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martes, 21 de julio de 2015

CUADERNO DE BITÁCORA

Algo difícil es llevar un blog personal, cuando el tiempo apremia. Lo sacamos de donde no lo tenemos, por las acumuladas responsabilidades políticas y la de estricto orden laboral (la siempre tensa y exigente tarea parlamentaria en condiciones adversas, de cuya transitoriedad siempre sabemos), junto a las obvias de índole personal. LLevamos este blog como una herramienta de apuntes que, a la vez, con su modesta difusión, alguna contribución hace a la discusión, por mínima que sea. La relación semanal culmina con secciones como la de Noticiero Retrospectivo y la Caza de Citas, tras las homilías y los artículos de opinión que nos permitimos, quedándose en el tintero de bytes muchas cosas, como esa manía a veces imprudente de sacar el móvil celular y  fotografiar. Cada vez es más dificultoso cerrar un domingo, devenido día de trabajo. No da tiempo de promover y, mucho menos, hacerlo por una  lluvia de correos electrónicos, lo poco que acá se hace. Hay impresiones gratas y puede decirse inmerecidas, sobre el blog o sobre nuestro trabajo, como las de Nicomedes Febres o Hermann Alvino que agradecemos inmensamente, acentuando una fraternidad de ideas, de afectos y de convicciones firmes ya casi en desuso por esta cosa de la época. Otros, de muy buena intención, reclaman promoción, como Julio César Moreno, pero tampoco hay tiempo para ello. En todo caso, es - apenas - un referente de apuntes. Varias veces falla, pues, quizá porque lo hacemos mal o se cuelan errores, la indización del blog  no es correcta y, después,  buscamos un dato infructuosamente cuando más lo necesitamos. Ha ocurrido que, en el hemiciclo de la Asamblea Nacional, tocándose un tema que ya hemos trabajado en algún momento, por el sobrevenido Orden del Día que acostumbran, inútilmente hurgamos  para intentar la precisión deseada en nuestra exposición (si es que hay ocasión), y nada que oportunamente aparece el dato.
Otras veces, como ahora, ya para concluir un arduo día, nos provoca comentar un curioso y reducido directorio telefónico de finales del siglo XIX que pudo estar en la estantería del coleccionista del que habló Paul Auster (o soñó uno de sus protagonistas), o de algún modo celebrar la exitosa batalla que Yordano ha dado contra el cáncer, cuya fotografía que, además, puede luego perderse en la selva de las redes, ha circulado hoy profusamente. O explicar el por qué de esta defensa del territorio esequibano que cuida de no confundirse con el chavinismo exhibido por no pocos. Sin embargo, nos vence el sueño. Y queda como una nota para el cuaderno de una bitácora de la que tampoco sabemos si interesará a la vuelta de los años o de las décadas, a alguien.
LB

domingo, 15 de diciembre de 2013

ACECHO

EL NACIONAL - Domingo 15 de Diciembre de 2013     Papel Literario/1
Paul Auster: el alto arte de la compasión
Los Ensayos completos de Paul Auster se abren paso de modo imprevisto: las primeras casi 400 páginas, la mitad del libro, reúnen textos ya publicados que podrían adscribirse a una flexible categoría de literatura de la memoria
NELSON RIVERA

