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sábado, 28 de diciembre de 2019

CAZA DE CITAS













“- ¿Cómo sabes lo que no hay en tu inconsciente? – le preguntó ella”

Philip Roth 

(“Deudas y dolores”, Mondadori, Barcelona, 2007: 624)

viernes, 13 de diciembre de 2019

PRIMERA INSTANCIA

Teoría totalitaria de la literatura
Philip Roth fue acusado de ser desleal con los demás judíos o de presentar personajes femeninos negativos
Daniel Gascón

"Hay algo muy atractivo en decir a los demás lo que tienen que hacer”, escribió Doris Lessing, que en octubre habría cumplido 100 años. Para la autora de El cuaderno dorado,la corrección política tiene sus virtudes: en primer lugar, “obliga a reexaminar posturas”. Pero también presenta peligros: “el sector lunático enseguida deja de ser un mero sector; el rabo empieza a menear el perro. Por cada persona que recurre con sensatez a la idea de lo políticamente correcto para analizar las cosas que damos por supuestas, hay 20 agitadores a quienes lo que los mueve es el ansia de poder”. Temía que no tardarían en aparecer “grupos y conciliábulos de cazadores de brujas”, que “acusan a sus víctimas de racistas o de ser más o menos reaccionarias”.

“El totalitarismo no es solo el infierno, sino también el sueño del paraíso: el antiquísimo sueño de un mundo en el que todos vivimos en armonía, unidos en una sola voluntad y una sola fe comunes, sin guardarnos ningún secreto unos a otros”, le decía Milan Kundera a Philip Roth.

Roth fue criticado por lo que ocurría en sus ficciones: le acusaban de ser desleal con los demás judíos o de presentar personajes femeninos negativos. Al autor de La mancha humana le gustaba hablar del juicio a Yuli Daniel y Andrei Sinyavsky, que fueron condenados a prisión por “difamar” al régimen soviético con sus obras literarias. En su alegato, Sinyavsky dijo: “Quiero repetir unos argumentos sobre la naturaleza de la literatura. Lo más rudimentario de la literatura —aquí empieza todo— es que las palabras no son hechos”.

El poeta Charles Simic ha bosquejado una “teoría totalitaria de la literatura desde Platón hasta la Inquisición, Stalin y todos sus seguidores”. Entre sus características están la “separación entre contenido y forma, ideas y experiencia. La literatura es en primera instancia contenido”. Para los seguidores de esta teoría, “el contenido necesita ser desenmascarado y expuesto como lo que es en realidad”, y “la literatura es una forma inteligente de propaganda al servicio de una causa determinada”. Según esa visión, “la literatura en sus propios términos es socialmente peligrosa. El arte puro es una blasfemia contra la autoridad”. Por eso, “no se debe confiar jamás en el poeta y el escritor. Sí en el crítico y el censor por su vigilancia constante”: ellos saben más que nosotros y nos protegen de las palabras peligrosas. @gascondaniel

Fuente:

domingo, 27 de mayo de 2018

DE UN AUTOR CONTRABANDEADO

Aquél desembarco de Roth
Siul Nagarrab

A mediados de la presente década, camino seguro a nuestra quiebra editorial, llegó una oleada de autores foráneos a las librerías sobrevivientes de Caracas, a muy bajo precio, quizá por obra de un afortunado contrabando, tal como acontecía con la ropa de marca, perfumes o golosinas que, de repente, alentaban a la buhonería que poblaba las calles, como nunca después logró repetir. Recordamos, por escasos bolívares, pudimos adquirir el grueso volumen de Hannah Arendt sobre los orígenes del totalitarismo que, además,  nos negábamos a aceptar en Venezuela, reponiéndolo en el anaquel de casa, pero también numerosos títulos de un autor que no conocíamos: Philip Roth, recientemente fallecido.

Reducida la oferta de novedades, siendo muy pocas las alternativas a elegir, en aquélla época compartimos las febriles lecturas de Paul Auster y Haruki Murakami, con el abaratadísimo Roth.  Nos impusimos de su prosa, cadencia y paciencia, pero también de las más inteligentes ridiculizaciones políticas que Nixon nunca le agradecería, removiendo sus rencores.

Alrededor de diez de sus títulos, llegaron a nuestras playas y todavía nos disponemos a releer “La conjura de América” y las “Lecturas de mí mismo”, aunque “Deudas y dolores”, novela de iniciación, se convirtió en nuestro título favorito. Más allá de la trama protagónica, a la que seguramente le fastidió a la persona beneficiaria de la depuración de nuestra modesta biblioteca casera, pues, nunca  comentó sobre el autor, tuvo la habilidad de introducirnos y de vivenciar la vida cotidiana de una familia judía de los Estados Unidos de los cincuenta del veinte, complementando lo que Amo Oz ha retratado del Israel contemporáneo.

A Roth tampoco se le encuentra en los remates de libros que quedan, como a casi ningún otro meritorio autor, excepto se trate del infaltable Paulo Coelho, por el que piden hasta un millón de bolívares, aunque el desprevenido comprador no sepa que el ejemplar ya puede descargarse íntegro y gratuito en las redes.  Tres libros atrás,  pasó el tiempo en el que estuvimos al día con Vargas Llosa o lo complementábamos con el puente de las Fuerzas Armadas: no hay divisas para intentar “La llamada de la tribu” en su versión digital, siquiera.

No hubo otro desembarco de Roth y, tememos, pasarán muchas lunas antes de tenerlo de nuevo acá, o, lo que es peor, a sus sucesores en el arte de la narración - ¿redundamos? – magistral.  Quizá, a modo de ilustración, así como un Truman Capote estuvo en el verbo de nuestra dirigencia política, décadas pasadas, sólo queda – ahora -  Coelho y … quién sabe.

