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viernes, 15 de mayo de 2020

"EL MUNDO DE AYER NO ERA MEJOR"

El mundo de ayer
Leonardo Padura / El País

Stefan Zweig fue un romántico europeo que, poco antes de suicidarse, lejos de una Europa que se desintegraba por la más desoladora de sus muchas guerras, escribió un maravilloso y desgarrado testamento, titulado El mundo de ayer (1942), en el que hablaba no de su propio devenir, “sino el de toda una generación, la nuestra, la única que ha cargado con el peso del destino, como, seguramente, ninguna otra en la historia”.

La generación del judío austriaco Zweig es la que nace en la Europa de finales del siglo XIX, vive en su juventud la I Guerra Mundial y el triunfo de la Revolución de Octubre y, en su madurez, la perversión utópica ejecutada por el estalinismo, el ascenso paralelo del nacionalsocialismo y conflictos fratricidas como la contienda civil española. La hornada europea que, ya en su vejez, asiste al inicio de la II Guerra Mundial, con Holocausto incluido.

Stefan Zweig se suicidó en su exilio brasileño en 1942 y no supo que caerían bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Mucho más recientemente, el muy reconocido y leído Noah Yuval Harari (también judío, por cierto, también heterodoxo, por supuesto) nos recuerda en sus 21 lecciones para el siglo XXI que el hombre de hoy, nuestra afortunada generación, ha sido, a lo largo de toda la historia del Homo sapiens, la que menos riesgos ha tenido de morir de hambre, en una guerra o por una epidemia, los tres grandes azotes que siempre han perseguido a la humanidad. Y ofrece cifras que sustentan su afirmación.

El mundo de ayerHarari, sin embargo, no deja por ello de expresar sus temores sobre las cualidades y calidades de este tiempo presente en el cual se ha perdido buena parte de la fe de que gozó el pensamiento y el modelo liberal, con globalización incluida, mientras los países se blindan con murallas de nacionalismo y fundamentalismos religiosos excluyentes, cuando la humanidad se encuentra más cerca de un tremebundo descalabro ecológico. Y el historiador israelí anota, además, las incertidumbres que genera un futuro presumiblemente diseñado por inteligencias artificiales alimentadas por algoritmos o engendros por el estilo.

Creo con Harari y con muchos otros que pertenezco a la generación que ha sufrido menos la violencia bélica, que ha nacido con más años de expectativa vital, ha tenido más altura para asomarse al futuro, incluso de vivirlo y de congratularse con él. Y también de horrorizarse con las variantes posibles de ese porvenir que parece cada vez más cercano.

En las décadas que van de nuestra adolescencia a la adultez, hemos sido testigos presenciales de un cambio de era histórica: el tránsito arrasador de los tiempos de los recursos mecánicos y analógicos al periodo del imperio de la digitalización, con todas las múltiples consecuencias positivas y negativas que tales procesos revulsivos suelen entrañar. Hoy somos beneficiarios de herramientas de comunicación, conocimiento, de avances médicos, de movilidad que medio siglo atrás parecían argumentos exclusivos de películas de ciencia ficción. Las revoluciones de la tecnología de la información y de la biotecnología lo han cambiado casi todo, y es seguro que lo cambiarán aun más en unos años. ¿Somos mejores por eso? ¿Viviremos mejor en el futuro? ¿Tendrá más sentido el sinsentido existencialista de la vida? Debo admitir que tengo serias dudas al respecto. Y no solo porque me esté poniendo viejo y, quizás, volviéndome un lamentable conservador y se me desborde mi recipiente de pesimismo. La coyuntura universal que hoy vivimos, calcada de fantasías como las de H. G. Wells en La guerra de los mundos es una confirmación dolorosa.