En 1971 Paul Auster camina por el boulevard de Montparnasse, en París. Un malabarista mantiene al público hipnotizado. El artista ha dibujado un círculo de tiza en el piso: nadie se atreve a cruzarlo ni a pronunciar palabra: se impone el silencio propio de quien observa a otro hablar consigo mismo. Días después, Auster se cruza con el personaje en los muelles del Sena. Al día siguiente, lee que un equilibrista tendió una cuerda entre las torres de Notre-Dame y por horas cautivó con sus piruetas al público alelado. Años más tarde, ya en Nueva York, Auster tropieza con Philippe Petit en los noticieros: esta vez ha caminado sobre una cuerda, de una a otra torre del World Trade Center. Finalmente, en 1980, el escritor le conoce e inician una amistad. "En la cuerda floja", esencial meditación que a menudo avanza hacia lo elegíaco, Auster se opone a la percepción marginal que se tiene del equilibrista: "Después de contemplar su austera y turbadora acción en la calle, supe por intuición que sus motivos no coincidían con los de otros hombres, ni siquiera con los de otros artistas. Con una ambición y una arrogancia proporcional a la inmensidad del cielo, e imponiéndose a sí mismo las más estrictas exigencias, simplemente pretendía hacer lo que era capaz de hacer".
Uno de los episodios que conforman "Libro de la memoria", cuenta lo ocurrido la noche de enero de 1925, en medio de un invierno feroz. Un médico duerme, cuando un chico irrumpe para decirle que en una aldea en las afueras de Praga, Marina Tsvietáieva está a punto de parir. Lo apura. El hombre se viste y sale. Debe atravesar un bosque. La nieve le alcanza a las rodillas. Llega a la casucha, donde se impone la pobreza.
Hay largas pilas de libros que se levantan hacia el techo y basura acumulada de días. En medio de la cama, la poeta con un cigarrillo en las manos. Mientras expulsa el humo de su boca, dice al médico: "¡Casi llega tarde! Le dije que traería al mundo a mi hijo. Usted ha venido y ahora es asunto suyo y no mío...".
El médico cuenta que el niño nació con el cordón umbilical cerrándole el cuello. Logra revivirlo y el color del niño pasa del azul al rosado. "Durante todo ese tiempo, Marina siguió fumando en silencio, sin hacer el menor ruido, con la vista fija en el niño y luego en mí...".
Detengámonos ahora en el prefacio que Auster escribió a La tumba de Anatole, de Stephanie Mallarmé. Anatole es el segundo hijo de Mallarmé. Su salud es precaria: a menudo sus padres creen que no sobrevivirá.
A los dos años mejora. Cartas y testimonios dan cuentan de un pequeño radiante. Cuando alcanza los ocho años, el reumatismo ocupa sus articulaciones.
La enfermedad agobia a la madre y al poeta. En 1879 Anatole fallece ("estoy fuera de mí, como alguien arrastrado por un viento terrible e interminable"). De aquél dolor provienen La mente hacia el fondo las 202 notas ­se diría que son como bocetos poéticos­ que más adelante fueron ordenadas como La tumba de Anatole. La tesis de Auster es que esta obra inclasificable tiene la cohesión y la intensidad de la gran poesía. El padre se siente responsable de no haberle dado a su hijo fortaleza corporal. "Literalmente, pretende resucitarlo, puesto que la tarea de construir una tumba ­una tumba poética­ anularía la presencia de la muerte (...) Este es uno de los más conmovedores relatos de un hombre que intenta aceptar la muerte moderna ­o sea, la muerte sin Dios, la muerte sin esperanza de salvación­ y revela el significado secreto de la totalidad de la estética de Mallarmé: la elevación del arte a la altura de la religión".
Ver más allá de lo obvio, porque tras la superficie de las cosas se halla el brillo y la congoja que son inherentes a las realizaciones humanas; escoger con pinzas de afinado narrador los episodios que, en el andar de su reflexión puedan, por sí mismos, hacer que los hechos adquieran el estatuto, la irradiación de las ideas; leer los libros de otros autores, siempre en conexión con sus vidas respectivas, porque donde texto y biografía se encuentran está el lugar donde la literatura adquiere su sentido, su dimensión de bien irreducible de la condición humana.
Los Ensayos completos de Paul Auster se abren paso de modo imprevisto: las primeras casi 400 páginas, la mitad del libro, reúnen textos ya publicados que podrían adscribirse a una flexible categoría de literatura de la memoria: La invención de la soledad, A salto de mata, El cuaderno rojo y La historia de mi máquina de escribir. Puestos en esta específica secuencia nos remiten al rumor, al lazo subterráneo que hay entre la memoria y las ideas, incluso cuando lo que se evoca es ausencia, rastro, especulación de lo que pudo haber sido.
Cuando Auster es el sujeto de sus propias indagaciones, cuando recuerda sus años de emigrante pobre en París (el dinero "siempre tiene la última palabra"), cuando hace el recuento de días infructuosos, cuando se enfrenta a la figura huidiza e imposible que fue su padre ("un turista en su propia vida"), su pensamiento se adentra. No se conforma con las apariencias.
Prende una luz sobre su abismo.
Recoge fragmentos y se pregunta cómo podrían unirse. La posibilidad del fracaso, esa sombra que late en todas las cosas, siempre está presente. Y esto es quizás un signo esencial suyo: la sensación de que los triunfos de lo humano son efímeros, de que nunca será posible ir muy lejos, que no hay nada que no contenga un reverso de desesperación, porque no hay un lugar donde la muerte (su sueño, su posibilidad, su inminencia, su absurdo) no acompañen nuestras aspiraciones y nuestros actos.
Por encima de los temas, los destilados textos que dedica a la poesía francesa contemporánea; las invocaciones que hace de Kafka, Beckett, Hugo Ball, Edmond Jabés, Paul Celan ­dice: "intenta medir el ámbito de lo supuesto y lo posible"­, Ungaretti, Perec ("en los libros de Perec hay una reserva de sentimientos humanos, una oleada de compasión, un guiño de humor, la convicción implícita de que, pese a todo, tenemos suerte de estar vivos") y otros; cuando escribe personales manifiestos que responden a los asuntos públicos y habla de la fatwa contra Rushdie, o reclama comprensión por los depauperados que viven en las calles de Nueva York, hay un anhelo: resistir a lo efímero, permanecer a pesar de que la muerte vendrá, tarde o temprano, y hará lo que le corresponde.
Permanecer en la vida: tal podría ser según una obsesión de Auster. Por eso la memoria aparece y reaparece a través de los más diversos procedimientos. La describe ("La memoria como un lugar, como un edificio, como una serie de columnas, cornisas, pórticos"); elabora ejercicios narrativos con ella ("Recuerdas las ilustraciones de una Biblia infantil y su aceptación del hecho de que Dios tiene una barca larga y blanda. Recuerda que pensaba que la voz que escuchaba en su cabeza era la voz de Dios. Recuerda que asistió a una función de circo en el Madison Square Garden con su abuelo. ..."); escribe un ensayo sobre Joe Brainard, el impredecible autor de Me acuerdo, en el que disecciona por categorías las casi 500 entradas de recuerdos que contiene el libro ­familia, comida, ropa, películas, etcétera­; o dialoga con otros autores como quien hurga en las capas de los recuerdos de otros: "Todo puede leerse como una apostilla de otra cosa".
La asume con todas sus consecuencias, porque sabe que es en la memoria donde nos acecha la verdad de las cosas.

jueves, 28 de marzo de 2013

CUADERNO DE BITÁCORA (2)



No abunda el tiempo para detenerse en todas y cada una de nuestras lecturas, sobre todo cuando éstas tienden a ser parciales y pausadas al tratarse de obras de distracción que, a veces, resultan unas más que otras, penosas hasta llegar al abandono. Empero, nos empeñamos en tomar algunas notas.

Digamos que hemos completado un poco el ciclo de Auster, a quien le leímos años atrás “Brooklin …”, por recomendación de “Qué leer”, revista que llegaba a Venezuela. Precedido de una buena fama, por entonces, no nos impactó. Sin embargo, después de leer parte de su obra el año pasado, la creemos una de sus mejores junto a “La noche del oráculo” y “Diario de invierno”.

Valga observar que, al volver sobre algunos ejemplares de Auster, inevitablemente subrayadas las cosas de interés, no logramos recordar inmediatamente la anécdota. Quizá porque – hasta la fecha – todos se nos parecen, constituyen un indicio del escaso impacto que tuvieron.

Estupendo retrato de la ciudad y de una librería de segunda mano, dirigida por Brightman, cuya historia es la más coherente e interesante, significativamente concluye con el fatídico 11-S, cuando el protagonista y concluye con la escena inicial de las ocho de la mañana. En esta edición de 2011, traducida por Benito Gómez Ibáñez para Anagrama, destacamos algunas notas como la rápida reflexión que hace sobre la prestancia de los pedos (15), el comercio de los libros autografiados (123), el embaucamiento como profesión (132), el juicio crítico sobre la programación televisiva (143), Kafka (“aunque lo leas por encima, nunca se te olvida”, 158), el mercado inmobiliario neoyorquino (286), el legado de la gente (307)….

