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jueves, 25 de diciembre de 2014

PINÁCULO EN LA SIMA

EL NACIONAL, Caracas, 4 de diciembre de 2014
La clase intelectual
Antonio López Ortega

Muy en el fondo de sus cavilaciones, la clase intelectual venezolana siempre se ha sentido lejos del país. Puede pensarlo, soñarlo, añorarlo, criticarlo, pero el crío siempre termina caminando hacia otro lado, buscando un horizonte agreste con gesto inconsciente. Digamos que esa correa de transmisión nunca ha funcionado: las ideas que se producen de un lado no llegan a la masa, y la masa inmadura tampoco busca guía o señales. Hay quien ha visto en ese hecho inconmovible el gran fracaso de nuestra educación, más que palpable en estos últimos años: ni el maestro goza de entusiasmo para departir conocimientos ni el joven alumno asimila nada distinto a imágenes dispares. Esa capacidad de sembrar valores en los jóvenes espíritus nunca ha sido tarea fácil, pero desde la Antigüedad griega los maestros eran verdaderas columnas de la sociedad, pues mientras transmitían las grandes verdades culturales también enseñaban a pensar. Hoy en día, sin embargo, en nuestro descoyuntado país, cualquier iniciativa instruccional se topa de inmediato con la ignorancia crasa. En términos generales, el pasado es una noción inexistente y el presente una especie de combustión instantánea.
Muchos de nuestros problemas, de nuestras taras, de nuestras inconsistencias, han sido develados durante muchos años por nuestra clase intelectual. Ahí están el retrato ominoso de Guzmán hecho por Ramón Díaz Sánchez, o la Comprensión de Venezuela de Mariano Picón Salas, o el Mensaje sin destino de Briceño Iragorry o los diarios carcelarios de Blanco Fombona. Nuestros grandes cuentistas se han encargado de desmenuzar nuestra realidad física y emotiva, hasta llegar a niveles insospechados. Y no se hable de nuestra gran poesía, capaz de atravesar la materia para dar cuenta de nuestra cosmovisión y afanes. Ese tesoro está allí, a la mano, pero nadie lo consulta, ni tampoco el gesto docente lo trae al salón de clases. Si así lo hiciéramos, veríamos que nuestra tragedia actual –minada por el caudillismo, el personalismo, el militarismo, el despotismo y la corrupción– se asemeja a retratos de época. Para un lector atento o instruido, los desmanes de hoy pueden ser los de ayer, calcados al pie de la letra en muchos casos. Ya hemos tenido grandes frescos literarios que nos han hablado del poder omnímodo y su rastro de sangre. De manera que esta película que nos quiere mostrar hombres nuevos y socialismos del siglo XXI, en verdad nos habla de hombres viejos, muy viejos, y de taras que se repiten. Vivimos en el reino de la regresión creyendo que conquistamos el futuro.
Los libros de nuestros intelectuales son señas de identidad indelebles o rastros que brillan en el vacío. Sus vidas se abocaron a construir sentido, significación, entendimiento y razón de ser, en la mayoría de los casos mucho más allá de nuestra clase política, por lo general inconsistente. Cualquier página de este legado coral, cualquier frase, le tapa la boca a las estupideces que a diario pronuncian nuestros llamados representantes, artífices del rebuzne. Esas páginas son nuestro consuelo, pero también nuestra tabla de salvación. Mirar hacia el futuro es reencontrarlas, pues no hay mapa mayor del país integral que ese legajo infinito de hojas macerado a través eza se entregaron a los otrosnf f ermedad, la c mapa mayodel paupideces que a adiario oos al pie de la letra en muchos casos de los siglos por venezolanos honorables. Vidas que desde el exilio, la enfermedad, la cárcel o la pobreza se entregaron a los otros. Vidas ejemplares sin saber que lo eran.

Fotografía: LB, 2014.

jueves, 18 de julio de 2013

EL NACIONAL - Jueves 18 de Julio de 2013     Opinión/8
Ley de cultura
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA

El primer gesto de legislación cultural en Venezuela se produjo en 1963, con la creación del Inciba. Medio siglo ha transcurrido para que hoy se esté discutiendo un proyecto de Ley Orgánica de Cultura. En el medio han quedado la Ley del Conac de 1975, que en su momento fue novedosa y participativa; las leyes sectoriales de Cine, del Libro y de Artesanía; y los cuatro artículos que sobre derechos culturales se recogieron en la Constitución de 1999, que sirven de plataforma para el proyecto que se quiere sancionar a trompicones.
No es la primera vez que en estos catorce años de limbo legislativo se acciona el proyecto de ley: en el pasado hubo un proyecto llamado de Milagros Santana, otro de Manuel Espinoza (sin duda el mejor), otro de Farruco Sesto y ahora el que empuja la Comisión de Cultura de la Asamblea.
Lo primero que llama la atención del texto en discusión es la preeminencia del Estado (un Estado que rige, sanciona, vela, sistematiza). La sociedad como un todo, y menos la sociedad creadora, brilla por su ausencia. Los creadores, los artistas, las agrupaciones culturales, apenas se mencionan, y en su lugar se quieren sustituir por "trabajadores culturales". Tampoco los públicos, las audiencias, o quienes finalmente disfrutan o se benefician del hecho cultural, parecieran tener lugar en la ley: son convidados de piedra. En el mundo integrado y avanzado de hoy, es difícil urdir cualquier iniciativa desde cero, ignorando experiencias cercanas o semejantes. Un mínimo de legislación comparada con los proyectos que se han sancionado en América Latina en las últimas décadas se hace imperativo. ¿O no vamos a aprender de los aciertos o errores de los demás? La década de los años noventa fue llamada por la Unesco "Década del Desarrollo Cultural", y desde entonces se hace muy difícil pensar en estrategias o políticas culturales sin revisar esas fuentes documentales. Un ejemplo: la Unesco determina que la prioridad de toda política cultural es garantizar o fomentar los espacios de creación. ¿En qué artículo de nuestro proyecto se refleja esa noción? Pues en ninguno. Se nos olvida admitir que todo discurso cultural parte del hecho creador, y no del Estado que rige.
Suponemos que un concepto amplio como el de economía de la cultura (consumidor cultural) espantará a los legisladores. Suponemos también que cuando el país asume la presidencia pro tempore de Mercosur, nadie querrá saber lo que han hecho Brasil o Argentina con sus industrias culturales. Suponemos, por último, que lo que se ha llamado mecenazgo cultural, una ventana que se abrió en la Constitución de 1999, se suprimirá con barrotes y candados. Preferimos que nuestro texto vaya a contracorriente: identidad pesa más que diversidad, exigencias pesan más que libertades, rectorías pesan más que participación. Hablar de "las bases constitutivas de la nacionalidad" lleva un tufillo de impermeabilidad, de ostracismo, que siempre es condenable: leer a Quevedo o recitar una malagueña oriental da cuenta de un espectro de intereses que nos enriquecen más por su variedad que por su pureza.
¿Qué hacer cuando el proyecto recorre el camino de las consultas populares y quiere sancionarse antes de que los legisladores se sumerjan en la vorágine electoral? Si hemos esperado cincuenta años por una ley que esté a la altura de los grandes conceptos culturales, ¿por qué apurar el paso y estrellarnos con un proyecto que es claramente anacrónico y vetusto? Hay que exigirle a la plenaria de la Asamblea que se reúne en agosto que no apruebe nada, que extienda el período de consultas, que consulte la literatura de la Unesco. Esta tregua sería preferible a los apresuramientos, esta pausa reflexiva por un proyecto mejor nos llevaría por una senda distinta a la del arrepentimiento.

domingo, 9 de junio de 2013

TESTIMONIO LIBERADOR

EL NACIONAL - Domingo 09 de Junio de 2013     Papel Literario/1
Piedad Bonnett:la enfermedad como secreto de la vida
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA

Si es difícil escribir sobre lo que no tiene nombre, qué podría intentar una reseña si no es escribir blanco sobre blanco, como diría Eugénio de Andrade, si no es agregar transparencia a la transparencia. Este libro inclasificable, que rehúye de los géneros, que no es ni novela ni diario ni testimonio, pero también todo a la vez, es el ejercicio de crear extrañamiento frente a lo que no puede ser extrañado, es la tentativa de reconfigurarse frente a una criatura que se desfigura, es la apuesta de trastocar el dolor en belleza cuando todo no puede ser más que dolor: íntimo e intransmisible dolor. La literatura, en este caso, acomete una operación que parece imposible: hacer que la desolación se vuelva senda de comprensión, convertir la tristeza en un espejo de aprendizajes, pensar que la dimensión de lo irredimible nos puede ofrecer algunos dones. Y vuelvo a una frase del gran López Pedraza: la psique evoluciona en función del dolor. Por supuesto que no se trata de suscitarlo, de provocarlo, sino de entender que cuando llega o acaece las lecciones de vida son mayores, deben ser mayores, si queremos obtener algo distinto a la muerte. La condición humana, me parece, reside en todas aquellas tentativas que nos acercan a la vida, esto es, a la significación, a la reinterpretación, pues nada hacemos en el territorio de lo que cesa, de lo que acaba, de lo que cierra el sentido para siempre. Piedad Bonnett ha intentado hallar, ni más ni menos, significación en lo que cesa: lo que ya de por sí es una aventura imposible, condenada de antemano. Este es un libro de la imposibilidad, de las imposibilidades y, sin embargo, ser consciente de ello ya nos trae algo de redención. Vivir es también, de alguna manera, ser consciente de los límites.
He tenido la sensación, cómo explicarlo, de que este libro no ha sido escrito. Antes bien ha sido respirado, digerido, sentido. Está hecho con pura organicidad, con pálpitos, con latidos discontinuos. La escritura es la de fragmentos sucesivos, cortos, como fotogramas. No importa la secuencia, el hilo narrativo, la trama; lo que importa son las imágenes, los chispazos de memoria, y esa especie de voz que todo lo enlaza. Voz dubitativa, apagada, adolorida, insegura. Podemos entender que los fragmentos sean breves; lo son porque el relato no es continuo sino espasmódico, aleatorio. Pasado y presente, incluso futuro, forman parte de una sola nebulosa expresiva, de la que se toman algunos rizos y otros se abandonan. Pero insisto: la brevedad parece ser una respuesta de la respiración, o del ahogo, o del naufragio. Hay inspiración y expiración: se sabe cuando las palabras son fruto del aire que se expide o del que se recoge. Las palabras son colocadas o retiradas como por raptos, aciertos o dudas. Escritura de la indecisión.
Quien narra o expone los hechos sabe que lo hace con una mengua permanente de sentido. La significación es siempre aproximada: apenas nos quedamos con retazos, con pinceladas.
En el referente central de este libro, el hijo querido de una madre se suicida. Pero obviamente el libro es otra cosa. Y diría que, antes que nada, es gran literatura. Literatura que se beneficia de la literatura, porque buena parte del refugio emocional pasa por citas, pensamientos, fragmentos, de grandes escritores o pensadores. Me interesa sobre todo la voz de la narradora: desde dónde habla o se sitúa. La autora se desdobla en una versión de sí misma. Es Piedad pero, a la vez, no es Piedad. Hay una Piedad madre que es protagonista, personaje, y hay otra Piedad que es narradora. Me explico: Piedad narradora ve a Piedad madre. La ve sufrir, pensar, esperanzarse, pero sin nunca abandonar su rol de narradora. Y la narradora es objetiva, ecuánime, incluso fría. Quiere que el sufrimiento esté en otra parte, en la Piedad madre, por ejemplo, como también en el padre, las hermanas o los amigos. Ese desdoblamiento es un logro importante, porque al fin y al cabo es lo que ha permitido la escritura de este libro. Sin esa diferenciación entre madre y escritora, este esfuerzo no llega a ninguna orilla.
Gran moraleja: la escritura ha sido un bálsamo mayor que cualquier otro: llámese velatorio, entierro, homenajes, recuerdos. ¿Qué queda de los seres cuando orgánicamente desaparecen? ­es una de las preguntas que el libro se hace. Pues queda el reflejo o la impronta que han dejado en los otros. Y ese es el patrimonio personalísimo que la Piedad narradora deja en las manos de la Piedad madre, como si fuera un acto de transmisión, o más bien un gesto de transfusión.
Los cuerpos que se disuelven han querido perseverar en la piedra, o en las lápidas o en los cementerios, quizás por creer que la piedra es la más perdurable forma de la materia, aquélla que nos antecede en las conformaciones planetarias pero también aquélla que nos sucede. En vez de piedra, esa figura entrañable llamada Dany, el hijo adorado por sus padres, perdurará por las imágenes o estampas que han quedado sembradas en la memoria de sus fieles parientes. No hay mácula en ese trance de vida ­a pesar de los tormentos, a pesar de las desgracias­ porque esa criatura sólo añoró perseverar en sí mismo, ser igual a los demás, abrazar este misterio fatuo o trascendente que damos por llamar vida.
Quisiera cerrar estas líneas pensando no en el hijo Dany, que no conocí, pero sí en el personaje Dany, que sí es enteramente mío, como lo puede ser un personaje entrañable de novela. Este Dany me conmueve, por sus ganas de perseverar, por su hambre de vida, por el innegable talento que tiene.
El lector lo acompaña, lo comprende; sufre con él, ríe con él, duerme con él. Ese sufrimiento suyo lo hacemos nuestro desde las primeras líneas, hasta que sus dimensiones se hacen inconmensurables y la finitud se eleva como una resolución inaplazable. Tanto vivió Dany en función de los otros, tanto quiso la comprensión y el reconocimiento, tanto esperaba de la esquiva vida, que quiso ocultar su enfermedad hasta lo más hondo de sí y lidiar con ella en secreto. Con ello confiaba en no alterar la paz de sus semejantes, pues bien sabemos cómo huimos de aquellas enfermedades que nos acercan al sinsentido, que es como decir la locura. Las llamas que por dentro llevaba, que lo quemaban a diario, las reservó para sí. Este infierno es mío, se habrá dicho en algún momento, y hacia afuera cielo y más cielo, o risa y más risa. Si esto no es cordura, sana cordura; si el sacrificio por los otros no es el más elevado de los dones; preguntémonos entonces cuál será. Humano, demasiado humano, se me antoja el personaje que acaba con su vida para no turbar la vida de los demás. No tener nombre para que los demás sí lo tengan es el gran legado que nos deja un libro escrito por una madre cuyo hijo supo querer la vida más allá de las propias limitaciones que la vida le impuso. Que las letras de este testimonio liberen su memoria y llegue hasta nosotros es el mejor regalo que podemos darle.

