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domingo, 3 de noviembre de 2019

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- José Abinadé entrevista a Fernando Paz Castillo. La Esfera, Caracas, 28/10/1965.
- Tulio Chiossone. "El abuso de derecho". El Nacional, Caracas, 30/03/81.
- Tulio Chiossone. "El abuso de poder". El Nacional, 11/04/81
- Alfredo Boulton y Armando Reverón. Élite, Caracas, nr. 3314 del 20/06/89.
- Carlos Ramírez Faría. "¿Cómo se roba en el gobierno?". Reventón, Caracas, nr. 12 del 15/10/71.

Reproducción: Comparecencia parlamentaria del ministro del Interior, José Nicomedes Rivas. El Universal, Caracas, 08/07/1944.

domingo, 20 de noviembre de 2016

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Carmen del Valle Blanco. "Microfilm y documentos públicos". 2001, Caracas, 21/01/1978.
- Resolución ministerial suscrita por Luis Beltrán Prieto Figueroa. "Los libros serán  prestados a los particulares por la Biblioteca Nacional". El Nacional, Caracas,07/05/48.
- Edmundo Bracho. "Minimalismo, un iceberg que se hunde". El Nacional, 08/03/93.
- Alfredo Boulton. "Reverón, una eternidad". Élite, Caracas, nr. 3314 del 20/06/89.

Reproducción: El Gráfico, Caracas, 27/12/1949.

domingo, 31 de julio de 2016

NOTICIERO RETROSPECTIVO






- Guillermo Meneses. "Alfredo Boulton y Juan Pedro López". El Farol, Caracas, nr. 207 de 10/1963.
- Juan Nuño. "El perverso mundo de los comics". El Nacional,  Caracas, 31/01/88.
- Juan Röhl. "Ligero esbozo de la pintura venezolana". El Farol, nr. 160 de 02/54.
- Luis Mujica. "El abstraccionismo de Omar Carreño". Élite, Caracas, nr. 2049 del 02/01/65.

domingo, 19 de abril de 2015

LA HEBRA PERDIDA

De la paradoja Boulton
Luis Barragán


En un par de ocasiones, nos ha tocado refutar sendos proyectos de acuerdo en la sesión plenaria de la Asamblea Nacional, relacionados con Armando Reverón. Reconociendo el merecido tributo al pincelador de la luz, en ambas discrepamos de la maniquea versión con la que pretende premiarlo el oficialismo.

Inevitable, surgió Alfredo Boulton: lo consideran el más avispado ladrón de las obras, primigenio explotador que aportó un sello de distinción para la oligarquía. Por supuesto, ni la menor mención del consabido robo y devolución de La Odalisca de Matisse, descubierto y resuelto por la policía del imperio que autoriza suficientemente la sospecha que recae sobre todo el patrimonio artístico del Estado. Sin embargo, cabe resaltar la triple paradoja que el tributo reveroniano reporta.

De un lado, la absurda interpretación casera y hasta policial de un marxismo que no se atreve a asomar una concepción y desarrollo de la lucha de clases, impidiendo la revelación de la pujante boliburguesía y de los temibles pranes que ha parido el régimen. Contrariando el canon, valen cualesquiera resentimientos – preferiblemente raciales – para motivar y movilizar, en última instancia, al populacho que explica el socialismo rentístico.

Del otro, mecenas y divulgador, contrapusimos a Alfredo Boulton para demostrar la asombrosa simplicidad de un enfoque – el oficialista – que reduce todo el largo periplo estético del país a un vulgar, remoto y morboso asalto. Valga aclarar, no tuvimos ni tenemos vínculo alguno con la sucesión Boulton, como lo sugirió – mitad en broma, mitad en serio – un diputado del gobierno, en los pasillos, como si pareció tenerlo Chávez Frías, incluyendo un generoso aporte para su primera campaña presidencial.

Finalmente, quizá un detalle para la irritación de aquellos que festejan la iniciativa de Maduro para trasladar a Reverón al Panteón Nacional (sin Juanita Carrizales), Boulton fue uno de los precursores de tal solicitud. Dato que desconocían (al igual que la etapa pictórica de Argimiro Gabaldón en los años cuarenta del siglo XX), nos remite a otro actual y más dramático: hoy, Domingo Alberto Rangel no podría actualizar su conocida obra “La oligarquia del dinero” (1972), pues - ¿qué de cosas, no? – registros y notarías abovedan celosamente toda información al respecto.

