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sábado, 4 de agosto de 2012

CUENTO GANADOR

EL NACIONAL - Sábado 04 de Agosto de 2012     Papel Literario/1
Ganador del 67º Concurso de Cuentos de El Nacional
El otro desierto
Con el seudónimo Alexandra Pnin, Miguel Gomes presentó el cuento que resultó ganador de la edición de 2012 del concurso de cuentos de este diario. El jurado, integrado por José Balza, Carlos Sandoval y Gabriel Payares, destacó en su fallo que "el relato materializa una anécdota que incorpora elementos visuales y referencias de la tradición literaria universal, en un lenguaje no desprovisto de visos plásticos que logra fi jar refl exiones de orden estético en un marco cotidiano".
Gomes (1964) es narrador, crítico y ensayista. Profesor de la Universidad de Connecticut, desde 1993. Ha publicado los libros de cuentos: La cueva de Altamira (1992), Un fantasma portugués (2004; Premio Municipal de Narrativa de Caracas), Viudos, sirenas y libertinos (2008) y El hijo y la zorra (2010).
También es co-autor junto con Carlos Pacheco y Antonio López Ortega de La vasta brevedad. Antología del cuento venezolano del siglo XX (2011)
MIGUEL GOMES

Desde hace cuatro o cinco días oye aquellos golpecitos.
La primera vez, recién llegado del trabajo, intentando inútilmente divorciarse del Museo y la tirantez que se sentía en el despacho, había salido al patio a tomarse un agua tónica mientras se abanicaba con el periódico, porque hacía un calor de miedo, y en el preciso momento en que iba a estirarse en la tumbona empezó a repetirse el toc-toc, toc-toc.
Pero no lograba captar de dónde salía. Ya le había advertido Sarah que estaba quedándose sordo, a más no poder, sordo insoportable, de los que vencían todas las paciencias que una mujer pudiera tenerles.
Aunque Sarah no se había ido por eso; claro que no. Se había ido porque el cordón umbilical lo tenía corto, cada dos o tres meses volvía a endurecérsele, a reclamar cosas, y él tampoco sabía cómo tenerle paciencia. Vete con tu madre, si quieres. Ella quería, no tenía él que repetírselo. Hacía las maletas en cuestión de minutos, la de ella y la de la niña. Vete a pasar una temporada con tu madre, si quieres, y apenas acababa de sugerírselo ella estaba a punto.
Vuelvo en un par de semanas.
Pese al potencial descuento no compraba pasaje de regreso, para no sentirse presionada; decía que ya le avisaría cuándo iba a regresar; tal vez antes del 16 de agosto, porque tenía una cita ese día; pero segura no estaba. Total, su madre se sentía sola, allá en el apartamento de Filadelfia: el marido se le había muerto hacía dos años; Victoria, la hermana mayor de Sarah, se había mudado a Austria por exigencias de la empresa; y Filadelfia, estaba visto, podía ser un poco abrumadora. Sí, Sarah, ya lo sé, contestaba él y enseguida se ofrecía a llevarla a la terminal de autobuses, para acabar de una vez. Eso, luego de la riña de la mañana, que se confundía con la de la tarde y empezaba a parecerse a la de anoche y anteayer. Eran preferibles esas riñas a las oleadas de silencio que a veces se prolongaban durante quincenas.
Estaban aburridos el uno del otro; había que aceptarlo. No se lo decían; jamás metían esos ascos dentro de unas cuantas palabras; para qué amargarse más confesándose que se amargaban, ¿no? Así que él se ofrecía a llevarla a la terminal y Santas Pascuas. Adiós a la mujer Sarah que se va, adiós a la chiquita Mackenzie que se va, pórtate bien no molestes a tu mamá ayúdala y ella sí papa pórtate bien tú también. Él le reía la gracia (cuántas veces no lo había hecho: las gracias se repetían como las letras de las canciones que enseñaban en la guardería, después en el jardín de infancia, después en el primer grado, después en el segundo), le reía la gracia y se despedía de sus dos mujeres mientras les daba el pasaje que había ido a pagar en la taquilla, veía a Sarah entregarle la maleta al conductor que ayudaba a los pasajeros que venían cargados, veía a Mackenzie agitarse en el adiós, veía a una y a otra despedirse de él, Sarah sin efusiones, hasta que ya no las distinguía en los vidrios ahumados del Greyhound que tosía, se movía, arrancaba. Veía a la hija, a la madre, el autobús, los bultos irreconocibles de los otros pasajeros en el interior. El Greyhound salía de la terminal y él se quedaba solo, sintiéndose culpable de no echarlas de menos; un poco a Mackenzie, sí, pero estaban entrenándola para ser mujer, mujer en entrenamiento: la madre se la llevaba a ver a la abuela, hijas madres abuelas en Filadelfia, lejos, por unos días, sin el qué insoportable está poniéndosete la sordera, vete a revisar con el otorrino o con el audiólogo: ese aparato lo debes de tener lleno de cera, no sabes ni lavártelo; ¿cómo haces en el Museo?; ¿oyes lo que te dicen los empleados? Sin eso.
Anoche no me dejaste dormir nada; roncas como una morsa. Sin eso. Cerré la puerta de tu cuarto y todavía oía los ronquidos; por Dios, aprende de una vez a dormir boca abajo, a ver si te civilizas. Sin eso. Sin las irritaciones constantes, los clavos en que se había transformado la convivencia. Desde el año pasado tenía cada uno su dormitorio, con la excusa de los ronquidos. Convenía para no recitar lo demás. Nada terrible; nada que no pasara en algún momento en cualquier matrimonio, aunque saberlo no lo consolaba; más bien, las certidumbres le resultaban como masticar polvo cuando eran como esa: una idea que nada traía consigo a no ser la impasibilidad perfecta. Una conformidad sin tacha de roca que lleva sol en el desierto: las de Atacama, que al entrar en la oficina ve en el póster que tiene Sebald. En cierta ocasión le preguntó de dónde lo había sacado. En el tono de canto llano que ponía cuando no estaba de ánimos para socializar, Sebald le dijo que en su juventud había recorrido Atacama, de camino a la Patagonia. Los desiertos y las tundras de Sebald: con los compañeros de trabajo tendría material para entretenerse, si se sintiera con energías.
Van cuatro días, quizá tres, desde que regresó de la terminal. Y cada vez que pasa al lado de los cubos de la basura siente el toc-toc, el golpecito, dale que dale. Toc-toc-toc. Una de las peores cosas de no oír bien es oír sin oír, saber que hay un sonido por allí, colgado en el aire, y no de dónde ha venido.
El aparato no está obstruido de cera, como refunfuñaba Sarah, pero sin duda no funciona. Abre el cubo de la basura y no encuentra nada. Le echa un vistazo al de reciclaje y ve los trozos de cartón y las botellas de siempre. El otro cubo, de aluminio, no lo usa sino para sacar hojas en el otoño, así que ni lo mira, porque debe de estar vacío. Pero el golpecito a estas alturas se ha desvanecido. Hace mucho tiempo (esto puede medirlo porque recuerda que Sarah había estado de buen humor toda la tarde y habían pintado juntos la glorieta; Mackenzie no había nacido, ni siquiera la necesidad de concebirla: Columbia no era un mal recuerdo), hacía mucho que habían descubierto un ruido similar, más seco, que los había intrigado por horas. Venía de algún rincón del patio. Cuando se acercaban, se detenía. El rincón pronto se hizo más preciso: uno de los laterales de la casa. Sarah no cabía en sí de la alegría cuando estuvo segura del detalle (inflaba los pequeños éxitos, a falta de otros). Pero nada se volvería a oír mientras ellos estuvieran allí, a la expectativa. Al día siguiente, muy temprano, sabrían qué había estado pasando. El sol apenas salía y era esa hora del sábado en que nada los forzaría a separarse de la cama, los ojos entrecerrados, los cuerpos abandonados al enredo de sábanas, piernas. Tac-Tac. Exactamente: un Tac-Tac mayúsculo. Qué carajo (sin estar del todo consciente él hablaba en su propio idioma, que Sarah entendía a medias), qué caraj... Abrían los ojos, mirando al cielorraso, y la imagen era indescifrable, no encajaban los elementos: estuco blanco; estuco blanco agujereado; agujero; encima de nosotros; estuco blanco; una garra de algo; no, qué garra ni qué garra; eso es un pico. En pico se quedó.
Y hete aquí que por el agujero abierto en el cielorraso de su dormitorio, encima de la cama, se asoma un jodido pájaro carpintero. Solo la cabeza. Cuando los vio, el bicho se asustó tanto como ellos dos se habían desconcertado. No faltaba más, desapareció. El resto del día se lo pasaron entre ataques de risa, llamando a los de Terminix a ver si ellos se encargaban de esos pajarracos o si había que contratar a alguien más. Era demasiado grande para los de Terminix, pero de ellos recibieron el número de teléfono apropiado. Al parecer, anidaba en el ático, adonde nadie había entrado (para hacerlo, se debía uno colar por una portezuela del armario de pared; ni Sarah ni él cabían). El exterminador vino, entró por allí quién sabe cómo, porque era un hombrón, y al cabo de una hora salió con el carpintero (o la carpintera) y sus huevos en una jaula. Pero el agujero quedó allí, un enorme punto negro en el estuco blanco del cielorraso. De eso no se encargaba el exterminador, naturalmente. La responsabilidad era de él, el hombre de la casa. No lo hizo; no tenía la fuerza ni la voluntad. Un simple punto negro. Justo encima de ellos; cuando se acostaban y lo miraban, Sarah se lo recordaba: ¿cuándo piensas taparlo? A veces le contestaba algo así como ya lo haré, mujer, cuando tenga un rato libre. Aunque la mayoría de las veces no había en realidad otra respuesta que no fuese el encogerse de hombros casi imperceptible entre las sábanas y la distracción de un cielorraso que había que contemplar como si fuese el cielo estrellado en las noches de luna llena (lo habían hecho de más jóvenes: ahora no recuerda si en una playa de New Jersey, cerca de Wildwoods, o en Jones Beach, más prosaica, bulliciosa, pero a la mano en aquella época). Encogerse de hombros, en silencio, para mirar aquel hueco arriba, cuenca vacía de un ojo que alguien había sacado sin que por ello dejara de mirar, petrificado.
Mirada que no cejaba cuando dormían ni cuando despertaban. Ese ojo lo sabía todo sobre los dos y por eso no estaba allí. Lo había seguido a él cuando cambió de cama.
Toc-toc el ruidito del patio, que casi se ha desvanecido.
No es tac-tac, sino toc-toc, más suave; podría decirse que delicado. Vuelve a abrir el cubo de la basura, donde sólo hay (sorpresa) bolsas de basura. Vuelve a mirar en el del reciclaje, con las mismas hojas de cartón y la misma botella de plástico (sin la niña en casa se ha detenido la orgía de leche). Los golpecitos han cesado y no es posible situarlos; mucho menos para él, sordo a más no poder; irritantemente distraído cuando su mujer le hablaba. ¿Qué? Sarah subía la voz. ¿Qué? Ella explotaba, gritaba: ¿cuántas veces tengo que repetir las cosas? Esto cansa. Cansa. Cansa.
