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sábado, 10 de junio de 2017

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Germán Carías. "Así hablan las patotas". El Nacional, Caracas, 21/10/1965,
- Gustavo Machado opina sobre Checoeslovaquia. Tribunal Popular, Caracas, 24/1969.
- Luis Herrera Campíns. "Hacia la victoria". El Nacional, 12/08/77.
- José Vicente Rangel. "El político". El Diario de Caracas, 16/01/89.

Fotografía: Rafael Tudela y Luis Enrique Oberto, en la cámara. Biblioteca de la Asamblea Nacional.

viernes, 29 de julio de 2016

PARA EL DESOLVIDO

EL PAÍS, Caracas, 30 de julio de 2016
TRIBUNA
Aprender de la historia
La 'nomenklatura' formaba una clase social con privilegios que se negaban al resto de la sociedad
Monika Zgustova

Nací en un país donde cada año el 1 de mayo los niños por obligación salíamos a la calle y donde formábamos filas militares y, con pancartas rojas, marchábamos a través de Praga para saludar a las autoridades del régimen situadas en lo alto de una tribuna como dioses sombríos. Una sonrisa obligada y todas las derivaciones de la palabra patria, declamada por multitudes con el brazo en alto, ya fuera para formar un puño o una salutación militar: ese es para mí el símbolo del régimen en el que crecí en los años sesenta.
En esos años, cuando llegué a la adolescencia, mis padres juzgaron necesario abandonar nuestro país natal y exiliarse en Occidente porque, como uno de los participantes en la derrotada y liberalizadora Primavera de Praga, mi padre empezó a padecer la persecución del endurecido régimen. No era nada nuevo; ya en los años cincuenta, en los albores del régimen comunista en la entonces Checoslovaquia, antes de que nacieran sus hijos, a mi padre le venían a buscar, de madrugada, los miembros de la policía secreta que se lo llevaban a la cárcel donde lo torturaban en un vano intento de persuadirle para que colaborara con ellos.
El totalitarismo comunista —el soviético, el de Europa del Este y el cubano— generó olas enteras de exiliados que huyeron de la persecución (Nabokov, Kundera, Cabrera Infante) o fueron expulsados de su país donde molestaban (Solzhenitsin). El terror comunista creó innumerables exiliados del interior que intentaron sobrevivir como podían dentro de su país (Shostakóvich, Nadezhda Mandelstam, Vaclav Havel).
Aunque mi simpatía tiende hacia los ideales de la justicia social tal como la suele profesar una izquierda moderada, no soy comunista porque en el comunismo, sistema que proclama ante todo la igualdad de todos los miembros de la sociedad, fui testimonio de la desigualdad más grave (la nomenklatura formaba una clase social con privilegios feudales) y las más crueles muestras de injusticia (especialmente cuando se condenaba a inocentes a años y décadas en los campos de trabajos forzados, sin motivo o por un mero chiste, como describe Kundera en La broma). Aprendí por experiencia propia y la de mis padres que a los comunistas que estaban en el poder no les importaba el hombre; lo único que buscaban era mantenerse en el poder.
Muchas grandes obras del siglo XX son testimonios literarios del totalitarismo comunista. El Doctor Zhivago, de Borís Pasternak, es una novela sobre cómo se implantó el comunismo: pensando en el poder de los bolcheviques vencedores y dejando al hombre de lado. La obra entera de los premios Nobel Aleksandr Solzhenitsin, Herta Müller y Svetlana Alexiévich, además de la de Vasili Grossman, que empezó creyendo en la revolución rusa, está dedicada a retratar las enormes injusticias del comunismo.
Creí que la sonrisa obligatoria, el brazo en alto y la patria en la boca habían quedado en la noche de los tiempos
La sonrisa obligatoria en los labios, el brazo en alto y la palabra “patria” en la boca: creí que esos tres gestos, unidos en un solo símbolo, ya habían quedado en las tinieblas de la noche de los tiempos. Al ver resurgir en la campaña de Unidos Podemos los símbolos y eslóganes de mi infancia me quedé preocupada y me pregunté qué diríamos si en España aparecieran símbolos de la dictadura fascista. Son símbolos, gestos y conceptos que apelan directamente a la parte emotiva del hombre, a la parte más irracional de la política, y lo hacen con objetivos electorales.
Sin embargo, lo que a mí me despertó más desasosiego fueron las palabras siguientes del catedrático de Ciencias Políticas de la UNED, Ramón Cotarelo, que fue profesor de Iglesias, Monedero y Errejón: “Los de Podemos censuraron y acallaron a las personas críticas o simplemente independientes y dieron pábulo a los más inútiles pero obedientes”. Estas particularidades obedecen al comportamiento antidemocrático, propio de los regímenes autoritarios y totalitarios.
Es de lamentar que un partido que pretende regenerar el escenario político español recurra a los símbolos y eslóganes más trasnochados, utilizándolos para apelar al homo sentimentalis que hay en muchos de nosotros. Unidos Podemos perdió un 21% de votos, o sea que obtuvo un millón menos que en las elecciones de diciembre. Seguramente son varias las razones de esos resultados, pero una de ellas puede que sea que el ciudadano español ha desconfiado del retorno de esos símbolos, como si el sufrimiento de tantos seres a lo largo del siglo XX hubiera servido de aviso para el día de hoy y que el testimonio del horror no ha caído en saco roto.
(*) Monika Zgustova es escritora. Su última novela es Las rosas de Stalin.

