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domingo, 9 de octubre de 2016

REDOBLE POR RANCAS

Premiación que estigmatiza
Luis Barragán


Observamos con cautela el proceso de paz en Colombia, sorprendidos – como muchos – por el resultado de la consulta democrática. Arroja luces sobre el propio proceso que experimentaremos, encaminados en Venezuela a una transición democrática que tarda, pero llegará. No obstante, no  mayor sorpresa ha sido la reciente decisión del jurado sueco.

La concesión del Nobel de la Paz para el presidente Santos, abre polémicas que van más allá de una simple circunstancia. Incluso, algunos estiman que ha debido compartirlo con las FARC y hasta, negándoselos, Uribe ha debido ser el único acreedor.

Lo cierto es que la premiación hacia la sola tentativa de paz, pretendiéndose toda una pedagogía de los distintos esfuerzos que se realizan en el mundo, no basta, porque suele olvidar complejidades y frustraciones muy marcadas que dejan atrás cualquier alborozo.  La menor diligencia, por maliciosa e ineficaz que fuese, luce nobelable.

El pueblo colombiano es firme partidario de la paz, pero tuvo el coraje de decir “así no” por obra de  las condiciones orientadas a un chantaje, como deducimos de un resultado que no fue fruto de una gigantesca y bien orquestada campaña imperial, según la lectura de los proponentes que ansían una interpretación útil para el evidente fracaso. Digamos que no siempre será digno de reconocimiento, por ejemplo, alguna deserción táctica del yihadismo que se siente a la mesa para dialogar, después del desastre ocasionado.

Parece más interesante despejar la incógnita sobre el Nobel de Literatura y, aunque no seamos lectores profesionales, lo creemos entre Amos Oz y Philip Roth, corriendo el riesgo nada peligroso del desacierto. Ahora, con el de la Paz, el peligro es el de la confusión por la consiguiente estigmatización de  los que dijeron estar de acuerdo en Colombia con el proceso, pero “así no”.


09/10/2016:
http://class987fm.com/2016/10/11/premiacion-que-estigmatiza-escrito-por-luisbarraganj/