27/05/2018:
http://www.opinionynoticias.com/opinioncultura/32719-nagarrab-s 

jueves, 17 de agosto de 2017

CAZA DE CITAS


"Si la idea de una biblioteca pública era civilizadora, no menos lo era el lugar, con su grato silencio, sus pulcros estantes y sus informados y serviciales empleados que no eran profesores. La biblioteca no era simplemente el lugar a donde uno tenía que ir en busca de los libros, sino una especie de riguroso refugio al que un muchacho de la ciudad iba de buen grado para recibir su lección de comedimiento y adiestrarse en el dominio de sí mismo. Y luego estaba la lección de orden, del que la misma enorme institución servía como instructora"

Philip Roth

("Lecturas de mí mismo", Mondadori, Barcelona, 2008: : 226)

Fotografía: LB entrada a la antigua Biblioteca Nacional (Caracas, 24/04/2015), tomada de https://lbarragan.blogspot.com/2015/04/el-suelo-movedizo-de-la-memoria.html.
Breve comentario LB: El deterioro, la inutilidad e injustificación de las bibliotecas públicas venezolanas ha llegado al colmo en este siglo XXI. En el  blog, rielan los testimonios fotográficos que hemos podido tomar sobre el Foro Libertador, emporio de la propaganda oficial. Hasta el presente, la tal restauración o remodelación de esa vieja sede bibliotecaria no ha sido consumada, reafirmando la precariedad existencial misma del Estado. Roth hace referencia al retiro de la subvención del ayuntamiento de Newark al museo y a la biblioteca pública, localidad que registraba ya cambios en su composición demográfica hacia 1969.

sábado, 21 de enero de 2017

PROTESTADO EN OTRAS PARTES, COMENZÓ A ANDAR

El fantasma de Lindbergh
Luis Barragán


Abundan las redes con el ascenso al poder de Donald Trump, aunque el mundo todavía no se ha acabado tras varias horas. No tardan los analistas en subrayar importantes aspectos del discurso inaugural que, se nos antoja, es portador de una terca resistencia ante la globalización y de la perplejidad que genera la automatización del trabajo. No obstante, aunque sean muchas y variadas las celebraciones, nos seduce la sencillez de un acto republicano, en las escaleras del Capitolio, ante el presidente de la Suprema Corte que, por cierto, por más aspavientos que levante entre nosotros, no pertenece a la consabida generación de los “magistrados-expresos”.

Llama poderosamente la atención, en este difícil lado del mundo, las múltiples y competitivas transmisiones de los actos, versionándolo variadamente. De un lado, cada movimiento y murmullo llegó a todos, gracias a la población de cámaras y micrófonos que los registraron; y, del otro, nuevamente constatamos, los casi imperceptibles movimientos de los servicios de seguridad que tampoco se compadecen con el vasto operativo militar que la sola presencia presidencial acá ocasiona para atropellar a la ciudadanía, así se encuentre indiferente a muchas cuadras de los prosopopéyicos eventos forzosamente radiotelevisados de acuerdo a las imágenes y voces del poder que dice bastarse consigo mismo.

Nadie puede negar la importancia que tiene el protocolo en los asuntos de Estado, cuya sobriedad y eficacia valoramos cuando se trata de representarnos, pero – aceptemos – el nuestro actualiza las viejas prácticas de monarquías plagadas de símbolos  huérfanos de sentido, surgido de las más ociosas cortes europeas.  Dirán los post-modernos, lo profundo está en la superficie, porque de los oropeles de palacio también se saca al pasajero así no aparezca la maleta.

Tiempo atrás, Philip Roth publicó una estupenda obra de política-ficción, convertido Charles Lindbergh en el mandatario estadounidense que le convino, planificándolo, al régimen nazi. Ojalá Trump no se haya excedido tanto como para prestarse a los intereses rusos que, hay indicios, hicieron la guerra electrónico-electoral de la que todos hablamos.

El fantasma del aviador recorre la Casa Blanca de acuerdo al involuntario pronóstico de Roth, pero la nación del norte no se condensa únicamente en Washington. Un complejo tal de instituciones que tiene por epicentro el ideario de la libertad y de la democracia, no sucumbe tan fácilmente, como no lo hizo con la guerra civil, las dos guerras mundiales, la guerra fría, Vietnam y Watergate.

Capturas de pantalla: Inauguración del mandato, transmisión por Youtube de ABDC News (21/01/2017).
22/01/2017:
http://www.radiowebinformativa.com/opinion/el-fantasma-de-lindbergh-luisbarraganj

domingo, 9 de octubre de 2016

REDOBLE POR RANCAS

Premiación que estigmatiza
Luis Barragán


Observamos con cautela el proceso de paz en Colombia, sorprendidos – como muchos – por el resultado de la consulta democrática. Arroja luces sobre el propio proceso que experimentaremos, encaminados en Venezuela a una transición democrática que tarda, pero llegará. No obstante, no  mayor sorpresa ha sido la reciente decisión del jurado sueco.

La concesión del Nobel de la Paz para el presidente Santos, abre polémicas que van más allá de una simple circunstancia. Incluso, algunos estiman que ha debido compartirlo con las FARC y hasta, negándoselos, Uribe ha debido ser el único acreedor.

Lo cierto es que la premiación hacia la sola tentativa de paz, pretendiéndose toda una pedagogía de los distintos esfuerzos que se realizan en el mundo, no basta, porque suele olvidar complejidades y frustraciones muy marcadas que dejan atrás cualquier alborozo.  La menor diligencia, por maliciosa e ineficaz que fuese, luce nobelable.

El pueblo colombiano es firme partidario de la paz, pero tuvo el coraje de decir “así no” por obra de  las condiciones orientadas a un chantaje, como deducimos de un resultado que no fue fruto de una gigantesca y bien orquestada campaña imperial, según la lectura de los proponentes que ansían una interpretación útil para el evidente fracaso. Digamos que no siempre será digno de reconocimiento, por ejemplo, alguna deserción táctica del yihadismo que se siente a la mesa para dialogar, después del desastre ocasionado.

