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sábado, 6 de mayo de 2017

UNA COINCIDENCIA NADA CASUAL

EL NACIONAL, Caracas, 6 de mayo de 2017
Estos son mis principios
Sergio Dahbar

Vivimos días aciagos. El planeta ha visto la represión –ejercida por efectivos del “socialismo” del siglo XXI de Nicolás Maduro, es decir, por los hombres nuevos de la revolución– contra ciudadanos que piden democracia parlamentaria, libertad de presos políticos y una economía que restituya la vida digna frente al desabastecimiento de comida y medicinas.
El saldo de la violencia (35 muertos, 500 heridos y 1.300 detenidos, saqueos indiscriminados, robos de equipos periodísticos, ataques a primeros auxilios que atienden heridos) confirma que este gobierno no tiene un ápice de aquel “humanismo” tan mentado de la izquierda. Sin embargo, consigue la solidaridad de sus pares en el mundo.
Como bien indica José Ignacio Torreblanca (jefe de Opinión de El País de Madrid), el 27 de abril pasado ocurrió una votación en el Parlamento Europeo para expresarse a favor del respeto a la Constitución y la libertad de los presos políticos. Quedará para la historia.
La votación merece entendimiento. 6% (35) de los eurodiputados votaron en contra; 77% (450) lo hicieron a favor; 17% (100) se abstuvieron. Torreblanca se pregunta: “¿Quiénes destacan entre ese selecto grupo de personas que encontraron razones políticas o morales de orden superior para no condenar un asalto a la democracia tan burdo que hasta el propio Maduro, instado por su fiscal general, se vio obligado a retirar?”.
Selecto era el grupo. Filonazis griegos de Amanecer Dorado, la derecha italiana de Lega Nord, la tenebrosa alemana de Voigt, Izquierda Unida española, el partido comunista griego y portugués, Syrisa de Grecia, y el Front Gauche francés. En la abstención entraron los muchachos bien pagados de Podemos. Un autobús con lo peorcito del viejo continente. Ellos solos quisieron tomarse la foto.
De la derecha siempre podremos esperar el horror. Pero ¿y qué nos dicen los comunistas? Siguen los designios del comité central. Y para muestra quiero recordar un hecho entre millones: el 24 de marzo de 1976. Ese día los militares argentinos dieron un golpe sangriento que enterró la democracia en Argentina.
Ese día el Partido Comunista argentino, uno de los más ortodoxos y retrógrados del mundo, emitió un comunicado que se podía leer como una celebración: no había triunfado el ala más pinochetista de las Fuerzas Armadas. En la lucha entre halcones y palomas, habían triunfado las que simbolizan la paz. Los muchachos de Bahía Blanca se pusieron creativos y entonaban un estribillo: “Videla, Viola, esto es un golpe piola” (chévere).

¿Qué había ocurrido? ¿Cómo era posible que semejante acto de barbarie, condimentada con Falcon verde oliva que desaparecían disidentes como hormigas, fuera celebrado por el Partido Comunista? Fácil: jerarcas de la ex URSS le pidieron tranquilidad a su base, porque Argentina era geopolíticamente estratégica en la lucha contra Estados Unidos.
Fue trágico. Muchos comunistas murieron tratando de convencer a militares asesinos de que eran comunistas, pero nunca radicales.
Para cerrar los episodios de una izquierda que ha sido una farsa, hay que detenerse en Borges. Vino a Venezuela en 1983, porque quería presenciar una “coleada de toros’’. Admiradores de tres universidades (UCV, LUZ y ULA) propusieron que se le otorgara un doctorado honoris causa.
En las sesiones de los consejos universitarios los amigos de la izquierda se lo negaron. Tres veces. “¿Qué ha hecho Borges por Venezuela”?, preguntaron. “No es más que un reaccionario conservador”. Borges sonrió: “Entiendo que se han abstenido noblemente”. Groucho Marx le hubiera puesto humor al asunto: “Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros”.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/estos-son-mis-principios_180737

sábado, 21 de enero de 2017

EL OTRO ESCALANTE

EL NACIONAL, Caracas, 22 de enero de 2017
El pasajero de Truman
Sergio Dahbar

Debe llamarse justicia poética. 45 años después de la muerte de uno de los escritores más influyentes del siglo XX, Ezra Pound (1885/1972), nació en Italia un grupo fascista –CasaPound– que defiende el cierre de las fronteras y la repatriación de inmigrantes. Su sede central en Roma se encuentra en Napoleone III, arteria repleta de negocios de chinos.

CasaPound tiene cien sedes en Italia. Veinticinco abrieron en 2015. Se trata del colectivo europeo de ultraderecha que crece más rápido. El edificio en Roma tiene seis pisos: los ocuparon en 2003 y ahí se quedaron, como una enfermedad. Sus seguidores tienen entre 16 y 30 años de edad: muy pocos saben qué hizo Mussolini.

CasaPound cuenta con pubs, gimnasios, club de motos, grupo de protección civil, emisoras de radio, e incluso una ONG. Ocupó el vacío que dejaron centros sociales de antaño. Analistas señalan una posible “ventaja’’ italiana frente a otros países de Europa: digieren el fascismo con naturalidad. Quizás porque el sistema de pensiones fue creado por Mussolini.

Lo que me lleva a Pound. Poetas de todo el mundo –Juan Ramón Jiménez, Borges, Montale– con posiciones políticas adversas –Pasolini, Ginsberg, Cardenal, Gelman– reconocieron su influencia. Era una usina de ideas alrededor del arte, la música, la política, la economía, la estética y la ética.

Fue uno de los poetas más notables de habla inglesa, y un investigador incansable de los clásicos. La Enciclopedia Británica reconoce sesenta años de actividad editorial; sesenta libros propios; número similar de colaboraciones en libros ajenos, y un millar y medio de artículos especializados.

Su mala espina fue convertirse en traidor. Realizó alocuciones radiales entre 1941 y 1943. Dos veces a la semana anunciaba: “Esta es la voz de Europa. Habla Ezra Pound desde Radio Roma”. Disertó contra la usura, el Talmud, el Antiguo Testamento, Roosevelt, Churchill y los judíos.

Entre desmanes y odios viscerales, refería conceptos de filosofía y arte moderno, comentaba novelas de Flaubert, James, Joyce y Céline. Y defendió el fascismo. En el momento en que los japoneses bombardeaban Pearl Harbor. Cuando acabó la guerra, fue detenido por partisanos y pidió ser llevado ante el presidente Harry Truman para aconsejarlo con la sabiduría de Confucio.

El 23 de mayo de 1945 ingresó en el Centro de Entrenamiento Disciplinario (CED) de Pisa: lo llamaban “el intestino delgado del ejército”. Una cárcel para traidores, desertores, violadores y asesinos. Las celdas eran jaulas de metal. Allí escribió los Pisan Cantos, que le valieron el premio Bollingen en 1958.

Los presos vieron entrar a un pelirrojo viejo y loco, con un libro de Confucio y un diccionario de chino bajo el brazo. Pasó seis meses en Pisa, antes de ser trasladado a Estados Unidos para ingresar en el hospital psiquiátrico St. Elizabeth, donde pasaría doce años. La justicia de guerra prefirió declararlo loco, que condenarlo a muerte.

Para Alfred Kazin “representó fiel, dramáticamente, a la locura, al mal juicio, al desdén brutal por la persona humana y su inviolabilidad que caracterizó las ideas seculares de tantos intelectuales”.

En 1958 quedó en libertad y regresó a Italia. Murió en 1972. Fue un enigma. Muchos intentaron comprender la naturaleza de su ética sin éxito. Se trata de un caso más de los trágicos que existieron (y
existen) en el mundo.

Un artista irrepetible y un ser humano incapacitado para comprender el daño que le hizo el fascismo al mundo. Solo ante Allen Ginsberg reconoció que su peor error fue someterse al antisemitismo, ese “prejuicio suburbano”. Hoy, de manera inflamable, su nombre invoca nubarrones en Italia de nuevo. El círculo no se cierra.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/pasajero-truman_76643
Cfr.
http://www.elministerio.org.mx/blog/2013/03/casapound-homenaje-chavez-italia/

martes, 25 de octubre de 2016

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Kalinina Ortega entrevista a Luis H. Farías Mata: "En Venezuela no existen estudios que definan el tipo de profesional del Derecho que se necesita". El Nacional, Caracas, 12/10/76.
- J.R.S. "Memorias de Venezuela:  edad y profesión de los héroes de la Independencia". El Nacional, 04/10/67.
- Sergio Dahbar. "(José) Balza absolutamente". El Nacional,  19/12/82. Papel Lterario.
- Jesús Sanoja Hernández escribe sobre Diógenes Escalante. El Nacional, 24/10/79.

Ilustración: Pancho. El Nacional, 16/02/1976: Carlos Andrés Pérez, Ramón Escovar Salom y Henry Kissinger.

Breve nota LB: Nos enteramos en días pasados, a través del Twitter, sobre la desparición de la periodista Kalinina Ortega. Al consultor las redes, hay muestras de preocupación en distintos sectores al respecto. No la conocemos personalmente, aunque no haga falta hacerlo para sentir preocupación en torno a su paradero. Casi inadvertidamente, nos familiarizamos con el nombre de numerosos periodistas en una Venezuela que hizo de la opinión pública una institución, con todos sus contratiempos. Sus reportajes eran un compendio de perspicacia y también del correcto empleo del  lenguaje: trillar una máquina de escribir, significaba trabajar con el equipaje disponible, pues, no había procesador con los correctores automáticos de ahora. Hacemos votos por su pronta reaparición.

miércoles, 27 de julio de 2016

LIBERTAD DE PRENSA

EL NACIONAL, Caracas, 23 de julio de 2016
Lo que esconden ciertos seudónimos
Sergio Dahbar

