Ya lo apuntamos, el buen humor habla de las buenas campañas electorales. Y, aunque la ilustración es de 1982, rinde suficiente testimonio de las dificultades que afrontó la ya definida candidatura presidencial de Rafael Caldera, militante del partido de gobierno. Por cierto, esto habla de las complejidades que puede alcanzar positivamente un sistema político, por la agonalidad de los conflictos. Varias veces visto, el partido en el gobierno, no necesaria, monolítica y asfixiantemente ha de ser partido de gobierno.
Destacamos elementos de la campaña de 1983: "Venezuela entera necesita a Caldera", las camisas a cuadros que exhibió y el protagonismo de los "Propios Jóvenes". Por lo demás, valga destacar el debate televisado protagonizado por Caldera y Jaime Lusinchi.
LB
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viernes, 12 de abril de 2013
jueves, 11 de abril de 2013
FRAGORES
EL NACIONAL - Jueves 11 de Abril de 2013 Opinión/10
Historia de un elector
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA
En medio del fragor de estos días, en los que nuevamente el país se entierra en las urnas, me percato de que en 2013 cumplo 40 años como elector. No ha sido una historia de logros y aciertos, debo decir, porque siempre he jugado a perdedor, pero ya el solo acto de votar, de elegir bajo el dictado de mi conciencia, me ha parecido un acto milagroso. Si pudiera resumir en pocas palabras mis credenciales cívicas, diría que mi balance como elector tiene algo de frustración, pues siempre he votado para impedir que otro llegue a la Presidencia. En 1973, mi primer voto de 18 años se lo di a José Vicente Rangel, candidato del MAS.
Mi entorno de amigos era el de una juventud antisistema, y nada queríamos saber del "bipartidismo decadente". En 1978 volví a votar por José Vicente Rangel, por segunda vez candidato del MAS, comprobando que esta tercera vía nunca perforaría el techo del 6%. En 1983 voté por Teodoro Petkoff, de quien había leído Proceso a la izquierda, un libro deslumbrante en muchos sentidos. Con Teodoro sentíamos una renovación que nunca llegaba al poder y que él encarnaba como pocos. En 1988 mi voto fue otra vez para Teodoro, comprobando con pesar que el MAS ni siquiera conquistaba al 3% del electorado nacional. En 1993, después del Caracazo y de la insurrección militar del 92, el tablero electoral se dividió en 4 pedazos: voté por Andrés Velásquez para impedirle el paso a Caldera, quien como el ogro inmortalizado por Goya se devoraba a sus propios hijos. En 1998, para evitar la llegada de un militar ex golpista, le di mi voto a Salas Römer, un hombre de pesados aires monárquicos que terminó siendo sin saberlo la orilla salvadora de la antipolítica. En 2000, sabiendo que debíamos obstaculizar la deriva neoautoritaria, voté por Arias Cárdenas, un tránsfuga de mil colores. En 2006, no quedó otra opción que votar por Rosales, experto en desperdiciar capitales políticos. Y en 2012, admirando el esfuerzo de no pelear contra un adversario sino contra todo un Estado, mi voto fue a parar en los 6,5 millones que se plantaron ante la invención de que un moribundo podía guiar nuestros destinos por 6 años más.
He necesitado cuarenta años de vida electoral para llegar en 2013 a un candidato que no escojo para ponerle obstáculos a otro sino por convicción plena. Me bastan los valores de libertad, igualdad y fraternidad para darle mi voto. Si a ellos agrego fuertes y novedosas políticas sociales, prosperidad económica, plena libertad de expresión y crecimiento sostenido, me sentiría cerca del cielo. Y si por remate sus políticas culturales se vuelven de avanzada, no sólo copiando las mejores prácticas de países latinoamericanos sino emulando los grandes modelos de Occidente, podría hacer mías las palabras de quien en 1830 quería bajar tranquilo al sepulcro.