Fuente:http://elpais.com/elpais/2016/07/04/opinion/1467649552_813641.html

viernes, 31 de julio de 2015

INFIDELIDAD A LOS PRINCIPIOS

EL PAÍS, Madrid,21 de julio de 2015
TRIBUNA
Historias de refugiados
Cuando los europeos huían de la barbarie, en la mayoría de los casos encontraban un país que los acogiese. En la actualidad, sus descendientes se muestran altamente insolidarios con esa nueva ola de necesitados que vienen de Oriente
Monika Zgustova 
  
Uno. “Tenemos que exiliarnos”, decidieron mis padres a mediados de los setenta, al darse cuenta de que no podían seguir viviendo en su país que, tras la invasión soviética, volvió al totalitarismo. A mi padre, lingüista, como represión por su participación en el proceso liberador de la Primavera de Praga de 1968, las nuevas autoridades acababan de echarle de su trabajo en un conocido instituto de investigación; por eso, mis padres concluyeron que no les quedaba otro remedio que emigrar con sus dos hijos de su Praga natal. Los países de la órbita soviética, entre los cuales se encontraba Checoslovaquia, no permitían a sus ciudadanos marcharse del país; el “abandono de la patria”, según la terminología de entonces, se consideraba alta traición y se castigaba duramente: a las personas que intentaban cruzar la frontera, los guardias las fusilaban sin más. Por eso, mis padres trazaron un minucioso plan para huir. Inscribieron a la familia en un viaje organizado a la India, en aquel entonces uno de los pocos países fuera de la órbita soviética que las autoridades checas ocasionalmente permitían visitar. Mis padres consideraron que, en un principio, no era prudente revelar sus planes a sus dos hijos adolescentes. En Delhi consiguieron los visados para Estados Unidos y compraron los billetes de avión. Tras algunas situaciones de alto riesgo en la aduana de Delhi, los cuatro desembarcamos en el aeropuerto J. F. Kennedy de Nueva York: los padres, con los nervios destrozados —desde entonces, ambos se han ido medicando contra la ansiedad—; los hijos, desilusionados por no poder volver a ver a sus amigos y abuelos. Más tarde nos enteramos que de las 60 personas que salieron en el viaje organizado de Praga a la India, solo cuatro volvieron. Prácticamente la totalidad utilizó el viaje para huir de un país cuya represión no estaban dispuestos a tolerar más.
Los pasajeros de nuestro viaje formaron parte de toda una oleada de exiliados políticos: un total de 220.000 personas huyeron de la Checoslovaquia comunista, un país de 15 millones de habitantes. A pesar de todas las dificultades, el final de la aventura fue feliz; a mi padre le acabaron eligiendo miembro de la Academia estadounidense; los hijos logramos una buena preparación académica a base de las becas que nos otorgaron.
Cuando en los ochenta decidí volver a Europa, mi segundo refugio fue España. Aterricé aquí sin conocer a nadie, sin dinero. El país me brindó una buena acogida y nunca me faltó trabajo. Gracias a la comprensión de los países que nos ampararon, el exilio de toda mi familia fue modélico.
Nuestra experiencia no fue sino una pequeña gota en el mar que formaron los exiliados europeos que, a partir de la I Guerra Mundial, inundaron el mundo entero. El siglo XX europeo con sus ideologías esclavizantes, guerras mundiales y guerras civiles, dictaduras y totalitarismos ha generado olas de refugiados, que en algunos casos cambiaron el mapa étnico de las grandes urbes europeas y americanas. Alemanes, rusos, españoles, judíos, checos... todos ellos en su momento huyeron de algún horror.
Por participar en la Primavera de Praga, mi padre fue expulsado de su trabajo y salió al exilio
