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miércoles, 25 de diciembre de 2019

(ANTI) POLÍTICA DIGITAL

Santiao Abascal, según Lluis Grañena
Los secretos de la estrategia de Vox
Organizaciones y partidos nacionalpopulistas de todo el planeta comparten contactos, fuentes de financiación y valores. Aprenden unos de otros. Y confían en que, juntos, tendrán más éxito. Así se fraguó el de Vox, representante español de este movimiento, según la premio Pulitzer Anne Applebaum
Anne Applebaum
12/05/2019

Amanece en el campo español. Un hombre camina a cámara lenta, corre y salta una cerca. Como en una película de Hollywood, el hombre cruza un campo de trigo mientras roza las espigas con las manos. De fondo suena una música mientras una voz narra: “Si no te ríes del honor porque no quieres vivir entre traidores…, si anhelas nuevos horizontes sin despreciar tus orígenes…, si conservas intacta tu honradez en tiempos de corrupción…”. Sale el sol. El hombre sube por un camino empinado, cruza un río y queda atrapado en una tormenta. “Si sientes gratitud y orgullo por quienes, de uniforme, guardan el muro…, si amas a tu patria como amas a tus padres…”. La música alcanza el clímax, el hombre está en la cima de la montaña y la voz culmina: “… sabrás que estás logrando hacer a España grande otra vez”. Las últimas palabras que aparecen en pantalla son “Hacer España grande otra vez”.
El eslogan es la versión española del “Make America Great Again” (https://elpais.com/cultura/2016/11/22/actualidad/1479844381_053085.html). El hombre es Santiago Abascal, y esto, por supuesto, es una publicidad de Vox, el partido político con el crecimiento más rápido de España. En las elecciones generales de 2016 —el año del vídeo—, Vox, con su nacionalismo español de macho alfa y cinematográfico, no obtuvo ni un solo escaño. Poco después, una web española publicó un artículo que preguntaba: “¿Por qué nadie vota a Santiago Abascal?” (https://www.elconfidencial.com/elecciones-generales/2016-06-11/santiago-abascal-vox_1213980/). Pero el pasado 28 de abril, el apoyo a Vox entre el electorado pasó del 0% al 10%: ganó 24 diputados en el Congreso. Su ruidosa presencia en la campaña electoral ayudó a impulsar la participación a uno de sus niveles más altos en años, ya que los españoles estaban ansiosos por apoyar a Vox o por votar en su contra.
Manifestacions contra Vox en Barceona (23 de marzo).
Charlie Pérez (Nurphoto/Getty)
¿Cómo ha sucedido esto y qué relación tiene con el caso de Donald Trump? La velocidad del auge de Vox es, en muchos sentidos, una historia exclusivamente española, marcada por una reacción nacionalista a una crisis separatista regional, el crecimiento de la polarización y la fragmentación de lo que fue un sistema bipartidista. El colapso económico de 2009 melló la confianza en los partidos políticos tradicionales y condujo a una fuerte reacción de extrema izquierda. Vox es el contragolpe.
Sin embargo, su historia también se enmarca en una más global y amplia sobre estrategias de campaña tradicionales y digitales desarrolladas por la extrema derecha europea y la derecha alternativa estadounidense (alt-right) que ahora se utilizan por todo el planeta. El uso de las redes sociales para agudizar la polarización, webs creadas específicamente para alimentar narrativas enfrentadas, grupos privados de fanáticos que comparten teorías de la conspiración, un lenguaje que deliberadamente debilita la confianza en políticos y periodistas “convencionales”: todo esto también ayudó a que el partido que quiere “hacer España grande otra vez” abandonara la periferia y se volviese conocido. A lo que hay que sumar que cuenta con financiación, en parte de origen extranjero (https://elpais.com/politica/2019/01/18/actualidad/1547834274_728411.html), que no le llega directamente, sino que canaliza a través de organizaciones con las que comparte opiniones, una forma de financiación política que resulta familiar para los estadounidenses, pero nueva en Europa.
En marzo y abril, justo antes de las elecciones del 28 de abril, realicé un par de viajes a Madrid para conversar con militantes de Vox y con otras figuras, incluidos antiguos líderes del PP, de centroderecha, y del PSOE, de centroizquierda, los dos partidos que dominaron la política nacional durante tres décadas desde la Transición. El sentimiento en la capital española era un poco como el que había en Londres justo antes del referéndum del Brexit ( https://elpais.com/internacional/2018/09/07/actualidad/1536315339_952368.html) o como el de Washington antes del triunfo de Trump. Tuve una fuerte sensación de déjà vu: una vez más, una clase política estaba a punto de ser golpeada por una ola de enfado.
Emilia Guetérrez, acto en Vistalegre
En el otrora predecible mundo de la política española esto supone un cambio considerable. En 2018 periodistas y analistas españoles se preguntaban por qué en España, a diferencia de Francia o Italia, no había partidos de ultraderecha. Muchos asumían que el fantasma de la dictadura de Franco, que culminó apenas en los años setenta, era el responsable de esta “excepción española”. Mientras nadie políticamente activo en la actualidad en Francia o Alemania recuerda Vichy o a los nazis, una gran cantidad de españoles sí recuerda hoy el nacionalismo ostentoso de Franco, que en los mítines usaba el lema de “¡Arriba España!”, y, por esa razón, siempre lo han rechazado.
Pero a lo largo del año pasado, Vox quebró ese tabú. En su cuenta de Twitter, Abascal fijó una serie de tuits (https://twitter.com/Santi_ABASCAL/status/1110653766653698050)  que empiezan en la primavera de 2018 y continúan hasta hoy. Cada uno enlaza a un vídeo o a una fotografía de un recinto repleto de gente. Los tuits más recientes tienen la etiqueta #EspañaViva y comentarios eufóricos. Esos tuits, más los constantes ataques del partido a las encuestas “falsas” de los medios “parciales”, tenían un propósito: hacer sentir a cualquier seguidor de Vox que formaba parte de un movimiento enorme. Abascal habla de un “movimiento patriótico de salvación de la unidad nacional”, y de alguna forma eso eran.
JR Mora
Nutrido por los separatismos
El vicesecretario de Vox, Iván Espinosa de los Monteros, viene de una familia acaudalada de la nobleza española. Cuando Vox ataca a “las clases dominantes”, se refiere a los medios de comunicación y las clases políticas, no a la alta burguesía o a su clase empresarial. Aún más importante es el hecho de que Espinosa es un usuario experto en redes sociales, al igual que su esposa, Rocío Monasterio, que también es política de Vox.
Los seguí a ambos en Twitter por un tiempo y noté cuán eficaces eran creando espectáculo (https://verne.elpais.com/verne/2019/03/01/articulo/1551440154_984811.html). A través de Twitter, Espinosa convocó a una protesta pública cuando una universidad de Madrid, su alma mater, le canceló una conferencia que tenía programada. Monasterio acumuló miles de me gusta por declarar que iba a boicotear cualquier movilización por el Día Internacional de la Mujer y por tuitear luego un vídeo en el que enfrentaba a feministas enfadadas manifestándose con imágenes de mujeres y hombres tomados de la mano.
Espinosa está también a cargo de las “relaciones internacionales” del partido y el mensaje principal que me quiso transmitir fue sobre la naturaleza excepcionalmente española de Vox. Desayunando en un café de Madrid que, según dijo, no queda muy lejos de su empresa inmobiliaria, afirmó que Vox tenía muy pocas cosas en común con otros partidos de “ultraderecha” europeos. “A Vox se le asocia frecuentemente y con facilidad con otros partidos y cosas nuevas que están sucediendo en otras partes del mundo…, pero no es realmente cierto”.
En lugar de esto, argumenta que Vox surgió en gran parte por el fracaso de España para lidiar con sus prolongados conflictos regionales. Abascal, exmiembro del PP, es oriundo del País Vasco. Su padre, también político del PP, fue ampliamente conocido como un objetivo de ETA, el grupo terrorista vasco. Por esa razón, asegura tener una pistola Smith & Wesson (https://elpais.com/politica/2018/12/03/actualidad/1543830362_722864.html) consigo todo el tiempo, un hábito inusual en España que le ha hecho ganarse el cariño de una pequeña minoría de propietarios de armas. Sin embargo, la crisis de secesión catalana, iniciada en 2017, fue la que puso a Vox en el centro de la política española. José María Aznar, el expresidente de centroderecha, me dijo que Vox era “una consecuencia de la inacción del Gobierno durante el golpe de Estado de Cataluña”, y casi toda la gente con los que hablé en Madrid expresó más o menos lo mismo.
Cataluña es una provincia pudiente, donde muchos de sus habitantes hablan un idioma distinto, el catalán. La región tiene una larga historia y algunos viejos resentimientos datan de varios siglos. Después de que las fuerzas lideradas por Franco ganaran la Guerra Civil e impusieran una dictadura, cualquier indicio de separatismo catalán fue severamente reprimido. En contraste, la Constitución española de 1978 concedió la autonomía no solo a Cataluña y el País Vasco, cuyo movimiento separatista tenía un ala terrorista, sino a todas las comunidades españolas. Desde entonces se ha generado una discusión constante acerca de la relación entre el Gobierno central y las autnomías. En 2017 el Gobierno regional de Cataluña, estrechamente controlado por separatistas, decidió realizar un referéndum independentista. El Tribunal Constitucional lo declaró ilegal. Una clara mayoría de catalanes boicoteó el referéndum —un evento emotivo, arruinado por la brutalidad policial—, pero los que votaron eligieron la independencia.
En el caos posterior, el Senado autorizó que se impusiera un gobierno directo sobre Cataluña y convocó nuevas elecciones en esa comunidad. Algunos líderes secesionistas huyeron al exilio, mientras que otros fueron arrestados y llevados a juicio. En España se permite que abogados privados sean coacusadores durante los procesos judiciales públicos. Vox aprovechó esta legislación para presentar una querella contra los secesionistas (https://elpais.com/ccaa/2018/12/04/catalunya/1543938174_329485.html). En la práctica, eso significó que, durante el juicio público ampliamente televisado, el “abogado de Vox” y secretario general del partido, Javier Ortega Smith, estuviera presente junto a los fiscales del Gobierno.
Para un partido pequeño que aboga por la unidad española, se opone a la autonomía regional y quiere prohibir los partidos separatistas y arrestar al presidente catalán, es difícil pensar en una manera más efectiva de evocar emociones fuertes o de provocar una fuerte reacción en contra. Cuando Vox organizó uno de sus mítines en Barcelona esta primavera, Ortega Smith tildó al Gobierno catalán de “organización criminal”. Sin embargo, la mayoría de la cobertura mediática se centró en los anarquistas que lanzaban piedras, quemaban barricadas y protestaban violentamente contra los visitantes “fascistas”. En otras palabras, fue otra victoria de imagen para Vox. Abascal tuiteó una fotografía suya consolando a una mujer que había sido herida en las manifestaciones. Espinosa hizo lo mismo. Irónicamente, mostrarse como “víctimas de la brutalidad” fue la misma estrategia con la que los secesionistas catalanes buscaron ganar el respaldo nacional e internacional.
“No tienen ideas”
Cataluña no fue el único asunto español que ayudó a Vox. Al igual que otros nuevos partidos europeos (no necesariamente de derechas), como el Movimiento 5 Estrellas de Italia, Vox seleccionó una serie de temas subestimados cuyos adeptos habían empezado a ponerse en contacto y a organizarse por Internet. Por lo general, los movimientos políticos con éxito solían tener una sola ideología. Ahora, algunas veces, combinan varias. Piensen en el proceso de una discográfica que quiere crear una nueva banda de pop: hace un estudio de mercado, elige el tipo de rostros que le pegan y luego presenta la banda al sector demográfico que le sea más favorable. Los nuevos partidos políticos son así: ahora se pueden agrupar diferentes temas, reempaquetarlos y luego comercializarlos utilizando el mismo tipo de mensajes dirigidos que se sabe que han funcionado en otros sitios.
La oposición al separatismo catalán y vasco, al feminismo y al matrimonio igualitario, a la inmigración, especialmente la musulmana; la ira contra la corrupción; el aburrimiento con la política tradicional; un puñado de temas, como la propiedad de armas y la caza, que a algunos les importan profundamente mientras otros ni siquiera saben que existen; una pizca de libertarismo, talento para realizar burlas y un ligero toque nostálgico, aunque no se sepa exactamente de qué: todos estos son los ingredientes que se usaron para la creación de Vox. Mayoritariamente, estos temas pertenecen al ámbito de la política identitaria, no al económico. Espinosa se refiere a ellos como cuestiones en que hacen frente a “la izquierda”, no refiriéndose solo al partido de ultraizquierda marxista Podemos, sino también al PSOE, de centroizquierda, al menos en su más reciente encarnación. En concreto, él señala al Gobierno socialista que controló España entre 2004 y 2011, bajo el mandato del presidente José Luis Rodríguez Zapatero, que aprobó una serie de leyes para flexibilizar las restricciones sobre el aborto, el divorcio y el matrimonio igualitario, y para extender protecciones especiales, incluidos juicios en tribunales especializados —a los que Espinosa llama “juzgados de hombres” (https://twitter.com/ivanedlm/status/1088331803939753984?ref_src=twsrc%5Etfw) — a las víctimas de la violencia doméstica. Describe estas iniciativas como “todas las leyes que Zapatero pudo concebir para atacar a la familia, el bastión del conservadurismo”.