Reproducción: Élite, Caracas, nr. 594 del  30/01/1937.
Fuente: http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/22269-de-la-paradoja-boulton

martes, 30 de diciembre de 2014

DE UN FALLIDO ENSAYO DE ECONOMÍA POLÍTICA

Sesión Ordinaria del día martes 13 de mayo de 2014
 El sendero inadvertido de luz

 (DIPUTADO BARRAGÁN).– Señor Presidente, colegas parlamentarios: La Bancada Democrática de la oposición, por supuesto que es parte del pueblo venezolano que venera, valora la herencia y siente el orgullo de la herencia, de la obra del Maestro Armando Reverón, pero ya a estas altas horas de la noche,  intentando sintetizar nuestra exposición,  no podemos menos que llenarnos de perplejidad por los términos en que está planteado el Acuerdo leído con anterioridad; sobre todo, porque parece un ensayo de economía política de las artes venezolanas. Sobre todo porque apunta a aspectos que fuerza la interpretación del pasado, intentando asimilar a un pintor que es patrimonio de los venezolanos, en las hormas del proyecto del socialismo rentístico y, por tal,  mercantil, venezolano.

Es necesario decir que, incluso, si no escuchamos mal, hasta invocaron el nombre de Alfonso Guerra como vocero, portavoz del socialismo que se supone inspira al que está en boga, cuando todos conocemos que Alfonso Guerra fue expresión de la socialdemocracia española que tuvo la experiencia de gobierno con Felipe González.

Pero, además, en este proyecto nos presentan a Armando Reverón como un descubrimiento del Gobierno. Basta la declaratoria formal, solemne de Nicolás Maduro para que nos enteremos que existe Armando Reverón, y Armando Reverón lo conoce, lo aplaude este país desde hace muchísimos años atrás, y no es ahora con el descubrimiento que hacen los funcionarios culturales de Gobierno que le van a Presidente de la República con esta novedad.

Además, hay cosas curiosas, aficionado a la vieja prensa hemos visto, por ejemplo, que hasta durante la dictadura de Pérez Jiménez en 1954, Armando Reverón conmovió a todo el país con su muerte, y no hubo voz venezolana que no sintiera, por aquel entonces, la tristeza que daba su desaparición.

Pero ahondemos un poco más en este paradójico cuadro que nos presenta el proyecto de Acuerdo. Es curioso, en el ejercicio de las libertades culturales hay personas ineludiblemente ligadas a la trayectoria y a la obra de Armando Reverón. Es Sofía Ímber a quien saludamos, por cierto, desde la Bancada Democrática de la oposición por sus 90 fructíferos años, una de las primeras voces que descubrió el talento de Armando Reverón.

Si mal no recuerdo, además, en una modesta nota de Últimas Noticias   de 1949 ella aseguraba: “no sé por qué, pero me gusta”, y desde allí Sofía Ímber le aportó al país una perspectiva y una visión de Armando Reverón, que por entonces no conocíamos, cuando estábamos aún en los moldes de Tito Salas, de Arturo Michelena y de Tovar y Tovar.

Es ineludible vincular a Armando Reverón, por favor, en este ensayo de economía política que se nos presenta de la trayectoria pictórica de nuestro país, mencionar por ejemplo a Alfredo Boulton y su famoso documental que, por cierto, lo proyectó más allá que muchos pintores de la época. Es ineludible - como ahora - hablar de Diego Rísquez. quien le dedicó en el 2010 una película. Es ineludible vincular  la obra de Armando Reverón con los críticos que edificaron, precisamente, una visión, una perspectiva de profundidad…!Pero no me pongan a Armando Reverón como coautor de “El Capital”, porque no es así!, y no pueden forzarlo como un héroe de este socialismo mercantilista y rentístico, cuando no ocurre, ni ha ocurrido jamás en la historia cultural de nuestro país, que falseen el pasado de tal modo, pretendiendo manipularlo.

¿Qué pretenden en el fondo de este Acuerdo, confiscar toda la obra que está en manos privadas de Armando Reverón. ¿Por qué no averiguan qué hizo Farruco Sexto con los museos nacionales y con el patrimonio pictórico venezolano? Esto es más importante, trascendente y decisivo para determinar, incluso, una de la características fundamentales del Gobierno actual.

