EL NACIONAL - LUNES 09 DE OCTUBRE DE 2006 B/14
Cultura y Espectáculos
ENTREVISTA
MIGUEL ÁNGEL CAMPOS, sociólogo
"La gente de este país nunca había sido tan consumista y fetichista"
El escritor trujillano, profesor de la Universidad del Zulia y autor de La ciudad velada (2001), Desagravio del mal (2005) y La fe de los traidores (2005); analiza la tradición ensayística que condena al petróleo, comenta los efectos que tuvo la "Venezuela saudita" en la intelligentsia criolla y esboza un país que nunca existió. Todo esto en una entrevista
ALBINSON LINARES
El sudor perla las frentes cuando alcanza los 39º centígrados. Lentamente, Miguel Ángel Campos se acomoda en un banco de concreto y juguetea con su bastón. Sociólogo, con dotes excepcionales para el ensayo, es famoso por lo agudo de sus construcciones en prosa.
No menos afilado es su verbo que, con calma y firmeza, esboza juicios que revelan la idiosincrasia nacional. O la casi ausencia de una, hecho que revela los signos de una crisis que trasciende la diatriba política diaria.
Andino, de Motatán para ser exactos, Campos se sabe heredero de un legado valioso y poco recordado que tiene como epítomes a Mariano Picón Salas y Mario Briceño¬Iragorry.
¬¿Cuándo se comienza a consi derar al petróleo como el origen de nuestros males?
¬Muy tempranamente al petróleo se le asocia en Venezuela con el imperialismo, ésta fue una perspectiva de intelectuales y escritores que se impuso a los lectores antes de que la experiencia colectiva pudiera derivar hacia sus propios juicios. Perspectiva simplista y mecánica, pero venía en línea directa de la cultura de la pobreza, como emblema del redentorismo y formalmente de cierto criollismo que tipificó lo nacional. Luego, con el fracaso del Estado en la tarea de redimirlos a todos, se incubó una especie de resentimiento que prendió ampliamente en todas las capas de la sociedad. Era una explicación fácil y fraudulenta pero muy rentable políticamente, dejaba a salvo la incompetencia de la élite dirigente para administrar la riqueza fiscal, hacía caer todo el peso en la fatalidad de un agente causal que no podía ser encarado, entonces se le miró con encono, se le identificó como algo extraño, ajeno.
¬Desde cuándo surge la tesis del "petróleo perverso"? ¬La tesis del petróleo perverso como instrumento forense está lista y opera en el imaginario venezolano ya hacia la época de la actualización material (modernización), finales de los 40. Los grandes usufructuarios de esta explicación falsa del sufrimiento son los partidos políticos, pues esto les evitó hacer las reformas necesarias y producir reflexiones de fondo e incluso la mea culpa. En 40 años, y luego hasta hoy, el esquema de retención del poder fundado en el parlamentarismo, democracia digital y estado de derecho como parapeto, se ha mantenido intacto, financiado exclusivamente por la capacidad de conciliar del Estado.
"Es un mecanismo tan poderoso que aquellos que se levantaron contra la gallina de los huevos de oro terminaron arropándola tiernamente para que no se resfriara. Los insumos civiles y de naturaleza ideológica son casi inexistentes en la estructuración de la vida social venezolana, la cacareada politización de la población es sólo fruto de la novísima cercanía entre la masa filistea y simuladora y lo que en Venezuela equivocadamente se considera expresión característica de lo político: el Estado".
¬¿Qué ensayistas reforzaron esa tesis? ¬En el ensayo esta tesis es más bien escasa. La muestra tiende a ser claramente panfletaria y esto nos pone a salvo. Pienso en dos nombres como Ramón Díaz Sánchez y Joaquín Gabaldón Márquez. Es sobre todo en la escritura de ficción, novela y cuento, en la que el discurso es más elaborado y su alcance se presta para una valoración. La primera novela del petróleo que en sentido estricto organiza el tema es representativa de esta tesis, Mancha de aceite (1935), luego tenemos Mene (1936), Ofici na Nº 1, que linealmente comienza en Casas muertas.
"Los narradores construyen símbolos y arquetipos, éstos modelan un parecer y el sentir, es el arte de un país encarando un tiempo y un conflicto, y esta tarea no es menor ni desestimable. Para bien o para mal, es la grave responsabilidad de este tipo de indagación, que ha sido conservadora y simplista, subsidiaria de intereses ajenos a la literatura misma. Uslar es, sobre todo, un hombre angustiado por el derroche y cuando hace juicio se muestra como el hombre culto y moralista; Adriani es el economista cuyo plan ni siquiera considera el petróleo como una fuerza del futuro; Picón Salas lo ignora y cuan do lo toca es esquivo y mordaz. ¬Como investigador, ¿cuándo decide escribir para desmitificar al petróleo?
¬Seguramente mis imágenes del niño que vivió una vida de pobreza alrededor de un campo, visto desde fuera, de lejos, me aguijoneó para explicarme una realidad del presente: aquel niño observaba no con rabia sino con emoción, con alegría por el futuro que debía estar en algún lugar. Mi gratitud con el petróleo, verlo como fuente de felicidad y haberme salvado de una vida rural y bárbara, se lo debo a mi madre. Su maravillosa intuición la hizo movilizarse desde los Andes deprimidos y tristes hacia la bulla de los campos para educar a sus hijos; ella siempre creyó en esa fuerza transformadora y no se rindió ante la cultura gamonal y las penurias.
¬Durante el proceso de inves tigación, ¿cuándo tiene la certeza de que esta explosión minera no era perjudicial, sino todo lo contrario?
¬Aún sin proyecto, sin plan estable y de largo alcance, el impacto del petróleo ha sido claramente positivo. En ausencia de aquellas gestiones ha actuado como una fuerza inercial de consecuencias salvadoras. Lo sentí leyendo las historias resentidas y un tanto simplistas de la narrativa, estudiando la condición del país antes de 1936. Si los jóvenes que hoy tienen menos de 25 años tuvieran alguna remota idea de lo que era la Venezuela desolada y vacía de antes de esa fecha, se morirían del susto.
Los efectos de la "Venezuela Saudita" ¬¿Puede plantearse un parangón histórico con otros países?, es decir, los cambios dramáticos que trajo el advenimiento del petróleo para Venezuela, ¿tienen algún antecedente en otras naciones?
¬En México hay una conducta similar, la economía minera tiende a ser vista como un agente casual, no enraizado en la identidad, como los procesos de la agricultura, digamos, pero nadie achaca a la caña de azúcar o al conucaje males como la degradación y sumisión gamonal. López Velarde, el autor de Suave patria, poema cíclico de totalización de lo mexicano, dice: "El niño Dios te dio un pesebre y el diablo los veneros del petróleo".
¬¿Los vicios generados por la riqueza y la abundancia minera tienen algún reparo? ¿o la idiosincrasia del venezolano está marcada irremediablemente por este hecho?
¬La sociedad sabe que es una explicación ruidosa pero desleal. Adquirió de un modo de vida novedoso y estimulante sus rasgos más deplorables, hicimos de una posibilidad de dignidad material una expectativa de redención, mezclamos riqueza con mala conciencia y desde la penuria material, el resultado no podía ser sino la condena de aquello que no obstante nos sacó de la barbarie.
¬¿Qué efecto tuvo la "Venezue la saudita" en la intelligentsia criolla?
¬El mismo que tiene hoy. Ésta sigue siendo una sociedad dominada por valores arraigados en la ausencia de solidaridad, frívola y consumista, estragada por agentes típicos del capitalismo subdesarrollado, es decir, hábitos marginales y pretensiones de modernidad. Extrema pobreza y riqueza grosera son los efectos de gestiones de desarrollo fundadas sólo en la inversión neta y el clientelismo. La intelligent sia creyó, supongo, que el país ya estaba resuelto y pensado, que todo aquello de interrogarse por el desgarro y demás era cosa cursi y del pasado.
