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lunes, 23 de marzo de 2020

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Fernando Cabrices. "Cómo viven, piensan y trabajan nuestros intelectuales". El Universal, Caracas, 07/07/1944.
- "El presidente de de la República (Rómulo Betancourt) visitó el Hospital Ortopédico (Infantil)". La Esfera, Caracas, 1/02/61.
- Entrevista  Alfredo Chacón. Reventón, Caracas, nr. 11 del 01/10/71.
- Marcel Granier, h. "Los políticos obsoletos". El Nacional, Caracas, 16/12/69.
- Rubenángel Hurtado. "El arte de dar sustos". El Nacional, 18/03/67.

domingo, 5 de enero de 2020

lunes, 30 de diciembre de 2019

LUCHA ENTRE PULSIONES

Los intelectuales y la política
Ferrán Requejo
24/07/2017

La noción de “intelectual” es más europeocontinental que anglosajona. En el mundo de habla inglesa predomina más bien la figura del experto y es más escéptico respecto de las explicaciones y evaluaciones generales hechas por un mismo autor sobre temas políticos, sociales y culturales.
Por otra parte, las relaciones de los intelectuales con la política distan de ser una relación sencilla y unívoca. La experiencia del siglo XX muestra multitud de ejemplos de personas culturalmente reconocidas y socialmente influyentes que se han equivocado radicalmente sobre el significado, por ejemplo, del nazismo o el comunismo. Los totalitarismos han seducido a buena parte de los intelectuales europeos. Algunos los justificaban en términos de una necesidad temporal dentro de una lógica histórica de “progreso”. El añorado Manolo Vázquez Montalbán resumía estas alucinaciones teóricas con su ironía habitual: “¿ Cómo es posible que unas personas tan inteligentes puedan llegar a ser políticamente tan aleladas?”.
El tema del “impulso erótico” hacia la verdad se ha presentado desde los tiempos clásicos como una lucha entre las pulsiones moral-racionales en busca de la verdad y las pulsiones pasional-irracionales. La referencia es el diálogo Fedro de Platón. La alegoría es un auriga (la razón) que trata de controlar un carro tirado por dos caballos que representan aquellos dos tipos de pulsiones. Naturalmente, le cuesta mucho que los dos caballos avancen en una misma dirección hacia el deseado mundo de las ideas. La conducción siempre es ­difícil y el resultado incierto. Puede acabar en de­sastre.
Veamos algunos ejemplos dispares de esta tensión: Heidegger defiende una metafísica de Sery legitima el nazismo, dos cosas que hoy parecen lo bastante congruentes entre ellas. Sartre reflexiona con una indiscutible densidad en El ser pero justifica hasta muy tarde las atrocidades del estalinismo. Incluso Benjamin muestra un trasfondo intelectual errático, que va desde la influencia primigenia de Carl Schmitt hasta escritos marxistas que le son intelectualmente incómodos y que, de hecho, no se avienen mucho con sus lúcidas críticas del arte contemporáneo. La oleada de los maîtres-à-penser franceses (Fou- cault, Glucksman, Derrida, etcétera) apoyó a Mao o a la revolución iraní. Un aire de familia ­recorre los proyectos de milenaristas, puritanos, jacobinos, bolcheviques, fascistas, maoístas, fundamentalistas religiosos, et­cétera.
Como mínimo hay cuatro componentes, combinados en intensidades diferentes, que explican estas derivas: 1) Una “voluntad de poder” de influencia política, a menudo ­poco disimulada. 2) La tendencia a las dua­lidades analíticas de la “tiranía de la mente discontinua” ( R. Dawkins). 3) Una simple falta de conocimientos científicos o históricos, escondida por el hecho de razonar desde una supuesta superioridad analítica o moral, y 4) Las presunciones epistemológicas de la “falacia de la abstracción”.
Denomino falacia de la abstracción a la pretensión que un ra­zonamiento es analíticamente más profundo y definitivo cuando incluye los términos más abstractos posibles en el lenguaje de la argumentación. Se trata de una falacia que transita por dos vías que in­ducen a error: A) crear la sensación de que si se sube el grado de abstracción de los términos analíticos, el razonamiento tiene más alcance empírico (cosa notoriamente falsa), o B) construir una estrategia retórica que rehúye los puntos conflictivos bajo la apariencia que se ha llegado al meollo del problema. Estas dos vías se presentan a menudo como el paso de la “anécdota a la categoría”, un camino que no siempre resulta adecuado ya que hace perder la riqueza informativa inherente a los casos concretos que analizar. Algunos filósofos muestran una repetida tendencia a caer en esta falacia. Sin embargo, Hegel, precisamente Hegel (!), uno de los filósofos más abstractos y de lenguaje más oscuro, ya advertía sobre este espejismo epistemológico.
Naturalmente, en las democracias del siglo XX también ha habido intelectuales mucho mejor orientados en términos epistemológicos y políticos. La lista también es larga: Russell, Camus, Aron, Berlin, etcétera.
Platón se equivocaba en la alegoría. En el ámbito político no es conveniente que el auriga sea la razón teórica. Sabemos que la razón crea monstruos y que los productos teóricos del lenguaje producen espejismos que nos fascinan. Hace falta que el auriga sean las prácticas institucionales de las democracias liberales, estos productos históricos de aluvión que tanto ha costado conseguir. A pesar de todas sus limitaciones, son los mejores productos políticos que la humanidad ha sido capaz de generar. El foco de los análisis hay que situarlo en las realizaciones prácticas, no en las declaraciones ideológicas. Y eso se ha pensado mejor desde Amsterdam, Londres, Filadelfia o Toronto, que desde Berlín, París, Roma o Moscú.
Acabemos de una forma más estival. Una conocida definición dice: “Un intelectual es alguien que ha encontrado algo más inte­resante que el sexo” ( E. Wa­llace). ¡Muy buen verano!

Fuente:
https://www.lavanguardia.com/opinion/20170724/4351312766/los-intelectuales-y-la-politica.html
Pieza: Claes Oldenburg.

jueves, 29 de marzo de 2018

LA DIGNIDAD DE LOS VENCIDOS

EL MUNDO, Barcelona, 24 de marzo de 2018
LOS INTELECTUALES Y ESPAÑA
Arcadi Espada
"Los políticos pagan como es debido por sus errores, los periodistas no"
Rafa Latorre
   
Francisco Camps fue un político de éxito, de los que se bañan en masas. A Arcadi Espada (Barcelona, 1957) no le interesó hasta que yació (políticamente) a dos metros bajo tierra. El periodista ya se había ocupado de otros apestados, como unos franquistas buenos que salvaron judíos o unas familias acusadas de vender a sus hijos en el Raval. Un buen tío es la revisión de una condena perpetua que no fue dictada por un juez.