El próximo 29 de julio comienza a exhibirse en cines comerciales de Inglaterra el documental Author: The JT Le Roy Story, del cineasta Jeff Feuerzeig. Es el esfuerzo de un realizador por iluminar una zona oscura del corazón humano: la búsqueda de éxito a cualquier precio. No es el primer trabajo cinematográfico sobre esta historia, tampoco será el último.
El caso J. T. Leroy es un síntoma contemporáneo. En 1999 editoriales importantes descubrieron a un autor con dos potentes razones en sus alforjas: nervio narrativo y un pasado de esos que si no son ciertos merecerían haber existido. Infancia de abusos, droga, sida, sexo, manicomio, brutalidad, que construyeron a un joven andrógino, atravesado por el misterio y la timidez. Un muñeco que todo editor quisiera moldear en sus manos.
J. T. Leroy publicó tres libros, incluso en español: Sarah, El corazón es mentiroso y El final de Harold, todos en Literatura Mondadori. Un periodista, de esos que todo medio tiene, clasificó a Leroy como el nuevo William Burroughs, o si se quiere la reencarnación de Flannery O'Connor, aunque con la modernidad de un juguete reconvertido en animal propio del programa de Oprah.
La chispa se había encendido: celebridades comenzaron a declarar su admiración. Deborah Harry, Lou Reed, Nancy Sinatra, Matthew Modine, Gus Van Sant, Rosario Dawson, John Waters, Michael Stipe, Carrie Fisher, Winona Ryder, Courtney Love, Tom Waits. ¿Que más, pues?
En un artículo sin desperdicios publicado por la prensa británica (The Guardian, Steve Rose, que venía investigando el caso) recuerda algunos rasgos de J. T. Leroy en la presentación de una película basada en El corazón es mentiroso, realizada por Asia Argento y presentada en el London Lesbian and Gay Festival de 2005. “Una leve figura afeminada con un sombrero de fieltro rojo, grandes gafas de sol y una peluca rubia. Parecía un imitador de Michael Jackson”.
A finales de 2005 todo se vino abajo. Una investigación de The New York Times demostró que J. T. Leroy no existía. Era un fraude literario. La verdadera autora de esta puesta en escena se llamaba Laura Albert, de 50 años. El director de cine Jeff Feuerzeig pasó ocho días entrevistándola. Y dos años entre sus archivos. Ella coleccionaba obsesivamente todo: agendas, cuadernos, garabatos, recibos de teléfono, álbumes de fotos, mensajes en contestador automático de celebridades.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/sergio_dahbar/esconden-ciertos-seudonimos_0_889111173.html

domingo, 10 de enero de 2016

LOS CAÑONES ICONOGRÁFICOS

EL NACIONAL, Caracas, 9 de enero de 2015
La fotogenia del fascismo
Sergio Dahbar 

En días de debate cruento sobre el retiro de las imágenes bolivarianas del Parlamento, pasa por debajo de la mesa el siguiente asunto: ¿qué hizo el chavismo con la utilización de la imagen del ex presidente Hugo Chávez en oficinas públicas, en parcartas callejeras, en gigantografías desplegadas por los caminos más recónditos del país, en espacios de la Asamblea Nacional y en edificios gubernamentales del territorio nacional?
La fascinación por reproducir el culto a personalidad del timonel de Sabaneta ha sido una de las intromisiones más abusivas del espacio público venezolano que hayamos conocido en la historia nacional. El paisaje venezolano jamás había sido invadido con una acción propagandística tan desmesurada como en los últimos 17 años.
Similar a lo que ocurrió en regímenes fascistas de todo el planeta, como Corea del Norte, China, Unión Soviética, la campaña propagandística para endiosar una personalidad política (elegida para servir a los ciudadanos) se convirtió también en una arremetida política, que nunca fue exhibida como promesa electoral, ni consultada con la mayoría venezolana para saber si deseaba convertir el paisaje nacional en un museo al aire libre de la genuflexión ante el eterno.
El escritor cubano Iván de la Nuez, autor de un excelente libro sobre la relación entre los intelectuales y la dictadura más extensa de América Latina (Fantasía roja, Debate), ha trabajado en su blog el fascismo y la fotogenia.
Adolf Hitler tenía consciencia suprema del valor de su imagen. Por eso trabajó con fotógrafos que construyeron su mitología. Heinrich Hoffmann, Walter Frentz, Franz Krieger, pero también Benno Wündshammer, Arthur Grimm, Hugo Jäger, Franz Gayk. Eran a la fotografía lo que Leni Riefenstahl había sido al cine: arquitectos de una imagen poderosa que cautivaba a las masas con símbolos arquetípicos y absolutamente falsos.
Así lo describe Iván de la Cruz. “Todos forman parte, a diferentes niveles, de un programa que combinó la fotografía de guerra y la propaganda, la documentación y la edulcoración, el objeto y el sujeto del Tercer Reich. (Estos fotógrafos eran una especie de Goebbels con cámara)”.
Más cerca, las revelaciones que hace la escritora Thays Peñalver en La conspiración de los 12 golpes demuestran como se forjó el mito de Chávez con mentiras que él reelaboró desde sus desmesuradas cadenas de televisión y radio.
Cuba, ese país que los chavistas suelen olvidar cuando defienden soberanía e intromisión extranjera, fue otro territorio donde la fotografía del líder modeló un culto reverencial. Fidel Castro entendió que necesitaba fotógrafos para construir una épica rebelde: Enrique Meneses, Roberto Salas, Liborio Noval, Korda, Henri Cartier-Bresson, René Burri… Artistas que ayudaron a modelar al “buen revolucionario”.
La fotografía fue esencial para el fascismo a la hora de construir el mito (recordemos a Sontag: no hay imágenes neutrales). Así como Mussolini, el Shá de Irán, Stalin, Ceaucescu, Sadam Hussein… construyeron en mármol y cemento las estatuas para inmortalizarse.
Como bien anota De la Nuez, la fotografía tiene larga vida, mientras que las estatuas pueden ser destruidas. Como ocurrió en la decadencia del Shá de Irán, donde familias de ambos bandos sobrevivían destruyendo y levantando de nuevo estatuas de políticos envanecidos (Ryszard Kapuscinski).
En estos días, lejos de discutir la esencia (por qué dejamos que este régimen de corruptos erigiera un culto a la personalidad de un golpista en todo el país) perdemos el tiempo con la forma. Y evitamos tocar temas que muerden a la gente: cómo vamos a comer mañana en un país donde los inventarios se encuentran en cero y el hombre que va a buscar inversiones extranjeras es un comunista que odia el mercado.

domingo, 16 de agosto de 2015

NOTA DICKENSEANA

EL NACIONAL, Caracas, 15 de agosto de 2015
El arte de escribir
Sergio Dahbar 

Todos admiramos a algún escritor. Uno de los míos es Charles Dickens. Vivió 58 años intensos (1812-1870), en los que escribió y publicó 15 novelas, decisivas para la literatura inglesa y universal. No se quedó ahí. Invirtió sus energías en el periodismo, la edición, la actuación, y la reforma social. Era un titán de una complejidad rabiosa.
Uno de los hombres mejor conocidos de Inglaterra a mediados del siglo XIX, era también uno de los más amados. Lo seguían tanto la reina Victoria como obreros analfabetas. Estos últimos compraban sus novelas en serie. Uno de ellos, el letrado, se las leía a sus compañeros.
Esta singular popularidad se desparramó por América, Europa y Rusia. El dolor le dio la vuelta al mundo cuando falleció. “Nunca pensé que la muerte de un autor pudiese generar tanto duelo”, escribió el poeta estadounidense Henry Wadsworth Longfellow. “No es una exageración decir que todo el país está sumido en el dolor”.
La herida fundacional de Charles Dickens tuvo lugar cuando era niño. Formaba parte de una familia clase media respetable, que enviaba a sus hijos a buenos colegios. De un día para otro, Charles Dickens se quedó con monedas en los bolsillos, en un cuarto alquilado, mientras la familia permanecía presa de los deudores de Marshalsea.
Su padre gastaba más de lo que podía. Sólo Charles quedó en libertad para trabajar y buscar algo de sustento. Nunca perdonó que lo separaran de la familia. “Me sorprende cómo se me abandonó a tal edad… lo juro por Dios”.
Podrá parecer la oportunidad perfecta para forjar un carácter aguerrido. Pero no fue así para quien sentía que le habían bloqueado su educación futura. Era, como dijo el crítico Robert Gottlieb, “un asunto de clase en una de las sociedades más conscientes de sus clases”. Cada tanto lo atormentaría la pregunta: “¿Charles Dickens era realmente un caballero?”.
Ese dolor de origen será crucial en la relación con las mujeres. La novia primeriza, María Beadnell, que lo atrajo y luego lo rechazó. La esposa que representará la ilusoria búsqueda de estabilidad, Catherine Hogarth, y a quien despreció después de que diera a luz diez hijos. Al final la acusó de volverse “gorda, nerviosa y enfermiza”.
La madre, Elizabeth Barrow, a quien jamás perdonará por haberlo obligado a que siguiera trabajando esforzadamente aún después de que todos los problemas económicos desaparecieran. La cuñada, Mary Scott Hogarth, quien murió prematuramente una noche en sus brazos. Y la amante, Ellen Ternan, a quien conoció cuando tenía 18 años y se volvió el amor de su vida.
Todos los días caminaba 32 kilómetros. Montaba obras teatrales de aficionados, que crecieron hacia elaborados montajes: organizaba y supervisaba todo, y era la estrella principal.
Ofrecía discursos para infinitas causas. Viajaba frecuentemente por Gran Bretaña y Europa con enorme esfuerzo. Redecoraba de manera casi obsesiva sus residencias. Asistía a fiestas. Le dedicaba tiempo real a obras de caridad, como la fundación y gerencia del hogar para prostitutas en busca de una vida mejor. Leía montañas de correspondencia.
Les dedicaba atención a sus hijos cuando eran pequeños. Mantenía a su amante Ellen Ternan. Ofrecía lecturas públicas que literalmente lo llevaron a la muerte. Todo esto ocurría mientras le legaba una obra compleja y virtuosa a la eternidad, con finos tipos humanos que reflejaban sus carencias en vida, sus heridas sin solución. Scrooge, David Copperfield, Oliver Twist, Micawber, Pecksniff, Miss Havisham, Wackford Squeers. Fue uno de los autores que gozó de mayor fama universal en vida. Todo en 58 años.

sábado, 14 de diciembre de 2013

AMISTOSAMENTE

EL NACIONAL - Sábado 14 de Diciembre de 2013     Opinión/8
Algo huele mal
SERGIO DAHBAR