Zapatero también reabrió el debate sobre el cuestionamiento de la historia, aprobando una ley de memoria histórica que, entre otras cosas, condenó formalmente al régimen de Franco y eliminó símbolos franquistas de los espacios públicos. Esto fue una novedad para España: durante las dos primeras décadas tras la transición democrática, los Gobiernos españoles simplemente evadieron el tema. Para Vox, este asunto es un mero matiz y no un tema fundamental, al menos en público. Sin embargo, la exigencia de tener “libertad para hablar sobre nuestra historia” es una frase que Abascal usa en los mítines.
Espinosa sostiene que el “extremismo” del Gobierno de Zapatero más el extremismo de los separatistas, unido al fracaso posterior del centroderecha para contrarrestarlos, es lo que justifica la posición de Vox: “Nadie cuestiona la nación en otras partes, nadie cuestiona tus instituciones básicas, tu bandera, tu himno, tu presidente, tus instituciones democráticas, tu Tribunal Supremo”. Espinosa ilustra su argumento usando dos saleros. “Mira”, dice, colocando ambos juntos, “estas son las políticas españolas en los años ochenta y noventa”. Y “aquí” —coloca un tenedor varias pulgadas más allá— está la España actual: “Llevada a la extrema izquierda. El centro y la derecha no reaccionan, no contraatacan. No tienen ideas”.
Ese tipo de lenguaje no solo enfurece a los secesionistas, sino también a los que se identifican con el centroizquierda. Como también enfurecen las provocaciones de Vox. En diciembre pasado, antes de las elecciones locales en Andalucía, Abascal publicó un vídeo de él mismo montado en un caballo, recreando la “reconquista” medieval de España (https://elpais.com/politica/2019/04/15/actualidad/1555349941_669847.html)  ante la ocupación musulmana, al ritmo de la banda sonora de El señor de los anillos. En otra ocasión, el partido creó un vídeo donde se mostraba una noticia falsa que anunciaba la imposición de la ley islámica en Andalucía y la conversión de la catedral de Córdoba en una mezquita (https://elpais.com/politica/2018/11/28/actualidad/1543434990_381282.html). Cada una de estas acciones causaron una reacción en contra. Más retuits para Vox, más furia del otro lado. Espinosa lo sabe. “¿Somos parte de esta polarización? Desafortunadamente, lo somos. No estoy diciendo que no…”. Sin embargo, desde su punto de vista, “la izquierda” es la extremista, no Vox.
Espinosa habla excelente inglés —vivió parte de su infancia en Estados Unidos y asistió a la Facultad de Negocios de North­western— y ocasionalmente tuitea en ese idioma. Muchas veces ha entrado a Twitter para atacar la cobertura mediática extranjera sobre Vox, especialmente cuando se compara al partido con grupos de extrema derecha de Francia e Italia. Una vez felicitó irónicamente a un periodista de The Guardian por su “historia políticamente correcta”. Tiene la misma queja sobre los medios españoles. “Enhorabuena a EL PAÍS”, escribió recientemente, “por ser capaz de incluir las expresiones ‘ultraconservador’, ‘ultranacionalista’ y ‘extrema derecha’ en tan solo cinco párrafos. Goebbels os admiraría”.
La verdad es que ha habido múltiples contactos entre Vox y otros partidos políticos de “extrema derecha” europeos. En 2017, como muestra la cuenta de Twitter de Vox, Abascal se reunió con Marine Le Pen, la líder francesa de extrema derecha (https://elpais.com/politica/2018/12/03/actualidad/1543830362_722864.html). En la víspera de las elecciones tuiteó su agradecimiento a Salvini, el líder italiano de ultraderecha, por su apoyo (https://elpais.com/elpais/2019/02/08/ideas/1549640745_423026.html). Abascal y Espinosa fueron recientemente a Varsovia para reunirse con los líderes del partido gobernante polaco, nativista [que favorece a los nativos de un país] y antiplural, y Espinosa apareció también en la Conferencia de Acción Política Conservadora en Washington.
Aun así, Espinosa está en lo correcto cuando minimiza estos encuentros públicos como llamadas de cortesía. Las relaciones importantes entre Vox y la ultraderecha europea, así como con la alt-right estadounidense, se están desarrollando en otra esfera.
“Restaurando el orden natural”
Los nacionalistas de extrema derecha o partidos nativistas en Europa rara vez trabajaban juntos, hasta hace poco. A diferencia de los socialdemócratas europeos, que siempre compartieron una visión del mundo, o incluso de los demócratacristianos de centroizquierda europeos, quienes desde los años cincuenta fueron el verdadero motor que impulsó la UE, los partidos nacionalistas, arraigados en sus propias historias particulares, solían estar en conflicto casi por definición. La extrema derecha francesa nació de los debates acerca de Vichy y Argelia. La ultraderecha italiana estuvo conformada históricamente por los descendientes intelectuales de Mussolini, incluyendo a su propia hija. Los intentos de confraternización siempre terminaron hundiéndose por viejas polémicas. Las extremas derechas de Italia y Austria, por ejemplo, rompieron recientemente relaciones después de que empezaran a discutir —resulta gracioso— sobre la identidad nacional de Tirol del Sur, una provincia en el norte de Italia donde se habla sobre todo alemán.
Hace poco eso ha empezado a cambiar. La extrema derecha europea ha encontrado un grupo de temas con los que todos pueden estar de acuerdo. La oposición a la inmigración, especialmente musulmana. La promoción de una visión del mundo socialmente conservadora. Dicho de otra forma: el desagrado por el matrimonio igualitario o los taxistas africanos es algo que incluso austriacos e italianos, en desacuerdo sobre la ubicación de su frontera, pueden compartir.
Los vínculos y conexiones son visibles en Internet. Entre los que estuvieron observando el ascenso de Vox se encuentra una compañía de análisis de datos de Madrid llamada Alto Data Analytics. Alto, especializada en la aplicación de inteligencia artificial en el análisis de los datos públicos de sitios como Twitter, Facebook, Instagram, YouTube y otras fuentes, produjo hace poco varios coloridos mapas sobre la conversación española en redes, con la meta de identificar campañas de desinformación que buscasen distorsionar las conversaciones digitales. Los mapas mostraron tres conversaciones polarizadas y periféricas, es decir, “cámaras de resonancia”, cuyos miembros, prácticamente, solo hablan entre sí: la conversación sobre el secesionismo catalán, la que se centra en la extrema izquierda y la que habla de Vox.
No fue una sorpresa. Tampoco lo fue descubrir que la mayoría de los “usuarios con actividad anormalmente alta” —bots o personas reales que publican constantemente y tal vez recibiendo un pago por ello— formaban parte de estas tres comunidades, especialmente de la de Vox (https://elpais.com/politica/2019/04/25/actualidad/1556203502_359349.html) , que acaparaba a más de la mitad de ellos. Pocos días antes de las elecciones, el Instituto para el Diálogo Estratégico (ISD en sus siglas en inglés) —una organización británica que rastrea el extremismo en Internet y en el que trabajo como consejera y colaboradora— descubrió una red de casi 3.000 “usuarios con actividad anormalmente alta” (https://elpais.com/politica/2019/04/25/actualidad/1556203502_359349.html), los cuales habían bombardeado Twitter el año pasado con cerca de 4,5 millones de mensajes antiislámicos y pro-Vox.
Los orígenes de la red no son claros y no se sabe quién la financia. Originalmente se configuró para atacar al Gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, pero tras el ataque terrorista en Barcelona en 2017 el objetivo cambió. En los últimos dos años se ha centrado en historias atemorizantes sobre inmigración que incrementan gradualmente su intensidad. Algunos de los contenidos promovidos son materiales extraídos originalmente de redes extremistas, y todos están alineados con los mensajes publicados por Vox. Por ejemplo, el 22 de abril, una semana antes de las elecciones españolas, la red estuvo tuiteando imágenes de lo que sus miembros describían como una revuelta en un “barrio musulmán en Francia” cuando lo que mostraban era una manifestación reciente contra el Gobierno en Argelia.
Alto y el ISD se percataron también de otra singularidad: los simpatizantes de Vox, especialmente los “usuarios con actividad anormalmente alta”, tienen muchísimas probabilidades de publicar y tuitear contenidos y materiales de un grupo muy particular de fuentes: un compendio de webs conspirativas, por lo general creadas al menos hace un año y a veces administradas por una sola persona, que publica grandes cantidades de artículos y titulares muy partidistas.
Curiosamente, el equipo de Alto encontró los mismos tipos de webs en Italia y Brasil en los meses previos a las elecciones de 2018 de ambos países. En ambos casos, los portales empezaron a publicar material partidista —en Italia sobre inmigración, en Brasil sobre corrupción y feminismo— durante el año previo a la votación. En ambos países sirvieron para alimentar y amplificar sesgos ideológicos antes de que siquiera fuesen parte de la política convencional.
En España existen una media docena de portales como esos, algunos profesionales y otros claramente hechos por aficionados. Algunos, de orígenes desconocidos, parecen haber sido creados con una plantilla: uno de los portales más oscuros tiene exactamente el mismo estilo y disposición que un portal brasileño pro-Bolsonaro, casi como si ambos hubiesen sido diseñados por la misma persona. El día anterior a las elecciones españolas, su noticia principal fue una teoría conspirativa: George Soros, el judío millonario nacido en Hungría que ha sido representado como el demonio por la extrema derecha en Europa (https://elpais.com/elpais/2019/04/18/ideas/1555585620_542476.html), iba a ayudar a orquestar un fraude electoral. Soros no era una figura muy conocida en España hasta que Vox lo ha incluido en el debate.
Del otro lado de la balanza se encuentran digitalSevilla, que por lo general informa sobre Andalucía, y CasoAislado, que publica constantemente historias sobre inmigrantes y crímenes. Ambos parecen administrados por equipos muy pequeños y financiados por el sistema de publicidad de Google (https://elpais.com/politica/2018/05/17/actualidad/1526571491_535772.html). Aparecen con mucha frecuencia en la cámara de resonancia de Vox. El dueño de digitalSevilla —según EL PAÍS, un hombre de 24 años sin experiencia como periodista — produce titulares que comparan a la presidenta del partido socialista de Andalucía con la “mujer malvada de Juego de tronos” y en ocasiones ha logrado atraer a más lectores que los periódicos tradicionales. Espinosa me dijo que el dueño de CasoAislado es “un tipo que simpatiza con nosotros, un aficionado. Te lo aseguro, no le estamos pagando a ninguno de ellos”.
Los estadounidenses reconocerán este tipo de webs: funcionan de manera no muy diferente a InfoWars, Breitbart, los portales infames y sesgados que operaron desde Macedonia durante la campaña presidencial de Estados Unidos o las páginas de Facebook creadas por la inteligencia militar rusa. Todos ellos producen noticias sobrecargadas, conspirativas y polarizantes con titulares indignantes listas para ser enviadas a las cámaras de resonancia. A veces, estas webs y las redes que las promueven por Europa trabajan de manera coordinada. En diciembre, Naciones Unidas reunió a los líderes del mundo para discutir la migración en una cumbre de perfil bajo que produjo un pacto con pocos compromisos: el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular. Recibió poca atención mediática, pero Alto analizó que, en vísperas de la reunión, cerca de 50.000 usuarios tuitearon teorías conspirativas sobre el mismo, centenares de ellos alternando francés, alemán, italiano y, en menor medida, español y polaco. De parecido funcionamiento al de la red española que promueve a Vox, estos usuarios estuvieron promocionando material de portales conspirativos, usando imágenes idénticas, enlazándose y retuiteándose entre ellos desde distintos países.
Una red internacional similar se puso en marcha tras el incendio de la catedral de Notre Dame en París. El ISD rastreó miles de publicaciones de gente que afirmaba haber visto a musulmanes “celebrando” el incendio, así como otras de personas que publicaban rumores y fotos que pretendían demostrar que el incendio había sido provocado. CasoAislado montó una publicación casi inmediatamente, en la que declaraba que “cientos de musulmanes” estaban celebrándolo con una imagen en la que parecía que personas con apellidos árabes estaban publicando en Facebook emoticonos sonrientes bajo fotos del incendio. Pocas horas después, Abascal tuiteó su rechazo a aquellos “cientos de musulmanes” y usó la misma imagen, aunque enlazándola a una publicación del teórico de la conspiración de la derecha alternativa estadounidense, Paul Watson, el cual, a su vez, identificó al activista francés de extrema derecha Damien Rieu como la fuente. “Los islamitas que quieren destruir Europa y la civilización occidental celebrando el incendio de #NotreDame”, escribió Abascal, “tomemos nota antes de que sea tarde”.
