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domingo, 22 de febrero de 2015

NOTICIERO RETROSPECTIVO





- Jean Aristeguieta. "Perfil: Del sabio guayanés Ernesto Sifontes". Élite, Caracas, nr. 1444 del 06/06/1953.
- Ramón Hernández entrevista a J.D. García Bacca. Últimas Noticias, Caracas, 10/06/78. Suplemento Cultural.
- Eloy J. Quintero. "Felipe Gagliardi, el albañil que murió millonario". Élite, nr. 2209 del 27/01/68.
- Maritza Jiménez entrevista a José Ignacio Cabrujas. El  Nacional, Caracas, 29/06/89.

Reproducción: Luis Alfaro Ucero. Élite, Caracas, nr. 1134 del 28/06/1947

miércoles, 4 de diciembre de 2013

DESTAPE

EL NACIONAL - Domingo 01 de Diciembre de 2013     Siete Días/7
El ministro de la franela rosada
TULIO HERNÁNDEZ

Aún la nación no había terminado de recuperarse de las imágenes fatídicas del fallido golpe militar del 4 de febrero, cuando el 27 de noviembre de1992 otro grupo de militares, violando igual el juramento constitucional, intentó un nuevo golpe, aún más fallido, sangriento, ridículo y cobarde que el anterior.
Si el 4 de febrero nos había dejado boquiabiertos a quienes creíamos que esas operaciones brutales de militares matando gente para hacerse del poder político eran asunto del pasado, el 27 de noviembre, luego de la imagen bufa de los pilotos golpistas lanzando bombas que no daban en el blanco ni estallaban y oficiales cobardes bombardeando la escuela donde se habían formado, entendimos como una revelación maligna las premoniciones de Ramón J. Velásquez.
Pocos días después del sofocado golpe de febrero, ya lo he citado varias veces, Velásquez nos había dicho: "Alguien abrió la tapa del infierno donde varias generaciones de venezolanos, al costo de vidas, exilios, torturas y prisiones, habíamos encerrado los demonios del militarismo. Ahora los demonios andan sueltos y yo no sé cuántas décadas les llevará a ustedes volverlos a encerrar".
El hombre que hablaba era senador de la República y tenía entonces 77 años de edad.
Quienes le escuchábamos, estábamos en promedio todavía en la treintena. Escribo esta nota hoy miércoles 27 de noviembre de 2013. El historiador tachirense cumplirá mañana 98 años. Los "muchachos" que íbamos a escucharlo a su oficina del Palacio Federal hace rato que cruzamos el umbral de los cincuenta. El jefe militar que lideró el golpe de febrero y planificó el retorno del militarismo está muerto. Pero, dos décadas y un año después de su entrada en escena, escupiendo balas y segando vidas, el militarismo tiene cada vez más poder en un país convertido en una suerte de perezjimenismo del siglo XXI.
Si el 4 de febrero fue el día del nacimiento de una estrella pop de la política latinoamericana ­mitad Che Guevara, mitad don Francisco, mezcla de Evita Perón con Laura de América­; el símbolo más acabado del 27 de febrero fue "el gordito de la franela rosada". Así bautizo José Ignacio Cabrujas al hombre que apareció en la televisión como una especie de guardaespalda del "teniente de bigotillos" que, luego del asesinato a mansalva de dos de los porteros, entró a los estudios de Venezolana de Televisión para ofrecer un confuso mensaje insurreccional.
Cabrujas caracterizó muy bien al telón de fondo: "Inexpresivo... triponazo, desaliñado, de franela mal metida en la pretina... mondonguero esencial y ubicado a la izquierda del televisor como una cariátide de Borneo celebrando el día de la tocineta". Pero se equivocó. Cabrujas concluyó que la presencia del gordo, su terrible aspecto, generaría un rechazo contra los insurrectos, una derechización automática del país, y ya sabemos que a la larga no fue así.
"¡Ahí viene el gordo de la franela rosada!" suponía nuestro autor que gritaría "una nación estupefacta que por momentos vio en ese coco el comienzo de una era signada por el chicharrón suicida, un tenebroso período de onoto fundamental y latica guardada de bombillo de 25 y radiecito Philco.
Algo siniestramente yuquero como el mismísimo demonio que azota nuestras conciencias mientras imaginamos, no sin cierta esperanza, el progreso nacional desde 1947 hasta nuestros días".
En cambió, acertó cuando escribió: "La imagen de Pérez derrocado a bombazos me resulta no sólo repugnante, sino inútil, entre otras razones porque un gobierno surgido de semejante violencia, un gobierno de coplillas `revolucionarias’, el régimen de la franela grosera, sería el regreso a lo que el mundo contemporáneo ha abandonado por oscuro, inútil y sobre todo irracional".
Cabrujas murió tres años después. No pudo enterarse de que el gordo de la franela rosada iría a Miraflores. Que el chicharrón suicida no era el coco sino la nueva y triunfante ética gubernamental.