LB

CUADERNO DE BITÁCORA (3)



Hemos buscado en Auster, la coherencia de una historia que suele extraviarla con ingredientes repentinos y hasta estrafalarios. “El libro de las ilusiones”, por ejemplo, tuvo por virtud ofrecernos al actor de segunda que, por obra de un homicidio, huye y hace otra vida hasta que la mezcla de los elementos, cuan disfraz de postmoderno, lo disuelve en el disparate.

“La noche….”, es una de las piezas más llamativas del autor que, por cierto, perfectamente puede desarrollar historias alternas a través del extraordinario empleo de las notas a pie de página. Benito Gómez Ibáñez, de nuevo para Anagrama, traduce el interés austeriano por esa obsesión de las libretas de apuntes (cuadernos azul, rojo …), quien desbroza su vida en una suerte de angustia existencial que no parece tal, sino hastío, simple hastío. Y pareciera que el novelista entrega a la imprenta la (s) historia (s), tal como las va escribiendo, entrampándose: por ejemplo, la mejor de ellas, es precisamente la que el escritor imagina, construyéndola con sagacidad hasta interesarnos por el destino de la biblioteca o el almacén subterráneo de un excéntrico coleccionista de guías telefónicas.

No por casualidad, es lo único que recordamos inmediatamente de esta obra, pero también el desencanto, pues, Auster y su escritor protagonista, no otro que él mismo, le dio un final incomprensible, posible pero incomprensible, rápido y tajante, transmitiéndonos una sensación de no haber sabido qué hacer con el hombre que quedó encerrado en la pequeña oficina de la “guíoteca”. Y esto, después de generar magistralmente un ambiente de suspenso en torno a ella, a su dueño y al que pudo ser un provechoso  albacea.

Nos llamó la atención las reflexiones que hace sobre lo aleatorio (22), el amor a lo que “somos”  y la carne (29), la ciencia ficticia o la ficción científica (131), la máquina del tiempo y el asesinato de Kennedy (148), la idea de una novela dentro de la novela (201), entre otras cosas de esta edición de 2011….

LB

martes, 6 de noviembre de 2012

CAZA DE CITAS

"Sin duda era mejor solución que viajar ciento cincuenta kilómetros al norte para comprar una casa embrujada en Dutchess County, pero el caso era que Broooklyn no te había pasado entonces por la cabeza, porque Nueva York era Manhattan, única y exclusivamente Manhattan, y los demás municipios te resultaban tan extraños como los lejanos países de Oceanía o el Círculo Polar Ártico"

Paul Auster

("Diario de invierno", Ediciones Anagrama, Barcelona, 2012: 102 s.)

Fotografía: http://www.usapics.net/new-york-times-square-manhattan-new-york.html

viernes, 19 de octubre de 2012

CAZA DE CITAS

"Cada vez que me sentaba a escribir, cerraba los ojos y dejaba que mis pensamientos vagaran en la dirección que les pareciese. Imponiéndome esa especie de relación, logré desenterrar una especie de relajación, cosas que hasta entonces había creído perdidas para siempre. Un fugaz momento en sexto de primaria (por citar algunos de esos recuerdos), cuando un chico de la clase llamado Dudley Franklin soltó un pedo largo y estridente, semejante a un toque de corneta, durante un breve silencio en plena clase de geografía. Todos nos reímos, claro (nada resulta más gracioso en un aula llena de chicos de once años que una súbita ventosidad), pero lo que hacía ese incidente distinto de la categoría de bochornos menores y lo elevaba a la calificación de clásico, de perdurable obra maestra en los anales de la vergüenza y la humillación, residía en el hecho de que Dudley fue lo bastante ingenuo como para cometer el error fatal de ofrecer una disculpa. 'Perdón', dijo, bajando la mirada al pupitre y enrojeciendo hasta que sus mejillas parecieron un coche de bomberos recién pintado. Jamás debe reconocerse un pedo en público. Ésa es la ley no escrita, la única forma protocolaria que debe seguirse estrictamente en la etiqueta norteamericana. Los pedos no salen de nadie ni de ningún sitio en concreto; son emanaciones anónimas que tienen su origen en el conjunto del grupo, y aunque hasta el último de los presentes pueda señalar al culpable, la única actitud sensata consiste en negarlo".

Paul Auster

("Brooklyn Follies", Anagrama, 2011: 14 s.)

Fotografía: http://ciudadevolutiva.com/tag/torre-confinanzas/

martes, 16 de octubre de 2012

RIFARSE EL DESTINO

EL PAÍS, Madrid, 16 de Octubre de 2012
LA CUARTA PÁGINA
A favor de los políticos. Y de que cambien
¿Mejora de la representación política? ¿Listas abiertas? ¿Oír al pueblo? ¿Echar a los corruptos? Pues sí. Pero que esas reformas, y otras muchas, las hagan los políticos honrados y capaces que elijamos en las urnas
José María Izquierdo 
   