Al segundo cansa, él se había desconectado, por supuesto, porque sabía que se trataba de una procesión desagradable de un tema a otro; aquello no iba a acabar bien. La costumbre de salir a caminar o a correr se había iniciado durante los primeros enfrentamientos; él jamás había tenido nada de deportista ni la salud lo obsesionaba, pero los cuarenta minutos que a veces les dedicaba a los alrededores, barrio arriba, por las colinas, barrio abajo, hasta llegar casi a la autopista, lo mantenían (es curioso) vivo, incluso en los parajes más arriesgados, en ciertas curvas donde no se podía adivinar si saldría un auto de la nada. En ocasiones había tenido la fantasía de una muerte repentina: bum, golpe asesino en la vía, quedarse por allí tirado en el asfalto y el último que apague las luces. Sería fácil. Al peligro de ser arrollado se añadía el de las bajas de tensión; aunque no costaba solucionarlas con los caramelos que llevaba siempre en el bolsillo. Mejor echar los bofes en el intento que quedarse en casa, presa de un tercer cansa. Un cuarto.
Y los demás. Cuando corría en verano la garganta se le astillaba; la saliva lo hería. Lo que tenía por delante era un Atacama rojo; más seco o abrasador que el visitado por Sebald en su juventud. ¿Sabías que de noche se oyen en ese sitio explosiones constantes? Las sílabas monótonas del contador apenas se juntaban para armar frases.
¿Cómo que explosiones? Desde la puerta del despacho Sebald respondía hecho un prodigio de lentitud y entusiasmo cruzados; rarote, de verdad, pero eso era el Sebald: explosiones, sí; las temperaturas son tan altas durante el día y bajan tanto de noche que las rocas de Atacama estallan. Cuesta dormir en esas condiciones. Igual que costaba respirar cuando Sarah andaba de mal humor e insinuaba a cada paso que mejor estaría donde su madre. Es verano y ella se deprime mucho en verano. Él pensaba: ¿tu madre o tú? Pero se abstenía de soltar una pregunta así, porque tenía las de perder. La suegra había enviudado por aquellas fechas, eso le constaba; no obstante, para creer que la única razón del viaje a Filadelfia eran los bajones de la madre había que ser tonto. Sarah, a cierta altura de aquellas conversaciones, añadía, como por descuido: aquí no está pasando mucho; la niña se aburre. Él pensaba: ¿la niña? Sarah lo miraba como se miran las calles que no llevan a ninguna parte.
A ti el trabajo te mantiene bastante ocupado; con Mackenzie fuera del colegio por dos meses yo debería al menos buscarle algún tipo de entretenimiento. Estando en Fili la llevaré al Acuario; mamá se las arreglará para juntarla con las vecinitas, tú sabes, las gemelas (no, él ni tenía idea de quiénes eran las tales); mamá apuntó a Mackenzie incluso para las actividades de verano de la Biblioteca, tú sabes, las mismas del año pasado (tampoco se enteraba él: el año pasado no las había acompañado a Filadelfia, que no pisaba desde hace un lustro, cuidado si más; probablemente desde que a Sarah le vino la crisis por el despido de Columbia). Sebald no dejaba de silabear sus frases áridas, de gente que no quiere hablar.
Carajo, Sebald, qué lento que vas, me estoy poniendo viejoviejo-viejísimo mientras hablas, hombre, escupe. Esto no se lo habría dicho nunca, pero ganas no le faltaban mientras lo observaba, mientras le veía los movimientos de la boca a ese individuo que se le volvía desconocido, el tipo del despacho de al lado, el que llevaba las cuentas, sujeto de sumas y restas, qué remolón. Sin quitarle la vista de encima a Sebald se metía más adentro en sus pensamientos de contador, de turista en desiertos, sus pensamientos, su cabeza que era como un mar calvo sin una crestita, oye, sin una ola, ni espumas. Le hablaba un desconocido que coleccionaba desiertos: Atacama era sólo uno de ellos; tenía fotos encima del escritorio, pero no eran de parientes ni de mascotas (como ocurría en el caso de la secretaria, que nunca había sido madre y se había llenado de perros falderos): Sebald coleccionaba imágenes de sus paseos por el Mojave, por el Sahara, por el Kalahari, por buenas tajadas del Cercano Oriente, sin saltarse el Taklamakán (¿Takla qué?), y también por eriazos menos prestigiosos o siquiera reconocidos en tal categoría, como los del centro de España o alguna de las rocallas que pasan por islas del Mediterráneo. ¿Cómo es que hayas viajado tanto?, eso sí se lo preguntó en una oportunidad. Sebald lo miró distante, desde la cima de alguna de sus dunas: el Cuerpo de Paz, dijo. Y dijo también algo así como UNESCO (pero que no lo era), para agregar enseguida que el resto había sido por su afición al ecoturismo.
Sebald era un espantapájaros que se encargaba de la contabilidad en el Museo, el bicho raro, en cierto sentido su subordinado, y no tenía pies ni cabeza buscarle sentido a una vida que no era la propia, una vida más ajena que cualquier otra, la de Sebald, con sus lentes espesos, los cañones rojizos de la poca traza que tenía para afeitarse y aquel nudo de corbata que parecía un garabato.
Pero nada de eso le dijo antes de regresar a sus asuntos, que bastante complicados estaban con la exposición de Hiram Powers y la estatua que les faltaba, absoluto mal negocio que había ido de obstáculo en obstáculo desde que se hizo la petición oficial. Los de la Junta Directiva habían propuesto una muestra de Munch: tratar de reunir cuadros de las colecciones nacionales. Como estaba de moda por el robo de uno en Europa, a lo mejor llamaría la atención y les permitiría, por fin, desviarse de la quiebra que se insinuaba desde el año pasado. Período difícil: la frase era preferible, al menos para los empleados. En vez de acatar la idea de Munch, él se había empeñado en la de Powers, porque ya tenía varias estatuas apalabradas: La última de su tribu, La esclava griega (a ver si eso no atraería público), El niño pescador, California, América. De los bustos imaginarios de cierta importancia, le faltaba uno, la Proserpina que estaba en el Glencairn. Pero estos de Pennsylvania se ponían duros con los papeles y pedían una barbaridad, mandaban por correo prolijas listas de retribuciones, con un intercambio de piezas que a él le parecía que los dejaría pelados una vez acabada la exposición de Powers.
Hoy, sábado sin mujer ni hija, ha salido al patio. El sol le parte la piel de la frente, como sucede a estas alturas del año si no se pone la gorra. Le da pereza regresar a la casa para buscarla, ahora que se siente dispuesto a entregarse a faenas postergadas por tantos problemas de trabajo. La soledad le da las energías de las que se sentía exento. Nada del desorden de guardería perpetua ni de riñas.
Una soledad pura, no la que agrede cuando alrededor hay gente que no para de fregar.
Sarah le ha machacado desde abril que debía salir a ocuparse de la hierba, que seguro que tenía gusanillos porque estaba marrón aquí y allá; en más de un tramo se había muerto, incapaz de resistir las bajas temperaturas. Y tú muy bien sabes que eso tiene que hacerse antes que comience el calor; el sol es fatal para recuperar el césped.
Lo sabía, pero las presiones del despacho le succionaban el vigor. Algunos días después, Sarah bajaba en picado y se le desviaba a sólo unos centímetros del cogote: que te he dicho que pasan las semanas y ya tenemos la primavera aquí y tú no haces nada con el césped; caramba con lo holgazán que te has vuelto. Él no iba a mirarla luego de recibir la descarga; se encogía de hombros y seguía de largo al estudio, porque tenía que contactar a los de Pennsylvania, que eso del Powers era más difícil de lo que todos se pensaban y si se caía la exposición iba a enfangarse con la Junta Directiva, a la que le había prometido que tendrían la estatua del Glencairn para finales de septiembre, y hasta la publicidad había empezado a hacerse. Entonces Sarah, en la siguiente ronda kamikaze, venía a estrellarse contra él luego de vaciarle las municiones en el pellejo: estamos en junio y esa mierda de césped se perdió; el año que viene te toca, ya no cubrir los claros, sino rastrillar la porquería marrón y los hierbajos para sembrar de nuevo; manganzón trabaja triple. Y todo porque no tienes más vida que ese triste museo de provincia del que nadie se preocupa sino tú, si-no-tú. A eso no podía contestársele; él se iba a otro cuarto; buscaba a Mackenzie en la sala de estar, la despegaba del televisor y se sentaba con ella (que protestaba) para ayudarla a hacer los deberes del colegio y leer el libro asignado, un folletito, en realidad, sobre la tala y la quema, sobre la erosión. A ver si puedo explicárselo a esta niña.
De hecho, lo habría conseguido, si no continuara el serrucho de su mujer mordiéndole la corteza cerebral, desde muy lejos, al fondo de la casa o en la cocina o en el sótano mientras hacía la lavandería. Estamos en junio y esa mierda. Dale. Estamos en junio y se perdió. Dale.
Estamos en junio y en junio estamos. Dale. Dale. Esa mierda se perdió.
--¡Ya calla, imbécil, que la niña está haciendo la tarea! Le temblaban los puños; sentía que algo le saltaba debajo de la piel: tardó un poco en darse cuenta de que eran las venas hinchadas, azul variz, azul venenoso. La rabia en esos instantes era un órgano que cumplía con sus obligaciones.
Un llantito lo sacó de aquel estado: tenía al lado a Mackenzie, con el libro abierto y ojos que lo miraban con terror mientras las lágrimas, los mocos, le bajaban a la barbilla. Sarah, que había estado lejos, se materializaba allí, convertida en el Ángel de los Desamparados: --¡Animal, qué alaridos son esos! ¡Mira lo que le haces a la niña! ¡Que sea la última vez! Y se la llevaba al cuello, mientras la tranquilizaba no sabía él con qué argumentos; es probable que los de la sordera: no te asustes, que tu papá está quedándose sordo y los sordos gritan.
Algo así sería.
Hoy el sol le parte la frente.
Es sábado de jardinería y él espera olvidar sus errores raspando el césped primero, luego cubriendo con tierra nueva el trozo raspado, finalmente esparciendo semillas y fertilizante. Un remiendo aquí, otro en aquel claro, hasta quemar varias horas, transpirar, mojar las camisetas penitenciales de amo de casa (amo de patio) que por suerte oye aún trinos de pajaritos (apagados), algún graznido de gaviota y el zumbido de las abejas que le rozan la nuca. Nada más, porque los vecinos son discretos. Muy de vez en cuando un auto en la calle.
Para esa tranquilidad se vive en los suburbios. Si los remiendos en la hierba no prenden, como vaticinaba Sarah, si las semillas no germinan, pues entonces que todo se quede igual.
Ve que uno de los viejos cubos de basura, desde hace un par de años reservado para los quehaceres de jardinería, está destapado. Recoge la tapa y se acerca al cubo, que puede servirle para echar las malas hierbas que va encontrando.