Este mismo tipo de memes e imágenes se expandieron por los grupos de seguidores de Vox en WhatsApp y Telegram. Incluían, por ejemplo, un meme en inglés que mostraba París “antes de Macron”, con Notre Dame ardiendo, y un “después de Macron”, con una mezquita en su lugar; así como una videonoticia —sobre otro incidente sin relación con Notre Dame— que detallaba detenciones y el descubrimiento de un coche con bombas de gas cerca del lugar del incidente. Fue el ejemplo perfecto de cómo la alt-right, la extrema derecha y Vox esparcían el mismo mensaje al mismo tiempo y en múltiples idiomas para intentar motivar las mismas emociones en toda Europa, Norteamérica y más allá.
También tienen conexiones fuera de Internet. En vista del potencial de llegada que tienen los problemas sociales, se han creado organizaciones paneuropeas que usan un modelo estadounidense de financiación y promoción. Una de ellas es CitizenGo, una organización fundada en Madrid en 2013. CitizenGo es el brazo internacional de HazteOir.org, una organización española creada hace más de una década. De acuerdo con Neil Datta, secretario del Foro Parlamentario Europeo de Población y Desarrollo y autor de un informe sobre la derecha cristiana europea, CitizenGo es parte de una red más grande de organizaciones europeas dedicadas a lo que ellos llaman “restaurar el orden natural”: eliminar derechos de los homosexuales, restringir el aborto y los métodos anticonceptivos, y promover una agenda explícitamente cristiana. Esta red compila listas de correo y se mantiene en contacto con sus seguidores. Afirman que llegan a nueve millones de personas.
Apoyo internacional
El consejo de CitizenGo incluye a Brian S. Brown, el cofundador estadounidense de la Organización Nacional para el Matrimonio, y a Alexey Komov, de la división rusa del Congreso Mundial de Familias (WCF en sus siglas en inglés). A Komov se le asocia con el oligarca ruso sancionado Konstantin Malofeev. En la práctica, él actúa como enlace entre Malofeev y la derecha religiosa estadounidense. El líder de CitizenGo, Ignacio Arsuaga, aparece a menudo en eventos paneuropeos, incluida la reunión en marzo del Congreso Mundial de Familias en Verona, Italia. De acuerdo con el portal del WCF, entre sus participantes estuvieron Salvini, ministro del Interior del Gobierno de Italia y líder de la Liga Norte (de extrema derecha) (https://elpais.com/elpais/2019/02/08/ideas/1549640745_423026.html), así como un grupo de políticos húngaros, un alto sacerdote ruso y hasta su alteza Gloria, princesa de Thurn y Taxis [aristócrata alemana].
Carlos Rosillo (Ver nota infra)
Según el grupo de investigación no gubernamental OpenDemocracy, Darian Rafie, el líder de una organización estadounidense llamada ActRight, también aconseja a CitizenGo y ayuda a mantenerla financieramente. (Algo de contexto: la página de Facebook de ActRight publica burlas sobre la presidenta de la Cámara de Representantes, la demócrata Nancy Pelosi, y lanza al aire preguntas constantemente sobre cuánto pagó el presidente Barack Obama para inscribir a su “hija marihuanera” en la Universidad de Harvard). Rafie le dijo a un reportero de OpenDemocracy que había “recaudado muchos fondos” para Trump (https://www.opendemocracy.net/en/5050/revealed-the-trump-linked-super-pac-working-behind-the-scenes-to-drive-europes-voters-to-the-far-right/). Este tipo de contactos no son inusuales: OpenDemocracy ha identificado a otra docena de organizaciones estadounidenses que financian o asisten a activistas conservadoras en Europa. Y no solo en Europa: Viviana Waisman, de Women’s Link Worldwide, una organización de derechos humanos y legales de la mujer con base en Madrid, me comentó que suele toparse con CitizenGo y su mensaje por todo el mundo. Entre otras cosas, ha popularizado la expresión “ideología de género” —un término inventado por la derecha cristiana y que se usa para describir una gran variedad de temas, desde violencia doméstica hasta derechos de los homosexuales— en África y Latinoamérica, así como en Europa.
Rocío Monasterio (Vox)
En España, CitizenGo ha adquirido fama estampando lemas provocadores en autobuses que recorren las ciudades españolas. Los autobuses enfadan a la gente y atraen mucha atención para CitizenGo y para Vox. Las coincidencias entre ambos no son un secreto: la organización ha otorgado su premio anual, en los últimos años, a Abascal, a Ortega Smith y a otras personas que son ahora políticos de Vox, así como a activistas católicos y al líder iliberal húngaro Viktor Orbán.
Ignacio Garriga (Vox).
En el periodo previo a las elecciones de abril —primeras en las cuales Vox se mostraba como una formación con posibilidades electorales—, el dinero, la red y el talento de CitizenGo probaron ser muy útiles. Como ya lo había hecho en el pasado, CitizenGo lanzó la campaña “Vota valores”. Esta vez, los autobuses se pintaron con citas destinadas a menospreciar a los líderes de otros partidos que no fuesen Vox. El grupo creó una web con listas en las que mostraban qué partidos estaban de acuerdo con sus “valores” y dejaban claro que el único con “valores” era Vox.
Es un patrón conocido en la política estadounidense. Así como en Estados Unidos se puede apoyar a Comités de Acción Política (PAC, por sus siglas en inglés) que generan publicidad en torno a los temas que defienden determinados candidatos, ahora los estadounidenses, los rusos o la princesa de Thurn y Taxis también pueden hacer donaciones a CitizenGo y, por ende, apoyar a Vox. Este modelo de financiación no ha sido muy utilizado en Europa en el pasado. En la mayoría de los países, la financiación política tiene limitaciones. En algunos lugares (no en España), la financiación extranjera está prohibida. Se ha levantado un gran revuelo alrededor de la organización The Movement, de Stephen K. Bannon (https://elpais.com/tag/stephen_kevin_bannon/a/), que se estableció en Europa para ayudar a los candidatos de la extrema derecha a ganar elecciones. No obstante, en realidad —aunque muchos europeos probablemente no se han dado cuenta— los extranjeros que quieren financiar a la extrema derecha europea pueden hacerlo desde hace tiempo. El último informe de OpenDemocracy dice que Arsuaga informó a un periodista de que el dinero dado a su grupo podría “indirectamente” apoyar a Vox, ya que “actualmente” están “totalmente alineados”. El dinero que organizaciones como CitizenGo gastan en las elecciones importa menos que las campañas que organizan en los meses previos a esas elecciones. Como le dijo Arsuaga al reportero de OpenDemocracy, “al controlar el entorno de los políticos, terminas controlándolos también a ellos”. Lo que realmente importa es la batalla por los valores en los medios de comunicación, la educación, las instituciones culturales y, por encima de todo, en las redes sociales. Europa (https://elpais.com/politica/2018/12/12/actualidad/1544624671_005462.html), incluso los países que anteriormente buscaban el consenso —Países Bajos, Alemania y ahora España—, está empezando a parecerse más a Estados Unidos, donde la batalla por los valores se ha convertido en una guerra abierta.
Atando los cabos de extrema derecha
Cuando le pregunté a Rafael Bardají acerca del vídeo de “Hacer España grande otra vez”, sonrió: “Esa idea fue mía, fue una especie de chiste del momento”. Bardají se unió al equipo dirigente de Vox un poco después que Espinosa y Abascal. Como ellos —y como la mayoría en Vox—, es un exmiembro del PP que acabó desilusionado por el centrismo y la moderación. A principios de la década de 2000 trabajó con Aznar y es conocido como el asesor que más presionó para que España se uniese a la invasión estadounidense de Irak.
Por ello, se le considera “neoconservador”, aunque no está claro qué significa eso en el contexto español. Bardají también se ha ganado el apodo de Darth Vader, algo que le divierte (ha puesto la foto del villano de Star Wars en Twitter). “Hacer España grande otra vez,” explica, “fue una especie de provocación… La intención era irritar a la izquierda un poco más”. Este es, por supuesto, un concepto muy familiar: “Hazlo porque ofende al establishment”. “Humilla a los progres”. Un clásico sentimiento breitbartiano. Y sí, Bardají conoce a Bannon (https://elpais.com/politica/2018/12/04/actualidad/1543949909_697562.html) y tienen un amigo en común, pero se burla de la importancia que se le da. Los periodistas españoles, me dijo, “le dan a Bannon una importancia que no tiene”.
@Vox_es (Twitter)
No queda claro si Bannon, exdirector de Breitbart y exdirector de estrategia del presidente Trump, influenció a Bardají o viceversa. Bardají me dijo que tuvo la oportunidad de visitar la Casa Blanca poco después del triunfo de Trump. Me aseguró que estuvo en contacto con el consejero de Seguridad Nacional Michael Flynn y con su sucesor, H. R. McMaster, y discutieron sobre la primera visita de Trump a la OTAN, así como sobre el discurso que haría en Varsovia, aquel en el que subrayó la necesidad de defender el mundo cristiano del islam radical: “La aspiración de civilizar, el modo en que Occidente debe defenderse…, estábamos completamente en sintonía,” me dijo Bardají. El número de musulmanes españoles en la actualidad es relativamente bajo —la mayoría de la inmigración española proviene de Latinoamérica— y el de EE UU es aún más bajo. Pero la idea de que la civilización cristiana necesita redefinirse frente el enemigo islámico tiene, por supuesto, un eco histórico especial en España, al igual que en los Estados Unidos pos-11-S y pos-Irak.
Hay otros aspectos que revelan que el Trump­world y Vox son simbióticos. Bardají, que dice conocer también a Jason Greenblatt, el negociador de la Administración de Trump en Oriente Próximo, tiene nexos desde hace mucho tiempo con la Administración israelí. Bardají me aseguró que en 2014 organizó para Vox la visita de un asesor de relaciones públicas de Israel: “Lo traje del equipo que ganó las elecciones para Netanyahu”. Ese mismo año, el primer candidato fallido de Vox para el Parlamento Europeo, Alejo Vidal-Quadras Roca (https://elpais.com/tag/aleix_vidal_quadras_roca/a), recibió una generosa donación —más de 800.000 euros (https://elpais.com/politica/2019/01/18/actualidad/1547834274_728411.html), divididos entre docenas de donaciones individuales— de la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán (MEK), una organización/culto iraní que se opone a la República Islámica. El MEK tiene una repu­tación ambigua en Washington —se le ha clasificado como una organización terrorista en ocasiones—, pero tiene algunos aliados: tanto el consejero de Seguridad Nacional John Bolton como el abogado de Trump Rudolph W. Giuliani han dado discursos en su evento anual en París. Estos vínculos compartidos entre Vox y la Administración de Trump no sugieren una conspiración, sino intereses mutuos y amigos en común desde hace años. Más que cualquier otra cosa, son personas que ven que tienen enemigos en común y han logrado adoptar con el tiempo una visión similar del mundo. Al igual que Espinosa, Bardají reconoce la polarización de la política española, y además piensa que es algo permanente: “Estamos entrando en un periodo en el que la política se está convirtiendo en algo distinto, es una guerra con otros medios —no queremos ser asesinados, queremos sobrevivir —… Creo que ahora en política el que gana se lo lleva todo. No es un fenómeno exclusivo de España”.
Anne Applebaum en Madrid. Ángel Navarrete.
Bardají dice que, hasta el momento, Vox ha sido demasiado pequeño como para orquestar mucha propaganda, y menos aún como para formar parte de un movimiento internacional: “Hemos sido un partido pequeño con un presupuesto limitado”. Espinosa afirmó lo mismo, así como Vidal-Quadras, quien me aseguró que el dinero del MEK se acabó cuando él abandonó el partido. Había sido un reconocimiento personal por sus luchas pasadas. No hay razón para no creerles.
Pero el caso es que muchos otros, en Europa y en Estados Unidos, han venido presionando y promoviendo los temas que se han convertido en la agenda principal del partido. Como dijo el expresidente Aznar (https://elpais.com/politica/2019/03/27/actualidad/1553720303_741932.html), Vox es una “consecuencia”, aunque no solo, del separatismo catalán. Es también consecuencia del trumpismo, de las webs conspirativas, de las campañas digitales de la alt-right y la extrema derecha internacional, y especialmente, de la reacción conservadora que se ha venido construyendo por todo el continente durante años.
En cierto modo, es la máxima de las ironías: los nacionalistas, los antiglobalistas, las personas escépticas con las leyes internacionales y muchas otras organizaciones trabajan ahora juntos, rompiendo fronteras, por causas comunes. Comparten contactos. Obtienen dinero de los mismos fondos. Aprenden los unos de los errores de los otros, se copian el vocabulario. Y están convencidos de que, juntos, algún día, ganarán.
(*) Anne Applebaum es periodista. Su último libro, Hambruna roja, y Gulag, por el que ganó el Premio Pulitzer, han sido publicados por Debate en enero. © Washington Post, 2019.

