El Centenario de Fedora Alemán
Luis Barragán
Buena parte de las nuevas generaciones preguntarán no sólo sobre Fedora Alemán, sino de lo que suele llamarse el canto lírico. Hay un doble aprendizaje de todos estos años que impide reconocerla como la venezolana excepcional que es, cuya vocación artística es tan ajena al gusto de las mayorías que aplaude y delira por Dudamel y el consabido sistema de orquestas, aunque preferiblemente deban escucharlos otros.
Excepto que tenga alguna familiaridad ideológica con el régimen, el Estado no promueve el esfuerzo de aquellas personalidades que hicieron posible este país pretendidamente (re) fundado poco más de una década atrás. Sobrarán los méritos, dirán de una comprobada vocación y perseverancia, pero deben amoldarse al prototipo que, por cierto, importandoles poco la realidad que prohíben escudriñar, sirva a los fines propagandísticos y publicitarios del socialismo petrolero que los anima y enloquece.
Salvo que se integre al gusto cabillero predominante, incapaz de aventurarse en la excelencia posible de cada género, los prejuicios musicales inmediatamente impiden otras alternativas que, inevitables, tardíamente descubriremos en la vida cotidiana. Estamos socialmente preparados para determinadas tendencias y artistas que, efímeros, reciclan el basurero estético inadvertidamente impuesto.
Lo cierto es que nuestra Fedora Alemán nació el 11 de Octubre de 1912, y – aún entre nosotros – merece un cabal reconocimiento nacional como venezolana y como mujer que aportó muchísimo al país que somos, cuya hondura y consistencia precisamente exponen esa inmensa contribución que lo hace capaz de sobrevivir a los más variados desmanes éticos. Su vida y su obra se encuentra reflejada en la red, fundamentalmente un portal (http://www.fedoraaleman.com/) que explica las inmensas ventajas de una herramienta que puede competir frente a nuestros tan convencionales olvidos.
A sabiendas de nuestra predilección por la bahiana nr. 5 de Villa-Lobos, María Sigillo la ejemplificó con tal entusiasmo por Fedora que nos llevó a comentar el necesarísimo reconocimiento hacia una mujer de trabajo y de enorme sensibilidad, que toda Venezuela está a tiempo de reconocerle en vida. Escucharla bajo la temprana y meritoria batuta del talentoso Rodolfo Saglimbeni, nos adentró en la estupenda biografía de la soprano que ha de integrarse al gigantesco esfuerzo de pedagogía cívica inherente a la transición democrática en la que nos empeñamos.
Poco importa que no gustemos del béisbol o de la literatura, pero los recientes centenarios de Alejandro Carrasquel y Gloria Stolk pudieron convocar al país que merece de las otras dimensiones espirituales tan indispensables. Ahora, en vida, Fedora Alemán puede invitarnos al reencuentro, con absoluta independencia de la politiquería que anida en el gobierno y, ¿por qué no decirlo?, en un significativo porcentaje de la oposición.
Por lo pronto, empleando en lo posible la herramienta que tenemos a la mano, plantearemos en la Comisión de Cultura de la Asamblea Nacional un acuerdo asumido más allá de la nefasta polarización, en torno al centenario de Fedora. Ella lo merece y, muy modestamente, le rendimos homenaje.
Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2012/09/el-centenario-de-fedora-aleman/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=900621
Fotografía: http://www.fesnojiv.gob.ve/en/concerts/950-sala-fedora-aleman-para-musica-de-camara.html
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domingo, 9 de septiembre de 2012
CUATRO Y MÚLTIPLOS
Mujeres: Juanita y María Isabel
Luis Barragán
Desde nuestra infancia, estamos familiarizados con la estampa reveroniana, entendiendo por tal a Armando, Juanita, el monito, el rancho litoralense, la rápida película muda, y – por trasfondo – el discurso escolar de rigor. Profusión de imágenes convencionales de la prensa, incluyendo fascículos ocasionales y reportajes quién sabe si inevitables en los magazines empuñados por pregoneros de una cabal inocencia.
Cierto costumbrismo que la visita a los museos disipó, añadiendo la etapa meritoria del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, sus formidables guías impresas, y la constante reivindicación del arquitecto de la luz del que quizá nunca se enteró Einstein. Fue cambiando Reverón ante nosotros, y, con el dejo de aquella magnífica canción de Alí Primera, maduramos un poco más la mirada añadidas las versiones recibidas del por siempre reconstruido Castillete de Macuto, hasta que la más recia ventolera de las lluvias lo arrasó.
Tuvo también la suerte temprana de la crítica avisada, aumentado el interés general por sus desvaríos y la excentricidad de un hogar contrastante con el emergente estilo petrolero de nuestras envanecidas metrópolis. Luego de leer una celebérrima entrevista realizada por María Elena Ramos, Jesús Soto contribuyó a una mejor valoración del tutor de la luz, pues, convenimos, no abovedada la tropical, cortante, estrepitosa y avasalladora, prefirió la de su estancia anímica, enfebrecida aún por la pausa europea que anidó en sus retinas haciéndose honda añoranza.
Gracias a él, llegamos a Juanita, su abnegada compañera de vida. Avecindada en las crisis demenciales, el trayecto común se convirtió en una consumada comprensión que todavía espera por el novelista o cineasta capaz de superar el catálogo.