Mi afortunada generación, junto a sus tremendos logros científicos, ha sufrido también profundos traumas capaces de alterar muchas de nuestras percepciones de la vida y la forma de asumirla. Cuando disfrutábamos de la juventud apareció y nos traumatizó la aparición del VIH/sida, una enfermedad entonces mortal que afectó de manera bastante radical el ejercicio de la sexualidad. Unos veinte años después fuimos víctimas, y todos, a la vez, telespectadores, del ataque del 11 de septiembre de 2001 que transformó los cánones de la seguridad, introdujo el miedo al terrorismo en la política de Estado y lo convirtió en un trauma individual que logró degradar el disfrute del viaje, la aventura, el descubrimiento (entre otros goces), para convertirlo en una faena llena de escollos y traumas (no puedes viajar en avión con un vasito de yogur en tu equipaje de mano). Y si pensábamos que ya teníamos suficiente, justo cuando llegamos a los tiempos de mayor desencanto político de las últimas décadas (o de desencanto con los políticos y sus actuaciones que hemos estado sufriendo en las últimas décadas), pues nos ha llegado el coronavirus o covid-19, que nos impide viajar y, nos recomienda no acercarnos a otras personas —y ni soñar con tener sexo con un desconocido. Que nos hablemos con un metro y medio de distancia entre nosotros, que nos autoconfinemos…

El mundo que parecía ampliarse y hacerse menos ajeno (más globalizado) es hoy un lugar hostil, del que debemos apartarnos si queremos llegar a vivir los ochenta años de promedio que nos regalaron los avances médicos, una mejor alimentación y la superación de grandes guerras. Debemos encerrarnos y comunicarnos con cuidado, mejor si es a través de Facebook o Instagram, sin saber hasta cuándo no podremos asistir a un evento deportivo o a un concierto musical, porque debemos cuidarnos de las grandes aglomeraciones de personas. Huir de los besos y los abrazos.

La muy justificada histeria generada por este nuevo virus tiene y tendrá proporciones y consecuencias realmente apocalípticas, con independencia de su justificación real, avalada por las cifras de contagiados y muertos. Lo cierto es que las economías se tambalean, las sociedades se cierran, la maravillosa ciencia de la era digital patina y no avanza. La misma ciencia que decodificó y sintetizó el genoma humano pero aún no ha logrado un antídoto contra el cáncer, la epidemia más indetenible de estos tiempos, que cada día mata a tantas personas como el coronavirus…

¿Hasta dónde llegaremos en esta carrera de dolor y de miedo? Nadie lo sabe. ¿Es el fin de los tiempos, de la sociedad? No, no es el fin de los tiempos ni de la sociedad, pero puede ser el fin de una manera de vivir en el tiempo y en sociedad. Presiento que aun con una (relativamente) rápida solución de la crisis sanitaria que hoy vivimos y tanto nos aterroriza, nuestro mundo no volverá a ser el mismo, y no para mejor. Y no soy de los que creo que el mundo de ayer haya sido el más feliz y que debemos recuperarlo, como pide Trump cuando clama por devolver a América la grandeza perdida. ¿La grandeza de los tiempos de una feroz discriminación racial legalizada (prohibida la entrada de perros, judíos y negros)?, por ejemplo. O una grandeza como la que sueña un Putin que se reelegirá presidente ad infinitum: la recuperación del orgullo ruso gracias al cual los ciudadanos quizás podrían escoger entre zarismo y estalinismo, si es que algo pueden elegir.

El mundo de ayer, el ayer de nuestra privilegiada generación, no era mejor, aunque cada vez nos lo parezca más. “Resulta que estábamos mejor cuando creíamos que estábamos peor”, me dijo alguien. Porque, aun con las muestras de solidaridad y de altruismo que hemos aplaudido, el mundo de hoy está enfermo, no solo de coronavirus, sino de otros males para los cuales no habrá vacunas (nacionalismos, fundamentalismos) y me hace temer a cómo se organizará el mundo de mañana, quizás cuando los poderes políticos nos digan que otra vez podemos besarnos y abrazarnos, hablarnos y tocarnos… y ya tengamos miedo de hacerlo o, incluso, no sepamos cómo hacerlo.

