Editorial
Uso oportunista del estado de alarma
Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, ha logrado que el Parlamento de su país, en el que dispone de mayoría, apruebe la prolongación por un periodo indefinido del estado de alarma, promulgado previamente para combatir la crisis del coronavirus. Esta prolongación le concederá, entre otras atribuciones, la posibilidad de suspender leyes a su antojo o de endurecer los castigos a los medios de comunicación y periodistas que publiquen informaciones que “puedan obstaculizar la defensa contra el virus o las medidas del Gobierno para combatirlo”. Dicho de otro modo, puede suponer un avance más en su deriva autoritaria, guiada por el afán de acumular el máximo poder posible, aun a costa de que ello suponga una progresiva erosión de las libertades civiles.
Esta última operación parlamentaria de Orbán no sorprenderá a quienes hayan seguido su trayectoria, marcada por el conservadurismo social y el ultranacionalismo. Desde que recuperó el cargo de primer ministro en el 2010 –ya lo había sido entre 1998 y el 2002–, Orbán se ha distinguido por su populismo, su pulsión autoritaria y sus frecuentes choques con las autoridades de la Unión Europea. De hecho, su Gobierno ha recibido sucesivas sanciones comunitarias, por motivos que van desde su acoso a los medios de comunicación independientes hasta la discriminación de la minoría gitana, pasando por su política insolidaria ante la emergencia migratoria causada por la guerra de Siria y la diáspora de su población.
Son muchos los países –entre ellos España– que han decretado el estado de alarma para hacer frente a la Covid-19. Y eso significa que sus gobiernos asumen poderes excepcionales sobre todos los estamentos nacionales, ya sean civiles o militares, públicos o privados. Es decir, sobre ámbitos que regularmente funcionan con autonomía y que en la emergencia pueden verse totalmente privados de ella. Ahora bien, la tentación de hacer un uso oportunista del estado de alarma originado por el virus, y a tal fin alargarlos indefinidamente, no tiene justificación ni es de recibo en una democracia avanzada.
Se ha especulado mucho respecto a los efectos que tendrá esta crisis en la sociedad occidental, sobre cómo la cambiará. Se ha hablado del mayor control digital de los ciudadanos y de la pérdida de libertades que dicho control supondrá.
Quizá sea ahora pronto para dibujar ese horizonte. Pero no lo es en absoluto para reafirmar el compromiso con las libertades civiles y los principios fundacionales de la Unión Europea. Para rechazar cualquier uso oportunista e interesado de los estados de alarma. Y para recordar en todo momento que el poder extraordinario asumido en esta crisis por los gobiernos dentro del ordenamiento constitucional es, además de extraordinario, excepcional y transitorio.
Fuente:
https://www.lavanguardia.com/opinion/20200401/48232593247/uso-oportunista-del-estado-de-alarma.html
Fotografía: Nuevos pacientes con coronavirus en Hungría el domingo por la mañana https://infostart.hu/belfold/2020/03/15/ujabb-koronavirusos-betegek-magyarorszagon-vasarnap-reggelre
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viernes, 3 de abril de 2020
miércoles, 12 de septiembre de 2018
AGUAS SOBRE PUENTES TURBULENTOS
EL PAÍS, Madrid, 12 de septiembre de 2018
TRIBUNA
Los presuntos guardianes de Suecia
Antony Beevor
Poco antes de las elecciones del domingo y el extraordinario avance del partido de extrema derecha Demócratas Suecos, la comunidad internacional descubrió una realidad incómoda: ni siquiera una sociedad tan progresista como la de Suecia es inmune al odio y a la intolerancia. Tal vez algún politólogo dé con una fórmula para conocer la relación entre los niveles de inmigración y el ascenso del populismo nacionalista. Suecia, desde luego, tiene el mayor número de inmigrantes por habitante de toda Europa. Pero es bien sabido que algunos países, en particular los del grupo de Visegrado, en Europa del Este, están apoyando lo que el líder húngaro Viktor Orbán llama “democracia iliberal” sin haber convivido nunca con la inmigración.