Moverlo no es tan fácil: le llega casi al pecho, y es de aluminio, como los hacían antes. Cuando mira adentro, nota algo extraño, que no son restos de las hojas del otoño, ni ramas.
El cubo está vacío, excepto por dos grumos en el fondo. Dos bolas rojizas. Inmóviles.
¿Qué carajo?: sin Sarah en casa, nada lo separa de su propio idioma. Pero está lejos de meditar en eso, que da para dos o tres pensamientos inconexos, uno detrás de otro, como vistazos accidentales a un espejo.
Lo que tiene dentro del cubo es más importante; más repugnante también.
Solamente en inglés sabe cómo se llaman esos animalitos: chipmunks. El nombre no podría traducirlo y tampoco se lo había planteado hasta esos momentos. ¿A quién le interesa distinguir una ardilla de otra? Los dos cadáveres son menudos, listados de blanco y negro, con una cola corta, delgada. Ha visto chipmunks con frecuencia en su patio y en los ajenos; los ha encontrado en la calle y las carreteras, aplastados por conductores que no se resignan a frenar o que no se enteran de que los arrollan. Pero nunca ha tenido chipmunks tan cerca. Los ojos cerrados, la boca abierta y, afuera, algo como un colgajo haciendo de lengua.
Ya no es cuestión de asco, sino de sorpresa. No lo toma desprevenido haber encontrado los cuerpos (y las moscas que zumban alrededor), sino entender qué había causado los ruidos en el patio durante... ¿cuántos eran: cinco días?, ¿una semana? Imagina la lenta agonía, los intentos frustrados por salir del cubo. Toc-toc. Resbalones por las paredes lisas; golpes; el hambre y, sobre todo, las temperaturas del verano en un cubo de metal al sol desde las seis de la mañana hasta las nueve de la tarde. Una ardilla había caído primero; otra le siguió los pasos para encontrarse en la misma trampa. Quizá la segunda se había propuesto ayudar a la primera y no había hecho más que acompañarla en la aflicción. Había una rama encima del cubo: tal vez hubiesen caído juntas desde ahí; en varias oportunidades había visto chipmunks correteando, persiguiéndose por los robles.
Siempre había que vencer la tentación de figurarse que jugaban; probablemente luchaban por las bellotas, el territorio o la hembra. Imposible saber qué motivaba los saltos, los zigzags. Ahora, la muerte.
Como en otras ocasiones en que se ha tropezado en el patio con cardenales o topos fulminados, se pone los guantes de jardinería y coge el cuerpo por el apéndice que le parece menos abyecto; en este caso, la cola. Saca el primer chipmunk y lo tira en una de las bolsas entreabiertas que hay en el cubo de la basura, espantando moscas con la mano que le queda libre. Cuando coge el otro y está a punto de repetir la operación, siente como un temblor en la mano, que enseguida se repite, se hace intenso.
Con pavor contenido, suelta el roedor. El cuerpo cae sobre la hierba y allí se retuerce una, dos veces más, hasta que de la resurrección queda un espasmo leve, casi imperceptible, en los labios. Los dientecitos al descubierto.
Nunca ha reflexionado en la eutanasia, palabra que exhuma de los periódicos y ventila en el patio, sintiendo que el calor comienza a apretar, que todavía tiene por delante tareas postergadas desde hace meses.
Sería un acto de compasión rematar al chipmunk. Pero debe ser rápido; no equivocarse.
Se le ocurre echar mano del rastrillo e imaginar cómo volverse un jardinero Kevorkian.
El fulano doctor, por cierto, ha salido de la prisión hará unos días; los familiares de los pacientes a los que ha ayudado a suicidarse retiraron sus cargos. O será que el hombre se ha portado bien tras las rejas.
No recuerda qué decían los titulares: tiene la cabeza congestionada de ideas, opiniones a medias. Trata de convencerse de que hay lástima también.
Un rastrillo perforará y cortará, pero nada le asegura que interrumpa de una vez el sufrimiento.
Coge del suelo una piedra seis, siete veces más grande que la ardilla. Levanta los brazos y, con toda la fuerza de la que es capaz, descarga un golpe. En el audífono le resuena el tac del choque; ha oído, o se lo imagina, el chasquido del cráneo aplastado, confundido con la hierba, la tierra.
Con dos dedos enguantados vuelve a agarrar la cola, ahora definitivamente inmóvil. En el breve trayecto que va del lugar del suceso (sigue leyendo el periódico, intentando recordar el rostro de Kevorkian en una foto), en el breve trayecto del lugar de la pedrada al cubo de la basura contempla el amasijo irreconocible en el que se ha convertido el animalito. Lo suelta, lo ve desaparecer entre las bolsas de desperdicios y tapa. Mañana por la noche pondrá el cubo en la acera; el lunes, muy temprano, vendrá el camión que recogerá la basura con sus bondades mecánicas: un brazo de metal aferrará el cubo, lo levantará para verterlo en el interior. Muerte, mierda, bolsas, trastos inservibles.
Ha transcurrido una hora o más desde que se ha prometido trabajar. Pone manos a la obra (cambiando de guantes: nunca más podrá usar los anteriores, que echa también en la basura). Rastrilla hierbajos secos. Rocía veneno para los gusanos (grubs: esa es otra palabra que solo había necesitado en este país). Veneno, rastrillo. Después, semillas de hierba. Riega con paciencia, evitando que se formen corrientes que arrastren las semillas. Fertiliza: bolas diminutas de colores, como si adornara pasteles de chocolate. Tiene hambre. El mediodía está imposible y no ha podido más que arreglar un par de claros en el césped.
Tiene que tomarse un descanso cuando siente que le baja la tensión. La vista se le llena de puntitos negros y sabe que está en el límite de su resistencia. Así se presentan: Y así: En la casa, se prepara un vaso de agua de azúcar y se acuesta en el sofá, a esperar que se le pase. Al principio piensa que está solo y que si le viene algo serio nadie va a ayudarlo. Sarah lo haría, pero aprovecharía para regañarlo. Torpe que eres con este calor quién sale a hacer jardinería ya te dije hace meses que el césped se tiene que preparar en la primavera al principio de la primavera no en pleno verano torpe que eres ya te lo dije te lo dije ya. Él casi farfulla: para qué carajo oír si lo que hay que oír es una mujer como la mía. El azúcar empieza a hacer efecto, con tránsito de temperaturas y ánimo; ahora Mackenzie jugaba en el patio (a ella sí podía imaginarla siempre; más bien, debía hacerlo): a la pelota, a las muñecas, con el hula hoop o como se llame. La arena retrocede cuando ella está en el jardín, pero no dura mucho rato el espejismo. Sebald, ¿cuál era el desierto al que fuiste cuando estabas en el Cuerpo de Paz? El contador lo mira con cada uno de los grados de su miopía: Atacama. Enseguida se da cuenta de que Sebald no lo ha entendido: no, ese no; el otro.
Pero no quiere columbrar las consecuencias profesionales; a su edad, no las tendría consigo.
Mira el reloj: son las cuatro.
Entre quedarse en casa un sábado por la tarde rumiando en un desastre inminente y salir a correr para sudar la mala suerte, se inclina por lo segundo. Ya tiene puesta la ropa de gimnasia; coge las llaves y cierra las puertas, aunque en un vecindario tan apacible no hay motivos para preocuparse: a todos los ampara el aire acondicionado, y más con un bochorno como el de hoy.
Entra al dormitorio de Sarah, porque el armario de los zapatos sigue allí. Algún día, piensa, tendrá que acabar de llevarse sus cosas al estudio, donde tiene ahora su propia cama, dos o tres perchas y una mesita de noche, camuflada con libros.
Mientras se pone los tenis que reserva para las caminatas, nota un punto verde en la mesa de noche de su mujer.
Sarah se ha dejado la agenda.
En un arranque de curiosidad, se acerca y la coge. Un vistazo le revela distintas entradas, en tinta azul o roja. Tienen que ver, invariablemente, con Mackenzie: reuniones con la maestra; citas con la dentista o la pediatra. Un último apunte está aislado y parece la única entrada en el futuro. 16 de agosto: Michahell & Dante.
Aquellos apellidos le llaman la atención; no le suenan de nada, pero baja las escaleras presintiendo que sí. No resiste la tentación y enciende el HP, que lo desespera con su lentitud. Hace tiempo que no miraba la red sin otro propósito que no fuera la muestra de Powers.
Google le da la respuesta que no había estado buscando. Es un anuncio sencillo:
Sebald está ahora perplejo: ¿cuál otro? Los demás los visité cuando dejé el Cuerpo de Paz.
Sebald se deshace en ecos.
Repuesto, almuerza. Entre los empleados del Museo, Sebald era el que menos tenía que ver con la organización y la programación propiamente dichas. Pero, al estar a cargo de las cuentas, no evitaba de vez en cuando opinar. Hasta él había expresado su desacuerdo con el plan de una exposición de Powers. A Munch todo el mundo lo conoce; si se hiciera, tendríamos casa llena y se triplicarían las entradas. Este año es de sequía; si seguimos así, nos espera la quiebra. Sebald sonreía mientras traía a remolque lo que pensaba. El tono de voz no era amedrentador; más bien, persuasivo. Por eso se lo toleró. Además, era tan ridículo oírlo hablar de arte: el muy bestia no sabía ni pronunciar Munch; unas veces le salía con una che como la de cheque; otras, convertía la u en una o como la de monje. Lo cierto es que, entre bocados, comienza a preguntarse si el contador, con lo poco que sabía de arte o los intereses de los usuarios de un museo, no había tenido razón. Igual que la Junta Directiva. Lo de Powers a él le había parecido factible durante meses, luego de las conversaciones que había tenido con los de la Addison, con los de la de la Universidad de Rochester, con los de Harvard.
Los de Yale habían sido también amables; prometían ceder piezas sin complicarle la vida. Había puesto la Proserpina en la publicidad porque los del Glencairn empezaron igual de corteses. Luego cambiaron de parecer, exigieron el oro y el moro con CC a los demás museos (el error era suyo, por haber enviado una carta electrónica con la dirección de todos). Nadie recordaba, de pronto, los términos iniciales de negociación, competían a ver quién era más quisquilloso. Eso por un lado; por otro, las preguntas insistentes de la Junta; los comentarios desolados que hacía Sebald cuando tocaba a la puerta con números; los aullidos de Sarah cuando había luna llena. La oscuridad en pleno verano.
La cabeza como una roca de Atacama.
Crac: se la imagina.
Se ha quedado dormido y ha soñado, tal vez, con la foto que le habían sacado a Hiram Powers al lado de la tercera versión de Proserpina.
¿Tenía anteojos? Proserpina, no; Powers, tampoco; Sebald, seguro que sí. Contador neoclásico en blanco y negro, orgulloso al lado de su obra.
Aquella foto había planeado ampliarla y ponerla a la entrada de la muestra.
Ahora presiente que no habrá muestra.