"Una expresión sería la llamada República del Este. Hoy tenemos santificadores de oficio, muchachones oportunistas, aquellos bebían hasta reventar y celebraban la vida breve. Éstos reviven teorías a conveniencia y otros se quedaron sin programa, los sacó de paso la novedad pintoresca de la oralidad, enmudecieron y esperan por los buenos tiempos. Felizmente, siempre tenemos pequeñas reservas de beligerancia y disidencia, y esto dignifica a individuos aislados.
El país que nunca existió
¬¿Existe la identidad nacional como un concepto arraigado entre los venezolanos?
¬Ni siquiera tenemos sentido de arraigo, intuición de un origen común. Tampoco el reconocimiento de una heredad que debe permanecer en el tiempo. La única fuente de unidad ha estado representada en el ejercicio del poder público. El Estado unifica por medio de una cultura de tutelaje, culto servil al poder de oficina, es fácil acomodarse a esto. Pero la acción de remitir los acuerdos y una voluntad colectiva a un patrimonio fundado en adscripción y pertenencia es algo casi fantasioso, totalmente inexistente.
¬El país glosado, analizado y proyectado por nuestros pensadores, ¿existió alguna vez?
¬Es sólo una aspiración ideal, de carácter moral. Lo concibieron como recurso frente a la disgregación y la angustia del finis patriae. Hemos tenido hombres buenos, seguramente, pero no buenos ciudadanos, por lo demás todos han demostrado un recurrente amor por las formas públicas del poder, representación deformada y torva de esa patria entrevista en los raptos de buena conciencia. Tampoco una clase política en términos medianamente técnicos, sólo líderes de liderismo, según la definición de Mijares, y por supuesto, hombres que tiran la parada.
¬¿Cree que este gobierno ha utilizado las carencias y la falta de pertenencia del ciudadano medio para fortalecer el proceso revolucionario?
¬Ha canalizado las tendencias igualitarias de una sociedad cuyo enorme complejo de culpa la hace delegar todo su poder en manos de quien representa sus más oscuras frustraciones.
¬¿Es correcto calificar a este proceso político como una "revolución"?, es decir, ¿cree que los cambios son tan abruptos como para que eso sea correcto?
¬Los únicos cambios que sociológicamente se pueden definir como tales son los culturales. La gente de este país nunca había sido tan consumista y fetichista. Quienes escandalizan con el espanto de comunismos y socialismos, debieran apartar cita con el oftalmólogo.
Fotografía: Tomada de la red
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viernes, 29 de junio de 2012
martes, 29 de mayo de 2012
FERVOR
EL NACIONAL - Sábado 26 de Mayo de 2012 Papel Literario/2
Fuentes volvió a "La región más transparente"
Un centenar de volúmenes, miles de páginas, decenas de genuinos personajes y un férreo compromiso por la comprensión de la identidad latinoamericana conforman el legado más duradero del hombre conocido como "la conciencia estética de América Latina"
ALBINSON LINARES
Al rayar el alba cuando todas las cosas despertaban, el escritor debió sentir que se apagaba y enardecido se aferró a la rutina que tantas veces lo salvó durante sus 86 años. Sin hacer ruido se levantó, entró al baño y miró su rostro frente al espejo, caro objeto de su estética que siempre le sirvió para entender al otro y fungir como metáfora del continente que le vio nacer.
"La vida imita al arte" debió pensar antes de sumirse en la negrura de la inconsciencia, mientras la boca se le llenaba del regusto salino, ardoroso y abundante de la sangre fresca. En uno de sus juegos indescifrables, el raro destino de los escritores quiso que Carlos Fuentes muriese el pasado 18 de mayo de una hemorragia masiva del tubo digestivo. Esta afección que le costó la vida debió recordar a los lectores La muerte de Artemio Cruz, una de sus célebres narraciones donde el protagonista agonizó por afecciones gástricas. La vida, a veces, es un juego kitsch.
Llorado por familiares y amigos, recordado por lectores del mundo entero, respetado por estudiosos, admiradores y enemigos, la figura de Carlos Fuentes no deja indiferente al que se le acerca. Como todo titán su poderío reside en el genio que lo llevó a concebir --desde su temprana veintena-- el corpus de "La edad del tiempo", magno proyecto literario en el que englobó todas sus ficciones.
Novelas como La región más transparente(1958), La muerte de Artemio Cruz (1962), Terra Nostra (1975), Gringo Viejo (1985), Cristóbal nonato (1987), La silla del águila (2003), La voluntad y la fortuna (2008) y numerosos libros de cuentos entre los que destacan Los días enmascarados (1954), Aura (1962), Cantar de ciegos (1964), Agua quemada (1983) y La frontera de cristal (1995), lo ubican como una de las figuras renovadoras del concierto literario hispanoamericano.
Su obra ensayística aparece permeada por las reflexiones sobre el oficio literario y la constante indagación en la obra de autores que considera claves para comprender procesos temporales como el Siglo de Oro español o los fundadores de la literatura moderna norteamericana como John Dos Passos, William Faulkner y Francis Scott Fitzgerald. Otra vertiente de singular valía abarca la atenta observación de las crisis nacionales en el continente y los procesos de conformación de la identidad latinoamericana.
Hitos que atestiguan su labor como pensador e investigador de nuestra herencia cultural son La nueva novela hispanoamericana (1969), Cervantes o la crítica de la lectura (1976), Valiente mundo nuevo (1990), El espejo enterrado (1992), En esto creo (2002) y La gran novela latinoamericana (2011), entre otros.
El reciente homenaje desde el Palacio de Bellas Artes, ágora cultural de la nación mexicana, donde fue despedido por artistas, literatos, influyentes políticos como Felipe Calderón, actual presidente de México, y diversas personalidades del mundo literario son prueba de la influencia de Fuentes en la intelligentsia latinoamericana.
Sin embargo, el universo creado por este autor ha penetrado con hondura el alma mexicana como pudo advertirse por los centenares de personas que aguardaron pacientemente la salida de diversas personalidades para presentarle sus últimos respetos, mientras gritaban con denuedo: "¡Fuera Calderón!".
La edad del tiempo En la primavera de 1958, un joven de 29 años publica un libro que con el paso de los años habría de convertirse en una paradoja para los mexicanos. La región más transparente, es una novela total y globalizadora que usa el fracaso sociológico de la Revolución Mexicana como la "temperatura mental" de todas sus páginas.
Con el fragor de su juventud, Carlos Fuentes quiso englobar el gran experimento social que constituye la sociedad mexicana al cubrir medio siglo, desde 1900 a 1954, pero su clímax será la atmósfera calcinante de 1951 en las postrimerías del gobierno civil de Miguel Alemán donde la pugna entre civilización y barbarie estuvo presente en todos los estratos sociales. La historia cambiaba a diario, y eso se respira en el libro.
Se trata de una obra donde personajes como Ixca Cienfuegos, Teódula Moctezuma, Norma Larragoitia, Manuel Zamacona, Federico Robles y Hortensia Chacón devienen magníficas criaturas dramáticas que recrean la polifonía única de la verdadera protagonista del libro: Ciudad de México.
No existe otra novela basada en la vida de la capital mexicana a mediados del pasado siglo, cuyo destino manifiesto haya sido convertirse en una obra-mural, un libro-artefacto en el que se experimente como apunta Gonzalo Celorio con "la linealidad argumental; la alternancia de la narración omnisciente con el monólogo interior, el diálogo inmoderado o el flujo lírico y atemporal".
Sorprende la fiel reproducción de las voces callejeras y aristocráticas, líricas y marciales, sublimes y bastardas al punto de que nos parece oír a Cienfuegos mientras canta su peculiar gesta en la que salmodia: "Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire".