lunes, 29 de agosto de 2016

INCIPIT

Entrevista con Amos Oz
El laberinto de la identidad
José Gordon

Considerado el novelista vivo más importante de la literatura israelí contemporánea, Amos Oz ha explorado las formas de vida de su sociedad desde una óptica intimista y con notable penetración psicológica. Su propósito ha sido dar una imagen de la existencia humana que permita al lector adentrarse en la sensibilidad ajena para ver el mundo desde nuevas perspectivas.
A las 9:30 de la mañana el novelista Amos Oz nos recibe en su departamento de Tel Aviv. Llegamos al piso doce. Él mismo nos abre la puerta. A los 74 años tiene el cabello casi plateado. Su cuerpo denota un ligero cansancio; sin embargo, sus ojos grises mantienen la alerta y la agudeza de un maestro exigente y riguroso que no puede esconder del todo su calidez. Estamos reanudando un diálogo que comenzó en 1998 en Arad, un poblado en medio del desierto. En esa ocasión hablamos de su literatura y de sus perspectivas en torno al conflicto en Medio Oriente. Amos Oz fue el fundador del Movimiento Paz Ahora. En sus ensayos y novelas retrata la complejidad de un mundo que no se ajusta a nuestros deseos y en donde es fundamental abrirse a la mirada del otro. Al terminar esa entrevista para Canal 22, me invitó a tomar un café. Atardecía. Las luces de su estudio estaban apagadas. La oscuridad nos envolvió lentamente. Le dije que me parecía que tarde o temprano subrayaría el registro literario de una de sus primeras novelas en donde la vida se encuentra sutilmente interconectada. Amos Oz simplemente sonrió. Nunca habla de las obras en las que está trabajando. Un año después, publicó la novela El mismo mar, que describe la interrelación que trenza a todos los objetos con la luz y también plantea la conexión invisible de pensamientos que se da a pesar de la distancia. Al leer el libro en la Ciudad de México me tocó el turno de sonreír.
Mientras mi amigo y productor Froylán López Lavín instala las cámaras de Canal 22, nos asomamos al gran ventanal del departamento que hace que una pantalla delgada de televisión, de color negro —colocada en una pared aledaña—, se convierta en una especie de pecera ante el reflejo de la luz de un sol radiante que le da una sensación de agua oscura y verde. Le obsequio el libro Manual de zoología fantástica de Borges, ilustrado por Toledo, traducido al inglés. Me dice que conoce ya del trabajo de Toledo. Borges le apasiona. Al hablar de la exactitud de las palabras del escritor argentino, cita a un poeta israelí: “Natan Alterman dijo alguna vez que si por algún embrujo las matemáticas desaparecieran del mundo, la poesía sería llamada a sustituir las matemáticas”.
Hablamos de Rulfo. Por azar me encontré unos días antes con el íncipit de la novela Pedro Páramo en hebreo: “Bati el Komala ki amrú lí she bemakom hazé gar aví, ejad Pedro Páramo”. Se ríe con los ojos, con la musicalidad de la traducción. Me dice que la obra de Rulfo es inigualable. Amos Oz se levanta a buscar un libro en la pared opuesta a la televisión. Está llena de libros desde el piso hasta el techo. Vuelve con la traducción al inglés de El naranjo o los círculos del tiempo, de Carlos Fuentes. Me enseña con orgullo el epígrafe que seleccionó Fuentes: “Como los planetas en sus órbitas, el mundo de las ideas tiende a la circularidad”. Es una frase de Amos Oz de la novela Amor tardío.
Froylán termina de instalar el equipo. Nos sentamos ante las cámaras para reanudar un diálogo en torno a los poderes de la literatura. Conversamos sobre el laberinto de la identidad, sobre algunas claves de su cultura. ¿Es posible una espiritualidad secular? Me brinda sus apuntes sobre el trabajo que realiza como escritor para sumergir al lector en un mundo y lo que significa la mirada del arte.
El poeta Octavio Paz escribió un libro llamado El laberinto de la soledad en donde describe algunos rasgos de la identidad cultural mexicana. En el libro Los judíos y las palabras, escrito junto con su hija Fania Oz-Salzberger, ustedes hacen lo mismo de cara a la cultura judía e israelí. Hablemos de las sensibilidades que se revelan mediante la literatura.
Pienso que leer literatura es la mejor forma de viajar. Si tú compras un boleto y vas a París, ves los edificios y los museos, los parques y los bulevares. Si tienes suerte, conversas con algunas personas en un café. Luego compras algunas tarjetas postales, tomas fotografías y regresas a casa, pero si en lugar de ir a París lees a Marcel Proust, entonces eres invitado no tan sólo a los monumentos y a los bulevares: eres invitado a pasar dentro de las recámaras de otra gente, dentro de sus cocinas, de sus cuartos; te vuelves parte de la otra cultura. Eso es lo que hace la literatura cuando está en su mejor expresión. Cuando leo a García Márquez soy de Macondo, de Aracataca, y cuando leo a Dostoievsky soy de San Petersburgo y cuando leo a Kafka, estoy en Praga. Así que, para mí, la mejor forma de viajar es leer un libro sobre otra cultura, otra gente, otro país y además es más barato.
Si realmente queremos conocer la cultura israelí, ¿qué es lo que nos revelaría la literatura?
Yo escribo —dice Amos Oz luego de internarse en su mundo— de manera muy cercana sobre lo que conozco mejor y lo que mejor conozco es la historia del pueblo judío y la historia de Israel. Soy hijo de inmigrantes que apenas pudieron escapar de Europa en los años treinta. Trajeron consigo una cultura europea y una cultura judía secular, no religiosa. En el libro Los judíos y las palabras hablamos exactamente sobre estas mezclas que ha tenido la cultura judía con el secularismo europeo, con influencias árabes, arameas, griegas y latinas, de este conglomerado que es la bendición del judaísmo.
De hecho, en lugar de hablar sobre vínculos sanguíneos, ustedes proponen que se trata de una cultura de vínculos textuales.
