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sábado, 31 de diciembre de 2016

LA PÓLVORA DE ESTOS LODOS

EL PAÍS, Madrid, 31 de diciembre de 2016
 TRIBUNA
¿Los mismos demonios?
Monika Zgustova

Como cada domingo, aquella tarde invernal de marzo de 1881, el zar Alejandro II se dirigió a la sala de equitación de San Petersburgo para pasar revista a la Guardia Imperial. Acudió a pesar del aviso del Ministerio del Interior que advertía de un ataque terrorista. Acabada la revista, decidió volver al Palacio del Invierno no por los bulevares céntricos donde con toda probabilidad actuarían los terroristas sino por el apartado canal de Catalina. Entre los pocos transeúntes que se atrevieron a salir a las calles barridas por el vendaval y la nieve discernió a un chico con una caja de bombones. Cuando el trineo imperial pasaba a su lado, el joven tiró su caja a los pies de los caballos; la fuerte explosión que se produjo a continuación lanzó al muchacho contra la barandilla del canal. El zar, ileso pero perturbado por el atentado, el sexto que sufría, bajó del trineo y tambaleándose se dirigió hacia el joven moribundo. Fue entonces cuando le alcanzó otra bomba que llevó a cabo lo que el muchacho de la caja de bombones no había logrado. El séptimo intento de regicidio triunfó.

La policía logró detener a los miembros de la banda terrorista. En Rusia a los radicales y terroristas se los llamaba nihilistas; el radicalismo lo aprendieron en sus años de estudios en Occidente. La palabra nihilista surgió por primera vez en la novela Padres e hijos, de Ivan Turguénev: su protagonista Bazarov era un representante del nihilismo, esa corriente de pensamiento tan cara tanto a los radicales como a la intelligentsia del siglo XIX que creían que había que destruir todo lo establecido, desde el orden hasta la escala de valores. Un nihilista no debía apegarse ni a su familia ni a los amigos, ni siquiera a la existencia misma porque para los nihilistas la vida, tanto la ajena como la propia, solo tenía valor si se sacrificaba por una causa justa: la de la destrucción.

Dostoievski escribió su novela Los demonios horrorizado por la muerte de un terrorista, Ivanov, asesinado por sus compañeros de lucha de la banda de Nechayev. El escritor decidió exhibir lo que era el terrorismo en una novela-advertencia que no solo abarcaría el caso del temido grupo: “Estos fenómenos no son marginales o aislados”, escribió, “por eso mi novela no ha copiado acontecimientos o descrito personas”. Efectivamente, como suele ocurrir con los artistas geniales, Los demonios se erige hoy en obra profética: presagia a la perfección los planteamientos y el funcionamiento de los movimientos radicales y terroristas del siglo XX, incluidos los anarquistas, los bolcheviques y demás. Dostoievski sabía bien de qué hablaba: tenía cuatro años cuando en 1825, en San Petersburgo, se produjo la Revuelta Decembrista, surgida de la nobleza, que llegó a convertirse en mítica; además, de joven, él mismo participó en el Círculo Petrashevski antes de que la policía derribara la congregación intelectual y enviara a sus miembros, también a Dostoievski, a Siberia.

Los demonios describe una ciudad amenazada por un grupo de radicales. Algunos se muestran ingenuos, confiados en un cambio social que traería la igualdad universal, ese eterno sueño ruso. Otros están poseídos por la sed de sangre y venganza; otros aún buscan una posición de poder y calculan las ventajas que su postura radical, que ansía descomponer todo lo establecido, les podría aportar. Dostoievski desenmascaró la fría crueldad, muy alejada de cualquier idealismo, con la cual actúan los cabecillas del grupo.

Sin embargo Rusia no supo valorar la clarividencia de Dostoievski. La intelligentsia, en su mayoría liberal, consideraba al grupo de Nechayev como una trágica excepción y creía firmemente en el futuro revolucionario ruso. El influyente crítico de la época, Mijáilovski, dijo que el libro, “esa horrible caricatura de la juventud revolucionaria”, no era digno del talento de Dostoievski. La Rusia que tanto ansiaba un cambio revolucionario rechazó Los demonios.