Este libro se inscribe dentro de la búsqueda del "ser mexicano" que impregnaba la zeitgeist imperante a mediados del pasado siglo que tenía correspondencias en los trabajos de Octavio Paz, Luis Villoro, Emilio Uranga y el gran historiador Leopoldo Zea. En la travesía iniciada por Fuentes en pos de su identidad nacional se abre un vasto compás de motivos temáticos que serían recurrentes en su obra posterior. La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel, Terra Nostra y Cristóbal Nonato son puntos de fuga donde se refina el gusto por la arquitectura ritual de la fábula y un complejo entramado de referencias simbólicas que funcionan como ejes narrativos arbitrarios.
Críticos como Adolfo Castañón consideran que La región más transparente, funciona en el Universo-Fuentes como El Silmarillión en la obra de Tolkien. Es decir: en esta ópera prima ya estaba prefigurada toda la "Comedia Mexicana" que el autor desarrollaría en su prolífica carrera. "No sólo es un ensayo general de sus grandes novelas sino que es una miniaturización de su proyecto novelístico total: La edad del tiempo", apunta Castañón.
El largo arco de su mundo narrativo parece cerrarse con la publicación de La voluntad y la fortuna. Para lectores clarividentes como el poeta José Emilio Pacheco, las décadas transcurridas entre ese primer manuscrito ambicioso finalizan con la vuelta de Fuentes a fijar su imaginario en México D.F.: "La región más transparente fue la primera y la última novela sobre la Ciudad de México, su mitificación literaria y su elegía anticipada poco antes de que la capital se disolviera en la catástrofe urbana llamada D.F.".
El infierno de un país azotado por las mafias del narco donde Josué Nadal, un imposible narrador decapitado nos muestra una ciudad que se extiende hasta el infinito, inabarcable, mientras los cadáveres de la guerra se disuelven en ácido por doquier y una sociedad asiste, estupefacta, al fin de todas sus esperanzas fueron los vértices de esta ficción que deja un regusto amargo sobre el posible futuro de México. Y muestra un narrador cansado, desencantado de una realidad que le cuesta ficcionalizar. O que quizá, ya no puede imaginar.
Sin embargo, huelga recordar el optimismo de Fuentes como hombre de ideas. Situado en el ensayo creía fervientemente en el futuro continental como sentencia en la última página de El espejo enterrado: "Los Estados democráticos en la América Latina están desafiados a hacer algo que hasta ahora sólo se esperaba de las revoluciones: alcanzar el desarrollo económico junto con la democracia y la justicia social (...) La oportunidad de hacerlo a partir de hoy es nuestra única esperanza".
Fuentes volvió a "La región más transparente"
Un centenar de volúmenes, miles de páginas, decenas de genuinos personajes y un férreo compromiso por la comprensión de la identidad latinoamericana conforman el legado más duradero del hombre conocido como "la conciencia estética de América Latina"
ALBINSON LINARES
Al rayar el alba cuando todas las cosas despertaban, el escritor debió sentir que se apagaba y enardecido se aferró a la rutina que tantas veces lo salvó durante sus 86 años. Sin hacer ruido se levantó, entró al baño y miró su rostro frente al espejo, caro objeto de su estética que siempre le sirvió para entender al otro y fungir como metáfora del continente que le vio nacer.
"La vida imita al arte" debió pensar antes de sumirse en la negrura de la inconsciencia, mientras la boca se le llenaba del regusto salino, ardoroso y abundante de la sangre fresca. En uno de sus juegos indescifrables, el raro destino de los escritores quiso que Carlos Fuentes muriese el pasado 18 de mayo de una hemorragia masiva del tubo digestivo. Esta afección que le costó la vida debió recordar a los lectores La muerte de Artemio Cruz, una de sus célebres narraciones donde el protagonista agonizó por afecciones gástricas. La vida, a veces, es un juego kitsch.
Llorado por familiares y amigos, recordado por lectores del mundo entero, respetado por estudiosos, admiradores y enemigos, la figura de Carlos Fuentes no deja indiferente al que se le acerca. Como todo titán su poderío reside en el genio que lo llevó a concebir --desde su temprana veintena-- el corpus de "La edad del tiempo", magno proyecto literario en el que englobó todas sus ficciones.
Novelas como La región más transparente(1958), La muerte de Artemio Cruz (1962), Terra Nostra (1975), Gringo Viejo (1985), Cristóbal nonato (1987), La silla del águila (2003), La voluntad y la fortuna (2008) y numerosos libros de cuentos entre los que destacan Los días enmascarados (1954), Aura (1962), Cantar de ciegos (1964), Agua quemada (1983) y La frontera de cristal (1995), lo ubican como una de las figuras renovadoras del concierto literario hispanoamericano.
Su obra ensayística aparece permeada por las reflexiones sobre el oficio literario y la constante indagación en la obra de autores que considera claves para comprender procesos temporales como el Siglo de Oro español o los fundadores de la literatura moderna norteamericana como John Dos Passos, William Faulkner y Francis Scott Fitzgerald. Otra vertiente de singular valía abarca la atenta observación de las crisis nacionales en el continente y los procesos de conformación de la identidad latinoamericana.
Hitos que atestiguan su labor como pensador e investigador de nuestra herencia cultural son La nueva novela hispanoamericana (1969), Cervantes o la crítica de la lectura (1976), Valiente mundo nuevo (1990), El espejo enterrado (1992), En esto creo (2002) y La gran novela latinoamericana (2011), entre otros.
El reciente homenaje desde el Palacio de Bellas Artes, ágora cultural de la nación mexicana, donde fue despedido por artistas, literatos, influyentes políticos como Felipe Calderón, actual presidente de México, y diversas personalidades del mundo literario son prueba de la influencia de Fuentes en la intelligentsia latinoamericana.
Sin embargo, el universo creado por este autor ha penetrado con hondura el alma mexicana como pudo advertirse por los centenares de personas que aguardaron pacientemente la salida de diversas personalidades para presentarle sus últimos respetos, mientras gritaban con denuedo: "¡Fuera Calderón!".
La edad del tiempo En la primavera de 1958, un joven de 29 años publica un libro que con el paso de los años habría de convertirse en una paradoja para los mexicanos. La región más transparente, es una novela total y globalizadora que usa el fracaso sociológico de la Revolución Mexicana como la "temperatura mental" de todas sus páginas.
Con el fragor de su juventud, Carlos Fuentes quiso englobar el gran experimento social que constituye la sociedad mexicana al cubrir medio siglo, desde 1900 a 1954, pero su clímax será la atmósfera calcinante de 1951 en las postrimerías del gobierno civil de Miguel Alemán donde la pugna entre civilización y barbarie estuvo presente en todos los estratos sociales. La historia cambiaba a diario, y eso se respira en el libro.
Se trata de una obra donde personajes como Ixca Cienfuegos, Teódula Moctezuma, Norma Larragoitia, Manuel Zamacona, Federico Robles y Hortensia Chacón devienen magníficas criaturas dramáticas que recrean la polifonía única de la verdadera protagonista del libro: Ciudad de México.
No existe otra novela basada en la vida de la capital mexicana a mediados del pasado siglo, cuyo destino manifiesto haya sido convertirse en una obra-mural, un libro-artefacto en el que se experimente como apunta Gonzalo Celorio con "la linealidad argumental; la alternancia de la narración omnisciente con el monólogo interior, el diálogo inmoderado o el flujo lírico y atemporal".
Sorprende la fiel reproducción de las voces callejeras y aristocráticas, líricas y marciales, sublimes y bastardas al punto de que nos parece oír a Cienfuegos mientras canta su peculiar gesta en la que salmodia: "Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire".
Este libro se inscribe dentro de la búsqueda del "ser mexicano" que impregnaba la zeitgeist imperante a mediados del pasado siglo que tenía correspondencias en los trabajos de Octavio Paz, Luis Villoro, Emilio Uranga y el gran historiador Leopoldo Zea. En la travesía iniciada por Fuentes en pos de su identidad nacional se abre un vasto compás de motivos temáticos que serían recurrentes en su obra posterior. La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel, Terra Nostra y Cristóbal Nonato son puntos de fuga donde se refina el gusto por la arquitectura ritual de la fábula y un complejo entramado de referencias simbólicas que funcionan como ejes narrativos arbitrarios.