Ella ofrece un fidelísimo testimonio de amor y entrega, hoy infrecuente. Por varios años, la prensa dibujó a la resignada viuda que visitaba la tumba del amado, para volver a El Castillete de las aparentes soledades de un universo recreado por sus propias añoranzas hasta que el deslave litoralense borró todo vestigio material.
Probablemente, nos empeñamos en la continuidad de un periplo existencial cuando el otro se había apagado. Nos atrevemos a sugerir que quedó una imagen de devoción resumida en los quehaceres de la casa, ya que – por ejemplo – hallamos un viejo reportaje de Joaquín Tiberio Galvís que procuró aliviar sus fanes domésticos intentando realzarla como descendiente de una “noble estirpe de caciques” (Elite, Caracas, nr. 1242 del 23/07/49), digamos lo más lejos que autorizaba el positivismo por entonces predominante.
Otra mujer relegada por la historia, fue María Isabel Caldera, viuda de Rafael Simón Urbina, ejecutor del secuestro que condujo a la muerte al otrora presidente Delgado-Chalbaud. Estuvo presa la muy joven e inocente esposa del victimario, recuperando la libertad poco antes que Pérez Jiménez fuese derrocado, para ingresar en las obscuridades de un país por momentos conmovido, y que dejó pocas ventanas abiertas al curioso investigador de su historia no siempre luminosa.
Reaparecerá gracias a las diligencias literarias que tuvo a bien concedernos Federico Vegas, celosa de una vida familiar reconquistada desde la normalidad. Importante e inevitable ejercicio de imaginación, nos la reporta desprendida de todo rencor, satisfecha del otro itinerario vital alcanzado luego de esa presencia involuntaria en una tragedia que se hizo nervio para el protagonista de la novela que refugiaba sus ausencias en Macuto.
En el curso del presente mes, Armando Reverón cumplirá 58 años de fallecido, y, en noviembre, Carlos Delgado-Chalbaud tendrá 61. Empero, nos remiten a dos mujeres de una insólita lealtad que también ejemplifican al país que fuimos y seremos por siempre, con sus alegrías y tristezas.
Fuente: http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/12732-de-mujeres-juanita-y-maria-isabel
Fotografía: Sandoval, en libertad María Isabel Caldera de Urbina. Momento, Caracas, nr. 34 del 08/03/57.
Luis Barragán
Desde nuestra infancia, estamos familiarizados con la estampa reveroniana, entendiendo por tal a Armando, Juanita, el monito, el rancho litoralense, la rápida película muda, y – por trasfondo – el discurso escolar de rigor. Profusión de imágenes convencionales de la prensa, incluyendo fascículos ocasionales y reportajes quién sabe si inevitables en los magazines empuñados por pregoneros de una cabal inocencia.
Cierto costumbrismo que la visita a los museos disipó, añadiendo la etapa meritoria del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, sus formidables guías impresas, y la constante reivindicación del arquitecto de la luz del que quizá nunca se enteró Einstein. Fue cambiando Reverón ante nosotros, y, con el dejo de aquella magnífica canción de Alí Primera, maduramos un poco más la mirada añadidas las versiones recibidas del por siempre reconstruido Castillete de Macuto, hasta que la más recia ventolera de las lluvias lo arrasó.
Tuvo también la suerte temprana de la crítica avisada, aumentado el interés general por sus desvaríos y la excentricidad de un hogar contrastante con el emergente estilo petrolero de nuestras envanecidas metrópolis. Luego de leer una celebérrima entrevista realizada por María Elena Ramos, Jesús Soto contribuyó a una mejor valoración del tutor de la luz, pues, convenimos, no abovedada la tropical, cortante, estrepitosa y avasalladora, prefirió la de su estancia anímica, enfebrecida aún por la pausa europea que anidó en sus retinas haciéndose honda añoranza.
Gracias a él, llegamos a Juanita, su abnegada compañera de vida. Avecindada en las crisis demenciales, el trayecto común se convirtió en una consumada comprensión que todavía espera por el novelista o cineasta capaz de superar el catálogo.
Ella ofrece un fidelísimo testimonio de amor y entrega, hoy infrecuente. Por varios años, la prensa dibujó a la resignada viuda que visitaba la tumba del amado, para volver a El Castillete de las aparentes soledades de un universo recreado por sus propias añoranzas hasta que el deslave litoralense borró todo vestigio material.
Probablemente, nos empeñamos en la continuidad de un periplo existencial cuando el otro se había apagado. Nos atrevemos a sugerir que quedó una imagen de devoción resumida en los quehaceres de la casa, ya que – por ejemplo – hallamos un viejo reportaje de Joaquín Tiberio Galvís que procuró aliviar sus fanes domésticos intentando realzarla como descendiente de una “noble estirpe de caciques” (Elite, Caracas, nr. 1242 del 23/07/49), digamos lo más lejos que autorizaba el positivismo por entonces predominante.
Otra mujer relegada por la historia, fue María Isabel Caldera, viuda de Rafael Simón Urbina, ejecutor del secuestro que condujo a la muerte al otrora presidente Delgado-Chalbaud. Estuvo presa la muy joven e inocente esposa del victimario, recuperando la libertad poco antes que Pérez Jiménez fuese derrocado, para ingresar en las obscuridades de un país por momentos conmovido, y que dejó pocas ventanas abiertas al curioso investigador de su historia no siempre luminosa.