Dos. Al igual que mis padres se escaparon de la Checoslovaquia totalitaria, Amar Obaid, un comerciante sirio que tras la revolución prestó apoyo a la rebelión contra el presidente Bachar el Asad, tuvo que huir de Siria en 2011; quedándose en su país hubiera puesto en riesgo su vida y la de su mujer y sus tres hijas. Con sus ahorros estableció en El Cairo un pequeño comercio de muebles. Sin embargo, desde que el golpe militar —y con él, un chovinismo xenófobo— sacudió Egipto, los moderadores televisivos no han parado de arremeter contra los refugiados sirios como contra unos parásitos. Amar, que no puede regresar a Siria, tampoco tiene futuro alguno en Egipto; el país de acogida se ha vuelto una trampa de la que solo hay una salida: marcharse a Occidente. Y puesto que no hay manera legal que permita a Amar trasladarse a Europa, como no la hubo para mis padres cuando decidieron abandonar su país, la familia de Amar decidió que el padre se apuntaría a un viaje con una agencia traficante de personas, que en Egipto y Libia funcionan como una especie de agencia de viaje y, una vez establecido en Europa, haría llegar a su familia a su lado. Un plan arriesgado pero no imposible. Tras mucho dinero perdido, tras varios intentos de viajar frustrados y más de una estancia en la cárcel, Amar —persona real con nombre inventado, como el de la mayoría de esos pasajeros frágiles e impotentes— sigue esperando, desde hace meses, en la orilla egipcia, entre traficantes mafiosos y personas inocentes y exasperadas como él, a que un barco le lleve al otro lado del Mediterráneo y luego a un lugar cualquiera donde podrá sobrevivir.
Tanto la motivación por la huida como el peligro que sufre Amar tienen puntos de similitud con los que experimentaron mis padres; sin embargo, me temo que la acogida de uno y otros en los países receptores diferirá de modo radical.
Un sirio que se rebeló contra El Asad espera que un barco lo lleve al otro lado del Mediterráneo
Tres. Mientras que los europeos huían de la barbarie, en la mayoría de los casos encontraban un país que los acogiese. En la actualidad, los descendientes de esos europeos se muestran altamente insolidarios con esa nueva ola de necesitados, cuyo paradigma es Amar Obaid y que provienen del Oriente Próximo, esa parte del mundo que, en parte por culpa de Occidente, está en llamas. Europa es reacia a aceptarlos, cada país tiene sus problemas y todos temen que sus votantes no vean con buenos ojos una oleada de refugiados. Sin embargo, hay que tener en cuenta que esos exiliados no son muchos —el año pasado fueron 43.000 en total—; que muchos son ingenieros, comerciantes y abogados, y, además, que provienen de antiguas colonias europeas y por eso deberíamos responsabilizarnos de ellos. Sin embargo, precisamente Gran Bretaña, la gran colonizadora de antaño, hoy está entre los países más reacios a aceptar cupos. De modo similar, el Gobierno de España ha protestado contra los cupos, aunque en la posguerra europea los refugiados españoles, tanto los que huían de Franco como los que escapaban de la miseria, encontraron trabajo en otros países. Y los Gobiernos de los países exsoviéticos como Hungría y Checoslovaquia, muchos de cuyos habitantes fueron bien acogidos en su momento, muestran una buena dosis de chovinismo. En general, en muchos países europeos la crisis de los migrantes ha ayudado a generar apoyo de los votantes a la derecha populista, xenófoba y excluyente.
La Unión Europea, la formación geopolítica con más riqueza per capita del mundo, siempre ha ostentado sus programas de ayuda social. Para no perder su autoestima, debería seguir siendo fiel a esos principios. La Europa contemporánea debería mostrarse generosa y brindar amparo a esos refugiados, y no solo por motivos humanitarios: los que hoy huyen de la barbarie, mañana enriquecerán nuestro continente.
(*)  Monika Zgustova es escritora.
Ilustración: Eulogia Merle.