El debate de Armando Reverón tiene otras fronteras: vean la entrevista que le hizo María Elena Ramos a Jesús Soto, y lo que él habla de la luz en la obra de Armando Reverón. Decir Armando Reverón, por cierto, es decir, Juanita Carrizales, y esto tampoco podemos olvidarlo que ahí está Juanita, ahí está Armando y Juanita, en la memoria del pueblo venezolano, presente en el pueblo venezolano, que ustedes no pueden borrar de un solo plumazo por un Acuerdo burocrático y circunstancial.

Este planteamiento del Acuerdo, a todas luces le falta equilibrio y no expresa la pluralidad de la Asamblea Nacional, por lo que me permito, con la venia del Presidente, proponer que se difiera este punto hasta conformar una comisión de parlamentarios del Gobierno y de la oposición para que le podamos rendir el justo homenaje que merece Armando Reverón del pueblo venezolano, y nosotros, representantes de la soberanía popular, no podemos falsificar, precisamente, a un pintor que todavía arroja luces sobre nuestro sendero, que es el sendero de la libertad y de la democracia que quizás ustedes todavía no avizoren.


Muchas gracias señor Presidente, colegas parlamentarios. (Aplausos).

Fotografía: Armando Reverón, según V. de los Ríos. Elite, Caracas, nr. 1242 del 23/07/49.

domingo, 9 de septiembre de 2012

REVERANOS

El Nacional - Martes 22 de Marzo de 2005 A/6 Opinión
La mirada ajena
Antonio López Ortega

Un amigo visitante de estos últimos días se conmovía con la estampa venezolana. Apreciaba la gentileza, buenas maneras, chicas curiosas y preguntonas, paisajes subyugantes, cierto dolor secreto; extrañaba también un poco de densidad en los planteamientos, cierta superficialidad en los enfoques, un poco de rigor cuando sólo había risa. En Mérida admiró los valles estrechos atravesados por un río pedregoso, la verticalidad obscena de las montañas; en Caracas, esa modernidad urbana venida a menos, ese fulgor perdido de otras épocas. Fueron pocos días en una y otra ciudad pero suficientes para reconciliarse con esta geografía humana, llena de pareceres, tropiezos, extravíos.
La prensa le resultaba un animal extraño, con titulares irreconocibles, dando por sentado verdades que en otros horizontes están proscritas; la vida intelectual le resultó opaca, con intelectuales brillantes que son más bien ágrafos, con un poco de odio en ciertos rincones de la mente, con una contribución social pobre cuando más se le necesita. Un cierto vértigo, un cierto malestar irresoluto, flota como una aureola y confunde los objetos. Vivimos más de divisiones que de debates –se dice el viajero– cuando lo que importa es la convivencia de las ideas.
Algunos se desgajan por jugar a la inclusión; otros ni siquiera se inquietan por ser sectarios. Tiempos de revancha para unos; tiempos de encierro para otros.
Pero más allá de los malestares, el viajero aprecia una fibra humana, quizás más joven que añeja, que pulula hacia el futuro. Está el joven poeta que se acerca y pide consejo, está la joven que pide un autógrafo en un cuaderno de clases, está la pregunta insípida que aspira a una respuesta envolvente.
Un auditorio de estudiantes ávidos responde con hartazgo a la discusión política, pero se arremolina con pasión a la hora de rechazar la violencia, sea cual sea su signo.
Importa poco el presente y sus derivados; inquieta más el futuro y sus posibles figuraciones. Ese candor cautiva al viajero y lo suspende en algo que se transforma en alegría. No es el síndrome del Cronista de Indias, maravillado ante flora y fauna; es más bien el que reconoce una pasión humana, llena de declives, errores, injusticias.
Ese rostro que puja por salir a superficie es el que le interesa, sumergido allá en el fondo, y enrarecido.
En sus dos últimos días en Caracas, el viajero se ofrece dos regalos, se impone dos ritos. Uno es el de ir a ver algunas piezas de Reverón en la Galería de Arte Nacional: el trazo que se desdibuja, el sol pálido, la luz como una huella. Otro es el de escabullirse en el Ateneo de Caracas para ver la reposición de El día que me quieras en el montaje del maestro Gené: la condición sentimental, los modos culturales que la urbe va modelando, nuestra domesticidad llena de pequeños afanes. En un solo rapto, el viajero pasa de la refiguración del paisaje a la condición humana, de la abstracción a la concreción, de lo innombrable a lo que se renombra permanentemente.
Un puente tendido entre dos orillas posibles: de un lado, el extravío de Reverón, queriendo desnudar la realidad hasta los huesos; del otro, un obseso como Cabrujas, añorando un paisaje barroco donde sólo hay gestos grandilocuentes.
El viajero se retira absorto, agradecido; ha creído reconocer dos pulsiones del intelecto, dos cosmovisiones; ha creído reconocer una complejidad. El círculo se va cerrando y las imágenes se agolpan. Esta vez fueron Reverón y Cabrujas, pero han podido ser Picón Salas, Soto, Cadenas, Garmendia.
¿Dónde está lo mejor de nosotros? –se pregunta el viajero ya montado en el avión de regreso–.
Pues está en lo que perdura, en lo profundo, en lo que no cambia como los buenos manjares.
Hay que ver más allá de los accidentes, de los tropiezos, y reconocer, por ejemplo, qué es lo que ha perturbado a nuestros artistas, qué es lo que los ha desvivido, qué es lo que ha provocado su entrega ciega. Allí pululan más claves que las de los vaivenes históricos, las más de las veces desmedidos o descentrados.
El viajero se queda con la luz ciega de Reverón y deja para la corte las presas sobrantes que alguien arroja al ruedo.