¿Le gustan las historias de perdedores?
    Hoy la mayor parte de los periodistas son ñoños, es un oficio dominado por la corrección política, por el que dirán. Acabo de cumplir sesenta años y yo quiero recordar que hubo una vez en la cual, se hacía peor periodismo que ahora pero no era un periodismo ñoño y un periodista no habría entendido que le hicieran esta pregunta. Porque un periodista habría ido a contrapelo de la vida. Se habría ocupado de los losers, de los desheredados, de los humillados, de los ofendidos.
Usted escribió hace 20 años que: "No siempre los perdedores llevan razón, o no la llevan en todo lo que defienden, pero estar con ellos te evita muchos quebraderos de cabeza (...) Si a uno le abandona la razón objetiva, siempre le quedará la razón moral". Era en realidad una advertencia.
    Ahí más que la razón moral debería haber dicho la razón estética. Un perdedor es algo con lo que hay que tener mucho cuidado, porque es muy seductor. Cuando la gente me dice, 'pero ¿cómo se atreve a escribir sobre Francisco Camps?', yo reacciono airadamente pero en el fondo tengo una enorme satisfacción, pues qué dandismo más extravagante escribir sobre una persona que tiene tan poco que ver conmigo. Aunque a lo mejor tiene más que ver de lo que yo pienso. Ocuparse de los perdedores, de los vencidos es lo que los periodistas hacíamos porque ahí estaba buena parte de la razón moral, ahí estaba la razón estética y ahí estaba lo más extraordinario de nuestro oficio. Hay un plus muy interesante en el trabajo sobre el caso Raval, los franquistas que salvaron judíos [En nombre de Franco] o sobre Francisco Camps. Toda esta gente está en un rincón de la cochiquera y tú vas allí y hablas con ellos, te das cuenta de que son gente vencida y de que conservan una dignidad que no tiene nada que ver con su derrota. Francisco Camps lleva razón, los franquistas que salvaron judíos llevan razón, las familias a las que arrebataron sus hijos en el Raval llevan razón y llevan razón en Cataluña todos los que se han opuesto a la desagradable dictadura del nacionalismo.
Da la sensación de que quien menos le comprende son los demás periodistas.
    Es que los periodistas somos una gente extraordinaria. Nos pasamos la vida poniendo de vuelta y media a todo dios, hasta que llega alguien y se ocupa de un pequeño error, sintáctico o moral, y entonces ponemos el grito en el cielo, empezamos a odiarle y decimos que perro no come perro y esas sandeces que forman parte de lo peor de nuestro oficio.
Sin embargo usted se sigue tomando muy en serio los periódicos. Ha hecho casi un género de tomarse en serio los periódicos.
    En las primeras páginas de este libro digo con una cierta ironía que casi soy un personaje patético porque tal vez sea el último hombre que se tomó en serio los periódicos. Cómo no me los voy a tomar en serio si yo todo lo he aprendido de los periódicos. Yo me leo los periódicos hasta el final, además, como Noam Chomsky [La verdad está en el último párrafo"]. Debería haber más gente que se ocupase de los periódicos porque los periódicos son cada vez más importantes. Si usted sale ahora a la calle y pregunta: ¿usted se acuerda de un presidente que se llama Francisco Camps? Sí, claro que me acuerdo, un corrupto de Valencia. ¿Usted sabe que fue juzgado? Y tanto que fue juzgado: fue condenado... esa es la percepción que la gente tiene sobre Camps. ¿Quién ha creado esa percepción completamente devastadora y errónea? Los periódicos. Siguen organizando el guion del mundo. Las televisiones les ponen a los periódicos un poco de hígado, algunos fluidos, bilis, lágrimas... esas cosas, pero el guion es el de los periódicos. También organizan la conversación de Twitter sin que se les pague derechos de autor. Los periódicos siguen siendo fundamentales en la vida de los hombres aunque como negocio estén a punto de desaparecer. Ocuparse de ellos es una obligación intelectual de primer orden.
¿Usted lee Twitter? ¿Le interesa lo que dicen de usted ahí?
    Yo estás cosas me las sé porque tuve un blog que tuvo mucho éxito a partir del año 2004. Duró tres años. Ahí se hacían muchos comentarios y vi el nacimiento de cuestiones como el anonimato o los trolls. Luego salió Twitter y durante una época lo miraba, me di cuenta de que era todo aquello que ya conocía y lo dejé. Eso sí, hice una antología durante algunos meses de la cantidad de insultos que me dedicaban. Pero por cuestiones extraordinarias. Porque a mí que me insulten los nacionalistas me parece casi obligatorio, que me insulten los católicos también me parece obligatorio, que me insulten las mujeres también me parece normal, yo soy un carcamal perfecto. Lo que me sorprendió muchísimo es que me insultaran los partidarios de Fernando Alonso, por ejemplo, porque una vez se me ocurrió decir que siempre perdía, cosa que no era una opinión sino un hecho. Eso me costó una serie de insultos tal que me llevó a hacer unos PDF que por cierto tiene la Guardia Civil y que estoy esperando que hagan algo respecto de algunas amenazas de muerte.
Uno lee Twitter y da la impresión de que usted es un psicópata. Bueno, quizás le consuele saber que también da esa impresión de Javier Marías.
    Las personas que escribimos con nuestra lengua, y Javier lo hace en sus artículos, tenemos unos graves problemas, porque ahora hay que escribir con la lengua del otro. No lo van a conseguir. Yo me moriré o dejaré el oficio antes de escribir con la lengua de los otros. Ni la lengua de las mujeres, ni la lengua de los políticos, ni la lengua de los futbolistas. Yo escribo con mi lengua, que es como deberían escribir todos los periodistas, porque las palabras que hay que utilizar para hacer periodismo no son las palabras de los gremios, ni físicos ni morales, son las palabras de todos y no pueden estar ceñidas, dictaminadas y judicializadas por lo que cada gremio diga. Hoy [martes 20 de marzo] hay una carta en nuestro periódico en la que le reprochan a Raúl del Pozo que utilice el asperger como metáfora. Yo contestaría: mire, yo pongo esto porque me da la gana. Cuando a alguien lo acusan de hacer metáforas están muy cerca de que se te hinchen las pelotas.
Cuando los periódicos se ocupan del caso de los trajes de Camps estamos en los albores de las redes sociales. No tenían la influencia de hoy.
    Hay una cosa en este libro que es muy extravagante. Porque nos pasamos la vida diciendo: claro, el periodismo de ahora está mal pagado, los becarios están subyugados... No digo que no sea cierto que el periodismo se ha proletarizado. Los responsables de estas 400 y pico de páginas [señala su libro] son periodistas muy bien pagados, veteranos, alguno de ellos premiado, y no me consta que haya ningún becario entre ellos. El periodismo de hoy es mucho mejor que el de hace 20 años pero en el periodismo se siguen cometiendo gravísimos errores y al contrario de lo ocurre con los jueces o los médicos o los políticos, esos gravísimos errores no se pagan como es debido.
A la hora de explicar el tratamiento mediático de su caso, Camps, hombre religioso, cree en una teoría del diseño inteligente. Una conspiración, vamos. Usted tiene una teoría más profana donde operan la pereza, el sectarismo y también algún componente personal.
    Los componentes personales son difíciles de analizar. Pero cómo puedo yo soslayar que la peculiar posición de Valencia en el mundo, esa especie de doble desprecio madrileño y catalán, está en el origen de buena parte del trato que Camps recibe en el periódico. Los titulares que escribe El País sobre Camps jamás se habría atrevido a escribirlos sobre Pujol. Es más, no se ha atrevido a escribirlos sobre Pujol. No estoy hablando de una ucronía sino de algo que es comprobable.
Pero el director de El País de entonces, Javier Moreno, es valenciano.
    Claro. Cómo puedo yo sostener, si no es mediante un juicio de intenciones, que Javier Moreno representa una Valencia que es contradictoria con la Valencia que representa Francisco Camps. Por razones sociológicas, estéticas, políticas e ideológicas. Es una hipótesis. Por eso le escribí una carta a Moreno, para preguntarle cómo es que le dedicó 169 portadas durante tres años a un hombre que se había comprado cuatro trajes. ¿Por qué el señor Moreno no contesta a mi carta? Es director de la Escuela de Periodismo de El País. Mi amigo Juan Abreu me dice que lo que debe hacer Francisco Camps es sentarse con un montón de libros en la puerta de la Escuela de El País y darle uno gratis a cada alumno que entre. Tome usted, este es el libro del curso. Un buen tío. Cuando me detallen los errores de este libro los corregiré. ¿Por qué El País no ha pedido perdón en un editorial por haber defendido durante tres años algo que era falso?
En el caso de Camps, y también lo he visto en el caso de Jordi Cañas, ni siquiera la dimisión redime.
    ¿Sabe usted lo que escribe El País el día de la absolución? Que el jurado ha tomado una decisión política, es decir, que han votado no en razón de la verdad sino en razón de la ideología. Esto dice El País en un editorial. Y luego le reprocha que tiene faltas de ortografía. A Llarena no se lo reprocha, claro. Ni a Garzón.
Usted asegura que Camps no es más que un concepto pero en su escritura percibo cierto cariño hacia él. Algo que va más allá del respeto y por supuesto de la frialdad del concepto.
    Sí, me cae bien, Camps. Pero es irrelevante. No debería notarse en el libro. Si se nota en un exceso que oscurezca el análisis, habrá sido un error. Pero es el momento de decirlo: Camps me cae bien. Porque me parece un político inteligente, honrado y trabajador. Y un hombre tocado a veces de un humor negro que me lo hace bastante agradable. Como cuando dice que cuando tiene que rellenar un formulario tiene siempre la tentación de poner en el campo de la profesión: imputado. Ah, y porque considero que es un completo inocente. Hay que decir una cosa. Yo he conocido al loser. Al Camps perdedor, a un hombre vencido. Al hombre de los éxitos, del entusiasmo, no lo he conocido.
El método de análisis que usted utiliza para este caso también se puede aplicar a otros casos serializados por la prensa, ¿verdad?
    Hombre, ¿usted se imagina aplicar esto que he hecho con Camps a las informaciones de El Mundo sobre el 11-M? ¿Sobre los agujeros negros? Sería un ejercicio maravilloso. ¿Y se imagina hacerlo con lo que publicó El País sobre el Prestige? [Arcadi Espada asume que el estilo es una cuestión moral. Cuando está llegando al final del libro, el lector de Un buen tío experimenta una sensación parecida a la que experimenta el lector de Moby Dick, aquel tedio infinito y degradante con el que Herman Melville pretendía acercar el ambiente que se vivía a bordo del Pequod. El lector de Un buen tío llega a exclamar: "¡Otra maldita portada!", mientras que la voz del narrador se va desesperando cada vez más.]
En su método narrativo hay una segunda voz que relata los hechos sin citar la fuente de la que proceden. Sin trazabilidad, como si le pidiera a los lectores una cuestión de fe.
    ¡Fíjese usted lo que me está diciendo! ¡Es maravilloso! ¡Una cuestión de fe! Éste es un punto clave. Los periódicos eran antes aduanas y hoy son orinales. Ahora está todo junto. Da igual que sea la UDEF, que sea Pujol, que sea Espada con sus locuras... ¿Sabe usted que hay periodistas que cuando los llama un juez se escudan en que lo que han escrito se lo ha dicho la UDEF? ¿Y? ¿Por qué la UDEF no escribe un artículo y lo firma? No, mire, el que firma una información se responsabiliza de esa información desde la primera comilla hasta la última. Yo quiero que esa responsabilidad vuelva a estar en el centro de la participación del periodismo en la construcción de lo real. A mí me pasa como a Jordi Pujol cuando decía aquello de ¿quién coño es la UDEF? Porque en eso Pujol tenía mucha razón. ¿Sabe cuál es el problema de los periodistas que no son sectarios? Que Jordi Pujol tiene razón a veces y que nosotros, los periodistas, hemos publicado informaciones absolutamente vejatorias y falsas sobre él, que no es, como comprenderá, de las personas más simpáticas del mundo para mí. Cuando yo sé algo, lo escribo y me responsabilizo de ello.
¿La confesión de Ricardo Costa no le ha hecho cambiar su percepción de Francisco Camps?
    Este libro se ocupa de los trajes de Camps. De nada más. Pero yo me ocupo de lo que me da la gana y por supuesto me puedo ocupar de Ricardo Costa y de su confesión. Vamos, su supuesta confesión. Porque al final esa confesión consistía en la obediencia debida. Patético. No cambiaré mi percepción sobre la honradez de Francisco Camps, en todo lo que yo conozco de Francisco Camps, incluida la financiación supuestamente ilegal del PP. Porque he llegado a formarme una idea sobre ese asunto. La obligación del señor Ricardo Costa, al igual que la del señor Álvaro Pérez era haber presentado pruebas sobre lo que estaba diciendo. No lo hicieron y yo soy muy sensible a las pruebas.
Usted dice que la mentira es seductora mientras que la verdad es menos combativa.
    Yo le recriminaba una vez a Camps una estrategia mediática [su abogado le aconsejó no contestar a los medios] en la que yo creo que se equivocó y él me decía: "Admito que puedo haberme equivocado pero usted no sabe la vergüenza que yo pasaba, al plantearme la posibilidad, al principio de los tiempos, de que un presidente de la Generalidad tuviera que ir a hablar en una rueda de prensa de cuatro trajes. Me daba una vergüenza infinita". Yo lo comprendí la noche en que me lo explicó. El pudor.
¿No cree que el proceso mediático de Camps es indisociable del estallido de la crisis?
    ¿Usted recuerda aquella portada en la que El País abre con una información que dice que Costa llama a Camps o al revés [cuatro columnas]? Ese mismo día, al lado, en pequeño [una columna], informa de una reunión decisiva para el futuro del euro. A mí el caso Camps me ha interesado por muchas razones y una de ellas es que para mí el nacimiento del populismo judicial y mediático está ahí. Se pueden buscar precedentes, claro. Garzón es la cuna del populismo judicial. Pero la pena del telediario en su acepción más brutal y más ruda es este caso. Y esto no se hubiera producido en las mismas circunstancias [sin la crisis]. Aquí ha habido un ajuste de cuentas. Las sociedades derrochadoras, dilapidadoras, teníamos que ajustar las cuentas en el sentido del balance, de que teníamos que pagar lo que debíamos, pero también debíamos ajustar las cuentas a los presuntos malvados como Camps. Este libro se podría haber titulado, en lugar de Un buen tío, El ajuste de cuentas.
Todo lo que tuvo la comunidad valenciana lo tuvo Cataluña. Quiebra y corrupción. Es más, en Cataluña sí que hay una sentencia por la financiación ilegal del partido en el gobierno. Pero la clase dirigente catalana no sólo no fue el chivo expiatorio de la crisis sino que se regaló una república a sí misma.
    Una de las características del nacionalismo en Cataluña es que no ha pagado nunca por nada. Es el culpable desde hace 40 años de haber llevado a una sociedad bastante interesante a la decadencia y todavía es la hora de que pague un ápice. Es más, ahora estamos observando una maravillosa exhibición de la típica sinvergonzonería catalana. La exhibe una persona como Mas Colell. El típico sinvergüenza catalán. Una de esas personas de las que se ha exagerado mucho su competencia científica. Admitamos que es un buen economista, que su manual de microeconomía está bien y que es un punto de referencia para muchos estudiantes. Es un sinvergüenza. En vez de ponerse de hinojos, de pedir humildemente perdón, arrodillado, con las rodillas llagadas y hechas sangre putrefacta; todavía es la hora de que se quite esa mirada soberbia de la cara y dé explicaciones de por qué puso su prestigio al servicio de una causa infame. Y él es el paradigma, pero hay cientos de personas así en Cataluña. De Mas Colell a Rosa María Sardá, por recorrer todo el espectro.
Usted se fue a visitar al sastre José Tomás, clave para imputar a Camps, en un viaje penoso a Villaviciosa. La cosa terminó de una manera algo desagradable. ¿Mereció la pena?
    Mereció la pena. El caso Camps se sostiene en un hombre: el sastre José Tomás. Ese hombre había mentido cuatro veces antes y a pesar de ello se atiende a su testimonio. Él había dicho primero ante Garzón que Camps se pagaba los trajes y luego dijo que no. En el juicio oral vuelve a decir que no se pagó sus trajes y eso es lo que permite llegar al juicio. Años después, voy a visitarle y, en el colmo de su labor de insider, me dice que Álvaro Pérez se acostaba con él [Francisco Camps] y con ella [Isabel Bas, la mujer de Camps]. Con él y con ella. Él y ella. Cualquiera que llegue al final del libro y lea esta escena puede ver cómo se desmorona todo.

Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2018/03/24/5ab506d622601dfe2c8b4666.html
Fotografía: Antonio Heredia.

miércoles, 7 de junio de 2017

¿UN SENTENCIADOR INAPELABLE?

Entrevista
Gregorio Morán: “En los medios convencionales estamos en el peor momento de la democracia”
Paula Corroto

Dice el periodista Gregorio Morán (Oviedo, 1947) que, después de El cura y los mandarines, que acaba de salir a la venta por Akal, tras ser cancelado in extremis por Planeta, no abordará el periodo político y cultural entre 1996 y la actualidad.

“Porque después de 1976 hubo un periodismo punzante y peleón, pero con el PSOE llegó el final de ese periodismo. Y en la cultura el PSOE lo compró todo. El PSOE fue un cáncer cultural. Por eso es un periodo que me interesa mucho menos aunque lo esté sufriendo mucho más”, afirmó el martes ante un grupo de periodistas. Su análisis, que va desde 1962 a 1996 se detiene, por tanto, en cómo los intelectuales pasaron de ser firmes opositores al régimen franquista en los sesenta a convertirse en reaccionarios en los ochenta.

Para ello parte de la figura del cura Jesús Aguirre –después duque de Alba– para dar un repaso muy crítico a intelectuales como Víctor García de la Concha, exdirector de la RAE y actual director del Instituto Cervantes. Esa precisamente fue una de las claves de que Planeta echara el libro para atrás cuando ya estaba casi en las librerías. “Se trata de censura económica, no política, porque estaba a punto de salir el Diccionario de la RAE. Es lo mismo que ocurre con el Banco Santander o Endesa, nadie se mete con ellos porque son los grandes patrocinadores culturales de este país”, sostuvo. Pero también añadió: “La canonización del Régimen del 78 fue un error. Los autoelogios ya olían a pescado podrido”. De esos barros estos lodos que precisamente sí analiza en esta entrevista con eldiario.es.

Este libro nació de la pregunta sobre qué pasó con aquellos intelectuales que eran transgresores y contrarios al régimen franquista para volverse reaccionarios a partir de los ochenta. ¿Ha hallado la respuesta?

Encontrar una respuesta válida no sé yo porque cada mandarín es un mundo. Pero sí hay algunos puntos de coincidencia. Sobre todo la actitud del poder hacia ellos en los años sesenta, que es una actitud de oposición. Hay un elemento que es clave y es que el franquismo duró muchísimo. Ahora parece como si la Guerra Civil hubiera durado 40 años y el franquismo, tres. Y no, es al revés. El momento en el que se detecta el cambio es hacia finales de los sesenta. A partir del estado de excepción de enero de 1969, que en general nunca aparece en los libros de Historia. Siempre se dicen muchas boberías sobre mayo del 68. Yo lo viví aquí en Madrid y no influyó para nada. Pero enero de 1969 sí. Fue nuestro mayo del 68 en negativo, porque fue un estado de excepción en toda España después del asesinato del estudiante Enrique Ruano, que por cierto su confesor era Jesús Aguirre.

Usted se centra en los intelectuales, pero la sociedad española en general vivió un giro parecido: de transgresora y opositora, buena parte pasa a ser conservadora, neoliberal y votante del PP.

Sí, sí, parte de esas clases medias formadas en el franquismo, sectores populares también. Es verdad, pero la sociedad ya era conservadora incluso entonces. Es decir, en los años sesenta, lo que diferenciaba a los sectores intelectuales de la sociedad era total. En Barcelona no existía tanta distancia como en Madrid, pero aquí era total. Por lo tanto, la involución de la sociedad no  se notó tanto. ¿Por qué? Porque la única vez que les dejaron votar, que fue el 15 de junio [de 1977], votaron, en general a la UCD y a Adolfo Suárez, y cuando eso se fue al carajo votaron al PSOE, unos chicos como ahora podían ser los de Podemos. Además, acababa de pasar el golpe de Estado del 23F.