Demócratas Suecos, dirigido por un elocuente diseñador de páginas web llamado Jimmie Åkesson, obtuvo sus primeros escaños parlamentarios en 2010, tras librarse de sus elementos más descaradamente neonazis. Le ayudó la existencia de grupos todavía más extremistas: Alternativa por Suecia, Movimiento Nórdico de Resistencia y Soldados de Odín, que se consideran justicieros antiinmigración. En comparación, ellos son un partido convencional, y eso les ha permitido alcanzar el 17,6% de los votos y convertirse en la tercera fuerza, por detrás de los socialdemócratas y el centro-derecha de los moderados.
Lo único razonablemente seguro en el empate actual entre el centroizquierda y el centroderecha es que formar un gobierno sin la participación de Demócratas Suecos va a ser enormemente difícil. Por suerte, Suecia es una democracia muy asentada y, como sucedió recientemente en Holanda con un Gobierno interino, sobrevivirá a un limbo político que, en otros lugares, podría ser catastrófico. El verdadero peligro puede aparecer a largo plazo. En una era de cambios radicales, defender el statu quo es una tarea nada envidiable. En toda Europa existen ya partidos nacionalistas extremistas que explotan las contradicciones de unos Gobiernos que aspiran en vano a la integración y, al mismo tiempo, permiten una política de multiculturalismo.
El éxito de esos partidos en Europa y otros continentes ha roto tabúes políticos y culturales y ha trastocado cosas que se daban por supuestas. Defender los intereses de la población nativa, tanto frente a los inmigrantes económicos como frente a los que buscan asilo, ha dejado de ser una vergüenza. Ha quedado claro que la idea de que las ideas humanitarias y progresistas tienen que acabar venciendo es de un optimismo imposible. A la gente le resulta más fácil fingir que es tolerante cuando no se siente amenazada por la velocidad de los cambios sociales, políticos y demográficos. Puede que la xenofobia de otros tiempos haya dejado de ser socialmente aceptable, pero no ha desaparecido. En Reino Unido, la avalancha de comentarios racistas tras el referéndum del Brexit escandalizó a muchos. Pero la verdad es que, a pesar de que muchos, por ejemplo en las escuelas de magisterio, creen que con la educación será posible que la próxima generación esté libre de prejuicios, el avance de las actitudes progresistas en los últimos 20 años no se ha consolidado.
Alexis de Tocqueville señaló en una famosa frase que “el momento más peligroso para un mal gobierno es cuando empieza a reformarse”. Hoy, después de tres generaciones de “buen gobierno” en Europa desde la posguerra, está sucediendo todo lo contrario. Las democracias occidentales se han vuelto cada vez más vulnerables a todos los grupos de presión imaginables. Y una sociedad cuya tolerancia no está asegurada se queda, por definición, a merced de los provocadores intolerantes y premeditados.
Los manifestantes de extrema derecha pueden ser racistas declarados o simplemente personas asustadas e indignadas por la desconcertante velocidad de los cambios. A eso se une una revuelta contra el multiculturalismo y la corrección política, que se convierte en un deseo de utilizar el lenguaje de odio para crear conmoción e incluso cuestionar los tabúes contra el antisemitismo y el racismo. Nada es comparable a la provocación que representan la esvástica y el saludo hitleriano, como demostraron a finales de agosto los sucesos de Chemnitz, en el este de Alemania.
¿Es posible que proclamen su patriotismo y hagan todo lo posible para debilitar a Suecia frente a una agresión rusa?
¿Qué ocurrirá con la inmigración en el futuro? La sorprendente subida de las temperaturas de este año debería ser una señal de alarma, sobre todo —espero— para Demócratas Suecos que niega el cambio climático. Curiosamente, después de un verano abrasador en Suecia, los grandes perdedores han sido los Verdes. La llegada de refugiados a través del Mediterráneo ha descendido por ahora, pero entre las consecuencias del calentamiento podrían darse la destrucción de las reservas de alimentos y una mayor escasez de agua en toda África, lo cual provocaría nuevas olas de migración hacia el norte, hacia el salvavidas europeo. Hace casi 30 años, escribí un libro sobre el Ejército británico en el que acababa preguntándome qué papel podrían tener las fuerzas de defensa en un mundo futuro de guerras por el agua y desastres ecológicos. ¿Tendrían que garantizar la seguridad de las fronteras nacionales contra las migraciones masivas procedentes del sur? Me horrorizaría tener razón.