Fotografía: El Diario de Caracas, 05/06/89.

jueves, 6 de septiembre de 2012

RETRATO HABLADO (2)

La búsqueda del rostro veraz de Bolívar es de vieja data, incluyendo el inventario de pintores y situaciones que hicieron posible la conocida y consagrada versión que es, promediándola, versión de versiones. Hacia los ochenta, Alfredo Boulton dijo revelar la cara definitiva, suscitando diferentes textos de interés (incluyendo uno de Ratto-Ciarlo que hemos traspapelado).

De modo que, internándose en la Venezuela profunda, Chávez Frías ha  punzado una emoción fundamentalísima. Ocurre que la reacción favorable, después de tantos años de escolaridad, ha de esperar. Eso creemos, modestamente, aunque la publicidad oficial está cargadísima de pólvora.

Resumimos que, al iniciarse las clases, la muchachada se verá expuesta y forzada al reconocimiento del "distinto" Bolívar. ¿No es después del 7-0 que se regulariza el inicio del año lectivo?

LB

Fuente: Momento, Caracas, nr. 29 del 01/12/57.

sábado, 22 de enero de 2011

soto-voce


El Nacional - Sábado 12 de Febrero de 2005 C/3
Soto, un libro de arte
Juan Carlos Palenzuela

Soto Alfredo Boulton Armitano Editores Caracas, 1973

En 1973 Alfredo Boulton publicó una monografía titulada Soto, que, inmediatamente, se convirtió en un libro referencial, tanto por el artista que concierne, Soto; por el autor, Boulton; por el diseñador, Cruz Diez, y por el editor, Armitano. Es un libro importante porque el artista venía de hacer una gran exposición retrospectiva en el MBA, en 1971 (llevada a Bogotá en 1972), sumamente concurrida y todavía más publicitada, y antecedía a su exposición en el Museo Guggenheim de Nueva York, en 1974. De allí que el libro sea trilingüe, español, inglés y francés. Soto, residenciado en París, con un intenso programa de exposiciones personales y de grupo tanto en Francia como en Europa, requería un libro en tres idiomas. Boulton concretó ese proyecto.

1973 además fue un año sumamente significativo en la vida de Soto pues se inauguraba el Museo que lleva su nombre en Ciudad Bolívar, conformado, naturalmente con obras suyas y de su colección personal:
Calder, Dewasne, Fontana, Magnelli, Bury, Bill, Takis, Schoffer, Albers, Negret, Gonzalo Fonseca y Narváez, entre muchos otros y a cual mejor. Nunca un artista venezolano había tenido un gesto de tal dimensión para con el país (recordemos que cuando Soto se marcha a París, en 1950, apenas tiene en el bolsillo 50 bolívares, es decir, 15 dólares exactos y sin beca).