Pero en el caso de los intelectuales no fue así porque ahí había una ruptura en los años 60 y en los 70 comienza a haber un acercamiento. También estaba la conciencia de que Franco no se moría. Eso es terrible. Yo ahora con esta edad me acerco más a entender aquello.

Para algunos intelectuales como Javier Gomá, los problemas de nuestra democracia tienen algo que ver con el hecho de que no tuviéramos la historia democrática de otros países como Francia o Alemania.

Cuando uno dirige la Fundación March se convierte en un intelectual de diferente tipo a un profesor universitario. Es decir, yo tengo una opinión muy modesta de la capacidad analítica de Javier Gomá. Siento una cierta irritación hacia este tipo de figuras que todo el mundo recoge porque es el que concede las becas. Esa opinión de nuestra frágil y joven democracia me parece una chorrada. Y si en vez de decirlo Gomá, lo dice un profesor cualquiera, no le hacen ni puto caso. Pero si llevas la Fundación Juan March se dice que es un hallazgo intelectual de altura.

El problema nuestro no es que la democracia sea joven, sino cómo se llegó a esa democracia. Hay países que tienen problemas mayores que los nuestros, como Italia, y tuvieron más tiempo. El problema es que hubo parcelas enteras en las cuales no entró la Transición como, por ejemplo, la Universidad o la Fundación Juan March.

¿Y cree que se ha roto o se está rompiendo el Régimen del 78? ¿Y por qué es así ahora?

En primer lugar, no se ha roto. Una cosa es que se está intentando poner en cuestión y superarlo. Y esto es porque hay una generación que es la tuya, que no tiene ninguna obligación de mantener el canon. Es más, que interpreta que el canon ha jodido su vida, y es verdad. El canon ha provocado la crisis. Esa idea de que la clase política era sabia… Ahora se dice mucho, “político corrupto”, pero durante muchos años se dijo que estos políticos eran los más listos de Europa. Cuando el futuro analice a Zapatero se dirá, “pero estos, ¿estaban locos todos para poner a un tipo como este de presidente? Pero si no tiene ni zorra idea”. Era un vendedor de humo profesional.

Luego pusimos a Rajoy.

Sí, sí. Pero Rajoy es un registrador de la propiedad. Es decir, es otra cosa. No hará ninguna aventura. No se le ocurrirá decir, “y ahora vamos a repartir no sé cuántos euros a cada uno de los ciudadanos”. No. Rajoy siempre se quedará corto. Pero es que Zapatero se pasó tres pueblos con los brotes y demás. El problema de Rajoy es la derecha, pero ese es otro tema. Él es un registrador de la propiedad y el problema, claro, es que la propiedad está muy afectada.

Lo que ha ocurrido con este libro, con Planeta, con Víctor García de la Concha, ¿son coletazos de la Transición? ¿Sus últimos intentos por demostrar que mandan?

Eso quisiera yo. A lo mejor son nuestros últimos coletazos. No lo tengo nada claro. Esta es una diferencia capital entre Podemos y yo. Yo pienso, como dicen los gallegos: todo es empeorable. Yo no creo que estén dando los últimos coletazos. Primero, porque después de tantos años diciendo quién daba y quién no daba los últimos coletazos, y resulta que éramos nosotros los que estábamos dando los últimos coletazos… Por ejemplo, con la muerte de Franco. ¿Qué iba a significar aquello? Pues lo que significó fue más miedo. Ahora resulta que todo el mundo tomó champán. Mentira bellaca. Pero ese es el canon que se os ha vendido a vuestra generación. Yo era militante [del PCE] entonces, y sé lo que significó aquello. Todo el mundo tenía preparado hacer una huelga general a la muerte de Franco, pero cuando sucedió no sólo no hubo ni una sola huelga general, sino que la gente estaba absolutamente acojonada.

¿Ha cambiado el miedo de bando ahora?

Yo creo que sí. En eso sí que es diferente. Tu generación ha introducido una variante que es la que concede mayores esperanzas. El miedo ya no es lo que era.

Quizá porque no hay mucho que perder.

Exacto. No hay nada que perder. El miedo será el de vuestros padres, o el de los que viváis en sus casas. ¿Por qué son los nietos los que están sacando los cadáveres de las cunetas? ¿Dónde están los hijos?

Ese debate sí se dio en Alemania.

Sí. El debate aquel se llamaba además, ‘La historia que no quiere pasar’. Yo estuve en Alemania y viví bastante intensamente aquella polémica. En Alemania hay muchísimos libros de hijos de nazis que explican el comportamiento de sus padres. En España no hay ninguno. Es más, como hagas un libro te pueden meter una querella importante, como ocurrió en un caso en Asturias. En Valdedios, donde por cierto hizo el seminario Víctor García de la Concha en la posguerra, hubo un hospital psiquiátrico. Y [durante la guerra] cuando llegaron los nacionales se desmanteló y liquidaron a todo aquel que pillaron. Esto lo publicó un historiador asturiano. Y uno de los hijos de los psiquiatras asesinos puso una demanda y ese libro tuvo que ser retirado.

Ya que se remite a la memoria histórica no sé si ha leído lo que ha dicho Javier Cercas sobre que este movimiento se convirtió en un negocio, en una industria.

Puede ser. Hombre, él es uno de sus protagonistas. No le tengo especial simpatía. Solo he leído de él el primer libro y me pareció infecto. Sobre todo porque no tiene ni idea de quién era Rafael Sánchez Mazas. Pero es otra de las cosas con la que la gente se quedará turulata en el futuro: ¿y este escritor, qué escribía? Yo te podría decir seis escritores de mi época a los que hay que buscar en la Wikipedia y ni aparecen. Y eran grandes figuras.

Usted ha dicho que ahora los escritores escriben novelas a partir de personajes reales, y casi no hay ficción. ¿Qué significa esto?

Que la realidad es una cabronada. La realidad te obliga a muchas cosas, y es mucho mejor contar una historia humana. Es lo que en periodismo llamamos una “percha”. Tú tienes una percha y sobre ella escribes una historia. Eso está en el ABC del periodismo. Pero ahora se han cambiado las tornas y el sueño dorado de todo escritor es ser periodista, tuitero y entrar en las tertulias. Eso les fascina más que el trabajo oscuro de un escritor. Escribir en los suplementos dominicales de los periódicos les parece mucho mejor.

Antes era al revés. El sueño de todo periodista era ser escritor. Ahora eso ha cambiado y es, sencillamente, un problema intelectual, porque es más cómodo, más fácil. Por ejemplo, La fiesta del chivo, de Vargas Llosa, es el reportaje más acojonante que he leído, pero como novela es una mierda, porque no es una novela.

Otra cosa que ha dicho: cuando el PSOE triunfa en 1982 apenas tenía militantes y tuvo que rellenar sus listas como fuera. Aquí sí encontramos una similitud con Podemos, que de hecho, no sabemos si se presentará a las municipales.

Absolutamente. Con un detalle, precisamente Podemos no se presenta a las locales para no caer en lo que le pasó al PSOE. Coinciden en que no tienen gente, pero como saben lo que le pasó al PSOE no lo quieren hacer. El PSOE rellenó todas las listas y claro, cuando rellenas todo entra todo y eso te puede hundir. ¿Cómo entró Roldán, que llegó a director de la Guardia Civil siendo un delincuente?

Podemos sí que apenas ha dicho nada acerca de la cultura. ¿Podría pasar algo parecido a lo que ocurrió entonces con la cultura y el PSOE? De hecho, usted ha dicho que el PSOE fue un cáncer cultural.

Es que ellos tienen un temor… Parten de profesores de universidad y sería el mayor error del mundo porque en el momento en el que pasas a la condición de intelectual dejas de ser político. Y lo que la gente quiere es que te dediques a la política. Está muy mal visto ser un intelectual. Yo me acuerdo cuando Tarradellas, aquel presidente de Cataluña, estaba en una cena donde había un amigo mío, Antonio Senillosa, que era un buen lector, un hombre conservador, de derechas, que le dijo: “Oiga, señor Tarradellas, tenemos un presidente en España, que es Adolfo Suárez, que no ha leído un libro en su vida”. Y le dijo Tarradellas: “Mejor, imagínese si llega a leer libros”.

¿Y usted, que viene del PCE, empatiza con Podemos?

A tenor del miedo que le tienen y los ataques que les lanzan, eso es sano. Si les funciona o no, yo ya soy mayor. Pero a mí me parece muy bien que se acabe con la casta. Además, esa actitud de algunos intelectuales de decir, “pero estos chicos, qué programa tienen”, y yo digo, “qué programa tiene el PSOE o el PP”. ¡Pero si lo tienen para no cumplirlo! Cuando hablan del programa económico de Podemos, pero vamos a ver, ¿quién nos ha hundido? No sé cómo [el PP y el PSOE] tienen ese desparpajo para decirlo. ¡Pero si son ellos los que nos han metido en una crisis económica del carajo! ¿Y ahora reprochan a estos chavales que no tienen programa económico?

