- S/a. "La Contraloría ante la petroquímica". Resumen, Caracas, nr. 125 del 28/03/1976.
- Roberto Guevara. "Orson Welles y la vanguardia del cine (20 años de Citizen Kane)". El Nacional, Caracas, 03/01/60.
- Pascual Venegas Filardo. "La cultura en ascuas". El Universal, Caracas, 15/05/84.
- Alberto Arvelo Ramos. "El metro y los latifundistas urbanos". La Esfera, Caracas, 19/06/66.
- Carlos José Ramírez Torres. "Al día: La flota mercante grancolombiana". El Universal, 18/07/53.
Reproducción: Últimas Noticias, Caracas, 09/02/1946.
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domingo, 13 de mayo de 2018
viernes, 9 de diciembre de 2016
GUERRAS PARA UN SOLO MUNDO

EL PAÍS, Madrid, 7 de
diciembre de 2016
TRIBUNA
La intoxicación
conspirativa
Un complotista diría
que este corto artículo formaría también parte de una gran conspiración
Isaac Nahón Serfaty
La mentalidad
conspirativa ha sido estudiada ampliamente. Los historiadores Léon Poliakov y
Norman Cohn, y el mismo Umberto Eco desde la ficción, contribuyeron a explicar
por qué nos fascinan las teorías delirantes que pretenden poseer la clave para
develar la “verdad” de lo que pasa en el mundo.
Esta “verdad” va más
o menos así: un pequeño grupo de malvados ricos (casi siempre judíos, claro)
controlarían los hilos del poder, la economía, los medios de comunicación y las
instituciones religiosas. De hecho, un complotista diría que este corto
artículo que usted está leyendo, formaría también parte de una gran
conspiración.
Como algunos lectores
me lo han expresado en correos de odio que recibo de vez en cuando, quién mejor
que un judío para hacerles creer que la conspiración de la “sinarquía sionista”
no existe.
El problema no es la
mentalidad conspirativa. Cada quien puede creer lo que quiera, incluso en cosas
que rayan en el delirio paranoide. Lo grave se presenta cuando de la creencia
se pasa a la acción. Gente intoxicada por teorías escatológicas pueden hacer
daño.
Por ejemplo, eligen
presidentes. Una parte del electorado que votó por Donald Trump cree en
disparatadas (y no tan disparatadas) historias sobre los “perversos
extranjeros” que quieren destruir el American way of life. En otros contextos,
las visiones delirantes del mundo hacen que alguien se ponga un chaleco de
explosivos y mate a transeúntes en un mercado.
¿Qué función cumplen
las teorías conspirativas? La misma que las religiones, de alguna manera. Los
conspiracionistas tienen una visión coherente del mundo. Todo lo explican por
una supuesta “razón superior”, razón que responde a los dictámenes de unos
pocos (los judeo-masones o los illuminati) que manejan los hilos de una gran
conjura, como lo haría el Dios todopoderoso de las religiones.
Desde el punto de
vista psicológico, la intoxicación conspirativa produce angustia entre los
creyentes. Paradójicamente, de esa angustia paranoide surge una certeza: el
mundo tiene sentido, todo tiene una explicación de acuerdo al plan
magistralmente ejecutado por los conspiradores.
Las redes sociales
contribuyen a potenciar la intoxicación conspirativa. Las plataformas digitales
crean loops cognitivos en los que los conspiracionistas se retroalimentan con
toda clase de medio verdades, noticias falsas, imágenes manipuladas, vídeos
grotescos, fantasías numerológicas, entre otros dispositivos de la retórica del
complot.
Pero la teoría
conspirativa no es solamente un asunto que atañe a minorías ruidosas. Textos
basados en mentiras conspirativas, como los desgraciadamente famosos Protocolos
de los Sabios de Sion, han tenido y tienen todavía influencia en el imaginario
público en países como Egipto o Pakistán. Regímenes como el de Irán de los
ayatolás, la Corea del Norte de la dinastía Kim y el desgobierno chavista en
Venezuela, tienen maquinarias de propaganda que alimentan visiones
conspirativas del mundo.
No hace falta, sin
embargo, dejarse arrastrar por el delirio extremo para caer en la ceguera de
los complotistas. Hay diferentes niveles de intoxicación que pueden llegar a
verdaderas borracheras doctrinarias. Hemos tenido suficientes demostraciones
recientes de ello entre los apologistas de Fidel Castro. Debido a su daltonismo
ideológico, no son capaces de distinguir el rojo de la sangre derramada de las
víctimas del fallecido dictador.