De hecho, la defensa es otro enigma planteado en estas elecciones. Demócratas Suecos, como casi toda la extrema derecha europea, parece ser admirador de Vladímir Putin, que ha exprimido todo lo que ha podido la baza de la islamofobia y contra la inmigración. A su vez, esos partidos reciben el apoyo del canal de televisión Russia Today y otros medios del Kremlin. Su posición de poder llega en un instante delicado. Durante las próximas semanas, las Fuerzas Armadas rusas celebrarán sus juegos de guerra en Vostok, con el despliegue de hasta 300.000 soldados. Son las mayores maniobras desde la Guerra Fría, y se extenderán desde el Lejano Oriente, con la participación de tropas chinas, hasta Kaliningrado y el Báltico.
Por su parte, la OTAN también llevará a cabo sus ejercicios de otoño, Trident Juncture, con la intervención de 40.000 soldados, incluidos los de dos países que no pertenecen a la Alianza: Suecia y Finlandia. Estas maniobras pueden enojar a los rusos, sobre todo porque la base de los ejercicios es una “hipótesis de Artículo 5”, el rechazo a una invasión de Noruega por parte de unas fuerzas orientales que recuerdan bastante al Ejército Rojo. Con todo esto, hay una pregunta que los amigos extranjeros de Suecia, sin duda, van a empezar a hacerse: ¿será posible que Demócratas Suecos, mientras proclama a voces su peculiar patriotismo, haga todo lo que pueda para debilitar la voluntad de su país de hacer frente a una agresión rusa en el norte de Europa?
(*) Antony Beevor es historiador. Su último libro es La batalla por los puentes (Crítica).
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Fotografía inicial: http://itongadol.com.ar/noticias/val/86687/antisemitismo-miembros-de-grupos-neonazis-irrumpieron-en-una-conferencia-de-un-sobreviviente-del-holocausto-en-suecia.html
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2018/09/11/opinion/1536675725_421219.html
TRIBUNA
Los presuntos guardianes de Suecia
Antony Beevor
Poco antes de las elecciones del domingo y el extraordinario avance del partido de extrema derecha Demócratas Suecos, la comunidad internacional descubrió una realidad incómoda: ni siquiera una sociedad tan progresista como la de Suecia es inmune al odio y a la intolerancia. Tal vez algún politólogo dé con una fórmula para conocer la relación entre los niveles de inmigración y el ascenso del populismo nacionalista. Suecia, desde luego, tiene el mayor número de inmigrantes por habitante de toda Europa. Pero es bien sabido que algunos países, en particular los del grupo de Visegrado, en Europa del Este, están apoyando lo que el líder húngaro Viktor Orbán llama “democracia iliberal” sin haber convivido nunca con la inmigración.
Demócratas Suecos, dirigido por un elocuente diseñador de páginas web llamado Jimmie Åkesson, obtuvo sus primeros escaños parlamentarios en 2010, tras librarse de sus elementos más descaradamente neonazis. Le ayudó la existencia de grupos todavía más extremistas: Alternativa por Suecia, Movimiento Nórdico de Resistencia y Soldados de Odín, que se consideran justicieros antiinmigración. En comparación, ellos son un partido convencional, y eso les ha permitido alcanzar el 17,6% de los votos y convertirse en la tercera fuerza, por detrás de los socialdemócratas y el centro-derecha de los moderados.
Lo único razonablemente seguro en el empate actual entre el centroizquierda y el centroderecha es que formar un gobierno sin la participación de Demócratas Suecos va a ser enormemente difícil. Por suerte, Suecia es una democracia muy asentada y, como sucedió recientemente en Holanda con un Gobierno interino, sobrevivirá a un limbo político que, en otros lugares, podría ser catastrófico. El verdadero peligro puede aparecer a largo plazo. En una era de cambios radicales, defender el statu quo es una tarea nada envidiable. En toda Europa existen ya partidos nacionalistas extremistas que explotan las contradicciones de unos Gobiernos que aspiran en vano a la integración y, al mismo tiempo, permiten una política de multiculturalismo.