Prácticamente ningún escritor –el otro día sí lo dijo Juan Goytisolo- ha mostrado su apoyo a Podemos.

Nadie, nadie. Y yo al final me voy a animar porque les están pidiendo unas cosas a unos tipos que acaban de salir que no les han pedido a ninguno de los otros. Es verdad que estos no les van a dar nada, pero me parece una desvergüenza. O cuando dicen, en el PP y el PSOE, que estos no tienen experiencia de gobernar, pero ¿y vosotros? Si habéis dejado esto como un erial. El día que tengan poder no serán como vosotros, serán otra cosa.

Por cierto, ¿cómo vivió el 9N? ¿Qué le pareció?

La situación en Cataluña es muy complicada y cada vez más. No hay ningún peligro de choque de trenes. Solo hay un tren que ha salido de allí y tratándose de Rajoy llegará a la estación, chocará contra los postes que hay allí y no sé sabe muy bien qué pasará. Pero la situación, intelectualmente, allí es absolutamente desastrosa. Empieza a ser una cosa que algunos habíamos vivido ya algunos años antes. Eso de que todas las conversaciones eran sobre lo mismo.

¿La caída de Pujol significa también la caída de determinado régimen?

Debería significar, pero no significa nada. Te basta con que te cuente esto: el día del remedo de referéndum, en la cola que iba a votar Pujol hay un tipo que grita, ¡vergüenza, vergüenza! Y los tipos de la cola afrontaron al tipo diciendo que Pujol merecía un respeto y que hiciera el favor de callarse. Con eso te lo digo ya todo.

Usted acaba de sufrir, como dice, “la censura económica” de su libro. ¿Cree que la situación de los medios tiene ahora más presiones, menos libertad?

En los medios escritos convencionales estamos en el peor momento de la democracia. Los digitales están en otra galaxia. Pero, nunca, desde la muerte de Franco se había estado peor. El problema es que el poder está en el papel. Los cambios hay que forzarlos en el papel. Es importantísimo lo virtual, pero el poder y el futuro del poder están en el papel. Los digitales no podrán sustituirlo. Pueden hacer lo que están haciendo ahora, porque si no, esto sería una ruina. En Madrid, de todas formas, hay bastante más polémica entre los medios de comunicación que en Cataluña porque allí CiU lo compró todo.

Fuente:
http://www.eldiario.es/cultura/libros/Gregorio-Moran-convencionales-momento-democracia_0_330717866.html
Cfr.
http://revistaleer.com/2014/10/el-cura-y-los-mandarines-historia-de-un-libro-nonato/
Fotografía:  http://revistaleer.com/2014/10/el-cura-y-los-mandarines-historia-de-un-libro-nonato/

¿Y QUIÉN CRITICA AL JUEZ?

El hombre que se enfrentó a los intelectuales
Antonio Lucas

Ignacio Sánchez-Cuenca es hombre serio. De los que se ponen a pensar con algo de zarza ardiente. Un cruce de empollón y rebelde dispuesto a prender las sayas de las creencias en las que no cree. Ignacio Sánchez-Cuenca (Valencia, 1966) está sentado en un despacho dibujando dianas mentales contra algunos de los escritores, periodistas o intelectuales que más pitan: Mario Vargas Llosa, Javier Marías, Fernando Savater, Félix de Azúa, Arturo Pérez-Reverte, Javier Cercas, Arcadi Espada y Jon Juaristi, entre otros. Los acusa de palabrones. De viajar por los periódicos con artículos de pensamiento leve. De pensamiento torcido. O de pensamiento confuso. Los tiene por butroneros del decoro de opinar.

Sánchez-Cuenca tiene un ámbito de acción ancho: la Transición, el terrorismo y la violencia, la calidad democrática o la política comparada. Pero desde que estudiaba en la Universidad Complutense (donde también fue titular en Sociología) tuvo una irreprimible vocación por incordiar, como un alcotán de los que asestan picotazos en el costillar del bicho derrotado.

Sánchez-Cuenca, profesor de Ciencia Política, ha publicado un ensayo que tiene algo de coliseo donde trincha a un puñado de articulistas. Hombres (sólo hay una mujer) que suman oleadas de lectores para sus libros y trasladan a tantos de esos seguidores hasta los diarios en los que escriben. Es una bronca entre politólogos y escritores. Carga la bayoneta en unas páginas que tienen tanto de osadía como de ambición aguada. Un manual de desafectos que pudiera ser un cinturón de dinamita, pero con la carga floja y el interruptor algo suelto. La desfachatez intelectual (Libros de la Catarata). Así se llama el trabajo.

Con un cierto Morán Style (Gregorio Morán levantó polvo con su volumen El cura y los mandarines, donde arremete contra parte del star system de la literatura española actual), el profesor Sánchez-Cuenca se pone bravo, pero en el derrote olvida parte de la historia del periodismo español de los últimos 40 años (los de la democracia). En los 80 y 90 se cuajaron columnas y crónicas que no desmerecen de aquellas que (con motivo o sin él) le despiertan alarma. Algunas inflamables de Eduardo Haro Tecglen o Manuel Vázquez Montalbán, entre otros, serían hoy polémicas. Un antecedente interesante que no cita. El columnismo y el periodismo de opinión tiene en estas latitudes una formulación propia. Incluso una arista caprichosa. Distintos son los artículos de fondo, los análisis de especialistas por materias y el frenesí de los politólogos. Pero un escritor con columna observa, ironiza, cabrea, acierta o patina. Su lectura es libre. El acuerdo o desacuerdo, también. Otra cosa son los intereses creados a los que puedan o no servir. Y ahí Sánchez-Cuenca asoma cañón, pero no prende la mecha.