La juventud que veo en ese candidato, su tesón, su entrega, su convicción, su visión de país, sus credenciales como servidor público, me permiten reconocer a una nueva Venezuela: aquélla que escoge del pasado sus logros y no sus vicios, aquélla que apuesta a la civilidad y no al personalismo, aquélla que opta por la modernidad y no por el militarismo, aquélla que procura la soberanía individual y no la sujeción de los colectivos. Ya es hora de abrirse a nuevos tiempos, pues el calvario de estos años nos ha convertido en otros seres. El dolor marca, pero también transforma la psique colectiva, convirtiéndonos en una sociedad más madura. El futuro nos abre hoy sus puertas. Y esta invitación hay que aceptarla sin duda alguna, pues quizás llega una sola vez en la vida.
Fotografía: Tomada de la red.
Historia de un elector
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA
En medio del fragor de estos días, en los que nuevamente el país se entierra en las urnas, me percato de que en 2013 cumplo 40 años como elector. No ha sido una historia de logros y aciertos, debo decir, porque siempre he jugado a perdedor, pero ya el solo acto de votar, de elegir bajo el dictado de mi conciencia, me ha parecido un acto milagroso. Si pudiera resumir en pocas palabras mis credenciales cívicas, diría que mi balance como elector tiene algo de frustración, pues siempre he votado para impedir que otro llegue a la Presidencia. En 1973, mi primer voto de 18 años se lo di a José Vicente Rangel, candidato del MAS.
Mi entorno de amigos era el de una juventud antisistema, y nada queríamos saber del "bipartidismo decadente". En 1978 volví a votar por José Vicente Rangel, por segunda vez candidato del MAS, comprobando que esta tercera vía nunca perforaría el techo del 6%. En 1983 voté por Teodoro Petkoff, de quien había leído Proceso a la izquierda, un libro deslumbrante en muchos sentidos. Con Teodoro sentíamos una renovación que nunca llegaba al poder y que él encarnaba como pocos. En 1988 mi voto fue otra vez para Teodoro, comprobando con pesar que el MAS ni siquiera conquistaba al 3% del electorado nacional. En 1993, después del Caracazo y de la insurrección militar del 92, el tablero electoral se dividió en 4 pedazos: voté por Andrés Velásquez para impedirle el paso a Caldera, quien como el ogro inmortalizado por Goya se devoraba a sus propios hijos. En 1998, para evitar la llegada de un militar ex golpista, le di mi voto a Salas Römer, un hombre de pesados aires monárquicos que terminó siendo sin saberlo la orilla salvadora de la antipolítica. En 2000, sabiendo que debíamos obstaculizar la deriva neoautoritaria, voté por Arias Cárdenas, un tránsfuga de mil colores. En 2006, no quedó otra opción que votar por Rosales, experto en desperdiciar capitales políticos. Y en 2012, admirando el esfuerzo de no pelear contra un adversario sino contra todo un Estado, mi voto fue a parar en los 6,5 millones que se plantaron ante la invención de que un moribundo podía guiar nuestros destinos por 6 años más.
He necesitado cuarenta años de vida electoral para llegar en 2013 a un candidato que no escojo para ponerle obstáculos a otro sino por convicción plena. Me bastan los valores de libertad, igualdad y fraternidad para darle mi voto. Si a ellos agrego fuertes y novedosas políticas sociales, prosperidad económica, plena libertad de expresión y crecimiento sostenido, me sentiría cerca del cielo. Y si por remate sus políticas culturales se vuelven de avanzada, no sólo copiando las mejores prácticas de países latinoamericanos sino emulando los grandes modelos de Occidente, podría hacer mías las palabras de quien en 1830 quería bajar tranquilo al sepulcro.
La juventud que veo en ese candidato, su tesón, su entrega, su convicción, su visión de país, sus credenciales como servidor público, me permiten reconocer a una nueva Venezuela: aquélla que escoge del pasado sus logros y no sus vicios, aquélla que apuesta a la civilidad y no al personalismo, aquélla que opta por la modernidad y no por el militarismo, aquélla que procura la soberanía individual y no la sujeción de los colectivos. Ya es hora de abrirse a nuevos tiempos, pues el calvario de estos años nos ha convertido en otros seres. El dolor marca, pero también transforma la psique colectiva, convirtiéndonos en una sociedad más madura. El futuro nos abre hoy sus puertas. Y esta invitación hay que aceptarla sin duda alguna, pues quizás llega una sola vez en la vida.
