver a sus ocupaciones de costumbre: los muertos reposando en sus tumbas, los arados levantando terrones y las armas aguardando, afiladas, en sus armarios, porque todo era asunto de interpretación y exégesis. Donde decía esto, debe decir aquello. Al final, la palabra de Dios es transparente, aunque no deja de ver detrás; porque lo que está al otro lado no es visible. Fue así cómo, por vez primera, la cara de la antigua profecía se resquebrajó por varios lados y permitió que la luz del entendimiento pasara al interior; respaldada, eso sí, por la saludable intención de mantener y preservar la armonía y la tranquilidad del reino terrenal.
Ahora, ¨recuerdan ustedes aquella película El Jorobado de Nuestra Señora de París, donde Charles Lawgthon agrega a su corpulencia natural algunos kilos adicionales de maquillaje? El guionista de esa memorable producción, sin que se le viera nada en la cara, se saltó el tiempo y el espacio y nos presentó a Johannes Gutenberg en su taller, a mucha distancia de su Maguncia original, llevando a cabo una demostración de su revolucionario invento, a los ojos de un rey diminuto y travieso, parecido más bien al bufón de un rey. El pequeño monarca observa las pruebas de la famosa Biblia de cuarenta y dos líneas, a tiempo que por la ventana de la habitación se recorta la fachada principal de Notre Dame. `` Esto, matará a esto'', murmura, y su mirada se dirige de la letra de imprenta al antiguo abecedario de la piedra. Porque se suponía que si los testimonios del saber humano, la ciencia y la filosofía, gracias al nuevo invento, iban a ser liberados de las bibliotecas de los conventos para derramarse en las manos de todos, la Iglesia dominante perdería su vigor, las pailas del infierno iban a enfriarse y el cielo se declararía en quiebra, mientras el Señor se veía obligado a pedir perdón a sus criaturas por no haberles comunicado a tiempo la verdad. Nada semejante sucedió, sin embargo. Ya lo hemos visto. Hoy tenemos más libros que nunca y en cambio vemos que una diversidad avasallante de credos religiosos se propaga sin continencia por todas partes, particularmente en las grandes ciudades, donde estos fenómenos de iluminismo colectivo se generan tal vez con mayor virulencia de la que tuvieron los cismas y apostasías de la Edad Media.
También solía oírse decir, hace unos años, que el cine iba a terminar con el teatro y aunque se trataba de un delito menor el hecho es que después de cien años de la llegada del tren de los Lumiére, el Ateneo de Caracas ofrece al público, todas las noches, cuatro diferentes obras teatrales, en una ciudad donde no había teatro cuando llegó el cine, durante los 20 años. Igualmente, de la televisión se llegó a asegurar que su propagación indetenible terminaría por alterar de tal manera los procedimientos tradicionales de la enseñaza y la pedagogía, que pronto los maestros y profesores iban a verse sustituidos por pantallas y ya no habría más jovencitas habilidosas que subieran el ruedo de sus faldas en clase, como recurso adicional, erotizante, para mejorar la calificación de sus trabajos.
Ahora, nos encontramos sin saber todavía muy bien a qué especie de calamidad colectiva estaremos expuestos, a causa de la propagación de las computadoras y sus cada vez más numerosas aplicaciones al trabajo humano. La computadora que derrotó a Karpov estaba programada para realizar millones de operaciones de cálculo en un segundo. Imagino el comentario del paciente operario de un ábaco de madera, en un siglo lejano, al que un mensajero sobrenatural le hiciera conocer los prodigios de un aparato, el cerebro electrónico, que estaba aguardando a la humanidad en algún punto todavía borroso de la historia. `` Es más o menos lo mismo, dirá. Sólo que un poco más rápido que mis esferas'' .