" Uno piensa que los días de un árbol son todos iguales. Sobre todo si es un árbol viejo. No. Un día de un viejo árbol es un día del mundo".
He recordado las primeras líneas del libro La balada del álamo carolina , del escritor Haroldo Con- ti, ahora que en Corea del Norte ocurren hechos que colocan otra vez al mundo al borde de una situación extrema.
Autoridades de Corea del Norte han ejecutado, después de celebrar un juicio militar, al segundo hombre más poderoso de esa nación, Jang Song-thaek, tío de Kim Jong-un.
Este jerarca en desgracia, de 67 años, fue acusado por actos de corrupción, juego, consumo de drogas, mujeriego, mala gestión de la economía, y llevar una vida disoluta y depravada.
El tribunal militar a cargo de su caso consideró que Song-thaek había cometido "crímenes horrorosos como intentar derrocar al Estado mediante todo tipo de intrigas y métodos despreciables, con la salvaje ambición de hacerse con el poder supremo", anunció la Agencia Coreana de Noticias, KCNA. También lo calificaron de "escoria humana" y "peor que un perro".
Algunos analistas internacionales piensan que este movimiento en el tablero del poder podría significar que el joven Kim ha consolidado finalmente su poder. Otros debaten que la desaparición de esta figura mayor, partidario de reformas, sea una fuente de inestabilidad que lleve a un acción bélica contra el sur.
Cabe preguntarse ¿en qué país ocurre este extraño movimiento de fichas que sin duda rearticula el poder en un momento de transición? Nada menos que en uno que tiene dos mitades enfrentadas a muerte.
Panmunjon, también conocida como Joint Security Area, separa las dos Coreas desde 1945. Son 4 kilómetros de ancho por 250 kilómetros de largo, en el paralelo 38 de la península coreana. No sólo es como la zona más militarizada del planeta, sino que posee el campo de golf más peligroso.
A lo largo del paralelo 38 corre la DMZ, o Zona Desmilitarizada. Nombre curioso: del lado sur 37.000 marines aguardan preparados para cualquier contingencia, muy cerca de cientos de miles de soldados surcoreanos.
Más allá de la frontera norte, entre arrozales y montes, hay ­camuflados­ centenares de búnkeres, con tanques, artillería pesada, gas nervioso, armas químicas, silos para misiles y campos minados. Las estadísticas de inteligencia americana aseguran que la frontera se encuentra protegida por 1 millón de hombres.
La historia negra de esta frontera ocurrió un 18 de agosto de 1976.
Ese día cuatro soldados estadounidenses, pertenecientes a las fuerzas de las Naciones Unidas, recibieron la orden de recortar las ramas de un álamo, ubicado a setenta metros del puente que separa ambos países. La visión no era clara desde las garitas de protección de la parte sur.
Una tarea insignificante para cuatro soldados bien entrenados, pero militares norcoreanos impidieron que tocaran el árbol. Los cuatro hombres regresaron con las hachas sin usar. Varios días después el comandante de la base repitió la orden, pero mandó a catorce soldados.
Esta vez el enfrentamiento cobró tal grado de tensión, que se fueron a las manos. Al grito de "maten a los norteamericanos", dos soldados de Naciones Unidas fueron asesinados.
El gobierno de Estados Unidos reaccionó con una operación conocida como Paul Bunyan, nombre de un leñador famoso del oeste. Y movilizó la fuerza militar más insólita que haya conocido la humanidad para tumbar un pedazo de naturaleza.
El acorazado USS Midway patrulló las costas de Corea día y noche. Decenas de F-11 y dos bombarderos B-52 cayeron como moscas sobre la frontera. Miles de soldados y un batallón de tanques pisaron la entrada de la Joint Security Area. En cuestión de minutos el álamo era una nostalgia en el paisaje.
En semejante contexto, armado hasta los dientes, donde las fuerzas opuestas no pierden oportunidad para medir quién orina más lejos, el recuerdo de un árbol presagia un futuro oscuro.
Lejos del paralelo 38, donde una chispa puede encender la peor pesadilla del siglo XXI, en un enclave autoritario y medieval, un joven heredero de 30 años juega al ajedrez con la muerte. La primera víctima ha sido su tío. No será la última.
Cfr.http://antv.gob.ve/m8/noticiam8.asp?id=54531

sábado, 2 de noviembre de 2013

¿KLEMPERADOS?

EL NACIONAL - Sábado 26 de Octubre de 2013     Opinión/8
Un filólogo en el infierno
SERGIO DAHBAR

¿Quien de nosotros cometerá la proeza de Victor Klemperer, judío menudo que dejó un registro de todo lo que vio y oyó en Dresden, entre 1933 y 1945? Primera salvedad inevitable: Venezuela no es Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Pero al leer los textos de Klemperer hoy, el aroma de cotidianidad sacude como una trompada en el estómago. Uno se queda sin aire.
Profesor de Lenguas Romances, enseñaba en la Universidad Técnica de Dresden y narró los cambios que se producían alrededor de su vida, en páginas que se leen como suspenso criminal, "desde la perspectiva de la víctima" (Peter Gay). No se le escapó la primera vez que vio una esvástica en una pelota o en un tubo de dentífrico. Pero lo que más le interesaba era el lenguaje devastador del poder nazi.
Victor Klemperer era un aristócrata cultural que se sentía ofendido por la vulgaridad hitleriana.
En 1995 sus diarios fueron editados por la editorial alemana Aufbau-Verlag: I Will Bear Witness: A Diary of the Nazi Years, 1933/1945.
Y en 2001 la española Minúscula publicó La lengua del Tercer Reich, reflexión notable sobre el lenguaje totalitario.
Pienso en lo que hubiera escrito Klemperer si se hubiera tropezado con palabras como escuálidos, majunches, vende patrias, arrastrados, come mocos, cachorros del imperio, lambucios, carroña, bolsiclones, saqueadores...
Una mínima colección de insultos del eterno en ese mar de atrocidades que nos legó mientras navegaba sin orden ni concierto por los Aló, Presidente como bárbaro en el trópico. Anoto además joyas maduradas de reciente data: aguacatón, mercachifle, pelucones, parasitarios....
Víctor Klemperer era un ciudadano liberal, que votaba por los demócratas y criticaba los sistemas políticos doctrinarios, como el nazismo, el comunismo y el sionismo. Se convirtió al protestantismo y estaba casado con Eva, una aria sin contaminaciones raciales.
El menor de nueve hermanos, todos hijos de un rabino reformista moderno, dudó a la hora de escoger profesión. En los negocios resultó una catástrofe.
Tenía talento para escribir, pero prefirió la comodidad del mundo universitario.
Klemperer no sólo era hipocondríaco, sino que además estaba convencido de que moriría joven. Solía recibir la noticia de la muerte de sus colegas con cierta satisfacción.
Disfrutaba sus síntomas psicosomáticos al tiempo que observaba el comportamiento llamativo de se esposa Eva. Ella padecía depresiones (gritaba en las noches) y se obsesionó con la idea de construir un castillo para dos en las afueras de Dresden.
Jubilado a la fuerza en 1935, despojado del dinero, incapaz de frenar las manías de grandeza de Eva Klemperer, Victor observaba el mundo desde el desamparo de las adversidades. Como su esposa estaba enferma, debía ocuparse de las labores domésticas: hacía las compras, cocinaba, limpiaba...
Victor Klemperer se salva del holocausto por estar casado con una mujer aria que lo protegió. Estuvo en el lugar indicado, con la profesión ideal, a la hora señalada. Sólo un filólogo refinado pudo advertir la mutación de un idioma que se amoldó a los caprichos de la barbarie. "Cuando descubriré una palabra verdaderamente sincera en el lenguaje de este régimen’’, se pregunta desolado.
Escribió que "el lenguaje del Tercer Reich es pobre de solemnidad’’. Con "el nazismo aprendimos que una lengua puede ser poderosa por ser pobre’’. Y que "la jerga del Tercer Reich sentimentaliza: eso siempre resulta sospechoso’’. ¿Se reconoce la melodía? De repente Klemperer advierte el uso sistemático de la palabra "combativo’’. Confirma que el adjetivo era usado por los estetas neorrománticos. Define tensión del alma, de la voluntad. Nunca renuncia, se autoafirma siempre, ya sea por vía de la defensa o del ataque.
Cito a Klemperer: "Las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico’’.
El lenguaje del Tercer Reich es uno de esos libros de cabecera perturbadores. Lo leí en 1999 y lo releo en 2013. Donde lo abra hay una iluminación que tiene el poder de recordarme que hemos vivido una "guerra civil incruenta’’ (Betancourt dixit). El idioma puso la sangre.

Fotografía: Pieza atribuida a ¿Latorraca?

sábado, 1 de junio de 2013

RADIOYENTES, TEMBLAD !!!

EL NACIONAL - Sábado 01 de Junio de 2013     Opinión/8
Cuando la gente cambia de canal   
SERGIO DAHBAR

Este año se cumplen 75 años de la transmisión radioeléctrica de la supuesta invasión de los marcianos a la Tierra, lanzada al aire por la empresa de comunicaciones CBS a las 8:00 pm, el 30 de octubre de 1938. Era una adaptación de La guerra de los mundos (1898), de H. G. Wells.
Muchos políticos demagogos de todo el mundo han aprovechado este incidente para demonizar medios de comunicación que se exceden y cruzan una línea peligrosa para la sociedad. Y para exigir que sean regulados.
La efemérides resulta apropiada también para darles ánimo a muchos periodistas que perdieron su trabajo en Venezuela por amenazas, por acoso, por autocensura o porque el Gobierno compró medios para limpiarlos de gente incómoda.
El programa de los domingos del Mercury Theatre antes de esa fecha ya había trasmitido 16 adaptaciones más: El conde de Montecristo había sido memorable. El productor era John Houseman; el director, nada menos que Orson Welles; y la adaptación de ese domingo célebre fue realizada por Howard Koch. El programa se rotuló correctamente en su minuto inicial. Pero muchos oyentes no se enteraron.
De acuerdo con encuestas de la época, el programa dominical de Mercury Theatre convocaba a 4% del público de radio, mientras 35% de la audiencia prefería un programa cómico del ventrílocuo Edgar Bergen y su muñeco Charlie McCarthy, en otro canal.
Pero esas encuestas no valoraban que, cuando el humor bajaba de tono, el público cambiaba de dial para conocer lo que ocurría en las otras bandas. A las 8:12 de esa noche, el programa de Bergen/McCarthy realizó un intervalo para incluir a un cantante poco conocido. El desliz fue fatal.
Quienes se movieron hacia CBS descubrieron la alarma marciana en su furor mesiánico, y, como bien apunta Homero Alsina Thevenet, debieron creerla porque escaparon de sus casas, rezaron e intentaron suicidarse. Esa noche "los habitantes de las ciudades querían refugiarse en las montañas, mientras que los de las montañas corrían a protegerse en las ciudades".
Demasiados talentos transfiguraron una dramatización más en una realidad desesperada. El dominio del ritmo y la pausa de Orson Welles; la inclusión de frases musicales tranquilizantes; la voz idéntica a la del presidente Roosevelt; la recreación de un testigo que observa los hechos en vivo, tal cual como ocurrió cuando el dirigible Hindenberg explotó frente a costas estadounidenses en 1937.
Sobre el Mercury Theatre cayeron múltiples juicios por daños morales y materiales, pero el contrato de la CBS exoneraba al grupo de toda responsabilidad legal. Los anuncios realizados al principio y al final del programa eran correctos y no dejaban lugar a dudas. El único reclamo atendido fue el de un campesino que gastó 3,25 dólares en un boleto de autobús para huir.
Había ahorrado esa suma para comprarse zapatos. Los quería negros, 9B. Así se los enviaron.
Hollywood se llevó a Houseman, a Koch, a Welles (23 años) y a todo el elenco del Mercury. Los resultados de captar semejante talento fueron dos películas notables para la historia del cine: Ciudadano Kane y Casablanca.
No hubo acciones legales contra CBS. No procedían: el canal había advertido en la introducción y en el cierre que se trataba de una simulación, realizada por profesionales del teatro. Nadie tenía la culpa de que fueran muy buenos.
La mejor manera de castigar la improvisación, la falta de verificación de los hechos y el manejo irresponsable de la información que difunden los medios, está en poder de las audiencias, que todos los días leen periódicos y revistas, encienden el televisor, sintonizan la radio o navegan por Internet. Ellos pueden mantener viva una noticia o simplemente ignorarla.
Son las mismas audiencias que un día se cansan de la intolerancia, la corrupción, las mentiras gubernamentales, la ineficiencia administrativa, y así como cambian de canal o de periódico, un día inexplicablemente le dicen adiós a un Estado que se parece demasiado a una película de mafiosos dirigida por un Tarantino chapucero.
Y de repente todo lo que parecía inamovible y eterno se convierte en un mal recuerdo en la memoria viva del continente. Como diría sabiamente Tomás Eloy Martínez, los seres humanos se pasan la vida buscando lo que ya han encontrado. ¿Me equivoco?