Fotografía: Tomada de la red.
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Antonio López Ortega,
Historia electoral de Venezuela
BREVIARIO
El Nacional - Viernes 22 de Agosto de 2003 A/6
Elecciones a saltos y asaltadas
Jesús Sanoja Hernández
El 14 de diciembre de 1947 se realizaron las primeras elecciones presidenciales y legislativas de carácter directo, universal y secreto. Rómulo Gallegos llegó así a Miraflores, respaldado por un Congreso donde AD era fuerza arrolladora. Tomó posesión el 15 de febrero de 1948, pero el 24 de noviembre de ese mismo año fue derrocado por los mismos militares que se habían aliado a AD para derrocar a Medina Angarita el 18 de octubre de 1945, “día de la gloriosa revolución”.
Gallegos había permanecido en el poder sólo nueve meses y nueve días. Aquel partido que se ufanaba de arrastrar masas como ninguno antes en nuestra historia, se vino abajo como castillo de naipes, y no se conoció manifestación callejera alguna que saliera a defenderlo, como tampoco a Gallegos y al Congreso, iconos, se diría hoy, de la democracia inaugurada por la Constitución “más avanzada de América Latina”.
Tardaron los golpistas cuatro años y sus días para convocar nuevas elecciones, esta vez con el fin de escoger a los miembros de la Constituyente. El 2 de diciembre de 1952 fue la fecha fijada. La Junta de Gobierno, presidida por un civil, títere de los militares, había organizado un partido de ocasión (FEI: Frente Electoral Independiente) que en cada estado actuaba a través de gobernadores nombrados a dedo y perrunamente obedientes a las órdenes del dúo militarista integrado por Pérez Jiménez y Llovera Páez. La unidad popular forjada alrededor de URD barrió, sin embargo, con el FEI y sus aliados.
Días después Jóvito Villaba y otros líderes urredistas fueron lanzados al destierro, en tanto que en 1953, la Constituyente espuria (sin URD ni Copei) nombraba presidente a Pérez Jiménez.
Cinco años más tarde el dictador, aconsejado por su ministro del Interior Vallenilla Lanz, convocó un plebiscito, contrariando lo previsto en su propia Constitución, la de 1953, sin imaginar que la reacción popular, encabezada por la Junta Patriótica que fundaron los partidos clandestinos, y la de muchísimos militares disidentes, lo sacarían del poder 49 días más tarde. Se había llegado al 23 de enero de 1958, símbolo de la unidad cívico-militar que se desintegraría a lo largo del gobierno de Betancourt.
El proceso de diciembre del 63 encontró inhabilitados al PCV y el MIR, cuyos militantes habían sido protagonistas de primera fila en el desplome de la tiranía. Y por lo mismo, aunque con delirios de una segunda Cuba, esas organizaciones, que ya habían entrado al callejón sin salida de la insurrección, cometieron un segundo error al aprobar la “abstención militante”.
Tales decisiones abrieron el camino al bipartidismo, cuyo desplome tendría que esperar treinta años.
Sólo fue posible, y hasta nuevo aviso, en el período 1993-1998, con efectos devastadores durante los gobiernos de Chávez, el legítimo y el relegitimado.
Cuando se escriba a dos manos, la del observador objetivo y la del militante sectario, la historia de los cuatro años y medio del “chavismo” en el poder, las páginas mostrarán curiosas y peligrosísimas contradicciones. Cada página par estará marcada por el análisis valorativo y racional, mientras cada página impar por la versión pasional y banderiza, pero en uno y otro caso constarán verdades irrefutables: período altamente crítico y a la vez carente de espíritu autocrítico; etapa de contradicciones entre democracia participativa y conducción autoritaria; crisis de partidos y emergencia activa de la sociedad civil; encendido debate interno y alertante monitoreo externo; intensa actividad civilista y tensa actuación militarista; incesantes citas eleccionarias e insólito muro revocatorio.
