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jueves, 14 de noviembre de 2019

CAZA DE CITAS

"... Se trata de la forma  en que ocultaron sus verdaderos nombres muchos destacados partícipes en múltiples actividades partidistas e intelectuales en la época, y con los cuales firmaron manifiestos, arengas, crónicas periodísticas y correspondencia privada que ya va apareciendo por allí como pública en la preparación de ensayos alrededor del país y sus hombres"

Rafael Ramón Castellanos

("Historia del seudónimo en Venezuela", Ediciones Centauro, Caracas, 1981: I, 151)

Ilustración: André Parmentier.

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Sonia Delgado. "¿Cómo y por qué eligió su seudónimo (SIC)?" (Lucila Palacios, Lumo Reva, América Alonso, Víctor Vidal, Juana de Ávila, Sanín). El Nacional, Caracas, 24/02/1980.
- Pedro Arturo Omaña. "La conspiración democrático-militar de 1918-1919". Semestre Histórico, Caracas, nr. 6 de 1977
- Jesús Sanoja Hernández. "Presidentes viajeros". El Nacional, 29/01/99.
- Rafael Pineda. "De julio a septiembre de 1919: El diario inédito del pintor Emilio Boggio". Resumen, Caracas, nr. 114 del 11/01/76.
- Aníbal Romero. "Polonia: El socialismo real y el socialismo imposible". El Diario de Caracas, 08/01/82.

Reproducción: Hugo Pérez La Salvia. Élite, Caracas, 1968. 

lunes, 2 de julio de 2018

LOS MACUNDALES SIEMPRE ENCIMA

El anonimato
Nicomedes Febres

* Cuando estaba albergado en la cabaña en Seattle en enero pasado, bien por lo nublado, oscuro, o frío del clima, sensaciones todas que estimulan la meditación y la inteligencia, estuve pensando en el lenguaje cotidiano del futuro y recordé a los viejos periódicos de Caracas en el siglo XIX, llenos de notas y comentarios breves y una de las cosas que siempre me llamó más la atención era la gran cantidad de anónimos que se escribían. No tenía nada que ver con la situación de democracia o tiranía que se vivían en ese momento en el país y diría que tenía que ver con la costumbre de la época. Incluso cuando Guzmán Blanco, a él le decían sapos y culebras y seguía la costumbre de los escritos anónimos aparecidos en la prensa. Hasta el despotismo de Cipriano Castro y los inicios de Juan Vicente Gómez se mantenía la costumbre de los anónimos y el hablar mal del gobierno. Luego de 1914 la represión gomecista si paró en seco el chance de hablar mal del gobierno y los editores se abstuvieron de publicar los escritos y anónimos contra el régimen, porque los que lo hacían eran meterlos en La Rotunda, el castillo de Puerto Cabello o en Las Tres Torres de Barquisimeto, tal como ahora en Roca Tarpeya. En Caracas la cosa era más sencilla porque siempre le echaban la culpa a Job Pim o a Leoncio Martínez (Leo) y ya. Y la cosa era tan loca que cuando a un policía le ordenaban que presentara en la sede del comando a determinada persona por una nota anónima, la policía pasaba por la casa de Leo, y le decían: mire señor Leo, como estoy por esta zona no podría usted preparar sus macundales y se los trae de una vez, para no tener que regresar. Y Leo le decía al policía: pasa mijo, tómate un café y llama a La Rotunda y díganle a Nereo Pacheco que me vayan arreglando mi celda, mientras arreglo mis macundales. Aquello se volvió casi una tradición caraqueña.
También los libros tenían autores anónimos o mejor, autores con seudónimos, algunos desconocidos, entre los cuales estaba Diocleciano Ramos y García autor de una crónica titulada Caracas por Dentro editado por la Tipografía Americana en 1901. Es un librito de 148 páginas donde están registradas muchas de las mejores crónicas de la ciudad de entonces, y como fue una edición de cien ejemplares, de los cuales tengo uno, entonces tengo ganas de hacer una nueva edición para que la gente pueda leerlo de nuevo. Después de la muerte del Benemérito, hablar mal del gobierno siguió en su larga tradición, pero el anonimato si desapareció como costumbre en nuestra prensa y nuestra literatura, pese a que se mantuvieron algunos seudónimos, entre ellos Sanín, Cándido y César Cienfuegos que marcaron época. Desde el surgimiento de la revolución telelcomunicacional que son Internet y las redes sociales derivadas los cambios en el lenguaje y las comunicaciones serán brutales, donde se impondrá la brevedad, el mucho decir en pocas palabras, pero sin la inteligencia de la poesía de Cadenas, usando abreviaturas y contracciones a la manera detestable de la lengua inglesa. Ahora los seudónimos están a de vuelta y se incrementarán en las redes sociales. Le recomiendo a las escritores meditar sobre ello para cautivar audiencias, porque de eso dependerá la escritura del futuro, porque como decía mi entrañable Juan Nuño, uno también oye con los ojos.