Fuente:
https://elpais.com/elpais/2019/05/10/ideas/1557485729_129647.html?por=mosaico
Cfr.
https://www.washingtonpost.com/graphics/2019/opinions/spains-far-right-vox-party-shot-from-social-media-into-parliament-overnight-how/
Imágenes:
https://elpais.com/politica/2018/12/03/actualidad/1543830362_722864.html
https://elpais.com/internacional/2019/04/01/mexico/1554071665_552687.html
https://elpais.com/politica/2019/02/10/actualidad/1549832991_534915.html
https://www.lavanguardia.com/politica/20191006/47841914313/vox-vistalegre-abascal-psoe-criminal.html
https://ctxt.es/es/20181010/Firmas/22221/sergio-del-molino-vox-frente-nacional-establishment-coque-malla.htm
https://shangay.com/2019/07/02/rocio-monasterio-de-vox-el-orgullo-es-una-caricatura-denigrante/
https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2019/12/15/5df0f97121efa069698b457d.html
Carlos Rosillo:  De izquierda a derecha, Rocío Monasterio, Javier Ortega Smith, Santiago Abascal, Cristiano Brown, Javier Maroto, Pablo Casado, Carmen Moriyón, Yolanda Ibáñez, Begoña Villacís, Albert Rivera e Ignacio Aguado.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