El éxito de esos partidos en Europa y otros continentes ha roto tabúes políticos y culturales y ha trastocado cosas que se daban por supuestas. Defender los intereses de la población nativa, tanto frente a los inmigrantes económicos como frente a los que buscan asilo, ha dejado de ser una vergüenza. Ha quedado claro que la idea de que las ideas humanitarias y progresistas tienen que acabar venciendo es de un optimismo imposible. A la gente le resulta más fácil fingir que es tolerante cuando no se siente amenazada por la velocidad de los cambios sociales, políticos y demográficos. Puede que la xenofobia de otros tiempos haya dejado de ser socialmente aceptable, pero no ha desaparecido. En Reino Unido, la avalancha de comentarios racistas tras el referéndum del Brexit escandalizó a muchos. Pero la verdad es que, a pesar de que muchos, por ejemplo en las escuelas de magisterio, creen que con la educación será posible que la próxima generación esté libre de prejuicios, el avance de las actitudes progresistas en los últimos 20 años no se ha consolidado.
Alexis de Tocqueville señaló en una famosa frase que “el momento más peligroso para un mal gobierno es cuando empieza a reformarse”. Hoy, después de tres generaciones de “buen gobierno” en Europa desde la posguerra, está sucediendo todo lo contrario. Las democracias occidentales se han vuelto cada vez más vulnerables a todos los grupos de presión imaginables. Y una sociedad cuya tolerancia no está asegurada se queda, por definición, a merced de los provocadores intolerantes y premeditados.
Los manifestantes de extrema derecha pueden ser racistas declarados o simplemente personas asustadas e indignadas por la desconcertante velocidad de los cambios. A eso se une una revuelta contra el multiculturalismo y la corrección política, que se convierte en un deseo de utilizar el lenguaje de odio para crear conmoción e incluso cuestionar los tabúes contra el antisemitismo y el racismo. Nada es comparable a la provocación que representan la esvástica y el saludo hitleriano, como demostraron a finales de agosto los sucesos de Chemnitz, en el este de Alemania.
¿Es posible que proclamen su patriotismo y hagan todo lo posible para debilitar a Suecia frente a una agresión rusa?
¿Qué ocurrirá con la inmigración en el futuro? La sorprendente subida de las temperaturas de este año debería ser una señal de alarma, sobre todo —espero— para Demócratas Suecos que niega el cambio climático. Curiosamente, después de un verano abrasador en Suecia, los grandes perdedores han sido los Verdes. La llegada de refugiados a través del Mediterráneo ha descendido por ahora, pero entre las consecuencias del calentamiento podrían darse la destrucción de las reservas de alimentos y una mayor escasez de agua en toda África, lo cual provocaría nuevas olas de migración hacia el norte, hacia el salvavidas europeo. Hace casi 30 años, escribí un libro sobre el Ejército británico en el que acababa preguntándome qué papel podrían tener las fuerzas de defensa en un mundo futuro de guerras por el agua y desastres ecológicos. ¿Tendrían que garantizar la seguridad de las fronteras nacionales contra las migraciones masivas procedentes del sur? Me horrorizaría tener razón.
De hecho, la defensa es otro enigma planteado en estas elecciones. Demócratas Suecos, como casi toda la extrema derecha europea, parece ser admirador de Vladímir Putin, que ha exprimido todo lo que ha podido la baza de la islamofobia y contra la inmigración. A su vez, esos partidos reciben el apoyo del canal de televisión Russia Today y otros medios del Kremlin. Su posición de poder llega en un instante delicado. Durante las próximas semanas, las Fuerzas Armadas rusas celebrarán sus juegos de guerra en Vostok, con el despliegue de hasta 300.000 soldados. Son las mayores maniobras desde la Guerra Fría, y se extenderán desde el Lejano Oriente, con la participación de tropas chinas, hasta Kaliningrado y el Báltico.