sábado, 4 de mayo de 2013

RETROCESO

EL NACIONAL - Sábado 04 de Mayo de 2013     Opinión/9
Otro país
SERGIO DAHBAR

En los años ochenta esa magnífica editora llamada Soledad Mendoza, bajo el influjo de su padre, Plinio Mendoza Neira, lanzó un libro que era un homenaje a la capital de Venezuela y a su progenitor al mismo tiempo.
Se llamó Así es Caracas y emulaba con absoluta nobleza el concebido por Plinio en los años cincuenta.
Era un libro que tenía demasiados tesoros: fotos de excelentes artistas venezolanos, así como colaboraciones de escritores de primera línea. Su producción era capaz de captar todas las energías que atravesaban la capital en esos años ochenta inolvidables.
Recupero hoy uno de los diez textos que escribió Tomás Eloy Martínez para esa edición, que eran prólogos de los grandes capítulos que articulaban el libro.
Se acerca con su prosa luminosa e inteligente a la cultura de la época.
"¿Culta? Es verdad, si el adjetivo se mide con el termómetro de las convenciones: hay seis grandes salas de conciertos, siempre pobladas; cuatro museos de alto nivel y una decena de museos menores consagrados a salvaguardar la memoria nacional; siete universidades y unos diez institutos de altos estudios; seis orquestas sinfónicas, más de veinte salas de teatro en actividad y un festival babilónico ­el mejor del mundo­ que acerca a los espectadores de la ciudad, una vez cada tres años, a las más fértiles experiencias dramáticas de la imaginación humana.
"Hay 4 canales de televisión, 67 salas de cine, 10 autocines y 21 emisoras de radio, incluida una de frecuencia modulada y de programación estrictamente cultural.
Hay 4 editoriales venezolanas y 6 filiales de grandes sellos extranjeros que editan un promedio de 200 títulos al año. Hay 10 diarios y 36 revistas. Hay 40 galerías de arte que los domingos se inflaman de público, con una ronda ya clásica de la que ningún caraqueño con ínfulas de culto se atrevería a sustraerse.
"Pero nada miente tanto como las estadísticas. Y la cultura (la verdadera) fluye por otros ríos más secretos. En esa esfera de la imaginación, Caracas es ­acaso­ la ciudad de cultura más viva en Latinoamérica. Porque el mulato que improvisa su música en Marín con tres maderas deslucidas, o el ingenuo que descubre en Petare la zoología y la flora de sus sueños, o el poeta que desenfunda en un café de Sabana Grande tres o cuatro líneas estremecedoras, vierten sobre Caracas una alegría de vivir sin la cual ninguna cultura es digna de ese nombre.
"A la ciudad sólo le faltan cafés para ser perfecta. Orillas de agua para que se encuentren los creadores. Árboles de palabras para que la imaginación se sienta menos sola".
El lector advertirá lo que hemos perdido en el trayecto que va de los años ochenta a 2013. Quizás uno de los milagros más trascendentes que desapareció es la posibilidad de disfrutar la calle en libertad. La inseguridad convirtió la ciudad en un desierto nocturno por donde sólo circulan de vez en cuando automóviles blindados con guardaespaldas.
He recuperado la nostalgia por una época que desapareció del horizonte en estos días, cuando el V Festival de la Lectura de Chacao transformó otra vez la ciudad en una aventura del encuentro, el debate, la celebración de los libros y los autores, los conciertos y los actos culturales. Todo al aire libre.
Uno de los hallazgos más notables es la posibilidad ciudadana de salir y encontrarse con otra gente, guiados por la curiosidad ante los libros nuevos que se editan y los viejos que se despliegan en las ventas de saldos.
Ese magma de sonidos tan diversos e infinitas conversaciones que se suceden al mismo tiempo es lo que desde tiempos inmemoriales hizo posible el avance de la civilización. Es una señal del país que Venezuela quiere construir.
Por cierto, un país que nada tiene que ver con el otro que emergió la semana pasada en la Asamblea Nacional, donde ocurrió una de las emboscadas más facinerosas de las que tengamos memoria. El país de unos diputados que como única respuesta confesaron que los bolivarianos sí saben pegar. El patético país de un presidente de la Asamblea Nacional que sonríe mientras patean a sus adversarios políticos.
Hacen falta muchos libros en la Asamblea Nacional, para despojar de bestialidad a sus habitantes actuales. Se encuentran en la plaza Francia de Altamira. Son textos que apuestan por el futuro. No los dejemos ir. Así llueva, truene o relampaguee. Son los árboles de palabras que extrañaba Tomás Eloy.
Ilustración: Ugo.

lunes, 31 de diciembre de 2012

EL O REAL DE UNA OBRA DE FICCIÓN QUE PUDO SER ... REAL

EL NACIONAL - Sábado 29 de Diciembre de 2012     Opinión/7
80 años de una intriga mundana
SERGIO DAHBAR

Ya han pasado ochenta años de una intriga que le dio la vuelta al mundo, aun cuando las comunicaciones globales eran difíciles en esa época y hoy muchos jóvenes no saben lo que significa ese apellido. Al igual que su padre, el niño Charles Augustus Lindbergh se convirtió en una propiedad pública en la tercera década del siglo XX.
En 20 meses de vida, trasladado semanalmente de la casa de la familia materna Morrow, en Nueva Jersey, a la mansión que construía Lindbergh en Hopewell, la prensa se encargó de difundir hasta los más mínimos detalles de su cotidianidad.
Pero tanta atención no pudo salvarlo. La noche del 29 de febrero de 1932, la mucama inglesa Betty Gow descubrió la ventana abierta en el cuarto del primer hijo de los Lindbergh. La cuna estaba vacía.
Sobre un mueble encontraron una carta que pedía 50.000 dólares de rescate.
Otra vez el apellido Lindbergh se convirtió en un suceso internacional de dimensiones inimaginables, de la misma forma que sucedió con el padre del niño cuando cruzó, por primera vez en 1927, el océano Atlántico en solitario y sin escalas. Era uno de los primeros sucesos en los que la fama y la mala suerte se daban la mano y se convertían en obra dramática seguida por millones de personas capítulo a capítulo. El espíritu de una época había mostrado su ímpetu de modernidad, pero no podía doblarle el brazo al destino.
Nadie quería quedarse fuera del caso. Al Capone, desde la cárcel, ofreció una recompensa para quien ayudara a descubrir el paradero del niño. La policía instaló 20 líneas de teléfono en la casa, y se peinó la zona de Nueva Jersey en búsqueda de huellas de los secuestradores, como nunca antes se había hecho con ningún caso criminal conocido. Pero todo fue inútil.
En mayo de 1932 apareció el cadáver descompuesto del niño, muy cerca de la casa Lindbergh.
La policía se impresionó con la visión de la criatura, a la que le faltaba parte de una pierna, aparentemente comida por animales salvajes. Había muerto de un golpe severo en la cabeza, que le causó fractura de cráneo.
Dos años más tarde, en septiembre de 1934, atraparon al inmigrante Bruno Richard Haupmann, con pruebas ineludibles de su participación en el secuestro que terminó en asesinato. Y fue condenado, después de pasar por un juicio plagado de escándalos, a la silla eléctrica.
En los años ochenta documentos desclasificados de la CIA establecieron que las pruebas que existían contra el carpintero Bruno Richard Haupmann eran tan frágiles como la suerte de los seres humanos. Pero ya nada se podía hacer.
Cuando parecía que todas las desgracias que puede soportar una familia habían terminado con la muerte trágica del hijo, los Lindbergh conocieron el repudio del pueblo norteamericano de una manera agresiva y feroz. Corrían tiempos muy oscuros para la humanidad y este aviador se convirtió en el blanco de una polarización extrema.
Tanto el tono antisemita de sus discursos, como la aceptación de condecoraciones otorgadas por el Gobierno alemán, generaron una corriente de opinión tan adversa que Charles Lindbergh acentuó su tendencia a la reserva y desapareció del horizonte. No quería que Estados Unidos participara en la Segunda Guerra Mundial, y sus compatriotas lo odiaron por defender esas ideas.
Así perdió la gloria de su hazaña aérea, de sus investigaciones médicas, de los tests que desarrolló para mejorar el desempeño de los bombarderos en la guerra, de sus seis libros, de su trabajo para el Gobierno a favor de la conservación de la naturaleza. Todo se desvaneció para siempre, como si no hubiera existido, y él se encerró junto con su esposa, Anne, en la isla de Maui, en el Pacífico.
Cuando llegó el momento, hacia 1974, alejado del mundanal ruido, Lindbergh preparó su muerte de una manera serena, sin apuros.
Tuvo largas conversaciones con los carpinteros acerca de la fabricación de su féretro. Y supervisó la tumba, ya que deseaba una tradicional hawaiana, profunda, llena de piedras. Pudo atender todos los detalles hasta el último momento.
Había conocido una gloria que pocos hombres rozaron con su piel, y una tragedia inimaginable para cualquier padre. Quién sabe si su lado más odioso y detestable no fue una manera personal de huir de algo que no se soporta.

viernes, 7 de diciembre de 2012

PÓLVORA EN EL ARROZAL

EL NACIONAL - Sábado 20 de Octubre de 2012     Opinión/9
La frivolidad y el padecimiento
SERGIO DAHBAR