Reaparecerá gracias a las diligencias literarias que tuvo a bien concedernos Federico Vegas, celosa de una vida familiar reconquistada desde la normalidad. Importante e inevitable ejercicio de imaginación, nos la reporta desprendida de todo rencor, satisfecha del otro itinerario vital alcanzado luego de esa presencia involuntaria en una tragedia que se hizo nervio para el protagonista de la novela que refugiaba sus ausencias en Macuto.
En el curso del presente mes, Armando Reverón cumplirá 58 años de fallecido, y, en noviembre, Carlos Delgado-Chalbaud tendrá 61. Empero, nos remiten a dos mujeres de una insólita lealtad que también ejemplifican al país que fuimos y seremos por siempre, con sus alegrías y tristezas.
Fuente: http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/12732-de-mujeres-juanita-y-maria-isabel
Fotografía: Sandoval, en libertad María Isabel Caldera de Urbina. Momento, Caracas, nr. 34 del 08/03/57.
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DOS Y MÚLTIPLOS
De mujeres: Argelia y Lya
Luis Barragán
Huelga comentar que este país lo hemos hecho todos, aunque algunos mesías lo digan fundado en poco más de una década, borrado el pasado que autoriza inadvertidamente a hacerlo con el futuro. Prolongándolo enfermizamente, el presente se ofrece como el abigarrado e interesado elenco de circunstancias y actores que aborrece los viejos y los nuevos aportes, en beneficio de los presuntos aportantes de la hora.
Hubo mujeres de pensamiento y actuaciones harto diferentes, expresión de una necesarísima pluralidad creadora, que todavía nos interpelan. Argelia Laya y Lya Ímber de Coronil, muy bien la ilustran.
Argelia, decidida militante de partido, hija de un insurrecto antigomecista, falleció a finales de 1997. De larga y pública trayectoria, la experimentada líder luchó contra la discriminación racial, los derechos fundamentales de la mujer, la efectiva incorporación de las embarazadas a temprana edad en el sistema educativo, desplegando una intensa actividad parlamentaria y en los foros internacionales.
Transitó el difícil sendero de la conflictividad política, en el PCV y en el MAS, conquistando posiciones que reivindicaron el deseado ejercicio ciudadano de las responsabilidades partidistas. Y tuvo el triple coraje de irse a las guerrillas, rectificar y asumir la derrota, comprometiéndose con actividades propias del Estado que, en ningún momento, significó una transacción con el gobierno de turno.
La actual propaganda gubernamental, en sus escasas invocaciones a la otrora líder de izquierda, lejos de respetar su legado, sentimos que lo manipula, omitiendo deliberadamente que trató de restablecerse en las postrimerías de su vida, en la casa de su hermana de Michigan. Esto resulta absurdo en el marco del nefasto discurso maniqueo que nos agobia, como igualmente lo sería que su jubilación por vía de gracia, como una vez lo señaló Felipe Montilla, se debió al acto de justicia que hizo Luis Herrera Campíns, sin pedirle absolutamente nada a cambio.
Lya, inmigrante que fue y murió venezolana, tuvo el valor de convertirse en la primera mujer que egresó como médico en nuestro historial académico, e hizo de la pediatría y puericultura una vocación de servicio, fundando la Liga Venezolana de Higiene Mental en las vísperas de los años cuarenta, mientras activaba gremialmente en la ciudad capital. Dirigió el Hospital de Niños J. M de los Ríos, en Caracas, y presidió la Unión Internacional para la Protección a la Infancia, domiciliada en Suiza, por fuerza de su diligente inquietud.
Una larga hoja de servicios caracterizó su desempeño profesional, incluyendo la prestación gratuita a favor de los sectores más humildes. Y, aunque no tuvo inclinación alguna por la polémica política, frecuentaba moderadamente la prensa para denunciar situaciones y ofrecer soluciones, comprometida en la labor de distintas instituciones que la reclamaron en el otro país que fuimos.
Ahora, parece fácil asumir una pública postura crítica, aunque no cuente con el aval del propio testimonio personal de perseverancia. La niñez es un flanco propicio para la demagogia, sobre todo cuando un gobierno se exhibe o dice exhibirse como el que está moralmente autorizado para versar sobre una delicada materia, en lugar de hablar a través de los hechos.
Las incursiones públicas de Lya, solían caracterizarse por su sobriedad y precisión, generando el respeto de todos. No reclamó ningún protagonismo, haciéndose impensable que fuese una vocera de la derecha de acuerdo con el esquema en boga, tan sensibilizada socialmente.
Traemos a colación a ambas hacedoras de país, porque las creemos indispensables de imitar y superar por la dirigencia partidista y los profesionales de la medicina. Concretamente, por una parte, nos antojamos que la promoción política de la mujer, sobre todo al comparar méritos y contribuciones reales al amparo del consabido gobierno actual, es muy distinta a la de Laya; y, por otra, el desempeño profesional de la medicina, por lo general, dista del compromiso que tuvo Ímber.
Fotografía: Lya Imber de Coronil, según Francisco Mora. Resumen, Caracas, nr. 33 del 23/06/74.