(*) Isaac Nahón
Serfaty es profesor en la Universidad de Ottawa (Canadá) y coautor, con Meir
Magar, de la novela La conjura del esplendor.
Fuente:
sábado, 3 de septiembre de 2016
¿PARA QUIÉN TRABAJA ORSON WELLES?
De una frustrada invasión extraterrestre
Luis Barragán
A pesar de todos los obstáculos, la llamada toma de Caracas ofreció el inmenso testimonio de rechazo de la población hacia el gobierno que la condena literalmente al hambre. La sistemática como ridícula obstaculización de los accesos hacia la ciudad capital, o el terrorismo ejercido en el centro histórico y oeste de una urbe de difusas fronteras, revela cuán nervioso está el poder establecido.
La tentación es la de comentar la jornada misma, evidentemente multitudinaria, en contraste con el evento convocado por Maduro Moros. Inevitable, sus oradores desearon minimizar el llamado opositor para confinarlo a treinta mil almas, subestimando temerariamente el descontento popular. Sin embargo, otra circunstancia llama la atención respecto a la derrota moral y política sufrida, aunque insuficiente.
Faltando un libreto más convincente, dijeron de un golpe de Estado en curso. Y, con motivo de su visita a Margarita, apenas entrando a la casa de Juana – si no recordamos mal – Nicolás dijo haber frustrado el hecho.
Nada grata la estancia isleña, caceroleados en sus arrogantes narices, no otra fue y es la explicación ansiando una épica de la supervivencia de la que no se tiene ni ofrece prueba inequívoca alguna, por más que desearon prefabricarla. El reality show fracasó, además, con las dádivas que el enflaquecido Estado ofrece para poner bonitas las zonas residenciales más humildes que esperan conseguir alimentos, medicinas y productos para la higiene personal, con agua potable y energía eléctrica.
Por lo visto, inflamada la imaginación, daba igual versar sobre una invasión extraterrestre que las decididas fuerzas del orden, rememorando probablemente una escena de George Lucas, porque H. G. Wells les queda muy atrás, atajaron. Además, atacada nuestras costas desde una remota galaxia, la hazaña de resistencia entroncaría cómodamente con el Cipriano Castro de 1902, en el habitual e insoportable batiburrillo que constituye toda una escuela dizque política en un país que, mal que bien, la tuvo sobria, profunda y – sobre todo – sensata.
Fotografía: http://www.abc.es/cultura/20131030/abci-aniversario-orson-welles-guerra-201310300614.html
04/09/2016:
Luis Barragán
A pesar de todos los obstáculos, la llamada toma de Caracas ofreció el inmenso testimonio de rechazo de la población hacia el gobierno que la condena literalmente al hambre. La sistemática como ridícula obstaculización de los accesos hacia la ciudad capital, o el terrorismo ejercido en el centro histórico y oeste de una urbe de difusas fronteras, revela cuán nervioso está el poder establecido.
La tentación es la de comentar la jornada misma, evidentemente multitudinaria, en contraste con el evento convocado por Maduro Moros. Inevitable, sus oradores desearon minimizar el llamado opositor para confinarlo a treinta mil almas, subestimando temerariamente el descontento popular. Sin embargo, otra circunstancia llama la atención respecto a la derrota moral y política sufrida, aunque insuficiente.
Faltando un libreto más convincente, dijeron de un golpe de Estado en curso. Y, con motivo de su visita a Margarita, apenas entrando a la casa de Juana – si no recordamos mal – Nicolás dijo haber frustrado el hecho.
Nada grata la estancia isleña, caceroleados en sus arrogantes narices, no otra fue y es la explicación ansiando una épica de la supervivencia de la que no se tiene ni ofrece prueba inequívoca alguna, por más que desearon prefabricarla. El reality show fracasó, además, con las dádivas que el enflaquecido Estado ofrece para poner bonitas las zonas residenciales más humildes que esperan conseguir alimentos, medicinas y productos para la higiene personal, con agua potable y energía eléctrica.
Por lo visto, inflamada la imaginación, daba igual versar sobre una invasión extraterrestre que las decididas fuerzas del orden, rememorando probablemente una escena de George Lucas, porque H. G. Wells les queda muy atrás, atajaron. Además, atacada nuestras costas desde una remota galaxia, la hazaña de resistencia entroncaría cómodamente con el Cipriano Castro de 1902, en el habitual e insoportable batiburrillo que constituye toda una escuela dizque política en un país que, mal que bien, la tuvo sobria, profunda y – sobre todo – sensata.