Críticos como Adolfo Castañón consideran que La región más transparente, funciona en el Universo-Fuentes como El Silmarillión en la obra de Tolkien. Es decir: en esta ópera prima ya estaba prefigurada toda la "Comedia Mexicana" que el autor desarrollaría en su prolífica carrera. "No sólo es un ensayo general de sus grandes novelas sino que es una miniaturización de su proyecto novelístico total: La edad del tiempo", apunta Castañón.
El largo arco de su mundo narrativo parece cerrarse con la publicación de La voluntad y la fortuna. Para lectores clarividentes como el poeta José Emilio Pacheco, las décadas transcurridas entre ese primer manuscrito ambicioso finalizan con la vuelta de Fuentes a fijar su imaginario en México D.F.: "La región más transparente fue la primera y la última novela sobre la Ciudad de México, su mitificación literaria y su elegía anticipada poco antes de que la capital se disolviera en la catástrofe urbana llamada D.F.".
El infierno de un país azotado por las mafias del narco donde Josué Nadal, un imposible narrador decapitado nos muestra una ciudad que se extiende hasta el infinito, inabarcable, mientras los cadáveres de la guerra se disuelven en ácido por doquier y una sociedad asiste, estupefacta, al fin de todas sus esperanzas fueron los vértices de esta ficción que deja un regusto amargo sobre el posible futuro de México. Y muestra un narrador cansado, desencantado de una realidad que le cuesta ficcionalizar. O que quizá, ya no puede imaginar.
Sin embargo, huelga recordar el optimismo de Fuentes como hombre de ideas. Situado en el ensayo creía fervientemente en el futuro continental como sentencia en la última página de El espejo enterrado: "Los Estados democráticos en la América Latina están desafiados a hacer algo que hasta ahora sólo se esperaba de las revoluciones: alcanzar el desarrollo económico junto con la democracia y la justicia social (...) La oportunidad de hacerlo a partir de hoy es nuestra única esperanza".
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Albinson Linares,
Carlos Fuentes
lunes, 15 de agosto de 2011
CAIDA ANUNCIADA
EL NACIONAL - Sábado 13 de Agosto de 2011 Papel Literario/4
El ruido de la verdad
ALBINSON LINARES
Hay lecturas de las que uno debe sobreponerse. El vicio que produce las buenas lecturas nos agota, pero nos lleva a trasegar páginas hasta el final.
Luego es menester tomar un respiro, calmar el latido de las sienes y volver al mundo.
Intentamos retomar nuestra vida y, si tenemos suerte, como es el caso de El ruido de las cosas al caer, volvemos a la cotidianidad llenos de preguntas. Partiendo de un hecho periodístico insólito: la cacería de un hipopótamo escapado del fabuloso zoológico que Pablo Escobar creó en la Hacienda Nápoles, Juan Gabriel Vásquez teje la historia de Antonio Yammara.
Trasunto del autor, Antonio es un prometedor académico de la Facultad de Derecho de una universidad bogotana. Brillante y soñador reparte sus días entre introducir dudas en las jóvenes mentes a las que les da clase, compartir su lecho con alguna mujer de sangre caliente y jugar billar.
Es en medio de la abstracción que rodea a los billaristas donde conoce a Ricardo Laverde, personaje catalizador de toda la trama de esta novela ganadora del Premio Alfaguara. El autor nos engaña con maestría haciéndonos pensar que Yammara desarrolla una obsesión por el pasado de Laverde y en medio de diversas vicisitudes nos inyecta una dosis profunda de la violencia que vive Colombia.
El protagonista es eco de toda una generación que se acerca a los 40 y vivió el crudo apaciguamiento de un país en guerra. Antonio es universal cuando nos recuerda el pasado común que hemos vivido todos los ciudadanos de América Latina.
Es común en los personajes de El ruido de las cosas al caer tener conversaciones dónde rompen el hielo preguntándose dónde estaban cuando mataron a Gaitán, o qué hacían cuando explotó el avión de American Airlines en los noventa.
Tan común es como cuando en mi generación buscamos códigos propios al preguntarnos, ¿chico dónde estabas el 04 de febrero? O ¿mi vida tu qué hacías el 11 de abril? Así entramos en calor los latinoamericanos. Creo que somos una generación despertada de sobresalto y arrancada de nuestras cunas por padres vigorosos que nos ponían frente al televisor para que viéramos, en vivo, cómo se cambiaba la historia.
¿Qué ternura no? Este también es un libro de la huida, del escape. De aquellos que se aventuran a probar suerte ante la hostilidad de la tierra que los vio nacer. Resulta una gran broma histórica que esta condición de inmigrantes forzosos, tan típica en Colombia, ahora sea una realidad cotidiana para los venezolanos que hemos visto partir a tantos amigos.
Y aquí creo que Juan Gabriel se canibaliza un poco. Él fue uno de esos que en 1996, año predominante en la trama de esta obra, salió de Colombia con el gusanillo caliente de la escritura atormentándolo.
Eso lo hizo abandonar el Derecho, como a García Márquez, y entregarse a vivir de la escritura como eso que Octavio Paz llamaba, para definirse a sí mismo, como un "intelectual profesional".
Los lectores de El ruido de las cosas al caer encontrarán sus páginas una visión entera de la Colombia contemporánea sin caer en el cliché fácil de la "narconovela" y el panfleto político.
Ensayista, traductor, ácido columnista de opinión, hombre de izquierda inconforme con los gobiernos rojos pero por sobre todas las cosas un escritor.
Hace poco una mujer le reclamaba a este escritor que solía escribir cuentos tristes y siento que es un reclamo fundado en una lectura errónea.
En la mayoría de los personajes de Vásquez reside la dosis exacta de tristeza que es común a nuestras vidas.
Si eso es malo, es mejor que se vayan a leer Osho y Coelho porque en este libro no encontrarán piedades fáciles.
Tampoco tragedias de Esquilo pero sí un exquisito sabor agridulce que en estos tiempos de experimentaciones fútiles, se agradece.
Tuve la fortuna de nacer en San Cristóbal por lo que mi contacto con Colombia ha sido permanente. Soy un hombre de frontera y he disfrutado el calor de la costa del atlántico colombiano, la belleza del Chocó, el ingenio de los paisas y el frío encanto de Bogotá, esa ciudad indescifrable para los que vivimos en el trópico desordenado de nuestra Caracas.
Puedo asegurarle a los futuros lectores de El ruido de las cosas al caer que en sus páginas encontrarán una visión entera de la Colombia contemporánea sin caer en el cliché fácil de la "narconovela" y el panfleto político.
Pero también conseguirán hondas reflexiones sobre esta oscuridad que resulta la adultez para algunos de nosotros.
Un claro ejemplo son juicios como éste de Yammara: "La edad adulta trae consigo la ilusión perniciosa del control, y acaso dependa de ella...ese espejismo de dominio sobre nuestra vida es lo que nos permite sentirnos adultos (...) El desengaño viene más pronto, o más tarde pero siempre viene".
Algo más que seguramente notarán mis queridas críticas, duchas en estudios culturales y feminismo, es que ésta es una novela de hombres. Es cierto.
Pero como toda gran historia de hombres está dominada por lo femenino, cosa que incrementa la belleza del libro puesto que lo hace real, como el mundo en que vivimos.
Hace unas horas le hice una pregunta difícil a Juan Gabriel. Le pregunté si era un hombre feliz y, a riesgo de desafiar la ira de los dioses, me contesto que sí. Sólo un hombre feliz y desencantado podría habernos regalado El ruido de las cosas al caer.