domingo, 26 de julio de 2015

CARTA Y CARTILLA

EL IMPULSO, Barquisimeto, 21 de julio de 2015
Socialismo y democracia en 1977
Andrés cañizalez

En la edición 394 de la revista SIC, correspondiente a abril de 1977, la revista se hacía eco de la llamada Carta 77 que por aquellos días había difundido un respetado conjunto de intelectuales y escritores de Checoslovaquia. El documento tenía un valor significativo, pues por un lado se recogía la importancia de la consolidación de los derechos económicos y sociales en este país, entonces bajo la égida soviética, pero al mismo tiempo se alertaba sobre la necesidad de que el proyecto socialista se levantara con las banderas de la libertad y de la defensa de derechos civiles y políticos. La posibilidad de que cada ser humano pueda escoger libremente aspectos vitales como religión, información y militancia política "no son un lujo exigido por deformados paladares burgueses”, sostenía al presentar la carta checa la revista, que es editada por el Centro Gumilla http://www.gumilla.org. Para SIC, que históricamente ha enarbolado las banderas de la justicia social, cualquier proyecto político que persiga el bienestar de las mayorías, debe estar asentado –necesariamente- en un sistema político plural. Por tal razón, al analizar la situación de los países de la entonces órbita comunista soviética, la revista hacía suya la idea expresada por Rosa Luxemburgo: "sin democracia no hay socialismo y sin socialismo no hay democracia”. Aún en un sistema que en teoría persigue el bien social, es necesario que esté establecido el derecho al desacuerdo, a poder expresarlo libremente sin retaliaciones políticas, laborales o sociales. La "Carta 77” trató de marcar distancia de los extremos que se debatían entonces, pues rescató positivamente las políticas sociales y económicas del comunismo checoslovaco, pero enarbolando de forma simultánea las banderas de las libertades individuales, con lo cual abogó –a fin de cuentas- por un socialismo humano.
En otro mes de abril, hace 13 años, en la edición 643 de SIC, correspondiente al año 2002, Arturo Sosa reflexionaba sobre el papel de la iglesia católica en la Venezuela actual. Para el ex director de nuestra revista, el rol eclesial resultaba de primer orden debido la extrema polarización que se vivía en aquellos días, en la que todo parecía verse en blanco y negro. En un artículo anterior Sosa había acuñado la imagen de un choque de trenes para analizar el contexto político, que venía calentándose desde fines del año 2001. En dicha situación, el papel de la iglesia (entendiéndola como todo el pueblo de Dios) no podía ser de alineación con alguna de las partes en pugna, sino precisamente convertirse en generadora del diálogo. Teniendo como telón de fondo a una "sociedad enceguecida” por la confrontación política, el rol eclesial necesariamente debía apuntar a la luz emanada del evangelio, para propiciar acciones concretas a favor del reencuentro y el diálogo.
Mientras tanto, en la edición 573 de SIC, de abril de 1995, Javier Duplá evaluaba el plan de acción del Ministerio de Educación, el cual estaba en la cresta de la ola del debate público. El propio ministerio aseguraba que "la educación venezolana ha devenido en un gigantesco fraude con respecto a las expectativas que el país ha colocado en ella en cuanto a instrumento de democratización, de progreso y de modernización de la sociedad”. Este plan implicó una verdadera revolución en su momento al acentuar el peso de la acción gubernamental en la educación básica y resaltar que el fracaso de la educación simboliza el fracaso de una nación. La bandera principal era alcanzar una educación integral y de calidad, poniendo al recurso humano como uno de sus énfasis, con una propuesta de dignificación de la función docente.

lunes, 4 de mayo de 2015

CAZA DE CITAS

"A estas alturas de los acontecimientos - octubre de 1968 - podemos afirmar que el caso checo ha entrado en la zona de la claridad, para los pueblos del mundo y para el propio movimiento comunista internacional (...) El democratismo consecuente y socialista se expresa también en el carácter popular, socialista del poder judicial. Los Tribunales de camaradas, por ejemplo, intituidos en las fábricas y en los barrios, para analizar y juzgar las transgresiones sociales que aún no se consideran delictuosas, que apunta al nuevo hombre que va forjando el comunismo"

Fernando Nadra

("¿Qué pasó en Checoeslovaquia?", Editorial Polémica, Buenos Aires, 1969: 165, 209 s.)