¿El suyo es el libro de un indignado?
    Es fruto de una decepción creciente con las intervenciones políticas de nuestros intelectuales más visibles.
¿Cómo define desfachatez?
    Contenidos superficiales, poco meditados y poco informados, envueltos en un estilo prepotente y muy tajante. Ofrezco muchos ejemplos en el libro.
Habla de sus damnificados como si fuesen casi una secta.
    No creo que sean una secta, si bien muchos de ellos tienen vínculos personales, una afinidad generacional y una evolución ideológica similar. Viajan de posiciones de izquierdismo radical hasta el liberalismo o el conservadurismo actual.
Aun así quedan retratados como un grupo de presión al calor de algunos medios de comunicación...
    No creo tampoco que sean un grupo de presión. Pero casi todos ellos mantienen vínculos muy estrechos, casi indestructibles, con los medios de comunicación en los que escriben y que les promocionan.
¿Qué entiende por «buen intelectual»?
    No estoy muy seguro, pues hay intelectuales de muchas clases. Pero en el debate político su obligación es elevarse sobre el terreno de las tertulias y la coyuntura, tanto en contenidos como en forma, aportar una visión de largo plazo que contribuya a entender el presente, refinar argumentos, sacar lecciones de lo que ha ocurrido en otros lugares y otras épocas, etcétera.
¿Cuáles son sus intelectuales españoles de referencia en este momento?
    No sé si debe haber intelectuales de referencia.
¿Qué impresión le merecen Juan Goytisolo y Rafael Sánchez Ferlosio?
    Lo siento, pero no los he seguido con suficiente atención como para poder emitir una opinión interesante.
Es curioso que casi todos los aludidos en este libro pertenecen a un segmento ideológico que va de una derecha fuerte a un centro derecha o alternativas mixtas (y todos manifiestamente antinacionalistas), pero no hay articulistas con ánimo de izquierdas.
    Me he querido centrar en los escritores e intelectuales que tienen mayor prestigio y reconocimiento en nuestra sociedad, quienes reciben premios y homenajes, participan en los ciclos de conferencias y cursos de verano, tienen abiertas las tribunas de los principales medios de comunicación, publican en las editoriales más potentes... Intelectuales de izquierda que reúnan esas condiciones no se me ocurren. Los intelectuales criticados en el libro fueron muy de izquierdas en su día, pero han evolucionado hacia la derecha y no ha habido suficiente renovación generacional como para que hayan ascendido nuevos intelectuales de izquierda a esas posiciones de gran visibilidad social.
¿El libro viene a desmontar al presunto grupo?
    No, más bien es una llamada de atención para que los aludidos eleven el nivel de sus intervenciones. Me parecería una catástrofe que dejaran de escribir en los medios de comunicación, porque tienen talento. Pero esa inteligencia y conocimientos suficientes debería llevarles a refinar algo más sus opiniones. No todo lo que dicen, según parecen creer todos ellos, es digno de respeto.
Habla de la Generación del 98 y del 14, que tuvieron un sentido de catástrofe respecto a España. ¿De verdad ve paralelismo?
    Bueno, eso debería decirlo un experto en la materia. Yo hice un acercamiento algo superficial al asunto, pero lo que les vincula es una cierta aproximación moral a la política. Escriben, como tantos hombres del 98, desde el ángulo de la decepción moral. Se consideran tipos de alta moralidad, dueños de unas ideas estupendas, pero que se muestran muy defraudados por la política existente. Ese tipo de actitud es lo que unifica desde hace más de un siglo a nuestros intelectuales. Y creo que eso tiene mucho que ver con que casi todos sean hombres de letras...
¿Es un inconveniente?
    En absoluto, tengo un respeto total por las Humanidades. Yo estudié Filosofía, pero sus aproximaciones a la política es individualista. Siempre están en ese tono de «qué lejos queda mi país de lo que a mí me gustaría». Así que como yo me decepciono hago una recusación sin matices del país en que me ha tocado vivir, me lamento, me maldigo por ser español y digo que toda esta caterva de mediocres políticos que están condenando el desarrollo de mi nación deben ser barridos y yo debo empezar la gran regeneración de España en nombre de mis ideales. Eso es superficial y empobrecedor porque no permite alumbrar los problemas concretos ni establecer soluciones. Es un discurso demasiado abstracto y que puede explicar los virajes bruscos que tienen en sus biografías algunos intelectuales de los que hablo: un día se descubren fascistas, al siguiente son demócratas y mañana monárquicos o anarquistas. Es el resultado de esa actitud del «me duele España porque no está a mi altura».
Todos ellos son antinacionalistas y, a la vez, contrarios o en desacuerdo con los Gobiernos de Zapatero. ¿Una casualidad?
    Eso los une a todos. Y me parece muy bien, faltaría más. Pero se podrían haber trabajado un poco mejor la crítica. Cuando Félix de Azúa dice tonterías como que Zapatero ha sido el peor gobernante después de Fernando VII resulta sonrojante.
¿Y por qué cree se dio ese desafecto común?
    Primero por un efecto biográfico: porque muchos empiezan por la extrema izquierda, pasan a la socialdemocracia en la etapa dorada de Felipe González, se dejan querer por la nueva derecha de Aznar y su proyecto orgulloso de una España fuerte contra el sectarismo nacionalista. Y cuando llega Zapatero les pilla con el paso cambiado.
Cambiado respecto a qué.
    Pues que no tienen ninguna complicidad con el tipo de propuestas de Zapatero. Les pone muy nerviosos la Ley de Memoria Histórica. Les saca de sus casillas el proceso de paz con ETA y algunos asuntos más. Esto es bastante evidente. Y ya con la crisis su prestigio se resiente porque entonces no tienen nada que decir, no aportan nada nuevo más allá que apuntarse al regeneracionismo que circula entre juristas, economistas y otros gremios. Lo que a esta gente le pone es el plan Ibarretxe y el procés de Artur Mas. Pero la crisis está muy lejos de sus preocupaciones. De ahí que tanta gente joven pierda la conexión con ellos, no les seducen nada. Yo los veo en franca decadencia. Tienen un estilo anticuado al enfrentarse al debate político. La calidad de sus intervenciones va a menos y luego tienen la piel muy fina cuando se les critica.
¿Asesoró de algún modo a Zapatero como presidente?
    Algunos de ellos me han llamado mamporrero del presidente Rodríguez, pero jamás he escrito un papel para ningún Gobierno en España.
Las mujeres no abundan en el libro. Es más, sólo a Edurne Uriarte le dedica unas líneas...
    Pues no tengo una buena respuesta para eso... Quizá haya tenido un sesgo inconsciente y no me haya fijado en artículos escritos por mujeres o quizá también sea que las mujeres no adoptan igual el discurso del «machismo discursivo» que señala Diego Gambetta. Tienen opiniones fuertes, pero no la prepotencia estilística de los machos de nuestra esfera pública...
También podría ser que la mayoría de mujeres con espacio de opinión en los periódicos esté más cerca de la izquierda...
    ¿Pero quién hay en la izquierda (hombre o mujer) que tenga en la prensa el prestigio y la presencia de los autores que yo hablo?

Quizá Juan Goytisolo. Quizá Rafael Sánchez Ferlosio, aunque sea más incalculable en su posición política. Quizá Juan José Millás, al que sólo cita por el lado del «ingenio».
    Pero en el caso de Goytisolo no se mete en la política del día a día. Ferlosio me parece muy abstracto. Y respecto a Millás, sí lo cito. No sé si he sido sesgado o no he encontrado el equivalente en la izquierda.
¿Y qué hay de malo en pensar que este país es deficiente en varias cosas?
    Es que en ese sentido España es muy pendular. En 2007, un año antes de que comenzara la crisis, la mayoría de las encuestas europeas señalaban que la satisfacción de los españoles con la democracia era más alta que la de los daneses. ¿Teníamos una democracia mejor que la de Dinamarca? Evidentemente, no. Y en cualquier caso, las dificultades que atraviesa España son parecidas de las que atraviesan Italia, Portugal, Grecia o Irlanda. No sufrimos una condena histórica que nos lleva a estar en la cola. Tenemos una opinión excesivamente negativa sobre nuestra clase política, instituciones y nuestra propia producción cultural.
¿El medio aún es el mensaje?
    A eso no sé responder.

Fuente:
http://www.elmundo.es/papel/cultura/2016/05/16/5735c351468aeb5e2c8b45dd.html
Cfr.
https://www.youtube.com/watch?v=B-fRrFoKUEQ
Fotografía: http://www.eldiario.es/politica/democracia-crisis-instituciones_0_234126756.html

sábado, 24 de diciembre de 2016

USLARISMO

EL UNIVERSAL, Caracas, 19 de diciembre de 2016
El peligro de los intelectuales
Alirio Pérez Lo Presti

La vinculación directa de los filósofos con el mundo de la política es de larga data. El propio Platón (427-347 a.C.) intentó llevar sus ideas a la práctica y convertirse en protagonista político. Hizo tres viajes a Siracusa. En el primero gobernaba el tirano Dionisio I y Platón pretendió, infructuosamente, constituirse en su consejero. En el segundo y tercer viaje, ya fallecido Dionisio I, estaba en el trono su hijo Dionisio II, y Platón pensó que quizá el hijo fuese más maleable que el padre, e intentó aconsejar al novel tirano para dirigirle en lo que él creía era el camino de la justicia. El experimento fue un absoluto fracaso y Platón tuvo que regresar a Atenas ya no derrotado como político, sino para salvar su vida, porque Dionisio se reveló más tirano que pensador en cuanto comenzó a ejercer el poder.

Uno de los más grandes escritores de todos los tiempos, Fiodor Dostoyevski (1821-1881), escribió una novela extraordinaria sobre la política. Su título es Los endemoniados y trata sobre un grupo de personas que, ancladas en unas “ideítas prefabricadas”, termina trastocando el orden de quienes les rodean y el de sus propias vidas. Una joya literaria acerca de la “política real”.

Con la aparición de las ideas de Karl Marx (1818-1883) el mundo cambió. Vladimir Ilich Uliánov, alias “Lenin” (1870-1924), otro intelectual, le da un sentido pragmático al marxismo y se convierte en el principal dirigente de la Revolución de Octubre de 1917, creando el marxismo-leninismo. Una forma radical de plantear en términos operativos la manera cómo se arriba al poder para poder implantar la utopía marxista. El asunto termina de la peor manera pensable, con Iósif Stalin (1878-1953), un tirano como pocos, quien concreta el ideario marxista, siendo dictador soviético entre 1941 y 1953. Aun con las abominables maneras de proceder de Stalin, y a pesar de la exaltación del pensamiento único, que asesinaba la posibilidad de la reflexión libre, muchos intelectuales siguieron apoyando el ideario marxista a pesar de sus yerros y atrocidades.

A veces, la historia les permite a los pasajeros confundidos el poder bajarse del tren si no es el que los conduce a buen destino. La invasión de los soviéticos a Checoslovaquia en 1968 era la oportunidad de oro para entender que la utopía marxista se había convertido en una farsa de carácter totalitario y expansionista que castraba las libertades individuales y condenaba a las sociedades a las peores formas de encadenamiento. Todo este abuso soviético propició un triste período de represión socialista en Checoslovaquia.  Aun así, muchos siguieron apoyando esa forma de totalitarismo, de manera aviesa y fanática.

Exaltados por la llegada al poder de los jóvenes que cimentaron la revolución cubana (1958), lo que podríamos llamar la casi totalidad de “la inteligencia latinoamericana” abrigó el ideario marxista como creencia de vida. Un acto de “fe” absolutamente irresponsable, que se terminó convirtiendo en una manera insulsa de pensar. Para muchos latinoamericanos, el declararse marxistas les daba un superficial glamour intelectual, cuando en realidad estaban abonando a formas contrarias de asumir lo civilizatorio.

Luego de Bertrand Russell (1872-1970), el más grande intelectual del siglo XX  fue Jean Paul Sartre (1905-1980): Un comunista radical, el cual se convirtió en un modelo a imitar. El partido comunista más grande del mundo después del de la Unión Soviética germinó en Italia, teniendo como representante a un genio literario al servicio de ideas totalitarias, el escritor Alberto Moravia (1907-1990).