AGUAS SOBRE PUENTES TURBULENTOS

EL PAÍS, Madrid, 12 de septiembre de 2018
TRIBUNA
Los presuntos guardianes de Suecia
Antony Beevor

Poco antes de las elecciones del domingo y el extraordinario avance del partido de extrema derecha Demócratas Suecos, la comunidad internacional descubrió una realidad incómoda: ni siquiera una sociedad tan progresista como la de Suecia es inmune al odio y a la intolerancia. Tal vez algún politólogo dé con una fórmula para conocer la relación entre los niveles de inmigración y el ascenso del populismo nacionalista. Suecia, desde luego, tiene el mayor número de inmigrantes por habitante de toda Europa. Pero es bien sabido que algunos países, en particular los del grupo de Visegrado, en Europa del Este, están apoyando lo que el líder húngaro Viktor Orbán llama “democracia iliberal” sin haber convivido nunca con la inmigración.

Demócratas Suecos, dirigido por un elocuente diseñador de páginas web llamado Jimmie Åkesson, obtuvo sus primeros escaños parlamentarios en 2010, tras librarse de sus elementos más descaradamente neonazis. Le ayudó la existencia de grupos todavía más extremistas: Alternativa por Suecia, Movimiento Nórdico de Resistencia y Soldados de Odín, que se consideran justicieros antiinmigración. En comparación, ellos son un partido convencional, y eso les ha permitido alcanzar el 17,6% de los votos y convertirse en la tercera fuerza, por detrás de los socialdemócratas y el centro-derecha de los moderados.