Fania y yo creemos que la línea de secuencias judías no es una línea sanguínea. No se trata de genes, no tiene que ver incluso con la sinagoga. Está relacionada con una gran colección de textos escritos a través de miles de años. Estos textos se vinculan entre sí de la misma manera que mis propias novelas y relatos se vinculan con la Biblia y con la Mishná y con todo el legado. Los textos son las pirámides judías, los textos son las catedrales judías, los textos para los judíos son lo que la Muralla China es para los chinos. Son lo que los judíos se han dado a sí mismos y al mundo: textos. Somos un pueblo de textos. Hablamos sobre textos, leemos textos en las fiestas cuando nos sentamos a cenar, leemos textos y discutimos los textos y cuando los judíos tuvieron que escapar de los progromos y de las persecuciones de un país a otro, en medio de la noche tuvieron que dejar todo pero se llevaron consigo a los niños y a los libros.
Los tesoros reales.
Sí.
De esta manera hay ciertas sensibilidades que son enfatizadas en esta cultura: una de ellas es la de proponer un juego de múltiples interpretaciones de estos textos. No se quedan fijos.
En los buenos tiempos la vida judía espiritual era un juego abierto de interpretación, contrainterpretación y reinterpretación. Todos tenían derecho a interpretar. Se esperaba de todo muchacho que cuando llegara a la edad de trece años y celebrara su bar mitzvá [su confirmación], dijera en la sinagoga un jidush [una novedad], algo original sobre el texto. No algo aprendido de memoria, no algo que se memorizó sino algo inventado. Esto era un tremendo aliento a la creatividad y a la originalidad.
Esto es lo que usted subraya cuando habla de esa posibilidad llevada al límite en el relato de Borges “Pierre Menard, autor del Quijote”: uno reinterpreta el texto de tal suerte que uno escribe el mismo texto, pero es propio.
Se vuelve original porque uno no tan sólo lo reescribe. Cuando uno lo reescribe lo reinventa, lo vives de nuevo. Ves las imágenes con tus propios ojos, no con los ojos de Cervantes; escuchas los sonidos con tus propios oídos no con los oídos de Cervantes; percibes los olores con tu propia nariz no con la nariz de Cervantes. Recreas el Quijote. Esta es la idea de Pierre Menard de Borges y pensamos que esto es una buena forma de entender de qué trata la tradición judía.
Hay algo muy importante que usted dice: estas sensibilidades son enfatizadas en la cultura judía y en la cultura israelí, pero no son chovinistas porque pertenecen a todos. Son universales, pero son enfatizadas en esta cultura.
Son accesibles a todos porque son textos. No son templos ni monasterios, no son claustros. Son textos, y todos pueden acercarse a ellos, los pueden leer directamente en hebreo o en su traducción, pero también están llenos de argumentaciones. Nuestra civilización es una civilización de duda y debate. La idea es que todos son rabinos. No es por nada que los judíos nunca han tenido un Papa, ni podrían tenerlo. Si cualquier ser humano se llamara a sí mismo o sí misma el Papa de los judíos, todos se le acercarían, le darían una palmada en la espalda y le dirían: “Hola, Papa, yo no te conozco y tú no me conoces a mí, pero mi abuelo y tu tío solían hacer negocios juntos en Minsk o en Casablanca y por lo tanto por favor guarda silencio por sólo cinco minutos y déjame decirte de una vez por todas qué es lo que realmente Dios quiere de nosotros”.
Todos tienen derecho a expresar duda y todos son alentados a debatir. Aquí en Israel, cada fila para tomar el autobús en Tel Aviv, o en Jerusalén, puede fácilmente prender una chispa y volverse un apasionado seminario callejero con completos extraños que esperan el camión debatiendo sobre política e historia y moralidad y religión y el verdadero propósito de Dios. Mientras están en desacuerdo entre sí sobre la política, y el bien y el mal metafísico, se meten a codazos al primer lugar de la fila. Esta es la cara mediterránea de Israel. Como lo he dicho en muchas ocasiones, esta sociedad viene de una película de Fellini y no de una cinta de Ingmar Bergman. Podrán hallar un reflejo de ello en mis novelas, en mis relatos.
Otra de las sensibilidades que son enfatizadas es un olfato que detecta rápidamente lo justo y lo injusto al mismo tiempo.
Sí. El sentido de la justicia es lo que hace que Abraham, en la historia sobre el destino de la pecadora ciudad de Sodoma, esté en desacuerdo con Dios. Primero negocia con Dios como un astuto vendedor de carros de segunda mano: cincuenta hombres justos, tal vez cuarenta hombres justos, treinta, veinte, tal vez diez. Cuando pierde el debate, no cae de rodillas y pide perdón por el atrevimiento de haber discutido con Dios, no; gira los ojos hacia el cielo y dice: “¿Puede el juez de toda la Tierra no hacer justicia?” —Amos Oz pronuncia en hebreo esas palabras—: “Hashofet kol haaretz lo yaasé mishpat”. Esto quiere decir que tal vez tú seas Dios, el señor del universo, pero no estás por encima de la ley; podrás ser el legislador pero aun así no estás por encima de la ley; podrás ser el ejecutivo principal del universo pero aun así no estás por encima de la ley. La ley está por encima de ti. Este es un concepto básico de la tradición judía en los buenos momentos. El judaísmo ha tenido malos momentos, tiempos de estancamiento, de aislamiento, tiempos de jerarquías y autoritarismos, pero en los buenos tiempos había este debate perpetuo sobre la justicia y demanda de justicia, acompañada de sentido del humor.
Desde la Biblia hasta Woody Allen.
La literatura judía —Amos Oz sonríe— en todas las generaciones está llena de humor y frecuentemente se trata de un humor que se muerde a sí mismo. Nos reímos de nosotros mismos, de lo que somos. La naturaleza del chiste judío es frecuentemente: “Yo soy raro pero tú también eres raro”.