Pero de tantos reveses y trompicones, tal vez el caso más mustio de aproximación a lo político ocurrió precisamente en América Latina, porque las retardatarias ideas marxistas no solo llegaron tarde, sino distorsionadas, al punto de que importantes centros de estudios de Latinoamérica funcionaban como apéndices de los partidos comunistas que en mala hora cundieron por la región. Personalidades como Pablo Neruda (1904-1973), Alejo Carpentier (1904-1980), Julio Cortázar (1914-1984), Augusto Monterroso (1921-2003) y Gabriel García Márquez (1927-2014), solo para citar un puñado, cultivaron esta manera estrafalaria de pensar. El caso más emblemático, por las influencias y nefastas repercusiones, fue el de Eduardo Galeano (1940-2015), que escribió el desaliñado libro Las venas abiertas de América Latina que tanto daño hizo por las marcas que dejó en multitudes de jóvenes que fueron alienados por este malsano texto.

Fueron hombres de pensamiento que justificaron paradójicamente la muerte del pensamiento libre, pero para fortuna del equilibrio que toda sociedad necesita, en nuestro medio venezolano la sensatez la forjaron hombres de una prodigiosa inteligencia, una cimentada cultura y gallardía sin parangón, como nuestro Arturo Uslar Pietri, cuyo valor intelectual fue capaz de hacer contrapeso a tanto desaforado autodenominado marxista.

Fuente:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/peligro-los-intelectuales_631488

martes, 14 de abril de 2015

HEADHUNTERS

EL PAÍS, Madrid, 12 de abril de 2015
LA CUARTA PÁGINA
Del desprecio al experimento
Los partidos buscan cerebros en caladeros ajenos a la política profesional a los que ofrecer un cartel electoral. Piensan que con intelectuales como reclamo incrementarán sus expectativas de voto
Santos Juliá 

Aunque han pasado muchos años, no quedan muy lejos todavía aquellos días en que los socialistas llegaron, por vez primera en solitario, al poder en España. Si, por error, alguien felicitaba a uno de ellos y se felicitaba de que al fin el Gobierno estuviera en manos de unos políticos muy diferentes a lo hasta entonces conocido, la respuesta no se hacía esperar: ojo, no te confundas, yo no soy un político. Los nuevos ministros no querían ser identificados como políticos. Se comprende, pues, que una exmagistrada designada por un recién creado partido político como candidata a la alcaldía de Madrid, afirmara en su primera declaración tras aceptar la nominación que a ella la política no le gusta.
Y es que definitivamente ni los políticos ni la política gozan de buen predicamento, no solo en España ni por razones coyunturales. En un programa de radio animado por Matthew Flinders hace unos años en Reino Unido, se preguntaba por la calle a ciudadanos elegidos al azar qué les sugería la voz politician. Las respuestas fueron: Corrupt, rubbish, garbage, useless, liar, crook, waster, no muy diferentes de las que se les podría ocurrir no ya a la gente que va por la calle en cualquier ciudad de España, sino a quienes escriben columnas y disponen de tribunas en los periódicos e incluso a algunos de los candidatos a ocupar, por elección, un cargo público: político ha llegado a ser, en castellano, igual a corrupto, basura, inútil, mentiroso, ladrón, despilfarrador, mismamente como en inglés.
Buena parte en el origen y esmerado cultivo del desprecio hacia el y lo político corresponde a la nueva especie de sujetos con vocación pública que en las primeras décadas de Estado liberal se llamaron escritores públicos y luego, cuando la masa mostró por vez primera su feo rostro en la calle, se identificaron como intelectuales. Aun en tiempo de los escritores públicos, con sus amplias avenidas para transitar del teatro, la novela, el periódico o la tribuna de los ateneos al Parlamento y a la presidencia del Consejo de Ministros, el respeto hacia la vocación política era como un reflejo de la alta estima que el escritor recibía del escaso público lector. Fue la aparición de las masas como nuevo sujeto de la política y la correlativa universalización del sufragio masculino lo que especializó al político como un profesional del poder, separándolo definitivamente del escritor, también profesionalizado a medida que se multiplicaban sus lectores y se erigía a sí mismo como voz de los que no tienen voz, conciencia de una multitud sin conciencia.
Fue entonces, con la simultánea profesionalización del escritor y del político, cuando la veda de los políticos quedó abierta para los escritores convertidos ya en intelectuales. Contra los políticos fue el título de uno de los primeros manifiestos firmado por una pléyade de escritores que presumían de no ser “unos desconocidos”, aunque lamentaban ser ignorados “en el mundo político”. Alejados y desdeñosos de la política, aquellos firmantes se alzaban como jueces de este “linaje de ambición que concita el rencor torvo y airado de todo un pueblo”. Alguien tan habitualmente comedido y eutrapélico como don Manuel Bartolomé Cossío —por no hablar de los Baroja, Azorín, Unamuno y demás ralea del 98— pensaba y escribía que los diputados, senadores y ministros no estaban para resolver problemas sino “para hacer discursos, dar y tomar destinos, mendigar plazas de alquilones en las grandes compañías industriales y no tratar otra rendición que la suya”.
Parecía que la democracia había puesto fin a la relación esquizofrénica entre escritores y políticos
O sea, que la cosa viene de lejos, desde que los políticos necesitaron añadir a sus dotes oratorias la habilidad para solicitar y la astucia para obtener el voto de la masa como única vía que les condujera al escaño en el Parlamento y de allí a algún sillón en el Gobierno. Ahí radica el origen del vilipendio: en la democracia entendida como arte para alcanzar el poder engañando, mintiendo o embaucando a gentes colecticias, como se decía antaño. Por eso, las nuevas formas de corrupción política y por eso la querencia de los intelectuales a asumir el papel de predicadores de la regeneración nacional evocando, y llamando, a los cirujanos de hierro, los hombres fuertes, los caudillos de masas, que no tienen que recurrir al engaño ni a la mentira, sino solo proclamar las verdades como puños, para hacerse seguir de unas multitudes ignorantes del destino que deben dar a su voto.
Parecía que el asentamiento de la democracia durante la segunda mitad del siglo XX como único horizonte de la política hubiera puesto fin a esta relación algo esquizofrénica entre intelectuales y políticos: ni avenidas de doble dirección como en el romanticismo, ni desprecio coloreado por la nostalgia de fuertes liderazgos como en la larga fase de ascenso de los nacionalismos, sino división del trabajo: los políticos haciendo política, los intelectuales hablando y escribiendo desde su observatorio crítico, como teorizó Raymond Aron, o clavando de vez en cuando el aguijón como tábanos modernos, como los definió Todorov. Así transcurrieron las tres primeras décadas de la reciente democracia española, punteada por intermitentes salidas a escena de intelectuales con algún manifiesto de apoyo a, o de protesta contra las diversas opciones que concurrían en el mercado electoral. Entre las últimas, aquella sonrojante patochada de la ceja, de la que no faltan algunos que todavía alivian su rubor redoblando el desprecio al mismo político que en aquella ocasión celebraron.
Con la corrupción y la crisis la confianza en los representantes públicos ha caído al abismo
El caso es que, con la crisis y la corrupción, la confianza en los políticos había caído a tales abismos que la nueva generación de líderes de los partidos no ha tenido mejor ocurrencia que echar las redes en caladeros ajenos a la política profesional por ver si en las aguas revueltas del mundo intelectual encontraban la cuerda que les sacara del hoyo. No se trata de una nueva edición de la clásica figura del compañero de viaje, tan vigente todavía, aunque ya no acompañando a los partidos que prometían la emancipación social a través de la dictadura del proletariado, sino a aquellos otros que propagan la religión de la identidad nacional, de la que Salvador Giner fue en otros tiempos clarividente profeta. De lo que se trata ahora es de asegurar el voto al partido por cara interpuesta, como es el caso en Podemos; de taponar las vías de agua por la que se perdían votos a chorros, como ocurría en el PSOE; de echar una mano en la elaboración de los arbitrios necesarios para salir de la crisis y cambiar de modelo económico, como promete Ciudadanos; o de recitar una oda en entierro anunciado, como es el temor en Izquierda Unida.
Si la fórmula tiene éxito estaríamos tal vez en el comienzo de una gran revolución en las prácticas políticas: la transformación de los partidos en una especie de headhunters, organizaciones especializadas en la búsqueda de cerebros a los que ofrecer un puesto de candidato en elecciones, o de ministros de Economía o Hacienda in pectore, de manera que además de a este o a aquel partido se votará a tal o cual escritor, profesional o artista que aparezca en los primeros puestos de unas listas que, por si acaso, seguirán cerradas y bloqueadas. ¿Anuncio del fin del político profesional como actor único en el ámbito de la política? ¿Porosidad de las fronteras que desde la generalización del sufragio separaban nítidamente el campo del poder del campo intelectual? Es pronto para aventurar una respuesta, pero una cosa es clara: los y las intelectuales están ahí, con sus caras subidas a los carteles electorales, porque los dirigentes políticos de la nueva generación piensan que con ellos y ellas como reclamo incrementarán sus expectativas de voto, en el mejor de los casos, o evitarán la pérdida, en el peor. Dependerá de la adecuación de los resultados a las expectativas que el experimento se marchite como flor de un día o, puestos a fabular, se consolide como prometedor inicio de una nueva relación entre el poder y la razón en la sociedad democrática de masa.
(*) Santos Juliá es historiador.