25/04/2020:
https://www.almendron.com/tribuna/el-mundo-de-ayer-4
Fotografía: Coronavirus.- Países Bajos informa de 83 muertos en un día, la cifra más baja de  Instagram / @Iamfake.  https://m.notimerica.com/politica/noticia-coronavirus-paises-bajos-informa-83-muertos-dia-cifra-mas-baja-hace-tres-semanas-20200419143655.html

miércoles, 25 de marzo de 2020

PLASTICIDAD DEL PODER

ENTREVISTA
Putin y la concentración del poder
Entrevista a Peer Teschendorf
Nikolaos Gavalakis
Olga Vasyltsova

Vladimir Putin somete al Estado ruso a una sorpresiva reforma. ¿Qué es lo que realmente pretende? Sin lugar a dudas, quiere afianzar su poder sobre nuevas bases.

En su último discurso a la nación, el presidente Vladímir Putin dijo que quería cambiar la Constitución. Entre otras cosas, el Parlamento será fortalecido en el futuro a expensas de los poderes del presidente. ¿Qué se esconde realmente detrás de estos planes?
A primera vista, se destaca la transferencia de atribuciones del presidente al Parlamento. Cuando se observa con mayor detenimiento, sin embargo, los cambios tienen el carácter de una consolidación del poder en lugar de una diferenciación en el sentido de controles y equilibrios. Resta aún ver si el Parlamento obtendrá un aumento significativo de su poder. El Parlamento ya vota al primer ministro, pero no cumple ninguna función en la designación de suplentes y ministros. Sin embargo, estos nuevos poderes para nombrar a todo el gobierno están limitados por el hecho de que el presidente puede destituir a todos los representantes del gobierno si han perdido su confianza. El presidente también sigue siendo quien establece las pautas para la labor del gobierno. Si bien esto hace un poco más interesante al Parlamento, su mayor poder es relativo. Sobre todo, Putin dejó bien claro que lo único que considera adecuado para Rusia es una Constitución de marcado presidencialismo. Para fortalecerla, deberán ser también limitadas varias instancias posibles de control. Los jueces constitucionales podrán ser destituidos por el Consejo de la Federación a propuesta del presidente. Al mismo tiempo, la creación de un «poder público unificado» limita a los gobiernos autónomos locales, criticados por Putin por sus diferentes maneras de aplicar los derechos y las garantías de los ciudadanos. Así, queda bastante fortalecido el poder central en el Estado. Sin embargo, se equilibra la relación entre los órganos del Estado y se crea un nuevo órgano constitucional: el Consejo de Estado. Por supuesto, todos los analistas ven esto como una preparación para el periodo posterior a 2024, cuando terminará el mandato presidencial de Putin. Al fortalecerse otras instituciones, Putin puede crear una nueva base de poder. Actualmente no es posible decir si esta será en el Parlamento, como primer ministro o como presidente del Consejo de Estado. Dado que las propuestas en este aspecto siguen siendo vagas, se puede suponer que se está en una fase de prueba y se observa qué configuración promete ser la más estable y segura.
El primer ministro Dmitri Medvédev anunció sorpresivamente su renuncia al cargo inmediatamente después. ¿Qué significa este cambio en el gobierno?
Es poco probable que la renuncia al gobierno tenga algo que ver con los cambios propuestos. No hay ninguna razón por la cual los cambios en la Constitución puedan implementarse mejor sin el gobierno en ejercicio. Por lo tanto, se puede suponer que la decisión fue tomada en última instancia por el presidente. La imagen de Medvédev para la población se ha deteriorado claramente desde el traspaso de mando en 2012. Las revelaciones de Alexéi Navalni acerca de los tesoros acumulados por el primer ministro lo convirtieron en el foco de todas las críticas a la corrupción omnipresente. El primer ministro también pagó un alto costo político cuando se elevó la edad de jubilación. También es el líder del partido Rusia Unida, que ha perdido prestigio masivamente. Ir a las elecciones parlamentarias del próximo año con un primer ministro impopular y un partido golpeado habría sido extremadamente riesgoso.
El cambio en este momento brinda la oportunidad de imprimir una nueva dinámica al gobierno y evitar una tensa elección con un voto de protesta. Por lo tanto, los nuevos ministros tendrán la tarea de calmar a la población mediante iniciativas sociales y, sobre todo, mediante una mejor implementación de los proyectos nacionales lanzados por Putin en 2018, para poder llevar a cabo las elecciones y la posterior reforma de los órganos estatales.
Finalmente, algunos también sospechan que Medvédev debía ser sacado de la línea de fuego para así prepararlo para tareas posteriores como, por ejemplo, ser un nuevo presidente con menos poderes. Con el nombramiento como suplente de Putin en el Consejo de Seguridad, al menos se le proporcionó un punto de partida prometedor para nuevas tareas. Sin embargo, una nueva Presidencia parece menos probable, ya que Medvédev está estrechamente relacionado con la maniobra del último intercambio de cargos, y la reacción pública a la elección presidencial dentro de cuatro años probablemente no sería más benévola.