EL NACIONAL - Sábado 13 de Agosto de 2011 Papel Literario/3
"La novela es el lugar donde la historia pública se cruza con los destinos privados de la gente"
Escritor, ensayista y columnista, Juan Gabriel Vásquez (Colombia 1973) estuvo en Caracas para presentar su libro El ruido de las cosas al caer , con el que obtuvo el Premio Alfaguara de Novela. Les presentamos a nuestros lectores la conversación que sostuvo con Papel Literario
ENTREVISTA
DIAJANIDA HERNÁNDEZ G.
Juan Gabriel Vásquez habla con calma, sonríe y sus ojos miran con atención. Con cada pregunta piensa, hace pausas, reflexiona, aclara.
El lugar de la historia y la memoria; la mecánica del miedo; la tensión entre la historia pública y la privada o individual; la reflexión sobre los afectos y las posibilidades de la novela como género fueron los tópicos sobre los que orbitaron esta grata entrevista.
La novela es un intento de comprender a Colombia a partir del tema del narcotráfico y la violencia. Hay muchas formas de intentar entender eso, ¿por qué eligió hacerlo desde la historia privada? La gracia de la novela está en que puede llegar a lugares a donde no puede llegar ni el periodismo ni la historiografía, y esos lugares están ahí, dentro de las personas, están en el alma, si me permites la palabra, o en la conciencia de la gente. Creo que lo que la novela puede decir que no pueda decir ningún otro género, o lo que la novela puede hacer que no puede hacer ningún otro género, es meterse en la conciencia de sus personajes y rastrear los efectos emocionales y morales que tienen los acontecimientos históricos en ellos, y eso también está detrás de mi motivación para escribir la novela: darme cuenta de que toda esta época que nos marcó mucho como generación, y como país entero, tiene una cantidad de rasgos externos que tú puedes encontrar fácilmente en los archivos de medios de comunicación, en las hemerotecas, en los archivos de video; puedes encontrar el número de muertos, una foto de un edificio destrozado, todas esas cosas que se ven desde afuera están ahí en los archivos y las puedes encontrar, pero en ninguna parte están las emociones, el miedo, esa convivencia con el miedo, la sensación de vulnerabilidad, la sensación de amenaza constante, esas cosas vividas desde dentro sólo las puede contar la novela.
Leyendo la novela se tiene la impresión de que después que se ha superado la costumbre del miedo queda el eco del miedo, esa sensación de que en algún momento ese efecto puede regresar. ¿Tu generación vive con ese sentimiento? No lo sé, pero es una novela sobre los años noventa, ochenta y setenta; pero soy muy consciente de que sólo la hubiera podido escribir en el lugar y en el momento en que la escribí, que es España después de los atentados del 11 de marzo en Madrid, eso generó en los españoles una cantidad de cosas que sólo había visto en Colombia.
En esta época que cuento en la novela el miedo se fue haciendo parte de las conversaciones, la gente hablaba del terrorismo, de las bombas, del riesgo de coger los trenes, y la diferencia con lo que vi de niño y adolescente es que ahora estas emociones en la cara de la gente, estos temas que sucedían en las conversaciones me tocaron a mí de adulto, las podía entender mucho mejor. Fue muy raro porque es como si me hubieran dado una segunda oportunidad para ver lo mismo que vi de niño pero ahora de adulto, y además como adulto que escribe novelas, eso fue como volver a instalarme en lo mismo que había sentido de niño, como eso que me preguntas, como si no tuviera que preguntarme cómo reaccionaríamos en mi generación si eso volviera, sino que lo tenía ahí frente a mis ojos, por otras causas y otras circunstancias, pero estaba ahí.
Mi novela es absolutamente hija del momento presente, a pesar de que su tema sea el pasado colombiano.
Se dice que la novela habla del miedo, pero también hay una reflexión sobre los afectos: el amor de pareja, el amor filial, el amor de amigos, incluso el afecto truncado, que nunca llegó a concretarse. ¿Esa reflexión la planeó como parte del libro? La novela está llena de eso.
Fue algo que fui descubriendo, yo no planeo mis novelas demasiado y con cada novela que escribo lo hago menos; es decir, en esta novela, por ejemplo, no hubo ideas previas, nunca pensé "estoy escribiendo una novela generacional o estoy escribiendo una novela sobre un tema abstracto como el narcotráfico, la violencia". Comencé a seguir a un personaje que era Ricardo Laverde, y a inventarme su pasado, su oficio de piloto, sus relaciones con el narcotráfico y poco a poco me fui dando cuenta que no estaba contando solamente la historia de un participante en estos hechos, sino que también estaba contando la historia de un testigo que era Antonio Yanmara, un hombre de mi generación y que por lo tanto tiene un punto de vista similar al mío.
Y a través de los personajes fui metiéndome en la manera en que esos hechos afectaron nuestras vidas privadas y eso ocurrió de una manera natural en el libro. La novela también es de alguna manera un exorcismo de los miedos, de las angustias, ahí quedaron volcados mis miedos y mis angustias. Al personaje le pasa una cantidad de cosas muy malas, pero un amigo lector español me hizo una interpretación en la que no dejo de pensar, me dijo que todas esas cosas malas que le pasan a Antonio Yanmara ocurren en 1996 y ese es justamente el año en que yo me fui de Colombia, entonces dice mi amigo: creo que escribiste las cosas que te hubieran sucedido si te hubieras quedado en Colombia, volcaste en otro personaje tus miedos de lo que te habría pasado.
¿Y el lugar de la memoria? Podríamos tomar la novela como un ejercicio de memoria, pero en algún momento del libro se dice que es un ejercicio dañino. Creo que en esa tensión vive la literatura. La literatura es una tensión y, en particular, la novela como género, entre la memoria y el olvido, porque el olvido es nuestra actitud natural como individuos y como sociedades, nuestro modo por default es olvidar y seguir adelante. Creo que la literatura es la resistencia a eso, la literatura es el espacio donde nos negamos a olvidar, donde recordamos las cosas que son importantes aunque sean dañinas, molestas. Mi ejercicio como narrador tuvo que ver con eso, recordar imágenes o emociones que son muy molestas o que son dolorosas de esa época, por ejemplo, el tiro que le dan a Yanmara tiene mucho que ver con el tiro que le dieron a un amigo mío, y la narración de sus momentos en el hospital y toda esa paranoia, el síndrome postraumático está basado en lo que recuerdo que le pasó a un amigo. Eran imágenes incómodas y yo como narrador viví entre esa tensión de recordar las cosas para contarlas y lo más cómodo, que es olvidarlas. Creo que, en general, mi generación, como Colombia, tiende mucho a la desmemoria, al olvido, o tal vez la realidad es tan convulsa, un asesinato reemplaza muy rápidamente al asesinato anterior y ya no podemos pensar en él. Creo que la novela como género puede ser ese lugar donde las cosas se quedan quietas un momento y entonces podemos pensar en ellas, podemos reflexionar y entenderlas. Y es eso lo que he tratado de hacer.
¿Cree que la novela, o la literatura en general, puede resolver ciertos problemas que tiene la historia para incorporar la subjetividad, limar esa tensión entre la microhistoria y la macrohistoria, ese enfrentamiento entre la versión oficial y la versión del testigo? Sí. Una de mis obsesiones como novelista es ese cruce de caminos que menciona, ese cruce de caminos entre la gran historia y las pequeñas historias individuales, o entre la historia pública y las historias privadas. En ese cruce de caminos creo que la novela tiene muchas cosas que decir, no me canso de citar la frase de Balzac que Vargas Llosa utiliza como epígrafe en Conversaciones en la catedral, que dice: "La novela es la historia privada de las naciones", y se refiere a eso, la novela es el lugar donde la gran historia pública se cruza con los destinos individuales y privados de la gente, y eso es una cosa muy rica que puede aportar.