jueves, 11 de abril de 2013

FRAGORES

EL NACIONAL - Jueves 11 de Abril de 2013     Opinión/10
Historia de un elector
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA

En medio del fragor de estos días, en los que nuevamente el país se entierra en las urnas, me percato de que en 2013 cumplo 40 años como elector. No ha sido una historia de logros y aciertos, debo decir, porque siempre he jugado a perdedor, pero ya el solo acto de votar, de elegir bajo el dictado de mi conciencia, me ha parecido un acto milagroso. Si pudiera resumir en pocas palabras mis credenciales cívicas, diría que mi balance como elector tiene algo de frustración, pues siempre he votado para impedir que otro llegue a la Presidencia. En 1973, mi primer voto de 18 años se lo di a José Vicente Rangel, candidato del MAS.
Mi entorno de amigos era el de una juventud antisistema, y nada queríamos saber del "bipartidismo decadente". En 1978 volví a votar por José Vicente Rangel, por segunda vez candidato del MAS, comprobando que esta tercera vía nunca perforaría el techo del 6%. En 1983 voté por Teodoro Petkoff, de quien había leído Proceso a la izquierda, un libro deslumbrante en muchos sentidos. Con Teodoro sentíamos una renovación que nunca llegaba al poder y que él encarnaba como pocos. En 1988 mi voto fue otra vez para Teodoro, comprobando con pesar que el MAS ni siquiera conquistaba al 3% del electorado nacional. En 1993, después del Caracazo y de la insurrección militar del 92, el tablero electoral se dividió en 4 pedazos: voté por Andrés Velásquez para impedirle el paso a Caldera, quien como el ogro inmortalizado por Goya se devoraba a sus propios hijos. En 1998, para evitar la llegada de un militar ex golpista, le di mi voto a Salas Römer, un hombre de pesados aires monárquicos que terminó siendo sin saberlo la orilla salvadora de la antipolítica. En 2000, sabiendo que debíamos obstaculizar la deriva neoautoritaria, voté por Arias Cárdenas, un tránsfuga de mil colores. En 2006, no quedó otra opción que votar por Rosales, experto en desperdiciar capitales políticos. Y en 2012, admirando el esfuerzo de no pelear contra un adversario sino contra todo un Estado, mi voto fue a parar en los 6,5 millones que se plantaron ante la invención de que un moribundo podía guiar nuestros destinos por 6 años más.
He necesitado cuarenta años de vida electoral para llegar en 2013 a un candidato que no escojo para ponerle obstáculos a otro sino por convicción plena. Me bastan los valores de libertad, igualdad y fraternidad para darle mi voto. Si a ellos agrego fuertes y novedosas políticas sociales, prosperidad económica, plena libertad de expresión y crecimiento sostenido, me sentiría cerca del cielo. Y si por remate sus políticas culturales se vuelven de avanzada, no sólo copiando las mejores prácticas de países latinoamericanos sino emulando los grandes modelos de Occidente, podría hacer mías las palabras de quien en 1830 quería bajar tranquilo al sepulcro.
La juventud que veo en ese candidato, su tesón, su entrega, su convicción, su visión de país, sus credenciales como servidor público, me permiten reconocer a una nueva Venezuela: aquélla que escoge del pasado sus logros y no sus vicios, aquélla que apuesta a la civilidad y no al personalismo, aquélla que opta por la modernidad y no por el militarismo, aquélla que procura la soberanía individual y no la sujeción de los colectivos. Ya es hora de abrirse a nuevos tiempos, pues el calvario de estos años nos ha convertido en otros seres. El dolor marca, pero también transforma la psique colectiva, convirtiéndonos en una sociedad más madura. El futuro nos abre hoy sus puertas. Y esta invitación hay que aceptarla sin duda alguna, pues quizás llega una sola vez en la vida.

Fotografía: Tomada de la red.

sábado, 19 de enero de 2013

TRIBUNOS

SOL DE MARGARITA, 16 de Enero de 2013
Ínsulas extrañas
Poesía venezolana: tribuna mayor
Trabajan con una fe inquebrantable, inundando todos los espacios a la mano, contagiando al público interesado. Los medios electrónicos se constituyen en alternativas poderosas de difusión.
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA  

Puede sonar redundante, pero en Venezuela la poesía la hacen los poetas: no sólo la conciben y escriben, sino que también la editan, la enseñan, la promueven. No esperan por dádivas cuando no las hay, tampoco por editoriales (que son siempre pocas), tampoco por revistas ya especializadas (cuyo costo es inabordable). Trabajan con una fe inquebrantable, inundando todos los espacios a la mano, contagiando al público interesado. Los medios electrónicos se constituyen en alternativas poderosas de difusión. Incluso ya hay revistas cuyo celo es tan amplio como el de una revista arbitrada. Un reciente estudio de la investigadora Gina Sarraceni (USB) da cuenta de cómo la poesía venezolana ha comulgado con las nuevas tecnologías, aprovechándolas hasta lo indecible.
Cuando la proyección internacional de la literatura venezolana es nula, la poesía viene en su auxilio. Tiene una importancia sin límites el premio de la FIL de Guadalajara entregado a Rafael Cadenas hace un par de años. También la tiene las prestigiosas ediciones de la casa española Pretextos, con títulos del mismo Cadenas, de Montejo y, más recientemente, de Oliveros. Hay esfuerzos de traducción igualmente significativos, como los que promueve Carmen Leonor Ferro en la editorial italiana Raffalli. Un libro inadvertido entre nosotros -Cuerpo plural, de Gustavo Guerrero-, quizás el más importante panorama de la nueva creación poética en Hispanomérica, incluye a los jóvenes poetas venezolanos Alfredo Herrera, Jacqueline Goldberg, Luis Moreno Villamediana y Luis Enrique Belmonte. La específica irrupción que en los años 80 hicieron un notable grupo de mujeres poetas -Yolanda Pantin, María Auxiliadora Álvarez, Edda Armas, Ana Nuño, Laura Cracco, Maritza Jiménez y tantas otras-, único en el continente, se mantiene hasta hoy con escritoras de segunda y tercera generación.
¿Qué hace de la poesía venezolana algo tan especial? Hay muchas respuestas para esta pregunta, pero a los comparativistas les asombra su densidad, su nivel de hondura, su capacidad para dejar temas y referentes de lado y volcarse de lleno en el trato mismo del lenguaje. El gran formalista ruso Roman Jackobson hablaba de la función poética como una de las siete funciones de la lengua: aquella en la cual el lenguaje sólo se refería a sí mismo. Pues bien, desde Ramos Sucre, o antes, hasta nuestros días, parece que esa función la llevamos en la sangre, como un linaje imperturbable.
Vale la pena recordar que tenemos estas cimas del lenguaje en momentos en los cuales también el lenguaje se pudre en manos de voceros públicos, cuyo dominio del alfabeto es incluso sospechoso. El insulto, la mentira, el desprecio, son también facetas de nuestra cultura. El gran Cavafy se refugió en Alejandría sin dejar de pensar en los bárbaros, pero nosotros los tenemos a borbotones, en todas las plazas públicas, creyendo que se comen el mundo cuando en verdad lo vomitan.

jueves, 3 de enero de 2013

VIVIR EL PAÍS DESDE LA EXTRAÑEZA

EL NACIONAL - Jueves 03 de Enero de 2013     Opinión/6
Amanecer
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA

Es el premier día de año, luminoso y con pájaros que todavía cantan. Son las 7:00 am y el hombre recorre la terraza y el jardín. Ve los restos de la fiesta: vasos a medio llenar, botellas vacías, servilletas mojadas por el rocío, sillas húmedas, manteles sucios, colillas de cigarrillo. La celebración de la Noche Vieja ha debido de durar hasta las 3:00 de la madrugada, de manera que sólo ha dormido unas cuatro horas.
Y, sin embargo, no se siente cansado, sino animado, como si el nuevo año fuese la promesa de algo.
Ha estado rodeado de familiares y amigos, que es lo que uno puede agradecer a estas alturas, y de pronto una ráfaga: ha pensado en su hermano, que ha estado distanciado; ha pensado también en un amigo que tiene en la cárcel, en espera de un juicio que no llega; ha pensado en la hermana que tiene en Estados Unidos, a quien no podrá saludar. La vida se compone de blancos y grises, y los grises abundan hoy como las coquetas que crecen en el jardín. Esta Navidad, por ejemplo, que es un ritual para celebrar la vida, ha estado teñida en la escena pública por voces o noticias mortuorias. En el país que se asoma en las páginas de los periódicos, hay gente que celebra pero hay gente que reza, hay gente que baila pero hay gente en vigilia. Nueva zona gris: donde no abundan los consensos, sino los opuestos, las contradicciones, los sacrificios.
Sigue caminando por la terraza, por el jardín, mientras los pensamientos lo invaden. Hay una escala privada, que esconde alegrías o tristezas, y hay una escala pública, que quisiera reconocer armoniosa, con sentido de futuro. Siente que sus deseos no tienen por qué encarnar en una arcadia, pues ni siquiera en sus edades más remotas percibió que el país le perteneciera del todo: siempre apostaba por más, siempre le exigía más, pero al menos creía que la senda era ascendente. Pero de un tiempo para acá, siente que la hora es la del descenso, la de la regresión, como si sus coetáneos quisieran revisitar el pasado. No se trata de no ponderar (donde las haya) las políticas sociales asertivas ni de desconocer el impacto positivo en clases desposeídas, pero se pregunta si la única vía para conseguir estos logros es dividiendo al país, fracturando la convivencia, erigiendo dos tipos de justicia, despreciando a los que no comulgan con un credo político determinado. Es un costo grande ­se dice­, porque ponemos en riesgo la misma conformación de la República.
Vivir el país desde la extrañeza parece ser su consigna, pero eso no lo hace ciudadano menor, ni vecino despreciable, ni agente de la antipolítica.
Ha participado en todas las causas públicas, sin ignorar que seguirá siendo parte de las minorías, pues en estos tiempos las mayorías apuntan hacia diseños que le parecen anacrónicos, errados.
Y sin embargo vive, se deja vivir, por otras pasiones: los pensadores que se dedicaron a desentrañar este país, los políticos que entregaron su vida por la democracia, los narradores que imaginaron mundos paralelos a los nuestros. Se consuela con una realidad paralela ­no menor ni indiferente, no desatenta ni mezquina­, en la que sus esfuerzos, o pensamiento, o realizaciones, puedan construir sentido, agregar valor, cambiar realidades. En esa escala más cercana de lo íntimo o de la fraternidad, el curso del esfuerzo cobra sentido porque puede crecer más allá de la escala pública, cuya sordera o descreimiento no deja de ser frustrante.
El hombre comienza a recoger los vasos, a mover las sillas, a disponer de la basura. Es su hazaña íntima, la del primer día del año, pero siente que con ese accionar traspone el mundo. El día amanece, el año amanece, su vida amanece. Nadie puede confiscarle esa energía, nadie puede alterar la forja de su espíritu, porque también amanece en su corazón.

Ilustración: Sophie Taeuber-Arp.

jueves, 6 de diciembre de 2012

RÉPLICA

EL NACIONAL - Jueves 06 de Diciembre de 2012     Opinión/8
Carlos Fuentes y Venezuela
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA

En su libro Geografía de la novela, Carlos Fuentes cita una conversación con Milan Kundera en la que el escritor checo afirma: "La novela no está amenazada por el agotamiento, sino por el estado ideológico del mundo contemporáneo. Nada hay más opuesto al espíritu de la novela, profundamente ligada al descubrimiento de la relatividad del mundo, que la mentalidad totalitaria, dedicada a la implantación de la verdad única". Hoy podríamos decir que no sólo la novela, sino la vida misma. Quizás esa afirmación encierre la devoción que Fuentes tenía por una novela como Doña Bárbara. Los tiempos modernos la han convertido en una novela esquemática, incluso escolar, pero qué vigencia retoma hoy a la luz de la resurrección del militarismo en Venezuela, una peste que el historiador Ramón J. Velásquez creía perfectamente enterrada. La barbarie de la antipolítica, de la concentración de poder en un solo hombre y de la muerte paulatina de la democracia en la Venezuela de hoy es muy semejante a la que existía en 1929, año de publicación de Doña Bárbara, en plena dictadura de Juan Vicente Gómez.
Carlos Fuentes, por lo demás, a diferencia de muchos otros intelectuales que son muy críticos en sus respectivos países pero enmudecen cuando en nuestro país reciben premios o prebendas, siempre tuvo mucha claridad de lo que ocurre en Venezuela, y lo denunció permanentemente con precisión e hidalguía. Desde los años sesenta o incluso antes, Venezuela tuvo una trayectoria intachable como país anfitrión ante el exilio republicano español y ante la diáspora masiva de intelectuales sureños que le huían a las dictaduras sucesivas. Una editorial como Monte Ávila Editores o un Premio de Novela como el Rómulo Gallegos, ambos creados en los años sesenta, fueron receptáculos para esas inteligencias sin hogar que recorrían el espinazo andino con no poco dolor y desconcierto. Hoy en día, ya quisiéramos un ápice de reciprocidad para un país que cobijó a los mejores escritores de países que tildaban como enemigos a sus hombres de letras.
En 1967, se le confiere el Premio de Novela Rómulo Gallegos a Mario Vargas Llosa por La casa verde.
Cuenta el escritor peruano que don Rómulo fue invitado al acto y, para emoción suya, lo sentaron a su lado. Para entonces, a dos años de su muerte en 1969, la mente del gran novelista venezolano literalmente bogaba por un caño del río Arauca, pues no atinaba a saber de qué se trataba el acto. Dicen que don Rómulo acerca su boca a la oreja de Vargas Llosa y le susurra: "Y ya que lleva mi nombre, ¿por qué no me dan este premio a mí?". A Vargas Llosa no le quedó sino sonreír y grabar en su memoria un gesto que no dejaba de ser risueño. Diez años después de este desvarío, en 1977, Carlos Fuentes recibe su premio por Terra Nostra. Ya no estaba Gallegos para sonreírle una ocurrencia similar, pero sí se aseguró Fuentes de que, a falta del maestro que tanto hubiera querido ver, buenos eran el diploma y el medallón que lo consagraban como el tercer ganador del premio.
La última visita de Carlos Fuentes a Venezuela fue en 1998. En esa última ocasión no dejó de pasar por la Casa de Rómulo Gallegos, y con discreción y vergüenza se acercó al director de entonces, el historiador Elías Pino Iturrieta, para explicarle que, por razones desconocidas, había extraviado el medallón del premio. En la Casa de Rómulo Gallegos se las arreglaron para hacerle una réplica y entregársela antes de su fecha de retorno. Con el tiempo, podemos entender esa insistencia del gran escritor mexicano, pues más vale para la cultura venezolana el nombre de Rómulo Gallegos que la mayoría de los despropósitos que hoy, en nuestro desdichado país, se nos quiere vender o postular como Cultura.

lunes, 19 de noviembre de 2012

LA RECORDADA INTIMIDAD DE UNA ARENGA

SOL DE MARGARITA, 14 de Noviembre de 2012
Cultura y sector privado
Las circunstancias son penosas, por no decir alarmantes, pero sin el concurso privado en Cultura, cuya vocación de apoyo es histórica, la creación, la formación y los programas culturales de muy diversa índole desparecerán del panorama y nos hará más pobres, espiritualmente hablando.
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA

En 1993 se contabilizaban en Venezuela 168 fundaciones empresariales, el 60% de las cuales destinaba las dos terceras partes de sus recursos a programas educativos y culturales. Dicho en pocas palabras, la Cultura ha sido vista por el sector empresarial como un sector de interés: daba no solo reputación y brillo, sino que también se veía en él un área para
desarrollar talento de muy distinto tipo y origen. Dos décadas han pasado ya desde esas fechas, y el panorama luce muy distinto. Son contadas ahora las empresas que programan o financian Cultura. Se diría que el síndrome de atomización que reconocíamos en el sector ha puesto a las empresas enmudecidas o disminuidas, sin saber qué hacer, abandonando sus perfiles institucionales de otras épocas. Solo que como pocos cambios se pueden esperar en estas nuevas etapas (las prioridades responderán a un programa político que solo vela por sus intereses), un renacimiento de los patrocinios privados será necesario si no queremos ver al sector muerto de mengua después de muchos años de resistencia.
Las circunstancias son penosas, por no decir alarmantes, pero sin el concurso privado en Cultura, cuya vocación de apoyo es histórica, la creación, la formación y los programas culturales de muy diversa índole desparecerán del panorama y nos hará más pobres, espiritualmente hablando. El riesgo es el de desaparecer del mapa: sin figuración, sin connotación, sin intercambios, sin reconocimientos, sin agregar valor a la sociedad. Ya de esto hemos tenido en los lustros anteriores, por lo que nada nos permite pensar que cambiará. Lejos de ello, el país depauperado, manirroto e inconsciente que ya tenemos encima no tendrá medios ni interés en reconocer a nuestros artistas ni fomentar programación cultural que no esté sesgada por los discursos doctrinarios.
Sin el mínimo complemento que en años anteriores daba el sector privado a la cultura -sumando fundaciones, programaciones propias, patrocinios, donativos, subvenciones, becas de formación, etc.-, podemos esperar un panorama francamente sombrío, que nos haría desaparecer internamente y nos terminaría de extipar internacionalmente: si hoy en día poco somos en seminarios, congresos o ferias internacionales, nuestro destino ahora es llegar a la nada, que es lo que muchos han deseado para buena parte del país.

jueves, 11 de octubre de 2012

CUATRO NOTAS POST-ELECTORALES

EL NACIONAL - Jueves 11 de Octubre de 2012     Opinión/9
En la frente de Goliat
COLETTE CAPRILES

Lo que más aflige es la continuación, en formato cada vez mayor, de una impostura. Que de este dispositivo mediático que prolonga las apetencias de una oligarquía petrolera se hable como de un "gobierno de izquierda" es escandaloso y es lamentable. Que se consolide un sistema de exclusión que parte en dos al país al crear una casta de "necesitados" y otra de "proveedores" y que eso sea percibido como desarrollo y progresismo; que la pérdida de la república, en cuya dirección avanzamos un paso más con estas elecciones, sea motivo de regocijo internacional; en fin, que la visión de una enorme minoría que quiere un país unido y moderno quede sepultada bajo la soberbia hegemónica: sí, hay pesadumbre cuando se considera todo esto.
En medio de la decepción aparecen, como siempre, voces que "retrodicen" y que, en particular, insisten en atribuir a elementos externos lo que no es sino una dolorosa tomografía del país. Me refiero a quienes recurren a explicaciones de "caja negra": fraude electrónico o manipulación electoral, e incluso a quienes se sienten embaucados por haber concebido esperanzas incumplidas y la emprenden contra la dirigencia de la unidad democrática, o, lamentablemente, contra quienes apoyaron al Gobierno. La frustración del gigantesco esfuerzo de organización, persuasión y trabajo político que tuvo lugar en estos meses genera legítimamente un malestar que cada quien trata de elaborar a su manera, pero me parece que viene bien tratar de entender, dentro de la complejidad de todo, algunas cosas.
Una primera es que la perspectiva que cada uno de los venezolanos tenemos sobre el país está irremediablemente deformada por la espantosa separación que se inaugura en 1998. Pongamos entonces lo que pensamos bajo custodia, o entre paréntesis: detengámonos a examinarlo. A lo mejor el victorioso no está obligado a reflexionar, pero quien pierde sí. Por otra parte, si bien es necesario reconocer políticamente a esa mayoría que se expresó contundentemente, ello no implica ser indulgente con lo que de equivocado vemos en el proyecto que ha resultado triunfador.
La gran minoría que se pronunció por la modernidad y el cambio es tan legítima como la mayoría circunstancial que apoyó el proyecto de Chávez, y que votó conservadoramente, y de esta convicción hay que partir.
Apenas un dato: comparando con 2006, la oposición creció de 37% a 45% y el Gobierno pasa de 62% a 55%. La diferencia de votos es de 1,5 millones en un universo de votantes de casi 19 millones.
Los 20 o 30 puntos de diferencia que anunciaba el régimen desde antes del inicio de la campaña como prueba de la inexistencia absoluta de la oposición sólo provenían de las declaraciones de sus encuestadores. Con todo el monstruoso poder del Estado en contra, la campaña de la unidad democrática fue exitosísima. Sin embargo, insuficiente. Es seguro que parte de esa insuficiencia se explica por errores de percepción, por fallas organizativas, pero también porque sólo en el último tramo de la campaña, a mi modo de ver, tuvo el candidato de la unidad la precisión y contundencia discursiva que lo puso en el camino de ganar.
A partir del momento en que Henrique Capriles organizó su discurso en torno a la interpelación directa al votante, para romper el velo propagandístico de Goliat, comienza un crecimiento intenso de su candidatura y propuesta. Interpelación, es decir: contraste entre la oferta del régimen y la calidad de vida que realmente tiene el ciudadano. Rasgar ese velo que oculta las miserias tras las trompetas del espectáculo. Y, en otro plano, confrontar al votante con su responsabilidad hacia sí mismo. Así se enfrentó los dos grandes pilares de la campaña oficialista, que fueron el reforzamiento de la identidad chavista (a través de la denigración del "otro", majunche, inmoral, etc.) y del conformismo conservador, del miedo al cambio.
Ese es un mensaje político que trasciende las elecciones y que debe organizarse y multiplicarse. Esta es la hora de la unidad, siempre frágil cuando la victoria se escapa.