En la actualidad existen otros grupos que militan para abatir nuestra civilización, basada en el progreso gradual bajo el amparo de la democracia liberal. El islamismo radical se suele considerar como antimoderno y antioccidental; pero no hay que olvidar que sus raíces, y los de los demás grupos radicales, están hundidas en el pensamiento europeo. Entre los padres ideológicos de los grupos fanáticos, entre ellos los yihadistas, se pueden rastrear algunos intelectuales europeos. Como Jean-Jacques Rousseau, ese indignado que denunció la sociedad comercial con su corrupción moral y su desigualdad y propagó el retorno a lo primitivo, y fue el faro de la Revolución Francesa. Isaiah Berlin le describió como “uno de los más siniestros y al mismo tiempo formidables enemigos de la libertad en toda la historia del pensamiento moderno”. Entre los que le sucedieron hubo el inventor del socialismo utópico Charles Fourrier y el teórico del anarquismo Mijaíl Bakunin.

Los intentos de destruir una civilización basada en el progreso, que a los radicales les parecía hipócrita y fraudulenta, y liberarse violentamente del yugo de una sociedad desigual tuvieron su auge en Europa a principios del siglo XX. De allí creció el anarquismo y el anarcosindicalismo que tuvieron en jaque a sociedades enteras y presagiaron directamente a los totalitarismos y los grupos fundamentalistas de nuestros días.

Los terroristas de la actualidad encuentran que su postura es tan legítima y sublime como a multitudes de seguidores les pareció grandiosa la postura de Rousseau cuando enaltecía al hombre primitivo a quien la civilización solo podía corromper. También los radicales rusos morían encantados por su propia grandeza al asesinar al zar en nombre de la igualdad social y los jóvenes burgueses se llenaban de entusiasmo al aspirar el aire bélico de la I Guerra Mundial que, según ellos, debía acabar con el aire enrarecido del aburrimiento burgués, como muestra Stefan Zweig en El mundo de ayer. Arthur Conan Doyle, por ejemplo, escribía en 1914 que “al país no le iría mal una purga sangrienta”. De modo parecido, los militantes del ISIS perciben a Occidente como un vacío moral y espiritual y oponen a él su superioridad religiosa y la pertenencia a una hermandad.

Si los grupos terroristas rusos que lanzaron bombas contra el zar no fueron sino fenómenos fugaces, tampoco los yihadistas que organizan sus atentados en la actualidad durarán mucho tiempo. Sin embargo sus muy sangrientos castillos de fuego, armados desde Europa y Estados Unidos hasta el este de Asia, deberían hacernos pensar. Por un lado, no son tan ajenos a la cultura occidental como pudiera pensarse, y por otro, rechazando la violencia, nuestra reflexión no solo debería girar en torno al peligro que a causa de ella corre nuestra civilización democrática con su orden, su progreso y sus beneficios materiales, sino también en torno al hecho de que gran parte de la población mundial aspira a ese orden, progreso y beneficios sin tener la mínima esperanza de alcanzarlos jamás.
(*) Monika Zgustova es escritora. Su última novela es Las rosas de Stalin.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/11/04/opinion/1478289136_607148.html
Ilustración: Raquel Marín.

sábado, 19 de noviembre de 2016

ACÁ, ABSOLUTAMENTE INADVERTIDO

EL PAÍS, Madrid, 19 de noviembre de 2016
 TRIBUNA
La dictadura de terciopelo polaca
Monika Zgustova