Pero no se trata de estos colosos de la cibernética, que para nosotros son todavía un universo de ficción, sino del ya familiar y rutinario procesador de palabras, del que nos valemos la casi totalidad de los escritores de hoy. Y es oportuno recordar, que en un principio hubo muchos colegas asustadizos que se negaron a adoptar esa herramienta, en la creencia, bastante generalizada, de que la menor intromisión de un elemento extraño en el proceso natural de la escritura, es suficiente para que el impulso creador se descoyunte y se desplome. ``Esa pantalla helada delante de mí!''. Esos caracteres impersonales, esas horribles cajas incoloras que parecen objetos de laboratorio! Por Dios, no! De sólo mencionarlos me quedo vacío e impotente! Y sin embargo, es cosa de retroceder alguans décadas, hasta el momento en que las primeras máquinas de escribir vinieran a ocupar las mesas, para que la melopea cambie de tono. ``Horror! El acto casi perfectamente espiritual de la escritura, sacrificado a un procedimiento mecánico, aborto de la civilización industrial!''. Se olvidaron de que Flaubert, cuando dijo que el estilo es el sudor del pensamiento o de Nietzsche, que recomendaba mojar la pluma en sangre. Ellos sólo admitían el tenue rasgueo de la pluma, al deslizarse sobre la hoja de papel en medio del silencio nocturno. Sólo esa música podía asegurar la necesaria intimidad; el diálogo del poeta consigo mismo. Un hablar de cama y alientos confundidos, que hace posible la comunicación directa con la intimidad humana.
Mientras tanto, la literatura siguió su marcha. Los nostálgicos tuvieron que continuar haciendo su trabajo, porque de eso se vive y muchos terminaron por adaptarse con rapidez a los nuevos procedimientos. El apocalipsis, por lo visto, aún puede esperar. La revelación podría estar a la vuelta de la esquina.
Fedor Dostoievski se quejaba en su diario de no haber tenido tiempo suficiente para corregir debidamente los capítulos de sus obras, que enviaba semanalmente a las revistas. Se disculpaba, asegurándonos que si le hubiera sido posible detenerse mayor tiempo en sus manuscritos, sin el apremio esclavizador de la imprenta, el resultado hubiera sido mucho mejor. No sé si pudiera decirse algo semejante de Balzac porque más de una vez he tenido que detenerme desconcertado en la mitad de uno de sus relatos, para decir: si Honorato lo hubiera pensado mejor, con seguridad no hubiera permitido que algo como esto ocurriera. Pero es que el papel es un intermediario tiránico, que jamás permite volver atrás. Para él, es el borrón o la destrucción completa. El escritor se ve sometido a la resignación. Dejarlo como está y seguir adelante. Con la computadora se invierten los papeles. El autor asume el dominio completo de su texto. La pantalla, esa lámina oscura, imparcial, inexpresiva, devuelve en punciones eléctricas el mensaje que recibe directamente del foco emisor. Los caracteres que allí se configuran carecen del impulso energético que transmite la mano en acción. Son lo que se ha llamado letra muerta. Su permanencia más allá del cristal perdurará hasta que interrumpamos la corriente. Permancerán guardados en la memoria artificial, de donde tendrán que ser llamados, en el momento necesario. Y ya no habrá objeciones vergonzantes frente al texto maduro que se entrega a la imprenta; porque la libertad del escritor dispone en el presente de un campo ilimitado dónde desarrollar sus facultades. Al final, damos por terminado al día y volteamos la página sin cargos de conciencia, sabiendo que el vacío gris e indiferente de la pantalla es una confiable invitacion al reposo.
Ilustración: Sophie Taeuber-Arp
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Salvador Garmendia
sábado, 15 de septiembre de 2012
¿JACQUE CONTRA QUIÉN?
EL NACIONAL, Caracas, 23 de Noviembre de 1997
Apocalipsis o revelación
Salvador Garmendia
Al comienzo del primer milenio, los creyentes vieron llegar el fin de la Creación, según lo anunciado con prolijidad de detalles en la revelación de San Juan. Era la palabra de Dios, aunque rodeada por la oscuridad y el enigma; y ya no había para dónde correr, antes de que las nubes se rasgaran y asomaran las trompetas de los ángeles llamando a reunión. Fue necesario que la gran clueca se sentara encima del nidal, para que hicieran su aparición , en toda esa zona indiferenciada de Aquitania, que hoy se reparten por igual España y Francia, los llamados beatos del siglo VIII; de los cuales, el de Saint-Sever llegó a ser, quizás, el más glamoroso de la nidada. Desde ese momento, el libro bíblico de la destrucción y el caos reapareció cual un Fénix domesticado, bajo una faz diametralmente opuesta. Ya los pacíficos moradores de campos y aldeas podían volver a sus ocupaciones de costumbre: los muertos reposando en sus tumbas, los arados leva ntando terrones y las armas aguardando, afiladas, en sus armarios, porque todo era asunto de interpretación y exégesis. Donde decía esto, debe decir aquello. Al final, la palabra de Dios es transparente, aunque no deja de ver detrás; porque lo que está al otro lado no es visible. Fue así cómo, por vez primera, la cara de la antigua profecía se resquebrajó por varios lados y permitió que la luz del entendimiento pasara al interior; respaldada, eso sí, por la saludable intención de mantener y preservar la armonía y la tranquilidad del reino terrenal.