Putin está considerando legitimar la reforma constitucional mediante un referéndum. ¿Tendría el apoyo de la población?
En su discurso, el presidente dejó en claro que los cambios no son fundamentales que y, por lo tanto, pueden ser aprobados por el Parlamento. Sin embargo, propone que el pueblo vote en conjunto sobre esas modificaciones y recién después tomar una decisión. Por lo tanto, será más una consulta popular que un referéndum. En términos del alcance de los cambios, es una simple votación en el sentido de «¿Está usted de acuerdo con los cambios?». Es inofensiva, ya que la mayoría verá una mejora en ellos. Por último, pero no menos importante: se incluyeron promesas sociales en la lista de cambios, como la obligatoriedad de que el salario mínimo esté por encima del nivel de subsistencia. Si se sometieran a votación los capítulos de manera individual, probablemente el panorama sería un poco diferente, ya que una masa crítica ciertamente podría oponerse a ellos en aspectos puntuales. Por lo tanto, no se seguirá este camino.
El sucesor de Medvédev, Mijaíl Mishustin, ya ha sido nombrado. ¿Qué puede esperarse del próximo gobierno?
El hecho de que ninguno de los analistas haya considerado a Mishustin un candidato potencial indica su papel. No es una persona que participe en la lucha por el poder político, sino un destacado funcionario público de larga experiencia y muy exitoso. Se lo describe como un administrador eficiente que ha logrado que el sistema tributario de Rusia sea uno de los más modernos del mundo. Y se dice que tiene contactos con los dos grandes grupos: los representantes de los ministerios poderosos y los reformadores liberales. Parece poco probable que lo transformen en sucesor. Más bien, dirigirá el gobierno de manera segura en el momento de la transformación. Las reacciones hasta ahora han sido en su mayoría positivas, ya que no se trata de un político intransigente en ningún sentido y, por lo tanto, no alimenta la lucha interna de las elites. Resta ver si la población notará mucho el cambio. Dirigir eficientemente un organismo tributario es una tarea diferente a implementar correctamente los proyectos nacionales en todo el país. Parte de la reputación de Mishustin se debe al enorme incremento en la eficiencia del sistema tributario. Esto se logró a través de una centralización completa, en la que cada recibo de compra y toda la documentación relevante en lo tributario se registra electrónicamente, con lo cual resultan accesibles para las autoridades fiscales federales y se pueden buscar anomalías mediante minería de datos. Si se tienen en cuenta los planes para centralizar todas las bases de datos, el uso cada vez más extendido de cámaras de vigilancia con reconocimiento facial y otras medidas para mejorar el control de la seguridad pública, la experiencia específica del nuevo primer ministro puede haber sido decisiva en su elección. En este caso, la población pronto notaría el cambio.
Las leyes rusas tendrán, de aquí en más, prioridad sobre el derecho internacional. ¿Qué significa esto para las relaciones exteriores de Rusia? De esta manera, por ejemplo, las sentencias del Tribunal Europeo de Derechos Humanos podrían ser irrelevantes.
Esta propuesta le da a Rusia la oportunidad de elegir qué tratados internacionales quiere cumplir. Esto la convierte en un socio muy poco fiable porque, en última instancia, no se puede confiar en los tratados celebrados. La jurisprudencia mostrará si esto significa una restricción para la población. Según la idea de esta enmienda, las demandas ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos solo tendrían la posibilidad de ser tomadas en cuenta en Rusia si se violaran los derechos humanos consagrados en la legislación rusa. Sin embargo, la Constitución rusa es progresista en este sentido. Porque, según ella, todos los derechos y las libertades de las personas están garantizados de acuerdo con los principios y normas generalmente reconocidos del derecho internacional. Por lo tanto, no hay conflicto entre el derecho ruso y el derecho internacional en esta área.
En última instancia, esta enmienda expresa un debilitamiento del derecho internacional del que Rusia siempre se ha quejado. Las intervenciones militares en, por ejemplo, Iraq, Libia y Kosovo, que Rusia consideró violaciones del derecho internacional, han llevado a la idea de que se es una potencia cuando se puede doblegar el derecho internacional. Los Estados del Occidente político son parcialmente culpables de esta peligrosa interpretación. Sin embargo, no está claro exactamente cómo se logrará modificar la Constitución. La importancia primordial de los tratados internacionales está establecida en los 15 artículos que solo pueden ser modificados por una asamblea constituyente. Pero el presidente no quiere ir por este camino.
(*) Peer Teschendorf dirige las oficinas de la Fundación Friedrich Ebert en la Federación Rusa desde 2018. fue jefe de las oficinas de la fundación en Kazajstán y Uzbekistán desde 2012 hasta mayo de 2016.
Fuente: IPG
Traducción: Carlos Díaz Rocca