No parece necesario insistir en la existencia ambiental de ese huracán de desafección a la política —y a los políticos— que impregna, como una sustancia viscosa que todo lo cubre y ensucia, tanto sesudos artículos como despejadas charlas de café. Leemos y oímos que la maldad intrínseca de cuanto personal se dedica al ejercicio de la representación política solo es comparable al nivel de su corrupción. Hablamos de las élites extractivas que dicen algunos intelectuales y esos chorizos que nos cuentan algunos taxistas. Que son los mismos: los políticos. ¿Pero lo son algunos? ¿Pocos, muchos, o quizá lo son todos? Todos, todos ellos sin excepción. Y por eso debe ser que el pueblo no los quiere. Así, al menos, lo dice hasta el CIS y algún que otro juez.
Son unos inútiles y unos ladrones el concejal del pueblo más pequeño y el alcalde del municipio más poblado, el diputado de Izquierda Unida en el Parlamento asturiano o la consejera de Cultura de cualquier comunidad autónoma. Los peores son los de mayor rango, los diputados, ministros y equivalentes al frente de la procesión, hilera que debería convertirse, nos dicen las almas angelicales de tanto movimiento ciudadano, en siniestra cuerda de presos, tocados con el vergonzante capirote y el cartel de “Soy político, golpéenme” colgado del cuello. ¡Cuánta justicia habría en esa reata de desgraciados pasando entre la multitud por un estrecho pasillo, recibiendo los merecidos golpes de una ciudadanía engañada y masacrada por esos seres sin escrúpulos! ¡Qué canalla ese edil, qué miserable ese director general de Sanidad, qué vileza la de esa diputada de siglas indeterminadas, que ya se sabe que todos los partidos la misma mierda son!
Hoy, se añade al desastre un Gobierno que ha cercenado cualquier tipo de participación ciudadana
No importa que esos políticos hayan sido elegidos, hace apenas 10 meses, por quienes ahora les vituperan. El 20 de noviembre de 2011 votó el 68,94% del censo, exactamente 24.666.392 ciudadanos. Ciudadanos, por lo que se ve, que votaron a unos corruptos e inútiles para ocupar los escaños que posteriormente desembocarían en la elección de los cargos más representativos del Estado. Esto pasó en noviembre del año pasado, y cuando vamos a soplar la vela del primer aniversario de este Gobierno nos encontramos con la ominosa desafección.
Quizá convendría ajustar el ojo a lo que tenemos delante, monstruo gigantesco que a veces se obvia en tanto fino análisis. La carta de Poe, vamos. Por ejemplo, que parece bastante lícito pensar que este desastre se debe, en primer lugar, a quienes gobiernan. Ya ven, cosas de Perogrullo. Recordemos —basta con echar la vista atrás unos pocos meses y ahí están todas las hemerotecas a un golpe de clic— que el Partido Popular y su principal dirigente, Mariano Rajoy, prometieron que mejorarían la situación económica y que crearían millones de empleos. No hará falta recordarles que todo, absolutamente todo, macro y microeconomía, ha empeorado hasta límites difícilmente sostenibles. Sí, bien, y la herencia recibida, y la oposición del PSOE no ilusiona ni a sus votantes, y Artur Mas agita irresponsablemente las aguas, y… Decía hace poco un dirigente político que Rajoy tenía mucha suerte: cuando gobierna el PSOE el culpable es el PSOE, cuando gobierna Rajoy los culpables son los políticos. Tal cual.
Pero no nos engañemos. La mayor desafección se produce porque la gente quiere soluciones a sus problemas, y solo ve cómo día a día nuestros políticos nada pueden —y no sabemos si quieren— contra los que de verdad deciden sobre nuestras vidas y sobre nuestras, cada vez menos, haciendas. La penuria lo tapa todo. Seis millones de parados y un panorama de mayor sacrificio y ruina, sin que nadie aviente una pizca de optimismo, es imposible que genere confianza entre una ciudadanía espantada, que tiene como referencia a los portugueses o a los griegos. Pasó con Zapatero y su 10 de mayo de 2010 trágico, y desde entonces la sensación de que nuestros ministros juegan poco más que el papel de muñecos del ventrílocuo —alemán, bruselense, político o banquero— ha ido agigantándose. Hoy, además, se añade a ese desastre un Gobierno que ha cercenado cualquier tipo de participación ciudadana, que desprecia al Parlamento, donde el presidente se niega a comparecer para explicar cómo son esos pactos que se cuecen a espaldas de los ciudadanos. Y poco, sí, poco, insiste una oposición encogida, dicen ellos que por patriotismo, o por propia debilidad que suponen los más.
Pero como decía Paul Auster, “para los que no tenemos creencias, la democracia es nuestra religión”. Así que habrá que echar grandes dosis de racionalidad a lo que de verdad está pasando para acertar con el enemigo real. Para mantener la democracia, deberemos dejar de lado a quienes nunca han creído en ella, a izquierdas y a derechas, sobre todo a derechas, y salvar, en lo que podamos, a la profesión de políticos. ¿Profesión, digo? Pues claro. ¿Cuál es el problema? Hay unas señoras —y señores— que hacen un trabajo, casi siempre de muchas horas, a los que hay que pagarles. A no ser que queramos que cobren de las inmobiliarias, de las eléctricas o, directamente, de los bancos. Que es, por lo que se ve, a lo que aspira el Partido Popular y que ha empezado a hacer Dolores de Cospedal, que quiero recordarles que no es solo la presidenta de una comunidad autónoma, sino que es la segunda en jerarquía del partido que nos gobierna.
Para mantener la democracia, deberemos dejar de lado a quienes nunca han creído en ella
El pueblo soberano ha luchado mucho a lo largo de los siglos para lograr el pase de siervo a ciudadano. Miles y miles de personas han dado incluso su vida para obtener derechos que hoy se consideran esenciales. Pero convendrá recordar que fueron políticos —y libérenme de tener que hablar de élites o vanguardias, que no es este el lugar— quienes recogieron el encargo de ese pueblo para poder articular el fin de tanto sufrimiento y la esperanza de un mundo mejor. Políticos fueron —tras las sabidas y dolorosas movilizaciones sociales, por supuesto, sin que sea necesaria mayor insistencia— quienes plasmaron en leyes el fin de la explotación infantil o una jornada laboral humana. Políticos han sido quienes han elaborado Constituciones que reconocen derechos inseparables de la dignidad de hombres y mujeres. Y políticos fueron también quienes armaron el conjunto del Estado de bienestar. Políticos eran los que hicieron posible la extensión de una sanidad de calidad para todos. Políticos también quienes decidieron que muchos, muchísimos millones, se destinaran a educación, se acabara con el analfabetismo y todo el mundo pudiera aspirar a una educación digna. Políticos los que encargaron autopistas —o trenes— para unir a los pueblos. Políticos fueron quienes intentaron que la Ley de Dependencia ayudara a las familias que más lo necesitaban. Políticos fueron quienes hicieron posible que Juan y Francisco, o María y Manuela, pudieran casarse después de tantos años de disimulo y vejaciones. Políticos son los que…
¿Mejora de la representación política? ¿Reforma de la Constitución? ¿Listas abiertas? ¿Vitalizar un Parlamento acartonado y alejado del pueblo? ¿Oír al pueblo? ¿Prescindir de privilegios infames? ¿Echar a todos los políticos corruptos? ¿Cuidar con mimo el dinero público? ¿Trabajar para el bienestar de todos? Pues sí, claro. Pero que esas reformas, y otras muchas, las hagan los políticos honrados y capaces que elijamos en las urnas. Anatema en estos momentos, ya sé. Como señalaba Bertrand Russell, “tengo recelo del Gobierno y desconfío de los políticos; pero como es preciso tener un Gobierno prefiero que sea democrático”. Y a ese Gobierno y a los partidos de oposición a ese Gobierno hay que vigilarlos de continuo, exigiéndoles el cumplimiento de lo prometido y no soportando ni un segundo la presencia pública de mentirosos, corruptos o vendidos a intereses espurios. ¿Salir a la calle para reclamar su cumplimiento? Naturalmente. Solo faltaría.
Lo dejó escrito José Martí: “En plegar y moldear está el arte político. Solo en las ideas esenciales de dignidad y libertad se debe ser espinudo como un erizo y recto como un pino”. Así deberían ser los políticos. Esos que necesita cualquier sociedad civilizada en los inicios del sigloXXI. Seguro que los hay.