EL NACIONAL - Jueves 11 de Octubre de 2012     Opinión/9
6,5
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA

No se trata de un código binario, ni de un grado Celsius, ni de un sismo en la escala de Richter, no. Se trata de un amuleto que quisiera llevar en mi bolsillo, o de un talismán que quisiera lucir en mi pecho: seis punto cinco, o seis millones y medio, que fueron los votantes opositores que sufragaron este pasado domingo. No desmerecen para nada los muy respetables ocho millones que hicieron mayoría, pero debo confesar que no comparto su visión de mundo, o su visión de país. Nada me permite pensar que la gestión de un Gobierno que ya lleva catorce años en el poder pueda mejorar en los próximos seis: seguirán las explosiones en las refinerías, los asesinatos de policías (que se supone requieren más atención que los de los simples civiles), los derrames y la contaminación de ríos, la importación de 95% de nuestras necesidades alimentarias, la inflación permanente de dos dígitos y los cadáveres de fin de semana en la morgue. Y no se trata, por cierto, de diferencias doctrinarias, sino de simple calidad en la gestión pública. Esos 6.5 que no lograron la mayoría tienen al menos la convicción de que la gestión que merecemos puede ser mucho mejor que la que recibimos. Es una certeza que tiene que ver con el criterio, con la formación, con el sentido común. Sencillamente, para los incontables niveles de ingresos que hemos recibido en estos tres lustros, el balance debería ser muy diferente a la deficiente actuación a la que estamos acostumbrados.
Ese es el muy digno capital político que tenemos, seis punto cinco millones, casi la mitad del país, que democráticamente ha dicho: "No me interesa el modelo que propones". Lo que en democracia moderna debería contar y mucho, porque, teóricamente, no se gobierna para parcialidades sino para un todo. Si la gestión que viene preserva el mismo nivel de deterioro que suponemos y los años venideros nos llevan a un colapso económico, esos 6.5 millones que quedan en reserva, también democráticamente, son los que saldrán a reflotar una república en ruinas para los 8 millones que han creído en mesianismos autocráticos. Pero mientras esas oscuras horas que nadie desea llegan, el rol opositor, como en cualquier democracia moderna, es marcar las acciones del Gobierno y denunciar, criticar o advertir sobre desmanes, errores o desaciertos. Es lo que lo que le correspondería al liderazgo político de esos 6,5 millones que ahora entran en la reserva de la República.
Es cierto que no hay mayor aprendizaje que el de la derrota ni mayor luto que el de la pérdida de algo que veíamos muy posible, pero en política los llantos deben ser breves, instantáneos, pues su tiempo es el de la Historia, que no el de los accidentes humanos.
Mucho habrá que repensar procesos, estrategias, programas; muchos errores habrá que enmendar.
Pero las imágenes de una campaña realmente admirable, con sus llenos coloridos y sus almas agitadas, están demasiado frescas como para desdecir de nosotros mismos. Hemos completado una jornada cívica ejemplar, profunda, inolvidable. Ha sido como renacer de las cenizas para encontrarnos en el espejo con nuestro reflejo de posibilidades y talentos.
Somos una reserva moral, una franja vigilante, un compendio de demócratas cabales. Somos 6,5 millones que, en términos electorales, no hemos competido con un adversario sino contra un Estado omnipotente y omnipresente. Capital político irreductible que, lejos de decrecer, se ensanchará hasta hacerse mayoría, justo cuando los tiempos de decrepitud lleguen a su fin y la patria quiera ser realmente nueva y no este simulacro de verborragia y obras inconclusas.

EL NACIONAL - Jueves 11 de Octubre de 2012     Opinión/9
A primera vista
Chávez al gobierno, el pueblo al poder
JUAN BARRETO

Lo político, a decir de Gramsci, es el momento que logra concretar la potencia de existir y de actuar en la realización práctica de la ideología. Esto ocurre en permanente acoso, en una combinatoria de maniobras entre guerra de posiciones y guerra de movimiento, en distintos estratos y velocidades, desde variadas líneas de inmersión y de visibilidad. En marchas y contramarchas se va construyendo un bloque social histórico.
La construcción de una nueva hegemonía no es necesariamente un ejercicio puramente consciente de la voluntad, es también fruto de azares y, con Maquiavelo, de virtud, fortuna y astucia. Un proyecto revolucionario es la materialización de las condiciones de posibilidad de un discurso que se hace carne y cuerpo del deseo cotidiano en la vida común.
El lugar de condensación jurídico-político de las contradicciones de un tiempo y la expresión de una hegemonía implica marcas y registros que pueden ir variando o que se establecen en un signo, en un ícono o en cualquier otro plano referencial. Así surgen los sujetos conceptuales, nombres propios que impactan y cambian de manera sustantiva las relaciones de fuerza y de poder entre las clases.
Discursos que cambian para siempre el mapa, la arquitectura y la iconografía de una sociedad dada. Lo que está cambiando necesita de un rostro inteligible. Así, Malcolm X, Che, Gandhi, Fidel, Mandela, son la textura y la rostricidad sintética de muchos rostros, cuerpo sin órganos, plano de consistencia de distintos y contradictorios estratos en pugna desde encontradas líneas de fuerza y de fuga de historias y tiempos políticos múltiples, hechos carne, huesos y nombre. Son la combinatoria que indica cuándo estamos en presencia de acontecimientos revolucionarios y cuándo no.
Algunos rostros los podemos calificar como singularidad de la multiplicidad de un pueblo, o su contrario. Muchas veces, durante un cambio social los procesos se precipitan, salta la legalidad y por un momento se pulverizan instituciones que quedan sustituidas por un rostro y un nombre que es la expresión de la fuerza de la multitud. Nombre que cubre el arco de tiempo de una esperanza, un sueño, unas demandas sociales; en fin, la materialización transfigurada del deseo en deseo político, pues es un tiempo-cuerpo que puede ser nombrado desde su condición cualitativa.
Nuestro tiempo constituyente se caracteriza por la emergencia de un sujeto, que podemos marcar haciendo un corte arbitrario, desde el estallido de febrero del 89, hasta los días que corren, pasando por todas las turbulencias que nos ha tocado vivir; lleno de momentos instituyentes para la emergencia de ese nuevo sujeto hegemónico, como ocurrió con el 4-F. Momento de irrupción de un nuevo significante político que puso rostro humano a todo el arco del proceso, materializando desde allí el imaginario que dio nombre al sujeto conceptual que recoge el momento político. Los tiempos que corren, nos guste o no, tienen un nombre común y por eso mismo, todo el mundo, para bien o para mal, tiene que referirse a él, en tanto que significante lleno, dicho en términos de Laclau.
No asumirlo es alejarse de manera metafísica de la sensibilidad cualitativa de la subjetividad política dominante.
Ese nombre, ya lo he dicho, es Chávez. Esa nomenclatura contiene la clave secreta que orienta los rumbos de este tiempo. Su suerte juega la suerte de todo aquello que llamamos proceso revolucionario. De allí la importancia de su continuidad, representada hoy en la nueva victoria popular. Las grandes mayorías populares venezolanas han decidido profundizar la revolución, la continuidad de Chávez en el gobierno garantizará la consigna que hemos sembrado en todo el país con en el complejo partidario Redes, ¡Chávez al gobierno, el pueblo al poder!

EL UNIVERSAL, Caracas, 11 de Octubre de 2012
Después del 7-O
Entre chavistas y opositores existe el deseo de avanzar hacia la convivencia y el respeto mutuo
FRANCISCO JOSÉ VIRTUOSO SJ 

Después de la emisión de los resultados de las elecciones presidenciales del pasado 7 de octubre, se requiere dejar que sedimenten las emociones para que tome lugar la luz de la reflexión y el análisis. Los resultados, además de señalar al ganador, permiten aproximarse con bastante objetividad a la realidad política del país en su conjunto.
La primera tarea es esforzarse en estudiar y comprender lo que ha sucedido en este proceso electoral, cuyas consecuencias serán clave para la vida de la nación. Hay que saber leer lo ocurrido más allá del deseo y las identidades políticas de cada quien. Las universidades tenemos un aporte muy importante que dar en esta dirección para colaborar en la orientación de la vida del país, tal como lo establece nuestra misión institucional.
Una evidencia que se desprende de los resultados, es que en materia de identidades políticas, el país está dividido en dos mitades casi iguales. Como ya se ha repetido hasta el cansancio, mientras no se construyan vasos comunicantes entre estos dos sectores no habrá salida a nuestros grandes problemas. Solo construyendo una visión compartida de futuro y promoviendo la convivencia podremos hacer de Venezuela la casa en la que todos cabemos, sintiéndonos parte de una misma familia, en la que nos respetemos y podamos desarrollar nuestras potencialidades.
El diálogo para el reencuentro nacional comienza por el reconocimiento y la tolerancia mutua. La opción política que encabezó Henrique Capriles representa una fuerza política muy importante, que denota crecimiento, expansión y capacidad de organización y movilización. La selección política que representa el presidente Chávez sigue siendo mayoría y muestra una gran vitalidad. Conocidos los resultados, los discursos de Capriles y Chávez avanzaron en la dirección correcta al reconocer expresamente y de manera respetuosa al contrario. La conversación telefónica sostenida entre ellos al día siguiente, constituye un buen gesto que abona a favor del diálogo.
Pero evidentemente que las señales de reconocimiento tienen que seguir profundizándose. Para ello sería conveniente bajarle el volumen a las descalificaciones, insultos y amenazas que provienen especialmente, aunque no únicamente, de líderes y canales oficiales. También habría que avanzar hacia la convocatoria de mesas de trabajo para encarar las graves dificultades nacionales en donde es urgente el encuentro y la búsqueda de soluciones en común.
Entre chavistas y opositores existe el deseo de avanzar hacia la convivencia y el respeto mutuo. Hay que exigirles a nuestros gobernantes hacerse cargo de estas expectativas.