Ahora, ¨recuerdan ustedes aquella película El Jorobado de Nuestra Señora de París, donde Charles Lawgthon agrega a su corpulencia natural algunos kilos adicionales de maquillaje? El guionista de esa memorable producción, sin que se le viera nada en la cara, se saltó el tiempo y el espacio y nos presentó a Johannes Gutenberg en su taller, a mucha distancia de su Maguncia original, llevando a cabo una demostración de su revolucionario invento, a los ojos de un rey diminuto y travieso, parecido más bien al bufón de un rey. El pequeño monarca observa las pruebas de la famosa Biblia de cuarenta y dos líneas, a tiempo que por la ventana de la habitación se recorta la fachada principal de Notre Dame. ` ` Esto, matará a esto'' , murmura, y su mirada se dirige de la letra de imprenta al antiguo abecedario de la piedra. Porque se suponía que si los testimonios del saber humano, la ciencia y la filosofía, gracias al nuevo invento, iban a ser liberados de las bibliotecas de los conventos para derramarse en las manos de todos, la Iglesia dominante perdería su vigor, las pailas del infierno iban a enfriarse y el cielo se declararía en quiebra, mientras el Señor se veía obligado a pedir perdón a sus criaturas por no haberles comunicado a tiempo la verdad. Nada semejante sucedió, sin embargo. Ya lo hemos visto. Hoy tenemos más libros que nunca y en cambio vemos que una diversidad avasallante de credos religiosos se propaga sin continencia por todas partes, particularmente en las grandes ciudades, donde estos fenómenos de iluminismo colectivo se generan tal vez con mayor virulencia de la que tuvieron los cismas y apostasías de la Edad Media.
También solía oírse decir, hace unos años, que el cine iba a terminar con el teatro y aunque se trataba de un delito menor el hecho es que después de cien años de la llegada del tren de los Lumiére, el Ateneo de Caracas ofrece al público, todas las noches, cuatro diferentes obras teatrales, en una ciudad donde no había teatro cuando llegó el cine, durante los años 20. Igualmente, de la televisión se llegó a asegurar que su propagación indetenible terminaría por alterar de tal manera los procedimientos tradicionales de la enseñaza y la pedagogía, que pronto los maestros y profesores iban a verse sustituidos por pantallas y ya no habría más jovencitas habilidosas que subieran el ruedo de sus faldas en clase, como recurso adicional, erotizante, para mejorar la calificación de sus trabajos.
Ahora, nos encontramos sin saber todavía muy bien a qué especie de calamidad colectiva estaremos expuestos, a causa de la propagación de las computadoras y sus cada vez más numerosas aplicaciones al trabajo humano. La computadora que derrotó a Karpov estaba programada para realizar millones de operaciones de cálculo en un segundo. Imagino el comentario del paciente operario de un ábaco de madera, en un siglo lejano, al que un mensajero sobrenatural le hiciera conocer los prodigios de un aparato, el cerebro electrónico, que estaba aguardando a la humanidad en algún punto todavía borroso de la historia. ` ` Es más o menos lo mismo, dirá. Sólo que un poco más rápido que mis esferas'' .
Pero no se trata de estos colosos de la cibernética, que para nosotros son todavía un universo de ficción, sino del ya familiar y rutinario procesador de palabras, del que nos valemos la casi totalidad de los escritores de hoy. Y es oportuno recordar, que en un principio hubo muchos colegas asustadizos que se negaron a adoptar esa herramienta, en la creencia, bastante generalizada, de que la menor intromisión de un elemento extraño en el proceso natural de la escritura, es suficiente para que el impulso creador se descoyunte y se desplome. ` ` Esa pantalla helada delante de mí ! . Esos caracteres impersonales, esas horribles cajas incoloras que parecen objetos de laboratorio ! Por Dios, no ! De sólo mencionarlos me quedo vacío e impotente ! '' Y sin embargo, es cosa de retroceder algunas décadas, hasta el momento en que las primeras máquinas de escribir vinieran a ocupar las mesas, para que la melopea cambie de tono. ` ` Horror ! El acto casi perfectamente espiritual de la escritura, sacrificado a un procedimiento mecánico, aborto de la civilización industrial ! '' . Se olvidaron de Flaubert, cuando dijo que el estilo es el sudor del pensamiento o de Nietzsche, que recomendaba mojar la pluma en sangre. Ellos sólo admitían el tenue rasgueo de la pluma, al deslizarse sobre la hoja de papel en medio del silencio nocturno. Sólo esa música podía asegurar la necesaria intimidad; el diálogo del poeta consigo mismo. Un hablar de cama y alientos confundidos, que hace posible la comunicación directa con la intimidad humana.