Fuente:
Fotografía: Alexei Nikollsky (AP), el primer ministro ruso, Vladímir Putin, se sienta de copiloto en la cabina de un avión polivalente Beriev Be-200 del Ministerio de Emergencias, lanzando agua sobre el incendio forestal en Ryazan, en agosto de 2001. 

lunes, 15 de abril de 2019

MANIFIESTO CADIVI

Venezuela: de Arabia Saudita a Stalingrado
Antonio Sánchez García 

La orden de Stalin fue inapelable y taxativa: matar de hambre a los opositores, reales o imaginarios, que en su esquizofrénico desvarío se vio asediado por enemigos de la revolución y “del pueblo” hasta en la sopa. Fue una terrorífica cacería que no perdonó a nadie. Todos eran susceptibles al odio, la persecución y el fusilamiento del tirano. Los ex camaradas y toda su descendencia. Poco le importó que esa hambruna adquiriese contornos tan apocalípticos, que en algunos lugares derivara en feroces actos de canibalismo. Fueron millones los muertos de hambre. Acompañados por los millones de fusilados o encarcelados en los campos de concentración que Solzhenitsyn denominara posteriormente “Archipiélago Gulag”, durante la era del horror de 1936 y 1937, cuando tras la mampara de la persecución a “los enemigos del pueblo”, Stalin, el tirano más criminal y esquizofrénico de la historia, y sus esbirros del terror policial barrieran con toda la vieja dirigencia bolchevique, nada más y nada menos la que, a las órdenes de Lenin y Trotski, asaltara el Palacio de Invierno, montara el Consejo – Soviet – de San Petersburgo, posteriormente rebautizada en Leningrado, y estructurara el régimen tiránico más espeluznante creado por el hombre: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS.

No he dejado de pensar en la era del terror de Estado de los Soviets desde que, sorpresivamente, y precisamente cuando el exitoso e inesperado surgimiento del presidente interino Juan Guaidó comenzara a acorralar al usurpador y a imponerse en todos los países democráticos del orbe, los venezolanos se vieran privados súbitamente de luz y de agua, las dos necesidades básicas de un ciudadano en una sociedad moderna. ¿Quién iba a imaginarse en plena época de máxima bonanza petrolera, hace unos pocos años, cuando los bancos rebosaban de solicitantes de dólares preferenciales vía CADIVI para salir a La Florida a comprar computadoras o permitirse viajes turísticos a El Cairo, Jerusalem, Bombay, Pekín, Islandia, Haway o paseos a los fiordos antárticos y estadía en Calafate, puesta de moda por la familia Kirchner, y travesías por el Estrecho de Magallanes, que un día no tan lejano no serían los fiordos magallánicos, ni las orillas del Sena o del Danubio , sino las sucias aguas del Guaire las que se ofrecerían a la sedienta e insaciable voracidad de los pobres caraqueños?