Ilustración: Eva Vázquez.

Breve nota LB: Importa estas reflexiones que está publicando El País de Madrid. Irresistible tentación es la de referirse al periplo venezolano de los '90: notabilísimo. La pregunta consiste en si hay o no, alternativas políticas, y - mejor - alternativas político-partidistas reales, convincentes y confiables, no seaque se esconda un ogro con ropaje de oveja. Por lo demás, ingeniosa y técnicamente eficaz, la ilustradora Vázquez.

sábado, 13 de octubre de 2012

CAZA DE CITAS

"- (Harry Brightman-Dunkel) Lo he procurado. No he dejado de intentarlo durante nueve largos años, pero es inútil.  Hay un diablillo en mi interior, y si no lo dejo salir para que haga alguna travesura de vez en cuando, el mundo se vuelve aburrido y rezongón. Soy un entusiasta, y cuantos más peligros hay en mi vida, más feliz me siento. Unos juegan a las cartas. Otros escalan montañas o saltan de aviones. A mí me gusta embaucar a la gente. Me encanta llevar el engaño lo más lejos posible y quedarme tan fresco. Ya de pequeño, uno de mis sueños consistía en publicar una enciclopedia en la que toda la información fuera falsa. Fechas erróneas por cada hecho histórico, situaciones equivocadas para cada río, biografías de personajes que nunca existieron. ¿A qué clase de persona se le ocurre hacer una cosa así? A un chalado, supongo, pero, joder, cuánto me reía con esa idea. Cuando estuve en la Marina, casi me hacen un consejo de guerra por catalogar erróneamente un juego de mapas. Lo hice a propósito. No sé por qué, pero me entraron unas ganas enormes, y no pude evitarlo. Hablé con mi oficial al mando y lo convencí de que verdaderamente se trataba de un error, pero no lo era..."

Paul Auster

("Brooklyn Follies", Anagrama, Barcelona, 2011:132)

Fotografía: Pieza de Edgar Negret.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

CAZA DE CITAS

"En esa época se domina la técnica del viaje a través del tiempo, aunque sólo se practica rara vez, y su utilización es objeto de severas restricciones. Consciente de los posibles desastres y rupturas, el gobierno no permite realizar más de un viaje por persona. No por el placer de visitar otros momentos de la historia, sino como un rito de iniciación en la vida adulta..."

Paul Auster

("La noche del oráculo", Anagrama, Barcelona, 2011:135)

viernes, 7 de septiembre de 2012

CAZA DE CITAS

"Sabiendo lo que sé ahora, veo lo poco que entendí entonces. Estaba sacando conclusiones de lo que venía a ser una evidencia parcial, basando mi reacción en un puñado de hechos observables y fortuitos que sólo contaban una pequeña parte de la historia..."

Paul Auster

("Leviatán", Anagrama,  Barcelona, 2008: 144)

Ilustración: Michael Whelan

viernes, 31 de agosto de 2012

PAUL AUSTER (1)

Grupo Libros / Facebook:
Luis Barragán J. Haber leído apenas el libro de un autor, incluyendo algunas cosas publicadas en la prensa, es no haberlo hecho jamás. Por ello, el empeño de estos días ha sido Paul Auster para la espera de la consulta médica, entre otras diligencias que lo permitan. Insistimos en la estupenda edición de Seix Barral de este año, sobre una obra publicada a mediados de los ochenta.
Reconociéndole momentos de gran maestría, nuevamente - según lo que gustamos - las tres novelas en una, tienen sus altibajos. La primera, tiene al escritor como albacea de otro que ha enloquecido en la investigación que involucra a un persona que reaparecerá después al finalizar la tercera parte; Auster mismo se convierte en un personaje de la trama, autorretratándose amablemente; los menesterosos ofrecen una estampa de la ciudad distinta, si mal no recordamos, a la versión de un John Dos Passos que la hace ágil, próspera, veloz. En la segunda, tuvimos que ir con más calma, porque los nombres mismos de los personajes confunden (Azul, Negro, Blanco....), concluyendo en un siniestro que es hilo conductor de toda la trilogía.
Luis Barragán J. Tenemos pendientes dos títulos más. Quizá haya que leer después un ensayo crítico sobre el autor para completar la primera visita que le hacemos, y - dependiendo del primer resultando, continuarlo (aunque la defensa es de los momentos de ocio, no de una tesis a defender). Por lo pronto, hemos leído algunos relatos digitales de noveles autores, y de nuevo nos convencemos que, en lugar de la febril autopromoción, la que va más allá de la normal divulgación de sus obras, el primer afán es intentar superar a los Auster en boga. Valga la coletilla, luego del Príncipe de Asturias, el autor de marras puede convertirse en un Nobel de Literatura, aunque - modestamente - suponemos que un Amos Oz lo supera.
Krina Ber Recomiendo con entusiasmo! Lo compré hace años (por el título...) cuando no tenía ni idea quien era Paul Auster y me fascinó, se puede leer cada historia varias veces y a cada vez luce diferente.
Luis Barragán J. Krina, escritora, ¿qué valora más en el Auster narrador?
Krina Ber Bueno... te contesto como lectora: Lo que más valoro es que logra convertir en misterio cualquier acontecimiento nimio o cotidiano, la "eficiencia" con la que crea a cada paso el deseo de seguir leyendo.
Krina Ber Pero estoy de acuerdo que para el Nobel califica más Amos Oz. Hace tiempo debian darselo
Luis Barragán J. Nos faltan algunos relatos más, pero - sentimos - que no fluye con facilidad. Entrará octubre y veremos qué dice la academia y ojalá no la amos-nesten....Y veremos si Auster fluye en los relatos que tenemos pendientes.  