Ningún otro mandato presidencial había atravesado por tantas contingencias, cambios, desafíos y enfrentamientos como el de Chávez, que empezó con sólida alianza, el Polo Patriótico, y ha quedado reducido al MVR radical y a aliados minúsculos donde el PPT aparece como gigante, no siéndolo. Ningún otro gobierno había sacado a la calle la enclaustrada política de Miraflores, ofreciéndole margen a la creciente oposición para manifestaciones gigantescas, paros cívicos de corta y larga duración y, por reflejo, audiencia en los medios internacionales, especialmente en Estados Unidos y la OEA.
A saltos ha vivido la política venezolana desde que AD y la Unión Patriótica Militar derrocaron a Medina Angarita, cuyo presunto sucesor, Ángel Biaggini, había prometido en su discurso de proclamación como candidato que en su gobierno se aprobaría el voto universal, directo y secreto, principal pretexto de AD para sumarse al golpe de estado que por mucho tiempo vendió como “gloriosa revolución”. Saltos mortales fueron los de 1948, 1952 y 1958, y salto mortal fue el que intentaron el 4-F los del MBR-200.
Las excepciones no pasan de dos:
los 40 años transcurridos entre 1958 y 1998, y los del proceso iniciado por Chávez, si es que el revocatorio no se convierte en trampolín para otra aventura.
Nota LB: Fue siempre grata la costumbre de leer a Sanoja Hernández o, la misma persona, a Pablo Azuaje o Manuel Rojas Poleo. Otros fueron también sus nombres, según informa Rafael Ramón Castellanos en su "Historia del seudónimo en Venezuela" (Ediciones Centauro, Caracas, vol. I: 362): Álvaro Ruíz, Beltazar Padrón, Eduardo Montes, Edgar Hamilton, JEZ, J.E.Z., Juan E. Zaraza, Martín, Garbán, Ricardo Benavides Olaizola, Saher, Sarmiento López y Ulises. Probablemente por él, aprendimos qué era un pseudónimo y nos animó a tres o cinco que, incluso, utilizamos para El Globo, Economía Hoy y El Nacional.
Extrañando ahora sus crónicas que tan injustamente llegó a calificar de menores, como injustos han sido los ataques recibidos por Aporrea, por ejemplo, es necesario reconocer un esfuerzo de equilibrio para quien militó en el PCV, y su impecable manejo del lenguaje. Por supuesto, hay una versión sanojista de la historia contemporánea, pero la hay donde otros - sencillamente - brillan por su ausencia o no encuentran medios para una atractiva exposición que vaya más allá del "tal día como hoy". Con el tiempo, aprendimos a coincidir y a discrepar de esa versión, nunca demeritándolo. Por ejemplo, acá ofrece una más benigna de la violencia y, cuando hemos acudido a diario de insospechado betancurismo, como Clarín y El Nacional, constatamos gravedades como las ocurridas en los comicios de 1963.
Elecciones a saltos y asaltadas
Jesús Sanoja Hernández
El 14 de diciembre de 1947 se realizaron las primeras elecciones presidenciales y legislativas de carácter directo, universal y secreto. Rómulo Gallegos llegó así a Miraflores, respaldado por un Congreso donde AD era fuerza arrolladora. Tomó posesión el 15 de febrero de 1948, pero el 24 de noviembre de ese mismo año fue derrocado por los mismos militares que se habían aliado a AD para derrocar a Medina Angarita el 18 de octubre de 1945, “día de la gloriosa revolución”.
Gallegos había permanecido en el poder sólo nueve meses y nueve días. Aquel partido que se ufanaba de arrastrar masas como ninguno antes en nuestra historia, se vino abajo como castillo de naipes, y no se conoció manifestación callejera alguna que saliera a defenderlo, como tampoco a Gallegos y al Congreso, iconos, se diría hoy, de la democracia inaugurada por la Constitución “más avanzada de América Latina”.