Parece más interesante despejar la incógnita sobre el Nobel de Literatura y, aunque no seamos lectores profesionales, lo creemos entre Amos Oz y Philip Roth, corriendo el riesgo nada peligroso del desacierto. Ahora, con el de la Paz, el peligro es el de la confusión por la consiguiente estigmatización de  los que dijeron estar de acuerdo en Colombia con el proceso, pero “así no”.


09/10/2016:
http://class987fm.com/2016/10/11/premiacion-que-estigmatiza-escrito-por-luisbarraganj/

lunes, 22 de agosto de 2016

EDICIÓN CONTINUA

De ‘trumpadas’ y escozores
Luis Barragán


Suele ocurrir, la tentación es la de hacer política-ficción y apelar al meritorio ejercicio que hizo, por ejemplo,  Philip Roth sobre la presidencia de Charles Lindbergh,  en “La conjura contra América”. Empero, esta vez,  los supuestos conjurados no vienen de otro continente, sino que surgen de las propias entrañas.

Donald Trump encarna al estadounidense promedio que, al gozar de un buen nivel de vida, tiene por único horizonte la inmediatez y la asombrosa simplicidad de sus convicciones. Por encima de otros más reputados y experimentados nombres, logró colarse en la  lucha por la nominación republicana y, ahora, es una realidad que cuaja numerosas pesadillas que tarde o temprano darán alcance al elector medio.

El propietario que es  - o fue - del Miss Universo, una transnacional que está en los altares de no pocos venezolanos,  ha propinado fuertes trompadas a la realidad de un país que tiene por mandatario a Barack Obama, sin que ello signifique que haya solventado definitivamente el problema de las minorías negras. Un sector profundamente reaccionario, está hoy canalizado por una candidatura que, en el supuesto de triunfar, tampoco impondrá con facilidad al Ku Klux Klan, ni amurallará a una superpotencia que, por más que se resista, la sola condición que ostenta la hace partícipe de una irreprimible universalidad.

Acaso, si resultare victorioso, la mayor garantía de su neutralización  se encuentra en una sociedad extremadamente compleja  que, en el relato de Roth, finalmente saldó cuentas con Lindbergh, como adivinamos ocurrirá después del exitoso golpe de Estado  que auspició Richard Nixon,  de acuerdo a otra historia contrafactual: la de Louis Rossetto, Jr. Si mal no recordamos, Samuel Huntington, en una de sus obras clásicas, observaba que el pretorianismo prendía más fácilmente  en las sociedades menos complejas.

El tremendismo o, mejor, la antipolítica abierta y descarada de Trump ,  provoca no pocos escozores,  pero – si de sacar cuentas se trata – no alcanza el nivel  de producción verbal que nuestro Homero Simpson, no otro que Nicolás Maduro, tiene en su  haber.. Claro está, con dos diferencias: ocurre en una provincia del planeta y lo que hoy es morisqueta, ayer fue una ocurrencia algo graciosa de su antecesor.
22/08/2016:
http://www.opinionynoticias.com/internacionales/27308-de-trumpadas-y-escozores
Collage: LB.

domingo, 31 de mayo de 2015

MORALEJA

¿Cuál radicalización?
Luis Barragán


“- ¿Cómo sabes lo que no hay en tu inconsciente? – le preguntó ella”
Philip Roth (*)


Frecuente amenaza, la radicalización del proceso revolucionario constituye la mejor retaliación empuñada frente a la más modesta resistencia.  Antes que entusiasta promesa, por encima de cualquier ilusión,  el gobierno únicamente tiene por aliento el revanchismo constante y enfermizo.

Chávez Frías y su angustiado sucesor, convirtieron la amenaza en una arrogante consigna a la que sistemáticamente apela el funcionariado del partido confundido con el Estado mismo.  Poco importan los consecutivos fracasos, por ahora, sintetizados en la escasez de los insumos básicos, la inflación,  la inseguridad personal, la censura y el bloqueo informativo,  pues la declaratoria es la de sobrevivir a cualquier costo en el poder.

Drástica y paradójica,  nos enfrentamos a una advertencia irremediablemente incumplida, pues,  el país  ha retrocedido a niveles antes impensables, tendiendo a reivindicar un pasado que se dijo el peor de todo nuestro historial republicano; y,  desmentida la revolución misma, ha fracasado la propuesta tildada de bolivariana, donde consumó su éxito el Pacto de Puntofijo, sin solución de continuidad. Incluso, literalmente ignorado por los propulsores que temen debatirlo, el desactualizado marxismo esgrimido, ha derivado en una burda conflictividad de la lumpemproletarización conquistada, prevaleciendo los instintos primarios.

Por consiguiente, la mentada radicalización ha significado siempre empeorar la situación, ejecutar definitivamente una sentencia condenatoria que la caprichosa bondad del gobernante ha postergado, profundizar el control del Estado así lo haya descalabrado, enriqueciendo al implementador  convertido en el inédito puntero de una temible mafia.  Por motivación, existe un amable repertorio de consignas, debida y recurrentemente coreado, capaz de ocultar la ansiedad y desesperación por preservar el poder o sus cuotas privilegiadas, alargando una tensa cuerda que puede reventar, si ya no lo ha hecho.

Amarga moraleja, la radicalización del proceso no sólo condena a los sentenciadores, quienes despilfarraron inmensos recurso y oportunidades, sino que aconseja su reversión de convenir en los principios y valores que el constituyente distraídamente sancionó, por todo lo visto y vivido en estos años. Inevitable, se le hizo tarde al régimen para rectificar.

(*) “Deudas y dolores” (1961), Mondadori, Barcelona, 2007: 624.