Mientras tanto, la literatura siguió su marcha. Los nostálgicos tuvieron que continuar haciendo su trabajo, porque de eso se vive y muchos terminaron por adaptarse con rapidez a los nuevos procedimientos. El apocalipsis, por lo visto, aún puede esperar. La revelación podría estar a la vuelta de la esquina.
Fedor Dostoievski se quejaba en su diario de no haber tenido tiempo suficiente para corregir debidamente los capítulos de sus obras, que enviaba semanalmente a las revistas. Se disculpaba, asegurándonos que si le hubiera sido posible detenerse mayor tiempo en sus manuscritos, sin el apremio esclavizador de la imprenta, el resultado hubiera sido mucho mejor. No sé si pudiera decirse algo semejante de Balzac porque más de una vez he tenido que detenerme desconcertado en la mitad de uno de sus relatos, para decir: si Honorato lo hubiera pensado mejor, con seguridad no hubiera permitido que algo como esto ocurriera. Pero es que el papel es un intermediario tiránico, que jamás permite volver atrás. Para él, es el borrón o la destrucción completa. El escritor se ve sometido a la resignación. Dejarlo como está y seguir adelante. Con la computadora se invierten los papeles. El autor asume el dominio completo de su texto. La pantalla, esa lámina oscura, imparcial, inexpresiva, devuelve en punciones eléctricas el mensaje que recibe directamente del foco emisor. Los caracteres que allí se configuran carecen del impulso energético que transmite la mano en acción. Son lo que se ha llamado letra muerta. Su permanencia más allá del cristal perdurará hasta que interrumpamos la corriente. Permanecerán guardados en la memoria artificial, de donde tendrán que ser llamados, en el momento necesario. Y ya no habrá objeciones vergonzantes frente al texto maduro que se entrega a la imprenta; porque la libertad del escritor dispone en el presente de un campo ilimitado donde desarrollar sus facultades. Al final, damos por terminado al día y volteamos la página sin cargos de conciencia, sabiendo que el vacío gris e indiferente de la pantalla es una confiable invitación al reposo.
Apocalipsis o revelación
Salvador Garmendia
Al comienzo del primer milenio, los creyentes vieron llegar el fin de la Creación, según lo anunciado con prolijidad de detalles en la revelación de San Juan. Era la palabra de Dios, aunque rodeada por la oscuridad y el enigma; y ya no había para dónde correr, antes de que las nubes se rasgaran y asomaran las trompetas de los ángeles llamando a reunión. Fue necesario que la gran clueca se sentara encima del nidal, para que hicieran su aparición , en toda esa zona indiferenciada de Aquitania, que hoy se reparten por igual España y Francia, los llamados beatos del siglo VIII; de los cuales, el de Saint-Sever llegó a ser, quizás, el más glamoroso de la nidada. Desde ese momento, el libro bíblico de la destrucción y el caos reapareció cual un Fénix domesticado, bajo una faz diametralmente opuesta. Ya los pacíficos moradores de campos y aldeas podían volver a sus ocupaciones de costumbre: los muertos reposando en sus tumbas, los arados leva ntando terrones y las armas aguardando, afiladas, en sus armarios, porque todo era asunto de interpretación y exégesis. Donde decía esto, debe decir aquello. Al final, la palabra de Dios es transparente, aunque no deja de ver detrás; porque lo que está al otro lado no es visible. Fue así cómo, por vez primera, la cara de la antigua profecía se resquebrajó por varios lados y permitió que la luz del entendimiento pasara al interior; respaldada, eso sí, por la saludable intención de mantener y preservar la armonía y la tranquilidad del reino terrenal.