Por su parte, la OTAN también llevará a cabo sus ejercicios de otoño, Trident Juncture, con la intervención de 40.000 soldados, incluidos los de dos países que no pertenecen a la Alianza: Suecia y Finlandia. Estas maniobras pueden enojar a los rusos, sobre todo porque la base de los ejercicios es una “hipótesis de Artículo 5”, el rechazo a una invasión de Noruega por parte de unas fuerzas orientales que recuerdan bastante al Ejército Rojo. Con todo esto, hay una pregunta que los amigos extranjeros de Suecia, sin duda, van a empezar a hacerse: ¿será posible que Demócratas Suecos, mientras proclama a voces su peculiar patriotismo, haga todo lo que pueda para debilitar la voluntad de su país de hacer frente a una agresión rusa en el norte de Europa?
(*) Antony Beevor es historiador. Su último libro es La batalla por los puentes (Crítica).
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Fotografía inicial: http://itongadol.com.ar/noticias/val/86687/antisemitismo-miembros-de-grupos-neonazis-irrumpieron-en-una-conferencia-de-un-sobreviviente-del-holocausto-en-suecia.html
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2018/09/11/opinion/1536675725_421219.html
jueves, 1 de mayo de 2014
GALERÍA
EL PAIS, Madrid, 29 de abril de 2014
TRIBUNA
La ultraderecha que viene
El verdadero peligro procede de formaciones de centro y de esa izquierda desorientada que asumen parte de esos discursos que llevaron a Europa al totalitarismo y a la guerra
Xavier Rius Sant
El 30 de marzo fue el Frente Nacional de Marine Le Pen, el partido de ultraderecha, el que tuvo unos excelentres resultados en las elecciones municipales francesas. El 6 de abril fue en Hungría, donde el neonazi Jobbik consiguió el 21% de los votos en las legislativas. El Jobbik, a diferencia del Frente Nacional, no maquilla su discurso, es claramente antisemita y antigitano y reivindica episodios e ideas del régimen nazi de la Cruz Flechada, responsable del exterminio de cientos de miles de judíos.
El ascenso electoral de los partidos xenófobos contamina en muchos países al resto de fuerzas políticas. Es el caso de Francia donde, antes Nicolas Sarkozy y ahora los mismos socialistas, han asumido implícitamente algunos elementos del discurso de la ultraderecha, proponiendo medidas condenadas al fracaso como la expulsión de gitanos rumanos o búlgaros. En Hungría el partido gobernante, el conservador Fidesz, de Viktor Orbán, no sólo recorta las libertades y comparte con Jobbik algunas propuestas, sino que en nombre de una supuesta necesidad de renacer de la nación húngara y de recuperar su lugar en Europa, dio derecho al voto estas elecciones a las minorías húngaras de Serbia, Eslovaquia o Rumanía. Medida que recuerda las ideas expansionistas de Hitler en Polonia o Checoslovaquia en defensa de un espacio vital.
El ascenso de estos dos partidos de ultraderecha es una confirmación de que, tal como anuncian las encuestas, la ultraderecha puede duplicar o triplicar sus escaños en las próximas elecciones europeas con un discurso contrario a la inmigración, reivindicando la recuperación del control de las fronteras nacionales, y proponiendo la salida del euro y la Unión Europea. Una Unión que se ideó tras la barbarie nazi, precisamente, para evitar nuevas guerras. Así en 1951 se creó la Comunidad Económica del Carbón y del Acero que daría paso al Mercado Común, y más tarde a la Unión Europea. Una Unión en la que los estados cedían parte de su soberanía económica, monetaria y de fronteras, con unos ciudadanos amparados por la Carta de Derechos Fundamentales de la UE. Y tanto el Frente Nacional francés como el Jobbik húngaro, no sólo cuestionan las libertades fundamentales que reconoce la Carta y desean recuperar el poder de gestión de la economía cedido a la UE, sino proponen la salida de la misma, la recuperación del las fronteras y convierten en enemigos a los inmigrantes, sobre todo los musulmanes, y a los gitanos, señalándolos como una amenaza para Europa.