Fotografía: Cartel en la concentración opositora de Caracas (30/05/2015).
Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2015/06/cual-radicalizacion/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=1091462

domingo, 29 de junio de 2014

CAZA DE CITAS

"Convertirse en una celebridad es convertirse en una marca"
Philip Roth

("Lecturas de mí mismo", Mondadori, Barcelona, 2008: 109)

domingo, 9 de marzo de 2014

CAZA DE CITAS

"Sin embargo, ni siquiera esa certidumbre acorazada podía impedir que los adultos prescindieran del sentido común y, por una o dos noches, se imaginaran, a ellos y a sus hijos, como ciudadanos nativos del Paraíso".

Philip Roth

(La conjura contra América", Mondadori, Barcelona, 2005: 270)

Ilustración: Shanti Marie.

domingo, 5 de mayo de 2013

VIAJE AL CENTRO DE LA MÁQUINA

EL PAÍS, Madrid, 5 de Mayo de 2013
TRIBUNA
La vida en un sistema totalitario
La maquinaria despiadada de la vieja Checoslovaquia sacaba lo peor de todas las cosas
Philip Roth

Entre 1972 y 1977 fui a Praga todas las primaveras; pasaba allí una semana o 10 días en los que me reunía con un grupo de escritores, periodistas, historiadores y profesores que por aquel entonces vivían perseguidos por el régimen checo, totalitario y respaldado por la Unión Soviética.
Durante mi estancia, solía seguirme a todas partes un policía vestido de paisano, había micrófonos en la habitación de mi hotel y tenía pinchado el teléfono. Pero no pasó nada más hasta 1977: ese sexto año, cuando salía de un museo al que había ido a ver una ridícula exposición de realismo socialista soviético, la policía me detuvo. La intervención me dejó inquieto y al día siguiente decidí hacer caso de su sugerencia y abandoné el país.
Aunque me mantuve en contacto por correo —a veces, cartas escritas en clave— con varios de los escritores disidentes a los que había conocido y de quienes me había hecho amigo en Praga, no obtuve un visado para regresar a Checoslovaquia hasta 12 años después, en 1989. El año en el que los comunistas cayeron derrocados y el gobierno democrático de Vaclav Havel llegó al poder con toda legitimidad, como el general Washington y su gobierno en 1788, mediante el voto unánime de la Asamblea Federal y con un respaldo abrumador del pueblo checo.
En Praga pasé muchas horas con el novelista Ivan Klima y su esposa, Helena, que es psicoterapeuta. Tanto Ivan como Helena hablaban inglés y, junto con otros amigos —entre ellos, los novelistas Ludvik Vaculik y Milan Kundera, el poeta Miroslav Holub, el profesor de literatura Zdenek Strybyrny, la traductora Rita Budinova-Mylnarova, a la que Havel designó después como primera embajadora en Estados Unidos, y el escritor Karel Sidon, que después de la Revolución de Terciopelo se convirtió en gran rabino de Praga y más tarde de la República Checa—, me educaron de forma exhaustiva sobre la tremenda represión del gobierno en Checoslovaquia.
Parte de esa educación consistió en ir con Ivan a los lugares en los que sus colegas, a quienes, como a él, las autoridades habían desposeído de sus derechos, desempeñaban los trabajos no cualificados que con toda malicia les había asignado el omnipresente régimen. Después de expulsarles de la Unión de Escritores, tenían prohibido publicar, dar clase, viajar, conducir un coche, ganarse dignamente la vida con su verdadera profesión. Además, sus hijos, los hijos del sector pensante de la población, no estaban autorizados a estudiar en centros oficiales.
Cada día trae una nueva angustia, un nuevo estremecimiento, un nuevo sentimiento de impotencia
Algunos de esos escritores con los que hablé vendían cigarrillos en quioscos callejeros, otros manejaban una llave inglesa en la planta depuradora de aguas, otros hacían repartos yendo en bicicleta de una panadería a otra, otros limpiaban ventanas o agarraban escobas en sus puestos de ayudantes de conserjes en algún museo desconocido de Praga. Estas personas, como he dicho, eran la flor y la nata de la intelectualidad nacional.
Así era aquella vida, así es la vida en un sistema totalitario. Cada día trae una nueva angustia, un nuevo estremecimiento, un nuevo sentimiento de impotencia y una nueva reducción de las libertades y la libertad de pensamiento en una sociedad censurada, atada y amordazada.
Con los ritos de degradación habituales: el ataque contra la identidad personal que la arrastra a la deriva, la supresión de la autoridad personal, la eliminación de la seguridad personal, el deseo de solidez y de ecuanimidad ante una incertidumbre constante. La imprevisibilidad como norma y la inquietud permanente como perniciosa consecuencia.
Y la ira. Los desvaríos obsesivos de un ser maniatado. Los arrebatos de furia inútil que no hacían daño más que a uno mismo. Y a su cónyuge, y a sus hijos, que absorbían la tiranía junto con el café matutino. El precio de la ira.
La maquinaria despiadada y traumática del totalitarismo que sacaba lo peor de todas las cosas, y todas las cosas que, con el tiempo, acababan siendo más de lo que uno podía soportar.
Una anécdota divertida de una época nada divertida, siniestra, y con ella acabo.
La tarde del día siguiente de mi encuentro con la policía, cuando, en una muestra de prudencia, me apresuré a salir de Praga y volver a mi país, los agentes fueron a casa de Ivan a detenerle y, como ya habían hecho otras veces, le interrogaron durante horas. Salvo que, en esa ocasión, no le acosaron durante toda la noche para confesara las actividades sediciosas y clandestinas que llevaban a cabo Helena, él y su cohorte de molestos disidentes y alborotadores de la paz totalitaria. Esa vez, como novedad que a Ivan le resultó curiosa, le preguntaron sobre mis visitas anuales a Praga.
Según me contó Ivan más tarde en una carta, durante el largo interrogatorio nocturno no les dio más que una respuesta —una sola— a todas sus preguntas de por qué iba yo a la ciudad cada primavera.
“¿Es que no leen sus libros?”, replicó Ivan a los policías.
Como es de imaginar, la cuestión les desconcertó, pero Ivan se apresuró a aclarársela.
“Viene por las chicas”.
Philip Roth es escritor. Este texto fue leído el martes pasado en Nueva York al recibir el PEN / Allen Foundation Literary Service Award y casi medio año después de que anunciara que abandonaba la literatura.
© Philip Roth 2013
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Ilustración, Fernando Vicente: http://talent.paperblog.com/karl-marx-friedrich-engels-fernando-vicente-manifiesto-del-partido-comunista-1793769/