Fotografía: El Nacional, Caracas, 3 de Agosto de 2012

sábado, 16 de julio de 2011

METRÓPOLI DE UN IMAGINARIO (1)


EL NACIONAL - Sábado 16 de Julio de 2011 Cultura/5
CELEBRACIÓN Metáforas literarias de la ciudad lírica que se convirtió en infierno
Caracas al pie de la letra
En la literatura, el imaginario de la metrópolis soez no es exclusivo de la crisis social del siglo XXI
MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ

El deterioro de la anciana Caracas se proyecta sobre la literatura como una metáfora de la crisis social que vive el país, pero se engaña quien piensa que el reflejo de "la sultana del Ávila" fue siempre idílico.

A la figuración abyecta que ahora es lugar común de la escritura nacional le antecedieron años de una historia narrativa y lírica que resumía en la dicotomía campo-ciudad la tragedia del país. Pero, agobiados por la actual urbe vil, cabe preguntarse desde la literatura de dónde viene la idea de la Caracas como símbolo perverso de sus ciudadanos.

Arturo Almandoz y Arturo Gutiérrez Plaza consideran que la visión de la Caracas pérfida viene más bien de la tradición bíblica que señala a la ciudad como centro de perdición del rebaño humano, tradición a la que no escapa la cultura católica de Venezuela. Ambos encuestados son especialistas de la figuración que han hecho los autores de la ciudad capital. Almandoz escribió la serie La ciudad en el imaginario venezolano, que en tres volúmenes recorre la simbología de las ciudades, y en especial Caracas, a través de la historia de la literatura nacional. Algo parecido, pero exclusivamente con el género lírico, hace Gutiérrez Plaza en Itinerarios de la ciudad en la poesía venezolana. Una metáfora del cambio, que se presentará mañana, a las 11:00 am, en la librería Kalathos del Centro de Arte Los Galpones.

"En general, la literatura occidental tiende a satanizar a la ciudad. Distinta a la visión grecorromana, la judeocristiana construye de forma negativa al yo urbano. Asume que la ciudad tiene un componente intrínsecamente negativo, sea Caracas o cualquiera", indica Almandoz antes de puntualizar que dentro de esa visión que nunca celebra a Caracas hay autores más o menos críticos.

En la poesía, la figuración de la urbe caraqueña tiene un momento de inflexión en la obra de Juan Liscano. "Ya desde el primer poema de su primer libro, 8 poemas, se nota su visión completamente negativa de la ciudad, que se asocia con la visión negativa de la modernidad petrolera que tenía el poeta", señala Gutiérrez Plaza.

Aclara que aunque en la poesía existió una visión originaria de una Caracas bucólica, eso rápidamente se transformó en el siglo XIX: "El menoscabo de la naturaleza de esta ciudad era tema frecuente entonces y eso puede verse en los poemas que se le dedicaba al deterioro de los ríos. Allí empezó la visión negativa de la ciudad".

Bucólica. La Caracas que se declaró la capital de la integrada nación venezolana en 1777 y que tenía escasos signos citadinos, pronto sucumbió a la modernización del país y los escritores lo lamentaron.

Los poetas se mantuvieron cercanos a las obsesiones de Juan Antonio Pérez Bonalde, que la veía "tendida a las faldas del Ávila empinado/Odalisca rendida/ a los pies del sultán enamorado", pero lo contrario ocurrió con los narradores. Miguel Gomes, en un artículo académico publicado en la chilena Acta Literaria, señala que Manuel Díaz Rodríguez (Sangre patricia) y Teresa de la Parra (Ifigenia) sustituyeron la exaltación romántica de la vuelta a Caracas con la depresión ante la aldea asfixiante. "La del clima delicioso, la de los recuerdos suaves (...) resultaba ser aquella ciudad chata" donde María Eugenia declaró sentir el horror de su vida prisionera.

Contemporáneo a De la Parra fue José Rafael Pocaterra, cuyas novelas, Política feminista o el Doctor Bebé y Vidas oscuras especialmente, evidencian las miserias de los personajes envilecidos por la urbe, tema que alimentará la tradición narrativa que lo sucedió. "Esto es un tema universal ­aclara Almandoz­ pero en el caso de Caracas tenía otras connotaciones, la ciudad era el ayer de los que venían del exterior y el hoy de los provincianos, así que para los primeros era un lugar atrasado al compararlo con los centros urbanos de Europa y para los del interior del país era un lugar de perdición".

La dicotomía campo-ciudad termina con las generaciones de autores que nacen en un país urbanizado, cuando la modernidad ­mal que bien, esto hay que aceptarlo­ convierte a las aldeas en ciudades de la provincia.

Urbana. Gomes considera a Salvador Garmendia un autor fundamental para el tipo de escritura que se desarrolla ahora. "Garmendia escribe en los cincuenta y sesenta divorciado del "realismo mágico" tan notable, digamos por ejemplo, en el primer Arturo Uslar Pietri.

Crea una tradición de sordidez y deterioro que se renueva hoy con un referente distinto".

Para Almandoz, el sujeto se urbaniza propiamente en la novela Piedra de mar de Francisco Massiani: "Distinto a Los pequeños seres de Salvador Garmendia y a País portátil de Adriano González León, sus personajes no son los sujetos esquizoides que se debaten entre la provincia y la urbe".

La figuración actual de la urbe anárquica comenzó en la década de los años sesenta y continúa en la obra de autores como Antonieta Madrid, Carlos Noguera, Eduardo Liendo y Ana Teresa Torres, entre muchos otros, para quienes la urbe ya no es una circunstancia. A partir de ellos la visión melancólica del campo se sustituye por una visión melancólica del pasado de una urbe que en el presente luce deteriorada y envejecida, como se siente su gente ante la decadencia del país.

Nota LB:

Respiramos un poco la Caracas de los cincuenta, a través de la desaparecida Biblioteca "Rojas Astudillo" que se encontraba en Gradillas, Caracas. Mobiliario de madera, ambiente remoto. Y cuando tuvimos ocasión de leer la Caracas de Garmendia, a través de sus obras, no sólo nos ubicaba en la biblioteca, sino que - superándola - nos teletransportaba al pasado, como si oliésemos - incluso - cada calle recorrida de la metrópoli.

martes, 10 de agosto de 2010

el cuento de gomes


EL NACIONAL - Sábado 07 de Agosto de 2010 Papel Literario/1
Papel Literario
65º Concurso Anual de Cuentos de El Nacional
Lorena llora a las tres
Miguel Gomes

Autor, entre otros, de De fantasmas y destierros, Un fantasma portugués, Viviana y otras historias del cuerpo y El hijo y la zorra. Miguel Gomes (Caracas, 1964) es profesor de la Universidad de Connecticut desde 1993 y posee una sólida obra como narrador, crítico y ensayista. Bajo el seudónimo T. Vieira se alzó con el 65º Concurso Anual de Cuentos de El Nacional. El jurado, integrado por Carlos Pacheco, Harrys Salswach y Jesús Miguel Soto, escogió "Lorena llora a las tres" por constituir "una impactante aproximación diagonal al deterioro y angustia de una sociedad que se derruba"
En 2008, Miguel Gomes publicó una antología de sus cuentos bajo el título Viudos, sirenas y libertinos con el sello editorial Equinoccio MANUEL SARDÁ

A todas horas últimamente. A las tres lo hace con más fuerza, porque ya no le interesa disimularlo; es media tarde y se abandona, deja que le caigan las lágrimas sobre el fregadero mientras lava las ollas que quedaron del almuerzo o de la cena del día anterior. Yo me hago el desentendido; no es que no me importe o que no me parta el alma oírla así, pero no sé qué hacer. Me consta, además, que cualquier esfuerzo de consolarla empeora la situación. Me la figuro mirándome con cara de rabia, como la otra vez, como las otras --muchas-veces, antes de espetarme un insulto, No te quedes allí parado como un necio, o antes de correr la cortina de flores que separa la cocina de la sala, no con delicadeza, sino de un brusco manotón --como los otros (demasiados) ma notones que t ienen la cortina raída, hecho un desastre el colgador--, Para de mirarme, zoquete, o decida repetir lo que viene diciéndome siempre que trato de conversar con ella y le hago el menor amago de matizar lo que sería, si no, un monólogo de su parte, Pero es que tú no me entiendes, chico, tú no me comprendes, no puedo hablar contigo porque es una pérdida de tiempo, y yo Lorena, no me dejas ni abrir la boca, y ella No, qué va, no lo vas a entender, no puedes. Tengo que dejarlo de ese tamaño, la garganta tiesa, como con una nuez atravesada: la siento rugosa bajarme hasta el pecho.

Llora a las tres, a las dos de la tarde. Ha llorado a las diez de la mañana, con la cara hinchada de tanto haberlo hecho. El otro día la encontré limpiando el patio y le caían gordos lagrimones sobre la palangana y el estropajo. Le pregunté si quería que la relevara, Descansa miamor, déjame que me encargue, y ella Vete de aquí, no me fastidies. La verdad es que no la entiendo: aquel puercoespín no es la mujer con la que me casé. Ni siquiera la conozco.

Me la quedé viendo un rato; estaba de espaldas, con el vestido de andar por casa que se pone cuando le da por la limpieza; se le adivinaban los senos, y medio se los vi, porque no se ponía sostenes cuando estaba de faenas. Le sudaba el cuello y tenía los bordes del vestido mojados.

El matojo de pelos contenidos por un moño mal hecho.

Las pantorrillas fuertes que dicen de gallega (aunque Lorena, que yo sepa, no tiene ni pizca de gallega, tampoco puede descartarse, porque los maracuchos tienen un poquito de todo, menos de discretos). Le veo las pantorrillas macizas; el nudo del moño; las canas que se le enredan un poco y le quedan tan bien que parecen teñidas, puestas a propósito; las manchas de sudor; los senos que le tiemblan con el esfuerzo.