domingo, 14 de julio de 2013

CA-BRUJEADOS

EL NACIONAL - Domingo 14 de Julio de 2013     Opinión/10
Pío Miranda a Beyoncé
MILAGROS SOCORRO

El día que me quieras, la pieza más popular de José Ignacio Cabrujas, se ha vuelto a representar en Caracas. Este fin de semana comienza una nueva temporada en el Teatro de Chacao, con el mismo montaje que Juan Carlos Gené dirigiera para el Grupo Actoral 80. Todo es igual, la escenografía, el vestuario, los movimientos de los actores, el ritmo... todo, menos la interpretación de Héctor Manrique en el papel de Pío Miranda, el fracasado comunista que, a falta de un proyecto de vida, se pasa los años haciendo el relato de la épica soviética con el aire embelesado de los fans de las estrellas de Hollywood.
En esta ocasión, el Pío Miranda de Héctor Manrique está muy lejano del que en su momento encarnaran Fausto Verdial y el propio Cabrujas, quienes entregaron un personaje idealista, siempre en la mercurial línea entre lo trágico y lo cómico. Pero incluso el Pío Miranda del anterior Manrique es distinto de este que respirará en el Centro Cultural Chacao hasta el 21 de julio. El de ahora es menos llorón que el de antes, pero más desgarrado, más desesperado. La evolución del trabajo de Manrique, en contraste con el del resto del elenco, que conserva el registro tenso pero amable, dulcemente provinciano, lo hace aparecer anticlimático, un huracán de angustia en medio del salón de las hermanas Ancízar, donde la brisa filtrada por los helechos parece morigerar las frustraciones.
Este Pío Miranda no tiene el pantalón sobre el ombligo (como lo usaba Raúl Rodríguez Bauza, tío de Manrique, militante del Partido Comunista como Héctor, su padre). Todas esas marcas son insustanciales ahora, cuando el actor no quiere rozar la comicidad sino entregar con toda crudeza el dolor y la vergüenza de todos los Píos Miranda de Venezuela, malogrados pero honestos, fallidos pero dignos en su austeridad de hombres humildes, que no han trocado su oscuro empleo en una escuela nocturna por una jugosa canonjía en la dictadura de turno.
Este Pío Miranda está impregnado la consternación del venezolano decente, abrumado y perplejo, entre el descampado moral a que ha descendido el país. Tal es su perturbación por el hedor a corrupción que entra por las ventanas de las Ancízar, que parece un Dorian Gray, afeado y avejentado al tiempo que se deteriora el cuadro circundante.
Hay, sin embargo, un momento en que ese Pío Miranda parece recomponerse de su trastorno.
Es cuando se dirige a Gardel (en insólita visita a la casa de las caraqueñas, durante su visita a esta ciudad antes de hacer una parada en Medellín con rumbo a la eternidad). Miranda le dice al Zorzal: "Su presencia en esta casa es un gesto afortunado propio de un gran artista popular". De pronto ha adoptado el tono de un adulto, de alguien que se ha puesto al frente de su destino y ya no habla como un admirador de los embelecos del Hollywood estalinista, sino como un hombre que ha cobrado súbita conciencia de que su país es Venezuela, su realidad está aquí y no en un koljosz en Ucrania ni en el balcón de la zarina. De repente parece caer en cuenta de que su peripecia no merodea por los alrededores del Terrible sino que está amarrada a la tiranía del Bagre. Y, con desolada serenidad, se dirige a Gardel para advertirle a qué erial de la justicia ha traído su arte.

--Permítame decirle ­es Pío Miranda levantando la mirada a Gardel­ que hemos soportado durante veintisiete años una brutal dictadura, y que las cárceles de este país están llenas de gente decente. Que nuestro pueblo se muere de hambre y de paludismo mientras los jerarcas del régimen derrochan el dinero a manos llenas. Pero que en todas partes hay un espíritu combativo que en poco tiempo logrará imponerse (...). Cuando esto ocurra, y ocurrirá, téngalo por seguro, el gobierno popular lo invitará (...) para que su arte pueda ser escuchado por el pueblo y no por la banda de criminales que mayoritariamente llenó hoy el teatro Principal.
En estos días, un ministro célebre por sus carcajadas frente a las cifras de homicidios en Venezuela, mostró como logro del régimen la venta hasta el agotamiento de las entradas para el espectáculo de Beyoncé. Bienvenida sea la talentosa beldad norteamericana.
Un día, algún Pío Miranda reunirá redaños para decirle que cantó, monumental y broncínea, no lejos de donde gemía Iván Simonovis su abominable presidio.

domingo, 9 de septiembre de 2012

REVERANOS

El Nacional - Martes 22 de Marzo de 2005 A/6 Opinión
La mirada ajena
Antonio López Ortega