Ahora, ¨recuerdan ustedes aquella película El Jorobado de Nuestra Señora de París, donde Charles Lawgthon agrega a su corpulencia natural algunos kilos adicionales de maquillaje? El guionista de esa memorable producción, sin que se le viera nada en la cara, se saltó el tiempo y el espacio y nos presentó a Johannes Gutenberg en su taller, a mucha distancia de su Maguncia original, llevando a cabo una demostración de su revolucionario invento, a los ojos de un rey diminuto y travieso, parecido más bien al bufón de un rey. El pequeño monarca observa las pruebas de la famosa Biblia de cuarenta y dos líneas, a tiempo que por la ventana de la habitación se recorta la fachada principal de Notre Dame. ` ` Esto, matará a esto'' , murmura, y su mirada se dirige de la letra de imprenta al antiguo abecedario de la piedra. Porque se suponía que si los testimonios del saber humano, la ciencia y la filosofía, gracias al nuevo invento, iban a ser liberados de las bibliotecas de los conventos para derramarse en las manos de todos, la Iglesia dominante perdería su vigor, las pailas del infierno iban a enfriarse y el cielo se declararía en quiebra, mientras el Señor se veía obligado a pedir perdón a sus criaturas por no haberles comunicado a tiempo la verdad. Nada semejante sucedió, sin embargo. Ya lo hemos visto. Hoy tenemos más libros que nunca y en cambio vemos que una diversidad avasallante de credos religiosos se propaga sin continencia por todas partes, particularmente en las grandes ciudades, donde estos fenómenos de iluminismo colectivo se generan tal vez con mayor virulencia de la que tuvieron los cismas y apostasías de la Edad Media.
También solía oírse decir, hace unos años, que el cine iba a terminar con el teatro y aunque se trataba de un delito menor el hecho es que después de cien años de la llegada del tren de los Lumiére, el Ateneo de Caracas ofrece al público, todas las noches, cuatro diferentes obras teatrales, en una ciudad donde no había teatro cuando llegó el cine, durante los años 20. Igualmente, de la televisión se llegó a asegurar que su propagación indetenible terminaría por alterar de tal manera los procedimientos tradicionales de la enseñaza y la pedagogía, que pronto los maestros y profesores iban a verse sustituidos por pantallas y ya no habría más jovencitas habilidosas que subieran el ruedo de sus faldas en clase, como recurso adicional, erotizante, para mejorar la calificación de sus trabajos.
Ahora, nos encontramos sin saber todavía muy bien a qué especie de calamidad colectiva estaremos expuestos, a causa de la propagación de las computadoras y sus cada vez más numerosas aplicaciones al trabajo humano. La computadora que derrotó a Karpov estaba programada para realizar millones de operaciones de cálculo en un segundo. Imagino el comentario del paciente operario de un ábaco de madera, en un siglo lejano, al que un mensajero sobrenatural le hiciera conocer los prodigios de un aparato, el cerebro electrónico, que estaba aguardando a la humanidad en algún punto todavía borroso de la historia. ` ` Es más o menos lo mismo, dirá. Sólo que un poco más rápido que mis esferas'' .
Pero no se trata de estos colosos de la cibernética, que para nosotros son todavía un universo de ficción, sino del ya familiar y rutinario procesador de palabras, del que nos valemos la casi totalidad de los escritores de hoy. Y es oportuno recordar, que en un principio hubo muchos colegas asustadizos que se negaron a adoptar esa herramienta, en la creencia, bastante generalizada, de que la menor intromisión de un elemento extraño en el proceso natural de la escritura, es suficiente para que el impulso creador se descoyunte y se desplome. ` ` Esa pantalla helada delante de mí ! . Esos caracteres impersonales, esas horribles cajas incoloras que parecen objetos de laboratorio ! Por Dios, no ! De sólo mencionarlos me quedo vacío e impotente ! '' Y sin embargo, es cosa de retroceder algunas décadas, hasta el momento en que las primeras máquinas de escribir vinieran a ocupar las mesas, para que la melopea cambie de tono. ` ` Horror ! El acto casi perfectamente espiritual de la escritura, sacrificado a un procedimiento mecánico, aborto de la civilización industrial ! '' . Se olvidaron de Flaubert, cuando dijo que el estilo es el sudor del pensamiento o de Nietzsche, que recomendaba mojar la pluma en sangre. Ellos sólo admitían el tenue rasgueo de la pluma, al deslizarse sobre la hoja de papel en medio del silencio nocturno. Sólo esa música podía asegurar la necesaria intimidad; el diálogo del poeta consigo mismo. Un hablar de cama y alientos confundidos, que hace posible la comunicación directa con la intimidad humana.