Luis Barragán
Huelga comentar que este país lo hemos hecho todos, aunque algunos mesías lo digan fundado en poco más de una década, borrado el pasado que autoriza inadvertidamente a hacerlo con el futuro. Prolongándolo enfermizamente, el presente se ofrece como el abigarrado e interesado elenco de circunstancias y actores que aborrece los viejos y los nuevos aportes, en beneficio de los presuntos aportantes de la hora.
Hubo mujeres de pensamiento y actuaciones harto diferentes, expresión de una necesarísima pluralidad creadora, que todavía nos interpelan. Argelia Laya y Lya Ímber de Coronil, muy bien la ilustran.
Argelia, decidida militante de partido, hija de un insurrecto antigomecista, falleció a finales de 1997. De larga y pública trayectoria, la experimentada líder luchó contra la discriminación racial, los derechos fundamentales de la mujer, la efectiva incorporación de las embarazadas a temprana edad en el sistema educativo, desplegando una intensa actividad parlamentaria y en los foros internacionales.
Transitó el difícil sendero de la conflictividad política, en el PCV y en el MAS, conquistando posiciones que reivindicaron el deseado ejercicio ciudadano de las responsabilidades partidistas. Y tuvo el triple coraje de irse a las guerrillas, rectificar y asumir la derrota, comprometiéndose con actividades propias del Estado que, en ningún momento, significó una transacción con el gobierno de turno.
La actual propaganda gubernamental, en sus escasas invocaciones a la otrora líder de izquierda, lejos de respetar su legado, sentimos que lo manipula, omitiendo deliberadamente que trató de restablecerse en las postrimerías de su vida, en la casa de su hermana de Michigan. Esto resulta absurdo en el marco del nefasto discurso maniqueo que nos agobia, como igualmente lo sería que su jubilación por vía de gracia, como una vez lo señaló Felipe Montilla, se debió al acto de justicia que hizo Luis Herrera Campíns, sin pedirle absolutamente nada a cambio.
Lya, inmigrante que fue y murió venezolana, tuvo el valor de convertirse en la primera mujer que egresó como médico en nuestro historial académico, e hizo de la pediatría y puericultura una vocación de servicio, fundando la Liga Venezolana de Higiene Mental en las vísperas de los años cuarenta, mientras activaba gremialmente en la ciudad capital. Dirigió el Hospital de Niños J. M de los Ríos, en Caracas, y presidió la Unión Internacional para la Protección a la Infancia, domiciliada en Suiza, por fuerza de su diligente inquietud.
Una larga hoja de servicios caracterizó su desempeño profesional, incluyendo la prestación gratuita a favor de los sectores más humildes. Y, aunque no tuvo inclinación alguna por la polémica política, frecuentaba moderadamente la prensa para denunciar situaciones y ofrecer soluciones, comprometida en la labor de distintas instituciones que la reclamaron en el otro país que fuimos.
Ahora, parece fácil asumir una pública postura crítica, aunque no cuente con el aval del propio testimonio personal de perseverancia. La niñez es un flanco propicio para la demagogia, sobre todo cuando un gobierno se exhibe o dice exhibirse como el que está moralmente autorizado para versar sobre una delicada materia, en lugar de hablar a través de los hechos.
Las incursiones públicas de Lya, solían caracterizarse por su sobriedad y precisión, generando el respeto de todos. No reclamó ningún protagonismo, haciéndose impensable que fuese una vocera de la derecha de acuerdo con el esquema en boga, tan sensibilizada socialmente.
Traemos a colación a ambas hacedoras de país, porque las creemos indispensables de imitar y superar por la dirigencia partidista y los profesionales de la medicina. Concretamente, por una parte, nos antojamos que la promoción política de la mujer, sobre todo al comparar méritos y contribuciones reales al amparo del consabido gobierno actual, es muy distinta a la de Laya; y, por otra, el desempeño profesional de la medicina, por lo general, dista del compromiso que tuvo Ímber.
Fotografía: Lya Imber de Coronil, según Francisco Mora. Resumen, Caracas, nr. 33 del 23/06/74.
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Mujeres
jueves, 23 de agosto de 2012
DAHBARIANAS
EL NACIONAL - Sábado 23 de Junio de 2012 Opinión/7
¿Qué hace esa mujer ahí?
SERGIO DAHBAR
Muchas veces, encerrado en la lógica absurda de un laberinto museístico, me he preguntado: "Qué hace esa mujer ahí". Lo cierto es que el alma y el cuerpo femenino siempre fueron objeto de estudio de los artistas.
Esposas, amantes, amas de llave, nanas, mujeres de servicio... Entraron en la eternidad de la cultura universal y se quedaron para siempre. Así lo muestra una revisión sorprendente de la obra de Da Vinci, Raphael, Tiziano, Botticelli, Durero, el Greco, Rubens, Tyranov, Gros, Kiprensky.
En algunos casos se convirtieron en íconos irresistibles. En la obra del francés Pierre Bonnard la presencia de su esposa aparece en 385 obras. El pintor ya había encontrado la senda del arte cuando, a los 26 años de edad (1893), se topó en el bulevar Haussmann de la ciudad de París con la inefable Marthe.