AUSTER (2)

Descubrimos y adquirimos esta edición de Anagrama (2007), antes que la "Trilogía de Nueva York" de la que forma parte. Más que de la historia de Fanshawe, es la de sus admiradores. Y, como ya está ocurriendo con un autor al que nunca habíamos leído, hay algunas constantes en clave de suspenso que, nos parece, no termina de perfeccionarse dejando el testimonio del oficio y sus vicisitudes: el de escribir como si casi siempre se estuviera presto al sacrificio, al exilio, a la deliberada precariedad (¿una mística de la precaredad?) del escribiente. Hay momentos, a nuestro modesto entender, muy bien logrados, al lado de otros que Auster los despacha siin ton ni son. Una persona amiga que ha leído a Auster, prefieron a Ph. Roth, nos dice de las fallas de traducción - esta vez- de Maribel de Juan (la jerga urbana es digna de destacar, dice el amigo). Por lo pronto, Auster es de fácil manejo para los instantes de espera (reuniones de trabajo, consulta con el oftalmólogo, viaje en el metro, un café de espera en Parque Aragua, regreso de una conversación en Cagua, etc.) Potable....
(Grupo Libros / Facebook)
 
 LB

AUSTER (3)

Grupo Libros / Facebook:
Luis Barragán J. Intentamos a PA. No es fácil hallar a un autor con el cual "enfiebrarnos" o "engacharnos". Eso ocurre cuando - casi inadvertidamente - nos metemos en una de sus obras que sigue a otra, hasta llegar a sus críticos. Ensayamos esta vez con una historia de estupenda imaginación, a propósito de un actor del cine mudo que sirvió para aliviar la suerte de un académico que, por azar, se motivó a investigarlo concluyendo - otro azar - con la historia de una rápida agonía, después de hallado. Y ésto sirvió para despejar la incógnita de un viejo crimen. Sentimos que la obra llega a un punto culminante, con la maestría de Auster, pero luego se precipita sin el anterior manejo de las claves y expectativas que despertaron interés, sobre todo para quienes no somos muy aficionados al género. Pero hay destreza, tratamiento adecuado, cavilaciones, ensayo de fondo sobre las realidades estadounidenses sin necesidad de mencionarlas, transiciones, cambios. A nosotros, no nos gustó el final; a lo mejor, a otros les gustará. Hay un empeño recurrente del autor como suerte de albacea de los sujetos que atraviesan una honda crisis existencial e, ilustrados, urgen de Auster para ilustrarla. Ya veremos qué nos pasará con La trilogía ....
Por cierto, el formato de la colección de Seix Barral (¿reunida de nuevo la editorial?), es supercómodo, impecable, manejable, apto para todo biblio-sutra que deseemos....
Abraham Quintero Mi librero en el CCCT fue quien me recomendó a Auster y, palabras más palabras menos, dice lo mismo que tú. Debería entrarle de una vez a laTrilogía, antes de volver a "Los subterráneos" de Jack Kerouac.
Luis Barragán J. Esto decía Raúl Cazal en El Nacional (28/12/03): "Reflexiones a un lado, Cazal considera, sin titubeo alguno, que el libro de 2003 es El libro de las ilusiones, la novela de Paul Auster (editado por Anagrama). Autor que desde que lo descubr...Ver más
Jose Antonio Rivas Leone Extarordinario libro de Auster lei la edición de Anagrama de hace como 8 años, Auster tiene unos recursos como escritor en el manejo de los personajes, viajes, situaciones, metaforas, de el tambien muy buena la noche del oráculo.
Luis Barragán J. Luego, ¿crees prometedor a Auster
Jose Antonio Rivas Leone es un escritor consagrado ya
Luis Barragán J. Prometedor para quienes nunca lo han leído, refiero. Basta un "wikipedazo" y sabemos cuán celebrado es.

jueves, 30 de agosto de 2012

CAZA DE CITAS

" A su padre le daba muy bien  recordar datos y le contó a Azul las historias de todos los monumentos y rascacielos, largas letanías de detalles - los arquitectos, las fechas, las intrigas políticas-, y que hubo un tiempo en que el puente de Brooklin era la estructura más alta de los Estados Unidos. El viejo había nacido el mismo año en que se terminó el puente y siempre hubo esa conexión en la mente de Azul, como si  el puente fuese de alguna manera un monumento a su padre"
Paul Auster
("La trilogía de Nueva York",  Seix Barral, Bogotá, 2012: 187 s.)

miércoles, 29 de agosto de 2012

CAZA DE CITAS


"Había habido una ruptura en alguna parte, una súbita e incomprensible ruptura, y las cosas que me decían las distintas personas a las que interrogué no explicaban eso".

Paul Auster

("La habitación cerrada", Editorial Anagrama, Barcelona, 2007: 106)

Fotografía: Henri Cartier-Bresson, New York (1947)

lunes, 27 de agosto de 2012

CAZA DE CITAS



"La cuestión era encontrarle vivo, y luego alejarse de él vivo"

Paul Auster

("La habitación cerrada", Anagrama, Barcelona, 2007: 91)

jueves, 23 de agosto de 2012

DE LAS (DES) ILUSIONES

Intentamos a PA. No es fácil hallar a un autor con el cual "enfiebrarnos" o "engacharnos". Eso ocurre cuando - casi inadvertidamente - nos metemos en una de sus obras que sigue a otra, hasta llegar a sus críticos. Ensayamos esta vez con una historia de estupenda imaginación, a propósito de un actor del cine mudo que sirvió para aliviar la suerte de un académico que, por azar, se motivó a investigarlo concluyendo - otro azar - con la historia de una rápida agonía, después de hallado. Y ésto sirvió para despejar la incógnita de un viejo crimen. Sentimos que la obra llega a un punto culminante, con la maestría de Auster, pero luego se precipita sin el anterior manejo de las claves y expectativas que despertaron interés, sobre todo para quienes no somos muy aficionados al género. Pero hay destreza, tratamiento adecuado, cavilaciones, ensayo de fondo sobre las realidades estadounidenses sin necesidad de mencionarlas, transiciones, cambios. A nosotros, no nos gustó el final; a lo mejor, a otros les gustará. Hay un empeño recurrente del autor como suerte de albacea de los sujetos que atraviesan una honda crisis existencial e, ilustrados, urgen de Auster precisamente  para ilustrarla. Ya veremos qué nos pasará con La trilogía ....