Marine Le Pen ha querido dar una imagen de moderación distinta que la ofreció su padre
Ciertamente no todos los grupos de ultraderecha son iguales. Tres son las tendencias o familias de la ultraderecha europea. Unos, como el Jobbik húngaro o Amanecer Dorado de Grecia, no maquillan su discurso neonazi. Otros, como el Partido por la Libertad del holandés Geert Wilders o la misma Marine Le Pen, enfocan sus críticas a la pérdida de soberanía a causa de la integración europea y piden la salida de buena parte de la inmigración, rechazando con más énfasis la islámica. Por último, otros como el UKIP británico, enfatizan más las tesis eurófobas. Afortunadamente España será una excepción y parece que no habrá ninguna candidatura ultra que consiga escaño en Estrasburgo.
Plataforma X Catalunya, que obtuvo 67 concejales en 2011, no piensa presentarse y afronta una serie de avatares judiciales en relación a la reciente expulsión de su líder, Josep Anglada. Y las cinco candidaturas o coaliciones que se han presentado, La España en Marcha, Democracia Nacional, Falange de las JONS, Movimiento Social Republicano e Impulso Social, no ocultan una ideología franquista, ultracatólica o nacional-revolucionaria, con la que difícilmente conseguirán calar en el electorado. Y por más que en la lista de VOX haya candidatos de pasado ultra —como es el caso de Pablo Barranco, que fue secretario general de Plataforma per Catalunya—, dicha candidatura no puede equipararse a la ultraderecha europea, dado que no hace propuestas xenófobas ni eurófobas.
Es evidente que el Frente Nacional actual, no es igual que el Jobbik húngaro o Amanecer Dorado, y Marine Le Pen ha querido dar una imagen de moderación distinta que la ofreció su padre. Pero hasta hace un año el número tres del Frente Nacional, el eurodiputado Bruno Gollnisch, era presidente de la Alianza Europea de Movimientos Nacionales, de la que forma parte el Jobbik húngaro. Y sigue formando parte del Frente Nacional su fundador, Jean Marie Le Pen, que fue condenado en 2008 por minimizar el nazismo, en 1998 por negar la igualdad de las razas humanas y en 1989 por cuestionar la existencia de las cámaras de gas. Y gracias al liderazgo fuerte de su hija ha conseguido aglutinar a personas de ideas antisemitas con islamófobos que consideran Israel el baluarte de Occidente.
Es una realidad que el espacio ciudadano y económico europeo no es actualmente como se soñó. Pero las propuestas de la ultraderecha eurófoba son inviables y acarrearían grandes costes económicos y comerciales a corto y medio plazo. Es posible que la Unión Europea se precipitara al pactar el ingreso de Rumanía y Bulgaria sin plantear previamente unas políticas de integración de sus comunidades gitanas que, tras la caída de comunismo, se convirtieron en el chivo expiatorio de sus incipientes democracias, retornando dichos ciudadanos a formas de vida endogámicas y a un nomadismo que, gracias a la libertad de circulación europea, multiplicó por diez la distancia geográfica en la que se movían sus antepasados. Pero una cosa es reconocer la problemática derivada del asentamiento de miles de gitanos rumanos en Francia, Italia o España, y otra hacer de ello bandera electoral, sin más propuestas que presionarlos para que se marchen de una ciudad y se instalen en otra a cuatro horas de autopista.
Manuel Valls destacó como ministro del Interior por las expulsiones de gitanos rumanos o kosovares
De la misma manera, una cosa rechazar es el papel de ciertos imanes salafistas, y discrepar de interpretaciones del islam contrarias a la interculturalidad y la laicidad, y, otra, la islamofobia étnica que criminaliza a millones de personas por su origen y les empuja a encerrarse en el gueto como reacción a una sociedad que los estigmatiza o los criminaliza.
La cuestión que debe preocupar no es únicamente que en Francia el Frente Nacional haya ganado en 11 ciudades, sino que la derecha o la misma izquierda asuman parte de sus tesis. Manuel Valls ahora primer ministro, destacó como ministro del Interior por las expulsiones de gitanos rumanos o kosovares, generando tormentas mediáticas que legitimaron su discurso de dureza, por más que dichas medidas sean poco o nada eficaces sino van acompañadas de un pacto europeo para afrontar la situación de marginalidad de dichos colectivos.