La intuyó tan indefensa que la ayudó a cruzar, como si se tratara de una niña. Se convirtió rápidamente en su modelo, amante y compañera de rutina. Ella desconfiaba de casi todo el mundo.
Por eso suplicaba que se mudaran de habitación en habitación, de hotel en hotel, en donde siempre buscaba la bañera como tabla de salvación.
La salud de su esposa exigía viajes a spa, sanatorios o centros de retiro. La belleza se había ido desprendiendo del cuerpo de Marthe como una alegría perdida. Resultaba difícil saber si se encontraban en el apartamento de París, la casa de campo Mi Caravana, o la villa rosada en Cannes.
En esos tres puntos de Francia, Bonnard acentuó su conducta reclusiva y su obsesión por inmortalizar a una esposa que se le escapaba de las manos sin cura alguna. A los 50 años de edad, la voz de Marthe apenas podía oírse, su piel se había vuelto transparente y su estado de ánimo era débil. Murió en 1942, después de soportar los primeros embates de la Segunda Guerra Mundial y ver cómo su marido canjeaba obras de arte inmortales por mantequilla y huevos.
El caso del pintor figurativo estadounidense Andrew Wyeth se encuentra en la esquina opuesta de Bonnard. Nació en Chadds Ford, Pensylvania (1917). A los 31 años de edad presentó su obra más recordada, El mundo de Cristina (1948), referencia del realismo social norteamericano.
Su obra casi siempre contiene personas y paisajes en dos localidades: Brandywine Valley, muy cerca de Chadds Ford, donde nació, y Cushing (Maine), donde posee una casa de descanso. Hasta 1984 toda la vida de Andrew Wyeth había transcurrido en la calma. Ese año una petición de entrevista, solicitada por la revista Art & Antiques (98.000 ejemplares auditados), activó el gatillo de los desaciertos.
Wyeth confesó que su obra no podía ser entendida si no se tomaban en cuenta 240 obras, hasta ese momento resguardadas en secreto, pintadas entre 1971 y 1985. Esos cuadros tenían a una mujer llamada Helga como única modelo, que resultó ser la cocinera y ama de llaves de los cuñados de Wyeth.
Las repercusiones de estas confesiones afectaban sin duda el conocimiento real de su obra artística, pero generaban sospechas también sobre su vida privada. La primera involucrada en esta historia era su propia esposa, Betsy Wyeth (64 años, 46 de casada con el artista), quien podría preguntarse si su marido no era a su vez el amante de esa modelo a la que había visto muchas veces desnuda a escondidas durante 15 años.
A los pocos meses un coleccionista de Texas, llamado Leonard Andrews, compró la colección Helga por una suma millonaria.
En la edición de Time del 1º de junio de 1987 el rabioso crítico australiano de arte Robert Hughes dinamitó semejante farsa.
Betsy Wyeth conoció siempre la historia real de los cuadros de Helga, en el periodo 1971-1985.
Nunca hubo obra secreta, ni trabajo desconocido. Jamás existió romance entre Wyeth y Helga. Y el inefable comprador de Texas, Andrews, arregló previamente esta maniobra comercial con el matrimonio Wyeth y los editores de la revista Art & Antiques.
Del desconsuelo de Bonnard por la fragilidad de su esposa en la bañera, que parecía esconderse en el vientre materno para escapar del mundo, a unos rufianes estadounidenses de apellido Wyeth que deseaban sacarle unos cobres al arte, se extiende una singular línea de iluminaciones y ruinas humanas. La mujer se encuentra en el centro, casi siempre como un misterio imposible de descifrar.
Ilustración: Paco Lafarga
EL NACIONAL, Caracas, 12 de Octubre de 1997
Gente que no sabe qué hacer con las mujeres
Sergio Dahbar
Esto es lo más importante: Sarah Connor se salvó. Pocos tal vez lo advirtieron, pero quien haya visto con cuidado la saga de Terminator recordará que la empresa Cyberdyne Systems se convirtió en la mayor proveedora de sistemas militares computarizados del mundo. Esta firma perfeccionó los bombarderos hasta lograr que puedan volar sin pilotos, con un récord operacional perfecto. Y recibió un subsidio para crear un microprocesador peligroso que entró en actividad también en agosto, el día cuatro para ser más exactos. Este microchip, introducido en el cerebro de la supercomputadora Skynet (máquina que domina todas las computadoras posibles) no admite decisiones humanas en asuntos estratégicos y de defensa militar. Lo que produce miedo, verdadero miedo.
Todo estaba previsto para que el 29 de agosto de 1997 (día viernes) Skynet tomara conciencia de todo su poder. Los empleados de Cyberdyne, muertos de miedo, tratarían de desconectarla, pero una máquina entrenada no le hace caso a los humanos. Ese día Skynet iba a lanzar misiles contra Rusia, Rusia se iba a defender de Estados Unidos con otros misiles, y el mundo comenzaría a autodestruirse sin remedio. Todo esto a partir de las 2:14 pm del 29 de agosto de 1997. Porque, según los planes mayores, a las 2:15 pm las máquinas tomarían el poder mundial.