Fotografía: http://chrismielost.blogspot.com/2014/11/paginas-negras-de-la-historia-la.html

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Federico Escarrá Romero. "Notas de Europa: La emulación socialista en la nueva Checoeslovaquia". Tribuna Popular, Caracas, 08/01/1950.
- Demetrio Boernsner. "Los negadores del Tercer Mundo". El Nacional, Caracas, 08/11/77.
- Vilma E. Petrash. "EE. UU.Hegemón de un orden mundial bifurcado". El Globo, Caracas, 30/01/97.
- Jesús Sanoja Hernández y los cien años del terrorismo. El Nacional, 11/05/78.

Reproducción: Pancho Graels. El Nacional, Caracas, 09/08/1982.

(AUTO) ENGAÑO



Checoeslovaquizados
Ox Armand

Irrumpió  1968 con una cosa llamada la Primavera de Praga. Alexander Dubček encabeza cierta liberalización de los países por entonces integrados bajo el régimen comunista. Lucía lógico el proceso que se tomó en serio la desestalinización. La red de redes está llena de datos, pues, por fortuna, comenzando con la Wikipedia, al mismo tiempo amada y odiada, la sistematización ha impedido que la memoria sufra una baja más, como también ocurre en la era digital. Por supuesto, he acá la noticia, por agosto los tanques soviéticos se pasaron por Checoeslovaquia, simpemente invadiéndola y cortándole la yugular al experimento. No estaban dadas las condiciones objetivas para la reforma que pudo adelantar varios años después Mijaíl Gorbachov, asomado en alguna terraza del Kremlin luego de atisbar el fin definitivo de la Guerra Fría. El movimiento comunista internacional (precisamente, en nombre del internacionalismo proletario), inmediatamente se solidarizó con Moscú. Saliera sapo o rana, en Venezuela, apenas saliendo de la derrota también definitiva de las guerrillas, como no lo deseaban, salvo honrosas excepciones, los comunistas quedaron resueltamente checoeslovaquizados: ciegamente apoyaron al hermano partido soviético que no dudó en aplastar la novedad y ofrecer una versión idílica del socialismo, por lo demás, desarrollado y superior al estadounidense. El resto de la historia es conocido, pero las nuevas generaciones todavía saben muy poco. Recuerdo que, por entonces, en los pasillos de la universidad circulaba un librito argentino de un tal Fernando Nadra que convertía la contrarrevolución checa en lo peor de este mundo, dispensándole todos los sapos y culebras qe les fueron posibles bajo el formato y el lenguaje de un decidido progresismo.

Nadra nos incomodaba. Parecía imposible que todo fuese verdad. Ya escuchábamos hablar de la tesis de Teodoro Petkoff, un dirigente en nada subestimado del PCV, hablar del asunto. No sé si exactamente ocurrió que leímos en Tribuna Popular o en Deslinde una larga entrevista que removió aquellas convicciones personales que nos ligaban al sueño de una sociedad diferente, pero lo cierto es que anunció un libro que luego sería un escandalazo para la ortodoxia. “Checoeslovaquia, el socialismo como problema” lo editó Domingo Fuentes en 1969 (y, a pesar del autor, lo reeditó Monte ävila hacia 1990). Un estudio muy concienzudo del ensayo socialista que ganó la pública y pivoteante maldición de Leonid Brézhnev, acaso, tiene pocos equivalentes en nuestra literatura política. También la historia es conocida (división del PCV, etc., etc.). El caso está, por una parte, en que Petkoff (para bien y para mal) ha sido un luchador todavía la vida por unas ideas que (faltando poco) ha tenido la capacidad de cultivar, estudiar, discutir. Exresa esa combinación hoy inaudita del líder político de un coraje personal harto comprobado y de una sovencia intelectual harto reconocida, como no lo tiene chavista alguno (perdonen el oxímoron). Recientemente premiado con el Ortega y Gasset, tampoco pudo viajar a recibir su merecido galardón porque cobardemente se le ha prohibido viajar al extranjero, forzado al itinerario semanal que ha de cumplir en un tribunal penal. Presentarse en éste es un insulto propinado por quien y quienes se dicen revolucionarios. Y, por el otro lado, persiste el fenómeno de la checoeslovaquización. Poco importa el fracaso del modelo  en la Cuba que apuesta ahora a su puerto de aguas profundas de Mariel, anhelando una zona especial que enganche al resto del mísero país, o que en Venezuela saltemos de una larga bonanza petrolera al charco inconcebible del desabastecimiento, la inflación, la censura, la inseguridad personal, la corrupción.  Insisten en tapar el sol con un dedo y a punta de pólvora se sostienen en el poder. Le buscan la vuelta a todo. Y nos versionan como un paraíso que envidia todo el planeta.