Hace poco comentó Adam Michnik, uno de los intelectuales polacos más influyentes, que en las manifestaciones contra el gobierno populista él y los miles de manifestantes se sienten unidos contra un mal común como cuando protestaban contra el totalitarismo comunista. Ahora se oponen a "una dictadura de terciopelo", dice Michnik y añade: "La historia demuestra que hay un gran riesgo de que lo que hoy es de terciopelo mañana pueda cobrar formas bastante más brutales."
No le falta razón. La brutalidad puede estar a punto de empezar. Para que las manifestaciones, como la que describió Michnik, dejen de organizarse, el ministerio de defensa está creando un cuerpo paramilitar compuesto por 35.000 jóvenes voluntarios cuyo objetivo primordial será "prevenir y combatir amenazas no militares, así como defender la seguridad civil y la herencia cultural de la nación polaca." Según las declaraciones del ministro, Antoni Macierewicz, esta guardia trabajará para defender al gobierno persiguiendo a los ciudadanos y organizaciones que protestan contra él, al margen de la policía y el ejército. O sea que tendrá carta blanca para aterrorizar a la población, si conviene. ¿No les recuerda algo?
El que puso en marcha esa amenaza fue el propio ministro Macierewicz, un nacionalista católico, además de populista antiliberal y ultraconservador euroescéptico, anti-ruso y antisemita que afirmó que existía un complot mundial judío. Además, según Macierewicz existe otro complot, y es aquí donde hay que buscar su popularidad entre muchos polacos. Contra la evidencia científica de la investigación, el ministro denuncia que el Kremlin está detrás de la caída del avión presidencial polaco en Rusia, en 2010, en el que viajaba el jefe de Estado Lech Kaczynski y otras 95 personas. Y para no quedarse corto, declara que el anterior primer ministro Donald Tusk, hoy presidente del Consejo Europeo, participó en ese complot. El hombre que hoy dirige el ejército polaco intenta reescribir la historia de Polonia.
La gobernante derecha ultranacionalista  desea echar un tupido velo sobre el pasado para reescribirlo según su ideología
Y no está solo. La gobernante derecha ultranacionalista polaca lleva a cabo una política que recuerda los momentos más sombríos de Europa: desea echar un tupido velo sobre el pasado para reescribirlo de acuerdo con su ideología: la de cantar odas sobre su nación.
El gobierno polaco de Ley y Justicia (abreviado, en polaco, como PiS), partido encabezado por Jaroslaw Kaczynski, ha cogido una goma de borrar: antes que nada, el antisemitismo, esa mancha que ensucia la imagen de Polonia. Mientras que el mundo entero reconoce a Polonia como uno de los países históricamente más marcados por el antisemitismo, el gobierno del PiS nombró como director del Instituto de la Memoria Nacional a Jaroslaw Szarek, un historiador que niega, entre muchas otras cosas y contra toda evidencia, la responsabilidad de los civiles polacos en el pogrom de Jedwabne en el cual, en 1941, perecieron 340 judíos, la mayoría de ellos quemados en una granja.
Los que llevan a cabo el revisionismo histórico polaco han decidido además boicotear el magnífico Museo de la Historia de la Segunda Guerra Mundial en Gdansk. Según la visión del PiS, lo único que hay que celebrar sobre esa guerra es el heroísmo de una Polonia abandonada por las potencias europeas. PiS, en su odio irracional hacia todo lo ruso y soviético (en muchas salas de conciertos polacas, bajo la influencia del ambiente anti-ruso, está mal visto y en algunos casos prohibido tocar piezas de músicos tales como Prokofiev o Shostakovich) niega hasta el indiscutible y manifiesto hecho de que quien echó a los nazis de Polonia fue el ejército soviético.
Esa mirada revisionista usurpa, además, la grandeza histórica a personajes como Walesa y Geremek que aseguraron la transición pacífica del comunismo a la democracia. En nombre de una gran Polonia eterna, el jefe del PiS, el católico integrista Kaszynski, usa todos los medios para rebajar a la población urbana liberal y proeuropea en los ojos de la nación. Las élites urbanas no tienen más recursos que salir a la calle. Al igual que tantos países occidentales, incluídos los Estados Unidos, también Polonia está escindida en dos por culpa de la radicalización y el neoconservadurismo de la derecha.
En repetidas ocasiones la UE ha expresado su preocupación por el desarrollo político en Polonia, además de Hungría, otro país donde la democracia sufre y el populismo, además del antisemitismo, crecen. Los países de la Europa Central y del Este, que siguen sintiéndose víctimas por haber experimentado cuatro duras décadas de comunismo, hoy creen que Europa les debe el dinero que perciben de ella y, en su animadversión, llevan una guerra de trincheras contra Bruselas. La verdadera unión del Este y el Oeste europeos no resultará fácil.
(*) Monika Zgustova es escritora. Su última novela es Las rosas de Stalin.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/11/14/opinion/1479129357_270554.html
Imagen:
http://www.forocoches.com/foro/showthread.php?s=7eeb9ec179ba95f8fc1e90f4739f3c94&t=724423&page=2

viernes, 29 de julio de 2016

PARA EL DESOLVIDO

EL PAÍS, Caracas, 30 de julio de 2016
TRIBUNA
Aprender de la historia
La 'nomenklatura' formaba una clase social con privilegios que se negaban al resto de la sociedad
Monika Zgustova