Lo único razonablemente seguro en el empate actual entre el centroizquierda y el centroderecha es que formar un gobierno sin la participación de Demócratas Suecos va a ser enormemente difícil. Por suerte, Suecia es una democracia muy asentada y, como sucedió recientemente en Holanda con un Gobierno interino, sobrevivirá a un limbo político que, en otros lugares, podría ser catastrófico. El verdadero peligro puede aparecer a largo plazo. En una era de cambios radicales, defender el statu quo es una tarea nada envidiable. En toda Europa existen ya partidos nacionalistas extremistas que explotan las contradicciones de unos Gobiernos que aspiran en vano a la integración y, al mismo tiempo, permiten una política de multiculturalismo.

El éxito de esos partidos en Europa y otros continentes ha roto tabúes políticos y culturales y ha trastocado cosas que se daban por supuestas. Defender los intereses de la población nativa, tanto frente a los inmigrantes económicos como frente a los que buscan asilo, ha dejado de ser una vergüenza. Ha quedado claro que la idea de que las ideas humanitarias y progresistas tienen que acabar venciendo es de un optimismo imposible. A la gente le resulta más fácil fingir que es tolerante cuando no se siente amenazada por la velocidad de los cambios sociales, políticos y demográficos. Puede que la xenofobia de otros tiempos haya dejado de ser socialmente aceptable, pero no ha desaparecido. En Reino Unido, la avalancha de comentarios racistas tras el referéndum del Brexit escandalizó a muchos. Pero la verdad es que, a pesar de que muchos, por ejemplo en las escuelas de magisterio, creen que con la educación será posible que la próxima generación esté libre de prejuicios, el avance de las actitudes progresistas en los últimos 20 años no se ha consolidado.

Alexis de Tocqueville señaló en una famosa frase que “el momento más peligroso para un mal gobierno es cuando empieza a reformarse”. Hoy, después de tres generaciones de “buen gobierno” en Europa desde la posguerra, está sucediendo todo lo contrario. Las democracias occidentales se han vuelto cada vez más vulnerables a todos los grupos de presión imaginables. Y una sociedad cuya tolerancia no está asegurada se queda, por definición, a merced de los provocadores intolerantes y premeditados.

Los manifestantes de extrema derecha pueden ser racistas declarados o simplemente personas asustadas e indignadas por la desconcertante velocidad de los cambios. A eso se une una revuelta contra el multiculturalismo y la corrección política, que se convierte en un deseo de utilizar el lenguaje de odio para crear conmoción e incluso cuestionar los tabúes contra el antisemitismo y el racismo. Nada es comparable a la provocación que representan la esvástica y el saludo hitleriano, como demostraron a finales de agosto los sucesos de Chemnitz, en el este de Alemania.

¿Es posible que proclamen su patriotismo y hagan todo lo posible para debilitar a Suecia frente a una agresión rusa?

¿Qué ocurrirá con la inmigración en el futuro? La sorprendente subida de las temperaturas de este año debería ser una señal de alarma, sobre todo —espero— para Demócratas Suecos que niega el cambio climático. Curiosamente, después de un verano abrasador en Suecia, los grandes perdedores han sido los Verdes. La llegada de refugiados a través del Mediterráneo ha descendido por ahora, pero entre las consecuencias del calentamiento podrían darse la destrucción de las reservas de alimentos y una mayor escasez de agua en toda África, lo cual provocaría nuevas olas de migración hacia el norte, hacia el salvavidas europeo. Hace casi 30 años, escribí un libro sobre el Ejército británico en el que acababa preguntándome qué papel podrían tener las fuerzas de defensa en un mundo futuro de guerras por el agua y desastres ecológicos. ¿Tendrían que garantizar la seguridad de las fronteras nacionales contra las migraciones masivas procedentes del sur? Me horrorizaría tener razón.

De hecho, la defensa es otro enigma planteado en estas elecciones. Demócratas Suecos, como casi toda la extrema derecha europea, parece ser admirador de Vladímir Putin, que ha exprimido todo lo que ha podido la baza de la islamofobia y contra la inmigración. A su vez, esos partidos reciben el apoyo del canal de televisión Russia Today y otros medios del Kremlin. Su posición de poder llega en un instante delicado. Durante las próximas semanas, las Fuerzas Armadas rusas celebrarán sus juegos de guerra en Vostok, con el despliegue de hasta 300.000 soldados. Son las mayores maniobras desde la Guerra Fría, y se extenderán desde el Lejano Oriente, con la participación de tropas chinas, hasta Kaliningrado y el Báltico.

Por su parte, la OTAN también llevará a cabo sus ejercicios de otoño, Trident Juncture, con la intervención de 40.000 soldados, incluidos los de dos países que no pertenecen a la Alianza: Suecia y Finlandia. Estas maniobras pueden enojar a los rusos, sobre todo porque la base de los ejercicios es una “hipótesis de Artículo 5”, el rechazo a una invasión de Noruega por parte de unas fuerzas orientales que recuerdan bastante al Ejército Rojo. Con todo esto, hay una pregunta que los amigos extranjeros de Suecia, sin duda, van a empezar a hacerse: ¿será posible que Demócratas Suecos, mientras proclama a voces su peculiar patriotismo, haga todo lo que pueda para debilitar la voluntad de su país de hacer frente a una agresión rusa en el norte de Europa?

(*) Antony Beevor es historiador. Su último libro es La batalla por los puentes (Crítica).
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Fotografía inicial: http://itongadol.com.ar/noticias/val/86687/antisemitismo-miembros-de-grupos-neonazis-irrumpieron-en-una-conferencia-de-un-sobreviviente-del-holocausto-en-suecia.html
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2018/09/11/opinion/1536675725_421219.html

sábado, 6 de mayo de 2017

UNA COINCIDENCIA NADA CASUAL

EL NACIONAL, Caracas, 6 de mayo de 2017
Estos son mis principios
Sergio Dahbar

Vivimos días aciagos. El planeta ha visto la represión –ejercida por efectivos del “socialismo” del siglo XXI de Nicolás Maduro, es decir, por los hombres nuevos de la revolución– contra ciudadanos que piden democracia parlamentaria, libertad de presos políticos y una economía que restituya la vida digna frente al desabastecimiento de comida y medicinas.
El saldo de la violencia (35 muertos, 500 heridos y 1.300 detenidos, saqueos indiscriminados, robos de equipos periodísticos, ataques a primeros auxilios que atienden heridos) confirma que este gobierno no tiene un ápice de aquel “humanismo” tan mentado de la izquierda. Sin embargo, consigue la solidaridad de sus pares en el mundo.
Como bien indica José Ignacio Torreblanca (jefe de Opinión de El País de Madrid), el 27 de abril pasado ocurrió una votación en el Parlamento Europeo para expresarse a favor del respeto a la Constitución y la libertad de los presos políticos. Quedará para la historia.
La votación merece entendimiento. 6% (35) de los eurodiputados votaron en contra; 77% (450) lo hicieron a favor; 17% (100) se abstuvieron. Torreblanca se pregunta: “¿Quiénes destacan entre ese selecto grupo de personas que encontraron razones políticas o morales de orden superior para no condenar un asalto a la democracia tan burdo que hasta el propio Maduro, instado por su fiscal general, se vio obligado a retirar?”.
Selecto era el grupo. Filonazis griegos de Amanecer Dorado, la derecha italiana de Lega Nord, la tenebrosa alemana de Voigt, Izquierda Unida española, el partido comunista griego y portugués, Syrisa de Grecia, y el Front Gauche francés. En la abstención entraron los muchachos bien pagados de Podemos. Un autobús con lo peorcito del viejo continente. Ellos solos quisieron tomarse la foto.
De la derecha siempre podremos esperar el horror. Pero ¿y qué nos dicen los comunistas? Siguen los designios del comité central. Y para muestra quiero recordar un hecho entre millones: el 24 de marzo de 1976. Ese día los militares argentinos dieron un golpe sangriento que enterró la democracia en Argentina.
Ese día el Partido Comunista argentino, uno de los más ortodoxos y retrógrados del mundo, emitió un comunicado que se podía leer como una celebración: no había triunfado el ala más pinochetista de las Fuerzas Armadas. En la lucha entre halcones y palomas, habían triunfado las que simbolizan la paz. Los muchachos de Bahía Blanca se pusieron creativos y entonaban un estribillo: “Videla, Viola, esto es un golpe piola” (chévere).