El azar suele encargarse de hacer de las suyas cuando uno comienza a leer un libro. Me encontraba en Ciudad de México, en un congreso de periodistas que se reunía todos los días en el imponente castillo de Chapultepec, cuando descubrí que tenía conmigo el libro de Denise Affonço, El dique de las viudas, que fue traducido por Libros del Asteroide en España con el nombre de El infierno de los jemeres rojos.
Comencé a leerlo en los ratos libres, cuando el encuentro de periodismo bajaba la guardia y nos ofrecía receso. Denise Affonço es una euroasiática. Nació en Phnom Penh en 1944 y se considera un producto puro del colonialismo.
Hija de un francés y una vietnamita, vivió los años convulsos de Camboya entre 1970 y 1979. Su libro es una memoria de cómo sobrevivió a esa época oscura.
No hay pretensión en su escritura, ni sube el tono cuando el espanto roza su carne de manera irremediable. La limpieza de su narración y el asombro de un ser humano corriente expuesto al totalitarismo más abyecto erizan la piel.
Mientras abría y cerraba las páginas de El infierno de los jemeres rojos, tropecé con una noticia que dio la vuelta al mundo. Moría a los 89 años el rey padre de Camboya, Norodom Sihanouk.
Curiosamente, vivía y era adorado en China. Se lo conocía como el monarca de las mil caras.
Como casi siempre ocurre en estos casos, entendí que había dado con una señal invisible. El padecimiento de Denise Affonço, símbolo de un dolor masivo, se confrontaba con la frivolidad de un hombre que sin estarlo mantuvo su presencia en Camboya todo el tiempo y se convirtió en uno de los monarcas más valorados de Indochina.
¿Quién era este curioso personaje, adorado en el sudeste asiático, que se casó 6 veces y tuvo 40 hijos, consumía champagne y foie gras a discreción, y era cineasta, poeta y músico y, más recientemente, un desconcertante surfista en las redes sociales? "Sihanouk es Camboya", escribió su biógrafo oficial, Julio Jeldres.
Y agrega el corresponsal de La Vanguardia en Pekín, Isidre Ambrós: "Una afirmación que describe a la perfección la actitud de este monarca dos veces exiliado, dos veces restaurado, capaz de compaginar las mayores frivolidades imaginables con la audacia de realizar alianzas políticas inverosímiles con tal de preservar la unidad de su reino, destrozado por décadas de guerras civiles".
En Indochina confluyeron muchas fuerzas en los años sesenta: intereses europeos, chinos y norteamericanos. Norodom Sihanouk fue derrocado por un militar corrupto apoyado por Estados Unidos, Lon Nol. Este militarote fue bueno para robarles los dólares a los gringos, pero salió del juego político asiático cuando los jemeres rojos entraron en Phnom Penh en abril de 1975. El pueblo los recibió como héroes.
Los salvadores de la patria suelen empezar bien y terminan muy mal. Los jemeres rojos se vestían de negro, con un pañuelo rojo al cuello, y sandalias Ho Chi Ming.
Apenas entraron en Phnom Penh ordenaron el desalojo de la capital porque temían bombardeos estadounidenses.
Pero escondían otros planes: crearon un Estado agrícola, con resabios de las ideas de Mao. Buscaban el hombre nuevo, libre de toda intoxicación imperialista, capitalista y burguesa. Para lograrlo asesinaron a 2 millones de personas.
Denise Affonço durmió cuatro años en una esterilla. Trabajaba quince horas al día en los arrozales y comía insectos, saltamontes y hierbas del campo. Su hija pequeña murió de hambre, al igual que sus cuatro sobrinos. Su marido fue asesinado y perdió el contacto con su hijo mayor.
Angkar, el partido omnipresente, obligaba a aprenderse unos mandamientos de memoria: todos serán reformados por el trabajo; no podrán robar; siempre dirán la verdad; no se podrán expresar sentimientos de alegría o de tristeza, ni sentir nostalgia del pasado; no se podrá quejar de nada; será obligatoria la autocrítica en público; no se usará ropa de colores y los niños serán separados de sus padres. Cruzar las piernas era un gesto capitalista absolutamente cuestionado.
El alegato de Denise Affonço, un ser humano anónimo, sensible, con una capacidad de aguante inimaginable, es un grito desesperado ante el avance de una ideología que sólo puede concebir el mundo como una guerra donde hay que aniquilar al que piensa y es diferente.

sábado, 13 de octubre de 2012

TRASPIÉS

EL NACIONAL - Sábado 13 de Octubre de 2012     Opinión/9
Cómo empezó todo
SERGIO DAHBAR

No resulta sencillo tener presente la genealogía de una condena a muerte. El tiempo pasa y la vida continúa. Lo curioso es que cuando creemos olvidar el horror de la intolerancia, vuelve a salir a flote como una pelota de plástico en el agua. Como es el caso de Salman Rushdie.
En septiembre pasado este escritor volvió a convertirse en noticia por la publicación de sus memorias, Joseph Anton (unión de dos nombres de escritores que admira, Conrad y Chejov). En esta obra Rushdie por fin cuenta el calvario al que se ha visto sometida su vida después del 14 de febrero de 1989, cuando le pusieron precio a su cabeza por primera vez.
Septiembre también fue protagonista del efecto que causó una película infame en contra de los musulmanes. La cinta avivó el odio en el mundo, y una nueva fundación religiosa aumentó el precio de la fatwa contra Salman Rushdie: 3.300.000 dólares.
Este escritor indio estudió en Inglaterra su bachillerato en Rugby School, un internado prestigioso donde sus compañeros se burlaban por hindú y por ser poco diestro con el deporte. Después se licenció en historia en la Universidad de Cambridge.
Su primer libro fue celebrado, Hijos de la medianoche, por ser una elocuente saga familiar de la India, que remitía inmediatamente al realismo mágico latinoamericano. Quizás Salman Rushdie hubiera podido ser un escritor más, con éxito o sin él.
Pero al escribir Los versos satánicos se convirtió en la peor noticia de su vida. Así lo narra en Joseph Anton, un libro extenso, a veces excesivo, pero absolutamente necesario. Una suerte de autoanálisis de toda su vida y de la peor experiencia que un ser humano puede vivir: ser el blanco de la intolerancia de un pueblo hasta el punto de tener que vivir protegido desde 1989.
Hay más de 1 millardo de musulmanes sobre la tierra, lo que representa cerca de 20% de la población mundial. Esta situación abrió un compás de posibilidades siniestras para los pensadores del mundo islámico, que se atreven a disentir o a mirar el mundo con ironía o humor negro.
Rushdie puede morir en cualquier instante y sus verdugos convertirse inmediatamente en héroes del mundo árabe. Aunque para el universo civilizado (y pasivo) no sean más que vulgares asesinos. Han pasado 23 años ya desde la condena del ayatolá Jomeini contra Los versos satánicos y mucha gente no entiende aún por qué esta obra enfureció tanto a una teocracia constitucional.
La pieza exige cierto conocimiento previo sobre el Corán y el islam. Y conjuga diferentes lenguajes, usos, maneras de nombrar la realidad, como el inglés universitario, expresiones comunes en Bombay, y el vocabulario de los inmigrantes paquistaníes en Londres.
Con esta solución lingüística, Rushdie dio rienda suelta a una imaginación que juega con la herencia de Rabelais y se aproxima nuevamente sin parecerse a ciertos frutos del realismo mágico. Los versos satánicos celebra el mestizaje en una encrucijada global totalmente adversa.
Las consecuencias de este libro no se parecen a muchos en la historia de la literatura universal: el traductor japonés fue asesinado; otros editores europeos sufrieron atentados; las autoridades iraníes crearon un concurso literario (con un premio de 600.000 dólares) para escoger el mejor relato que narre "la angustia y el horror sufridos por Rushdie desde el 14 de febrero de 1989".
El escritor checo Milan Kundera (Los testamentos traicionados) intentó explicar la resistencia islámica ante Los versos satánicos alegando que los musulmanes no lo consideran un libro serio.
Pero la mala suerte de este libro pareciera residir en que apareció en un momento histórico preciso en que Irán había perdido una guerra y necesitaba cohesionarse alrededor de un puñado de odios nacionales que hicieran posible la supervivencia de un poder aplastado.
La religión fue el pretexto perfecto. Las razones profundas de su rechazo esconden un problema político que el mundo ha desatendido con absoluta frivolidad.
Mientras la intolerancia crece, el planeta sigue cruzado de brazos.
Y que condujeron a los atentados del 11 de septiembre.
Mientras la intolerancia crece, hay que leer y recomendar leer Joseph Anton. Rushdie ama la literatura y estas memorias recorren parte de su vida y muestran una fotografía de su oficio, deslumbrante y atroz.

Fotografía: Pieza de Edgar Negret.

sábado, 15 de septiembre de 2012

LITERATO DE ÉXITO

EL NACIONAL - Sábado 15 de Septiembre de 2012     Opinión/9
La bicicleta de Covey
SERGIO DAHBAR

Siempre llamará la atención la forma en que muere un hombre. De pie, mientras duerme, o en el centro de una tragedia. Uno de los gurús de management más exitosos de todos los tiempos, Stephen Covey, falleció el 16 de julio pasado, después de caerse de su bicicleta, a los 79 años de edad. Odiaba la idea de retirarse a los cuarteles de invierno.
Quería pedalear hasta el final y lo logró. Tuvo motivaciones profundas. El libro Los siete hábitos de la gente altamente efectiva vendió más de 20 millones de ejemplares. De sus otros títulos, 3 vendieron al menos 1 millón cada uno. Cifras que refieren el alcance de su mensaje.
Y su centro de liderazgo Covey (ahora parte de una empresa llamada Franklin Covey) asegura tener entre sus clientes a 30% de las 500 empresas más grandes del mundo que escoge la revista Fortune.
Siempre sentí desconfianza por todos los gurús de la motivación religiosa y empresarial, pero especialmente por Covey. En nuestra cultura popular ­que no deja títere con cabeza­ su apellido era fácil de asimilar a la palabra "coba", esa "adulación o alabanza fingida, con el fin de obtener un resultado", como informa el diccionario. ¿No era eso lo que este americano profundo finalmente se encargaba de vender? Alguien con buen humor diría que sí y que no. El corazón de su mensaje era antiguo. Tanto que resultó visionario cuando los siete hábitos fueron promocionados por primera vez en 1989.
Mientras otros especialistas en vender mejores prácticas del management se mostraban atraídos por fórmulas para construir la organización eficiente, Covey apareció con un discurso opuesto: carácter personal, propósito y disciplina eran los principios que importaban.
Para Covey los trabajadores no significaban un engranaje dentro de una máquina que funcionaba con castigos e incentivos, sino individuos a los que había que tomar en cuenta.
Este gurú tuvo dos influencias que pueden resultar obvias, porque lo son, pero también llamativas. Una era Peter Drucker, otro teórico sobre asuntos empresariales, que en 1967 planteó que "la efectividad... era un hábito".
La otra vertiente de su formación fueron nada menos que 2 siglos de literatura de éxito que leyó para escribir su tesis doctoral. Ahí descubrió que en los primeros 150 años de la República los libros de autoayuda de la época enfatizaban principalmente la construcción y el dominio del carácter. Con la Segunda Guerra Mundial aparecieron cualidades superficiales como la apariencia y el estilo.
En su cuartel general en Utah, Estados Unidos, Covey enseñaba a ser más efectivo. Los ejecutivos veían películas de la caída del Muro de Berlín. Leían a Platón y Confucio... Discutían dilemas sobre empresas que tienen alto desempeño de negocios y relaciones personales destruidas.
Recibían lecciones para administrar su tiempo y ordenar sus prioridades usando el sistema de organización patentado por Covey. Escalaban una montaña cercana. Y por encima de todas estas experiencias, estallaban y se ponían a llorar. Ahí la cosa se ponía intensa.
En sus profundidades latía una fe mormona. Covey trabajó en Inglaterra como misionario a los 20 años y hablaba en la calle con la gente. "Me enseñó cómo hablar en público y a interactuar con una audiencia", repetía. Ese entrenamiento le sirvió para atraer multitudes. Cosa que Mitt Romney, contendiente republicano de Barack Obama, nunca aprendió en su Misión Mormona en Francia.
Pero hay que reconocer que la forma en que Covey revistió su discurso caló en muchos ejecutivos que creían en él. Aun cuando la idea de que combinar a mucha gente eficiente era garantía para lograr un negocio exitoso fue un fracaso en su propia fusión Franklin Covey.
Al final Covey advirtió un octavo hábito de la gente altamente efectiva: "Encuentra tu voz e inspira a los demás a encontrar la suya".
Quiere decir muchas cosas, que pueden ser distintas. Pero lo cierto es que este mormón creía en sus ideas. Ahí quedan 52 nietos a los que les dedicaba un día a la semana sin distracciones, lo que todo abuelo que se precie debería legarle a su descendencia.