Mientras tanto, la literatura siguió su marcha. Los nostálgicos tuvieron que continuar haciendo su trabajo, porque de eso se vive y muchos terminaron por adaptarse con rapidez a los nuevos procedimientos. El apocalipsis, por lo visto, aún puede esperar. La revelación podría estar a la vuelta de la esquina.
Fedor Dostoievski se quejaba en su diario de no haber tenido tiempo suficiente para corregir debidamente los capítulos de sus obras, que enviaba semanalmente a las revistas. Se disculpaba, asegurándonos que si le hubiera sido posible detenerse mayor tiempo en sus manuscritos, sin el apremio esclavizador de la imprenta, el resultado hubiera sido mucho mejor. No sé si pudiera decirse algo semejante de Balzac porque más de una vez he tenido que detenerme desconcertado en la mitad de uno de sus relatos, para decir: si Honorato lo hubiera pensado mejor, con seguridad no hubiera permitido que algo como esto ocurriera. Pero es que el papel es un intermediario tiránico, que jamás permite volver atrás. Para él, es el borrón o la destrucción completa. El escritor se ve sometido a la resignación. Dejarlo como está y seguir adelante. Con la computadora se invierten los papeles. El autor asume el dominio completo de su texto. La pantalla, esa lámina oscura, imparcial, inexpresiva, devuelve en punciones eléctricas el mensaje que recibe directamente del foco emisor. Los caracteres que allí se configuran carecen del impulso energético que transmite la mano en acción. Son lo que se ha llamado letra muerta. Su permanencia más allá del cristal perdurará hasta que interrumpamos la corriente. Permanecerán guardados en la memoria artificial, de donde tendrán que ser llamados, en el momento necesario. Y ya no habrá objeciones vergonzantes frente al texto maduro que se entrega a la imprenta; porque la libertad del escritor dispone en el presente de un campo ilimitado donde desarrollar sus facultades. Al final, damos por terminado al día y volteamos la página sin cargos de conciencia, sabiendo que el vacío gris e indiferente de la pantalla es una confiable invitación al reposo.
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sábado, 16 de julio de 2011
METRÓPOLI DE UN IMAGINARIO (1)

EL NACIONAL - Sábado 16 de Julio de 2011 Cultura/5
CELEBRACIÓN Metáforas literarias de la ciudad lírica que se convirtió en infierno
Caracas al pie de la letra
En la literatura, el imaginario de la metrópolis soez no es exclusivo de la crisis social del siglo XXI
MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ
El deterioro de la anciana Caracas se proyecta sobre la literatura como una metáfora de la crisis social que vive el país, pero se engaña quien piensa que el reflejo de "la sultana del Ávila" fue siempre idílico.
A la figuración abyecta que ahora es lugar común de la escritura nacional le antecedieron años de una historia narrativa y lírica que resumía en la dicotomía campo-ciudad la tragedia del país. Pero, agobiados por la actual urbe vil, cabe preguntarse desde la literatura de dónde viene la idea de la Caracas como símbolo perverso de sus ciudadanos.
Arturo Almandoz y Arturo Gutiérrez Plaza consideran que la visión de la Caracas pérfida viene más bien de la tradición bíblica que señala a la ciudad como centro de perdición del rebaño humano, tradición a la que no escapa la cultura católica de Venezuela. Ambos encuestados son especialistas de la figuración que han hecho los autores de la ciudad capital. Almandoz escribió la serie La ciudad en el imaginario venezolano, que en tres volúmenes recorre la simbología de las ciudades, y en especial Caracas, a través de la historia de la literatura nacional. Algo parecido, pero exclusivamente con el género lírico, hace Gutiérrez Plaza en Itinerarios de la ciudad en la poesía venezolana. Una metáfora del cambio, que se presentará mañana, a las 11:00 am, en la librería Kalathos del Centro de Arte Los Galpones.
"En general, la literatura occidental tiende a satanizar a la ciudad. Distinta a la visión grecorromana, la judeocristiana construye de forma negativa al yo urbano. Asume que la ciudad tiene un componente intrínsecamente negativo, sea Caracas o cualquiera", indica Almandoz antes de puntualizar que dentro de esa visión que nunca celebra a Caracas hay autores más o menos críticos.