La crítica le pone una etiqueta a su novela: realismo reflexivo. Se argumenta que no está dentro de ese grupo de experimentación radical, pero que no es propiamente un realismo tradicional. ¿Está de acuerdo? Bien, estoy de acuerdo con todo eso. Yo sigo teniendo mucha confianza en los, digamos, presupuestos de la novela clásica; sigo confiando en los personajes, por ejemplo, en hacer personajes, sigo confiando en el poder de la historia, me sigue importando mucho seducir al lector, tratar de que el lector tenga razones narrativas para seguir adelante, y en ese sentido siento que mis novelas tienen un punto clásico, pero al mismo tiempo no me privo y nunca me he privado de los descubrimientos de la novela moderna y de las libertades técnicas que da la novela moderna y también las uso en mis novelas. Lo que no hago y nunca he hecho es escribir con la única voluntad de experimentar; es decir, creo que eso es un ejercicio privado que me parece admirable cuando sale bien, pero a mí me gusta escribir novelas como una comunicación con los lectores, como cartas sofisticadas que el novelista les escribe.
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Juan Gabriel Vásquez
sábado, 16 de abril de 2011
METROPOLITANOS

EL NACIONAL - LUNES 24 DE OCTUBRE DE 2005 B/14 / Cultura y Espectáculos
La urbe mítica y decadente de Karl Krispin
Este miércoles 26, el escritor venezolano presentará su más reciente novela, titulada Con la urbe al cuello
ALBINSON LINARES
Con la urbe al cuello constituye un enjundioso ensayo de mea culpa y análisis crítico que su personaje principal, Eloy Montáñez, se ve obligado a realizar ante la patética evidencia de su fracaso vital.
Fracaso como padre, como marido y como profesor, conclusiones que, con muy buen humor, el escritor va facilitando mientras avanza la trama.
Karl Krispin plantea desde el comienzo una arista distinta del tópico eterno y amargado que rodea el tema del desencanto. En él, la lenta pérdida y frustración de las aspiraciones se ve matizada por un ácido sarcasmo y brillantes burlas que llaman a la reflexión.
El sesgo planeado por el autor se hace evidente desde uno de los epígrafes del inicio, cuando cita la voz de Armando Rojas Guardia acerca del tema: "Sólo el fracaso preserva la lucidez espiritual. Este guarda todavía, en su rincón riguroso, ignotas posibilidades de realización humana que los triunfadores desconocen".
El escritor ordena el escenario vital de su trama como una propuesta que trasciende el plano narrativo de la obra, para convertirse en un agudo ejercicio que se adentra en el desencanto de toda una generación: "Es el fracaso del personaje, visto de alguna forma como metáfora nacional.
Desde hace muchos años, en Venezuela oímos que nosotros éramos el país del futuro, que íbamos a llegar a una especie de estadio de híper-país desarrollado.
Entonces, todos nos imaginábamos, cuando éramos niños, que viviríamos en una especie de geografía cruzada por autopistas infinitas, con aeropuertos, industrias, es decir, una especie de súper país. Cuando crecimos nos dimos cuenta de cómo nos habían engañado".
En los primeros capítulos, el libro establece cierta tendencia al monólogo, con el cual el profesor Montáñez da rienda suelta a todas sus opiniones acerca de una gran variedad de tópicos, que abarca desde los manejos del país hasta su vida personal.
Lo cierto es que el escritor logra un efecto catártico con pasajes como la divertida y lúcida perorata del profesor acerca de los mitos nacionales: "Generacionalmente, nos venían diciendo que íbamos a ser los líderes y todo eso era una absoluta mentira que formaba parte de unos mitos nacionales en los cuales se creía. El personaje vive un poco esa metáfora del fracaso nacional que se traduce en su modus vivendi, que se destruye, y de la promesa del éxito pasó a una especie de soledad real, que es el lugar en donde el fracaso y la realidad se encuentran", afirma Krispin.
París, ajado en el recuerdo
Notables son las descripciones que el escritor realiza de ese París románticamente hippie, durante el Mayo Francés, que es el escenario idílico en donde Montáñez se enamora de su esposa y fija la promesa "eterna" de amor hasta la muerte.
Estupefacto aún por la noticia del divorcio inminente, el personaje comienza a rememorar el itinerario juvenil de los bares del Barrio Latino, los poemas de Supervielle y Mallarmé, la sala Pleyel, el Louvre, mientras se pregunta: "¿Qué no daría por recobrar tus sudores y recobrar de nuevo tus gracias?... ¿A quién buscaré para mirar en el silencio de la madrugada?".
"Creo que París siempre fue la meca de toda la intelectualidad latinoamericana -explica el autor-. Se decía que los escritores latinoamericanos sentían mucho calor en estas tierras y se tenían que ir a París a ver si las ideas afloraban.
Pero esa ciudad idealizada ya no existe, ahora está llena de unos señores franceses, muy serios, que lo cobran todo carísimo, en euros, y no quieren saber absolutamente nada de algo llamado la literatura latinoamericana" Otra de las reflexiones que el escritor plantea es sobre la clase media venezolana, a la que retrata en su pugna por seguir existiendo a pesar de las crisis políticas y las debacles económicas: "Creo que puede ser el retrato de una sociedad que no sé hacia dónde va. Yo no sé hacia dónde va la clase media.
No sé si es que todos estamos en esa caricatura de Quino en la que todas las clases sociales van cayendo precipitadamente al foso de la pobreza. Intenté hacer una especie de fotografía de un tiempo, pero no con el propósito de leerla en un futuro, cuando todos estemos en una caverna, escondidos. La idea era soportar la estructura narrativa con un contexto que fuera un escenario válido".
Boceto de una urbe mítica
-¿En qué momento se planteó desarrollar una obra tan urbana como Con la urbe al cuello ?
-Creo que el escritor que de verdad cree en su oficio no piensa en etiquetas, ni en lectores, ni en lo que se va a ganar. El que piense en ese trípode está condenado al fracaso.
Uno escribe alentado por los fantasmas que tiene interiormente.
Y en el caso de esta novela, creo que en el fondo, cuando se dice que la ciudad carece de una novela literaria que la sustente de alguna forma, es porque no queremos ver realmente lo que está alrededor de nosotros.
-¿Cómo influye Caracas en su escritura?
-Pateo esta ciudad, manejo, leo en ella, vivo en ella, así que no tengo otra referencia para usar.
Tampoco esto quiere decir que hay que ceñirse solamente a lo que nos propone. La literatura es una recreación de la realidad y una especie de mirada alterna, una mentira que se le hace a la propia realidad.
-¿Cree que aún falta la gran novela de Caracas, o por lo menos la de este siglo que empieza?
-En esta ciudad pueden darse tantos argumentos literarios como en el Buenos Aires de Borges, la Ciudad de México de Bolaño, el Londres de Arthur Macken y la Lima de Bryce Echenique. No tenemos que inventar una especie de supraurbe, una ciudad distinta a la que nosotros vivimos. Caracas da para eso y mucho más.
Con la urbe al cuello
de Karl Krispin Editorial Alfaguara Caracas, 2005 155 páginas
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Karl Krispin
sábado, 19 de febrero de 2011
ADVERTENCIA
EL NACIONAL - Sábado 19 de Febrero de 2011 Papel Literario/4
Max Moro perdido en su patria
ALBINSON LINARES
Todas las narraciones aspiran a ser una recreación de la vida. Todas.
Más allá de los entresijos estructuralistas, los devaneos utópicos y las ambiciones estéticas, en el fondo subyace esa cara ambición que atiza al genio autoral. Es un gusanillo caliente similar al que encontramos en el fondo de los mezcales nobles y que sólo se consigue luego de pergeñar con disciplina y tesón miles de líneas.
El protagonista de , Max Moro, es uno de esos venezolanos que todos conocemos. Un tipo que nos topamos en la calle, a la salida de nuestro edificio, quizá es el novio de alguna prima o hasta es familiar nuestro.