Reproducción: Ugo. El Nacional, Caracas, 04/10/1997.

domingo, 5 de mayo de 2013

VIAJE AL CENTRO DE LA MÁQUINA

EL PAÍS, Madrid, 5 de Mayo de 2013
TRIBUNA
La vida en un sistema totalitario
La maquinaria despiadada de la vieja Checoslovaquia sacaba lo peor de todas las cosas
Philip Roth

Entre 1972 y 1977 fui a Praga todas las primaveras; pasaba allí una semana o 10 días en los que me reunía con un grupo de escritores, periodistas, historiadores y profesores que por aquel entonces vivían perseguidos por el régimen checo, totalitario y respaldado por la Unión Soviética.
Durante mi estancia, solía seguirme a todas partes un policía vestido de paisano, había micrófonos en la habitación de mi hotel y tenía pinchado el teléfono. Pero no pasó nada más hasta 1977: ese sexto año, cuando salía de un museo al que había ido a ver una ridícula exposición de realismo socialista soviético, la policía me detuvo. La intervención me dejó inquieto y al día siguiente decidí hacer caso de su sugerencia y abandoné el país.
Aunque me mantuve en contacto por correo —a veces, cartas escritas en clave— con varios de los escritores disidentes a los que había conocido y de quienes me había hecho amigo en Praga, no obtuve un visado para regresar a Checoslovaquia hasta 12 años después, en 1989. El año en el que los comunistas cayeron derrocados y el gobierno democrático de Vaclav Havel llegó al poder con toda legitimidad, como el general Washington y su gobierno en 1788, mediante el voto unánime de la Asamblea Federal y con un respaldo abrumador del pueblo checo.
En Praga pasé muchas horas con el novelista Ivan Klima y su esposa, Helena, que es psicoterapeuta. Tanto Ivan como Helena hablaban inglés y, junto con otros amigos —entre ellos, los novelistas Ludvik Vaculik y Milan Kundera, el poeta Miroslav Holub, el profesor de literatura Zdenek Strybyrny, la traductora Rita Budinova-Mylnarova, a la que Havel designó después como primera embajadora en Estados Unidos, y el escritor Karel Sidon, que después de la Revolución de Terciopelo se convirtió en gran rabino de Praga y más tarde de la República Checa—, me educaron de forma exhaustiva sobre la tremenda represión del gobierno en Checoslovaquia.
Parte de esa educación consistió en ir con Ivan a los lugares en los que sus colegas, a quienes, como a él, las autoridades habían desposeído de sus derechos, desempeñaban los trabajos no cualificados que con toda malicia les había asignado el omnipresente régimen. Después de expulsarles de la Unión de Escritores, tenían prohibido publicar, dar clase, viajar, conducir un coche, ganarse dignamente la vida con su verdadera profesión. Además, sus hijos, los hijos del sector pensante de la población, no estaban autorizados a estudiar en centros oficiales.
Cada día trae una nueva angustia, un nuevo estremecimiento, un nuevo sentimiento de impotencia
Algunos de esos escritores con los que hablé vendían cigarrillos en quioscos callejeros, otros manejaban una llave inglesa en la planta depuradora de aguas, otros hacían repartos yendo en bicicleta de una panadería a otra, otros limpiaban ventanas o agarraban escobas en sus puestos de ayudantes de conserjes en algún museo desconocido de Praga. Estas personas, como he dicho, eran la flor y la nata de la intelectualidad nacional.
Así era aquella vida, así es la vida en un sistema totalitario. Cada día trae una nueva angustia, un nuevo estremecimiento, un nuevo sentimiento de impotencia y una nueva reducción de las libertades y la libertad de pensamiento en una sociedad censurada, atada y amordazada.