Había con qué embrujar y seducir a quienes prefirieron un cupo CADIVI que acompañar las luchas de nuestros mártires por impedir la entronización de la tiranía.  ¿No hubo reputados columnistas de prensa, radio y televisión que reclamaron por el impedimento vehicular provocado por las barricadas, precisamente cuando muchos caraqueños por dicha razón no podían culminar sus gestiones tras el ansiado cupo? Era el peso de la noche de la abundancia saudita que nos habituara a querer arroparnos mucho más arriba de lo que daba la cobija.

Nunca viví en una sociedad que nadara en tanta abundancia como la Venezuela que conocí al llegar a Caracas a fines de junio de 1977. Quesos franceses y españoles, salmón noruego, caviar iraní, agua mineral italiana, vinos españoles, chilenos, californianos y argentinos, whisky escocés, de malta o cebada, champaña por doquier. La Dame o Dom Perignon. Y la más diversa variedad de licores europeos. Carros y motos de todas las marcas. Relojes de oro que las bataholas del cambio ofrecían a mitad de precio. Y cuanto chiche electrónico aparecía en el mercado. Conocí españoles que venían a comprarse un Rolex en Caracas: el dólar preferencial los ofrecía a  mucho mejor precio que en Madrid.

A fines del gobierno Lusinchi y con el fin de mantener la ilusión de un respaldo popular inquebrantable – dejó el gobierno con un 60% de aceptación - , una camioneta 4x4 costaba en Venezuela la mitad de su costo en sus países de origen. Se vaciaron las arcas del Banco Central y CAP tuvo que pagar los platos rotos. Nadie le perdonó que su Venezuela ya no fuera la saudita de su primer gobierno o la desopilante de su camarada adeco, que se farreara todas las reservas y elevara la deuda externa hasta extremos catastróficos. España o Portugal eran el propio subdesarrollo. Nadie vivía en Europa en medio de tanta irreal bonanza y tanto falso esplendor. Caracas era lo que es el Dubai de hoy. La Venezuela saudita. Que no sólo nadaba en dólares, sino que estaban a la libre orden y disposición del consumidor como una de las pocas mercancías de bajo precio.

Con Chávez el carnaval del despilfarro y la robadera alcanzaron límites siderales. Era la primera vez en la historia del socialismo contemporáneo, si es que existió otro en los albores de la civilización, en que el respaldo popular al asalto despiadado y criminal a la propiedad privada se conquistaba a punta de dólares, de consumismo despiadado, de alienación monetaria. Era la primera vez que los líderes de la revolución saqueaban las arcas del Estado en proporciones tan colosales. El Cupo Cadivi vino en reemplazo del Manifiesto Comunista. La corrupción en reemplazo de la conciencia de clase. Fue el engaño, la estafa y la ilusión de una falsa prosperidad, mientras la crisis humanitaria, la pobreza extrema y la hambruna sentaban los cimientos de la tiranía. Chávez, el flautista de Hamelin, nos llevó como a las ratas hasta el abismo del castro comunismo. Maduro vino a culminar la faena. Es una historia ominosa.  La Historia no nos absolverá.

Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/34677-sanchez-a
(09/04/2019)
Fotografía: Alexei Nikosky.

jueves, 4 de abril de 2019

MUY BUEN TÍTULO

El oso de papel en Venezuela
La presencia militar rusa en Venezuela es un acto de propaganda dirigido a curar el orgullo herido de la antigua superpotencia
Joaquín Villalobos

En los 90 algunos definían a Rusia como “Haití con bombas atómicas” y se decía que los submarinos nucleares rusos no eran una amenaza militar, sino un peligro medioambiental. El fracaso de la Unión Soviética fue una gran humillación para el nacionalismo ruso. Putin ha hecho esfuerzos por recuperar la imagen de Rusia como superpotencia. La prensa rusa destaca la presencia de sus militares en Caracas como una demostración de fuerza en una región lejana que evidencia que puede competir con Estados Unidos. Pero 99 soldados y dos aviones son en realidad un acto de propaganda dirigido a curar el orgullo herido de Rusia que Maduro trata de utilizar para asustar a la oposición venezolana.

Tener armas atómicas como las tiene India, Pakistán o Corea del Norte no convierte a Rusia en una superpotencia. Se trata de un país pobre que está cometiendo el mismo error de la era soviética gastando en armas a costa del desarrollo económico y de la calidad de vida de sus habitantes. Actualmente tiene un conjunto de conflictos que le demandan proporcionar ayuda o despliegue militar en Ucrania, Abkhazia, South Ossetia, Transnistria y Siria. Este último es el más lejano, pero todos están dentro de lo que sería su cordón de seguridad es decir en sus fronteras o en las proximidades de estas.

Librar guerras lejanas es muy caro, mandar dos aviones y 99 soldados es barato como inversión en propaganda. El gasto militar de Rusia equivale al 5,4% de su PIB con solo 66.000 millones de dólares. El gasto militar de Estados unidos es de 610.000 millones que representan solo el 3,2% de su PIB. La credencial de superpotencia no la da el poder de fuego, sino el poder económico. Los países comunistas de Europa del Este antes de la caída del muro de Berlín superaban abrumadoramente en tanques, aviones, cañones y tropas a las fuerzas de la OTAN, pero se derrumbaron porque no podían competir económicamente.

La única potencia con capacidad de librar guerras lejanas de forma simultánea sigue siendo Estados Unidos. Su gasto militar supera al de China, Rusia, Arabia Saudita, India, Reino Unido, Francia y Japón juntos. Rusia es ahora un país fabricante y vendedor de las armas que regalaba cuando se llamaba Unión Soviética y gastaba más de lo que producía. Rusia es objetivamente un país pobre, dominado por oligarcas corruptos y corruptores con aspiraciones de grandeza. Su economía es del tamaño de la de España, pero tiene el triple de población distribuida en un territorio 33 veces más grande, es decir con unas necesidades de servicios enormes.

Los venezolanos no deben confundir una acción de propaganda de rusos vendedores de armas con un cambio en la correlación geopolítica de fuerzas. Si Rusia fuera una superpotencia deberían poder resolver la crisis de energía eléctrica, la hambruna o la falta de medicinas, pero eso es caro y los rusos son pobres. La verdadera presencia militar en Venezuela la tiene Cuba con miles de efectivos que controlan a las Fuerzas Armadas. Hay razones objetivas para esto porque la economía cubana es un parásito del petróleo venezolano y los castristas saben perfectamente que si se acaba Maduro se acaban ellos.

(*) Joaquín Villalobos fue guerrillero salvadoreño y es consultor para la resolución de conflictos internacionales.

Fotografía: Maxim Shemetov (Reuters). Vladimir Putin (d) saluda a Nicolás Maduro (i) en Moscú el pasado diciembre.
Fuente: https://elpais.com/internacional/2019/04/04/america/1554343639_807680.html

domingo, 29 de julio de 2018

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Germán Chacín. "Descubierto en el IVIC un servicio del calcio a los nervios que la ciencia ignoraba". El Nacional, Caracas,  26/08/1977.
- "15 mil indios en peligro de ser exterminados en Apure". El Nacional, 11/05/70.
- Emeterio Gómez. "Caldera y el neoliberalismo". El Diario de Caracas, 29/12/88.
- Inauguración de Prados del Este. Armando Capriles, presidente de la empresa. Élite, Caracas, nr. 1485 del 20/03/54.
- Alberto Arteaga Sánchez. "La desconfianza hacia la justicia penal". El Diario de Caracas, 27/06/87.