lunes, 31 de diciembre de 2012

EL O REAL DE UNA OBRA DE FICCIÓN QUE PUDO SER ... REAL

EL NACIONAL - Sábado 29 de Diciembre de 2012     Opinión/7
80 años de una intriga mundana
SERGIO DAHBAR

Ya han pasado ochenta años de una intriga que le dio la vuelta al mundo, aun cuando las comunicaciones globales eran difíciles en esa época y hoy muchos jóvenes no saben lo que significa ese apellido. Al igual que su padre, el niño Charles Augustus Lindbergh se convirtió en una propiedad pública en la tercera década del siglo XX.
En 20 meses de vida, trasladado semanalmente de la casa de la familia materna Morrow, en Nueva Jersey, a la mansión que construía Lindbergh en Hopewell, la prensa se encargó de difundir hasta los más mínimos detalles de su cotidianidad.
Pero tanta atención no pudo salvarlo. La noche del 29 de febrero de 1932, la mucama inglesa Betty Gow descubrió la ventana abierta en el cuarto del primer hijo de los Lindbergh. La cuna estaba vacía.
Sobre un mueble encontraron una carta que pedía 50.000 dólares de rescate.
Otra vez el apellido Lindbergh se convirtió en un suceso internacional de dimensiones inimaginables, de la misma forma que sucedió con el padre del niño cuando cruzó, por primera vez en 1927, el océano Atlántico en solitario y sin escalas. Era uno de los primeros sucesos en los que la fama y la mala suerte se daban la mano y se convertían en obra dramática seguida por millones de personas capítulo a capítulo. El espíritu de una época había mostrado su ímpetu de modernidad, pero no podía doblarle el brazo al destino.
Nadie quería quedarse fuera del caso. Al Capone, desde la cárcel, ofreció una recompensa para quien ayudara a descubrir el paradero del niño. La policía instaló 20 líneas de teléfono en la casa, y se peinó la zona de Nueva Jersey en búsqueda de huellas de los secuestradores, como nunca antes se había hecho con ningún caso criminal conocido. Pero todo fue inútil.
En mayo de 1932 apareció el cadáver descompuesto del niño, muy cerca de la casa Lindbergh.
La policía se impresionó con la visión de la criatura, a la que le faltaba parte de una pierna, aparentemente comida por animales salvajes. Había muerto de un golpe severo en la cabeza, que le causó fractura de cráneo.
Dos años más tarde, en septiembre de 1934, atraparon al inmigrante Bruno Richard Haupmann, con pruebas ineludibles de su participación en el secuestro que terminó en asesinato. Y fue condenado, después de pasar por un juicio plagado de escándalos, a la silla eléctrica.
En los años ochenta documentos desclasificados de la CIA establecieron que las pruebas que existían contra el carpintero Bruno Richard Haupmann eran tan frágiles como la suerte de los seres humanos. Pero ya nada se podía hacer.
Cuando parecía que todas las desgracias que puede soportar una familia habían terminado con la muerte trágica del hijo, los Lindbergh conocieron el repudio del pueblo norteamericano de una manera agresiva y feroz. Corrían tiempos muy oscuros para la humanidad y este aviador se convirtió en el blanco de una polarización extrema.
Tanto el tono antisemita de sus discursos, como la aceptación de condecoraciones otorgadas por el Gobierno alemán, generaron una corriente de opinión tan adversa que Charles Lindbergh acentuó su tendencia a la reserva y desapareció del horizonte. No quería que Estados Unidos participara en la Segunda Guerra Mundial, y sus compatriotas lo odiaron por defender esas ideas.
Así perdió la gloria de su hazaña aérea, de sus investigaciones médicas, de los tests que desarrolló para mejorar el desempeño de los bombarderos en la guerra, de sus seis libros, de su trabajo para el Gobierno a favor de la conservación de la naturaleza. Todo se desvaneció para siempre, como si no hubiera existido, y él se encerró junto con su esposa, Anne, en la isla de Maui, en el Pacífico.
Cuando llegó el momento, hacia 1974, alejado del mundanal ruido, Lindbergh preparó su muerte de una manera serena, sin apuros.
Tuvo largas conversaciones con los carpinteros acerca de la fabricación de su féretro. Y supervisó la tumba, ya que deseaba una tradicional hawaiana, profunda, llena de piedras. Pudo atender todos los detalles hasta el último momento.
Había conocido una gloria que pocos hombres rozaron con su piel, y una tragedia inimaginable para cualquier padre. Quién sabe si su lado más odioso y detestable no fue una manera personal de huir de algo que no se soporta.

CAZA DE CITAS

“No embotello experiencia. Lo que me interesa es el flujo”.