Le veo también las caderas anchas, más anchas que lo demás. Siento una erección que pronto afloja; una nuez con su cáscara en el cuello; y ganas de también ponerme a llorar, porque sin esa mujer no me imagino nada, no importa que no la entienda.

Quizá sea un paso de luna.

Pero igual.

Es como una estafa: hasta hace unos meses, si alguien me hubiese preguntado quién era la persona más sensata que conocía, le habría respondido que Lorena.

A los amigos siempre les digo que ella se quedó con el sentido común de esta casa.

El perro no lo tiene. Los muchachos no lo tienen (inteligentes son, todos unos señores en lo que hacen, hojillas en su carrera, pero eso no es sentido común). Yo a veces lo tengo, pero mucho menos que ella, y hago cosas incomprensibles como aquello de venderle mi parte del bufete al pendejo de Gonzalo, y por un precio ridículo (nunca voy a arrepentirme lo suficiente), para dedicarme a la pizzería, porque en este país de locos el derecho de propiedad intelectual no es negocio; uno acaba más bien administrando cantantes, y pronto éstos se van y uno empieza a liarse con actores o gente de teatro, y allí todo es resbaloso; cosas incomprensibles como dedicarme a una pizzería justo en Altamira, y en la Plaza Francia, cuando empezaron las protestas y a pocos días de la masacre (unas horas antes vendimos como nunca); incomprensibles totalmente, como acabar deshaciéndome de la pizzería, que estaba dando pérdidas, y montar de nuevo mi negocio de abogado, con el nombre ahora de Centro de Talentos, pero esta vez desde casa, para no estar pagando frente ni empleados. Motorizado y va que chuta (suelo ahorrármelo, cuando me entran ganas de manejar). A Raquel la despedí; ya no más recepcionistas, que son como un castigo divino. A Gonzalo lo mandé al carajo, porque era un bueno para nada y no hacía sino llenarse los bolsillos a costa de mi trabajo (me han contado que está vendiendo el bufete, porque quebró; cómo no iba a quebrar, si era yo el que lo hacía todo). Soy el incomprensible, no Lorena; ella estaba siempre tranquila y cuando más me desesperaba, la encontraba dispuesta a aconsejarme y a jalarme las orejas si era necesario.

Casi siempre convenía. Pero ahora está así: va para un año. Y se me acaban los recursos. Una estafa total: alguien me engañó, me vendió gato por liebre, me cambió la mujer. De Lorena no es la culpa; la pobre está que no se aguanta. Ahora mismo la oigo: se ha metido en el cuarto y llora, convencida de que no me entero.

Hay días, que son los peores, en que se encierra con las persianas abajo, a oscuras total, y no sale de la cama; se tapa hasta las narices, no importa que haga calor. A lo sumo enciende el televisor y pone novelas, aunque creo que no les hace caso: las ve pero no las mira; las oye pero no escucha. Me angustia tener que entrar al cuarto a buscar cualquier cosa que se me haya olvidado; no sé si me va a ignorar; no sé si me va a ladrar Qué miras, chico, o si está rabiosa Qué miras, imbécil. Y no sé nunca cómo va a estar, si llora de tristeza o si llora furiosa. La última vez que traté de consolarla o de animarla, y para eso le había puesto una mano en la cabeza, con todo el cuidado del mundo, ella se volvió un bicho, me gruñó, casi me ataca ¿Es que te crees que soy Simón para que me estés sobando? Y yo No, Lorena, no es eso, es que te quiero y no me gusta verte así, miamor. Y ella Eres un cursi. Por eso hasta el sol de hoy no la toco, ni me pongo cursi, y para ser franco no me pongo de ninguna manera, o no entiendo cómo me pongo, no quiero ni pensar en lo que pienso para darle a ella toda la razón. Es que no comprendo. Ni a mi mujer, ni a mí, ni al perro; la Santísima Trinidad de los que vivimos en esta casa.

Simón anda mal; mueve la cola pero quiebra el corazón verlo y darse cuenta de que no le quedan muchos días. La idea de llamarlo Simón fue de Lorena, que decía que de pequeña en su casa habían tenido otro perro que se llamaba José Antonio, y, si así era la cosa, a éste podíamos bautizarlo Simón.

Simón se quedó. Yo me reía para incordiarla: ustedes los maracuchos les dan nombres normales de gente a sus mascotas y con la gente normal se ponen exuberantes, como pasa con tu mamá: Esplendidaluz Palacios de Durango, ¡y es una señora menudita!; Lorena en esa época no había perdido todavía el sentido del humor y hasta afición le tenía a la chacota, era siempre una felicidad conversar con ella, se carcajeaba antes de contestarme Si quieres reñir, chico, te puedo recordar lo que se cuenta de ustedes los valencianos desde que Boves los disciplinó.

Con eso me callaba, claro.

Al Simón lo encontramos un día en una calle; se notaba que era cachorrito; se hizo mayor y ahora está que no puede con el alma; los ojos los tiene azules de esas lagañas raras, que serán cataratas, me imagino. Va ciego y a veces me da la impresión de que sordo también, porque uno lo llama y él mira para otro lado; uno lo vuelve a llamar y vuelve a equivocarse, hasta que solamente a la tercera o cuarta acierta.

Lleva diecinueve años con nosotros; es el Matusalén de los perros. Últimamente no se aguanta y se caga en todas partes; el patio está hecho una peste, y por eso ya no lo dejamos entrar en la casa. Da lástima.

El pupú es una cremita y se le engancha en los pelos de las patas. Es como si estuviera disolviéndose, yéndose como un chorro por entre las matas, poquito a poco muriéndose, con lo fuerte y contento que anduvo de joven; daba gusto verlo cuando uno llegaba a casa; o cuando los niños volvían del colegio y se ponían a jugar con él. Está en el hueso; se le cuentan las costillas, por más que coma.



La pistola parecía de vaqueros; el cañón era largo y sólo con eso se imponía. Nunca la he usado y a decir verdad no la veo desde hace años; tan escondida la tengo que, pese a lo peligrosa que se ha puesto Caracas, ni siquiera recuerdo dónde la metí



Dos o tres veces me ha cruzado por la cabeza la idea de sacrificarlo, para que no siga sufriendo. Porque eso es lo que hace: basta con oírle los gañidos, sobre todo de noche. Dan dolor. Un tiro limpio en el cráneo, con la pistola aquélla que le compré a mi cuñado en marzo del 89, cuando andábamos nerviosos con los saqueos.

La pistola parecía de vaqueros; el cañón era largo y sólo con eso se imponía. Nunca la he usado y a decir verdad no la veo desde hace años; tan escondida la tengo que, pese a lo peligrosa que se ha puesto Caracas, ni siquiera recuerdo dónde la metí. Pero valdría la pena buscarla para apaciguar a este animal; es lo más humano que puede hacerse. Claro, que no es soplar y hacer botellas; apenas me vienen las fantasías de facilitarle la muerte me vienen también las de ponerme en su lugar o preguntarme si mis hijos se preguntarán las mismas cosas en su debido momento, en cuanto tampoco controle los esfínteres y esté sordo y ciego y viejo a más no poder, que es como estar muerto pero sin haber acabado de dar el último paso. Hasta asma parece que tiene el Simón.

Vamos para un año de esto. Al principio, nos sentábamos a cenar y yo notaba que ella se quedaba callada, con esos silencios que muerden.

Le buscaba conversación y reaccionaba, me contaba lo que había hecho o no había alcanzado a hacer durante el día, o lo que supo de cierta vecina, o noticias que había oído en la radio. Luego, si yo aflojaba el interés fuese por masticar bien la comida o por echarle un ojo a algo que mostraban en la televisión, Lorena volvía a apagarse, como si se le descargaran las pilas. Alguna semana estuve metido en problemas con clientes y me descuidé, y para cuando saqué las cuentas me enteré de que ella y yo habíamos estado sin intercambiar palabras que no fueran absolutamente indispensables por lo menos una quincena.

Hasta que del silencio pasó a llorar. Estábamos desayunando y le notaba la cara más hinchada de lo normal a esas horas; ella me servía el café, o yo se lo servía, y de repente le rodaban las gotas, derechito hacia abajo, como si no fueran de verdad. La primera vez me asusté Qué te pasa miamor, qué es, y ella Nada, y yo Cómo que nada, estás llorando, Estoy resfriada, o sería Tengo alergias, Pero tú no eres alérgica, y aquí fue cuando me lo zumbó, a quemarropa: Chico, qué sabes tú de mí, qué sabes tú de nadie, yo nunca te he interesado, quién eres para estar diciendo si tengo o no tengo alergias. Me habían cambiado la mujer, pensé, pero por supuesto no lo dije. No me mires con esa cara de anormal.

Quién era este monstruo, pero eso tampoco lo dije, claro.

Anormal, gafo. No recuerdo qué otra banderilla me puso.

Okey, cálmate, miamor, tengo que ir a ver a unos clientes en Cumbres de Curumo; si te sientes mal avísame, Vete, déjame en paz, fue lo que me contestó. Yo acabé de arreglarme y me fui, porque de verdad me esperaban y la situación no estaba como para perder clientes, pero cuando salía la sensación era más bien de empotrarme en una pared, a cada paso incrustarme más entre los bloques. No cualquier pared: alguna de las de mi casa, desconchadas, como con lepra, porque una mano de pintura cuesta un ojo de la cara. Prender el Fiat y apretar el acelerador complicaba las cosas, era estar más atascado y pensar ay coño qué es lo que tiene esta mujer ahora. Yo nunca la había visto así: decir malas pulgas se queda corto. Ni me había visto a mí tan pálido en un retrovisor. Lorena me contagiaba lo que tenía.

Nunca así, ni yo ni ella.

Tal vez me equivoco; de vez en cuando le venían cosas raras. Por ejemplo, escuchaba noticias sobre la visita del Papa y se enternecía hasta las lágrimas (cuando no íbamos a misa desde el matrimonio, y cuando la visita ni siquiera era a Venezuela, sino a Guatemala o qué sé dónde). Por ejemplo, leía en el periódico que tal día como hoy habían llegado los primeros europeos al Japón y, plaf, se pone a moquear. Por ejemplo, Simón coge un ratón en el patio y dale con el llanto, porque Pobre animalito de Dios, ese perrazo tan grande cómo te ha dejado (¿De qué pobre animalito hablas, mujer?, si tú eres la primera que chilla cuando se nos mete un ratón en la casa, y ella Pero no era para tanto, ¿por qué tiene que masticarlo así? Lorena, ¿qué dices?, es un pastor alemán venido a menos, ni de vaina lo confundas con San Francisco de Asís). Ella igual decía que Simón no tenía compasión, que yo tampoco la tenía, Y no te metas conmigo, chico. Esos días yo no acertaba a escoger la palabra o la mueca adecuada: Lorena se convertía en un marciano.