En la poesía, la figuración de la urbe caraqueña tiene un momento de inflexión en la obra de Juan Liscano. "Ya desde el primer poema de su primer libro, 8 poemas, se nota su visión completamente negativa de la ciudad, que se asocia con la visión negativa de la modernidad petrolera que tenía el poeta", señala Gutiérrez Plaza.
Aclara que aunque en la poesía existió una visión originaria de una Caracas bucólica, eso rápidamente se transformó en el siglo XIX: "El menoscabo de la naturaleza de esta ciudad era tema frecuente entonces y eso puede verse en los poemas que se le dedicaba al deterioro de los ríos. Allí empezó la visión negativa de la ciudad".
Bucólica. La Caracas que se declaró la capital de la integrada nación venezolana en 1777 y que tenía escasos signos citadinos, pronto sucumbió a la modernización del país y los escritores lo lamentaron.
Los poetas se mantuvieron cercanos a las obsesiones de Juan Antonio Pérez Bonalde, que la veía "tendida a las faldas del Ávila empinado/Odalisca rendida/ a los pies del sultán enamorado", pero lo contrario ocurrió con los narradores. Miguel Gomes, en un artículo académico publicado en la chilena Acta Literaria, señala que Manuel Díaz Rodríguez (Sangre patricia) y Teresa de la Parra (Ifigenia) sustituyeron la exaltación romántica de la vuelta a Caracas con la depresión ante la aldea asfixiante. "La del clima delicioso, la de los recuerdos suaves (...) resultaba ser aquella ciudad chata" donde María Eugenia declaró sentir el horror de su vida prisionera.
Contemporáneo a De la Parra fue José Rafael Pocaterra, cuyas novelas, Política feminista o el Doctor Bebé y Vidas oscuras especialmente, evidencian las miserias de los personajes envilecidos por la urbe, tema que alimentará la tradición narrativa que lo sucedió. "Esto es un tema universal aclara Almandoz pero en el caso de Caracas tenía otras connotaciones, la ciudad era el ayer de los que venían del exterior y el hoy de los provincianos, así que para los primeros era un lugar atrasado al compararlo con los centros urbanos de Europa y para los del interior del país era un lugar de perdición".
La dicotomía campo-ciudad termina con las generaciones de autores que nacen en un país urbanizado, cuando la modernidad mal que bien, esto hay que aceptarlo convierte a las aldeas en ciudades de la provincia.
Urbana. Gomes considera a Salvador Garmendia un autor fundamental para el tipo de escritura que se desarrolla ahora. "Garmendia escribe en los cincuenta y sesenta divorciado del "realismo mágico" tan notable, digamos por ejemplo, en el primer Arturo Uslar Pietri.
Crea una tradición de sordidez y deterioro que se renueva hoy con un referente distinto".
Para Almandoz, el sujeto se urbaniza propiamente en la novela Piedra de mar de Francisco Massiani: "Distinto a Los pequeños seres de Salvador Garmendia y a País portátil de Adriano González León, sus personajes no son los sujetos esquizoides que se debaten entre la provincia y la urbe".
La figuración actual de la urbe anárquica comenzó en la década de los años sesenta y continúa en la obra de autores como Antonieta Madrid, Carlos Noguera, Eduardo Liendo y Ana Teresa Torres, entre muchos otros, para quienes la urbe ya no es una circunstancia. A partir de ellos la visión melancólica del campo se sustituye por una visión melancólica del pasado de una urbe que en el presente luce deteriorada y envejecida, como se siente su gente ante la decadencia del país.
Nota LB:
Respiramos un poco la Caracas de los cincuenta, a través de la desaparecida Biblioteca "Rojas Astudillo" que se encontraba en Gradillas, Caracas. Mobiliario de madera, ambiente remoto. Y cuando tuvimos ocasión de leer la Caracas de Garmendia, a través de sus obras, no sólo nos ubicaba en la biblioteca, sino que - superándola - nos teletransportaba al pasado, como si oliésemos - incluso - cada calle recorrida de la metrópoli.