Tardaron los golpistas cuatro años y sus días para convocar nuevas elecciones, esta vez con el fin de escoger a los miembros de la Constituyente. El 2 de diciembre de 1952 fue la fecha fijada. La Junta de Gobierno, presidida por un civil, títere de los militares, había organizado un partido de ocasión (FEI: Frente Electoral Independiente) que en cada estado actuaba a través de gobernadores nombrados a dedo y perrunamente obedientes a las órdenes del dúo militarista integrado por Pérez Jiménez y Llovera Páez. La unidad popular forjada alrededor de URD barrió, sin embargo, con el FEI y sus aliados.
Días después Jóvito Villaba y otros líderes urredistas fueron lanzados al destierro, en tanto que en 1953, la Constituyente espuria (sin URD ni Copei) nombraba presidente a Pérez Jiménez.
Cinco años más tarde el dictador, aconsejado por su ministro del Interior Vallenilla Lanz, convocó un plebiscito, contrariando lo previsto en su propia Constitución, la de 1953, sin imaginar que la reacción popular, encabezada por la Junta Patriótica que fundaron los partidos clandestinos, y la de muchísimos militares disidentes, lo sacarían del poder 49 días más tarde. Se había llegado al 23 de enero de 1958, símbolo de la unidad cívico-militar que se desintegraría a lo largo del gobierno de Betancourt.
El proceso de diciembre del 63 encontró inhabilitados al PCV y el MIR, cuyos militantes habían sido protagonistas de primera fila en el desplome de la tiranía. Y por lo mismo, aunque con delirios de una segunda Cuba, esas organizaciones, que ya habían entrado al callejón sin salida de la insurrección, cometieron un segundo error al aprobar la “abstención militante”.
Tales decisiones abrieron el camino al bipartidismo, cuyo desplome tendría que esperar treinta años.
Sólo fue posible, y hasta nuevo aviso, en el período 1993-1998, con efectos devastadores durante los gobiernos de Chávez, el legítimo y el relegitimado.
Cuando se escriba a dos manos, la del observador objetivo y la del militante sectario, la historia de los cuatro años y medio del “chavismo” en el poder, las páginas mostrarán curiosas y peligrosísimas contradicciones. Cada página par estará marcada por el análisis valorativo y racional, mientras cada página impar por la versión pasional y banderiza, pero en uno y otro caso constarán verdades irrefutables: período altamente crítico y a la vez carente de espíritu autocrítico; etapa de contradicciones entre democracia participativa y conducción autoritaria; crisis de partidos y emergencia activa de la sociedad civil; encendido debate interno y alertante monitoreo externo; intensa actividad civilista y tensa actuación militarista; incesantes citas eleccionarias e insólito muro revocatorio.
Ningún otro mandato presidencial había atravesado por tantas contingencias, cambios, desafíos y enfrentamientos como el de Chávez, que empezó con sólida alianza, el Polo Patriótico, y ha quedado reducido al MVR radical y a aliados minúsculos donde el PPT aparece como gigante, no siéndolo. Ningún otro gobierno había sacado a la calle la enclaustrada política de Miraflores, ofreciéndole margen a la creciente oposición para manifestaciones gigantescas, paros cívicos de corta y larga duración y, por reflejo, audiencia en los medios internacionales, especialmente en Estados Unidos y la OEA.
A saltos ha vivido la política venezolana desde que AD y la Unión Patriótica Militar derrocaron a Medina Angarita, cuyo presunto sucesor, Ángel Biaggini, había prometido en su discurso de proclamación como candidato que en su gobierno se aprobaría el voto universal, directo y secreto, principal pretexto de AD para sumarse al golpe de estado que por mucho tiempo vendió como “gloriosa revolución”. Saltos mortales fueron los de 1948, 1952 y 1958, y salto mortal fue el que intentaron el 4-F los del MBR-200.
Las excepciones no pasan de dos:
los 40 años transcurridos entre 1958 y 1998, y los del proceso iniciado por Chávez, si es que el revocatorio no se convierte en trampolín para otra aventura.