Con la diferencia de que me reconciliaba con ella al cabo de unas horas o, en casos extremos, de una semana.

A la mesa, conversando con los muchachos, o en la cama, más o menos a oscuras, porque ella prefería siempre que apagáramos las lámparas, hacíamos las paces. Pero ahora es distinto. Antes, cuando tenía esos episodios, ella toleraba que la tocara; uno que otro roce durante el día, un beso de buenos días o de hasta luego.


Esos días yo no acertaba a escoger la palabra o la mueca adecuada: Lorena se convertía en un marciano.

Con la diferencia de que me reconciliaba con ella al cabo de unas horas o, en casos extremos, de una semana


Más tarde entre las sábanas, un pie puesto a propósito o accidentalmente encima de la batata gallega, carnosita, Cómo me gustas, m’hija; la cogía por las caderas, me le acercaba, y ella no parecía molestarse, más bien reculaba un poco, me calentaba el vientre con aquellas nalgas incondicionales que habrían resucitado a Lázaro. Entonces yo sacaba mis conclusiones: Claro, se había puesto rara anteayer o antes de anteayer porque anda con la regla, lo que tiene es un relajo hormonal. Un disturbio, que dicen en los periódicos.

Relajo o disturbio memorable fue el de los meses que siguieron al parto. La euforia de cuando descubrimos que íbamos a tener morochos se nos había ido disipando hasta la época de la maternidad. Ya en la casa, combinado el cansancio general con el suplicio de tener que convivir con mi suegra, Esplendidaluz Palacios de Durango, lo que recuerdo es un trozo de infierno que anulaba la satisfacción de ser padre, hombre casado y hasta hombre, punto. Lorena lloraba cuando la mamá no estaba presente, decía que yo no la ayudaba, yo le respondía que cómo quería que la ayudase, ella que necesitaba dormir, yo que Okey okey, miamor, y quedamos en turnarnos, y lo hicimos, pero al cabo de una semana Tú no me ayudas, y yo Cómo quieres que te ayude ahora, nos turnamos una noche tú una noche yo, ella se ponía a llorar, yo no tengo riñones para verla llorar así, me desespero, y para colmo tenía que ir a trabajar, no era fácil el corre y corre de clientes, los tratos que se caían, toda una noche sin dormir, y éste del Gonzalo mucha cerveza para celebrar que nacieron los muchachos, pero las cuentas en el bufete andan extrañas, Cómo que extrañas, socio, Extrañas, extrañas: ¿cuánto le estás pagando a Raquel? ¿Cómo? Y ¿de cuándo acá ése es el sueldo? ¿Cómo? Pero ¿cuándo discutimos que le ibas a dar un aumento? ¿Cómo? ¿Cuándo fue que me lo dijiste? ¿Cómo? ¿Que me lo dijiste al día siguiente de que nacieran los chamos? ¿Cómo cómo cómo? Yo no me acordaba de eso... ahora bien, le di el beneficio de la duda, porque con los insomnios, la irritación de vivir con Lorena que estaba así de hirsuta, la ladilla sangrienta que era mi suegra cuando quería (Pero ¿vos no veis que no ayudáis en casa? Por eso m’hija anda que arrastra los pies, pobrecita). (Ya lo sabía: es culpa de esa vieja, quién sabe qué rollos le está metiendo en la cabeza a Lorena). No me acordaba.

Tenía que darle el beneficio de la duda porque con los insomnios se me olvidaba mi nombre completo, vacilaba en serio con el segundo, hasta el número de la cédula se me enredaba.

Yo no era yo, Lorena no era ella, mi suegra sí que era mi suegra y eso era un problema; un problema añadido a las llorantinas de dos niños a la vez, con su pupú su pipí su hambre su horario de locos que volvía loco a cualquiera. Pero las semanas pasaron, la señora Esplendidaluz se regresó a su Maracaibo querido y el disturbio se acabó. Al quinto o sexto mes Lorena volvió a ser la mujer que yo conocía.

Vamos para un año de este nuevo capítulo y ella no se compone. Aquel infierno del posparto fue insoportable, pero duró lo que la falta de sueño. Éste, en cambio, se arrastra como una alimaña once meses, casi doce, y no se le ve el fin.

Quiero saber por qué está pasando. No que no me haya sentado a pensar, y que no haya masticado todos los escenarios posibles mientras camino, o mientras espero a un cliente, o mientras ando encallado en el tráfico. El otro día, apenas había estacionado, me atracaron enfrente de la Clínica Atías, un carajito de quince o dieciséis años, con una navaja; me la puso al cuello y me dijo Dame la cartera o te corto.

Yo por suerte aprendí a no tener nada importante en la billetera. Me dijo El reloj.

Se lo di. Me dijo El maletín, suéltalo. Solo tengo papeles del trabajo, vale. Suéltalo o te corto. Se lo di. Por suerte no llevaba ese día nada trascendental, fotocopias y tal. Se lo solté y no me cortó. Se fue a las carreritas. Yo, mientras lo veía perderse de vista, pensaba ¿Por qué lloras todo el día, Lorena? ¿Por qué andas así, si estamos bien, dentro de lo que cabe estamos bien? Todo se va a la mierda, esta ciudad, este país, ese carajito con mi maletín (suerte que era el verde viejo, con las esquinas peladas, no el negro elegante que me regalaron los morochos en mi cumpleaños), todo por el desagüe, pero nosotros estamos bien, Lorena, ¿por qué te encierras a oscuras y te tapas hasta la nariz si tú y yo estamos bien, miamor? --¡El coño de la madre! Me acuerdo de berrear como un energúmeno, allí, en medio de la calle. Y me imagino que la señora del quiosco lo atribuiría correctamente no a que fuese yo lunático, sino a la rabieta (parecía preocupada, pero tampoco demasiado: seguro que había visto otras aventuras del chamo de la navaja, dos o tres al día. Esto está imposible, me explicó ella, y no tiene arreglo, porque ese malandro es sobrino de un policía. Estaba dicho todo: yo era el zopenco que había pasado por su territorio). Me arreglé como pude, me puse una mano en la ingle para estar totalmente seguro de que todavía tenía los billetes y las tarjetas bien guardados en los distintos bolsillitos de la faja, idiota no soy, y seguí caminando, pensando en Lorena, en qué más. Había repasado causas: que los muchachos se nos iban de la casa, y eso a lo mejor la deprimía; pero Ernesto tenía un buen cargo en Porlamar, mientras que aquí en Caracas, con todo y el diploma de Informática y las tremendas notas, quién sabía cuándo iba a encontrar algo, y Enrique, más sortario no podía ser, luego de que lo sacaron de PDVSA el padrino le había echado una segunda mano en los Estados Unidos y allí precisamente había un concurso de credenciales al que se presentó y lo ganó, cómo no lo iba a ganar si Enrique es un lince en sus cosas, ingenieros de gasoductos no hay demasiados; a lo mejor porque los muchachos se nos fueron ya, pero me digo No, eso no puede ser, Lorena está feliz de que cada uno haya conseguido trabajo, considerando cómo se ha puesto la situación aquí; será entonces que se amargó porque la casa está que se cae a trozos y Los Rosales como una cloaca, hay que ver, con lo bonito que era cuando compramos la casita, está como si hubiese habido una guerra; o será porque después de tantos años le ha venido un arrepentimiento horrible por haber dejado el trabajo en el Ministerio.


Me arreglé como pude, me puse una mano en la ingle para estar totalmente seguro de que todavía tenía los billetes y las tarjetas bien guardados en los distintos bolsillitos de la faja, idiota no soy, y seguí caminando, pensando en Lorena



Un día, hace año y medio o así, conversamos al respecto, fue de las últimas veces que conversamos en forma, creo, yo le dije Tú te imaginas, chica, cómo sería que estuvieses metida en el Ministerio en esta época, con algún jefe chavista que te exija que te afilies al partido, debe ser irrespirable ese sitio, irrespirable todo el centro de Caracas, imagínate trabajar en las Torres del Silencio como andan las cosas, Me deprimiría un montón, creo que me respondió, y yo ahora lo recuerdo o creo que lo recuerdo y se me remueven las entrañas; pero a lo peor le ha venido un arrepentimiento espantoso, esos asuntos son irracionales, y se acuerda de los trámites de la renuncia, que no me culpe, yo no tuve nada que ver, si algo hice fue más bien decirle que teníamos flexibilidad, si quería seguir que siguiera, si quería renunciar que renunciara, no que estuviéramos ricos, pero podíamos arreglárnoslas con decencia; fue la cabra loca de su madre la que le metió en la cabeza lo de estarse en casa con los muchachos, teniendo un diploma de arquitecta, ni más ni menos, Ay m’hija, Lorena, que mis nietos necesitan a alguien que los atienda bien, y vos sabéis que si estas criaturas no tienen una mano firme se echan a perder (¿qué habrá insinuado con lo de mano firme? Sé que nunca me perdonó que convenciera a la hija de quedarse en Caracas después de graduada, pero estos maracuchos se enrollan solitos, son como trompos que hablan duro, y la señora Esplendidaluz era porfiada).

Luego pasó lo que pasó con eso de que no se llevaba bien Lorena con la colega que era adeca y la acosaba porque Lorena no se afiliaba, no estaba para adecos ni copeyanos ni partidos políticos ni qué San Judas Tadeo, y mira dónde hemos ido a parar. Así es. Sería porque a cada rato la mandaban al interior a recoger datos y a visitar instalaciones, y a veces esos viajes tenía que hacerlos con colegas que le caían como plomo. Eso era lo que decía. Un día, tengo que confesarlo, llamé a la oficina para averiguar un número de contacto con ella, que no me había llamado todavía, como habíamos quedado, y en ese entonces todavía no se habían puesto de moda los teléfonos celulares, llamé a la oficina y la secretaria, ésa que Lorena decía que tenía atravesada, me contestó que la arquitecta estaba con el ingeniero Rondón, en Ciudad Bolívar, ¿Cómo que con el ingeniero Rondón? (yo pensaba que me había dicho que la acompañaba la doctora Escolano; Mireya, como se refería a ella Lorena cuando estaban en buenos tratos); con el ingeniero Rondón, sí señor, y el número es tal y tal, ¿Es un hotel? No sé, señor, ése es el número que nos dejó el ingeniero. Me quedé de una pieza, sin pensamientos ni presentimientos ni ganas de hablar. No llamé, por supuesto, esperé a que ella se dignara llamarme. Cuando lo hizo lo primero que me dijo fue Disculpa que no te llamase antes, pero no conseguí hotel, y eso que los de la oficina nos habían asegurado que la reserva estaba hecha. ¿A quién les habían asegurado, a la doctora Escolano y a ti? Le pregunté, haciéndome el distraído, y ella No, en realidad a última hora nos dijeron que había un cambio y que habían asignado a Rondón, imagínate (esto lo cuchicheaba Lorena, que debía tener gente cerca), por suerte la mamá de Rondón todavía vive aquí y me han ofrecido alojamiento, me estoy quedando con ellos. Yo no me acuerdo bien de qué dije, ni cómo lo hice. Sentía que se me salían de sitio los órganos. Pero tampoco tenía razones para no creerle a Lorena.