Fuente:
http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?art=16760&publicacion=792&sec=Art%C3%ADculos

SE OYE AL VENIR

EL NACIONAL; Caracas, 29 de agosto de 2016
Libros: Amos Oz
Nelson Rivera

Hay narradores a los que se escucha venir. Hacen sentir sus pasos a lo lejos. Los hay corteses, que dan un corto merodeo, como Zweig o Turgueniev; los que nunca pierden la ocasión de hacer sonar al mundo (en Conrad, por ejemplo, hasta los silencios resuenan). Otra raza, no la única por supuesto, es la de los narradores repentinos. Autores cuyas historias saltan con la primera frase. Como si la narración impaciente no pudiese esperar por el lector. Bus apurado: cuando pisas el peldaño, el relato ya está en movimiento. Son repentinos Kafka, Chejov y, en muchos de sus magistrales relatos, John Cheever. Hechizan: es tal la impronta y rapidez de sus trazos, que parecen magos. A esa misma categoría pertenece el Amos Oz (Israel, 1939) de Hasta la muerte (Ediciones Siruela, España, 2016).
El volumen lo componen dos novelas cortas. La que abre el libro tiene como título “Amor tardío”. De la primera a la última línea, una catarata: la voz del viejo Shraga Unger, que vive para advertir a sus compatriotas judíos del peligro que la Rusia comunista y bolchevique representa para el judaísmo ruso y para la totalidad del pueblo judío. La suya es una mente en estado de asedio: siente que se acaba el tiempo. Urgido, no escucha. En sus arrebatos de supra conciencia, reconoce que los demás tampoco le escuchan a él. Pero no puede parar, aun siendo testigo de su declive, de su desintegración por goteo. “Ahora, con sesenta y ocho años, solo, sin amar ni ser amado, se me concede una última prórroga para intentar expresar dos o tres cosas. Después me entregaré en paz”.
Por momentos, el palabrerío de Unger se desata. Alcanza picos altos, delirantes. Es un hombre que compendia el miedo acumulado por su pueblo, luego de milenios de persecución. Sin embargo, el paranoico torrente porta otras cualidades. Paréntesis o momentos de ralentización, en los que surgen sutiles observaciones que se aproximan a lo inexpresable. Confesiones, reclamos a la vida,  puesto que “comienzas de pronto a esperar con ansias un esclarecimiento, una aclaración aguda, parece que algo debe, tiene que revelarse, una versión, una combinación vertiginosa, un propósito, pues no es posible que hayas nacido y también vayas a morir sin que te acontezca al menos una aclaración, sin que te ocurra una luz fuerte, sin que te pase algo….”. La manía persecutoria que padece Unger no aplasta en él otras dimensiones: su percepción de que hay una dialéctica eterna de construcción-destrucción; su sensación de la cotidianidad que se carcome a sí misma; su advertencia –dirigida a sí mismo y al mundo– de que el terror a las inmensidades puede conducir a la pérdida de la razón.
La segunda narración, más breve, se llama “Hasta la muerte”. Su tono impone: mesura, precisión, cierta majestad. Año 1096. Desde Aviñón, Guillaume de Touron, un señor de la nobleza, encabeza una cruzada que se pone en marcha rumbo a Tierra Santa. Son tiempos donde la fe salva o mata, bajo las formas más aberrantes de tortura. Los creyentes, así como esperan las señales de Dios, temen a las brujas y al mal. Tiempos donde la cruz se trocaba en espada.
“El señor cabalgaba sobre su yegua Mistral sin prisa. No se trataba de moderación, tampoco de la calma que sigue al martirio, sino de un lento avance en horizontal a lo largo de los caminos”. La extensión de la ruta, los peligros que acechan, la reaparición constante de lo desconocido. Guillaume de Touron es un hombre silencioso e implacable. El largo camino hace inevitable la aparición de lo inesperado. El miedo se instala. Se sospecha hasta de los propios cruzados. Quizás haya algún infiltrado del mal. “Miraba a sus hombres. A cada uno de ellos, sus gestos y sus movimientos al comer, al reírse, al dormir, al cabalgar. ¿Tiene sentido buscar en la esfera sensible? ¿Qué es judío en un judío?”.
Hay empresas que los hombres acometen, destinadas a causar dolor a sí mismos y a los demás, quizás porque una vez iniciadas, se pierde para siempre el coraje de volver atrás. Empresas de la fe extrema. “A menudo, Guillaume de Touron pronunciaba un extraño sermón, repetitivo y febril, en el que pedía a sus hombres que lo amasen, que se amasen los unos a los otros, que amasen a los caballos que agonizaban de frío, que amasen su propia sangre y su propia carne porque su sangre no era su sangre y su carne no era su carne”.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/opinion/Libros-Amos-Oz_0_908309315.html
Cfr.
http://lbarragan.blogspot.com/2010/08/oz-en-escena.html