Asher 

(Philip Roth, "Deudas y dolores", Mondadori, Barcelona, 2007: 109)

sábado, 1 de diciembre de 2012

CAZA DE CITAS



“No era aquella la primera vez que la niña (Cynthia Reganhart) tenía ocasión de sospechar que su madre la espiaba. Cuando empezó a estudiar en su nueva escuela de Nueva York, estuvo segura de que su maestra, la señora Koplin, era en realidad su madre disfrazada” 

Philip Roth
("Deudas y dolores", Mondadori, Barcelona, 2007:600)

Fotografía: Fotografía: Élite, Caracas,  nr. 1042 del 22/09/45.

lunes, 19 de noviembre de 2012

CAZA DE CITAS


"Parecía como si hubieran podido salir de algún país latinoamericano en ebullición solo unas pocas horas antes de que cayera el régimen"

Philip Roth

("Deudas y dolores", Mondadori, Barcelona, 2007: 84)

domingo, 28 de octubre de 2012

TRES OPINIONES (1)

EL PAÍS, Madrid, 21 de Octubre de 2012
EL NACIONAL - Domingo 28 de Octubre de 2012     Siete Días/6
Opiniones
La identidad perdida
MARIO VARGAS LLOSA

En The New Yorker del 7 de septiembre de este año hay una "Carta abierta a Wikipedia" del novelista norteamericano Philip Roth que es sumamente instructiva. Cuenta cómo Roth, al descubrir la descripción errónea que hacía Wikipedia de su novela The Human Stain (La mancha humana) envió una carta al administrador de esa enciclopedia virtual pidiendo una rectificación. La respuesta que obtuvo fue sorprendente: aunque la entidad reconocía que un autor es "una indiscutible autoridad sobre su propia obra", su sola palabra no era suficiente para que Wikipedia admitiera haberse equivocado. Necesitaba, además, "otras fuentes secundarias" que avalaran la corrección.
En su carta abierta, Philip Roth demuestra, con precisiones y datos fehacientes, que su novela no está inspirada, como afirma Wikipedia, en la vida del crítico y ensayista Anatole Broyard, a quien conoció muy de paso y cuya vida privada ignoraba por completo, sino en la de su amigo Melvin Tumin, sociólogo y catedrático de la Universidad de Princeton, que, por haber usado en una clase una palabra considerada despectiva hacia los afroamericanos, se vio envuelto en una verdadera pesadilla de ataques y sanciones que por poco destruyen su vida, pese a sus muchos años dedicados a combatir como intelectual y académico la discriminación y el prejuicio racial en Estados Unidos. Philip Roth publicó esta carta abierta en The New Yorker para tratar de contrarrestar de algún modo una falsedad respecto a su obra que la multitudinaria Wikipedia ha desparramado ya por el mundo entero.
No es ésta la primera vez que el gran novelista norteamericano da esa batalla quijotesca en defensa de la verdad. Hace algunos años, descubrió en The New York Times que le atribuían una afirmación que no recordaba haber hecho. Después de no pocas gestiones y esfuerzos consiguió llegar a la fuente que había utilizado el diario para citarlo: una entrevista en un diario italiano, firmada por Tommaso Debenedetti. Que él no había dado jamás. Gracias a esta investigación, se descubrieron las proezas fraudulentas de Debenedetti, que, desde hacía ya varios años, publicaba en la prensa de Italia y otros países reportajes sobre personas de diversos oficios y funciones inventados de pies a cabeza (yo merecí el honor de ser una de sus víctimas, y, otra de ellas, nada menos, que Benedicto XVI). De más está decir que las 79 colaboraciones falsas del personaje no han merecido sanción alguna y la historia de su fraude ha convertido al simpático Tommaso Debenedetti en un verdadero héroe de la civilización del espectáculo.
Ahora quisiera yo meterme en este artículo y contar dos episodios de mi vida reciente que muestran una inquietante vecindad con lo ocurrido a Philip Roth. Estaba en Buenos Aires y una señora, en la calle, me detuvo para felicitarme por mi "Elogio a la mujer", que acababa de leer en Internet. Pensé que me confundía con otro pero, pocos días después, ya de regreso al Perú, dos personas más me aseguraron que habían leído el texto susodicho y firmado por mí. Finalmente, un alma caritativa o perversa, me lo hizo llegar. Era breve, estúpido y de una cursilería rechinante ("La verdadera belleza está en las arrugas de la felicidad", "Todas las mujeres bellas que he visto son las que andan por la calle con abrigos largos y minifaldas, las que huelen a limpio y sonríen cuando las miran", y cosas todavía peores). Pregunté a amigos fanáticos de la red si había alguna manera de identificar al falsario que había pergeñado esa excrecencia retórica usando mi nombre, y me dijeron que, en teoría sí, pero en la práctica no. Porque no hay nada más fácil que borrar las pistas de los fraudes retóricos, inyectando mentiras y embauques de esta índole.
Podía intentarlo, desde luego, pero me costaría mucho tiempo y sin duda bastante dinero.
Mejor me olvidaba del asunto.
Es lo que hice, por supuesto.