Nota LB: Fue siempre grata la costumbre de leer a Sanoja Hernández o, la misma persona, a Pablo Azuaje o Manuel Rojas Poleo. Otros fueron también sus nombres, según informa Rafael Ramón Castellanos en su "Historia del seudónimo en Venezuela" (Ediciones Centauro, Caracas, vol. I: 362): Álvaro Ruíz, Beltazar Padrón, Eduardo Montes, Edgar Hamilton, JEZ, J.E.Z., Juan E. Zaraza, Martín, Garbán, Ricardo Benavides Olaizola, Saher, Sarmiento López y Ulises. Probablemente por él, aprendimos qué era un pseudónimo y nos animó a tres o cinco que, incluso, utilizamos para El Globo, Economía Hoy y El Nacional.
Extrañando ahora sus crónicas que tan injustamente llegó a calificar de menores, como injustos han sido los ataques recibidos por Aporrea, por ejemplo, es necesario reconocer un esfuerzo de equilibrio para quien militó en el PCV, y su impecable manejo del lenguaje. Por supuesto, hay una versión sanojista de la historia contemporánea, pero la hay donde otros - sencillamente - brillan por su ausencia o no encuentran medios para una atractiva exposición que vaya más allá del "tal día como hoy". Con el tiempo, aprendimos a coincidir y a discrepar de esa versión, nunca demeritándolo. Por ejemplo, acá ofrece una más benigna de la violencia y, cuando hemos acudido a diario de insospechado betancurismo, como Clarín y El Nacional, constatamos gravedades como las ocurridas en los comicios de 1963.
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viernes, 5 de octubre de 2012
HISTORIA ELECTORAL
EL UNIVERSAL, Caracas, 5 de Octubre de 2012
Una larga historia
Todo está listo para que escribamos las próximas páginas de nuestra historia. ¡Llegó la hora de votar!
GERARDO BLYDE
Resulta harto interesante revisar nuestra historia electoral, justo a las puertas del proceso de elección presidencial más importante que viviremos los venezolanos de esta época. Las implicaciones que tendrá para el futuro de nuestra Venezuela son gigantescas y sin duda cruciales.
En la primera elección de este período democrático, en 1958, los resultados dieron ganador a Betancourt con el 49.18% de los votos, Larrazábal obtuvo el 34,61% y Caldera 16,21%. Si los dos últimos se hubieran unido, le habrían ganado a Betancourt por menos de 1%. Asombra el porcentaje de abstención: apenas 10,40% de los electores. Nacía la democracia y había en el pueblo ganas de votar, de decidir su futuro.
En 1963, Leoni ganó con el 32,81% de los votos, Caldera obtuvo 20,19%, Jóvito Villalba 18,89%, Arturo Uslar 16,08% y Larrazábal 9,43%. Casi el 70% de los electores se expresó por opciones distintas al ganador, empero, al no existir segunda vuelta en nuestro sistema electoral, todos aceptaron los resultados. Seguía el fervor por participar y la abstención disminuyó a sólo un 7,79%.
En 1968, todas las encuestadoras daban por ganador indiscutible a Gonzalo Barrios. Los resultados dieron la victoria a Rafael Caldera con apenas el 29,13%. Barrios obtuvo 28,29%. Burelli Rivas 22,22% y el maestro Prieto Figueroa 19,34%. La diferencia entre el primero y el segundo fue de apenas un 0,89%. Todos reconocieron el resultado. La abstención fue de un increíble 3,27%.
Llegó 1973. Carlos Andrés Pérez alcanzó un sólido 48,76%, venciendo a Lorenzo Fernández, quien obtuvo un 36,70% de apoyo. Hubo una verdadera polarización arrastrando a los demás candidatos a cifras de un solo dígito: Paz Galarraga 5,07%, José Vicente Rangel 4,26% y Jóvito Villalba 3,07%. La abstención registrada fue de 3,48%.
En 1978, Herrera Campins venció a Luis Piñerúa 46,64% a 43,31%. La diferencia fue de solo 3,33%. Las encuestas de la época daban mayoritariamente ganador a Piñerúa, sólo unas pocas predijeron que Herrera podría ganar. Los adecos reconocieron su derrota. José Vicente Rangel obtuvo 5,18% de los votos. La abstención creció a 12,45%.