viernes, 31 de agosto de 2012

PAUL AUSTER (1)

Grupo Libros / Facebook:
Luis Barragán J. Haber leído apenas el libro de un autor, incluyendo algunas cosas publicadas en la prensa, es no haberlo hecho jamás. Por ello, el empeño de estos días ha sido Paul Auster para la espera de la consulta médica, entre otras diligencias que lo permitan. Insistimos en la estupenda edición de Seix Barral de este año, sobre una obra publicada a mediados de los ochenta.
Reconociéndole momentos de gran maestría, nuevamente - según lo que gustamos - las tres novelas en una, tienen sus altibajos. La primera, tiene al escritor como albacea de otro que ha enloquecido en la investigación que involucra a un persona que reaparecerá después al finalizar la tercera parte; Auster mismo se convierte en un personaje de la trama, autorretratándose amablemente; los menesterosos ofrecen una estampa de la ciudad distinta, si mal no recordamos, a la versión de un John Dos Passos que la hace ágil, próspera, veloz. En la segunda, tuvimos que ir con más calma, porque los nombres mismos de los personajes confunden (Azul, Negro, Blanco....), concluyendo en un siniestro que es hilo conductor de toda la trilogía.
Luis Barragán J. Tenemos pendientes dos títulos más. Quizá haya que leer después un ensayo crítico sobre el autor para completar la primera visita que le hacemos, y - dependiendo del primer resultando, continuarlo (aunque la defensa es de los momentos de ocio, no de una tesis a defender). Por lo pronto, hemos leído algunos relatos digitales de noveles autores, y de nuevo nos convencemos que, en lugar de la febril autopromoción, la que va más allá de la normal divulgación de sus obras, el primer afán es intentar superar a los Auster en boga. Valga la coletilla, luego del Príncipe de Asturias, el autor de marras puede convertirse en un Nobel de Literatura, aunque - modestamente - suponemos que un Amos Oz lo supera.
Krina Ber Recomiendo con entusiasmo! Lo compré hace años (por el título...) cuando no tenía ni idea quien era Paul Auster y me fascinó, se puede leer cada historia varias veces y a cada vez luce diferente.
Luis Barragán J. Krina, escritora, ¿qué valora más en el Auster narrador?
Krina Ber Bueno... te contesto como lectora: Lo que más valoro es que logra convertir en misterio cualquier acontecimiento nimio o cotidiano, la "eficiencia" con la que crea a cada paso el deseo de seguir leyendo.
Krina Ber Pero estoy de acuerdo que para el Nobel califica más Amos Oz. Hace tiempo debian darselo
Luis Barragán J. Nos faltan algunos relatos más, pero - sentimos - que no fluye con facilidad. Entrará octubre y veremos qué dice la academia y ojalá no la amos-nesten....Y veremos si Auster fluye en los relatos que tenemos pendientes.