El peligro de la Europa que se unió para evitar nuevas guerras y nuevos fascismos no vendrá únicamente de 35 o 50 eurodiputados ultras. El peligro es ese centro y esa izquierda desorientada que, dudosa de las herramientas y estrategias para dar un giro a las políticas económicas, asume parte de discurso de quienes añoran o proponen ideas o valores de quienes llevaron a Europa al totalitarismo y la guerra. Y asumiendo en parte dichas propuestas, hacen de ciertos colectivos el chivo expiatorio de problemáticas complejas.
(*) Xavier Rius es periodista y autor de diferentes libros y estudios sobre ultraderecha.
TRIBUNA
La ultraderecha que viene
El verdadero peligro procede de formaciones de centro y de esa izquierda desorientada que asumen parte de esos discursos que llevaron a Europa al totalitarismo y a la guerra
Xavier Rius Sant
El 30 de marzo fue el Frente Nacional de Marine Le Pen, el partido de ultraderecha, el que tuvo unos excelentres resultados en las elecciones municipales francesas. El 6 de abril fue en Hungría, donde el neonazi Jobbik consiguió el 21% de los votos en las legislativas. El Jobbik, a diferencia del Frente Nacional, no maquilla su discurso, es claramente antisemita y antigitano y reivindica episodios e ideas del régimen nazi de la Cruz Flechada, responsable del exterminio de cientos de miles de judíos.
El ascenso electoral de los partidos xenófobos contamina en muchos países al resto de fuerzas políticas. Es el caso de Francia donde, antes Nicolas Sarkozy y ahora los mismos socialistas, han asumido implícitamente algunos elementos del discurso de la ultraderecha, proponiendo medidas condenadas al fracaso como la expulsión de gitanos rumanos o búlgaros. En Hungría el partido gobernante, el conservador Fidesz, de Viktor Orbán, no sólo recorta las libertades y comparte con Jobbik algunas propuestas, sino que en nombre de una supuesta necesidad de renacer de la nación húngara y de recuperar su lugar en Europa, dio derecho al voto estas elecciones a las minorías húngaras de Serbia, Eslovaquia o Rumanía. Medida que recuerda las ideas expansionistas de Hitler en Polonia o Checoslovaquia en defensa de un espacio vital.
El ascenso de estos dos partidos de ultraderecha es una confirmación de que, tal como anuncian las encuestas, la ultraderecha puede duplicar o triplicar sus escaños en las próximas elecciones europeas con un discurso contrario a la inmigración, reivindicando la recuperación del control de las fronteras nacionales, y proponiendo la salida del euro y la Unión Europea. Una Unión que se ideó tras la barbarie nazi, precisamente, para evitar nuevas guerras. Así en 1951 se creó la Comunidad Económica del Carbón y del Acero que daría paso al Mercado Común, y más tarde a la Unión Europea. Una Unión en la que los estados cedían parte de su soberanía económica, monetaria y de fronteras, con unos ciudadanos amparados por la Carta de Derechos Fundamentales de la UE. Y tanto el Frente Nacional francés como el Jobbik húngaro, no sólo cuestionan las libertades fundamentales que reconoce la Carta y desean recuperar el poder de gestión de la economía cedido a la UE, sino proponen la salida de la misma, la recuperación del las fronteras y convierten en enemigos a los inmigrantes, sobre todo los musulmanes, y a los gitanos, señalándolos como una amenaza para Europa.
Marine Le Pen ha querido dar una imagen de moderación distinta que la ofreció su padre
Ciertamente no todos los grupos de ultraderecha son iguales. Tres son las tendencias o familias de la ultraderecha europea. Unos, como el Jobbik húngaro o Amanecer Dorado de Grecia, no maquillan su discurso neonazi. Otros, como el Partido por la Libertad del holandés Geert Wilders o la misma Marine Le Pen, enfocan sus críticas a la pérdida de soberanía a causa de la integración europea y piden la salida de buena parte de la inmigración, rechazando con más énfasis la islámica. Por último, otros como el UKIP británico, enfatizan más las tesis eurófobas. Afortunadamente España será una excepción y parece que no habrá ninguna candidatura ultra que consiga escaño en Estrasburgo.