Jaime Lusinchi significó el regreso de Acción Democrática al poder, ganando la contienda de 1983 con el 56,72% de los votos. Fue la primera vez que el candidato ganador superaba la barrera del 50%. Caldera, que aspiraba su reelección, obtuvo el 34,54%. La izquierda, que fue dividida, obtuvo con Teodoro Petkoff 4,17% y con José Vicente Rangel 3,34%. La abstención fue de 12,25%.
En 1988, Carlos Andrés Pérez aspiró a ser reelecto y lo consiguió con el 56,72% de los votos. Eduardo Fernández lo secundó con 40,40% y Petkoff sólo obtuvo el 2,71%. La abstención creció a 18,08%.
La elección de 1993 fue muy significativa. Los resultados señalaron lo que estaba ocurriendo en el pueblo venezolano. Caldera obtuvo su reelección con apenas el 30,46% de los votos. La abstención fue de 39,84%. Otros 3 candidatos llegaron casi juntos a los siguientes lugares: Claudio Fermín 23,60%, Álvarez Paz 22,73% y Andrés Velásquez 21,95%. El verdadero ganador de la contienda fue la abstención.
En 1998 todos los estudios de opinión en un inicio daban ganadora a Irene Sáez. Durante la campaña los números y los apoyos fueron variando. Chávez se convirtió en el ganador con un 56,20% de los votos, Salas Römer obtuvo un 43,80% y la abstención se mantuvo muy alta en un 36,50%.
En las elecciones del año 2000, la oposición cometió el inmenso error de apoyar la candidatura de Arias Cárdenas, quien obtuvo apenas un 37,52% para una cómoda victoria de Chávez con 59,76%. Sin embargo la abstención creció a 43,60%, cifra histórica. Quienes no votaron decidieron la suerte del país.
Rosales asumió la necesaria vuelta al ruedo electoral en 2006, obteniendo un 36.91% de los votos, en una campaña muy corta pues lograr la unidad opositora tardó. Chávez ganó con 62,85% y la abstención bajó a 25,31%. Veníamos de otro error: el retiro de las elecciones parlamentarias. El esfuerzo de Rosales nos repuso en el camino correcto, que llevó al éxito electoral en las parlamentarias del 2010.
Esta es nuestra historia en elecciones presidenciales. Lo que ocurrirá este domingo depende de cada uno de nosotros. Cuando alguien a futuro haga el resumen de lo que sucedió el 7 de octubre de 2012, cada venezolano que vote habrá sido parte de ello. También quedará para la historia -y nos marcará- el comportamiento de los candidatos enfrentados aceptando con entereza y dignidad lo que el pueblo ordene. Ya todo está listo para que escribamos las próximas páginas de nuestra propia historia. ¡Llegó la hora de votar!
Una larga historia
Todo está listo para que escribamos las próximas páginas de nuestra historia. ¡Llegó la hora de votar!
GERARDO BLYDE
Resulta harto interesante revisar nuestra historia electoral, justo a las puertas del proceso de elección presidencial más importante que viviremos los venezolanos de esta época. Las implicaciones que tendrá para el futuro de nuestra Venezuela son gigantescas y sin duda cruciales.
En la primera elección de este período democrático, en 1958, los resultados dieron ganador a Betancourt con el 49.18% de los votos, Larrazábal obtuvo el 34,61% y Caldera 16,21%. Si los dos últimos se hubieran unido, le habrían ganado a Betancourt por menos de 1%. Asombra el porcentaje de abstención: apenas 10,40% de los electores. Nacía la democracia y había en el pueblo ganas de votar, de decidir su futuro.
En 1963, Leoni ganó con el 32,81% de los votos, Caldera obtuvo 20,19%, Jóvito Villalba 18,89%, Arturo Uslar 16,08% y Larrazábal 9,43%. Casi el 70% de los electores se expresó por opciones distintas al ganador, empero, al no existir segunda vuelta en nuestro sistema electoral, todos aceptaron los resultados. Seguía el fervor por participar y la abstención disminuyó a sólo un 7,79%.