Nunca me dio motivos. Además, al día siguiente llamé a ese número y, en efecto, me respondió una señora, con la voz carrasposa; tenía que ser mayor. ¿Por qué no iba a creer? Colgué, sin decir nada. La de mala uva era la perra de la secretaria, Yadira, Yarelis, Yamedirás qué nombre de secretaria tenía, que según Lorena no hacía más que indisponerla con los jefes, y ahora quería hacerlo conmigo, hija de puta.

Se lo conté a Lorena cuando estuvo de vuelta y ella, primero, se puso pálida, y luego dijo que le arrancaría las pestañas a la infeliz, los ojos con el compás, Cálmate, le dije yo, no te sulfures, pero cuídate, sí, de esa bicha; obviamente es gente mala.


Yo no me acuerdo bien de qué dije, ni cómo lo hice. Sentía que se me salían de sitio los órganos.

Pero tampoco tenía razones para no creerle a Lorena


Y Lorena Yo con Rondón... ¡con Rondón!, ese tipo que es intragable, figúrate. No me lo quise figurar, había algo peculiar, rebuscado en el tono de voz con que me explicaba su disgusto por el fulano ingeniero, pero yo tampoco tenía motivos para seguir pensando en el episodio. Hubo otros viajes al interior, tres o cuatro, pero al parecer no había Rondón, era con otras arquitectas o doctoras o ingenieras del Departamento de Infraestructura, y Lorena me daba los números o llamaba enseguida, con una precisión cronométrica siempre que el embotellamiento en la carretera lo permitiera o los vuelos fuesen puntuales. Dejó el trabajo porque la madre se lo sugería y porque ella se cansaba de los tejemanejes con los adecos y los copeyanos y las secretarias que se portaban como zorras de telenovelas porque eso era lo que veían. Estaba cansada también del ingeniero Rondón (nunca la oí hablar tan mal de nadie, cada vez que lo mencionaba era para describir lo más bajo que había en la escala humana del Ministerio), el ingeniero Rondón y otra gentuza como él con la que había tenido que codearse en la administración pública. A mí me iba de lo mejor con el trabajo en esa época y Lorena podía dedicarse a tiempo completo a cuidar a los muchachos, si quería, a estarse quieta en casa, si quería, a mantener a raya la mugre la suciedad el polvo que flotaba en el aire, si quería. Los Rosales estaba bien en aquel entonces, aunque muchos conocidos empezaban a mudarse a sitios como Caurimare o El Cafetal o San

STOCK XCHNG Ahora no sé lo que tiene. Ella no sabe lo que tengo. Y tampoco sé lo que tengo, lo que me entra en la cabeza y me zumba como las moscas que le siguen el rastro a Simón



Luis. Varios vecinos lo hicieron y nosotros nos preguntamos si no nos convenía, pero la casa tiene espacio, estaba en buenas condiciones, no como ahora, quién iba a adivinar que las calles se pondrían así de peligrosas, porque navajas eran lo de menos, y que vendrían los saqueos, y el bodeguero dejaría los sesos en el suelo un día ante la vista de Lorena y otra señora que habían ido de compras, y que nosotros una temporada pusimos la casa en venta a ver qué pasaba y nada pasó, así que se nos enfriaron los ánimos y nos fuimos quedando. Décadas ya de eso. Murió mi suegra: ésa podría ser otra causa por la que Lorena llora a esta hora, lo llora todo, hasta el nombre (me quedo callado, bajo la cabeza con los ojos cerrados, tratando de que los gañidos de Simón no me desconcentren, y la escucho).

Abro los ojos y veo al pobre animal cagándose al lado de la maceta de helechos, si mi mujer lo ve se va a poner a llorar más duro, sin tratar de disimular, como todavía trata cuando sabe que ando cerca. Eso, si decide salir del cuarto; pero esta tarde anda allí metida y no habrá manera. A veces le preparo la comida y se la llevo y le pregunto si quiere una aspirina, pero como sé que me arriesgo a que vuelva a gritarme me lo tengo que pensar. El pobre Simón me arruga el alma, le tiemblan la cola y las patas traseras cuando se derrama allí junto a las matas, ese líquido como papelón, solo que un poco más espeso, y pútrido. No me da asco ya, cómo va a dármelo, si ese perro viejo nos ha acompañado toda la vida y los muchachos jugaron con él y les ha ladrado a todos los malandros que han intentado metérsenos en la casa y una vez creo que dejó malparado a uno porque sangre encontramos en el patio y no era del perro ni de los muchachos ni nuestra. Muy bien, Simón, así es, chico; tremendas meriendas que le dimos. Hoy lo que come es un plato enorme con las cosas que dejamos o que están a punto de pasársenos porque uno ya no tiene familia por aquí pero se queda con la costumbre de comprar no para dos sino para cuatro. Últimamente cosas con harina, que es de lo poco que se encuentra en la bodega. Voy a lavar ese desastre que deja Simón porque si Lorena lo ve se va a poner peor de lo que está.

Una vez le dije que por qué no iba al doctor, un psicólogo o así (menos mal que no dije psiquiatra) y casi me arranca los ojos como en broma había dicho que lo haría con la secretaria.

Nunca me ha tocado, pero ganas no le faltaron: se lo vi en la cara, los dientes eran como de animales que daban miedo, Vete de aquí déjame sola crees que me estás ayudando diciendo que estoy loca estoy así porque vivo contigo porque eres un muermo mira cómo vivimos mira mira mira, podíamos estar en otra parte podíamos, y ella no acababa la oración tiraba la puerta yo ya me había distanciado lo suficiente porque no aguantaba esos arranques.

No dormí varias noches seguidas, pero de unos meses para acá no me quitan tanto el sueño. Las hormonas lo explicaban todo, leí enciclopedias y columbré que eso era, la menopausia, una menopausia tardía, toda la vida Lorena había sido un manojo de hormonas alebrestadas y yo, persignándome por dentro, volví al tema en un almuerzo en que parecía que estaba más calmada, Quise decir ginecólogo miamor no psicólogo porque pienso que esto puede ser la menopausia, ¿no?, dicen que a veces es fortísima. Ella me gritó --¡Maricón! Y yo nunca más lo he vuelto a hacer, pero me levanté, levanté también la mano y estuve a punto de despeñársela en la cara, para que me vuelvas a insultar. No lo hice, la sangre no llegó al río ni la palma a la cara, pero ella se había ido otra vez al cuarto. A mí lo de maricón me hincaba el colmillo en la yugular (estaba también esa fantasía de agarrarme a puños con Rondón, no sé por qué) y me calmé poco a poco, pensando qué habrá querido decirme con lo de que todavía vivíamos aquí si fue ella (no se me olvida) la que escogió que nos mudáramos a Los Rosales y fue ella (tampoco se me olvida) la que primero tiró la toalla cuando barajábamos planes de mudarnos a San Luis, El Cafetal, Caurimare esos sitios.

Fue ella. Yo le dije una mañana antes de ir a entrevistarme con un cliente De regreso voy a renovar el aviso en la prensa, ¿quieres que lo haga por una semana o por una quincena? Y ella, claramente, No, chico, déjalo, estamos perdiendo plata y tiempo, y total, aquí estamos bien, ¿no? Y yo Sí, estamos bien. Y estamos bien dijimos y pensamos los dos, me consta, porque en ese tiempo todavía pensábamos y decíamos las cosas a la vez, estábamos juntos. Ahora no. Ahora no sé lo que tiene. Ella no sabe lo que tengo. Y tampoco sé lo que tengo, lo que me entra en la cabeza y me zumba como las moscas que le siguen el rastro a Simón. Solamente sé que alguien tiene que limpiar esta cagada maloliente. Vuelve a temblar, a estremecerse.

Encima de las flores, las espinas de Cristo. Chorrearse ahí es el colmo. Y llora; creo que esos gañiditos son llanto de perro que no tiene fuerzas ni para llorar. Alguien tiene que ayudarlo a morirse.

Lorena gime en su cuarto; la oigo. Cualquiera pierde la esperanza con este país, con la madre muerta y Pudimos habernos mudado a casa de mi mamá me dijo un día, un desayuno en que yo estaba anudándome la corbata, a punto de salir porque iba a ver a un actor que quería que le arreglase los papeles porque Radio Caracas, ahora en cable, lo quería contratar. ¿A casa de tu mamá, Lorena?, eso era casi un rancho, tú me lo decías, si más bien querías que ella se viniese con nosotros, que qué hacía sola en Maracaibo luego de que enterramos a tu hermano. Es que tú no me entiendes, chico, está visto; contigo no puede hablarse. Y se largó al cuarto a llorar. Yo me quedé con el nudo en la mano, con ganas de sacarme la corbata y cancelar la reunión, pero me dije No, tengo que seguir adelante, no puedo ponerme a merced de estas loqueras, ya se le pasará. Aquella casa estaba mucho peor que ésta, y no me imaginaba viviendo en la tierra-del-sol-amada, uno tenía que estar tostado por el sol para instalarse en aquel horno al aire libre, Dios mío, salí de Valencia cansado de calores y falta de oportunidades, no me iba a ir a Maracaibo, a quién se lo ocurre: a la menopausia, ésa era mi respuesta.

Me imaginaba la menopausia como una bruja de un solo ojo y peluca de mapanares, boas, alacranes, todo lo que muerda y atormente. Pero ni mencionar de nuevo la palabra, porque mi propia mujer me echaría encima el maricón que me había endilgado como quien bautiza un barco de un botellazo, y dolió como si me hubieran partido un botellón crudo en el cráneo, me acuerdo ahora cuando Lorena sigue llorando y el pobre de Simón echando las entrañas por todas partes y ese hedor Dios ese hedor. Me agacho a limpiar con un trapo y me vienen arcadas tengo que acercarme a lo que queda de las orquídeas que en una época a Lorena le había dado por cuidar y allí me desparramo, se me sale hasta lo que no he comido, qué asco; Lorena llora llora Llorena, me muero una dos tres arcadas cuando antes habíamos estado tan felices ni me acuerdo, será desde antes que nos llegara la noticia de que mi cuñado se mató en una carretera, justo llegando al Zulia luego de una visita que nos vino a hacer a Caracas; será luego del entierro que fue todo a los trancazos porque a Lorena le vino un bajón monumental será desde entonces que está así, Pero no, digo cuidándome de que no sea en voz alta y alguien, ella misma, vaya a pensar que he perdido una tuerca, Pero no, Lorena después se compuso, fue cosa de unos meses uno se resigna A manguerazos todo eso va desapareciendo, lo del perro, lo mío. Solamente el maricón no se borra porque a ella jamás la he insultado.