Posee esa rara virtud de lo real, primer acierto del escritor Karl Krispin. Max es como muchos de nosotros, un hombre que vive rodeado de peligros y no exagero al decir esto. Es más, lo cito para que nos entendamos: "Si no es el hampa son los recaudadores de impuestos. Si no es la autoridad tributaria son las aceras de la calle, un pisotón mal dado que te deja la clavícula fracturada con el antebrazo en la caída aparatosa", se queja nuestro sujeto.
Pero algo que sólo aumenta el atractivo de las vicisitudes sufridas y gozadas por Max es su vasta bonhomía. Su mayor ingenuidad en los hechos relatados en La advertencia del ciudadano Norton es pretender que este país lo va a dejar vivir en paz.
¡No, eso nunca ha pasado, ni va a pasar Max!, pareciera que queremos gritarle en cada página al verlo incólume navegar hacia el mar del desastre. Ni se crean que nos va a ir mejor a nosotros porque Venezuela no deja en paz a nadie. Ni viviendo en ella, ni desde los suspiros del exilio, ni en plena posesión de nuestras facultades mentales caribeñas, ni muertos como se quejaba Uslar cuando decía que desde la tumba estaría preocupado por el país.
Bon vivant posmoderno, escritor con claras tendencias liberales nuestro amigo se toma su tiempo para el disfrute de ciertos placeres mientras alrededor suyo el caos domina y campea. Quiso el destino creativo, o sea Karl Krispin, que nuestro héroe terminara enfrentado a un oscuro personaje digno de Lope de Vega. Politicastro corrupto que encarna aquella máxima bolivariana de que "El talento sin probidad es un azote".
Medio hacker, medio adeco, medio anarquista y un completo vivo, este Fouché chimbo funciona exitosamente como Némesis y nos regala decenas de páginas sazonadas con un delicado juego retórico que los hará estallar en carcajadas.
El oficio de Krispin como autor logra traspasar el mero sentido lúdico de éstas inteligencias enfrentadas para que el lector se pregunte cuál es el país en el que vivimos y cuál es el sueño que pretendemos construir con nuestras tarjetas de crédito y los exiguos dólares de Cadivi.
Una ácida crítica a la burocracia, una oda al derecho individual son frases que encierran el espíritu de esta novela. Una advertencia a todos nosotros hecha por Max quien como un samurái se enfrenta a todo el caos caribeño con una exquisita bipolaridad que va desde sus ritos meticulosos al lento disfrute de la debacle.
Queda patente la riqueza de este personaje en diálogos inolvidables como cuando asevera: "El derrumbe de mi país y la súbita desaparición de los parquímetros han hecho de mí un firme descreído de esta republiqueta y que paridora de héroes que nadie nunca ha visto como no sea en las tiras cómicas, en los orlados remitidos de la Academia de la Historia y en los anuncios clasificados de la prensa diaria donde pillos de toda laya intentan desplumarte los bolsillos. La edición de esa historia de mi ciudad ahora se procesa en la morgue de Bello Monte".
Mariano Picón Salas tenía la honda certeza de que el proceso del hombre ante la historia está signado por los enfrentamientos entre el poder y la cultura, o sea, las fuerzas de derroche y destrucción frente a las fuerzas de creación y conservación.
Los conmino a que oigamos La advertencia..., sobre todo, la de Karl Krispin no sea que corramos el riesgo de levantarnos un día y percatarnos de que el mundo se nos fue de las manos sin darnos cuenta
Por ello decía que "vamos empujando la vida entre vientos contrarios, vacilamos entre épocas diferentes, llevados y traídos por el naufragio de los acontecimientos".
Siento que Max es uno de esos náufragos: exquisitos, dolientes y preocupados. Esos héroes anónimos que salen a la calle en nuestras ciudades pensando que todo va a salir bien, que los planes se van a cumplir y que tienen en su fuero interior la certeza absoluta de que todo eso nunca va a pasar. Pero igual lo hacen porque aman cada instante de sus vidas por muy paradójicas que sean, no en vano nuestro amigo se define orwellianamente como un hombre libre y un poeta. Díganme ustedes si no es un tipo adorable.
No se crean que nuestro personaje vive de sollozo en sollozo. Al contrario para Max, Caracas es inspiración y aborrecimiento, paradoja y destino: "Aquí cualquiera puede estar sometido al escarnio de una caja de Tafil, a la necesidad de tener que cargar alforjas llenas de Prozac y Lexotanil, y se te presenta una de estas mamis con el ombliguito al aire, una Gaby Espino con los glúteos confeccionados en el paraíso, con los pechos diseñados que ni la escudería Ferrari haría algo tan eficiente, y sencillamente sales disparado renegando de tu ataque de desencuentro con la vida, para que Miss Súper Tetas te diga papito. Y aquí se descalabran todas tus orquestadas y sesudas teorías que desacreditan la comarca subdesarrollada donde habitas, para sentirte Tarzán tirándote en liana, para recoger a la del fundillito azucarado y no dejarla escapar nunca (...) Mi aldea caraqueña se debate estrictamente en estos juegos de supervivencia, porque no piensen ustedes que en la calle tenemos foros de discusión ni tormentas de ideas. Es que ni una peña de intelectuales trasnochados".
Edward Morgan Forster solía decir que el arte de contar historias era tan viejo como el hombre mismo. Y se burlaba de las sesudas preocupaciones de los escritores contemporáneos al afirmar que difícil era en las cavernas cuando los hombres primitivos se reunían alrededor de una fogata y si el tipo que contaba historias era aburrido lo asesinaban. La advertencia del ciudadano Norton es una obra entretenida y contemporánea así que, por suerte, no te vamos a matar Karl.
No nos llamemos a engaño, Max consigue tiempo para enredarse en camas sureñas que más parecen un diván freudiano. En realidad es una exquisita junguiana argentina llamada Delfina la tercera tuerca del complejo mecanismo que es esta novela.
Y a ella le debemos una profunda reflexión sobre Caracas cuando dice con aire de sorpresa que "es una ciudad que se encontró con la modernidad, tuvo con ella un romance y ésta le pasó de largo, la abandonó, la despreció en el hombrillo.
La dejó plantada, relegándola a esperarla para otro día en una esquina de la historia".
A riesgo de caer, sin remedio, en lo anecdótico y personal, algo quisiera decir, sobre el instante en que leí el manuscrito de esta novela. Me encontraba convaleciente de una cirugía que me impedía moverme con soltura por lo que me entregué a placeres como la lectura y otras cosas profanas.
Sin embargo, en los descansos que calmantes y analgésicos me daban de cuando en cuando me entregaba a la prosa eficaz y lúdica de Krispin. Como resultado prorrumpía en unas carcajadas que espantaban a mis vecinos y luego quedaba sumido en amargas reflexiones que hicieron de esta lectura una experiencia agridulce. Como debe ser.
Recuerdo una advertencia de Uslar Pietri que me volvía a la cabeza una y otra vez en el decurso de esos días que transcurrían perezosamente: "Siempre hemos tenido una tendencia a sustituir la realidad, a ver las cosas de otra manera. Yo creo que aquí no se ha hecho la necesaria indagación sobre la imagen de Venezuela, que siempre ha sido una imagen falsa y una imagen de riqueza sedienta y de búsqueda de lo mágico. Desde la búsqueda de El Dorado aquí no se trabaja, aquí no se ha colonizado el territorio, se ha ocupado el territorio".
Por esto, los conmino a que oigamos La advertencia del ciudadano Norton, las urgencias de Max pero, sobre todo, la de Karl Krispin no sea que corramos el riesgo de levantarnos un día y percatarnos de que el mundo se nos fue de las manos sin darnos cuenta.
Max Moro perdido en su patria
ALBINSON LINARES
Todas las narraciones aspiran a ser una recreación de la vida. Todas.
Más allá de los entresijos estructuralistas, los devaneos utópicos y las ambiciones estéticas, en el fondo subyace esa cara ambición que atiza al genio autoral. Es un gusanillo caliente similar al que encontramos en el fondo de los mezcales nobles y que sólo se consigue luego de pergeñar con disciplina y tesón miles de líneas.