jueves, 27 de septiembre de 2012

EL MEJOR REMEDIO

SOL DE MARGARITA, 12 de Septiembre de 2012
Ínsulas Extrañas
La condición intelectual
Según Camus, la solvencia moral obligante era la de la vigilancia, la de la duda perpetua, pues la condición humana dista mucho de ser perfecta, y muchas veces son más los demonios que nos visitan que los dioses que nos orientan.
Antonio López Ortega

La condición intelectual nunca pudo ser igual después de las tres grandes pestes del siglo XX: Nazismo, Comunismo, Fascismo. En el pasado, los poetas o cronistas pudieron alimentar sus versos con tragedias bélicas o epidemias religiosas, pero nunca la negación de la condición humana tuvo las proporciones infernales que vimos en el fenecido siglo. Se diría que, a partir de esos sucesos, una especie de antivirus debería correr de manera natural por el torrente sanguíneo de la condición intelectual, y prender las alarmas de manera preventiva.
Sorprende, sin embargo, cómo la desmemoria o la irresponsabilidad hacen campo en mentes que suponemos luminosas. Los desmanes siguen ocurriendo, en una proporción u otra, y frente a ellos los intelectuales se comportan como juglares.
La situación del intelectual creyente, que puede abrazar una u otra causa, quedó hecha añicos en el siglo XX. Ya solo hay lugar para la duda, para la vigilancia, porque el poder en sí mismo es nefasto, corroe todas las instancias, y ante él el ejercicio intelectual solo puede aspirar a volverse muro de contención frente a los abusos y los engaños.
En la Francia que sobrevive a la Segunda Guerra Mundial, dos modelos de conducta intelectual quedan enfrentados. Uno es el de Jean Paul Sartre, con su denominación del engagement (compromiso), que modeló tantas conductas, sobre todo en el campo de lo que conocemos como izquierda. Otro es el de Albert Camus, para quien la condición intelectual no podía ser ya la misma, pues credo que se abrazara conducía irremisiblemente a la decepción, a la quiebra de la ilusión.
Según Camus, la solvencia moral obligante era la de la vigilancia, la de la duda perpetua, pues la condición humana dista mucho de ser perfecta, y muchas veces son más los demonios que nos visitan que los dioses que nos orientan.
Después de haber traído el infierno a la superficie en pleno siglo XX, con campos de concentración y bombas atómicas, la fe en causas humanas requiere al menos una dosis de escepticismo.
Es el mejor remedio para las visiones mesiánicas, unívocas e invariables que todavía nos visitan. Descreer siempre será lo más sano que sumarse ciegamente a los designios de otros.

Fotografía: Detalle de la reseña de El Nacional (Caracas, 1957), AC Nobel de Literatura.

domingo, 9 de septiembre de 2012

REVERANOS

El Nacional - Martes 22 de Marzo de 2005 A/6 Opinión
La mirada ajena
Antonio López Ortega

Un amigo visitante de estos últimos días se conmovía con la estampa venezolana. Apreciaba la gentileza, buenas maneras, chicas curiosas y preguntonas, paisajes subyugantes, cierto dolor secreto; extrañaba también un poco de densidad en los planteamientos, cierta superficialidad en los enfoques, un poco de rigor cuando sólo había risa. En Mérida admiró los valles estrechos atravesados por un río pedregoso, la verticalidad obscena de las montañas; en Caracas, esa modernidad urbana venida a menos, ese fulgor perdido de otras épocas. Fueron pocos días en una y otra ciudad pero suficientes para reconciliarse con esta geografía humana, llena de pareceres, tropiezos, extravíos.
La prensa le resultaba un animal extraño, con titulares irreconocibles, dando por sentado verdades que en otros horizontes están proscritas; la vida intelectual le resultó opaca, con intelectuales brillantes que son más bien ágrafos, con un poco de odio en ciertos rincones de la mente, con una contribución social pobre cuando más se le necesita. Un cierto vértigo, un cierto malestar irresoluto, flota como una aureola y confunde los objetos. Vivimos más de divisiones que de debates –se dice el viajero– cuando lo que importa es la convivencia de las ideas.
Algunos se desgajan por jugar a la inclusión; otros ni siquiera se inquietan por ser sectarios. Tiempos de revancha para unos; tiempos de encierro para otros.
Pero más allá de los malestares, el viajero aprecia una fibra humana, quizás más joven que añeja, que pulula hacia el futuro. Está el joven poeta que se acerca y pide consejo, está la joven que pide un autógrafo en un cuaderno de clases, está la pregunta insípida que aspira a una respuesta envolvente.
Un auditorio de estudiantes ávidos responde con hartazgo a la discusión política, pero se arremolina con pasión a la hora de rechazar la violencia, sea cual sea su signo.
Importa poco el presente y sus derivados; inquieta más el futuro y sus posibles figuraciones. Ese candor cautiva al viajero y lo suspende en algo que se transforma en alegría. No es el síndrome del Cronista de Indias, maravillado ante flora y fauna; es más bien el que reconoce una pasión humana, llena de declives, errores, injusticias.
Ese rostro que puja por salir a superficie es el que le interesa, sumergido allá en el fondo, y enrarecido.
En sus dos últimos días en Caracas, el viajero se ofrece dos regalos, se impone dos ritos. Uno es el de ir a ver algunas piezas de Reverón en la Galería de Arte Nacional: el trazo que se desdibuja, el sol pálido, la luz como una huella. Otro es el de escabullirse en el Ateneo de Caracas para ver la reposición de El día que me quieras en el montaje del maestro Gené: la condición sentimental, los modos culturales que la urbe va modelando, nuestra domesticidad llena de pequeños afanes. En un solo rapto, el viajero pasa de la refiguración del paisaje a la condición humana, de la abstracción a la concreción, de lo innombrable a lo que se renombra permanentemente.
Un puente tendido entre dos orillas posibles: de un lado, el extravío de Reverón, queriendo desnudar la realidad hasta los huesos; del otro, un obseso como Cabrujas, añorando un paisaje barroco donde sólo hay gestos grandilocuentes.
El viajero se retira absorto, agradecido; ha creído reconocer dos pulsiones del intelecto, dos cosmovisiones; ha creído reconocer una complejidad. El círculo se va cerrando y las imágenes se agolpan. Esta vez fueron Reverón y Cabrujas, pero han podido ser Picón Salas, Soto, Cadenas, Garmendia.
¿Dónde está lo mejor de nosotros? –se pregunta el viajero ya montado en el avión de regreso–.
Pues está en lo que perdura, en lo profundo, en lo que no cambia como los buenos manjares.
Hay que ver más allá de los accidentes, de los tropiezos, y reconocer, por ejemplo, qué es lo que ha perturbado a nuestros artistas, qué es lo que los ha desvivido, qué es lo que ha provocado su entrega ciega. Allí pululan más claves que las de los vaivenes históricos, las más de las veces desmedidos o descentrados.
El viajero se queda con la luz ciega de Reverón y deja para la corte las presas sobrantes que alguien arroja al ruedo.

Fotografía: El Diario de Caracas, 05/06/89.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

ANTIMAJADERÍA (1)

Sol de Margarita, 29 de Agosto de 2012
Ínsulas Extrañas
Regresión cultural
Uno de los balances peores es cómo ha retrocedido el discurso de o sobre lo cultural. Tuvimos en el pasado reciente niveles mayores de conocimiento, de análisis, pero ahora hemos vuelto a la Edad de Piedra, con niveles de ignorancia alarmantes.
Antonio López Ortega 

Venezuela ha vivido durante el período 1999-2012 una fuerte regresión cultural. La institucionalidad que nació en los años 40, con la creación de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, y luego se autonomizó con el Inciba en 1963 y con el Conac en 1975, decrece en visiones, estrategias y políticas. Es cierto que, como únicos avances, deben anotarse los cuatro artículos sobre derechos culturales de la Constitución de 1999 (la de 1961 tenía uno solo) y la promulgación del Ministerio de Cultura en 2003 (vieja aspiración del sector). Sin embargo, parecen avances formales, porque no hay deuda mayor que la promulgación de una Ley Orgánica de Cultura, que por razones incomprensibles el Poder Legislativo se niega a aprobar.
Pero más allá de las formalidades, el retroceso ha sido franco: museos ruinosos, editoriales invisibles, cultura popular intervenida por la política, recentralización administrativa. Ha habido, además, un empeño lamentable: acabar con las individualidades y promover las colectividades, por aquello de resaltar el anonimato. Se confunde al creador con un ególatra, por lo tanto no se fomentan exposiciones individuales sino colectivas.
Por otro lado, está la innoble creencia de hacerle creer a cualquiera que puede montar un cuadro en un museo nacional. ¿Por qué no se dedican esos fondos a la formación, a la capacitación especializada, antes que al engaño?
Uno de los balances peores es cómo ha retrocedido el discurso de o sobre lo cultural. Tuvimos en el pasado reciente niveles mayores de conocimiento, de análisis, pero ahora hemos vuelto a la Edad de Piedra, con niveles de ignorancia alarmantes. Esto es más lamentable en Provincia, donde la gente ya no reconoce nada: ni autores, ni músicos, ni artistas. Nadie recuerda que el país estuvo poblado por bienales de arte, que la red de museos nacionales funcionaba, que las escuelas de teatro fueron un proyecto sólido, que la danza tuvo sus festivales, que las bienales literarias se las disputaban varias capitales de estado.
¿A qué obedece este desdibujamiento, este borrón?  Me gustaría creer que responde a simples torpezas, a mala gestión, a falta de políticas, a estrategias equivocadas. Esto es preferible a pensar que todo un diseño doctrinario, de borrón y cuenta nueva, se posesionó de nuestra idiosincrasia para hacernos creer que no hemos tenido pasado, que Jesús Soto, Salvador Garmendia o Isaac Chocrón son ciudadanos de otra galaxia.
Tiempos tristes, ingratos, injustos. Tiempos de regresión. Mucho nos  costará ponernos al día, recuperar las huellas del pasado, volvernos a colocar a la cabecera del continente, en la que alguna vez estuvimos, con museos que eran la envidia de la comarca y editoriales que daban refugio a autores iberoamericanos expulsados de sus países.