Con los ritos de degradación habituales: el ataque contra la identidad personal que la arrastra a la deriva, la supresión de la autoridad personal, la eliminación de la seguridad personal, el deseo de solidez y de ecuanimidad ante una incertidumbre constante. La imprevisibilidad como norma y la inquietud permanente como perniciosa consecuencia.
Y la ira. Los desvaríos obsesivos de un ser maniatado. Los arrebatos de furia inútil que no hacían daño más que a uno mismo. Y a su cónyuge, y a sus hijos, que absorbían la tiranía junto con el café matutino. El precio de la ira.
La maquinaria despiadada y traumática del totalitarismo que sacaba lo peor de todas las cosas, y todas las cosas que, con el tiempo, acababan siendo más de lo que uno podía soportar.
Una anécdota divertida de una época nada divertida, siniestra, y con ella acabo.
La tarde del día siguiente de mi encuentro con la policía, cuando, en una muestra de prudencia, me apresuré a salir de Praga y volver a mi país, los agentes fueron a casa de Ivan a detenerle y, como ya habían hecho otras veces, le interrogaron durante horas. Salvo que, en esa ocasión, no le acosaron durante toda la noche para confesara las actividades sediciosas y clandestinas que llevaban a cabo Helena, él y su cohorte de molestos disidentes y alborotadores de la paz totalitaria. Esa vez, como novedad que a Ivan le resultó curiosa, le preguntaron sobre mis visitas anuales a Praga.
Según me contó Ivan más tarde en una carta, durante el largo interrogatorio nocturno no les dio más que una respuesta —una sola— a todas sus preguntas de por qué iba yo a la ciudad cada primavera.
“¿Es que no leen sus libros?”, replicó Ivan a los policías.
Como es de imaginar, la cuestión les desconcertó, pero Ivan se apresuró a aclarársela.
“Viene por las chicas”.
Philip Roth es escritor. Este texto fue leído el martes pasado en Nueva York al recibir el PEN / Allen Foundation Literary Service Award y casi medio año después de que anunciara que abandonaba la literatura.
© Philip Roth 2013
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Ilustración, Fernando Vicente: http://talent.paperblog.com/karl-marx-friedrich-engels-fernando-vicente-manifiesto-del-partido-comunista-1793769/

domingo, 16 de enero de 2011

noticiero retrospectivo



- A. Leocadio: un ministro de Estado para asuntos incomprensibles. El Nacional, Caracas,17(08/79.

- Checoeslovaquia: La democratización del socialismo. The Economist (en español), nr. 7, vol. 2 del 23/02/68.

- Gonzalo Alvarez. "Mito y realidad del pacto de Punto Fijo". Elite, Caracas, nr. 388 del 22/12/63.

- José Fabbiani Ruíz entrevista a Freddy Reyna. El Nacional, 03/08/67. Papel Literario.

- Analuisa LLovera. "El viejo Nuevo Circo". El Diario de Caracas, 30/01/82.

- Domingo Alberto Rangel. "La demolición del Nuevo Circo". Ultimas Noticias, Caracas, 30/06/86.

- Aníbal Nazoa sobre la Plaza Capuchinos. El Nacional, 14/03/82.

Fotografía: aporte de Pedro Rafael al grupo Caracas en Retrospectiva II / Facebook. Seguídamente comentó el aportante: "Edificio del Rectorado de la UCV en los años 50, aun era estacionamiento la actual Plaza del Rectorado, esta fotografia fue realizada cuando se celebraba una feria internacional del libro en los espacios de la Plaza Cubierta y areas del edicio del Rectorado. Fotografia propiedad de los archivos fotográficos de la Biblioteca Central de la UCV".