El protagonista de , Max Moro, es uno de esos venezolanos que todos conocemos. Un tipo que nos topamos en la calle, a la salida de nuestro edificio, quizá es el novio de alguna prima o hasta es familiar nuestro.
Posee esa rara virtud de lo real, primer acierto del escritor Karl Krispin. Max es como muchos de nosotros, un hombre que vive rodeado de peligros y no exagero al decir esto. Es más, lo cito para que nos entendamos: "Si no es el hampa son los recaudadores de impuestos. Si no es la autoridad tributaria son las aceras de la calle, un pisotón mal dado que te deja la clavícula fracturada con el antebrazo en la caída aparatosa", se queja nuestro sujeto.
Pero algo que sólo aumenta el atractivo de las vicisitudes sufridas y gozadas por Max es su vasta bonhomía. Su mayor ingenuidad en los hechos relatados en La advertencia del ciudadano Norton es pretender que este país lo va a dejar vivir en paz.
¡No, eso nunca ha pasado, ni va a pasar Max!, pareciera que queremos gritarle en cada página al verlo incólume navegar hacia el mar del desastre. Ni se crean que nos va a ir mejor a nosotros porque Venezuela no deja en paz a nadie. Ni viviendo en ella, ni desde los suspiros del exilio, ni en plena posesión de nuestras facultades mentales caribeñas, ni muertos como se quejaba Uslar cuando decía que desde la tumba estaría preocupado por el país.
Bon vivant posmoderno, escritor con claras tendencias liberales nuestro amigo se toma su tiempo para el disfrute de ciertos placeres mientras alrededor suyo el caos domina y campea. Quiso el destino creativo, o sea Karl Krispin, que nuestro héroe terminara enfrentado a un oscuro personaje digno de Lope de Vega. Politicastro corrupto que encarna aquella máxima bolivariana de que "El talento sin probidad es un azote".
Medio hacker, medio adeco, medio anarquista y un completo vivo, este Fouché chimbo funciona exitosamente como Némesis y nos regala decenas de páginas sazonadas con un delicado juego retórico que los hará estallar en carcajadas.
El oficio de Krispin como autor logra traspasar el mero sentido lúdico de éstas inteligencias enfrentadas para que el lector se pregunte cuál es el país en el que vivimos y cuál es el sueño que pretendemos construir con nuestras tarjetas de crédito y los exiguos dólares de Cadivi.
Una ácida crítica a la burocracia, una oda al derecho individual son frases que encierran el espíritu de esta novela. Una advertencia a todos nosotros hecha por Max quien como un samurái se enfrenta a todo el caos caribeño con una exquisita bipolaridad que va desde sus ritos meticulosos al lento disfrute de la debacle.
Queda patente la riqueza de este personaje en diálogos inolvidables como cuando asevera: "El derrumbe de mi país y la súbita desaparición de los parquímetros han hecho de mí un firme descreído de esta republiqueta y que paridora de héroes que nadie nunca ha visto como no sea en las tiras cómicas, en los orlados remitidos de la Academia de la Historia y en los anuncios clasificados de la prensa diaria donde pillos de toda laya intentan desplumarte los bolsillos. La edición de esa historia de mi ciudad ahora se procesa en la morgue de Bello Monte".
Mariano Picón Salas tenía la honda certeza de que el proceso del hombre ante la historia está signado por los enfrentamientos entre el poder y la cultura, o sea, las fuerzas de derroche y destrucción frente a las fuerzas de creación y conservación.
Los conmino a que oigamos La advertencia..., sobre todo, la de Karl Krispin no sea que corramos el riesgo de levantarnos un día y percatarnos de que el mundo se nos fue de las manos sin darnos cuenta
Por ello decía que "vamos empujando la vida entre vientos contrarios, vacilamos entre épocas diferentes, llevados y traídos por el naufragio de los acontecimientos".
Siento que Max es uno de esos náufragos: exquisitos, dolientes y preocupados. Esos héroes anónimos que salen a la calle en nuestras ciudades pensando que todo va a salir bien, que los planes se van a cumplir y que tienen en su fuero interior la certeza absoluta de que todo eso nunca va a pasar. Pero igual lo hacen porque aman cada instante de sus vidas por muy paradójicas que sean, no en vano nuestro amigo se define orwellianamente como un hombre libre y un poeta. Díganme ustedes si no es un tipo adorable.
No se crean que nuestro personaje vive de sollozo en sollozo. Al contrario para Max, Caracas es inspiración y aborrecimiento, paradoja y destino: "Aquí cualquiera puede estar sometido al escarnio de una caja de Tafil, a la necesidad de tener que cargar alforjas llenas de Prozac y Lexotanil, y se te presenta una de estas mamis con el ombliguito al aire, una Gaby Espino con los glúteos confeccionados en el paraíso, con los pechos diseñados que ni la escudería Ferrari haría algo tan eficiente, y sencillamente sales disparado renegando de tu ataque de desencuentro con la vida, para que Miss Súper Tetas te diga papito. Y aquí se descalabran todas tus orquestadas y sesudas teorías que desacreditan la comarca subdesarrollada donde habitas, para sentirte Tarzán tirándote en liana, para recoger a la del fundillito azucarado y no dejarla escapar nunca (...) Mi aldea caraqueña se debate estrictamente en estos juegos de supervivencia, porque no piensen ustedes que en la calle tenemos foros de discusión ni tormentas de ideas. Es que ni una peña de intelectuales trasnochados".
Edward Morgan Forster solía decir que el arte de contar historias era tan viejo como el hombre mismo. Y se burlaba de las sesudas preocupaciones de los escritores contemporáneos al afirmar que difícil era en las cavernas cuando los hombres primitivos se reunían alrededor de una fogata y si el tipo que contaba historias era aburrido lo asesinaban. La advertencia del ciudadano Norton es una obra entretenida y contemporánea así que, por suerte, no te vamos a matar Karl.
No nos llamemos a engaño, Max consigue tiempo para enredarse en camas sureñas que más parecen un diván freudiano. En realidad es una exquisita junguiana argentina llamada Delfina la tercera tuerca del complejo mecanismo que es esta novela.
Y a ella le debemos una profunda reflexión sobre Caracas cuando dice con aire de sorpresa que "es una ciudad que se encontró con la modernidad, tuvo con ella un romance y ésta le pasó de largo, la abandonó, la despreció en el hombrillo.
La dejó plantada, relegándola a esperarla para otro día en una esquina de la historia".
A riesgo de caer, sin remedio, en lo anecdótico y personal, algo quisiera decir, sobre el instante en que leí el manuscrito de esta novela. Me encontraba convaleciente de una cirugía que me impedía moverme con soltura por lo que me entregué a placeres como la lectura y otras cosas profanas.
Sin embargo, en los descansos que calmantes y analgésicos me daban de cuando en cuando me entregaba a la prosa eficaz y lúdica de Krispin. Como resultado prorrumpía en unas carcajadas que espantaban a mis vecinos y luego quedaba sumido en amargas reflexiones que hicieron de esta lectura una experiencia agridulce. Como debe ser.
Recuerdo una advertencia de Uslar Pietri que me volvía a la cabeza una y otra vez en el decurso de esos días que transcurrían perezosamente: "Siempre hemos tenido una tendencia a sustituir la realidad, a ver las cosas de otra manera. Yo creo que aquí no se ha hecho la necesaria indagación sobre la imagen de Venezuela, que siempre ha sido una imagen falsa y una imagen de riqueza sedienta y de búsqueda de lo mágico. Desde la búsqueda de El Dorado aquí no se trabaja, aquí no se ha colonizado el territorio, se ha ocupado el territorio".
Por esto, los conmino a que oigamos La advertencia del ciudadano Norton, las urgencias de Max pero, sobre todo, la de Karl Krispin no sea que corramos el riesgo de levantarnos un día y percatarnos de que el mundo se nos fue de las manos sin darnos cuenta.
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