Nací en un país donde cada año el 1 de mayo los niños por obligación salíamos a la calle y donde formábamos filas militares y, con pancartas rojas, marchábamos a través de Praga para saludar a las autoridades del régimen situadas en lo alto de una tribuna como dioses sombríos. Una sonrisa obligada y todas las derivaciones de la palabra patria, declamada por multitudes con el brazo en alto, ya fuera para formar un puño o una salutación militar: ese es para mí el símbolo del régimen en el que crecí en los años sesenta.
En esos años, cuando llegué a la adolescencia, mis padres juzgaron necesario abandonar nuestro país natal y exiliarse en Occidente porque, como uno de los participantes en la derrotada y liberalizadora Primavera de Praga, mi padre empezó a padecer la persecución del endurecido régimen. No era nada nuevo; ya en los años cincuenta, en los albores del régimen comunista en la entonces Checoslovaquia, antes de que nacieran sus hijos, a mi padre le venían a buscar, de madrugada, los miembros de la policía secreta que se lo llevaban a la cárcel donde lo torturaban en un vano intento de persuadirle para que colaborara con ellos.
El totalitarismo comunista —el soviético, el de Europa del Este y el cubano— generó olas enteras de exiliados que huyeron de la persecución (Nabokov, Kundera, Cabrera Infante) o fueron expulsados de su país donde molestaban (Solzhenitsin). El terror comunista creó innumerables exiliados del interior que intentaron sobrevivir como podían dentro de su país (Shostakóvich, Nadezhda Mandelstam, Vaclav Havel).
Aunque mi simpatía tiende hacia los ideales de la justicia social tal como la suele profesar una izquierda moderada, no soy comunista porque en el comunismo, sistema que proclama ante todo la igualdad de todos los miembros de la sociedad, fui testimonio de la desigualdad más grave (la nomenklatura formaba una clase social con privilegios feudales) y las más crueles muestras de injusticia (especialmente cuando se condenaba a inocentes a años y décadas en los campos de trabajos forzados, sin motivo o por un mero chiste, como describe Kundera en La broma). Aprendí por experiencia propia y la de mis padres que a los comunistas que estaban en el poder no les importaba el hombre; lo único que buscaban era mantenerse en el poder.
Muchas grandes obras del siglo XX son testimonios literarios del totalitarismo comunista. El Doctor Zhivago, de Borís Pasternak, es una novela sobre cómo se implantó el comunismo: pensando en el poder de los bolcheviques vencedores y dejando al hombre de lado. La obra entera de los premios Nobel Aleksandr Solzhenitsin, Herta Müller y Svetlana Alexiévich, además de la de Vasili Grossman, que empezó creyendo en la revolución rusa, está dedicada a retratar las enormes injusticias del comunismo.
Creí que la sonrisa obligatoria, el brazo en alto y la patria en la boca habían quedado en la noche de los tiempos
La sonrisa obligatoria en los labios, el brazo en alto y la palabra “patria” en la boca: creí que esos tres gestos, unidos en un solo símbolo, ya habían quedado en las tinieblas de la noche de los tiempos. Al ver resurgir en la campaña de Unidos Podemos los símbolos y eslóganes de mi infancia me quedé preocupada y me pregunté qué diríamos si en España aparecieran símbolos de la dictadura fascista. Son símbolos, gestos y conceptos que apelan directamente a la parte emotiva del hombre, a la parte más irracional de la política, y lo hacen con objetivos electorales.
Sin embargo, lo que a mí me despertó más desasosiego fueron las palabras siguientes del catedrático de Ciencias Políticas de la UNED, Ramón Cotarelo, que fue profesor de Iglesias, Monedero y Errejón: “Los de Podemos censuraron y acallaron a las personas críticas o simplemente independientes y dieron pábulo a los más inútiles pero obedientes”. Estas particularidades obedecen al comportamiento antidemocrático, propio de los regímenes autoritarios y totalitarios.
Es de lamentar que un partido que pretende regenerar el escenario político español recurra a los símbolos y eslóganes más trasnochados, utilizándolos para apelar al homo sentimentalis que hay en muchos de nosotros. Unidos Podemos perdió un 21% de votos, o sea que obtuvo un millón menos que en las elecciones de diciembre. Seguramente son varias las razones de esos resultados, pero una de ellas puede que sea que el ciudadano español ha desconfiado del retorno de esos símbolos, como si el sufrimiento de tantos seres a lo largo del siglo XX hubiera servido de aviso para el día de hoy y que el testimonio del horror no ha caído en saco roto.
(*) Monika Zgustova es escritora. Su última novela es Las rosas de Stalin.