jueves, 23 de agosto de 2012

DAHBARIANAS

EL NACIONAL - Sábado 23 de Junio de 2012     Opinión/7
¿Qué hace esa mujer ahí?
SERGIO DAHBAR

Muchas veces, encerrado en la lógica absurda de un laberinto museístico, me he preguntado: "Qué hace esa mujer ahí". Lo cierto es que el alma y el cuerpo femenino siempre fueron objeto de estudio de los artistas.
Esposas, amantes, amas de llave, nanas, mujeres de servicio... Entraron en la eternidad de la cultura universal y se quedaron para siempre. Así lo muestra una revisión sorprendente de la obra de Da Vinci, Raphael, Tiziano, Botticelli, Durero, el Greco, Rubens, Tyranov, Gros, Kiprensky.
En algunos casos se convirtieron en íconos irresistibles. En la obra del francés Pierre Bonnard la presencia de su esposa aparece en 385 obras. El pintor ya había encontrado la senda del arte cuando, a los 26 años de edad (1893), se topó en el bulevar Haussmann de la ciudad de París con la inefable Marthe.
La intuyó tan indefensa que la ayudó a cruzar, como si se tratara de una niña. Se convirtió rápidamente en su modelo, amante y compañera de rutina. Ella desconfiaba de casi todo el mundo.
Por eso suplicaba que se mudaran de habitación en habitación, de hotel en hotel, en donde siempre buscaba la bañera como tabla de salvación.
La salud de su esposa exigía viajes a spa, sanatorios o centros de retiro. La belleza se había ido desprendiendo del cuerpo de Marthe como una alegría perdida. Resultaba difícil saber si se encontraban en el apartamento de París, la casa de campo Mi Caravana, o la villa rosada en Cannes.
En esos tres puntos de Francia, Bonnard acentuó su conducta reclusiva y su obsesión por inmortalizar a una esposa que se le escapaba de las manos sin cura alguna. A los 50 años de edad, la voz de Marthe apenas podía oírse, su piel se había vuelto transparente y su estado de ánimo era débil. Murió en 1942, después de soportar los primeros embates de la Segunda Guerra Mundial y ver cómo su marido canjeaba obras de arte inmortales por mantequilla y huevos.
El caso del pintor figurativo estadounidense Andrew Wyeth se encuentra en la esquina opuesta de Bonnard. Nació en Chadds Ford, Pensylvania (1917). A los 31 años de edad presentó su obra más recordada, El mundo de Cristina (1948), referencia del realismo social norteamericano.
Su obra casi siempre contiene personas y paisajes en dos localidades: Brandywine Valley, muy cerca de Chadds Ford, donde nació, y Cushing (Maine), donde posee una casa de descanso. Hasta 1984 toda la vida de Andrew Wyeth había transcurrido en la calma. Ese año una petición de entrevista, solicitada por la revista Art & Antiques (98.000 ejemplares auditados), activó el gatillo de los desaciertos.
Wyeth confesó que su obra no podía ser entendida si no se tomaban en cuenta 240 obras, hasta ese momento resguardadas en secreto, pintadas entre 1971 y 1985. Esos cuadros tenían a una mujer llamada Helga como única modelo, que resultó ser la cocinera y ama de llaves de los cuñados de Wyeth.
Las repercusiones de estas confesiones afectaban sin duda el conocimiento real de su obra artística, pero generaban sospechas también sobre su vida privada. La primera involucrada en esta historia era su propia esposa, Betsy Wyeth (64 años, 46 de casada con el artista), quien podría preguntarse si su marido no era a su vez el amante de esa modelo a la que había visto muchas veces desnuda a escondidas durante 15 años.
A los pocos meses un coleccionista de Texas, llamado Leonard Andrews, compró la colección Helga por una suma millonaria.
En la edición de Time del 1º de junio de 1987 el rabioso crítico australiano de arte Robert Hughes dinamitó semejante farsa.
Betsy Wyeth conoció siempre la historia real de los cuadros de Helga, en el periodo 1971-1985.
Nunca hubo obra secreta, ni trabajo desconocido. Jamás existió romance entre Wyeth y Helga. Y el inefable comprador de Texas, Andrews, arregló previamente esta maniobra comercial con el matrimonio Wyeth y los editores de la revista Art & Antiques.
Del desconsuelo de Bonnard por la fragilidad de su esposa en la bañera, que parecía esconderse en el vientre materno para escapar del mundo, a unos rufianes estadounidenses de apellido Wyeth que deseaban sacarle unos cobres al arte, se extiende una singular línea de iluminaciones y ruinas humanas. La mujer se encuentra en el centro, casi siempre como un misterio imposible de descifrar.

Ilustración: Paco Lafarga


EL NACIONAL, Caracas, 12 de Octubre de 1997
Gente que no sabe qué hacer con las mujeres
Sergio Dahbar

Esto es lo más importante: Sarah Connor se salvó. Pocos tal vez lo advirtieron, pero quien haya visto con cuidado la saga de Terminator recordará que la empresa Cyberdyne Systems se convirtió en la mayor proveedora de sistemas militares computarizados del mundo. Esta firma perfeccionó los bombarderos hasta lograr que puedan volar sin pilotos, con un récord operacional perfecto. Y recibió un subsidio para crear un microprocesador peligroso que entró en actividad también en agosto, el día cuatro para ser más exactos. Este microchip, introducido en el cerebro de la supercomputadora Skynet (máquina que domina todas las computadoras posibles) no admite decisiones humanas en asuntos estratégicos y de defensa militar. Lo que produce miedo, verdadero miedo.
Todo estaba previsto para que el 29 de agosto de 1997 (día viernes) Skynet tomara conciencia de todo su poder. Los empleados de Cyberdyne, muertos de miedo, tratarían de desconectarla, pero una máquina entrenada no le hace caso a los humanos. Ese día Skynet iba a lanzar misiles contra Rusia, Rusia se iba a defender de Estados Unidos con otros misiles, y el mundo comenzaría a autodestruirse sin remedio. Todo esto a partir de las 2:14 pm del 29 de agosto de 1997. Porque, según los planes mayores, a las 2:15 pm las máquinas tomarían el poder mundial.
De acuerdo con Terminator, ese momento se traduciría en un imagen cegadora del resplandor. Fin de mundo. Lo dice alguien en la película: ``Tres billones de vidas se perdieron el 29 de agosto de 1997. Fue el día del juicio final, y las máquinas ganaron la guerra''. Por suerte, las cosas no ocurrieron de esa manera. Llegó el día señalado, ese viernes el tráfico fue amenazador en todas partes del planeta, pero no desapareció la civilización que todos conocemos como humanidad. Ni murió Sarah Connor. Ella sigue siendo un nombre en la guía telefónica de Los Angeles, una madre con un hijo descarriado e inteligente, la mujer que estuvo a punto de morir para que las máquinas ganaran la guerra. Sarah Connor sigue esperando que algo mejor le pase a su vida.
Coincidencias enojosas
Lo ha relatado el escritor Juan Forn en una crónica del diario argentino Página/ 12 . Tiene un amigo (al que llama M) que no le gusta la literatura de Paul Auster. Le desagradan las casualidades que atraviesan sus libros como automóviles en solitarias autopistas norteamericanas. Estas coincidencias le resultan falsamente metafísicas. Pero este señor llamado M acaba de vivir una experiencia que bien podría ingresar en uno de los libros del autor de El palacio de la luna, o ser un capítulo más de su diario, El cuaderno rojo .
M tiene 40 años. Se monta en un avión en Los Angeles. Su destino resulta tedioso por lo extenso: Los Angeles/Miami/Buenos Aires. M se percata de que en su vuelo viaja Fernández, un amigo de infancia, compañero de los primeros grados al que no volvió a ver nunca más. En el vuelo, liberados ya ambos de los cinturones de seguridad, tropiezan de frente al cruzar un pasillo. Fernández estira la mano y lo saluda con efusividad. M sigue caminando como si no lo conociera y lo deja con la mano en el aire. El vuelo baja en Miami, y luego sigue rumbo a Buenos Aires. M no vuelve a ver a Fernández ni en el avión, ni en el aeropuerto de Ezeiza, ni en migraciones, ni en la cinta transportadora de las maletas. Nada. El episodio lo ha turbado, porque no logra explicarse por qué rechazó el saludo de ese amigo de la infancia.
Dos semanas después, M recibe una llamada. Sus compañeros de colegio decidieron reencontrarse y lo invitan a una cena. M asiste, aunque sabe que se expondrá a la situación de Los Angeles, multiplicada por 40 compañeros. Se saludan con cariño, cuentan anécdotas del pasado, averiguan los diferentes caminos que han recorrido cada uno. M no ve a Fernández. Entonces pregunta, y le responden: ``¨No sabes lo que le pasó?''. Le explican que viajaba en un vuelo desde Los Angeles, con escala en Miami. En el aeropuerto se bajó junto a su esposa, a la que dejó con los bolsos de mano mientras iba al baño.
Un hombre se desvanece
Llaman a embarcar, pero Fernández no aparece. Su mujer se pone nerviosa. Busca en los baños. Nada. Entonces, comienza a desesperarse. El vuelo se demora 45 minutos. Todo se resuelve cuando los empleados de la línea aérea se acercan a la computadora y descubren que el señor Fernández ha chequeado su equipaje sólo hasta Miami. Averiguan y descubren que ya lo retiró de la cinta que trasporta las maletas. Se ha ido del aeropuerto. Los curiosos entienden la situación y se compadecen de la mujer. Ella llora.
Se puede imaginar por qué. Por su cabeza corren los días y las noches que han pasado juntos en Los Angeles, las compras que hicieron en los centros comerciales, las confidencias que se hicieron en la intimidad. Nunca llegó a sospechar nada extraño de su marido. Menos aún pensar que la iba a abandonar de esa manera. Dejarla botada en la inmensidad del aeropuerto de Miami. Después de diez años de matrimonio, que ya no sabe si fueron felices o no.
Mientras llora, la mujer alza la cabeza y descubre en un televisor lejano las imágenes de Terminator . La película está a punto de concluir. Sarah Connor detiene su jeep en una bomba de gasolina. Está embarazada del hombre que ha venido a salvarla. Debe preservar esa criatura para salvar a la humanidad. El cielo a lo lejos se ve oscuro. El futuro luce incierto, como el desconsuelo de la esposa de Fernández. Ella llora más, sin que nadie la pueda consolar.
M escucha esta historia, y piensa en la mente de Fernández. A pocas horas de abandonar a su esposa para huir como un rufián, se desabrocha el cinturón de seguridad, camina hacia el baño, se da cuenta de que tropieza con un amigo de infancia e intenta saludarlo. Cosa rara. El escritor Juan Forn confiesa que después de oír esta historia, volvió a preguntarle a M si aborrecía a Paul Auster. ``Esas casualidades falsamente metafísicas son mariconadas de escritor, que en la vida real jamás suceden'', respondió M como si no hubiera pasado nada.