Hasta que, uno o dos años después, recibí una llamada de un periodista de La Nación, de Buenos Aires, el diario que publica en Argentina mis artículos. Me preguntaba, sorprendido, si yo era el autor de un texto, firmado con mi nombre, titulado "Sí, lloro por ti Argentina", que era una diatriba feroz contra los argentinos y que andaba circulando por Internet. En este caso, el texto que me atribuían era infame, pero no estúpido. El falsificador lo había urdido con una astucia cuidadosa, tomando frases que, efectivamente, yo había usado alguna vez, por ejemplo para criticar la política de la presidente Cristina Fernández de Kirchner o la del presidente Hugo Chávez, de Venezuela, y adobándolas con vilezas y vulgaridades pestilenciales de su propia cosecha ("El desquiciado, paria, bestia troglodita de la extinta y queridísima República de Venezuela", "El peronismo es el partido de los resentidos más aberrantes, llenos de odio, de rencores viscerales, fanáticos, fascistas, enfermos de rabia inexplicable" y lindezas por el estilo).
Consulté a un abogado. Me explicó que el tema de los derechos de autor, del copyright, en el mundo digital es todavía un bosque confuso, objeto de múltiples negociaciones en las que aún nadie se pone de acuerdo, y que, aunque en principio, mediante una larga y costosa investigación, podría llegar a la fuente de donde había salido originalmente el texto fraudulento, probablemente el esfuerzo sería inútil, pues el o los falsificadores habrían tomado las precauciones necesarias para borrar las pistas lanzando el artículo calumnioso no desde su propia computadora, sino usando alguna de las que se alquilan en cualquier cibercafé. ¿No había nada qué hacer, entonces? En realidad, no. O, más bien, sí: tomarlo a la broma y olvidarse.
Y aquí llegamos a la parte más seria y trascendente del asunto, más permanente que lo anecdótico. La revolución tecnológica audiovisual, que ha impulsado las comunicaciones como nunca antes en la historia, y que ha dotado a la sociedad moderna de unos instrumentos que le permiten sortear todos los sistemas de censura, ha tenido también, como perverso e impremeditado efecto, el de poner en manos de la canalla intelectual y política, del resentido, el envidioso, el acomplejado, el imbécil o simplemente el aburrido, un arma que le permite violar y manipular lo que hasta ahora parecía el último santuario sacrosanto del individuo: su identidad. Técnicamente es hoy día posible desnaturalizar la vida real de una persona ­qué es, cómo es, qué hace, qué dice, qué piensa, qué escribe­ e irla sutilmente alterándola hasta desnaturalizarla del todo, y provocar con ello, a veces, irreparables daños. Probablemente, lo peor del caso es que estas operaciones delictivas ni siquiera resultan de una conspiración política, o empresarial o cultural, sino, más pedestremente, de pobres diablos que de este modo tratan de combatir el tedio o la pavorosa sequedad de sus vidas. Necesitan divertirse de algún modo y ¿no es acaso un deporte divertido envilecer o ridiculizar o poner en situaciones de escándalo a los otros si, además, ello se puede perpetrar con la impunidad más absoluta? Por eso, los valerosos esfuerzos que un Philip Roth hace en defensa de su identidad de escritor y de ciudadano, para que le permitan seguir siendo lo que es y no una caricatura de sí mismo, aunque admirables, son probablemente totalmente inútiles. Vivimos en una época en que aquello que creíamos el último reducto de la libertad, la identidad personal, es decir, lo que hemos llegado a ser mediante nuestras acciones, decisiones, creencias, aquello que cristaliza nuestra trayectoria vital, ya no nos pertenece sino de una manera muy provisional y precaria. Al igual que la libertad política y cultural, también nuestra identidad nos puede ser ahora arrebatada, pero, en este caso, por tiranuelos y dictadores invisibles que, en vez de látigos, espadas o cañones, usan teclas y pantallas y se sirven del éter, de un fluido inmaterial y subrepticio y tan sutil y poderoso que puede invadir nuestra intimidad más secreta y reconstruirla a su capricho.
A lo largo de su historia, el ser humano ha debido enfrentar toda clase de enemigos de la libertad y, con grandes sacrificios y dejando el campo de batalla sembrado de innumerables víctimas, siempre ha conseguido derrotarlos. Y creo que también, a la larga, derrotaremos a este último. Pero esta victoria, me temo mucho, demorará y ni Philip Roth ni yo alcanzaremos a celebrarla.

Ilustraciones: Fernando Vicente y Ugo.
Nota LB:  Además de las opiniones de don Mario, traemos a colación las de los dones Ugo y Vicente. No hay ánimo de un cioso de ilustraciones, sino - competitivos -el de  retener sus aporte. A veces, el uno nos parece mejor que el otro por el enfoque que asoma. No obstante, a vuelo de pájaro, creemos que Vicente tiene momentos de interesantísima plasticidad, mientras que Ugo deriva en una fácil caricaturesca.....

domingo, 1 de julio de 2012

TESTIMONIO DE TRASCENDENCIA

EL NACIONAL - Sábado 30 de Junio de 2012     Papel Literario/1
Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012
Philip Roth:
Trascender la comunidad y la nación para alcanzar la universalidad
Más allá de la polémica que ha acompañado la lectura que algunos críticos han hecho de sus libros, Philip Roth se ha fortalecido durante más de medio siglo como el hombre de letras por antonomasia de la sociedad estadounidense
MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ