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miércoles, 26 de enero de 2011
tentación (es)

EL NACIONAL - DOMINGO 7 DE NOVIEMBRE DE 1999 / PAPEL LITERARIO
OJO DE BUEY
Cómo tentar al verso
Salvador Garmendia
Esto que se llamó la musicalidad del verso, no fue otra cosa que un malentendido. Multitud de veces, la persistencia en ese error ha permitido suplantar la veracidad del hecho poético, por ciertas malas inclinaciones de la sensibilidad y el gusto. Se atribuía la más estricta musicalidad al susurro del agua entre las piedras, mas no al bramido de la tormenta. La risa de una adolescente tímida era música pura, pero de ninguna manera lo eran los jadeos y las súplicas, jamás escuchadas, que preceden al paroxismo. Cielito lindo, antepuesto a una partida de Bach. O, como si dijéramos, una zarzuela chambona frente a otra de Ruperto Chapí. En fin, la falsa musicalidad del verso, forma parte de un argot cultural impresentable, de clase media, y viene a ser el lado contrario a la música de puerta adentro que levantan los poetas en sus versos.
Pero existe una música estructural, interna que se vuela los pentagramas del metro y de la rima y establece sus códigos desde los propios mecanismos e interioridades de la frase, aunque en estos gobiernen también, ¿por qué no?, el metro y la rima. Los gramáticos palidecen. Hay convenciones que es mejor no tocar. Dejarlo todo como está, por favor. En el camino iréis encontrando como quien dice puntosycomas, corchetes y asteriscos que os recomendamos dejar donde están. Pero olvidan que hay telas de velamen que el viento hace pedazos, y sus fragmentos descosidos siguen en movimiento y en sacudidas repentinas van descubriendo entonaciones imprevistas, quiebres y sonidos rasgantes inesperados, que se propagan en el oído como campanillazos: "si pudiera/si pudiera/en letanía/ser/si yo pudiera/si apenas ser//es arena con tierra y raíces/cae y cubre" Este fragmento pertenece a María Antonieta Flores y corresponde a la primera página de su libro Las trabajos interminables, editado por el Grupo Eclepsidra, colección Vitrales de Alejandría. Una mano se ha introducido en la corriente que pasa velozmente. En el choque, el agua represada se encrespa, parece que se agrede a sí misma y al revolverse contra el obstáculo sangra por sus telas, entre borbollones de espuma. Pero la poesía de María Antonieta recupera en seguida su paso y vuelvo serena a la corriente. Igual que el barco de papel que ha esquivado una piedra y sin haber sufrido más que unos pocos raspones en el casco, endereza la marcha sobre las ondas; así el poema recupera la altivez del dolor y reinicia el diálogo con la amada e inescrutable sombra: "si me dieras un poco de silencio/tan sólo/un poco/y me oyeras/si escucharas el sonido de las astillas de vidrio haciéndose/polvo/en mi sangre..."
Vallejo nos lo había hecho saber antes en Trilce, cuando deshace el paño de la lógica y permite que los hilos sueltos busquen su acomodo como si obedecieran sólo a sus caprichos. He aquí lo que me gusta llamar la música del poema. Es un movimiento óseo que pone en marcha la línea del verso por un derrotero entrecortado o zigzagueante, cercano a las intermitencias y parpadeos del mundo físico. Es el vuelo del ave que parece empuñar en su impaciencia mil destinos. El microsueño que tiene lugar durante un parpadeo, o la idea contrahecha de donde procede un tic nervioso.
Para Flores, la música del poema tiene lugar en medio de una intersección de reflejos, que hacen su aparición durante los primeros acercamientos de la realidad, un segundo antes de que ocurra el despertar de un sueño: "¿despertar?/venía como de las islas/sobra y abyección/tenue marca certera/arena dispersa/viento/confusión/¿puedo aún?/en la torpeza/¿puedo?/torcida/¿y despertar?/en el encuentro/que ya no se resiste/¿puedo aún/así y despertar".
Como en toda ruptura del orden convenido, en la poesía de María Antonieta aflora una suerte de júbilo, que traducido a la vida corriente es el hacer lo que nos dé la gana, sentarse en cualquier lado indiferentes al acontecer exterior; pensar en al agua de un río y sumergirse en ella, sin olvidar que vamos andando por la calle, una tarde (la poeta vivió ese atardecer imperfecto, pero de la misma manera triunfante) y pasamos por debajo un elevado caraqueño respetable en olores y notamos que en los puestos de vendedores de chucherías, se vendía sólo carne seca.
Al final, María Antonieta se arranca con una canción:"iban negras/muy desnudas/en el aire/con pobreza/y en deshonra//esta despiadada vida que me he construido//sólo bulbos ya de secos/de tan sola e inclemente/van callando los poemas/en la historia de esta orquídea//sólo cruzan".
Ilustración: Jose Vicente Aponte
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