Ilustración: Paula Marco

sábado, 9 de junio de 2012

PARALELO 42

EL NACIONAL - Sábado 09 de Junio de 2012     Opinión/8
El sobrino de la tía Neva
SERGIO DAHBAR

No hay como una tía creativa para que el país de la infancia sea otra cosa. Eso lo sabía Ray Bradbury, uno de los escritores de literatura fantástica más influyentes del planeta, quien escribió infinidad de textos para saldar una vieja deuda con esa dama tan peculiar de su niñez. El miércoles pasado partió definitivamente a los 91 años de edad. Es probable que ya se encuentre donde siempre quiso estar.

La tía Neva era diez años mayor que él y en el pueblo de Waukegan, Illinois, de donde provenía la estirpe, era conocida como "la loca de las calabazas". Cada 31 de octubre, cuando llegaba la última hora de la tarde, salía del brazo de su sobrino Ray a recoger calabazas y espigas de maíz para celebrar ritos mágicos e invocaciones a criaturas de otros mundos.

Ray Bradbury contaba con su consentimiento para aterrorizar a las visitas. "Todos los mundos del arte y de la imaginación fluyeron en mí a través de ella ­confesaría más tarde el escritor­, pero especialmente me puso en contacto con el País de Octubre, un año empaquetado en un solo mes, un clima sobrenatural por el que todavía suelo caminar".

Quien repasa la obra de Bradbury descubre el dulce olor del más allá que debieron tener las faldas de la tía Neva. La clase de horror que ha comunicado a sus personajes, a la trama de sus historias, a su escritura perfecta, proviene sin ambages de ese territorio impreciso entre el Bien y el Mal que aprendió a reconocer cuando era niño. También pesaron las primeras lecturas, esas que marcaron su carácter como si hubiera estado expuesto a un contaminante mineral extraterrestre.

Cuando Ray Bradbury tenía 7 u 8 años de edad comenzó a leer revistas de ciencia ficción que olvidaban los huéspedes en la pensión de sus abuelos en Waukegan, Illinois. En esos años inolvidables descubrió a Hugo Gernsback y sus Amazing Stories, que comenzaron a desvelarlo con portadas como llamaradas.

Poco después accedería a Buck Rogers, hacia 1928. Sus padres creían que se había vuelto loco.

Devoraba aquellas historias con una intensidad enfermiza. "Difícilmente uno se encuentra con una fiebre así otra vez en la vida, de esas que te llenan el día completo de emoción", recordaría más tarde.

Se convirtió en una pesadilla para sus amigos y parientes. Su cuerpo era puro frenesí, histeria, entusiasmo y euforia: de un estadio al otro, sin parar. Temía que la vida se fuera a acabar en cualquier momento.

"Mi siguiente ataque de locura ocurrió en 1931, cuando aparecieron las primeras series a color del Tarzán de Edgar Rice Burroughs, hechas por Harold Foster. Y simultáneamente descubrí, en la casa de mi tío Bion, los libros de John Carter of Mars. Crónicas marcianas nunca hubiera sido posible sin Burroughs".

En unas noches de verano que ninguno de los presentes olvidaría, Ray Bradbury salía al patio de la casa de sus abuelos e intentaba alcanzar la luz de Marte con sus manos. "¡Llévame a casa!", repetía. Estaba desesperado por volar, ascender y aterrizar con su nave en las profundidades de aquel mar muerto.

Después de estos años, la imaginación nunca se apartó de su camino. Así descubrió cómo se animan los tatuajes de un hombre ilustrado, cómo dos criaturas buscan hielo para conservar a una sirena con vida, cómo asistir al nacimiento de un niño con forma de pirámide azul, cómo un paseante de una playa de Biarritz se tropieza con Picasso que dibuja en la arena una obra maestra que la marea destruirá, cómo se siente un hombre sin esqueleto, cómo nadar en canales marcianos rebosantes de vino perfumado y cómo temerle a un bombero que viene a quemar la biblioteca.

Ya en su vejez, siempre en la misma casa de Los Ángeles de toda la vida, mientras le dictaba sus textos recientes a una hija en Pheonix, ella los transcribía y los enviaba por fax para que él los corrigiera finalmente, cada vez con menos vista y audición, no cesó en defender el papel ante el aburrido mundo digital que él muchos años atrás había avizorado en una de sus ficciones.

En esa curiosa paradoja de su ocaso lo encontró la muerte. Intuyo que debe haberla mirado a los ojos con una dulzura particular. Para decirle: "OK, llévame a casa. Llévame a Marte. Ya estoy preparado".


sábado, 2 de junio de 2012

PLACIDEZ

EL NACIONAL - Sábado 02 de Junio de 2012     Opinión/9
Lo que tienen los coleccionistas
SERGIO DAHBAR

Hace poco descubrí a las 3:00 de la mañana una pequeña joya cinematográfica en televisión.
Se llama Seraphine. Si tropieza con ese nombre en su canal de cable preferido, no la deje pasar.
Me dará las gracias. Es la historia de Séraphine Louis, lavandera nacida en 1864 en el pueblo francés de Senlis. Aunque tenía toda la imagen de una mujer precaria, que rayaba en la ingenuidad absoluta, escondía la sensibilidad de un artista excepcional.
Séraphine Louis pintaba en secreto retratos de flores y frutas. No eran esos retratos que se venden en la calle por tres bolívares. Martin Provost, el director francés de la película, supone que Séraphine poseía una visión deslumbrante. Aunque algo excéntrica en sus costumbres, y desaliñada, en su fuero interior conversaba con los ángeles. Ese milagro la impulsaba a pintar.
Cierto día Séraphine comenzó a trabajar con un crítico y coleccionista alemán, Wilhelm Uhde.
Este buen hombre escogió Senlis para poder escribir. Uhde es uno de los primeros coleccionistas de Picasso y Braque, y el descubridor de un aduanero belga que pinta cosas que parecen venir de otro mundo: nada menos que Rousseau.
Uhde no vio al principio en Séraphine nada que llamara su atención. Hasta que tropezó con sus cuadros. No pudo creer lo que encontró allí: le ruega que no deje de pintar. Uhde cree en cosas importantes: "No colecciono para vender, vendo para coleccionar", o "una colección representa la formación espiritual del hombre que la hizo". Cuando la Primera Guerra Mundial le roza los talones, escapa de Francia. A su regreso ya Séraphine será otra persona.
La transformación es brutal. Ha crecido. Su obra se ha vuelto inquietante. La naturaleza amenaza y perturba, "como si hubiera insectos por detrás". El problema o la bendición es que no sólo los espectadores perciben este peligro en sus obras: también Seraphine teme por lo que crea, porque es un reflejo de su alma y ahí se esconden unos demonios incontrolables.
La historia de la relación entre Wilhelm Uhde y Séraphine Louis me ha hecho recordar otra relación extraordinaria: la que mantuvieron los coleccionistas Ganz con la obra de Picasso. En 1997, la casa de subastas Christie’s vendió en sólo 2 horas 17 cuadros del magistral pintor aragonés en 164 millones de dólares. Sólo era una subasta, que ponía en venta la mayor colección de Estados Unidos de Picassos, perteneciente al matrimonio de Victor y Sally Ganz, protagonistas entrañables del coleccionismo moderno.
Ambos murieron ya, pero su legado cobró un reconocimiento sentido por parte de artistas y directores de galerías. Vale la pena destacar que este matrimonio amante del arte apenas invirtió 2 millones de dólares en las obras de Picasso, revelación que subraya la estatura de estos coleccionistas.
Una semana antes de contraer matrimonio, en diciembre de 1941, Victor y Sally Ganz corrieron por las calles de Manhattan hasta la galería Paul Rosenberg, en la calle 57. Allí descubrieron un curioso cuadro, El sueño (1931), inspirado en una de las amantes de Picasso, Marie-Thérese Walther, en el cual el artista compuso la figura de la mujer con la cabeza recostada sobre su hombro derecho. Numerosos críticos han llamado la atención sobre la forma en que Picasso introdujo un pene en la mitad superior del rostro de su amante.

Ilustración: Pablo Picasso, "El sueño"

sábado, 19 de mayo de 2012

LÚDICOS

EL NACIONAL - Sábado 19 de Mayo de 2012     Opinión/9
Crucigramas subversivos
SERGIO DAHBAR
Ya mucha gente sabe que la palabra jazz resulta una derivación de un término vulgar del creole, que significa copular. Otros investigadores asumen que proviene del patois negro, y quiere decir excitar. Esta última acepción podría describir lo que sintió el trompetista Winston Marsalis, cuando su suite para orquesta, "Blood on the Fields", recibió el Pulitzer en 1997.

En esa ocasión el jurado reivindicó un error que esa misma institución cometió en 1965, cuando le negaron el honor a Duke Ellington, quien respondió con humor.

"El destino está siendo bondadoso conmigo: no quiere que llegue a ser famoso tan joven". Tenía 66 años de edad. Pero Estados Unidos no era el único país donde el jazz era segregado como una enfermedad contagiosa.