¿Qué había ocurrido? ¿Cómo era posible que semejante acto de barbarie, condimentada con Falcon verde oliva que desaparecían disidentes como hormigas, fuera celebrado por el Partido Comunista? Fácil: jerarcas de la ex URSS le pidieron tranquilidad a su base, porque Argentina era geopolíticamente estratégica en la lucha contra Estados Unidos.
Fue trágico. Muchos comunistas murieron tratando de convencer a militares asesinos de que eran comunistas, pero nunca radicales.
Para cerrar los episodios de una izquierda que ha sido una farsa, hay que detenerse en Borges. Vino a Venezuela en 1983, porque quería presenciar una “coleada de toros’’. Admiradores de tres universidades (UCV, LUZ y ULA) propusieron que se le otorgara un doctorado honoris causa.
En las sesiones de los consejos universitarios los amigos de la izquierda se lo negaron. Tres veces. “¿Qué ha hecho Borges por Venezuela”?, preguntaron. “No es más que un reaccionario conservador”. Borges sonrió: “Entiendo que se han abstenido noblemente”. Groucho Marx le hubiera puesto humor al asunto: “Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros”.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/estos-son-mis-principios_180737

sábado, 31 de mayo de 2014

ALGO MÁS QUE UNA PUNZADA

EL PAÍS, Madrid, 01 de junio de 2014
LA CUARTA PÁGINA
Decadencia de Occidente
Tras las elecciones europeas, irrumpen torrencialmente los enemigos populistas del euro y de la UE; mientras tanto, Estados Unidos se está retirando discretamente del liderazgo democrático y liberal
Mario Vargas Llosa

Aunque en apariencia los partidos tradicionales —populares y socialistas— han ganado las elecciones al Parlamento Europeo, la verdad es que ambos han perdido muchos millones de votos y que el hecho central de esta elección es la irrupción torrencial en casi toda Europa de partidos ultraderechistas o ultraizquierdistas, enemigos del euro y de la Unión Europea, a los que quieren destruir, para resucitar las viejas naciones, cerrar las fronteras a la inmigración y proclamar sin rubor su xenofobia, su nacionalismo, su filiación antidemocrática y su racismo. Que haya matices y diferencias entre ellos no disimula la tendencia general de una corriente política que hasta ahora parecía minoritaria y marginal y que, en esta justa electoral, ha demostrado un crecimiento espectacular.
Los casos más emblemáticos son los de Francia y Gran Bretaña. El Front National de Marine Le Pen, que, hasta hace pocos años era un grupúsculo excéntrico, es ahora el primer partido político francés —de no tener un solo diputado europeo tiene ahora 24— y el UKIP, Partido de la Independencia de Reino Unido, luego de derrotar a conservadores y laboristas, se convierte en la formación política más votada y popular de la cuna de la democracia. Ambas organizaciones son enemigas declaradas de la construcción europea y quieren enterrarla a la vez que acabar con la moneda común y levantar barreras inexpugnables contra una inmigración a la que hacen responsable del empobrecimiento, el paro y la subida de la delincuencia en toda Europa occidental. La extrema derecha triunfa también en Dinamarca, en Austria los eurófobos del FPÖ alcanzan el 20%, y en Grecia el ultraizquierdista antieuropeo Syriza gana las elecciones y el partido neonazi Amanecer Dorado (10% de los votos) envía tres diputados al Parlamento Europeo. Catástrofes parecidas, aunque en porcentajes algo menores, ocurren en Hungría, Finlandia, Polonia y demás países europeos donde el populismo y el nacionalismo aumentan también su fuerza electoral.
Los movimientos antisistema pueden enterrar, a la corta o a la larga, la Unión Europea
Algunos comentaristas se consuelan afirmando que estos resultados denotan un voto de rabia, una protesta momentánea, más que una transformación ideológica del viejo continente. Pero como es seguro que la crisis de la que han resultado los altos niveles de desempleo y la caída del nivel de vida tardará todavía algunos años en quedar atrás, todo indica que el vuelco político que muestran estas elecciones en vez de ser pasajero, probablemente durará y acaso se agravará. ¿Con qué consecuencias? La más obvia es que la integración europea, si no se frena del todo, será mucho más lenta de lo previsto, con la casi seguridad de que habrá desenganches entre los países miembros, empezando por el británico, que parece ya casi irreversible. Y, acosada por unos movimientos antisistema cada vez más robustos y operando en su seno como una quinta columna, la Unión Europea estará cada vez más desunida y conmovida por crisis, políticas fallidas y una contestación permanente que, a la corta o a la larga, podrían enterrarla. De este modo, el más ambicioso proyecto democrático internacional se iría a pique y la Europa de las naciones encrespadas regresaría curiosamente a los extremismos y paroxismos de los que resultaron las matanzas vertiginosas de la II Guerra Mundial. Pero, incluso si no se llega al cataclismo de una guerra, su decadencia económica y política seguiría siendo inevitable, a la sombra vigilante del nuevo (y viejo) imperio ruso.
Al mismo tiempo que me enteraba de los resultados de las elecciones europeas yo leía, en el último número de The American Interest, la revista que dirige Francis Fukuyama (May/June 2014), una fascinante encuesta titulada America self-contained? (que podría traducirse como ¿América ensimismada?), en la que una quincena de destacados analistas estadounidenses de distintas tendencias examinan la política exterior del Gobierno del presidente Obama. Las coincidencias saltaban a la vista. No porque en Estados Unidos haya hecho irrupción el populismo nacionalista y fascistón que podría acabar con Europa, sino porque, con métodos muy distintos, el país que hasta ahora había asumido el liderazgo del Occidente democrático y liberal, discretamente iba eximiéndose de semejante responsabilidad para confinarse, sin traumas ni nostalgia, en políticas internas cada vez más desconectadas del mundo exterior y aceptando, en este globalizado planeta de nuestros días, su condición de país destronado y menor.
Sobre las razones de esta “decadencia” los críticos discrepan, pero todos están de acuerdo que esta última se refleja en una política exterior en la que Obama, con el apoyo inequívoco de una mayoría de la opinión pública, se desembaraza de manera sistemática de asumir responsabilidades internacionales: su retiro de Irak, primero, y, ahora, de Afganistán, tras dos fracasos evidentes, pues en ambos países el islamismo más destructor y fanático sigue haciendo de las suyas y llenando las calles de cadáveres. De otro lado, el Gobierno de Estados Unidos se dejó derrotar pacíficamente por Rusia y China cuando amenazó con intervenir en Siria para poner fin al bombardeo con gases venenosos a la población civil por parte del Gobierno de El Asad y no sólo no lo hizo sino toleró sin protestar que aquellas dos potencias siguieran suministrando armamento letal a la corrupta dictadura. Incluso Israel se dio el lujo de humillar al Gobierno norteamericano cuando éste, a través de los empeños del secretario de Estado Kerry, intentó una vez más resucitar las negociaciones con los palestinos, saboteándolas abiertamente.
Nuevas formas de autoritarismo, como las de Rusia y China, han sustituido a las antiguas
Según la encuesta de The American Interest nada de esto es casual, ni se puede atribuir exclusivamente al Gobierno de Obama. Se trata, más bien, de una tendencia que viene de muy atrás y que, aunque soterrada y discreta por buen tiempo, encontró a raíz de la crisis financiera que golpeó con tanta fuerza al pueblo estadounidense ocasión de crecer y manifestarse a través de un Gobierno que se ha atrevido a materializarla. Aunque la idea de que Estados Unidos se enrosque en solucionar sus propios problemas y, a fin de acelerar su desarrollo económico y devolver a su sociedad los altos niveles de vida que alcanzó en el pasado, renuncie al liderazgo de Occidente y a intervenir en asuntos que no le conciernan directamente ni representen una amenaza inmediata a su seguridad, sea objeto de críticas entre la élite y la oposición republicana, ella tiene un apoyo popular muy grande, la de los hombres y mujeres comunes y corrientes, convencidos de que Estados Unidos debe dejar de sacrificarse por los “otros”, enfrascándose en costosísimas guerras donde dilapida sus recursos y sacrifica a sus jóvenes, en tanto que escasea el trabajo y la vida se vuelve cada vez más dura para el ciudadano común. Uno de los ensayos de la encuesta muestra cómo cada uno de los importantes recortes en gastos militares que ha hecho Obama han merecido el respaldo aplastante de la ciudadanía.
¿Qué conclusiones sacar de todo esto? La primera es que el mundo ha cambiado ya mucho más de lo que creíamos y que la decadencia de Occidente, tantas veces pronosticada en la historia por intelectuales sibilinos y amantes de las catástrofes, ha pasado por fin a ser una realidad de nuestros días. ¿Decadencia en qué sentido? Ante todo, en el papel director, de avanzada, que tuvieron Europa y Estados Unidos en el pasado mediato e inmediato, para muchas cosas buenas y algunas malas. La dinámica de la historia ya no sólo nace allí sino, también, en otras regiones y países que, poco a poco, van imponiendo sus modelos, usos, métodos, al resto del mundo. Esta descentralización de la hegemonía política no estaría mal si, como creía Francis Fukuyama luego de la caída del muro de Berlín, la democracia liberal se expandiera por todo el planeta erradicando la tradición autoritaria para siempre. Por desgracia no ha sido así sino, más bién, al revés. Nuevas formas de autoritarismo, como los representados por la Rusia y China de nuestros días, han sustituido a las antiguas, y es más bien la democracia la que empieza a retroceder y a encogerse por doquier, debilitada por los caballos de Troya que han comenzado a infiltrarse en las que creíamos ciudadelas de la libertad.
Ilustración: Fernando Vicente.