El texto de Boulton cumple con el cometido de explicar la difícil cuestión de un arte, para la fecha, novedoso. Lo visual, lo espacial, lo serial, lo vibrante, lo extra pictórico y lo que reclamaba la participación activa del espectador, es expuesto con sencillez y precisión. Boulton mismo se verá como “historiador de arte, intérprete de una obra...” . Es desde la condición de historiador como ubica su relato.

Entre las muchas ideas, definiciones, interpretaciones que establece el autor, tenemos:
“Los recursos mecánicos de que se valieron los precursores del cinetismo, Duchamp, Moholy—Nagy, Calder y otros, habían sido sobrepasados por los del propio ser humano. Soto no necesitó de la ayuda artificial de un motor para ello.

Con el movimiento humano nacía también un nuevo concepto plástico que hasta entonces nadie había podido realizar.

El espacio que mediaba entre el hombre y la obra adquiría una nueva presencia e importancia que venían a complementar el de la clásica perspectiva que crearon los primeros renacentistas. El hombre llegaba en ese momento a dominar el tiempo en el sentido de que podía regular también la vida de la obra, pues ella adquiría vitalidad en la medida en que el hombre se la proporcionaba. Dos entes movibles aparecían a los dos extremos del espacio. El diálogo visual quedaba sometido a un compás controlado por el hombre. El espectador era quien le proporcionaba acción a la obra”.

El estilo de Boulton impone un criterio de autoridad. La ausencia de fuentes o bibliografía es sintomática. A su libro antecede Jesús Soto, publicado por el Inciba en 1967, sin crédito de autor, aunque al comienzo se dice que “La conversación de Jesús Soto fue transcrita en París”. ¿Conversación con quién? —Misterio. Jesús Soto es un texto autobiográfico que se complementará maravillosamente bien con el interpretativo de Boulton.

El diseño de Carlos Cruz Diez para el libro de 1973 es genial. El cinetismo proponía una relación de estímulo y reciprocidad con la persona, con cualquiera, con todos. Cruz Diez entiende eso y como diseñador lo pone en práctica. La portada, con Espiral, tiene doble tapa, la primera impresa en plástico, para que el lector genere la obra. Además, al interior vuelve a presentar esta situación, tanto con “Estructura Cinética de Elementos Geométricos”, de 1955, como “Dos Relaciones Virtuales”, de 1957: una lámina transparente e impresa permite su manipulación y, en consecuencia, a cada quien concebir su propia obra. Este libro concreta un postulado según el cual el cinetismo no es sólo para ver (en este caso para leer), sino además —y principalmente— para interactuar.

Con los años el artista logró que otros estudiosos se interesaran en su obra. Marcel Joray publicó Soto, en 1984, 272 páginas, impreso en Neuchatel. Es una edición preciosa. Entre sus muchas monografías, quizás la de Michel Butor, Arnauld Pierre y Marc Mollet, para su exposición en la Galería Nacional Jeu de Paume, París, en 1997, cuyo comisario fue Daniel Abadie, titulada Jesús Rafael Soto, 244 páginas, sea la publicación más completa disponible sobre el maestro.

El libro de Boulton está ampliamente ilustrado, tanto las obras como fotos documentales del artista. En ocasiones hay fotos a doble página y entre otras debe destacarse el Muro Cinético, de 1961, o a tres páginas, desplegándose la imagen, como en “Gran Escritura” de la colección del Banco Central, de 1973.

El Penetrable de Pampatar, de 1971, es una obra que estaba situada en el jardín de la casa de Boulton en Pampatar. Esa misma foto es la que aparece en la portada de su Historia de la pintura en Venezuela, y hoy desaparecida. En un libro que anuncia pintura, se ilustra con una escultura.

Entre los muchos y maravillosos retratos que incluye el libro, está una foto suya con Ives Klein en 1959; una con su Muro Cinético en Amsterdam, en 1961, concebido incluso con malla y ramas, y una en la que están sentados, compartiendo muy animadamente, Agam, Tinguely (su gran amigo) y Bury, reunidos en la galería de Denise René (en la pared se percibe el detalle de una obra de Soto), en 1967. Esta última foto da idea de la calidad de sus amistades parisinas, todos protagonistas del arte contemporáneo.