Ilustración: Eduardo Estrada.

lunes, 29 de diciembre de 2014

TREMENDISMO

EL PAÍS, Madrid, 29 de diciembre de 2014
LA CUARTA PÁGINA
Viejos y nuevos intelectuales
Como hace cien años, proliferan los diagnósticos tremendistas y los discursos maniqueos que fomentan la irresponsabilidad. Hay que vencer la tentación de la palabra candente y no abastecer de excusas al populismo
Víctor Lapuente Giné / Benito Arruñada  
 
En 1914 pronuncia Ortega su famosa conferencia Vieja y nueva política, símbolo del compromiso intelectual contra la Restauración y su sistema político bipartidista, clientelar y corrupto. Observadores diversos, de Esperanza Aguirre (Abc, 30-06-2014) a Andrés Ortega (EL PAÍS, 15-05-2013), han advertido los paralelismos obvios entre la situación que criticaba Ortega y la actual. Creemos que hay otro paralelismo, menos obvio pero más trágico: el papel tóxico de nuestros intelectuales. Como ha señalado José M. Marco, no solo Ortega, sino muchos otros, de Costa a Azaña, contribuyeron con su “palabra candente” a destruir nuestro régimen liberal. Tanto polarizaron el debate político que lo alejaron de pautas sosegadas y constructivas. Acallaron así las voces realistas y pragmáticas, las de aquellos que proponían las soluciones pactistas e incrementalesque nos hubieran acercado a los países avanzados.
Un siglo después, estamos tentados a repetir el mismo error. De entrada, porque admiramos el compromiso político de nuestros intelectuales, sobre todo el de la generación del 14, la “más cualificada y brillante de nuestra historia contemporánea” (Luis Arias, EL PAÍS, 31-03-2014). Y, en particular, el de Ortega, “el mayor escritor español del siglo XX” (Javier Cercas, EL PAÍS, 17-08-2014). Por desgracia, ese compromiso ha sido, y es, aciago. Ante todo, porque mucho intelectual español cae, con Ortega, en tres grandes vicios: exagerar los problemas, compararlos con referencias irreales y agregarlos en términos inmanejables.
Tanto en la Restauración como ahora, los relatos de moda usan con alegría adjetivos de calibre orteguiano para pintar un cuadro desmedido, el de una España “caduca” y “cadavérica” que “está acabando de morir” porque “nuestro problema es mucho más grande, mucho más hondo”. Metáforas de similar calado se han reiterado tanto que hemos acabado por despreciarnos, hasta llegar a la anomalía de que, según una encuesta global de Pew, nos vemos mucho peor que como nos ven los extranjeros.
En segundo lugar, una y otra vez, nuestra intelligentsia comete lo que los institucionalistas llamamos un error coasiano, comparando una realidad defectuosa con su ideal favorito, en lugar de compararla con otras realidades, como las de países vecinos (Portugal, Italia, incluso Francia). O con la de parientes venidos a menos tras aventuras similares a las que hoy nos propone Podemos (Cuba, Argentina, Venezuela).
Al exonerar a las masas, la 'intelligentsia' alimenta a la política de odio y revanchismo
Ese idealismo es perjudicial porque, al prometer un porvenir glorioso, invita a dar un salto en el vacío. Máxime cuando usa la razón para excitar las emociones de las masas. Ortega nos exhorta a rebelarnos contra la “corrupción organizada”, en una insurrección que no difiere mucho de la de los indignados actuales cuando claman contra una “casta” de la que también estos se distancian. Hasta los círculos de Podemos recuerdan la red que Ortega concebía como “órgano de propaganda y órgano de estudio del hecho nacional” y que sugería basar en “lazos de socialidad —cooperativas, círculos de mutua educación; centros de observación y de protesta”, una “red de nudos de esfuerzo” para construir un “sistema nervioso” con el que canalizar la auténtica voluntad del pueblo y así “penetrar en el fondo del alma colectiva”. Una red popular dentro de un proceso que se nos presenta como educativo y bottom-up. Aunque, no nos engañemos, ayer como hoy el liderazgo está claro. Ortega nos animaba “a ser primero amigos de quienes luego vamos a ser conductores”, y Podemos se ha movido ya en esa dirección.
Coincide también Ortega con Podemos en su visión de la política, una visión dañina porque la plantean como lucha y no como conciliación, desdeñando el orden público y el Estado de derecho (una “nimiedad”, una “ficción jurídica”). Ortega desacredita incluso la idea de Cánovas de que no “haya vencedores ni vencidos”, quizá lo más loable de la Restauración, preguntándose si “¿no os suenan como propósitos turbios estas palabras? Esta premeditada renuncia a la lucha, ¿se ha realizado alguna vez y en alguna parte en otra forma que no sea la complicidad y el amigable reparto?”. Pues bien, don José, 100 años después sabemos que sí. La renuncia a la lucha no solo es positiva, sino que es la base misma del Estado de derecho o, si se prefiere, del Estado de bienestar. solo que hoy las excusas de lucha vuelven a tener demanda.
Renunciar a la lucha no sólo es positivo, sino la base del Estado de derecho y de bienestar
Por último, no solo eran perniciosos el diagnóstico y el método de nuestros regeneracionistas de hace un siglo, sino también su forma de enfocar los problemas políticos y su desprecio por la economía. Hoy aún se admira que Ortega quiera “cambiar a España de raíz” (Vargas Llosa, EL PAÍS, 29-06-2014), o incluso que sea “radicalmente radical, porque va a la raíz de los problemas” (Cercas). Craso error. Buscar la raíz de nuestros problemas tratando de hallar la “opinión verdadera e íntima” de los españoles, como pretendía Ortega, es fútil y contraproducente. Científicos sociales, de Charles Lindblom a Roland Coase, pasando por Karl Popper, han demostrado que es más efectivo pensar en cambios incrementales y alternativas factibles. Lamentablemente, el pragmatismo exige más análisis y no es tan mágico ni espectacular como las enmiendas a la totalidad.
Enfrascados en buscar la raíz de todos los problemas, nuestros intelectuales han alimentado sueños colectivistas. La fe en que un Estado bien dirigido resolvería los problemas cotidianos caló de tal forma que hasta pequeñoburgueses ilustrados, que hubieran podido abanderar el liberalismo político, entendieron, como Azaña, que el Estado era el “único Dios de quien podemos esperar”. Esa idea regeneracionista de la “Política” como instrumento transformativo de la sociedad, que expulsa a la “política” como facilitadora de proyectos individuales, sigue viva hoy día. Late en el mantra de que debemos “buscar la utopía” y en la queja de que el mercado reina sobre la política. Pero la utopía es solo una trampa, y el mercado solo nos recuerda que vivimos en un mundo de recursos limitados.
Nuestra crítica no es una defensa del statu quo. El régimen actual tiene mucho margen de mejora, como también lo tenía el de la Restauración. Leandro Prados y sus coautores estiman que, entre 1880 y 1913, nuestro PNB por habitante cayó del 83,3% al 72,3% respecto a los principales países europeos. Pero eso no disculpa a aquellos intelectuales que, por su idealismo estéril, no podían identificar la causa de esa debilidad relativa de España. Como ha demostrado Pedro Fraile, lo que nos apartó de Europa no fue el exceso de capitalismo, tan denostado por Ortega, sino su defecto: la poca y decreciente exposición de nuestra economía a la competencia, tanto nacional como internacional. Que los intelectuales del 14 pregonaran un mensaje aun más contrario al mercado solo facilitó la tarea a los proteccionistas, los verdaderos responsables de nuestro retraso.
Lo que nos apartó de Europa no fue el exceso de capitalismo, tan denostado por Ortega, sino su defecto
Pero no se trata aquí de hacer un balance ventajista del pasado, sino de sacar lecciones para un presente en el que corremos riesgos parecidos. Y no por el auge de argumentos populistas, sino porque, como hace 100 años, muchos discursos intelectuales los abastecen de excusas. Evitemos caer en el mismo error. Si bien hoy ya pocos menosprecian la economía, muchos, a ambos lados del espectro ideológico, comparten con Ortega un análisis maniqueo de la realidad en términos de “élites extractivas” o de un “capitalismo de amiguetes”. Al exonerar a las masas (como si estas no fueran también extractivas, sino víctimas inocentes), los intelectuales alimentan de odio y revanchismo la política. Justifican así iniciativas que, al socavar la economía de mercado, nos condenarían a décadas de pobreza.
En 2014, como en 1914, han proliferado los diagnósticos tremendistas, las ensoñaciones colectivas y la polarización. Esta tríada es atractiva mediáticamente, pero es nociva para la convivencia y el progreso. Debemos abandonar los discursos maniqueos y victimistas, pues fomentan la irresponsabilidad. Y vencer la tentación del verso candente y el idealismo, para prestar más atención a la prosaica tarea de comparar y construir realidades.
(*) Benito Arruñada es catedrático de la Universidad Pompeu Fabra y Víctor Lapuente profesor en el Instituto para la Calidad de Gobierno de la Universidad de Gotemburgo.

Ilustración: Autor no identificado, José Ortega y Gasset, tomada de: http://incursionesteoricopracticas.blogspot.com/2012/01/la-relacion-masaselites-proposito-de.html