Un amigo visitante de estos últimos días se conmovía con la estampa venezolana. Apreciaba la gentileza, buenas maneras, chicas curiosas y preguntonas, paisajes subyugantes, cierto dolor secreto; extrañaba también un poco de densidad en los planteamientos, cierta superficialidad en los enfoques, un poco de rigor cuando sólo había risa. En Mérida admiró los valles estrechos atravesados por un río pedregoso, la verticalidad obscena de las montañas; en Caracas, esa modernidad urbana venida a menos, ese fulgor perdido de otras épocas. Fueron pocos días en una y otra ciudad pero suficientes para reconciliarse con esta geografía humana, llena de pareceres, tropiezos, extravíos.
La prensa le resultaba un animal extraño, con titulares irreconocibles, dando por sentado verdades que en otros horizontes están proscritas; la vida intelectual le resultó opaca, con intelectuales brillantes que son más bien ágrafos, con un poco de odio en ciertos rincones de la mente, con una contribución social pobre cuando más se le necesita. Un cierto vértigo, un cierto malestar irresoluto, flota como una aureola y confunde los objetos. Vivimos más de divisiones que de debates –se dice el viajero– cuando lo que importa es la convivencia de las ideas.
Algunos se desgajan por jugar a la inclusión; otros ni siquiera se inquietan por ser sectarios. Tiempos de revancha para unos; tiempos de encierro para otros.
Pero más allá de los malestares, el viajero aprecia una fibra humana, quizás más joven que añeja, que pulula hacia el futuro. Está el joven poeta que se acerca y pide consejo, está la joven que pide un autógrafo en un cuaderno de clases, está la pregunta insípida que aspira a una respuesta envolvente.
Un auditorio de estudiantes ávidos responde con hartazgo a la discusión política, pero se arremolina con pasión a la hora de rechazar la violencia, sea cual sea su signo.
Importa poco el presente y sus derivados; inquieta más el futuro y sus posibles figuraciones. Ese candor cautiva al viajero y lo suspende en algo que se transforma en alegría. No es el síndrome del Cronista de Indias, maravillado ante flora y fauna; es más bien el que reconoce una pasión humana, llena de declives, errores, injusticias.
Ese rostro que puja por salir a superficie es el que le interesa, sumergido allá en el fondo, y enrarecido.
En sus dos últimos días en Caracas, el viajero se ofrece dos regalos, se impone dos ritos. Uno es el de ir a ver algunas piezas de Reverón en la Galería de Arte Nacional: el trazo que se desdibuja, el sol pálido, la luz como una huella. Otro es el de escabullirse en el Ateneo de Caracas para ver la reposición de El día que me quieras en el montaje del maestro Gené: la condición sentimental, los modos culturales que la urbe va modelando, nuestra domesticidad llena de pequeños afanes. En un solo rapto, el viajero pasa de la refiguración del paisaje a la condición humana, de la abstracción a la concreción, de lo innombrable a lo que se renombra permanentemente.
Un puente tendido entre dos orillas posibles: de un lado, el extravío de Reverón, queriendo desnudar la realidad hasta los huesos; del otro, un obseso como Cabrujas, añorando un paisaje barroco donde sólo hay gestos grandilocuentes.
El viajero se retira absorto, agradecido; ha creído reconocer dos pulsiones del intelecto, dos cosmovisiones; ha creído reconocer una complejidad. El círculo se va cerrando y las imágenes se agolpan. Esta vez fueron Reverón y Cabrujas, pero han podido ser Picón Salas, Soto, Cadenas, Garmendia.
¿Dónde está lo mejor de nosotros? –se pregunta el viajero ya montado en el avión de regreso–.
Pues está en lo que perdura, en lo profundo, en lo que no cambia como los buenos manjares.
Hay que ver más allá de los accidentes, de los tropiezos, y reconocer, por ejemplo, qué es lo que ha perturbado a nuestros artistas, qué es lo que los ha desvivido, qué es lo que ha provocado su entrega ciega. Allí pululan más claves que las de los vaivenes históricos, las más de las veces desmedidos o descentrados.
El viajero se queda con la luz ciega de Reverón y deja para la corte las presas sobrantes que alguien arroja al ruedo.

Fotografía: El Diario de Caracas, 05/06/89.

sábado, 30 de abril de 2011

NOTICIERO RETROSPECTIVO




- Así es la televisión. Qué Pasa, Caracas, 29/02 y 22/08/64.

- José Ignacio Cabrujas y la televisión: respuesta al "secretario de doctrina" de la FMV. El Nacional, Caracas, 10/11/84.

- Luis Buitrago Segura. "La televisión en el banquillo". Vea y Lea, Caracas, nr. 87 del 17/03/71.

- Edith Guzmán. "Después de 20 años desaparece 'La Perfecta Ama de Casa' con Ana Teresa Cifuentes". El Nacional, Caracas, 04/01/74.

- Bruno Scheuren. "Vuelta de hoja: Pornografía y censura en televisión". El Nacional, 26/08/86.


Fotografía: Antonio Pasquali, según el reportaje que le hiciera Ludovico Silva en torno a la televisión venezolana (Summa, Caracas, nr. 4 de 04/70).