jueves, 29 de marzo de 2018

HOMO SOVIETICUS

EL PAÍS, Madrid, 29 de marzo de 2018
 EL ACENTO
Putin y la nostalgia por el pasado imperial
José Andrés Rojo

Cuando se va viendo que las redes sociales son un magnífico instrumento para intervenir en ellas hasta el punto de condicionar el voto de sus usuarios en una cita electoral, las democracias occidentales pueden ponerse a temblar. Siempre han existido millares y millares de ciudadanos a los que las urnas les han resultado indiferentes. Gente tocada por circunstancias adversas y marginada de la vida política y social. Supervivientes que han sido empujados a los estercoleros de la historia pero que, efectivamente, cualquier día pueden animarse y acudir a un colegio electoral. ¿Por quién terminarán inclinándose, a quién van a darle su confianza? ¿Al político que explica su programa y que, de alguna manera, tiene un plan, un proyecto de país? ¿O más bien al que ha sido capaz de entrar en sus paranoias y miedos, en sus carencias y anhelos frustrados, en sus frágiles y marchitas esperanzas, y que les ha prometido salir de ahí, dejarlo todo atrás y recuperar el esplendor perdido?

Vladímir Putin ha vuelto a ganar en las últimas elecciones rusas con un 76,7% de votos, un porcentaje que marearía a cualquier político occidental. Son unas elecciones de aquella manera, en las que no participa la oposición porque ha sido apartada, y en las que no hay verdaderas garantías. Pero hay urnas, y la gente sale de su casa y deposita su papeleta. Putin lleva tiempo amarrado al discurso de recuperar la gloria perdida. Y es un discurso que, por lo que se ve, ha calado. Son muchos los que lo apoyan.

En El fin del Homo Sovieticus, Svetlana Alexiévich, la escritora bielorrusa que ganó el Nobel de Literatura en 2015, ofrece un puñado de largas conversaciones que permiten asomarse a lo que significó el tremendo cataclismo que produjo el final de aquel enorme imperio que latía detrás de una bandera roja. “Me pregunto qué nos hicieron a los soviéticos, cómo consiguieron taparnos los ojos para que echáramos a correr como bólidos hacia el jodido paraíso capitalista”, le comenta una de las personas que entrevistó en la Plaza Roja en diciembre de 1991 y que simplemente se definió como “patriota”.

Luego le dijo: “Soñábamos con que nos abrieran aquí un McDonald’s para comer hamburguesas calentitas, con comprarnos Mercedes y reproductores de vídeo, y con que nos vendieran películas pornográficas en cada quiosco...”. Y añade: “Rusia necesita de una mano firme que la sujete. Un puño de hierro”.

Quizá Putin sea la respuesta que reclamaba aquel hombre frente a su rabia. También Ryszard Kapuscinski salió zumbando hacia la Unión Soviética cuando se estaba yendo a pique para entender qué diablos había pasado. En Moscú, se refirió a un enorme proyecto que no llegó a construirse, el Palacio de los Soviets. Debía ser más alto que el Empire State Building e iban a levantar una estatua de Lenin tres veces más alta que la Estatua de la Libertad. “El bolchevismo es, evidentemente, otro impostor, pero es un impostor que va más lejos: ya no solo es la encarnación terrestre de Dios. Es el mismo Dios”, apuntó el periodista polaco.

No es difícil, por eso, imaginar el tamaño de la frustración de los que asistieron impotentes a la caída de aquel extraño dios. E igual no es tan complicado entrar en sus redes sociales para hurgar en sus miserias y prometerles un nuevo salvador. Putin es su nombre.

Fuente:
https://elpais.com/elpais/2018/03/28/opinion/1522262144_358040.html
Fotomontaje:
https://www.elespanol.com/mundo/20180114/putin-comunismo-cristianismo-parecen-lenin-reliquia-religiosa/277222752_0.html