Plataforma X Catalunya, que obtuvo 67 concejales en 2011, no piensa presentarse y afronta una serie de avatares judiciales en relación a la reciente expulsión de su líder, Josep Anglada. Y las cinco candidaturas o coaliciones que se han presentado, La España en Marcha, Democracia Nacional, Falange de las JONS, Movimiento Social Republicano e Impulso Social, no ocultan una ideología franquista, ultracatólica o nacional-revolucionaria, con la que difícilmente conseguirán calar en el electorado. Y por más que en la lista de VOX haya candidatos de pasado ultra —como es el caso de Pablo Barranco, que fue secretario general de Plataforma per Catalunya—, dicha candidatura no puede equipararse a la ultraderecha europea, dado que no hace propuestas xenófobas ni eurófobas.
Es evidente que el Frente Nacional actual, no es igual que el Jobbik húngaro o Amanecer Dorado, y Marine Le Pen ha querido dar una imagen de moderación distinta que la ofreció su padre. Pero hasta hace un año el número tres del Frente Nacional, el eurodiputado Bruno Gollnisch, era presidente de la Alianza Europea de Movimientos Nacionales, de la que forma parte el Jobbik húngaro. Y sigue formando parte del Frente Nacional su fundador, Jean Marie Le Pen, que fue condenado en 2008 por minimizar el nazismo, en 1998 por negar la igualdad de las razas humanas y en 1989 por cuestionar la existencia de las cámaras de gas. Y gracias al liderazgo fuerte de su hija ha conseguido aglutinar a personas de ideas antisemitas con islamófobos que consideran Israel el baluarte de Occidente.
Es una realidad que el espacio ciudadano y económico europeo no es actualmente como se soñó. Pero las propuestas de la ultraderecha eurófoba son inviables y acarrearían grandes costes económicos y comerciales a corto y medio plazo. Es posible que la Unión Europea se precipitara al pactar el ingreso de Rumanía y Bulgaria sin plantear previamente unas políticas de integración de sus comunidades gitanas que, tras la caída de comunismo, se convirtieron en el chivo expiatorio de sus incipientes democracias, retornando dichos ciudadanos a formas de vida endogámicas y a un nomadismo que, gracias a la libertad de circulación europea, multiplicó por diez la distancia geográfica en la que se movían sus antepasados. Pero una cosa es reconocer la problemática derivada del asentamiento de miles de gitanos rumanos en Francia, Italia o España, y otra hacer de ello bandera electoral, sin más propuestas que presionarlos para que se marchen de una ciudad y se instalen en otra a cuatro horas de autopista.
Manuel Valls destacó como ministro del Interior por las expulsiones de gitanos rumanos o kosovares
De la misma manera, una cosa rechazar es el papel de ciertos imanes salafistas, y discrepar de interpretaciones del islam contrarias a la interculturalidad y la laicidad, y, otra, la islamofobia étnica que criminaliza a millones de personas por su origen y les empuja a encerrarse en el gueto como reacción a una sociedad que los estigmatiza o los criminaliza.
La cuestión que debe preocupar no es únicamente que en Francia el Frente Nacional haya ganado en 11 ciudades, sino que la derecha o la misma izquierda asuman parte de sus tesis. Manuel Valls ahora primer ministro, destacó como ministro del Interior por las expulsiones de gitanos rumanos o kosovares, generando tormentas mediáticas que legitimaron su discurso de dureza, por más que dichas medidas sean poco o nada eficaces sino van acompañadas de un pacto europeo para afrontar la situación de marginalidad de dichos colectivos.
El peligro de la Europa que se unió para evitar nuevas guerras y nuevos fascismos no vendrá únicamente de 35 o 50 eurodiputados ultras. El peligro es ese centro y esa izquierda desorientada que, dudosa de las herramientas y estrategias para dar un giro a las políticas económicas, asume parte de discurso de quienes añoran o proponen ideas o valores de quienes llevaron a Europa al totalitarismo y la guerra. Y asumiendo en parte dichas propuestas, hacen de ciertos colectivos el chivo expiatorio de problemáticas complejas.
(*) Xavier Rius es periodista y autor de diferentes libros y estudios sobre ultraderecha.
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