De acuerdo con Terminator, ese momento se traduciría en un imagen cegadora del resplandor. Fin de mundo. Lo dice alguien en la película: ``Tres billones de vidas se perdieron el 29 de agosto de 1997. Fue el día del juicio final, y las máquinas ganaron la guerra''. Por suerte, las cosas no ocurrieron de esa manera. Llegó el día señalado, ese viernes el tráfico fue amenazador en todas partes del planeta, pero no desapareció la civilización que todos conocemos como humanidad. Ni murió Sarah Connor. Ella sigue siendo un nombre en la guía telefónica de Los Angeles, una madre con un hijo descarriado e inteligente, la mujer que estuvo a punto de morir para que las máquinas ganaran la guerra. Sarah Connor sigue esperando que algo mejor le pase a su vida.
Coincidencias enojosas
Lo ha relatado el escritor Juan Forn en una crónica del diario argentino Página/ 12 . Tiene un amigo (al que llama M) que no le gusta la literatura de Paul Auster. Le desagradan las casualidades que atraviesan sus libros como automóviles en solitarias autopistas norteamericanas. Estas coincidencias le resultan falsamente metafísicas. Pero este señor llamado M acaba de vivir una experiencia que bien podría ingresar en uno de los libros del autor de El palacio de la luna, o ser un capítulo más de su diario, El cuaderno rojo .
M tiene 40 años. Se monta en un avión en Los Angeles. Su destino resulta tedioso por lo extenso: Los Angeles/Miami/Buenos Aires. M se percata de que en su vuelo viaja Fernández, un amigo de infancia, compañero de los primeros grados al que no volvió a ver nunca más. En el vuelo, liberados ya ambos de los cinturones de seguridad, tropiezan de frente al cruzar un pasillo. Fernández estira la mano y lo saluda con efusividad. M sigue caminando como si no lo conociera y lo deja con la mano en el aire. El vuelo baja en Miami, y luego sigue rumbo a Buenos Aires. M no vuelve a ver a Fernández ni en el avión, ni en el aeropuerto de Ezeiza, ni en migraciones, ni en la cinta transportadora de las maletas. Nada. El episodio lo ha turbado, porque no logra explicarse por qué rechazó el saludo de ese amigo de la infancia.
Dos semanas después, M recibe una llamada. Sus compañeros de colegio decidieron reencontrarse y lo invitan a una cena. M asiste, aunque sabe que se expondrá a la situación de Los Angeles, multiplicada por 40 compañeros. Se saludan con cariño, cuentan anécdotas del pasado, averiguan los diferentes caminos que han recorrido cada uno. M no ve a Fernández. Entonces pregunta, y le responden: ``¨No sabes lo que le pasó?''. Le explican que viajaba en un vuelo desde Los Angeles, con escala en Miami. En el aeropuerto se bajó junto a su esposa, a la que dejó con los bolsos de mano mientras iba al baño.
Un hombre se desvanece
Llaman a embarcar, pero Fernández no aparece. Su mujer se pone nerviosa. Busca en los baños. Nada. Entonces, comienza a desesperarse. El vuelo se demora 45 minutos. Todo se resuelve cuando los empleados de la línea aérea se acercan a la computadora y descubren que el señor Fernández ha chequeado su equipaje sólo hasta Miami. Averiguan y descubren que ya lo retiró de la cinta que trasporta las maletas. Se ha ido del aeropuerto. Los curiosos entienden la situación y se compadecen de la mujer. Ella llora.
Se puede imaginar por qué. Por su cabeza corren los días y las noches que han pasado juntos en Los Angeles, las compras que hicieron en los centros comerciales, las confidencias que se hicieron en la intimidad. Nunca llegó a sospechar nada extraño de su marido. Menos aún pensar que la iba a abandonar de esa manera. Dejarla botada en la inmensidad del aeropuerto de Miami. Después de diez años de matrimonio, que ya no sabe si fueron felices o no.
Mientras llora, la mujer alza la cabeza y descubre en un televisor lejano las imágenes de Terminator . La película está a punto de concluir. Sarah Connor detiene su jeep en una bomba de gasolina. Está embarazada del hombre que ha venido a salvarla. Debe preservar esa criatura para salvar a la humanidad. El cielo a lo lejos se ve oscuro. El futuro luce incierto, como el desconsuelo de la esposa de Fernández. Ella llora más, sin que nadie la pueda consolar.
M escucha esta historia, y piensa en la mente de Fernández. A pocas horas de abandonar a su esposa para huir como un rufián, se desabrocha el cinturón de seguridad, camina hacia el baño, se da cuenta de que tropieza con un amigo de infancia e intenta saludarlo. Cosa rara. El escritor Juan Forn confiesa que después de oír esta historia, volvió a preguntarle a M si aborrecía a Paul Auster. ``Esas casualidades falsamente metafísicas son mariconadas de escritor, que en la vida real jamás suceden'', respondió M como si no hubiera pasado nada.
Ilustración: Paula Marco
¿Qué hace esa mujer ahí?
SERGIO DAHBAR
Muchas veces, encerrado en la lógica absurda de un laberinto museístico, me he preguntado: "Qué hace esa mujer ahí". Lo cierto es que el alma y el cuerpo femenino siempre fueron objeto de estudio de los artistas.
Esposas, amantes, amas de llave, nanas, mujeres de servicio... Entraron en la eternidad de la cultura universal y se quedaron para siempre. Así lo muestra una revisión sorprendente de la obra de Da Vinci, Raphael, Tiziano, Botticelli, Durero, el Greco, Rubens, Tyranov, Gros, Kiprensky.