En la página 48 se inserta una foto en la que aparece un Soto jovencito sosteniendo en sus manos Espiral, obra en plexiglás, de 1955 (por cierto, hay una falta en la leyenda que dice: “Soto con Plexiglás Espiral”, pasando el soporte como título, lo que es un error, pues sería como decir, zutano, un pintor, “con Óleo Espiral”, cuando aquél es la técnica y el otro es el título). Pues bien, a la ocasión en que me obsequió el libro, Boulton me mostró esta fotografía y me preguntó: ¿qué ves al fondo? —Tras Soto hay un gran cuadro que ocupa todo el espacio de la fotografía. Yo no sabía de quién era esa obra. Entonces Don Alfredo acotaba: Esa es una pintura de Vasarely, lo que quiere decir, si ésta es una foto de 1955, que mientras Vasarely permanece en el plano pictórico, y Soto está mostrando la Espiral, aquel se ha quedado en una formalidad de la cual no va a salir y el otro ya ha alcanzado notables planteamientos espaciales. El historiador de arte tiene que saber ver estas cosas incluso en una fotografía, me explicaba con una gracia y convicción que me dejó liquidado. Guardé silencio y él me miraba seguro del impacto que me había causado su argumentación, por lo que al rato apenas me atreví a comentarle: y si es así, ¿por qué no lo puso en la leyenda? A lo que él murmuró cualquier cosa ininteligible...

jóvenes críticos... Ya es hora de almorzar, vámonos.


El Nacional - Sábado 12 de Febrero de 2005 C/3
Maestro, ¿será que el viento ya no sopla?
Karina Sainz Borgo

El país democrático había sobrevivido al Porteñazo y al Barcelonazo. A Ciudad Bolívar —épica, por Angostura claro está, y mítica aún, como en los días de Raleigh— había llegado un nuevo habitante que todavía hoy, transcurridas tres décadas, tiene el porte de un blanco forastero en medio de la soledad de los mineros.

El 25 de agosto de 1973, a la inauguración del Museo de Arte Moderno Jesús Soto en Ciudad Bolívar, acudieron el Presidente de la República, Rafael Caldera; los directores de los principales museos de arte moderno del mundo y la comunidad artística venezolana, congregada allí para abrir las puertas de aquella estructura que, diseñada por Carlos Raúl Villanueva, llevaba el nombre del artista que regresaba a las orillas del Orinoco para dejar en ellas lo más importante, no sólo de su obra —próxima a una retrospectiva en el Guggenheim—, sino también parte de su colección personal.

Jean Arp, Johannes Itten, Kasimir Malevitch, Josef Albers, Sonia Deleunay, Jean Tinguely e Yves Klein se incorporaban a la naturaleza, artefactos en medio de su atávica abundancia. “El Museo es un desafío a lo sedentario y arcaico, es un grito en la plaza pública”, había escrito Alfredo Boulton en celebración de aquel blanco forastero, que se alzaba como promesa moderna —y modernizadora— en medio del calor.

Si bien es cierto la polémica abstracción versus figuración adelantada por Alejandro Otero y Miguel Otero Silva en las páginas de El Nacional había cumplido casi dos décadas de haberse librado, Marta Traba se había encargado de encenderla con un dedo acusador que apuntaba por igual a los abstracto geométricos y a los cinéticos —entre ellos, por supuesto, a Soto—. Traba se ponía de pie, J’ accuse, en contra del país que tomaba la decisión de tender puentes sobre las trincheras aún humeantes, el mismo que había nacionalizado su industria petrolera en 1976. Traba sostuvo que las piezas artísticas que se habían incorporado a la Caracas de 1970 —ya entre ellas Vibración Amarilla, en el IVIC— alimentaban una “ilusión de la sociedad tecnológica”, las cuales eran recibidas por el público “como adornos decorativos menos comprensibles y útiles que las vallas”. En aquella —una nación que emprendía la pacificación—, el progreso y la modernidad se manifestaba con todos sus brillos y contradicciones. La población adquiría confort, a la vez que perdía memoria en la gula solitaria de los años regordetes del petróleo.

En repetidas e innumerables ocasiones, Soto se había limitado a no participar del debate propuesto por Traba, prefería explicar hacia dónde iban sus investigaciones plásticas. Y cuando los periodistas lo interceptaban en Maiquetía, no perdían la ocasión de preguntarle, con ese tono de quienes consultan al hombre notable como ejemplo civilizador: “Maestro, ¿qué opina de la situación política en el país?”, “maestro, ¿qué opina de quienes le tildan de extranjerizante?”, “¿tiene el país suficientes museos?”.