Por cierto, el formato de la colección de Seix Barral (¿reunida de nuevo la editorial?), es supercómodo, impecable, manejable, apto para todo biblio-sutra que deseemos....

LB

DEBATE

EL NACIONAL, Caracas, 11 de Agosto de 2001 / Papel Literario
Sotavento
Almas caninas
Adriana Villanueva

Prefiero que cuenten chistes malos, que coman chocolate y se limpien los dedos en la tapicería, que se caigan a puños, cualquier cosa antes de volver a tener una discusión ontológica en mi carro con niños de 7 años. Un viernes en la tarde –mi día del pool de transporte escolar– Diego, Camila, Eduardo y Federico conversaban mientras yo oía atentamente a Pedro Penzini comentar las incidencias del Dow Jones. De repente un grito desesperado casi me hace dar un frenazo en plena autopista. Era Eduardo: “¡No es verdad, los perros sí tienen alma!”. Federico fríamente aseguraba lo contrario: “La maestra de religión dice que los animales no tienen alma”. Eduardo, con lágrimas en los ojos, buscó mi mirada en el espejo retrovisor para que con sabiduría de adulto le reafirmara que cuando Roco –su hermoso labrador– abandonara esta perra vida, un cielo perruno lo estaría esperando. Les juro que entre todas las crisis existenciales que he tenido en mi vida, jamás se me ha pasado por la cabeza esta agonizante duda sobre la inmortalidad del alma canina. Rápidamente decidí consultar mi archivo mental de autores para ver quién me podía salvar de que estallara una guerra santa en mi carro. Auster, Paul. Tombuctú. ¡Bingo! El escritor norteamericano Paul Auster (1947), tiene entre sus obsesiones narrativas el mundo de los indigentes que optan por sobrevivir sólo con lo indispensable. Tombuctú retoma este tema desde la mirada de un perro callejero: Mr. Bones. Su amo, Willy G. Christmas, es un vagabundo, poeta, filósofo, altruista, filántropo sin techo; su muerte es inminente, y busca encontrar un nuevo amo para Mr. Bones porque sabe que perro sin amo, es igual a perro muerto. Si de algo se arrepiente Willy a la hora de su muerte es de no haber preparado a su amigo mejor para la vida: “Debí haberte enseñado a leer”. Pero ya es muy tarde, Mr.Bones se encuentra por primera vez solo, a la mediana edad de 7 años. La protección de Willy lo había hecho un perro pensante en lugar de uno de acción. Desamparado, Mr. Bones se ve en la necesidad de buscar a un nuevo amo.
“¿Tienen alma los perros?” –insiste Eduardo. Mr.Bones sin duda la tiene. Siente, sufre, sueña, confía, teme. Anhela algún día reencontrarse con Willy en Tombuctú, el maravilloso lugar que nos espera después de esta vida “donde el mapa del mundo termina, ahí es donde el mapa de Tombuctú empieza”. Mr.Bones teme que este hermoso lugar esté repleto de finas alfombras y costosas antigüedades y que a la entrada se encuentre un enorme cartel que diga: “No se permiten animales”. La duda y la esperanza que conviven en Mr. Bones son la mejor prueba de la irrefutable existencia de su alma.
“¡Contéstame por favor!” *–suplica Eduardo. Me remito a citar a Auster: “Si hay alguna justicia en este mundo, si el Dios Perro tiene alguna influencia en lo que le pasa a sus criaturas, entonces el mejor amigo del hombre se quedará al lado del hombre después de que el hombre y su mejor amigo hayan estirado la pata (...) En Tombuctú los perros pueden hablar el idioma del hombre y conversar con él como su igual, eso es lo que dicta la lógica”. Eduardo está tan contento que no me atrevo a finalizar el párrafo: “Pero, ¿quién sabe si la justicia o la lógica tienen más impacto en la próxima vida de lo que la tuvieron en esta?”.


Fotografía: Tomada de la red, muy difundida y celebrada.

CAZA DE CITAS

"... Los mendigos y los artistas constituyen sólo una pequeña parte de la población vagabunda. Son la aristocracia, la élite de los caídos. Mucho más numerosos son quienes no tienen nada que hacer, ningún sitio adonde ir. Muchos son borrachos, pero ese término no hace justicia a la devastación que encarnan. Sacos de desesperación, cubiertos de harapos, las caras magulladas y sangrantes, avanzan por las calles arrastrando los pies como si llevaran cadenas. Dormidos en las puertas, tambaleándose entre el tráfico, derrumbados en las aceras,  parecen estar en todas partes en el momento en el que los buscas. Algunos morirán de inanición, otros morirán de frío, otros serán apaleados, quemados o torturados"

Paul Auster


("La trilogía de Nueva York", Seix Barral, Bogotá, 2012: 139)


Fotografía de Rodney Castro: "1era. Transversal de Los Palos Grandes entre 3 y 4ta av. 8 de diciembre de 2008".

domingo, 1 de julio de 2012

ECHURA DE LUZ

EL NACIONAL - Domingo 09 de Septiembre de 2007     Siete Días/10
La vida interior de Paul Auster
TOMÁS ELOY MARTÍNEZ