* No sé si en la Historia del Cine nacional están incluidas Jola y Lucila, dos hijas del general Cipriano Castro que salieron al exilio hacia Canadá y terminaron como artistas en Broadway y luego brillaron en sendas películas de Hollywood. Jola, cuyo nombre era Josefina fue llevada a la fama por una película titulada Chicago a Medianoche y Lucila por otra llamada Coney Island y con ambas se posesionaron de la meca del cine. En la foto, Lucila Méndez.

Fuente:
https://www.facebook.com/nicfebres/posts/10215702209329003

domingo, 26 de noviembre de 2017

PSEUDODINAMIA


El Nacional, Caracas, 05/01/1980.
(Breve nota  LB: La maravilla de la pseudonimia, Sanoja Hernández, quien escribe como Azuaje, admite que lo hizo antes como Leyva. Éste pseudínimo no le aparece adjudicado en el inventario de Rafael Ramón Castellanos, "Historia del seudónimo en Venezuela". Un pseudónimo habla de otro...).

viernes, 3 de febrero de 2017

UNA INSTITUCIÓN PARLAMENTARIA

La Esfera, Caracas, 22/04/1937.- De acuerdo a Rafael Ramón Castellanos, "Speaker" responde a Eligio Macías Mujica y a Raúl Torres Gámez ("Historia del seudónimo en Venezuela", Ediciones Centauro, Caracas, 1981: II, 363).

miércoles, 27 de julio de 2016

LIBERTAD DE PRENSA

EL NACIONAL, Caracas, 23 de julio de 2016
Lo que esconden ciertos seudónimos
Sergio Dahbar

El próximo 29 de julio comienza a exhibirse en cines comerciales de Inglaterra el documental Author: The JT Le Roy Story, del cineasta Jeff Feuerzeig. Es el esfuerzo de un realizador por iluminar una zona oscura del corazón humano: la búsqueda de éxito a cualquier precio. No es el primer trabajo cinematográfico sobre esta historia, tampoco será el último.
El caso J. T. Leroy es un síntoma contemporáneo. En 1999 editoriales importantes descubrieron a un autor con dos potentes razones en sus alforjas: nervio narrativo y un pasado de esos que si no son ciertos merecerían haber existido. Infancia de abusos, droga, sida, sexo, manicomio, brutalidad, que construyeron a un joven andrógino, atravesado por el misterio y la timidez. Un muñeco que todo editor quisiera moldear en sus manos.
J. T. Leroy publicó tres libros, incluso en español: Sarah, El corazón es mentiroso y El final de Harold, todos en Literatura Mondadori. Un periodista, de esos que todo medio tiene, clasificó a Leroy como el nuevo William Burroughs, o si se quiere la reencarnación de Flannery O'Connor, aunque con la modernidad de un juguete reconvertido en animal propio del programa de Oprah.
La chispa se había encendido: celebridades comenzaron a declarar su admiración. Deborah Harry, Lou Reed, Nancy Sinatra, Matthew Modine, Gus Van Sant, Rosario Dawson, John Waters, Michael Stipe, Carrie Fisher, Winona Ryder, Courtney Love, Tom Waits. ¿Que más, pues?
En un artículo sin desperdicios publicado por la prensa británica (The Guardian, Steve Rose, que venía investigando el caso) recuerda algunos rasgos de J. T. Leroy en la presentación de una película basada en El corazón es mentiroso, realizada por Asia Argento y presentada en el London Lesbian and Gay Festival de 2005. “Una leve figura afeminada con un sombrero de fieltro rojo, grandes gafas de sol y una peluca rubia. Parecía un imitador de Michael Jackson”.
A finales de 2005 todo se vino abajo. Una investigación de The New York Times demostró que J. T. Leroy no existía. Era un fraude literario. La verdadera autora de esta puesta en escena se llamaba Laura Albert, de 50 años. El director de cine Jeff Feuerzeig pasó ocho días entrevistándola. Y dos años entre sus archivos. Ella coleccionaba obsesivamente todo: agendas, cuadernos, garabatos, recibos de teléfono, álbumes de fotos, mensajes en contestador automático de celebridades.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/sergio_dahbar/esconden-ciertos-seudonimos_0_889111173.html