Fuente:http://elpais.com/elpais/2016/07/04/opinion/1467649552_813641.html

viernes, 31 de julio de 2015

INFIDELIDAD A LOS PRINCIPIOS

EL PAÍS, Madrid,21 de julio de 2015
TRIBUNA
Historias de refugiados
Cuando los europeos huían de la barbarie, en la mayoría de los casos encontraban un país que los acogiese. En la actualidad, sus descendientes se muestran altamente insolidarios con esa nueva ola de necesitados que vienen de Oriente
Monika Zgustova 
  
Uno. “Tenemos que exiliarnos”, decidieron mis padres a mediados de los setenta, al darse cuenta de que no podían seguir viviendo en su país que, tras la invasión soviética, volvió al totalitarismo. A mi padre, lingüista, como represión por su participación en el proceso liberador de la Primavera de Praga de 1968, las nuevas autoridades acababan de echarle de su trabajo en un conocido instituto de investigación; por eso, mis padres concluyeron que no les quedaba otro remedio que emigrar con sus dos hijos de su Praga natal. Los países de la órbita soviética, entre los cuales se encontraba Checoslovaquia, no permitían a sus ciudadanos marcharse del país; el “abandono de la patria”, según la terminología de entonces, se consideraba alta traición y se castigaba duramente: a las personas que intentaban cruzar la frontera, los guardias las fusilaban sin más. Por eso, mis padres trazaron un minucioso plan para huir. Inscribieron a la familia en un viaje organizado a la India, en aquel entonces uno de los pocos países fuera de la órbita soviética que las autoridades checas ocasionalmente permitían visitar. Mis padres consideraron que, en un principio, no era prudente revelar sus planes a sus dos hijos adolescentes. En Delhi consiguieron los visados para Estados Unidos y compraron los billetes de avión. Tras algunas situaciones de alto riesgo en la aduana de Delhi, los cuatro desembarcamos en el aeropuerto J. F. Kennedy de Nueva York: los padres, con los nervios destrozados —desde entonces, ambos se han ido medicando contra la ansiedad—; los hijos, desilusionados por no poder volver a ver a sus amigos y abuelos. Más tarde nos enteramos que de las 60 personas que salieron en el viaje organizado de Praga a la India, solo cuatro volvieron. Prácticamente la totalidad utilizó el viaje para huir de un país cuya represión no estaban dispuestos a tolerar más.
Los pasajeros de nuestro viaje formaron parte de toda una oleada de exiliados políticos: un total de 220.000 personas huyeron de la Checoslovaquia comunista, un país de 15 millones de habitantes. A pesar de todas las dificultades, el final de la aventura fue feliz; a mi padre le acabaron eligiendo miembro de la Academia estadounidense; los hijos logramos una buena preparación académica a base de las becas que nos otorgaron.
Cuando en los ochenta decidí volver a Europa, mi segundo refugio fue España. Aterricé aquí sin conocer a nadie, sin dinero. El país me brindó una buena acogida y nunca me faltó trabajo. Gracias a la comprensión de los países que nos ampararon, el exilio de toda mi familia fue modélico.
Nuestra experiencia no fue sino una pequeña gota en el mar que formaron los exiliados europeos que, a partir de la I Guerra Mundial, inundaron el mundo entero. El siglo XX europeo con sus ideologías esclavizantes, guerras mundiales y guerras civiles, dictaduras y totalitarismos ha generado olas de refugiados, que en algunos casos cambiaron el mapa étnico de las grandes urbes europeas y americanas. Alemanes, rusos, españoles, judíos, checos... todos ellos en su momento huyeron de algún horror.
Por participar en la Primavera de Praga, mi padre fue expulsado de su trabajo y salió al exilio
