EL NACIONAL - Jueves 05 de Septiembre de 2013 Opinión/6
La otra Torre de David
No te envenenes/ deja de llorar/quise ser héroe/ otra vez será.../ De Lili Marlene, balada estándar del soldado nazi
ALICIA FREILICH
No es la armería que el Cantar de los Cantares erotizó como una garganta femenina donde "están colgados los escudos de valientes", mirador defensivo para la ciudadela, luego convertida en Jerusalén. Ni el Salmo 66 de la cristiana letanía para una Virgen protectora comparada en alabanza mística con esa misma "fortaleza y castillo del Rey David".
Tampoco es la caraqueña torre que honra el nombre de su arquitecto Brillembourg, destinada a locales de un centro financiero, embargada en mitad de su construcción por Fogade durante la debacle financiera de 1994. Abandonada por doce años sirve de albergue a damnificados invasores, hoy militantes agradecidos, que la ocupan parcialmente.
Premiado el proyecto original con el León de Oro en la Bienal de Venecia 2012, ahora es símbolo de la resentida dictadura chavista, líder en desechos humanos, inepta, voraz dispensadora de lo ajeno público y privado.
Mucho que ver con el mediano techo a dos aguas de la sinagoga donde fue cantor David Ben Lazar, mi abuelo paterno, frágil templo aldeano víctima de un pogromo polaco y la invasión nacionalsocialista de Hitler.
Sí atañe directamente al venezolano actual. Es el faro de alto calibre literario que ilumina éste y todo proceso autocrático en vía totalitaria. Titulado "Nunca más", Lili Marlene (ediciones B, septiembre 2012, segunda edición) es el memorial que fusiona con gran solvencia los formatos de ficción, historia, crónica, criterio sobre el arte poético y la autobiografìa del trujillano David Alizo (1940-2008), que no alcanzó a conocer la primera edición y supo combinar con sobria y sutil armonía en obra y personalidad, talento imaginación, rigor investigativo, nexo político éticamente enfocado y un especial calor humanitario en el cultivo de la amistad leal.
Si en anteriores textos mostró pasión por la cultura europea centrada en la Grecia antigua, en esta interesante trama abarca sesenta años de la Alemania fascio-hitlerista y penetra al detalle ese fenómeno ideológico que convirtió a su protagonista psicópata en militar nazi de grado superior, asesino fugitivo de los juicios de Nuremberg y refugiado en la zona andina de una Venezuela rural postgomecista, entorno ideal para ocultar camuflada su insana condición.
Paralelo y por contraste intimista, en diseño novelístico de columna elevada sin prisa y con oportunas pausas, narra el muy lento, difícil proceso libertario venezolano desde un brutal caudillismo hasta los albores de la democracia civilista.
Guillermo Meneses y Sofía Ímber acertaron al publicar en la revista CAL los primeros relatos del joven David, que en 1970 ganó el concurso anual de cuentos de este diario y creció durante cuatro décadas con narraciones, ensayos y estudios hasta culminar en el obelisco luminoso de esta muy importante, intensa, extensa y lograda novela, sin sucumbir bajo experimentos literarios no acordes con su naturaleza más bien tímida y reflexiva. Fiel a sí mismo y en su marco histórico regional y nacional, incrusta sus vivencias del mudo país campesino en el contexto del moderno fascismo sin frontera ni tiempo que con varias trampas y siglas prevalece hoy en el régimen populista y militarizado de su patria natal.
Cada uno de sus personajes reacciona de modo distinto al descubrir la identidad criminal del forastero. Uno de ellos, álter ego del autor, advierte: "En nuestros países, los dictadores deben pagar sus crímenes y los militares no pueden zafarse con la excusa de que recibieron órdenes".
Sobre todo, el lector nuevo de este fabulado testimonio recibe un alerta suplicado de nunca más permanecer indulgente, callado, temeroso y cómplice cuando por métodos ilegítimos, y bajo la amenaza de un plan armado, todavía vigente, la perversa, uniformada, cruel barbarie se impone y adquiere rango de ley.