Murió mi suegra: ésa podría ser otra causa por la que Lorena llora a esta hora, lo llora todo, hasta el nombre


Creo que no lo hizo con los ingenieros del Ministerio y por eso se desquita conmigo. A lo mejor con Ernesto aquí sería diferente, a lo mejor me convendría llamarlo a él para que me ayude a pensar qué hacer con su madre, porque yo, para ser franco, estoy empezando a desesperarme, qué digo empezando, estoy desesperado: ella llora y ni siquiera sé si llora, solamente pienso que está metida en ese cuarto y no quiere salir y sigo pensando qué más puedo hacer. Ernesto viene de vez en cuando, durante las vacaciones, pero de aquí a Semana Santa todavía falta. Con Enrique, ni soñar que le cuento nada de esto, porque estando en el exterior el susto que va a coger es demasiado. Además, siempre ha habido cosas así en esta casa y nunca he tenido que recurrir a los muchachos, por qué voy a empezar ahora. No soy tan egoísta, no haría más que preocuparlos y ellos están trabajando duro para ganarse la vida, hacerse una propia, no tengo que estar arrastrándolos a estas estupideces maritales. Será por el país, será porque la señora Esplendidaluz se murió también de lo que después supimos que era una infección intestinal o una cadena de infecciones, yo bien que acepté que Lorena ofreciera traérsela aquí, a Caracas, pero la vieja era terca como un buey y no quiso; tan calladitos que se tenía los síntomas para que la hija no insistiera en la mudanza; y Lorena ahora no tiene a nadie más que yo, mira que ponerse a extrañar algo como el casi rancho de Maracaibo es de locos pero de eso se trata ¿no? De locos es lo que tiene Lorena eso es Apenas cierro la llave de la manguera y pienso que será todo por hoy, me doy cuenta de que Simón otra vez está cagándose en medio del patio. Hay que ayudar a esa criatura, sacarla de una buena vez de este mundo no importa que a uno le duela o le dé lástima o simplemente cueste cueste cueste tanto armarse de valor para matar a un perro. Nos casamos muy jóvenes, yo tenía buenas perspectivas profesionales y lo del bufete no estaba mal, tenía buena pinta, pero a quién se le ocurre venderlo por una pizzería, pero fue mejor así porque al sinvergüenza de Gonzalo nadie en su sano juicio querría tenerlo como socio yo no estaba en mi sano juicio el muy bandido le echaba mano a todo lo que podía para engordar la quincena de su querida que resultó ser la Raquel qué tonto que fui que no lo capté desde el principio si ésa de la Raquel era una putarraza de película y se le veía, a mí me hizo un pase una vez y me dijo si le subía la cremallera que ella no se la alcanzaba en la espalda y tenía el sostén y la verdad es que daban ganas de tocarla tenía la espalda buena, pero yo estaba enamorado de mi mujer, casi siempre lo estuve, excepto por sus temporadas lunares en que más bien me provocaba asesinarla, eres un cursi un maricón casi me muerde y uno es capaz de cosas así cuando no ha dormido y chillan niños y ella ni me toques
Una vez le dije que por qué no iba al doctor, un psicólogo o así (menos mal que no dije psiquiatra) y casi me arranca los ojos


imagínate, chico, un hombre sano y viril, maricón, de dónde sacó eso, hasta seis meses de nada nada porque su mujer se irrita y uno qué va a hacer, una vez pensé irme de putas, pero no tengo las bolas para eso (a lo mejor sí tiene razón Lorena) no tengo las bolas y me repugnan como esta torta que ha puesto el perro aquí hay que rematarlo el pobre esta plasta moscas y mosquitos fruteros porque está cruda como el cráneo con esta perforación en que mi mujer llora encerrada en su cuarto oscuro del que no hay quien la saque Hace más de medio año que ni la toco, desde que intenté consolarla y ella se puso salvaje, me aulló, se acabó el bufete, bicho, y fue mejor para todos despedida la zorra de la Raquel y contigo Gonzalo no quiero saber nada vamos a separarnos divorcio entre abogados a ver cómo te mantienes y por lo que sé fracasó mientras que yo sin secretarias sin bufete trabajando desde casa sólo ayudado de vez en cuando por el motorizado he seguido con mis clientes y hasta creo que podría dejar de trabajar a estas alturas porque algo tengo ahorrado (en el exterior, se entiende) pero no me arriesgo a quedarme de brazos cruzados porque así uno de verdad se pone viejo deshacerse de la secretaria del socio de la pizzería fuera mosca porque era una auténtica locura fuera mosca y seguir lidiando con casos individuales actores cantantes mi propio Centro de Talentos no un rancho en Maracaibo de qué cabeza sale eso está loca fuera mosca me sale el apellido del ingeniero Rondón-Rondón y algo como odio pero es el odio que a veces tienen los maridos cuando no comprenden a sus mujeres es normal parte de la vida como que los hijos crezcan se muden escriban de vez en cuando llamen manden postales diarreas así solo pueden purificarse liquidarse con lejía cloro lo primero que encuentre; caca de perro; recuerdo que tenía una botellita de lejía en el armario de la cocina pero no la veo, probablemente esté en el armario al lado del patio donde también guardo las herramientas Lorena llora zumban las moscas Lorallena en las manos me tiembla la llavecita como la panza atiborrada del perro tripas que van guardando horas que son días cuando salen y toman el patio hasta que logro abrir el candado y lo primero que veo entre botellas que no son de lejía y trapos viejos tuercas martillos más punzones es una caja que al principio no reconozco y sólo al principio porque enseguida pienso sí que sé lo que es eso, azul y rojo, en el armario, luego veo otro envoltorio una bolsa de plástico y me digo Aquí está la pistola, tantos años perdida de vista. Cojo el lío de papel y de plástico, voy adivinando la adivinanza, resolviendo el problema mientras espanto moscas, descascarándolo como si fuese una fruta suave, no la nuez que tengo en la garganta, y contemplo el cañón, la cacha, el gatillo. Todavía está nueva, digo, y creo que en voz alta. Brilla como las que enseñan en las películas.

Mi cuñado me la vendió por si había saqueos.

Ilustración: Norman Engel (http://fineartamerica.com/featured/abstract-woman-norman-engel.html)

miércoles, 4 de agosto de 2010

llanto


EL NACIONAL - Sábado 31 de Julio de 2010 Escenas/1
Miguel Gomes narra la depresión del país
"Lorena llora a las tres" ganó el Concurso de Cuentos de El Nacional porque representa, a través de la tristeza abrumadora de una mujer, el estado anímico de Venezuela
MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ

"Lorena llora a las tres" tiene la siniestra particularidad de metérsele en la carne al lector, que no podrá evitar identificar la sensación de menoscabo que impregna en los tiempos que corren a la sociedad venezolana con la triste descripción del deterioro de un matrimonio, mientras un hombre se cuestiona sobre las causas de la depresión de su esposa.

La pluma consagrada del autor venezolano de origen portugués Miguel Gomes firma la obra ganadora de la edición número 65 del Concurso de Cuentos de El Nacional, en la cual la voz franca y desconsolada del narrador se convierte en el verbo de la clase media que, en medio de cuitas íntimas y dilemas sociales, sobrevive en la Venezuela de la revolución bolivariana.

"Todo se va a la mierda, esta ciudad, este país, ese carajito [que me robó] con mi maletín (suerte que era el verde viejo, con las esquinas peladas, no el negro elegante que me regalaron los morochos en mi cumpleaños), todo por el desagüe, pero nosotros estamos bien, Lorena, ¿por qué te encierras a oscuras y te tapas hasta la nariz si tú y yo estamos bien, mi amor?", escribe Gomes en el cuento galardonado.

La narración tiene la marca de la díscola sordidez de Charles Bukowski, no sólo porque habla de una relación de pareja ­y un país­ que se vuelve mierda ­como la que el perro del cuento, Simón, va dejando por todas partes­, sino porque también, como hace el autor estadounidense, expresa profundos dilemas morales de la manera más sencilla. Quizás por ello Gomes confiese que le costó mucho escribirlo y que desde que terminó, hace año y medio, no ha vuelto a sumergirse en sus ficciones.

"El cuento no lo escribí pensando en la sociedad, sino en la opresión que se siente cuando uno no puede ayudar a quienes quiere. Como los personajes se me aparecieron en un rincón de Caracas (porque, de hecho, no me lo propuse: primero oí un monólogo de un marido angustiado, luego el resto se fue armando), es natural que en una segunda o una tercera lectura el contexto empiece a dialogar con el estado de ánimo del protagonista. Pero eso ya es algo que toca al lector, no al escritor", aclara quien desde 1993 es profesor de la Universidad de Connecticut.


El vórtice de la depresión.
El relato de prosa vertiginosa sorprende por sus cualidades estilísticas y por las formas experimentales que Gomes no había exhibido con tanta fuerza en trabajos anteriores ­entre los que se encuentran las colecciones de cuentos Viudas, sirenas y libertinos (Equinoccio, 2008) y El hijo y la zorra (Random House Mondadori, 2009)­.

Un primer recorrido por el texto recuerda a la dinámica narrativa de José Saramago, porque obliga a la lectura en voz alta.

De "Lorena llora a las tres" puede decirse lo mismo que escribió Gomes sobre los cuentos de Krina Ber en un ensayo publicado por Papel Literario el 3 de julio: que su originalidad radica en su aporte a la contemporánea tradición de la prosa nacional, marcada por "la disolución, la decadencia o las patologías colectivas".

El cuento de Gomes está marcado por las sensaciones de decadencia y desintegración que refieren al mismo pesimismo que ostentan la mayoría de los narradores contemporáneos del país, cuyos textos pueden leerse a la luz de dos conceptos de Julia Kristeva: la abyección y la melancolía. El primero refiere aquello que la sociedad quiere negar y el otro a la sensación de descontento que genera el vacío de la ausencia. Es como si su autor jamás se hubiera ido del país: "Uno no se separa nunca, al menos anímicamente, de los lugares en que ha querido a alguien. En mis cuentos doy `voz’ escrita a tonos e inflexiones que siento en las conversaciones con mis amigos venezolanos, en la correspondencia, en los encuentros forzosamente breves. Alcancé a presenciar el Caracazo poco antes de irme a estudiar a Nueva York, y eso me marcó hasta el día de hoy. Fue como despertar luego de haber estado durmiendo varios años. Y acabamos sustituyendo un sueño por algo que tiene visos de pesadilla. Pero no pierdo la confianza en que va a concluir".