Dos. Al igual que mis padres se escaparon de la Checoslovaquia totalitaria, Amar Obaid, un comerciante sirio que tras la revolución prestó apoyo a la rebelión contra el presidente Bachar el Asad, tuvo que huir de Siria en 2011; quedándose en su país hubiera puesto en riesgo su vida y la de su mujer y sus tres hijas. Con sus ahorros estableció en El Cairo un pequeño comercio de muebles. Sin embargo, desde que el golpe militar —y con él, un chovinismo xenófobo— sacudió Egipto, los moderadores televisivos no han parado de arremeter contra los refugiados sirios como contra unos parásitos. Amar, que no puede regresar a Siria, tampoco tiene futuro alguno en Egipto; el país de acogida se ha vuelto una trampa de la que solo hay una salida: marcharse a Occidente. Y puesto que no hay manera legal que permita a Amar trasladarse a Europa, como no la hubo para mis padres cuando decidieron abandonar su país, la familia de Amar decidió que el padre se apuntaría a un viaje con una agencia traficante de personas, que en Egipto y Libia funcionan como una especie de agencia de viaje y, una vez establecido en Europa, haría llegar a su familia a su lado. Un plan arriesgado pero no imposible. Tras mucho dinero perdido, tras varios intentos de viajar frustrados y más de una estancia en la cárcel, Amar —persona real con nombre inventado, como el de la mayoría de esos pasajeros frágiles e impotentes— sigue esperando, desde hace meses, en la orilla egipcia, entre traficantes mafiosos y personas inocentes y exasperadas como él, a que un barco le lleve al otro lado del Mediterráneo y luego a un lugar cualquiera donde podrá sobrevivir.
Tanto la motivación por la huida como el peligro que sufre Amar tienen puntos de similitud con los que experimentaron mis padres; sin embargo, me temo que la acogida de uno y otros en los países receptores diferirá de modo radical.
Un sirio que se rebeló contra El Asad espera que un barco lo lleve al otro lado del Mediterráneo
Tres. Mientras que los europeos huían de la barbarie, en la mayoría de los casos encontraban un país que los acogiese. En la actualidad, los descendientes de esos europeos se muestran altamente insolidarios con esa nueva ola de necesitados, cuyo paradigma es Amar Obaid y que provienen del Oriente Próximo, esa parte del mundo que, en parte por culpa de Occidente, está en llamas. Europa es reacia a aceptarlos, cada país tiene sus problemas y todos temen que sus votantes no vean con buenos ojos una oleada de refugiados. Sin embargo, hay que tener en cuenta que esos exiliados no son muchos —el año pasado fueron 43.000 en total—; que muchos son ingenieros, comerciantes y abogados, y, además, que provienen de antiguas colonias europeas y por eso deberíamos responsabilizarnos de ellos. Sin embargo, precisamente Gran Bretaña, la gran colonizadora de antaño, hoy está entre los países más reacios a aceptar cupos. De modo similar, el Gobierno de España ha protestado contra los cupos, aunque en la posguerra europea los refugiados españoles, tanto los que huían de Franco como los que escapaban de la miseria, encontraron trabajo en otros países. Y los Gobiernos de los países exsoviéticos como Hungría y Checoslovaquia, muchos de cuyos habitantes fueron bien acogidos en su momento, muestran una buena dosis de chovinismo. En general, en muchos países europeos la crisis de los migrantes ha ayudado a generar apoyo de los votantes a la derecha populista, xenófoba y excluyente.
La Unión Europea, la formación geopolítica con más riqueza per capita del mundo, siempre ha ostentado sus programas de ayuda social. Para no perder su autoestima, debería seguir siendo fiel a esos principios. La Europa contemporánea debería mostrarse generosa y brindar amparo a esos refugiados, y no solo por motivos humanitarios: los que hoy huyen de la barbarie, mañana enriquecerán nuestro continente.
(*)  Monika Zgustova es escritora.
Ilustración: Eulogia Merle.