Fotografía: Saul Letter.
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sábado, 21 de diciembre de 2013
miércoles, 2 de mayo de 2012
CACERÍA DE FANTASMAS
EL NACIONAL - Jueves 26 de Abril de 2012 Opinión/9La deshora del escritor
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA
Cuando la efemérides apunta a algunos pronunciamientos sobre la situación del escritor venezolano, bien vale la pena asomar un breve balance sobre su situación de hoy y años recientes. De entrada, nada de fondo ha cambiado en torno a lo que se ha dado por llamar la profesionalización del oficio, pues todo sigue dependiendo de su esfuerzo único y solitario. El oficio, por supuesto, no se aprende ni en las esquinas ni en las bodegas; muy al contrario, me temo que sigue surgiendo por generación espontánea, y ya ni siquiera la programación de talleres literarios de otros años cubre el territorio nacional de manera eficiente. Se da más bien lo que, animados por el humor, llaman el ejercicio integral de la profesión, esto es, el escritor que lo es todo: impresor, corrector, diagramador, relacionista, promotor y distribuidor de sus propios libros. Esto habla, por supuesto, de la situación editorial. Desde el sector público, las prioridades han cambiado drásticamente: se han alejado del mercado, postulan una misión educativa que no se palpa cuando sus ediciones terminan en el mercado secundario y son restrictivos con autores y temas. Desde el sector privado, no hay dólares oficiales para importación, algunos sellos se han ido del país porque no logran repatriar sus ganancias y el marco regulatorio presiona para que sólo sean las casas locales las que editen. La oferta de literatura internacional que muestra la Venezuela de hoy es paupérrima si se compara con la existente en Colombia, México, Chile o Argentina.
Ni hablar de la tribuna internacional, en la que Venezuela sencillamente no existe: ni en la Feria del Libro de Bogotá, ni en la de Buenos Aires, ni en la de Guadalajara, con la excepción hecha de muestras recientes llevadas en los dos últimos años por la Cámara Venezolana del Libro. Los autores que nos representan como delegación oficial pasan a ser un club de amigos. Nuestras ferias nacionales han decaído y ahora son menos, con la excepción de la Filuc de Valencia, que no cesa de crecer; de la Feria de Plaza Altamira, fenómeno de ventas; y de la Filven, cuya última edición mostró apertura, diversidad y públicos entusiastas.
Ante un panorama por lo menos desalentador, lo único que se salva es la creatividad, cuyo empeño sólo debemos a nuestros íngrimos escritores, quienes ni ahora ni antes desfallecen ante nada: son una especie testaruda, que responde siempre a un mandato muy íntimo, donde ni siquiera el país está presente. El país, digámoslo así, se lleva por dentro, como una huella indeleble o como "una mancha de sangre", para recordar un verso del poeta Igor Barreto. Cuando se le preguntaba a Eugenio Montejo la diferencia entre un escritor mexicano y uno venezolano, el poeta contestaba: "La diferencia es que cuando el escritor mexicano camina el país viene detrás". Más que de lugar y hora del escritor, tendríamos que hablar de extravíos y deshoras, pues sólo cuatro ausencias acaecidas en la primera década del siglo corriente Salvador Garmendia en 2001, Juan Sánchez Peláez en 2003 y Adriano González León y el propio Eugenio Montejo en 2008, todas monumentales, las despedimos sin obituarios oficiales ni coronas florales. Los honores que post mórtem recibió Mario Benedetti, sin duda merecidos, con remitidos que cubrieron páginas enteras en los periódicos nacionales, no pudieron ser emulados por nuestro cuarteto de Alejandría, quienes pudieron bajar tranquilos al sepulcro, pero con la misma soledad que los amparaba cuando escribían. Nuestros autores viajan hacia la inmortalidad, pero el país sólo persigue a fantasmas.
Fotografía: Saul Letter
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Antonio López Ortega,
Escritor,
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