Fotografía: http://www.abc.es/cultura/20131030/abci-aniversario-orson-welles-guerra-201310300614.html
04/09/2016:
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sábado, 1 de junio de 2013
RADIOYENTES, TEMBLAD !!!
EL NACIONAL - Sábado 01 de Junio de 2013 Opinión/8
Cuando la gente cambia de canal
SERGIO DAHBAR
Este año se cumplen 75 años de la transmisión radioeléctrica de la supuesta invasión de los marcianos a la Tierra, lanzada al aire por la empresa de comunicaciones CBS a las 8:00 pm, el 30 de octubre de 1938. Era una adaptación de La guerra de los mundos (1898), de H. G. Wells.
Muchos políticos demagogos de todo el mundo han aprovechado este incidente para demonizar medios de comunicación que se exceden y cruzan una línea peligrosa para la sociedad. Y para exigir que sean regulados.
La efemérides resulta apropiada también para darles ánimo a muchos periodistas que perdieron su trabajo en Venezuela por amenazas, por acoso, por autocensura o porque el Gobierno compró medios para limpiarlos de gente incómoda.
El programa de los domingos del Mercury Theatre antes de esa fecha ya había trasmitido 16 adaptaciones más: El conde de Montecristo había sido memorable. El productor era John Houseman; el director, nada menos que Orson Welles; y la adaptación de ese domingo célebre fue realizada por Howard Koch. El programa se rotuló correctamente en su minuto inicial. Pero muchos oyentes no se enteraron.
De acuerdo con encuestas de la época, el programa dominical de Mercury Theatre convocaba a 4% del público de radio, mientras 35% de la audiencia prefería un programa cómico del ventrílocuo Edgar Bergen y su muñeco Charlie McCarthy, en otro canal.
Pero esas encuestas no valoraban que, cuando el humor bajaba de tono, el público cambiaba de dial para conocer lo que ocurría en las otras bandas. A las 8:12 de esa noche, el programa de Bergen/McCarthy realizó un intervalo para incluir a un cantante poco conocido. El desliz fue fatal.
Quienes se movieron hacia CBS descubrieron la alarma marciana en su furor mesiánico, y, como bien apunta Homero Alsina Thevenet, debieron creerla porque escaparon de sus casas, rezaron e intentaron suicidarse. Esa noche "los habitantes de las ciudades querían refugiarse en las montañas, mientras que los de las montañas corrían a protegerse en las ciudades".
Demasiados talentos transfiguraron una dramatización más en una realidad desesperada. El dominio del ritmo y la pausa de Orson Welles; la inclusión de frases musicales tranquilizantes; la voz idéntica a la del presidente Roosevelt; la recreación de un testigo que observa los hechos en vivo, tal cual como ocurrió cuando el dirigible Hindenberg explotó frente a costas estadounidenses en 1937.
Sobre el Mercury Theatre cayeron múltiples juicios por daños morales y materiales, pero el contrato de la CBS exoneraba al grupo de toda responsabilidad legal. Los anuncios realizados al principio y al final del programa eran correctos y no dejaban lugar a dudas. El único reclamo atendido fue el de un campesino que gastó 3,25 dólares en un boleto de autobús para huir.
Había ahorrado esa suma para comprarse zapatos. Los quería negros, 9B. Así se los enviaron.
Hollywood se llevó a Houseman, a Koch, a Welles (23 años) y a todo el elenco del Mercury. Los resultados de captar semejante talento fueron dos películas notables para la historia del cine: Ciudadano Kane y Casablanca.
No hubo acciones legales contra CBS. No procedían: el canal había advertido en la introducción y en el cierre que se trataba de una simulación, realizada por profesionales del teatro. Nadie tenía la culpa de que fueran muy buenos.
La mejor manera de castigar la improvisación, la falta de verificación de los hechos y el manejo irresponsable de la información que difunden los medios, está en poder de las audiencias, que todos los días leen periódicos y revistas, encienden el televisor, sintonizan la radio o navegan por Internet. Ellos pueden mantener viva una noticia o simplemente ignorarla.
Son las mismas audiencias que un día se cansan de la intolerancia, la corrupción, las mentiras gubernamentales, la ineficiencia administrativa, y así como cambian de canal o de periódico, un día inexplicablemente le dicen adiós a un Estado que se parece demasiado a una película de mafiosos dirigida por un Tarantino chapucero.