sábado, 10 de agosto de 2013

HA

EL PAÍS, Madrid, 9 de agosto de 2013
LA CUARTA PÁGINA
El malentendido sobre Hannah Arendt
La película de Margarethe von Trotta sobre la filósofa alemana ha despertado una nueva ola de críticas contra su libro ‘Eichmann en Jerusalén’. El problema es que muy pocos de sus detractores lo han leído
Monika Zgustova 

Cuando en 1961 se celebró en Jerusalén el juicio del líder nazi Adolf Eichmann, la revista The New Yorker escogió como enviada especial a Hannah Arendt, una filósofa judía de origen alemán exiliada en Estados Unidos. Arendt, que se había dado a conocer con su libro Los orígenes del totalitarismo, era una de las personas más adecuadas para escribir un reportaje sobre el juicio al miembro de las SS responsable de la solución final. Los artículos que la filósofa redactó acerca del juicio despertaron admiración en algunos (tanto el poeta estadounidense Robert Lowell como el filósofo alemán Karl Jaspers afirmaron que eran una obra maestra), mientras que en muchos más provocaron animadversión e ira. Cuando Arendt publicó esos reportajes en forma de libro con el título Eichmann en Jerusalén y lo subtituló Sobre la banalidad del mal, el resentimiento no tardó en desatar una caza de brujas, organizada por varias asociaciones judías estadounidenses e israelíes.

Tres fueron los temas de su ensayo que indignaron a los lectores. El primero, el concepto de la “banalidad del mal”. Mientras que el fiscal en Jerusalén, de acuerdo con la opinión pública, retrató a Eichmann como a un monstruo al servicio de un régimen criminal, como a un hombre que odiaba a los judíos de forma patológica y que fríamente organizó su aniquilación, para Arendt Eichmann no era un demonio, sino un hombre normal con un desarrollado sentido del orden que había hecho suya la ideología nazi, que no se entendía sin el antisemitismo, y, orgulloso, la puso en práctica. Arendt insinuó que Eichmann era un hombre como tantos, un disciplinado, aplicado y ambicioso burócrata: no un Satanás, sino una persona “terriblemente y temiblemente normal”; un producto de su tiempo y del régimen que le tocó vivir.
Lo que dio aun más motivos de indignación fue la crítica que Arendt dispensó a los líderes de algunas asociaciones judías. Según las investigaciones de la filósofa, habrían muerto considerablemente menos judíos en la guerra si no fuera por la pusilanimidad de los encargados de dichas asociaciones que, para salvar su propia piel, entregaron a los nazis inventarios de sus congregaciones y colaboraron de esta forma en la deportación masiva. El tercer motivo de reproches fueron las dudas que la filósofa planteó acerca de la legalidad jurídica de Israel a la hora de juzgar a Eichmann.
De modo que lo que esencialmente provocó las críticas fue la insumisión: en vez de defender como buena judía la causa de su pueblo de manera incondicional, Arendt se puso a reflexionar, investigar y debatir. Sus lectores habían esperado de ella un apoyo surgido del sentimiento de la identidad nacional judía y de la adhesión a una causa común, y lo que recibieron fue una respuesta racional de alguien que no da nada por sentado. En palabras de Aristóteles, en vez de limitarse a ser una “historiadora”, Arendt se convirtió en “poeta”.