La historia de Tan Shuzen, subdirector del Conservatorio de Música de Shanghai, era desconocida para Occidente hasta 1980. Ese año el documental From Mao to Mozart: Isaac Stern in China (Murray Lerner) obtuvo un Oscar de la Academia. La obra es una revisión crítica de lo que ocurrió en China durante los crueles años de la Revolución Cultural (1966/1976).

Tan Shuzen colaboró con el documental de Lerner, y fue invitado a Estados Unidos para la entrega de los premios Oscar en Los Ángeles.

Así se supo que Shuzen cometió el siguiente delito: enseñar Bach, Mozart, Beethoven y Brahms en el Conservatorio de Shanghai. Por semejante perversión, que revelaba no pocas debilidades burguesas, Shuzen fue apaleado públicamente y encerrado en prisión durante catorce meses.

El jazz estaba prohibido desde 1949, cuando Mao llegó al poder.

Las restricciones se acentuaron en 1966, cuando la Revolución Cultural desató una ola de violencia y muerte contra todo lo que tuviera una resonancia occidental. La música que se había consolidado en Nueva Orleans hacia 1909, lejos de rememorar el dolor de los negros en años de esclavitud, se convirtió en una vocación suicida para los orientales.

Tan Shuzen aprovechó para conocer Nueva York en 1980, y allí tropezó por azar con Willie Ruff y Dwike Mitchell, dos músicos negros estadounidenses. Conversaron por largas horas, y los invitó a realizar un concierto de jazz en el Conservatorio de Shanghai, ante estudiantes que no conocían esa música. También indagó la posibilidad de que ofrecieran una charla didáctica, especialidad del dúo. Así fue como el jazz trascendió oficialmente en China la tarde del 2 de junio de 1981.

Willie Ruff (contrabajo y trompa) y Dwike Mitchell (pianista) no eran músicos corrientes. Se graduaron en academias musicales y sabían todo lo que era necesario conocer sobre música clásica o culta. Pero eran negros y ambos sabían que ninguna orquesta sinfónica estadounidense los contrataría.

En 1959 Ruff (que hablaba seis idiomas) aprendió ruso. Entonces viajaron por la Unión Soviética. Al regresar a Estados Unidos, se dedicaron a ofrecer conferencias ilustradas sobre el jazz, a un ritmo de setenta por año. Por eso, cuando en 1979 se cruzaron en una calle de Nueva York con Tan Shuzen, y éste los invitó a China, dijeron que sí. Ruff comenzó a estudiar mandarín.

La conferencia fue luminosa. Remontaron la historia de la esclavitud en el siglo XVII, con comentarios sobre las habilidades de los negros con tambores africanos, su adaptación a los instrumentos occidentales, los cantos religiosos protestantes, la creación del ragtime en el XIX, la definición de los blues, todo esto narrado en chino, con improvisaciones musicales en vivo.

En la sección Contrapunto de la conferencia, Ruff y Mitchell combinaron a Bach con el jazz moderno. El acto terminó con una improvisación de Ruff y Mitchell que titularon Shanghai Blues. Entonces alguien cuestionó la veracidad de la improvisación. Ruff pidió que una persona del público interpretara en el piano una melodía china que fuera extraña para dos músicos negros que nunca habían estado en China. Un joven emprendió el desafío.

En ese instante Ruff y Mitchell retomaron la melodía, la extendieron en una serie de variantes lúdicas y dejaron a aquellos estudiantes con la boca abierta. Nadie lo sabía, pero esa tarde enterraron el comunismo en Shanghai. Esas cosas pasan cuando uno menos las espera.


Ilustración: Ugo
Piezas: http://www.amazon.com/Blood-Fields-Digipak-Wynton-Marsalis/dp/B0000029GF

sábado, 21 de abril de 2012

FILOLOGÍA DEL TIEMPO

EL NACIONAL - Sábado 21 de Abril de 2012     Papel Literario/1
23 DE ABRIL, DÍA DEL IDIOMA ESPAÑOL
Víctor García de la Concha
"El idioma llegó tarde a la Red por culpa de la pobreza"
A este filólogo, graduado en Salamanca, lo escogió el destino para una tarea titánica: convertir la unidad de la lengua española en acción. En su gestión como Director de la Real Academia por doce años logró trabajar con todas las Academias de América Latina para unificar la ortografía, el diccionario y la gramática. Visitó Colombia para ofrecer la conferencia magistral en ocasión del Premio Simón Bolívar 2011
ENTREVISTA SERGIO DAHBAR

Por qué la Real Academia es considerada garante de la unidad de la lengua española? Uno de los servicios mayores que prestó la Real Academia Española a la lengua española fue, sin duda, cuando se produjo la independencia de las provincias ultramarinas, el nacimiento de las jóvenes repúblicas. Promovió el nacimiento en cada una de ellas de una academia correspondiente.

Ahí fue clave la figura de Andrés Bello.

No había consenso sobre esa decisión. Cuando se produce la independencia, no falta algún conato de independentismo lingüístico: Sarmiento, etcétera...

Y es la autoridad de Don Andrés Bello la que dice: bueno, pero qué tontería, la lengua es tan nuestra como de España, nosotros nos levantamos frente a los malos gobiernos de España, pero no nos levantamos frente a la lengua. Eso frena el intento de crear una Academia Americana de la Lengua Española y se comienza a fundar una por país. La primera fue la colombiana, de la que se cumplen ahora 140 años, y después ya fueron naciendo a lo largo del tiempo, esto hasta comienzos del siglo XX en que ya quedaron abiertas todas las academias.


En todas las épocas de la historia ha habido una lengua franca, de intercambios comerciales y más tarde intercambios industriales.

Primero lo fue el francés, antes, quizás el italiano, y en primer lugar, el latín. Ahora es la lengua inglesa

Pero las Academias no garantizaban la unidad de la lengua. Hace doce años, trece años, todos cobramos conciencia de que había que potenciar la unidad en la acción. No la unidad en la enunciación, no la unidad en la profesión de fe, sino la unidad en la acción.

Una misión que estuvo a su cargo. Bueno, ese es el papel que me tocó a mí. Pero me tocó porque me tocó. Quiero decir: no es que yo fuera entonces un americanista fervoroso, no, no.

Es que yo ingresé a la Academia en el año 92 y el secretario que había entonces se enfermó. Y dijeron: pues, ¿secretario quién?, pues el último que ha llegado, ¿no?

Pero había un interés de la nación... Veamos. Me llamaron de la casa del Rey, fui allí y lo primero que me dijo fue: yo quiero que te dediques a América para que eso de la unidad sea verdad, sea real, y se hagan cosas juntos, y tienes que ir allí, viajar, yo te ayudaré. Efectivamente lo hizo así y fui el primer director que visitó todas las academias y me di cuenta de que en todas había ese mismo deseo latente de hacer cosas.

¿Cómo se pasó a la acción? Se desarrollaron los tres grandes códigos: el diccionario, la gramática, y la ortografía.

Tres obras que no las produce la Academia Española, sino que es el producto del trabajo sostenido de todas las academias.

Persistía en América Latina la idea de que las academias se veían alejadas de la realidad y del habla de la gente común. Las academias ejercen una función notarial, que es certificar aquello que dice el pueblo. Las academias no hacen propuestas que nacen de ellas.

Las academias lo que hacen es auscultar el habla del pueblo y presentarla, digamos, organizada, normativizada. Pero la norma la hace el pueblo. Es el pueblo el que dice: "Uy, qué grosería", "ay, qué, vulgar", "qué cosa más cursi"... ¿Sí? Y eso es lo que la academia recoge. No es la academia la que dice: esto es vulgar.

Existen otros productos que son el trabajo de las academias de la lengua. Por ejemplo, un Atlas del idioma español , que ha publicado Ariel y Telefónica. Claro. Telefónica ha desarrollado un estudio del valor económico del español, y de la calidad del español en la Red, entre otras investigaciones que tienen como apoyo a las Academias.

Ese estudio es bueno, vindicativo. Realmente la presencia del español en la Red ha crecido en los últimos años exponencialmente. Lo que ocurre es que nosotros llegamos tarde a la Red y llegamos tarde por una sola razón: la pobreza. Es decir, en los pueblos, en las aldeas, en los barrios, allí no había Internet. Había televisión pero había poca.

¿Y cómo hacer para que el español se convierta en referencia? No basta con el estudio del idioma, hace falta que cobre relevancia y significación. Vamos a ver: en todas las épocas de la historia ha habido una lengua franca, de intercambios comerciales y más tarde intercambios industriales. Y eso ha sido así. Primero lo fue el francés, antes, quizás el italiano, y en primer lugar, el latín. Evidentemente ahora es la lengua inglesa y eso tiene muy difícil cambio. La regulación aérea no va a cambiarse por decreto, los pilotos con la torre de control tienen que entenderse en una lengua y esa lengua es el inglés.

Las academias ejercen una función notarial, que es certifi car aquello que dice el pueblo. Las academias no hacen propuestas que nacen de ellas

Pero una cosa es que lo sea, digamos, como lengua de acuerdo, y otra cosa es que haya un ancho campo de traducciones y de consideración... A medida que sectorialmente se vayan ocupando espacios en esto, pues la presencia será mayor. Y a medida que el número de hablantes que entran desde Twitter, Facebook, y todos los que vayan naciendo, se va a deducir una presencia más especificada y eventualmente más cualitativa.

Más por la necesidad que por la obligación. Naturalmente, por la necesidad de comunicarse y entenderse y con una comunicación fácil.

Ahora que no es Director de la Real Academia de la Lengua sigue cerca de la institución. Ahora soy director honorario.

Nuestros estatutos prevén dos mandatos de cuatro años y cuando yo terminé el segundo mandato, la Academia cambió los estatutos porque estábamos con las manos en la masa de la gramática y se dieron cuenta de que en ese momento cambiar el timonel iba a ser un problema. Por esa razón tuve excepcionalmente un tercer mandato: fui doce años director, que ya estuvo bien. En ese tiempo sacrifiqué mucho el trabajo personal. Yo soy catedrático de la Universidad de Salamanca, emérito ahora porque ya me jubilé, por la edad, pero yo he publicado mucho y me gusta mucho escribir, investigar.

Todo filólogo esconde a un escritor. No lo sé. Filólogo, sí, tuve primero formación teológica, en Roma, pero eso es una etapa previa que cerré, aunque quiero decir que me vino bien porque todo es provecho, toda ciencia es provecho, ¿no? Bueno, como director era difícil poder continuar la labor de investigación y quedó frenada, pero ahora la he retomado. Estoy escribiendo una historia de la Academia para el tercer centenario, que es en 2013, y estoy muy emocionado porque tenemos una historia que hizo Alonso Zamora Vicente, pero que no es propiamente una historia, es una recopilación de datos: los edificios, los académicos, las publicaciones. A mí me ha tocado contar la historia y sus anécdotas ejemplares.