Y de repente todo lo que parecía inamovible y eterno se convierte en un mal recuerdo en la memoria viva del continente. Como diría sabiamente Tomás Eloy Martínez, los seres humanos se pasan la vida buscando lo que ya han encontrado. ¿Me equivoco?
Cuando la gente cambia de canal
SERGIO DAHBAR
Este año se cumplen 75 años de la transmisión radioeléctrica de la supuesta invasión de los marcianos a la Tierra, lanzada al aire por la empresa de comunicaciones CBS a las 8:00 pm, el 30 de octubre de 1938. Era una adaptación de La guerra de los mundos (1898), de H. G. Wells.
Muchos políticos demagogos de todo el mundo han aprovechado este incidente para demonizar medios de comunicación que se exceden y cruzan una línea peligrosa para la sociedad. Y para exigir que sean regulados.
La efemérides resulta apropiada también para darles ánimo a muchos periodistas que perdieron su trabajo en Venezuela por amenazas, por acoso, por autocensura o porque el Gobierno compró medios para limpiarlos de gente incómoda.
El programa de los domingos del Mercury Theatre antes de esa fecha ya había trasmitido 16 adaptaciones más: El conde de Montecristo había sido memorable. El productor era John Houseman; el director, nada menos que Orson Welles; y la adaptación de ese domingo célebre fue realizada por Howard Koch. El programa se rotuló correctamente en su minuto inicial. Pero muchos oyentes no se enteraron.
De acuerdo con encuestas de la época, el programa dominical de Mercury Theatre convocaba a 4% del público de radio, mientras 35% de la audiencia prefería un programa cómico del ventrílocuo Edgar Bergen y su muñeco Charlie McCarthy, en otro canal.
Pero esas encuestas no valoraban que, cuando el humor bajaba de tono, el público cambiaba de dial para conocer lo que ocurría en las otras bandas. A las 8:12 de esa noche, el programa de Bergen/McCarthy realizó un intervalo para incluir a un cantante poco conocido. El desliz fue fatal.
Quienes se movieron hacia CBS descubrieron la alarma marciana en su furor mesiánico, y, como bien apunta Homero Alsina Thevenet, debieron creerla porque escaparon de sus casas, rezaron e intentaron suicidarse. Esa noche "los habitantes de las ciudades querían refugiarse en las montañas, mientras que los de las montañas corrían a protegerse en las ciudades".
Demasiados talentos transfiguraron una dramatización más en una realidad desesperada. El dominio del ritmo y la pausa de Orson Welles; la inclusión de frases musicales tranquilizantes; la voz idéntica a la del presidente Roosevelt; la recreación de un testigo que observa los hechos en vivo, tal cual como ocurrió cuando el dirigible Hindenberg explotó frente a costas estadounidenses en 1937.
Sobre el Mercury Theatre cayeron múltiples juicios por daños morales y materiales, pero el contrato de la CBS exoneraba al grupo de toda responsabilidad legal. Los anuncios realizados al principio y al final del programa eran correctos y no dejaban lugar a dudas. El único reclamo atendido fue el de un campesino que gastó 3,25 dólares en un boleto de autobús para huir.
Había ahorrado esa suma para comprarse zapatos. Los quería negros, 9B. Así se los enviaron.
Hollywood se llevó a Houseman, a Koch, a Welles (23 años) y a todo el elenco del Mercury. Los resultados de captar semejante talento fueron dos películas notables para la historia del cine: Ciudadano Kane y Casablanca.
No hubo acciones legales contra CBS. No procedían: el canal había advertido en la introducción y en el cierre que se trataba de una simulación, realizada por profesionales del teatro. Nadie tenía la culpa de que fueran muy buenos.
La mejor manera de castigar la improvisación, la falta de verificación de los hechos y el manejo irresponsable de la información que difunden los medios, está en poder de las audiencias, que todos los días leen periódicos y revistas, encienden el televisor, sintonizan la radio o navegan por Internet. Ellos pueden mantener viva una noticia o simplemente ignorarla.
Son las mismas audiencias que un día se cansan de la intolerancia, la corrupción, las mentiras gubernamentales, la ineficiencia administrativa, y así como cambian de canal o de periódico, un día inexplicablemente le dicen adiós a un Estado que se parece demasiado a una película de mafiosos dirigida por un Tarantino chapucero.
Y de repente todo lo que parecía inamovible y eterno se convierte en un mal recuerdo en la memoria viva del continente. Como diría sabiamente Tomás Eloy Martínez, los seres humanos se pasan la vida buscando lo que ya han encontrado. ¿Me equivoco?
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