En algunos casos se convirtieron en íconos irresistibles. En la obra del francés Pierre Bonnard la presencia de su esposa aparece en 385 obras. El pintor ya había encontrado la senda del arte cuando, a los 26 años de edad (1893), se topó en el bulevar Haussmann de la ciudad de París con la inefable Marthe.
La intuyó tan indefensa que la ayudó a cruzar, como si se tratara de una niña. Se convirtió rápidamente en su modelo, amante y compañera de rutina. Ella desconfiaba de casi todo el mundo.
Por eso suplicaba que se mudaran de habitación en habitación, de hotel en hotel, en donde siempre buscaba la bañera como tabla de salvación.
La salud de su esposa exigía viajes a spa, sanatorios o centros de retiro. La belleza se había ido desprendiendo del cuerpo de Marthe como una alegría perdida. Resultaba difícil saber si se encontraban en el apartamento de París, la casa de campo Mi Caravana, o la villa rosada en Cannes.
En esos tres puntos de Francia, Bonnard acentuó su conducta reclusiva y su obsesión por inmortalizar a una esposa que se le escapaba de las manos sin cura alguna. A los 50 años de edad, la voz de Marthe apenas podía oírse, su piel se había vuelto transparente y su estado de ánimo era débil. Murió en 1942, después de soportar los primeros embates de la Segunda Guerra Mundial y ver cómo su marido canjeaba obras de arte inmortales por mantequilla y huevos.
El caso del pintor figurativo estadounidense Andrew Wyeth se encuentra en la esquina opuesta de Bonnard. Nació en Chadds Ford, Pensylvania (1917). A los 31 años de edad presentó su obra más recordada, El mundo de Cristina (1948), referencia del realismo social norteamericano.
Su obra casi siempre contiene personas y paisajes en dos localidades: Brandywine Valley, muy cerca de Chadds Ford, donde nació, y Cushing (Maine), donde posee una casa de descanso. Hasta 1984 toda la vida de Andrew Wyeth había transcurrido en la calma. Ese año una petición de entrevista, solicitada por la revista Art & Antiques (98.000 ejemplares auditados), activó el gatillo de los desaciertos.
Wyeth confesó que su obra no podía ser entendida si no se tomaban en cuenta 240 obras, hasta ese momento resguardadas en secreto, pintadas entre 1971 y 1985. Esos cuadros tenían a una mujer llamada Helga como única modelo, que resultó ser la cocinera y ama de llaves de los cuñados de Wyeth.
Las repercusiones de estas confesiones afectaban sin duda el conocimiento real de su obra artística, pero generaban sospechas también sobre su vida privada. La primera involucrada en esta historia era su propia esposa, Betsy Wyeth (64 años, 46 de casada con el artista), quien podría preguntarse si su marido no era a su vez el amante de esa modelo a la que había visto muchas veces desnuda a escondidas durante 15 años.
A los pocos meses un coleccionista de Texas, llamado Leonard Andrews, compró la colección Helga por una suma millonaria.
En la edición de Time del 1º de junio de 1987 el rabioso crítico australiano de arte Robert Hughes dinamitó semejante farsa.
Betsy Wyeth conoció siempre la historia real de los cuadros de Helga, en el periodo 1971-1985.
Nunca hubo obra secreta, ni trabajo desconocido. Jamás existió romance entre Wyeth y Helga. Y el inefable comprador de Texas, Andrews, arregló previamente esta maniobra comercial con el matrimonio Wyeth y los editores de la revista Art & Antiques.
Del desconsuelo de Bonnard por la fragilidad de su esposa en la bañera, que parecía esconderse en el vientre materno para escapar del mundo, a unos rufianes estadounidenses de apellido Wyeth que deseaban sacarle unos cobres al arte, se extiende una singular línea de iluminaciones y ruinas humanas. La mujer se encuentra en el centro, casi siempre como un misterio imposible de descifrar.
Ilustración: Paco Lafarga
EL NACIONAL, Caracas, 12 de Octubre de 1997
Gente que no sabe qué hacer con las mujeres
Sergio Dahbar
Esto es lo más importante: Sarah Connor se salvó. Pocos tal vez lo advirtieron, pero quien haya visto con cuidado la saga de Terminator recordará que la empresa Cyberdyne Systems se convirtió en la mayor proveedora de sistemas militares computarizados del mundo. Esta firma perfeccionó los bombarderos hasta lograr que puedan volar sin pilotos, con un récord operacional perfecto. Y recibió un subsidio para crear un microprocesador peligroso que entró en actividad también en agosto, el día cuatro para ser más exactos. Este microchip, introducido en el cerebro de la supercomputadora Skynet (máquina que domina todas las computadoras posibles) no admite decisiones humanas en asuntos estratégicos y de defensa militar. Lo que produce miedo, verdadero miedo.
Todo estaba previsto para que el 29 de agosto de 1997 (día viernes) Skynet tomara conciencia de todo su poder. Los empleados de Cyberdyne, muertos de miedo, tratarían de desconectarla, pero una máquina entrenada no le hace caso a los humanos. Ese día Skynet iba a lanzar misiles contra Rusia, Rusia se iba a defender de Estados Unidos con otros misiles, y el mundo comenzaría a autodestruirse sin remedio. Todo esto a partir de las 2:14 pm del 29 de agosto de 1997. Porque, según los planes mayores, a las 2:15 pm las máquinas tomarían el poder mundial.