Ilustración: Manuel Pérez.

domingo, 29 de julio de 2012

DESINSULACIÓN

SOL DE MARGARITA, Porlamar, 25 de Julio de 2012
Ínsulas extrañas
Intelectualidad y poder
Los ejemplos están a la mano para entender cada vez menos a aquellos intelectuales o artistas que en pleno siglo XXI siguen abrazando causas políticas sin un ápice de crítica o autocrítica: parecen niños danzando la música de la ignorancia o, peor, de la desmemoria.
Antonio López Ortega

Un hermoso poema de Eugenio Montejo –“Adiós al siglo XX”– enumera los grandes avances de esa centuria pero también las grandes pestes: nazismo, estalinismo, franquismo. Más recientemente, el ensayista colombiano Carlos Granés, en su libro El puño invisible, expone una tesis al menos temeraria: no fueron las políticas las verdaderas revoluciones del siglo sino más bien las artísticas. Dicho esto, la distancia de los acontecimientos nos obliga a entender cada vez menos la situación de intelectuales y artistas que abrazaron en su momento utopías que terminaron siendo escaparates desvencijados. Leer hoy en día los cantos que Paul Eluard dedicó a Stalin o alguna que otra oda impresentable de Neruda ofende la condición misma de la poesía. Hubo intelectuales orgánicos del Franquismo, con libros que hoy valen menos que el polvo, y nos cuesta releer a esa mente prodigiosa que fue Heidegger defendiendo las tesis del “hombre nuevo”. Todo engaño o autoengaño, en un siglo de tantas creencias, tuvo su contrapeso, y para anteponerse a la tesis del compromiso de Sartre tuvimos a un Camus, así como Heidegger encontró en su discípula, confidente y amante Hanna Arendt la más importante biógrafa del autorismo.
Los ejemplos están a la mano para entender cada vez menos a aquellos intelectuales o artistas que en pleno siglo XXI siguen abrazando causas políticas sin un ápice de crítica o autocrítica: parecen niños danzando la música de la ignorancia o, peor, de la desmemoria. ¿No recordamos ya las cartas que Anna Ajmátova enviaba a sus pares franceses alertando sobre los crímenes del régimen de Stalin? Si alguna lección han dejado las pestes de las que hablaba Montejo es que ningún intelectual de hoy puede ejercer su oficio sin un temple crítico frente al poder, frente a todo tipo de poder. Pensar o criticar son condiciones innegociables para un intelectual de estos tiempos: de él no se espera menos que esto. No hacerlo es negar la primera condición de un pensador o creador, que es la de ser la punta de vanguardia de una sociedad para alertarla de sus errores, desvaríos o despropósitos. El acompañamiento que en la actual crisis económica española –con Juan Goytisolo a la cabeza– han ejercido sus intelectuales es digno ejemplo de una función que, lejos de olvidarse, se mantiene en vela frente a unas clases política y económica que demuestran ser irresponsables.
Para ceñirnos a la escala venezolana, el temple crítico de nuestros intelectuales los ha llevado en el pasado al ostracismo, al presidio y, en algunos casos, a la muerte. En el balance de una corta gesta republicana, los nombres que tuvieron que alertar sobre los desmanes del poder se crecen frente a los que callaron y consintieron. Tenemos hoy tristes casos de intelectuales talentosos convertidos en lectores de cartillas y de poetas que ensalzan al mandante de turno con dotes de vate. Son gestos lastimosos, lamentables, que sólo el tiempo se encargará de ordenar. También en los años venideros tendremos a nuestro Eluard particular: un poeta que costará apreciar por sus credos inaceptables y sus declaraciones de pacotilla.
Ilustración: Guy Laramée (El País, Madrid,  27/07/12)

sábado, 21 de julio de 2012

CRISIS DE SUPERACIÓN

http://prodavinci.com/blogs/libro-electronico-por-antonio-lopez-ortega/
Libro electrónico, por Antonio López Ortega
Antonio López Ortega 

Así como China se despertó un día anunciando el nacimiento de su habitante número mil millones trescientos uno, asimismo el portal Amazon anunció que en un preciso día de 2011 había vendido más libros electrónicos que impresos. La noticia no asombraba a los que auguraban el fin del libro impreso. Y es que las profecías sobre la muerte del imperio de Gutemberg hay que tomarlas con pinzas si nos atenemos a lo que las estadísticas anuncian. Es cierto, por ejemplo, que las cifras de Amazon hablan de una demanda creciente, como también es cierto que los grandes grupos editoriales (Random House, por ejemplo) invierten ingentes cantidades en la constitución de sus catálogos electrónicos. Sin embargo, en países como, por ejemplo, Japón, cuna de las innovaciones cibernéticas, el ritmo de venta es bajo, lo mismo que en Alemania, otro sinónimo de innovación tecnológica, y no se diga de la muy letrada Francia, donde las cifras de venta de los llamados ebooks son irrisorias en comparación con los de papel. A estas realidades se viene a sumar España, con apenas un 3% de su facturación total destinada a libros electrónicos, lo que no tiene visos de mejorar cuando sabemos que las recientes medidas fiscales de Rajoy le aplicarán un IVA del 21%, esto es, una manera de naufragar para cualquier embarcación destinada a viajar y conocer nuevos parajes.
Si se trata de cambios, o de sustitución de plataformas o soportes, se diría que a la lectura clásica, tal como la conocemos desde la invención de la imprenta, le quedan muchos días de vida. Y aunque sepamos que el papel requiere cada año del sacrificio de innumerables especies vegetales, la lectura más ligada al placer que a la información prefiere el formato de páginas reales antes que el de las simuladas. La batalla, si acaso es tal, se llevará muchos años. También en el pasado hubo quien diagnosticara la muerte de la radio cuando irrumpió la televisión, cuando en verdad se ha tratado de un reacamodo de las audiencias o de los usos: en Venezuela, por ejemplo la penetración de la radio, a diferencia de la de la televisión, no cesa de crecer.
Quizás como algunos indican, el cambio es más un cambio de orden generacional. En estos meses vacacionales, me asombró ver a mi sobrina de quince años, residente de Estados Unidos, leyendo calmadamenete El conde de Montecristo sobre páginas simuladas. Y la verdad es que sus hábitos de lectura matutina o verspertina eran de lo más normales, como desayunarse o pasear por la playa. ¿Estaremos hablando entonces de que el cambio de plataforma depende más de una resistencia a los nuevos hábitos? ¿Seremos acaso los últimos lectores enamorados del olor y el tacto de las páginas ancestrales? Las profecías no son fáciles de admitir cuando las crisis políticas, económicas y civiles atenazan al mundo como zancudos presos entre las palmas de una mano.

domingo, 1 de julio de 2012

RITOS

SOL DE MARGARITA, Porlamar, 27 de Junio de 2012
Insulas extrañas
Escritores: sus manías
La receta de los surrealistas es conocida: para ellos había que escribir de mañanita y preferiblemente en ayunas. Como su fuente principal eran los sueños, había que procurar estar muy cerca de ellos, como el bañista que duerme sobre la playa.
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA

En uno de los foros del Hay Festival, años atrás, el escritor colombiano Oscar Collazos, costeño para más señas, hablaba de su ritual a la hora de lidiar con las letras: escribía descalzo, pero no sobre cualquier piso; éste tenía que ser de baldosas, y preferiblemente frío. A Antonio Ramos Rosas, el gran poeta portugués, traducido por nuestro gran Eugenio Montejo, le gustaba hacerlo de noche, al calor de una simple lamparita. Su libro emblemático Lámpara con insectos dice mucho de su set de escritura: obviamente la luz no venía sola, sino con acompañantes alados. Salvador Garmendia era un gran madrugador, de los que se iniciaba antes del alba y no abandonaba hasta el mediodía: con razón comenzaba a cabecear hacia el mediodía, en busca del sueño que le restaba a la madrugada.Tan matutino como nuestro gran barbado es Vargas Llosa, quien reserva el inicio del día para la ficción, pues las tardes son del ensayo o la correspondencia. Montejo era consuetudinariamente nocturno, y su jornada comenzaba sobre las diez de la noche, con extensiones que llegaban hastas las dos o tres de la madrugada: de esas honduras de silencio surgían sus piezas memorables.
La receta de los surrealistas es conocida: para ellos había que escribir de mañanita, y preferiblemente en ayunas. Como su fuente principal eran los sueños, había que procurar estar muy cerca de ellos, como el bañista que duerme sobre la playa. La dicotomía diurnos/nocturnos ha marcado a través de la historia los pareceres y procederes: diurnos son los novelistas, mientras nocturnos los poetas; diurnos los ensayistas, mientras nocturnos los románticos. Para Paul Eluard la noche era una “perla perdida”, esto es, una piedra que alguna vez tuvo brillo. Quienes mucho comen, luego no escriben por pesadez; pero quienes no han comido, mucho escriben para poder comer. La inspiración es una especie en vías de extinción, y hoy cuenta más la disciplina y el peso del oficio por sobre todos los estereotipos: Garmendia dijo alguna vez que para escribir sólo se necesitaban unas buenas posaderas.
El rosario de ritos, manías o mañas constituye por sí mismo un correlato: es el revés de lo que siempre se nos muestra de manera luminosa: carátulas, afiches o fotografías. Todo escritor tiene su cocina, su fogón, su carpintería, su utilería. Espacio secreto y angustioso, terreno abonado de virtudes o vicios. Hay quienes se dicen ordenados y sufren para lograr concentración; hay quienen aparentan ser desordenados y logran sus horas diarias de producción. Los ingredientes de la cocina no abundan en una despensa habitual: miedo, temor y sufrimiento, por un lado; pasión, goce y realización, por el otro. Juan Sánchez Peláez acuñó un frase extraordinaria para definir la escritura: habló de la “angustiosa cosecha”. En síntesis, quien escribe sufre y goza a la vez.

Fotografía: http://electricliterature.com/blog/2012/06/15/imagine-your-memory-siri-hustvedt-and-paul-auster-at-the-strand/

viernes, 15 de junio de 2012

SALSOMANÍA

SOL DE MARGARITA, 13 de Junio de 2012
Ínsulas extrañas
Melómanos
En el campo de la música popular, la diversidad es asombrosa: desde los cantos de trabajo hasta el joropo de salón, que según las crónicas a mano se bailaba en las mejores casas de familia.
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA

La música sigue siendo el arte por excelencia de Venezuela: traspasa nuestra cultura desde sus formas más populares o autóctonas hasta las más estilizadas. Todo el mundo canta o toca un cuatro o colecciona discos. Somos conocedores y exigentes, y nuestra tolerancia es menos que cero cuando se trata de malas interpretaciones o ejecuciones: podemos ser benevolentes ante una mala exposición o ante un poema cursi, pero nadie admite un cuatro desafinado. Son cosas de oído, de sones que se llevan por dentro, de ritmos que mecen el alma. En el campo de la música popular, la diversidad es asombrosa: desde los cantos de trabajo hasta el joropo de salón, que según las crónicas a mano se bailaba en las mejores casas de familia. Gerry Weil realzó el merengue caraqueño como un género universal y cuando, extasiado con el joropo tuyero, compuso una pieza para homenajear al gran arpista Fulgencio Aquino, anotó en un borde de la partitura lo siguiente: “o como habría tocado Scarlatti si hubiera nacido en Los Teques”.

Ni se hable de la música académica o sacra, que desde los tiempos coloniales de Cayetano Rodríguez no ha cesado de crecer. Se suceden los grandes compositores, las grandes familias de músicos, los excelsos ejecutantes o solistas, hasta las expresiones y el impacto social que desde hace treinta años ha significado el Sistema de Orquestas Juveniles, con su ramificación territorial. Nuevas juntas entre lo académico o lo popular, con agrupaciones pioneras como El Cuarteto o Gurrufío, han desembocado en fenómenos como la Movida Acústica Urbana, constituida por un elenco de músicos capaces de deleitar a cualquier audiencia mundial. Los talentos que allí se reúnen constituyen una explosión de virtuosismo que eleva nuestra música a niveles insospechados de reconocimiento y valoración.

Somos melómanos, más que letrados o seres imaginativos. El sonido nos arrulla, y nos dice más que cualquier otra expresión artística. Y para prueba, sirva como botón la proyección de nuestros músicos en todos los escenarios del mundo, llevando pajarillos indescriptibles para el oído europeo o asiático. El extenso legado de nuestros patrimonios musicales, cosechados desde tiempos prehispánicos, llega a una Edad de Oro. Quién hubiera pensado que un “tambor de agua”, acto de percutar la superficie del agua con la palma de la mano, evolucionaría hasta ver hoy los rostros frenéticos de tanto violinista. Hay señas de identidad que son indelebles, que se llevan en el corazón como invisibles vasos capilares. La jornada ha sido larga para mostrar que los tiempos se superan con actos que en secreto son trascendentes.