Hace algunas semanas volví a ver al escritor Paul Auster en su casa de Brooklyn, en Nueva York.
Sigue siendo el mismo Auster que conocí en 1991, tan desatento como entonces a la fama torrencial que le ha caído encima y tan fiel como siempre a sus rutinas de trabajo.
Sólo en los últimos meses ha debido ocuparse de poner punto final a la producción de su tercera película, La vida interior de Martin Frost, y de la edición de las obras completas de Samuel Beckett, que le llevó un trabajo de locos.
Martin Frost se estrenó el 7 de septiembre en Nueva York.
Dos semanas después –a partir de esa fecha– viajará a España, como jurado del festival de cine de San Sebastián.
Sin embargo, su vida continúa como si nada pasara. Sigue escribiendo de 10:00 am a 5:00 o 6:00 pm en la oficina que tiene a 3 cuadras de su casa. Antes descansaba de media hora a 45 minutos para comer un sandwich. Ahora no se permite interrupciones, para que la historia no se le escurra de la imaginación.
Come el sándwich en su escritorio o caminando de un cuarto al otro.
Ya lleva escritas poco más de 100 páginas, en las que se advierten rumbos diferentes a los de la última novela, Via jes por el Scriptorium. Antes, sus relatos obedecían a una voz dominante. Ahora, las voces serán muchas, autónomas. Hay, sí, un narrador que sirve de eje a los múltiples hilos. Es viudo, tiene 72 años y vive con su hija divorciada y una nieta.
Aunque Auster es tan renuente como siempre a hablar de lo que está escribiendo, algunos destellos de la historia se filtran en la conversación. Todo sucede en una noche. Su personaje, angustiado por la muerte de su mujer, yace insomne. En la cama, imagina relatos, recuerda. Va de la evocación de lo real a la búsqueda de lo imaginario. Hasta que, de pronto, descubre que él es la imaginación de otro, y que si quiere encontrar un lugar para sí mismo debe matar a la persona que lo ha creado.
El tema parece la puesta en escena de una idea recurrente en las obras del escritor argentino Jorge Luis Borges, pero a Auster no le gusta Borges. En 1991 me dijo que su escritura le parecía "la de alguien que no ha madurado en la vida". Adhirió entonces al juicio de Vladimir Nabokov, para quien leer a Borges era como recorrer un palacio esplendoroso. Se avanza por los salones y no se puede creer en tanta magnética belleza. Parece un set de Hollywood. Detrás de tanta magnificencia todo está vacío.
Le recordé esas opiniones de hace 16 años y las confirmó, aunque con menos énfasis que entonces: "Borges es... no sé cómo decirlo... un escritor menor genial. Sí, es eso: un escritor menor genial. Creo que su mayor fuerza radica en el hecho de que conocía sus límites. Ni siquiera intentó escribir novelas, no podía hacerlo. En cambio, perfeccionó aquello que sí podía hacer. No hay nada en Borges que ilumine, conmueva, aflija, golpee el corazón de los hombres".
En 1991 la política ocupaba un lugar secundario en el pensamiento de Auster. Quizá no fuera así, pero su inquietud por lo que estaba pasando en Estados Unidos era menos desolada y menos constante que ahora.
Ya en otra conversación de hace un par de años, poco después de la publicación de su novela Brooklyn Follies, Auster no ocultó su angustia ante decisiones de la administración Bush que hacían pedazos las tradiciones americanas de igualdad ante la ley e introducían en la cultura de Estados Unidos principios monstruosos, como la legalización de la tortura y del espionaje doméstico.
Recuerdo que en aquella primavera de 2005 estaba amargado por el derrumbe internacional del prestigio de su país.
"Mentir, omitir hechos, torturar, matar gente en guerras inventadas, ¿dónde está el patriotismo en eso?", me dijo, mientras caminábamos por Park Slope, el oasis de altos árboles y lagos artificiales que está cerca de su casa. "Sé que mi nación dista de ser perfecta. Los crímenes que cometimos en distintos lugares del mundo (por no hablar de aquí dentro, como la esclavitud y la sistemática masacre de la población indígena) son manchas en nuestra historia. Pero ahora nos hemos vuelto monstruosos ante el mundo en tan sólo cuatro años. El 11 de septiembre de 2001 la solidaridad internacional que nos acompañó fue enorme. Hoy nos odian en casi todas partes".
Quizá para no oír la antipatía de fuera, Estados Unidos se ha ido aislando cada vez más. El aislamiento puede verse también como un signo del desinterés por la cultura que sienten sus gobernantes.
Hace apenas 15 años, el presidente Bill Clinton abrió las puertas a todas las artes. Él mismo era un lector insaciable, alguien que podía recitar de memoria párrafos enteros de Faulkner y el comienzo de Cien años de soledad.
En el presidente George W. Bush y en el vicepresidente Dick Cheney, el conocimiento pareciera en cambio equivaler a una pérdida de tiempo. ¿Para qué saber cuándo se tiene al mundo en un puño? Esa indiferencia es contagiosa. Auster lo percibe y lo lamenta: "Estados Unidos se ha aislado tanto que ya sólo están interesados en ellos mismos.
La curiosidad por los demás se ha reducido. La cultura de los otros no se entiende y esa ceguera se traslada también a la política".
Auster no ha dejado, de todos modos, que los conflictos del mundo se apoderen de sus personajes. El mundo los envuelve, como el capullo de una crisálida, pero los seres de sus novelas están sumidos en el amor y en los tropiezos con el azar. Sólo en Brooklyn Follies los desgarramientos de la realidad ascendían a un primer plano.
La novela se cerraba a las 8:00 en punto de la mañana del 11 de septiembre de 2001, 46 minutos antes de que el primer avión se estrellara contra la Torre Norte del World Trade Center, en Manhattan. La historia había dado vuelta a la página, pero en la ficción el aire seguía inocente y azul.
Cuando me senté a conversar con él hace pocas semanas, el tema de la separación entre lo imaginario y lo real regresó una y otra vez a nosotros. Ambos convinimos en que si el arte crea historias y lenguajes es porque la vida está lejos de ser perfecta. El arte permite a la especie humana ser lo que no se atreve a ser en la realidad, y a soñar con las cosas que en la vigilia parecen imposibles.
La historia insiste en ser desastrosa, pero el arte siempre echará sobre ella una luz de felicidad.

Fotografía: http://sianlilemakes.blogspot.com/2012/01/bokshelvesagain.html