La reciente concesión del Premio Príncipe de Asturias a Philip Roth, hecho que lo suma al pequeño club de autores de lengua inglesa galardonados por la corona española --entre los que están Arthur Miller (2002), Susan Sontag (2003), Paul Auster (2006) y Margaret Atwood (2008)--, confirma lo que muchos de sus detractores temían desde que le fue adjudicado el Pulitzer por Pastoral americana, en 1998: que el autor de Adiós, Columbus (1960) es la imagen del intelectual hecha a la medida de su sociedad; aunque sea exclusivamente para censurarla. El acta del jurado confirma esta sospecha, al emparentar su obra narrativa con la de John Dos Passos, Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, William Faulkner, Saul Bellow o Bernard Malamud y señalar que sus "personajes, hechos [y] tramas conforman una compleja visión de la realidad contemporánea que se debate entre la razón y los sentimientos, como el signo de los tiempos y el desasosiego del presente".
Entre las razones para considerarlo uno de los intelectuales cruciales de Estados Unidos se encuentran el hecho de que se autoproclame constantemente como un escritor estadounidense, los temas de sus obras y --aunque resulte difícil de creer-- las polémicas que se tejen alrededor de su figura que lo convierten en hombre de letras, que se mantiene a un lado del camino para mantener perspectiva sobre los desmanes de su sociedad.
Su obra entera, tanto ensayística como en narrativa de ficción, busca desentrañar las paradojas de la mitología popular de Estados Unidos. A la par de haber sustentado su carrera literaria sobre la crítica sostenida y profusa de la corriente moralizante que corre por su sociedad, Roth se declara rabiosamente estadounidense, como hizo en 1981 en una entrevista con Alain Finkielkraut para la revista Le nouvel observateur: "Norteamérica me permite la mayor libertad posible para practicar mi vocación (...) [T]iene el único público literario que puedo imaginar que obtiene de mi obra un placer continuado (...) Soy un escritor norteamericano en aspectos que no hacen de un lampista un lampista norteamericano ni de un minero un minero norteamericano ni de un cardiólogo un cardiólogo norteamericano.
Más bien lo que el corazón es para el cardiólogo, el carbón para el minero, el fregadero de la cocina para el lampista, Norteamérica lo es para mí".
Aunque repetidas veces ha declarado que su preocupación perenne es la relación entre el mundo de adentro y el de afuera de la escritura, sus obras muestran asuntos más cotidianos, como la coerción que ejercen sobre los estadounidenses las instituciones fundacionales de su sociedad: la familia, la política y la religión. Este es el gran atractivo que el público encuentra en su literatura, los temas con los que puede sentirse identificado.
Así lo demuestra en sus novelas Cuando ella era buena (1967), Nuestra pandilla (1971) y El mal de Portnoy (1969). La primera novela trata el tránsito hacia la adultez de Lucy Nelson, una joven moralista del Medio Oeste, que crece en rebelión constante con el poder castrante que ejerce sobre ella su familia. En Nuestra pandilla, una sátira sobre la era Nixon antes del caso Watergate, el tema de las perversiones en el manejo de la cosa pública es más que evidente. Su cuarta obra, que lo catapultó a la fama, relata la particular erotomanía de Alexander Portnoy, que se psicoanaliza con el doctor Spielvogel, para ponerle fin a los tormentos que le causan sus frustraciones sexuales y termina descubriendo que el origen de sus problemas está en la educación religiosa, judía. Este último detalle trajo una tormenta de críticas sobre Roth de miembros de la comunidad en la que nació y --como es de esperarse en un país dominado por los medios de información como es Estados Unidos-- se convirtió, casi instantáneamente, en una celebridad del mundo de las letras.
Desde que comenzó a hacerse más obvia la influencia de la cultura hebrea en sus escritos, sus críticos se quejan de que sus obras explotan las posibilidades cómicas y no las trágicas de su comunidad, incluso llevándolas a ribetes grotescos.
Allí, Roth perfecciona y lleva a su máxima expresión la tradición literaria de Bellow y Malamud, quienes describen ciertas manifestaciones de su cultura desde perspectivas extravagantes y ridículas, quizá con el objeto inocente de toda caricatura literaria: liberar tensiones por medio de la ironía. Ellos convierten en ficción el mundo en el que crecieron: la tradición judía estadounidense, como miembros de eso que el autor de Elegía (2010) considera una "mayoría compuesta por minorías competidoras", ninguna de las cuales le impresiona por tener una posición social o cultural más envidiable que la suya, según explicó en la entrevista anteriormente citada.
Como en sus libros, Roth busca trascender lo que frecuentemente ha calificado de "provincialismo de su entorno judío", la prensa lo convirtió, junto a Bellow y Malamud, en miembro de una escuela "judía neoyorkina". A este grupo, los críticos literarios y periodistas culturales sumaron posteriormente a Woody Allen, que viene de los predios de la cinematografía y de la escritura (digamos) híbrida. Roth no se ha cansado de denunciar la inexactitud de este cliché al que han querido reducir a los intelectuales hebreos de más renombre en Estados Unidos.
El único verdaderamente neoyorquino de este grupo es Allen --que durante años hizo de su ciudad natal la principal protagonista de sus relatos fílmicos y literarios--, pues Malamud, que nació en Brooklyn, pasó la mayor parte de su vida viviendo en Oregon o Vermont. Bellow nació en Montreal y vivió casi siempre en Chicago. Y, si bien es cierto que Nueva York le permitió escribir El mal de Portnoy, Roth --que nació en un barrio judío de clase media baja en Newark, en el estado de New Jersey-- no se siente especialmente apegado a esta localidad, aunque a veces la prefiriera como ambiente de sus novelas.
Antes de finalizar estas líneas, parece importante señalar que la trascendencia intelectual de Roth en su país y fuera de él se deba, quizá, a la polémica que lo rodea desde el inicio de su carrera. Por esto también Roth es esencialmente un hombre de letras, un erudito incómodo para su sociedad como lo fue para Francia Victor Hugo, en varios períodos del siglo XIX, y Jean Paul Sastre, a mediados del XX, o como también lo fueron Tennessee Williams y Arthur Miller para Estados Unidos. La obsesión de Roth por decir y escribir literalmente lo que le provoca, sin reparar en las consecuencias que sus ideas puedan tener, no digamos ya para la comunidad judía de su país, sino por ejemplo para las feministas o los colectivos sexodiversos que lo han acusado en repetidas ocasiones de misógino y homófobo, no sólo porque expresa opiniones que son políticamente incorrectas --en un país que ha hecho negocio de las susceptibilidades individuales--, sino porque sus personajes le hacen eco a sus ideas incómodas.
En la medida en la que el Estado norteamericano fue articulando una identidad nacional alrededor de la imagen del melting pot Roth creó un estilo literario propio que pretendía --y aún lo hace-- desmontar la homogeneidad cultural presupuesta en el mito más enraizado de la cultura estadounidense. Los personajes y argumentos de sus libros se enfrentan a la idea de una la armónica comunidad multirracial en la que pueden triunfar con el solo esfuerzo de sus trabajos como hombres --o mujeres, por supuesto-- de cualquier origen geográfico o étnico y de cualquier orientación sexual. Por todo lo escrito hasta acá, y por todo lo que ha quedado en el tintero (digital), su obra, la del siglo XX igual que la del último lustro se ocupa de revelar los cordeles invisibles del poder. Y, por lo mismo, ya no es sólo rabiosamente estadounidense, sino oportunamente universal.

Fotografía: http://nighthawknews.wordpress.com/2012/03/25/for-love-of-books-philip-roth/