CIUDAD CARACAS, 17 de Junio de 2012
Declaran a orquesta Dimensión Latina como Patrimonio cultural del municipio Libertador

La emblemática agrupación Dimensión Latina celebró 40 años de trayectoria artística en medio de los aplausos de sus fanáticos y el reconocimiento que le otorgaron el Concejo del Municipio Bolivariano Libertador de Caracas y la Compañía Nacional de Música, en el concierto de este domingo junto a la Orquesta Filarmónica Nacional (OFN), en la sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño.
Elio Pacheco, José Rodríguez, José Rojas y César Monges, integrantes de la primera generación de la orquesta, vibraron en el escenario del teatro en compañía de Vladimir Lozano y Rodrigo Mendoza, dos de las voces más emblemáticas en la historia de la orquesta.
La primera parte del espectáculo constó de un paseó por más de ocho temas que forman parte del exitoso repertorio de la orquesta, que ha sido catalogada como la pionera en el género de la salsa dentro de la industria musical venezolana.
Más de 2.000 personas asistieron a la presenciación, en la cual la agrupación recibió diversas distinciones por su destacada trayectoria dentro del género tropical producido en el país, entre ellas la Orden Waraira Repano en su primera clase, la Orden del Buen Ciudadano y posteriormente fue designada como Patrimonio Cultural del Municipio Bolivariano Libertador.
Por su parte, la Compañía Nacional de Música les hizo entrega de una placa conmemorativa de la mano de su presidente, Antonio “Toñito” Naranjo, quien felicitó y destacó el trabajo que han realizado en 40 años de trayectoria, así como su presencia en la memoria colectiva venezolana, producto de los innumerables éxitos que han obtenido desde su fundación.
En la segunda parte de la presentación, la Dimensión Latina estuvo acompañada por la OFN, dirigidos por Pedro Mauricio González. INterpretaron parte de su colección de temas, entre los cuales destacaron El frutero, Arroz con manteca, Parampampam, Homenaje a Luis Alfonzo, No me mires más, Taboga y la popular Llorarás.
Fundada en 1972 por Oscar D’León, César Monge, José Antonio Rojas, Elio Pacheco, José Rodríguez y Jesús Narváez, la Dimensión Latina es una de las agrupaciones más emblemáticas de la salsa venezolana. Con más de 34 producciones discográficas, es considerada la agrupación pionera de la época dorada de la salsa venezolana.
Su primera producción discográfica la realizaron con la agrupación El Clan de Víctor, de donde se desprendió el éxito Pensando en ti, interpretada por el llamado sonero del mundo, Oscar D’León.
Luego de la salida de D’León, la agrupación contó con varios vocalistas, entre los que resaltaron Argenis Carrullo y el boricua Andy Montañez.
En 2003 la Alcaldía Metropolitana de Caracas la declaró Patrimonio Histórico Cultural de la ciudad  

NOTA LB:

En el autorretrato que nos hacemos los venezolanos, lo creemos clara, firme y casi exclusivamente, pero quizá haya pueblos tanto o más melómanos que nosotros. Digamos de una duda razonable, pues.  Hay una variedad de gustos, sin duda.  No obstante, si mal no recordamos, la revista SIC del Centro Gumilla, hace uno o dos años, reportó el predominio actual del vallenato, el merengue y la salsa. Por cierto, Dimensión Latina arriba a cuatro décadas de fundada, y, aunque no tenemos una mayor inclinación  por el género, como tampoco parece tenerla López Ortega, la orquesta fue y ha sido una magnífica realidad en nuestro país.

Inevitable asociarla al bachillerato, ella irrumpió exitosamente cuando  la llamada música-disco gozaba de un auge que nos atormentaba. Desde que Oscar de León salió de sus filas, decayó pero - entendemos - prosigue con su particularísimo estilo y ha tenido suerte en mercados más coherentes y consistentes que el nuestro, el que sufre una prolongada crisis unida también a la piratería del disco.

Ocurre con todo en la vida, hay mayor propensión a determinados gustos, compositores y estilos, que a otros.  Hay obras muy malas, pero que gozan de buena salud, al lado de otras excelentes, pero atormentadas. Quizá la salsa que hemos escuchado no sea la óptima, sino la que comercialmente reina emblematizando injustamente al género. Valoramos a Oscar de León y Dimensión Latina, Willie Colón o Rubén Blades, así no los frecuentemos y debamos literalmente aprender del esfuerzo artístico, así como medioambientalmente hemos aprendido de otros géneros.

Por lo demás, hay un absurdo necesario de reconocer: la supuesta distinción y el consiguiente prejuicio hacia el ritmo. Los estudios de opinión que nos refieren, contradice tal identificación. La diferencia puede ser en el modo celebracional del hogar, estridente o no, mas no que la salsa sea el emblema intransferible de los sectores "más bajos", como también el merengue. Sostenemos que baña a varios, si no a todos los sectores. Por supuesto, se cruzan algunas circunstancias: por ejemplo, un salsómano convicto y confeso, autor de un respetado libro sobre el tema, como César Miguel Rondón, no obsequia a su público con los comentarios o la crítica que siempre es necesaria, dejándola a fugaces locutores de ocasión. "Targeteado", hace gala de otros ritmos preferentemente anglosajones.  Sumemos que esa emblematización salsera constituye una bandera sociologizante, dándole identidad a los sectores populares que, aludiendo a los estudios de opinión, no siempre la oyen o, por lo menos, con el convincente afán de otros tiempos. Más de la veces, no parece tal la aguerrida y profunda autenticidad que se esgrime, pues, al fin y al cabo, el género surgió - creemos - a finales de los sesenta, en los suburbios latinos nada más y nada menos que de  Estados Unidos, acompañado - en las vísperas de los setenta - de una inmensa estrategia de comercialización.  Entonces, fenómeno urbano que, como todo, rápida o lentamente  puede cambiar, no sirve entera o íntegramente para emblematizar a los estratos sociales. Acaso, en la música como cédula de identidad es engañosa: no olvidemos al taxista de la novela "D" de José Balza y, por su apego a la Radio Nacional, el gustaba del género académico que- por hábito - vinculamos a la persona exquisita y distinguida, por cierto, según el imaginario de la burguesía que posiblemente fue el que nos legó el cine mexicano de décadas atrás, caricaturizado por la telenovela.

Casualmente, en una de las recientes remociones de papeles, hallamos un artículo de Héctor Mujica ("Los hombres y las cosas: Revalorización de la salsa", Tribuna Popular del 16/03/84), que un poco se defendía por la publicación de su "El inquieto anacobero", dedicada a Daniel Santos. Se permitió "reflexionar brevemente acerca den la evidente revalorización de la música caribeña en el ámbito latinoamericano y universal y cómo el mambo, la guaracha, el bolero, el merengue en sus varias formas y el son cubano se han impuesto en el oído de las nuevas generaciones", sosteniendo que "hubo un período en que la llamada salsa era juzgada, más por ignorancia que por verdad, como de mal gusto y sus adictos y aficionados poco menos que cursis". Seguídamente, asegura que, como el "boom latinoamericano" de la literatura, la música caribeña adquiere dimensión internacional gracias a la revolución cubana. Esto último puede ser objeto de un debate.




jueves, 31 de mayo de 2012

POLISEMIA

SOL DE MARGARITA, 30 de Mayo de 2012
Ínsulas extrañas
Editar poesía
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA

Una gran casa editorial como la francesa Gallimard decía que los réditos de cualquiera de sus colecciones le daban fondos para financiar su muy prestigiosa colección de poesía. Y parece que la historia se repite en la mayoría de las editoriales. La poesía no vende, parece decir la conseja, pero sí da prestigio. Es definitivamente, un género de culto, de iniciados. Ya Roman Jakobson nos hablaba de que una de las siete funciones del lenguaje era la función poética: aquélla en la que el idioma se habla a sí mismo. Saber leer poesía es penetrar el velo del lenguaje e ir mas allá: un reino en el que las palabras brillan, suenan, huelen, se mueven como peces en el océano del sentido. Quien abre esa puerta, queda tomado por una extraña pasión, que no decae nunca, que habla de un mundo que nos antecede y que perdurará.

No es el mejor momento para los poetas del país. Y no lo es porque no hay quien publique. Salvo BID&Co o Equinoccio o Monte Ávila o una que otra empresa marginal, el destino de los poemarios es deambular como manuscritos bajo el brazo. Hubo un pasado no muy remoto en el que las universidades se anotaban, en el que las municipalidades sumaban, en el que editoriales alternativas como Pequeña Venecia, Angria, Memorias de Altagracia, La Libre libre o La nave va recibían subsidios del Estado para delinear colecciones admirables. Ese ambiente, de sana competencia y variedad, pertenece al pasado. Dicen los preceptos de la Unesco que la primera prioridad de toda política cultural es asegurar los espacios de la creación. Y uno se pregunta: ¿quién asegura hoy los espacios de creación para la poesía?, ¿quién enseña?, ¿quién ejerce la tutoría con los más jóvenes?

La salida por medios electrónicos es una alternativa, con todos los portales o blogs a la vista, pero la poesía es quizás el género que más debe extrañar el imperio de Gutemberg, pues nada como el papel para jugar con los espacios en blanco, que para Mallarmé eran tan importantes como los poblados. Escribir, para el gran simbolista francés, era como vencer el gran abismo que encarnaba la página en blanco. Un abismo similar, pero en otro orden de ideas, es el que separa al joven poeta que escribe de sus hipotéticas plataformas de difusión. Sin libros, la diosa Poesía es como una dama ciega: nadie encontrará la belleza de unos ojos vendados.


Ilustración: Lucio Fontana, "Concetto Spaziale"

miércoles, 30 de mayo de 2012

CAZA DE CITAS

"Pero hay otra historia oculta, me digo, que debe ser la mía (...) Una historia que no les interesa porque yo estoy por detrás, tratando de construirle un sentido a todas estas imágenes que son en verdad secuencias. En esa historia quise construir un hogar, una familia, un territorio. Un hogar que fuera una apuesta contra la violencia. O contra la estupidez, o contra el desamor..."

Antonio López Ortega

("Fractura y otros relatos", Mondadori, Caracas, 2006: 164)

miércoles, 2 de mayo de 2012

CACERÍA DE FANTASMAS

EL NACIONAL - Jueves 26 de Abril de 2012     Opinión/9
La deshora del escritor
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA

Cuando la efemérides apunta a algunos pronunciamientos sobre la situación del escritor venezolano, bien vale la pena asomar un breve balance sobre su situación de hoy y años recientes. De entrada, nada de fondo ha cambiado en torno a lo que se ha dado por llamar la profesionalización del oficio, pues todo sigue dependiendo de su esfuerzo único y solitario. El oficio, por supuesto, no se aprende ni en las esquinas ni en las bodegas; muy al contrario, me temo que sigue surgiendo por generación espontánea, y ya ni siquiera la programación de talleres literarios de otros años cubre el territorio nacional de manera eficiente. Se da más bien lo que, animados por el humor, llaman el ejercicio integral de la profesión, esto es, el escritor que lo es todo: impresor, corrector, diagramador, relacionista, promotor y distribuidor de sus propios libros. Esto habla, por supuesto, de la situación editorial. Desde el sector público, las prioridades han cambiado drásticamente: se han alejado del mercado, postulan una misión educativa que no se palpa cuando sus ediciones terminan en el mercado secundario y son restrictivos con autores y temas. Desde el sector privado, no hay dólares oficiales para importación, algunos sellos se han ido del país porque no logran repatriar sus ganancias y el marco regulatorio presiona para que sólo sean las casas locales las que editen. La oferta de literatura internacional que muestra la Venezuela de hoy es paupérrima si se compara con la existente en Colombia, México, Chile o Argentina.