jueves, 1 de mayo de 2014

GALERÍA

EL PAIS, Madrid, 29 de abril de 2014
TRIBUNA
La ultraderecha que viene
El verdadero peligro procede de formaciones de centro y de esa izquierda desorientada que asumen parte de esos discursos que llevaron a Europa al totalitarismo y a la guerra
Xavier Rius Sant 

El 30 de marzo fue el Frente Nacional de Marine Le Pen, el partido de ultraderecha, el que tuvo unos excelentres resultados en las elecciones municipales francesas. El 6 de abril fue en Hungría, donde el neonazi Jobbik consiguió el 21% de los votos en las legislativas. El Jobbik, a diferencia del Frente Nacional, no maquilla su discurso, es claramente antisemita y antigitano y reivindica episodios e ideas del régimen nazi de la Cruz Flechada, responsable del exterminio de cientos de miles de judíos.
El ascenso electoral de los partidos xenófobos contamina en muchos países al resto de fuerzas políticas. Es el caso de Francia donde, antes Nicolas Sarkozy y ahora los mismos socialistas, han asumido implícitamente algunos elementos del discurso de la ultraderecha, proponiendo medidas condenadas al fracaso como la expulsión de gitanos rumanos o búlgaros. En Hungría el partido gobernante, el conservador Fidesz, de Viktor Orbán, no sólo recorta las libertades y comparte con Jobbik algunas propuestas, sino que en nombre de una supuesta necesidad de renacer de la nación húngara y de recuperar su lugar en Europa, dio derecho al voto estas elecciones a las minorías húngaras de Serbia, Eslovaquia o Rumanía. Medida que recuerda las ideas expansionistas de Hitler en Polonia o Checoslovaquia en defensa de un espacio vital.
El ascenso de estos dos partidos de ultraderecha es una confirmación de que, tal como anuncian las encuestas, la ultraderecha puede duplicar o triplicar sus escaños en las próximas elecciones europeas con un discurso contrario a la inmigración, reivindicando la recuperación del control de las fronteras nacionales, y proponiendo la salida del euro y la Unión Europea. Una Unión que se ideó tras la barbarie nazi, precisamente, para evitar nuevas guerras. Así en 1951 se creó la Comunidad Económica del Carbón y del Acero que daría paso al Mercado Común, y más tarde a la Unión Europea. Una Unión en la que los estados cedían parte de su soberanía económica, monetaria y de fronteras, con unos ciudadanos amparados por la Carta de Derechos Fundamentales de la UE. Y tanto el Frente Nacional francés como el Jobbik húngaro, no sólo cuestionan las libertades fundamentales que reconoce la Carta y desean recuperar el poder de gestión de la economía cedido a la UE, sino proponen la salida de la misma, la recuperación del las fronteras y convierten en enemigos a los inmigrantes, sobre todo los musulmanes, y a los gitanos, señalándolos como una amenaza para Europa.
Marine Le Pen ha querido dar una imagen de moderación distinta que la ofreció su padre
Ciertamente no todos los grupos de ultraderecha son iguales. Tres son las tendencias o familias de la ultraderecha europea. Unos, como el Jobbik húngaro o Amanecer Dorado de Grecia, no maquillan su discurso neonazi. Otros, como el Partido por la Libertad del holandés Geert Wilders o la misma Marine Le Pen, enfocan sus críticas a la pérdida de soberanía a causa de la integración europea y piden la salida de buena parte de la inmigración, rechazando con más énfasis la islámica. Por último, otros como el UKIP británico, enfatizan más las tesis eurófobas. Afortunadamente España será una excepción y parece que no habrá ninguna candidatura ultra que consiga escaño en Estrasburgo.
Plataforma X Catalunya, que obtuvo 67 concejales en 2011, no piensa presentarse y afronta una serie de avatares judiciales en relación a la reciente expulsión de su líder, Josep Anglada. Y las cinco candidaturas o coaliciones que se han presentado, La España en Marcha, Democracia Nacional, Falange de las JONS, Movimiento Social Republicano e Impulso Social, no ocultan una ideología franquista, ultracatólica o nacional-revolucionaria, con la que difícilmente conseguirán calar en el electorado. Y por más que en la lista de VOX haya candidatos de pasado ultra —como es el caso de Pablo Barranco, que fue secretario general de Plataforma per Catalunya—, dicha candidatura no puede equipararse a la ultraderecha europea, dado que no hace propuestas xenófobas ni eurófobas.
Es evidente que el Frente Nacional actual, no es igual que el Jobbik húngaro o Amanecer Dorado, y Marine Le Pen ha querido dar una imagen de moderación distinta que la ofreció su padre. Pero hasta hace un año el número tres del Frente Nacional, el eurodiputado Bruno Gollnisch, era presidente de la Alianza Europea de Movimientos Nacionales, de la que forma parte el Jobbik húngaro. Y sigue formando parte del Frente Nacional su fundador, Jean Marie Le Pen, que fue condenado en 2008 por minimizar el nazismo, en 1998 por negar la igualdad de las razas humanas y en 1989 por cuestionar la existencia de las cámaras de gas. Y gracias al liderazgo fuerte de su hija ha conseguido aglutinar a personas de ideas antisemitas con islamófobos que consideran Israel el baluarte de Occidente.
Es una realidad que el espacio ciudadano y económico europeo no es actualmente como se soñó. Pero las propuestas de la ultraderecha eurófoba son inviables y acarrearían grandes costes económicos y comerciales a corto y medio plazo. Es posible que la Unión Europea se precipitara al pactar el ingreso de Rumanía y Bulgaria sin plantear previamente unas políticas de integración de sus comunidades gitanas que, tras la caída de comunismo, se convirtieron en el chivo expiatorio de sus incipientes democracias, retornando dichos ciudadanos a formas de vida endogámicas y a un nomadismo que, gracias a la libertad de circulación europea, multiplicó por diez la distancia geográfica en la que se movían sus antepasados. Pero una cosa es reconocer la problemática derivada del asentamiento de miles de gitanos rumanos en Francia, Italia o España, y otra hacer de ello bandera electoral, sin más propuestas que presionarlos para que se marchen de una ciudad y se instalen en otra a cuatro horas de autopista.
Manuel Valls destacó como ministro del Interior por las expulsiones de gitanos rumanos o kosovares
De la misma manera, una cosa rechazar es el papel de ciertos imanes salafistas, y discrepar de interpretaciones del islam contrarias a la interculturalidad y la laicidad, y, otra, la islamofobia étnica que criminaliza a millones de personas por su origen y les empuja a encerrarse en el gueto como reacción a una sociedad que los estigmatiza o los criminaliza.
La cuestión que debe preocupar no es únicamente que en Francia el Frente Nacional haya ganado en 11 ciudades, sino que la derecha o la misma izquierda asuman parte de sus tesis. Manuel Valls ahora primer ministro, destacó como ministro del Interior por las expulsiones de gitanos rumanos o kosovares, generando tormentas mediáticas que legitimaron su discurso de dureza, por más que dichas medidas sean poco o nada eficaces sino van acompañadas de un pacto europeo para afrontar la situación de marginalidad de dichos colectivos.
El peligro de la Europa que se unió para evitar nuevas guerras y nuevos fascismos no vendrá únicamente de 35 o 50 eurodiputados ultras. El peligro es ese centro y esa izquierda desorientada que, dudosa de las herramientas y estrategias para dar un giro a las políticas económicas, asume parte de discurso de quienes añoran o proponen ideas o valores de quienes llevaron a Europa al totalitarismo y la guerra. Y asumiendo en parte dichas propuestas, hacen de ciertos colectivos el chivo expiatorio de problemáticas complejas.
(*) Xavier Rius es periodista y autor de diferentes libros y estudios sobre ultraderecha.