En 1968, todas las encuestadoras daban por ganador indiscutible a Gonzalo Barrios. Los resultados dieron la victoria a Rafael Caldera con apenas el 29,13%. Barrios obtuvo 28,29%. Burelli Rivas 22,22% y el maestro Prieto Figueroa 19,34%. La diferencia entre el primero y el segundo fue de apenas un 0,89%. Todos reconocieron el resultado. La abstención fue de un increíble 3,27%.
Llegó 1973. Carlos Andrés Pérez alcanzó un sólido 48,76%, venciendo a Lorenzo Fernández, quien obtuvo un 36,70% de apoyo. Hubo una verdadera polarización arrastrando a los demás candidatos a cifras de un solo dígito: Paz Galarraga 5,07%, José Vicente Rangel 4,26% y Jóvito Villalba 3,07%. La abstención registrada fue de 3,48%.
En 1978, Herrera Campins venció a Luis Piñerúa 46,64% a 43,31%. La diferencia fue de solo 3,33%. Las encuestas de la época daban mayoritariamente ganador a Piñerúa, sólo unas pocas predijeron que Herrera podría ganar. Los adecos reconocieron su derrota. José Vicente Rangel obtuvo 5,18% de los votos. La abstención creció a 12,45%.
Jaime Lusinchi significó el regreso de Acción Democrática al poder, ganando la contienda de 1983 con el 56,72% de los votos. Fue la primera vez que el candidato ganador superaba la barrera del 50%. Caldera, que aspiraba su reelección, obtuvo el 34,54%. La izquierda, que fue dividida, obtuvo con Teodoro Petkoff 4,17% y con José Vicente Rangel 3,34%. La abstención fue de 12,25%.
En 1988, Carlos Andrés Pérez aspiró a ser reelecto y lo consiguió con el 56,72% de los votos. Eduardo Fernández lo secundó con 40,40% y Petkoff sólo obtuvo el 2,71%. La abstención creció a 18,08%.
La elección de 1993 fue muy significativa. Los resultados señalaron lo que estaba ocurriendo en el pueblo venezolano. Caldera obtuvo su reelección con apenas el 30,46% de los votos. La abstención fue de 39,84%. Otros 3 candidatos llegaron casi juntos a los siguientes lugares: Claudio Fermín 23,60%, Álvarez Paz 22,73% y Andrés Velásquez 21,95%. El verdadero ganador de la contienda fue la abstención.
En 1998 todos los estudios de opinión en un inicio daban ganadora a Irene Sáez. Durante la campaña los números y los apoyos fueron variando. Chávez se convirtió en el ganador con un 56,20% de los votos, Salas Römer obtuvo un 43,80% y la abstención se mantuvo muy alta en un 36,50%.
En las elecciones del año 2000, la oposición cometió el inmenso error de apoyar la candidatura de Arias Cárdenas, quien obtuvo apenas un 37,52% para una cómoda victoria de Chávez con 59,76%. Sin embargo la abstención creció a 43,60%, cifra histórica. Quienes no votaron decidieron la suerte del país.
Rosales asumió la necesaria vuelta al ruedo electoral en 2006, obteniendo un 36.91% de los votos, en una campaña muy corta pues lograr la unidad opositora tardó. Chávez ganó con 62,85% y la abstención bajó a 25,31%. Veníamos de otro error: el retiro de las elecciones parlamentarias. El esfuerzo de Rosales nos repuso en el camino correcto, que llevó al éxito electoral en las parlamentarias del 2010.
Esta es nuestra historia en elecciones presidenciales. Lo que ocurrirá este domingo depende de cada uno de nosotros. Cuando alguien a futuro haga el resumen de lo que sucedió el 7 de octubre de 2012, cada venezolano que vote habrá sido parte de ello. También quedará para la historia -y nos marcará- el comportamiento de los candidatos enfrentados aceptando con entereza y dignidad lo que el pueblo ordene. Ya todo está listo para que escribamos las próximas páginas de nuestra propia historia. ¡Llegó la hora de votar!
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