De acuerdo con Terminator, ese momento se traduciría en un imagen cegadora del resplandor. Fin de mundo. Lo dice alguien en la película: ``Tres billones de vidas se perdieron el 29 de agosto de 1997. Fue el día del juicio final, y las máquinas ganaron la guerra''. Por suerte, las cosas no ocurrieron de esa manera. Llegó el día señalado, ese viernes el tráfico fue amenazador en todas partes del planeta, pero no desapareció la civilización que todos conocemos como humanidad. Ni murió Sarah Connor. Ella sigue siendo un nombre en la guía telefónica de Los Angeles, una madre con un hijo descarriado e inteligente, la mujer que estuvo a punto de morir para que las máquinas ganaran la guerra. Sarah Connor sigue esperando que algo mejor le pase a su vida.
Coincidencias enojosas
Lo ha relatado el escritor Juan Forn en una crónica del diario argentino Página/ 12 . Tiene un amigo (al que llama M) que no le gusta la literatura de Paul Auster. Le desagradan las casualidades que atraviesan sus libros como automóviles en solitarias autopistas norteamericanas. Estas coincidencias le resultan falsamente metafísicas. Pero este señor llamado M acaba de vivir una experiencia que bien podría ingresar en uno de los libros del autor de El palacio de la luna, o ser un capítulo más de su diario, El cuaderno rojo .
M tiene 40 años. Se monta en un avión en Los Angeles. Su destino resulta tedioso por lo extenso: Los Angeles/Miami/Buenos Aires. M se percata de que en su vuelo viaja Fernández, un amigo de infancia, compañero de los primeros grados al que no volvió a ver nunca más. En el vuelo, liberados ya ambos de los cinturones de seguridad, tropiezan de frente al cruzar un pasillo. Fernández estira la mano y lo saluda con efusividad. M sigue caminando como si no lo conociera y lo deja con la mano en el aire. El vuelo baja en Miami, y luego sigue rumbo a Buenos Aires. M no vuelve a ver a Fernández ni en el avión, ni en el aeropuerto de Ezeiza, ni en migraciones, ni en la cinta transportadora de las maletas. Nada. El episodio lo ha turbado, porque no logra explicarse por qué rechazó el saludo de ese amigo de la infancia.
Dos semanas después, M recibe una llamada. Sus compañeros de colegio decidieron reencontrarse y lo invitan a una cena. M asiste, aunque sabe que se expondrá a la situación de Los Angeles, multiplicada por 40 compañeros. Se saludan con cariño, cuentan anécdotas del pasado, averiguan los diferentes caminos que han recorrido cada uno. M no ve a Fernández. Entonces pregunta, y le responden: ``¨No sabes lo que le pasó?''. Le explican que viajaba en un vuelo desde Los Angeles, con escala en Miami. En el aeropuerto se bajó junto a su esposa, a la que dejó con los bolsos de mano mientras iba al baño.
Un hombre se desvanece
Llaman a embarcar, pero Fernández no aparece. Su mujer se pone nerviosa. Busca en los baños. Nada. Entonces, comienza a desesperarse. El vuelo se demora 45 minutos. Todo se resuelve cuando los empleados de la línea aérea se acercan a la computadora y descubren que el señor Fernández ha chequeado su equipaje sólo hasta Miami. Averiguan y descubren que ya lo retiró de la cinta que trasporta las maletas. Se ha ido del aeropuerto. Los curiosos entienden la situación y se compadecen de la mujer. Ella llora.
Se puede imaginar por qué. Por su cabeza corren los días y las noches que han pasado juntos en Los Angeles, las compras que hicieron en los centros comerciales, las confidencias que se hicieron en la intimidad. Nunca llegó a sospechar nada extraño de su marido. Menos aún pensar que la iba a abandonar de esa manera. Dejarla botada en la inmensidad del aeropuerto de Miami. Después de diez años de matrimonio, que ya no sabe si fueron felices o no.
Mientras llora, la mujer alza la cabeza y descubre en un televisor lejano las imágenes de Terminator . La película está a punto de concluir. Sarah Connor detiene su jeep en una bomba de gasolina. Está embarazada del hombre que ha venido a salvarla. Debe preservar esa criatura para salvar a la humanidad. El cielo a lo lejos se ve oscuro. El futuro luce incierto, como el desconsuelo de la esposa de Fernández. Ella llora más, sin que nadie la pueda consolar.
M escucha esta historia, y piensa en la mente de Fernández. A pocas horas de abandonar a su esposa para huir como un rufián, se desabrocha el cinturón de seguridad, camina hacia el baño, se da cuenta de que tropieza con un amigo de infancia e intenta saludarlo. Cosa rara. El escritor Juan Forn confiesa que después de oír esta historia, volvió a preguntarle a M si aborrecía a Paul Auster. ``Esas casualidades falsamente metafísicas son mariconadas de escritor, que en la vida real jamás suceden'', respondió M como si no hubiera pasado nada.
Ilustración: Paula Marco
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