Ni hablar de la tribuna internacional, en la que Venezuela sencillamente no existe: ni en la Feria del Libro de Bogotá, ni en la de Buenos Aires, ni en la de Guadalajara, con la excepción hecha de muestras recientes llevadas en los dos últimos años por la Cámara Venezolana del Libro. Los autores que nos representan como delegación oficial pasan a ser un club de amigos. Nuestras ferias nacionales han decaído y ahora son menos, con la excepción de la Filuc de Valencia, que no cesa de crecer; de la Feria de Plaza Altamira, fenómeno de ventas; y de la Filven, cuya última edición mostró apertura, diversidad y públicos entusiastas.

Ante un panorama por lo menos desalentador, lo único que se salva es la creatividad, cuyo empeño sólo debemos a nuestros íngrimos escritores, quienes ni ahora ni antes desfallecen ante nada: son una especie testaruda, que responde siempre a un mandato muy íntimo, donde ni siquiera el país está presente. El país, digámoslo así, se lleva por dentro, como una huella indeleble o como "una mancha de sangre", para recordar un verso del poeta Igor Barreto. Cuando se le preguntaba a Eugenio Montejo la diferencia entre un escritor mexicano y uno venezolano, el poeta contestaba: "La diferencia es que cuando el escritor mexicano camina el país viene detrás". Más que de lugar y hora del escritor, tendríamos que hablar de extravíos y deshoras, pues sólo cuatro ausencias acaecidas en la primera década del siglo corriente ­Salvador Garmendia en 2001, Juan Sánchez Peláez en 2003 y Adriano González León y el propio Eugenio Montejo en 2008­, todas monumentales, las despedimos sin obituarios oficiales ni coronas florales. Los honores que post mórtem recibió Mario Benedetti, sin duda merecidos, con remitidos que cubrieron páginas enteras en los periódicos nacionales, no pudieron ser emulados por nuestro cuarteto de Alejandría, quienes pudieron bajar tranquilos al sepulcro, pero con la misma soledad que los amparaba cuando escribían. Nuestros autores viajan hacia la inmortalidad, pero el país sólo persigue a fantasmas.



Fotografía: Saul Letter

sábado, 3 de marzo de 2012

DÍAZ SOLÍS (3)


EL NACIONAL - Sábado 18 de Febrero de 2012 Papel Literario/1
Gustavo Díaz Solís 1920-2012
La escritura secreta
El pasado 16 de enero falleció Gustavo Díaz Solís, cuentista venezolano cuya obra es fundamental en la tradición literaria de nuestro país. Díaz Solís fue conocido en 1938 con su cuento "Curandero", publicado por la revista Élite. Entre sus obras se encuentran Marejada (1940); Llueve sobre el mar; (1943); Cuentos de dos tiempos (1950) y Ophidia y otras personas (1968). En el año 1995 recibió el Premio Nacional de Literatura. Papel Literario rinde homenaje a este autor cuando se cumple un mes de su partida
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA

El cuento en Venezuela, después de su larga expansión, sigue siendo un género tan atractivo como enigmático. Se le cultiva como pocos, escritores mayores y menores, y sin embargo no hay instrumentos que reflejen esa fidelidad. La crítica y la academia se esfuerzan desde hace años por desvelar ese apego, casi inconsciente, y al cabo de tantos esfuerzos poco se entiende que un formato de tanta luminosidad tenga mecanismos de recepción que se mantienen oscuros, como si la pulsión que anima a los mismos narradores se transfiriera a lectores y receptores. De su vitalidad no podría haber duda alguna --todo narrador joven de este "trópico absoluto" se inicia por y a través del cuento--, pero de su trascendencia son pocas las voces que la admiten. Género mayor de la tradición literaria venezolana según muchos opinadores, quizás porque no desmaya en ninguna de las décadas del siglo pasado y mantiene a todas luces una salud inalterable en el que corre, queda aún por determinar por qué la pulsión por la brevedad y la contención conquista a tantas vocaciones emergentes. Hay quien admite que las fuentes podrían estar en la extensa literatura folklórica, muchas veces oral, que nos precede por varias centurias, donde los cuentos de camino abundan tanto como los aparecidos o los silbones. De esta constitución cuentera mucho podríamos especular, pero más interesante sería determinar, después que el género en Occidente se afianza claramente en el siglo XIX, cuándo entre nosotros se vuelve moderno, porque en estudios recientes, al menos desde una trinchera crítica, la mención al cuento poco valía en las postrimerías del siglo mencionado. Para quien pasara, por ejemplo, las páginas de El Cojo Ilustrado y se encontrara con alguna pieza narrativa, motes como el de crónica, apostilla o cuadro de costumbres se reconocían más que aquel tan anodino y trillado de cuento, tan cercano a la tierra y a las viejas tradiciones pueblerinas. Pero esa criatura que hacia 1900, digamos, carecía tanto de progenitor como de herederos, en tan sólo cuarenta años, léase bien, se encumbra hasta unos rangos de excelencia y universalidad pocas veces vistos en la evolución de un género. Y es que la década de los años cuarenta, adonde llegaban escritores ya maduros como Arturo Uslar Pietri, Enrique Bernardo Núñez o Julio Garmendia, ve también el surgimiento de una pléyade de cultores cuyos rangos de excelencia rebasan cualquier pronóstico: Guillermo Meneses, Antonio Márquez Salas, Humberto Rivas Mijares, Oswaldo Trejo, Oscar Guaramato o Alfredo Armas Alfonzo. Repasar tan sólo los nombres, tanto de premiados como de finalistas, del concurso de cuentos queEL NACIONAL instaura en 1946 no deja de ser un choque de titanes: la modernidad del cuento venezolano ha llegado para quedarse.

La reciente desaparición de Gustavo Díaz Solís no viene sino a avivar la discusión sobre un género menor que sólo entre nosotros puede considerarse mayor. Perteneciente también a esa generación que irrumpe en los años cuarenta, su caso cobra valor adicional porque toda su obra fue un gran ejercicio de contención y perfeccionismo. Lo que José Balza ha caracterizado como un "cuentista absoluto" quizás se quede corto ante el panorama certero de unos veinte relatos, no más, que este narrador oriundo de Güiria y nacido en 1920 publicó entre 1940 y 1968. Y es que si extremamos el análisis, desde la aparición de Marejada en 1940, podríamos admitir que el libro de este maestro ha sido uno solo, variable y proteico, que en cada reedición cambiaba de título y agregaba una o dos novedades. Así, a los tres relatos que incluye la edición de Llueve sobre el mar en 1943 ("Lueve sobre el mar", El mosaiquito verde" y "Detrás del muro está el campo") se agregan otros cinco en la edición de Cuentos de dos tiempos de 1950 ("Ophidia", "El niño y el mar", "La efigie", "Arco secreto" y "Hechizo"). Igual operación se plantea entre Cinco cuentos de 1963 y Ophidia y otras personas de 1968, que a los cinco primeros agrega seis más en esta última edición. Los volúmenes antológicos que circulan en reediciones constantes desde 1968 alternan los títulos entre Ophidia y otras personas y Arco secreto y otros cuentos, pero en verdad son variaciones del mismo libro, especie de selección invariable que constata o confirma la perdurabilidad de piezas que son todas memorables.

Si tuviéramos que resumir en tres líneas de fuerza los referentes que animan la cuentística de Díaz Solís, diría que una es la espacialidad marítima (tan clara en "El niño y el mar"), otra la recreación histórica ("Llueve sobre el mar" o "Hechizo") y una tercera, la refiguración paisajística o ambiental (con piezas tan hermosas e intrigantes como "Cachalo" o "El cocuyo"). Mención aparte debería hacerse con "Arco secreto", sin duda su obra mayor, un relato que es en sí mismo una categorización, al punto de desbordar los propios parámetros narrativos de Díaz Solís y anunciar un salto o un precipicio que no terminó de consumarse. Si "Llueve sobre el mar" guarda ciertas reminiscencias de literatura nativista, es innegable que en "Ophidia" estamos ante otro estadio de su apuesta expresiva, aquel que confunde voces y personas narrativas por el solo deseo de crear simulaciones. Un tercer salto en esa búsqueda incesante ensayaba una cristalización en "Arco secreto" --cuyo solo tratamiento del universo petrolero, de una relación sorda entre amantes de mundos dispares y de un enfrentamiento entre un ser y su sombra, ya daban cuenta de una precocidad inexplicable--, pero el autor parece detenerse ante su propio asomo y no perseverar en ese caldo de dudas mentales, quiebres psicológicos y sospechas sobre su propia individuación. Al igual que el Gallegos de Canaima, que en su descripción de una lluvia torrencial atenta contra su propio programa novelesco, insinuando que la lluvia puede borrar la selva de palabras, Díaz Solís quiebra todas sus certidumbres anteriores y asoma en "Arco secreto" una relación entre planos temporales, entre personajes irreales y entre sombra y vigilia francamente novedosa. El arco de significación es secreto porque en definitiva no se sabe lo que une o desune: la lectura nos deja en un estado de extrañamiento realmente extremo.

En otro territorio de significaciones --este más luminoso y hasta biográfico--, un relato como "El niño y el mar" postula el horizonte de la elementalidad. ¿Cómo se puede crear tanta tensión narrativa a partir de una situación que enfrenta a un niño pescador con un cangrejo airado? Una historia prescindible se transmuta en una lección de escritura en la que la explotación de planos cinematográficos, el arte de la adjetivación y la profundización con la que el mar se describe en todos los registros posibles se alternan para cincelar una pieza que termina siendo escultural. Se diría también que el duelo anticipado entre unicidad (niño) y diversidad (mar) se convierte al final en un diálogo que todo lo disuelve o funde. Imagen tan poderosa como la de "El niño y el mar" la vemos en "La efigie", donde un cazador que se ve obligado a matar a su guía indio recurre a ese cuerpo inerte para salir de un pozo de barro: la secuencia en la que un cuerpo se arrastra sobre el otro, vida que repta sobre la muerte, es sencillamente memorable.

Un narrador que dedicó años enteros a sus piezas maestras, que cultivó un solo libro proteico, que fue ciegamente fiel al género cuento para expandirlo o subvertirlo, que no aspiró a nada distinto a la perfección, en otra cultura o sistema de recepción ya sería un autor digno de veneración. Pero bastan la humildad autoral, por un lado, y la escasez de miras o falta de recepción, por el otro, para que nadie se percate de que, generacionalmente hablando, los hermanos de su muy particular familia continental han podido ser Juan Rulfo (1917), Álvaro Mutis (1923), Elena Garro (1920), Juan José Arreola (1918), Clarice Lispector (1920) o Antonio Di Benedetto (1922), todos tan diversos, dignos y trascendentes como nuestro traductor de Eliot y lector de Wordsworth.

Acaso sin saberlo, Díaz Solís cultivó un oficio secreto para producir un libro secreto mantenido con una escritura secreta. ¿Será ya la hora para tensar el arco del reconocimiento de un autor magistral? "De los acorralados --gustaba de decir a Gonzalo Rojas--, es el Reino".