Jesús Soto, quien, a sus 16 años, luego de trabajar pintando carteles para los únicos tres cines de Ciudad Bolívar, se había marchado a Caracas para estudiar Artes con una beca que le diese el entonces presidente del estado, Mario Briceño Iragorry, y que a sus 19 se iría a París para iniciar su carrera, regresaba a la Venezuela que había dejado en el puerto de la Guaira en 1950, aquella que retomaba la más voluntariosa de sus empresas:
la democracia.

A diferencia del país de 1940 y 1950 en el cual Soto había crecido teniendo como única imagen de lo artístico un teatro en Ciudad Bolívar que Juan Vicente Gómez mandó a destruir, y que había sustituido a Rómulo Gallegos por el Bulldozer, en ésa, una especie de vuelta a la patria, Soto —y los venezolanos que con él formaban parte de este retrato imposible— encontró a la Venezuela de 1970 afanada en la fanfarria, en la implantación definitiva de un paisaje que nos diera prestancia. El país había sustituido el nativismo y la estatuaria indígena vernácula por una imagen que se pareciera más a la épica del progreso y fue, precisamente, la abstracción geométrica y el cinetismo las piezas que hicieron las veces de operación moderna, símbolo de la nación que adquiría progreso con la misma velocidad que el Estado construía las instituciones y los precios del petróleo llenaban las arcas nacionales.

En 1975, a pocos días de la nacionalización del hierro, se propuso a Jesús Soto la creación de un Monumento al hierro —que hoy resuena como alegoría inevitable de la Silva a la Agricultura en la Zona Tórrida—, una estructura que debía colocar sobre el pedestal de la abundancia, el proyecto de nación. Sin embargo, llegó el Viernes Negro y el monumento no pasó de ser un anteproyecto.

El país acumulaba hipotecas y el inicio de la década de 1980 agregó una más a las ya existentes.

Las partidas —y los regresos— de Jesús Soto nunca fueron definitivos. Había en ellos la zancada de quien vive en dos lugares, a la manera de un hombre síntesis.

Luego de la retrospectiva en el Museo de Bellas Artes, Soto regresaba a Caracas nuevamente. En 1983 se cumplían 200 años del natalicio de Simón Bolívar y mientras el níquel que llevaba su nombre sufría una devaluación, el presidente Luis Herrera Campins inauguró el Complejo Cultural Teresa Carreño, cuya estructura contaba con las sonoridades de las varas amarillas que colgaban del techo. La prensa embistió con nuevas preguntas, las mismas en realidad: “¿qué piensa del país?, “¿qué tiene que decirle a los críticos?”.

El maestro respondía entonces, trajeado en su guayabera: “Disfruto enormemente la reacción de un niño ante mi obra (...) Cuando veo su reacción de felicidad vuelvo a creer con optimismo que en el futuro la sociedad toda pueda gozar de esa misma libertad espiritual”, una frase venida del lugar que está en ninguna parte, que separa París del Orinoco, que deja la patria como un sonido al golpe del viento.

El país, siempre niño —al que se le endilga la adultez como el futuro que está por llegar—, gozaba del atasco en las varillas que el viento atravesaba, más como tempestad que como brisa.

Pero el tiempo se detuvo y los regresos dejaron de ser definitivos. A pocas semanas de su muerte, ir tras su historia, la de Jesús Soto, implica, también, arrojar luz sobre ese país que se retrata al lado de sus obras, esas que además de ser el tiempo, lo habitan. Hoy cuando las hipotecas se hacen inaplazables, las hilachas de La esfera Caracas han dejado de moverse. Abandonada en el distribuidor Santa Cecilia, como una boca sin dientes en medio del tráfico automotor, sobrevive como un habitante que, en lugar del golpe de la brisa, recibe el silencio como una postergación.

Todo está allí, en ella: el país de los cines y los teatros en ruinas; aquel en el que el futuro era una pulsión nostálgica; el que —aunque se lo proponga— ya no puede mirarse a sí mismo. Ésa, la Venezuela en la que las varillas colgantes enmudecen, quizás —lo más probable, maestro— porque el viento ha dejado de soplar.