Sus adversarios llegaron a ser muchos; el filósofo Isaiah Berlin no quería ni oír hablar de ella, y el novelista judío Saul Bellow afirmó que Arendt era “una mujer vanidosa, rígida y dura, cuya comprensión de lo humano resulta limitadísima”, aunque otra conocida escritora, Mary McCarthy, publicó en Partisan Review un largo ensayo en apoyo de Eichmann en Jerusalén. Así, el libro de Arendt generó en los sesenta toda una guerra civil entre la intelectualidad neoyorkina y europea.
En vez de defender incondicionalmente, como buena judía, la causa de su pueblo, debatió, investigó, reflexionó
Ahora, medio siglo después de la primera polémica, la realizadora alemana Margarethe von Trotta ha ofrecido al público su película Hannah Arendt, que ha despertado una nueva ola de reacciones contra el tratado de la filósofa. Lejos de ser un documental sobre Arendt, esta “película de ideas”, que se estrenó en mayo en Estados Unidos y en junio en España, enfoca el caso Eichmann sirviéndose de escenas de su juicio en Jerusalén, extraídas de los archivos. Otra vez en Estados Unidos y en Europa se ha despertado una polémica, aunque más respetuosa con la filósofa, la cual, a lo largo de las décadas, ha ido cobrando peso.
La mayoría de los participantes en el debate actual sostienen que, en la “banalidad del mal”, Arendt descubrió un concepto importante: muchos malhechores son personas normales. En cambio, según ellos, Arendt no supo aplicar adecuadamente ese concepto. Según lo expresó Christopher Browning en New York Review of Books: “Arendt encontró un concepto importante pero no un ejemplo válido”. Elke Schmitter argumenta en el semanario alemán Der Spiegel que “la actuación en Jerusalén fue un exitoso engaño”, y que Arendt no llegó a entender al verdadero Eichmann, un fanático antisemita. Alfred Kaplan ha escrito en The New York Times que “Arendt malinterpretó a Eichmann, aunque sí descubrió un gran tema: cómo las personas comunes se convierten en brutales asesinos”. Todos los críticos —y hay muchos más que los citados— invocan los documentos hallados sobre Eichmann tras la publicación de Eichmann en Jerusalén y las investigaciones posteriores, y afirman que Arendt en su época los ignoraba y debido a ello malinterpretó a Eichmann.
El problema es que —y aquí subyace el primer malentendido— Arendt sí conocía, al menos parcialmente, esos materiales, y su tratado los tuvo muy en cuenta. Dichos documentos provienen de la estancia del jerarca nazi en Argentina, antes de que allí le capturaran los servicios secretos israelíes: se trata de sus memorias y apuntes, además de una entrevista. A partir de esos materiales, diversos estudiosos han publicado en los últimos años nuevos ensayos sobre Eichmann y, por lo general, le dan la razón a Arendt en el hecho de que Eichmann no era un maniático que odiaba a los judíos, sino un hombre común. En cambio, esos historiadores le echan en cara a Arendt su idea de que Eichmann meramente obedecía órdenes.
Logró poner de manifiesto que el mal puede ser obra de gente corriente, de las personas que renuncian a pensar
Y aquí está el segundo malentendido: la filósofa nunca sostuvo que Eichmann se limitara a obedecer órdenes. En su libro, Arendt resaltó la rebelión de Eichmann contra las órdenes de Himmler quien, al aproximarse la derrota, recomendó un mejor trato a los judíos, mientras que Eichmann “se esforzó por hacer que la solución final lo fuera realmente”, escribió Arendt. La filósofa dibujó un minucioso retrato de Eichmann como un burgués solitario cuya vida estaba desprovista del sentido de la trascendencia, y cuya tendencia a refugiarse en las ideologías le llevó a preferir la ideología nacionalsocialista y a aplicarla hasta el final. “Lo que quedó en las mentes de personas como Eichmann”, dice Arendt, “no era una ideología racional o coherente, sino simplemente la noción de participar en algo histórico, grandioso, único”. El Eichmann de Arendt es un hombre que, engañándose y convenciéndose a sí mismo, está persuadido de que sus sangrientas acciones manifiestan su virtud.

Muchos ensayistas y comentaristas no han entendido y siguen sin entender las ideas de Arendt porque no han leído su libro, o lo han leído bajo la influencia de los comentarios anteriores. Por eso el malentendido sobre Eichmann en Jerusalén no acaba de disiparse y Hannah Arendt se ha convertido en una autora de la que se habla mucho, pero a quien leen pocos.
Sus ideas siguen molestando hoy como lo hicieron hace cincuenta años. Nada en la historia es blanco y negro, y los análisis de Arendt despiertan la animadversión de los que prefieren explicárselo todo con esquemas simples que no permitan la duda ni obliguen a reflexionar sin fin. Por ello es más preciso que nunca ir a la fuente y leer a Hannah Arendt, porque ella puso de manifiesto que el mal puede ser obra de la gente común, de aquellas personas que renuncian a pensar para abandonarse a la corriente de su tiempo. Y eso es válido también para los tiempos que vivimos.
Monika Zgustova es escritora. Su última novela es La noche de Valia (Destino).